Capítulo 24. ERROR.
El portal cuántico flotaba a un metro de altura con uno de sus vértices apuntando directamente hacia el suelo. Era un tetraedro perfecto en la selva, una figura geométrica impoluta levitando en medio del caos orgánico de la naturaleza. Era hermoso. Y al mismo tiempo aterrador. Como las medusas iridiscentes que viven en las profundidades de los océanos Ínbid o las cosmonaves toroidales de los Coleccionistas. Podría haber seguido flotando ahí durante millones de años, imperturbable, mientras la vida evolucionaba a su alrededor, igual que las pirámides mayas, balsas de piedra impasibles a la deriva en la corriente del tiempo, mientras una marea verde recuperaba el corazón lítico que había sido arrebatado a la selva. Podría haber sido un espacio geométrico de silencio en medio de los confusos gritos de la jungla hasta el fin de los tiempos.
Podría haber dormido como un libro en el último estante de una biblioteca.
Como los Elementos de Euclides, y no haber despertado nunca una nueva geometría en el espacio-tiempo planetario.
Pero aquella noche se activó.
Sin previo aviso, sus cuatro caras equiláteras mostraron cuatro escenarios situados a miles de kilómetros de distancia de aquel rincón de la jungla. El claro donde levitaba el portal cuántico quedó iluminado por fotones provenientes de la cara iluminada del planeta y de otros puntos distantes de la superficie de aquel mundo.
A partir de aquel momento, Euclides se hubiera vuelto loco. Con el tetraedro activado, atravesar una cualquiera de sus caras significaba ser transformado en una bruma espectral y rematerializado a millones de metros de aquel lugar. Significaba que durante una minúscula fracción de segundo las propiedades cuánticas de la materia se harían visibles a escala humana, o terkuma, y la función de onda de probabilidad no sería nula a medio planeta de distancia. Y significaba, también, que cualquier cuerpo que osara entrar en un tetraedro semejante situado en las antípodas podría ser desplazado hasta la jungla en la misma fracción de segundo. El tetraedro no sólo era una salida a latitudes lejanas, también era una puerta de entrada a la jungla.
Fue nuestra puerta de entrada.
Y eso Euclides no hubiera podido explicarlo con sus axiomas.
En realidad, nosotros tampoco. Nos limitamos a usarlo. Nuestros cerebros, dos mil quinientos años después de Euclides, siguen siendo un producto bastante arcaico. Quizá, algún día, cuando la mente humana deje de ser la de un primate que salta de rama en rama y sea la propia de un ser cósmico que salta de estrella en estrella, pueda entender el Universo y sea capaz de intuir que, tal y como demuestra la impulsión Marcelo y los portales cuánticos, cualquier punto del Cosmos está conectado con cualquier otro punto del Cosmos de la misma forma que puede intuir que en un espacio plano la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Mientras tanto, seguiremos usando portales cuánticos e impulsión Marcelo sin ni siquiera poder visualizar un cubo en cuatro dimensiones.
Mientras tanto, los terkumas nos liberaron.
No nos dieron explicaciones. Simplemente nos sacaron de las gotas de resina y nos obligaron a vestirnos con unos monos negros ajustados para, acto seguido, llevarnos a una sala de control que se parecía mucho al puente de mando de una nave estelar. Estaba sumida en la penumbra, como cualquier puente de mando de una nave militar, y todo el mundo guardaba silencio o hablaba en murmullos. Además, en el centro había un ser de muy mal humor mirando gráficos y holomapas rodeado de subordinados. En aquella ocasión, el ser de mal humor no era el capitán de la nave: era Trae Consigo el trueno, pero eso era un detalle sin importancia.
