Capítulo 3. ENEMIGOS.


Lo más cerca posible resultó ser demasiado cerca.
- Señor -gritó Surkoi- la cápsula es incontrolable. Nos vamos a estrellar.
El salto subcuántico nos había acercado demasiado al planeta. Habíamos reaparecido a tan sólo seis mil kilómetros de su superficie y moviéndonos a más de diez kilómetros por segundo directos hacia el centro del planeta. En unos diez minutos nos habríamos desintegrado y habríamos dejado un cráter como todo testimonio de nuestro paso por aquel mundo. Surkoi nos había alejado de ese destino al lograr variar nuestra trayectoria, pero conseguir la inserción orbital había sido imposible. El virus hacía bien su trabajo.
Ya en el momento de la reaparición, a seis mil kilómetros del planeta, los sistemas de control de la cápsula estaban sumamente degradados y en ese momento, cuando ya casi rozábamos las primeras nubes altas de la atmósfera, la cápsula se había convertido en poco menos que un montón de chatarra. Después de lanzar las radiobalizas orbitales lo único que quedaba por hacer era intentar salvarnos nosotros.
- ¡El sistema de frenado! -grité a Surkoi- ¿No es automático?
- Sí, señor -me contestó-, totalmente, no es necesaria la intervención humana, pero con los incurdroids acoplados hay demasiado peso. Y los motores están dañados, tal y como entramos en la atmósfera, no tienen potencia suficiente para evitar el impacto.
- ¡Y el virus! -gritó Alkai-, ¿quién nos asegura que el virus no ha arruinado todo sistema automático?
- El frenado atmosférico para esta cápsula es como el respirar para nosotros -explicó Surkoi-, depende de un sistema nervioso autónomo que lo dispara automáticamente en cuanto detecta las condiciones en las que estamos ahora. Es una función tan básica que no creo que se vea afectada por el virus.
- ¿Apostarías tu sueldo, Surkoi? -preguntó Brumantra.
- Sí -replicó Surkoi-, los motores están frenando...
- Ya, claro -replicó con sorna la oficial de comunicaciones-... ¿y se abrirán a tiempo los paracaídas?
- ¡Apuesto mi sueldo a que sí! -insistió Surkoi- Pero tendremos que mirar desde lejos. Con los incurdroids acoplados... destrozamos la nave seguro.
- Eres un bocazas.
- Basta de cháchara -ordené- ¡A los incurdroids!. ¡Abandonamos la cápsula! ¡Brumantra!
- Sí, señor -contestó Brumantra. 
- Active la emisión automática y encriptada de S.O.S. hasta la destrucción de la cápsula.
- ¡Activada, señor!
- La cápsula sobrevivirá -aseveró de nuevo Surkoi-, sólo hay que aligerarla.
- Pues que siga emitiendo allí donde caiga -dije yo.
A pesar de todas las dificultades, habíamos logrado completar una vuelta alrededor del planeta antes de tener que abandonar la nave y habíamos podido comprobar con nuestros propios ojos cuánto se parecía aquel planeta a nuestra buena y vieja Tierra:  su superficie estaba cubierta aproximadamente en un ochenta por ciento por mares y océanos azules, y además los sensores nos informaban de que el nitrógeno y el oxígeno eran los principales componentes de su atmósfera, y en proporciones más o menos semejantes a las de la atmósfera terrestre: un setenta y cinco por ciento de nitrógeno, un veintitrés por ciento de oxígeno y un dos por ciento de otros gases, como argón y dióxido de carbono. También había otra característica que lo asemejaba a la Tierra: había signos de vida tecnológicamente avanzada.
- ¡Surkoi!
Pero, lo que era más importante, no era una sociedad Ínbid, no había rastro ni de Coleccionistas de Medusas ni de Vispoides.
- Piloto automático activado -contestó Surkoi-, inicio la secuencia de desamarre y eyección de los incurdroids.
- ¡Dejadlo todo! -ordené- ¡Fuera seguros de anclaje!
