Capítulo 11. MANGLARES.
- Hola.
Todos miramos en la dirección de donde provenía la voz. Vimos a un terkuma pequeño que nos miraba fijamente. ¿Cómo descifrar su expresión? Sus ojos negros y redondos no se apartaban de nosotros. La ondulación de los cilios de su rostro seguía un ritmo periódico y suave. Puede que su cráneo estuviera recorrido por ondas de colores, como las que había visto durante la conversación con Palabra, pero no podía saberlo con certeza porque no lo cubría con una pieza de ropa translúcida ni con una redecilla sino con un manto opaco de un tono marfil que caía fláccidamente a ambos lados del cráneo hasta casi rozar sus tentáculos. No había nada más que lo diferenciara de los terkuma que nos habían recibido, excepto su tamaño. Era mucho más pequeño.
- Hola -dijo de nuevo-, ante Nevando cerezas vosotros. Nombre. Es.
Sí, había algo más. Al oír su primera frase me di cuenta en seguida de que sí había algo más: su dominio del lenguaje no era tan bueno como el de los primeros terkuma que conocimos. A parte de los errores gramaticales, titubeaba al hablar y su pronunciación era tan mala que obligaba a estar muy pendiente de lo que decía para poder entender algo.
- Hola -respondió Idkereda con una sonrisa amable-, yo soy Idkereda.
- ¿Nevando cerezas? -exclamó Surkoi-, ¿qué clase de nombre es ése?
- Surkoi -replicó Brumantra-, no seas mal educado. Perdona a mi compañero, Nevando cerezas. Él es Surkoi, yo soy Brumantra. Ella es Alkai. Y él es nuestro comandante Katmai. ¿Entiendes lo que digo? ¿Me entiendes?
- ¿Co... man... dant... e? ¿Qué ser?
Brumantra le dijo que éramos guerreros y que yo era el guerrero que decía lo que los demás guerreros tenían que hacer. Y luego tuvimos que repetirle todos nuestros nombres. Creo que Brumantra había decidido que Nevando cerezas era el equivalente terkuma de lo que los seres humanos llamamos “niño”. Realmente, esa era la impresión que teníamos todos. Pero podía ser una impresión totalmente equivocada.
- ¿Sabes lo que son las cerezas? -preguntó Idkereda.
- Cerezas... sí -contestó Nevando cerezas-, fruta vuestro planeta. Dulce.
- ¿Y sabes qué es la nieve? -preguntó Alkai.
Nevando pronunció un sonido indescriptible, que pareció emitir haciendo vibrar su cuerpo entero, y luego dijo lentamente, esforzándose con cada palabra:
- Nieve, sí: jugar... nieve mi nombre. Nevando cerezas vi nieve nunca. Nieve habitar historias. Nieve leyenda. ¿Vosotros nieve con Nevando cerezas?
Aquel ser que intentaba comunicarse con nosotros aprovechó nuestro desconcierto para dar una vuelta sobre sí mismo y acto seguido abalanzarse sobre Idkereda, a una velocidad tan grande que casi desaparece de nuestra vista durante una fracción de segundo.
Idkereda estaba sentado en la cubierta del barco, como todos nosotros, pero a una distancia prudencial del grupo, soportando a solas su exilio, y de repente tuvo los ojos de aquel ser a pocos centímetros de su cara, y a la misma altura que los suyos. Idkereda no pareció asustarse. Quizá no le dio tiempo. Tampoco hizo ademán de retirarse cuando Nevando cerezas empezó a acariciarle la cabeza con los tentáculos que hacían el papel de brazos. Ni siquiera perdió la sonrisa, aunque sí se le congeló en el rostro.
- Nevando cerezas feliz. Amigos -decía Nevando cerezas mientras paseaba los apéndices en que acababan sus tentáculos-brazo, y que sin duda hacían el papel de nuestros dedos, por el rostro de mi amigo-. Vuestra casa lejos. Muchas estrellas lejos. Abismo tiempo, abismo espacio. Vosotros no keruva. Vosotros amigos. Vuestro mundo. Cómo ser.
Antes de que tuviéramos tiempo de responder, Nevando cerezas dejó a Idkereda y se dirigió hacia Surkoi. Se movió a tal velocidad que para cuando Surkoi quiso reaccionar ya tenía encima al terkuma. Nevando cerezas le tocó el rostro tal y como había hecho con Idkereda, pero Surkoi no tuvo la paciencia de éste. El rostro del piloto se deformó por culpa del miedo y del asco y todo su cuerpo se convulsionó. Agitó los brazos y las piernas e intentó alejarse. Lo consiguió, pero no fue lo bastante rápido como para evitar que Nevando cerezas lograra tocarle, al menos un segundo.
- ¡A mí déjame! -exclamó Surkoi.
- ¡Hombre plástico! -exclamó Nevando cerezas, que también se alejó de él y fue a refugiarse detrás de Idkereda- ¡Hombre plástico! ¡Miedo! ¡Tener miedo!
Seguramente había sentido la membrana adherente y se había percatado de que el tacto era muy diferente al de la piel de Idkereda, que ya no vestía membrana alguna.
- Has asustado a nuestro pequeño amigo, Surkoi -dijo Idkereda con una sonrisa socarrona.
Surkoi tenía la respiración acelerada y aún seguía alejándose.
- ¿Habéis visto -dijo casi sin aliento- a qué velocidad se mueve ese bicho?
- ¿Qué bicho? -dijo el pequeño terkuma- ¿Qué ser bicho?
- Es una forma cariñosa -contestó Idkereda- de llamar a tus amigos.
Los cilios de la boca del terkuma se agitaron muy deprisa y nuestro amigo dio una vuelta sobre sí mismo.
En aquel momento tomé una decisión. Me levanté y pedí al pequeño terkuma:
- ¿Nos enseñas el barco?
El terkuma se acercó a mí y extendió sus tentáculos-brazo hacia mi rostro pero como estaba de pie no consiguió alcanzarlo. Estuve a punto de inclinarme para que pudiera palparme, pero en el último momento me lo pensé mejor. Sin embargo, mi precaución fue inútil: nuestro pequeño amigo se alzó sobre sus dos tentáculos traseros y de esta forma consiguió por fin alcanzar mi rostro.
- Tú también plástico -dijo.
- Sí -respondí yo con voz tranquila, y sin retirarme-, el plástico nos protege de tu planeta. Sin plástico enfermaríamos como nuestro amigo antes.
- Vuestro amigo -repitió Nevando cerezas mientras posaba todos sus tentáculos de nuevo en el suelo-... vuestro amigo curado... medusa hacer medicina, curar vosotros. También. Yo llevar-é vosotros medusa. Caminar gracias Nevando cerezas este camino y desnudaros. Sin miedo. Mañana libres. Piel limpia...
- No -dijimos todos a la vez, excepto Idkereda, que tuvo que sujetarse la risa.
- ¿Hay alguien que esté pensando en huir, a parte de mi mismo? -añadió Surkoi- ¿O soy el único que tiene las prioridades claras?
El pequeño terkuma se giró y le miró.
- No -dijo-, huir no, no, no. No. Terkuma amigos. Ayudar humanos. Fuera comunidad, planeta peligroso. Mucho, para humanos. Palabra explicó a mí. Ayudaremos, fue palabra de Palabra. Palabra de Palabra siempre cierta. Tiburones de sal, Inbid, flores nec-rosantes, muerte blanca... planeta peligro para humanos fuera comunidad terkuma. Mejor quedar. Aquí, con Nevando cerezas, Palabra, Trae consigo... mejor, sí. Por favor. Lanzo olas de sonido, ¿vuestros cerebros vibran?
- ¿Por qué nos ayudáis? -preguntó Alkai.
El pequeño terkuma la miró fijamente. No contestó.
- ¿Me entiendes? -insistió Alkai.
Los cilios se quedaron totalmente quietos.
- ¿Me entiendes? -repitió.
- Nevando cerezas triste -contestó por fin.
- ¿Por qué triste? -preguntó Brumantra.
- Porque no hay entiendes.
Alkai intentó explicarle qué significaba ayudar pero Nevando cerezas contestó que sabía qué significa ayudar pero que no entendía por qué su amiga preguntaba “por qué nos ayudáis”.
- Queremos saber cuáles son vuestros intereses -contestó Alkai.
- ¿Intereses? -los cilios del terkuma seguían quietos. Nos miró a todos, uno por uno.
- Sí, qué es lo que queréis ganar al ayudarnos -replicó Alkai.
Los cilios del terkuma se ondularon de nuevo.
- No sé -contestó- ayudar nieve. Nieve mi nombre. Nieve jugar. Jugar nieve. Nieve mi nombre. Felicidad. Ayudar nieve.
- Creo que está intentando decir que ayudar mola -dijo Brumantra.
- ¿Mola? -preguntó el pequeño terkuma.
- Que te gusta ayudarnos -explicó Alkai.
Entonces los cilios vibraron a toda velocidad y el terkuma exclamó:
- Sí, sí, ayudarme gusta.
Dio otra vuelta sobre sí mismo.
- Es como un niño -dijo Brumantra.
- Sí, un niño que gira sobre sí mismo como un perro y que nos quiere meter en una medusa -nos recordó Surkoi.
- Sí, medusa... medusa ayudar humanos -dijo Nevando- vamos medusa a buscar.
Y extendió un tentáculo hacia nosotros.
- Antes enséñanos el barco -dije yo, y tendí mi brazo hacia su tentáculo.
Los apéndices en los que acababa su brazo-tentáculo se cerraron alrededor de mi mano y tiró de mi para enseñarme el barco. El resto de la escuadra me siguió. Idkereda era el que caminaba más relajado. Brumantra, Alkai y Surkoi se mantenían a una distancia prudencial de él y tenían los ojos abiertos como platos.
- Nevando cerezas enseñar barco humanos - dijo Nevando cerezas -, humanos explicar cosas Nevando cerezas. Planeta vuestro es cómo.
La mano del terkuma era pequeña y delicada. Mi mano era mayor que la suya y más ruda y cuando se cerró sobre la de Nevando tuve la impresión de que si apretaba demasiado se la podía romper fácilmente. Era la misma impresión que había tenido en más de una ocasión cuando un niño pequeño me había agarrado de la mano y me había llevado a su habitación para que viera sus juguetes, o al jardín de su casa para que viera un caracol. Me di cuenta de que el contacto con aquella mano extraterrestre, aunque fuera a través de la piel sintética, me transmitía inocencia y sinceridad por parte de aquel pequeño ser. Intenté no dejarme embaucar por estas sensaciones, pero no pude evitar que aquel gesto de confianza, el mero hecho de agarrar mi mano ruda y grande con su frágil mano de niño, provocara un pequeño terremoto en mi interior.
Idkereda se adelantó hasta situarse al lado de Nevando y el resto de la escuadra se mantuvo detrás de nosotros. Era evidente que no querían estar cerca de Idkereda ni cerca de mí, aunque ya hubiera pasado más de una hora desde que Idkereda emergió de la medusa y su cuerpo continuara siendo el de siempre, al igual que el mío. A pesar de todo, llamé a Alkai. Cuando se acercó, le pregunté si había conseguido activar a distancia los incurdroids.
- Brumantra y yo llevamos trabajando en ello desde que recuperamos el conocimiento, señor -me informó-, pero no hemos conseguido respuesta alguna por parte de las máquinas.
- No dejen de intentarlo -le ordené yo.
- Por supuesto, señor.
Luego le pregunté cómo creía ella que funcionaba aquel barco.
- Probablemente por levitación magnética, señor -contestó-, no oigo máquinas ni veo toberas de expulsión de plasma, aunque también es posible que utilicen antimateria con una tecnología totalmente desconocida. Puede que con una combinación de ambas cosas.
- ¿Por levitación magnética? -pregunté extrañado-, ¿es eso posible?
- El agua es diamagnética. Con campos magnéticos muy intensos -me explicó- se pueden conseguir efectos muy interesantes. Ya en el s. XX los científicos hacían levitar pequeños animales en campos magnéticos de decenas de tesla. Con superconductores a temperatura ambiente se pueden hacer maravillas.
- Y sobre la navegación -pregunté en un susurro- ¿qué puede decirme de la navegación? ¿Cómo manejan este barco?
- Sobre eso sí que no tengo ni idea.
Noté un tirón en mi mano.
- Yo también -dijo Nevando cerezas-, querer saber cosas.
Todo el mundo quería saber cosas, al parecer.
- ¿Qué quieres saber? -intervino Idkereda.
- Quiero saber planeta humano, cómo ser, por qué medusa humanos miedo.
- Porque a los humanos que han estado dentro de una medusa les pasan cosas horribles -contesté yo-, y hacen que les pasen cosas horribles a todo aquel que se acerque a ellos. Tenemos miedo de las medusas, Nevando, porque las medusas nos destruyen.
- Guerra contra Ínbid -dijo Nevando.
- Sí, guerra -asentí yo-... mucha guerra.
- Matáis Ínbid. Por qué... Ínbid bueno. No entiende Nevando -insistió el pequeño terkuma.
Idkereda y yo nos miramos.
- ¡Porque ellos nos atacan y nosotros nos defendemos! -gritó Surkoi unos metros por detrás de nosotros.
- Sí, os atacan -confirmó Nevando, como si nosotros no fuéramos conscientes ya de ese pequeño detalle y tuviéramos que memorizarlo-, por eso no poder caminar por Terkuma sin nosotros, entiender. Triste. Palabra intenta explicármelo. Pero no entiender.
- ¡Señor! -gritó Surkoi-... A lo mejor no es que sea un niño, a lo mejor es que es subnormal.
- ¡Joder, Surkoi! -susurró furiosa Brumantra- ¡Cállate de una puta vez!
- Piloto Surkoi -dije yo-, no sé si entiende que nuestras vidas en este momento puede que dependan más de la diplomacia que de la fuerza bruta.
Surkoi era un excelente piloto, pero distaba mucho de saber escuchar y hablar poco, cualidades imprescindibles gracias a las cuales Ulises consiguió sobrevivir a todos los peligros a los que se enfrentó en su viaje de regreso a Ítaca.
Al mismo tiempo que yo replicaba a Surkoi, observé cómo Idkereda se acuclillaba al lado de Nevando y, mirándole fijamente a los ojos, le decía:
- No te preocupes, Nevando, nosotros tampoco lo entendemos.
Entonces Nevando cerezas dejó de agarrar mi mano y pasó los dos brazos-tentáculo alrededor del cuello de Idkereda y, de un salto, el resto de tentáculos alrededor de su torso. De esta forma quedó abrazado a mi amigo como un koala a un árbol. Idkereda se alzó entre asustado y sorprendido pero se tranquilizó al ver que la voz de Nevando cerezas no cambiaba de tono.
- Hombre curado por medusa entender Nevando cerezas -fue toda la toda la explicación que dio el pequeño terkuma a esa aproximación al humano-, si humanos pintan bien el mundo con palabras... entonces no hab-ría guerra.
Tanta proximidad era un poco embarazosa incluso para Idkereda, y se le notaba en la cara, pero no se atrevía a ser brusco y arrancar al terkuma de un tirón de su cuerpo. Es probable que tampoco hubiera tenido fuerza para hacerlo. Así que dijo, intentando mantener el aplomo:
- Bueno, sigue enseñándonos el barco, ¿no?
Supongo que en aquel momento lo dijo más con la esperanza de que aquel ser dejara de abrazarse a su cuerpo que por curiosidad de conocer la tecnología extraterrestre. Pero su intento fue en vano porque el pequeño terkuma le había cogido cariño y se limitó a señalar el camino a seguir con un tentáculo-brazo. No hizo gesto alguno por desenlazarse del cuerpo de Idkereda.
- Idkereda ... ¿te aprieta? -preguntó Alkai.
La verdad es que nadie sabía muy bien qué hacer, así que nos limitamos a seguir el camino que nos indicaba el pequeño terkuma. Idkereda se limitó a negar con la cabeza.
En una situación normal nos habríamos abalanzado todos a intentar arrancar al pequeño extraterrestre del torso de Idkereda, pero Idkereda había estado dentro de una medusa, así que para Brumantra, Surkoi y Alkai había pasado a formar parte del Ínbid, y yo mismo no sabía muy bien qué pensar de él. Sin embargo, era evidente, por la expresión de su cara, que el mismo Idkereda no se esperaba un gesto de tanta cercanía.
- Estoy bien, estoy bien -insistió.
Caminamos por la cubierta hasta llegar al castillo de popa. Había una puerta que daba a las entrañas del barco y unos pilares tumbados a lado y lado que ascendían hasta donde debería estar el puente. Aquellos pilares tumbados que conectaban el nivel donde estábamos nosotros con lo que muy probablemente fuera el puente era la forma que tenían los terkuma de desplazarse entre varios niveles: eran sus escaleras. Observé cómo varios de ellos se abrazaban con sus tentáculos a esos pilares y se desplazaban con rapidez y facilidad por ellos, como los marineros se desplazan por los mástiles. Observé también que había unas muescas y supuse que los terkuma las habían realizado para facilitarnos a nosotros el tránsito por aquella especie de escalera extraterrestre, porque ellos no parecían necesitar esa ayuda para nada.
