Capítulo 19. MAPAS.


Ya era media tarde cuando regresamos al árbol-torre. El azul del cielo se había oscurecido ligeramente y el sol de aquel mundo llevaba un buen trecho recorrido en su camino de descenso hacia el horizonte. Sus rayos oblicuos provocaban sombras alargadas y saturaban los colores del mar interior donde se alzaba la ciudad terkuma, y de la vegetación omnipresente en edificios e islas. Muy a lo lejos, el manglar formaba una muralla oscura que separaba la ciudad del océano abierto. Viajamos de vuelta en una lágrima de agua. Vimos cómo la Casa de la Palabra se hacía cada vez más pequeña a medida que nos alejábamos. Sobrevolamos embarcaciones y edificios y pasamos al lado de algunos teleportadores cuánticos en nuestro camino de regreso. Cuando estuvimos cerca del inmenso edificio vivo, la lágrima de transporte empezó a perder altura, maniobró suavemente y entramos por una de las dársenas que se abrían entre las raíces del árbol. Recorrimos el canal a pocos centímetros por encima del agua, cada vez más despacio, hasta que la lágrima llegó a la rampa que había al final, se detuvo del todo y se deshizo. Quedamos posados en tierra firme, un poco desconcertados: no acabábamos de acostumbrarnos a aquel medio de transporte, ni a tocar el agua y que no nos mojara. Iba profundamente en contra de toda nuestra experiencia sensorial previa. Los terkumas empezaron a ascender la rampa sin perder tiempo. Fuimos tras ellos todos nosotros, menos Idkereda, que emprendió el camino contrario: descendió unos metros hacia el agua y sumergió su mano derecha en ella. La sacó empapada y dijo:

- Es agua normal.

- No lo creo -dijo Alkai, que había seguido los pasos de Idekereda hasta acuclillarse a su lado.

- Yo tampoco -replicó Idkereda-, lo que quiero decir es que ahora moja como si fuera agua normal.

- Sus cantos deben de provocar algún tipo de cambio de fase -supuso Alkai-. Vete tú a saber qué substancias han añadido al agua.

Idkereda asintió. Estaba de acuerdo.

Era una tecnología totalmente desconocida y la curiosidad les podía a ambos. Les llamé la atención gritando sus nombres y les pedí que no se retrasaran.

Mientras nos movíamos por el interior del árbol-torre, hacia pisos superiores, pregunté a Palabra sobre lo que nos esperaba ahora.

- Visitaremos una escuela -me respondió él.

- Deberíamos emprender el viaje a la cápsula, Palabra -objeté.

- Emprenderemos el viaje mañana -dijo Palabra sin detenerse.

Un metro más adelante sí se detuvo y me miró fijamente.

- Ya les explicamos ayer que debíamos resolver ciertas cuestiones diplomáticas -añadió.

- Es lo que hemos hecho hoy, ¿no? -dije yo.

- Sí, pero aún quedan algunos detalles -respondió él-... Convencer a nuestros congéneres de que la paz es la mejor opción es sólo parte del trabajo. También tenemos que convencer al Ínbid de que ustedes no son un peligro, de que simplemente serán rescatados y se marcharán de este planeta. No queremos tener problemas con el Ínbid, ¿verdad? Ni ustedes ni nosotros. No sería bueno para nadie.

Surkoi se tensó pero levanté una mano y le contuve.

- Mañana a primera hora -dije.

- No se preocupen: mañana a primera hora -respondió el terkuma mientras cruzábamos el umbral de una puerta.

Nos encontramos en una estancia circular abovedada, muy amplia e inundada por una luz blanca difusa. El suelo ascendía suavemente hasta el centro del recinto, donde sobresalía una cúpula de unos diez metros de diámetro y de superficie espejada. Caminamos hacia ella. A su alrededor había esferas mucho más pequeñas que flotaban en el aire y se aglomeraban como uvas en racimos. En el interior de algunas de ellas había terkumas flotando con los ojos cerrados, como si estuvieran durmiendo. También había algunos terkumas que justo en ese momento entraban o salían de ellas. La superficie de las esferas parecía sólida pero al mismo tiempo quebradiza como la porcelana, sin embargo observé que a determinadas frecuencias del canto terkuma se volvía fluida y los terkumas la atravesaban como si se zambulleran en el agua. Los racimos de esferas se reflejaban en la superficie espejada de la cúpula central. Y los terkumas que había en su interior también, así como los que entraban y salían y nuestro propio grupo. Nuestro reflejo creció a medida que nos acercamos.

Palabra nos invitó a entrar en una de aquellas esferas.

- Van a sumergirse en una ensoñación -nos advirtió Árbol de luz.

Los humanos nos miramos desconcertados.

- Árbol de luz quiere decir que van a sumergirse en un entorno virtual -aclaró Palabra.

- ¿De qué clase? -preguntó inmediatamente Alkai.

- No sé cómo clasifican ustedes las ensoñaciones -respondió Palabra-... pero no se preocupen, en estos inmersores no olvidarán en ningún momento cuál es su situación real. Los utilizamos para que los niños vayan a la escuela. De hecho, ahora nos están esperando. Por favor.

Palabra señaló con uno de sus tentáculos-brazo un pequeño racimo de esferas que había descendido hasta situarse al nivel del suelo justo a nuestro lado.

- Idkereda y Brumantra, ustedes se quedan fuera -ordené-. Entramos Surkoi, Alkai y yo.

