Capítulo 51. PAZ.
El capitán me esperaba de pie frente al gran ventanal que había tras su mesa escritorio. Cuando entré, me daba la espalda. Tenía la mirada perdida en las innumerables estrellas.
- Estamos perdiendo la guerra -me respondió en cuanto me presenté.
- Lo sé, señor -contesté.
Se giró y me miró de arriba a abajo. Dijo secamente:
- No le he preguntado si lo sabe, comandante.
- Disculpe, señor.
Volvió a mirar a las estrellas.
- ¿A qué cree que es debido? -me preguntó al cabo de unos segundos.
- Señor -respondí-, no estoy cualificado para emitir una opinión al respecto.
- Es cierto -admitió el capitán-. No está cualificado. Pero he leído su informe y le estoy pidiendo su opinión.
Mi opinión. ¿Cuál era mi opinión al respecto? Mi impresión estaba clara: estábamos perdiendo la guerra. Eso era cierto. Sin embargo, mi opinión sobre por qué estábamos perdiendo la guerra no la tenía tan clara. Nunca había meditado con calma sobre el tema. Había tenido la impresión de que la guerra no iba bien bastantes veces, pero nunca había hecho mucho caso, siempre había intentado convencerme a mí mismo de que mi perspectiva era demasiado pequeña como para poder valorar de forma correcta el curso de la guerra y así había eludido un tema tan triste y desagradable. Pero cuando un sistema planetario cae detrás de otro sin que lleguen noticias de que nuestros esfuerzos inflijan un daño simétrico al enemigo... es difícil escapar a esa impresión, y a la sensación de desasosiego que conlleva. De hecho, noticias llegaban de todos los frentes, pero más que noticias era propaganda. Así que no podía eludir por más tiempo la evidencia: estábamos perdiendo la guerra, y había llegado el momento de tener una opinión al respecto. ¿Cuál era la causa, cuál el motivo? El resto de la conversación con el capitán dependía de lo que respondiera a esta pregunta.
- Señor -dije finalmente-, en mi opinión, el Ínbid está ganando la guerra porque… ellos no están en guerra.
El capitán frunció el entrecejo. Vi que frunció el entrecejo porque su rostro se reflejaba en el ventanal, sobreimpresionado a las estrellas.
- Explíquese -dijo.
- Señor, sus armas más poderosas están integradas en su biología, y su biología integrada en los ecosistemas en los que viven. Lo que quiero decir, señor, es que cuando los seres humanos queremos terraformar un planeta, vamos con naves, máquinas, robots, sistemas expertos, herramientas... en cambio, cuando quieren ínbidformar un planeta ellos simplemente van. En mi opinión, éste es el núcleo del problema.
El capitán se dio la vuelta, se acercó al escritorio y se acomodó en su butaca.
- Siéntese, comandante -me dijo ofreciéndome uno de los dos sillones que había justo enfrente de su escritorio. Obedecí.
