Capítulo 29. COLECCIONISTA.

  Estábamos

No

Nuestra mente estaba en una nave coleccionista.

Viaje astral, lo hubieran llamado algunos. Pero no tenía nada que ver con una ilusión de nuestro cerebro, ni era magia.

Era ciencia Coleccionista. Todo estaba perfectamente calculado y tabulado.

A mediados del s. XX el neurocirujano Wilder Penfield estimuló eléctricamente en mitad de una operación de epilepsia una determinada región del cerebro de su paciente, y el paciente se sobresaltó porque de repente tuvo la sensación de estar abandonando su cuerpo. Aterrado, acabó contemplando todo el quirófano desde el techo.

Los Coleccionistas están haciendo lo mismo con nosotros, sólo que con un grado de perfección que nuestros científicos militares aún no han logrado alcanzar, a pesar de los siglos transcurridos desde aquella operación de epilepsia.

Flotábamos en un universo azul. Nuestras percepciones eran difusas y nos sentíamos torpes como en los sueños. Pero no era un sueño: es que no teníamos cuerpo. Veía a Idkereda a mi izquierda y a Alkai y a Aniolita a mi derecha pero en realidad sus cuerpos no estaban ahí; aunque es posible que si aquella representación que de ellos tenía ahí a mi lado hubiera resultado herida en aquel mundo azul, onírico, sus cuerpos físicos a muchos kilómetros de distancia realmente se habrían resentido en alguna proporción desconocida. Los militares aún lo estaban investigando.

Durante los primeros segundos todo fue confuso, excepto una cosa. Enfrente de nosotros teníamos la representación corpórea de un Coleccionista. En realidad no estaba allí. Ante nosotros había un cuerpo sólido y tangible, si tangirlo se nos hubiera permitido, pero eso no significaba que destruyendo aquel cuerpo hubiéramos matado al Coleccionista. Los Coleccionistas son consciencias distribuidas a través de una red en la que sus naves son nodos móviles que se desplazan por el Cosmos. Nadie sabe de dónde vienen ni hasta donde llegan, nadie conoce sus fronteras ni si alguna vez utilizan cuerpos diferentes al que ahora se nos mostraba.

Se trataba de una vidriera policromada como las que cubren los ventanales de las iglesias antiguas y de algunos palacios, con múltiples facetas separadas cada una de ellas por líneas oscuras. Por un momento, daba la impresión de algo roto y recompuesto: pedazos unidos de mala manera, vidrios de diferentes colores que rellenaran la multitud fractal de las ramas de un árbol. Cada una de aquellas facetas mostraba una imagen diferente, todas ellas indefinidas, borrosas, cambiantes y extrañas. Había ojos que cuando los miraba atentamente se transformaban en peces plateados, llanuras desérticas que se convertían en el fondo turbio del océano bajo la inspección de mi mirada, selvas que burbujeaban de vida hasta que desaparecían en una tormenta de pompas de jabón y de rayos de luz blanca refractada cuando mis ojos intentaban enfocarse en ellas. Pero las líneas oscuras que las separaban se movían: se desplazaban lentamente por toda la vidriera, uniéndose y desuniéndose entre ellas constantemente, creando y engullendo facetas, imágenes y colores sin cesar; creando, finalmente, la impresión de un cuerpo líquido y unitario, de corriente en la que se integraban todos los pedazos.

Poco a poco fuimos percibiendo el espacio donde nos hallábamos con mayor claridad. Al lado del Maestro de Medusas estaba el cerebro vispoide inmerso en la umbrela de la medusa portadora. Flotábamos todos en un espacio azul, como si estuviéramos sumergidos en una cueva submarina un día luminoso de verano y la luz llegara de arriba, de más allá de la superficie, a través de una abertura en la roca del techo de la cueva. No sentía el contacto con el suelo ni con pared alguna que me sostuviera: simplemente flotábamos. Teniendo en cuenta que nos encontrábamos en una nave Coleccionista, lo más probable es que nos sostuvieran líneas magnéticas invisibles a nuestros pobres ojos humanos, o simplemente estuviéramos en caída libre.

Bancos de medusas nadaban en círculos por encima y por debajo de nosotros. A primera vista, eran idénticas a las medusas terrestres, pero en realidad eran mucho más mortíferas que nuestras compañeras planetarias. Las medusas coleccionistas eran auténticos arsenales biotecnológicos con capacidad autónoma de desplazamiento. Tenían sistema nervioso y órganos que les permitían percibir con precisión el entorno y actuar en consecuencia. Por si fuera poco, según habíamos descubierto en aquel planeta, al parecer también tenían voluntad propia, al menos algunas de ellas; no eran meros apéndices ejecutores de la voluntad de los Coleccionistas.

Las que nos rodeaban en aquel momento no parecían tener mucho interés en nosotros.

Intenté hablar, pero no tenía voz.

Miré fijamente a la vidriera catedralicia y llené mi mente con un sólo pensamiento: ¿Qué quieren de nosotros?

¿Qué quieren de nosotros? pensaba intensamente.

El vitral parecía tener su propia fuente de luz tras él.

De repente, la luz se intensificó y los colores de la vidriera se proyectaron sobre nosotros y sobre el cerebro vispoide. Aniolita, Alkai, Idkereda, el cerebro y yo, todos nosotros, quedamos iluminados por rayos de luz que provenían del coleccionista de medusas.

No hubo sonido, voz, ni siquiera ideas o símbolos, letras o números. Fue más sencillo.

Hubo emociones.

Hubo un niño.

Le conocía.

Tenía seis años cuando murió.

Nadé hacia él.


(Fin del capítulo 29. Siguiente capítulo)

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