Capítulo 10. NUESTROS CUERPOS INDEFENSOS.
Cuando recuperé el conocimiento estaban todos mirándome. Supe que seguíamos en el barco. Busqué el sable. Lo encontré a mi lado. A pesar del aturdimiento, volví a ser consciente de nuestra situación. Mi corazón se aceleró. Tensé mis músculos. Me dispuse a luchar. La imagen de Idkereda en el interior de la medusa invadió mi mente. No podía quitármela de la cabeza. Me cegaba como la luz del sol, me producía tanto vértigo como el inconmensurable cielo azul que nos cubría. Me irritaba como la brisa, que no paraba de soplar contra las velas del barco y contra nuestros cuerpos indefensos. Sentía la garganta reseca, los ojos me escocían. Intenté tragar saliva. Fracasé. Hasta mí llegaban ruidos inconexos. Indescifrables. Parpadeé una y otra vez. Quería arrancar de mi cerebro la imagen de mi amigo flotando en el interior de la medusa.
Intenté levantarme.
Algo me frenó. Una mano en mi hombro. Idkereda.
Enfoqué mis ojos en el rostro que tenía delante: el de mi amigo. Flotaba a pocos centímetros del mío. Ya no estaba dentro de la medusa. Por fin, mis piernas y mis brazos me respondieron. Di un respingo y me distancié de él. Renuncié a levantarme. Me arrastré. Me impulsé con codos y pies y repté sobre la cubierta como un gusano, alejándome de él, y de sus ojos, que me observaban fijamente. Había estado dentro de una medusa.
Miré a mi alrededor mientras intentaba controlar mi ansiedad. Todo parecía desarrollarse con normalidad. No había nadie vigilándonos. Más importante aún: no había rastro de aquel monstruo medusoide.
Alkai, Brumantra y Surkoi. Ellos también estaban ahí, a mi lado, a mi alcance, pero en guardia. Todos bien, al parecer. Y a parte estaba Idkereda.
Idkereda había examinado mis pupilas y me había tomado el pulso, y luego se había sentado en un rincón. Al ver que yo me alejaba, se había apartado unos metros de todos nosotros. Tenía mucho mejor aspecto que antes. No sudaba, no tiritaba y, básicamente, no parecía estar a punto de morir. Pero había estado dentro de una medusa. Eso era una mancha que no se borraba fácilmente. De hecho, no se borra jamás.
- ¿Cómo se encuentran? -pregunté.
- Idkereda ha estado dentro de una medusa -contestó Brumantra.
Todos me miraron aguardando algún comentario por mi parte. Observé que ninguno de ellos se atrevía a tocarme. La razón era sencilla: Idkereda me había tomado el pulso, me había tocado, y su aliento se había mezclado con el mío. Después de haber estado dentro de...
- ¿Cómo es que el barco no se balancea? -pregunté.
Al oírme, todos se miraron entre ellos.
Respondió Idkereda, desde el rincón a donde se había exiliado:
- Estamos volando.
Entonces sí, me decidí: me levanté de un salto. Se me nubló la vista y me mareé, pero aun así me encaminé hacia la balaustrada. Al llegar ya me había recuperado del pequeño bajón de tensión y pude comprobar sin riesgo de caerme que era cierto: volábamos.
Volábamos sobre el mar, a poca altura sobre las crestas de las olas.
Instintivamente me agarré con más fuerza al pasamanos, pero la parte racional de mi persona ya había comprendido que el barco no caía sino que volaba, que algún mecanismo desconocido le permitía elevarse por el aire y volar.
Intenté que mi corazón recuperara su ritmo normal.
Me giré y miré a mi escuadra. Algunos terkuma pasaron entre nosotros sin prestarnos la más mínima atención, al menos aparentemente. Observé más allá, a los incurdroid de Alkai, Brumantra y Surkoi. Descansaban al lado del mío, sobre la cubierta de aquel barco que no sólo navegaba por el mar sino también por el aire, a juzgar por lo que me acababan de mostrar mis ojos.
Volví a fijar mi atención en la faz de los soldados bajo mi mando. Parecía estar tallada en mármol. Me contemplaban más serios aún que en el momento en el que comprendimos que estábamos perdidos en el espacio. Su expresión estaba totalmente congelada. Casi me hubiera atrevido a afirmar que contenían el aliento. Sus ojos no pestañeaban. Esperaban una decisión por mi parte.