Nevando nos indicó que teníamos que subir por ahí. Incluso se desenlazó del cuerpo de Idkereda y nos mostró cómo había que desplazarse por una escalera terkuma. Para él fue muy fácil: rodeó el pilar con sus tentáculos y se fue impulsando con ellos hasta llegar al final, desde donde agitó sus tentáculos-brazo indicándonos que le siguiéramos. Pero claro: nosotros éramos bípedos, y nuestros milenios de evolución nos había costado conseguir una postura erguida mínimamente estable. Surkoi hizo un intento de mantener la dignidad y subir por el pilar caminando, como si nada, pero yo le ordené que ni se le ocurriera, que subiera abrazado a él, o apoyándose a cuatro patas en las muescas, como todos, sobre todo teniendo en cuenta que a nuestra derecha no había balaustrada y ante el más mínimo movimiento imprevisto de la embarcación podría haber perdido el equilibrio y haber caído al mar. Ya teníamos bastantes problemas como para también tener que gritar: ¡Hombre al agua!, sin ni siquiera saber si nos harían caso.
Una vez estuvimos en la cubierta superior confirmamos nuestra primera impresión: Nevando cerezas nos había conducido hasta el puente de la embarcación. Sin embargo, lo que vimos allí nos dejó a todos sin palabras, pues aquel puente no se parecía en nada a los puentes que nosotros conocíamos de los navíos humanos. El momento de desconcierto fue aprovechado por el pequeño terkuma para volver a subir al torso de Idkereda y abrazarse de nuevo a él. Esta vez Idkereda ni se inmutó.
Nosotros esperábamos ver una miríada de instrumentos electrónicos: indicadores, hologramas, elementos de control, pantallas de radar y actuadores de todo tipo, en definitiva, máquinas que delataran que nos encontrábamos en un vehículo altamente tecnificado aunque su aspecto a primera vista fuera el de un sencillo barco construido con madera.
En lugar de eso, vimos en el centro del puente un pequeño árbol de esferas de plasma que brillaban y relampagueaban como un corazón que palpitara sangre fluorescente; y un metro por detrás de las esferas, el rostro de un terkuma suspendido en el aire refulgía con la luz que recibía del gas incandescente. Nos dimos cuenta de que este terkuma ni siquiera tocaba el suelo: sus tentáculos larguísimos irradiaban desde su cuerpo en todas direcciones y se perdían en las entrañas del barco o se dirigían hacia las velas o hacia el timón de popa. El terkuma, en apariencia, flotaba en el aire, pero en realidad era el centro de una red que se extendía, muy probablemente, por todos los rincones del barco. Daba la impresión de que su cuerpo oscilara y se balanceara al azar, pero comprendimos en seguida que esos movimientos no eran caóticos ni azarosos: aquel ser era el piloto del barco, o el jinete de las olas, porque dirigía la embarcación como un jinete monta a su caballo: tirando de las riendas para domesticar toda la potencia que la tecnología ponía a su disposición. Observé con atención aquellos tentáculos larguísimos en un intento de localizar el punto de unión entre aquellos apéndices del terkuma piloto y las extensiones que le conectaban con el barco, pero fue un intento vano: o aquel ser había sido genéticamente diseñado para nacer así y realizar ese trabajo específico durante toda su vida, o las uniones eran tan perfectas que no se podían distinguir del cuerpo del terkuma.
Surkoi se acercó a mi y susurró:
- Señor, desde aquí manejan esta máquina. Si actuamos ahora podríamos obligarlos a llevarnos donde está la cápsula.
Surkoi estaba pensando en secuestrar el barco. Me resultaba difícil creer que estuviera hablando en serio.
- Piloto -le contesté-, ¡y cómo pretende obligarles!
- Señor -me contestó-, estos pulpos no parecen muy listos, ni siquiera le han quitado el resonador molecular. Una acción contundente en un momento puntual...
- Oficial, les pedí yo que no me quitaran el sable como prueba de que confiaban en mí.
- Pues eso, señor -replicó él sin dar su brazo a torcer-, no son muy listos.
Podría haberle recordado que esos "pulpos" que no parecían muy listos habían sido capaces de reducirnos simplemente cantando. Pero una de las pocas cosas que me gustan de mi trabajo es no tener por qué dar explicaciones a mis subordinados. Por otra parte, no tenía tiempo de seguir hablando con Surkoi. Vi que dos terkumas que hasta ese momento se habían mantenido detrás del piloto se acercaban directamente a nosotros esquivando la red de cabos que conectaban al piloto con la nave.
- Cállese, Surkoi -fue lo único que dije-, nos van a oír y entienden nuestro idioma.
- Cuerpo humano, tronco de árbol -dijo Nevando cerezas mirando a los dos terkuma que se acercaban.
La acción que proponía Surkoi era demasiado arriesgada. Había demasiadas variables totalmente desconocidas.
- Nevando cerezas -dijo uno de los dos terkuma-, no molestes a nuestros invitados.
Nevando cerezas distendió sus tentáculos, dejó de abrazar a Idkereda y bajó al suelo.
- Cuerpo de humanos es tronco de árbol -repitió el pequeño terkuma, esta vez añadiendo verbo a la frase.
El terkuma adulto extendió uno de sus tentáculos-brazo y acarició con él el cráneo de Nevando cerezas, en un gesto muy similar al que tendría un humano acariciando la cabeza de un niño pequeño.
- Me alegra ver que ya están despiertos -dijo el otro terkuma dirigiéndose a nosotros.
Creo que fue capaz de leer el desconcierto en nuestros rostros porque añadió:
- Ya nos conocemos. Soy Palabra viva sobre la piedra.
Era el primer terkuma que habíamos conocido, el terkuma que nos había hablado a Idkereda y a mí al descender del incurdroid. Y el que estaba a su lado debía de ser Trae consigo el trueno, el terkuma que había ordenado al resto de sus congéneres cantar para imponer de nuevo el orden en la cubierta del barco. No los había reconocido.
- Les pedimos disculpas por no haberles atendido correctamente -añadió Palabra sin esperar respuesta por nuestra parte-, pero hemos estado muy ocupados. Su llegada a este planeta ha desencadenado un auténtico conflicto diplomático. El Ínbid quiere que les entreguemos. Nosotros nos negamos a entregarles. La situación es delicada.
Aún no distinguía sus rostros. Les miraba y me parecían todos iguales. Los pequeños rasgos distintivos de cada terkuma me pasaban desapercibidos. Este mínimo detalle me provocaba una profunda sensación de indefensión.
- Supongo que tendrán muchas preguntas que hacernos y querrán respuestas rápidas y sencillas -continuó diciendo Palabra. Desde luego su dominio del lenguaje parecía excelente-. Obtendrán todas las respuestas en breve. Por ahora será suficiente con que sepan que nos dirigimos a nuestra comunidad. Una vez allí podremos ofrecerles comida y agua en condiciones, sin que su vida corra peligro por contaminación con agentes de este planeta. Medusa podría ayudarles ahora mismo, pero después del episodio de esta mañana hemos decidido que será mejor tratarles en la comunidad, donde nuestros médicos decidirán cuál es la mejor alternativa.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Estaba hablando abiertamente, sin tapujos, de someternos a un tratamiento. Entonces dije:
-Tenemos que ir al lavabo.
Los dos terkuma se miraron y casi me atrevería a jurar que lo que apareció en sus rostros era desconcierto. Los integrantes de mi escuadra también se miraron, y también estaban desconcertados.
- No sé cómo lo resolverán ustedes -añadí-, pero los seres humanos estamos acostumbrados a atender nuestras necesidades fisiológicas en la intimidad. No sé si me entienden.
Fue el primer terkuma el que volvió a hablar:
- No se preocupe. Entendemos. Y lo tenemos todo previsto. Síganme.
Palabra habló en su idioma un par de segundos con el otro terkuma y luego volvió a pedirnos que le siguiéramos. Nevando quiso venir con nosotros pero el otro terkuma le agarró de los tentáculos-brazo y le impidió seguirnos. Atravesamos el puente procurando no enredarnos en los tentáculos del piloto y sus extensiones en forma de cabo, y cuando parecía que el barco se acababa y que si seguíamos avanzando caeríamos al mar, vimos que aún había una cubierta más, de poca superficie, situada en un nivel inferior, y más allá de la cual sí que ya no quedaba nada que nos separara del océano.
La cubierta estaba ocupada prácticamente en su totalidad por lo que parecía ser una caracola marina del tamaño de un contenedor de puerto. Palabra nos indicó que descendiéramos y que debíamos entrar ahí, que estaba todo preparado. Que él nos esperaría en el puente.
- Yo ahí no entro -dijo Surkoi.
- Ni yo -remachó Brumantra.
- Descendamos -dije yo.
Por supuesto, no había escalera, la forma de descender fue deslizándonos por uno de los pilares que los terkuma utilizaban con la misma función que nuestras escaleras. Éste, a diferencia del primero, estaba situado verticalmente, aunque también tenía muescas, y eso facilitó nuestro descenso. Una vez abajo, lejos de Palabra, les dije:
- Escuchen, tenemos que hablar.
- No pretenderá que entremos ahí -dijo Alkai.
- No se me ha ocurrido otra forma de conseguir que nos dejen totalmente solos.
- Pues tiene toda la pinta de ser una trampa -dijo Surkoi.
Miré a Idkereda en busca de su opinión, pero no dijo nada. Se limitaba a observar con el ceño fruncido y los labios sellados.
- Haremos lo siguiente -dije-, entraré primero yo. Si salgo vivo, entraré con Idkereda y Surkoi. Si todo va bien, cuando salgan Idkereda y Surkoi, entrarán Alkai y Brumantra. Alkai, usted es la segunda al mando.
- Lo sé, señor.
Entré.
Pasé por un túnel iluminado tan intensamente que casi resultaba cegador. Al final del túnel había una puerta. Tras la puerta me encontré en una pequeña habitación con forma ovoide, de paredes lisas y un agujero en el suelo, en el centro. Ya está, nada más. Sencillo y eficaz. Busqué micrófonos, cámaras o cualquier indicio que delatara a algún observador externo, pero no encontré nada. Sólo paredes lisas y sin rincones. No tuve ningún problema al salir.
- Hay un túnel con esterilización por radiación -informé- y al final un retrete rudimentario en extremo, pero no parece ser peligroso.
- Si esto es realmente lo que parece ser, seguramente incinerarán el contenedor en cuanto lleguemos al puerto -dijo Alkai.
- Parece lo más lógico -convino Brumantra.
Por la expresión del rostro de Surkoi deduje que seguía sin fiarse. Idkereda, por su parte, seguía con el ceño fruncido y era evidente que no pretendía añadir palabra alguna.
- Pues adelante entonces -ordené-, Idkereda y Surkoi, vengan conmigo.
Nos introdujimos en el contenedor y en cuanto cerramos la puerta del retrete Surkoi dijo:
- Señor, es usted consciente de que con toda probabilidad nos estarán vigilando, ¿verdad?
- Sí -dije yo-, por eso vamos a comunicarnos telepáticamente y con un nivel de encriptación máximo.
A partir de ese momento nuestra conversación fue silenciosa, pero acalorada. Ninguno de los tres se limitó a captar los pensamientos de sus interlocutores y a enviarle los suyos propios: también gesticulábamos con energía, subrayando cada una de nuestras silenciosas palabras con todo nuestro cuerpo.
Nuestra situación es desesperada empecé a emitir yo Sin poder acceder a los droides ni a las armas, nuestra única esperanza es que esta gente pretenda realmente ayudarnos
"Señor" me interrumpió Surkoi "no puede estar hablando en serio"
¡Por supuesto que hablo en serio, Surkoi! contesté sintiendo cómo el corazón me palpitaba en las sienes. Creo que la situación es evidente. Nosotros no conocemos nada de esta gente y ellos son capaces de hablar nuestro idioma y parecen comprender algunas de nuestras costumbres
Con todos los respetos, señor volvió a interrumpirme Sigo pensando que deberíamos hacernos con esta embarcación y obligarles a dirigirla hacia la cápsula
Eso es una idea delirante Idkereda se había decidido por fin a activar sus implantes neuronales y a emitir lo que estaba pensando. Surkoi se puso furioso pero le ordené callar y dejar que Idkereda se expresara. ¿Qué comeremos, Surkoi? Y es más, sin comer podemos pasar días, a pesar de que nos arriesgamos a caer en un estado de debilidad que nos hará completamente vulnerables, pero... ¿sin beber? Sin beber no aguantaremos mucho. Por no mencionar que vuestras pieles sintéticas se gastarán en cuestión de un día o menos
Aguantaremos insistió Surkoi según mis cálculos no estamos tan lejos de la cápsula
Surkoi replicó Idkereda ni siquiera sabemos si este navío puede volar por tierra firme, la cápsula seguramente cayó lejos de la costa. Es probable que no podamos llegar hasta ella en esta nave. Esta gente tiene una tecnología totalmente desconocida... ¡Aún no sabemos cómo consiguieron desconectar nuestros incurdroids! Y en la cubierta pudieron controlar la situación ... ¡mediante su voz! Sólo con la voz... ¡sólo la voz! ¿Entiendes? No podemos emprender una acción violenta sin tener más datos, sin saber más, sería una locura, un suicidio. Si negociamos, puede que tengamos una oportunidad
Estoy de acuerdo con Idkereda emití creo que tenemos que concentrarnos en la vía diplomática... al menos de momento. Alkai y Brumantra están intentando reactivar los incurdroids. Si lo consiguen, cambiaremos los planes. Pero de momento, no tenemos más remedio que negociar
¡Todo esto es una locura! Surkoi gesticulaba violentamente con todo su cuerpo. Sus pensamientos sonaban histéricos en el interior de mi cabeza ¡Estamos en manos de una especie Ínbid y nuestro comandante nos propone negociar!
Surkoi, mantenga la sangre fría ordené, a lo que él contestó:
Si realmente cree que la situación es tan desesperada deberíamos activar la autodestrucción
Surkoi, soy su comandante y deberá acatar mis órdenes. Mientras quede una mínima esperanza, por débil que sea, no ordenaré la autodestrucción. Y aquí se acaba esta discusión o cuando regresemos le montaré un consejo de guerra.
Surkoi dejó de emitir de mala gana. Podría haber contestado con una pregunta:
- ¿Como el que le espera a usted? -podría haber dicho.
Pero supongo que por respeto y por prudencia no se atrevió a emitir un pensamiento semejante. Yo respiré profundamente en un intento por relajarme. La cabeza empezaba a dolerme. Era un efecto secundario debido al recalentamiento de los implantes neuronales que hacían posible la comunicación telepática. Tenía que aguantar un poco más.
¿Qué opina de los terkuma? pregunté pensando en Idkereda.
Que son muy parecidos a nosotros respondió él.
Surkoi se rió con sorna.
- ¡Estás bromeando! -exclamó.
- No, lo digo en serio -replicó Idkereda. Y luego continuó en silencio:
Se ponen nombres, lo que significa que tienen una idea de individuo semejante a la nuestra, o al menos eso parece. No son una mente colectiva, como las colmenas vispoides, ni sus cuerpos son naves que viajan por el espacio, como los Coleccionistas de Medusas. Tampoco viven gracias al gas ionizado de las nebulosas, como los Plasmoides de Agonía, ni necesitan un año entero para formar una frase, como los Minerales Espejo. Son individuos que viven en comunidades, y además parece que pasan por diferentes fases de crecimiento y desarrollo, como nosotros, a juzgar por nuestro amigo Nevando. Por si esto fuera poco, tienen rostro y disponen de un lenguaje hablado. Y tienen facilidad para aprender el nuestro, a juzgar por el dominio de nuestro lenguaje que tiene Palabra, aunque probablemente ellos utilicen también un código cromático, o al menos eso es lo que parecen las bandas de colores que a veces recorren su cráneo cuando hablan. Y una cosa más: construyen máquinas parecidas a las nuestras, aunque difieran en detalles... quiero decir, todos reconocimos este barco como un barco al verlo flotar en el mar. Todo esto es muy significativo.
Todo esto puntualizó Surkoi puede estar preparado para hacer que nos confiemos y que caigamos en una trampa
Por supuesto pensó Idkereda, sombrío, y con el ceño fruncido no hay que descartar esa posibilidad
No podemos bajar la guardia intervine pero tampoco podemos precipitarnos. Haremos lo siguiente. Probablemente han preparado un recinto de aislamiento biológico para alojarnos al llegar a su comunidad, pero nos negaremos a abandonar el barco. Accederemos a que traten a uno de nosotros, pero con la condición de no separarnos de nuestros incurdroids. Intentaremos quedarnos en el barco, al lado de las máquinas. Esperemos que aguanten los filtros de las pieles sintéticas. Si vemos que el tratamiento es eficaz y nos permite movernos por la superficie del planeta sin problemas, entonces permitiremos que traten al resto del equipo
Si perdierais el miedo a la medusa pensó Idkereda todo sería más fácil
Surkoi se abalanzó sobre él y casi consigue pegarle un puñetazo antes de que yo le sujetara el brazo.
