Capítulo 7. APOCALIPSIS.


Ruido. Alarmas.
Estruendo.
Agito los brazos. Dolor. Golpes. Dolor.
Dolor en mis brazos. Me levanto de golpe.
Dolor en mi cabeza.
Brumantra y Alkai están de guardia. Alarmas. Surkoi y yo estamos despertando. Bajo del droide a trompicones. Al pasar por la membrana de adhesión quedo cubierto de piel sintética. La luz me hace daño. Alarma de proximidad de mísil enemigo. Avanzo dándome golpes hacia la tienda iglú. Golpe en mi cabeza, golpe en mi rodilla, golpe en mi antebrazo. Golpe, golpe, golpe. Cincuenta segundos para impacto. No te pares. ¿Qué hago yendo a la tienda iglú? Sí, ya recuerdo: hay que recoger a Idkereda. Ordeno evacuación inmediata. Yo voy en sentido contrario porque voy a la tienda iglú, a por Idkereda. Ya recuerdo todo. El sueño se diluye en la realidad. Todo vuelve a mí. Está a cuarenta de fiebre. No ha mejorado. Está delirando. Las sienes me palpitan. Cuarenta y siete segundos. Alarma de impacto inminente. Los robots recogen el campamento a toda prisa. Los dos primeros misiles contra misiles fallan. Brumantra maldice. Alkai reniega. El mísil enemigo se acerca a muchas veces la velocidad del sonido y a muy baja altura. Es muy difícil, incluso para los ordenadores cuánticos, calcular con precisión trayectorias de intercepción. Las baterías de defensa lanzan misiles rastreadores pero no es seguro que consigan destruir el misil coleccionista. Cargo con Idkereda y empiezo el camino de vuelta.
- ¡Tengo a Idkereda! -grito- ¡Levantad el vuelo! ¡Alejaos! ¡Fuera!
Treinta y nueve segundos para impacto. Todo tiembla a mi alrededor. La tela metálica se agita. Los droides de Brumantra, Alkai y Surkoi alzan el vuelo sin perder el tiempo en desengancharse del campamento. Huracán. La tela metálica se desprende y me golpea y me envuelve en una red. El manto de invisibilidad sale volando. Da la impresión de que la mano de un niño caprichoso haya arrancado un trozo de la realidad y lo agite como si fuera un pájaro muerto y quisiera hacerlo volar. Pierdo el equilibrio. Me arrastro. Tiro de Idkereda; salimos de la red. No lo voy a conseguir. Treinta y cuatro segundos para impacto. Idkereda pesa demasiado. Una gravedad un cinco por ciento menor que la terrestre no es una gran ventaja. Dos pasos más. Ordeno al incurdroid que se acerque, pero no debe captar mis patrones neuronales porque sigue inmóvil, como si su dueño no estuviera a punto de morir. Treinta y un segundos para impacto. Cargo a Idkereda a mis espaldas y avanzo tres pasos más casi de rodillas. Las luces rojas me guían; al final del túnel está el vientre del droide que debería captar mis pensamientos y venir a rescatarme. Necesitaremos treinta segundos de margen para ponernos a salvo de la onda expansiva. No lo conseguiremos. Veintinueve segundos para impacto. La tela se desgarra, la luz del amanecer me deslumbra. Un monstruo de siete metros de altura nos aferra a Idkereda y a mí al mismo tiempo que arranca la tela metálica que rodea la entrada de mi incurdroid. Es Alkai. Alkai ha vuelto. Alkai no ha obedecido mi orden y ha regresado. Nos lleva en volandas los últimos metros y nos lanza dentro de mi incurdroid a través de la membrana de adhesión.
Veintisiete.
Por fin. El droide reconoce mis patrones neuronales y se pone en marcha. La máquina empieza a moverse incluso antes de acoplarme al puesto de mando. Reconfiguración de la cabina para acoger a Idkereda. Encendido de motores. Acoplamiento cerebral. Los tejidos del droide se cierran sobre mi cuerpo como si me hubiera puesto un guante. De repente mido siete metros de altura y puedo volar. Vuelo.
