Capítulo 2. MIEDO.
Durante el salto subcuántico fuimos victimas de un ataque interferométrico Ínbid y reaparecimos en una zona no cartografiada. O, al menos, esta fue la explicación que me dio Surkoi, el piloto, después de desconectar las alarmas.
- ¿Está seguro, Surkoi? -insistí.
- No, señor.
- O sea que puede haber ocurrido cualquier otra cosa.
- Puede ser un error en la programación del módulo -sugirió la oficial científico Alkai.
- No lo creo -terció Idkereda, el biólogo computacional de la misión-, estoy comprobando en mi terminal los algoritmos de procesamiento de la información y están muy alterados. O alguien los ha alterado a propósito desde el exterior o bien la computadora ha tenido que procesar una información para la que no estaba preparada.
- Entonces -continuó diciendo Alkai- puede que hayamos intersectado una topología escheriana estable de imbricación nodal caótica.
- ¿Caótica? Podemos estar en cualquier parte, ¿no, Alkai? ¿Es eso lo que quiere decir?
- Sí, señor. Ahora el sistema experto del módulo tomará una decisión y la ejecutará de forma automática.
- Comprendo; a ver, Surkoi, ¿y cuál es el procedimiento rutinario que sigue el sistema experto si el salto a través del aleph no nos ha llevado a donde tenía que llevarnos?
- El sistema invierte la secuencia de lanzamiento y nos devuelve a menos de tres unidades astronómicas del lugar donde nos lanzó Esparta, para realizar una aproximación final en impulsión convencional.
De repente empezaron a sonar una serie de pitidos cortos y en nuestros visores apareció una luz verde parpadeante.
- Señor -informó Surkoi- el sistema ha decidido abortar la misión y se dispone a devolvernos a la constelación Esparta.
-¡Maldita sea! -exclamé. A continuación hice la misma petición que había hecho hacía dos minutos, justo al salir del Aleph y cuando aún sonaban las alarmas-, computadora, informe de la posición de la cápsula de descenso Esturión Katmai dos dos seis cuatro nueve insignia.
- Entorno estelar desconocido -contestó la computadora-, imposible informar de la posición de la cápsula.
Después de insultar a la computadora en varios idiomas, grité:
- ¡Computadora, informe del resto de la escuadra!.
- No se detecta el resto de la escuadra -fue la desapasionada respuesta que obtuve.
Eran las mismas respuestas que había obtenido antes.
- Maravilloso -dijo irónicamente Idkereda.
- ¡Aborte el procedimiento, Surkoi! -grité yo- ¡Inmediatamente!
- Señor, esa orden sólo la puede dar el capitán de Esparta.
- Soy bien consciente de ello, piloto, asumo toda la responsabilidad.
Acató mis órdenes sin poner más objeciones. Al fin y al cabo, sabía tan bien como yo, tan bien como todos los que ahí estábamos, que tanto si había sido un ataque Ínbid como un accidente de programación o un encuentro con un nudo escheriano entonces el camino de vuelta no estaba bien definido: sencillamente, no existía un camino por el que hubiéramos llegado a ese punto del Universo, un camino que pudiéramos seguir hacia atrás y volver al punto de partida. La computadora había evaluado por su cuenta la situación y había tomado una decisión: daría marcha atrás, pero cuando nos devolviera al espacio normal se daría cuenta de que no estábamos en el punto de partida. Entonces podían ocurrir dos cosas: que el ordenador se bloqueara y no volviera a aceptar órdenes nunca más era la primera, que aplicara de nuevo el procedimiento de retorno e intentara un nuevo salto y una nueva marcha atrás era la segunda. Ambas eran bucles infinitos: en el primero, el ordenador, benditos circuitos fotónicos, obtusos plasmones electrónicos, delicados puentes hacia el abismo cuántico de la materia, repasaba una y otra vez los pasos que había seguido a la búsqueda del error que había cometido para llegar a la misma conclusión una y otra vez: que no había cometido ningún error, el error era la realidad; en el segundo, el ordenador se empecinaba en mover la cápsula por todo el Universo dando marcha atrás, en un vano intento de encontrar el punto de partida. Ambos bucles conducían a la eternidad sin posibilidad de influir en el guión del viaje.
