Capítulo 8. EL SUEÑO.
Llevábamos horas nadando a contracorriente. El destino nos arrastraba hacia una catarata y nosotros nadábamos intentando alejarnos del desastre. Un montón de horas luchando contra el Universo, intentando doblegar su inercia a nuestra voluntad humana. Pero el Universo desbordaba nuestras previsiones, escapaba a nuestros designios, aplastaba nuestro insignificante poder humano. Había dejado claro que estaba mucho más allá de cualquier máquina que pudiéramos utilizar contra él. Controlábamos el fuego, sí, y el átomo y su núcleo. Incluso controlábamos la antimateria y el salto Aleph a través del espacio-tiempo, pero ni siquiera eso era suficiente para reconducir las circunstancias según nuestros intereses. Llevábamos demasiado tiempo contemplando cómo nos salvábamos en el último momento gracias a la suerte, simple y llanamente. Un montón de horas sintiéndonos marionetas arrastradas por un huracán contra el que toda nuestra tecnología humana nada podía. A pesar de nuestro esfuerzo, estábamos casi totalmente a merced del azar. En definitiva, llevábamos demasiado tiempo siendo humillados. Supongo que podría haberme vuelto loco de furia o simplemente loco.
En el ejército nos entrenaban para no rendirnos, para luchar contra las circunstancias con todas nuestras energías, hasta la extenuación más absoluta, hasta la muerte si era necesario, como si las circunstancias fueran el enemigo y pudieran ser destruidas con un disparo certero o una estrategia adecuada, como si la realidad en general fuera un objeto que pudiéramos cincelar a nuestra voluntad. Pero esa imagen de la realidad era pueril. Llevábamos horas enfrentándonos a esta verdad: el control que teníamos sobre el devenir era muy poco superior al que pudieran haber tenido unas amebas. La frustración y el cansancio nos empujaban a la furia y a la locura. La furia era una opción. La locura era otra. Y no eran incompatibles. Veía la locura enfrente de mí como podría haber visto una puerta adornada con un cartel luminoso de Salida: una huida hacia dentro, una escapatoria hacia la perfección de mi mundo interior, donde los campos de gravedad crecen con mi permiso y conozco los más íntimos secretos de los depredadores. Estaba cansado, y el cartel de Salida me tentaba como si estuviera indicando el camino hacia el hogar.
A pesar de todo, escogí la lucidez. No quería huir. Me sentía extenuado pero no abatido, no derrotado. En lugar de atravesar esa puerta, dejé de luchar contra el mundo, dejé de dar golpes inútiles contra una realidad indestructible, dejé de agotarme por culpa de la furia y empecé a pensar como un luchador de judo o de aikido: openerse frontalmente a la tenaza sólo conduce a la luxación y a la derrota. Pero siempre hay una forma de deshacer el nudo, y el primer paso para deshacer el nudo es no luchar a golpes contra él. El resto de la escuadra estaría como yo, seguramente, sólo que aún más nerviosos, sobre todo el inquieto Surkoi, y me correspondía a mí, como comandante, mantener la calma necesaria para no perder el pulso de la realidad. Entregaría las armas en caso necesario, pero no bajaría la guardia, y el sable lo conservaría conmigo. No tenía alternativas: con Idkereda casi sin poder sostenerse por sí mismo, y los pocos medios de que disponíamos en ese planeta, no podía rechazar la ayuda médica que nos ofrecían.
Y el incurdroid seguía sin responder a mis órdenes mentales.
Respecto al sable, les diría a nuestros anfitriones que era un arma defensiva, que tenían que demostrarme que confiaban en mí permitiéndome conservarlo. Quizá les convenciera. Quién podía saberlo. Era imprevisible. En cualquier caso, iba a descubrirlo en cuestión de pocos segundos. Mientras llegaba ese momento, pasé el rato aferrado a su empuñadura e intentando mantener despierto a Idkereda.
Nos habíamos conocido hacía diez años en unos campamentos de verano en el planeta Cantor. En aquel entonces los dos teníamos diecinueve años. Yo acababa de finalizar mi primer año universitario y la verdad es que estaba un poco aburrido de la vida. Él era el tío más raro del campamento, y no había tenido tiempo de aburrirse en toda su vida. Yo había viajado con unos cuantos amigos de la Facultad. Nuestros planes eran celebrar en grupo, y por todo lo alto, el final de curso. Él estaba solo. De hecho, era huérfano, no había conocido nunca a sus padres ni sabía lo que eran los compromisos familiares: no tenía familia. A juzgar por su comportamiento y aspiraciones tampoco la echaba de menos. Había vivido de orfanato en orfanato hasta que al cumplir los dieciocho años se había enrolado en la Armada. Odiaba la violencia. Odiaba la jerarquía. Odiaba los uniformes militares. Amaba el conocimiento. Disfrutaba aprendiendo cosas. Quería seguir estudiando. Pero las Universidades no concedían becas para orfanatos públicos, al menos en el mundo de donde él procedía, Horizonte de Catay, un planeta cuyos primeros pobladores habían sido robots programados para la creación de un entorno seguro donde pudieran desarrollarse los embriones humanos que portaban en sus vientres. En realidad, él no había pisado Horizonte de Catay más que en un par de ocasiones en toda su vida, pues los orfanatos donde había pasado todo ese tiempo formaban parte del anillo de hábitats artificiales que orbitaban alrededor del planeta. Tampoco hubiera tenido mucho que pisar pues Horizonte de Catay era un gigante gaseoso y todos los lugares habitables del planeta eran ciudades que sobrevolaban un océano de hidrógeno metálico. La mayor parte del tiempo, estas ciudades ni siquiera eran visibles desde la órbita del planeta pues quedaban cubiertas por nubes tan grandes como planetas. La cuestión es que la única empresa que estuvo dispuesta a pagarle los estudios a un desarrapado de cuyo nivel educativo todo el mundo dudaba fue la Armada Humana. Así que Idkereda se había enrolado sin dudarlo. En aquel momento, después de las guerras Kilmoa, se vivía un periodo de paz sin precedentes en toda la historia de la Humanidad, y parecía una buena inversión de futuro. Desde luego, Idkereda estaba entusiasmado, y su entusiasmo contrastaba con mi hastío. Él, después de un año trabajando para el ejército y recibiendo instrucción militar, se había ganado una oportunidad para entrar en la Universidad Militar de Monte Olimpo, en Marte, y aquellos campamentos de verano donde nos conocimos era la última estación en la que tenía que marcar el billete antes de llegar a su auténtico objetivo. Yo, en cambio, no tenía un objetivo demasiado claro en mi vida, excepto quizá viajar de fiesta en fiesta noche tras noche. A decir verdad, cuando echo la vista atrás, con la perspectiva que me dan los años, me parece recordar ya en aquella época un cierto cansancio por mi parte, una cierta inquietud al descubrir que todas las acciones que me definían cotidianamente me dejaban, en el fondo, insatisfecho y vacío. Lo había tenido todo mucho más fácil que Idkereda, pero esa facilidad no parecía haberme ayudado a encontrar un sentido a mi existencia.
