Capítulo 23. DETENCIÓN.
No nos dejaron caer.
Describimos un amplio arco que descendía esquivando las ramas del árbol-torre a la vez que rodeaba el cuerpo principal del edificio. Cerca de la superficie del agua volvimos a entrar en él a través de una ventana. Sobrevolamos el suelo a un metro escaso de altura. Nos hallábamos en una estancia con las paredes cubiertas de resina. Una luz difusa inundaba toda la habitación. Los hilos de resina que brotaban del tronco del árbol se escurrían por las paredes como la cera derretida se escurre por los costados de los cirios que se consumen lentamente. Los hilos confluían o divergían hasta que la resina se acababa acumulando a diversas alturas y formaba gotas de muy diferentes tamaños: las más pequeñas eran grandes como puños, otras eran grandes como personas. Las mayores tenían un volumen equiparable al que ocuparían dos o tres terkumas. Las gotas de resina brillaban al ser atravesadas por la luz como si fueran lágrimas del árbol-torre, miel extraordinariamente translúcida o azúcar moreno derretido. En el interior de algunas de las gotas mayores, el paso de la luz quedaba obstaculizado por volúmenes opacos, por cuerpos atrapados en el interior como insectos en el ámbar. No había puertas de salida o entrada, o al menos yo no pude distinguir ninguna. Íbamos derechos hacia una pared. Enganchadas a la pared había cuatro gotas de resina de un tamaño similar al de una persona. Me tensé en el acto. Intenté liberarme de los dos terkumas que me llevaban. Fue inútil. Vestidos con sus armaduras me sujetaban sin esfuerzo; era como estar atrapado en una malla de acero, con las barras atravesándote muñecas y tobillos y sin apenas poder respirar. Idkereda y Alkai seguían inconscientes pero Brumantra forcejeó como yo, desesperada, y tampoco consiguió evitar lo que intuíamos. Nos arrojaron contra la resina, una gota gigante de resina para cada uno de nosotros. Atravesé la resina y me recibió una burbuja de aire. El impacto quedó suavizado porque la pared que había detenido mi avance era flexible como una cama elástica y se deformó amablemente con cada uno de los contornos de mi cuerpo. Pero cuando me lancé, en seguida, contra la superficie por donde había entrado, impacté contra una substancia rígida, impenetrable. Después de que yo la atravesara se había solidificado inmediatamente. De hecho, toda la gota de resina se había endurecido, excepto la parte que daba a la pared, que seguía siendo mullida, pero igualmente impenetrable. Había quedado encerrado en la resina; me había convertido yo mismo en una sombra igual a las sombras que había visto al entrar en aquella estancia, en aquella cárcel terkuma. De repente sentí asco y me sacudí brazos y piernas con las manos. Pero para mi sorpresa, aquella substancia no se había quedado impregnada ni en el pijama que nos habían dado los terkumas ni en mi piel. Me pasé las manos por la cara, por el pelo y por la nuca y las alcé a la altura de mis ojos. En la penumbra, pude ver mi piel limpia. Ni rastro, había atravesado aquella substancia sin que ni una sola gota se quedara enganchada a mí. Respiré profundamente. Miré a mi alrededor. El espacio en el que me encontraba apenas me permitía extender los brazos en cruz. Además, las paredes de mi celda eran translúcidas y sólo podía distinguir vagamente formas, sombras y colores del mundo exterior. A mi derecha tenía la gota de resina donde habían encerrado a Brumantra y a mi izquierda la de Idkereda. La sombra de Brumantra se movía inquieta y golpeaba con los puños las paredes de su habitáculo, parecía una larva luchando por salir de su crisálida, pero la de Idkereda permanecía inmóvil, parecía estar tranquilo, seguramente no había recuperado aún la consciencia. Más allá debía de estar Alkai, pero no podía verla. El habitáculo era realmente pequeño. Para un navegante estelar, acostumbrado a espacios angostos y salas diminutas, la claustrofobia no es un problema, pero aquello no era una nave estelar.
Respire, Brumantra, emití, concéntrese en su respiración. No se agote, conserve fuerzas.Respire.
Supuse que aquellos habitáculos tenían algún mecanismo de renovación del aire de su interior.
¿O no?
¿Qué van a hacer con nosotros, señor?
