Epílogo. EYEVNIA.
Eyevnia juega en el jardín que hay delante del porche de casa. Han venido amiguitos del colegio a celebrar su cumpleaños. Cumple siete años. Está muy contenta. Juega rodeada de críos, hologramas, regalos y un par de androides de servicio. También corretea entre ellos su mascota Dardo, un estilizado y juguetón tigón de la empresa Star Hybrid Culture. Ante los ojos de un adulto, la escena puede parecer un poco caótica pero los niños se mueven con soltura en medio del barullo y dirigen con seguridad a los androides, reprimiéndoles severamente si no cumplen con prontitud sus órdenes. El único que parece un poco descolocado es el tigón. El pobre animal no sabe muy bien dónde situarse o qué se espera de él en cada momento, pero no desfallece: participa en la algarabía general con sus mejores saltos y gruñidos. Los niños, arrebatados por la emoción del juego y concentrados en su lógica, no le prestan demasiada atención. En cualquier caso, no importa: de vez en cuando Eyevnia le acaricia la barriga y el felino es muy feliz.
Los hologramas son espeluznantes.
Son guerreros vispoides y gusanos de Gulmai.
El tigón intenta cazar a los vispoides y tienta con la patita a los gusanos, a la manera de los gatos domésticos, y se queda muy desconcertado porque atraviesa las imágenes como si de fantasmas se tratara.
Fantasmas del pasado.
Los niños tienen que esquivar los aguijones vispoides y las bocas en forma de ventosa de los gusanos. Los gusanos parecen lampreas gigantes. Es un videojuego que tiene mucho éxito esta temporada. En los niveles superiores aparecen medusas.
Más allá de los niños y sus juegos se extienden los campos de trigo y, más allá aún, campos de árboles frutales y después el bosque. En medio del bosque se alza el pueblo, y a las afueras del pueblo está la escuela donde trabajo. Hoy es día de fiesta.
Sentado en el porche tomo té caliente y observo jugar a los niños. Pienso en Idkereda. No he dejado de pensar en Idkereda, Palabra y Aniolita un sólo día de estos siete años. A veces me parece estar viviendo un paréntesis en medio de una historia que está más allá de mi comprensión. Otras veces tengo la impresión de no haber dejado nunca de luchar.
Día tras día.
Cada vez que me planto delante de una clase llena de niños y les enseño a leer, a contar, a escuchar, a narrar y a inventar historias... tengo la sensación de estar en medio de una guerra. Es una guerra aparentemente incruenta. Pero una guerra, al fin y al cabo.
No pocas noches me despierto empapado en sudor, temblando, aterrorizado porque he soñado que La Sombra ya está aquí. En este planeta. También aquí. Y ha empezado a absorber cerebros. Imparable. Y a la mañana siguiente me levanto, voy al trabajo y no es sólo trabajo: es no rendirse, es ser fiel a la palabra dada. Es, en definitiva, un eslabón más en la cadena que une a todos los planetas humanos, y quizá dentro de poco también a los mundos Ínbid y Kilmoa, quién sabe.
A mi espalda está el lago, el río y más allá el mar. En el lago y el río viven varias familias de delfines narradores. Eyevnia a veces se sienta en la orilla a escuchar sus historias. Sus implantes neuronales se están desarrollando según lo previsto. Su salud es perfecta y su vitalidad, desbordante. Para ella, la energía de que disfruta es un regalo de la Naturaleza, para los adultos que la rodean es simplemente agotadora.
De vez en cuando, me pide que le enseñe las cicatrices que marcan mi cuerpo, pero no se las enseño nunca. Las ha visto porque alguna vez hemos ido a la playa y, en otras ocasiones, nadamos juntos en el lago, y es inevitable que las vea. Pero en casa no se las enseño nunca, y en el colegio menos. Sé que lo siguiente es explicar batallitas. Y no soy un viejo. No aún.
Pero siempre se sale con la suya y acabo contándole algo, como si fuera un cuento. Suelo decirle que los vispoides de verdad son más grandes, más listos y, sobre todo, se mueven mucho más deprisa que los del videojuego, pero ella se asusta en la misma medida que se asusta con el lobo del cuento de caperucita roja: nada. En este planeta ni siquiera hay avispas, y las abejas son transgénicas y nunca pican a los humanos.
Su madre es más lista que yo: le enseña las cicatrices y se ahorra las batallitas.
Incluso una vez la niña le preguntó:
- Tu cara... ¿también es por la guerra, mamá?
- No, hija, mi cara es por un accidente que sufrí antes de la guerra.