Mis padres eran granjeros en Amantze y disfrutaban de una posición acomodada. Yo disfrutaba de la posición acomodada de mis padres. De hecho, disfrutaba más que ellos. En realidad, mi disfrute se parecía mucho al de los parásitos: no había trabajado en toda mi vida. Lo único que había hecho para merecer todo lo que tenía era haber nacido, cosa que carecía por completo de mérito. Cuando digo trabajar me refiero a trabajar de verdad, trabajar como trabajaban mis padres, que se levantaban de madrugada y, durante la mayor parte del año, regresaban a casa cuando ya era noche cerrada, demostrando de esta forma que el cultivo de la tierra en el s. XXIV seguía siendo un trabajo tan duro y absorbente como lo había sido siempre a lo largo de la historia de la Humanidad, o quizá incluso más que en algunas épocas pretéritas, a pesar de toda la ayuda robótica de que disponían y de todos los sistemas expertos que trabajaban codo con codo con los seres humanos. Yo, a mis diecinueve años de edad, no sabía qué era trabajar. Mis padres me habían proporcionado todo el sustento material que necesitaba y yo había estado muy ocupado proporcionándome sustento social: ser aceptado por mi grupo de amigos hasta llegar a ser el líder, ligar con las chicas más guapas de la clase, y del distrito, conseguir invitaciones para los mejores clubs del planeta, o para las mejores playas privadas. En fin, esas cosas que llenan el universo de la mayoría de adolescentes y que los mantienen demasiado ocupados como para percatarse de la cara de cansancio de sus padres al acabar la jornada, de cómo se van marcando las arrugas en su rostro a medida que pasan los años; demasiado ocupados, en definitiva, como para percatarse de cómo la dureza de la supervivencia diaria va absorbiendo la vitalidad de sus progenitores hasta fusionar todas sus ilusiones en una única idea obsesiva: que mi hijo no tenga que trabajar así de duro, que estudie, que tenga una vida mejor, que sobreviva sin pasar las penalidades que nos han agobiado y nos han marcado a nosotros.
Amantze había sido un planeta yermo y frío. Cuando llegaron las primeras naves de colonos tenía un potencial enorme pero su terraformación había sido complicada, se habían tenido que resolver multitud de problemas a escala planetaria y había habido accidentes importantes. Había muerto gente, y había habido épocas de carestía. Cuando yo nací, la situación había mejorado muchísimo, pero aún quedaba un ingente trabajo por hacer y muchos sistemas que regular continuamente para que el planeta entero no se saliera de madre y continuara produciendo todo lo que la creciente población humana necesitaba. De toda esta problemática, el adolescente que yo era en aquella época no tenía ni idea: vivía feliz en una pequeña ciudad insular del hemisferio sur del planeta. Mis padres me daban todo lo que necesitaba: estudios, ropa, atención médica, comida, vacaciones... y fiesta, mucha fiesta. Ellos no tenían muy claro a dónde iba a parar mi paga semanal pero más de una vez se invirtió en substancias psicotrópicas mucho menos legales que el alcohol y en invitar a chicas con las que quería tener algo más que unas risas y una agradable conversación, además de en organizar fiestas para mis amigos y excursiones a lugares exóticos del hemisferio norte del planeta, donde en más de una ocasión nos jugamos la vida estúpidamente. No teníamos muy claro cuál era el valor de las cosas. Lo más difícil que había hecho en mi vida había sido descubrir justo antes de entrar en la Universidad que en realidad no tenía tantos amigos como pensaba.
Realmente, mi vida era un asco.
Estaba rodeado de un Universo entero al alcance de mi mano gracias a la impulsión Aleph y a la formación que mis padres me estaban pagando, pero yo estaba demasiado ocupado mirándome el ombligo y buscando experiencias sensoriales que me proporcionaran placer; tenía a mi alcance también todo el conocimiento que la Humanidad había acumulado en miles de años de Historia y en varios siglos de exploración espacial, y podría haber accedido a él en la Universidad que quisiera, pero no sabía qué estudiar, no sabía qué hacer con mi vida; de hecho, la vida me parecía muy aburrida si uno no estaba de fiesta continuamente, e incluso las fiestas empezaban a aburrirme ya. Mi paso por los campamentos de verano en planeta Cantor era un intento más por saciar mi sed de placer y evitar el aburrimiento. Obviamente, en aquella época no lo veía así, no era consciente de ello. Si alguien me hubiera explicado en aquel momento todo esto que estoy escribiendo ahora me habría partido de risa en su cara y lo habría tratado de gilipollas. Pero con el paso de los años le habría dado la razón y, de hecho, con el paso de los años he acabado escribiendo lo que ojalá alguien me hubiera explicado en aquella época de velocidad, desenfreno, ansia e inconsciencia.
