Capítulo 18. VOLCÁN.

  - Qué cabrón -susurró Alkai, con voz queda y sonrisa cínica.

Sus labios sonreían pero su mirada era la que se le ponía cuando iba a pegar una paliza a alguien que le había mirado demasiado fijamente la cara.

Conocía bien esa mirada.

Y no era el único foco de incendio.

Surkoi dio un puñetazo en la mesa.

- ¡Qué significa esto! -gritó.

Brumantra parecía absorta en su mundo interior. En realidad estaba visualizando mediante realidad aumentada las diferentes opciones que teníamos en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

- No me lo puedo creer -dijo Idkereda.

La situación se estaba descontrolando.

- Basta -dije.

Surkoi hizo ademán de levantarse y le agarré por la ropa.

- ¡He dicho basta! -insistí-, estoy bien, compórtense, no se les puede sacar de casa.

Si sobrevivíamos, respetaría muchísimo más a los diplomáticos.

Su trabajo es durísimo.

- No vamos a estropearlo todo ahora, ¿no? ¿No, Alkai?

La mujer inspiró profundamente. Estaba intentado controlarse.

Los ojos de Brumantra volvieron a enfocarse en el mundo que le rodeaba.

- ¿Qué clase de broma es ésta, Palabra? -preguntó Idkereda.

- No es ninguna broma -explicó el terkuma-, soy uonmmon.

- ¿Qué es eso? -dijo Surkoi- ¿Una religión?

- Los terkuma no tenemos religión -respondió el terkuma-. Se puede traducir como ser vegetariano, más o menos.

- ¡No me extraña! -exclamó Alkai-... ser vegetariano aquí es cuestión de salud.

- No es por una cuestión de salud.

No sé si el terkuma había captado el tono insolente del comentario de Alkai. Si así había sido, había decidido responder como si no hubiera sido un comentario con ánimo de ofender.

- Entonces ¿por qué es? -respondió Surkoi-, ¿por superstición?

- Es una cuestión de conciencia -afirmó el terkuma, muy tranquilo.

Los humanos nos miramos entre nosotros. Palabra había demostrado en más de una ocasión tener un dominio de nuestro idioma tal que podía permitirse el lujo de jugar con las palabras y bromear a voluntad, pero en aquella ocasión no bromeaba. Nos estaba arrastrando a una conversación seria. No quería bromear.

- ¿Qué quiere decir? -preguntó Idkereda.

- Intento que mi forma de vida no implique acabar con otras vidas.

Creo que a todos los humanos se nos quedó cara de pasmo. El resto de terkumas seguían comiendo tranquilamente. Los terkumas que nos atendían habían traído más platos, incluso para nosotros los humanos, y el resto de terkumas estaban dando buena cuenta de ellos. Los humanos, sin embargo, no probamos bocado. Yo ni siquiera podía mirar la comida. Se me revolvían las tripas.

- ¿Está hablando en serio? -insistió Idkereda.

La comida de Palabra era diferente a la de los demás. Parecía un plato de garbanzos. Se los comía lentamente. Uno a uno.

- Sí, por supuesto -dijo el terkuma entre garbanzo y garbanzo.

- ¿Cómo... un ser supuestamente avanzado... puede tener... -Surkoi le miraba con el rostro deformado por el desconcierto y la repulsión- una postura tan... tan...

Nuestro piloto se calló durante un segundo. Finalmente, encontró la palabra que andaba buscando y acabó la frase:

- ... ¡ridícula!?

El terkuma no se inmutó.

- ¿Por qué ridícula? -preguntó.

- Lo que Surkoi quiere decir es que si se come un vegetal también está acabando con una vida -explicó Alkai, muy seria.

- Lo sé -respondió Palabra-. Sólo como frutos, semillas y productos elaborados a partir de frutos y semillas. También, alguna vez, productos animales procedentes de lo que ustedes clasificarían como ovíparos y mamíferos. La mayoría están modificados genéticamente para evitar la carencia de nutrientes esenciales.

- ¡Ridículo! -exclamó Surkoi- ¡Es ridículo!

- Vuelvo a preguntarle por qué.