Por encima de la vibración de toda la estructura de la cápsula y del crepitar furioso de cada una de las planchas de metal y cerámica que la formaban, y por encima del estruendo que provocaba el volumen de la nave al sumergirse en el aire a miles de kilómetros por hora, se oyó un chasquido enorme que hizo que todos nuestros huesos temblaran y que apretáramos las mandíbulas como si el apretar las mandíbulas fuera lo único que pudiera evitar que nos descoyuntáramos. Inmediatamente después del chasquido nuestros asientos quedaron libres y fueron empujados a lo largo de la columna vertebral de los incurdroids hasta quedar anclados en la cabina de mandos, situada en el vientre de los robots. A continuación, el cuerpo de nuestros respectivos robots se cerró sobre nosotros como una planta carnívora se cierra sobre su presa y la oscuridad nos envolvió.
-Simbiotización con el droide e inicio de la secuencia de carga -dije en medio de la oscuridad y del estruendo.
Encerrados como estábamos cada uno de nosotros en su biodroide, ya no nos veíamos ni habríamos podido oírnos si no hubiera sido por los aparatos que extendían nuestras capacidades sensoriales más allá de lo que la evolución darwiniana nos había permitido llegar nunca. A través de los comunicadores, mi voz llegaba a Idkereda, Surkoi, Brumantra y Alkai con un tono metálico y seco. El ordenador del droide reconoció mi huella neuronal y sentí sus finísimas agujas orgánicas atravesar la piel de mi nuca en busca de las conexiones con mi cerebro, y cuando al cabo de un segundo lo alcanzaron y mi cerebro se fusionó con el del droide, volví a ver a todos a través de los sentidos de la máquina, de la misma forma que ellos podían verme a mí.
- Cargad el equipo de supervivencia básico, desechad las raciones de aire, tendremos bastante con los filtros... y municiones, cargad todas las municiones que podáis y más si es posible.
La gravedad de aquel planeta era un poco inferior a la de la Tierra, pero hacía igualmente bien su trabajo y la cápsula seguía cayendo, vibrando y convulsionándose a través de la atmósfera mientras nosotros en el interior de los incurdroid nos preparábamos para abandonarla antes de que se estrellara contra la superficie. Si hubiéramos enfocado los sentidos de nuestros respectivos incurdroids anfitriones hacia el exterior habríamos visto una alfombra de nubes inmensas a nuestros pies, castillos de titanes que levitaban en el aire, vientres gigantescos preñados de tormenta -habríamos podido ver relámpagos surcar las nubes como serpientes eléctricas-, cumulonimbos blancos, azules y grises que se alzaban desde la superficie del océano de aquel mundo hasta sobresalir más allá de las capas bajas de la atmósfera y rozar, casi, el vacío del Cosmos, aquel otro océano del que proveníamos nosotros. Y, a través de los claros entre las nubes, habríamos visto la superficie del planeta, verde y azul; y por encima de nosotros, la bóveda celeste, de un azul tan intenso que era casi negro, y en la que cada vez se podían distinguir menos estrellas a medida que la atmósfera y el albedo del planeta se comían la luz de los astros más lejanos.
Pero no podíamos relajarnos contemplando la inmensidad que nos rodeaba: los sentidos del incurdroid estaban enfocados en el propio incurdroid porque nuestra supervivencia dependía del buen funcionamiento de esa máquina. No: del perfecto funcionamiento de esa máquina. Así que contemplábamos con suma atención todos los procesos que preparaban a la máquina para que en la superficie del planeta dejara de ser una máquina y fuera un cuerpo, un cuerpo perfecto, nuestro cuerpo perfecto: carga de  baterías, de municiones y de raciones de supervivencia, deshibernación de musculatura artificial y optimización de sensores, inyección de neurotransmisores en el cerebro del exoesqueleto de combate, programación de gravitores con los datos de campo correspondientes a ese planeta, calentamiento progresivo de servomecanismos y sensibilización de fibras, despolarización de membranas, y muchos otros procesos de los cuales éramos conscientes, todos ellos ejecutados en menos de cinco segundos ante nuestros ojos y nuestra conciencia acelerada gracias a las redes neuronales artificiales implantadas en nuestro cerebro. Así que concentrados en el flujo de información que proporcionaba nuestro recién adquirido cuerpo robótico, no vimos el punto negro que era la cápsula moviéndose a miles de kilómetros por hora en la inmensidad blanca y azul del océano de nubes que nos rodeaba, como no vimos tampoco los cuatro puntitos que éramos nosotros al salir eyectados de la cápsula. Quizá si hubiéramos visto la inmensidad blanca y azul acogernos en su seno, habríamos entrado en éxtasis y no hubiéramos dado demasiada importancia al hecho de que de la cápsula salieran cuatro puntitos y no cinco, lo habríamos considerado el destino natural de alguno de nosotros: el acabar adosado a la cápsula y estrellarse con ella, pero no veíamos las nubes, el océano, la inmensidad, sino sólo un planeta que se nos echaba encima como un martillo directo a nuestra cabeza, y no estábamos ni mucho menos cerca del éxtasis, sino al borde de un colapso nervioso, por todo lo cual cuando los sensores electrónicos me informaron de que Idkereda no caía con nosotros grité contra el destino:
-¡Idkeredaaaaa!