Miré a Palabra.

- De acuerdo -dijo el terkuma.

- Entonces vale – acepté, me incliné e inicié el movimiento para entrar en la esfera.

Árbol de luz cantó. Mi mano atravesó la superficie que me separaba del interior. Tuve la misma sensación que habría tenido si me hubiera puesto un guante ajustado.

En cuanto mi mano estuvo dentro de la esfera, sentí que una fuerza me empujaba hacia el interior. Más que algo que me hubiera agarrado de la mano y tirara de mí parecía una corriente de aire que me empujara suavemente desde el exterior hacia las entrañas de la esfera. Me dejé llevar. Se sumergió el resto de mi brazo, mi pecho y mi rostro y el resto de mi cuerpo. Me di la vuelta y me tumbé, con las rodillas ligeramente dobladas y los brazos tendidos a ambos lados de mi cuerpo.

La sensación de sueño fue inmediata. Lo último que vi antes de cerrar los ojos fue a Surkoi, Alkai y Palabra acceder a otros inmersores.

Todo fue muy rápido.

Al ceder a la sensación de sueño y cerrar los ojos, sentí que caía y me asusté.

Volví a abrirlos y ya no estaba tumbado ni estaba dentro del inmersor.

Me encontraba de pie en una pradera verde, situada en la ladera de un montículo. A cincuenta metros delante de mí tenía otra cúpula pero ésta era de cristal, aunque apenas se podía distinguir el interior porque estábamos a plena luz del día. Más allá de la cúpula se elevaba una muralla de espesa vegetación selvática. Me giré. La ladera descendía suavemente hasta orillas de un lago, a unos cien metros de distancia. Seguí la superficie del agua con la vista hasta el horizonte, donde pude ver, a lo lejos, estructuras que se alzaban hacia el firmamento azul. Era un horizonte urbano, pero no como el de las ciudades humanas, Nueva York, Sidney, Beijing, Nueva Buenos Aires, Zviozni Shangai o tantas otras... Era etéreo; he visto muchas ciudades humanas y he observado su perfil recortado contra el cielo a todas horas del día, tanto al amanecer como al anochecer y todos son sólidos, contundentes, incluso si la niebla cubre la urbe, siempre hay una línea que hace de frontera y separa claramente el mundo celeste del mundo terrestre. Aquella ciudad, en cambio, era translúcida, liviana y, además, irradiaba una luz suave, muy tenue, pero apreciable; como una fluorescencia, pero no una fluorescencia mineral sino vital, propia de las cosas vivas, de los cuerpos orgánicos en plena apoteosis de su lucha por la vida. Los edificios no eran paralepípedos perfectos de cromática plana pulcramente ordenados según una lógica burocrática; parecían más bien ondas, espirales y caracolas adornadas con filigranas iridiscentes que exploraran el espacio a su alrededor mientras se alzaban hacia el cielo igual que una ola fractal, uniéndose y separándose mediante intrincadas líneas, curvas, puentes inclinados y vasos comunicantes con una geometría más propia de la biología que de las matemáticas euclidianas.

Palabra, Surkoi y Alkai aparecieron a mi lado. Al principio no fueron más que sombras difusas, volúmenes de aire de una densidad diferente que distorsionaban la luz que los atravesaba, pero poco a poco fueron ganando opacidad y detalles hasta estar ahí conmigo de nuevo, hasta estar todos juntos otra vez, porque yo para ellos hasta ese momento seguramente tampoco había sido más que otra sombra.

- Es la imagen de una antigua ciudad terkuma -dijo Palabra señalando hacia el lago-. Los keruvas destruyeron todas las ciudades transparentes.

Palabra reposó su mirada durante unos instantes en el horizonte. Podía observar sus pulmones expandiéndose y contrayéndose de forma rítmica en la base de su cráneo, la ondulación pausada de sus cilios bucales, sus tentáculos-brazo extendidos ligeramente hacia delante, su mirada absorta. No era muy diferente a un humano sumido en sus recuerdos.

Alkai y Surkoi observaban obsesivamente todo a su alrededor, como si sus miradas fueran haces de luz que buscaran presos fugados en medio de la noche. Surkoi empezó a pellizcarse el rostro y las manos.

- No fuerce mucho la percepción cognitiva -advirtió Palabra sin dejar de mirar el horizonte- o perderá la sincronía con el flujo propioceptivo proporcionado por el inmersor.

Luego se giró hacia nosotros y nos pidió que le siguiéramos. Nos dirigimos hacia la cúpula situada ladera arriba.

Yo no pude resistir la tentación de fijarme atentamente en todo lo que percibía. Lo más atentamente que pude. El aire entrando y saliendo de mis pulmones, acariciando mi piel, mis músculos tensándose al caminar, el peso de mi cuerpo presionando sobre la suave ladera, cubierta de hierba... Incluso me agaché un momento a medio camino y toqué la hierba. Y era cierto: si exigía un gran detalle a todo lo que percibía entonces todo perdía definición, se volvía borroso, como en los sueños. Me alcé enseguida y continué caminando. No quería quedar varado en un limbo.

Le ordené a Alkai que calibrara sus sistemas de detección de realidad virtual.

Me contestó que estaba en ello.

