Capítulo 20. ANCIANO.


- ¿Qué querían decir los niños con aquello de que los humanos que vivían en este planeta eran iguales a ustedes, los terkumas?

- Ya se lo he dicho antes: que tienen nuestra cultura, no la humana.

Estábamos cenando en la estancia que nos habían asignado en el árbol-torre, igual que el día anterior, pero esta vez nos acompañaban Palabra y Árbol de luz.

El menú era muy parecido al de la noche anterior pero no hubo tantas quejas por parte de la escuadra.

- Palabra... ¿qué está pasando aquí?

Me sentía cansado y abatido. Tenía la sensación de que Palabra nos ocultaba información, de que la situación en realidad era mucho más compleja y peligrosa de lo que nos había explicado el día anterior. Por si fuera poco, no podía olvidar aquel comentario de los niños: ¿y si se referían a que los humanos habían sido modificados genéticamente? ¿Quizá incluso contra su voluntad? Quizá Palabra quisiera ser sincero, pero nos ocultaba información para facilitar el entendimiento en estos delicados momentos. Quizá Palabra quisiera ser sincero pero en el escenario había muchos otros actores y él estaba, en realidad, tan condicionado como nosotros. Por si fuera poco, tenía la sensación de que Surkoi estaba tramando algo. Su aparente calma me hacía desconfiar: me daba la impresión de que tras su rostro relajado se escondía un frenesí de cálculo de probabilidades de éxito de diversos planes de fuga.

- Creía que a estas alturas ya lo habrían comprendido.

Me sentía abatido porque a pesar de ser consciente de todo, mis opciones eran cada vez más escasas. Dejé el plato en el suelo (estábamos sentados en el suelo, en círculo, con las piernas cruzadas, y los terkumas estaban en sus columpiosillas, ante mi) y miré fijamente a los ojos a Palabra. Le dije:

- Nos hemos perdido. Estamos en un planeta infestado de medusas y vispoides en el que sin embargo hay una especie inteligente que asegura querer la paz. Pero no nos llevan hasta nuestro módulo para que podamos enviar un mensaje de socorro. Está pasando algo, pero no comprendemos qué, exactamente, y si sus deseos de paz son sinceros, tal como han dicho que así son, nos gustaría que se nos explicase qué está pasando. Con exactitud. Sin evasivas.

Palabra también dejó de comer.

- Intento evitar que su guerra con el Ínbid -contestó- se extienda hasta nuestro planeta. Intento evitar una guerra. Otra guerra. Eso es exactamente lo que está pasando.

Bebí un poco de agua.

- No lo entiendo, Palabra -continué-. ¿Cree acaso que de esta forma evitaremos la guerra? ¿Cree que con lo que estamos haciendo, con lo que hemos hecho hoy, evitaremos que la guerra llegue a este planeta? ¿Cree que evitaremos que llegue de ninguna forma?

- Sí, eso quiero creer.

Volví a beber agua. Para aquella gente hablar era muy importante. Esa era una idea que había comprendido en toda su magnitud a lo largo del día. Si quería obtener información, tenía que escoger bien las palabras y no darme por vencido ni desesperarme.

- Palabra -dije-, si realmente quiere tener una posibilidad ¿no debería estar hablando con diplomáticos y militares? ¿No debería estar hablando con el Ínbid? ¿No debería estar removiendo cielo y tierra para conseguir que nos fuéramos ya y dejáramos de crear problemas? En lugar de estar haciendo cualquiera de estas cosas se dedica a pasearnos arriba y abajo y a visitar escuelas y no nos explica de forma clara, de forma clara y comprensible para un humano, un comentario que hacen los niños.

Palabra inspiró profundamente. Sus cilios bucales ondularon. Sus ojos se cerraron. Luego expulsó el aire lentamente y habló:

- Antes de que se vayan, ustedes mismos han de convencerse de que no somos ninguna amenaza para la esfera humana de expansión por la galaxia. Y también hay que convencer al Ínbid. Si se van y no se han convencido no habremos hecho bien el trabajo. Mañana tenemos que hablar con el Ínbid. Hablar con el Ínbid es importante. Ustedes vendrán con nosotros. Mañana tenemos una ardua labor diplomática por delante, mucho más complicada que la que hemos acometido hoy. En cuanto a hablar con militares y políticos... puede que eso funcione en el mundo humano, pero aquí no, aquí las cosas no funcionan así, no es tan sencillo localizar un interlocutor. Aquí puede ser más útil hablar con los niños, si queremos que las cosas vayan bien, si queremos evitar la propagación de la guerra.

- ¿Hablar con los niños? -pregunté sin disimular mi extrañeza- ¿Qué capacidad de decisión tienen los niños? ¿Qué poder de decisión tienen los niños?

De repente se me ocurrió que quizá el político, diplomático o militar fuera precisamente nuestro interlocutor, Palabra, y que al llevarnos al colegio y a la Casa de la Palabra quizá estuviera haciendo una especie de campaña política.