Obedecimos todas las órdenes que nos dieron. No teníamos otra alternativa y no queríamos empeorar nuestra situación. Teníamos nuestros sistemas de comunicación telepática intactos pero la verdad es que, una vez fuera de las gotas de resina, con las miradas hubiera sido suficiente para comunicarnos, sobre todo entre Idkereda y yo. A lo largo de años de amistad habíamos aprendido a leer nuestras expresiones faciales, y sabíamos leer en ellas como quien lee un libro escrito en un vocabulario perfectamente asumido. Alkai y Brumantra, en cambio, tenían sus propios códigos y sus propios mensajes que transmitirse. Interrogué a Idkereda con la mirada y mi amigo vino a decirme con gestos que eso era un asunto entre ellas dos y que les preguntara a ellas si quería saber algo al respecto. Vi cómo se miraban. Incluso hubo un fugaz momento en que la yema de los dedos de Brumantra rozó suavemente los dedos de Alkai y ésta respondió atrapando fugazmente aquellos dedos delicados y apretándolos con fuerza. Fue un instante, un gesto subterráneo que supongo creyeron que pasó desapercibido. Pero lo vi. Era la primera vez que se hacían evidentes estas interacciones entre ambas. Al menos para mí. Me vino a la mente el batallón sagrado de Tebas, el cuerpo de élite creado por Górgidas que luchó durante treinta y tres años sin ser derrotado más que una vez: en la batalla de Queronea, 338 años antes de que naciera Cristo, frente a Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno; batalla en la cual fueron aniquilados porque se negaron a huir, como el resto del ejército tebano. Era curioso que recordara este capítulo de la Historia y no lo que decía el reglamento sobre relaciones de pareja entre miembros de una misma escuadra. Automáticamente, mi mente se lanzó a los bancos de memoria implantados en mi cerebro para consultar ese punto concreto, pero bloqueé enseguida el acceso de ese conocimiento a mi consciencia: me parecía mucho más importante saber historia que conocer de memoria los detalles del reglamento.
Sobre todo en la situación en la que nos encontrábamos.
Ya no estábamos en el árbol-torre sino en el interior de un búnker apartado de la ciudad terkuma, situado en las profundidades del manglar y camuflado por toda la vegetación que le rodeaba. Además, nos habían metido en un ascensor y habíamos descendido durante un buen rato, por lo que con toda probabilidad nos hallábamos bajo el nivel del agua, y seguramente a muchos metros de profundidad.
Trae Consigo ni nos miró cuando entramos en la estancia custodiados por una docena de terkumas. Yo sí le miré atentamente. Había cambiado sus vestiduras de una forma notable, y preocupante. Su cráneo ya no estaba cubierto por una redecilla que dejaba entrever los colores que lo recorrían sino por una armadura formada por multitud de pétalos de metal tan ajustados los unos a los otros como lo están los pétalos de una rosa entre ellos. Las planchas de metal rodeaban el cráneo del terkuma como los pétalos de la flor rodean el gineceo y el androceo de la flor. Sus tentáculos ahora parecían las patas acorazadas de un cangrejo en lugar de los apéndices flexibles y blandos de un pulpo; y sus cilios bucales tampoco eran visibles: se ocultaban tras una malla metálica formada por infinidad de nudos y eslabones. Todos los terkumas que le rodeaban iban vestidos de forma parecida. Excepto Palabra. Palabra viva sobre la piedra vestía igual que siempre y también nos trataba con la misma paciencia con la que nos había tratado siempre. Nos explicó que toda la vida de Alema estaba conectada formando una red planetaria. En aquel caso, la red actuaría como una red de sensores de increíble precisión. A Surkoi le iba a ser imposible esconderse. Bacterias, plantas y animales, detectarían su rastro químico: sus proteínas humanas, las células muertas de su piel, su aliento cargado de humanidad, su olor, su sudor, todo le delataría, y allí donde se rematerializara todos los organismos vivos lanzarían una señal química que recorrería el planeta entero, si hacia falta, hasta llegar a aquel centro de mando, donde se decodificaría y se localizaría el punto del cual provenía.
Nos liberaron justo después de recibir la señal que delataba la posición de Surkoi. Querían llevarnos con ellos en la expedición de rescate de Nevando cerezas. Al parecer, Surkoi había intentado llegar directamente a la cápsula pero no había tenido en cuenta lo que nos había advertido Palabra durante la cena: la red de teleportación cuántica no cubría el área donde había caído nuestro vehículo; así que la red de portales cuánticos le había dejado lo más cerca posible: a más de mil kilómetros de distancia. Esa era la distancia que separaba el módulo de descenso del portal cuántico más cercano. Evidentemente, Surkoi no tenía ninguna posibilidad. Eran mil kilómetros de selvas, pantanos y páramos en los que sólo crecían líquenes. Al parecer, lo que nos había contado Palabra durante la cena era cierto: el módulo había caído en un territorio aún no regenerado del todo por las colmenas vispoides. No era de extrañar: si lo que nos explicaron era cierto, este tipo de territorios representaba una fracción apreciable de la superficie del planeta, alrededor de un cuarenta por ciento. Desde un punto de vista terkuma era territorio contaminado, no apto aún para ser habitado. Desde un punto de vista humano, era territorio Ínbid. Las colmenas vispoides y las medusas coleccionistas aún estaban trabajando en la regeneración de toda aquella masa de tierra, venenosa y radioactiva desde la invasión keruva.