- Porque el Universo entero es... ¡es una guerra! O comes o te comen -respondió Surkoi furioso-, su postura es ridícula, absurda, el mero hecho de que estemos aquí es posible gracias a que nuestro sistema inmunitario está devorando continuamente millones de bacterias que de otra forma nos devorarían a nosotros.

- Sí, es cierto -admitió el terkuma, inmutable.

Se comió un par de garbanzos más antes de seguir hablando. Cuando los hubo masticado y deglutido parsimoniosamente, añadió:

- Y yo pregunto: ¿qué soy yo, humano Surkoi? ¿Qué somos usted y yo? ¿Una célula, una bacteria, un mero robot biológico? Pregunto: ¿así tengo que ser yo simplemente porque así es el Universo? Como conciencia libre que intento ser ¿no puedo escoger otro camino? ¿O tengo que doblegarme a la inconsciencia pura de las fuerzas de la evolución que me han creado? ¿No puedo crear yo otra forma de estar en el Universo, otra forma de ser? Quizá sea ridículo intentarlo, es cierto. Puede que usted tenga razón. Quién sabe. Quién puede saberlo.

Y al cabo de un segundo acabó diciendo:

- No intentarlo sería indigno.

No bromeaba. Hablaba muy serio mientras masticaba parsimoniosamente los garbanzos. Al acabar de hablar se quedó mirando hacia un punto indeterminado situado delante de nosotros, totalmente ausente.

Una vez controlado el conato de incendio, me concentré en mis propios problemas. El sabor ácido era persistente.

Muy persistente.

Me daban arcadas.

Inútil beber.

Y ni siquiera podía pensar en comer.

Habló Árbol de luz:

- Los gusanos de los manglares viven en la parte sumergida de las raíces. La gelatina que los envuelve la segrega el propio árbol, es una especie de savia. Es una comida muy buena... ¿cómo dicen ustedes los humanos? Ah, ya recuerdo... ustedes dirían: manjar. Es un manjar. ¿No comen?

Creo que la intención de Árbol de luz era buena pero estaba consiguiendo que me pusiera más enfermo.

- No todos los terkumas disfrutamos de la claridad de conciencia de Palabra -continuó diciendo al ver que nadie respondía a su pregunta y tampoco ninguno de nosotros hacía ademán de empezar a comer-, no todos estamos dispuestos a seguir su camino, a ser... perdonen, me falta vocabulario,... a ser tan...

- Austeros -acabó Trae consigo.

Me estaba mareando y las arcadas iban a más.

Los terkumas siguieron hablando. Árbol de luz, de vez en cuando, nos traducía algún que otro comentario de los terkumas visitantes.

Básicamente, no entendían por qué no comíamos.

También quisieron dejar claro que no era nuestro dolor lo que buscaban.

- No hemos venido aquí a provocarles dolor -creo recordar que dijo nuestra traductora oficial, Árbol- no es provocando dolor como el corazón terkuma reposa no es venganza no es destrucción lo que buscamos si con una palabra tuviéramos que decir lo que buscamos esa palabra es construcción... así es... construyendo reposa el corazón terkuma... construyendo relacionando poblando el silencio de sonido y el vacío de hilos que unen puntos separados ¿comprenden? No hay mayor soledad que la del destructor ni mayor consuelo que el del arquitecto.

Esas creo que fueron las palabras. No estoy muy seguro porque yo a esas alturas me sentía fatal. Estaba totalmente empapado en sudor frío y temblaba porque estaba sujetándome las ganas de vomitar.

Asentí vagamente con la cabeza.

Al final, los terkumas visitantes se levantaron de la mesa y se fueron después de intercambiar fórmulas de cortesía con sus congéneres y con nosotros.

Yo no pude más.

Me tapé la boca.

- Está muy pálido, señor -dijo Brumantra.

Todos me miraban con cara de preocupación. Incluso nuestros anfitriones terkuma me observaban fijamente. No sé si era preocupación o desconcierto lo que se reflejaba en sus rostros.

Yo miré a Palabra.

- Sígame -me dijo el terkuma, y me agarró del brazo y me condujo, casi arrastrándome, fuera del local por una puerta lateral, diferente a la entrada principal.

El resto de la escuadra me siguió pero yo hice un gesto enérgico con el brazo y se detuvieron detrás de mi.

En cuanto salimos, Palabra me puso frente a unos parterres y dejé de contenerme.