- Señor -empezó a decir Alkai-, es cierto. Idkereda...
- Lo sé -contesté yo secamente-, lo vi. Antes de perder el conocimiento. No pude hacer nada por evitarlo.
Unos segundos de silencio.
- Nosotros tampoco -dijo Brumantra, mirando al suelo-. Ya estaba dentro cuando llegamos al barco.
- Nos recogieron en el mar -añadió Alkai-. Consiguieron desactivar de nuevo el incurdroid. Flotábamos en el mar a la deriva cuando vinieron a por nosotros. Nos subieron a bordo. Al ver a Idkereda dentro de la medusa, y a Surkoi sin conocimiento en la cubierta, intentamos luchar... pero... perdimos el conocimiento. No recordamos muy bien qué ocurrió.
- Deberíamos matarlo -dijo de repente Surkoi.
De nuevo, silencio. La brisa no paraba de soplar. Parecía exigir algo. Una decisión, una respuesta inmediata.
- Muy bien, Surkoi -replicó finalmente Idkereda, con voz lenta y firme-, lo que tú digas, pero antes vamos a tranquilizarnos un poco, ¿no? Ya os he explicado lo que ha ocurrido... el porqué estaba dentro de esa medusa.
- Sí, sí, Idkereda -replicó Alkai-, nos lo has explicado, pero... verás... ¡has estado dentro de una medusa! ¿No lo entiendes? No basta con... explicarlo. ¿Cómo puedes decirlo tan tranquilo?
- Tú sabes tan bien como nosotros lo que eso significa -añadió Brumantra.
- Significa que estás muerto -sentenció Surkoi.
De nuevo se hizo el silencio. Alkai, Brumantra y Surkoi volvieron a mirarme fijamente, pero sin dejar de observar de reojo a Idkereda. Esperaban que me pronunciara al respecto. Desde luego, el protocolo para estos casos era claro. El sueño de la infancia de mi amigo se había convertido en una pesadilla para todos.
- ¿Por qué te metiste en la medusa, Idkereda? -pregunté.
- ¡¿Cómo?! -exclamó Alkai.
Brumantra abrió los ojos de par en par, y a Surkoi se le deformó el rostro con una mueca de asco.
- Entonces... es cierto... -continuó Alkai-, te has metido en la medusa por propia voluntad.
- Sí -dije yo-, aparentemente sí... eso es lo que me pareció ver a mí, al menos.
- Sí, también es lo que nos dijeron los pulpos... -susurró Brumantra-, pero no nos lo queríamos creer. Pensábamos que los siguientes éramos nosotros.
- ¡Un momento! -exclamó Alkai-. Esos bichos pueden manipular nuestras mentes, lo hemos sufrido esta mañana, lo sufrimos cada vez que abordamos una nave coleccionista... a saber lo que creía estar haciendo Idkereda mientras se metía en la medusa... igual creía que regresaba al incurdroid... y más aún con la fiebre que tenía...
- Sabía perfectamente lo que estaba haciendo -contestó Idkereda, impasible-, ya os lo he dicho. Era lo mejor que podía hacer.
- Lo que nos digas tú en este momento tiene poco valor -advirtió Surkoi.
- Pues es lo único que tenéis -respondió sin amilanarse Idkereda-. Mi palabra. ¿Creéis que si no fuera cierto lo que os he dicho querría seguir viviendo? ¡Sería yo mismo quien suplicaría por que me quitarais la vida!
Idkereda nos miró a todos. Ninguno de nosotros se atrevió a responder, ni siquiera Surkoi.
- Escuchad -siguió nuestro biólogo computacional-. Os he dado todo lujo de detalles. No he titubeado en nada. He sido coherente. Os he explicado qué es esa medusa. A qué la dedican los terkuma. No sólo es un médico: es un hospital entero. Los terkuma la utilizan como contenedor de bioestasis. Cuando sufren una herida o una enfermedad grave, la medusa los absorbe y estimula su cuerpo para que se recupere.
- A los terkuma puede que les ayude, a nosotros quería matarnos, oficial -dije yo.
- Me parece que malinterpretamos sus intenciones, señor -fue la sorprendente respuesta de mi amigo-, no quería matarnos.
- Idkereda -dije-... se nos echaba encima. Sus tentáculos venían directos hacia nosotros.
- Para curarnos -insistió mi amigo-, al menos eso creo.