- Cómo te atreves siquiera a sugerirlo -gritó Surkoi a pocos centímetros del rostro de Idkereda.
- Tranquilícese, Surkoi -dije yo mientras tiraba de él para separarle de Idkereda.
Cuando finalmente lo separé y vi que se había tranquilizado un poco, añadí dirigiéndome a Idkereda:
No vuelvas a decir una cosa así ni en broma
Está bien, pero a la medusa puedo controlarla insistió Idkereda el tratamiento terkuma no sabemos en qué consistirá
- ¡¿Tú crees que vamos a confiar en ti después de haberte visto inmerso en una medusa?! -gritó Surkoi.
Idkereda se limitó a mover casi imperceptiblemente los labios mientras pensaba:
Alkai puede analizar mi sangre para descubrir priones Inbid
- ¡Ni así! -gritó Surkoi, y tuve que sujetarle otra vez.
- Ya basta -dije yo-, seré el primero en someterme al tratamiento terkuma... ¡no! Esto no es negociable, es una orden, estoy cansado de discutir con ustedes. Si a mí me ocurre algo, Alkai estará al mando, deberán obedecer sus órdenes.
Si a mi me ocurriera algo, probablemente la única orden que daría Alkai sería la autodestrucción inmediata para evitar que la tecnología incurdroid cayera en manos Ínbid.
- Una única cosa más antes de salir de aquí.
Los dos hombres me miraron.
- Hagan sus necesidades -ordené.
- ¿En serio? -preguntó Idkereda.
- No tengo ganas de chistes -respondí-, a saber cuándo tendremos otra oportunidad.
Obedecieron.
La Armada disponía de tecnología que libraba a los seres humanos de atender sus necesidades fisiológicas durante semanas enteras. Trajes que absorbían y reciclaban la orina, sondas que reprocesaban las heces, virus que optimizaban los circuitos naturales de reciclaje orgánico... el arsenal era considerable, pero no se utilizaba en misiones de incursión. Las misiones de incursión duraban horas, como máximo un día o dos, tres si algo iba mal. Para las misiones de incursión en teoría era suficiente con nuestros trajes de membrana adherente, cuyo tejido biológico inteligente se deformaba lo que hiciera falta, cuando hiciera falta y donde hiciera falta para dejar pasar el material orgánico desechado y volver a sellarse tras su paso. Nuestras pieles sintéticas incluso podían reciclar los millones de células muertas que perdía nuestra piel cada día y reconstruirse a partir del material que ellas aportaban, pero, a pesar de todo, tenían sus limitaciones. No aguantarían durante días sin regresar a la matriz del incurdroid.
Cuando Idkereda y Surkoi acabaron, salieron del recinto y entraron Alkai y Brumantra.
La conversación fue tan intensa como con los hombres pero menos violenta. Les expliqué la opinión de Idkereda sobre los terkuma, y ambas asintieron mostrando así su conformidad con lo que había dicho el biólogo computacional, y luego volví a preguntar a Alkai si había alguna novedad con los incurdroid, a lo que ella contestó que ninguna. Me imaginé a Alkai y a Brumantra rodeadas por una esfera de datos y gráficos, de coordenadas y de histogramas suspendidos en el aire y manejados por la mente de las dos mujeres. Me imaginé el flujo incesante de información entre la mente robótica del incurdroid y la mente de las dos mujeres, flujo que al parecer no habían detectado los terkuma, y me imaginé sus denodados esfuerzos por saltarse el bloqueo terkuma y conseguir que las máquinas volvieran a hacerles caso. Yo no podía verlo, sólo ellas podían; yo no podía más que imaginármelo, pero todos los gráficos invisibles y flujos de información intangible que rodeaban a las dos mujeres eran tan reales como la más sólida de las piedras que uno pudiera palpar con sus manos. Entre Alkai y Brumantra y los incurdroid había un vínculo imperceptible que había eludido los controles terkuma. Sin embargo, a pesar de toda aquella nube de información, gráficos, tecnología y esfuerzo que rodeaba a ambas mujeres, los incurdroid seguían sin responder. Así que les expliqué mi plan, a lo que ellas replicaron que yo como comandante de la misión no podía presentarme como voluntario. Les dije que si a mí me pasaba algo, Alkai debía tomar el mando y que estaba tan preparada como yo para dirigir la misión e impartir las órdenes que hubiera que impartir. Para acabar de convencerles remaché:
Espero que vean, con la misma lucidez que yo, que si no consiguen recuperar nuestra tecnología droide nuestras opciones no son precisamente numerosas. Si lo consiguieran, ya hablaríamos, pero de momento, estamos a merced de la buena voluntad de esta gente... o lo que sean
Ellas guardaron silencio durante unos segundos. No era necesario añadir nada más. Finalmente les ordené lo mismo que les había ordenado a los hombres. Cuando salimos, Brumantra fue directamente a Surkoi -que estaba sentado a una distancia prudencial de Idkereda- y le pegó una bofetada.
- ¡Pero a qué viene esto! -exclamó el hombre, desconcertado.
- Idkereda sabemos que se sienta cuando tiene que mear y al comandante no puedo ponerle la mano encima... ¡así que sólo quedas tú!
- Joder, Brumantra... -susurró el piloto mientras se masajeaba la mejilla-, qué mala leche tienes. ¿Y si ha sido él?
- Ni mala leche ni hostias -dijo Brumantra furiosa mientras se abrazaba a la escalera terkuma y empezaba a trepar hacia el puente-, son muchos meses compartiendo lavabo, ya nos conocemos todos y estoy harta de que dejes rastro cada vez que meas, como si fueras un animal.
- Pero, señor,...
Surkoi me miró porque no se había atrevido a responder a la bofetada de Brumantra y esperaba que yo amonestara a la oficial de comunicaciones. Pero yo, Alkai e Idkereda habíamos sido incapaces de reprimir la risa y no tenía intención ninguna de llamar la atención a Brumantra.
- Surkoi -dije yo-, considérelo una medida disciplinaria aceptada por la comandancia de esta misión.
- Joder -refunfuñó Surkoi.
Brumantra había sido inteligente: si le hubiera pegado un puñetazo probablemente Surkoi se lo hubiera devuelto, pero una bofetada le había desconcertado y, cuando por fin había conseguido reaccionar, Brumantra ya estaba a varios metros de distancia de él, subiendo hacia el puente.
Una vez estuvimos todos arriba, Palabra nos preguntó si había algún problema, pues había contemplado la escena de la bofetada desde el puente.
- Ningún problema, no se preocupe -contestó sonriendo Alkai.
Surkoi bufó masajeándose la mejilla, enrojecida todavía.
- Un detalle sin importancia -confirmé yo.
Nevando cerezas vino a nuestro encuentro corriendo.
- ¡Llegamosyá! -gritaba- ¡Llegamosyá!
Cuando estuvo a un metro de distancia de nosotros empezó a dar vueltas sobre sí mismo sin parar de repetir una y otra vez: "Llegamosyá, llegamosyá".
Palabra nos condujo a una zona situada a estribor en el castillo de popa, justo al lado de la balaustrada. Había barras horizontales que surgían de la baranda principal y en perpendicular a ella, a las que nos sugirió que nos agarráramos fuerte porque el barco iba a maniobrar. Él se agarró y lo mismo hicimos todos nosotros. Nevando se abrazó de nuevo al torso de Idkereda.
El pilotó gritó en el incomprensible idioma terkuma y tensó apreciablemente sus tentáculos delanteros. La vela se movió y el barco viró a estribor.
Se acercó otro terkuma caminando trabajosamente por la cubierta inclinada del navío y también se agarró a las barras a las que nos sujetábamos todos nosotros. Creí reconocer a Trae consigo el trueno, pero no estaba seguro. Puede que impreso en las escasas vestimentas de los adultos estuviera codificado su rango, su nombre y otras informaciones pero aún no era capaz de distinguir semejantes detalles.
El piloto volvió a gritar en terkuma y volvió a tensar sus tentáculos de forma que el barco volvió a virar, pero esta vez a babor. Espero que hayan amarrado bien los incurdroid, pensé, y me concentré en asirme fuerte y en el paisaje que nos rodeaba.
Volábamos aún sobre el mar, pero enfrente de nosotros ya se distinguía la costa, que se acercaba a gran velocidad y cubría todo el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. El color predominante era el verde, y en seguida pudimos comprender por qué: toda la costa era un bosque formado por árboles gigantes, los más grandes que había visto en mi vida, mucho más grandes incluso que las secuoyas terrestres. Además, parte de las raíces de estos árboles eran aéreas y se hundían directamente en el agua salada del mar, por lo que deduje que aquella formación boscosa era el equivalente terkuma a los manglares terrestres.
Cuando nos acercamos más pudimos apreciar que el bosque no era tan tupido como los manglares, y que entre árbol y árbol había espacio más que suficiente como para que pasara la embarcación en la que viajábamos.
El piloto volvió a maniobrar y la embarcación viró de nuevo a estribor. Al cabo de pocos segundos volábamos entre los árboles y el mar abierto fue quedando atrás. Las aguas que sobrevolábamos se calmaron. La velocidad a la que nos movíamos disminuyó, y las altas copas cubrieron en parte la luz del sol. La temperatura bajó varios grados. Nos fuimos adentrando en un bosque sumido en la penumbra y el silencio. La luz se filtraba a través del ramaje en forma de lanzas brillantes que caían oblicuamente desde el cielo. Un ejército de terkumas montaba guardia sobre las raíces aéreas. Todos nos contemplaban en silencio. Parecían centinelas que guardaran un templo antiguo, un lugar sagrado, al que no estaban muy seguros de permitirnos la entrada. Había raíces que superaban la altura a la que volábamos en aquel momento. Todo estaba sumido en una calma sepulcral. Aún había un poco de viento, y podíamos oír crujir la madera y gemir las cuerdas tensas, pero por encima de todos los sonidos sentíamos una losa de silencio que aplastaba cualquier perturbación. Tuve una impresión profunda en mi pecho, una intuición honda, ineludible: nos desplazábamos no sólo a través del espacio sino también a través del tiempo, hacia épocas pretéritas de aquel mundo, hacia un pasado lejano en la historia de nuestros anfitriones. Esta sensación me dejó consternado, y tardé mucho tiempo en comprender su significado.
En aquel momento, el navío seguía su ruta, imparable. Viramos varias veces a babor y a estribor antes de ver algún signo de civilización terkuma. Todos permanecimos en silencio a lo largo del trayecto final del viaje, observando con atención las maniobras del piloto, intentando fijar en nuestra memoria algún punto de referencia, pero lo cierto es que aquel manglar era un auténtico laberinto y, si hubiéramos tenido que deshacer el camino por el que nos conducían los terkuma, lo más probable es que habríamos acabado perdidos. Observé también que, de vez en cuando, la superficie del agua se ondulaba, como si por debajo el pantano hirviera de formas de vida desconocidas.
- Escuchad -dijo de repente Idkereda.
Y entonces creo que todos lo oímos. Un coro terkuma casi imperceptible. Un canto tan tenue como la primera luz del amanecer. Una vibración del aire que rasgaba el silencio con la suavidad con que desentierra un fósil un paleontólogo. Una perturbación que a todos nos puso la piel de gallina y que hizo que todo a nuestro alrededor de repente pareciera más real, más nítido, como si súbitamente hubieran enfocado el mundo entero.
El canto, al principio prácticamente inapreciable, aunque era posible que los terkuma llevaran sintiéndolo desde mucho antes que nosotros, fue subiendo el tono poco a poco, hasta hacerse claramente audible. Tuve la impresión de que era precisamente el canto lo que guiaba al piloto por aquel laberinto de luz y de agua. También pensé en el canto de las sirenas, cuando las sirenas seducían mediante su voz a los navegantes desprevenidos en los mares de la Tierra.
La embarcación no tardó en empezar a frenar. La velocidad fue disminuyendo muy lentamente, con una deceleración mínima, hasta casi detenerse por completo al entrar en un claro del manglar. El canal por el que flotábamos desembocaba en un espacio muy amplio, de unos trescientos metros de diámetro, tal vez más. La luz del sol volvió a deslumbrarnos. Entornamos los ojos e hicimos visera con la mano. En el extremo opuesto a la desembocadura del canal descubrimos más barcos similares al nuestro, pero posados en el agua y con las velas arriadas. También vimos una multitud de terkumas observándonos desde los embarcaderos y muelles.
No localizamos nunca el punto concreto de donde procedía el canto que guiaba al piloto pero sí pudimos ver cómo poco a poco todos los terkumas que aguardaban en la orilla unieron su voz a ese canto. Fue como si todos extendieran brazos de sonido para sostener la embarcación donde viajábamos y conducirla con mimo por el aire hasta posarla suavemente sobre el agua. Los últimos metros de nuestro viaje los recorrimos igual que un navío convencional: sobre el líquido elemento, cuya superficie calma reflejaba nítidamente todo lo que había en aquel claro, y a nosotros mismos. Los terkumas que formaban parte de la tripulación se movieron diestramente por la cubierta y entre las jarcias para arriar las velas, el piloto maniobró y la embarcación acató sus órdenes dócilmente. Finalmente, nos quedamos casi inmóviles muy cerca de uno de los muelles.
¿Por dónde empezar a describir todo lo que nos rodeaba? Nuestros sentidos nos saturaban de información. Había tanto para ver que apenas podíamos realmente ver algo. Luz, color, formas, olores, gestos... todo a la vez, todo de golpe. ¿Cómo encerrarlo, codificarlo, traducirlo al discurso lineal, secuencial y ordenado del lenguaje humano? ¿Cómo hacerlo sin que se pierda la carga emocional que implicaba semejante inmersión en un mundo nuevo, en una cultura desconocida, la sorpresa, el desconcierto? Ahora que rememoro toda nuestra aventura desde el remanso de paz al que me han traído los años... ¿por dónde empezar? ¿Qué palabras escoger? ¡Cómo no echar de menos a Palabra, las maravillas del lenguaje terkuma, la oportunidad perdida!
Empezaré por el cielo. Azul, luminoso, libre de nubes, metáfora perfecta de libertad y esperanza. Podría haber sido el de Amantze, o el de la Tierra. A cualquier ser humano le habría gustado ese cielo. O, al menos, a cualquier ser humano que se hubiera pasado meses encerrado en una nave espacial sin apenas espacio para moverse. Las copas de los árboles se alzaban unos cien metros por encima de nosotros y se recortaban limpiamente contra él. Sus hojas verdes brillaban al sol agitadas por el viento. Parecían cascabeles de luz, o insectos delicados que habían decidido congregarse en el rostro y los hombros de titanes dormidos, desde donde tomaban pequeñas bocanadas de aire para alimentarlos. Gracias a estos alientos diminutos, individualmente más leves que el de un bebé recién nacido, sostenían a sus anfitriones; y estos, a su vez, sostenían el firmamento, labor que realizaban sin esfuerzo alguno mientras soñaban. Sus troncos descendían siguiendo fielmente las líneas de campo marcadas por la gravedad de aquel planeta, que apuntaban directamente hacia el centro del astro, y a pocas decenas de metros por encima de nuestras cabezas se atrevían a desviarse de las frías geodésicas y se abrían en abanico hasta formar un pequeño bosque de raíces aéreas. No tardaban, sin embargo, en volver a acatar la ley impuesta por el campo gravitatorio y, para cuando llegaban a la altura de nuestros ojos, en su vegetal camino hacia el centro del planeta, ya habían recuperado la perpendicularidad a la superficie. Se hundían en aquel agua calma hasta perderse de vista al cabo de pocos centímetros. Reposaban en silencio bajo un peso inimaginable. No sólo eran los cimientos de los árboles: soportaban también el peso de la ciudad terkuma. Los embarcaderos como aquél en el que se había detenido nuestro barco se prolongaban hasta transformarse en plataformas sobre las raíces aéreas, plataformas donde cientos de terkuma cantaban y nos observaban con calma. Había varios niveles de plataformas: algunas aprovechaban las raíces a diferentes alturas, otras se situaban a lo largo de los troncos, como balcones en un edificio. Todas ellas estaban conectadas entre sí mediante pasarelas, lianas e incluso ramas.
Los terkumas habían engalanado todas aquellas atalayas con cintas de colores y pendones que ondeaban al viento. Los rostros de muchos de nuestros anfitriones, mientras cantaban y nos observaban, quedaban ocultos intermitentemente por los colores de los adornos que serpenteaban en el aire.