Vomité.

El terkuma me sujetó la frente.

Hinqué las rodillas en el suelo. Me apoyé en un tronco de árbol. Las flores móviles nos rodeaban. Era lo que me faltaba. Las flores.

Nos hallábamos en un pequeño patio interior. Recuerdo que había una fuente. Recuerdo el sonido del agua, pero no recuerdo si había más terkumas a nuestro alrededor. Sinceramente, me hubiera dado igual.

El sabor ácido, que no me había abandonado en ningún momento desde que me sometí al ritual, volvió a inundarme con una potencia que me pareció suficiente como para querer echar todas mis entrañas.

Era humillante.

Apareció Idkereda.

- Adri -dijo, y vino hasta mi lado y se puso a sujetarme él también la frente.

- Ve con los demás -le pedí-, no pasa nada.

Un nuevo calambre recorrió todo mi tórax, incontenible.

- Aitken -insistí-, estoy bien, ve con los demás, diles que ahora voy.

- No pienso dejarte así.

- Es una orden.

- ¡Venga ya!

- Lo digo en serio, Idkereda -dije, lo más serio que pude.

Idkereda se fue de mala gana.

No me gustó ordenarle que se fuera, pero lo que menos necesitaba en aquel momento era a un amigo sujetándome la frente. Necesitaba sentir que aún era capaz de mantener una mínima disciplina entre los componentes de la escuadra, a pesar de mi lamentable estado. Palabra se había percatado del hecho de que nos habíamos llamado por nuestros nombres de pila.

- ¿Son amigos? -preguntó.

No sólo dominaba perfectamente nuestro idioma. También estaba al tanto de los protocolos humanos más habituales.

- Nos conocemos desde hace mucho -respondí.

Me sentía agotado.

Supongo que se dio cuenta de que no había respondido exactamente a su pregunta pero decidió no insistir en el tema. En lugar de eso, presionó con una de sus manos de largos dedos sobre uno de los troncos de flores móviles que nos rodeaban, dijo unas palabras en su idioma y el tronco supuró un líquido espeso y aromático. Olía a miel y limón.

- Tome un poco de esto.

Extendí mi mano derecha y me lo acerqué a la boca. Era ácido y ligeramente dulce a la vez. La verdad es que me asentó un poco el estómago.

- Katmai.

- Dígame.

- Siento mucho lo que ha ocurrido.

El tono de Palabra parecía sincero. Al menos bajo estándares humanos. Además, observé que por su cráneo cruzaban lentamente bandas de azul pálido. Era la primera vez que lo observaba en un terkuma mientras hablaba con un humano.

Me alcé.

- No ha sido agradable, la verdad.

- Lo sé -me respondió el terkuma-, pero no he podido hacer nada para evitarlo. Lo siento mucho. Sé que este ritual es repugnante para su cultura. Le pido disculpas y le agradezco profundamente que haya colaborado. Esto nos facilitará mucho el trabajo que tenemos que hacer.

Yo simplemente asentí con la cabeza. No tenía fuerzas para más. Regresamos al interior del local, pero ya habían salido todos, así que no nos entretuvimos. Quería que el resto de la escuadra me viera lo antes posible. Al salir a la calle, todo el mundo me miró expectante, incluso los terkumas, Trae consigo y Árbol.

- Estoy bien -dije.

Surkoi estaba mordisqueando una ramita. Alkai y Brumantra se habían hecho con un pequeño arsenal de piedrecitas y jugaban a hacer puntería sobre las flores móviles, que intentaban esquivar los proyectiles pero no conseguían moverse con la suficiente rapidez. Idkereda estaba sentado y rayaba el suelo con otra piedra. Podría haber dicho que hacía dibujos en el suelo pero más que hacer dibujos lo cierto es que se limitaba a rayarlo. Todos dejaron lo que estaban haciendo y posaron su mirada sobre mi. Si hubiéramos tenido korstk, nos hubiéramos puesto todos a fumar compulsivamente.

- Estoy bien -aseguré otra vez.

Árbol de luz y Trae consigo dejaron de mirarme y empezaron a hablar entre ellos. La escuadra siguió pendiente de mi.

Avancé unos metros.

- ¿Qué hacemos ahora? -pregunté.