Brumantra:
- Impacto en veinticinco, veinticuatro,...
Vuelo rápido, muy rápido.
Vuelo tan deprisa como no había volado nunca. Lleno la cabina de gel. Aun y con la ayuda del gel, a diez veces la aceleración de la gravedad, mis ojos empiezan a parecerse más a un par de monedas que a un par de globos. Veo a Alkai a unos cientos de metros por delante de mi. Acelero aún más. No puedo moverme. El gel anti-g que llena la cabina del incurdroid nos protege a Idkereda y a mí pero quizá no nos proteja lo suficiente. Puede que nos rompamos algún hueso o tengamos un desprendimiento de pleura o ambas cosas. El caso es que sólo pienso en aumentar la velocidad. Brumantra y Surkoi van muy por delante. Quizá ellos sí lo logren. Yo me estoy quedando ciego y estoy a punto de perder el conocimiento por falta de sangre en mi cerebro.
Brumantra:
- Impacto en diez, nueve, ocho...
No lo conseguiremos. La máquina sola podría conseguirlo. Pero no con nosotros en su interior. Los incurdroid pueden soportar aceleraciones que harían papilla a su parte humana. Los humanos somos el eslabón débil de la cadena. Doce g. De momento la cadena aguanta. No puedo hablar, así que pienso:
- Brumantra, Surkoi. Si Alkai y yo no lo conseguimos la prioridad absoluta será arreglar las cosmobalizas y comunicarse con la constelación Esparta.
Surkoi:
- ¡Por favor, señor, fuerce más la máquina! ¡Idkereda aguantará!
Demasiado tarde, pienso
Cierro los ojos.
Pienso: Escudos.
Brumantra:
- ... dos, uno, impacto.
Detonación en altura. Tal como habíamos previsto. Un flash blanco absorbe el mundo. Los escudos se tragan la mayor parte de las radiaciones. Aun así, saltan todas las alarmas internas. Hemos sobrepasado la dosis letal en varios órdenes de magnitud. Si los nanobots médicos de nuestra sangre no funcionan bien, moriremos en pocos minutos. En unos segundos vuelven todos los colores, pero pronto serán engullidos de nuevo por el infierno que se desata a nuestras espaldas y que ya empieza a ganarnos terreno. Las termobombas coleccionistas lanzan ondas de choque a casi veinte veces la velocidad del sonido. Nadie sabe cómo lo consiguen, en teoría es imposible, pero ese imposible había borrado ya del mapa a varias ciudades humanas enteras. Ascendemos los cuatro a máxima velocidad, buscando la mínima densidad atmosférica.
Brumantra:
- Diez segundos para contacto con onda de choque.
- ¡Cállate ya, maldita bruja! -grita Surkoi-. Señor, tenemos medidas de potencia y ninguno de nosotros escapará a esa termobomba. El frente primero les barrerá a ustedes y luego nos alcanzará a Brumantra y a mi. Deberíamos liberar la antimateria, señor.
- ¡Cállese, Surkoi -grito mentalmente-, no me diga lo que deberíamos hacer o dejar de hacer, maldita sea!
- ¡Lo siento, señor, era sólo una sugerencia!
Brumantra:
- Seis segundos y contando.
Nuestros incurdroids contienen suficiente antimateria como para provocar un pequeño apocalipsis. ¿Es eso lo que tenemos que hacer?
Surkoi:
- Señor, toda la antimateria caerá en manos Ínbid, y lo que quede de los incurdroid, también.
Surkoi no dudaba, y tenía razón: los contenedores aguantarían la onda de choque por muy fuerte que fuera, pero nuestros cuerpos no. La valiosísima antimateria, fuente de energía de la maquinaria de guerra humana, petróleo del s. XXIV, caería en manos Ínbid en cuanto los coleccionistas o los vispoides recuperaran los restos de los incurdroids. A no ser que yo diera la orden de autodestrucción. El protocolo de autodestrucción de los incurdroids era sencillo: consistía únicamente en desconectar los fuertísimos campos magnéticos que mantenían confinada la antimateria. Una vez liberada, el contacto con la materia haría el resto. Era simple, era limpio, era eficaz. Pero no era Surkoi quien tenía que tenerlo claro: era yo, yo era el comandante de la misión, yo quien tenía que dar la orden de autodestrucción, yo y nadie más, nadie más que yo tenía que asumir la responsabilidad de destruir buena parte de aquel mundo.
