Capítulo 13. BERENICE (Tercera y última parte)


        El cromatófago le guió por el lecho del río. Le indicó cuándo avanzar y cuándo esperar, cuál era el camino seguro entre los escombros, la herrumbre, los pozos de lodo, los falsos puentes y las flores carnívoras, hasta que llegaron a un lugar que parecía seguro, situado a pocos metros de la orilla.
A lo largo del camino, de vez en cuando, por el rabillo del ojo, le parecía ver sombras que se abalanzaban sobre él y destellos metálicos que se colaban por una ventana que alguien había olvidado cerrar. Procuraba no dejarse llevar por su miedo y concentrarse en pisar estrictamente las huellas que iba dejando el cromatófago, pero no podía evitar sobresaltarse y temblar.
Finalmente llegaron a la orilla, y su guía le indicó por dónde debía pisar exactamente para lograr alejarse del río. Surkoi siguió las instrucciones, gracias a lo cual evitó las arenas movedizas y los pozos ocultos que se abrían de repente cuando él pasaba a su lado, hasta que, por fin, consiguió alzarse en terreno firme. Al girarse para comprobar si el cromatófago le seguía, no vio el lecho del río seco, ni el firmamento cubierto de nubes de tormenta, ni mucho menos al cromatófago siguiéndole. El escenario había vuelto a cambiar.
Estaba en el interior del búnker.
Estaban todos muertos.
Bueno, no todos. Dos soldados luchaban en medio de la penumbra, al fondo, justo al lado de la enfermería.
Dio un paso atrás. Tropezó con un cadáver, cayó y se arrastró hasta que su espalda tocó la pared del búnker. Su corazón palpitaba con fuerza.
Reuniendo sus últimas fuerzas, tensó su cuerpo y de un salto se puso en pie. Sin perder tiempo, se abalanzó sobre los dos soldados que luchaban.
Uno de ellos era Karoshen. El otro era Kaddour.
Había ocurrido lo que Karoshen había previsto: dentro del búnker se habían matado los unos a los otros y ahora Kaddour había enloquecido y quería acabar también con Karoshen, quien estaba obsesionado en entrar en el búnker, a saber por qué motivo. Surkoi empujó con toda la fuerza de que fue capaz a Kaddour pero ni así consiguió que liberara la presa que había cerrado sobre Karoshen.
Entonces saltó sobre él y empezó a golpearle en el casco, pero fue inútil: a Kaddour le bastó sacudir el hombro con energía para lanzar a Surkoi por el aire.
Surkoi no sabía manejar las armas de que disponía aquella maldita armadura táctica. Pero comprendió una cosa: aquella lucha era a muerte, y cuando Kaddour acabara con Karoshen, iría a por él, probablemente antes si su mente trastornada recordaba cómo funcionaban las armas del traje militar que vestía. De hecho, podía ser que no lo hubiera olvidado y simplemente quisiera alargar la diversión.
Surkoi dejó que la furia le inundara. Tenía que estar borracho de furia para hacer lo que se disponía a hacer.
Era a vida o muerte. Como cuando era niño y se peleaba con los gamberros del barrio: no podía contener su fuerza, no valía ir con cuidado, era inútil sólo marcar un golpe, un ataque: había que entrar a matar, hacer un daño definitivo, demostrar que eras peligroso para conseguir que te respetaran, que te temieran.
Surkoi volvió a saltar sobre Kaddour.
No sabía manejar las armas de la armadura pero sí sabía quitar el casco: había visto antes cómo un joven soldado se quitaba el suyo.
Y moría por eso.
Surkoi quitó el seguro, giró el casco y se lo arrancó a Kaddour antes de que éste pudiera reaccionar.
¿Habrían llegado las toxinas vispoides hasta el interior del búnker?
Sí, habían llegado: Kaddour abrió los ojos como platos y sus manos se alzaron hacia su rostro. Karoshen quedó libre. Kaddour se arañó su propio rostro como si se lo quisiera arrancar. Karoshen giró rápidamente sobre sí mismo y le inyectó sin pensárselo dos veces el antídoto en el cuello. Al mismo tiempo apuntó a Surkoi con una pistola. Kaddour cayó al suelo cuan largo era. Su boca abierta era igual a la de un pez muerto por asfixia.
- ¿Qué hace? -preguntó Surkoi como toda defensa ante el cañón del arma-... ¡Soy yo, Surkoi, acabo de salvarle la vida!
- Lo sé -contestó Karoshen.
Kaddour parecía estar recuperándose lentamente. Al menos seguía respirando y sus ojos se habían quedado abiertos como platos pero no se habían inflado como mandarinas.
- ¿No tiene alucinaciones? -preguntó Karoshen.
- ¡Joder! -gritó Surkoi- ¿Que si no tengo alucinaciones? ¡Creo que me estoy volviendo loco! ¡Ni siquiera sé cómo he llegado hasta aquí! ¡Maldita sea!... ¡Y deje ya de apuntarme con el arma! ¡Por favor!
- Yo ni siquiera veo con claridad a mi alrededor -confesó Karoshen mientras dejaba de apuntarle-... es como... es como si estuviera dentro de un caleidoscopio... me duele la cabeza.
- ¿Qué ha pasado aquí? -preguntó Surkoi.
- Ya se lo dije: las medusas inducen brotes psicóticos -contestó Karoshen-, y si nos pillan en un sitio cerrado... entonces son devastadores... pero eso ahora no importa... ayúdeme.
- ¿Y usted? -preguntó Surkoi sin atreverse a acercarse-, ¿usted no se vuelve violento?
- He sobrevivido a cuatro abordajes a naves Coleccionistas -explicó Karoshen mientras arrastraba el cadáver del soldado que se había quitado el casco-, uno acaba desarrollando trucos... hay técnicas, es otro tipo de entrenamiento... ¿usted en cuántas naves Coleccionistas ha estado?
- En ninguna -respondió Surkoi.
- Entonces aquí el bicho raro es usted -sentenció Karoshen mientras volvía a quitarle el casco a aquel soldado-... pero, créame, eso ahora no importa...
Karoshen desenvainó un resonador molecular y lo activó.
Surkoi se mantuvo a distancia y preguntó:
- ¿Qué coño va hacer con eso?
Karoshen levantó la hoja del resonador sobre la cabeza del soldado muerto y la bajó de golpe, decapitándole.
- Intentar ... salvar -respondió-... lo poco que quede de nosotros, Surkoi.
Karoshen desactivó el resonador.
Surkoi estaba horrorizado. Se pegó a la pared del búnker y alzó una mano que apuntaba con el índice a Karoshen.
- Se ha vuelto loco -dijo-, totalmente loco.
- ¿Se ha girado el búnker? -dijo Karoshen, indiferente a las acusaciones del exogeólogo-... joder, tengo la impresión de estar al revés... maldita sea, así no hay quien trabaje.
Acercó una caja que tenía a un metro de distancia.
Surkoi estaba horrorizado pero cuando comprendió qué caja era la que acercaba Karoshen, e intuyó lo que se disponía a hacer, entonces pensó que quizá debería haber permitido que Kaddour hiciera su trabajo. Estuvo a punto de saltar sobre Karoshen e intentar detenerle a golpes. En el último momento recordó la nota del cromatófago y se contuvo, pero dio dos pasos al frente y gritó, colérico:
- ¡Qué va hacer, loco! ¡Deténgase!
La caja en cuestión era un contenedor de muestras biológicas. Era donde habían guardado la cabeza de Akari. Karoshen hizo caso omiso de Surkoi: extrajo la cabeza, envuelta en su capullo de espuma biostásica y la incrustó en el cuerpo sin cabeza del soldado. Luego volvió a poner el casco y cerró el seguro.
- Ya está. El soldado definitivo.
Surkoi cayó de rodillas, extenuado, llorando, gimiendo, apelando a Dios, a los dioses; Surkoi no era creyente pero si se le hubiera aparecido Dios ahí mismo, cualquiera de ellos, en ese momento habría sido feliz, aunque hubiera venido a castigarlo.
A falta de semejante aparición, su desesperación creció hasta que sólo le quedaron dos alternativas: enloquecer definitivamente, para siempre, y no regresar jamás, o sufrir una iluminación repentina y aceptar la evidencia: había que obedecer a Karoshen.
Su cuerpo decidió por él: escogió la segunda opción; si de él hubiera dependido quizá se habría dejado llevar por la primera. Pero fueron sus vísceras las que vieron con claridad la situación: había que obedecer a Karoshen. Era el único que no dudaba. El único que sabía qué había que hacer con la misma precisión y frialdad con que actúa un cirujano cuando ha de amputar un miembro. El único que podía sacarles de ese infierno.
Volvió a levantarse y fue caminando hasta donde estaba Karoshen, el cirujano.
- ¿Qué hay que hacer? -le preguntó intentando contener las lágrimas, avergonzado por haberse derrumbado, y también avergonzado por no haberse vuelto loco.
Karoshen estaba manipulando unos controles en el torso de la armadura táctica del soldado definitivo y por un momento Surkoi tuvo la impresión de que no le contestaría, de que era tan insignificante y de tan poca importancia que el cirujano ni se dignaría a dirigirle la palabra.
Pero no fue así. De repente, Karoshen acabó lo que estaba haciendo en los controles de la armadura y se puso en pie y, al mismo tiempo que se ponía en pie, exclamó:
- ¡Apártese!
