Capítulo 14. KERUVA.

- Katmai.
Alguien dice mi nombre.
- Despierte, Katmai.
Hay una cortina que se agita con la suave brisa de la primavera. Los penúltimos rayos de sol inciden sobre ella y la convierten en una llama amable que revolotea en la ventana. Pájaro de fuego.
- Katmai.
Fénix de la tarde, acabo de llegar del cole. Estoy aburrido. Me he conectado a la Red pero no he durado ni dos minutos. Me cansa el cole. Me cansa la Red. Me cansan mis amigos. Me he desconectado. Estoy tumbado en la cama. Miro la ventana. El pájaro de fuego no me cansa.
Vuela.
Volar es fantástico.
- Despierte, Katmai.
Mi padre me llama. ¿Mi padre?
Está trabajando en los campos de cultivo. ¿Cómo puede su voz llegar hasta mí? La brisa.
Puede que sea algún criado cibernético.
Me cuesta apartar la mirada del fuego.
- Regrese, Katmai.
Los destellos de sus alas salen disparados en todas direcciones, inundan toda la habitación, e iluminan mi rostro. Me deslumbran. Los criados no tienen esa voz, profunda, poderosa. Imperiosa.
- Tenemos mucho trabajo por delante, despierte.
De repente, los destellos de las alas del pájaro de fuego se convierten en tentáculos de medusa. Me despierto de golpe y me incorporo de un salto, confundido, asustado. No estoy en mi habitación. No soy niño. Ya no. Sí hay un ventanal enorme a mi espalda y cortinas ligeras, translúcidas, que se inflan impulsadas por la brisa. El sol del atardecer ilumina cálidamente la estancia y el resto de la escuadra está tumbada a mi lado. Me falta el aire, intento serenarme, respirar profundamente. No lo consigo. Idkereda me sujeta la cabeza y me ayuda a tumbarme de nuevo en la cama. Está rodeado. Estamos todos rodeados de terkumas.
Era su voz. La voz de Idkereda.
Soñaba que era niño. Pero soy un hombre y todos me miran. Todos están pendientes de mí.
El sueño aún inunda mi pecho, empapa mis músculos, nubla mi vista. Poco a poco, sin embargo, la realidad asciende por mis nervios y lentamente se impone.
Intento huir cerrando de nuevo los ojos y volviendo la vista atrás. Lucho por recuperar aquella cortina de mi infancia agitada por la brisa de la primavera; por sentir de nuevo la paz que me infundía la luz del sol entrando en mi habitación al atardecer. Aquella despreocupación...
Sí, es un intento de evasión.
He estado dentro de una medusa.
Voy a morir de una forma horrible.
¿O no?
Fénix de la tarde. Luz.
La mente humana siempre se aferra a la más débil de las esperanzas. Estamos programados genéticamente para ello. En África, hace miles de años, estuvimos a punto de extinguirnos y sobrevivieron los que se aferraban a la más nimia de las esperanzas.
Todos somos hijos de aquellos ilusos.
Idkereda sigue vivo y parece estar bien, su cuerpo no está deformado ni habitado por insectos piloto. Aparentemente no parece estar a punto de mutar en criadero de medusas.
- Abra los ojos, Katmai -insiste-, tenemos mucho trabajo por delante.
Estoy desnudo. No llevo ni siquiera la piel sintética. Tengo frío. Abro los ojos.
- Tengo frío -digo.
En realidad, es mucho peor que tener frío.
Ahora que el sueño se ha ido, siento en toda su magnitud mi propio cuerpo; mi cuerpo de ahora: los pulmones me escuecen y el estómago está permanentemente contraído como si se hubiera quedado congelado en medio de un calambre. Tengo náuseas, y un sabor metálico en la boca, y me zumban los oídos. Supongo que la reparación tisular que efectúa la medusa es eficaz, pero de la irritación y del dolor no me libra nadie después de que mis alveolos hayan tenido que absorber oxígeno a través de un citoplasma extraterrestre.
Miro a Idkereda. Me siento confuso. No sé qué preguntar primero.
- Todo va bien -me dice, para tranquilizarme-, toda la escuadra está bien. Aún duermen. Ayúdeme a despertarlos. Tenemos mucho trabajo por delante.
Los terkumas traen ropa. Pantalones amplios, camisas de hombros y mangas anchas y sandalias para todos. Color blanco liso. Idkereda viste con el mismo tipo de ropa. Tiene las mangas de la camisa arremangadas y me observa con paciencia pero expectante, no quiere que me relaje. Me visto. La única diferencia entre las piezas de ropa que han traído los terkumas es la talla, el corte es el mismo para todos los pantalones y camisas. Supongo que el más pequeño es para Brumantra. Espabilamos al resto de la escuadra. Los terkumas nos observan en silencio.
Alkai y Brumantra se despiertan asustadas y consternadas pero están bien. Podemos tranquilizarlas sin mucho esfuerzo. Surkoi es otra historia. Se agita intranquilo en medio de una pesadilla. Cuando le obligamos a volver en sí, se incorpora de un salto e intenta salir corriendo, me aparta de un empujón y, con los ojos abiertos como platos y jadeando, salta al suelo. No escapa porque se enreda con sus propias piernas y se cae de bruces. Entre Idkereda y yo volvemos a llevarle a la cama pero no deja de luchar. De lo tenso que está parece un palo. Grita furioso y gimotea como un niño al mismo tiempo. Mueve la cabeza de un lado a otro, mordiendo con rabia su propia saliva. Me pregunto si también él se habrá enredado con sus recuerdos de infancia.