Debo hablar también de lo que le habían hecho los terkumas al bosque. Si el cielo y el verde eran familiares para los terrícolas, ningún humano habría podido comparar la ciudad terkuma con alguna otra ciudad que le fuera familiar, ni siquiera con Nueva Venecia. Los terkumas habían manipulado el bosque. Al principio no era evidente. Su ingeniería se mezclaba de forma sutil con las formas naturales, y su arquitectura se alzaba hacia el cielo camuflándose con la propia de la naturaleza. Si uno observaba atentamente, sin embargo, se intuía un orden diferente al natural. Había estructuras vegetales que parecían haber crecido por sí solas pero que, o bien por su situación o bien por su forma, eran demasiado oportunas y útiles como para ser espontáneas. Los árboles, para empezar, eran demasiado grandes como para poder sostenerse por sí mismos en aquella gravedad, y las lianas estaban cuajadas con lo que parecían ser frutos pero que, al fijarse uno mejor, resultaban ser ojos que observaban todo a su alrededor. ¡Incluso parpadeaban! Había, además, insectos en el cielo que nos seguían y nos precedían a una distancia prudencial, sin alejarse demasiado nunca, pero tampoco sin atreverse a acercarse. Éste tal vez se antoje un detalle muy mal juzgado por mi parte, pero es porque aún no he dicho que alguno de esos insectos eran semejantes a libélulas gigantes, y se dedicaban a hacer un trabajo muy concreto: remolcar nuestro navío hasta tocar el muelle, donde algunos terkuma se destacaron del grupo de la orilla y ayudaron a amarrar el barco. Los mismos insectos gigantes extendieron una pasarela entre el buque y tierra firme, sin equivocarse ni titubear un instante. En los troncos de los árboles, por si fuera poco, vimos emerger volúmenes y antenas con el brillo propio de los metales; un carácter argenteo y cobrizo que se iba apagando en los bordes hasta que se fusionaba suavemente con la madera; y había ventanas situadas en esos mismos troncos justo en el punto donde tenían que estar situadas para permitir una contemplación perfecta de los muelles, pero que no parecían haber sido abiertas a base de retirar corteza y vaciar el interior del tronco, sino que daba la impresión de haber sido creadas por el propio árbol a medida que crecía. Y un montón más de detalles que no entendimos en aquel momento pero que desde luego no parecían ser fruto de haber aprovechado un recurso en su forma natural sino de haberlo diseñado a propósito.
Justo cuando la pasarela del barco tocó el embarcadero, las esferas de plasma que había en el centro del puente se apagaron y el piloto se relajó de forma apreciable. En ese instante, sus tentáculos empezaron a diferenciarse de los cables con que actuaba sobre el barco. No se oyó ni clack ni click. Simplemente allí donde hacía un segundo había una superficie perfectamente lisa y continua ahora empezaron a aparecer colores y formas que establecían una frontera entre los tentáculos del terkuma y los mandos del barco. Al principio se diferenciaron tenuemente pero rápidamente adquirieron rasgos claramente distintivos, y en pocos segundos el terkuma quedó liberado de su conexión con el navío y se apoyó con todos sus tentáculos-pierna sobre la cubierta del barco. Comprendí que, al parecer, era un terkuma como Palabra o Trae consigo, no un ser diseñado genéticamente para desempeñar toda su vida el mismo trabajo. No tardó mucho en irse. Antes de bajar por la pasarela, hizo un fugaz gesto hacia Palabra, cruzó con él un sonido indescifrable para nosotros y se dirigió hacia el embarcadero, junto con el resto de la tripulación. Allí, todos ellos estaban siendo recibidos por muchos otros terkumas. Sin cesar de cantar, se acercaban y se acariciaban unos a otros el rostro y el cráneo con sus tentáculos-brazo. Los cilios que rodeaban sus bocas se ondulaban lentamente y en no pocas ocasiones los juntaban al tiempo que cerraban los ojos. Se parecía mucho a un beso humano. También observábamos muchos terkumas más pequeños que los terkumas que nos habían rescatado; del mismo tamaño que Nevando cerezas e incluso menores. Al mismo tiempo que el canto terkuma hacía vibrar suavemente el aire, los troncos de los árboles reflejaban los colores apacibles que iluminaban el cráneo y los rostros de los terkuma que se reencontraban.
- Fijaos -dijo Alkai-, no se forman parejas ni grupos reducidos. Un mismo terkuma abraza a muchos tripulantes.
Era cierto. Todos los terkuma se abrazaban entre ellos. Parecía una gran celebración. En la sociedad humana sólo en ocasiones muy especiales se producía la suspensión de la distancia protocolaria entre dos seres humanos, sólo en las celebraciones del final de la Segunda Guerra Mundial o del fin de la guerra Kilmoa se habían visto abrazos y muestras de afecto a gran escala entre personas totalmente desconocidas. Ni siquiera en los acontecimientos deportivos se producían tales muestras de aprecio con semejante efusión.
- ¿Qué significa este recibimiento? -pregunté a Palabra
- Significa felicidad -contestó él- Los terkuma teníamos miedo de no ver más a los tripulantes de este barco. Los humanos sois violentos y si estáis armados, peligrosos.
Hizo una pausa y, al cabo de un segundo, añadió:
- Ahora bajaremos. Por favor, no se pongan nerviosos.
Era imposible no ponerse nerviosos.
- No, Palabra, no bajaremos -repliqué yo.
Palabra se quedó quieto y me miró durante unos segundos. El otro terkuma también nos miró en silencio.
- ¿Por qué? -dijo al fin Palabra.
- Porque no queremos separarnos de nuestras máquinas -contesté al mismo tiempo que señalaba con la cabeza nuestros incurdroids-, sin nuestras máquinas estamos totalmente indefensos.
- Hemos preparado habitaciones aisladas del resto del planeta -nos explicó él-, habitaciones con agua y comida esterilizadas para que no pasen ni hambre ni sed. No pueden rechazar de esta forma nuestra hospitalidad.
- Le agradecemos su hospitalidad -dije yo-, pero estamos en medio de una guerra y, por lo que hemos podido ver, ustedes son aliados del Ínbid, nuestros enemigos.
- No confían en nosotros -dijo el otro terkuma. En ese momento sí le reconocí. Le reconocí por la voz: era Trae consigo el trueno.
- Hay un problema con el idioma -dijo Palabra.
- Yo no veo que haya ninguno -repliqué-, usted domina nuestro idioma perfectamente y es capaz de comprender lo que le estoy diciendo.
- No, no quiero decir que yo tenga dificultades con su idioma -explicó él-, quiero decir que su idioma es muy imperfecto. No me permite comunicarme con ustedes.
Pensé que no era momento de enredarnos en una disputa lingüística; que si lo hacíamos, no acabaríamos nunca. Así que dije:
- Escuchen, no bajaremos; estamos dispuestos a activar los mecanismos de autodestrucción que portamos en nuestros cuerpos... y eso activaría a la vez la autodestrucción de nuestras máquinas. Nuestras pieles sintéticas no aguantarán indefinidamente. Así que accederemos a que prueben su tratamiento sobre uno de nosotros. Pero aquí en el barco, al lado de nuestras máquinas. Esa es la única condición que ponemos. Si el tratamiento es eficaz, nos relajaremos todos un poco.
Nevando cerezas deshizo el abrazo con el que se sostenía al torso de Idkereda, bajó a la cubierta y se dirigió hacia Trae consigo; se subió encima de él y se acurrucó en el hueco que quedaba entre su cabeza y su espalda.
- Miren lo que provocan en los niños, humanos -dijo Trae consigo-: miedo. Esa es su huella y su legado en esta galaxia, ni respeto ni amor sino miedo. Sólo miedo.
Había inflexiones en su voz y pequeños gestos que distorsionaron su rostro y parecía razonable asociarlos con el desprecio. El rostro de Nevando cerezas estaba azul y sus cilios temblaban. Probablemente su cráneo también se hubiera tintado de azul, pero sus ropajes me impedían observarlo.
De repente, todos dimos un salto hacia atrás y mi mano derecha se dirigió instintivamente hacia la empuñadura del sable. Un grupo de terkumas había irrumpido en el puente. Venían buscando a Nevando cerezas. Digo que venían buscando a Nevando porque a nosotros prácticamente ni nos miraron. Dos de ellos se dirigieron directamente hacia el niño, lo recogieron de la espalda de Trae consigo y lo llevaron en brazos hasta el centro del grupo, donde lo depositaron en el suelo y todos pasaron sus tentáculos-brazo por el cráneo del pequeño terkuma. Nevando dejó de estar azul y revivió en seguida. Empezó a cantar en su lengua al mismo tiempo que agitaba los tentáculos y daba vueltas sobre sí mismo. Trae consigo y Palabra se despreocuparon de Nevando y del grupo que acababa de subir al puente y se pusieron a deliberar en su propio idioma. Yo estaba muy al tanto de la conversación entre los dos terkumas adultos. No entendía nada de lo que decían pero procuraba no perder detalle de sus expresiones, de sus gestos, de las inflexiones de su voz, de los colores que viajaban por sus cráneos. Sin embargo, a pesar de la atención que dedicaba a la conversación de los dos adultos, me di cuenta de una cosa que sucedió en el grupo del niño: hubo un momento en la narración de Nevando, supuse que el momento en el que relató nuestra amenaza de autodestrucción, durante el cual volvió a adquirir el mismo tono azul que había adquirido hacía un momento cuando habíamos lanzado la amenaza. Lo que me sorprendió es que no fue el único. Al ponerse azul, los terkumas que le rodeaban, y que le estaban escuchando, también cambiaron de color y se tornaron azul violáceo, exactamente del mismo tono que el de Nevando, como si se hubiera derramado un colorante sobre Nevando y la mancha no hubiera tardado en expandirse y extenderse a todos los que le rodeaban. Igual que si todos los que le rodeaban sintieran el mismo miedo de repente que había sentido el niño al oírme hablar de destrucción.
Al cabo de pocos segundos recuperaron su color normal pero entonces se destacó del grupo un terkuma que tenía el rostro y todos sus tentáculos surcados por finísimas arrugas, semejantes a las arrugas de los ancianos humanos. Se aproximó y dijo algo a Trae consigo y Palabra. Ellos contestaron, el nuevo terkuma volvió a decir algo y luego Palabra me miró y dijo:
- Soledad en altamar dice que habéis asustado a Nevando cerezas pero que no os preocupéis, que le ha explicado que no sois malos, que sólo tenéis miedo.
- He intentado explicarle a Soledad en altamar -dijo Trae consigo- que probablemente os traiga sin cuidado haber asustado a Nevando, pero no me ha hecho caso.
Soledad en altamar se acercó a nosotros y tocó a Idkereda con sus tentáculos-brazo. Pronunció unas palabras suaves, pero incomprensibles.
Palabra tradujo:
- Soledad en altamar dice: tú eres Tronco de árbol. Y pregunta: ¿quiénes son tus padres?
- No tengo padres -contestó Idkereda-, soy huérfano.
- ¿Qué significa huérfano? -preguntó Palabra- Y ¿qué significa que no tiene padres?.
- Mis padres -explicó Idkereda- murieron cuando yo era todavía un bebé, no llegué a conocerlos nunca. Esto es lo que significa ser huérfano.
Palabra intentó traducirlo, pero Soledad en altamar no entendía lo que quería decir e insistía en saber quiénes eran los padres de Tronco de árbol.
- El problema es que los terkuma no tenemos familias como las suyas -explicó Palabra-. Nosotros criamos a nuestros niños de forma comunal. Tenemos hijos como ustedes, pero no los crían entre el padre y la madre. Cada niño tiene muchos padres y madres. Soledad en altamar ha abierto la conversación con una pregunta protocolaria normal entre los terkuma pero no comprende su respuesta.
Idkereda Tronco de árbol asintió.
- Dígale exactamente esto, por favor -pidió a Palabra-: sólo tuve un padre y una madre, y murieron antes de que yo pudiera hablar. Luego ya no tuve más padres y crecí solo.
Una tormenta de colores se desató en la faz y el cráneo de Soledad en altamar cuando Palabra le tradujo la respuesta de Idkereda. Emitió lo que pareció un gemido y acarició el rostro de Idkereda. Luego, sin dejar de mirar al hombre, articuló unas palabras con un tono muy suave y triste y la ola de colores sobre su rostro y cráneo se suavizó. Después se retiró y regresó con el grupo donde estaba Nevando cerezas.
Palabra tradujo:
- Tanta soledad. Es lo que ha dicho. Exactamente: tanta soledad y toda dentro de ti, Tronco de árbol, nosotros los terkuma te acogemos, la comunidad será tu madre y tu padre. Yo seré tu madre y tu padre. Y ha añadido que volverá.
Finalmente, Palabra viva sobre la piedra accedió a dejarnos en el barco. Trae consigo el trueno se quedó con nosotros junto con cinco terkumas más que subieron desde el embarcadero. Me fue imposible discernir si eran miembros de la tripulación que nos había rescatado en alta mar o eran terkumas que habían aguardado en tierra. Todos ellos llevaban una redecilla negra cubriendo su cráneo, igual a la que llevaban la mayoría de la tripulación y parecida a la de Soledad en altamar. Los colores que iluminaban sus cráneos se filtraban a través de aquella red cuando hablaban entre ellos. Palabra nos aseguró que regresaría con los médicos en cuanto fuera posible. Descendió del barco y con él se fueron Nevando cerezas, Soledad en altamar y el resto de terkumas que habían subido a buscarle. No vimos descender del barco a la medusa.
Aun así, nos sentamos.
Estábamos bastante cansados. Llevábamos muchas horas sin comer ni beber y por delante teníamos una espera de duración indeterminada. Tampoco podía hablar tranquilamente con los miembros de mi escuadra porque Trae consigo el trueno y el resto de terkumas nos vigilaban a no muchos metros de distancia y era muy probable que pudieran oírnos. No me fiaba de la comunicación telepática. Temía que pudieran captar nuestros pensamientos y descifrar la encriptación, así que decidí usarla sólo en caso de extrema necesidad. Ni siquiera me atrevía a pensar en el farol que me había marcado con aquello de “los mecanismos de autodestrucción que portamos en nuestros cuerpos”. En cuanto este pensamiento aparecía en mi mente, procuraba ocultarlo con otro diferente... comida, Amantze, Esparta, lo que fuera.
Brumantra fue la primera en hablar.
- ¿No creéis -dijo- que se están tomando demasiadas molestias con nosotros? Quiero decir: si lo que quieren es nuestra tecnología, podrían hacerse con ella cuando quisieran; son muchos, prácticamente nos han desarmado y no tenemos medios para impedírselo. ¿Por qué simplemente no toman lo que quieren?
- No te hagas ilusiones -contestó Alkai-, si habláramos de seres humanos te daría la razón, pero tratándose del Ínbid... el pasatiempo preferido de los Coleccionistas de Medusas es hacer experimentos psicológicos con cobayas humanos. Puede que nosotros seamos los protagonistas de un experimento justo en este momento. Sería una forma fantástica de obtener un montón de información; información que no pueden obtener viviseccionando un cerebro. Y seguramente ya saben que las realidades virtuales inducidas de forma convencional no funcionan con nosotros. Así que...
- Así que no podemos estar seguros de nada -dije yo-. Veremos a ver qué pasa.
Y a continuación añadí, susurrando:
- Mientras no recuperemos el control de los incurdroids, la vía diplomática es nuestra única esperanza. Si no funciona, deberemos destruir los incurdroids para que no caigan en manos del Ínbid.
Idkereda parecía poco dispuesto a participar en la conversación, sentado a parte como estaba y sumido en su mundo interior. A pesar de todo le pregunté:
- ¿Por qué no te afectó como a mí el canto de los terkuma?
Él me contestó lentamente y sin dar la impresión de concentrarse mucho en la respuesta.
- Seguía patrones muy parecidos al de las membranas cantoras -dijo-. Entre esto y las modificaciones de mi cerebro conseguí mantener controlado el dolor y arrastrarme hasta la medusa pero...
En aquel momento frunció el entrecejo y añadió:
- Pero la verdad es que lo conseguí por poco.
Luego nos quedamos en silencio, cada uno de nosotros poniendo en orden sus propios pensamientos, como si dobláramos la ropa de nuestro armario para pasar revista ante un invitado terrible, que nos juzgaría y nos condenaría si no estaba todo perfectamente en orden. Yo pensé que dentro de poco me estarían sometiendo a un tratamiento del que no sabíamos nada y que sería la única esperanza que teníamos para sobrevivir en aquel mundo.
No confiaba en que la flota llegara a rescatarnos justo en aquel momento. Esperaba que, al menos, el tratamiento no tuviera nada que ver con medusas ni con nada que se le pareciera.
Idkereda cerró los ojos y apoyó la cabeza en un mástil del barco. Brumantra y Alkai también cerraron los ojos. Trabajaban frenéticamente en recuperar los incurdroids. Podían trabajar en ello con los ojos totalmente abiertos y manteniendo una conversación normal, pero si cerraban los ojos se concentraban mejor y cualquier mínima ventaja podía significar la diferencia entre conseguirlo o no conseguirlo. Surkoi tenía los ojos abiertos como platos y no cejaba de girar la cabeza una y otra vez a derecha e izquierda, explorando lo que había a su alrededor. Tenía miedo.
Yo también.