Nadie dijo nada. Ni Alkai ni Brumantra ni Surkoi. No se fiaban. A esas alturas, para ellos, Idkereda era un monstruo, una bomba de relojería que podía explotar en cualquier momento. Tenían miedo. Podría haberles dicho que el biólogo computacional era un caso excepcional: que antes nunca nadie se había metido en una medusa voluntariamente, y menos aún lo había reconocido después. Pero no habría servido de nada. El miedo era más poderoso. Así que, en lugar de eso, pregunté:
- ¿Qué quiere decir?
- Los científicos militares prepararon mi cuerpo para sobrevivir en un entorno coleccionista -explicó él-. Esa preparación incluyó entrenamiento para el caso de encontrarme algún día dentro de una medusa. Al fin y al cabo, si nos metemos en una nave coleccionista, es altamente probable que acabemos así, ¿no?
- No hay entrenamiento posible para eso -murmuró Alkai.
- Sí, sí lo hay -la contradijo Idkereda-. Mi cuerpo está preparado para desencadenar una guerra moleculular en el interior de la medusa, y ganarla; y mi cerebro no sucumbe ante las alucinaciones que provocan los Coleccionistas. Vosotros mismos lo habéis visto hace pocas horas.
- Continúe -le apremié yo.
- Al sumergirme en el citoplasma de la medusa, esperaba encontrarme en un entorno hostil, pero yo diría, no sé, que a esa medusa no he tenido que obligarla a curarme. Mis células han tomado el control de su cuerpo a la fuerza, pero creo que no hubiera sido necesario.
- Y una mierda -opinó Surkoi.
- Supongo que eso tiene algo que ver con que ya no tengas piel sintética, ¿no? -dijo Alkai.
- Claro -contestó Idkereda-. Ya no la necesito. La medusa entrenó mi sistema inmunitario para este planeta. Ya puedo exponerme sin que el entorno me mate.
- ¿Cuáles -Alkai dudó un segundo, luego continuó: cuáles son los efectos secundarios del tratamiento al que te sometieron los científicos militares?
Idkereda se encogió de hombros y respondió, sonriendo:
- A veces tengo taquicardia.
- ¡Venga ya! -exclamó Brumantra, asqueada.
Alkai miró fijamente a Idkereda. Le pedía una respuesta seria. Idkereda dejó a un lado las bromas y su rostro se ensombreció. Tardó unos segundos en contestar y, cuando lo hizo, bajó la vista y miró fijamente la cubierta del barco.
- No tengo sueños. No he vuelto a soñar nunca más.
Alkai, Brumantra y Surkoi se miraron entre ellos, desconcertados. Sólo yo comprendí que Idkereda no bromeaba, y hasta qué punto las sombras que le cubrían eran reales y profundas.
- Eso es imposible, Idkereda -dijo finalmente Alkai.
- Es curioso, Alkai -contestó Idkereda-, esas mismas palabras fueron las que utilizaron tus colegas, los científicos militares.
Brumantra preguntó, dirigiéndose a mí:
- Señor, ¿usted sabía algo de esto?
No era una pregunta correcta. A un oficial superior no se le pregunta por los detalles técnicos de una misión. Mucho menos si esos detalles tienen que ver con secretos militares. Sin embargo, dadas las circunstancias, era comprensible que se formulara, y lo dejé pasar. Negué sinceramente con la cabeza.
- Joder, Idkereda -escupió Brumantra- eres una puta arma secreta.
- Tienes razón, Brumantra -respondió Idkereda-, excepto en una cosa: soy un arma y también soy puta, porque aquí estoy cobrando un sueldo... pero no soy secreta, ya no.
- Un momento, señor -intervino Surkoi-, si ni siquiera usted sabía algo de esta ingeniería, ¿cómo podemos estar seguros de que dice la verdad?
- Quieres decir dejando a parte el hecho de que sigamos vivos, ¿no, Surkoi? -preguntó Alkai-... y el que las termobombas coleccionistas resultaran ser falsas...
- Tú riete, si quieres, pero yo no me fío -contestó Surkoi-. Alucinaciones se tienen cuando hay medusas cerca... ¿visteis medusas al huir del campamento?
- Sí -dijo Brumantra, y lanzó una pantalla flexible sobre la cubierta-. Son fotos que tomó un dron justo antes de que saltaran las alarmas... o justo antes de que creyéramos que saltaban las alarmas.