- Palabra, usted... ¿exactamente qué es? -pregunté- Quiero decir ¿qué oficio tiene? ¿Qué autoridad tiene entre la gente del árbol-torre?

- No tengo más autoridad que la que pueda tener cualquier terkuma de mi edad.

- ¿Y cuál es su edad?

Antes de responder, Palabra estrujó entre sus cilios una de aquellas esponjas terkuma impregnadas de néctar.

- He olvidado mi edad. Cuando nos invadieron los keruva yo era un joven atolondrado, soñador e inexperto.

Guardamos silencio. Todos miramos a Palabra. Idkereda se había quedado con la cuchara a medio camino entre el bol de sopa y sus labios.

- ¿Quiere decir que… tiene unos doscientos años terrestres de edad? -preguntó.

- Sí -contestó Palabra.

- Entonces ha sido testigo de... -Idkereda se quedó en silencio durante un segundo-... de todo.

Palabra volvió a estrujar entre sus cilios la esponja de néctar y luego la dejó con parsimonia encima de una bandeja.

- He sido testigo -dijo el terkuma-, y sigo siendo testigo. Y quiero ser algo más que un testigo.

Sus ojos negros parecían mirar más allá de nosotros, más allá de las paredes de la habitación, más allá del horizonte. Parecía contemplar de nuevo la ciudad transparente desde las orillas del lago virtual.

- Nací cuando aún existían las ciudades transparentes -murmuró-, antes de la invasión keruva, en un tiempo en el que los terkumas construíamos naves con las que estábamos a punto de iniciar la exploración de los sistemas solares vecinos. Nuestra civilización se extendía por varios planetas de nuestro sistema solar, y en varias lunas de los gigantes gaseosos exteriores. Yo trabajaba en una luna de hielo, con grandes océanos líquidos bajo la superficie congelada. Aún recuerdo el desierto blanco a la luz de Almaru, el mayor gigante gaseoso de nuestro sistema, la soledad y el silencio, la sensación de lejanía, la nítida luz de las estrellas. Y aún sueño con las ciudades transparentes, con los paisajes estelares desde la órbita de Almaru... y con el dolor y la desesperación de toda mi gente, de toda la especie. Ya no quedamos muchos de aquella época. Sí, soy un anciano. No tengo más autoridad ante mi pueblo que la que pudiera tener un anciano. Sólo sé que no quiero más guerra.

- Nos ha engañado -dijo Surkoi-. Nos dijo que mañana a primera hora saldríamos hacia el módulo... y ahora nos dice que tenemos que hablar con el Ínbid, que nos espera una “ardua labor diplomática”. Con el Ínbid. ¿Es que no lo habéis oído? ¿Qué tenemos que hablar nosotros con el Ínbid? Me parece increíble: nos están tendiendo una trampa. Nos van a entregar al Ínbid. ¿Es que no lo veis? ¿Ya habéis olvidado que estamos en guerra? ¿Ya habéis olvidado lo que hacen las medusas a los humanos? ¿Lo que hacen los vispoides? ¿Ya habéis olvidado... todo? No lo puedo creer. ¿Qué harán? Confiéselo ya. ¿Nos meterán otra vez en una medusa? ¿Nos pondrán delante de un vispoide para que nos atraviese ahí mismo con su aguijón, de parte a parte? ¿Qué harán? ¿Qué pretenden?

- Les llevaremos ante un vispoide narrador.

Recordé el episodio de la playa.

- Señor, es una trampa -sentenció Surkoi.

- Les llevaremos ante un vispoide narrador -repitió tranquilamente Palabra- y luego partiremos hacia el módulo. Todo irá bien. La colmena a la que pertenece el narrador es amiga desde hace mucho tiempo. Tienen una propuesta que hacerles. Luego partiremos hacia el módulo y podrán enviar el mensaje de socorro. Pero tardaremos un día en llegar. La zona donde se estrelló su módulo está fuera de la red de teleportación cuántica. Además, es un ecosistema que aún se está recuperando y hay varias colmenas Ínbid trabajando. No se preocupen: la colmena con la que hablarán mañana intermediará ante el resto del Ínbid...

- Ya estoy más tranquilo... -dijo Surkoi sin molestarse en disimular el tono sarcástico.

- Intermediará con el resto del Ínbid -insistió Palabra-, pero aun así deberemos ser cuidadosos. Iremos en cromoplaneadoras y nos desplazaremos por el río. No podremos salir de una ruta previamente pactada.

- ¡Es una locura, señor! -exclamó Surkoi- ¡No podemos aceptar estas condiciones! ¡No acepte estas condiciones!

- ¿Y qué condiciones son aceptables para usted, piloto? -respondí con un tono de voz premeditadamente suave- ¿Y cómo quiere negociarlas? ¿Qué as oculta en la manga para poder negociar las condiciones que sí nos interesan, piloto? Díganos, ilústrenos. Estamos esperando. Este comandante le escucha atentamente. Muy atentamente. Es el momento de hablar, piloto.