Después de mirarme durante un segundo en silencio, continuó:
- La palabra clave es biología. O, más bien, biotecnología. Su biotecnología es mucho mejor que la nuestra. Nos llevan generaciones de ventaja en ese terreno. Nuestra potencia de fuego es equiparable a la del Ínbid, si no es superior. Pero ¿de qué nos sirve? Se han detectado micrometeoritos artificiales del tamaño de un puño que se dirigían a Titán, Europa, Marte, Venus y la Tierra cargados de virus y bacterias Ínbid. Usted me dirá que no sobrevivirían al escudo atmosférico. ¡Falso! ¡Están hechos a partir de materiales artificiales que resisten altísimas temperaturas y, además, protegen la carga biológica que portan! ¿De qué nos va a servir tener el mejor anillo defensivo de cañones antimateria si estos micrometeoritos son casi indetectables y basta con que uno sólo alcance su objetivo para perder el planeta entero? Virus sintéticos, bacterias robots, microlíquenes sintetizadores de sustrato, nanobots caotizadores... el Ínbid dispone de un ejército con innumerables efectivos que es capaz de transformar el ecosistema entero de un planeta humano en muy poco tiempo. ¿De qué nos sirve tener cañones antimateria si lo que necesitamos es un sistema inmunitario para todo el planeta? Sí, nuestra potencia de fuego es equiparable a la del Ínbid. De hecho, hay militares y políticos que creen que es superior, y puede que tengan razón, aunque los que somos más prudentes consideramos que no podemos estar seguros. Creemos que el Ínbid tiene armas basadas en materia exótica supercondensada que aún no ha utilizado en esta guerra. Claro que nuestros científicos militares están desarrollando un conjunto de armas a las que llaman el Día del Juicio Final, así que... no sé, probablemente, estemos bastante a la par. Pero el problema es que ésta no es la cuestión. Y hay militares y políticos que todavía no lo han entendido. Estamos hablando del Universo. Aquí una guerra no se gana destruyendo planetas. Sí, tenemos las esferas Dyson y las unidades trueno de Zeus. Pronto dispondremos de disruptores estelares de nueva generación. Y qué. Es cierto que podemos destruir a mayor escala que nunca en toda la Historia de la Humanidad. Pero, en realidad, ¿de qué nos sirve destruir? Comandante, el Ínbid está ganando la guerra porque construye mejor que nosotros. Nosotros probablemente destruyamos mejor que nadie pero ellos construyen mejor y más rápido que nosotros. Estamos perdiendo la guerra porque nuestras armas son más poderosas que las suyas pero nuestra biotecnología es mucho más débil. Podemos arrasar un planeta en una jornada pero... ¿de qué nos sirve el planeta arrasado? De nada, y si sobrevive uno sólo de ellos, recuperarán el planeta en unos pocos meses.
El capitán se sumió en el silencio. Me miró fijamente. Uno de sus ojos era mecánico. Apenas se notaba, pero unas finísimas líneas negras en su esclerótica lo delataban. Durante años, llevó parche, hasta que el almirante Cartier le llamó la atención. Lo que sí mantenía, y con orgullo, era una pequeña cicatriz que le dividía en dos el labio superior y una mirada tan helada y distante como un horizonte polar. El frío brillo de sus ojos combinaba bien con el de sus condecoraciones, que lucía en el pectoral izquierdo de su uniforme azul de capitán. Un poco más arriba, en el cuello del uniforme, sus cinco estrellas doradas de capitán; y al otro lado, un casco blanco espartano dibujado de perfil sobre fondo negro, insignia de la constelación Esparta. Sostuve su mirada sin altivez. Apartarla, no habría sido buena idea; parecer demasiado seguro de mí mismo, tampoco. Al final, como si hubiera acabado de realizar un cálculo complejo sobre el que no quería compartir el resultado, mi interlocutor se alzó y volvió a la ventana. Durante unos segundos estuvo contemplando las estrellas, sumido en sus pensamientos. Mientras tanto, yo acaricié mi propia insignia y pensé en Esparta, y en el tacto de las espigas de cereales al pasar la mano por ellas, bajo el sol tibio de la primavera. Finalmente, el capitán sacó una píldora de uno de sus bolsillos, volvió a acercarse al escritorio y la arrojó sobre él.
- ¿Sabe qué contiene esa cápsula de biostasi? -me preguntó.
- No lo sé, señor -respondí. Nada bueno, pensé, nunca contienen nada agradable esas cápsulas.
- Nanobots Ínbid -me dijo-, de la variedad reprocesadora. Podrían acabar con las naves de una constelación en menos de una jornada.
Volvió a sentarse.
- Lo único que le falta al Ínbid es conocer la composición de los cascos externos de nuestras naves de constelación -continuó-, descubrir el momento oportuno, predecir la ruta correcta... en fin, ya sabe. Detalles. Tarde o temprano obtendrán esta información y entonces bastará con que cualquier nave humana atraviese una nube de estos nanobots suspendida en el espacio para que se infecte con ellos. En menos de veinticuatro horas su tripulación flotará por el espacio, muerta, porque los nanobots habrán devorado la nave, y ni las armas de plasma, de antimateria, láser, máser o de proyectiles explosivos habrán podido impedir el banquete. Ni siquiera sumergiendo las naves en lejía pura podríamos hacer nada. La única forma de sobrevivir a un ataque semejante es convirtiendo nuestras propias naves en seres vivos, convertir sus cascos externos en una piel auténtica, capaz de defenderse de semejantes nanobots por sí misma. No es suficiente con un casco habitado por bacterias resistentes a las duras condiciones del espacio, como tenemos ahora,... es necesario algo más. Es necesario algo vivo. Podemos concebirlo, ¿verdad, comandante?, pero lamentablemente nos faltan aún muchos años de investigación para realizarlo. Esos años de investigación es la ventaja crucial de la que dispone el Ínbid.