Todos miramos en la dirección de donde provenía la voz. Vimos a un terkuma pequeño que nos miraba fijamente. ¿Cómo descifrar su expresión? Sus ojos negros y redondos no se apartaban de nosotros. La ondulación de los cilios de su rostro seguía un ritmo periódico y suave. Puede que su cráneo estuviera recorrido por ondas de colores, como las que había visto durante la conversación con Palabra, pero no podía saberlo con certeza porque no lo cubría con una pieza de ropa translúcida ni con una redecilla sino con un manto opaco de un tono marfil que caía fláccidamente a ambos lados del cráneo hasta casi rozar sus tentáculos. No había nada más que lo diferenciara de los terkuma que nos habían recibido, excepto su tamaño. Era mucho más pequeño.
- Hola -dijo de nuevo-, ante Nevando cerezas vosotros. Nombre. Es.
Sí, había algo más. Al oír su primera frase me di cuenta en seguida de que sí había algo más: su dominio del lenguaje no era tan bueno como el de los primeros terkuma que conocimos. A parte de los errores gramaticales, titubeaba al hablar y su pronunciación era tan mala que obligaba a estar muy pendiente de lo que decía para poder entender algo.
- Hola -respondió Idkereda con una sonrisa amable-, yo soy Idkereda.
- ¿Nevando cerezas? -exclamó Surkoi-, ¿qué clase de nombre es ése?
- Surkoi -replicó Brumantra-, no seas mal educado. Perdona a mi compañero, Nevando cerezas. Él es Surkoi, yo soy Brumantra. Ella es Alkai. Y él es nuestro comandante Katmai. ¿Entiendes lo que digo? ¿Me entiendes?
- ¿Co... man... dant... e? ¿Qué ser?
Brumantra le dijo que éramos guerreros y que yo era el guerrero que decía lo que los demás guerreros tenían que hacer. Y luego tuvimos que repetirle todos nuestros nombres. Creo que Brumantra había decidido que Nevando cerezas era el equivalente terkuma de lo que los seres humanos llamamos “niño”. Realmente, esa era la impresión que teníamos todos. Pero podía ser una impresión totalmente equivocada.
- ¿Sabes lo que son las cerezas? -preguntó Idkereda.
- Cerezas... sí -contestó Nevando cerezas-, fruta vuestro planeta. Dulce.
- ¿Y sabes qué es la nieve? -preguntó Alkai.
Nevando pronunció un sonido indescriptible, que pareció emitir haciendo vibrar su cuerpo entero, y luego dijo lentamente, esforzándose con cada palabra:
- Nieve, sí: jugar... nieve mi nombre. Nevando cerezas vi nieve nunca. Nieve habitar historias. Nieve leyenda. ¿Vosotros nieve con Nevando cerezas?
Aquel ser que intentaba comunicarse con nosotros aprovechó nuestro desconcierto para dar una vuelta sobre sí mismo y acto seguido abalanzarse sobre Idkereda, a una velocidad tan grande que casi desaparece de nuestra vista durante una fracción de segundo.
Idkereda estaba sentado en la cubierta del barco, como todos nosotros, pero a una distancia prudencial del grupo, soportando a solas su exilio, y de repente tuvo los ojos de aquel ser a pocos centímetros de su cara, y a la misma altura que los suyos. Idkereda no pareció asustarse. Quizá no le dio tiempo. Tampoco hizo ademán de retirarse cuando Nevando cerezas empezó a acariciarle la cabeza con los tentáculos que hacían el papel de brazos. Ni siquiera perdió la sonrisa, aunque sí se le congeló en el rostro.
- Nevando cerezas feliz. Amigos -decía Nevando cerezas mientras paseaba los apéndices en que acababan sus tentáculos-brazo, y que sin duda hacían el papel de nuestros dedos, por el rostro de mi amigo-. Vuestra casa lejos. Muchas estrellas lejos. Abismo tiempo, abismo espacio. Vosotros no keruva. Vosotros amigos. Vuestro mundo. Cómo ser.
Antes de que tuviéramos tiempo de responder, Nevando cerezas dejó a Idkereda y se dirigió hacia Surkoi. Se movió a tal velocidad que para cuando Surkoi quiso reaccionar ya tenía encima al terkuma. Nevando cerezas le tocó el rostro tal y como había hecho con Idkereda, pero Surkoi no tuvo la paciencia de éste. El rostro del piloto se deformó por culpa del miedo y del asco y todo su cuerpo se convulsionó. Agitó los brazos y las piernas e intentó alejarse. Lo consiguió, pero no fue lo bastante rápido como para evitar que Nevando cerezas lograra tocarle, al menos un segundo.
- ¡A mí déjame! -exclamó Surkoi.
- ¡Hombre plástico! -exclamó Nevando cerezas, que también se alejó de él y fue a refugiarse detrás de Idkereda- ¡Hombre plástico! ¡Miedo! ¡Tener miedo!
Seguramente había sentido la membrana adherente y se había percatado de que el tacto era muy diferente al de la piel de Idkereda, que ya no vestía membrana alguna.
- Has asustado a nuestro pequeño amigo, Surkoi -dijo Idkereda con una sonrisa socarrona.
Surkoi tenía la respiración acelerada y aún seguía alejándose.
- ¿Habéis visto -dijo casi sin aliento- a qué velocidad se mueve ese bicho?
- ¿Qué bicho? -dijo el pequeño terkuma- ¿Qué ser bicho?
- Es una forma cariñosa -contestó Idkereda- de llamar a tus amigos.
Los cilios de la boca del terkuma se agitaron muy deprisa y nuestro amigo dio una vuelta sobre sí mismo.
En aquel momento tomé una decisión. Me levanté y pedí al pequeño terkuma:
- ¿Nos enseñas el barco?
El terkuma se acercó a mí y extendió sus tentáculos-brazo hacia mi rostro pero como estaba de pie no consiguió alcanzarlo. Estuve a punto de inclinarme para que pudiera palparme, pero en el último momento me lo pensé mejor. Sin embargo, mi precaución fue inútil: nuestro pequeño amigo se alzó sobre sus dos tentáculos traseros y de esta forma consiguió por fin alcanzar mi rostro.
- Tú también plástico -dijo.
- Sí -respondí yo con voz tranquila, y sin retirarme-, el plástico nos protege de tu planeta. Sin plástico enfermaríamos como nuestro amigo antes.
- Vuestro amigo -repitió Nevando cerezas mientras posaba todos sus tentáculos de nuevo en el suelo-... vuestro amigo curado... medusa hacer medicina, curar vosotros. También. Yo llevar-é vosotros medusa. Caminar gracias Nevando cerezas este camino y desnudaros. Sin miedo. Mañana libres. Piel limpia...
- No -dijimos todos a la vez, excepto Idkereda, que tuvo que sujetarse la risa.
- ¿Hay alguien que esté pensando en huir, a parte de mi mismo? -añadió Surkoi- ¿O soy el único que tiene las prioridades claras?
El pequeño terkuma se giró y le miró.
- No -dijo-, huir no, no, no. No. Terkuma amigos. Ayudar humanos. Fuera comunidad, planeta peligroso. Mucho, para humanos. Palabra explicó a mí. Ayudaremos, fue palabra de Palabra. Palabra de Palabra siempre cierta. Tiburones de sal, Inbid, flores nec-rosantes, muerte blanca... planeta peligro para humanos fuera comunidad terkuma. Mejor quedar. Aquí, con Nevando cerezas, Palabra, Trae consigo... mejor, sí. Por favor. Lanzo olas de sonido, ¿vuestros cerebros vibran?
- ¿Por qué nos ayudáis? -preguntó Alkai.
El pequeño terkuma la miró fijamente. No contestó.
- ¿Me entiendes? -insistió Alkai.
Los cilios se quedaron totalmente quietos.
- ¿Me entiendes? -repitió.
- Nevando cerezas triste -contestó por fin.
- ¿Por qué triste? -preguntó Brumantra.
- Porque no hay entiendes.
Alkai intentó explicarle qué significaba ayudar pero Nevando cerezas contestó que sabía qué significa ayudar pero que no entendía por qué su amiga preguntaba “por qué nos ayudáis”.
- Queremos saber cuáles son vuestros intereses -contestó Alkai.
- ¿Intereses? -los cilios del terkuma seguían quietos. Nos miró a todos, uno por uno.
- Sí, qué es lo que queréis ganar al ayudarnos -replicó Alkai.
Los cilios del terkuma se ondularon de nuevo.
- No sé -contestó- ayudar nieve. Nieve mi nombre. Nieve jugar. Jugar nieve. Nieve mi nombre. Felicidad. Ayudar nieve.
- Creo que está intentando decir que ayudar mola -dijo Brumantra.
- ¿Mola? -preguntó el pequeño terkuma.
- Que te gusta ayudarnos -explicó Alkai.
Entonces los cilios vibraron a toda velocidad y el terkuma exclamó:
- Sí, sí, ayudarme gusta.
Dio otra vuelta sobre sí mismo.
- Es como un niño -dijo Brumantra.
- Sí, un niño que gira sobre sí mismo como un perro y que nos quiere meter en una medusa -nos recordó Surkoi.
- Sí, medusa... medusa ayudar humanos -dijo Nevando- vamos medusa a buscar.
Y extendió un tentáculo hacia nosotros.
- Antes enséñanos el barco -dije yo, y tendí mi brazo hacia su tentáculo.
Los apéndices en los que acababa su brazo-tentáculo se cerraron alrededor de mi mano y tiró de mi para enseñarme el barco. El resto de la escuadra me siguió. Idkereda era el que caminaba más relajado. Brumantra, Alkai y Surkoi se mantenían a una distancia prudencial de él y tenían los ojos abiertos como platos.
- Nevando cerezas enseñar barco humanos - dijo Nevando cerezas -, humanos explicar cosas Nevando cerezas. Planeta vuestro es cómo.
La mano del terkuma era pequeña y delicada. Mi mano era mayor que la suya y más ruda y cuando se cerró sobre la de Nevando tuve la impresión de que si apretaba demasiado se la podía romper fácilmente. Era la misma impresión que había tenido en más de una ocasión cuando un niño pequeño me había agarrado de la mano y me había llevado a su habitación para que viera sus juguetes, o al jardín de su casa para que viera un caracol. Me di cuenta de que el contacto con aquella mano extraterrestre, aunque fuera a través de la piel sintética, me transmitía inocencia y sinceridad por parte de aquel pequeño ser. Intenté no dejarme embaucar por estas sensaciones, pero no pude evitar que aquel gesto de confianza, el mero hecho de agarrar mi mano ruda y grande con su frágil mano de niño, provocara un pequeño terremoto en mi interior.
Idkereda se adelantó hasta situarse al lado de Nevando y el resto de la escuadra se mantuvo detrás de nosotros. Era evidente que no querían estar cerca de Idkereda ni cerca de mí, aunque ya hubiera pasado más de una hora desde que Idkereda emergió de la medusa y su cuerpo continuara siendo el de siempre, al igual que el mío. A pesar de todo, llamé a Alkai. Cuando se acercó, le pregunté si había conseguido activar a distancia los incurdroids.
- Brumantra y yo llevamos trabajando en ello desde que recuperamos el conocimiento, señor -me informó-, pero no hemos conseguido respuesta alguna por parte de las máquinas.
- No dejen de intentarlo -le ordené yo.
- Por supuesto, señor.
Luego le pregunté cómo creía ella que funcionaba aquel barco.
- Probablemente por levitación magnética, señor -contestó-, no oigo máquinas ni veo toberas de expulsión de plasma, aunque también es posible que utilicen antimateria con una tecnología totalmente desconocida. Puede que con una combinación de ambas cosas.
- ¿Por levitación magnética? -pregunté extrañado-, ¿es eso posible?
- El agua es diamagnética. Con campos magnéticos muy intensos -me explicó- se pueden conseguir efectos muy interesantes. Ya en el s. XX los científicos hacían levitar pequeños animales en campos magnéticos de decenas de tesla. Con superconductores a temperatura ambiente se pueden hacer maravillas.
- Y sobre la navegación -pregunté en un susurro- ¿qué puede decirme de la navegación? ¿Cómo manejan este barco?
- Sobre eso sí que no tengo ni idea.
Noté un tirón en mi mano.
- Yo también -dijo Nevando cerezas-, querer saber cosas.
Todo el mundo quería saber cosas, al parecer.
- ¿Qué quieres saber? -intervino Idkereda.
- Quiero saber planeta humano, cómo ser, por qué medusa humanos miedo.
- Porque a los humanos que han estado dentro de una medusa les pasan cosas horribles -contesté yo-, y hacen que les pasen cosas horribles a todo aquel que se acerque a ellos. Tenemos miedo de las medusas, Nevando, porque las medusas nos destruyen.
- Guerra contra Ínbid -dijo Nevando.
- Sí, guerra -asentí yo-... mucha guerra.
- Matáis Ínbid. Por qué... Ínbid bueno. No entiende Nevando -insistió el pequeño terkuma.
Idkereda y yo nos miramos.
- ¡Porque ellos nos atacan y nosotros nos defendemos! -gritó Surkoi unos metros por detrás de nosotros.
- Sí, os atacan -confirmó Nevando, como si nosotros no fuéramos conscientes ya de ese pequeño detalle y tuviéramos que memorizarlo-, por eso no poder caminar por Terkuma sin nosotros, entiender. Triste. Palabra intenta explicármelo. Pero no entiender.
- ¡Señor! -gritó Surkoi-... A lo mejor no es que sea un niño, a lo mejor es que es subnormal.
- ¡Joder, Surkoi! -susurró furiosa Brumantra- ¡Cállate de una puta vez!
- Piloto Surkoi -dije yo-, no sé si entiende que nuestras vidas en este momento puede que dependan más de la diplomacia que de la fuerza bruta.
Surkoi era un excelente piloto, pero distaba mucho de saber escuchar y hablar poco, cualidades imprescindibles gracias a las cuales Ulises consiguió sobrevivir a todos los peligros a los que se enfrentó en su viaje de regreso a Ítaca.
Al mismo tiempo que yo replicaba a Surkoi, observé cómo Idkereda se acuclillaba al lado de Nevando y, mirándole fijamente a los ojos, le decía:
- No te preocupes, Nevando, nosotros tampoco lo entendemos.
Entonces Nevando cerezas dejó de agarrar mi mano y pasó los dos brazos-tentáculo alrededor del cuello de Idkereda y, de un salto, el resto de tentáculos alrededor de su torso. De esta forma quedó abrazado a mi amigo como un koala a un árbol. Idkereda se alzó entre asustado y sorprendido pero se tranquilizó al ver que la voz de Nevando cerezas no cambiaba de tono.
- Hombre curado por medusa entender Nevando cerezas -fue toda la toda la explicación que dio el pequeño terkuma a esa aproximación al humano-, si humanos pintan bien el mundo con palabras... entonces no hab-ría guerra.
Tanta proximidad era un poco embarazosa incluso para Idkereda, y se le notaba en la cara, pero no se atrevía a ser brusco y arrancar al terkuma de un tirón de su cuerpo. Es probable que tampoco hubiera tenido fuerza para hacerlo. Así que dijo, intentando mantener el aplomo:
- Bueno, sigue enseñándonos el barco, ¿no?
Supongo que en aquel momento lo dijo más con la esperanza de que aquel ser dejara de abrazarse a su cuerpo que por curiosidad de conocer la tecnología extraterrestre. Pero su intento fue en vano porque el pequeño terkuma le había cogido cariño y se limitó a señalar el camino a seguir con un tentáculo-brazo. No hizo gesto alguno por desenlazarse del cuerpo de Idkereda.
- Idkereda ... ¿te aprieta? -preguntó Alkai.
La verdad es que nadie sabía muy bien qué hacer, así que nos limitamos a seguir el camino que nos indicaba el pequeño terkuma. Idkereda se limitó a negar con la cabeza.
En una situación normal nos habríamos abalanzado todos a intentar arrancar al pequeño extraterrestre del torso de Idkereda, pero Idkereda había estado dentro de una medusa, así que para Brumantra, Surkoi y Alkai había pasado a formar parte del Ínbid, y yo mismo no sabía muy bien qué pensar de él. Sin embargo, era evidente, por la expresión de su cara, que el mismo Idkereda no se esperaba un gesto de tanta cercanía.
- Estoy bien, estoy bien -insistió.
Caminamos por la cubierta hasta llegar al castillo de popa. Había una puerta que daba a las entrañas del barco y unos pilares tumbados a lado y lado que ascendían hasta donde debería estar el puente. Aquellos pilares tumbados que conectaban el nivel donde estábamos nosotros con lo que muy probablemente fuera el puente era la forma que tenían los terkuma de desplazarse entre varios niveles: eran sus escaleras. Observé cómo varios de ellos se abrazaban con sus tentáculos a esos pilares y se desplazaban con rapidez y facilidad por ellos, como los marineros se desplazan por los mástiles. Observé también que había unas muescas y supuse que los terkuma las habían realizado para facilitarnos a nosotros el tránsito por aquella especie de escalera extraterrestre, porque ellos no parecían necesitar esa ayuda para nada.