Eso era lo que tenía que hacer: apartarse. Surkoi se apartó.
- No se vaya a asustar ahora por lo que voy a hacer -le advirtió Karoshen.
El cirujano movió los brazos y el soldado definitivo se alzó como si de una marioneta se tratara. El cirujano continuó moviendo los brazos y el soldado definitivo empezó a caminar hacia una de las salidas del búnker.
- No se asuste -insistió Karoshen-, estoy controlando la armadura táctica mediante mi propia armadura. He activado el control a distancia.
Surkoi contuvo la respiración. Ver caminar de nuevo aquella armadura era un poco sobrecogedor. Hacía que se encogiera el corazón y que se erizasen los pelos de la nuca. Su mente racional le decía que no pasaba nada: que todo era cuestión de electrónica, nanotecnología y metamateriales pero su instinto animal bufaba con todos los pelos de punta y los colmillos al aire al ver aquello. El instinto animal era el que había mantenido con vida al ser humano durante cientos de miles de años, y el que había encontrado la cadena donde se había sujetado Surkoi a punto de ahogarse en el río, así que, aunque no fuera gracias al instinto animal por lo que habían conseguido llegar a las estrellas, incluso ahí en medio de las estrellas, ese instinto seguía teniendo su peso en la mente del hombre.
La armadura teledirigida llegó a la salida del búnker, pasó a través de ella y se sumergió en la luz del mundo exterior, donde aguardaban las medusas protegidas por las esferas de mercurio y la tormenta espectral seguía torturando el firmamento. Sus movimientos eran un poco bruscos e inseguros. 
- Las medusas ni lo notarán -dijo Karoshen- porque están acostumbradas a ver que los humanos nos movemos torpemente cuando estamos bajo la influencia de las alucinaciones que nos provocan.
Surkoi se dio cuenta de que seguía sin saber en qué consistía el plan de Karoshen.
- Surkoi -dijo Karoshen-, voy a abrir un canal y le voy a pasar a través de él el vídeo del soldado definitivo, así verá lo mismo que veo yo.
De repente, flotando ante él, sobreimpresionado en la imagen que sus ojos captaban del oscuro interior del búnker, Surkoi vio lo mismo que habría visto Akari si hubiera estado consciente en el interior de la armadura táctica.
El soldado definitivo se movía por la trinchera, a pocos metros de la entrada al búnker. Surkoi reconocía aquella trinchera: la había recorrido demasiadas veces en poco tiempo. También reconocía los alrededores, los robots zapadores, los droides inactivos, los escombros. La armadura salió de la trinchera y giró ciento ochenta grados. Ahí estaba el búnker y ahí estaba la esfera de mercurio flotando sobre él. Ocurrió lo que era previsible.
Del hemisferio sur de la esfera de mercurio surgió un flagelo que se extendió por el aire hasta llegar a la armadura.
Surkoi sintió un escalofrío recorrer su espalda y un sudor frío impregnar todo su cuerpo. No pudo evitar dar dos pasos hacia atrás.
Karoshen no hizo nada para evitar el flagelo de la medusa. El apéndice se enredó en el cuerpo del soldado definitivo y tiró de él sin miramientos hacia arriba. La imagen tembló y se bamboleó de un lado a otro. El cuerpo del soldado, sujeto por el látigo del alienígena, se elevó por encima de la esfera y pudieron ver el búnker, las trincheras y la propia esfera desde arriba. Luego descendió bruscamente y se perdió la comunicación al sumergirse en el mercurio esférico.
Surkoi volvía a tener ante sus ojos la oscuridad del búnker, los cadáveres por el suelo, las paredes manchadas de sangre y vísceras, los equipos electrónicos rotos, las municiones esparcidas por todos lados. El silencio.
- Se ha tragado el anzuelo -dijo Karoshen, de repente.
Sin perder tiempo, se dirigió a la armería.
- ¡Espere un momento! -exclamó Surkoi- ¿Qué espera que ocurra ahora?
- Sólo de una cosa estoy seguro -contestó Karoshen mientras abría una caja de granadas-: ahora saldré ahí fuera para ver qué pasa. Aquí no me quedo.
Surkoi observó cómo se colgaba en bandolera un cinturón entero de granadas y luego las activaba todas.
- Usted haga lo que quiera.
Mientras pronunciaba estas palabras se colgó otro cinturón de granadas, cruzado con el primero, y de nuevo activó todas las granadas.
- Voy con usted -dijo Surkoi- pero explíqueme qué es lo que espera que pase.
- No hay tiempo -replicó Karoshen mientras le ponía en bandolera otro cinturón de granadas-. Si todo va bien, se lo explicaré luego, y si no va bien... no pienso perder un segundo explicando un plan que no funcionará. Prefiero explicarle qué es esto.
- ¿Qué es?
- Granadas implosionadoras. No sé cómo demonios funcionan, sólo sé que una única granada provoca una implosión tan grande que sería capaz de reducir a escombros este búnker desde dentro. Están activadas. Si las cosas no fueran bien y las esferas consiguieran absorbernos, lo único que tendrá que hacer es girar esto así ¿ve? y entonces explotarán todas las granadas al cabo de tres segundos.
- ¿Esto destruirá la esfera?
- No lo sé, no lo creo, la verdad, pero intentarlo será mejor que no hacer nada, ¿no cree? Sígame.
Karoshen empezó a caminar hacia la salida.
- Pero... pero... ¿entonces? -balbuceó desconcertado Surkoi, con dos cinturones de granadas en bandolera y una granada más en la mano, con la luz de activación brillando en verde.
- Si tiene una idea mejor, soy todo oídos.
Karoshen desapareció por el corto y angosto túnel que llevaba al exterior. Surkoi no tenía ninguna idea mejor, así que le siguió en silencio, procurando no fijarse en los pensamientos aciagos que surgían en su mente. Una vez fuera, se pegó a Karoshen y avanzaron los dos agachados por la trinchera hasta que los restos de un robot arácnido les impidieron seguir.
Dieron media vuelta y se sentaron, el uno al lado del otro, con la espalda pegada al cuerpo metálico de la máquina y el corazón en un puño. La esfera de mercurio seguía flotando encima del búnker, a no muchos metros de ellos, pero ocurría algo extraño, a parte de no haber hecho nada la máquina alienígena hasta ese momento para atraparlos. Los tentáculos de la medusa se habían recogido en el interior y el escudo que utilizaba la medusa, esa gota líquida gris, pulida y perfectamente reflectante, volvía a presentar el aspecto de una esfera perfecta, tal y como era cuando salió del interior de la tierra.
En la superficie de la esfera se reflejaba todo: el búnker, la red de trincheras, la colina, los robots, los androides, el cielo, todo. Incluso ellos dos eran dos puntitos diminutos acurrucados en una trinchera que daba directamente al búnker.
- ¿Puedo hacerle una pregunta? -dijo Surkoi mientras contemplaban la esfera de mercurio hombro con hombro.- ¿Por qué esos demonios no nos obligan simplemente a quitarnos el casco, en lugar de complicarse provocándonos brotes psicóticos?
- No lo sé, francamente -contestó Karoshen-, puede que provocar un brote psicótico en una mente humana sea en promedio mucho más fácil que inducirla al suicidio directamente. También puede que les interese más porque así aprenden más cosas de la mente humana, incluso puede que simplemente lo hagan porque así pueden aprovechar nuestros cuerpos aún vivos para criar más medusas. Vaya usted a saber. Con el Ínbid uno nunca puede estar seguro.
- Y ya que estamos hablando... al menos me podría explicar por qué cree que su plan ha funcionado, ¿no?
Karoshen giró la cabeza y miró a Surkoi de arriba abajo.
- ¿Y por qué cree usted -contestó- que yo creo que mi plan ha funcionado?
- Pues porque estamos aquí sentados, a la vista de esa maldita esfera, sin intentar siquiera ocultarnos tras los restos del droide que tenemos pegado a nuestra espalda.
- Tiene razón -admitió Karoshen-, hay un detalle importante que hace que tenga un atisbo de esperanza: dejé de tener alucinaciones pocos segundos después de que la medusa se tragara el anzuelo... la sensación de estar dando vueltas en un caleidoscopio desapareció.
- Yo también me encuentro mejor -admitió Surkoi, y era cierto: tenía la impresión de ver todo con mayor claridad y poder calibrar mejor la situación.
Aunque lo cierto era que no había mucho que calibrar.
Los dos hombres se levantaron casi al unísono con la intención de salir de la trinchera, rodear los restos del droide y refugiarse tras él pero quedaron paralizados de terror en cuanto sus cabezas asomaron por encima del borde de la zanja donde se refugiaban.
Tenían una de las dos esferas restantes justo delante de ellos, a menos de tres metros de distancia, flotando sobre la trinchera. Saltaron de nuevo dentro de la zanja y se sentaron en la misma posición donde se encontraban medio segundo antes, sólo que ahora se apretujaron más el uno contra el otro y contra los restos metálicos del droide, con sus corazones desbocados y ambos empapados instantáneamente en un sudor frío que había salido de golpe de todos y cada uno de los poros de sus agotados cuerpos.