- Comprendo, señor -me atreví a comentar.
- Por supuesto -dijo con rotundidad el capitán-, cualquier militar con experiencia de combate comprendería de lo que estoy hablando. Es evidente que los seres humanos necesitamos cambiar de estrategia si queremos sobrevivir a esta guerra. No sé si los políticos se habrán dado cuenta, probablemente no, puede que ni les interese, la verdad, pero los oficiales que tratamos diariamente con la tropa desde luego que sí que nos hemos dado cuenta. Además, el cansancio es evidente. No es porque llevemos años de guerra, no se trata de eso... es porque llevamos años de guerra sin resultados. Retrocedemos en todos los frentes. Es un retroceso lento, es cierto, pero es objetivo, evidente. Y con el Sistema Solar al alcance de esos micrometeoritos en cualquier momento puede producirse una catástrofe. Como le decía, la mayoría de políticos no quieren admitirlo, están demasiado ocupados contemplándose sus ombligos peludos y perfumando sus alientos hipócritas... incluso hay sistemas a los que les interesaría que cayera la Tierra,... pero los militares empezamos a ser conscientes de que nos encontramos en un momento delicado, probablemente en un punto de inflexión.
El capitán me miró fijamente.
- Sé que comprende lo que le estoy diciendo -dijo, y se adelantó en su asiento hasta apoyar los codos en el escritorio y entrelazar las manos- pero... ¿comprende por qué se lo estoy diciendo?
- Por la propuesta de paz del Ínbid -respondí.
- Así es, esa propuesta de paz no podía venir en peor momento. ¿Por qué tendrían que hacer una propuesta de paz? Están ganando la guerra. Es incomprensible que hagan una propuesta de paz... a no ser que sea una trampa.
El capitán volvió a recostarse en su asiento y esperó una respuesta por mi parte.
Sus ojos glaucos se posaron en mí y me observaron impasibles. Fríos e impasibles.
El desconcierto casi me hace repetir sus últimas palabras pero en el último momento me contuve. Aquel hombre sentado ante mí no quería escuchar el eco de su voz. Quería una valoración táctica de la situación. Contaban que su cabello, cortado al cepillo, se había quedado blanco después de su primera bajada de combate en la Nebulosa Apocalipsis.
- Quizá el Ínbid esté realmente dividido, señor -respondí-, quizá quieran darnos una oportunidad. Una última oportunidad. Mi equipo y yo consideramos que era una propuesta digna de ser tenida en cuenta. Más aún con lo que me acaba de comentar.
- ¿Y quiénes son ustedes, comandante? Un hijo de granjeros de Amantze que perdió a sus padres en la destrucción del planeta por parte del Ínbid, un ser humano sintético que duda sobre su identidad, una mujer resentida contra la Humanidad porque su comunidad la rechazó por su rostro deformado, un huérfano que coleccionaba hormigas y un exogeólogo que quedó medio desequilibrado mentalmente después de lo de Berenice. No se ofenda, comandante, pero me sé de memoria sus perfiles psicológicos y no ofrecen mucha confianza. Son ustedes extremadamente vulnerables.
- Puede que nuestras debilidades nos hagan más lúcidos, señor.
- Quizás, comandante, pero lo cierto es que, en la mayor parte de los casos, las debilidades simplemente hacen más débil a quien las padece. Y a la Humanidad puede pasarle eso, precisamente. ¿Se da cuenta del efecto que podría tener si esta propuesta de paz trascendiera antes de tiempo? Se propagaría como una epidemia por el ejército humano... no, sería peor que una epidemia: sería como una droga. Los hombres están cansados y ante un rumor de paz se volverían prudentes y tendrían menos ganas que nunca de luchar y de correr riesgos. Todos querrían ver el final de la guerra.