Es cierto que tiene los ojos muy abiertos, pero dudo que comprenda lo que está viendo. Resulta imposible tranquilizarle. Al final, los terkumas traen una transcutánea y le inyectan un sedante. No se lo impido; tras haber estado dentro de una medusa, da igual lo que le pongan; ellos han ganado. Seguir resistiéndose sería ridículo. En pocos segundos, nuestro piloto se queda atontado. Sigue consciente pero aturdido. Empieza a vestirse lentamente. Alkai y Brumantra le llevan ventaja. Investigo con el tacto mi camisa. No parece ocultar ningún dispositivo. El tejido es suave, proporciona una sensación semejante a la del algodón de calidad. Es fino, agradable, pero... ¿de dónde ha salido?
¿Tendrán los terkumas tanta paciencia como para darnos aún respuestas?
¿O nos están despertando para anunciarnos que seremos ejecutados al amanecer del día siguiente? Muchas culturas humanas lo harían.
Observo el cuerpo de los soldados bajo mi mando mientras se visten. Alkai es más alta que yo. Aún no ha llegado al cuarto de siglo. Tiene veinticuatro años: es, junto con Brumantra, la más joven de nosotros, pero parece mayor. Sus cicatrices no sólo deforman el costado derecho de su rostro y buena parte de su cuerpo, también la envejecen. A pesar de su figura esbelta, de sus piernas bien torneadas y de sus nalgas redondas y pechos firmes, no parece una veinteañera con toda una vida por delante. De hecho, no pocas personas la calificarían de monstruo, y con más convicción aún si supieran que se negó a la cirugía reconstructiva que hubiera podido devolverle un rostro casi adolescente. Ni siquiera quiso eliminar las cicatrices de su espalda y de sus hombros. La oficial científico de la misión no tiene tatuajes: tiene cicatrices. A la edad en la que sus amigos decidían hacerse piercings y tatuajes simbiontes, implantes subcutáneos y rediseños genéticos, ella sufrió un accidente que la deformó; y decidió que así se quedaría: marcada de por vida. Sus cicatrices serían sus tatuajes. Luego se alistó en el ejército. El caso de Alkai no es raro: a todos los que sobrevivimos al paso por un campo de batalla nos gusta guardar alguna cicatriz; la diferencia es que las nuestras se han producido después de entrar en el ejército, no antes. Yo tengo un mordisco que me rodea el torso entero: caí en un gusano de Gulmai y me tragó casi por completo, pero acto seguido me escupió. Tuve suerte. No le gustó mi sabor. A veces ocurre. Fue un instante que me dejó herido para siempre. Sí: para siempre porque, como Alkai, jamás permitiré que un médico se acerque a mí para borrar las huellas de mi paso por Gulmai. Si algún día olvido lo que soy capaz de hacer, lo que soy capaz de soportar, sólo tengo que mirar las cicatrices de mi torso para recordar que yo sobreviví a Gulmai. Cada una de las marcas de mi cuerpo me lo recordará, cada una de ellas parece hecha con un punzón en forma de cuña, y todas ellas juntas se asemejan a una cremallera que me cierra. Las cicatrices que adornan la espalda de Alkai no se circunscriben a una línea: la cubren casi por completo como un manto, se asemejan a un ramillete de cuencas fluviales que convergen en un estuario situado a la altura de su riñón derecho. A pesar de las heridas fosilizadas que la rasgan, la espalda de la mujer no ha perdido su bella curvatura, la tensión reposada de un cuerpo atlético, su rectitud más cercana a un roble que a una columna griega, sus hombros firmes y ligeros, sin un gramo de grasa. Su piel, en las zonas donde no está castigada y repujada, es tersa y limpia, elástica. 