Los dos humanos mascullaban improperios y palabrotas sin parar, sobre todo cuando se dieron cuenta de que la esfera, en su avance, estaba pasando justo por encima de ellos. No podían hacer nada por evitarla. Optaron por quedarse donde estaban. Recogieron las piernas, se llevaron las manos a las granadas y presionaron sus espaldas todavía más contra el droide. Se comprimieron contra él. A pesar del miedo que les consumía por dentro, ninguno de los dos desvió la mirada. Preferían mantenerla fija en la esfera. No era difícil: el engendro no tardó en proyectar su sombra sobre ellos y cubrir casi todo el firmamento que podían ver desde donde se hallaban.
Karoshen y Surkoi bufaban como animales heridos y sus ojos inyectados en sangre estaban a punto de salirse de sus órbitas, pero finalmente aquel globo de mercurio pasó justo por encima de ellos sin que ocurriera nada, sin que ningún flagelo los rodeara, alzara y metiera dentro de la medusa. Tampoco tuvieron alucinaciones.
Los dos hombres observaron incrédulos cómo la esfera pasaba de largo y seguía lentamente por la vertical de la trinchera hacia el búnker. También la que les acababa de sobrevolar había recogido los tentáculos de medusa y era una esfera perfecta. Se podían ver reflejados en ella. No eran más que dos imágenes diminutas en medio de la inmensidad impoluta de la imagen del mundo que se reflejaba en el mercurio.
El artilugio extraterrestre avanzó hasta entrar en contacto con la esfera que flotaba sobre el búnker. En ese momento, en lugar de detener el avance, su movimiento se aceleró vertiginosamente como si el contacto entre ellas hubiera desencadenado fuerzas de atracción formidables. Ambas esferas quedaron fusionadas en una nueva esfera en menos tiempo del que consume un parpadeo.
La tercera esfera apareció en su campo de visión al cabo de un segundo. Había ascendido lentamente por la ladera de la colina, desde el este, y se había acercado a la que había surgido de la fusión de las otras dos, y que seguía flotando encima del búnker, hasta que ocurrió lo mismo que había ocurrido con la segunda esfera: al entrar en contacto, todo se aceleró. La superficie de ambas esferas se deformó y la esfera mayor acabó asimilando a la recién llegada en una fracción de segundo.
Ahora había una única esfera flotando sobre el búnker, mayor que cualquiera de las tres iniciales.
Los dos hombres habían observado todo el proceso en silencio, sin atreverse a decir nada, y antes de que tuvieran tiempo de reaccionar empezaron a sucederse toda una serie de rápidas transformaciones. Ambos seres humanos contuvieron el aliento y se mantuvieron a la expectativa mientras la superficie de la macroesfera de mercurio empezaba a cambiar.
Primero, dejó de ser pulida y en consecuencia perdió su capacidad de reflejar el mundo. Luego, empezó a burbujear y por un momento dio la impresión de que iba a desintegrarse. Las burbujas saltaban por toda la superficie de la esfera y la propia superficie se ondulaba y retorcía como si estuviera en ebullición. Además, el artilugio alienígena empezó a girar sobre sí mismo, cada vez más deprisa. A medida que aumentaba la velocidad, se fue achatando por los polos y ensanchándose por el ecuador, y cuando parecía que la velocidad llegaba a un punto en el que amenazaba la integridad estructural de aquel engendro, y que más allá de ese punto se disgregaría derramando mercurio por toda la colina, saltaron chispas azules por toda su superficie y, de repente, un relámpago lo conectó con las nubes de tormenta que quedaban justo en su vertical. El canal de plasma brilló con intensidad, palpitó lanzando pulsos electromagnéticos y se mantuvo en el aire con la misma firmeza que una serpiente aferrada a su presa. No habían pasado ni dos segundos cuando otros relámpagos, miles, surgieron de aquel metal líquido, uniéndolo tanto con el suelo como con otros puntos del firmamento mucho más lejanos.
De repente, todos los sistemas se apagaron en las armaduras tácticas de los dos hombres, incluso las pilas de hidrógeno quedaron desconectadas de las unidades motrices y los dos humanos se quedaron clavados en el barro, sin poder mover sus trajes de cientos de kilos. Los dos hombres, boquiabiertos, estaban tan paralizados por el espectáculo al que estaban asistiendo que apenas repararon en aquel detalle.
Finalmente, la esfera, sin dejar de girar, se deformó hasta convertirse en un toro y todos los relámpagos dejaron de estar en contacto con su superficie para concentrarse en el espacio del centro, formando un cable de luz de un metro de diámetro que brillaba de forma cegadora y que conectaba el techo del búnker con las nubes de tormenta. Al principio, el toro perdió altura y parecía que se iba a estrellar contra el búnker, pero aumentó aún más su velocidad de giro y entonces empezó a ganar altura; primero lentamente, al cabo de un segundo más y más deprisa, hasta llegar a las nubes a toda velocidad y desaparecer tras ellas como una exhalación.
Una vez ocurrió esto, todo quedó en silencio. La luminosidad volvió a ser la propia de un día plomizo y tormentoso. La quietud cayó sobre la colina como una mortaja sobre un cadáver.
Surkoi se asfixiaba dentro de la armadura. Intentó moverse y apenas consiguió desplazar un milímetro los brazos. Las piernas permanecieron clavadas en el suelo. Tuvo la impresión de estar enterrado en vida.
Se asfixiaba. Estaba a punto de darle un ataque de ansiedad.
Jadeando, con el corazón palpitándole fuera de control en el pecho, movió la cabeza. Comprobó aliviado que el casco sí se movía.
Siguió moviendo la cabeza, presionando con fuerza contra la parte interna del casco pero con cuidado de no hacerse daño en el cuello.
Por fin consiguió lo que se proponía: entrar en contacto con el casco de Karoshen.
- Me muero -dijo Surkoi. Las vibraciones se transmitieron hasta el interior del casco de Karoshen.
- Como todos -contestó éste, impasible.
Su voz sonaba extraña filtrada a través del visor.
Surkoi gimió al borde de un ataque de pánico.
- En serio -dijo.
- No sea ridículo -le pidió Karoshen-, procure no consumir mucho oxígeno, la IA de la armadura no tardará en reiniciarse.
Efectivamente, al cabo de un minuto los circuitos de emergencia reenergizaron las armaduras y los dos hombres pudieron moverse.
De repente, al moverse de nuevo, Surkoi sintió que su espalda se había transformado en una piedra. De hecho, todo su cuerpo, sus brazos, sus piernas, su cuello, todo, se había transformado en piedra. Estaba rígido como una losa de mármol.
El dolor casi le hace perder el conocimiento.
- Agh... -se quejó.
- Relájese -le aconsejó Karoshen-, está demasiado tenso.
En realidad, el soldado tenía su cuerpo tan dolorido como lo tenía el geólogo pero estaba más preocupado por el de sus hombres que por el suyo propio.
- Parece ser que algo sí ha ocurrido -dijo Surkoi mientras intentaba respirar a pleno pulmón sin conseguirlo debido al dolor... ¿tenía alguna costilla rota?-, lo que no sé es si era lo que usted esperaba.
Karoshen se puso en pie y miró a su alrededor. No vio a ninguno de sus soldados. No quería ser grosero con Surkoi pero estaba preocupado por reunir a los supervivientes cuanto antes.
- Karoshen a escuadra -exclamó a través de la radio-, Karoshen Siete a escuadra, repliéguense en el búnker, Karoshen Siete a escuadra, repliéguense en el búnker.
De repente la radio estalló con un montón de voces, datos, peticiones, anuncios, preguntas e improperios. Karoshen no se dejó impresionar y fue directamente a lo que le interesaba:
- Karoshen Siete a insignia de Kunte Korenaga. Responda, Kunte Korenaga.
No hubo respuesta.
- Karoshen Siete a Trueno de Zeus tres cuatro Alfa Norte Siocran. Responda, Trueno de Zeus.
La única respuesta fue la crepitación caótica del vacío.
- Maldita sea -masculló Karoshen.
Empezó a caminar a toda velocidad hacia el búnker. Surkoi decidió seguirle como pudo, cojeando, casi a rastras. Aún tenía la pierna izquierda agarrotada y la garganta, cada vez que tragaba saliva, parecía que se le iba a partir en dos por culpa de la tensión que había soportado.
Por el camino vieron acercarse a dos soldados. El t-chip impresionó sus nombres encima de sus figuras: eran Elba Uno y Kalian Nueve. Karoshen les ordenó que buscaran heridos y les ayudaran a regresar al búnker. Por su parte, él y Surkoi no detuvieron su avance, se dirigieron directamente al interior. Una vez dentro, Karoshen fue directo a la armería, abrió una caja marcada como Lanzas Térmicas y Surkoi casi se cae de culo al ver dentro un soldado tendido cuan largo era.
Sobre todo al leer el nombre que le daba el t-chip: Silvio Triple Dos.
Era Silvio Stein, el médico.
Karoshen le inyectó algo e inclinó la caja hasta que el soldado cayó y salió rodando por el suelo del búnker. Luego se acercó a él y empezó a pegarle patadas mientras exclamaba:
- ¡Despierta, perro!
- ¿Qué pasa ahora? -dijo Surkoi sin entender nada.
- Siempre hace lo mismo -gruñó Karoshen-, se inyecta somnífero inmediato para que las medusas no le vuelvan loco y deja que los demás hagamos el trabajo sucio.