Nevando nos indicó que teníamos que subir por ahí. Incluso se desenlazó del cuerpo de Idkereda y nos mostró cómo había que desplazarse por una escalera terkuma. Para él fue muy fácil: rodeó el pilar con sus tentáculos y se fue impulsando con ellos hasta llegar al final, desde donde agitó sus tentáculos-brazo indicándonos que le siguiéramos. Pero claro: nosotros éramos bípedos, y nuestros milenios de evolución nos había costado conseguir una postura erguida mínimamente estable. Surkoi hizo un intento de mantener la dignidad y subir por el pilar caminando, como si nada, pero yo le ordené que ni se le ocurriera, que subiera abrazado a él, o apoyándose a cuatro patas en las muescas, como todos, sobre todo teniendo en cuenta que a nuestra derecha no había balaustrada y ante el más mínimo movimiento imprevisto de la embarcación podría haber perdido el equilibrio y haber caído al mar. Ya teníamos bastantes problemas como para también tener que gritar: ¡Hombre al agua!, sin ni siquiera saber si nos harían caso.
Una vez estuvimos en la cubierta superior confirmamos nuestra primera impresión: Nevando cerezas nos había conducido hasta el puente de la embarcación. Sin embargo, lo que vimos allí nos dejó a todos sin palabras, pues aquel puente no se parecía en nada a los puentes que nosotros conocíamos de los navíos humanos. El momento de desconcierto fue aprovechado por el pequeño terkuma para volver a subir al torso de Idkereda y abrazarse de nuevo a él. Esta vez Idkereda ni se inmutó.
Nosotros esperábamos ver una miríada de instrumentos electrónicos: indicadores, hologramas, elementos de control, pantallas de radar y actuadores de todo tipo, en definitiva, máquinas que delataran que nos encontrábamos en un vehículo altamente tecnificado aunque su aspecto a primera vista fuera el de un sencillo barco construido con madera.
En lugar de eso, vimos en el centro del puente un pequeño árbol de esferas de plasma que brillaban y relampagueaban como un corazón que palpitara sangre fluorescente; y un metro por detrás de las esferas, el rostro de un terkuma suspendido en el aire refulgía con la luz que recibía del gas incandescente. Nos dimos cuenta de que este terkuma ni siquiera tocaba el suelo: sus tentáculos larguísimos irradiaban desde su cuerpo en todas direcciones y se perdían en las entrañas del barco o se dirigían hacia las velas o hacia el timón de popa. El terkuma, en apariencia, flotaba en el aire, pero en realidad era el centro de una red que se extendía, muy probablemente, por todos los rincones del barco. Daba la impresión de que su cuerpo oscilara y se balanceara al azar, pero comprendimos en seguida que esos movimientos no eran caóticos ni azarosos: aquel ser era el piloto del barco, o el jinete de las olas, porque dirigía la embarcación como un jinete monta a su caballo: tirando de las riendas para domesticar toda la potencia que la tecnología ponía a su disposición. Observé con atención aquellos tentáculos larguísimos en un intento de localizar el punto de unión entre aquellos apéndices del terkuma piloto y las extensiones que le conectaban con el barco, pero fue un intento vano: o aquel ser había sido genéticamente diseñado para nacer así y realizar ese trabajo específico durante toda su vida, o las uniones eran tan perfectas que no se podían distinguir del cuerpo del terkuma.
Surkoi se acercó a mi y susurró:
- Señor, desde aquí manejan esta máquina. Si actuamos ahora podríamos obligarlos a llevarnos donde está la cápsula.
Surkoi estaba pensando en secuestrar el barco. Me resultaba difícil creer que estuviera hablando en serio.
- Piloto -le contesté-, ¡y cómo pretende obligarles!
- Señor -me contestó-, estos pulpos no parecen muy listos, ni siquiera le han quitado el resonador molecular. Una acción contundente en un momento puntual...
- Oficial, les pedí yo que no me quitaran el sable como prueba de que confiaban en mí.
- Pues eso, señor -replicó él sin dar su brazo a torcer-, no son muy listos.
Podría haberle recordado que esos "pulpos" que no parecían muy listos habían sido capaces de reducirnos simplemente cantando. Pero una de las pocas cosas que me gustan de mi trabajo es no tener por qué dar explicaciones a mis subordinados. Por otra parte, no tenía tiempo de seguir hablando con Surkoi. Vi que dos terkumas que hasta ese momento se habían mantenido detrás del piloto se acercaban directamente a nosotros esquivando la red de cabos que conectaban al piloto con la nave.
- Cállese, Surkoi -fue lo único que dije-, nos van a oír y entienden nuestro idioma.
- Cuerpo humano, tronco de árbol -dijo Nevando cerezas mirando a los dos terkuma que se acercaban.
La acción que proponía Surkoi era demasiado arriesgada. Había demasiadas variables totalmente desconocidas.
- Nevando cerezas -dijo uno de los dos terkuma-, no molestes a nuestros invitados.
Nevando cerezas distendió sus tentáculos, dejó de abrazar a Idkereda y bajó al suelo.
- Cuerpo de humanos es tronco de árbol -repitió el pequeño terkuma, esta vez añadiendo verbo a la frase.
El terkuma adulto extendió uno de sus tentáculos-brazo y acarició con él el cráneo de Nevando cerezas, en un gesto muy similar al que tendría un humano acariciando la cabeza de un niño pequeño.
- Me alegra ver que ya están despiertos -dijo el otro terkuma dirigiéndose a nosotros.
Creo que fue capaz de leer el desconcierto en nuestros rostros porque añadió:
- Ya nos conocemos. Soy Palabra viva sobre la piedra.
Era el primer terkuma que habíamos conocido, el terkuma que nos había hablado a Idkereda y a mí al descender del incurdroid. Y el que estaba a su lado debía de ser Trae consigo el trueno, el terkuma que había ordenado al resto de sus congéneres cantar para imponer de nuevo el orden en la cubierta del barco. No los había reconocido.
- Les pedimos disculpas por no haberles atendido correctamente -añadió Palabra sin esperar respuesta por nuestra parte-, pero hemos estado muy ocupados. Su llegada a este planeta ha desencadenado un auténtico conflicto diplomático. El Ínbid quiere que les entreguemos. Nosotros nos negamos a entregarles. La situación es delicada.
Aún no distinguía sus rostros. Les miraba y me parecían todos iguales. Los pequeños rasgos distintivos de cada terkuma me pasaban desapercibidos. Este mínimo detalle me provocaba una profunda sensación de indefensión.
- Supongo que tendrán muchas preguntas que hacernos y querrán respuestas rápidas y sencillas -continuó diciendo Palabra. Desde luego su dominio del lenguaje parecía excelente-. Obtendrán todas las respuestas en breve. Por ahora será suficiente con que sepan que nos dirigimos a nuestra comunidad. Una vez allí podremos ofrecerles comida y agua en condiciones, sin que su vida corra peligro por contaminación con agentes de este planeta. Medusa podría ayudarles ahora mismo, pero después del episodio de esta mañana hemos decidido que será mejor tratarles en la comunidad, donde nuestros médicos decidirán cuál es la mejor alternativa.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Estaba hablando abiertamente, sin tapujos, de someternos a un tratamiento. Entonces dije:
-Tenemos que ir al lavabo.
Los dos terkuma se miraron y casi me atrevería a jurar que lo que apareció en sus rostros era desconcierto. Los integrantes de mi escuadra también se miraron, y también estaban desconcertados.
- No sé cómo lo resolverán ustedes -añadí-, pero los seres humanos estamos acostumbrados a atender nuestras necesidades fisiológicas en la intimidad. No sé si me entienden.
Fue el primer terkuma el que volvió a hablar:
- No se preocupe. Entendemos. Y lo tenemos todo previsto. Síganme.
Palabra habló en su idioma un par de segundos con el otro terkuma y luego volvió a pedirnos que le siguiéramos. Nevando quiso venir con nosotros pero el otro terkuma le agarró de los tentáculos-brazo y le impidió seguirnos. Atravesamos el puente procurando no enredarnos en los tentáculos del piloto y sus extensiones en forma de cabo, y cuando parecía que el barco se acababa y que si seguíamos avanzando caeríamos al mar, vimos que aún había una cubierta más, de poca superficie, situada en un nivel inferior, y más allá de la cual sí que ya no quedaba nada que nos separara del océano.
La cubierta estaba ocupada prácticamente en su totalidad por lo que parecía ser una caracola marina del tamaño de un contenedor de puerto. Palabra nos indicó que descendiéramos y que debíamos entrar ahí, que estaba todo preparado. Que él nos esperaría en el puente.
- Yo ahí no entro -dijo Surkoi.
- Ni yo -remachó Brumantra.
- Descendamos -dije yo.
Por supuesto, no había escalera, la forma de descender fue deslizándonos por uno de los pilares que los terkuma utilizaban con la misma función que nuestras escaleras. Éste, a diferencia del primero, estaba situado verticalmente, aunque también tenía muescas, y eso facilitó nuestro descenso. Una vez abajo, lejos de Palabra, les dije:
- Escuchen, tenemos que hablar.
- No pretenderá que entremos ahí -dijo Alkai.
- No se me ha ocurrido otra forma de conseguir que nos dejen totalmente solos.
- Pues tiene toda la pinta de ser una trampa -dijo Surkoi.
Miré a Idkereda en busca de su opinión, pero no dijo nada. Se limitaba a observar con el ceño fruncido y los labios sellados.
- Haremos lo siguiente -dije-, entraré primero yo. Si salgo vivo, entraré con Idkereda y Surkoi. Si todo va bien, cuando salgan Idkereda y Surkoi, entrarán Alkai y Brumantra. Alkai, usted es la segunda al mando.
- Lo sé, señor.
Entré.
Pasé por un túnel iluminado tan intensamente que casi resultaba cegador. Al final del túnel había una puerta. Tras la puerta me encontré en una pequeña habitación con forma ovoide, de paredes lisas y un agujero en el suelo, en el centro. Ya está, nada más. Sencillo y eficaz. Busqué micrófonos, cámaras o cualquier indicio que delatara a algún observador externo, pero no encontré nada. Sólo paredes lisas y sin rincones. No tuve ningún problema al salir.
- Hay un túnel con esterilización por radiación -informé- y al final un retrete rudimentario en extremo, pero no parece ser peligroso.
- Si esto es realmente lo que parece ser, seguramente incinerarán el contenedor en cuanto lleguemos al puerto -dijo Alkai.
- Parece lo más lógico -convino Brumantra.
Por la expresión del rostro de Surkoi deduje que seguía sin fiarse. Idkereda, por su parte, seguía con el ceño fruncido y era evidente que no pretendía añadir palabra alguna.
- Pues adelante entonces -ordené-, Idkereda y Surkoi, vengan conmigo.
Nos introdujimos en el contenedor y en cuanto cerramos la puerta del retrete Surkoi dijo:
- Señor, es usted consciente de que con toda probabilidad nos estarán vigilando, ¿verdad?
- Sí -dije yo-, por eso vamos a comunicarnos telepáticamente y con un nivel de encriptación máximo.
A partir de ese momento nuestra conversación fue silenciosa, pero acalorada. Ninguno de los tres se limitó a captar los pensamientos de sus interlocutores y a enviarle los suyos propios: también gesticulábamos con energía, subrayando cada una de nuestras silenciosas palabras con todo nuestro cuerpo.
Nuestra situación es desesperada empecé a emitir yo Sin poder acceder a los droides ni a las armas, nuestra única esperanza es que esta gente pretenda realmente ayudarnos
"Señor" me interrumpió Surkoi "no puede estar hablando en serio"
¡Por supuesto que hablo en serio, Surkoi! contesté sintiendo cómo el corazón me palpitaba en las sienes. Creo que la situación es evidente. Nosotros no conocemos nada de esta gente y ellos son capaces de hablar nuestro idioma y parecen comprender algunas de nuestras costumbres
Con todos los respetos, señor volvió a interrumpirme Sigo pensando que deberíamos hacernos con esta embarcación y obligarles a dirigirla hacia la cápsula
Eso es una idea delirante Idkereda se había decidido por fin a activar sus implantes neuronales y a emitir lo que estaba pensando. Surkoi se puso furioso pero le ordené callar y dejar que Idkereda se expresara. ¿Qué comeremos, Surkoi? Y es más, sin comer podemos pasar días, a pesar de que nos arriesgamos a caer en un estado de debilidad que nos hará completamente vulnerables, pero... ¿sin beber? Sin beber no aguantaremos mucho. Por no mencionar que vuestras pieles sintéticas se gastarán en cuestión de un día o menos
Aguantaremos insistió Surkoi según mis cálculos no estamos tan lejos de la cápsula
Surkoi replicó Idkereda ni siquiera sabemos si este navío puede volar por tierra firme, la cápsula seguramente cayó lejos de la costa. Es probable que no podamos llegar hasta ella en esta nave. Esta gente tiene una tecnología totalmente desconocida... ¡Aún no sabemos cómo consiguieron desconectar nuestros incurdroids! Y en la cubierta pudieron controlar la situación ... ¡mediante su voz! Sólo con la voz... ¡sólo la voz! ¿Entiendes? No podemos emprender una acción violenta sin tener más datos, sin saber más, sería una locura, un suicidio. Si negociamos, puede que tengamos una oportunidad
Estoy de acuerdo con Idkereda emití creo que tenemos que concentrarnos en la vía diplomática... al menos de momento. Alkai y Brumantra están intentando reactivar los incurdroids. Si lo consiguen, cambiaremos los planes. Pero de momento, no tenemos más remedio que negociar
¡Todo esto es una locura! Surkoi gesticulaba violentamente con todo su cuerpo. Sus pensamientos sonaban histéricos en el interior de mi cabeza ¡Estamos en manos de una especie Ínbid y nuestro comandante nos propone negociar!
Surkoi, mantenga la sangre fría ordené, a lo que él contestó:
Si realmente cree que la situación es tan desesperada deberíamos activar la autodestrucción
Surkoi, soy su comandante y deberá acatar mis órdenes. Mientras quede una mínima esperanza, por débil que sea, no ordenaré la autodestrucción. Y aquí se acaba esta discusión o cuando regresemos le montaré un consejo de guerra.
Surkoi dejó de emitir de mala gana. Podría haber contestado con una pregunta:
- ¿Como el que le espera a usted? -podría haber dicho.
Pero supongo que por respeto y por prudencia no se atrevió a emitir un pensamiento semejante. Yo respiré profundamente en un intento por relajarme. La cabeza empezaba a dolerme. Era un efecto secundario debido al recalentamiento de los implantes neuronales que hacían posible la comunicación telepática. Tenía que aguantar un poco más.
¿Qué opina de los terkuma? pregunté pensando en Idkereda.
Que son muy parecidos a nosotros respondió él.
Surkoi se rió con sorna.
- ¡Estás bromeando! -exclamó.
- No, lo digo en serio -replicó Idkereda. Y luego continuó en silencio:
Se ponen nombres, lo que significa que tienen una idea de individuo semejante a la nuestra, o al menos eso parece. No son una mente colectiva, como las colmenas vispoides, ni sus cuerpos son naves que viajan por el espacio, como los Coleccionistas de Medusas. Tampoco viven gracias al gas ionizado de las nebulosas, como los Plasmoides de Agonía, ni necesitan un año entero para formar una frase, como los Minerales Espejo. Son individuos que viven en comunidades, y además parece que pasan por diferentes fases de crecimiento y desarrollo, como nosotros, a juzgar por nuestro amigo Nevando. Por si esto fuera poco, tienen rostro y disponen de un lenguaje hablado. Y tienen facilidad para aprender el nuestro, a juzgar por el dominio de nuestro lenguaje que tiene Palabra, aunque probablemente ellos utilicen también un código cromático, o al menos eso es lo que parecen las bandas de colores que a veces recorren su cráneo cuando hablan. Y una cosa más: construyen máquinas parecidas a las nuestras, aunque difieran en detalles... quiero decir, todos reconocimos este barco como un barco al verlo flotar en el mar. Todo esto es muy significativo.
Todo esto puntualizó Surkoi puede estar preparado para hacer que nos confiemos y que caigamos en una trampa
Por supuesto pensó Idkereda, sombrío, y con el ceño fruncido no hay que descartar esa posibilidad
No podemos bajar la guardia intervine pero tampoco podemos precipitarnos. Haremos lo siguiente. Probablemente han preparado un recinto de aislamiento biológico para alojarnos al llegar a su comunidad, pero nos negaremos a abandonar el barco. Accederemos a que traten a uno de nosotros, pero con la condición de no separarnos de nuestros incurdroids. Intentaremos quedarnos en el barco, al lado de las máquinas. Esperemos que aguanten los filtros de las pieles sintéticas. Si vemos que el tratamiento es eficaz y nos permite movernos por la superficie del planeta sin problemas, entonces permitiremos que traten al resto del equipo
Si perdierais el miedo a la medusa pensó Idkereda todo sería más fácil
Surkoi se abalanzó sobre él y casi consigue pegarle un puñetazo antes de que yo le sujetara el brazo.