La de Surkoi, en cambio, parece cuero viejo, y debajo se marcan todas y cada una de las fibras musculares del piloto, hasta el extremo de que se podría estudiar anatomía con su cuerpo, excepto en un punto en el que una cicatriz cruza su muslo derecho entero, desde la nalga hasta la rodilla; ahí el atlas está dañado, aunque queda la pierna izquierda, en perfecto estado. Más problemática sería la espalda: la tiene cubierta por completo con tatuajes oscuros. Cada uno de ellos representa una bestia diferente de mundos casi inexplorados. Gusanos de Gulmai, plasmoides de Agonía, licuadores de Las Cuevas... Un zoológico capaz de proveer de pesadillas durante toda una vida. Como Alkai, Surkoi aparenta más edad de los cuarenta y ocho años que tiene. Podría haberse sometido a un tratamiento rejuvenecedor pagado por el ejército pero se negó. No he venido a quitarme años de encima, dijo, muy serio, casi ofendido. Yo estaba delante. Tampoco es que lo necesite. No tiene flaccidez alguna en su cuerpo, su piel es tersa y se pega tensa a sus músculos como la piel de un tambor, y su rostro no tiene marcas. Sin embargo, sí hay algunos detalles que al final tienen más peso, detalles que no sólo delatan su edad sino que además le añaden años que no tiene. Quizá sean esos ligerísimos pliegues en la comisura de sus ojos o tal vez la tensión permanente en su mirada, pero el caso es que parece mayor. Puede que sea su cabello canoso. Para Surkoi, sus canas también son cicatrices. Jamás se las teñirá ni permitirá que un médico arregle detalle alguno de su cuerpo. Más que un cuerpo es un territorio. Su territorio. Esto es un sentimiento común a todos, aunque Brumantra puede que lo vea de otra manera: es la única que no tiene ni cicatrices ni tatuajes; su cuerpo menudo y vivaracho es perfecto, inmaculado. Ella actúa como si no lo supiera, incluso como si estuviera estropeada, como si no diera la talla. A pesar de su carácter expansivo y de su habitual buen humor, no puede ocultar una profunda falta de seguridad en sí misma. Mientras la contemplo, se mueve aún medio adormilada. Se va vistiendo poco a poco, obediente, sumisa, aturdida. No se atreve a alzar la vista y mirar a su alrededor, ni mucho menos a mí, su comandante. Lo único que revela el origen de su perfección es un código de barras casi imperceptible en el interior de su muslo izquierdo. Nunca hablamos de ese código, pero todos sabemos lo que significa.
Cuando acabamos de vestirnos, los terkumas traen comida.
- Beban -nos dicen-, les sentará bien. Calmará el dolor y ayudará en la recuperación.
Es un líquido oscuro y espeso. Está caliente y huele a cacao. El resto de la escuadra aguarda.
Ya no tiene sentido seguir teniendo reparos.
Doy un sorbo.
Efectivamente, sabe a chocolate, y está ligeramente dulce.
Bebo lentamente.
- Sabe a chocolate -informo.
Brumantra y Alkai también lo prueban. Se me han pasado las náuseas y, en realidad, me doy cuenta de que estoy hambriento. Todos estamos hambrientos. Surkoi es el único que se niega a probarlo.
Los terkumas esperan pacientemente mientras bebemos.
Hago un gesto casi imperceptible a Alkai. Es suficiente para que comprenda lo que quiero. Se alza la camisa, lleva su mano derecha a la base de su seno izquierdo y tira como si quisiera arrancarse un pelo. Da la impresión de que lo que está haciendo no tenga sentido pero al cabo de un segundo empieza a brillar entre su mano y su pecho un fino hilo de plata. Se está extrayendo un analizador molecular de su cuerpo. Mientras ella trabaja en lo que le he ordenado, miro a Idkereda y le pregunto cuánto tiempo hemos estado inconscientes.
- LLevan durmiendo un día entero -me contesta.
- ¿Qué ha estado haciendo todo este tiempo? -le pregunto.
En la habitación no hay sillas, y las camas donde hemos estado durmiendo y donde ahora estamos sentados tomando el chocolate terkuma no son más que futones, casi a ras de suelo, elevados unos pocos centímetros. Idkereda se sienta enfrente de mí, en el pavimento, con las piernas cruzadas. Observo que del techo cuelgan unas cintas sujetas por ambos extremos, formando así una especie de columpios, y me doy cuenta de que en realidad son sillas terkuma: los cuatro terkumas que están ante nosotros han pasado su enorme cabeza entre las cintas, de forma que su nuca queda sostenida por la base del columpio. Una vez así, su cráneo hace de contrapeso al resto de su cuerpo, que pende fláccidamente ante nosotros, con todos los tentáculos ondulando lentamente en el aire. Los cuatro terkumas nos observan sin decir una palabra. Se limitan a oscilar en sus columpiosillas enfrente de nosotros. Aguardan a que estemos listos mientras nos escrutan con sus grandes ojos negros. Llevan el mismo tipo de ropaje que llevaban en el barco: unas redecillas negras que cubren sus cráneos y que caen por detrás de sus cuerpos. No soy capaz de percibir ningún otro ornamento que adorne o cubra sus tentáculos o sus rostros.
- He estado leyendo - responde Idkereda.
- ¿No le han interrogado? -le interrumpo.
- No, en absoluto -me responde-, he estado leyendo y charlando con ellos. Me han explicado su historia. Creo que deberíamos escucharlos.
- ¿Es consciente de que lo que hizo puede ser considerado como un acto de traición?
- Señor, arriesgué mi vida para frenar a las medusas.
- Sí, pero para salvar a potenciales enemigos puso en peligro a toda la escuadra. Al quedarse en el barco, impidió que abriéramos fuego y proporcionó al Ínbid una ventaja táctica importante. Actuó por iniciativa propia contra las órdenes de su comandante.
- Señor, tiene razón. Sin embargo, debido a las especiales circunstancias en las que nos vemos inmersos, me pareció que su directiva de daño mínimo era tan importante como la de asegurar un cien por cien la huida.
- Estoy lista, señor -Alkai me mira sentada en su cama, a dos metros de distancia.