Surkoi se quedó con la boca abierta.
- Tú eres el soldado -dijo Silvio medio dormido todavía.
- ¡Y una mierda! -replicó Karoshen-. Tú has recibido el mismo entrenamiento que yo, así que mueve el culo y atiende a la gente... ¡Y la próxima vez puede que te deje tirado! Surkoi, usted ayúdeme a reparar el comunicador.
Al principio, Silvio se dedicó a comprobar el estado de Kaddour y del resto de hombres que ya estaban en la enfermería pero enseguida tuvo más trabajo del que podía manejar con calma porque los supervivientes al ataque de las medusas no tardaron en llegar. El búnker se llenó con un puñado de hombres y mujeres extenuados, con las armaduras tácticas impregnadas de barro por fuera y de sudor por dentro, temblorosos y algunos de ellos heridos. Silvio les organizó y puso a los que estaban en mejores condiciones a sacar los cadáveres al exterior y cubrirlos con membranas aislantes.
Mientras tanto, Karoshen y Surkoi consiguieron arreglar el comunicador y Karoshen lanzó de nuevo un mensaje a la Kunte Korenaga:
- Karoshen Siete desde superficie a insignia de Kunte Korenaga. ¿Siguen ahí? Responda Kunte Korenaga.
Esta vez sí hubo respuesta.
- Aquí insignia de la Kunte Korenaga. ¿Qué ha ocurrido? Perdimos la comunicación. Informe, Karoshen Siete.
- Aquí Karoshen Siete. Nos han atacado esferas Ínbid. El comandante en jefe de las fuerzas en superficie ha resultado herido. Soy el oficial de más graduación vivo y en condiciones, y he tomado el mando. He reunido a los supervivientes y solicito evacuación inmediata. Repito: la situación es desesperada, solicito evacuación inmediata.
- Recibido Karoshen Siete. Aquí la situación también pende de un hilo, no podemos prescindir de un sólo efectivo. Hemos perdido otra nave y los refuerzos aún no han llegado. Lo máximo que puedo ofrecerle es una ruta segura.
- Estamos totalmente indefensos aquí abajo, señor -respondió Karoshen.
- Mantenemos el escudo, Karoshen, lo único que le pido es que no se pongan nerviosos y aguanten, no podemos bajar a buscarlos ahora. Si ustedes tienen una nave, pueden subir, pero ahora no puedo ocupar recursos en su rescate.
- Señor, no estoy nervioso -contestó Karoshen-, pero es que hay otro motivo por el que le pido que nos rescate: el planeta entero es una nave coleccionista. Estamos en una nave coleccionista, no sé cuánto tiempo tardarán en venir a por nosotros, ni sé cuánto tiempo tardarán en lanzar un ataque con su máximo potencial contra ustedes, pero puede estar seguro de que lo harán, tarde o temprano lo harán.
Se hizo el silencio.
Dentro del búnker nadie habló. Incluso los heridos habían dejado de gemir. Todo el mundo esperaba la respuesta de órbita.
Silvio se acercó a donde estaba Karoshen.
Finalmente, el capitán de la Kunte Korenaga habló:
- ¿Qué pruebas tiene, Karoshen?
- Señor, sólo hemos visto esferas Ínbid en el interior de naves Coleccionista. Para desplazarse utilizan los campos magnéticos del interior de estas naves. Nunca las habíamos visto en la superficie de un planeta. Nunca. Este planeta no es normal, señor. Es una nave Coleccionista. No quiero decir que sea artificial, pero estoy convencido de que lo han modificado hasta transformarlo en una cosmonave Coleccionista. El planeta entero. Transmítaselo a Inteligencia Militar; enviarán refuerzos enseguida.
- No son pruebas de consideración, Karoshen. Pero contésteme a una pregunta: hemos visto un toro Coleccionista ascender desde la superficie del planeta y fusionarse con una de las naves que nos estaba atacando. Acto seguido esta nave ha abandonado la órbita planetaria y ha desaparecido bajo impulsión Marcelo. El toro provenía más o menos de su posición... ¿no han visto ustedes nada?
- Señor, ese toro se ha formado con las esferas que nos han atacado, el hecho de que pudieran superar el pozo gravitatorio planetario hasta llegar al espacio no hace más que confirmar mi hipótesis. Envíele las imágenes a Inteligencia Militar.
- De acuerdo, Karoshen, se las enviaré e informaré de todo lo que me ha dicho. Ya estoy transmitiendo esta conversación. Mándeme también las imágenes que tengan grabadas ustedes de las esferas. Una última cosa: si tienen una nave, salgan de ahí. Insignia de Kunte Korenaga, fuera.
- Karoshen, fuera.
Karoshen el cirujano cortó la comunicación, abatido.
- Tenemos una nave -dijo Surkoi en ese momento.
Nadie pareció hacerle caso. Karoshen hizo un gesto a Elba Uno y Elba se acercó a una de las consolas y empezó a enviar las imágenes que habían grabado de las esferas.
- Digo que tenemos una nave -insistió Surkoi-, la lanzadera en la que tendríamos que haber regresado los científicos a la Lúcido Uribe.
- Gracias, Surkoi -dijo Karoshen-, pero no es suficiente.
- ¿Cómo que no es suficiente? -exclamó Surkoi desorientado- ¿Cómo que no es suficiente? ¡Ya lo ha oído! Pueden garantizarnos una ruta segura. ¡Todos lo hemos oído! Si la lanzadera está bien, ¿por qué no es suficiente?
- Porque estamos en una nave Coleccionista -contestó Karoshen-. El nido vispoide era el peón y el planeta entero es la reina.
- ¿Qué quiere decir eso? -insistió Surkoi.
- Que no nos dejarán ir -sentenció Silvio dando un paso hacia delante-, no nos dejarán ir a no ser que pongamos en peligro el planeta entero. O que lo destruyamos. No hay otra forma de escapar de una nave coleccionista.
Surkoi se quedó sin palabras. Se dejó caer en el suelo y se llevó las manos a la cabeza. Empezó a oscilar hacia delante y atrás.
No vamos a salir nunca No vamos a salir nunca -murmuraba una y otra vez hipando- No vamos a salir nunca
Karoshen hizo una señal a Silvio pero cuando el médico se acercó con un tranquilizante Surkoi reaccionó violentamente. Se alejó de él y empezó a gritar:
- ¡No quiero tranquilizantes! Pase lo que pase... ¡Pase lo que pase quiero estar lúcido! ¡Ni se le ocurra atontarme! ¿Me entiende? ¡Ni se le ocurra!
Silvio miró a Karoshen. Karoshen agitó la cabeza negativamente y Silvio se encogió de hombros y se alejó de Surkoi.
- ¡Y usted! -Surkoi ahora señalaba a Karoshen- ¡Usted me debe una explicación! ¡Qué es lo que le ha hecho a Akari! ¡Para qué ha servido lo que le hemos hecho a Akari!
- ¿Akari? -preguntó Kalian Nueve- ¿No era...?
- ¡Sí! -gritó Surkoi- ¡Sí! Era la bióloga a la que metisteis en una caja esta mañana. ¡Esa era Akari! ¡Maldita sea! Amiga mía y compañera de trabajo desde hace diez años... ¡Vuestro comandante la metió en la medusa! ¡Y para qué ha servido! ¡Para nada, maldita sea!
Karoshen seguía sin decir nada. Surkoi gritó:
- ¡Podría darnos una explicación al menos!
y quedó en silencio, aguardando una respuesta. Todos los soldados miraban a Karoshen.
- Ha servido -dijo finalmente el cirujano- para ganar un poco de tiempo. Para eso ha servido.
- Señor -preguntó una soldado-, ¿una medusa a absorbido un cadáver? Pensaba que nunca absorbían cadáveres.
- Que se sepa, nunca lo hacen -contestó Karoshen-. Pero Akari no estaba muerta. Formaba parte del equipo de científicos que teníamos que rescatar. Estaba infectada. Estuve a punto de matarla pero en el último momento recibimos órdenes de sumirla en biostasis y amputar su cabeza para los científicos militares. Cuando nos atacaron las esferas de mercurio tuve una idea. Pensé que si absorbían la cabeza de Akari, los patrones neuronales de su cerebro en biostasis quizá actuarían como un virus informático y derrumbarían todo el software que controla a las esferas. No sé, la situación era desesperada. Me hubiera gustado preguntar a Akari qué opinaba ella al respecto pero... qué quieren que les diga... De una cosa estoy seguro: entre los científicos militares y una oportunidad de luchar contra los Coleccionistas de Medusas... tengo claro lo que hubiera escogido su amigo, y creo que ella también lo habría tenido claro.
- ¿Patrones neuronales? -exclamó Surkoi- ¿Está diciendo que el cerebro de Akari aún tenía actividad neuronal sumergido en esa espuma?
- Sí, por eso nos ha sido útil. Ni siquiera en criogenización profunda se detiene del todo la actividad neuronal; y en hibernación y biostasis incluso hay sueños.
Karoshen hizo una pausa y suspiró profundamente, resignado a tener que dar una explicación.