Brumantra:
- Tres segundos.
Surkoi:
- ¡Señor!
- De acuerdo.
- No... no lo hagas.
¡Idkereda! Idkereda había posado su mano sobre mi hombro.
- Es una trampa -murmuró.
- ¡No liberen la antimateria!
Brumantra:
- ...  onda de choque ... ya
Apreté los dientes. Creo que todos mordimos con fuerza y apretamos los puños.
No pasó nada.
Debería estar pulverizado, pensé.
En lugar de averiguar si había vida después de la muerte, oí la voz de Idkereda insistir:
- Es una trampa...
¿Una trampa?
- ... sí, una trampa, para que nos autodestruyamos... o para obtener información.
Puede ser cierto, pensé. Al fin y al cabo la información vale más que la antimateria. Siempre ha sido así y probablemente continuará siendo así mientras dure el Universo.
- Frenad -ordené-, estabilizad los droides, volvemos a la troposfera.
Surkoi:
- Qué cojones está pasando... ¿por qué no estamos muertos?
- Es un truco -musitó Idkereda, apenas consciente, engullido casi por completo por la fiebre, empapado en sudor helado.
- Maldita sea -exclamó Alkai. Poco a poco todos fuimos entendiendo lo que había ocurrido.
- Nos han engañado -explicó Idkereda, lentamente-, los coleccionistas han inducido una realidad falsa en nuestro cerebro.
Un viejo truco coleccionista.
- En realidad, ni el misil ni la explosión han sucedido.
Alkai:
- ¿Cómo has podido darte cuenta? 
- ¿Oísteis hablar de una nueva arma contra el Ínbid?
Sí, claro que habíamos oído hablar.
- Pues soy yo.
Surkoi:
- ¿Qué quieres decir, Idkereda?
- El cerebro tarda unos treinta milisegundos en integrar todas las percepciones en una visión consciente de la realidad. Los científicos militares descubrieron, no me preguntes cómo, que en los casos de inducción de falsa realidad que había habido al entrar en naves coleccionistas este intervalo era imperceptible.
- Para nosotros es imperceptible siempre, Idkereda -dije yo.
- Para mí no. Yo lo percibo.
Brumantra:
- Señor, cincuenta mil unidades vispoides simbióticas se dirigen hacia aquí desde el sur. Intercepción en menos de dos minutos.
El único que habló fue Idkereda:
- Los neuroingenieros redimensionaron mi red neuronal y me implantaron varias redes secundarias con un paralaje más grande que nunca. Si no percibo los treinta milisegundos de retraso normales entonces sospecho que es una realidad falsa inducida por el Ínbid. Si se construye a partir de mis percepciones hay un retraso de treinta milisegundos, si la construyen computadoras Ínbid, no hay retraso alguno porque la implantan hecha en mi cerebro.
Surkoi:
- Joder, ¿y ahora qué? ¿Son reales esos simbiontes, Idkereda? ¿Podemos fiarnos de lo que dicen los radares? ¿O en realidad las holografías están vacías?
- Sí.
Alkai:
- Sí... qué, Idkereda.
- Sí, os podéis fiar, las holografías están de verdad repletas de puntos luminosos.
Alkai:
- Pues fantástico, ahora ya saben que estamos solos.
No habían conseguido que nos destruyéramos nosotros mismos. Probablemente, bajo la influencia coleccionista hubiéramos creído activar el protocolo de autodestrucción  y al final lo único que hubiéramos conseguido es acabar muertos y el Ínbid se hubiera quedado igualmente con la antimateria. Pero aunque siguiéramos vivos, no habían fracasado: habían obtenido justo la información que necesitaban. Ya debían de haber deducido cuál era nuestra auténtica situación en aquel mundo: estábamos perdidos y estábamos solos, no había Armada humana alguna que nos cubriera las espaldas. Ante tal situación, tomé una decisión desesperada.