Cantor era el primer mundo descubierto de Membranas Cantoras. Sólo por este motivo ya habría sido suficiente para que fuera famoso en todo el Universo ocupado por el género homo. Pero es que, además, alguien había hecho correr el bulo de que las mujeres se volvían locas de placer cuando vibrisaban escuchando el canto de esas membranas (1). Evidentemente este rumor había elevado varios órdenes de magnitud la popularidad de este tipo de mundos entre los adolescentes humanos. Por lo visto, según la sabiduría popular, había algo en las vibraciones de aquellas membranas que se acoplaba al cuerpo de la mujer de tal forma que, si se daban circunstacias propicias, acababa por activar sus más íntimos circuitos del placer en cuestión de un minuto, o menos. En fin, el bulo prometía el sueño de generaciones y generaciones de seres humanos: conseguir sin esfuerzo un placer cósmico que, además, nos revelara secretos a los que nuestra percepción habitual no podía acceder. Nada decían los rumores sobre el cuerpo de los hombres. Este vacío hacía más evidente la falsedad de aquellas habladurías: en el fondo, aquel cuento no era más que una nueva cristalización de un deseo masculino ancestral, la versión estelar de un ansia milenaria, a saber, la de controlar el placer del cuerpo femenino, para así controlar a la mujer. En fin, la mujer en el s. XXIV seguía estando más allá de la comprensión de la mayoría de los hombres, y también de la mayoría de las propias mujeres, así que aquel chisme no hacía más que delatar la necesidad de poder que teníamos todos sobre un asunto tan importante y misterioso como es el sexo. No había que ser ningún genio para darse cuenta de ello. Sin embargo, cuando tienes diecinueve años no te interesa demasiado la verdad, sólo la tribu y su líder, así que todos acudíamos a Cantor por lo mismo. Lo admitiéramos o no. También las mujeres, claro.
Bueno, todos no. Idkereda no. Idkereda tenía otros planes, estaba allí para escuchar los cantos de las membranas. La verdad es que al principio lo tomé por un bicho raro, uno más de los que van de espirituales y profundos por la vida, alucinando con las puestas de Sol o los amaneceres, o las brillantes estrellas del cielo, y quedándose embobados mirando las nubes mientras leen poesía... para luego resultar ser poco menos que unos subhumanos incapaces de dar un beso bien dado a una chica en el momento oportuno o marcar un gol en un partido de fútbol. Pronto me di cuenta de que estaba equivocado. No era el caso de Idkereda. Idkereda no encajaba en ningún esquema conocido por mí. Participaba con todos nosotros en las competiciones deportivas que se organizaban en el campamento, y era un buen rival, no era ningún saco de patatas: el año de entrenamiento militar le había puesto en muy buena forma. Pero cuando llegaba el momento de ir de fiesta, Idkereda desaparecía. Para él la fiesta estaba muy lejos de las discotecas, del ruido, del alcohol o de las drogas. La fiesta era subir a las montañas a escuchar desde su cima el canto suave e hipnótico de las membranas.
De vez en cuando, alguna chica se acercaba a él, por curiosidad, para ver quién era aquel desconocido, alto, apuesto, reservado, de complexión atlética, mirada tímida y diáfana, cabello negro y rizado, ojos azules, mandíbula bien definida y sonrisa de niño travieso que decía estar ahí con una beca de la Armada. Pero entonces él, bendita inocencia, se creía aquello de que querían saber qué estaba investigando en aquel planeta sobre las membranas cantoras y, ni corto ni perezoso, empezaba a hablarles de teoría de la información, entropía del lenguaje, análisis armónico y métodos matemáticos de exploración del caos, en lugar de hablarles de orgasmos, punto G, tantra o, simplemente, contarles un chiste. Todas se iban al cabo de poco tiempo. La que más aguantó fue una que tardó cuatro minutos y veinticuatro segundos en dejarle plantado casi con la palabra en la boca. Lo medí con el cronómetro de mi reloj. A mí lo que me fascinaba es que a él le daba igual. Jamás le vi abatido. Nunca triste. Supongo que cuando en la vida has conocido el hambre y la soledad y has decidido reorganizar todo tu mundo alrededor de un objetivo inmaterial como es el conocimiento, ser popular o ligar mucho o poco son minucias que no alteran demasiado tu respiración. Hasta ese momento, yo ni me hubiera imaginado que una reorganización semejante fuera posible, más bien habría apostado todo mi dinero, o más bien el de mis padres, a que una persona que había vivido una vida como la que había vivido Idkereda tendría que haberse convertido en un cínico perfecto. Pero no parecía ser el caso. Mientras todos mis amigos y yo mismo nos emborrachábamos o intentábamos embaucar a alguna amiga o a alguna desconocida -o ella intentaba embaucarnos a nosotros- para ir a retozar sobre las Membranas Cantoras, Idkereda tomaba datos. Más de una vez le había visto con un laboratorio portátil de grabación al borde de una zona de membranas o en medio de un valle cantor grabando cantos.