Surkoi no había creído a Palabra y había ejecutado igualmente su plan. El resultado es que se había quedado justo en la frontera de aquel territorio inhóspito poblado por vispoides y medusas. No había portales cuánticos instalados en el interior de aquel tipo de zonas. ¿Para qué? Los terkumas sólo visitaban esos territorios muy de vez en cuando y siempre por cuestiones de ingeniería planetaria. Se adentraban en ellos en cromoplaneadoras, nos explicó Palabra, y nunca se entretenían más de lo estrictamente necesario. No valía la pena el gasto de energía que hubiera supuesto extender la red planetaria de portales cuánticos a aquellas regiones. Por otra parte, si hubiera habido portales, hasta los niños habrían podido aparecer en medio de la zona prohibida. Niños como Nevando cerezas.
Surkoi había metido la pata hasta el fondo y de una forma estruendosa y catastrófica. Mientras escuchaba a Palabra, comprendí que Surkoi no sólo había estropeado definitivamente nuestra relación con los terkumas sino que además había fracasado estrepitosamente en su objetivo de llegar por su cuenta y riesgo hasta el módulo. Había tomado una decisión estratégica que comprometía a todo el grupo pero sin haber tenido en cuenta al grupo y, sobre todo, sin haber tenido en cuenta datos esenciales. Por supuesto, se había saltado la cadena de mando, y había puesto en peligro su vida y la de todos los miembros de la escuadra que estábamos ahí perdidos. Si le hubiera salido bien, probablemente le habrían dado una medalla. Pero no le había salido bien. Ni remotamente bien.
Todo lo contrario.
Había sido un fiasco.
En aquel momento, era poco probable que consiguiéramos salir vivos del mundo terkuma, pero si lo conseguíamos, lo que nos esperaba era, evidentemente, un consejo de guerra. ¿He mencionado ya que otra de las cosas que nos explicó Palabra mientras esperábamos ahí en aquella sala de control es que los restos del módulo estrellado estaban custodiados por un numeroso contingente de medusas-guerrero? La medusa a la que se enfrentaron en el barco era personal médico, puntualizó. En realidad, no era necesario que puntualizara nada: todos nos habíamos enfrentado a medusas-guerrero y sabíamos que la del barco no era de ese tipo. Nos habíamos enfrentado y... habíamos sobrevivido por los pelos, y éramos perfectamente conscientes de lo que quería decir Palabra.
Lo que quería decir es que incluso aunque Surkoi hubiera sido rematerializado justo al lado de lo que quedaba del módulo sus posibilidades de conseguir lanzar un SOS eran exactamente cero. Sin margen de error. Ni aun parapetándose tras Nevando Cerezas. Las medusas-guerrero podían manipular la mente humana. Sin la protección de un androide simbionte, Surkoi podía creer, bajo la influencia de los icnidarios del Ínbid, que Nevando Cerezas era un osito de peluche o una víbora, lo que quisieran los esbirros de los Coleccionistas, lo que les diera la gana, y acto seguido volverlo loco, del todo, sin remedio, para siempre. Sin necesidad de disparar ni un solo tiro y mientras dormían plácidamente a Nevando Cerezas para que no sufriera durante su rescate.
- Podría habernos dado toda esta información desde el primer día -le dije a Palabra.
- ¿Hubiera servido de algo? -me respondió él- ¿Les hubiera tranquilizado? ¿Les hubiera hecho sentirse más cómodos y seguros?
- Probablemente, no -tuve que admitir-, pero quizá hubiera servido para que mi piloto no cometiera la locura que acaba de cometer.
- Bueno, ya les expliqué durante la cena que la red de teleportación cuántica no llegaba al territorio donde se había estrellado su módulo y no ha servido de gran cosa -me contestó-. A juzgar por la situación en la que nos encontramos, su piloto no me creyó. Así que, teniendo en cuenta el estado de nervios en el que se encontraba, si hubiera sabido todo esto desde el principio quizá habría cometido otra locura aún más grave.