Moriríamos cuando los sistemas de soporte vital se quedaran sin energía. Lo que aún estaba por ver era si eso ocurriría antes o después de que fallara la impulsión Marcelo. Me imaginé apareciendo y desapareciendo en el espacio normal hasta que el generador Aleph fallara y fuera incapaz de provocar coherencia cuántica en nuestro entorno. Era probable que esto ocurriera después de que nuestros cuerpos se desecaran como momias inmersos en la aséptica atmósfera de la cápsula de incursión. Una muerte limpia en medio del silencio impoluto del Universo. Aunque también podía ocurrir que nuestro periplo quedara bruscamente interrumpido, que en uno de los saltos apareciéramos en medio de un cataclismo estelar, cerca de un agujero negro o dentro del núcleo de una estrella y nos desintegráramos. Con un poco de suerte, siempre y cuando no cayéramos en una singularidad, los átomos que constituían nuestros cuerpos volverían a formar parte de algún planeta en unos pocos millones de años. O quizá no, quizá quedaran encerrados hasta el fin del Universo en un incorruptible sarcófago estelar, en el núcleo de una enana blanca o de una estrella de neutrones.
- Procedimiento de retorno automático abortado -anunció Surkoi con voz opaca-. Sistema a la espera de órdenes.
Durante dos segundos nos quedamos todos en silencio lejos del hogar. Vino a mi mente una imagen: la de un hombre de pie en medio del desierto con una cantimplora agujereada. La cantimplora estaba agujereada porque otro hombre, montado en un camello y bien pertrechado, le había pegado un tiro, acto que condenaba al hombre “de pie en medio del desierto” a una muerte segura pues el asentamiento humano más cercano se hallaba a varias jornadas de distancia. A pesar de lo cual, el hombre sin agua siguió siendo el hombre “de pie en medio del desierto” y no el hombre “de rodillas en medio del desierto”, y cuando “el hombre montado en un camello” le preguntó: <<¿No tienes miedo, inglés?>>, él contestó sin vacilar: <<Mi miedo es cosa mía>>. Me parece recordar que es una escena en una película clásica, del s. XX o XXI.
- Sugerencias -solicité.
Mi miedo es cosa mía. No hubo preguntas retóricas ni ataques de pánico. Todos sabíamos perfectamente lo que significaba nuestra situación pero todos guardábamos nuestras emociones bien lejos de nuestro rostro, en las uñas de los dedos de nuestros pies, por ejemplo, para que así no interfirieran en nuestro pulso firme, como si estuviéramos jugando una partida de póker.
Fue Alkai quien rompió el silencio.
- Señor, podríamos intentar detectar viento solar -propuso-, para ver si estamos cerca de alguna estrella.
Miré a la oficial de comunicaciones, Elisa Brumantra.
- ¿Detecta alguna señal amiga, Brumantra? -le pregunté-... ¿o Ínbid?
- No, señor, nada: estamos solos -contestó sin que la voz se le quebrara.
Miré a los dos hombres y a las dos mujeres que me acompañaban en aquella cápsula de descenso. Les miré a los ojos, a los cuatro. Todos estaban expectantes, con el corazón en un puño, pero ninguna de aquellas cuatro miradas estaba tomada por el miedo. No podía fallarles.
-De acuerdo -contesté-. Supongo que detectar un flujo de partículas cargadas debe de ser sencillo y estará entre las opciones pre-programadas. ¿No es así, Surkoi?.
-Sí, señor, así es, las células del epitelio de la cápsula se están sensibilizando. En cuanto estén listas iniciaré el análisis. Tardará unos minutos.
- Muy bien, avíseme cuando tenga resultados. Idkereda, sígame, vamos a realizar un chequeo de todos los sistemas de los biodroides de incursión. Alkai, usted compruebe el resto de sistemas de la cápsula y eche una mano a Surkoi en caso de que necesite ayuda. Brumantra, empiece a mandar mensajes de socorro con los niveles de encriptación más altos.
Todos nos pusimos a trabajar sin añadir comentario alguno. Idkereda y yo nos liberamos de los cinturones que nos mantenían sujetos a los asientos de control, giramos todo nuestro cuerpo hasta quedar con la cabeza donde antes teníamos los pies y, con un leve impulso, nos metimos de cabeza en el anillo de mantenimiento. Allí nos pusimos a tocar pantallas sensibles y a ordenar protocolos de autoverificación a los cerebros de los droides de incursión. Teníamos a la altura de nuestros ojos la base de la columna vertebral de aquellos exoesqueletos acorazados. Bastaba con identificarnos para que los tubos protectores se abrieran y quedaran al descubierto las vértebras de biosilicatos titanizados, pinchar ahí y a través de la médula de fibra de vidrio microtubulada tener acceso al cerebro y a todas las extremidades, baterías y sistemas de armas. Idkereda y yo no necesitábamos hablar para coordinarnos porque habíamos ejecutado esa secuencia en caída libre cientos de veces en los simuladores y en media docena de ocasiones en incursiones a planetas Ínbid, así que nos movíamos por el angosto anillo de mantenimiento sin molestarnos el uno al otro. Por encima de nosotros, o por debajo, pues los motores estaban apagados y por lo tanto, hablando con rigor, no había ni arriba ni abajo, Surkoi, Alkai y Brumantra permanecían en sus asientos y se concentraban en las tareas asignadas.