Yo recordaba dónde se encontraba mi cuerpo físico, aunque mi mente estuviera inundada de sensaciones que correspondían a la ladera de un montículo en la cima del cual se suponía había una escuela terkuma: en realidad me encontraba en la sala de la cúpula espejada, en el interior del árbol-torre, pero no tenía ninguna percepción de esa realidad, de lo que se suponía era la auténtica realidad. Todas mis percepciones provenían de donde aparentemente me encontraba en ese momento. Pero Alkai no era como yo. Los bio-ingenieros militares habían rediseñado parte de su red neuronal y le habían implantado dispositivos que podían acelerar el flujo de información a través de las sinapsis neuronales. A juzgar por lo que había ocurrido esos días, no debía de ser un diseño tan moderno y eficaz como el de Idkereda pero en una inmersión como aquella debería poder percibir las dos realidades al mismo tiempo y valorar si sus sistemas de detección funcionaban correctamente.

Intenté imaginar lo que debía ser percibir dos realidades diferentes a la vez: lo que debía ser estar en dos sitios totalmente diferentes al mismo tiempo. No pude: me mareé.

- ¿Se encuentra bien? -pregunté mirando a Alkai.

- Sí, señor, perfectamente -me contestó-, todo funciona como debería.

Cuando entramos en la cúpula me di cuenta en seguida de que las reglas habituales de la geometría euclidiana habían dejado de funcionar, como si estuviéramos en un espacio tiempo extraordinariamente curvado. Me sentí confuso: mi mente no estaba acostumbrada a que el espacio se abriera ante ella y descubriera caminos y rutas en lugares que una fracción de segundo antes parecían limitados a una única posibilidad. Palabra nos advirtió de que no intentáramos entenderlo y que le siguiéramos, pero era inevitable sentirse inseguro al caminar por aquella escuela terkuma, por muy cerca que nos mantuviéramos de Palabra. El espacio se estiraba y se contraía sin previo aviso, los caminos se bifurcaban no sólo hacia derecha e izquierda sino hacia arriba y abajo, y los volúmenes florecían inesperadamente dando lugar a estancias, túneles o pozos donde un momento antes no parecía haber nada. Acababas desconfiando de tus propios sentidos y teniendo la sensación de estar en caída libre continua, y sin apenas poder controlar tu propia deriva. Casi hubiera sido mejor caminar a ciegas.

En medio de esta confusión geométrica, percibimos el canto terkuma en seguida. Llegaba hasta nosotros diáfano y firme.

- Guíense por el sonido -dijo Palabra.

Y eso hicimos.

Descubrí que el sonido era la baliza que necesitaba nuestra mente para deducir un camino en medio de aquella geometría no euclidiana y cambiante. Siguiendo el sonido llegamos a un aula rodeada por las paredes curvadas y transparentes de la cúpula. La luz inundaba la estancia proveniente de todas direcciones, suavizada por tenues pantallas protectoras situadas de tal forma que interceptaban los rayos directos del sol terkuma. Parecía la única estancia de la escuela, como si aquel aula ocupara por completo toda la cúpula, como si no hubiéramos atravesado pasillos, espacios y habitaciones para llegar hasta allí. Los alumnos reposaban en columpiosillas que colgaban en el aire enganchadas a la parte más alta de la cúpula. Estaban cantando en el momento en que nuestra pequeña comitiva irrumpió en el aula. Ante ellos, subido en una tarima, un terkuma mayor dibujaba líneas y símbolos indescifrables en el aire. Debía de ser el profesor, o algo parecido, y estaba rodeado de dibujos y caracteres, esquemas, colores y gráficos que flotaban orbitándolo como orbitarían planetas, asteroides y cometas alrededor de una estrella. Él mismo iba añadiendo más y más detalles al mover sus dedos en medio de aquella red de símbolos.

El profesor también cantaba, pero cuando vio a Palabra quieto a pocos metros de él, y a nosotros al lado de Palabra, se quedó en silencio y dejó de dibujar en el aire. Sus alumnos también dejaron de cantar.

Los ojos de aquel terkuma brillaron y los rasgos faciales que diferenciaban a aquel individuo del resto se alteraron ligeramente. Extendió sus tentáculos-brazo hacia Palabra y sus cilios bucales se ondularon alegremente al ser recorridos por rápidas ondas sinusoidales. Se acercó a nosotros, con los brazos extendidos, al mismo tiempo que su cráneo era recorrido por ondas azules con matices verdes y naranjas. Los colores se podían apreciar a través de la redecilla que cubría la cabeza del terkuma.

- Palabra viva sobre la piedra, amigo -dijo a modo de recibimiento.

Palabra y él entrelazaron sus tentáculos-brazo.

- Amigos todos -dijo mirándonos a nosotros- Sed bienvenidos.

- ¡También habla nuestro idioma! -exclamó Alkai.

- No -respondió él-, no hablo su idioma, pero los inmersores sí, los inmersores podrán traducirles lo que diga yo y podrán también traducir lo que digan ustedes.

- Tengan en cuenta que el sistema de traducción automática no es perfecto -dijo Palabra-, si hay algo que no entiendan, pregunten.

El profesor amigo de Palabra nos presentó a la clase, formada, según nos dijo, por terkumas cuyo desarrollo era el equivalente al de los niños humanos de unos diez a doce años de edad. Un poco mayores que Nevando cerezas, añadió Palabra.

- Te agradecemos mucho que hayas venido a visitarnos, Palabra -añadió el profesor-, todos sabemos que la situación es muy difícil.

