Capítulo 21. GULMAI.



Las medusas estaban entre los terkumas cuando llegó la expedición de Danel Primero. Y los humanos se toparon con ellas. Era inevitable. Idkereda nos explicó lo que Danel había escrito en su diario al respecto. Lo había traducido todo poco a poco, lentamente. En aquella época la Humanidad no estaba en guerra con el Ínbid, los Coleccionistas de medusas y los Vispoides eran especies desconocidas. La mirada de Danel y del resto de personas que le acompañaban estaba limpia, no había traumas ni resentimientos que condicionaran su juicio. Vieron cómo el Ínbid ayudaba a reconstruir el planeta, y así lo escribió en su diario. En realidad, no había demasiados comentarios al respecto, desde luego no tantos como hubiera escrito un humano actual. Probablemente, para un humano actual, el Ínbid hubiera sido el tema central del diario, incluso por delante de los terkuma. Pero en el caso de Danel, no era más que un asunto secundario, marginal. No es que las medusas les gustaran. Las medusas no gustaban a nadie, eran seres demasiado parecidos a las medusas terrestres como para que provocaran la más mínima empatía en los humanos; tan sólo, y en el mejor de los casos, un leve interés estético por aquellos ejemplares con pintorescas umbrelas iridiscentes. Pero no había ni una sola palabra sobre temor a ser atacados por ellas, o sobre venenos mortales o mutaciones genéticas. Los vispoides sí provocaban auténtico pavor a los humanos: tan parecidos como eran a las avispas terrestres gigantes, pero a una escala mucho mayor, ningún humano mentalmente sano podía permanecer tranquilo a su lado. Procuraban siempre poner la máxima distancia posible entre ellos y aquellas criaturas tan extrañas. Sin embargo, no mencionaba ningún incidente que justificara semejante miedo: a juzgar por el diario de Danel Primero, el miedo que los humanos sentían por los vispoides era puramente atávico e irracional y, conscientes de ello, no le hicieron nunca mucho caso. El fragmento que nos erizó a todos el vello en la nuca fue aquel en el que se explicaba cómo todos los humanos de la expedición se introdujeron voluntariamente en las medusas para evitar tener problemas con el bacterioma de la biosfera de aquel planeta, que ya habían bautizado por aquel entonces como Alema. Recibieron exactamente el mismo tratamiento que nos habían proporcionado a nosotros, sólo que sin temor alguno a ser convertidos en monstruos.

Idkereda nos leyó palabra por palabra el fragmento. Luego cerró el diario y nos quedamos todos en silencio.

- Somos unos críos -dijo de repente el biólogo.

- ¿Qué quieres decir, Idkereda? -preguntó Alkai.

- Exactamente lo que he dicho. La especie humana acaba de dejar la cuna, no hace ni mil años que salimos al espacio. Qué digo ni mil años: ni trescientos. No es nada. A nivel evolutivo no es absolutamente nada. El Ínbid, sin embargo, lleva miles de años viajando por la galaxia, y quién sabe si más allá. ¿Cómo será la Humanidad dentro de miles de años? ¿Cómo cambiará la psicología de una especie que durante miles de años ha viajado por el Universo y que gracias a su tecnología puede acceder a los recursos materiales que necesite sin demasiados problemas? A lo mejor es más importante luchar contra el aburrimiento que contra la entropía. A lo mejor, su percepción de la vida cambia y la vida deja de ser una lucha constante por la supervivencia, y más tarde incluso quizá deje de ser una carrera de acumulación de bienes. A lo mejor aprecian más encontrar un motivo para seguir viviendo en medio de un Universo que parece estar vacío que un yacimiento de metales raros.

Todos nos quedamos mirándole, un tanto alucinados.

El primero en reaccionar fue Surkoi.

- Si estuviéramos en una nave estelar -dijo-, te denunciaría por traidor.

Idkereda le miró con desprecio.

- Lo que dices no cuadra con lo que vemos día a día del Ínbid, Idkereda -dijo en ese momento Alkai-: luchan por posesiones materiales hasta la muerte. No parecen ser precisamente una especie desapegada y pacífica que busque por el Universo el significado de la vida.

Idkereda se encogió de hombros.

- Todo lo que vemos está sujeto a interpretación -respondió-. Incluso las acciones aparentemente más crueles. Quizá el Ínbid no sea tan uniforme como nos imaginamos, quizá esté dividido en diferentes facciones o culturas, como nosotros, los humanos, y quizá hasta ahora nos hemos encontrado con las más violentas. O quizá esta guerra sea fruto simplemente de problemas de comunicación.