De repente, Surkoi nos previno: encendido de motores y cambio de orientación y rumbo. Todos nos agarramos, pero seguimos trabajando, incluso durante la fracción de segundo de mayor aceleración, cuando las costillas de Idkereda se aplastaron contra la columna central de la cápsula y mis brazos apenas pudieron impedir que mi hombro quedara incrustado en una vértebra del incurdroid que estaba revisando. El fruto del entrenamiento era eso: estar allí, lejos del hogar, lejos de todo, en medio de la nada, sin esperanza alguna, y mantenerte tranquilo, poder seguir trabajando, no echar de menos nada, no preguntarte <<¿Qué hago yo aquí?>>, no desear no estar, conseguir que el miedo no tome las riendas, mantenerse de pie, no arrodillarse, no gemir, no quebrarse, no suplicar piedad. Trabajar.
Hasta el momento en que Surkoi se inclina hacia su izquierda y grita al interior del anillo de mantenimiento:
-¡G2 a unas sesenta unidades astronómicas!
Entonces sí, todos nos detenemos. Incluso los motores. Desaparece el arriba, y el abajo, el peso. De nuevo en caída libre. Idkereda y yo nos miramos. La voz de Surkoi había sonado tan cargada de expectativas como la de un vigía al gritar “¡Tierra!”. No había podido evitarlo. Supuse que el resto del equipo también contenía la respiración en aquellos momentos. Me acerqué flotando por el anillo de mantenimiento y asomé la cabeza al cubículo de mandos. Mis ojos quedaban justo a la altura de los tobillos de Surkoi. Alcé la mirada y pregunté
-¿Puede distinguir algún planeta, Surkoi?
- De momento sólo lo que parece ser un gigante gaseoso, señor, pero estoy en ello, nos encontramos en una órbita casi polar y si hay algún otro planeta, lo encontraremos.
- Bueno -dijo Brumantra-, incluso una luna como Titán sería mejor que el vacío interestelar.
- Alkai, ¿cuál es el estado del Aleph? -pregunté.
- Hay un nódulo oscuro de ocultación vírica en uno de los nanogiroscopios.
- Confirmado -sentenció Idkereda- ha sido un ataque interferométrico Ínbid y nos han dejado un regalito.
- Todo lo demás parece estar bien -acabó Alkai.
Me impulsé hacia mi asiento al mismo tiempo que le preguntaba a Surkoi cuánto tardaríamos en llegar a una órbita interior con impulsión clásica. Surkoi bufó.
- Un mes -dijo-. Tres semanas, si me deja trucar el impulsor y en el supuesto de que tuviéramos energía suficiente y no tuviéramos contratiempos en el camino.
- Alkai.
- Imposible, señor -Alkai sabía perfectamente lo que iba a preguntarle-. Forzando los sistemas de reciclado al máximo, tenemos para una semana, nueve días como mucho. El soporte vital nominal para estas cápsulas es de tres días, cuatro con suerte, no lo olvide.
- No lo olvido -aquellas cápsulas no estaban hechas para la navegación interplanetaria-. ¿Y si desviamos potencia de los impulsores al sistema vital?
- Eso no evitará que se agoten los filtros, señor -respondió inmediatamente Alkai.
- ¿Y realimentando el impulsor de la cápsula con la antimateria de los incurdroid? -insistí.
- Con todos mis respetos, señor -me contestó Surkoi-, no hay protocolo establecido para semejante operación y yo no me atrevo a escribir un programa para mover la antimateria. Los precintos magnéticos... Es demasiado arriesgado.
Miré a Alkai.
- Deberíamos probar antes otras opciones, señor.
Probablemente, tenían razón.
- De acuerdo, entonces está claro lo que habrá que hacer: tendremos que abrir el Aleph -anuncié- y arriesgarnos a que se active el virus Ínbid. Pero de momento vamos a pasar a modo silencioso, a ver si así ganamos algo de tiempo. Surkoi, ¿tiene buenas noticias?