Ha acabado de extraerse el analizador del pecho y ahora espera mis órdenes. El analizador es un hilo tan fino que casi es invisible. Se retuerce alrededor de su brazo como una serpiente que olisqueara el aire. Todos llevamos analizadores orgánicos insertados en nuestro cuerpo, pero el protocolo establece que, siempre que sea posible, los primeros en utilizarse tienen que ser los del oficial científico de la misión. Extraerlos del cuerpo es sencillo: sólo hay que saber dónde buscarlos; el extremo que sobresale ligeramente de la piel parece sólo un pelo, pero cuando tiras de él notas como si se escurriera un hilo quirúrgico por los poros de tu piel. Le digo que empiece por analizarse a sí misma y que luego siga por Brumantra y Surkoi. Ella asiente y lleva uno de los extremos del analizador a su boca. Todos estamos pendientes del resultado de la prueba. Creo que incluso los terkumas están un poco más tensos en sus sillas colgantes. Hemos estado inmersos en medusas... así que no deberíamos hacernos muchas ilusiones al respecto. El analizador se extiende y penetra hasta el estómago de Alkai. Analiza su epitelio y pincha una superficie infinitesimal para tomar una muestra de sangre. Alkai agarra el extremo del hilo que ha quedado libre y lo inserta en unos receptores microscópicos injertados artificialmente en su lengua. Todos guardamos silencio. Alkai cierra los ojos. Al cabo de dos segundos vuelve a abrirlos y niega con la cabeza. Parece ser que está limpia. Podemos ver el analizador brillando en verde en su boca. Una vez ha cumplido con su función, el hilo se disolverá en su cuerpo al cabo de unos minutos. Se extrae otro analizador y se acerca a Brumantra. Brumantra abre la boca y el analizador penetra hasta su estómago. Alkai agarra el extremo que asoma entre los labios de Brumantra y lo prueba con su lengua. Inmediatamente, obtiene un torrente de información. No es capaz de ver las moléculas pero los injertos artificiales de su lengua son sensores mucho más sensibles que el olfato de un perro, mucho más que el de un oso, que es capaz de oler comida a una montaña de distancia. Ahora mismo están transcribiendo todo lo que encuentran en potenciales eléctricos. Las terminales nerviosas específicamente diseñadas e implantadas para ello en el cerebro de Alkai se encargarán de analizarlos. Si hay alguna máquina molecular hostil, la detectará en pocos segundos. Aunque sea una sóla.
Alkai frunce el ceño y entorna los ojos.
- El resultado es el mismo que en mi caso -dice finalmente-: hay algunas proteínas extrañas, pero no son Ínbid.
Relaja el ceño y enfoca su mirada en mí.
- No hay priones coleccionistas ni nanobots Ínbid; tampoco ADN vispoide ni medusoide, señor -concluye finalmente.
- Puede que hayan detectado proteínas propias de este planeta -comenta un terkuma. Reconozco la voz. Es Palabra.- Si analizaran con atención su sistema inmunitario descubrirían que ha sido entrenado contra todos los agentes potencialmente patógenos de este mundo. A partir de ahora no necesitarán su piel sintética.
Después de Brumantra, le toca el turno a Surkoi. Hay gotitas de sudor que brillan en su frente, como estrellas de una constelación durante una noche brumosa. También está limpio de bioquímica Ínbid, pero este dato no le ayuda a tranquilizarse. El recuerdo de haber estado dentro de una medusa sigue siendo más poderoso que cualquier prueba racional, y sigue poniéndole en jaque. Lo único que evita que entre en erupción y arremeta contra todo lo que se le ponga por delante son los sedantes que le han inyectado. Después de él, me toca a mí y luego a Idkereda. Todos estamos limpios. Aun así, no queremos hacernos ilusiones. Alkai, Brumantra y yo mantenemos la calma pero no es más que una actuación por nuestra parte, es un poco hipócrita; Surkoi es el más sincero. Si nos dejáramos llevar, acabaríamos todos muertos o con un buen cargamento de sedantes en la sangre, como él. Me fijé en Idkereda. Él era el único que parecía auténticamente tranquilo.
- Ha llegado el momento de hablar -dijo Palabra-. Aunque, tal vez, primero deseen asearse. En la habitación de al lado encontrarán todo lo necesario.
Tenía razón.
Las sábanas de la cama donde había dormido estaban empapadas en sudor, y las de Alkai, Brumantra y Surkoi estaban igual. Pero ese detalle no era el más importante: lo más importante era que había estado dentro de una medusa y necesitaba ducharme o bañarme, aunque fuera inútil, pero al menos la sensación de limpiarme sería psicológicamente satisfactoria.
- Sí, es cierto -confirmé-, nos gustaría asearnos, la verdad.
Nadie puso objeciones, ni siquiera Surkoi; y Alkai y Brumantra aún bebían su chocolate terkuma, así que entré yo primero.
No encontré nada de lo necesario.
Volví a salir y así se lo dije a los terkumas.
Todos hicieron vibrar sus cilios bucales y se miraron entre ellos. Creo que se estaban riendo. Pero a lo mejor estaba equivocado y sólo me estaban criticando, o quizá no estuvieran haciendo ninguna de las dos cosas.
Palabra descendió de su columpiosilla y me acompañó. Me explicó todo lo necesario.
