Capítulo 9. TERKUMA.
Había llegado el momento. El iris del incurdroid se estaba abriendo y en pocos segundos lo único que nos separaría de aquellos seres sería la fina membrana de adhesión. Nuestros anfitriones esperaban pacientemente en la cubierta del barco. Todo se había desarrollado según lo previsto. Habían aproximado la embarcación y luego la habían sumergido hasta que la cubierta había quedado unos metros bajo la superficie del mar. Después habían maniobrado hasta situarla justo debajo del incurdroid, en el interior del cual estábamos Idkereda y yo, esperando. Finalmente habían emergido de nuevo. El incurdroid había ascendido asentado sobre la cubierta principal del barco, entre el mástil mayor y la proa. Tras estas operaciones, no ocurrió nada durante unos segundos. Sentíamos cómo el oleaje nos mecía, y nada más. Luego oímos unos chasquidos y supuse que estaban asegurando el incurdroid sobre la cubierta, pero no vi nada, ni a nadie que se moviera por el barco. Cuando estaba a punto de intentar comunicarme de nuevo con el resto de la escuadra mediante el aparato que nos habían traído los delfines, empezaron a dejarse ver nuestros anfitriones. Salieron del castillo de popa. Poco a poco se desplegaron por el barco. Un puñado de ellos se acercaron al incurdroid hasta quedarse plantados a unos diez metros de la cabina, a la espera de que Idkereda y yo descendiéramos.
- Bienvenidos a Terkuma -dijo el que estaba más cerca de nosotros.
Supuse que era el líder del grupo, y nuestro interlocutor momentos antes, cuando aún flotábamos en el mar, a la deriva. Lo observé con atención. Llevaba la cabeza cubierta por una redecilla negra a través de la cual podía ver la base de su cráneo inflarse y desinflarse rítmicamente. Sin duda, ahí estaban sus pulmones. Sostuve la mirada de aquella criatura sin que ella pudiera verme a mí. Sus ojos negros, grandes y limpios, estaban fijos sobre el incurdroid. Daba la impresión de que su visión pudiera atravesar la piel de la máquina y ver a los dos seres humanos que se agazapaban en su interior. Bajo sus ojos, un bosque de cilios se ondulaba rítmicamente como posidonias agitadas por corrientes submarinas. Sus ocho tentáculos, cuatro a cada lado, le sostenían firme sobre la cubierta. Dos de ellos eran un poco más cortos que el resto y sus extremos se dividían en tentáculos mucho más pequeños. Aquellas extremidades debían de ser equivalentes a nuestros brazos y aquellos tentáculos más finos debían de hacer la función de nuestros dedos. En aquel momento, los reposaba sobre la cubierta, recogidos sobre sí mismos, como si tuviera el puño cerrado y apoyara los nudillos en el suelo, al igual que hacen los gorilas.
Desplegándose en arco tras él, tenía a un grupo de sus semejantes.
Sin quitarles el ojo de encima a ninguno de ellos, agarré el comunicador y me cercioré de que el resto de la escuadra seguía en el mar y estaba bien. Apreté el botón verde.
- Han dipositado el incurdroid en la cubierta del barco -dije-. Nos dan la bienvenida. Idkereda y yo nos disponemos a descender. Permaneced tranquilos. Confirmad.
Surkoi. Brumantra. Alkai. Todos estaban bien y a la espera.
- Muy bien. Katmai fuera, de momento.
Me metí el intercomunicador en un bolsillo del traje. Procuré que el botón verde quedara presionado, con la esperanza de que eso permitiera que la escuadra escuchara todo lo que fuera a ocurrir. Agarré el sable, me lo pasé cruzado a la espalda y me ajusté las cintas de la funda al pecho. Luego me quité todos los cinturones de seguridad -sistema de sujección que normalmente no se usaba, pero que al desactivarse el incurdroid habían salido disparados de forma automática- y me alcé. Quité los cinturones a Idkereda, le puse en pie y le sujeté fuerte.
- Vamos a descender, compañero -dije-, ves pensando un discurso.
Él abrió los ojos un poco y sonrió tenuemente. A duras penas podía agarrarse a mis hombros. Notaba los temblores que sacudían todo su cuerpo a través de la piel sintética que le cubría.
Descendimos.
Al atravesar la membrana adhesiva, ésta se pegó a nosotros y quedamos cubiertos por un nuevo epitelio.
Había pensado en empuñar el sable al descender del incurdroid, pero hubiera sido un gesto que quizá habrían tomado como una amenaza o una agresión, y tal vez nos habrían disparado sin previo aviso, así que al final descendimos totalmente indefensos, con la piel sintética como única protección ante los habitantes de aquel mundo. No teníamos otra opción. Llevaba muchos meses en el espacio luchando sin parar. Había sobrevivido a más de diez incursiones en territorio Ínbid, ya había perdido la cuenta, a un asalto a una colmena Vispoide y también a una nave Coleccionista. Tenía ganas de volver a casa. Sólo había un problema: mi hogar había sido destruido. No había descanso posible. Descendí del incurdroid dispuesto a morir. No estaba desesperado por conservar la vida, sólo sabía que no quería sufrir más. No permitiría que mi cerebro ni el de Idkereda acabaran en un laboratorio Ínbid, pero tampoco quería morir estúpidamente, por culpa de un error de protocolo, después de haber sobrevivido a todo tipo de ataques, armas y deseos asesinos contra mi persona.
Mis pies se asentaron en la cubierta del barco. Sujeté a Idkereda. Sostuve la mirada de mis anfitriones.
Los seres que nos habían dado la bienvenida no eran mucho mayores que un ser humano, aunque poseían una cabeza desproporcionadamente grande en comparación al tamaño del resto de su cuerpo. Sus ojos quedaban a la altura de nuestro pecho, pero observé que podían estirar unos centímetros los tentáculos que les sostenían y de esta forma conseguir mirarnos cara a cara. Permanecían en silencio, expectantes. También observé que, aparentemente, estaban desarmados. A no ser que las ropas que cubrían sus enormes cráneos fueran también armas de una tipología desconocida. Parecía poco probable que aquellos mantos translúcidos y redecillas negras que cubrían su cabeza y caían blandamente sobre sus tentáculos fueran algo más que ropa, pero no se podía descartar del todo.
Nos miramos fijamente.
- Me llamo Adri Raman Katmai -dije-, él es Aitken Idkereda. Somos seres humanos. Sólo queremos volver a casa.
Me contestó el mismo ser que nos había dado la bienvenida.
- Tiene un arma -dijo.