Quizá los únicos que no estuviéramos tan al tanto de la situación como nos hubiera gustado estar fuéramos nosotros, los humanos.

Observé que todos los niños terkuma llevaban gafas. Supuse que era un dispositivo de grabación y consulta en red. También me fijé en que sus manos estaban extendidas en el aire y sus dedos parecían manipular con movimientos lentos y repetitivos instrumentos invisibles suspendidos en el aire. Todo lo que veíamos Alkai, Surkoi y yo en aquel lugar podíamos entenderlo, más o menos. No era muy diferente a un aula humana. Pero había algo que no encajaba. Con toda aquella tecnología ¿aún era necesario aprender las tablas de multiplicar cantando? Los cantos que acabábamos de escuchar no tenían una cadencia repetitiva y monótona. No eran tablas de multiplicar. Pero entonces ¿qué eran? ¿Canciones terkuma para niños? ¿Cuentos? ¿Leyendas? ¿No eran un poco mayores esos niños para semejantes tonterías?

- ¿Por qué cantaban? -pregunté.

El profesor me miró durante un par de segundos en silencio.

- Esto es una escuela -dijo finalmente.

- Sí, lo sé -respondí-, ¿pero por qué cantaban?

Entonces mi interlocutor miró a Palabra. Tuve la impresión de que la traducción automática no era suficiente, de que era necesaria la labor de un intérprete.

- En las escuelas terkuma se aprende todo cantando -explicó Palabra.

Recordé que la tradición oral había sido la principal forma de transmisión de conocimiento en las culturas humanas hasta la invención de la imprenta, y aun mucho después.

- ¿Para facilitar la memorización? -pregunté.

- Sí, el ritmo y la rima facilitan la memorización -admitió Palabra-, eso ya lo saben ustedes los humanos tan bien como nosotros.

- ¿En sus escuelas sólo se enseña a memorizar, Palabra? -intervino Alkai-. Supongo que está muy bien mantener viva la tradición oral de una cultura, sus poemas, su mitología, pero el conocimiento memorístico es un conocimiento estéril... ¿no?

- Ustedes no lo entienden -explicó Palabra con voz tranquila-, no sólo se trata de que el ritmo y la rima nos ayuden a memorizar, eso es secundario. La música son matemáticas y las matemáticas son objetos, entidades, y relaciones entre ellos y reglas que rigen estas relaciones. Nosotros ordenamos nuestro conocimiento y lo traducimos al lenguaje de la música. La música es una forma de escribir nuestro conocimiento.

Palabra siguió hablando. Lo que decía era coherente, pero me costaba muchísimo imaginármelo, visualizarlo. Entendía más o menos las pinceladas maestras, los rasgos generales, pero se me escapaban los detalles. Todos los oficiales de la Armada estábamos obligados a tener una mínima formación en Física y Química, Nanotecnología y Biología. Era imprescindible si queríamos entender el impulso Marcelo, los androides semivivos con los que nos simbiotizábamos para luchar, las especies alienígenas contra las que luchábamos o los aparatos que nos permitían obtener energía, agua y comida en entornos extremadamente hostiles. Saber de estas cosas era una condición ineludible para sobrevivir en el siglo en el que me había tocado vivir. Por eso no me perdí del todo cuando Palabra empezó a hablar de moléculas, átomos, partículas, ondas, campos y ecuaciones. Una función de onda, un tensor, un vector o simplemente un número podía estar representado por una nota musical o por un grupo de notas y lo que se le hiciera a esa función de onda, derivarla, integrarla, renormalizarla o pasearla arriba y abajo por los alrededores de una estrella de neutrones o por el filo del horizonte de sucesos de un agujero negro, fuera lo que fuera, tenía una melodía, una melodía particular, y era una melodía diferente para cada cosa. Pero no era tan sencillo. No era exactamente así: es más bien que todos los elementos que había en una ecuación, o en cualquier conjunto de conocimientos relacionados entre ellos, se podían transcribir en una partitura, como notas, o grupos de notas, y entonces estas notas no podían estar de cualquier manera en la partitura, de la misma forma que la energía y la curvatura del espacio-tiempo no pueden estar de cualquier forma relacionadas en las ecuaciones de Marcelo.

En fin, quizá sí fuera así, al fin y al cabo.

Lo único que me quedó totalmente claro es que no era un conocimiento mecánico, exclusivamente memorístico, estéril; ahora bien: para crear nuevas teorías tenías que saber música y ser, además, un buen músico. Los niños que tenía enfrente ni siquiera tenían que entenderlo. Llevaban aprendiendo de esa forma toda su vida. Estaban preparados simplemente para aprender así, aunque estaba seguro de que si les hubiera preguntado no habrían sabido explicármelo. Yo tampoco habría sabido explicar cómo mis oídos transforman ondas de presión en impulsos eléctricos y redes neuronales en mi cerebro transforman esos impulsos en un mensaje.

Horas después, Idkereda quedaría fascinado cuando le contamos lo que habíamos visto en la escuela terkuma. Sobre todo le maravillaría su forma de aprendizaje mediante canciones. Surkoi se reiría de él y diría que era una forma de aprendizaje simple y estúpida. A lo que Idkereda respondería que no tenía nada de simple ni de estúpida: que los aborígenes australianos habían utilizado un sistema similar durante decenas de miles años para preservar su cultura y sus conocimientos.