- ¿Y no te curarás, mamá, no te curarás nunca?
- Quizá algún día me opere, hija -fue la sorprendente respuesta de Linda.
A veces, vienen los abuelos.
Después de que naciera la niña, Linda decidió retomar el contacto con sus padres y ponerse en contacto con los padres de Elisa. Les explicó la verdad a todos. También les explicó que de su silencio dependía el que la niña no acabara en un laboratorio militar. De momento, nadie parece haberse ido de la lengua, aunque creo que los padres de Linda siguen pensando que soy yo el padre, que les estamos engañando por algún motivo incomprensible. Cada vez que vienen me miran con una sombra de desconfianza. No puedo evitar sentir que realmente preferirían que yo fuera el padre. Sería más sencillo para ellos: el hecho de que su nieta tenga dos madres y que, además, una de ellas fuera un droide genético se les antoja una realidad demasiado abrumadora como para asumirla. Consideran que una niña tiene que crecer tutelada por un padre y una madre, y no les gusta que haya un hombre viviendo en casa de su hija sin que adopte el papel de marido, de autoridad. No lo entienden. Los padres de Elisa, en cambio, comprenden perfectamente cuál es la génesis de Eyevnia, y les da igual. Es su nieta, y punto. A mi me miran como lo que soy: un amigo de la familia, y profesor de su nieta en el colegio local. Es cierto que son muy callados y reservados, sólo cuando ven a Eyevnia dan rienda suelta a sus sentimientos y su emoción es claramente visible. Sin embargo, a pesar de su silencio y su poca efusividad con Alkai y conmigo, creo que nos están sincera y profundamente agradecidos por haber compartido con ellos la existencia de la niña. Perdieron a sus dos hijos en la guerra. Lo único que les queda de Brumantra es Eyevnia.
En cualquier caso, no importa. La niña es feliz y ha sido ella quien ha decidido adoptarme como padre. Ella aún no sabe que tiene dos mamás y que una de ellas murió hace años, en la guerra. Ya habrá tiempo de explicarle la verdad más adelante. El que yo sea hombre a ella le importa un pimiento. Simplemente soy la persona que le prepara el desayuno por las mañanas, de vez en cuando le cuenta un cuento por las noches y siempre responde incansable una tras otra las preguntas de la infinita lista de preguntas que genera su incansable cabecita. Igual hubiera podido adoptar como padre un delfín narrador o una sepia parlanchina, como hizo Aniolita con Palabra. Ser padre, o madre, es más fácil de lo que parece: simplemente tienes que escuchar y hablar, y te dan el puesto. A veces, tambén tienes que reñir, pero eso es otra forma de que los niños no se sientan abandonados. El que seas verde, azul, alto o bajo, mujer u hombre, tengas tentáculos en lugar de labios o tu piel raspe como un cepillo de carpintero a los niños les da igual. Completamente igual.
La Armada no hizo preguntas al respecto.
Se creyó mi versión.
También es cierto que tenían otras cosas en las que pensar, problemas aparentemente mucho más graves que resolver.
Ni Alkai ni yo volvimos a combatir. A ella le rescindieron el contrato enseguida. Le dieron una compensación económica y se compró esta granja y una cámara de fotos antigua.
Conmigo no fue tan fácil.
Me retuvieron durante dos años.
No me torturaron mi me acusaron de traición ni de incompetencia. De hecho, no me acusaron de nada. Simplemente querían estar seguros de que yo seguía siendo la persona que ellos habían contratado y no un infiltrado del Ínbid. Me obligaron a asistir a negociaciones con el Ínbid, a conectarme de nuevo con Coleccionistas de medusas, a hablar otra vez con vispoides narradores en los que no reconocí nunca a Cerebro.
Sondearon hasta la última de mis neuronas.
Me desmontaron pieza a pieza, las revisaron y luego me reconstruyeron lentamente.
Cuando su imaginación no fue capaz de inventar más pruebas, me dejaron ir. Pero nunca más me permitieron subirme a un incurdroid. No me querían en un campo de batalla. No se fiaban de mí. Rescindieron mi contrato con la Armada.
Lo único que se creyeron fue que Eyevnia era hija mía. Ni siquiera hicieron una miserable prueba genética. No les pareció importante.
No supieron ver que Eyevnia era un regalo del Ínbid; no entendieron que ella era el auténtico mensaje de paz.
Cuando me interrogaban con drogas confesoras nunca me preguntaron por la niña.
Siempre había otras preguntas más importantes que hacer.
Durante aquellos dos años no le conté nunca a nadie la verdad.
Cuando me echaron de la Armada, no sabía a dónde dirigirme.