Asentí. Se me hacía extraño oírle hablar porque su pronunciación era prácticamente perfecta, sin embargo su aspecto era más parecido al de un pulpo que al de un ser humano.
- Sí, es cierto - respondí-, es una espada, un arma antigua, puede ser neutralizada fácilmente con tecnología moderna como la que ustedes parecen poseer, permítanme quedarme con ella y así me demostrarán que confían en mi, y así yo podré confiar en ustedes.
Mi interlocutor se giró hacia uno de sus compañeros y cuando éste le hizo un gesto volvió a mirarme y me contestó:
- De acuerdo, puede quedarse con ella. Pero le ruego entienda que no toleraremos ningún acto violento contra nosotros. ¿Lo comprende?
- Sí -me apresuré a decir-, lo comprendo.
Nuestro interlocutor se acercó un poco a nosotros. Yo dudé una fracción de segundo. Al final, permanecí firme en mi posición.
- Les pido disculpas por no haberme presentado todavía -dijo el ser que nos había dado la bienvenida. La redecilla negra que cubría su cráneo oscilaba al compás de sus pulmones-. Soy Palabra viva sobre la piedra, lector de la Comunidad. Si lo prefieren, pueden llamarme Palabra. Soy Terkuma. En mi nombre y en el nombre de los Terkuma os damos la bienvenida. Os acogemos en nuestro mundo y os ofrecemos toda la ayuda que necesitéis. A cambio sólo os pedimos paz.
- ¿Paz? -dije yo, incrédulo.
Entonces, uno de los compañeros de Palabra se adelantó hasta la posición de su portavoz y dijo algo incomprensible mientras agitaba en el aire los dos tentáculos más avanzados, los que tenían aspecto de brazos. Con uno de ellos nos señalaba y con el otro señalaba a las nubes y al mar, alternativamente. Observé que franjas de vivos colores, rojo y violeta, principalmente, recorrían su cráneo desde los ojos hasta la nuca al mismo tiempo que hablaba, como les ocurre a algunos calamares cuando se quieren aparear o están molestos. A diferencia del terkuma que nos había recibido, el cráneo de éste estaba cubierto por un manto translúcido que, en lugar de ocultar el estado emocional de su portador, dispersaba los colores por el aire y brillaba con ellos. Palabra giró la cabeza hacia él -lo que me dio la oportunidad de contemplarla de perfil, a través de la redecilla que la cubría, y pude ver la base del cráneo inflándose y tensándose al hablar, desinflándose y volviéndose a inflar- y le contestó en nuestro idioma:
- Trae consigo el trueno, esto es muy incorrecto. Nuestros invitados no te entienden.
Su cráneo también fue recorrido por franjas de color rojo y violeta. Luego se volvió hacia nosotros y los colores desaparecieron y toda su expresión pareció suavizarse un poco.
- Perdonen a mi amigo -dijo-, es demasiado impetuoso.
- ¿Qué ha dicho? -pregunté yo.
- Nada importante... Está... de mal humor, como dirían ustedes. Dice que comunicarse en este idioma es difícil. Si supieran terkuma todo sería más fácil.
- No lo dudo -asentí-, pero parece ser que ustedes nos conocen, o al menos saben hablar nuestro idioma, y nosotros no sabemos nada de ustedes. No podemos confiar si no sabemos nada de ustedes.
- Lo entendemos. Estamos dispuestos a responder a todas sus preguntas. Lo único que les pedimos es paz.
- No estoy seguro de entenderle... me parece sospechoso...
Ahora fue mi interlocutor quien pareció quedarse sin palabras.
Sus ojos negros se abrieron mucho y los pequeños tentáculos que nacían justo en la zona donde, desde mi punto de vista humano, debería haber estado la boca, temblaron de forma caótica.
- ¿Sospechoso? -preguntó.
Además en su cráneo aparecieron bandas azules y verdes que lo recorrían hacia delante y hacia atrás.
- Sí, sospechoso -continué-, ¿a qué se refieren exactamente cuando piden paz?
De repente, los colores desaparecieron del cráneo de mi interlocutor y el temblor de los tentáculos de su rostro fue substituido por una suave y rítmica ondulación.
- A sus armas, en concreto nos referimos a sus armas. Sus máquinas de guerra pueden hacer mucho daño. No las usen. Es lo único que les pedimos. A cambio les ofrecemos nuestra ayuda.
- ¿Y el Ínbid?
- Sí, seré franco: el Ínbid quiere matarlos. Pero este es nuestro planeta. Deberán acatar nuestras decisiones. No queremos más guerra en nuestro mundo. Renuncien a sus armas y nosotros les protegeremos.
Miré a mi alrededor. Miré intensamente a mi alrededor. Estábamos rodeados de símbolos, señales, indicios, configuraciones, rostros y expresiones que no se parecían a nada de lo que habíamos visto antes. Observé concienzudamente todo lo que nos rodeaba en un intento desesperado por comprender, por descubrir pistas que nos ayudaran a entender si aquello era una trampa o una tabla de salvación. Aparte de mi interlocutor y de su congénere maleducado, conté otros diez seres en la cubierta del barco que estaban pendientes de nosotros. Idkereda apenas podía sostenerse en pie y descargaba la mayor parte de su peso sobre mí. Puede que estuviera oyendo la conversación pero no podía estar seguro de que la estuviera entendiendo; por su parte no podía esperar ayuda. Estaba solo, o al menos eso parecía. De todas formas, no tenía muchas alternativas. Sentía mi frente y mi espalda empapadas de sudor.
- ¿Cómo se asegurarán de que no utilicemos nuestras armas? -pregunté.
- Mientras ustedes permanezcan aquí, sus armas estarán desactivadas y bajo nuestra custodia.
De repente creí comprenderlo todo.
- No podemos aceptar estas condiciones -dije-.
De nuevo, en mi interlocutor la suave ondulación de sus tentáculos faciales fue substituida por un temblor caótico, y en su cráneo aparecieron bandas azules y verdes viajeras. Además, observé que esta vez no era el único que parecía estar desconcertado: muchos de sus congéneres se miraban unos a otros y murmuraban en un idioma incomprensible.
- ¿No les parecen justas las condiciones? -preguntó mi interlocutor.
- No podemos ceder nuestra tecnología a seres desconocidos -respondí yo-, nuestro gobierno lo consideraría alta traición.
El cráneo del segundo terkuma, el que estaba de mal humor y al que Palabra se había referido como Trae consigo el trueno, se encendió con un intenso color violeta y gritó:
- ¡Estúpidos humanos! ¡No estamos interesados en vuestra tecnología!
- El Ínbid sí -contesté yo con frialdad-, y ustedes mismos han dicho que son sus aliados.