- Han sido los sueños de esa mujer lo que nos ha salvado -dijo finalmente-. El patrón caótico de su mundo onírico ha sido una singularidad... una maldita función no integrable para su software... o para sea lo que sea que utilicen para controlar sus máquinas. Nuestra mente racional es débil y previsible para ellos. Nuestros sueños son mucho más poderosos. Al menos los de esa mujer, Akari.
Surkoi, sentado en el suelo duro y frío del búnker, lloraba amargamente. No quería llorar. Quería ser frío e impasible. Como un cirujano. Pero no podía sujetar las lágrimas dentro de él, no podía contenerlas; su pecho tenía vida propia y temblaba violentamente. Era un fuelle que impulsaba un torrente de emociones a través de sus ojos y él luchaba contra sí mismo, pero nada podía detenerlas; él, al menos, no podía.
Nadie le dijo nada, nadie le reprochó nada. Todos los soldados que le rodeaban, tanto los vivos que se refugiaban en el interior del búnker como los muertos que reposaban en silencio en el exterior, habían llorado en algún momento a lo largo de aquella guerra. Todos conocían su dolor. Así que nadie intentó consolarle, animarle o apaciguar su desesperación. Se limitaron a dejarlo solo, para que solo templara su angustia en la burbuja de silencio que le rodeaba.
- ¿Cómo puede haber actividad neuronal -preguntó un soldado- si no hay aporte de oxígeno al cerebro?
- Sí hay aporte de oxígeno -contestó Silvio-. El cincuenta por ciento de la espuma de biostasis está formada por nanorobots; el otro cincuenta por ciento es un metamaterial poroso impregnado con substancias nutritivas, cápsulas de oxígeno y decelerantes del metabolismo celular. El metamaterial poroso se introduce por todas las venas y arterias y los nanobots substituyen a la circulación sanguínea: se encargan de todo y mantienen a las neuronas vivas. Es una vida lenta, pero es vida. Evidentemente hay un límite de tiempo.
- ¡Tiempo! -exclamó Karoshen mientras miraba por una de las ventanas del búnker- Eso es lo único que hemos ganado. No tardarán en arreglar sus sistemas informáticos... y entonces ¿qué? Vendrán a por nosotros y nos cazarán como a cucarachas. Sabéis que no me gusta ser cenizo... pero tampoco quiero engañar a nadie. Si alguien tiene una idea, creo que ha llegado el momento de ponerla sobre la mesa.
Surkoi comprendió finalmente lo que querían decir los soldados. Fue al recordar la noche anterior, cuando viajaba con el transpórter por el páramo helado de regreso al campamento, cuando el Ínbid destruyó todas las naves de la Lúcido Uribe en un abrir y cerrar de ojos. Si se marcharan en la lanzadera sin acabar el trabajo, sería como dejar la retaguardia totalmente desprotegida. Mientras estuvieran en el aire, con una lanzadera civil estarían totalmente indefensos, a merced de las armas que debían esconderse en aquel planeta. Karoshen tenía razón, cuando el Ínbid se decidiera a atacar con toda la potencia de que era capaz... ¿cuánto aguantaría la flotilla de naves humanas? Muy probablemente, más que la Lúcido Uribe pero... ¿mucho más?
En medio del silencio, Surkoi habló.
- ¿Qué son exactamente las unidades Trueno de Zeus? -preguntó.
Tenía los ojos aún anegados en lágrimas pero el tono de su voz fue firme y perfectamente audible.
- Son armas secretas de la Armada Estelar -contestó Silvio.
- Ya me lo imagino -replicó Surkoi-, pero necesito conocer más detalles... me ha parecido entender que son colimadores de energía gigantescos y lo que quiero saber es... ¿de dónde sacan su energía?
De repente Karoshen pareció interesarse en la conversación. Se apartó de la ventana del búnker y se acercó a donde Surkoi estaba.
- De las estrellas -dijo-, de esferas Dyson tipo enjambre. Recogen toda la potencia de la estrella alrededor de la cual orbitan y la envían a través de un agujero de gusano hasta los Trueno de Zeus, donde se colima y se dispara contra el objetivo.
- Dígales que disparen contra los polos.
- ¿Cómo?
- Contra los polos -repitió Surkoi-. Que las unidades Trueno de Zeus disparen contra los polos. Sin piedad. Que concentren toda su potencia de fuego sobre los polos.
Los soldados se miraron entre ellos.
- ¿Qué potencia nominal tienen esas máquinas? -preguntó Surkoi.
- Diez a la veintiséis vatios -contestó Karoshen-, más o menos.
- Potencia suficiente como para derretir los polos de este planeta en pocos minutos -explicó Surkoi-. Este planeta en realidad no es seco. Lo que ocurre es que la inmensa mayor parte del agua está congelada en los casquetes polares. Si los derretimos de golpe, las placas tectónicas sobre las que se asientan se alzarán violentamente y todo el planeta temblará. Es muy probable que incluso cambie notablemente la inclinación del eje de rotación. No lo sé. En cualquier caso, si eso que llaman Ínbid tiene bases subterráneas... más les valdría salir corriendo. No tendrán que preocuparse por localizarlas. Si se derriten de golpe los polos, provocaremos un terremoto planetario. Y no será pequeño.
Todos guardaron silencio durante unos segundos.
- Podría funcionar -dijo finalmente Silvio.
- Hagan lo que les dé la gana -murmuró Surkoi-, pero está claro que a pedradas no saldremos de aquí.
Karoshen se puso en contacto con la Kunte Korenaga.
- Karoshen -dijo el capitán de la Kunte Korenaga-, Inteligencia Militar cree que está usted en lo cierto. Creen que todo el planeta es una base Coleccionista. Nos envían más refuerzos de los que hemos solicitado. Están montando una operación a gran escala.
- Que las unidades Trueno de Zeus disparen contra los polos, señor.
- ¿Cómo dice?
- Le paso con el exogeólogo jefe de la expedición que hemos venido a rescatar.
Surkoi habló con el capitán y le explicó lo mismo que le había explicado a los soldados del búnker.
Karoshen remató la explicación de Surkoi diciendo:
- Quizá eso nos dé una oportunidad de escapar del planeta en la lanzadera de los científicos, señor. Un cataclismo a escala planetaria quizá mantenga ocupado al Ínbid en la evacuación de sus bases y nos dé una oportunidad a nosotros de escapar.
- Joder, Karoshen -estalló el capitán de la Kunte Korenaga-, están totalmente locos, pero les voy a transmitir la idea a los de Inteligencia Militar, a ver qué dicen.
- Haga lo que crea que tenga que hacer, señor -contestó Karoshen-, pero hágalo rápido, por favor.
- Manténganse a la espera. Capitán de la Kunte Korenaga, fuera.
En lugar de permanecer en el búnker, Karoshen dio la orden de salir al exterior con los heridos y empezar a evacuar el campamento.
- Vamos todos fuera -dijo-, montemos a los heridos en el transpórter y el resto recuperemos droides en buen estado para desplazarnos hasta la lanzadera. Silvio, Surkoi, trasladen a los heridos al transpórter; Elba, Turmalev, Peters, Vizenzo, Zulu, Wheeler, Castillo, busquen droides para todos menos para el civil, que será quien conduzca. Kalian, venga conmigo, el resto establezcan un perímetro de vigilancia a veinticinco metros del búnker. Venga... ¡movámonos!
Todos se sacudieron el cansancio de encima y se pusieron en movimiento.
La armadura táctica habitada por Zulu Diecisiete, si Surkoi se tenía que fiar de la información de su t-chip, se puso en pie y empezó a gritar:
- Venga, venga, venga, ya lo habéis oído. Recargad las armas pero abandonad aquí todo lo demás. ¡Nos vamos!
Surkoi se dedicó a ayudar a Silvio en el traslado de los heridos hasta el transpórter, que estaba cubierto de polvo, abollado por sus cuatro costados y con las pilas casi agotadas. Surkoi supuso que tendrían suficiente para llegar a la lanzadera, pero maldijo aun así su despiste al no haber recordado aquella mañana en el campamento recoger pilas de recambio antes de abandonarlo todo.
- ¿Podrá llevar a los heridos este trasto? -preguntó Karoshen.
Kalian y él estaban haciendo una ronda y se habían acercado hasta el transpórter sin que Surkoi se diera cuenta.
- Sí -contestó Surkoi-, pero la pregunta es: ¿podrá la lanzadera llevarnos con vida hasta esa constelación militar suya, en medio de una batalla orbital?
- Eso déjenoslo a nosotros -respondió Kalian.
- Estoy escogiendo la alternativa menos mala, Surkoi -contestó a su vez Karoshen-, y usted lo sabe. Si prefiere quedarse aquí, es libre de hacerlo. La IA de nuestra armadura puede manejar la lanzadera, no es necesario que usted venga.
La lógica de los cirujanos era implacable, perfecta, pulida, brillante. Surkoi lo sabía de sobra. Él no odiaba los bisturíes, odiaba la realidad.
- Aquí abajo estamos a merced de lo que el Ínbid decida hacer con nosotros -dijo Silvio-. Pueden enviar de nuevo medusas a por nosotros o pueden incluso, si este planeta es una nave Coleccionista, enviar otro nido vispoide. En cambio, si conseguimos despegar con la lanzadera, tendrán que destruirnos con un misil o un láser de alta potencia, si quieren detenernos. Prefiero morir a caer prisionero de las medusas.