de la misma forma que hacía miles de años algún homínido gritó antes de que se inventara el lenguaje, antes de que se inventara nada, porque se negaba a morirse de hambre y de sed en el fondo de una cueva, y salió al exterior en busca de comida, acción como consecuencia de la cual nos encontrábamos nosotros en aquel momento perdidos en aquel mundo e Idkereda colgaba del amarre a la cápsula que lo arrastraba con ella hacia un martillazo en la cabeza.
-Señor -contestó Idkereda. A través de la radio todos pudimos oír su voz firme, sin resquicio de pánico, sólo parecía ligeramente nervioso- uno de los brazos del incurdroid se ha enredado en el amarre. Estoy intentando reconfigurar el incurdroid pero no responde.
-¡Córtatelo! -le grité, muchos metros por debajo de la cápsula ya y sin poder activar todavía los sistema de impulsión para ir a ayudarle- ¡Córtale el brazo al incurdroid YA! -insistí.
-Estoy en ello -fue lo último que oímos decir a Idkereda antes de que la cápsula se perdiera entre las nubes y se cortara la comunicación.
En cuanto estuvieron listos los sistema de impulsión y nuestro vuelo dejó de ser una caída libre, empezamos a buscarle. Ajustamos nuestro rumbo a la estela que había dejado la cápsula, pero cuando apenas llevábamos diez segundos de búsqueda descubrimos que no éramos los únicos que seguíamos aquel camino. Nuestra llegada al planeta había impulsado al Ínbid a desenmascarar su presencia en aquel mundo.
- Quinientos vispoides simbióticos Ínbid a las tres, señor -informó Brumantra-, mil metros por encima de nuestra posición. 
Los cuatro incurdroid iniciamos un ascenso a varias g de aceleración sin necesidad de que yo diera la orden. Todas las alarmas habían saltado, informándonos de que cientos de enemigos se lanzaban sobre nosotros como un tsunami. Dos cosas me desconcertaban: primera, no habíamos detectado la presencia Ínbid, no era un planeta con señales de haber sido transformado por el Ínbid ni los sistemas de análisis habían detectado DNA Ínbid; segunda, normalmente los vispoides Ínbid atacan en escuadrones de varios miles. ¿Por qué sólo enviaban quinientos sobre nosotros? ¿Había varios miles más que permanecían camuflados y al acecho, dispuestos a saltar sobre nosotros en cualquier momento? Probablemente todos los miembros de mi escuadra se planteaban las mismas preguntas en aquel momento. Pero no era momento de deducir respuestas. Era momento de actuar.