Palabra tomó la iniciativa. Me adelantó y dijo:

- Hora de ir a la Casa de la Palabra.

Empezó a caminar sin mirar atrás. Le seguimos. Observé que ni Surkoi se deshacía de la ramita que estaba masticando ni el resto de la escuadra dejaba atrás las piedras que sostenían con sus manos en el momento en que empezamos a caminar de nuevo. No les ordené lo contrario. Me pregunté qué estaban tramando. Cruzamos de nuevo la plaza y nos adentramos otra vez por las calles del mercado, pero seguimos un camino diferente al camino por el que habíamos venido y no tardamos mucho en llegar a otra plaza donde había varios estanques circulares de unos diez metros de diámetro cada uno de ellos. En el centro de la plaza había una construcción que parecía un pequeño templo egipcio. A un lado, tres mástiles se alzaban hasta una altura considerable, y allí, en el extremo superior, ondeaban pendones de vivos colores contra el cielo azul.

Había muchos terkumas que se dirigían a los estanques y al tocar la superficie del agua quedaban envueltos en una lágrima de transporte. Todos los vehículos alzaban el vuelo extendiendo sus flagelos al aire y refulgiendo como refulgen las pompas de jabón cuando se refleja en ellas la luz del sol. El aire vibraba con un cántico suave.

Nosotros también nos acercamos a un estanque y nos alzamos en una lágrima de transporte.

Miré hacia hacia la montaña y descubrí, en cuanto la lágrima hubo ganado unos pocos metros de altura y sobresalía ya por encima de las edificaciones que nos rodeaban, que más que un único pico era toda una cadena montañosa. Nos dirigíamos hacia ella.

Poco a poco fuimos elevándonos. Los terkumas que se movían entre las calles del mercado eran cada vez más diminutos. Desde el aire era evidente que, en aquel momento, había una auténtica afluencia de terkumas hacia la plaza de los estanques, y hacia otras plazas semejantes que se hicieron visibles en la lejanía a medida que nos alzábamos y nuestra perspectiva sobre la ciudad portuaria se iba ampliando. También vimos que había una densa corriente de lágrimas de transporte desde los estanques hacia las cimas a las que nos dirigíamos, y que la nuestra no era más que una gota en medio de una lluvia que ascendía hacia los picos más altos de aquella cadena montañosa. Así mismo, pudimos ver que había un flujo de lágrimas que venían flotando por encima del mar, y una flota de barcos con velas de colores que se acercaban a la costa como si fueran una ola. Allí a donde fuéramos, no íbamos a estar solos.

Llegó un momento en que la lágrima dejó de ascender, sus flagelos se reorientaron hacia las cimas de las montañas y el cuerpo principal de la lágrima viró suavemente y siguió la nueva trayectoria hacia la parte más alta de la cadena montañosa. Todas las lágrimas de transporte estaban haciendo lo mismo: ascendían hasta cierta altura y luego viraban hacia la montaña. Esperábamos ver un templo, una entrada o algún tipo de construcción que pudiera ser interpretado como el destino final de toda aquella lluvia de lágrimas. Pero no distinguimos nada que sugiriera una formación artificial. En lugar de eso, vimos que las lágrimas de transporte que nos precedían pasaban por encima de la cadena montañosa y, al empezar a descender, desaparecían tras la cresta que unía los picos. Nuestro transporte hizo lo mismo. Y mientras pasábamos por encima de la cordillera, apenas a unos metros de altura de una de las escarpadas cimas, no vimos ninguna construcción. Ni siquiera un embalse donde posarnos de nuevo en la superficie. En pocos segundos, el puerto, el mercado y el mar repleto de embarcaciones a vela quedaron al otro lado de la cadena montañosa.