- Cómo te atreves siquiera a sugerirlo -gritó Surkoi a pocos centímetros del rostro de Idkereda.
- Tranquilícese, Surkoi -dije yo mientras tiraba de él para separarle de Idkereda.
Cuando finalmente lo separé y vi que se había tranquilizado un poco, añadí dirigiéndome a Idkereda:
No vuelvas a decir una cosa así ni en broma
Está bien, pero a la medusa puedo controlarla insistió Idkereda el tratamiento terkuma no sabemos en qué consistirá
- ¡¿Tú crees que vamos a confiar en ti después de haberte visto inmerso en una medusa?! -gritó Surkoi.
Idkereda se limitó a mover casi imperceptiblemente los labios mientras pensaba:
Alkai puede analizar mi sangre para descubrir priones Inbid
- ¡Ni así! -gritó Surkoi, y tuve que sujetarle otra vez.
- Ya basta -dije yo-, seré el primero en someterme al tratamiento terkuma... ¡no! Esto no es negociable, es una orden, estoy cansado de discutir con ustedes. Si a mí me ocurre algo, Alkai estará al mando, deberán obedecer sus órdenes.
Si a mi me ocurriera algo, probablemente la única orden que daría Alkai sería la autodestrucción inmediata para evitar que la tecnología incurdroid cayera en manos Ínbid.
- Una única cosa más antes de salir de aquí.
Los dos hombres me miraron.
- Hagan sus necesidades -ordené.
- ¿En serio? -preguntó Idkereda.
- No tengo ganas de chistes -respondí-, a saber cuándo tendremos otra oportunidad.
Obedecieron.
La Armada disponía de tecnología que libraba a los seres humanos de atender sus necesidades fisiológicas durante semanas enteras. Trajes que absorbían y reciclaban la orina, sondas que reprocesaban las heces, virus que optimizaban los circuitos naturales de reciclaje orgánico... el arsenal era considerable, pero no se utilizaba en misiones de incursión. Las misiones de incursión duraban horas, como máximo un día o dos, tres si algo iba mal. Para las misiones de incursión en teoría era suficiente con nuestros trajes de membrana adherente, cuyo tejido biológico inteligente se deformaba lo que hiciera falta, cuando hiciera falta y donde hiciera falta para dejar pasar el material orgánico desechado y volver a sellarse tras su paso. Nuestras pieles sintéticas incluso podían reciclar los millones de células muertas que perdía nuestra piel cada día y reconstruirse a partir del material que ellas aportaban, pero, a pesar de todo, tenían sus limitaciones. No aguantarían durante días sin regresar a la matriz del incurdroid.
Cuando Idkereda y Surkoi acabaron, salieron del recinto y entraron Alkai y Brumantra.
La conversación fue tan intensa como con los hombres pero menos violenta. Les expliqué la opinión de Idkereda sobre los terkuma, y ambas asintieron mostrando así su conformidad con lo que había dicho el biólogo computacional, y luego volví a preguntar a Alkai si había alguna novedad con los incurdroid, a lo que ella contestó que ninguna. Me imaginé a Alkai y a Brumantra rodeadas por una esfera de datos y gráficos, de coordenadas y de histogramas suspendidos en el aire y manejados por la mente de las dos mujeres. Me imaginé el flujo incesante de información entre la mente robótica del incurdroid y la mente de las dos mujeres, flujo que al parecer no habían detectado los terkuma, y me imaginé sus denodados esfuerzos por saltarse el bloqueo terkuma y conseguir que las máquinas volvieran a hacerles caso. Yo no podía verlo, sólo ellas podían; yo no podía más que imaginármelo, pero todos los gráficos invisibles y flujos de información intangible que rodeaban a las dos mujeres eran tan reales como la más sólida de las piedras que uno pudiera palpar con sus manos. Entre Alkai y Brumantra y los incurdroid había un vínculo imperceptible que había eludido los controles terkuma. Sin embargo, a pesar de toda aquella nube de información, gráficos, tecnología y esfuerzo que rodeaba a ambas mujeres, los incurdroid seguían sin responder. Así que les expliqué mi plan, a lo que ellas replicaron que yo como comandante de la misión no podía presentarme como voluntario. Les dije que si a mí me pasaba algo, Alkai debía tomar el mando y que estaba tan preparada como yo para dirigir la misión e impartir las órdenes que hubiera que impartir. Para acabar de convencerles remaché:
Espero que vean, con la misma lucidez que yo, que si no consiguen recuperar nuestra tecnología droide nuestras opciones no son precisamente numerosas. Si lo consiguieran, ya hablaríamos, pero de momento, estamos a merced de la buena voluntad de esta gente... o lo que sean
Ellas guardaron silencio durante unos segundos. No era necesario añadir nada más. Finalmente les ordené lo mismo que les había ordenado a los hombres. Cuando salimos, Brumantra fue directamente a Surkoi -que estaba sentado a una distancia prudencial de Idkereda- y le pegó una bofetada.
- ¡Pero a qué viene esto! -exclamó el hombre, desconcertado.
- Idkereda sabemos que se sienta cuando tiene que mear y al comandante no puedo ponerle la mano encima... ¡así que sólo quedas tú!
- Joder, Brumantra... -susurró el piloto mientras se masajeaba la mejilla-, qué mala leche tienes. ¿Y si ha sido él?
- Ni mala leche ni hostias -dijo Brumantra furiosa mientras se abrazaba a la escalera terkuma y empezaba a trepar hacia el puente-, son muchos meses compartiendo lavabo, ya nos conocemos todos y estoy harta de que dejes rastro cada vez que meas, como si fueras un animal.
- Pero, señor,...
Surkoi me miró porque no se había atrevido a responder a la bofetada de Brumantra y esperaba que yo amonestara a la oficial de comunicaciones. Pero yo, Alkai e Idkereda habíamos sido incapaces de reprimir la risa y no tenía intención ninguna de llamar la atención a Brumantra.
- Surkoi -dije yo-, considérelo una medida disciplinaria aceptada por la comandancia de esta misión.
- Joder -refunfuñó Surkoi.
Brumantra había sido inteligente: si le hubiera pegado un puñetazo probablemente Surkoi se lo hubiera devuelto, pero una bofetada le había desconcertado y, cuando por fin había conseguido reaccionar, Brumantra ya estaba a varios metros de distancia de él, subiendo hacia el puente.
Una vez estuvimos todos arriba, Palabra nos preguntó si había algún problema, pues había contemplado la escena de la bofetada desde el puente.
- Ningún problema, no se preocupe -contestó sonriendo Alkai.
Surkoi bufó masajeándose la mejilla, enrojecida todavía.
- Un detalle sin importancia -confirmé yo.
Nevando cerezas vino a nuestro encuentro corriendo.
- ¡Llegamosyá! -gritaba- ¡Llegamosyá!
Cuando estuvo a un metro de distancia de nosotros empezó a dar vueltas sobre sí mismo sin parar de repetir una y otra vez: "Llegamosyá, llegamosyá".
Palabra nos condujo a una zona situada a estribor en el castillo de popa, justo al lado de la balaustrada. Había barras horizontales que surgían de la baranda principal y en perpendicular a ella, a las que nos sugirió que nos agarráramos fuerte porque el barco iba a maniobrar. Él se agarró y lo mismo hicimos todos nosotros. Nevando se abrazó de nuevo al torso de Idkereda.
El pilotó gritó en el incomprensible idioma terkuma y tensó apreciablemente sus tentáculos delanteros. La vela se movió y el barco viró a estribor.
Se acercó otro terkuma caminando trabajosamente por la cubierta inclinada del navío y también se agarró a las barras a las que nos sujetábamos todos nosotros. Creí reconocer a Trae consigo el trueno, pero no estaba seguro. Puede que impreso en las escasas vestimentas de los adultos estuviera codificado su rango, su nombre y otras informaciones pero aún no era capaz de distinguir semejantes detalles.
El piloto volvió a gritar en terkuma y volvió a tensar sus tentáculos de forma que el barco volvió a virar, pero esta vez a babor. Espero que hayan amarrado bien los incurdroid, pensé, y me concentré en asirme fuerte y en el paisaje que nos rodeaba.
Volábamos aún sobre el mar, pero enfrente de nosotros ya se distinguía la costa, que se acercaba a gran velocidad y cubría todo el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. El color predominante era el verde, y en seguida pudimos comprender por qué: toda la costa era un bosque formado por árboles gigantes, los más grandes que había visto en mi vida, mucho más grandes incluso que las secuoyas terrestres. Además, parte de las raíces de estos árboles eran aéreas y se hundían directamente en el agua salada del mar, por lo que deduje que aquella formación boscosa era el equivalente terkuma a los manglares terrestres.
Cuando nos acercamos más pudimos apreciar que el bosque no era tan tupido como los manglares, y que entre árbol y árbol había espacio más que suficiente como para que pasara la embarcación en la que viajábamos.
El piloto volvió a maniobrar y la embarcación viró de nuevo a estribor. Al cabo de pocos segundos volábamos entre los árboles y el mar abierto fue quedando atrás. Las aguas que sobrevolábamos se calmaron. La velocidad a la que nos movíamos disminuyó, y las altas copas cubrieron en parte la luz del sol. La temperatura bajó varios grados. Nos fuimos adentrando en un bosque sumido en la penumbra y el silencio. La luz se filtraba a través del ramaje en forma de lanzas brillantes que caían oblicuamente desde el cielo. Un ejército de terkumas montaba guardia sobre las raíces aéreas. Todos nos contemplaban en silencio. Parecían centinelas que guardaran un templo antiguo, un lugar sagrado, al que no estaban muy seguros de permitirnos la entrada. Había raíces que superaban la altura a la que volábamos en aquel momento. Todo estaba sumido en una calma sepulcral. Aún había un poco de viento, y podíamos oír crujir la madera y gemir las cuerdas tensas, pero por encima de todos los sonidos sentíamos una losa de silencio que aplastaba cualquier perturbación. Tuve una impresión profunda en mi pecho, una intuición honda, ineludible: nos desplazábamos no sólo a través del espacio sino también a través del tiempo, hacia épocas pretéritas de aquel mundo, hacia un pasado lejano en la historia de nuestros anfitriones. Esta sensación me dejó consternado, y tardé mucho tiempo en comprender su significado.
En aquel momento, el navío seguía su ruta, imparable. Viramos varias veces a babor y a estribor antes de ver algún signo de civilización terkuma. Todos permanecimos en silencio a lo largo del trayecto final del viaje, observando con atención las maniobras del piloto, intentando fijar en nuestra memoria algún punto de referencia, pero lo cierto es que aquel manglar era un auténtico laberinto y, si hubiéramos tenido que deshacer el camino por el que nos conducían los terkuma, lo más probable es que habríamos acabado perdidos. Observé también que, de vez en cuando, la superficie del agua se ondulaba, como si por debajo el pantano hirviera de formas de vida desconocidas.
- Escuchad -dijo de repente Idkereda.
Y entonces creo que todos lo oímos. Un coro terkuma casi imperceptible. Un canto tan tenue como la primera luz del amanecer. Una vibración del aire que rasgaba el silencio con la suavidad con que desentierra un fósil un paleontólogo. Una perturbación que a todos nos puso la piel de gallina y que hizo que todo a nuestro alrededor de repente pareciera más real, más nítido, como si súbitamente hubieran enfocado el mundo entero.
El canto, al principio prácticamente inapreciable, aunque era posible que los terkuma llevaran sintiéndolo desde mucho antes que nosotros, fue subiendo el tono poco a poco, hasta hacerse claramente audible. Tuve la impresión de que era precisamente el canto lo que guiaba al piloto por aquel laberinto de luz y de agua. También pensé en el canto de las sirenas, cuando las sirenas seducían mediante su voz a los navegantes desprevenidos en los mares de la Tierra.
La embarcación no tardó en empezar a frenar. La velocidad fue disminuyendo muy lentamente, con una deceleración mínima, hasta casi detenerse por completo al entrar en un claro del manglar. El canal por el que flotábamos desembocaba en un espacio muy amplio, de unos trescientos metros de diámetro, tal vez más. La luz del sol volvió a deslumbrarnos. Entornamos los ojos e hicimos visera con la mano. En el extremo opuesto a la desembocadura del canal descubrimos más barcos similares al nuestro, pero posados en el agua y con las velas arriadas. También vimos una multitud de terkumas observándonos desde los embarcaderos y muelles.
No localizamos nunca el punto concreto de donde procedía el canto que guiaba al piloto pero sí pudimos ver cómo poco a poco todos los terkumas que aguardaban en la orilla unieron su voz a ese canto. Fue como si todos extendieran brazos de sonido para sostener la embarcación donde viajábamos y conducirla con mimo por el aire hasta posarla suavemente sobre el agua. Los últimos metros de nuestro viaje los recorrimos igual que un navío convencional: sobre el líquido elemento, cuya superficie calma reflejaba nítidamente todo lo que había en aquel claro, y a nosotros mismos. Los terkumas que formaban parte de la tripulación se movieron diestramente por la cubierta y entre las jarcias para arriar las velas, el piloto maniobró y la embarcación acató sus órdenes dócilmente. Finalmente, nos quedamos casi inmóviles muy cerca de uno de los muelles.
¿Por dónde empezar a describir todo lo que nos rodeaba? Nuestros sentidos nos saturaban de información. Había tanto para ver que apenas podíamos realmente ver algo. Luz, color, formas, olores, gestos... todo a la vez, todo de golpe. ¿Cómo encerrarlo, codificarlo, traducirlo al discurso lineal, secuencial y ordenado del lenguaje humano? ¿Cómo hacerlo sin que se pierda la carga emocional que implicaba semejante inmersión en un mundo nuevo, en una cultura desconocida, la sorpresa, el desconcierto? Ahora que rememoro toda nuestra aventura desde el remanso de paz al que me han traído los años... ¿por dónde empezar? ¿Qué palabras escoger? ¡Cómo no echar de menos a Palabra, las maravillas del lenguaje terkuma, la oportunidad perdida!
Empezaré por el cielo. Azul, luminoso, libre de nubes, metáfora perfecta de libertad y esperanza. Podría haber sido el de Amantze, o el de la Tierra. A cualquier ser humano le habría gustado ese cielo. O, al menos, a cualquier ser humano que se hubiera pasado meses encerrado en una nave espacial sin apenas espacio para moverse. Las copas de los árboles se alzaban unos cien metros por encima de nosotros y se recortaban limpiamente contra él. Sus hojas verdes brillaban al sol agitadas por el viento. Parecían cascabeles de luz, o insectos delicados que habían decidido congregarse en el rostro y los hombros de titanes dormidos, desde donde tomaban pequeñas bocanadas de aire para alimentarlos. Gracias a estos alientos diminutos, individualmente más leves que el de un bebé recién nacido, sostenían a sus anfitriones; y estos, a su vez, sostenían el firmamento, labor que realizaban sin esfuerzo alguno mientras soñaban. Sus troncos descendían siguiendo fielmente las líneas de campo marcadas por la gravedad de aquel planeta, que apuntaban directamente hacia el centro del astro, y a pocas decenas de metros por encima de nuestras cabezas se atrevían a desviarse de las frías geodésicas y se abrían en abanico hasta formar un pequeño bosque de raíces aéreas. No tardaban, sin embargo, en volver a acatar la ley impuesta por el campo gravitatorio y, para cuando llegaban a la altura de nuestros ojos, en su vegetal camino hacia el centro del planeta, ya habían recuperado la perpendicularidad a la superficie. Se hundían en aquel agua calma hasta perderse de vista al cabo de pocos centímetros. Reposaban en silencio bajo un peso inimaginable. No sólo eran los cimientos de los árboles: soportaban también el peso de la ciudad terkuma. Los embarcaderos como aquél en el que se había detenido nuestro barco se prolongaban hasta transformarse en plataformas sobre las raíces aéreas, plataformas donde cientos de terkuma cantaban y nos observaban con calma. Había varios niveles de plataformas: algunas aprovechaban las raíces a diferentes alturas, otras se situaban a lo largo de los troncos, como balcones en un edificio. Todas ellas estaban conectadas entre sí mediante pasarelas, lianas e incluso ramas.
Los terkumas habían engalanado todas aquellas atalayas con cintas de colores y pendones que ondeaban al viento. Los rostros de muchos de nuestros anfitriones, mientras cantaban y nos observaban, quedaban ocultos intermitentemente por los colores de los adornos que serpenteaban en el aire.