Nadie sabía muy bien qué eran las membranas cantoras, si una formación geológica o un ser vivo excepcionalmente extraño. La mayor parte de la gente se decantaba por la primera posibilidad: veían las membranas cantoras como algo tan carente de vida como los minerales. Pero a decir verdad nadie podía tener la certeza de que las membranas cantoras no estuvieran vivas de alguna manera, sobre todo teniendo en cuenta que en el Universo se habían encontrado formas de vida tan extrañas como los Plasmoides de Agonía o los Minerales Espejo, formas de vida que desafiaban la definición de vida -y de muerte- hasta extremos propios de pesadillas y películas de terror. En lo que sí se ponían todos de acuerdo era en un detalle: las Membranas Cantoras cantaban. Buscar una consciencia, o un lenguaje, en esos cantos a la inmensa mayoría les parecía algo exagerado, algo así como pretender que los colores de las flores en un prado formaban parte de una semántica cuya sintaxis necesitaba meses para desplegarse. La inmensa mayoría veía en las vibraciones de las membranas simplemente un fenómeno natural, como lo era el Valle Marineris o las mareas periódicas de los océanos de la Tierra. En Cantor, había corrientes de aire que circulaban por un intrincadísimo sistema de cavernas y que al salir al exterior hacían vibrar las membranas y éstas hacían vibrar la atmósfera poblándola de cantos que embelesaban a los turistas. ¿ Qué era lo que impulsaba estas corrientes de aire a través de las cavernas hasta conseguir que saliera con la potencia suficiente como para hacer vibrar las membranas? Se estaba investigando. Ríos de lava que calentaban el aire, mareas de océanos profundos que actuaban como un diafragma... había media docena de hipótesis que tenían visos de ser factibles, y decantarse por una u otra parecía prematuro. En cualquier caso, aquellos que veían en las Membranas Cantoras un fenómeno natural tan carente de consciencia como los eclipses de la Luna o las auroras boreales eran abrumadora mayoría. Había también una minoría para la cual las membranas eran seres vivos fruto de un determinado camino evolutivo, lo que no sabía explicar de forma convincente esta minoría era qué ventaja en la lucha por los recursos aportaban los cantos. El papel de los colores de las flores estaba claro desde hacía siglos, lo que no estaba claro era qué papel desempeñaban los cantos, ni siquiera a qué especie iban dirigidos.
Porque la selección natural no se aplica a los fenómenos geológicos pero sí a los biológicos, y la verdad era que los que consideraban las Membranas Cantoras como un fenómeno biológico ponían más preguntas sobre la mesa de las que resolvían. A pesar de lo cual no se les podía acusar de ser el grupo más especulativo, porque las preguntas que no sabían contestar de forma convincente no eran nada comparadas con los interrogantes que planteaba la postura del tercer grupo, el más minoritario, minúsculo hasta sufrir permanentemente la amenaza de extinción. Este tercer grupo consideraba que tras los cantos había consciencia. Y además una consciencia tan evolucionada como la nuestra, como mínimo. Es decir, que las Membranas Cantoras no sólo estaban vivas como las flores sino que estaban vivas como nosotros: si hubiéramos entendido el lenguaje de sus cantos habríamos podido comunicarnos.
La verdad es que a la auténtica mayoría nos daba un poco igual lo que fueran las membranas mientras no fueran carnívoras. A la gente le fascinaba los cantos y los colores que producían al cantar, y la industria turística que se había montado a su alrededor era varios órdenes de magnitud mayor que cualquier otra industria del planeta, pero sencillamente no estábamos interesados en profundizar más. No nos motivaba, ni nos motiva, desvelar los misterios del planeta Cantor. A Idkereda, sí. El requisito para que la Armada le pagara sus estudios universitarios, además de haber superado el año de instrucción militar, era que hiciera un trabajo de investigación sobre un tema relacionado con la exobiología o la exogeología. No se sabía en cuál de las dos categorías encajaban las membranas cantoras pero fuera cual fuera de las dos, Idkereda había decidido estudiar los cantos en busca de patrones complejos que pudieran delatar la existencia de una semántica y una sintaxis en ellos. Él no se declaraba partidario de ninguno de los tres grupos de teorías para explicar el fenómeno de las membranas pero, por las conversaciones que teníamos, estaba claro que le hubiera gustado descubrir que aquellos cantos eran un intento de comunicación con nosotros, y responder a esa mano tendida. Una noche me confesó que le fascinaban los sistemas complejos, el cómo era posible que a partir de partes conexas con reglas muy sencillas y aparentemente triviales pudieran surgir sistemas extraordinariamente complicados. Le hipnotizaban, por ejemplo, las hormigas. Me explicó que en el primer orfanato donde vivió montó un hormiguero utilizando cajitas de plástico transparente unidas con pajitas. Lo escondió debajo de su cama pero un día las monjas que dirigían el orfanato lo descubrieron y lo tiraron a la basura. Según ellas, era una porquería. Según Idkereda, era un experimento sobre la arquitectura de sistemas complejos. Intentó montar otro, pero el resto de niños ya no le traían hormigas porque tenían miedo de que las monjas los castigaran.
Así toda su vida hasta llegar a Planeta Cantor. Lo bueno de Idkereda es que te contaba todas estas historias riéndose, sin amargura. En su interior no cabía el resentimiento. Estaba demasiado ocupado en investigar los misterios extraterrestres, en analizar los cantos, en situar sensores a lo largo y ancho del campo de membranas. Toda la gente que había conocido en de mi vida iba dando tumbos por el Universo o se limitaban a seguir las vías que habían trazado sus padres para ellos. Nunca había conocido a nadie tan entregado a una causa, excepto quizá mis padres... pero mis padres eran víctimas de la causa a la que se habían entregado, les absorbía toda la energía día tras día, año tras año. A Idkereda, en cambio, su causa le proporcionaba energía, le impulsaba y, sobre todo, le hacía invulnerable a las miserias del mundo. Le ascendía. Y realmente se necesitaba mucha energía para trabajar en el campo de membranas.