- Bueno, señor, supongo que aunque todos nosotros nos dediquemos a la guerra, las ansias de paz hay que verlas como un resquicio a la esperanza.
- Comandante, ¿de qué está usted hablando? Nosotros luchamos por la victoria, no por la paz. Supongo que tiene usted claro ese detalle.
Me cuadré y afirmé con rotundidad
- Por supuesto, señor.
- La única paz duradera es la que se impone después de una victoria total. ¿No ha estudiado usted Historia en la Academia Militar? ¿De qué cree que estamos hablando? Estamos hablando del Ínbid, comandante, de la simbiosis que asesinó a sus padres y a millones de seres humanos sin que les temblara el pulso; hablamos de los seres más tramposos, despiadados y listos a los que se ha enfrentado jamás la Humanidad: antes que la esperanza, se ha de imponer la prudencia. En mi opinión, esa propuesta de paz no es más que una sutil trampa para minar la moral de las tropas. Pero mi opinión no cuenta más que la de cualquier otro oficial de la Armada. Lo que cuentan son las pruebas. ¿Qué garantías tenemos de que la propuesta del Ínbid no es una trampa?
Nosotros habíamos sobrevivido, no sólo a la trampa Ínbid sino también a La Sombra, esa era la única garantía. Pero la verdad es que nosotros también podíamos formar parte de la trampa. Nosotros podíamos ser el anzuelo.
- En el fondo, ninguna, señor -respondí.
- Efectivamente: ninguna.
El capitán giró con su silla hasta encararse de nuevo con las estrellas. Se levantó, dio un par de pasos y se plantó otra vez ante el ventanal, ante el infinito. Al cabo de unos segundos, dijo:
- Como le he comentado, he leído su informe. Y no crea que le he prestado poca atención. Lo he leído varias veces y he pedido datos a otras constelaciones y al Archivo Central en la Tierra y en otros planetas, por ejemplo, Titania. Existió una expedición capitaneada por un tal Danel Marutsian, genetista condenado y desterrado por ayudar a clonar a su hijo, fallecido en las guerras Kilmoa. ¿Sabe cómo se llamaba su hijo? Alema Marutsian... Lo único que no cuadra exactamente son las fechas... pero bueno, dejemos ese detalle de momento. Lo que quiero que entienda es que el cuaderno negro que ha traído con usted quizá sea la única prueba que tenemos de que toda su historia es algo más que una trampa del Ínbid, de que en ella ha habido más actores que vispoides y medusas. Desde luego, el planeta... Alema, tal y como lo llaman ustedes... parece haber estado habitado hasta no hace mucho tiempo por una civilización avanzada. Hay restos de ciudades, de puentes, caminos y de otras infraestructuras propias de una civilización evolucionada tecnológicamente. Pero no hemos tenido tiempo de explorar en profundidad y, después de leer su informe, he tomado la decisión de recomendar poner en cuarentena el sistema solar entero. Así que seguimos y, probablemente seguiremos, sin ningún tipo de garantía.
- Entiendo perfectamente lo que quiere decir, señor -respondí-, de hecho, es lo mismo que le dijimos a Palabra y al resto de terkumas. Ellos nos contestaron que nuestro regreso con vida sería prueba suficiente. Que nosotros éramos la prueba.
- Lo sé, lo sé, lo he leído en su informe. Y sabe qué le digo: que de cinco personas han vuelto dos con vida. Vaya mierda de prueba, francamente.
- Soy consciente de ello, señor.
- Además, está esa entidad a la que llaman La Sombra.
- Sí, señor.
El capitán permaneció en silencio con su mirada perdida entre las estrellas.
- Quizá -aventuré- el Ínbid no quiere tener dos frentes abiertos.
- Quizá así sea -sentenció el capitán y se giró y me miró fijamente otra vez-, puede que el Ínbid quiera una tregua con los humanos porque no quiere enfrentarse con dos enemigos a la vez. Quizá sea tan sencillo como eso. Puede que quiera concentrarse en La Sombra, o incluso puede que quiera que seamos aliados para combatir juntos contra La Sombra. Al fin y al cabo, esa entidad parece amenazar a cualquier forma de vida inteligente.