Ante esta respuesta guardé silencio y miré a mi alrededor. Media docena de guerreros terkuma embutidos en sus armaduras pétalo-de-rosas nos apuntaban con sus lanzas de plasma. La única diferencia respecto a la de Trae consigo el trueno era que la de los soldados que nos vigilaban también cubría su rostro y protegía su cráneo con una placa semejante a la de un tricerátops.
Algunas de las insignias que adornaban las armaduras de aquellos soldados también eran diferentes. Más que insignias de rango parecían cicatrices sobre la piel de un leviatán.
Pregunté a Palabra si Nevando cerezas no podía cantar como Trae consigo el trueno y entonces éste se enfureció. Dejó de mirar gráficos y mapas tácticos y se acercó a nuestro grupo.
- ¡Basta! -gritó- Basta, Palabra. Basta ya de información, basta.
Un subordinado suyo nos puso sendas diademas a cada uno de nosotros mientras Trae consigo nos gritaba:
- ¡La resina del árbol delató sus comunicaciones telepáticas! Vendrán con nosotros pero no se quitarán estos aparatos de la cabeza. Si intentan quitárselos, serán ejecutados, sin preguntas, inmediatamente. ¿Lo han entendido? - asentimos - ¿Me he expresado bien en su patético idioma? -seguimos asintiendo.
Se alejó de nosotros.
Probamos nuestras facultades telepáticas. Seguían operativas.
Aquellas diademas no impedían la comunicación; probablemente sólo espiaban nuestros pensamientos.
Un soldado reclamó la atención de Trae consigo mientras desenrollaba una tela sobre una mesa. La tela adquirió relieve y colores a medida que se extendía y Trae Consigo fijo su atención en ella. Resultó ser un mapa. Cuando estuvo totalmente extendida, se llenó de líneas y señales que parpadeaban. Más o menos en el centro había un tetraedro diminuto que flotaba sobre el verde de la jungla. Rodeándole, ríos, valles y montañas cubiertas de vegetación. Mirar aquel mapa era como mirar el mundo a vista de pájaro. A medida que pasaba el tiempo el mapa era cada vez más rico en detalles.Trae consigo se concentró profundamente en el mapa, pero no parecía disfrutar con los innumerables detalles que mostraba ya el relieve, más bien parecía estar atento a una amenaza agazapada entre la geografía que se desplegaba ante él. Sus soldados señalaron varios puntos; él trazó una línea desde el tetraedro hasta una zona donde parecía finalizar la selva.
Palabra aprovechó aquel momento para responder a mi pregunta:
- Poder usar nuestra voz como arma requiere años de entrenamiento, muchos -me dijo en un murmullo-. Nevando Cerezas no es más que un niño.
- Si saben dónde está Surkoi -pregunté- ¿por qué no van a por él y lo traen de vuelta? ¿Por qué tanta parafernalia? ¿Por qué tenemos que ir nosotros?
- Parece ser -contestó el anciano terkuma- que su piloto sabe esconderse mejor de lo que esperaban los militares. Recibimos señales contradictorias. Quizá tardemos días en dar con él. Además... nadie quiere que Nevando sufra daño, ¿no?
Trae consigo gritó. Hubo un sonido seco y estridente, como de piezas metálicas entrechocando. Todo el mundo se puso en alerta. Entraron dos medusas en la sala. Medían unos dos metros y medio de altura. Eran de un tipo que no habíamos visto nunca. Pero eran medusas, eso era lo único que importaba. Los humanos nos apretujamos los unos contra los otros. Aún más. Hombro contra hombro, espalda contra espalda.
Trae consigo volvió a gritar, esta vez en nuestro idioma: Nos vamos, y se acercó a nosotros seguido por las dos medusas.
A medida que se acercaba, observé cómo su armadura-pétalos-de-rosa se reconfiguraba para cubrir del todo su cráneo y formar una máscara completa para su rostro. También se desplegó sobre su frente una placa de tricerátops igual a la que observábamos en el resto de soldados. De repente, las insignias que adornaban su armadura se iluminaron y se proyectaron a unos centímetros de distancia de las superficies metálicas del traje de combate. Parecían una nube de luciérnagas revoloteando alrededor de Trae Consigo.
- Nos dividiremos en dos grupos - dijo señalándome con uno de sus tentáculos-brazo acorazado-, usted e Idkereda irán en uno y Alkai y Brumantra en el otro. Irán vigilados por sendas medusas.