El territorio, allí donde había un campo de membranas, desde los puntos más profundos de los valles hasta las cimas de las montañas más altas, quedaba cubierto por un material plástico, flexible y autorreparable que en algunos sitios se tensaba como la piel de un tambor y en otros aparecía turgente y mullido como un colchón de plumas. En ciertos lugares, caminar por encima de la membrana era como caminar por encima de una carpa de circo tensa y resbaladiza; en otros, sin embargo, la topología era intrincada, retorcida, llena de recovecos, estiramientos, columnas y vigas y casi tenías la sensación de deslizarte entre ligamentos y tendones de un monstruo antediluviano. En todos los años que hacía que se conocían las membranas cantoras, a pesar de toda la gente que las visitaba, no se había registrado nunca ningún accidente de consideración. Los complejos turísticos se situaban en las proximidades de los campos de membranas, y la mayoría de turistas solía escuchar los cantos o bien desde su habitación, o desde los acantilados del borde de la membrana o, como mucho, en las llanuras del límite. Raramente se adentraban más. Algunos jóvenes y adolescentes, en cambio, mis amigos y yo entre ellos, se aventuraban muchas veces hasta el mismo corazón del campo en busca de una experiencia más intensa, pero ni siquiera entre los más inconscientes había habido nunca ninguna desgracia.
Una noche, me dejé llevar por una chica que acababa de conocer. Nos adentramos solos en el campo de membranas. Después de atravesar las llanuras del límite, me di cuenta de que en realidad no me apetecía estar ahí con ella. Mientras buscábamos un rincón donde estar juntos me embargó una apatía incontenible e inexplicable. Admití ante mí mismo que en verdad no deseaba hacer con ella lo que se suponía habíamos ido a hacer allí. No es que la chica no fuera guapa, tampoco es que estuviera demasiado cansado por culpa de la falta de sueño; era simplemente aburrimiento. Aquella historia ya me la conocía como la palma de mi mano, no me sorprendía ni esperaba que lo hiciera. Comprendí que ese vino no era el que había de saciar mi sed, por muchas veces que llenara la copa con él. Era la primera vez que me sentía así, al menos con tanta lucidez.
Llegó el momento de agarrarse.
Y de besarse.
Y ella se aplicó con pasión. Y quizá fue esta misma pasión la que hizo que me diera cuenta de golpe que esta vez no iba a poder obligar a mi cuerpo a acatar mis órdenes de evasión y olvido. No porque no estuviera excitado, que lo estaba, sino porque el hastío era mayor. Mucho mayor. Quizá fue la nitidez del horizonte, las estrellas brillando impasibles en el firmamento, a lo lejos, la frialdad de la noche, el silencio, no sé, el caso es que sentí que me asfixiaba, que no podía más, y me aparté de ella como si me hubiera impulsado un muelle enganchado a mi estómago.
Ella me miró asombrada. Pero ya era demasiado tarde, ya no había vuelta atrás.
Me levanté de un salto y grité simulando entusiasmo:
- ¡Subamos a los volcanes!
Acto seguido, me alejé unos metros y empecé a subir por una ladera.
La membrana cubría todo tipo de accidentes geográficos y formaciones geológicas: valles, cráteres, montañas e incluso volcanes. Aunque, en realidad, lo que nosotros llamábamos volcanes no eran volcanes de verdad. Los geólogos habían comprobado que eran simples montañas truncadas en la cima con chimeneas kilométricas que se adentraban en las profundidades telúricas como traqueas en los pulmones. Por esas chimeneas no ascendía magma ni era previsible que lo hiciera en un futuro cercano. Ascendía aire. Nunca había estado en una de aquellas cimas, pero había visto hologramas, y sabía que en los cráteres de aquellas cimas las membranas adquirían formas semejantes a cuerdas vocales gigantescas. En aquel momento sentí una necesidad imperiosa de subir, de verlo con mis propios ojos. No sabía hacia cuál dirigirme, la que fuera, me daba igual, la que estuviera más cerca; el caso es que necesitaba moverme, necesitaba subir, correr, huir, elevarme por encima de un presente que, de golpe, se me antojaba pegajoso e ingobernable.
Ella me miró totalmente desconcertada, sin comprender lo que estaba ocurriendo y, por un momento, hubiera jurado que se levantaría y regresaría a las cabañas del complejo turístico donde nos hospedábamos. Me insultaría durante todo el resto de las vacaciones y mis amigos se reirían de mí por no haber aprovechado la oportunidad. Pero en lugar de hacer eso, que habría sido lo más razonable, se levantó... ¡y me siguió! Quizá, al principio, lo hizo con la intención de pegarme en cuanto me alcanzara. Lo cierto es que, cuando me alcanzó, se le habrían pasado las ganas porque se limitó a seguirme. Pero la ladera era cada vez más empinada y cada vez nos costaba más subirla así que nuestros músculos no tardaron mucho en acusar el esfuerzo.
Acabamos sentados a unos doscientos metros de altura aferrados con manos y pies a un material tan resbaladizo como el teflón y tan tensos como la propia membrana. Era una situación complicada: si nos resbalábamos caeríamos cientos de metros sin que nada nos detuviera. En el mejor de los casos sería como bajar por un tobogán sin límite de velocidad y sin saber muy bien cómo ibas a frenar al final. En el peor, existía la posibilidad de caer por alguno de los precipicios que habíamos rodeado al subir. En este último caso, nos haríamos famosos: seríamos los primeros tontos en matarse en un campo de membranas cantoras. Era una situación estúpida, fruto de una decisión tomada impulsivamente consecuencia de una cobardía: salir huyendo en lugar de decirle a la chica simple y llanamente que no me apetecía estar con ella.