Linda me había escrito y yo había guardado en mi memoria su dirección como un náufrago que se aferra a un madero flotando en medio del océano, último vínculo con el mundo de los vivos. Cogí mi macuto y me vine aquí con ella.
El día que llegué olía a campos recién segados y tierra mojada. Me acerqué caminando desde el pueblo y unos metros antes de llegar al porche, me puse de rodillas y agarré un buen puñado de tierra con mis manos. Lo acerqué a mi rostro y olí profundamente.
Había pasado los dos últimos años retenido en ambientes artificiales en los que todo estaba calculado y pulcramente limpio. Necesitaba bautizarme en un río salvaje y revolcarme por el barro.
Aquel planeta no era el de mi infancia, pero no importaba: su olor era el mismo.
El aire, la tierra, el agua.
Mi cuerpo entero palpitaba desbocado como si yo mismo no fuera más que un animal. Si hubiera dado rienda suelta a la sangre que hervía en mí al contacto con los elementos primarios (salvajes, vastos, puros, sucios, imprevisibles, caóticos) que me rodeaban, habría salido corriendo desnudo y me habría perdido en las profundidades del bosque. Y quizá nunca más habría sabido pronunciar ni mi propio nombre.
Pero me contuve.
La civilización es superficial, pero poderosa. Y la única libertad que me permití fue oler profundamente aquella tierra húmeda.
Fue la única, y fue intensa.
- ¿Puedo quedarme unos días? -pregunté a Linda.
- Puede quedarse todo el tiempo que quiera, señor -me respondió ella.
- Llámeme Adri -respondí, seis años atrás.
Ahora tomo té caliente y observo a los niños jugar.
Linda se sienta a mi lado. Viene del lago. Ha estado nadando. Tiene los cabellos mojados y la respiración agitada. Se sienta a mi lado y durante un buen rato contemplamos ambos en silencio a los niños. Cuando su respiración se calma, habla sin que su mirada se aparte de su hija.
- Adri -dice-, Eyevnia me ha contado la última historia que les explicaste en el colegio. Acaba con un enigma que ninguno de los niños de la clase supo resolver. Y... ¿sabes una cosa? Yo tampoco. No he sabido resolverlo nunca, a pesar de haber pensado en él durante años. Le he dicho a Eyevnia que quizá ni siquiera tú sepas la respuesta.
- La respuesta es el hombre.
Ella se gira hacia mí y me mira con la desconfianza plasmada en su rostro herido.
Yo sonrío ligeramente y con un cierto cansancio explico:
- Cuando nacimos como especie, comíamos los frutos que recolectábamos de los árboles. Luego inventamos la agricultura, y no pudimos comernos todo el trigo que producíamos. Ahora exploramos el Universo y saltamos de estrella en estrella. Para una especie que habita ya en muchos sistemas estelares siempre es de noche porque la luz de todas las estrellas juntas no basta para iluminar el Cosmos. Y ahora comemos luz pues ¿cuál es, si no, el alimento de los cromatófagos? Y en toda nuestra historia como especie, nuestra voz no ha cambiado, incluso ahora que la especie humana se divide y hay cromatófagos, ingrávidos, droides genéticos y humanos transgénicos hablamos todos entre nosotros con la misma voz. Incluso para nosotros que no somos cromatófagos la luz es nuestro alimento principal pues las estrellas son nuestra principal fuente de energía gracias a las esferas dyson.
Linda me mira con la boca abierta. Se ha quedado sin palabras.
- Idkereda adaptó un mito de la Grecia clásica -le explico-. Accede a la holored e introduce como palabras clave esfinge, enigma y Edipo.
Durante unos minutos, mientras consulta la información, permanece abstraída.
Cuando sus ojos vuelven a enfocarse en el mundo real, le hago una petición:
- No se lo digas a Eyevnia, por favor -le digo-, aún no. Se lo explicaré en clase dentro de unos días.
Asiente.
Volvemos a mirar a los niños. Siguen jugando. El tigón salta entre ellos, entusiasmado, incansable. Al cabo de un rato, Linda vuelve a mirarme.
- ¿Sabe, señor? -me dice-... a veces tengo la sensación de que algún día volveremos al campo de batalla.
Yo bebo un sorbo de té. Un escalofrío recorre mi espalda. Pienso en lo mucho que hay que luchar día a día para que la civilización sobreviva, para que no desaparezca engullida por la barbarie.
- ¿Es que acaso lo hemos abandonado en algún momento? -pregunto.
(Fin del epílogo. Fin de la novela. Primer capítulo)
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