- ¡No! -gritó Palabra-, no hemos dicho eso, no queríamos decir eso, no nos entendemos. ¡Hablamos el mismo idioma pero no nos entendemos!
- ¡Qué humano! -exlamó Idkereda de repente, con un hilo de voz.
El comentario de mi amigo me hizo gracia y me dio por reírme. La situación era ridícula y empezaba a sentir una opresión en la boca del estómago. No sabía cuánto tiempo podría aguantar así. Nuestros interlocutores se miraron un segundo y sus cráneos fueron recorridos por franjas bailarinas de colores suaves. Luego Palabra volvió a mirarnos y nos dijo:
- Escuchen. No tenemos tiempo. Ustedes ahora no tienen muchas alternativas. Sus armas no funcionan y uno de ustedes necesita nuestra medicina, ¿no?
Sí, eso era cierto, el uno al que se refería, Idkereda, necesitaba medicina, ya fuera terkuma o humana, pero que fuera potente, porque aun y mantener vivo el sentido del humor, la temperatura de su cuerpo y los temblores que lo recorrían espasmódicamente mostraban en toda su crudeza la faz de la enfermedad que le consumía por dentro.
Decidí pactar con la realidad y arriesgarme al consejo de guerra por alta traición. Aquella misión había empezado rompiendo protocolos y, por lo visto, no iba a mejorar, al menos de momento. Ni siquiera sabía si el mecanismo de autodestrucción de los incurdroid seguiría funcionando.
- ¿Pueden curar a mi amigo? -pregunté.
- Sí -respondió Palabra- pero antes debemos explicarle algo muy importante. Tiene que saber que... nuestro médico es...
Y entonces sucedió lo peor que podía suceder.
Apareció una medusa en la cubierta del barco, detrás del grupo de terkumas que nos había recibido. No sé muy bien por dónde apareció, creo que se abrió una escotilla y subió de una cubierta inferior, no estoy seguro, sólo sé que se alzó a unos quince metros de distancia de donde estábamos nosotros y que me dio un susto de muerte.
Sin pensármelo dos veces, desenvainé el sable, empujé a Idkereda hasta situarlo detrás de mí y grité:
- ¡MEDUSAAAAAA!
Apreté furioso el intercomunicador para asegurarme de que el resto de la escuadra me oyera.
Retrocedí.
- ¡MEDUSAAAAAA! -volví a gritar.
Mi cuerpo quedó automáticamente empapado en un sudor frío y mi corazón se desbocó.
Todos los terkuma se giraron. La medusa se alzaba tras ellos, pero no eran los calamares lo que captaba su atención: éramos nosotros. Dos humanos insignificantes que ensuciaban la cubierta del barco. Cuatro metros de altura. No era de las más grandes. Pero era una medusa coleccionista, eso era suficiente. Empezó a avanzar entre sus aliados con la intención de eliminar la anomalía: nosotros. Y yo volví a gritar, pero esta vez no conseguí traducir mi furia en letras y ordenar las letras en una palabra coherente. De mi garganta sólo surgió un grito de guerra anterior a la invención de cualquier lenguaje, un graznido incoherente en el que se mezclaba el miedo y el valor, la furia y la desesperación.
Alcé el sable y lo sostuve con ambas manos. Activé el resonador.
El sable no era un arma antigua ni un arma defensiva. Era un resonador molecular. Podría haber partido aquel barco por la mitad.
El cuerpo de una medusa es mucho más frágil.
Al menos el cuerpo de una medusa como aquella.
Lamentablemente, basta con que uno de sus tentáculos nos roce para envenenarnos mortalmente.
Palabra también grita. Y Trae consigo. No les entiendo. Aunque hubieran gritado en mi idioma no les habría entendido. Yo sigo a lo mío. Sálvese quien pueda. Dejo que me guíe un instinto antiguo: avanza el fuego. Corre. Corre. Corre. No mires atrás. No esperes ayuda. Corre. Retrocedo, arrastro a Idkereda conmigo, busco el cuerpo del incurdroid para proteger la retaguardia. Me pitan los oídos. Soy una olla a presión y me pitan los oídos porque estoy a punto de reventar. Mi corazón golpea contra mi pecho y contra mis sienes como los martillos de la fragua de Vulcano golpeaban contra los yunques. Pienso en meterme de nuevo en el incurdroid, pero dudo: no sé si tendremos tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que Idkereda no se mueve por sí mismo.
Y de repente... Brumantra. Desesperada, apremiante, estalla en el aire: su voz llena el aire de rabia, tensión y prisa:
- ¡Resista, señor! ¡Estamos en camino, Alkai ha conseguido reiniciar su droide!
Y Surkoi:
- ¡Yo voy nadando!
Capaz era de hacerlo.
Palabra me mira y me grita que ordene a mis hombres que no se muevan, que permanezcan al margen, que la medusa es cosa suya. Y una mierda, pienso yo, cualquier medusa también es cosa mía, y sobre todo si es una medusa coleccionista a pocos metros de distancia. No conozco la gesticulación terkuma pero diría que Trae consigo está aún más nervioso.
Los tentáculos de la medusa serpentean por la cubierta y están cada vez más cerca.
- ¡Los tiburones de sal! -grita Trae consigo.
- Si se ha lanzado al agua -responde Palabra-, tendrá que espabilarse. Ahora te necesito aquí.
Levanto el sable. Cada vez más cerca.
- ¡Detente! -grita Palabra mirando a la medusa- ¡Aún no están preparados!
La medusa no se detiene. Emite sonidos que parecen surgir del fondo de un pozo.
Su ataque es inminente.
Protejo con mi cuerpo el de Idkereda.
Lanza dos tentáculos como dos latigazos. Los esquivo y los cerceno con el sable. Los terkuma se lanzan sobre ella y la sujetan. Yo me alejo. Arrastro a Idkereda conmigo. Nos alejamos de los dos tentáculos temblorosos que han quedado sobre la cubierta, en medio de un charco de gelatina venenosa. No me voy a quedar quieto. Aún tengo otra arma. Saco un hilo de matar de uno de mis bolsillos y lo ato a la empuñadura del sable. Pienso arrojarlo contra la medusa, y tirar de él para recuperarlo, como si fuera un arpón. Con un poco de suerte, desgarraré su cuerpo hasta el extremo de que no pueda regenerarlo. Es arriesgado porque si la gelatina nos salpica podemos morir envenenados (la piel sintética no protege de los venenos medusoides) pero no tengo alternativa, no puedo esperar a que se acerque para atacarla directamente con el sable.