- Hasta que llegaron los europeos y los aniquilaron porque durante miles de años no habían aprendido nada nuevo, sólo se habían dedicado a repetir una y otra vez los mismos mitos -se burló Surkoi.

- No lo entiendes, Surkoi -respondería Idkereda imperturbable-, los archivos se corrompen, los mecanismos fallan, los soportes físicos se degradan, los datos se pierden: hay que renovarlos continuamente. Si esta gente sufre un cataclismo mañana, ellos mismos serán sus bibliotecas. Los terkumas han conseguido unir lo mejor de ambos mundos: memoria oral y pensamiento crítico. Han conseguido que la memoria oral no se limite a una repetición inconsciente de lo aprendido.

Surkoi zanjaría la discusión con un ademán de impaciencia al tiempo que exclamaría:

- ¡Tonterías!

Aún quedaban horas para aquella conversación, pero yo ya la intuía, y cuando se produjo no fue muy diferente a como lo había imaginado. De momento, Surkoi pidió permiso para ir a explorar la escuela. Palabra no se opuso.

- No salga de la cúpula -le ordené.

Pensé que por muy grande que fuera aquel recinto, si los inmersores estaban bien sicronizados con nuestras mentes, y hasta aquel momento parecía ser que así era, le bastaría con querer regresar para que la máquina le mostrara una ruta a través de aquel laberinto no euclidiano. Evidentemente, era arriesgado. Pero tanto Surkoi como yo consideramos que los datos que podíamos recopilar compensaban con creces los riesgos.

- Por cierto -pregunté cuando Surkoi atravesó una puerta que aparentemente daba al exterior-... ¿de qué es la clase?

- De anatomía -contestó Palabra.

Alkai y yo nos miramos.

- Pero no se preocupen -nos tranquilizó el terkuma-, no vamos a viviseccionar a nadie.

¿Estaba siendo sarcástico? ¿Cínico? ¿O simplemente pretendía gastar una broma para distendir el ambiente? Palabra no sólo sabía hablar nuestro idioma: también entendía los rudimentos del humor humano, pero a mí me resultaba difícil interpretar las expresiones de su rostro, las flexiones de su voz y los colores de su cráneo. Entendía las palabras, pero se me escapaban aún muchos detalles del lenguaje no verbal.

Palabra se situó entre Alkai y yo y nos agarró suavemente del brazo.

- Linda, Adri, venid conmigo -dijo.

Nos acercamos a los niños. Me había llamado por mi nombre de pila, de nuevo. Y a Alkai también. Podría haber sentido rechazo por esa muestra de confianza, incluso podría haberme sentido ofendido (aunque dudo mucho que esa hubiera sido la intención de Palabra), o simplemente desconcertado. Pero lo que ocurrió al acercarnos a los niños terkuma hizo que mi mente se olvidara rápidamente de las confianzas que se había tomado Palabra.

De repente no estábamos ante veinte niños. Estábamos ante cuarenta. Ochenta. Un paso más y ya eran ciento sesenta. Perdí la cuenta. A medida que nos acercábamos las filas de columpiosillas se abrían y aparecían nuevas filas entre ellas. Y si seguíamos acercándonos aparecían más y más filas. En pocos segundos, Alkai, Palabra y yo estábamos rodeados de un bosque de columpiosillas y una innumerable cantidad de ojos terkumas se fijaron en nosotros.

- Niños -empezó a decir Palabra-, ¿humanos y terkumas son muy diferentes?

- Sí, sí, sí … -se oía a nuestro alrededor.

- ¿Estáis seguros? ¡Mirad! ¡Ambos tenemos manos! -Palabra hizo que levantáramos los brazos. Él levantó sus tentáculos-brazo-. Las manos nos permiten fabricar herramientas, manipular objetos, afilar piedras, trabajar la madera. Son muy importantes tanto en la evolución humana como terkuma. No se puede manejar las manos con un cerebro simple.

- No tienen pulmones -dijo un niño-, su cabeza es demasiado pequeña.

Nuestra cabeza es demasiado pequeña. Cómo no lo había pensado antes. Ese detalle quizá explicara muchas cosas.

- Sí tienen pulmones -explicó pacientemente Palabra-, pero no donde los tenemos nosotros sino aquí...

Y cuando dijo aquí me dio un golpecito en el centro del pecho con su mano de alargados dedos tentaculares y me pidió por favor que respirara profundamente. Obedecí. Después de haber tragado el vómito de un alienígena no podía negarme a respirar.

- De todas formas su cabeza es pequeña -dijo otro niño-, ¿seguro que saben construir algo?

Muchos niños se rieron.

- No importa si su cabeza es más pequeña que la nuestra -explicó con paciencia Palabra-, su cerebro es tan complejo como el nuestro.

- No hay luz en su cabeza cuando hablan -objetó otro niño.

- A mi me han dicho que ni siquiera saben hablar.

Después de este comentario de otro niño, un murmullo general se extendió por todo el aula.

Palabra puso orden y contestó:

- Tienen un lenguaje muy diferente al nuestro.

Luego empezó la clase de anatomía comparada. Los terkumas tenían los pulmones en la base del cráneo. La circulación de aire, además de permitir el intercambio en los alveolos, de una forma semejante a como ocurría en los humanos, permitía refrigerar su cerebro que, efectivamente, sí era más grande que el nuestro, aunque no mucho más. La diferencia más notable entre sus meninges y las nuestras era la forma, no el tamaño. Su cerebro ocupaba el volumen que quedaba entre los pulmones y la parte superior del cráneo. En algunos sitios era plano como una tortilla. En otros puntos era tan grueso como el nuestro.