Avanzó, rodeó el escritorio y se plantó ante mí. Me puse en pie.
Mantuvo su mirada clavada en mis ojos.
- En cualquier caso -dijo-, convendrá conmigo en que la forma adecuada de llevar este asunto es manteniendo en secreto la propuesta de paz, o de diálogo, porque aún no sé muy bien ni cómo llamarlo, que nos ha hecho el Ínbid. Es extremadamente importante que no se difunda rumor alguno hasta que sepamos con más certeza qué clase de terreno pisamos.
- Ciertamente, parece lo más razonable, señor.
- Además, usted también tiene asuntos que le interesa que se traten con la máxima discreción.
En un primer momento, me quedé desconcertado. No supe a qué se refería. Pero al cabo de una fracción de segundo comprendí que estaba hablando del embarazo de Alkai.
- Dejemos a parte el hecho de que su forma de llevar la misión ha sido lo suficientemente heterodoxa como para plantarle ante un tribunal militar -continuó diciendo el capitán-, eso ahora es lo de menos y en cualquier caso un buen abogado siempre podría conseguir una sentencia favorable sobre este asunto, sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias extraordinarias que concurren en este caso. Pero un embarazo es algo objetivo, y las normas dejan pocos resquicios legales al respecto. ¿Comprende lo que quiero decir?
- Quizá, señor, me esté sugiriendo guardar silencio sobre la propuesta de paz del Ínbid a cambio de correr un tupido velo sobre el tema de Alkai.
- No es una sugerencia, comandante, es una orden. Si no obtenemos la máxima colaboración en este asunto por su parte, ambos serán juzgados y expulsados del ejército con deshonor y sin compensación económica alguna. Además ella tendría que abortar, por supuesto.
- Por mi parte no habrá ningún problema, señor.
El capitán dio una vuelta a mi alrededor, como si quisiera asegurarse de que no dejaba ningún cabo suelto.
- Entienda lo que intento decirle -insistió-, ya he hablado con mis superiores. Usted es un buen oficial, no es el deseo de nadie montar un escándalo por un desliz que, al fin y al cabo, no tiene mayor trascendencia. Simplemente queremos mantener bajo control esta situación, evitar que nos explote en las narices, evaluar fríamente cuáles son nuestras opciones tácticas. ¿Comprende, comandante?
- Por supuesto, señor.
- Perfecto. Ahora, salgamos.
Me hice a un lado y permití que me precediera.
Salimos de la cabina y subimos por la rampa. Él se sentó en su sillón de capitán de la constelación y yo me quedé a su lado, de pie, contemplando la sala donde nos hallábamos, sumido en mis propios recuerdos y pensamientos.
Estábamos en el horizonte de batalla de la nave, la estancia desde donde se decidían todos los movimientos y estrategias a seguir por la constelación. El puente de mando se apretujaba en una hondonada circular en el centro de la estancia, y el sillón del capitán colgaba de un brazo articulado que lo situaba ligeramente por encima de la cabeza de todos los operadores que trabajaban en el puente, sentados frente a pantallas virtuales y rodeados de hologramas de control y comunicaciones que emergían de las paredes de la hondonada. En un hueco libre de esa hondonada, entre pantalla y pantalla, se encontraba la puerta de acceso a la cabina del capitán.
Una cúpula negra cubría todo el espacio de la estancia. Sobre ella se proyectaban trayectorias entre sistemas estelares y la posición del resto de naves de la constelación. El suelo parecía inexistente. Era sólido y firme pero totalmente transparente y la misma cúpula que cubría el techo se extendía de forma simétrica bajo nuestros pies, pero con sus propias luces y trayectorias, informaciones y advertencias, de tal manera que el puesto de mando, una isla de luz en la oscuridad, parecía flotar en el centro de un huevo cuya superficie interior hubiera sido pintada con meridianos y paralelos luminosos y adornado con luces parpadeantes.
Estaba a punto de despedirme cuando uno de los operadores de comunicaciones se alzó de un salto y visiblemente excitado, gritó:
- ¡Señor!