Esa misma pregunta me hacía yo en aquel momento. ¿Nos dejarían encerrados ahí hasta que muriéramos asfixiados? ¿O de hambre? ¿Nos inducirían un coma y nos extraerían información sondeando nuestros cerebros? ¿Rellenarían aquel espacio con algún tipo de espuma, gel o resina que penetrara en nuestros cuerpos hasta el estómago, hasta los alveolos pulmonares y hasta el más íntimo rincón tisular con el propósito de mantenernos en conserva? No tenía mucho sentido que después de todas las molestias que se habían tomado con nosotros nos ejecutaran sin más. Pero los terkumas estaban divididos. En la terraza del árbol-torre se había puesto de manifiesto esta división. Quizá para una parte de ellos sí tenía mucho sentido ejecutarnos.
Idkereda y Alkai empezaron por fin a despertarse.
Entre gemidos y bufidos preguntaron qué había pasado, dónde estaban.
Tranquilos, emití, estamos juntos, seguimos en el árbol-torre pero... pero estamos en una cárcel. Nos han encerrado en una especie de resina solidificada.
Apenas podía entrever la figura de Idkereda a través de las paredes translúcidas de nuestra prisión. A medida que recuperaba la consciencia, se irguió torpemente. Palpó con lentitud las paredes que le rodeaban. Vi las sombras de sus manos apoyadas sobre la resina endurecida. Idkereda parecía un espectro desorientado alzándose en medio de la cubierta de un barco sumido en la niebla.
¡Alkai! gritaba Brumantra tanto con su mente como con sus cuerdas vocales ¡Alkai! ¿Estás bien?
Oía su mente, pero no su voz; nos encontrábamos encerrados en recintos insonorizados, pero transparentes a las ondas electromagnéticas que transportaban nuestros pensamientos.
Alkai gruñó.
Sé que Brumantra gritaba porque veía cómo se doblaba su cuerpo, cómo agitaba los brazos y cómo golpeaba la resina desde el interior. Intentaba impulsar las ondas sonoras con todo su cuerpo, no sólo con sus cuerdas vocales, no sólo con su estómago. Quería que su voz tuviera la fuerza necesaria como para atravesar aquellas paredes impermeables al sonido.
Pero eran sus intangibles pensamientos lo único que podía llegar hasta nosotros. Los gritos de su cerebro, en su estado más puro, antes de que se hicieran voz y quedaran atrapados en la burbuja de resina.
¡¿Qué ha pasado?! gritaba Brumantra ¿Qué os han hecho?
Oficiales me impuse expliquen inmediatamente qué ha ocurrido.
Señor, Surkoi atacó a Idkereda de repente, empezó a explicar Alkai, y luego se tiró desde la terraza.
¡¿Cómo?! exclamé.
Maldita sea se quejó Idkereda aún me duele la mandíbula
Idkereda, explíquese ordené.
Sentí cómo Alkai enviaba palabras tranquilizadoras a Brumantra pero me concentré en lo que explicaba Idkereda. Fuera lo que fuese lo que ocurriera entre ellas dos decidí que no requería la atención de su comandante de forma inmediata.
Surkoi me dejó fuera de combate, explicaba Idkereda, he de decir que me pilló totalmente desprevenido, no sé si esto es un agravante o un atenuante, actuó de forma súbita, totalmente inesperada, no hubo ningún indicio previo que le delatara, ni temblor en su voz, ni gestos nerviosos, nada.
Así es, señor, corroboró Alkai.
El caso es que, cuando me noqueó, Alkai estaba lejos, continuó explicando Idkereda, y antes de que ninguno de nosotros dos pudiera hacer nada, Surkoi corrió hacia el borde de la terraza y saltó por encima del parapeto. Se lanzó al vacío, señor. Yo creo que lo tenía todo perfectamente planeado y meditado.
Me quedé sin palabras. Mi mente estaba cortocircuitada. ¿Surkoi suicidado? No podía ser. El resto de la escuadra captó mi desconcierto.
Hay un detalle importante, emitió Alkai.
Sí, es cierto, confirmó Idkereda, muy importante: de camino al salto al vacío secuestró a Nevando Cerezas.
Ese detalle explicaba todo. No era un suicidio. Era una fuga.
Se llevó a Nevando Cerezas con él, señor, continuó explicando Alkai. Antes de que Idkereda o yo pudiéramos hacer nada, corría con el niño terkuma entre sus brazos hacia el borde de la terraza.
Podía imaginarme el resto de la historia pero dejé que fueran ellos quienes acabaran de contarla. Necesitaba aquellos segundos para poner en orden mis pensamientos.
Fue entonces cuando Trae Consigo empezó a cantar, emitió Idkereda.
Más que una canción, interrumpió Alkai, fue un latigazo sónico que nos tumbó en menos de un segundo, me dolía todo el cuerpo y la cabeza parecía que me iba a implosionar. Siento escalofríos cuando lo recuerdo. Fue peor que lo del barco. No entiendo cómo Surkoi pudo conseguirlo.