Sinceramente, no sé cómo hubiéramos acabado si no llega a ser por Idkereda. Cuando llevábamos unos pocos minutos inmóviles y tensos como cuerdas de violín y ya empezábamos a cansarnos, le vimos ascender hacia donde estábamos. Subía la ladera por donde habíamos subido nosotros, sólo que más deprisa y más seguro, y encima cargado con una mochila bastante voluminosa. Al llegar a nuestra altura se detuvo, se descolgó la mochila, la abrió, sacó una sonda láser de tensión y la afianzó en la membrana. Luego apuntó una entrada en su compad personal y mientras lo hacía nos preguntó que qué hacíamos ahí. No parecía muy sorprendido por descubrirnos en mitad de la nada, y si nosotros no hubiéramos abierto la boca quizá se habría marchado sin decir una sola palabra más pero en el último momento mi compañera recuperó la voz y, quebrada por la ansiedad y el cansancio, suplicó:
- ¡Ayúdanos!
De repente, la sorpresa apareció en el rostro de Idkereda. Miró a nuestros pies y exclamó:
- ¡Joder!
Y al cabo de un segundo añadió:
- ¿Cómo se os ocurre subir hasta aquí sin antideslizantes?
Me sentí más estúpido que nunca. Una de las pocas trampas que tenían las membranas era su coeficiente de rozamiento variable con la altura y la velocidad: cuanto más tensa estaba la membrana menos oposición al movimiento presentaba, y la tensión aumentaba con la altura. Cuanto más subías, más resbaladiza era la membrana. Era lo primero que advertían a los turistas: sin antideslizantes, la membrana te permite subir hasta cierta altura, una vez superado ese límite, te resbalas y empiezas a deslizarte cada vez más deprisa sin que puedas hacer nada por evitarlo pues el rozamiento a alturas menores es suficiente para sostenerte si estás quieto o casi quieto, pero no si estás en movimiento. Te paras cuando llegas al final de la ladera, o cuando te estrellas contra la superficie del planeta después de caerte por un acantilado, o por un barranco. En los folletos turísticos estaba claramente advertido con letra parpadeante, imágenes tridimensionales e incluso con sonido de huesos quebrándose. La verdad es que mi acompañante podría haberse negado a subir pues era tan turista como yo y, por lo tanto, estaba tan advertida como yo. Pero era posible que, al igual que yo, no prestara demasiada atención a las advertencias. En cualquier caso, Idkereda nos hizo el favor de no esperar una respuesta por nuestra parte, además del favor de salvarnos el pellejo, muy probablemente. Abrió la mochila y, sin añadir palabra, nos tendió dos pares de plantillas antideslizantes de la reserva que llevaba con él.
- Son automáticas -nos dijo mientras nos sujetaba para que no nos deslizáramos justo en el momento de ponérnoslas.
Las plantillas se ajustaron a la suela de nuestros zapatos y, al detectar que estábamos tumbados, también se extendieron por los pantalones, hasta las rodillas, los muslos y las nalgas, e incluso llegaron a los antebrazos y los codos. Nos sentimos más seguros en seguida y el alivio descongestionó nuestros músculos y respiramos de nuevo a pleno pulmón.
- Gracias - dijimos casi al unísono mi compañera y yo.
Era evidente que Idkereda nos había sacado de un buen apuro y en aquel momento de alivio estábamos sinceramente agradecidos. Sin embargo, él no dio mucha importancia a lo que había pasado. Volvió a cargar la mochila a su espalda y dijo:
- No hay de qué. Me voy. Tengo mucho trabajo por delante. Tened cuidado.
Se levantó y empezó a subir de nuevo la ladera.
- ¡Un momento! -exclamé.
Idkereda se detuvo y me miró. Mi compañera de aquella noche también me miró, con el ceño fruncido.
- ¿Puedo acompañarte? -pregunté.
Idkereda se encogió de hombros.
- Me espera una ruta por todos los volcanes del campo de membranas -dijo-... si quieres pasar hambre, frío y acabar extenuado... tú verás. Ah, y además tienes que saber que no me gusta hablar mucho cuando estoy trabajando.
Me alcé y contesté:
- Perfecto. Vamos allá.
- ¡Anda ya! - gritó mi compañera, incrédula- ¡Será una broma! ¡Yo no quiero seguir subiendo! Tengo frío... ¡y hambre!
- Pues vuelve a las cabañas -le contesté yo sin inmutarme-. Mira... allí a lo lejos se distinguen las luces. Es imposible perderse. Y con las plantillas adherentes no corres ningún peligro.
- No seas cabrón -me contestó ella-, habrá dos horas de camino como mínimo, y no quiero volver sola.
Mi respuesta fue darme media vuelta y empezar a subir en pos de Idkereda, que no había tenido paciencia y había reanudado la ascensión.
- Pues si no quieres estar sola -le grité unos segundos después, metros ya por encima de ella-, date prisa y empieza a subir.
No miré hacia atrás. Ella regresó a las cabañas y no volvió a dirigirme la palabra en todo el verano. Yo me fui con Idkereda. Tardamos horas en llegar a la cumbre. Cuando vi todo el paisaje a mis pies, bajo un cielo despejado y cuajado de estrellas, me sentí bien, a pesar del cansancio, a pesar del frío y a pesar del hambre, y supe que había hecho lo correcto, aun y habiendo perdido parte de mis relaciones sociales al hacer lo que había hecho. Mientras Idkereda se dedicaba a situar aparatos de medida para recopilar información, yo me dediqué a contemplar el paisaje y las estrellas. Lo único que vomitaban a toda potencia aquellos volcanes era aire que surgía de las entrañas de la tierra. Ese aire impactaba contra las membranas que cubrían el cráter y las hacía vibrar como cuerdas vocales de un cantante de ópera. Por todo el campo de membranas había volcanes de aire cubiertos como si fueran regalos de cumpleaños para titanes. Y también había cráteres sin cubrir por donde entraba el aire y cavidades de resonancia que cambiaban de volumen gracias a membranas internas.
