Entradas

Mostrando entradas de febrero, 2020

Capítulo 7. APOCALIPSIS.

Ruido. Alarmas. Estruendo. Agito los brazos. Dolor. Golpes. Dolor. Dolor en mis brazos. Me levanto de golpe. Dolor en mi cabeza. Brumantra y Alkai están de guardia. Alarmas. Surkoi y yo estamos despertando. Bajo del droide a trompicones. Al pasar por la membrana de adhesión quedo cubierto de piel sintética. La luz me hace daño. Alarma de proximidad de mísil enemigo. Avanzo dándome golpes hacia la tienda iglú. Golpe en mi cabeza, golpe en mi rodilla, golpe en mi antebrazo. Golpe, golpe, golpe. Cincuenta segundos para impacto. No te pares. ¿Qué hago yendo a la tienda iglú? Sí, ya recuerdo: hay que recoger a Idkereda. Ordeno evacuación inmediata. Yo voy en sentido contrario porque voy a la tienda iglú, a por Idkereda. Ya recuerdo todo. El sueño se diluye en la realidad. Todo vuelve a mí. Está a cuarenta de fiebre. No ha mejorado. Está delirando. Las sienes me palpitan. Cuarenta y siete segundos. Alarma de impacto inminente. Los robots recogen el campamento a toda pri...

Capítulo 6. SOPA.

Esperamos a que oscureciera para regresar al campamento. Por pequeña que fuera la ventaja que nos proporcionara la oscuridad, teníamos que aprovecharla. Cuando estacionamos los incurdroid y me desconecté de la máquina volví a sentir todo el peso de mi cuerpo. Mis músculos tuvieron que hacerse cargo de nuevo de toda la masa de mi persona, y también de buena parte de la de Idkereda, que venía conmigo y apenas se sostenía por sí solo. Casi caigo derrumbado. Brumantra y Surkoi vinieron corriendo a echarme una mano pero aun así estuve a punto de colapsar bajo mi propio peso. Hacía casi veinte horas que nos habían lanzado desde la constelación Esparta. Cuando se inició la misión de incursión el reloj de la flotilla de naves marcaba 0500AM. Al regresar al campamento después de rescatar a Idkereda, el reloj de nuestros incurdroids, sincronizado con el de la constelación Esparta, marcaba ya casi medianoche. En aquel mundo hacía apenas dos horas que había oscurecido pero desde nuestro pun...

Capítulo 5. HUMANO.

En cuanto los incurdroids estuvieron al noventa por ciento de su capacidad salimos a buscar a Idkereda. Vinieron Surkoi y Brumantra conmigo, Alkai se quedó en el nuevo campamento, establecido esta vez doscientos metros tierra adentro y procurando no alterar el entorno. Sobrevolamos la zona donde calculamos que podía haber caído Idkereda y encontramos restos de su incurdroid, pero no encontramos a Idkereda, ni tampoco el cuerpo principal de su biodroide, ni la caja negra de la máquina. Así que ordené a Brumantra y a Surkoi que se sumergieran y realizaran un rastreo bajo el agua. No encontraron nada. - ¿Ni siquiera alguna forma de vida? - Nada. Seguimos buscando una hora. Al final, fue Brumantra quien lo encontró. Teníamos el estómago echo un nudo y necesitábamos descansar. Nos moríamos de hambre pero al mismo tiempo no hubiéramos podido tragar bocado. Estábamos a punto de dejarlo. Cuando lo vio, se sorprendió tanto que al comunicarnos su hallazgo habló de forma vacilante...

Capítulo 4. CHAPUZA.

Los droides estaban cubiertos de bacterias. Habitaban por todo su epitelio y también se podían mover por el interior del incurdroid gracias a un sistema semejante al sistema linfático humano. Eran bacterias reparadoras. Millones y millones de máquinas microscópicas totalmente artificiales cuya misión era reparar los daños que hubieran sufrido los incurdroids en combate. Lo tenían programado en sus genes. No era necesario que movieran tornillos ni ajustaran tuercas. En los incurdroid no había elementos mecánicos como tornillos, tuercas, roscas o cualquier otro mecanismo propio de las máquinas humanas hasta el s. XX y XXI. Habían sido substituidos por tendones, ligamentos, músculos y huesos de metamateriales, todos ellos elementos susceptibles de ser reparados sin necesidad de recurrir a herramientas que no fueran nanotecnológicas. Las bacterias eran los destornilladores del s. XXIV. Y eran mucho más inteligentes que los destornilladores; de hecho, eran tan inteligentes que había ...

Capítulo 3. ENEMIGOS.

Lo más cerca posible resultó ser demasiado cerca. - Señor -gritó Surkoi- la cápsula es incontrolable. Nos vamos a estrellar. El salto subcuántico nos había acercado demasiado al planeta. Habíamos reaparecido a tan sólo seis mil kilómetros de su superficie y moviéndonos a más de diez kilómetros por segundo directos hacia el centro del planeta. En unos diez minutos nos habríamos desintegrado y habríamos dejado un cráter como todo testimonio de nuestro paso por aquel mundo. Surkoi nos había alejado de ese destino al lograr variar nuestra trayectoria, pero conseguir la inserción orbital había sido imposible. El virus hacía bien su trabajo. Ya en el momento de la reaparición, a seis mil kilómetros del planeta, los sistemas de control de la cápsula estaban sumamente degradados y en ese momento, cuando ya casi rozábamos las primeras nubes altas de la atmósfera, la cápsula se había convertido en poco menos que un montón de chatarra. Después de lanzar las radiobalizas orbitales ...