El capitán fulminó con la mirada a aquel hombre.
- ¿Qué demonios ocurre? -preguntó malhumorado.
Al operador le tembló la voz de emoción cuando anunció casi a gritos:
- ¡Señor! ¡Karoshen está vivo!
De inmediato, los rumores que llenaban el puente de mando en aquel momento, que eran los habituales al desempeñar los oficiales ahí destacados sus tareas de control y mando, se disiparon en el aire y se hizo un profundo silencio. Todos contuvimos la respiración.
- No puede ser -murmuró el capitán.
- Señor, acabamos de recibir una comunicación de la constelación Murugan -continuó el operador de comunicaciones, eufórico-, al parecer han encontrado a Karoshen siete esturión vivo en un nido vispoide abandonado a la deriva en un punto del cinturón de Kuiper.
El capitán observó al operador con el ceño fruncido. El escepticismo era evidente en su rostro.
- ¿Está seguro? -preguntó-. ¿Lo ha comprobado? ¿Cuánto tiempo hace que lo encontraron?
- Sí, señor, estoy seguro, la nave insignia de la Murugan ha validado el mensaje a petición mía. Hace días que lo encontraron pero lo tenían en cuarentena.
- ¿Están seguros de que no se trata de un clon-bomba? -insistió el capitán, aún con el ceño fruncido.
- Lo han comprobado exhaustivamente, señor.
El capitán bufó.
- ¿Cómo puede ser -exclamó- que ese hombre saliera vivo del desastre de Imega?
Era lo que estábamos pensando todos.
- Hay algo más, señor.
- ¿Más?
- Sí, señor: según la Murugan... ¡es portador de una propuesta de paz por parte del Ínbid!
De repente, un murmullo recorrió todo el puente de mando. Un murmullo que iba en aumento y daba la impresión que desembocaría en una exclamación de euforia generalizada. Antes de que esto pudiera producirse, el capitán gritó:
- ¡Silencio!
Entonces se hizo de nuevo el silencio y todos miramos fijamente al operador que había dado la noticia. Se había dejado llevar por el entusiasmo, y se palpaba en el ambiente que los seres humanos allí presentes tenían ganas de participar en ese entusiasmo gritando vítores y hurras. Sin embargo, contuvimos la respiración y el operador apretó los labios, pálido y firme.
El capitán habló con voz helada y muy despacio.
- ¿Lo han transmitido en abierto a todas las constelaciones de la Armada? -preguntó.
- Sí, señor, a todas, y también al Alto Almirantazgo en La Sima, y a Venus y a Marte.
- Siéntese y póngame inmediatamente con la capitana de la Murugan y con la almirante Biobaku. Máxima encriptación. ¡Rápido!
- Sí, señor -dijo el operador, y obedeció ipso facto la orden.
- Y el resto de personal hará bien en seguir trabajando como si no hubiera oído nada o les abriré un expediente a todos.
En el acto, los oficiales en el puente giraron de nuevo sus cabezas hacia las consolas de las cuales eran responsables y siguieron trabajando en silencio, sin atreverse a añadir comentario alguno ni muchísimo menos a hacer ninguna pregunta.
Yo saludé marcialmente y solicité permiso para retirarme. El capitán me miró de arriba abajo.
- Retírese -me respondió-, de momento sigue bajo arresto. Y sobre todo no olvide la conversación que acabamos de tener. Hasta nuevo aviso, sigue vigente.
- Por supuesto, señor.
Salí del horizonte de batalla de la constelación Esparta sujetándome la risa. Los Cromiocande alfa me esperaban en el umbral. Me escoltaron a mi celda mientras me mordía los labios y contenía la respiración porque tenía ganas de partirme de risa. Y no había nadie a mi alrededor que pudiera entenderme.
Pero cuando llegué a la celda y me dejaron solo... entonces sí: dejé de contenerme y me reí. Me reí mucho. De todo. De todos.
Y luego lloré. Por mis padres. Por Idkereda. Por todos los que habían quedado atrás.
Finalmente me dormí.
Y soñé en paz.
(Fin del capítulo 51. Epílogo)
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