Capítulo 4. CHAPUZA.


Los droides estaban cubiertos de bacterias. Habitaban por todo su epitelio y también se podían mover por el interior del incurdroid gracias a un sistema semejante al sistema linfático humano. Eran bacterias reparadoras. Millones y millones de máquinas microscópicas totalmente artificiales cuya misión era reparar los daños que hubieran sufrido los incurdroids en combate. Lo tenían programado en sus genes. No era necesario que movieran tornillos ni ajustaran tuercas. En los incurdroid no había elementos mecánicos como tornillos, tuercas, roscas o cualquier otro mecanismo propio de las máquinas humanas hasta el s. XX y XXI. Habían sido substituidos por tendones, ligamentos, músculos y huesos de metamateriales, todos ellos elementos susceptibles de ser reparados sin necesidad de recurrir a herramientas que no fueran nanotecnológicas. Las bacterias eran los destornilladores del s. XXIV. Y eran mucho más inteligentes que los destornilladores; de hecho, eran tan inteligentes que había resultado mucho más difícil domesticar su inteligencia que aprender a obtener lana de las ovejas o leche de las vacas. Además, en caso de necesidad, eran capaces de buscar materias primas en el medioambiente donde se encontraran, pero de momento les habíamos ordenado, antes de desconectarnos, que utilizaran las reservas de los propios incurdroid: era mucho más seguro y, sobre todo, mucho más rápido. En todo esto pensaba cuando, una vez fuera de la tienda, pasaba la mano por la pulida superficie de mi incurdroid. Yo no podía verlas... pero ahí estaban, trabajando incansables. Tampoco podía sentir el frío metal en las yemas de mis dedos porque la piel sintética que vestía tenía sus limitaciones a la hora de transmitir información sensorial a mi cuerpo: podía informarme de la temperatura poniendo un numerito ante mis ojos, pero no me permitía sentir la tensofibra de carbono metalizado bajo la yema de mis dedos. Sin embargo, a pesar de las limitaciones sensoriales de la piel artificial, era evidente que el ejército de bacterias estaba haciendo un buen trabajo. Habían desprendido los restos de los aguijones clavados junto con la resina vitrificada, que se volvía quebradiza y por lo tanto inservible al cabo de media hora, y la superficie ya parecía más lustrosa. El único punto débil de aquel sistema era que las bacterías podían ser atacadas por otros organismos microscópicos del planeta donde nos hallábamos varados. Si eso sucedía, nuestras probabilidades de supervivencia bajarían en picado hasta hacerse tan pequeñas que dejarían de llamarse probabilidades y empezarían a llamarse milagros. Toqué de nuevo la superficie del incurdroid y las bacterias me informaron de que el biodroide se había recuperado hasta el setenta por ciento de su capacidad.
- Señor -me llamó Surkoi en ese momento-, creo que debería venir a ver esto.
Me acerqué siguiendo las huellas que Alkai y Surkoi habían dejado en la ceniza, con el fusil apuntando hacia la vegetación que tenía ante mi y el seguro quitado.
Alkai y Surkoi estaban quietos el uno al lado del otro contemplando algo. Cuando llegué hasta ellos vi de qué se trataba. Allí, en el borde del claro, encima de la vegetación carbonizada, reposaba el cadáver de un vispoide simbiótico Ínbid de la misma forma que reposa un cadáver encima de una pira funeraria. Probablemente era uno de los que nos habían atacado y había caído al final por un disparo láser.
- Seguro que ha venido arrastrándose hasta aquí -dijo Alkai-, moribundo y todo como estaba, para atacar el campamento.
- ¿Seguro que está muerto? -preguntó Surkoi.
- Si no lo estuviera -contestó Alkai-, una docena de alarmas estarían chillando en tu piel sintética.
Surkoi disparó medio cargador de munición explosiva de penetración contra el cuerpo del vispoide. Después dijo:
- Por si acaso.
Ahora había un charco de vísceras y sangre vispoide rodeando todo el cuerpo del extraterrestre. Parecía un aura estropeada, gris y desinflada por culpa de la muerte.
Alkai sacó su cuchillo de campaña y lo clavó hasta la empuñadura en lo que quedaba del cuerpo del vispoide. Luego lo abrió en canal con movimientos secos y precisos. Sabía dónde cortar exactamente para encontrar de forma rápida lo que estaba buscando: el cerebro. Pero el cerebro ya no estaba: se había disuelto en ácido. Se trataba de un mecanismo de seguridad básico en los simbiontes Ínbid: cuando morían en combate o cerca del enemigo, se abrían unas cápsulas situadas alrededor de su encéfalo que disolvían las glándulas en cuestión de segundos y evitaban, de esta forma, que información valiosa cayera en manos de nosotros, los humanos, sus enemigos.