Disparamos las nubes de nanorrobots disruptores casi al mismo tiempo que los vispoides dispararon miles de aguijones venenosos contra nosotros. Por suerte, habíamos llegado a varios cientos de metros por encima de las unidades Ínbid e iniciábamos una curva de descenso, lo cual nos daba una pequeña ventaja táctica. En el punto más alto de mi trayectoria, tenía todo el planeta encima de mi cabeza, lo que significaba que estaba cabeza para abajo, a pesar de sentir todo mi cuerpo aplastado contra el asiento del incurdroid como si de repente mi masa fuera de cuatrocientos kilogramos. Mis huesos estaban tensos como la cuerda de un arco justo antes de lanzar la flecha. Aguantarían sin quebrarse pero si hubiera tenido que mover un solo dedo para disparar hubiera muerto ensartado por miles de aguijones sin conseguir defenderme. Los pensamientos son más ligeros. Mi cuerpo se había rendido aplastado bajo sí mismo y mi cerebro hervía confuso porque el horizonte no estaba donde debería estar. Pero por encima de mi cuerpo y mi cerebro, sin verse afectada por la fragilidad de la materia o por ilusión sensorial alguna, mi consciencia no paraba de trabajar: enviaba órdenes a una velocidad que sólo el exoesqueleto de combate podía ejecutar y recibía información a un ritmo que hubiera quemado las neuronas de un cerebro no redimensionado. Los pensamientos me mantenían vivo en aquel momento. Pulso magnético y flujo fotónico entre redes neuronales de fibras transparentes, circuitos biónicos y sentidos expandidos más allá del espectro humano, liberado de la pesadez de mi cuerpo, marioneta torpe y aplastada contra tambores metálicos, observaba omnisciente todas las direcciones a mi alrededor, como si tuviera ojos en la nuca, como si habitara en el centro de una esfera sin rincón alguno que escapara a mi visión multidimensional, a mi felino sentido del tacto. Pensé Señuelos, y varias copias virtuales de mi incurdroid se desplegaron a mi lado. No era necesario que diera órdenes en aquel momento. Todos los miembros de la escuadra sabían qué hacer y cuándo. Lo habíamos ensayado en las cúpulas de realidad virtual miles de veces.
Medio segundo antes del impacto de los aguijones pensé escudos y se desplegaron varias pieles de resina sobre el incurdroid. La resina se expandió en un cuarto de segundo y se vitrificó en una centésima al contacto con el aire. Cuando me alcanzaron los aguijones se incrustaron en ella pero no lograron atravesarla del todo. O al menos esa era la idea. Un par de luces parpadearon en un extremo de mi campo de visión. Torniquetes microscópicos pensé y las zonas envenenadas quedaron totalmente aisladas del resto del incurdroid. Había visto morir a hombres devorados por su propio incurdroid por culpa de esos venenos Ínbid: las toxinas se infiltraban en todos los sistemas y provocaban que la máquina se volviera loca.
- Informe de daños -pensé. Era un pensamiento dirigido hacia todo el resto de mi escuadra, así que los sistemas de comunicación transmitieron el pensamiento a todos los demás.
- Operatividad al noventa por ciento -pensó Brumantra.
- Operatividad al ochenta y siete por ciento -pensó Alkai- y recuperándose.
- Maldita sea, señor -pensó Surkoi-, tengo el sesenta por ciento... pero lo estoy recuperando.
- No se duerma, Mane, acelere esa recuperación... -ordené- Vamos a por ellos, en picado hacia abajo. Los atravesamos y luego dispersamos según una maniobra no lider trébol cuatro y ascendemos para caer de nuevo en picado y acabar con los que no hayan eliminado los nanorrobots disruptores. Preparad los fusiles de plasma.
Todo esto sucedía en fracciones de segundo. Sobrevivir a un ataque con aguijones era cuestión de pulso: si activabas la expansión de la resina antes de tiempo -una fracción de segundo antes de tiempo- los aguijones lo detectaban y tenían tiempo para variar su trayectoria y buscar los puntos débiles, las rendijas por las que podían hacer más daño. Si la activabas demasiado tarde, no había tiempo para que el escudo se desplegara y se densificara antes de que impactaran contra él los aguijones.
- Contacto visual -pensó Brumantra, y era cierto, ahí los teníamos: ante nosotros y a tres mil metros por encima de la superficie del planeta podíamos ver lo que quedaba de la escuadra de quinientos vispoides simbiontes Ínbid. Viraban desesperados hacia arriba, intentando ascender y enfrentarse a nosotros de frente. Pero nosotros fuimos más rápidos y los embestimos desde arriba. Cuatro incurdroids humanos cayeron sobre ellos y yo noté a través de mis conexiones neuronales cómo chocaban contra mi cuerpo droide a miles de kilómetros por hora docenas de cuerpos simbiontes que quedaban despanzurrados y esparcidos por toda la carcasa.