Las papilas gustativas se encontraban en los cilios bucales, nosotros las tenemos en el interior de la boca. Sus pabellones auditivos eran más parecidos a los de los murciélagos terrestres que a los nuestros. Sus ojos, negros; los humanos, policromados.

La clase también estaba siendo útil para nosotros. Incluso yo aproveché para hacer una pregunta:

- ¿Tenéis los terkumas algún sistema de ecolocación? -dije.

- No -me respondió Palabra-, pero sí somos sensibles a frecuencias de sonido que los humanos no podéis percibir.

Lo primero que se me ocurrió fue que las orejas grandes estaban consideradas antiestéticas en todas las culturas humanas, al menos, en todas las que yo conocía, pero me mordí la lengua.

Palabra, ajeno a mis pensamientos, continuó hablando un rato más, explicando cuestiones de anatomía y fisiología básicas. Al final les dijo a los alumnos que podían hacernos preguntas directamente a nosotros. En aquel momento, al tenerlos frente a mí en silencio, y habiendo escuchado las explicaciones de Palabra con lo que parecía ser un grado bastante alto de atención, pensé que serían tímidos. Pero me demostraron en seguida que no, que me equivocaba.

El primer niño que habló dirigiéndose a nosotros hizo una pregunta que el traductor automático del inmersor no supo interpretar.

- ¿Por qué sois tan diferentes? -dijo.

O al menos eso fue lo que interpretó el inmersor. Yo no le entendí, y Alkai tampoco. Palabra se había pasado los últimos quince o veinte minutos hablando de semejanzas entre el cuerpo terkuma y el humano. ¿Qué quería decir exactamente con aquella pregunta? ¿Por qué había especies inteligentes diferentes a los terkumas en alguna otra parte del Universo? Tenía que ser algo más sencillo. Debía de haber algún concepto que se había perdido por el camino de la traducción.

- No te entiendo -dije.

El niño terkuma extendió uno de sus tentáculos-brazo y señaló hacia Alkai y hacia mi.

- Vuestros cuerpos son diferentes, muy diferentes.

Quizá no había nada misterioso. Quizá simplemente habíamos topado con el tonto de la clase. Era una posibilidad.

- No entiendo por qué te extraña eso -dije-. ¿Qué esperabas? ... ¿que la vida en otros planetas fuera igual a la de éste?

Pero entonces otro niño dijo:

- No lo entiendes. Se refiere a que vosotros dos sois diferentes entre vosotros, muy diferentes. Ella tiene bultos y curvas y tu cuerpo es recto. ¿Sois especies diferentes?

Así que sólo era eso. Pero... ¿sólo se trataba de eso? Nevando cerezas también era niño terkuma y nunca se había extrañado por ese motivo. Quizá fuera demasiado pequeño, o quizá no se había atrevido a mencionarlo; o quizá era una combinación de ambas posibilidades.

Caí en la cuenta de la poca variabilidad que había observado entre los terkumas. Eran todos muy semejantes. Fruncí el entrecejo y me quedé callado unos segundos, reflexionando. Si la historia que nos había explicado Palabra era cierta, habían estado al borde de la extinción hacía menos de doscientos años terrestres y eso, quizá, podría explicar la poca variabilidad genética entre ellos. Pero... ¿seguro que no había nada más? Si observaba bien podía apreciar rasgos particulares en cada uno de ellos: pequeñas diferencias en las arrugas del rostro, en sus cilios bucales, en su frente, en sus orejas, en los cráneos,... pero ninguna característica física que me permitiera dividirlos en dos grupos claramente diferenciados como podría dividir a los seres humanos en machos y hembras. ¿Se habría percatado de este detalle Idkereda? Seguro que sí. Probablemente no le había dado importancia. Al fin y al cabo, hay muchas especies en las que resulta difícil distinguir los sexos de un vistazo. Los gatos, por ejemplo. Si con los gatos, terrestres, vertebrados y mamíferos como los humanos era difícil, qué no sería con los terkumas, alienígenas, inclasificables. Puede que Idkereda simplemente no me lo hubiera mencionado porque estaba ocupado observando y analizando los otros diez millones de detalles que nos rodeaban. Eché de menos tenerlo a mi lado. Me di cuenta de que yo mismo me había dado cuenta de que no parecía posible dividir a los terkumas en sexos pero no le había dado mayor importancia. Sin embargo, la curiosidad de los niños terkuma sobre las diferencias evidentes entre el cuerpo de Alkai y el mío parecía indicar que el tema era mucho más complejo de lo que aparentaba y que, probablemente, merecía más atención. Recordé, además, la confusión de Palabra sobre el género de Árbol de luz.

- No, no somos especies diferentes -contesté- Ella es mujer, yo soy hombre, simplemente.

Por lo visto, no tenía nada de simple para ellos. Mi respuesta provocó una oleada de murmullos entre todos los alumnos congregados en aquella aula virtual. Lo único que nos habían permitido conservar de nuestra vestimenta era nuestra ropa interior. El resto de prendas eran prendas terkuma: unos pijamas blancos bastante holgados, pero no tanto como para disimular por completo nuestro cuerpo. Los pechos y caderas de Alkai se apreciaban claramente a pesar de la línea holgada con la que estaban tallados los pijamas. Alkai era una chica joven. Yo era un hombre unos diez años mayor que ella. Mi cuerpo era rectangular, el suyo curvilíneo. La ropa terkuma no era lo suficientemente holgada como para ocultar esa diferencia.