- Tómeselo con calma -dijo Kalian-, no se puede imaginar las ganas que tengo yo ahora mismo de escupir. ¡Y no puedo hacerlo! Maldita sea, cuando coja a un ingeniero militar le retorceré el cuello como mi abuela hacía con las gallinas ¿sabe? Y no será por el millón y medio de imperfecciones que tienen estos trajes: será porque no puedo escupir.
Dio media vuelta y se fue.
- Ya se ha encargado de los muertos, ¿no? -comentó Silvio.
Karoshen asintió lentamente.
- Así es -confirmó al cabo de unos segundos-, es su trabajo.
Surkoi supo después que, a ser posible, no deben dejarse restos biológicos en un campo de batalla. La mayoría de las veces, los cadáveres no podían transportarse, así que las armaduras tenían una opción de autodestrucción. Surkoi supuso que ésta era una de las funciones que había desconectado Silvio en la armadura que él vestía, para evitar su activación accidental por parte de un civil que jamás había vestido una armadura táctica. Aun así, Kalian era el encargado de comprobar minuciosamente si quedaba suficiente energía en los trajes como para que la autodestrucción fuera eficaz. En el Universo todo depende de la energía. Si en los trajes no había suficiente energía, él aportaba la necesaria. Más bien, su fusil de plasma: vomitando plasma a miles de grados centígrados sobre el cadáver. Surkoi cambió de opinión y pensó que, al fin y al cabo, era poco probable que Silvio hubiera desconectado la función de autodestrucción de su armadura, porque, en realidad, ¿qué probabilidad de supervivencia tenía un civil en un campo de batalla Ínbid? Sin embargo, no tuvo ningún interés en preguntarle cómo se activaba, cómo detectaba la armadura que él había muerto, cómo podía él estar seguro de que no se activaría por accidente. Si todo iba bien, pronto saldría de aquel maldito sarcófago.
- ¡ Señor ! -gritó una figura desde la entrada del búnker, una figura etiquetada como Turner Diecinueve por su t-chip- ¡ Señor ! - se dirigía a Karoshen, y éste empezó a correr hacia el búnker sin esperar más datos; Surkoi notó cómo todo su cuerpo se tensaba antes de que su mente tuviera tiempo siquiera de sentir miedo- ¡ Comunicación de la Kunte ! ¡ Van a disparar a los polos ! ¡ Venga, el capitán quiere hablar con usted !
Surkoi se relajó. Él y Silvio también corrieron hacia el búnker.
Karoshen era más rápido y tenía ventaja. Para cuando llegaron, ya cortaba la comunicación.
- ¡Muy bien, señor! -dijo-, Karoshen Siete en superficie, fuera.
Luego se giró hacia ellos y gritó:
- ¡Nos vamos! ¡Han empezado a disparar contra los polos! Esto va a ser un infierno en cuestión de minutos. Silvio, Surkoi, vayan en el transpórter; Turner, quiero cuatro implosionadoras dentro del búnker programadas para dentro de un minuto.
- A la orden, señor.
- Los Coleccionistas han visto la jugada -continuó diciendo Karoshen- y están redoblando sus ataques a la constelación y a la unidad Trueno de Zeus. ¡Salgamos de aquí, rápido!
Para cuando Turner tuvo listas las implosionadoras todo el mundo se movía ya colina abajo, por el camino que llevaba hacia la lanzadera. Dos soldados le habían esperado con un droide transfórmer arácnido y no tardaron ni tres segundos en salir corriendo todos en pos de la caravana y unirse a su retaguardia.
Al cabo de un minuto, las implosionadoras estallaron y el búnker quedó destruido. Primero llegó la luz, luego la onda sónica, que sacudió a toda la caravana, y Surkoi calculó que ya se encontraban a dos kilómetros aproximadamente del campamento. Karoshen iba a su lado y le preguntó si no había alguna manera de iniciar la secuencia de lanzamiento de la lanzadera, para ir ganando tiempo.
Surkoi dio un puñetazo al botón de pánico. No estaba seguro de que funcionara, pero era lo único que se le ocurrió. Todos vieron con alivio que, a lo lejos, las luces de la torre de lanzamiento se encendían. Eso significaba que los grupos electrógenos independientes funcionaban y que el ordenador de la lanzadera había empezado a prepararla para escapar hacia una órbita planetaria.
La caravana avanzaba a toda velocidad por un terreno irregular y traicionero. Las ruedas del transpórter lanzaban piedras en todas direcciones y levantaban nubes de polvo que cubrían a prácticamente todos los soldados. Los androides transfórmers, en su forma arácnida, emergían de entre las nubes de polvo sin detenerse ni una fracción de segundo a escoger el terreno más suave: el único criterio era llegar cuanto antes a la lanzadera. La columna humana avanzaba a toda prisa dejando una estela de polvo tras ellos.
Karoshen ordenó disparar con los lanzallamas contra los transpórters que se encontraron por el camino, clavados en el suelo por los cuerpos deformados de los seres humanos que habían sido infectados y mutados por los virus Ínbid. Una nube de insectos cuchilla les atacó, pero los soldados se defendieron sin sufrir ninguna baja y el Ínbid no dio más señales de vida.
Pocos metros antes de llegar a la nave, Karoshen preguntó cuánto tiempo tenían antes del cataclismo planetario.
- No lo sé -respondió Surkoi-, dependerá de qué rendimiento tengan esos cañones suyos, en qué ángulo disparen,... no sé. La clave está en la velocidad con que inyectan energía en el hielo. Podría ocurrir que se sublimara el interior de la masa de hielo y la presión hiciera explotar el casquete polar entero. Entonces los efectos serían inmediatos y la sacudida probablemente sería tan fuerte que se saldría de cualquier escala. Si fuera esto lo que ocurriera, seguramente estará a punto de ocurrir y será mejor que despeguemos cuanto antes. También podría ocurrir que en lugar de explotar, se derritiera todo el casquete polar y entonces una muralla de agua barrerá buena parte del hemisferio norte, y del sur, si están disparando también contra el sur, pero el cataclismo tardará un poco más en producirse. Por cierto...
- Diga - le conminó Karoshen a acabar la frase.
- Para entrar en la lanzadera tendremos que quitarnos las armaduras.
- ¿Por qué? -quiso saber Karoshen.
- Porque es una lanzadera civil de cincuenta plazas y sus asientos no están diseñados para soportar personas de unos trescientos kilogramos de masa.
- Tú, Silvio, ¿qué opinas?
Silvio iba en la parte de atrás del transpórter, con los heridos.
- ¿Qué tipo de impulsión utiliza? -preguntó.
- Reactores de antimateria -contestó Surkoi- con un conversor antimateria-impulsión tipo Orkumivia.
- Con una impulsión así -sentenció Silvio-, la aceleración límite será la que aguanten nuestros cuerpos que, probablemente, será mayor que la que aguanten las sujeciones de los asientos. Mejor nos quitamos las armaduras.
- De acuerdo -dijo Karoshen-, no me hace gracia pero la Física manda.
Al cabo de dos segundos llegaron.
La lanzadera se alzaba hacia el firmamento con el morro situado a más de setenta metros de altura. Parecía un avión supersónico situado en vertical, apuntando a las estrellas, como una flecha a punto de lanzarse a su destino. En realidad era una nave bastante sencilla, diseñada para vuelos orbitales y suborbitales. Despegaba como un cohete y aterrizaba como un avión si su destino estaba en la superficie del planeta; si estaba en el espacio, se acoplaba a cualquier nave que formara parte de una constelación.
Las alas se extendían hacia atrás y se curvaban hasta formar un arco con forma de elipse más allá de la cola de la lanzadera. En realidad, el casco de la lanzadera sólo medía unos sesenta metros de longitud, pero al apoyarse en la elipse que formaban sus alas tras su cola, el morro quedaba a poco más de setenta metros de altura. La nave reposaba sobre el arco de las alas por un lado, y la torre de lanzamiento, por otro. La torre de lanzamiento no era más que una rampa que conducía a una escotilla desplegable situada en la panza de la lanzadera. A través de esa escotilla se accedía a la zona de pasajeros, donde, además de los asientos, había una escalera que llevaba a la cabina de pilotaje, situada cerca del morro. A pocos metros de la torre de lanzamiento estaban los edificios de mantenimiento y la central de energía, donde se encontraban los grupos electrógenos autónomos que electrificaban todo el complejo. Y por todos los alrededores, por la rampa y correteando por el fuselaje de la lanzadera había todo tipo de robots de servicio. Una de aquellas máquinas, del tamaño de un cangrejo, se acercó a Surkoi y dijo con voz metálica:
- Listo para informar, señor.
- ¿Está todo preparado para el despegue? -preguntó Surkoi.
- Sí, señor.
Mientras Surkoi hablaba con el sirviente mecánico, Karoshen ordenó a todos los soldados que formaran y los roció con la misma substancia que había rociado el transpórter de donde había salido Akari. Luego también roció el transpórter, a Surkoi, a los sirvientes mecánicos con los que había hablado, los alrededores y cualquier objeto que hubieran tocado, utilizado o tenido cerca.
Antes de que acabara, empezó el terremoto.