No me da tiempo. Trae consigo ve el caos que se ha desatado sobre la cubierta y ve el incurdroid que se acerca rozando la cresta de las olas a toda velocidad y ve a Palabra que le mira como pidiéndole algo... y decide por todos nosotros: nos sumirá en el dolor para poder controlarnos, sin piedad.
Sus ojos brillan. Sus cilios faciales palpitan. Su cráneo parece un ascua al rojo vivo. Su voz suena como un trueno cuando chilla:
- ¡Terkuma! ¡Cantaaaaaaad!
Los terkuma acatan su orden de forma inmediata. Todos ellos se ponen a cantar. Entonces lo comprendo. En realidad no estaban desarmados. Su arma es el sonido. Ellos mismos son un arma.
Desde el principio, su canto es insoportable. Una pesadilla.
Pero a medida que crece... empeora. El estómago se hace un nudo y la garganta se convierte en una piedra. La cabeza estalla. No, está entera, pero por dentro estalla. Y te mueres. La sensación es de muerte continua, sin parar, en medio de un dolor insoportable.
Y a pesar de todo, el canto terkuma no deja de tener una cierta belleza irracional, hipnótica, adictiva. Destructiva.
Los terkuma cantan todos a una, coordinados como un coro, y todo se paraliza a su alrededor. Elevan juntos un mantra que detiene el Universo e impone el orden en el barco y sus alrededores. Paralizan con su mantra a la medusa, que se derrumba sobre la cubierta, y desde luego me paralizan a mí, que también me derrumbo, junto con Idekereda. La medusa encoge todos sus tentáculos de la misma forma que encojo yo mis brazos: para sujetarme el cerebro, igual que ella se sujeta la umbrela llena de citoplasma venenoso, los dos derrotados e indefensos. Intento desesperadamente taparme los oídos, pero es inútil: el canto se filtra a través de mi piel, y luego quiero darme golpes hasta quedarme sordo, por piedad, por clemencia, por misericordia... silencio, silencio, silencio...
... pero no puedo, no puedo, no puedo... ¡no puedo ni golpearme! Mis nervios ya no me responden, he perdido el control de mi propio cuerpo y veo cómo el incurdroid de Alkai se estrella contra el agua, casi choca contra el barco por la inercia, nos salpica a todos de agua, qué desastre. Y Surkoi no sé dónde está, no le veo, pero diría que el gemido que se oye a través del intercomunicador es suyo.
Así durante un minuto que dura el millón de segundos más largo de mi vida.
Idkereda se retuerce pegado a mí.
Cuando por fin paran de cantar, ni la medusa ni yo estamos en condiciones de luchar. Ambos seguimos tirados en el suelo, temblando, sin poder levantarnos. Creo que Idkereda ha perdido el conocimiento. Es la primera vez que veo una medusa derrotada sin usar armas letales.
Trae consigo el trueno se acerca y me toca con uno de sus tentáculos. Me da la impresión de que está comprobando a ver si sigo respirando. Abro los ojos e intento de nuevo incorporarme y recuperar un poco de dignidad. Gracias a este intento, consigo que mis piernas tiemblen ligeramente, pero nada más. Estoy agotado. Exhausto. Y tengo náuseas. No sé si podré contener el vómito.
- Todo esto pasa por no saber hablar -exclama Trae consigo-, si supierais hablar, bastaría con decir "Confiad en nosotros" para que confiarais en nosotros -me da la impresión de que su tono oscila entre la furia y el desprecio; no sé si además de imitar los sonidos de mi idioma imita también estados emocionales propios de los humanos, pero, ya sea una imitación o sea real, desde luego lo que percibo claramente es furia y desprecio-. Los humanos no sois más que animales: no tenéis el don de la palabra. Sois capaces de viajar a las estrellas... pero no sabéis hablar. Qué pena dais ahí encerrados en esos oscuros cuerpos de carbono, mudos para siempre.
Llegados a este punto, Palabra apoya uno de sus tentáculos-brazo sobre uno de los de Trae consigo y le dice:
- Ya es suficiente.
Podría haberlo dicho antes, pienso yo, cuando el canto nos atormentaba sin piedad.
- Ves a buscar al humano que se ha lanzado al mar, por favor -continúa Palabra-, quizá aún estemos a tiempo de salvarle de los tiburones de sal.
Trae consigo mueve sus tentáculos y se dirige hacia la barandilla. Salta por encima de ella y desaparece de mi vista. Surkoi está en sus manos.
Mi cuerpo sigue sin ser del todo mío. Mis piernas tiemblan y mis brazos se convulsionan. Al menos he conseguido en el último momento que mis esfínteres no se soltaran. Ya es algo. Sigo luchando contra las náuseas.
Mientras intento darme la vuelta para hablar con Palabra veo por el rabillo del ojo que Idkereda ha recuperado la consciencia y se arrastra por la cubierta.
- Idkereda -balbuceo.
Es increíble. Puede moverse. Y no se detiene. Sigue su lento y penoso avance. Se dirige a la medusa, que sigue a pocos metros de nosotros, tan derrumbada e impotente como yo. Unos pocos terkuma se interponen a su paso, con la intención de no dejar que se acerque a ella, pero Palabra les pide que se retiren, que dejen hacer al humano.
Consigo sentarme justo cuando Idkereda llega al lado de la medusa.
Agarra con fuerza dos de sus tentáculos, uno con cada mano. Se ha vuelto loco. Debería haberle sujetado. El canto terkuma le ha vuelto loco.
Me levanto haciendo un esfuerzo sobrehumano, camino un par de pasos, me caigo y quedo tendido sobre la cubierta.
- ¡Quieto! -grito desde el suelo.
Es inútil. Ya ha tocado la medusa. Está muerto.
Palabra viene tras de mí. Me alza con sus tentáculos hasta sentarme de nuevo y me sitúa de forma que pueda ver la escena. ¿Qué hace? No quiero ver cómo muere mi amigo.
- No se preocupe -intenta tranquilizarme-, es lo que iba a explicar antes: la medusa es nuestro médico.
No me imagino a una medusa asumiendo el juramento hipocrático. Sólo las he visto infectando y matando humanos, provocando en ellos espantosas mutaciones, convirtiendo al homo sapiens en nido y alimento de sus crías. No puedo imaginarlas cuidando de nosotros. Imposible. Monstruoso.
Asisto impotente a la absorción de Idkereda por parte del icnidario.
Incluso tengo la delirante sensación de que es él mismo quien desea meterse dentro del súbdito del Ínbid. Y los terkuma le ayudan.
No puedo quedarme quieto.