- Eso de ahí es para hacer sus necesidades -dijo, a la vez que señalaba una taza de váter que sobresalía directamente de la pared; “Hasta ahí llego”, pensé yo para mí, “Más bien estaba buscando agua y jabón”, pero no dije nada, dejé que acabara la explicación:- aquello es... lo que llaman ustedes bañera, si quiere un espejo roce ligeramente esta superficie de aquí -rozó ligeramente una pared lateral y buena parte de la superficie se transformó en un espejo de bordes ondulados e irregulares- y si quiere jabón debe frotar esta superficie y entonces el árbol exudará jabón.
“Un momento”... pensé... “¿el árbol?”
- ¿El árbol? -pregunté.
- Sí, estamos dentro de uno de los árboles hogar de la comunidad. Procure no dañar nada. Las paredes están vivas. Todo a nuestro alrededor está vivo. Ya se lo explicaremos.
Asumí que era imposible entenderlo todo de golpe y me encogí de hombros.
- ¿Y el agua? -pregunté.
- Sí, el agua -dijo Palabra, y se dirigió a lo que había llamado bañera.
Acercó uno de sus tentáculos al borde y me explicó:
- Todo funciona por sensores de tacto y movimiento, y por corrientes de aire.
De repente, al pasar uno de sus tentáculos-brazo por un sitio concreto del borde de la bañera, empezó a brotar agua.
- Las corrientes de aire para secarse están al lado del espejo y se activan igual. Simplemente tiene que ponerse delante de la pared.
- Me parece un lavabo muy humano -comenté.
- Lo es -dijo Palabra-, los nuestros son diferentes. Este lo construimos para los humanos que nos visitaron hace algún tiempo. También náufragos como ustedes. Acaben cuanto antes con el aseo y les explicaremos todo. Tienen que estar al tanto de la situación.
Justo antes de salir del cuarto de baño, en el umbral de la puerta, se giró hacia mí y añadió:
- Espero que sepan espabilarse... y no haya que ponerles pañales.
Me quedé sin saber qué decir.
Palabra salió y volvió a sentarse en su columpiosilla.
Al parecer, los terkumas tenían sentido del humor.
Aquel último comentario había sido sentido del humor, ¿no?
Un poco confundido, entré en la bañera.
Al sentir el agua en mi piel me relajé y un hálito de esperanza me recorrió. Pensé que, quizá, la comunicación sería posible, a pesar de todo. Fue un estado de ánimo breve; se esfumó en cuanto los recuerdos de los hechos recientes empezaron a imponerse sobre las sensaciones físicas inmediatas.
Cuando acabamos todos de asearnos, los terkumas habían cambiado las sábanas, habían traído otro juego de pantalones y camisas limpios y habían dispuesto unos cojines en el suelo para que no tuviéramos que sentarnos en las camas. Nos acomodamos en los cojines ante nuestros anfitriones, que oscilaban tranquilamente en sus columpiosillas, ondulando tranquilamente sus tentáculos y rascándose de vez en cuando su enorme cráneo o su escueto torso, que ahora podíamos ver con detalle. Observé también que entre sus cilios bucales sostenían unas esponjas impregnadas de un líquido transparente y espeso como la miel. Se dedicaban a lamerlas tranquilamente como quien toma relajadamente una copa. Continuamente había alguna gota del viscoso líquido que parecía estar a punto de caer al suelo pero, en el último momento, alguno de los cilios bucales de nuestros anfitriones se retorcía y siempre lo evitaba. Tuve la impresión de que era un juego que les entretenía.
Empezó a hablar Palabra.
- Humanos -dijo-, os damos de nuevo la bienvenida a nuestro planeta.
La suave luz del atardecer entraba a raudales por el ventanal que teníamos a nuestras espaldas y lo teñía todo con un tono dorado. Iluminaba el rostro de los terkumas pero las sombras de sus cuerpos se extendían alargadas tras ellos. Aquella luz tangencial de las últimas horas del día condenaba a la penumbra a amplios rincones de la estancia donde nos hallábamos.
- A algunos de nosotros ya nos conocen. Nos presentaremos de nuevo -continuó el terkuma- porque puede que aún no sean capaces de reconocer nuestros rostros o nuestra voz, y también porque nuestro primer encuentro acabó de una forma violenta y desgraciada, así que es justo volver a empezar desde el principio. Yo soy Palabra viva sobre la piedra, y mis compañeros son Trae consigo el trueno, Soledad del vigía y Árbol de luz. Queremos explicarles cuál es la situación. La situación es que están bajo nuestra protección. No podemos decir que sean nuestros invitados, ni tampoco que seamos amigos, pero sí queremos que sepan que los consideramos como huéspedes y deseamos que puedan regresar a su hogar lo antes posible. Sabemos que están en guerra contra el Ínbid. Queremos dejar claro al respecto: no les consideramos prisioneros de guerra ni tenemos intenciones de entregarlos a nuestros aliados. Creemos que nuestras intenciones han quedado avaladas por nuestro comportamiento: oportunidad hemos tenido de entregarles y no lo hemos hecho. No les vamos a engañar. La presión por parte del Ínbid para que les entreguemos es muy fuerte, y entre nosotros ya empiezan a oírse voces a favor de entregarlos, sobre todo a raíz del incidente en el embarcadero, así que la situación es delicada y les rogamos que no vuelvan a perder la calma. Si mantienen el temple, todo acabará bien. También les rogamos que no se dejen llevar por su condicionamiento cultural: ustedes han mal interpretado desde el principio algunos de nuestros gestos. El haber utilizado medusas tan sólo ha sido una cuestión médica, como han podido comprobar ustedes mismos con sus propios analizadores. 