- Joder, qué peste -gimió Alkai.
Los filtros de la piel sintética trabajaban al máximo rendimiento pero aun así no conseguían eliminar el olor hediondo del aire que respirábamos.
Nos alejamos del cadaver despanzurrado, del aura y de la peste. Los vispoides simbióticos Ínbid con capacidad de vuelo supersónico, como los que nos habían atacado, eran vispoides guerreros de la colmena madre mejorados mediante ingeniería genética y robótica. Los culpables de esa mejora eran los que formaban la otra mitad del Ínbid: los Coleccionistas de Medusas. Los Coleccionistas habían mejorado las capacidades del cuerpo de los guerreros vispoides quedándose con lo esencial de ese cuerpo: el cerebro. Los guerreros vispoides podían volar, atacaban en formaciones de miles y sus cuchillas y aguijones cortaban y envenenaban con una eficacia escalofriante. Pero la evolución en su planeta no había sido capaz de empujarles al siguiente escalón de letalidad: el vuelo supersónico. Con sus alas heredadas de una época semejante a aquella en la que la Tierra estaba poblada por helechos gigantes, ciempiés monstruosos y libélulas de un metro de largo no podían alcanzar las velocidades que sí podían alcanzar nuestros incurdroids; entre algunos otros detalles eso representaba una desventaja fatal. Así que los medusoides habían diseñado máquinas que tenían las mismas armas que los vispoides guerreros pero con un sistema de impulsión un millón de veces mejor. Lo único que necesitaban del cuerpo que la evolución había construido para los vispoides guerreros era su cerebro, donde se acumulaba la experiencia de vuelo de millones de años y la habilidad propia de guerreros temibles. Así que habían extirpado el cerebro de una fracción de la casta guerrera y lo habían simbiotizado con la máquina voladora construida mediante ingeniería genética y robótica en las entrañas de las naves coleccionistas. El resultado lo teníamos ante nosotros: un vispoide guerrero de unos cuatro metros de longitud por tres metros de envergadura, con unas alas transparentes y duras como la tensofibra de diamante, capaces de variar el ángulo de ataque y soportar la tensión de un vuelo supersónico, incrustadas en un cuerpo ligero y eficaz y además cargado con más de mil aguijones venenosos y adaptables. El resultado era una pesadilla.
- ¡Me jode que el bicho ese no tuviera ojos para cristalizar! -exclamó Surkoi.
Sólo los vispoides guerreros originales, los que no habían sido modificados genéticamente, tenían esos ojos facetados tan parecidos a los de los insectos terrestres y tan valiosos como trofeos.
- Esto no me gusta -dije yo.
- Podría ser peor, señor -dijo Alkai.
Me detuve y miré a mi alrededor.
- Me refiero a que aquí estamos demasiado expuestos -expliqué-. Esto será el procedimiento habitual, pero estamos en medio de una diana. Ese vispoide iba directo a nosotros. El manto de invisibilidad así no sirve para nada.
Los dos soldados no añadieron nada. Intuían que tenía razón. Una de las primeras medidas de supervivencia en una selva era limpiar de hojarasca el claro donde uno fuera a pasar la noche para evitar que los escorpiones se acercaran. Los escorpiones no se aventuran por terreno descubierto. Pero la mera presencia del Ínbid alteraba todas las reglas. Quizá preferíamos que se acercaran los escorpiones antes que las avispas o las medusas.
Observé los alrededores, más allá de toda la vegetación que habíamos carbonizado el color predominante era el verde. Los arbustos y los árboles tenían formas curiosas, extrañas, pero no estrambóticas, aunque pudiera ser que confundiéramos con un árbol lo que en realidad era un animal y cuando lo intentáramos agarrar, saliera corriendo. O nos atacara.
Despejar la cima de la colina y situar el campamento en medio del claro había sido un error, incluso con el manto de invisibilidad cubriéndonos. Puede que el procedimiento fuera útil y prudente en planetas arrasados por una batalla, o en planetas sin presencia Ínbid en los que hubiera que protegerse de posible fauna hostil y fuera conveniente un área despejada para tener tiempo de reacción y una ventaja estratégica, pero era claramente un error en un planeta lleno de vispoides. Habíamos construido una diana y nos habíamos puesto en medio. Pensé en camuflar el claro arrancando vegetación de los alrededores y trayéndola hasta el claro. Pero era demasiado trabajo, demasiado esfuerzo, demasiado movimiento. Cuanto menos modificáramos nuestro entorno, mejor. Volví a observar los alrededores.