Intento zafarme del sostén de Palabra. Lo consigo.
Me alzo de nuevo.
Doy un paso. Otro.
Me derrumbo.
Estoy muy mareado.
Estoy perdiendo el conocimiento.
El mundo se aleja de mis sentidos, se me escapa.
Lucho por mantener la visión.
Lucho por mantenerme despierto, lúcido.
Lucho.
Es inútil.
Mi última visión: Idkereda flotando en el interior de la umbrela de la medusa.
Extiendo mi brazo derecho hacia él.
Pero está muy lejos. Lejísimos. No consigo alcanzarlo por mucho que me esfuerzo.
Grito, intento permanecer en el mundo. Fracaso.
Todo está lejos.
- Bienvenidos a Terkuma -dijo el que estaba más cerca de nosotros.
Supuse que era el líder del grupo, y nuestro interlocutor momentos antes, cuando aún flotábamos en el mar, a la deriva. Lo observé con atención. Llevaba la cabeza cubierta por una redecilla negra a través de la cual podía ver la base de su cráneo inflarse y desinflarse rítmicamente. Sin duda, ahí estaban sus pulmones. Sostuve la mirada de aquella criatura sin que ella pudiera verme a mí. Sus ojos negros, grandes y limpios, estaban fijos sobre el incurdroid. Daba la impresión de que su visión pudiera atravesar la piel de la máquina y ver a los dos seres humanos que se agazapaban en su interior. Bajo sus ojos, un bosque de cilios se ondulaba rítmicamente como posidonias agitadas por corrientes submarinas. Sus ocho tentáculos, cuatro a cada lado, le sostenían firme sobre la cubierta. Dos de ellos eran un poco más cortos que el resto y sus extremos se dividían en tentáculos mucho más pequeños. Aquellas extremidades debían de ser equivalentes a nuestros brazos y aquellos tentáculos más finos debían de hacer la función de nuestros dedos. En aquel momento, los reposaba sobre la cubierta, recogidos sobre sí mismos, como si tuviera el puño cerrado y apoyara los nudillos en el suelo, al igual que hacen los gorilas.
Desplegándose en arco tras él, tenía a un grupo de sus semejantes.
Sin quitarles el ojo de encima a ninguno de ellos, agarré el comunicador y me cercioré de que el resto de la escuadra seguía en el mar y estaba bien. Apreté el botón verde.
- Han dipositado el incurdroid en la cubierta del barco -dije-. Nos dan la bienvenida. Idkereda y yo nos disponemos a descender. Permaneced tranquilos. Confirmad.
Surkoi. Brumantra. Alkai. Todos estaban bien y a la espera.
- Muy bien. Katmai fuera, de momento.
Me metí el intercomunicador en un bolsillo del traje. Procuré que el botón verde quedara presionado, con la esperanza de que eso permitiera que la escuadra escuchara todo lo que fuera a ocurrir. Agarré el sable, me lo pasé cruzado a la espalda y me ajusté las cintas de la funda al pecho. Luego me quité todos los cinturones de seguridad -sistema de sujección que normalmente no se usaba, pero que al desactivarse el incurdroid habían salido disparados de forma automática- y me alcé. Quité los cinturones a Idkereda, le puse en pie y le sujeté fuerte.
- Vamos a descender, compañero -dije-, ves pensando un discurso.
Él abrió los ojos un poco y sonrió tenuemente. A duras penas podía agarrarse a mis hombros. Notaba los temblores que sacudían todo su cuerpo a través de la piel sintética que le cubría.
Descendimos.
Al atravesar la membrana adhesiva, ésta se pegó a nosotros y quedamos cubiertos por un nuevo epitelio.
Había pensado en empuñar el sable al descender del incurdroid, pero hubiera sido un gesto que quizá habrían tomado como una amenaza o una agresión, y tal vez nos habrían disparado sin previo aviso, así que al final descendimos totalmente indefensos, con la piel sintética como única protección ante los habitantes de aquel mundo. No teníamos otra opción. Llevaba muchos meses en el espacio luchando sin parar. Había sobrevivido a más de diez incursiones en territorio Ínbid, ya había perdido la cuenta, a un asalto a una colmena Vispoide y también a una nave Coleccionista. Tenía ganas de volver a casa. Sólo había un problema: mi hogar había sido destruido. No había descanso posible. Descendí del incurdroid dispuesto a morir. No estaba desesperado por conservar la vida, sólo sabía que no quería sufrir más. No permitiría que mi cerebro ni el de Idkereda acabaran en un laboratorio Ínbid, pero tampoco quería morir estúpidamente, por culpa de un error de protocolo, después de haber sobrevivido a todo tipo de ataques, armas y deseos asesinos contra mi persona.
Mis pies se asentaron en la cubierta del barco. Sujeté a Idkereda. Sostuve la mirada de mis anfitriones.
Los seres que nos habían dado la bienvenida no eran mucho mayores que un ser humano, aunque poseían una cabeza desproporcionadamente grande en comparación al tamaño del resto de su cuerpo. Sus ojos quedaban a la altura de nuestro pecho, pero observé que podían estirar unos centímetros los tentáculos que les sostenían y de esta forma conseguir mirarnos cara a cara. Permanecían en silencio, expectantes. También observé que, aparentemente, estaban desarmados. A no ser que las ropas que cubrían sus enormes cráneos fueran también armas de una tipología desconocida. Parecía poco probable que aquellos mantos translúcidos y redecillas negras que cubrían su cabeza y caían blandamente sobre sus tentáculos fueran algo más que ropa, pero no se podía descartar del todo.
Nos miramos fijamente.
- Me llamo Adri Raman Katmai -dije-, él es Aitken Idkereda. Somos seres humanos. Sólo queremos volver a casa.
Me contestó el mismo ser que nos había dado la bienvenida.
- Tiene un arma -dijo.
Asentí. Se me hacía extraño oírle hablar porque su pronunciación era prácticamente perfecta, sin embargo su aspecto era más parecido al de un pulpo que al de un ser humano.
- Sí, es cierto - respondí-, es una espada, un arma antigua, puede ser neutralizada fácilmente con tecnología moderna como la que ustedes parecen poseer, permítanme quedarme con ella y así me demostrarán que confían en mi, y así yo podré confiar en ustedes.
Mi interlocutor se giró hacia uno de sus compañeros y cuando éste le hizo un gesto volvió a mirarme y me contestó:
- De acuerdo, puede quedarse con ella. Pero le ruego entienda que no toleraremos ningún acto violento contra nosotros. ¿Lo comprende?
- Sí -me apresuré a decir-, lo comprendo.