Hizo una pausa. Sus grandes ojos negros y profundos nos miraron en silencio. Miré de reojo a Surkoi, pero no dijo nada, aunque su frente seguía perlada por gotas de sudor, como si la tensión de su cuerpo estuviera licuando su miedo a través de los poros de su piel.
- Sabemos -continuó Palabra- que tienen muchas preguntas... -y en este punto de la frase hizo una nueva pausa para dar más énfasis a las siguientes palabras, que pronunció lentamente y con vehemencia: y les suplicamos que confíen en nosotros y nos escuchen con atención.
Uno de sus compañeros, creo que era Trae consigo el trueno, le pasó una esponja empapada en aquel néctar transparente y denso como la miel. Palabra agarró la esponja con uno de sus tentáculos brazo y se la llevó a sus cilios bucales. La saboreó tranquilamente durante unos segundos y después se la volvió a pasar a Trae consigo. Nuestro anfitrión tomó aire y continuó:
- Evolucionamos en este planeta a partir de especies anfibias cuyo hábitat natural eran los manglares. Después de millones de años de evolución desarrollamos una civilización tecnológicamente avanzada equiparable a la de ustedes y las diversas culturas terkuma se extendieron por todo el planeta. Llegamos a ser diez mil millones de terkumas. Nuestras ciudades formaban una red planetaria que abarcaba tierra, mar y aire. No conocíamos ni la pobreza ni la guerra, o al menos no en la magnitud con que las conocieron ustedes. Sí sufríamos la enfermedad y la muerte, inherentes a toda forma de vida que conozcamos en el Universo. Y sí conocimos algo más: el exterminio. Nuestra civilización floreció durante miles de años hasta que hace unas pocas generaciones fuimos atacados por seres provenientes de las estrellas. Cuando estábamos a punto de dar el salto más allá de nuestra cuna planetaria, una sombra procedente del corazón mismo de la Galaxia, cayó sobre nosotros como un depredador cae sobre su presa. Su tecnología era muy poderosa, incluso más que la de ustedes, podrían haber destruido el planeta o hasta el propio Sol si así lo hubieran deseado. Pero lo que deseaban de verdad era la biosfera equilibrada de este mundo, cálida y amable para formas de vida que respiran oxígeno y beben agua. Podríamos haberlo compartido con ellos... si hubieran querido compartir. Su cultura era hija de la guerra y la violencia. Nuestra cultura es hija de la palabra. ¿Qué puede hacer la palabra frente a aquel que decide tomar por la fuerza lo que desea? ¿Qué puede hacer aquel que siente y reflexiona frente a aquel que no duda, que destruye y gana sin que le tiemble el pulso? Fuimos exterminados por millones, por miles de millones. En pocas semanas nuestras ciudades fueron reducidas a cenizas, nuestros ejércitos, diezmados, y nuestras fuentes de alimentos, aniquiladas. Estuvimos al borde de la extinción. No estábamos preparados para una agresión de semejante magnitud. Sabíamos luchar, como sabe luchar cualquier especie que ha sobrevivido en medio de un Universo indiferente donde los recursos siempre son limitados. Sabíamos utilizar el entorno a nuestro favor y sabíamos fabricar armas y organizarnos para constituir ejércitos, pero nuestra cultura no estaba preparada para afrontar una guerra de exterminio. Tuvimos que reconvertir nuestra industria, tuvimos que escondernos, tuvimos que aprender a soportar el dolor de millones de nosotros que cantaban en la oscuridad de la noche todo su sufrimiento y desesperación. Los ríos se secaron, el mar se retiró, la atmósfera se enrareció, miles de especies nos precedieron en lo que parecía nuestro destino inevitable: la desaparición. En el último momento, cuando ya no había espacio para la esperanza, unos pocos de nosotros, apenas un puñado de desarrapados que se escondían en antiguos laboratorios subterráneos, fueron capaces de organizar una resistencia eficaz. Gracias a nuestra capacidad de comunicación, a partir del primer núcleo de resistencia pudimos organizar a los puñados de supervivientes que pululaban por todo el planeta y plantar cara a los invasores. Cuando ya no quedaba espacio para la esperanza, nos salvamos. Expulsamos a los invasores de nuestro mundo y de nuestro sistema solar, aunque sabemos que dejaron máquinas en órbita alrededor de nuestro Sol para vigilarnos. Sin embargo, aun y con los invasores en retirada, el peligro no había pasado. Nuestro mundo estaba destrozado. De los diez mil millones de seres que habíamos llegado a ser, quedábamos menos de un millón dispersos por todo el planeta. ¿Se pueden imaginar la magnitud del desastre? La guerra había destruido nuestra civilización y nuestro hogar. Seguíamos muriendo víctimas de la enfermedad y del hambre. El aire y el agua estaban contaminados, no había comida, nuestra industria se había hundido. Lo único que conservábamos era nuestra palabra; incluso muchos de nuestros conocimientos se habían perdido. Disponíamos de unos pocos silos donde almacenábamos semillas por si alguna catástrofe o alguna plaga ponía en peligro la producción de alimento... pero apenas disponíamos de tierra donde plantarlas, y de agua potable con que regarlas. La situación durante años fue crítica. Se habían salvado muchos científicos e ingenieros pero también habían muerto muchos, y los medios de que disponíamos eran muy precarios. Lo más urgente era limpiar el planeta para disponer de nuevo de comida y de agua en abundancia, pero para conseguirlo necesitábamos reconstruir nuestra industria, y sin comida ni agua en abundancia las tareas de reconstrucción eran muy lentas. Entonces apareció la simbiosis Ínbid. Se ofrecieron a colaborar con nosotros en la limpieza del planeta y nosotros aceptamos. Su ingeniería medioambiental está mucho más avanzada que la nuestra y, no lo duden, también más avanzada que la de ustedes. En poco tiempo llegaron a desarrollar modelos que describían nuestro planeta mejor que nuestros mejores modelos. Pusieron toda su biotecnología a disposición de nuestra especie. Las colmenas Ínbid pueden funcionar como plantas de reciclado a escala planetaria con una eficacia sobrecogedora. Son capaces de reorganizar una biosfera en cuestión de una generación, incluso en menos tiempo, y transformar un planeta arruinado en el hogar que había sido en sus mejores tiempos.