Entre nosotros y el mar se interponía la enorme masa de los incurdroid y la tienda iglú con sus túneles de conexión con los exoesqueletos de combate. Gracias al manto de invisibilidad mucho tendríamos que habernos esforzado para apreciar alguna leve distorsión en la luz que nos llegaba reflejada por el mar y de la costa norte de la bahía. Los rayos de luz provenientes del paisaje que debería haber quedado oculto por el campamento se deslizaban por el manto de invisibilidad, rodeaban todos los objetos que se hallaban bajo él y salían disparados directos a nuestros ojos como si no hubieran sufrido distorsión alguna en su trayectoria. El campamento aparentemente no estaba, pero si hubiéramos caminado en línea recta y a buen paso hacia el mar nos habríamos roto la nariz al topar contra lo que se nos hubiera antojado aire sólido, pero que en realidad sería un incurdroid camuflado o el manto de invisibilidad tenso como la piel de un tambor.
Más allá del campamento estaba el mar y más allá del mar la costa norte de la bahía. También podíamos distinguir hacia el oeste, en la lejanía, alzándose imponentes, los picos nevados de la cadena montañosa que nos separaba de la selva. Parecía una cadena volcánica pero no daba la impresión de estar en activo. Desde donde nos encontrábamos hasta esas montañas se extendía un paisaje que me recordaba a la sabana africana, o a las llanuras de Nueva Arabia. Era un territorio diáfano, con árboles repartidos más o menos uniformemente por toda su extensión pero no de forma muy tupida. El color predominante era el verde pero también podía distinguir masas vegetales de color rojo y amarillo de tonos muy parecidos a los que adquieren algunos árboles en el otoño terrestre. El paisaje era muy parecido al de la Tierra y al de otros planetas tipo terrestre, con atmósferas ricas en oxígeno, pero no debía olvidar que aquello que me parecía un árbole, o un arbusto, en cualquier momento podía empezar a moverse hacia o contra nosotros. Conecté los ojos de águila implantados en la piel sintética y seguí la línea de la costa desde la base de la colina donde nos hallábamos hasta donde me permitía distinguir la visión aumentada. La costa se alejaba primero hacia el oeste y luego se desviaba hacia el norte siguiendo una curva suave que acababa por fundirse con el mar a los pies de la cadena montañosa. Era una playa de arena negra prácticamente ininterrumpida. Me relajé y admití que el paisaje era bonito.
La vegetación oscilaba agitada por una suave brisa. La piel sintética evitaba que mi piel auténtica sintiera el frescor de la brisa, pero sí notaba la presión del aire y veía moverse suavemente la vegetación. Todo parecía tranquilo. Aquel planeta valía una cantidad incalculable de dinero. Otro mundo en el que luchar y morir, pensé.
- Nos vamos -dije en voz alta.
Alkai y Surkoi me miraron desconcertados.
- Llamamos demasiado la atención -expliqué, y luego dirigiéndome a Brumantra dije: Brumantra, nos vamos, cambiamos de posición, empiece a recoger el campamento.
- A la orden, señor -contestó Brumantra. No me preguntó nada, se limitó a acatar las órdenes, que es lo que se supone que tiene que hacer un buen soldado, pero era más que probable que estuviera tan desconcertada como Alkai y Surkoi.
- Nos camuflaremos entre aquellos árboles -les dije a estos dos mientras señalaba hacia el oeste, a un punto cercano a la orilla del mar-. Además -añadí- puede que el vispoide simbionte haya transmitido su posición antes de morir. Ayúdenme a ocultar sus restos.
Cubrimos el cuerpo despanzurrado del vispoide con una buena cantidad de cenizas y restos vegetales carbonizados. Era como levantar la alfombra y esconder debajo la basura, es decir, una chapuza, pero no podíamos usar las armas de antimateria para desintegrar el cuerpo porque hubiera sido como lanzar una bengala de rayos gamma que iluminaría muchos kilómetros a nuestro alrededor. Al menos así nuestros enemigos necesitarían algo más que una simple inspección visual para descubrir los restos de uno de ellos.
Luego volvimos al campamento, accedimos a los incurdroids a través de las membranas de adhesión para deshacernos de la piel sintética, acabamos de recoger el campamento y nos fuimos.

(Fin del capítulo 4 - Capítulo siguiente)

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