- De momento no, señor, pero sigo buscando.
- Brumantra, ayúdele -ordené-. Trabajen en modo semiautomático.
- Señor -dijo Idkereda-, hay una posibilidad de averiguar si esa G2 está en el catálogo estelar.
- Explíquese
- Los sistemas expertos de estas cápsulas suelen ser bastante plásticos -explicó Idkereda-. Podría intentar reprogramarlo para que haga una representación de cómo se vería el firmamento desde cada una de las estrellas G2 del catálogo y lo compare con el firmamento que vemos nosotros ahora.
Si lo que proponía Idkereda se podía llevar a cabo sería nuestra salvación. Una vez supiéramos dónde estábamos podríamos definir un camino de regreso y en unas horas estar de vuelta en la constelación Esparta, o bien enviar un SOS a la colonia humana más cercana y esperar a que vinieran a rescatarnos.
- De acuerdo, inténtelo -ordené-. Idee un algoritmo de comparación optimizado que tenga en cuenta un paralaje de sesenta unidades astronómicas. Procure que el consumo energético sea mínimo. Alkai, échele una mano. Brumantra, ¿alguna novedad en las comunicaciones?
- Sólo eco subcuántico, señor.
- ¡Ya lo han oído -exclamé-, en estos momentos estamos solos en el Universo! Así que a trabajar.
No era completamente cierto. No estábamos completamente solos. Con nosotros viajaba un virus medusoide, un regalito de una de las dos especies Ínbid: una maraña de código malicioso, cadenas y cadenas enredadas como madejas de lana sin un ápice de conciencia pero donde se codificaba toda la inteligencia necesaria para echar abajo cualquier sistema experto humano. Cualquier intento de desactivación o borrado lo haría despertar como una bomba, y cuando se activara sería más peligroso que un guerrero vispoide acorralado y más escurridizo que una gota de mercurio con ansias de supervivencia. Los Coleccionistas de Medusas nos llevaban alguna ventaja en lo que a guerra informática se refería. Con nosotros viajaba una de las joyas de la corona de su civilización. La joya se despertó cuando estuvimos a punto de chocar contra un planetoide.
- ¿Por qué aceleramos, Surkoi? -pregunté al notar que mi cuerpo volvía a pesar.
- Alarma de colisión, señor.
- ¡¿Contra qué?! -exclamé.
- Contra un planetoide, señor. Debemos hallarnos en una zona semejante al cinturón de Kuiper del Sistema Solar. La computadora ha variado de forma automática la trayectoria de la cápsula. Es extraño que no lo hayamos detectado con más tiempo de antelación.
Sí, era extraño que no hubiera habido un pre aviso con más margen pero lo más extraño de todo es que hubiera planetoides en órbita polar. Estuve a punto de preguntar a Surkoi si estaba seguro de que aquel objeto era un planetoide pero no tuve tiempo de decir nada: justo en aquel momento se activó el virus.
- ¡ Señor -gritó Alkai-, el virus, se ha activado!
Su voz tensó la burbuja de aire en la que estábamos encerrados.
- ¡La variación automática de la trayectoria que ha llevado a cabo la computadora -explicó Alkai- ha activado el virus! ¡Ha empezado a expandirse por todo el sistema!
- Está visto que todo tiene que ocurrir a la vez -gruñí-. Alkai, deje lo que esté haciendo e intente frenar el virus. A ver si nos consigue unos minutos más de tiempo.
De repente uno de los puntitos blancos de nuestras pantallas se tornó azul y el ordenador realizó un zoom sobre él hasta convertirlo en un planeta que llenaba toda la pantalla. Al lado de la circunferencia azul aparecieron las características de aquel mundo, deducidas por el ordenador a partir de los datos de los sensores.
- Planeta tipo Tierra en lontananza, señor -exclamó Surkoi.
- Lo veo, lo veo -contesté.
- Hay otros dos planetas interiores -informó Brumantra-, pero éste es el que parece ser más semejante a la Tierra... incluso tiene una luna, quizá dos.
- Idkereda -pregunté-, ¿alguna novedad?
- El programa está trabajando, señor, pero aún no tengo nada.
- No podemos esperar más. Habrá que saltar ya. ¡Prepárense para un salto Aleph! -ordené-, Surkoi, llévenos lo más cerca posible de ese planeta azul... ¡y llévenos ya!
(Fin del capítulo 2 - Capítulo siguiente)
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