También empezó a soplar un viento huracanado que arrastró a la mayoría de cangrejos y limpió el firmamento de nubes de tormenta, pero sólo para substituirlas por una neblina blanca que cubrió la bóveda celeste a gran altura y atenuó la luz del sol. El cielo siguió iluminándose con destellos de colores, pero ahora el resplandor era mucho más sobrecogedor porque la cubierta blanca del firmamento difuminaba mucho mejor la luz y el mundo entero acababa teñido de rojo, violeta, amarillo, azul o naranja. Mientras tanto, la tierra temblaba con un ruido sordo y amenazador, como el rugido de una bestia que se siente acorralada y advierte de su desesperación y peligrosidad.
Karoshen no perdió ni un segundo: prendió fuego enseguida y todos quedaron envueltos en un aura azulada durante unos segundos. Los supervivientes sacaron a los heridos del transpórter envueltos en un resplandor onírico que quemaba sin piedad cualquier patógeno que hubiera quedado adherido a sus armaduras o a sus armas. Alzaban los cuerpos y los sacaban del vehículo para depositarlos en el suelo o para sostenerlos entre dos compañeros, y parecían sombras inmersas en un plasma resplandeciente. Luego, cuando por fin se apagó el fuego, Karoshen se quitó el casco.
- No hay tiempo para hacer análisis -dijo al ver que todo el mundo le miraba espantado y que Silvio le agarraba de repente el brazo.
- Tiene razón -exclamó Kalian Nueve y se dispuso a hacer lo mismo.
Karoshen sobrevivió, Kalian Nueve también. El resto de hombres empezaron a quitarse la armadura. Surkoi fue el último en salir del sarcófago, en parte por precaución y en parte porque cuando fue a hacerlo se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué protocolo había que seguir, a excepción del pequeño detalle de saber cómo quitar el casco, y tuvo que ayudarle Silvio.
Por primera vez en todo aquel tiempo, Surkoi tenía ante él el rostro de aquellos hombres y mujeres. Vestían sus uniformes militares de campaña, sucios, arrugados y empapados en sudor y, en algunos casos, también en sangre. Pero sus rostros estaban desnudos, sin que armadura alguna les protegiera. Él exogeólogo vestía su sencilla indumentaria que simplemente le protegía del frío, también arrugada y empapada en sudor a aquellas alturas, y su rostro también estaba desnudo, surcado de arrugas, lágrimas y con restos de saliva seca en la comisura de sus labios. De repente, aquella pesadilla no fue sólo su pesadilla: había adquirido una dimensión humana que antes no tenía. De repente, estaba rodeado de rostros donde se podían leer emociones con la misma facilidad con que se leen palabras en un libro. De repente, volvía a estar rodeado de seres humanos.
- ¡No se quede ahí plantado como un pasmarote! -le gritó Karoshen, y luego, dirigiéndose al resto de soldados: ¡Dos grupos! Subo en el primero con Elba a la cabeza y Kalian a la cola, si está todo despejado, sube el segundo con Turner a la cabeza y Wheeler a la cola. Silvio tú en el segundo. Zulu, usted con él, y se queda al mando si me pasa algo. Que el segundo grupo venga con nosotros hasta la rampa pero que espere a que nosotros comprobemos el terreno antes de subir. Elba, Kalian, Wheeler, Turner, con fusiles de plasma y munición explosiva.
- ¡A la orden, señor! -gritó Zulu- ¡Venga, vamos, ya lo habéis oído! ¡Moveos! ¡Moveos! ¡Moveos!
Los soldados se organizaron rápido, se repartieron los heridos y empezaron a moverse.
- ¡Ayúdeme, Surkoi! -Karoshen sujetaba a Kaddour por debajo de las axilas; semiinconsciente, el oficial que había estado al mando de las tropas en superficie era incapaz de sostenerse en pie, y Surkoi se pasó uno de los brazos del comandante por encima de sus hombros y Karoshen hizo lo mismo con el otro brazo. Entre los dos empezaron a transportarlo hacia la rampa. Kaddour arrastraba los pies por el suelo gélido de aquel planeta, a veces intentaba apoyar un pie y avanzar con el otro pero lo único que conseguía era tropezarse o perder contacto con el suelo. Al final, los dos hombres lo llevaban prácticamente en volandas.
Surkoi pensó que no llegaba. El corazón desbocado le palpitaba en la garganta y le faltaba el aire. No estaba entrenado. Se sentía agotado. Casi no podía ni con su propio cuerpo. Y fue peor cuando empezaron a subir la rampa. Apretaba los dientes y procuraba concentrarse únicamente en dar un paso más. Había momentos en los que parecía que la tierra se retiraba de sus pies. El terremoto no cesaba, ni su bramido, ni la tormenta de colores espectrales. Avanzaban contra el temblor, el ruido, el viento e intentando orientarse en medio de un caleidoscopio imprevisible. Elba corría justo delante de él. No llevaba a ningún herido, pero el fusil de plasma militar pesaba diez kilos como mínimo. Turmalev cargaba un herido él solo, sobre su espalda. Y Castillo corría justo detrás de él con otro herido, sobre sus hombros. Kalian cerraba la marcha. Él, como Elba, no cargaba herido alguno pero iba armado hasta los dientes. Además, de vez en cuando, echaba una mano a Castillo. Todos lo estaban pasando mal. Turmalev cojeaba. Elba estaba herida en un hombro. Kalian estaba pálido, muy pálido. La banda sonora de la carrera hasta la escotilla de la lanzadera fue la respiración, profunda y al mismo tiempo frágil, de todos los hombres y mujeres que corrían a su lado, impresionada sobre el rumor telúrico del terremoto. Todos ascendían empapados en sudor. Todos corrían por salvar la vida, al borde la extenuación.
Bastaba recordar lo que hacían las medusas con los humanos para encontrar siempre un mínimo de energía en tus músculos, para que las fuerzas nunca se agotaran del todo y poder seguir adelante.
Unos metros antes de llegar a la escotilla, ésta empezó a desplegarse y retraerse para que los hombres pudieran acceder al interior de la nave. Con el primer aliento humano que inundó el interior de la nave, se encendieron las luces. El primer aliento humano fue el de Elba, que miró a arriba y abajo y gritó:
- ¡Despejado!
Y entonces entraron todos los demás. Karoshen y Surkoi dejaron a Kaddour en un asiento y el cirujano, sin perder un segundo, sin detenerse a recuperar aliento, empezó a ascender por la escalera hacia la cabina de pilotaje. Surkoi le siguió pero unos segundos después. Él sí necesitaba disfrutar de un par de segundos de oxígeno gratis. Castillo hizo una señal al segundo grupo para que empezara a subir. Mucho antes de que llegaran, Karoshen ya estaba en la cabina de pilotaje intentando iniciar el proceso de despegue.
- ¡Surkoi! -gritó en tono apremiante-... ¡Le necesito aquí!
Para cuando la voz del cirujano llegó a sus oídos, él ya estaba a medio camino en la ascensión a la cabina. No porque se hubiera recuperado sino porque sabía que Karoshen le iba a necesitar.
- ¡Voy! -exclamó Surkoi, apenas con un hilo de voz.
Llegó jadeando. Tardó unos segundos en recuperar el habla. Karoshen había conectado la pieza de su armadura táctica que había subido con él al panel de mandos principal de la lanzadera. Aquella pieza era el soporte material de la IA de la armadura. El plan consistía en que la inteligencia artificial de la armadura táctica convenciera a la inteligencia artificial de la lanzadera para que le cediera el mando de la nave. Al activar el invento, los numerosos indicadores luminosos parpadearon y en menos de un segundo se desplegó por toda la cabina un panel de mandos holográfico.
- Parece que vamos bien -dijo el cirujano-. Surkoi, la IA de la lanzadera me pide unos códigos de lanzamiento.
Mientras Surkoi introducía los códigos mediante un teclado virtual que tenía enfrente de él, llegó Silvio.
- ¿Cómo están los heridos? -preguntó Karoshen.
- Algunos han perdido mucha sangre... -contestó Silvio- ¿qué dice el vector de ruta?
- El vector de ruta que nos transmite la Kunte Korenaga justo en este momento dice nueve g, Silvio -respondió Karoshen-, con picos de diez y hasta once g.
Silvió negó sombrío con la cabeza.
- Sinceramente, están muy débiles, no sé si aguantarán.
Karoshen suspiró sin dejar el panel de control.
- Lamentablemente, Silvio, no podemos hacer nada.
- Lo sé, maldita sea.
- Crucemos los dedos.
La IA de la lanzadera aceptó los códigos introducidos por Surkoi y varios indicadores parpadearon en verde.
- Ya está -dijo Karoshen-, los ha aceptado. La estabilidad de la lanzadera está comprometida, así que salimos ya mismo. Prepárense, me voy a saltar varios pasos del manual del buen piloto.
Acto seguido se giró hacia la zona de pasajeros. Mientras se ataba los cinturones de seguridad, gritó:
- ¡Preparaos ahí detrás! ¡Salimos ya!
Los sistemas de impulsión de la lanzadera se activaron y una vibración eléctrica recorrió todo el casco.
Surkoi se giró y miró por la puerta de la cabina hacia los asientos que ocupaban los soldados.