Se abrió ante nosotros una cuenca de varios kilómetros de ancho, semejante a un circo glaciar pero cerrada por los cuatro puntos cardinales y con laderas suaves y cubiertas de hierba verde. Era muy semejante al cráter de un volcán apagado pero de dimensiones himaláyicas. Me recordó a la isla de Santorini, por la inmensidad, aunque las paredes de la Casa de la Palabra de los terkuma no eran tan escarpadas como las del volcán mediterráneo, ni la cuenca estaba inundada por el mar. Eso sí: en el centro había un montículo, y rodeando el montículo había seis obeliscos negros. En la cima del montículo pude distinguir un pequeño grupo de terkumas, diminutos en la lejanía. Repartidos por las laderas de la cuenca había numerosos terkumas. Bosquecillos de árboles situados aparentemente de forma aleatoria y frondosos matorrales salpicaban aquí y allá las lomas. La mayoría de terkumas estaban sentados en la hierba y charlaban entre ellos tranquilamente. Unos pocos caminaban ladera arriba o abajo. Algunos entraban en los bosquecillos, otros salían. Las cumbres de las montañas se recortaban nítidamente contra el cielo azul. Era difícil abarcar aquella inmensidad de un sólo vistazo.

La lágrima de transporte fue perdiendo altura lentamente. Mucho antes de tocar tierra comprendí lo que ocurría, por qué no había embalses ni lágrimas de transporte posadas en las lomas: en cuanto las burbujas tocaban la hierba, se deshacían y el agua era absorbida por el suelo. Los terkumas quedaban libres y se dirigían parsimoniosamente al lugar que tuvieran asignado. Antes de que nuestro propio transporte se deshiciera así, pude observar este proceso varias veces, con lágrimas de transporte que nos precedían; y cuando por fin pudimos pisar suelo firme seguí observándolo con muchas otras lágrimas que llegaban después que nosotros. De hecho, en el cielo había cada vez más lágrimas de transporte y las laderas se iban llenando de terkumas.

Caminamos un rato por la pradera, entre grupos de terkuma que charlaban tranquilamente. Seguíamos a Palabra y a Trae consigo, y Árbol de luz nos seguía a nosotros. Ignoro cómo se guiaba Palabra pero al cabo de unos minutos nos dijo:

- Aquí.

Y flexionó sus tentáculos y se recostó en la hierba.

Nos sentamos entre Palabra y Trae consigo. Árbol se sentó detrás de nosotros.

Me comuniqué con Surkoi vía telepática y le pregunté su opinión.

Esto no es natural, pensó, ya sé que lo parece, pero no es una formación geológica natural. Esto es una obra de ingeniería medioambiental.

A continuación me habló de geología y de simetría y me dio un par de motivos por los que aquella cuenca no podía ser un accidente geográfico fruto de fuerzas telúricas. Me habló de tectónica de placas y de tipos de roca; yo lo que más recuerdo son los motivos relacionados con la simetría: es cierto que aquel inconmensurable espacio no era perfectamente circular ni perfectamente simétrico, pero no es menos cierto que había una regularidad en él que lo descartaba como una geografía completamente natural. Por lo que me estaba diciendo Surkoi debía concluir que los terkumas no se habían limitado a aprovechar un accidente geológico sino que habían construido aquella cadena montañosa desde sus mismos cimientos. Aquella obra de ingeniería era varios órdenes de magnitud mayor que los árboles-torre. Al fin y al cabo una cosa era levantar edificios, ya fuera a partir de semillas o mediante grúas, y otra muy diferente era crear montañas.

Me sentía un poco deprimido.

- Tengo que ir al lavabo -dijo Alkai.

Palabra señaló uno de los bosquecillos que salpicaban las laderas de la Casa de la Palabra.

- Ahí -dijo.

Alkai se puso en pie.

- Todos vamos -dije yo.

- Muy bien -respondió Palabra-, procuren no retrasarse mucho.

Observé que hacía un gesto sutil a Trae consigo y que éste nos seguía.

Observé que Alkai y Brumantra sostenían aún piedras en sus manos.

No estarán planeando algo, ¿verdad?, pregunté telepáticamente.

No, señor, me contestó Alkai.

No intenten nada, al menos de momento, ordené.

Lo último que necesitaba era sentirme incapaz de mantener la disciplina entre los soldados bajo mi mando, después de haber sido incapaz de evitar ser humillado en el ritual terkuma.

No queremos ni su dolor ni su humillación. No es así como funciona. Lo siento mucho, Katmai. Es sólo un ritual, una costumbre.

Todo eso estaba muy bien.

Pero desde mi punto de vista humano, lo había hecho todo mal, y mis acciones erróneas habían desembocado en un ritual en el que había tenido que comer el vómito de un alienígena. Quizá hubiera sido más honroso morir luchando. ¿Había que mantenerse vivos a toda costa?