Todos nos acercamos, excepto Idkereda. Observamos con detenimiento las fotografías aéreas de los alrededores del campamento, realizadas instantes antes de que huyéramos.
- Fijaos aquí, aquí y aquí -dijo Brumantra señalando tres círculos en la fotografía situados en línea recta uno detrás de otro, y separados cada uno de ellos por una distancia de alrededor de un kilómetro.
- Medusas -dije yo.
Medusas vistas desde arriba, casi perfectamente camufladas entre la vegetación del entorno. Me di cuenta de que Brumantra, Alkai y Surkoi, mientras contemplábamos las fotografías, se mantenían a una distancia prudencial de mí.
- Muy cerca del campamento -murmuró Alkai.
- Pero no se dirigían hacia él -observó Brumantra.
- Estaban cazando conejos -aseguró Surkoi.
- ¿Cómo? -pregunté-... ¿Qué quiere decir?
- Los animales están escondidos en sus madrigueras y tú no sabes ni siquiera dónde están las madrigueras -explicó Surkoi-, pero si prendes fuego a la pradera entonces saldrán de sus escondrijos y huirán despavoridos. Estaban prendiendo fuego a la pradera.
- Indujeron un estado de pánico -dijo Brumantra.
- Sí, estoy seguro de que ni tan siquiera tuvieron que elaborar una señal demasiado compleja en comparación con lo que son capaces de hacer esos monstruos -continuó Surkoi-. Bastó con que emitieran una señal inductora de pánico y cuatro pinceladas básicas... alarmas... misil... yo qué sé, cuatro tonterías... y nuestro cerebro hizo el resto. Captamos la señal como si fuéramos antenas, y le dimos coherencia como damos coherencia a los cuadros impresionistas, a los sueños y... joder... a todo.
- ¿Por qué no nos avisaste antes, Idkereda? -preguntó Alkai.
- Al principio no entendía nada -contestó Idkereda, sentado en su rincón del exilio, a unos pocos metros de nosotros, pero a un abismo de distancia-, no sabía lo que ocurría, no percibía la realidad como vosotros, no sabía por qué huíamos. Además, estaba medio desmayado por la fiebre.
- Parece que todo cuadra -dije yo.
- ¿Le analizo, señor? -preguntó Alkai.
- No, oficial -respondí-, de momento, no; para saber si también dice la verdad respecto a lo de meterse en la medusa, esperaremos.
Si no decía la verdad, las primeras mutaciones genéticas se harían evidentes en menos de una hora. No sería necesario acercarse a él para averiguarlo. Su cuerpo se desfiguraría de una forma tan grotesca que sería imposible ocultarlo. Probablemente, el mío también.
Intenté levantarme.
Algo me frenó. Una mano en mi hombro. Idkereda.
Enfoqué mis ojos en el rostro que tenía delante: el de mi amigo. Flotaba a pocos centímetros del mío. Ya no estaba dentro de la medusa. Por fin, mis piernas y mis brazos me respondieron. Di un respingo y me distancié de él. Renuncié a levantarme. Me arrastré. Me impulsé con codos y pies y repté sobre la cubierta como un gusano, alejándome de él, y de sus ojos, que me observaban fijamente. Había estado dentro de una medusa.
Miré a mi alrededor mientras intentaba controlar mi ansiedad. Todo parecía desarrollarse con normalidad. No había nadie vigilándonos. Más importante aún: no había rastro de aquel monstruo medusoide.
Alkai, Brumantra y Surkoi. Ellos también estaban ahí, a mi lado, a mi alcance, pero en guardia. Todos bien, al parecer. Y a parte estaba Idkereda.
Idkereda había examinado mis pupilas y me había tomado el pulso, y luego se había sentado en un rincón. Al ver que yo me alejaba, se había apartado unos metros de todos nosotros. Tenía mucho mejor aspecto que antes. No sudaba, no tiritaba y, básicamente, no parecía estar a punto de morir. Pero había estado dentro de una medusa. Eso era una mancha que no se borraba fácilmente. De hecho, no se borra jamás.
- ¿Cómo se encuentran? -pregunté.
- Idkereda ha estado dentro de una medusa -contestó Brumantra.
Todos me miraron aguardando algún comentario por mi parte. Observé que ninguno de ellos se atrevía a tocarme. La razón era sencilla: Idkereda me había tomado el pulso, me había tocado, y su aliento se había mezclado con el mío. Después de haber estado dentro de...