- Preparaos para utilizar los cañones de antimateria -ordené.
Fue la última orden que pude transmitir. De repente, todos los sistemas del incurdroid, menos los de soporte vital, se apagaron. Idkereda y yo empezamos a describir una trayectoria parabólica.
- Joder -musité.
Vuelvo a mi cuerpo.
Secuencia de reinicio. Secuencia de reinicio. Secuencia de reinicio.
No hay respuesta. No hay respuesta. No hay respuesta.
Pánico.
El ordenador de abordo está totalmente apagado.
En negro.
Sólo funcionan sistemas de soporte vital en configuración de auxilio y con las baterías de emergencia. Compruebo la antimateria. No hay fugas.
El sistema de contención de antimateria no está comprometido.
Respiro aliviado.
Seguimos cayendo.
Si no fuera por el rozamiento con el aire, sería una parábola perfecta, de las que se estudian en los primeros cursos de la escuela primaria.
Tampoco funciona la radio.
- ¿Fallo multisistema? -murmura medio delirando Idkereda a mis espaldas.
- Esto no ha sido un fallo multisistema -contesto.
Estamos sumidos en un silencio profundo e inquietante. El estruendo que provoca la masa del incurdroid friccionando contra el aire en su caída libre queda reducido a un lejano siseo en el interior del vientre de la máquina, donde Idkereda y yo nos acurrucamos desconcertados. Parece el siseo de una serpiente. No hay ningún otro ruido.
- Nos ha alcanzado algún tipo de pulso EM.
Idkereda está demasiado débil para contestarme pero seguro que en este momento está pensando: ¿no estaban estas máquinas acorazadas contra ese tipo de pulsos? A lo que yo hubiera contestado: Pues ya ves qué gran diferencia entre práctica y teoría.
Estamos totalmente indefensos.
Seguimos cayendo sin comunicación con el resto de la escuadra pero tampoco nos atacan los vispoides simbiontes.
Lanzo los paracaídas mediante controles manuales y amerizamos sin problemas. Nos quedamos flotando en el mar. La fiebre de Idkereda no baja. Los nanobots médicos no parecen poder hacer mucho contra lo que fuera que estuviera invadiendo su cuerpo.
- Vuelvo a flotar en el mar -dice el biólogo en un momento en que recupera la consciencia-, esto se está convirtiendo en una obsesión.
Idkereda volvió a quedar inconsciente en pocos segundos. Había que tomar decisiones pero no quería despertarle. Un sudor frío cubría todo su cuerpo. Podía sentirlo a través de la piel sintética que le cubría. Cuanto más descansara, mejor estaría. La única esperanza era que los nanobots médicos encontraran una solución antes de que lo que fuera que le estaba matando acabara con sus fuerzas.
Los sistemas del incurdroid seguían sin funcionar. Intenté no ponerme nervioso. ¿Habría monstruos marinos en aquel océano? ¿Tiburones? ¿Medusas gigantes? Me alegré de que mi cuerpo estuviera desconectado del cuerpo del incurdroid. Así mi sensibilidad acababa en mi piel y no se extendía hasta la piel de la máquina. De esa forma no sentía el agua tocándonos ni los bichos que pudieran acercarse hasta nosotros rozarnos con su cuerpo. Tenía suficiente información visual desde la cabina. Me acordé de los delfines. Los delfines eran animales simpáticos pero no era normal que hubiera delfines ahí. A saber qué otros animales poblarían aquel océano. A saber qué otros animales poblarían las profundidades sobre las que flotábamos en aquel momento.
Respiré profundamente y aparté todos esos pensamientos de mi cabeza. No eran útiles. Lo primero era comunicarse con el resto de la escuadra. Eso sí sería útil.
Lancé una bengala.
Al cabo de unos segundos me contestaron: una... dos... y un poco más lejos... tres. Y luego, la sorpresa: cuatro.
¿Cuatro?