Debo hablar también de lo que le habían hecho los terkumas al bosque. Si el cielo y el verde eran familiares para los terrícolas, ningún humano habría podido comparar la ciudad terkuma con alguna otra ciudad que le fuera familiar, ni siquiera con Nueva Venecia. Los terkumas habían manipulado el bosque. Al principio no era evidente. Su ingeniería se mezclaba de forma sutil con las formas naturales, y su arquitectura se alzaba hacia el cielo camuflándose con la propia de la naturaleza. Si uno observaba atentamente, sin embargo, se intuía un orden diferente al natural. Había estructuras vegetales que parecían haber crecido por sí solas pero que, o bien por su situación o bien por su forma, eran demasiado oportunas y útiles como para ser espontáneas. Los árboles, para empezar, eran demasiado grandes como para poder sostenerse por sí mismos en aquella gravedad, y las lianas estaban cuajadas con lo que parecían ser frutos pero que, al fijarse uno mejor, resultaban ser ojos que observaban todo a su alrededor. ¡Incluso parpadeaban! Había, además, insectos en el cielo que nos seguían y nos precedían a una distancia prudencial, sin alejarse demasiado nunca, pero tampoco sin atreverse a acercarse. Éste tal vez se antoje un detalle muy mal juzgado por mi parte, pero es porque aún no he dicho que alguno de esos insectos eran semejantes a libélulas gigantes, y se dedicaban a hacer un trabajo muy concreto: remolcar nuestro navío hasta tocar el muelle, donde algunos terkuma se destacaron del grupo de la orilla y ayudaron a amarrar el barco. Los mismos insectos gigantes extendieron una pasarela entre el buque y tierra firme, sin equivocarse ni titubear un instante. En los troncos de los árboles, por si fuera poco, vimos emerger volúmenes y antenas con el brillo propio de los metales; un carácter argenteo y cobrizo que se iba apagando en los bordes hasta que se fusionaba suavemente con la madera; y había ventanas situadas en esos mismos troncos justo en el punto donde tenían que estar situadas para permitir una contemplación perfecta de los muelles, pero que no parecían haber sido abiertas a base de retirar corteza y vaciar el interior del tronco, sino que daba la impresión de haber sido creadas por el propio árbol a medida que crecía. Y un montón más de detalles que no entendimos en aquel momento pero que desde luego no parecían ser fruto de haber aprovechado un recurso en su forma natural sino de haberlo diseñado a propósito.
Justo cuando la pasarela del barco tocó el embarcadero, las esferas de plasma que había en el centro del puente se apagaron y el piloto se relajó de forma apreciable. En ese instante, sus tentáculos empezaron a diferenciarse de los cables con que actuaba sobre el barco. No se oyó ni clack ni click. Simplemente allí donde hacía un segundo había una superficie perfectamente lisa y continua ahora empezaron a aparecer colores y formas que establecían una frontera entre los tentáculos del terkuma y los mandos del barco. Al principio se diferenciaron tenuemente pero rápidamente adquirieron rasgos claramente distintivos, y en pocos segundos el terkuma quedó liberado de su conexión con el navío y se apoyó con todos sus tentáculos-pierna sobre la cubierta del barco. Comprendí que, al parecer, era un terkuma como Palabra o Trae consigo, no un ser diseñado genéticamente para desempeñar toda su vida el mismo trabajo. No tardó mucho en irse. Antes de bajar por la pasarela, hizo un fugaz gesto hacia Palabra, cruzó con él un sonido indescifrable para nosotros y se dirigió hacia el embarcadero, junto con el resto de la tripulación. Allí, todos ellos estaban siendo recibidos por muchos otros terkumas. Sin cesar de cantar, se acercaban y se acariciaban unos a otros el rostro y el cráneo con sus tentáculos-brazo. Los cilios que rodeaban sus bocas se ondulaban lentamente y en no pocas ocasiones los juntaban al tiempo que cerraban los ojos. Se parecía mucho a un beso humano. También observábamos muchos terkumas más pequeños que los terkumas que nos habían rescatado; del mismo tamaño que Nevando cerezas e incluso menores. Al mismo tiempo que el canto terkuma hacía vibrar suavemente el aire, los troncos de los árboles reflejaban los colores apacibles que iluminaban el cráneo y los rostros de los terkuma que se reencontraban.
- Fijaos -dijo Alkai-, no se forman parejas ni grupos reducidos. Un mismo terkuma abraza a muchos tripulantes.
Era cierto. Todos los terkuma se abrazaban entre ellos. Parecía una gran celebración. En la sociedad humana sólo en ocasiones muy especiales se producía la suspensión de la distancia protocolaria entre dos seres humanos, sólo en las celebraciones del final de la Segunda Guerra Mundial o del fin de la guerra Kilmoa se habían visto abrazos y muestras de afecto a gran escala entre personas totalmente desconocidas. Ni siquiera en los acontecimientos deportivos se producían tales muestras de aprecio con semejante efusión.
- ¿Qué significa este recibimiento? -pregunté a Palabra
- Significa felicidad -contestó él- Los terkuma teníamos miedo de no ver más a los tripulantes de este barco. Los humanos sois violentos y si estáis armados, peligrosos.
Hizo una pausa y, al cabo de un segundo, añadió:
- Ahora bajaremos. Por favor, no se pongan nerviosos.
Era imposible no ponerse nerviosos.
- No, Palabra, no bajaremos -repliqué yo.
Palabra se quedó quieto y me miró durante unos segundos. El otro terkuma también nos miró en silencio.
- ¿Por qué? -dijo al fin Palabra.
- Porque no queremos separarnos de nuestras máquinas -contesté al mismo tiempo que señalaba con la cabeza nuestros incurdroids-, sin nuestras máquinas estamos totalmente indefensos.
- Hemos preparado habitaciones aisladas del resto del planeta -nos explicó él-, habitaciones con agua y comida esterilizadas para que no pasen ni hambre ni sed. No pueden rechazar de esta forma nuestra hospitalidad.
- Le agradecemos su hospitalidad -dije yo-, pero estamos en medio de una guerra y, por lo que hemos podido ver, ustedes son aliados del Ínbid, nuestros enemigos.
- No confían en nosotros -dijo el otro terkuma. En ese momento sí le reconocí. Le reconocí por la voz: era Trae consigo el trueno.
- Hay un problema con el idioma -dijo Palabra.
- Yo no veo que haya ninguno -repliqué-, usted domina nuestro idioma perfectamente y es capaz de comprender lo que le estoy diciendo.
- No, no quiero decir que yo tenga dificultades con su idioma -explicó él-, quiero decir que su idioma es muy imperfecto. No me permite comunicarme con ustedes.
Pensé que no era momento de enredarnos en una disputa lingüística; que si lo hacíamos, no acabaríamos nunca. Así que dije:
- Escuchen, no bajaremos; estamos dispuestos a activar los mecanismos de autodestrucción que portamos en nuestros cuerpos... y eso activaría a la vez la autodestrucción de nuestras máquinas. Nuestras pieles sintéticas no aguantarán indefinidamente. Así que accederemos a que prueben su tratamiento sobre uno de nosotros. Pero aquí en el barco, al lado de nuestras máquinas. Esa es la única condición que ponemos. Si el tratamiento es eficaz, nos relajaremos todos un poco.
Nevando cerezas deshizo el abrazo con el que se sostenía al torso de Idkereda, bajó a la cubierta y se dirigió hacia Trae consigo; se subió encima de él y se acurrucó en el hueco que quedaba entre su cabeza y su espalda.
- Miren lo que provocan en los niños, humanos -dijo Trae consigo-: miedo. Esa es su huella y su legado en esta galaxia, ni respeto ni amor sino miedo. Sólo miedo.
Había inflexiones en su voz y pequeños gestos que distorsionaron su rostro y parecía razonable asociarlos con el desprecio. El rostro de Nevando cerezas estaba azul y sus cilios temblaban. Probablemente su cráneo también se hubiera tintado de azul, pero sus ropajes me impedían observarlo.
De repente, todos dimos un salto hacia atrás y mi mano derecha se dirigió instintivamente hacia la empuñadura del sable. Un grupo de terkumas había irrumpido en el puente. Venían buscando a Nevando cerezas. Digo que venían buscando a Nevando porque a nosotros prácticamente ni nos miraron. Dos de ellos se dirigieron directamente hacia el niño, lo recogieron de la espalda de Trae consigo y lo llevaron en brazos hasta el centro del grupo, donde lo depositaron en el suelo y todos pasaron sus tentáculos-brazo por el cráneo del pequeño terkuma. Nevando dejó de estar azul y revivió en seguida. Empezó a cantar en su lengua al mismo tiempo que agitaba los tentáculos y daba vueltas sobre sí mismo. Trae consigo y Palabra se despreocuparon de Nevando y del grupo que acababa de subir al puente y se pusieron a deliberar en su propio idioma. Yo estaba muy al tanto de la conversación entre los dos terkumas adultos. No entendía nada de lo que decían pero procuraba no perder detalle de sus expresiones, de sus gestos, de las inflexiones de su voz, de los colores que viajaban por sus cráneos. Sin embargo, a pesar de la atención que dedicaba a la conversación de los dos adultos, me di cuenta de una cosa que sucedió en el grupo del niño: hubo un momento en la narración de Nevando, supuse que el momento en el que relató nuestra amenaza de autodestrucción, durante el cual volvió a adquirir el mismo tono azul que había adquirido hacía un momento cuando habíamos lanzado la amenaza. Lo que me sorprendió es que no fue el único. Al ponerse azul, los terkumas que le rodeaban, y que le estaban escuchando, también cambiaron de color y se tornaron azul violáceo, exactamente del mismo tono que el de Nevando, como si se hubiera derramado un colorante sobre Nevando y la mancha no hubiera tardado en expandirse y extenderse a todos los que le rodeaban. Igual que si todos los que le rodeaban sintieran el mismo miedo de repente que había sentido el niño al oírme hablar de destrucción.
Al cabo de pocos segundos recuperaron su color normal pero entonces se destacó del grupo un terkuma que tenía el rostro y todos sus tentáculos surcados por finísimas arrugas, semejantes a las arrugas de los ancianos humanos. Se aproximó y dijo algo a Trae consigo y Palabra. Ellos contestaron, el nuevo terkuma volvió a decir algo y luego Palabra me miró y dijo:
- Soledad en altamar dice que habéis asustado a Nevando cerezas pero que no os preocupéis, que le ha explicado que no sois malos, que sólo tenéis miedo.
- He intentado explicarle a Soledad en altamar -dijo Trae consigo- que probablemente os traiga sin cuidado haber asustado a Nevando, pero no me ha hecho caso.
Soledad en altamar se acercó a nosotros y tocó a Idkereda con sus tentáculos-brazo. Pronunció unas palabras suaves, pero incomprensibles.
Palabra tradujo:
- Soledad en altamar dice: tú eres Tronco de árbol. Y pregunta: ¿quiénes son tus padres?
- No tengo padres -contestó Idkereda-, soy huérfano.
- ¿Qué significa huérfano? -preguntó Palabra- Y ¿qué significa que no tiene padres?.
- Mis padres -explicó Idkereda- murieron cuando yo era todavía un bebé, no llegué a conocerlos nunca. Esto es lo que significa ser huérfano.
Palabra intentó traducirlo, pero Soledad en altamar no entendía lo que quería decir e insistía en saber quiénes eran los padres de Tronco de árbol.
- El problema es que los terkuma no tenemos familias como las suyas -explicó Palabra-. Nosotros criamos a nuestros niños de forma comunal. Tenemos hijos como ustedes, pero no los crían entre el padre y la madre. Cada niño tiene muchos padres y madres. Soledad en altamar ha abierto la conversación con una pregunta protocolaria normal entre los terkuma pero no comprende su respuesta.
Idkereda Tronco de árbol asintió.
- Dígale exactamente esto, por favor -pidió a Palabra-: sólo tuve un padre y una madre, y murieron antes de que yo pudiera hablar. Luego ya no tuve más padres y crecí solo.
Una tormenta de colores se desató en la faz y el cráneo de Soledad en altamar cuando Palabra le tradujo la respuesta de Idkereda. Emitió lo que pareció un gemido y acarició el rostro de Idkereda. Luego, sin dejar de mirar al hombre, articuló unas palabras con un tono muy suave y triste y la ola de colores sobre su rostro y cráneo se suavizó. Después se retiró y regresó con el grupo donde estaba Nevando cerezas.
Palabra tradujo:
- Tanta soledad. Es lo que ha dicho. Exactamente: tanta soledad y toda dentro de ti, Tronco de árbol, nosotros los terkuma te acogemos, la comunidad será tu madre y tu padre. Yo seré tu madre y tu padre. Y ha añadido que volverá.
Finalmente, Palabra viva sobre la piedra accedió a dejarnos en el barco. Trae consigo el trueno se quedó con nosotros junto con cinco terkumas más que subieron desde el embarcadero. Me fue imposible discernir si eran miembros de la tripulación que nos había rescatado en alta mar o eran terkumas que habían aguardado en tierra. Todos ellos llevaban una redecilla negra cubriendo su cráneo, igual a la que llevaban la mayoría de la tripulación y parecida a la de Soledad en altamar. Los colores que iluminaban sus cráneos se filtraban a través de aquella red cuando hablaban entre ellos. Palabra nos aseguró que regresaría con los médicos en cuanto fuera posible. Descendió del barco y con él se fueron Nevando cerezas, Soledad en altamar y el resto de terkumas que habían subido a buscarle. No vimos descender del barco a la medusa.
Aun así, nos sentamos.
Estábamos bastante cansados. Llevábamos muchas horas sin comer ni beber y por delante teníamos una espera de duración indeterminada. Tampoco podía hablar tranquilamente con los miembros de mi escuadra porque Trae consigo el trueno y el resto de terkumas nos vigilaban a no muchos metros de distancia y era muy probable que pudieran oírnos. No me fiaba de la comunicación telepática. Temía que pudieran captar nuestros pensamientos y descifrar la encriptación, así que decidí usarla sólo en caso de extrema necesidad. Ni siquiera me atrevía a pensar en el farol que me había marcado con aquello de “los mecanismos de autodestrucción que portamos en nuestros cuerpos”. En cuanto este pensamiento aparecía en mi mente, procuraba ocultarlo con otro diferente... comida, Amantze, Esparta, lo que fuera.
Brumantra fue la primera en hablar.
- ¿No creéis -dijo- que se están tomando demasiadas molestias con nosotros? Quiero decir: si lo que quieren es nuestra tecnología, podrían hacerse con ella cuando quisieran; son muchos, prácticamente nos han desarmado y no tenemos medios para impedírselo. ¿Por qué simplemente no toman lo que quieren?
- No te hagas ilusiones -contestó Alkai-, si habláramos de seres humanos te daría la razón, pero tratándose del Ínbid... el pasatiempo preferido de los Coleccionistas de Medusas es hacer experimentos psicológicos con cobayas humanos. Puede que nosotros seamos los protagonistas de un experimento justo en este momento. Sería una forma fantástica de obtener un montón de información; información que no pueden obtener viviseccionando un cerebro. Y seguramente ya saben que las realidades virtuales inducidas de forma convencional no funcionan con nosotros. Así que...
- Así que no podemos estar seguros de nada -dije yo-. Veremos a ver qué pasa.
Y a continuación añadí, susurrando:
- Mientras no recuperemos el control de los incurdroids, la vía diplomática es nuestra única esperanza. Si no funciona, deberemos destruir los incurdroids para que no caigan en manos del Ínbid.
Idkereda parecía poco dispuesto a participar en la conversación, sentado a parte como estaba y sumido en su mundo interior. A pesar de todo le pregunté:
- ¿Por qué no te afectó como a mí el canto de los terkuma?
Él me contestó lentamente y sin dar la impresión de concentrarse mucho en la respuesta.
- Seguía patrones muy parecidos al de las membranas cantoras -dijo-. Entre esto y las modificaciones de mi cerebro conseguí mantener controlado el dolor y arrastrarme hasta la medusa pero...
En aquel momento frunció el entrecejo y añadió:
- Pero la verdad es que lo conseguí por poco.
Luego nos quedamos en silencio, cada uno de nosotros poniendo en orden sus propios pensamientos, como si dobláramos la ropa de nuestro armario para pasar revista ante un invitado terrible, que nos juzgaría y nos condenaría si no estaba todo perfectamente en orden. Yo pensé que dentro de poco me estarían sometiendo a un tratamiento del que no sabíamos nada y que sería la única esperanza que teníamos para sobrevivir en aquel mundo.
No confiaba en que la flota llegara a rescatarnos justo en aquel momento. Esperaba que, al menos, el tratamiento no tuviera nada que ver con medusas ni con nada que se le pareciera.
Idkereda cerró los ojos y apoyó la cabeza en un mástil del barco. Brumantra y Alkai también cerraron los ojos. Trabajaban frenéticamente en recuperar los incurdroids. Podían trabajar en ello con los ojos totalmente abiertos y manteniendo una conversación normal, pero si cerraban los ojos se concentraban mejor y cualquier mínima ventaja podía significar la diferencia entre conseguirlo o no conseguirlo. Surkoi tenía los ojos abiertos como platos y no cejaba de girar la cabeza una y otra vez a derecha e izquierda, explorando lo que había a su alrededor. Tenía miedo.
Yo también.
(Fin del capítulo 11 - Capítulo siguiente)
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