- ¿Problemas de comunicación? -repitió Surkoi gesticulando y abriendo mucho los ojos como si Idkereda hubiera dicho la mayor tontería del mundo- ¿Problemas de comunicación? ¡Las especies luchan entre ellas porque sus intereses son contrarios, no porque no se entiendan!

- Sólo intento comprender lo que parece estar ocurriendo aquí, ahora, en este planeta -insistió Idkereda-, y dudo mucho que tu lógica de confrontación continua nos lleve muy lejos.

- A ver si te enteras de una vez -gritó Surkoi-, ¡A ver si os enteráis de una vez todos vosotros de lo que está ocurriendo aquí! ¡Estamos jodidos! Eso es lo que está ocurriendo. Estos calamares nos entregarán mañana, a cambio el Ínbid no destrozará su planeta intentando atraparnos. Sólo nos queda decidir...

- ¡Ya está bien, piloto! -grité.

- ¡Es cierto, señor! ¡Sólo nos queda decidir...!

Me alcé.

- He dicho -repetí- que se calle.

- Sólo nos queda decidir si lucharemos hasta el final o moriremos acorralados como animales.

Caminé hacia él.

- Sea lo que sea, usted no lo verá.

Estaba dispuesto a inducirle un coma disciplinario, a dejarle dormido hasta que nos rescataran o nos aniquilara el Ínbid.

Se alejó de mi.

Se alejó de mi arrastrándose por el suelo.

Y me suplicó que no le hiciera perder la consciencia. No en ese momento.

- Señor, por favor, se lo ruego -dijo-, no quiero morir mientras estoy inconsciente. Sea lo que sea lo que tenga que pasar quiero verlo, quiero defenderme, quiero luchar si es necesario.

Le agarré por el cuello del pijama y lo alcé.

- Cuádrese cuando hable con un superior -le dije, con una mueca de asco.

Se cuadró. Tragó saliva.

- Señor -insistió-, quiero estar consciente cuando llegue el momento.

Le solté como si su ropa me quemara.

- Debería imponerle un castigo disciplinario.

Guardó silencio. Sabía que en cualquier momento mi cerebro podía enviar una orden al suyo que lo sumiera en una profunda hibernación. No se atrevió a insistir más.

- Suban todos a la cima del árbol con Palabra -dije finalmente.

Se dirigieron todos a la puerta. Llamé a Idkereda y se acercó.

- Vigile a Surkoi de cerca -le susurré.

Él asintió levemente y caminó de nuevo hacia la puerta. Salieron de la habitación y me quedé solo. Me acerqué a la ventana y miré hacia la noche. Algunas lámpara-luciérnagas revoloteaban cerca.

Palabra tenía razón. Llegaba un momento en el que tenías que tomar una decisión y esa decisión lleva siempre implícito confiar en algo o en alguien. No hay fórmulas mágicas ni certezas absolutas. En la realidad, nunca las hay. Y, según Idkereda, Alkai y Brumantra, los tres miembros de la tripulación con sistemas de detección de realidad virtual implantados en sus cerebros, estábamos inmersos en la realidad, no en un mundo virtual diseñado por Coleccionistas. Respecto a Palabra... ¿cómo confiar en una especie alienígena aliada del Ínbid? Surkoi tenía razón, la situación tenía muy mala pinta. Sin embargo, no teníamos muchas opciones. No teníamos armas eficaces, habíamos perdido nuestra conexión con los incurdroids y, básicamente, estábamos totalmente desnudos ante una tecnología extraterrestre totalmente desconocida. No comprendía por qué, si todo aquello era una trampa, no nos habían entregado ya al Ínbid. Al fin y al cabo, los terkumas habían demostrado en más de una ocasión tener capacidad suficiente como para aturdirnos y desarmarnos. Incluso habían logrado meternos a cada uno de nosotros en sendas medusas. ¿Por qué no finalizar toda esta historia en ese momento? ¿Por qué? ¿Por qué montar toda esta parafernalia? ¿Por obtener información? Podía haber motivos ocultos, intereses que desconociéramos que dieran sentido a la situación en la que nos encontrábamos. Idkereda también tenía razón: todos los gestos y situaciones estaban sujetos a interpretación. Hubiéramos necesitado mucho más tiempo para llegar a aproximarnos un poquito a lo que se podría considerar algo así como una evaluación objetiva de la situación, si es que una parte interesada como nosotros podía soñar siquiera con acercarse a la objetividad. Pero, en realidad, en todos los aspectos importantes de la vida, ¿cuándo no es insuficiente el tiempo?