Y en una posición totalmente diferente y de un color y un tipo diferentes a los reglamentarios, no era una bengala del ejército.
- Tenemos compañía -murmuré.
Los demás también debían haberla visto.
¿Un vispoide simbionte con sentido del humor? No, no utilizaban bengalas. Tampoco tenían sentido del humor.
Ni siquiera funcionaban los circuitos de lanzamiento de cámaras exteriores. El mar no estaba muy rizado, pero aun así mi campo visual era muy limitado. Me sentía casi como si estuviera en el fondo de un pozo.
De repente, vi acercarse algo. Eran delfines. Se aproximaban al incurdroid saltando.
Cuando llegaron hasta mi posición uno de ellos empezó a golpear la cabina con el morro. Daba pequeños golpecitos, como si estuviera llamando a una puerta. Abrí. Lo único que nos separaba era la membrana de adhesión, que se deformaba con el oleaje pero que tenía tensión suficiente como para no dejar entrar ni una gota de océano alienígena en la cabina. El morro del delfín sí entró, y quedó cubierto de piel sintética. Vi que en el morro llevaba un artilugio del tamaño de una cajetilla de cigarrillos sujeto con una cinta elástica. Parecía estar ofreciéndomelo. Lo cogí y el delfín se retiró.
El artilugio había quedado cubierto de membrana de adhesión transparente, así que podía manipularlo sin miedo a contaminación alguna. Todas sus superficies eran lisas excepto una de sus caras: había un botón verde. Un único botón verde.
- Me siento fatal, Adri -murmuró Idkereda-, tengo mucha sed y estoy delirando... me ha parecido ver un delfín dentro de la cabina. ¿Qué es lo que ocurre? ¿Qué está pasando?
- Alguien intenta comunicarse con nosotros -contesté.
Y apreté el botón.
- Bienvenido a nuestro mundo Terkuma.
La voz salía de aquella cajita que tenía entre mis manos.
- Por favor, no se asusten. Su rescate está en marcha.
- ¿Me pueden oír? -pregunté sin dejar de apretar el botón.
- Sí, podemos oírles.
Vaya, no era una mera grabación. Aquel aparato era un transmisor-receptor.
- ¿Quiénes son?
- Habitantes de este planeta.
- ¿Ínbid?
- No, Ínbid no.
- Entonces...
- Hay Ínbid en este planeta porque mantenemos acuerdos... mmm ... ¿cómo lo llamarían ustedes? ¿Comerciales? ¿Culturales? En cualquier caso, de ninguna manera estamos en guerra. Repito: no estamos en guerra. Les consideramos nuestros huéspedes... nuestros amigos.
- ¿Han desactivado ustedes nuestras máquinas?
- Sí.
- Eso no ha sido muy amistoso.
- También hemos desactivado las del Ínbid. No queremos más guerra aquí.
Un montón de preguntas se me ocurrieron de golpe. Dudé. Ellos tomaron la iniciativa:
- Por favor, comprendemos su desconfianza. Hemos escogido esta forma de contacto paulatino para evitar reacciones violentas. Suponíamos que si les avisábamos antes, habría menos riesgo de violencia. Esperamos no habernos equivocado. El poder de sus máquinas de guerra es grande, no podíamos acercarnos a ustedes sin primero desactivarlas. Entiéndanlo. No es una agresión. Es defensa. Les pedimos disculpas. Repito: les pedimos disculpas. Ahora nos acercaremos, por favor, permanezcan tranquilos. No queremos hacerles daño. Ustedes necesitan nuestra ayuda. ¿Aceptarán nuestra ayuda?
¿Aceptaremos su ayuda? Necesitábamos mucha ayuda, eso era cierto.
- ¿Cómo conocen mi idioma? -pregunté.
- No es la primera vez que entramos en contacto con ustedes.
- Nunca habíamos oído hablar de este planeta.
- Es normal. El contacto fue puntual y muy reducido. No se preocupen, no ocultamos nada. No queremos hacerles daño. No somos Ínbid. ¿Aceptarán nuestra ayuda?