Noté un dolor punzante y un escozor insoportable en la cadera. Me habían alcanzado de nuevo con un dardo en alguna zona que no estaba totalmente protegida. Visualicé la zona, vi que no era imprescindible y la amputé del resto del sistema antes de que el veneno se extendiera. En el holograma luminoso que tenía ante mi, la zona que me acababa de amputar, de unos mil centímetros cúbicos y situada en la cadera derecha, quedó sumida en las sombras, como si todo un barrio hubiera apagado de repente las luces por la noche, creando una isla de oscuridad en medio de la urbe. En una fracción de segundo, compuse un programa para que el droide hiciera de forma automática lo que yo acababa de hacer, siempre y cuando el aguijón impactara en una zona no vital -de rango cinco o superior, pensé-. Al mismo tiempo hice que el droide girara sobre sí mismo como una peonza para que se sacudiera las vísceras de los vispoides que habían quedado aplastados contra él, igual que el conductor de un coche salpica de agua y activa el limpiaparabrisas para eliminar los insectos que han quedado aplastados contra el vidrio.
Mientras tanto, seguíamos cayendo hacia el mar a miles de kilómetros por hora. Adelantamos por el camino a muchos cuerpos de vispoides simbióticos muertos por culpa de los nanorrobots disruptores. Recuperamos la trayectoria al acercarnos al agua, rozamos la superficie del océano y trazamos una curva ascendente en direcciones divergentes, como si cada uno de nosotros se dirigiera a puntos cardinales opuestos. 
Había pensado en zambullirnos en el mar pero había descartado la idea. Era cierto que aquella versión de vispoides simbióticos no eran tan buenos luchando bajo el agua como en el aire, pero esos bichos lo hubieran interpretado como lo que era: una maniobra evasiva, y lo hubieran tomado como un signo de debilidad. Entonces, con toda seguridad, habrían lanzado sobre nosotros miles de vispoides más. En alguna parte de aquel planeta debía de haber algún cerebro vispoide que estaba tan desconcertado como nosotros al vernos por ahí, e intentaba averiguar de qué fuerzas disponíamos. Por nuestra parte, teníamos que comportarnos como si toda la armada humana nos apoyara desde la órbita planetaria. Si intentábamos ahorrar energía o municiones se darían cuenta de que estábamos solos, e incluso quizá deducirían que estábamos perdidos, sabrían que no éramos ninguna amenaza y nos masacrarían. Así que seguimos ascendiendo tan deprisa, con una aceleración tan brutal, que apenas podíamos respirar, y luego viramos e iniciamos el descenso en picado y también a toda velocidad y nos topamos con los vispoides simbióticos de frente, que ascendían también con una aceleración brutal. Pero ellos sí podían respirar tranquilamente a esas aceleraciones. Estaban preparados para esas gravedades y para muchas cosas más, los cerebros que los habían diseñado habían creado unas máquinas de combate prácticamente perfectas a partir de lo que la evolución darwiniana había elaborado en el planeta de los vispoides.
En ese momento lanzaron la segunda andanada de aguijones venenosos.
Miles de aguijones modificados mediante ingeniería genética y nanotecnología volaron hacia nosotros a velocidades varias veces hipersónicas.
Los sistemas analíticos incrustados en el epitelio del incurdroid me comunicaron que habían analizado las membranas celulares de los vispoides supervivientes y tenían sintetizada ya la segunda generación de nanorrobots disruptores. Este era uno de los motivos por el que los incurdroids no podían aislarse del todo del exterior. Un incurdroid totalmente aislado con resina diamantina podía llegar a ser inexpugnable pero al mismo tiempo totalmente inútil.
Los cuatro incurdroids lanzamos prácticamente a la vez la segunda generación de disruptores contra los vispoides e intentamos esquivar como pudimos los aguijones. La primera vez habíamos tenido mucha suerte: esta vez acertaron en varios puntos sensibles. Ellos también habían mejorado la cabeza rastreadora de los aguijones y probablemente la habían dotado de microbombas troyanas para abrirse paso a través de la resina vitrificada.
- ¡Estoy cayendo! -gritó Brumantra.
Yo apenas podía controlar el incurdroid.
Alkai abrió fuego con el fusil de plasma y nos cubrió con una muralla de materia ionizada a varios miles de grados centígrados de temperatura contra la que se desintegraron docenas de vispoides. Surkoi estaba ayudando a Brumantra.
- ¡Continuad disparando contra los supervivientes! -pensé, mientras caíamos los cuatro. Y luego pensé para mi: no tiene que quedar ni uno vivo.