Aquella noche, Idkereda y yo fuimos de un cráter a otro caminando por los collados que conectaban una cumbre con otra. Andamos durante horas. A lo lejos titilaban las luces del complejo turístico y, aún más allá, más atenuadas por la distancia, las luces de Terecántor, la capital del planeta. El resto del mundo estaba cubierto por la noche. La única luz procedía de las estrellas y de la luna de aquel mundo, bajo la cual toda la extensión ante nosotros brillaba con un fulgor azulado. Durante horas, lo único que oí fueron nuestros pasos y nuestra respiración. Todo parecía congelado. Caminábamos por encima de un glaciar inmenso que cubría el mundo y fulguraba bajo la luz de la luna. Hasta que Idkereda se detuvo, dio media vuelta y me preguntó:
- ¿Alguna vez has estado en las cumbres mientras canta la membrana?
Nunca me había adentrado tanto en la membrana, así que negué con la cabeza.
- Túmbate. ¡Rápido! - me apremió mientras él mismo se tumbaba-. Está a punto de cantar.
Me tumbé. Estaba un poco nervioso. Me preguntaba si no sería peligroso. Mis escarceos amorosos no se habian producido más que en los arrabales de aquel extraño cuerpo extraterrestre. En aquel momento, la membrana había empezado a vibrar muy sutilmente, pero con intensidad creciente, como un motor que se preparara para subir las revoluciones y soltar toda la potencia que contenía en su interior. Intimidaba un poco. Las vibraciones se colaban a través de mi ropa y agitaban suavemente todo mi cuerpo. Era como si una corriente eléctrica me recorriera y en lugar de una sacudida provocara un cosquilleo suave desde la coronilla hasta la punta de los dedos de mis pies. Tuve la sensación de que incluso el aire se tensaba a mi alrededor. La certeza de que una enorme potencia estaba a punto de ser liberada se apoderó de mí y me encogió la boca del estómago.
Respiré profundamente y, de repente, todo el Universo explotó en una cascada de música y luz. Una corriente telúrica con el mismo ímpetu del Amazonas surgía de las profundidades de aquel mundo y ascendía por la atmósfera para desembocar en el firmamento. Y yo, estando ahí en medio de aquella fuerza incontestable, no podía hacer más que dejarme llevar, permitir que la corriente me arrastrara río abajo hacia el océano. En cuanto empezaron a cantar, las membranas también habían empezado a emitir luz y estar ahí donde estábamos era como estar en medio de una aurora boreal y a la vez en medio de un coro que cantara el Carmina Burana a pleno pulmón. Todo mi cuerpo era sacudido por el sonido con la fuerza con que te sacuden las vibraciones emitidas por los altavoces de una discoteca, pero sin el estruendo propio de una discoteca.
En pocos segundos, el sonido disolvió mis pensamientos y empezó a inducir en mí emociones. No me reconocía. De hecho, no había ni siquiera un "me". Había un corazón que palpitaba con fuerza y una intensa emoción al ver la luz de la aurora a ras de tierra, y las estrellas más allá, titilando en el firmamento. Pero las mismas sensaciones físicas que me provocaba la membrana al vibrar acabaron por desdibujar todas las sensaciones físicas con que mi cuerpo me ligaba a un punto concreto del espacio y, sí, sabía que había un corazón latiendo y unos pulmones inflándose de aire pero no habría sabido decir exactamente dónde. El planeta entero era mi cuerpo y viajábamos por el espacio, en medio de una soledad infinita y de un silencio exquisito que vibraba con la música. Quizá estas sensaciones sean propias de una mente enferma, no lo sé, por eso no las publicaré nunca mientras forme parte de la Armada, pero aún recuerdo la felicidad, y la paz que me embargó, y recuerdo también las estrellas. Su distante frialdad ya no me deprimía, la inmensidad del Universo y la oscuridad de los misterios de la vida ya no me abatían. Formaba parte de las estrellas, mi cuerpo no se agotaba en aquel planeta.
Mas cuando la membrana dejó de vibrar y la música pasó, mi cuerpo volvió a ser el de siempre y los pensamientos volvieron a llenar mi cabeza atraídos por la misma ley de la gravedad que me aplastaba contra el suelo. Mis huesos, órganos y carne volvieron a pesar y a pensar. Las estrellas volvían a estar ahí, lejos, frías, clavadas en un Universo impasible. Permanecimos tumbados durante un buen rato, sin atrevernos a romper el silencio. Al final Idkereda me preguntó si aquel concierto de música y luz me había parecido caótico o de baja intensidad.
Muchos de los que opinaban que las membranas cantoras eran pura y simplemente un fenómeno geológico aseguraban que los sonidos y la luz que emitían gracias a sus vibraciones eran caóticos y que pretender ver en ellos algo más que un fenómeno natural totalmente inconsciente era como pretender ver en la lluvia algo más que el resultado de unas determinadas circunstancias físicas de la atmósfera por el mero hecho de que a algunas personas les gustara escuchar el sonido de las gotas de agua al caer. Después de lo que acababa de vivir me di cuenta de que yo no podía estar de acuerdo.
- Esto no ha sido ni caótico ni de baja intensidad -contesté.
- Eso mismo pienso yo -remachó Idkereda.
Al cabo de poco tiempo, amaneció.