Escogiera lo que escogiera sería un salto al vacío. Si decidía guerra, luchar no serviría de nada, nuestro gesto no se podría interpretar más que como un suicidio ritual, lo único que conseguiríamos sería mantener la dignidad en medio de lo que no sabíamos si era una monumental estafa; y si decidía paz, confiar en Palabra no nos garantizaba que nuestros cuerpos no acabaran viviseccionados en una nave Coleccionista. Conservar la dignidad en medio de un engaño era una buena motivación, aunque a nivel material no significara nada, pero no esperar a tener más pruebas, renunciar ya a la esperanza, parecía prematuro, precipitado, quizá incluso poco inteligente.

El problema es que para cuando tuviéramos pruebas, indicios firmes, evidencias, quizá fuera demasiado tarde.

En medio de mis cavilaciones, oí la voz de Brumantra llamarme a mis espaldas.

Me giré. Elisa me miraba desde el umbral. Apartaba las cortinas con un brazo y sus ojos se posaban en mí esperando una respuesta por mi parte.

- Señor -repitió-, ¿puedo pasar?

- Adelante, Brumantra.

Avanzó hacia mi.  

- Perdone que me presente aquí de esta manera -se disculpó mientras caminaba por la habitación hacia donde yo me encontraba-; el resto de la escuadra se ha quedado arriba, con Palabra. Si quiere, puedo regresar con ellos.

- No se preocupe -la tranquilicé-, dígame, ¿qué ocurre?

- Verá, señor -empezó a decir-...

Pero titubeó en seguida.

Se detuvo. No sabía cómo continuar. No encontraba las palabras adecuadas.

Desvió la mirada y se sentó en la cama. La observé atentamente. Se frotaba las manos nerviosa y miraba al suelo. Apretó los labios y tragó saliva.

Finalmente dijo:

- Señor,... lo de Gulmai... ¿cómo consiguió salir vivo de ahí?

Me encogí de hombros.

- Sangre fría... y suerte.

Me giré de nuevo hacia la ventana y miré hacia el exterior. Hacia Gulmai.

- Desde luego, mucha suerte -remaché.

Gulmai. Un escalofrío recorrió mi espalda. Ambos nos quedamos unos segundos en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos, y luego empecé a contar el desastre. No es que se lo estuviera explicando a ella en concreto, más bien hablaba en voz alta como forma de mantener a raya mis recuerdos, que pretendían nublar mi entendimiento y volverme loco.

- Después de arrastrarnos varios días por el limo -dije-, esquivando plantas carnívoras, parásitos mochila, insectos licuantes, caminantes nocturnos y soportando un calor y una humedad asfixiantes, sufriendo picotazos de mosquitos grandes como libélulas y comiendo escarabajos oveja, hormigas crujidoras, gusanos emplumados y toda clase de bichos repugnantes, llegamos al claro donde se había convenido que la infantería biomecanizada de la constelación Salamina Estelar nos rescataría. Pero se retrasaron. Ya sabe lo difícil que es conseguir una trayectoria de intercepción espaciotemporal idónea desde varios años luz de distancia. Los guerreros guodas nos acorralaron en el límite de la selva con el claro. ¿Ha visto alguna vez un guerrero guoda de cerca? Son parecidos a escorpiones negros pero en lugar de pinzas tienen cuchillas... unas cuchillas que cortan casi cualquier material... y con casi tanta facilidad como nuestros resonadores moleculares... pero todo esto ya lo sabe. Como sabe que son otra especie simbiótica Ínbid, ¿no? Claro, se lo explicaron en la Academia Militar de Venus, o Marte, o donde quiera que haya ido usted... pero no me refiero a los hologramas, a la teoría, a la ingeniería virtual. Lo que quiero decir es...  ¿ha percibido su aliento en una situación de vida o muerte? ¿Ha visto cómo se mueven, ha sentido las corrientes que provocan sus cuchillas al cortar el aire, a esa velocidad, casi invisibles? ¿Ha escuchado sus gritos, el siseo y el frío de sus cuchillas a pocos centímetros de su piel? Es... es... son como látigos recubiertos de cuchillas de afeitar. Ah, y por cierto, también disparan aguijones, como los vispoides... -hice una pausa y tragué saliva-... el caso es que el comandante de la misión se volvió loco. Rematadamente loco.