Brumantra consiguió recuperar el incurdroid y sobrevoló el mar a dos metros de altura. Si hubiera habido oleaje fuerte, se habría chocado contra el océano. Surkoi la seguía a pocos metros por encima de ella. Alkai me cubría mientras yo acababa de recuperar el control de mi exoesqueleto. A la vez que estabilizaba el incurdroid, lancé varias andanadas láser contra los vispoides que huían.
Por suerte, los nanorrobots disruptores habían hecho un buen trabajo y las dos docenas de vispoides simbiontes que habían sobrevivido se batían en retirada.
- Alkai -insistí-, que no quede ni uno vivo.
Disparamos contra ellos hasta que nuestros radares nos indicaron que el cielo estaba despejado.
- Joder -gritó Surkoi- ¡joder! -en ese momento, después del combate, libres de aceleraciones para las que el cuerpo humano en realidad no estaba preparado, habíamos recuperado el habla y podíamos expresar nuestro estado emocional con la delicadeza habitual de los seres humanos que habían sobrevivido a un ataque Ínbid- ¡Joder! -volvió a gritar Surkoi.
- Menos mal que en este planeta no había Ínbid -jadeó Alkai de muy mal humor.
- Pues sabéis qué os digo -continuó ladrando Surkoi-... os digo... ¡joder, me alegro! ¡Si tenemos que morir en este puto mundo, quiero morir matando! Quiero matar cuantos más vispoides y medusas mejor... ¡Para eso me enrolé en el ejército! ¡Así que me alegro, joder!
- Bueno, guarda energías -dije yo-. De momento, tenemos que seguir buscando a Idkereda.
- Estoy al veinte por ciento -informó Brumantra.
En realidad me estaba diciendo que no podía buscar a Idkereda. No con sólo el veinte por ciento de su incurdroid. De hecho, ninguno de nosotros podía seguir buscando a Idkereda, al menos de momento. Mi incurdroid estaba dañado en un cuarenta por ciento, el de Surkoi en un cincuenta y el de Alkai en un treinta por ciento. Necesitábamos reagruparnos y descender sobre la superficie del planeta, establecer un campamento y dar tiempo a los sistemas de recuperación de los biodroides para que hicieran su trabajo.
- Comprendo -pensé-, tengo un mapa de la zona en mente en estos momentos. La línea de costa no está lejos. Seguidme.
Descendimos sobre una colina situada a quinientos metros de la playa, en la costa sur de una bahía -el planeta tenía un campo magnético más fuerte que el de la Tierra y las brújulas nos indicaban que estábamos en la costa sur-. Al norte teníamos el mar y, más allá del mar, de nuevo la costa, y aún más al norte, en el interior de tierra firme, se extendía una zona verde que se parecía bastante a una selva de la Tierra. Era en esa zona, en medio de lo que tenía toda la pinta de ser una tupida vegetación, donde creíamos que había caído la cápsula. Hacia el oeste, desde el aire, justo antes de tomar tierra, pudimos distinguir una cadena montañosa con picos de hasta cinco mil metros de altura.
Establecimos el campamento según el procedimiento estándar para casos en los que una escuadra o parte de ella se queda aislada en un planeta con vida alienígena no catalogada. Abrimos un perímetro de seguridad de doscientos metros de diámetro alrededor de la cima de la colina. Primero quemamos toda la vegetación con los lanzallamas y después limpiamos los restos carbonizados a base de fuerza bruta, utilizando los incurdroids como si fueran bulldozers. Luego, en la cima de la colina, situamos los incurdroids en los vértices de un pentágono e iniciamos el programa de alerta defensiva. La tienda de campaña que portaba Brumantra en su incurdroid se desplegó y se montó automáticamente en el centro del pentágono. Era una tienda tipo iglú pero con cinco caras, y de cada una de ellas salía un cordón umbilical que conectaba directamente la cabina del incurdroid que estuviera enfrente de esa cara con el interior de la tienda. La cara de la tienda correspondiente a Idkereda permaneció sellada y el punto donde debería haber estado su incurdroid, vacío. Finalmente, cubrimos todo el campamento con un manto de invisibilidad.