Nuestro interlocutor se acercó un poco a nosotros. Yo dudé una fracción de segundo. Al final, permanecí firme en mi posición.
- Les pido disculpas por no haberme presentado todavía -dijo el ser que nos había dado la bienvenida. La redecilla negra que cubría su cráneo oscilaba al compás de sus pulmones-. Soy Palabra viva sobre la piedra, lector de la Comunidad. Si lo prefieren, pueden llamarme Palabra. Soy Terkuma. En mi nombre y en el nombre de los Terkuma os damos la bienvenida. Os acogemos en nuestro mundo y os ofrecemos toda la ayuda que necesitéis. A cambio sólo os pedimos paz.
- ¿Paz? -dije yo, incrédulo.
Entonces, uno de los compañeros de Palabra se adelantó hasta la posición de su portavoz y dijo algo incomprensible mientras agitaba en el aire los dos tentáculos más avanzados, los que tenían aspecto de brazos. Con uno de ellos nos señalaba y con el otro señalaba a las nubes y al mar, alternativamente. Observé que franjas de vivos colores, rojo y violeta, principalmente, recorrían su cráneo desde los ojos hasta la nuca al mismo tiempo que hablaba, como les ocurre a algunos calamares cuando se quieren aparear o están molestos. A diferencia del terkuma que nos había recibido, el cráneo de éste estaba cubierto por un manto translúcido que, en lugar de ocultar el estado emocional de su portador, dispersaba los colores por el aire y brillaba con ellos. Palabra giró la cabeza hacia él -lo que me dio la oportunidad de contemplarla de perfil, a través de la redecilla que la cubría, y pude ver la base del cráneo inflándose y tensándose al hablar, desinflándose y volviéndose a inflar- y le contestó en nuestro idioma:
- Trae consigo el trueno, esto es muy incorrecto. Nuestros invitados no te entienden.
Su cráneo también fue recorrido por franjas de color rojo y violeta. Luego se volvió hacia nosotros y los colores desaparecieron y toda su expresión pareció suavizarse un poco.
- Perdonen a mi amigo -dijo-, es demasiado impetuoso.
- ¿Qué ha dicho? -pregunté yo.
- Nada importante... Está... de mal humor, como dirían ustedes. Dice que comunicarse en este idioma es difícil. Si supieran terkuma todo sería más fácil.
- No lo dudo -asentí-, pero parece ser que ustedes nos conocen, o al menos saben hablar nuestro idioma, y nosotros no sabemos nada de ustedes. No podemos confiar si no sabemos nada de ustedes.
- Lo entendemos. Estamos dispuestos a responder a todas sus preguntas. Lo único que les pedimos es paz.
- No estoy seguro de entenderle... me parece sospechoso...
Ahora fue mi interlocutor quien pareció quedarse sin palabras.
Sus ojos negros se abrieron mucho y los pequeños tentáculos que nacían justo en la zona donde, desde mi punto de vista humano, debería haber estado la boca, temblaron de forma caótica.
- ¿Sospechoso? -preguntó.
Además en su cráneo aparecieron bandas azules y verdes que lo recorrían hacia delante y hacia atrás.
- Sí, sospechoso -continué-, ¿a qué se refieren exactamente cuando piden paz?
De repente, los colores desaparecieron del cráneo de mi interlocutor y el temblor de los tentáculos de su rostro fue substituido por una suave y rítmica ondulación.
- A sus armas, en concreto nos referimos a sus armas. Sus máquinas de guerra pueden hacer mucho daño. No las usen. Es lo único que les pedimos. A cambio les ofrecemos nuestra ayuda.
- ¿Y el Ínbid?
- Sí, seré franco: el Ínbid quiere matarlos. Pero este es nuestro planeta. Deberán acatar nuestras decisiones. No queremos más guerra en nuestro mundo. Renuncien a sus armas y nosotros les protegeremos.
Miré a mi alrededor. Miré intensamente a mi alrededor. Estábamos rodeados de símbolos, señales, indicios, configuraciones, rostros y expresiones que no se parecían a nada de lo que habíamos visto antes. Observé concienzudamente todo lo que nos rodeaba en un intento desesperado por comprender, por descubrir pistas que nos ayudaran a entender si aquello era una trampa o una tabla de salvación. Aparte de mi interlocutor y de su congénere maleducado, conté otros diez seres en la cubierta del barco que estaban pendientes de nosotros. Idkereda apenas podía sostenerse en pie y descargaba la mayor parte de su peso sobre mí. Puede que estuviera oyendo la conversación pero no podía estar seguro de que la estuviera entendiendo; por su parte no podía esperar ayuda. Estaba solo, o al menos eso parecía. De todas formas, no tenía muchas alternativas. Sentía mi frente y mi espalda empapadas de sudor.
- ¿Cómo se asegurarán de que no utilicemos nuestras armas? -pregunté.
- Mientras ustedes permanezcan aquí, sus armas estarán desactivadas y bajo nuestra custodia.
De repente creí comprenderlo todo.
- No podemos aceptar estas condiciones -dije-.
De nuevo, en mi interlocutor la suave ondulación de sus tentáculos faciales fue substituida por un temblor caótico, y en su cráneo aparecieron bandas azules y verdes viajeras. Además, observé que esta vez no era el único que parecía estar desconcertado: muchos de sus congéneres se miraban unos a otros y murmuraban en un idioma incomprensible.
- ¿No les parecen justas las condiciones? -preguntó mi interlocutor.
- No podemos ceder nuestra tecnología a seres desconocidos -respondí yo-, nuestro gobierno lo consideraría alta traición.
El cráneo del segundo terkuma, el que estaba de mal humor y al que Palabra se había referido como Trae consigo el trueno, se encendió con un intenso color violeta y gritó:
- ¡Estúpidos humanos! ¡No estamos interesados en vuestra tecnología!
- El Ínbid sí -contesté yo con frialdad-, y ustedes mismos han dicho que son sus aliados.
- ¡No! -gritó Palabra-, no hemos dicho eso, no queríamos decir eso, no nos entendemos. ¡Hablamos el mismo idioma pero no nos entendemos!
- ¡Qué humano! -exlamó Idkereda de repente, con un hilo de voz.
El comentario de mi amigo me hizo gracia y me dio por reírme. La situación era ridícula y empezaba a sentir una opresión en la boca del estómago. No sabía cuánto tiempo podría aguantar así. Nuestros interlocutores se miraron un segundo y sus cráneos fueron recorridos por franjas bailarinas de colores suaves. Luego Palabra volvió a mirarnos y nos dijo:
- Escuchen. No tenemos tiempo. Ustedes ahora no tienen muchas alternativas. Sus armas no funcionan y uno de ustedes necesita nuestra medicina, ¿no?