Palabra hizo una pausa. Los humanos conocíamos perfectamente ese poder de las colmenas Ínbid: no pocos planetas terraformados con muchos años de trabajo y esfuerzo por nuestra parte se habían reconvertido en planetas Ínbid en cuestión de pocos ciclos. En cuanto las colmenas vispoides se ponían a trabajar en la biosfera de un mundo, el planeta cambiaba en cuestión de poco tiempo. Siempre volvía a ser inhabitable para los humanos, pero un hogar para el Inbid. Los mejores ingenieros planetarios de la Armada habían intentado comprender cómo conseguían las colmenas vispoides semejante poder de transformación planetaria pero los humanos habíamos sido humillados una y otra vez. Más de una docena de mundos se habían terraformado con muchísimo sacrificio para acabar descubriendo que la simbiosis Ínbid consideraba aquel mundo suyo y no poder evitar perder en pocos días el trabajo llevado a cabo por generaciones y generaciones de seres humanos. Alguno de aquellos mundos había sido destruido por la guerra, pero ni uno sólo de ellos se había logrado recuperar.
- ¿Qué les pidieron a cambio? -pregunté mientras Palabra exprimía entre sus cilios bucales una de aquellas esponjas.
- Nada -me contestó.
- Esa respuesta no es muy creíble -repliqué yo.
- ¿Por qué? -me dijo él- Desde luego el Ínbid sí esperaba obtener algo a cambio de ayudarnos. Pero no porque nosotros le diéramos algo en pago a su ayuda. Ni siquiera se puede decir que lo que esperaban obtener fuera algo material. Simplemente, consideraron que era adecuado ayudarnos, y así lo hicieron. Era un reto para ellos, un trabajo que les permitía dar sentido a su existencia en este Universo. Nada más.
- ...Dar sentido a su existencia... -repetí-... ¿nada más?.
Palabra y Trae consigo el trueno se miraron. Luego Trae consigo volvió su mirada hacia nosotros de nuevo y admitió:
- Es cierto que ellos pueden utilizar la luna de nuestro planeta como base para expediciones a otros mundos, y también es cierto que tienen factorías en algunos asteroides de este sistema solar. También pueden explorar y estudiar nuestro mundo. Tienen algún asentamiento permanente al otro lado del planeta, y hay algunas colmenas que siguen trabajando. Las tareas de descontaminación en algunas zonas no han finalizado. Sin embargo, todo lo que permitimos que el Ínbid tome de nuestro sistema solar no compensa ni de lejos el trabajo que realizaron ayudándonos cuando más lo necesitábamos. De hecho, no tenemos nada material que ofrecer al Ínbid. Nada que sea suficientemente valioso para ellos como para poder considerarlo un pago por la ayuda prestada. Esa es la verdad.
- Puede que ustedes se desprendan de todo lo que han mencionado sin darle mucho valor... pero el caso es que la situación que acaba de describir es más creíble -repliqué.
Pero mi respuesta no gustó a Trae consigo.
- Humano, el horizonte al que miráis está tan cerca de vosotros mismos que se confunde con vuestra nariz -dijo el terkuma-, vuestro lenguaje asfixia mi palabra, hunde verdad en oscuridad... ¡Vosotros animales! ¡Sin palabra! ¡No tenéis palabra, sólo ruido, ruido, ruido! -sus conocimientos de nuestra lengua, de repente, parecían ser mucho más rudimentarios de lo que en realidad eran, y daba la impresión de que era debido a que mi respuesta le había hecho perder la paciencia-, ayuda material despreciable para Ínbid, humano-sin-ojos, humano-nariz, Ínbid no necesita nuestra luna, no necesita bases... necesita... necesita...
- Sentido -sugerí.
- ¡Sentido! -gritó Trae consigo y, a continuación, a pesar de tener la respiración agitada, reunió suficiente aliento como para añadir: Lo que es importante es ayudarnos. Lo pongo en tus oídos, pero tú, humano sordo, humano ciego, humano-nariz, no lo ves, no lo entiendes. Vuestra lengua... vuestra lengua... horrible, ruido. Sólo ruido. Hablo y hablo y me asfixio. Ruido sin energía... sin poder... vacío.