El material con el que estaba hecha la tienda y los túneles que la conectaban con los incurdroids nos aislaba del exterior. Los filtros de aire mantenían el aire respirable en el interior de aquella burbuja pero sin permitir que entrara ninguna clase de vida microbiana ni substancia habitual en aquel planeta que pudiera ser tóxica para nosotros. Aunque la presión atmosférica, la temperatura y la composición química del aire fueran semejantes a los de nuestra buena y vieja Tierra, debíamos mantenernos aislados de la química de aquel mundo. Había agua en abundancia, oxígeno, vida vegetal y temperaturas cálidas: teníamos que suponer que a nuestro alrededor hervía un océano de vida en el que nuestros cuerpos no estaban preparados para zambullirse, un campo de batalla totalmente desconocido para nuestros sistemas inmunitarios. Muy probablemente, el aire de aquel mundo sería para nosotros más agresivo que agua hirviendo. Si nos exponíamos a esa jungla de organismos vivos y moléculas desconocidas para nuestro organismo, seguramente caeríamos enfermos y moriríamos en poco tiempo. Existía la posibilidad de que una o varias substancias habituales en aquel planeta fueran venenosas para nosotros los seres humanos o bien que nos devoraran los organismos microscópicos propios del planeta. Había visto con mis propios ojos casos extremos en mundos tan parecidos a la Tierra como aquel: hombres que en cinco minutos habían dejado de parecerse a un ser humano y se habían transformado en algo más semejante a un mendrugo de pan mohoso, personas que en poco tiempo sucumbían a infecciones bacterianas o víricas, gente que moría envenenada en cuanto respiraban un aire cristalino y fresco por el mero hecho de haber creído que era suficiente para sobrevivir con respirar oxígeno a una atmósfera de presión y veinte grados centígrados. Se habían olvidado de que el aire y la tierra y el agua están llenos de bacterias, hongos, ácaros, esporas, parásitos y substancias de todo tipo; y fueran del tipo que fueran en un planeta que no fuera la Tierra eran del tipo extraterrestre, justo el tipo que puede ser mortal para nosotros los seres humanos. He visto morir gente a mi lado por haber olvidado que lo único que nos salva de que toda la vida microscópica que nos acompaña en la Tierra nos reprocese como moléculas orgánicas útiles para su supervivencia es haber desarrollado mecanismos de defensa contra ella gracias a los millones de años que llevamos evolucionando juntos, pero la variedad que puede existir de proteínas es tan increíblemente enorme que en un planeta que no fuera la Tierra las defensas de las que nos había dotado la evolución no servirían para nada casi con total seguridad, por mucho que el planeta se pareciera a la Tierra. El Universo es un lugar muy hostil a la vida en general, y en particular a la vida que aprende a moverse de estrella en estrella. En definitiva: cuando dejáramos el campamento para explorar los alrededores vestiríamos pieles sintéticas que harían básicamente el mismo trabajo que hace nuestra piel humana: mantenernos aislados del mundo exterior. Esperar que nuestras proteínas fueran tan diferentes a las propias de aquel planeta que no interaccionaran unas con otras era una esperanza romántica y bastante estúpida: en un planeta con atmósfera rica en oxígeno y vida basada en carbono, teníamos que esperar lo peor: que fuéramos tan comestibles como el más antiguo de los seres de la cadena trófica de aquel mundo. Así que, después de meses de vivir encerrados en una cosmonave más claustrofóbica que un submarino, deberíamos haber estado ansiosos por salir al exterior y estirar las piernas en un gran espacio abierto pero lo cierto es que nos reunimos en la tienda iglú y nadie tenía prisa por acabar la reunión.
- Hay algo más, señor -intervino Brumantra-, me temo que las radiobalizas orbitales no funcionan.
- ¿No podría ser que lo que no funcionara fueran los receptores de los incurdroids? -preguntó Alkai.
- Podría ser -dijo Brumantra-, pero ¿los cuatro receptores estropeados a la vez? No lo creo.
- ¿Y el virus? -replicó Alkai- ¿No podría haberse infiltrado en el cerebro del incurdroid?
- Acabamos de sobrevivir a un ataque Ínbid. Los incurdroids han funcionado correctamente. En mi opinión, los cortafuegos y las barreras placentarias cumplieron su función mientras estábamos en la cápsula. Yo creo que el problema es de las radiobalizas -sentenció Brumantra-. Se han estropeado.