Sí, eso era cierto, el uno al que se refería, Idkereda, necesitaba medicina, ya fuera terkuma o humana, pero que fuera potente, porque aun y mantener vivo el sentido del humor, la temperatura de su cuerpo y los temblores que lo recorrían espasmódicamente mostraban en toda su crudeza la faz de la enfermedad que le consumía por dentro.
Decidí pactar con la realidad y arriesgarme al consejo de guerra por alta traición. Aquella misión había empezado rompiendo protocolos y, por lo visto, no iba a mejorar, al menos de momento. Ni siquiera sabía si el mecanismo de autodestrucción de los incurdroid seguiría funcionando.
- ¿Pueden curar a mi amigo? -pregunté.
- Sí -respondió Palabra- pero antes debemos explicarle algo muy importante. Tiene que saber que... nuestro médico es...
Y entonces sucedió lo peor que podía suceder.
Apareció una medusa en la cubierta del barco, detrás del grupo de terkumas que nos había recibido. No sé muy bien por dónde apareció, creo que se abrió una escotilla y subió de una cubierta inferior, no estoy seguro, sólo sé que se alzó a unos quince metros de distancia de donde estábamos nosotros y que me dio un susto de muerte.
Sin pensármelo dos veces, desenvainé el sable, empujé a Idkereda hasta situarlo detrás de mí y grité:
- ¡MEDUSAAAAAA!
Apreté furioso el intercomunicador para asegurarme de que el resto de la escuadra me oyera.
Retrocedí.
- ¡MEDUSAAAAAA! -volví a gritar.
Mi cuerpo quedó automáticamente empapado en un sudor frío y mi corazón se desbocó.
Todos los terkuma se giraron. La medusa se alzaba tras ellos, pero no eran los calamares lo que captaba su atención: éramos nosotros. Dos humanos insignificantes que ensuciaban la cubierta del barco. Cuatro metros de altura. No era de las más grandes. Pero era una medusa coleccionista, eso era suficiente. Empezó a avanzar entre sus aliados con la intención de eliminar la anomalía: nosotros. Y yo volví a gritar, pero esta vez no conseguí traducir mi furia en letras y ordenar las letras en una palabra coherente. De mi garganta sólo surgió un grito de guerra anterior a la invención de cualquier lenguaje, un graznido incoherente en el que se mezclaba el miedo y el valor, la furia y la desesperación.
Alcé el sable y lo sostuve con ambas manos. Activé el resonador.
El sable no era un arma antigua ni un arma defensiva. Era un resonador molecular. Podría haber partido aquel barco por la mitad.
El cuerpo de una medusa es mucho más frágil.
Al menos el cuerpo de una medusa como aquella.
Lamentablemente, basta con que uno de sus tentáculos nos roce para envenenarnos mortalmente.
Palabra también grita. Y Trae consigo. No les entiendo. Aunque hubieran gritado en mi idioma no les habría entendido. Yo sigo a lo mío. Sálvese quien pueda. Dejo que me guíe un instinto antiguo: avanza el fuego. Corre. Corre. Corre. No mires atrás. No esperes ayuda. Corre. Retrocedo, arrastro a Idkereda conmigo, busco el cuerpo del incurdroid para proteger la retaguardia. Me pitan los oídos. Soy una olla a presión y me pitan los oídos porque estoy a punto de reventar. Mi corazón golpea contra mi pecho y contra mis sienes como los martillos de la fragua de Vulcano golpeaban contra los yunques. Pienso en meterme de nuevo en el incurdroid, pero dudo: no sé si tendremos tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que Idkereda no se mueve por sí mismo.
Y de repente... Brumantra. Desesperada, apremiante, estalla en el aire: su voz llena el aire de rabia, tensión y prisa:
- ¡Resista, señor! ¡Estamos en camino, Alkai ha conseguido reiniciar su droide!
Y Surkoi:
- ¡Yo voy nadando!
Capaz era de hacerlo.
Palabra me mira y me grita que ordene a mis hombres que no se muevan, que permanezcan al margen, que la medusa es cosa suya. Y una mierda, pienso yo, cualquier medusa también es cosa mía, y sobre todo si es una medusa coleccionista a pocos metros de distancia. No conozco la gesticulación terkuma pero diría que Trae consigo está aún más nervioso.
Los tentáculos de la medusa serpentean por la cubierta y están cada vez más cerca.
- ¡Los tiburones de sal! -grita Trae consigo.
- Si se ha lanzado al agua -responde Palabra-, tendrá que espabilarse. Ahora te necesito aquí.
Levanto el sable. Cada vez más cerca.
- ¡Detente! -grita Palabra mirando a la medusa- ¡Aún no están preparados!
La medusa no se detiene. Emite sonidos que parecen surgir del fondo de un pozo.
Su ataque es inminente.
Protejo con mi cuerpo el de Idkereda.
Lanza dos tentáculos como dos latigazos. Los esquivo y los cerceno con el sable. Los terkuma se lanzan sobre ella y la sujetan. Yo me alejo. Arrastro a Idkereda conmigo. Nos alejamos de los dos tentáculos temblorosos que han quedado sobre la cubierta, en medio de un charco de gelatina venenosa. No me voy a quedar quieto. Aún tengo otra arma. Saco un hilo de matar de uno de mis bolsillos y lo ato a la empuñadura del sable. Pienso arrojarlo contra la medusa, y tirar de él para recuperarlo, como si fuera un arpón. Con un poco de suerte, desgarraré su cuerpo hasta el extremo de que no pueda regenerarlo. Es arriesgado porque si la gelatina nos salpica podemos morir envenenados (la piel sintética no protege de los venenos medusoides) pero no tengo alternativa, no puedo esperar a que se acerque para atacarla directamente con el sable.
No me da tiempo. Trae consigo ve el caos que se ha desatado sobre la cubierta y ve el incurdroid que se acerca rozando la cresta de las olas a toda velocidad y ve a Palabra que le mira como pidiéndole algo... y decide por todos nosotros: nos sumirá en el dolor para poder controlarnos, sin piedad.
Sus ojos brillan. Sus cilios faciales palpitan. Su cráneo parece un ascua al rojo vivo. Su voz suena como un trueno cuando chilla:
- ¡Terkuma! ¡Cantaaaaaaad!
Los terkuma acatan su orden de forma inmediata. Todos ellos se ponen a cantar. Entonces lo comprendo. En realidad no estaban desarmados. Su arma es el sonido. Ellos mismos son un arma.