Me sentía cansado, abatido y triste.

Procuré mantenerme a distancia de esas emociones. Comprendía que era necesario permanecer lúcido, y que si permitía que me asfixiaran las emociones negativas, si me dejaba derrotar por convencionalismos sociales, estaríamos perdidos. Sin embargo, no podía evitar que la tristeza lastrara cada uno de mis movimientos.

Lo último que necesitaba era que Alkai, Surkoi y el resto intentaran algo sin que yo se lo hubiera ordenado.

Ni siquiera sabemos dónde tienen los incurdroids, pensé, así que ni se les ocurra intentar nada por su cuenta

No quise añadir nada más por si los terkumas tenían forma alguna de detectar nuestras comunicaciones mentales pero supuse que los soldados bajo mi mando entenderían que lo primero que teníamos que hacer era averiguar dónde tenían los droides de incursión, que sin saber dónde estaban los droides sería inútil intentar nada.

El lavabo era literalmente el bosquecillo. No es que estuviera escondido entre los matorrales y los árboles: era los matorrales y los árboles. Todo el suelo estaba cubierto de una variedad de hierba absorbente, muy parecida a aquella en la que había tomado tierra la lágrima de transporte y que, de hecho, cubría todo el valle, sólo que un poco más espesa. Entre los árboles, había caminos que llevaban a zonas reservadas, ocultas por los matorrales. Además, todo estaba lleno de flores grandes como nuestras cabezas.

- No me lo puedo creer -dijo Alkai.

- Todo está modificado para que nada parezca modificado -murmuró Idkereda.

- Pueden utilizar los pétalos de estas flores -explicó Trae consigo-...

Le miramos con el ceño fruncido, sin entender. El terkuma interpretó correctamente nuestra expresión facial y añadió:

- ¡Humanos estúpidos!... ¡Para limpiarse! -y una vez aclarado este punto, se retiró.

Los terkumas entraban en el bosquecillo y buscaban discretamente un lugar donde ocultarse entre los matorrales. Ninguno nos miró. Todos actuaban como si no estuviéramos. No añadimos nada más. Escogimos un reservado y lo utilizamos en orden. Primero las mujeres, luego los hombres. Peor fue en Gulmai, transmití. Sí, señor, respondió Brumantra, estoy empezando a pensar que qué hubiera sido de nosotros sin Gulmai.

- Seríamos seres demasiado delicados y sensibles -contesté de viva voz- como para viajar por la galaxia.

Al regresar había muchos más terkumas en las laderas, y seguían llegando lágrimas de transporte.

Nos sentamos tal y como estábamos sentados antes.

Permanecimos en silencio durante unos minutos. Entonces Árbol de luz se sacó, de entre los pliegues de las prendas que cubrían su torso y la parte superior de sus tentáculos, la bandeja de dulces que habíamos comprado en el mercado.

- Creía que la habíamos olvidado -dije.

- No -respondió la terkuma-, ustedes sí, pero yo no. Coman.

Nos tendió la bandeja.

Idkereda la tomó y quitó los papeles que la cubrían.

Tomó un dulce y lo mordió.

- Está bueno -dijo.

Masticó con ganas. Llevábamos muchas horas sin comer y el hambre, una vez lejos del restaurante terkuma, volvía a aparecer. Brumantra imitó a Idkereda. Tomó un dulce y lo probó prudentemente con la punta de la lengua. Luego lo mordió y acabó metiéndoselo todo en la boca sin haber tragado el primer trozo. Idkereda tomó un segundo dulce mientras Alkai agarraba de la bandeja el que iba a ser el primero para ella. Sólo Surkoi y yo permanecimos distantes. La escena no debía de ser muy diferente a la que seguramente se había producido muchas veces miles de años atrás cuando los primeros homo sapiens salieron de África y tuvieron que enfrentarse a alimentos desconocidos. Y a las que se habrían producido antes con otras especies de homínidos, que acabaron desapareciendo en la noche de los tiempos.

- Parece tan... artesanal -dijo Alkai mientras masticaba su segundo dulce.

- ¿Qué quieres decir? -preguntó Brumantra con la boca llena y sin dejar de masticar.

Alkai se encogió de hombros.