Brumantra quería hablar de su hermano. No de Gulmai. Lo supe enseguida, en cuanto vi que se sentaba en la cama y se frotaba las manos nerviosa. Quería saber si su hermano había tenido una buena muerte. Y yo era su última esperanza porque en los informes de misión no se mencionan los detalles que Brumantra quería conocer. Y los supervivientes no hablan de Gulmai. Ni siquiera yo. Pero aquella noche sí. Aquella noche podía ser la última.

- Los trajes que vestíamos en aquel momento eran los de supervivencia y las municiones escaseaban, es decir: estábamos indefensos ante las mandíbulas y las cuchillas de los guodas. Éramos dos escuadras de humanos hambrientos, desnutridos, mal dormidos, enfermos... la mitad de nosotros tenía fiebre y la otra mitad sarpullidos y reacciones alérgicas por todo el cuerpo, algunos ambas cosas, medio desarmados y aterrorizados... unos cuantos perdieron los nervios, entre ellos, el comandante de la escuadra. Nadie se lo puede reprochar. Cuando te ves rodeado de esos monstruos... bueno, supongo que una reacción normal es volverse loco y pegarse un tiro. Yo tomé el mando. Fue algo espontáneo. No tuvo ningún mérito. Estaba tan aterrorizado como el que más. Lo hice todo sin pensar. Organicé a los hombres para abrir un pasillo entre los guodas que nos permitiera llegar hasta el claro y luego hasta su extremo norte. ¿Por qué hacia el norte? Porque era un claro enorme y en el extremo norte había un rebaño de bobolefantes paciendo tranquilamente. Los bobolefantes son otra especie simbiótica Inbid, por lo que yo supuse que los guodas procurarían no hacerles demasiado daño. Si lográbamos mezclarnos entre ellos quizá tuviéramos una posibilidad, aunque exigua, de sobrevivir hasta que llegaran los incurdroids de la Salamina Estelar. Nos abrimos paso a tiro limpio entre los últimos árboles de la selva. Los hombres estaban predispuestos a organizarse. Es como si el terror limpiara sus mentes de rasgos individuales y les predispusiera a comportarse como un solo organismo. Formación de diamante invertido, fila de a dos, cada hombre cubría el flanco de su compañero y adelante. Sangre, sudor y vísceras hasta llegar al claro, y luego a correr, a pecho descubierto, sálvese quien pueda. Parece emocionante, ¿verdad, Brumanta? Pues es una mierda, es la guerra, es literalmente una mierda: más de uno se cagó o se meó encima, es normal, el pánico te hace perder el control de tus esfínteres, al menos a los humanos tipo darwin, créame: el miedo huele, la guerra huele, huele a mierda, es así, no es nada épico ni emocionante, no es limpio, no es heróico, no es montarte en una maldita máquina de matar, perfecta, impoluta, y apretar botones: eso no es la guerra. La guerra de verdad huele, y huele a mierda... pero llevábamos tantos días sin lavarnos e íbamos tan cubiertos de limo de Gulmai que no notamos una gran diferencia en el hedor que desprendíamos. Nuestra guerra ya era la de la mera supervivencia. En el claro se armó un follón considerable: los guerreros guodas caían a puñados víctimas del plasma hipercaliente, destrozados por los haces de partículas, descuartizados por los resonadores moleculares, pero eran muchos, cada vez más, y no cejaban en su empeño de impedir a toda costa que llegáramos al rebaño. Mientras, los iquerantes, guodas pastores, reaccionaban conduciendo a los bobolefantes fuera del claro, hacia las profundidades de la selva. Creo que las últimas municiones las empleamos en matarlos. Sabíamos que si el rebaño se quedaba sin iquerantes, sin pastores, se agruparían en círculo, con las crías en el centro, y mezclados con ellas estaríamos nosotros, y quizá los guerreros guodas no se atrevieran a entrar por no dañar a los bobolefantes. Sabíamos... o creíamos saber. A pesar de tenerlo todo en contra, conseguimos llegar hasta aquellos enormes hervíboros cuando aún más de la mitad del rebaño permanecía en el claro. Aun así, nada salió según lo planeado: al matar a los iquerantes y ver los bobolefantes semejante masacre a su alrededor las bestias se pusieron muy nerviosas y se produjo una estampida sin orden ni concierto. Algunos corrían hacia el centro del claro, otros hacia el interior de la selva y aún había otros que corrían en círculos. Era un caos. Las crías chillaban desesperadas, abandonadas. Nubes de tierra y polvo, limo, piedras, sudor, sangre, excrementos de hervíboro, vómitos y chillidos de humanos, bobolefantes y guodas. Todo mezclado como en una batidora. Los guodas esquivaban a los bobolofantes y nos atacaban a nosotros, aunque más de uno no pudo hacer las dos cosas a la vez y murió aplastado por las patas de aquellos enormes hervíboros o descuartizado por nuestros resonadores moleculares. Y nosotros esquivábamos tanto a los bobolofantes como a los guodas. Creo que el caos provocó más bajas que los propios guodas. Ordené a los hombres que utilizaran las cuerdas de escalada a los árboles, que todos conservábamos aún en nuestro equipo básico, para subir a los bobolefantes. Algunos lo conseguimos y desde ahí los dirigimos como pudimos contra los propios guodas. Para ellos era imposible subirse a un bobolefante, lo hubieran podido descuartizar en tres segundos con sus cuchillas pero eran incapaces de subirse a él o de dirigirle sin hacerle daño, así que luchaban cohibidos. No querían hacerles daño, no demasiado, al menos, eso fue lo que nos salvó. Sobrevivimos más de un minuto en medio de la estampida de bobolefantes y de la carga de guerreros guodas, hasta que los incurdroids del Salamina Estelar llegaron a la superficie del planeta y nos recogieron. Para aquel entonces, estábamos inmersos en una nube de polvo, sangre, sudor y lágrimas. Todo el mundo era una sombra para todo el mundo.