Recordé los tapones que se había fabricado aquella tarde. No fui el único que los recordó; justo en ese momento, Idkereda emitió:
¿No recuerdas los tapones para los oídos? Pues ahora ya sabemos todos para qué eran.
No fueron eficaces al cien por cien, replicó Alkai.
Cierto, por un momento pensé que no lo conseguiría, pero al final le dieron ese segundo de margen que necesitaba.
¿Qué quieren decir?, pregunté.
Hubo un momento, señor, explicó Idkereda, cuando Trae Consigo empezó a cantar, en que Surkoi tembló y estuvo a punto de caer al suelo.
¿Pero al final consiguió llegar al borde de la terraza?
Sí, señor, confirmó Alkai, al final no sólo llegó al borde sino que consiguió lanzarse al vacío. Todo ocurrió muy rápido. Cuando Trae Consigo lanzó su latigazo sónico Surkoi estaba ya muy cerca del parapeto. Si hubiera estado más lejos o hubiera llevado menos inercia, probablemente no lo habría conseguido.
Entonces... intervino Brumantra, se ha matado ¿no? Surkoi ya no existe ¿no?
No lo creo, emití, su intención era utilizar los teleportadores cuánticos.
¿Y qué hará con Nevando Cerezas? Es su rehén, ¿qué piensa hacer? ¿Negociar?
No, no, no, dije, no quiere negociar nada, se llevó a Nevando Cerezas para asegurarse de que los terkumas movían los portales cuánticos. Nevando Cerezas era su pasaporte: con él entre sus brazos obligaba a los terkumas a mover el portal más cercano para evitar que se estrellaran contra las raíces del árbol-torre o la superficie del mar.
... Pero si ha conseguido lo que quería, concluyó Idkereda, ahora estará a miles de kilómetros de distancia y es capaz de abandonar a Nevando...
Es poco probable, repliqué, lo más probable es que lo utilice como escudo cuando vayan a por él.
Idkereda asintió.
En cualquier caso, emitió Alkai, nosotros estamos bien jodidos. Incluso suponiendo que no hayan muerto ninguno de los dos.
Desde luego, como los terkumas no reaccionaran a tiempo, sentenció Brumantra, ahora estarán muertos los dos.
Con una gravedad ligeramente más débil que la terrestre y quinientos metros de caída, nos recordó Idkereda, los terkumas tuvieron un poco más de diez segundos de tiempo para interceptarlos con los portales cuánticos. Más que suficiente. Yo creo que lo consiguió. Lo que no entiendo es cómo consiguió transmitir las coordenadas de transposición al computador del teleportador cuántico, puede haber acabado en cualquier parte.
Supongo que es un riesgo que tenía que correr, emitió Alkai.
La insonorización de nuestras celdas era total. La única posibilidad de comunicarnos era mediante los dispositivos telepáticos que los científicos militares habían implantado en nuestro cerebro. Pero sin el soporte de las antenas de los incurdroids, no podíamos seguir así mucho tiempo: acabaríamos con la cabeza recalentada.
Surkoi sabía perfectamente lo que hacía, dije, memorizó las coordenadas esta tarde en el colegio. Me dijo que había encontrado una sala de mapas. Tuvo tiempo de sobras para estudiarlos y memorizar las coordenadas. Luego las transmitió utilizando nuestro sistema telepático. Seguro que los terkumas utilizan un sistema semejante... y seguro que Surkoi se ha pasado la tarde probando protocolos de comunicación con los portales que teníamos cerca en nuestro camino de regreso al árbol-torre. Sea cual sea la base de numeración que utilice esta gente, un número será igual aquí que en la Tierra. Y el número son las coordenadas del punto donde él ha calculado que ha caído nuestro módulo. Ha decidido ir por su cuenta y riesgo hasta el módulo, de cualquier forma, a toda costa.
Los cuatro nos quedamos en silencio durante un minuto entero.
Supongo que para evitar que le persiguieran inmediatamente, emitió al fin Alkai, estropeó los compensadores de momento; son el punto más débil de esos portales, y él es piloto, sabría como hacerlo, la física es la misma, aquí como en la Tierra.
Puede ser, dije, pero ahora que sabemos qué ha ocurrido y por qué... todos esos detalles técnicos tienen una importancia secundaria.
¿Y qué es lo importante, señor?
Lo importante, contesté, es Nevando Cerezas, vayan rindiendo cuentas a sus respectivos dioses en caso de que sean creyentes y tengan alguno porque como le haya pasado algo a ese niño nuestros minutos en este mundo están contados.
(Fin del capítulo 23. Siguiente capítulo)
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