- Me choca el contraste -respondió-... nos recogieron en un velero volador, pasamos la noche en un árbol-torre y hemos llegado aquí en el interior de una gota de agua. Hemos visto portales de teleportación cuántica. Todo el medio ambiente está modificado de forma sutil pero contundente. La tecnología terkuma no tiene nada de artesanal.

- No te equivoques -dijo Idkereda-, no tiene nada que ver. Conseguir elaborar dulces así... implica miles de años de evolución. Ningún panadero se convierte de la noche a la mañana en pastelero... y estoy seguro de que esto es una ley... cósmica, válida tanto en el universo humano como en este lado de la galaxia, sea cual sea el lado de la galaxia en el que nos encontremos. Aun y si estos dulces fueran artesanales, tras ellos también habría miles de años de evolución tecnológica y cultural. ¿Me equivoco, Palabra?

- No, no se equivoca.

- Tonterías -dijo secamente Surkoi mientras cogía un dulce. Su primer dulce.

El hambre manda.

- Estos dulces son un anacronismo -sentenció nuestro piloto mientras masticaba.

- Surkoi tiene razón, Idkereda -dijo Alkai-, no hay envoltura plástica, el mercado parecía medieval, los dedos se te quedan pringosos... es chocante. ¿No pueden reproducir sintéticamente cualquier sabor? ¿Cualquier perfume?

- El bosquecillo parecía un simple bosquecillo y era un lavabo -respondió Idkereda-, y por cierto, mucho más higiénico y limpio que la mayoría de lavabos humanos, aún hoy en día en pleno siglo veintitrés. Y el agua parecía sólo agua y mira... resulta que era un medio de transporte... ¡aéreo! Aquí nada es simplemente lo que parece. Aquí la evolución tecnológica no ha degradado la evolución cultural... y, claro, estáis confundidos.

Idkereda se tumbó en la hierba y pasó las manos por detrás de la cabeza.

- Somos humanos, para nosotros evolucionar significa utilizar cada día más metamateriales -continuó diciendo-. Hace tres siglos unos científicos hicieron un experimento con unos ratones de laboratorio. Conectaron unos electrodos a los centros de placer del cerebro de varios ratones y les permitieron acceder a unos interruptores que provocaban descargas eléctricas en esos electrodos, de tal forma que los propios ratones podían estimular sus centros nerviosos del placer como nunca antes lo habían podido hacer. ¿Sabéis cuál fue el resultado del experimento? Que los ratones murieron de hambre. Preferían accionar continuamente la palanquita del placer a comer. Algo parecido a lo que les ocurría a los heroinómanos o, más recientemente, a los pupilados. ¿Sabéis qué es la cultura? La cultura es lo que salva a los ratones de sí mismos. A los pobres ratones del s. XX se les proporcionó una tecnología para la que su cultura no estaba preparada. En realidad, los ratones nunca han tenido cultura. Pero vosotros me entendéis. Desde luego, aquellos ratones hubieran necesitado una. Los propios seres humanos sobrevivimos por los pelos al s. XX: éramos como ratones accionando una y otra vez la palanquita del placer, totalmente incapaces de ver la situación en su conjunto. Si nuestra cultura hubiera sido mejor, nuestras probabilidades de supervivencia habrían sido más altas. ¡Pero qué tontería estoy diciendo! Si nuestra cultura fuera hoy en día mejor, nuestras probabilidades de supervivencia en esta guerra serían mucho más altas. A mí no me impresiona la tecnología, creedme, no soy tan primitivo. La tecnología está bien para impresionar a los hombres de las cavernas, pero no debería impresionarnos a nosotros. A nosotros, humanos del s. XXIII, debería impresionarnos el sabor exquisito de los dulces que estamos comiendo.

- Eres un jodido romántico, Idkereda -dijo Surkoi mientras se zampaba otro dulce-, a mí lo que me impresiona es poder provocar artificialmente placeres mucho más elaborados que los que ha sido capaz de elaborar la evolución después de millones de años.