- Si aceptamos su ayuda... ¿qué querrán ustedes a cambio?
- Paz.
Silencio.
¿Paz? ¿Qué tipo de moneda era esa?
- No lo entiendo.
- Queremos que no haya violencia. Sus máquinas grandes no funcionan, pero sus armas pequeñas sí. Queremos que no las usen cuando estemos cerca.
Miré el fusil de asalto ligero que había en la cabina del incurdroid, a mi lado. Y también tenía una pistola. Y el sable. El fusil probablemente no funcionara, pero la pistola y el sable seguramente sí.
- Por favor, ordene a sus hombres que no disparen cuando nos acerquemos -continuó la voz-. Uno de ellos ha estado a punto de disparar contra los delfines.
Así que disponíamos todos de un aparatito de comunicaciones.
- ¿Pueden oírme mis hombres?
- Sí.
- No nos fiamos de ustedes.
- No tienen otra alternativa -fue la respuesta de aquella voz-. Sólo intentamos ser amables, hacer las cosas bien, sin violencia. Por favor, pídales que no disparen cuando nos acerquemos.
- Está bien, les diré qué vamos a hacer. Vengan primero a por mí. Conmigo tengo un hombre que necesita atención médica urgente. De momento dejen en paz al resto de mi escuadra.
- De acuerdo. Nos parece razonable. En pocos segundos estaremos al alcance de sus sistemas ópticos.
Efectivamente, al cabo de poco pude distinguir una embarcación que se acercaba a la posición de mi incurdroid. Era un velero. Un único mástil y amplios espacios libres en cubierta. Al principio pensé en un drakkar vikingo, pero me fijé mejor y enseguida vinieron a mi mente los trirremes de la Antigüedad, con su espolón de proa y su tajamar curva y altiva sobre las olas. Dibujos de vivos colores adornaban los costados de la nave de forma parecida a como lo hacían los ojos que los griegos ancestrales pintaban en sus barcos para que miraran de frente a las olas. No tenía aquel bajel, sin embargo, remos y su popa era muy diferente a lo que yo recordaba de barcos antiguos: carecía de filigrana alguna y la cubierta en aquel lugar se elevaba por encima de la cubierta principal. Desde ese nivel superior, por lo que podía ver desde el incurdroid, parecían gobernar la nave. Allí, a popa, distinguí con más claridad que en ninguna otra parte del barco los seres que tomé por mis interlocutores. Uno de ellos manejaba cabos conectados a los extremos inferiores de la vela, y otros a su alrededor parecían dar órdenes. Mi primera impresión fue que parecían pulpos. Pero enseguida me convencí de que la realidad no era tan sencilla: no eran pulpos, se asemejaban más bien a lo que pudiera haber sido el resultado de cruzar un pulpo con un centauro. Tenían tentáculos en lugar de piernas, es cierto, y una cabeza extraordinariamente grande en relación a su cuerpo, pero debían de ser vertebrados porque sus cuerpos no se extendían fláccidamente sobre la cubierta del barco, ni se arrastraban por ella, sino que caminaban firmes sobre algunos de sus tentáculos e incluso, según pude observar, un par de estas extremidades, las más adelantadas, tenían articulaciones semejantes a las de nuestros brazos y acababan en apéndices muy parecidos a nuestros dedos. Aquellos seres tenían la misma simetría que un imán de herradura que tuviera situadas sus patas en paralelo al suelo y una encima de la otra. De la inferior surgirían sus tentáculos, seis de ellos hacían de piernas, tres a cada lado, y un par hacían de brazos. Y en la pata superior estaría situada su cabeza. Me recordó a la de los pulpos, por lo voluminosa que era, pero en lugar de caer blandamente se mantenía en suspenso sobre el resto del cuerpo y se unía a él mediante un cuello largo y delgado situado en lo que sería la parte curva del imán. Cubrían su cráneo con una redecilla negra y no pude apreciar muchos más detalles pero sí observé que su base, el equivalente de la nuca para los humanos, se inflaba y desinflaba de forma rítmica y pausada. Deduje que ahí debían de tener los pulmones. Y