Continuamos situando sensores por el campo de membranas a la luz del día. Idkereda compartió conmigo las raciones de agua y comida que había llevado para él y, a cambio, yo cargaba con la mochila de vez en cuando. Idkereda no tenía dinero ni para alquilar un criado mecánico, así que llevaba mochila, y yo le hice de criado mecánico a cambio de un poco de agua y de comida. Ni siquiera osaba hablar a no ser que él lo hiciera primero. Iniciamos el regreso a las cabañas donde nos alojábamos cuando el sol de aquel mundo iniciaba de nuevo su descenso hacia el horizonte, y tardamos horas en llegar. Así que cuando por fin nos sentamos, en el restaurante del complejo turístico, era ya la hora de la cena y estábamos extenuados, hambrientos y sedientos. Más que sentarnos, nos derrumbamos en nuestras respectivas sillas sin ni siquiera haber pasado antes por las cabañas para ducharnos. Las raciones que se había llevado Idkereda eran las justas para una persona así que al compartirlas conmigo nos habíamos quedado hambrientos los dos. Además, las noches del planeta Cantor eran siempre frías, fuera la época del año que fuera, por lo que también teníamos frío. A pesar de todo, nos sentíamos estupendamente. En cuanto empezamos a comer y entramos en calor, iniciamos una conversación. Idkereda me explicó que su trabajo consistía en buscar patrones en los cantos de la membrana, que lo de aquel verano no era más que una prospección preliminar, que esperaba volver la temporada próxima, que para eso tendría que sacar buenas calificaciones en su primer año en la Universidad para que la Armada le renovara la beca. Mientras caminábamos por los campos de membrana apenas habíamos cruzado palabra y había llegado a pensar que Idkereda era una hombre taciturno. Pero me equivocaba. Simplemente, estaba trabajando. Con el segundo plato de sopa me confesó que su máxima ilusión desde niño era encontrar una especie extraterrestre con la que poder comunicarse. Que muchas noches soñaba que unos seres inteligentes diferentes a los seres humanos irrumpían en la habitación del orfanato y le rescataban de aquella cárcel. Sus amigos extraterrestres imaginarios le invitaban a recorrer el Universo con ellos y le prometían que ya no tendría que estar encerrado en una estación orbital, que podría ver cuantos paisajes quisiera, que conocería nuevas civilizaciones, historias increíbles y secretos fabulosos del Cosmos. Luego, durante el día, pasaba horas imaginando los pormenores de ese encuentro y de esos viajes. Era su forma de evadirse de la rutina. Supongo que él mismo se sentía un extraterrestre en medio de seres humanos a los que las hormigas les parecían una porquería y necesitaba atenuar de alguna manera su sensación de soledad en el Universo. ¿Qué mejor manera que encontrar unos seres tan extraños como él, con los que no tuviera que fingir el cumplimiento de normas sociales que nunca había sentido como propias?
Muchos niños en aquella época jugaban a la guerra contra los kilmoa. Yo mismo de niño había jugado a exterminar kilmoa. Idkereda jugaba a hablar con ellos. Se inventaba métodos para descifrar su lenguaje y de esta forma comprender cómo captaban el mundo unos seres totalmente diferentes a nosotros. Pero los kilmoa, después de la guerra, habían desaparecido en las profundidades de la galaxia e Idkereda se había quedado solo con sus sueños y sus fantasías.
Cuando la gente quiere huir de la soledad busca una pareja y forma una familia. Idkereda buscaba extraterrestres. Él era así. No odiaba a sus congéneres, simplemente necesitaba una nueva dimensión que explorar. Nos hicimos amigos. Pocos años después, los seres humanos se toparon con otra especie inteligente en el Universo. Bueno, en realidad con una simbiosis de, como mínimo, dos especies: el Ínbid. Pero no la descubrió Idkereda. Quizá por eso estalló la guerra. La guerra destrozó nuestras vidas. Amantze fue atacado. Mis padres murieron. El planeta quedó inhabitable y el trabajo de muchos años se perdió. Yo hice una cosa que nunca me había planteado hacer: enrolarme en la Armada. Idkereda también hizo cosas que nunca se había planteado hacer: entrar en combate, por ejemplo. No tuvo más remedio. El ejército le había pagado toda su formación superior y la guerra había estallado cuando aún le quedaban años de contrato. Al reencontrarnos en el campo de entrenamiento de Marte, después de años sin vernos, habíamos cambiado los dos. Él, a aquellas alturas, sí era un hombre taciturno. Yo también. El joven inconsciente y atolondrado que no conocía el valor de las cosas había quedado atrás. Había muerto. Y en el caso de Idkereda, el joven científico entusiasta, también.
Sin embargo, aquella noche en la que Idkereda me confesó la ilusión que iluminaba su camino desde niño todo esto no había ocurrido aún, todavía quedaban años para que estallara la guerra e Idkereda, después de confesarme su sueño, añadió:
- Siempre que tomo un buen plato de sopa caliente, tengo la sensación de regresar al hogar.
- Pero si tú nunca has tenido un hogar -le contesté yo, riéndome.
- Eso no importa -replicó él sin inmutarse, y sin dejar de tomar sopa-, estoy seguro de que el hogar es un lugar donde siempre hay un gran plato de sopa caliente esperándote.
Yo sí había tenido hogar, pero nunca me había parado a pensar en lo importante que eran las cosas sencillas. Aquella noche sí. Aquella noche tuve la sensación de que, al conocer a Idkereda, empezaba a conocerme a mí mismo.
(1) Vibrisar formaba parte del argot que usábamos en Amantze para referirnos a tener relaciones sexuales. Era una forma muy vulgar de decir “hacer el amor”. La etimología estaba relacionada con el hecho de que algunos hombres se habían sometido a operaciones genéticas para recuperar las vibrisas sensoriales que habíamos perdido los humanos con la evolución darwiniana. Era poco probable que estas nuevas vibrisas sensoriales que algunos lucían en su pene en pleno s. XXIV fueran iguales a las que tuvieran nuestros más lejanos ancestros, pero sí era cierto que habían servido para generar un nuevo vocablo con el que referirse a la cópula.
(Fin del capítulo 8 - Capítulo siguiente)
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