- Eres muy superficial, Surkoi -murmuró Idkereda-, la tecnología proporciona descargas eléctricas en el momento adecuado pero no enseña a disfrutar de esas descargas eléctricas, del placer que te puedan provocar esas descargas eléctricas, o químicas o como quieras que provoques placer. Gracias a la cultura, el placer puede ser una fuente de conocimiento... claro que tu educación judeocristiana de tu viejo planeta Tierra te habrá inculcado que todo conocimiento surge del dolor y el sufrimiento, no del placer. En fin. La tecnología reproduce el sabor, el perfume o lo que quieras, lo que te dé la gana, es cierto, pero no te enseña a gozar de nada. No te enseña a estar en el mundo. Y sobrevivir es saber estar en el mundo. 

- Ahora silencio -pidió Palabra.

Durante el rato que habíamos estado hablando las laderas se habían acabado de llenar de terkumas. Aún había algunas lágrimas en el cielo, pero no descendían, flotaban suspendidas en el aire, con los flagelos ondulando como mecidos por suaves corrientes de agua. También vimos algunos globos aerostáticos, exactamente iguales a los humanos en su envoltura, pero sin barquilla; en lugar de barquilla, la base tenía forma puntiaguda y apuntaba hacia el interior de la cuenca donde todos nosotros nos hallábamos.

Los obeliscos que rodeaban el montículo en el centro de la Casa de la Palabra se tornaron de un negro vítreo, lanzaron durante un segundo destellos de obsidiana y luego nada: negro absoluto, incluso los destellos habían desaparecido. Se hizo un profundo silencio en todo el circo glaciar, parecía mentira que tantos seres juntos pudieran estar en un silencio tan perfecto durante tanto tiempo. Debía de haber alrededor de un millón de terkumas allí, la ciudad entera debía de estar congregada. Y cinco humanos, claro. No vi medusas, aunque eso no significa que no hubiera. Aquel espacio era tan inmenso que mis ojos no tenían la agudeza suficiente como para distinguir los seres que había congregados al otro lado de la cuenca uno por uno; llegaba un momento en que los miles de terkumas se fundían en una masa de color casi uniforme, salpicada aquí y allá por el verde de la vegetación y el gris de la roca.

Casi imperceptiblemente el silencio fue substituido por un cántico que provenía de los terkumas que se alzaban en la cima del montículo. Poco a poco el sonido fue subiendo en intensidad hasta que se convirtió en una sensación física en todo nuestro cuerpo. Incluso el suelo vibraba.

A la vez, ondas de colores empezaron a recorrer las laderas. Eran los cráneos de los terkumas, que se iluminaban con su habitual bioluminiscencia. Al principio, la corriente de colores era un poco caótica pero poco a poco todos los terkumas fueron sincronizándose. La onda de luz empezaba en el montículo y se expandía ladera arriba siguiendo círculos concéntricos.

Algunos terkumas se unieron al canto.

De repente recordé aquella noche que había pasado en el campo de membranas del planeta Cantor, junto con Idkereda.

El sonido nos envolvía como nos había envuelto aquella noche, y nos zarandeaba como zarandea el océano a los náufragos en medio de una tormenta. No sólo físicamente. También por dentro. También en la boca del estómago ejercía su presión, y más profundamente aún, de una forma inexplicable, como si me hubieran arrebatado el control de mis emociones.

La Casa de la Palabra era un volcán de sonido.

Todos estábamos en medio de la erupción. Todos teníamos el rostro iluminado por el torrente de luz y de sonido que emergía a borbotones del interior de aquellos terkumas como el magma ardiente emerge del corazón de la tierra.

Sobrecogidos escuchamos.

Observé cómo Surkoi se tapaba los oídos con la pasta que había formado masticando las ramitas que tenía en sus manos al salir del restaurante. Sonreía.

Cuando el sonido creció tanto en intensidad que parecía que me iba a dejar sin aliento y que me iban a saltar lágrimas de pura ansia, entonces el volcán empezó a calmarse.

Los obeliscos recuperaron su negro cerúleo y poco a poco volvió a hacerse el silencio.

Surkoi se quitó los tapones de los oídos, pero incluso él tuvo que respirar profundamente varias veces antes de poder hablar.

- ¿Qué es lo que ha pasado, Palabra? -pregunté.

- Nuestros hermanos han compartido su dolor con todos nosotros –me respondió el terkuma, sin dejar de mirar al infinito. La voz le temblaba.

(Fin del capítulo 18. Capítulo siguiente)

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