Desde el principio, su canto es insoportable. Una pesadilla.
Pero a medida que crece... empeora. El estómago se hace un nudo y la garganta se convierte en una piedra. La cabeza estalla. No, está entera, pero por dentro estalla. Y te mueres. La sensación es de muerte continua, sin parar, en medio de un dolor insoportable.
Y a pesar de todo, el canto terkuma no deja de tener una cierta belleza irracional, hipnótica, adictiva. Destructiva.
Los terkuma cantan todos a una, coordinados como un coro, y todo se paraliza a su alrededor. Elevan juntos un mantra que detiene el Universo e impone el orden en el barco y sus alrededores. Paralizan con su mantra a la medusa, que se derrumba sobre la cubierta, y desde luego me paralizan a mí, que también me derrumbo, junto con Idekereda. La medusa encoge todos sus tentáculos de la misma forma que encojo yo mis brazos: para sujetarme el cerebro, igual que ella se sujeta la umbrela llena de citoplasma venenoso, los dos derrotados e indefensos. Intento desesperadamente taparme los oídos, pero es inútil: el canto se filtra a través de mi piel, y luego quiero darme golpes hasta quedarme sordo, por piedad, por clemencia, por misericordia... silencio, silencio, silencio...
... pero no puedo, no puedo, no puedo... ¡no puedo ni golpearme! Mis nervios ya no me responden, he perdido el control de mi propio cuerpo y veo cómo el incurdroid de Alkai se estrella contra el agua, casi choca contra el barco por la inercia, nos salpica a todos de agua, qué desastre. Y Surkoi no sé dónde está, no le veo, pero diría que el gemido que se oye a través del intercomunicador es suyo.
Así durante un minuto que dura el millón de segundos más largo de mi vida.
Idkereda se retuerce pegado a mí.
Cuando por fin paran de cantar, ni la medusa ni yo estamos en condiciones de luchar. Ambos seguimos tirados en el suelo, temblando, sin poder levantarnos. Creo que Idkereda ha perdido el conocimiento. Es la primera vez que veo una medusa derrotada sin usar armas letales.
Trae consigo el trueno se acerca y me toca con uno de sus tentáculos. Me da la impresión de que está comprobando a ver si sigo respirando. Abro los ojos e intento de nuevo incorporarme y recuperar un poco de dignidad. Gracias a este intento, consigo que mis piernas tiemblen ligeramente, pero nada más. Estoy agotado. Exhausto. Y tengo náuseas. No sé si podré contener el vómito.
- Todo esto pasa por no saber hablar -exclama Trae consigo-, si supierais hablar, bastaría con decir "Confiad en nosotros" para que confiarais en nosotros -me da la impresión de que su tono oscila entre la furia y el desprecio; no sé si además de imitar los sonidos de mi idioma imita también estados emocionales propios de los humanos, pero, ya sea una imitación o sea real, desde luego lo que percibo claramente es furia y desprecio-. Los humanos no sois más que animales: no tenéis el don de la palabra. Sois capaces de viajar a las estrellas... pero no sabéis hablar. Qué pena dais ahí encerrados en esos oscuros cuerpos de carbono, mudos para siempre.
Llegados a este punto, Palabra apoya uno de sus tentáculos-brazo sobre uno de los de Trae consigo y le dice:
- Ya es suficiente.
Podría haberlo dicho antes, pienso yo, cuando el canto nos atormentaba sin piedad.
- Ves a buscar al humano que se ha lanzado al mar, por favor -continúa Palabra-, quizá aún estemos a tiempo de salvarle de los tiburones de sal.
Trae consigo mueve sus tentáculos y se dirige hacia la barandilla. Salta por encima de ella y desaparece de mi vista. Surkoi está en sus manos.
Mi cuerpo sigue sin ser del todo mío. Mis piernas tiemblan y mis brazos se convulsionan. Al menos he conseguido en el último momento que mis esfínteres no se soltaran. Ya es algo. Sigo luchando contra las náuseas.
Mientras intento darme la vuelta para hablar con Palabra veo por el rabillo del ojo que Idkereda ha recuperado la consciencia y se arrastra por la cubierta.
- Idkereda -balbuceo.
Es increíble. Puede moverse. Y no se detiene. Sigue su lento y penoso avance. Se dirige a la medusa, que sigue a pocos metros de nosotros, tan derrumbada e impotente como yo. Unos pocos terkuma se interponen a su paso, con la intención de no dejar que se acerque a ella, pero Palabra les pide que se retiren, que dejen hacer al humano.
Consigo sentarme justo cuando Idkereda llega al lado de la medusa.
Agarra con fuerza dos de sus tentáculos, uno con cada mano. Se ha vuelto loco. Debería haberle sujetado. El canto terkuma le ha vuelto loco.
Me levanto haciendo un esfuerzo sobrehumano, camino un par de pasos, me caigo y quedo tendido sobre la cubierta.
- ¡Quieto! -grito desde el suelo.
Es inútil. Ya ha tocado la medusa. Está muerto.
Palabra viene tras de mí. Me alza con sus tentáculos hasta sentarme de nuevo y me sitúa de forma que pueda ver la escena. ¿Qué hace? No quiero ver cómo muere mi amigo.
- No se preocupe -intenta tranquilizarme-, es lo que iba a explicar antes: la medusa es nuestro médico.
No me imagino a una medusa asumiendo el juramento hipocrático. Sólo las he visto infectando y matando humanos, provocando en ellos espantosas mutaciones, convirtiendo al homo sapiens en nido y alimento de sus crías. No puedo imaginarlas cuidando de nosotros. Imposible. Monstruoso.
Asisto impotente a la absorción de Idkereda por parte del icnidario.
Incluso tengo la delirante sensación de que es él mismo quien desea meterse dentro del súbdito del Ínbid. Y los terkuma le ayudan.
No puedo quedarme quieto.
Intento zafarme del sostén de Palabra. Lo consigo.
Me alzo de nuevo.
Doy un paso. Otro.
Me derrumbo.
Estoy muy mareado.
Estoy perdiendo el conocimiento.
El mundo se aleja de mis sentidos, se me escapa.
Lucho por mantener la visión.
Lucho por mantenerme despierto, lúcido.
Lucho.
Es inútil.
Mi última visión: Idkereda flotando en el interior de la umbrela de la medusa.
Extiendo mi brazo derecho hacia él.
Pero está muy lejos. Lejísimos. No consigo alcanzarlo por mucho que me esfuerzo.
Grito, intento permanecer en el mundo. Fracaso.
Todo está lejos.
(Fin del capítulo 9 - Capítulo siguiente)
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