Surkoi guardó silencio.

Toda la escuadra guardó silencio.

- Si alguien tiene algo que decir es el momento de hacerlo -dije-. Si alguien sabe algo que yo no sepa, es el momento de decirlo. Vuestro comandante os escucha.

Ninguno de ellos dijo nada. Todos miraban el plato de comida. Menos Idkereda. Idkereda estaba leyendo el diario de Danel Primero. Parecía ajeno al momento de tensión que vivían el resto de sus compañeros, absorto en la lectura del diario, después de haberse comido tranquilamente todo lo que le habían ofrecido los cocineros terkuma.

Palabra se descolgó de su columpio silla y caminó hacia nosotros moviendo lentamente sus tentáculos. Rodeó el grupo y se encaró conmigo.

- Katmai -dijo, al mismo tiempo que extendía sus tentáculos-brazo y los apoyaba en mis hombros-, sé que mi aspecto le confunde y desconcierta. Sé que, de hecho, no les resulta agradable. A ninguno de ustedes. Además, no saben interpretar con seguridad las expresiones de mi rostro ni entienden mi idioma. Se sienten inseguros. Lo sé. Por si todo esto fuera poco, no entienden cómo un lenguaje como el nuestro puede ser posible. A pesar de todo, no deben permitir que la superficie decida sus acciones. La superficie es tan... tan... tan superficial. Tan poco valiosa a la hora de construir algo importante. Ustedes son seres estelares. Viajeros de las estrellas. Herederos de miles de años de historia y cultura humanas. Deben saber distinguir entre lo que es y no es importante. No deben permitir que las cosas sin importancia, los detalles circunstanciales, los egoísmos y traumas personales les condicionen. Deben ser sabios. Deben tener voluntad de ser sabios.

Palabra hizo una pausa. Se mantuvo en silencio durante unos segundos, sin dejar de mirarme. Luego continuó:

- Eso sí es importante. Su voluntad. Katmai, debe darse cuenta de que su voluntad y la mía son iguales. Eso es lo realmente importante. Mi voluntad es la paz. No la paz para mí o para mi comunidad, la paz para todos. ¿No es acaso esa su voluntad? ¿Es acaso su voluntad la venganza? ¿Es usted, son ustedes, todos ustedes, tan pequeñitos que les mueve la venganza? ¿Y en la venganza esperan encontrar el sentido de sus vidas? Antes, en la escuela, ha dicho que si tuviera el poder para parar la guerra, la pararía. Pues bien: unamos nuestra voluntad, Katmai, paremos la guerra. Antes, en la escuela, las cosas no han ido exactamente como yo esperaba. Los niños tienen miedo. Y no son los únicos. Nadie quiere la guerra, pero hay mucho miedo. Tenemos que parar esa inercia hacia el miedo. Demostremos que es posible, Katmai. Evitemos la guerra. Ayúdeme.

Me sentí abrumado. Palabra me miraba fijamente. Aguardaba una respuesta.

Yo también extendí mis brazos y me agarré a los del terkuma. Me alcé con la ayuda de mi interlocutor. Él también se alzó, para mantener sus ojos a la altura de los míos.

Una vez en pie, entrelacé las manos en mi espalda, di media vuelta y me dirigí hacia la ventana. Miré hacia el exterior. Era de noche. Palabra no había cenado con su comunidad por hablar con nosotros. Las luciérnagas revoloteaban entre las ramas del árbol-torre.

- Katmai -añadió Palabra, a mis espaldas-, un hombre puede desconfiar de la mismísima esencia de la realidad, pero tarde o temprano tiene que tomar decisiones.

Suspiré. Me di la vuelta y le miré.

- Lo sé -dije.

- Piense en lo que le he dicho.

Palabra relajó sus tentáculos y sus ojos volvieron a estar a la altura de mi pecho. Miró al resto de la escuadra. Incluso Idkereda había levantado la vista del diario de Danel Primero y estaba expectante.

- Piensen todos ustedes en lo que he dicho -concluyó Palabra.

Dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

- Me voy a la cima del árbol para observar estrellas con los niños. Si desean venir, ya saben que serán bienvenidos -dijo antes de salir.

Árbol de luz nos contempló durante un par de segundos en silencio. Luego se descolgó de su columpiosilla y también se dirigió a la salida.

Justo antes de atravesar las cortinas se giró y, mirándonos, aseguró:

- Palabra es un anciano sabio. Me gustaría que pudieran escucharle como yo lo hago.

En lugar de retirarse en seguida, permaneció contemplándonos unos segundos más en silencio. Finalmente, se fue.

Idkereda giró adelante y atrás unas cuantas hojas del diario de Danel Primero. Luego lo cerró y, señalándolo, dijo:

- ¿Sabéis una cosa? Aquí habla de medusas.

(Fin del capítulo 20. Siguiente capítulo)

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