Guardé silencio mientras continuaba mirando por la ventana.

- Supimos que los incurdroids estaban cerca porque de repente unos potentes motores barrieron el polvo y nos cegó una cortina de fuego. Era el superNápalm disparado por los droides contra la selva. Lo primero que hicieron los del Salamina estelar fue aislar el claro del resto de la selva con una muralla de fuego que nos rodeó a todos. Y luego lo impregnaron de venenos que nos destrozaron los pulmones. En teoría eran inofensivos para los humanos, y supongo que lo eran, pero al puñado de supervivientes los alveolos estuvieron escociéndonos durante semanas. Algunos murieron al intentar llevarse un trofeo de aquel infierno. Se acercaban a los guodas moribundos creyendo que estaban muertos y sus cuchillas les segaban las piernas limpiamente. Querían arrancarles los ojos y acababan sin piernas y muertos. Más de uno murió desangrado antes de que los incurdroids descendieran a recogernos. El anillo de mordiscos que rodeaba mi tórax supuraba un pus amarillo y maloliente cuajado de gusanos-sanguijuela diminutos. Me estaban devorando por dentro. Pero eran más lentos que las cuchillas de los guodas. Habrían tardado días en matarme. El primer médico que me atendió en la nave hospital de la Salamina Estelar, vomitó. Con todos los gusanos, insectos y raíces que me desincrustaron del cuerpo, se podría haber colonizado un planeta.

Dejé de mirar al exterior. Alcé mis manos frente a mi rostro y las observé. Temblaban.

- Señor -dijo Brumantra-, mi hermano estaba en una de aquellas escuadras. Había realizado una bajada de combate, pero la de Gulmai era su primera misión de sabotaje.

Parecía ser que Elisa había encontrado ya las palabras adecuadas para expresar lo que había venido a decir. Me giré y la miré. Ella también me estaba mirando, había levantado la vista del suelo y me miraba fijamente.

- ¿Su hermano era Tomei? -pregunté yo.

- Sí, señor, Tomei Brumantra -respondió ella con un hilo de voz, desviando la mirada de nuevo al suelo.

- Créame que lo siento, Brumantra -dije con toda la sinceridad de que fui capaz y sin que mis manos dejaran de temblar.

- No se preocupe, señor -respondió ella, aún mirando al suelo-, sólo quería saber si murió o fue capturado por el Ínbid. Sólo eso. En el informe oficial sólo constaba como No Presente A Bordo.

Brumantra no quería más incertidumbre en su vida. Mañana hablaríamos con el Ínbid. Si tenía que morir, quería morir sabiendo. Aunque quizá no estuviera preparada para asumir la respuesta. Sin embargo, la respuesta era sencilla y no era la peor de las dos posibles.