observé algo más: tenían rostro. O al menos algo que a mí, humano harto de ver medusas y vispoides, se me antojó un rostro. Ese era un detalle importante, en el Universo nunca se sabe con qué te puedes encontrar. De hecho, a partir de aquel rostro había podido describir su cuerpo extraterrestre. Tomándolo como punto de referencia, había ido ordenando el resto del cuerpo. En él distinguía lo que muy probablemente fueran dos ojos, situados como en los depredadores: frontalmente, para poder calcular bien las distancias que pudieran separarlos de posibles presas. Eran ojos bastante grandes y muy negros; a tanta distancia no podía distinguirlo bien, a pesar de los sistemas ópticos del incurdroid, pero, aparentemente, eran totalmente negros, sin pupila ni iris ni matices. Aquellos dos ojos fue prácticamente el primer detalle en el que me fijé. Supuse que el lugar donde estaban esos dos ojos debía de ser el rostro, y a partir de ahí organicé el resto de la morfología. Eso sí: no vi nariz. Y, donde debería haber estado la boca, ondulaban un montón de cilios, un bosque de pequeños tentáculos que oscilaban blandamente colgados del morro de aquellos seres, como una especie de lacia cabellera de gruesos cabellos que se bamboleaban blandamente al mover la cabeza sus portadores.
Podría haber sido peor. Al menos tenían aquellos dos ojos en los que poder fijar la mirada en caso de que finalmente acabáramos abordando el barco y hablando con ellos cara a cara. Lo de cara a cara es una forma de hablar. ¿Se ofenderían si les mirábamos fijamente a los ojos? El encuentro parecía, a aquellas alturas, con los incurdroids desactivados y sin apoyo de ningún tipo, totalmente inevitable.
Pensé en volver a comunicarme con ellos y preguntarles si les ofendería que les mirara a los ojos. Pero en el último momento preferí lanzar un mensaje a los integrantes de mi escuadra.
- Surkoi, Alkai, Brumantra. Aquí vuestro comandante Katmai. ¿Están bien?
Los tres contestaron afirmativamente.
- Se acerca un barco -continué-. Aparentemente es un barco de vela, aunque supongo que el viento no debe de ser su único sistema de impulsión. He visto a nuestros interlocutores. No tienen un aspecto muy agradable pero tampoco son repulsivos, desde luego no son coleccionistas de medusas ni vispoides. Parecen una especie de pulpos vertebrados, o algo así. Además, no parecen armados. Permanezcan tranquilos, repito: permanezcan tranquilos. Esas son mis órdenes. No sabemos a qué nos enfrentamos. Lo más prudente es permanecer alerta y tranquilos. De momento, esta gente nos ha demostrado tener una tecnología de pulsos anuladores mucho más avanzada que la nuestra o incluso que la del Ínbid. Así que no se fíen de las apariencias pero tampoco sean agresivos. Confirmen.
- Confirmado, señor -contestaron al unísono los tres.
- Les mantendré informados. De momento, Katmai fuera.
El barco estaba cada vez más cerca.
Dejé de apretar el botón verde y deposité el transmisor-receptor encima de una consola de mandos -en aquel momento totalmente inactiva-, aflojé las correas de seguridad -que era lo único que me sujetaba, pues todos los sistemas del droide seguían sin funcionar-, me alcé un poco y me giré. Extendí la mano hacia Idkereda y toqué su frente. Estaba ardiendo.
- Idkereda -dije.
Abrió un poco los ojos, pero estaba más inconsciente que consciente.
- Idkereda -repetí-, despierta Idkereda.
Idkereda me miraba con unos ojos llorosos que hervían a fuego lento en un cráneo consumido por la fiebre.
Puse mi mano de nuevo sobre su frente.
- Despierta, amigo -insistí-, tienes que estar despierto.
Al cabo de un segundo retiré mi mano de su frente y agité sus hombros con vehemencia.
- ¡No puedes rendirte! -añadí- ¡No ahora que estás a punto de cumplir uno de tus sueños de niño!

(Fin del capítulo 7 - Capítulo siguiente)

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