En medio de todos los murmullos, uno de los niños reunió valor para hacer otra pregunta:

- ¿Estáis copulando?

Miré a Alkai. Tenía los ojos abiertos como platos y la parte sana de la cara, ruborizada. Era la primera vez que la veía ruborizarse. Jamás había visto que sintiera vergüenza por nada.

- Hay un problema de traducción -intervino Palabra.

- Ya me lo imagino -dije yo.

- Ellos nacen así -explicó Palabra apresuradamente-, con un sexo determinado, y son macho o hembra toda su vida. 

La explicación de Palabra no calmó la marea de murmullos y comentarios, más bien todo lo contrario. De hecho, también podría haber provocado nuestros propios comentarios. No pude evitar pensar en aquellas épocas oscuras en las que no pocas personas se sentían atrapadas en su cuerpo como si estuvieran encerradas en una cárcel. Hoy en día los avances en genética y cirugía han aportado un grado más de libertad al ser humano y hay gente que se cambia de sexo por mera curiosidad. Pero, ciertamente, no siempre ha sido así. Los seres humanos nacíamos y nacemos con el sexo claramente definido, al menos en una buena parte de individuos, y con eso tenemos que vivir el resto de nuestra vida, como un condicionante más de nuestra existencia, a no ser que intervenga la tecnología de forma contundente. Claro que también estaban los hermafroditas. ¿Sería ese el caso de los terkumas? ¿Serían hermafroditas? ¿Como los caracoles? A esas alturas de la conversación, era evidente que había detalles de la fisiología terkuma que desconocíamos totalmente y que eran fundamentales para entender lo que estaba ocurriendo en la escuela. Sin embargo, había algo más importante en aquel momento, algo más fundamental que conocer la fisiología terkuma.

Y decidí resolverlo ahí mismo, inmediatamente.

- ¿No habéis visto nunca a un ser humano? -pregunté.

Se hizo el silencio.

Todos me miraron sin atreverse a contestar.

- Tú -dije, apelando de forma decidida a uno de aquellos pequeños terkuma mientras le señalaba con un dedo-, ¿es la primera vez que oyes hablar de nosotros, los humanos?

Tardó un segundo en contestar. Pero creo que era simplemente una cuestión de timidez. Aquel debía de ser el tímido de la clase. Quizá Palabra e Idkereda tuvieran razón y no éramos tan diferentes, al fin y al cabo, a pesar de las apariencias.

- No -dijo finalmente el niño-, no es la primera vez.

- Yo ya os había visto -dijo otro-, pero nunca tan cerca.

- Hay humanos que viven con nosotros -añadió un tercero- pero están al otro lado del planeta.

Ahí quería llegar yo.

- Pero... -intervino otro niño- vosotros... no sois de Danel Primero, ¿verdad?

Había sido suficiente con agitar un poco la botella y hacer una pregunta como quien descorcha el champán para que la espumosa curiosidad saliera a borbotones.

- ¿Quién es Danel Primero? -dije como si no supiera nada.

- Fue un humano que se perdió en el espacio -dijo un niño que todavía no había hablado, y empezó a cantar. Muchos otros se le unieron.

Navegante solar lejos de tu hogar en la orilla de nuestro mar eres uno más de los nuestros bienvenido navegante solar lejos de tu hogar en la orilla de nuestro mar jamás solo te sentirás

Supongo que si hubiera sido sensible al lenguaje como lo eran los terkumas incluso habría podido captar sus emociones y sentir lo que ellos sentían al explicar la historia de Danel Primero. Como no era el caso, y quizá fuera una lástima, aún no lo sé, aquella canción sólo fue una variable más en la ecuación que poco a poco iba montando en mi cabeza.

- ¿Y qué pasó con él? -pregunté.

- Vivió con nosotros hasta que entregó su materia -contestó uno de los niños.

- Quiere decir que murió -nos aclaró Palabra-, vivió con nosotros hasta que murió.

- Los humanos que viven en este planeta son de Danel Primero -dijo otro.

Supuse que lo que quería decir es que eran descendientes de los miembros de la expedición de Danel Primero.

- Pero nunca han estado en una clase con nosotros.

- Y... ¿por qué no? -pregunté.

- En otras clases sí que han estado, en otros cursos -dijo uno de los niños-, pero aquí no.

- Mis hermanos dicen que son como nosotros -añadió otro niño.

Alkai y yo nos quedamos mudos.

- ¿Qué significa eso, Palabra? -pregunté al cabo de un segundo, cuando recuperé el aliento.

- Significa simplemente que han nacido en este planeta -respondió Palabra-, que sólo conocen la cultura humana que les legaron sus padres, los miembros de la expedición de Danel Primero, que toda su vida han vivido entre terkumas y que tienen nuestra misma cultura.

Un poso de desconfianza y de inquietud permaneció en la boca de mi estómago, a pesar de que el tono de Palabra era convincente. Quizá aquel comentario del niño resultaba más inquietante que la presencia de medusas entre los terkumas.

- ¿Tendremos tiempo de conocerlos? -pregunté.