Alkai no dijo nada. Sabía perfectamente que lo que decía Brumantra tenía sentido. Durante unos segundos permanecimos en silencio.
Un vuelo hasta la órbita donde se situaban las cosmobalizas nos dejaría en una situación muy vulnerable. Sólo disponíamos de cuatro incurdroids y ninguna cosmonave de apoyo. Aun en caso de que pudiera realizarse, tenía que ser un último recurso.
Pero lo cierto es que había pocas alternativas. Aunque la constelación Esparta hubiera captado el SOS, cosa que no sólo no era segura sino que era extremadamente improbable, sin las radiobalizas sería muy difícil que nos localizaran. Podría haber ordenado a uno de los soldados bajo mi mando ascender a la órbita de las radiobalizas. Podría haber ordenado a Alkai, Surkoi o Brumantra, o a Idkereda si cuando lo encontráramos se encontraba en condiciones, subir hasta una órbita de intersección y reparar al menos una de las cosmobalizas. Seguramente hubieran acatado la orden sin rechistar, aun y sabiendo que con el Ínbid pisándonos los talones y sin apoyo orbital que nos ofreciera cobertura hubiera sido una misión suicida. Por pocas alternativas que hubiera, tenía que explorar otras posibilidades antes de sacrificar a uno de los soldados bajo mi mando. También cabía la posibilidad de que el Ínbid hubiera detectado y derribado las radiobalizas, simple y llanamente.
- Hay otra opción -dijo Alkai al cabo de unos segundos-, si recuperamos la cápsula quizá se puedan reparar las radiobalizas desde aquí, desde la superficie.
Miramos a Brumantra.
- Es una posibilidad muy remota -dijo Brumantra al ver que todos la estábamos observando-, si conseguimos llegar a la cápsula, si ésta no ha quedado totalmente destruida, si conseguimos contener el virus y poner en funcionamiento las comunicaciones y si conseguimos poner en marcha los sistemas de control remoto... entonces, sí, quizá podamos reparar las radiobalizas.
- ¿Qué posibilidades hay de que la cápsula no haya quedado totalmente destruída,  Surkoi? 
- Me he apostado mi sueldo a que los paracaídas se han abierto, señor -me contestó Surkoi-.
- De acuerdo, intentaremos recuperar la cápsula - dije yo-, si la cápsula no funciona, alguien tendrá que subir a reparar alguna radiobaliza, pero de momento intentaremos recuperar la cápsula.
- Y si la cápsula está destruida y el Ínbid ha derribado las cosmobalizas... -dijo Alkai- ¿qué opciones nos quedan, señor?
- Si nos viéramos en una situación terminal ya sabéis cuál es el procedimiento -contesté sombriamente-, buscaremos las bases Ínbid en este planeta y liberaremos la antimateria de los incurdroid. Los incurdroids no deben caer en manos del Ínbid.
Volvimos a sumirnos en el silencio. Al cabo de unos segundos retomé la palabra.
- De todas formas -dije- no sería racional ponernos en lo peor, al menos no todavía. Al fin y al cabo, no es tan sencillo derribar cuatro cosmobalizas militares, ni siquiera para el Ínbid.
- Por cierto, señor -nos recordó Brumantra-, nos iría muy bien tener a Idkereda para intentar controlar el virus.
- Lo sé -dije yo-, en cuanto los sistemas de reparación de los droides nos devuelvan al noventa por ciento de funcionalidad, saldremos a buscarlo, tiene que estar en algún punto entre nosotros y la cápsula.
Todos teníamos un nudo en el estómago. Era probable que Idkereda hubiera conseguido desamarrarse de la cápsula a tiempo pero... ¿habría tenido un encuentro con los vispoides simbióticos como lo habíamos tenido nosotros? Si así era, solo no habría sobrevivido. Ningún humano podía sobrevivir a un ataque Ínbid si estaba solo.
- Alkai y Surkoi, vengan conmigo -ordené-, exploraremos el perímetro de seguridad. Brumantra, usted quédese y permanezca atenta por si se activan las radiobalizas o recibe alguna señal de Idkereda... o regresan los vispoides.
Salimos al exterior vestidos con pieles sintéticas y armados hasta los dientes.

(Final del capítulo 3 - Capítulo siguiente)

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