- ¿Cómo es que el barco no se balancea? -pregunté.
Al oírme, todos se miraron entre ellos.
Respondió Idkereda, desde el rincón a donde se había exiliado:
- Estamos volando.
Entonces sí, me decidí: me levanté de un salto. Se me nubló la vista y me mareé, pero aun así me encaminé hacia la balaustrada. Al llegar ya me había recuperado del pequeño bajón de tensión y pude comprobar sin riesgo de caerme que era cierto: volábamos.
Volábamos sobre el mar, a poca altura sobre las crestas de las olas.
Instintivamente me agarré con más fuerza al pasamanos, pero la parte racional de mi persona ya había comprendido que el barco no caía sino que volaba, que algún mecanismo desconocido le permitía elevarse por el aire y volar.
Intenté que mi corazón recuperara su ritmo normal.
Me giré y miré a mi escuadra. Algunos terkuma pasaron entre nosotros sin prestarnos la más mínima atención, al menos aparentemente. Observé más allá, a los incurdroid de Alkai, Brumantra y Surkoi. Descansaban al lado del mío, sobre la cubierta de aquel barco que no sólo navegaba por el mar sino también por el aire, a juzgar por lo que me acababan de mostrar mis ojos.
Volví a fijar mi atención en la faz de los soldados bajo mi mando. Parecía estar tallada en mármol. Me contemplaban más serios aún que en el momento en el que comprendimos que estábamos perdidos en el espacio. Su expresión estaba totalmente congelada. Casi me hubiera atrevido a afirmar que contenían el aliento. Sus ojos no pestañeaban. Esperaban una decisión por mi parte.
- Señor -empezó a decir Alkai-, es cierto. Idkereda...
- Lo sé -contesté yo secamente-, lo vi. Antes de perder el conocimiento. No pude hacer nada por evitarlo.
Unos segundos de silencio.
- Nosotros tampoco -dijo Brumantra, mirando al suelo-. Ya estaba dentro cuando llegamos al barco.
- Nos recogieron en el mar -añadió Alkai-. Consiguieron desactivar de nuevo el incurdroid. Flotábamos en el mar a la deriva cuando vinieron a por nosotros. Nos subieron a bordo. Al ver a Idkereda dentro de la medusa, y a Surkoi sin conocimiento en la cubierta, intentamos luchar... pero... perdimos el conocimiento. No recordamos muy bien qué ocurrió.
- Deberíamos matarlo -dijo de repente Surkoi.
De nuevo, silencio. La brisa no paraba de soplar. Parecía exigir algo. Una decisión, una respuesta inmediata.
- Muy bien, Surkoi -replicó finalmente Idkereda, con voz lenta y firme-, lo que tú digas, pero antes vamos a tranquilizarnos un poco, ¿no? Ya os he explicado lo que ha ocurrido... el porqué estaba dentro de esa medusa.
- Sí, sí, Idkereda -replicó Alkai-, nos lo has explicado, pero... verás... ¡has estado dentro de una medusa! ¿No lo entiendes? No basta con... explicarlo. ¿Cómo puedes decirlo tan tranquilo?
- Tú sabes tan bien como nosotros lo que eso significa -añadió Brumantra.
- Significa que estás muerto -sentenció Surkoi.
De nuevo se hizo el silencio. Alkai, Brumantra y Surkoi volvieron a mirarme fijamente, pero sin dejar de observar de reojo a Idkereda. Esperaban que me pronunciara al respecto. Desde luego, el protocolo para estos casos era claro. El sueño de la infancia de mi amigo se había convertido en una pesadilla para todos.
- ¿Por qué te metiste en la medusa, Idkereda? -pregunté.
- ¡¿Cómo?! -exclamó Alkai.
Brumantra abrió los ojos de par en par, y a Surkoi se le deformó el rostro con una mueca de asco.
- Entonces... es cierto... -continuó Alkai-, te has metido en la medusa por propia voluntad.
- Sí -dije yo-, aparentemente sí... eso es lo que me pareció ver a mí, al menos.
- Sí, también es lo que nos dijeron los pulpos... -susurró Brumantra-, pero no nos lo queríamos creer. Pensábamos que los siguientes éramos nosotros.