- Si así lo desean, no habrá ningún problema -me aseguró Palabra.

- ¿Es verdad que estáis en guerra con las medusas?

La curiosidad de los niños no tenía límites.

- Sí, estamos en guerra -respondí-, no sólo con las medusas, con el Ínbid.

- ¿Y con los keruvas?

- No conocemos a los keruvas.

- ¿Por qué estáis en guerra con las medusas?

- Ellas nos atacan y nosotros nos defendemos.

- Las medusas no atacan.

- Los keruvas sí.

- Sois raros los humanos.

- Las medusas ayudan. Nos ayudan.

- Arreglan nuestro planeta.

- ¿Por qué matáis medusas?

- Porque nos atacan -repetí-, nos atacan y tenemos que defendernos. Como os atacaron a vosotros los keruva.

Al oír la palabra keruva procedente de un humano, los niños dejaron de hacer preguntas y cuchichearon entre ellos durante unos segundos.

- ¿Han destruido las medusas vuestro planeta? -preguntó al final uno de ellos.

- Sí, han destruido alguno de nuestros planetas -contesté, paciente.

- ¿Tenéis más de un planeta?

- En estos tiempos, hay humanos en muchos planetas de la galaxia -les expliqué.

Más murmullos.

- A lo mejor son las medusas las que se defienden de vosotros -dijo un niño al fondo de la clase.- A lo mejor no las entendéis.

La imagen del pequeño terkuma se adelantó hasta primera fila, de forma que pudimos apreciar claramente sus rasgos faciales, pero antes de que tuviera tiempo de contestarle, otro niño preguntó casi gritando:

- ¿Va a haber guerra, Palabra? ¿Traen guerra los humanos?

- Los niños tienen miedo -dijo Palabra-, ustedes no pueden percibirlo pero yo al escucharles  también siento miedo, es como una mano fría que acariciara mi corazón. Respondan ustedes mismos. Es más, me sumo a la pregunta: ¿Traen guerra los humanos?

La historia de la Humanidad era la historia de sus guerras. Allí por donde pasaran los humanos, estallaba la guerra. Muchos terkumas me miraban, con sus ojos negros y profundos, Palabra también me miraba. Incluso Alkai me miraba. Ella también podría haber contestado. Era tan humana como yo. Pero yo era el comandante de la misión. Sin embargo, a nivel histórico, no era nadie.

- A nosotros tampoco nos gusta la guerra -dije finalmente-, si tuviera poder suficiente para pararla, la pararía ahora mismo.

- Mire -dijo Palabra-, su repuesta no resulta convincente.

Tenía razón: los niños seguían mirándonos como si esperaran algo de nosotros, y sus cráneos seguían adornados con pulsos de colores que denotaban miedo, muy semejantes a los que pudimos ver en Nevando cerezas cuando le asustamos en el barco.

Entonces Palabra empezó a cantar y, poco a poco, los colores que nos rodeaban empezaron a cambiar. Comprendí que intentaba tranquilizar a los niños. El traductor automático no podía seguir el significado de la canción, sólo traducía de vez en cuando una palabra suelta que no tenía sentido.

En ese momento, recibí una comunicación telepática de Surkoi.

Debía de llegar directamente de su inmersor al mío, sin pasar por sistema alguno de realidad virtual porque se produjeron interferencias que me provocaron una disrupción cognitiva. Durante un angustioso segundo tuve la impresión que salía de mi cuerpo, como si la esencia de la vida se me escapara a través de los poros de mi piel. Durante ese angustioso segundo me sentí tumbado flotando en el aire mientras seguía viendo mi cuerpo erguido ante los niños terkuma. Al segundo siguiente sentí que caía hasta que mi caída se frenó de golpe y me vi inmerso en la burbuja de realidad virtual; sin embargo, mis sentidos gritaban que estaba de pie. Me mareé y noté que Alkai me sostenía procurando que no se notara mi confusión.

- He encontrado algo, señor -decía Surkoi en medio del caos que devoraba mi cabeza.

- ¿De qué se trata, piloto? -fui capaz de inquirir.

- De mapas -respondió él-, una sala de bolas planetarias y sus correspondientes mapas, señor, con toda la orografía de este planeta y latitudes y longitudes indicadas.

Ordené a Surkoi que cerrara el canal y que regresara lo antes posible.

Palabra continuó hablando con los niños durante un rato. Nos hicieron alguna que otra pregunta más. Cuando por fin dio por concluida la clase, él y el otro terkuma, el profesor, se agarraron de los brazos y se miraron a los ojos.

- Te estamos muy agradecidos por todo lo que estás haciendo -dijo el profesor.

Palabra parpadeó e inclinó ligeramente la cabeza. Supuse que era justamente lo que parecía: un gesto de agradecimiento. Luego volvió a mirar a los ojos al profesor y afirmó:

- Se acercan tiempos difíciles. Espero que todo salga bien, al final.

Nos despedimos.

Para regresar a la realidad salimos de la cúpula y descendimos la ladera hacia el lago. Nos sumergimos en el agua. El frío nos despertó.

Flotar en el agua hizo que el retorno fuera menos traumático.

Supongo que para los bebés también es menos traumático nacer en el agua.


(Fin del capítulo 19. Capítulo siguiente)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Capítulo 1. HERENCIA.

Capítulo 7. APOCALIPSIS.

Capítulo 11. MANGLARES.