- Murió delante de mí -contesté-. Fue una muerte rápida y limpia. En Gulmai, el Ínbid no hizo prisioneros.

Porque la respuesta podría haber sido: fue capturado. Y ya sabemos todos lo que les ocurre a los capturados por el Ínbid. Recuerdo que cuando era niño mi madre y mi padre me daban las buenas noches con un beso en la mejilla. Yo me dormía plácidamente y al día siguiente iba al colegio, donde me preparaban para ser un buen ciudadano, saber mantener una familia y no tener que pensar en la muerte más que en momentos puntuales y extraordinariamente raros. Estoy seguro de que mi infancia no fue muy diferente a la de Tomei o Elisa Brumantra; quizá ellos no jugaban en un campo de trigo o en el bosque por las tardes sino en un parque urbano o en una sala de juegos en red de una ciudad orbital. Pero en cualquier caso seguro que también había un plan para ellos, un plan que les haría felices, y unos padres que vigilaban ese plan y les daban besos en las mejillas por las noches. La guerra fue el gran invitado que trastocó esos planes. Tuve tiempo de añadir:

- Lo vi con mis propios ojos, Elisa, puede estar tranquila

antes de que ella me preguntara:

- ¿Cree usted que soy humana, señor?

Era la vieja pregunta. Conócete a ti mismo, ordenaban las piedras del oráculo de Delfos. La sentencia fundacional de la Humanidad. La debilidad de la razón frente a la potencia sin control de la selección natural, de la mera supervivencia. El frío en medio de la inmensidad del Universo, en medio de la nada. El miedo. Quién soy. Qué soy.

Me senté en la cama al lado de mi oficial de comunicaciones. Intenté que el temblor de mis manos no se notara demasiado. Hice un auténtico esfuerzo de concentración para que el temblor de mis manos no se notara demasiado. ¿Volvería algún día a ser el mismo? ¿Podría algún día volver a ejercer la profesión que tenía antes de la guerra? ¿Era posible el retorno? ¿Dejaría de ver el rostro de los que habían servido conmigo deformado por el dolor y por el horror? ¿Me olvidaría de su vida barrida sin miramientos por fuerzas ciegas que no sabían, ni sabrían nunca, pronunciar sus nombres? ¿De los cuerpos degollados, mutilados, estrujados inútilmente... como si sólo fueran materia? Expectativas, sueños, preguntas, recuerdos, sentimientos... todo fundido en un grito anónimo que se perdía para siempre en la oscuridad de la noche.

- ¿Tiene usted miedo a la muerte? -pregunté.

Se encogió de hombros.

¿Desaparecerían las cuchillas de los guodas de mis manos? ¿El frío de mi estómago? ¿Volvería algún día a ver mi cuerpo como era antes: limpio de gusanos-sanguijuela? ¿O viviría eternamente en aquel maldito claro de Gulmai rodeado de violencia y de muerte?

- No lo sé, señor -respondió Brumantra-. Supongo que la muerte debe de ser como antes de nacer, ¿no? Una ausencia completa de cualquier tipo de recuerdo o de sensación... una no existencia que todos hemos conocido ya... de alguna forma, todos hemos estado muertos ya, señor.

Después de unos segundos de silencio, suspiró y añadió:

- Creo que a lo que tengo miedo es a la existencia, no a la muerte. Es tan extraño... yo no existía. Y de repente sí: existo. Aquí. Ahora. En un Universo...

No supo qué palabra utilizar. Todas le parecieron demasiado pequeñas. Así que abrió ambos brazos como si quisiera abrazar la estancia entera, el mundo entero, y alzó la mirada hacia las estrellas. Sus ojos titilaban cubiertos por una película de lágrimas. Luego recogió los brazos y volvió a mirar al suelo, derrotada.

- En un Universo tan inmenso. Tan... inconmensurable. ¿Por qué? ¿Para qué? Nadie ha sabido explicármelo. A veces la existencia parece una broma tan... pesada. Me han traído hasta aquí y... no sé. Nadie ha tenido a bien explicarme por qué mi hermano tenía que sufrir tanto, por qué tenían que sufrir tanto mis padres. Nadie. A usted, señor... ¿no le parece extraño?

- Elisa -respondí, temblando-, es usted humana.



(Fin del capítulo 21. Capítulo siguiente)

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