Aprovechó aquellos segundos previos al lanzamiento para observar con detalle a los soldados que le habían salvado la vida. Hasta aquel momento no había tenido tiempo de observarlos tranquilamente. En la superficie, todos estaban demasiado nerviosos y se movían demasiado deprisa. Una vez estuvieron dentro de la lanzadera y la escotilla se cerró, seguían muy nerviosos pero no tuvieron más remedio que tragarse los nervios y esperar sentados y quietos a que los motores de antimateria les sacaran del pozo gravitatorio en el que estaban hundidos.
Al contemplar sus rostros y sus manos, daba la impresión de que todos ellos trabajaran al aire libre, expuestos a las fuerzas de la Naturaleza, al viento, al sol y al frío y al agua, en lugar de estar protegidos la mayor parte del tiempo por capas y capas de metamateriales, blindajes y escudos. Sus facciones habían quedado cinceladas igual que la roca desnuda de una montaña queda pulida y marcada expuesta como está a los elementos. Las líneas sencillas y contundentes de sus rostros expresaban bien las emociones. En aquel instante se leía en todos ellos la incomodidad que sentían: no les gustaba estar quietos y, sobre todo, no les gustaba estar indefensos. Y así era precisamente como estaban: desnudos, inmóviles e inermes. No portaban armas ni vestían armadura táctica. Cubría su cuerpo únicamente el traje de supervivencia básico. El mínimo peso lograba el máximo empuje. Estaban más que nunca a merced de su destino.
De todos los efectivos que habían formado los dos campamentos militares humanos, regresaban a la constelación Kunte Korenaga diez hombres y siete mujeres. De los diez hombres, tres estaban heridos, y de las siete mujeres, dos. El único superviviente del campamento científico de aquel hemisferio del planeta era Surkoi. No tenían noticias del hemisferio sur.
Todos estaban en silencio.
El temblor telúrico iba en aumento, y las vibraciones se transmitían a la lanzadera. Daba la impresión de que podría caer en cualquier momento.
La cuenta atrás fue escueta. Unos pocos segundos. En los últimos momentos antes del lanzamiento, Surkoi volvió a mirar hacia delante y apoyó la cabeza sobre el asiento.
Al llegar a cero, el rugido de los motores creció varios órdenes de magnitud y una fracción de segundo después la lanzadera dejó de reposar sobre la superficie del planeta. Una llamarada azul cegadora salió de sus propulsores traseros y la enorme masa de la nave empezó a acelerar hacia las estrellas.
Todos a bordo cerraron los ojos y mordieron con fuerza.
A medida que ganaban altura, velocidad y aceleración, sintieron que su peso aumentaba sin piedad. Ahí iban, aplastados contra sus asientos, disparados como una bala hacia las coordenadas orbitales de recepción que la Kunte Korenaga les había transmitido.
El punto de lanzamiento fue quedando cada vez más lejos. Los detalles de la superficie fueron haciéndose cada vez más minúsculos. Atravesaron las nubes que se habían formado presumiblemente debido a la destrucción de los polos y la luz del sol de aquel sistema planetario volvió a impactar con toda su fuerza en el casco de la nave.
En unos pocos minutos, irrumpieron en las capas más altas de la atmósfera como una flecha supersónica que brillaba lanzada hacia las estrellas. El mundo a sus pies, cada vez más lejano, reveló su forma esférica, y sobre sus cabezas empezaron a distinguirse cada vez más puntitos luminosos. Algunos de esos puntitos luminosos no eran estrellas: eran las cosmonaves que formaban la constelación Kunte Korenaga. Otros eran simplemente señuelos. De uno de esos puntitos en concreto surgía un haz luminoso apenas visible que lo conectaba con el polo norte. Era una de las unidades Trueno de Zeus disparando contra el casquete polar.
El casquete polar había desaparecido tras un espeso capuchón de niebla que cubría buena parte del círculo polar y ascendía muchos kilómetros por encima del nivel habitual de la atmósfera. En el resto del planeta la atmósfera seguía siendo una capa extraordinariamente fina y delgada que brillaba tenuemente bajo la luz del sol, un aura muy frágil que envolvía el astro entero de una forma casi imperceptible.
De repente, el espacio delante de ellos se rompió: su negrura profunda se pobló de destellos y matices luminosos y vibró como si formara parte de un instrumento musical. Ondas concéntricas deformaron la vacuidad que tenían ante ellos de la misma forma que un puñado de piedras deformarían la superficie de un estanque en calma al ser arrojados contra él. Pero no eran piedras lo que estaba provocando esas ondulaciones: eran cosmonaves; dos constelaciones enteras, de hecho: la Esparta y la Gagarin. En medio de destellos azulados y relámpagos blancos, las cosmonaves aparecieron de entre las vibraciones del espacio y se desplegaron alrededor de la unidad Trueno de Zeus. Gracias a los impulsores Marcelo, acababan de atravesar distancias inconmensurables en menos de lo que dura un suspiro. Pocos segundos después, el Aleph se cerró, el espacio recuperó su calma y los supervivientes de la lanzadora vieron pasar justo por debajo de ellos y en dirección hacia la superficie planetaria todo un escuadrón de incurdroids seguidos de varios escuadrones de combatdroids e innumerables robots de apoyo que se dispersaban por los costados de la formación. Los incurdroids parecían dagas brillantes y estilizadas, con la guarda de la empuñadura adelantada hacia la hoja de doble filo para estabilizar el vuelo supersónico. Cruzaron bajo ellos como una exhalación, igual que meteoritos encendidos por el rozamiento con la atmósfera.
Cuando la aceleración disminuyó a niveles tolerables, todos se relajaron.
- ¡¿Habéis visto?! -gritó Elba- ¡Incurdroids de la Gagarin!
- ¡Y de la Esparta! -respondió Zulu- ¡Acabamos de cruzarnos con un escuadrón entero de la Esparta!
- ¡Científico! -gritó Kalian- ¡¿Cómo habéis bautizado a este maldito planeta?!
- No tuvimos tiempo de ponerle nombre -respondió Surkoi.
Estaba el código de identificación en el catálogo estelar, pero... ¿valía la pena mencionarlo? Por supuesto que no.
- Pues llamadlo Berenice -dijo uno de los soldados.
- ¿Estamos en alguna de las estrellas de Coma Berenice? -preguntó extrañado Silvio.
- No lo dice por eso -replicó Karoshen con la mirada fija en las estrellas y la voz opaca-, Berenice significa Portadora de la Victoria en macedonio antiguo. Lo dice por eso. Por la victoria.
El Trueno de Zeus seguía disparando sobre el polo norte del planeta, sin piedad.
Que los soldados lo llamen como quieran, pensó Surkoi.
Para él aquel planeta siempre estaría asociado a su propia muerte y resurrección y unido a un nombre muy concreto. Surkoi no podía recordar todo lo que había ocurrido aquel día sin sentirse un recién llegado a la vida. Sí, recordaba toda su vida anterior a aquel día pero no se sentía identificado con la persona que la había vivido. Sus recuerdos le conectaban con esa persona y le decían: eres tú, pero él se sentía ajeno a aquel ser, a sus ilusiones, a sus esperanzas, a su forma de ver y valorar el Universo. La auténtica faz del Universo se le había revelado aquella jornada y en aquel planeta, en aquel momento. Y no era un sitio agradable, un lugar gobernado por unas leyes racionales y justas. Se parecía más a un infierno de caos y sufrimiento, a un desierto sin agua, a una pesadilla de hienas hambrientas. Hasta ese momento había estado protegido por una cultura humana, por unos valores humanos, por un sistema de coordenadas que ofrecía respuestas fáciles y le convencía del valor absoluto de la vida humana. Las ruinas de ese marco de referencia descansaban bajo el nido vispoide estrellado, en el interior del búnker derrumbado, en el silencio del barro que cubría el campo de batalla. Su visión anterior, sus esperanzas, su actitud, todo estaba equivocado. Y los errores en el Universo se pagan con la vida. Y eso era lo que había dejado en aquel planeta: la vida. Lo que ahora llevaba consigo era otra cosa, se parecía más a un ansia de supervivencia irracional, a una agenda vacía por la que transitaría en silencio hasta el día de su muerte. Surkoi pensaba: será esto madurar. Saber que los monstruos existen. Dejar atrás visiones infantiles del mundo que nos rodea. Enfrentarse a la realidad desnudos, sin cuentos, sin mitologías, sin cazadores buenos que nos salven del lobo, sin hadas madrinas que cuiden de nosotros, sin esperanzas en lo justo, sin ideas de bondad, y sobrevivir solos en el infinito Cosmos como personas nuevas. Sin miedo.
Y sin esperanza alguna.
¿No era eso madurar?
Surkoi se mordió la lengua hasta hacerla sangrar. Ahí ante las estrellas y su belleza impasible no quería llorar. Que todo su dolor fuera sangre, pero no lágrimas.
Las estrellas observaban la batalla impávidas, como impávidas habían observado todos los pasos que los humanos habían dado en el Universo desde que bajaron de los árboles hasta que ascendieron a los astros.
Las naves de la constelación Kunte Korenaga estaban cada vez más cerca. ¿Conseguirían llegar hasta ellas o les derribaría un misil alienígena en el último momento? Surkoi respiró profundamente.
Que los soldados llamaran a aquel planeta como quisieran. Para él estaría asociado para siempre más a un único nombre: Helena.
La batalla de Berenice acababa de empezar, sin piedad.

(Fin del capítulo 13. Siguiente capítulo)

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