Sin pensarlo, di un paso al frente.
- No podemos aceptar estas condiciones -protesté.
Se movió con increíble rapidez.
Para cuando me di cuenta de lo que estaba ocurriendo, tenía el extremo del cañón de una de las lanzas de plasma apoyado en mi pecho. Lo sostenía Trae consigo.
- Perfecto -dijo-, deme un motivo para disparar.
Se la había arrebatado de un golpe seco y preciso a uno de los soldados del grupo que nos vigilaba.
Di un paso atrás.
- No será necesario -respondí.
- No se preocupen -terció Palabra con intención de rebajar la tensión-, la única misión de las medusas será la de colaborar en las tareas de rastreo.
Trae consigo lanzó el arma al soldado a quien se la había arrebatado mientras sentenciaba:
- Lo mismo que van a hacer los humanos, si quieren que podamos olvidar este desgraciado incidente.
El soldado recogió el arma al vuelo y nos apuntó con ella de nuevo, imperturbable.
Trae Consigo alzó los tentáculos-brazo y empezó a impartir órdenes a diestro y siniestro. Todo el mundo se puso en marcha. Un portal cuántico situado en un extremo de la sala se activó. El personal que se hallaba en la sala de control, a excepción de un puñado de terkumas al cargo de los paneles de control e información, formó en fila de a dos enfrente del portal. Pero cuando parecía que íbamos a empezar a avanzar hacia el portal, Palabra se plantó ante Trae consigo y lo retuvo. Habló en nuestro idioma para que nosotros también pudiéramos entenderle:
- Trae consigo, debo insistir...
Trae consigo le interrumpió en su idioma, por lo que no entendimos lo que decía. Pero fuera lo que fuese, lo dijo elevando más de lo necesario el tono de voz y diríase además que estaba bastante furioso. A pesar de ello, Palabra no sólo no se movió sino que, además, insistió:
- Trae consigo, es un error llevar armas. ¡Desarma a tus soldados! ¡Las armas no serán necesarias!
Y añadió algo en su idioma. Algo que sonaba como un largo lamento, o una súplica. Trae consigo ni se molestó en contestarle. Le dio la espalda y ordenó el avance. La columna empezó a moverse. Palabra se apartó para que no le empujaran. Los terkumas que iban en cabeza pasaron al lado del anciano y desaparecieron tras la frontera cuántica. Palabra permaneció inmóvil, justo al lado del portal cuántico, impotente.
Adelante, transmití al resto de la escuadra, no pierdan la calma. De momento colaboraremos... cuando demos con Surkoi, ya veremos.
Éramos un grupo de unos veinte terkumas, dos medusas y cuatro humanos. Dos de los terkumas se movían sobre plataformas levitantes. Todos los terkumas iban armados hasta los dientes, excepto Palabra, que vestía un mono negro parecido al nuestro, pero versión ocho tentáculos, y su habitual redecilla negra para el cráneo.
Observé al resto de terkumas que formaban la columna. No reconocía la mayor parte de las armas. Sí sabía que aquellos palos largos que portaban como si fueran jabalinas eran en realidad lanzas de plasma. Y lo que blandían los dos terkuma que se movían en plataformas levitantes tenía toda la pinta de ser cañones de haces de partículas, aunque no había forma de saberlo con certeza. Quizá fueran simples fusiles de proyectiles explosivos. Además llevaban lo que parecían granadas, cuchillos, boomerangs, pistolas y lanzagranadas, pero adaptados a la anatomía terkuma. Además de todas estas armas que eran vagamente reconocibles había un buen puñado de artilugios cuya función era indescifrable.
Justo antes de cruzar al otro lado, los terkumas que se movían sobre plataformas levitantes quedaron envueltos en una esfera transparente que parecía tan frágil como una pompa de jabón.
Palabra esperó a que llegáramos ante el portal para cruzar con nosotros.
Fuimos convertidos en una amplitud de probabilidad cuántica y rematerializados en la selva.
Sentimos, de repente, el frescor del aire nocturno en nuestra piel.
Era de noche. Hacía frío.
En las selvas de Alema hace frío por la noche.
Por lo demás, son como todas las selvas del Universo: están llenas de sonidos estridentes, sombras que parecen respirar como si estuvieran heridas y animales hambrientos y rebaños de plantas carnívoras.
(Fin del capítulo 24. Capítulo siguiente)
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