- ¡Un momento! -exclamó Alkai-. Esos bichos pueden manipular nuestras mentes, lo hemos sufrido esta mañana, lo sufrimos cada vez que abordamos una nave coleccionista... a saber lo que creía estar haciendo Idkereda mientras se metía en la medusa... igual creía que regresaba al incurdroid... y más aún con la fiebre que tenía...
- Sabía perfectamente lo que estaba haciendo -contestó Idkereda, impasible-, ya os lo he dicho. Era lo mejor que podía hacer.
- Lo que nos digas tú en este momento tiene poco valor -advirtió Surkoi.
- Pues es lo único que tenéis -respondió sin amilanarse Idkereda-. Mi palabra. ¿Creéis que si no fuera cierto lo que os he dicho querría seguir viviendo? ¡Sería yo mismo quien suplicaría por que me quitarais la vida!
Idkereda nos miró a todos. Ninguno de nosotros se atrevió a responder, ni siquiera Surkoi.
- Escuchad -siguió nuestro biólogo computacional-. Os he dado todo lujo de detalles. No he titubeado en nada. He sido coherente. Os he explicado qué es esa medusa. A qué la dedican los terkuma. No sólo es un médico: es un hospital entero. Los terkuma la utilizan como contenedor de bioestasis. Cuando sufren una herida o una enfermedad grave, la medusa los absorbe y estimula su cuerpo para que se recupere.
- A los terkuma puede que les ayude, a nosotros quería matarnos, oficial -dije yo.
- Me parece que malinterpretamos sus intenciones, señor -fue la sorprendente respuesta de mi amigo-, no quería matarnos.
- Idkereda -dije-... se nos echaba encima. Sus tentáculos venían directos hacia nosotros.
- Para curarnos -insistió mi amigo-, al menos eso creo.
Nadie dijo nada. Ni Alkai ni Brumantra ni Surkoi. No se fiaban. A esas alturas, para ellos, Idkereda era un monstruo, una bomba de relojería que podía explotar en cualquier momento. Tenían miedo. Podría haberles dicho que el biólogo computacional era un caso excepcional: que antes nunca nadie se había metido en una medusa voluntariamente, y menos aún lo había reconocido después. Pero no habría servido de nada. El miedo era más poderoso. Así que, en lugar de eso, pregunté:
- ¿Qué quiere decir?
- Los científicos militares prepararon mi cuerpo para sobrevivir en un entorno coleccionista -explicó él-. Esa preparación incluyó entrenamiento para el caso de encontrarme algún día dentro de una medusa. Al fin y al cabo, si nos metemos en una nave coleccionista, es altamente probable que acabemos así, ¿no?
- No hay entrenamiento posible para eso -murmuró Alkai.
- Sí, sí lo hay -la contradijo Idkereda-. Mi cuerpo está preparado para desencadenar una guerra moleculular en el interior de la medusa, y ganarla; y mi cerebro no sucumbe ante las alucinaciones que provocan los Coleccionistas. Vosotros mismos lo habéis visto hace pocas horas.
- Continúe -le apremié yo.
- Al sumergirme en el citoplasma de la medusa, esperaba encontrarme en un entorno hostil, pero yo diría, no sé, que a esa medusa no he tenido que obligarla a curarme. Mis células han tomado el control de su cuerpo a la fuerza, pero creo que no hubiera sido necesario.
- Y una mierda -opinó Surkoi.
- Supongo que eso tiene algo que ver con que ya no tengas piel sintética, ¿no? -dijo Alkai.
- Claro -contestó Idkereda-. Ya no la necesito. La medusa entrenó mi sistema inmunitario para este planeta. Ya puedo exponerme sin que el entorno me mate.
- ¿Cuáles -Alkai dudó un segundo, luego continuó: cuáles son los efectos secundarios del tratamiento al que te sometieron los científicos militares?
Idkereda se encogió de hombros y respondió, sonriendo:
- A veces tengo taquicardia.
- ¡Venga ya! -exclamó Brumantra, asqueada.
Alkai miró fijamente a Idkereda. Le pedía una respuesta seria. Idkereda dejó a un lado las bromas y su rostro se ensombreció. Tardó unos segundos en contestar y, cuando lo hizo, bajó la vista y miró fijamente la cubierta del barco.
- No tengo sueños. No he vuelto a soñar nunca más.
Alkai, Brumantra y Surkoi se miraron entre ellos, desconcertados. Sólo yo comprendí que Idkereda no bromeaba, y hasta qué punto las sombras que le cubrían eran reales y profundas.
- Eso es imposible, Idkereda -dijo finalmente Alkai.
- Es curioso, Alkai -contestó Idkereda-, esas mismas palabras fueron las que utilizaron tus colegas, los científicos militares.
Brumantra preguntó, dirigiéndose a mí:
- Señor, ¿usted sabía algo de esto?
No era una pregunta correcta. A un oficial superior no se le pregunta por los detalles técnicos de una misión. Mucho menos si esos detalles tienen que ver con secretos militares. Sin embargo, dadas las circunstancias, era comprensible que se formulara, y lo dejé pasar. Negué sinceramente con la cabeza.
- Joder, Idkereda -escupió Brumantra- eres una puta arma secreta.
- Tienes razón, Brumantra -respondió Idkereda-, excepto en una cosa: soy un arma y también soy puta, porque aquí estoy cobrando un sueldo... pero no soy secreta, ya no.
- Un momento, señor -intervino Surkoi-, si ni siquiera usted sabía algo de esta ingeniería, ¿cómo podemos estar seguros de que dice la verdad?
- Quieres decir dejando a parte el hecho de que sigamos vivos, ¿no, Surkoi? -preguntó Alkai-... y el que las termobombas coleccionistas resultaran ser falsas...
- Tú riete, si quieres, pero yo no me fío -contestó Surkoi-. Alucinaciones se tienen cuando hay medusas cerca... ¿visteis medusas al huir del campamento?
- Sí -dijo Brumantra, y lanzó una pantalla flexible sobre la cubierta-. Son fotos que tomó un dron justo antes de que saltaran las alarmas... o justo antes de que creyéramos que saltaban las alarmas.
Todos nos acercamos, excepto Idkereda. Observamos con detenimiento las fotografías aéreas de los alrededores del campamento, realizadas instantes antes de que huyéramos.
- Fijaos aquí, aquí y aquí -dijo Brumantra señalando tres círculos en la fotografía situados en línea recta uno detrás de otro, y separados cada uno de ellos por una distancia de alrededor de un kilómetro.
- Medusas -dije yo.
Medusas vistas desde arriba, casi perfectamente camufladas entre la vegetación del entorno. Me di cuenta de que Brumantra, Alkai y Surkoi, mientras contemplábamos las fotografías, se mantenían a una distancia prudencial de mí.
- Muy cerca del campamento -murmuró Alkai.
- Pero no se dirigían hacia él -observó Brumantra.
- Estaban cazando conejos -aseguró Surkoi.
- ¿Cómo? -pregunté-... ¿Qué quiere decir?
- Los animales están escondidos en sus madrigueras y tú no sabes ni siquiera dónde están las madrigueras -explicó Surkoi-, pero si prendes fuego a la pradera entonces saldrán de sus escondrijos y huirán despavoridos. Estaban prendiendo fuego a la pradera.
- Indujeron un estado de pánico -dijo Brumantra.
- Sí, estoy seguro de que ni tan siquiera tuvieron que elaborar una señal demasiado compleja en comparación con lo que son capaces de hacer esos monstruos -continuó Surkoi-. Bastó con que emitieran una señal inductora de pánico y cuatro pinceladas básicas... alarmas... misil... yo qué sé, cuatro tonterías... y nuestro cerebro hizo el resto. Captamos la señal como si fuéramos antenas, y le dimos coherencia como damos coherencia a los cuadros impresionistas, a los sueños y... joder... a todo.
- ¿Por qué no nos avisaste antes, Idkereda? -preguntó Alkai.
- Al principio no entendía nada -contestó Idkereda, sentado en su rincón del exilio, a unos pocos metros de nosotros, pero a un abismo de distancia-, no sabía lo que ocurría, no percibía la realidad como vosotros, no sabía por qué huíamos. Además, estaba medio desmayado por la fiebre.
- Parece que todo cuadra -dije yo.
- ¿Le analizo, señor? -preguntó Alkai.
- No, oficial -respondí-, de momento, no; para saber si también dice la verdad respecto a lo de meterse en la medusa, esperaremos.
Si no decía la verdad, las primeras mutaciones genéticas se harían evidentes en menos de una hora. No sería necesario acercarse a él para averiguarlo. Su cuerpo se desfiguraría de una forma tan grotesca que sería imposible ocultarlo. Probablemente, el mío también.
(Fin del capítulo 10 - Capítulo siguiente)
Comentarios
Publicar un comentario