Finalmente, se calló. Pasaban los segundos y su respiración continuaba agitada. La base de su cráneo, donde sospechábamos que los terkumas tenían los pulmones, en lo que para un humano era la nuca, se inflaba y desinflaba más de lo normal, y más deprisa. Sus ojos brillaban en la penumbra como los de un gato.
Palabra apoyó uno de sus tentáculos en el suelo, giró ligeramente hacia su compañero y le miró. Le tocó con uno de sus tentáculos-brazo y cantó en terkuma, en un volumen muy bajo, casi en un susurro. Parecía una canción de cuna y tuvo un efecto inmediato: Trae consigo acabó por calmarse del todo.
Cuando su respiración volvió a la normalidad, Palabra se giró hacia nosotros, nos pidió disculpas por el ímpetu de Trae consigo y retomó su historia:
- Durante generaciones el Ínbid ha trabajado a nuestro lado, y estamos muy agradecidos -dijo el terkuma-. Sin su ayuda este mundo aún estaría en ruinas y quién sabe si a estas alturas habríamos logrado levantar una sola comunidad... quién sabe siquiera si habríamos logrado sobrevivir. El paso de una cultura de subsistencia a una civilización avanzada es un proceso lento y penoso que requiere miles de años. Por el contrario, el colapso de una civilización avanzada puede producirse en muy poco tiempo, y los supervivientes quedan desamparados. Sin los conocimientos que permitían sobrevivir a sus antepasados en el medio natural, desprovistos incluso de aquel medio natural que fue su hogar en la prehistoria, la supervivencia es prácticamente imposible para ellos, y mucho menos el retorno en poco tiempo a la civilización tecnológica que han conocido. Nosotros tuvimos suerte, y también hemos trabajado mucho. Después de pocas generaciones, a base de sacrificio y colaboración, hemos logrado revivir la civilización terkuma. Aunque somos un leve eco de lo que fuimos, al menos ya no estamos al borde de la extinción. Hoy en día nuestro mundo vuelve a ser habitable, nuestra gente ya no muere a millares por culpa del hambre, de los venenos o de la radiación, y tampoco pasamos penurias. Hoy en día, un centenar de comunidades repartidas por todo el globo son el germen de lo que en el futuro será una nueva red de ciudades, semejante a la que logramos levantar en el pasado.
Palabra hizo una nueva pausa. Anochecía. Buena parte de la estancia había naufragado ya en la sombra. Los tentáculos de los terkumas a veces emergían de la oscuridad, se ondulaban iluminados por la tenue luz de las últimas horas del día y luego volvían a sumergirse en un mar de negrura. Sus ojos nos observaban con atención pero no parecían esperar nada de nosotros.
Yo estaba muy confuso. Las preguntas se agolpaban en mi mente sin orden ni concierto. Debería haber exigido que nos restituyeran nuestras armas, que nos dejaran libres, que nos permitieran en ese mismo momento continuar con nuestro intento de enviar un mensaje de socorro a las estrellas. Pero no estábamos en situación de poder exigir nada. Nos habían desarmado y reducido, simple y llanamente, y ni siquiera sabíamos si para conseguirlo habían tenido que utilizar todo su poder. Si no estábamos muertos, muy probablemente era porque los terkumas nos querían vivos.
Nuestra misión no era una misión diplomática. El protocolo militar exigía que en una situación semejante activáramos los sistemas de autodestrucción de los incurdroids. Pero no sentía conexión alguna con la máquina y estaba seguro de que todos los miembros de la escuadra, incluso Brumantra y Alkai, estaban en mi misma situación. A decir verdad, incluso si hubiera sentido el hilo inmaterial que debería haber conectado mi mente con la del incurdroid, habría sido poco probable que a través de él hubiera dado la orden de autodestrucción. Hice la pregunta que hice porque tenía la firme sensación de que en aquel momento la supervivencia dependía más de nuestra capacidad de empatía y de comprensión que de nuestra tecnología militar. También sabía, y esto lo sabía con certeza, que si conseguíamos salir vivos de aquel lío entonces el tribunal militar que me juzgara no estaría de acuerdo conmigo. Al fin y al cabo, no estábamos autorizados a tratar tema alguno con alienígenas, ni siquiera el de nuestra propia supervivencia.
- ¿Qué papel tenemos nosotros en todo esto? -fue la pregunta que hice.
- Ustedes -contestó Palabra- serán la prueba de que nuestra intención es mantener la neutralidad en esta guerra. Les escoltaremos hasta los restos de su nave y les ayudaremos a lanzar un mensaje de auxilio. Si la nave ha quedado demasiado dañada, utilizaremos nuestras propias antenas emisoras... pero sólo si la nave ha quedado inutilizada.
En ese momento Surkoi no pudo contenerse más y estalló:
- ¡Señor -exclamó-, este planeta es un peligro para la Alianza Humana! ¡Nuestra flota tiene que bombardearlo desde el espacio! ¡Ese es el mensaje que tenemos que enviar en cuanto tengamos acceso al módulo! ¡Que aniquilen el planeta!
Estaba temblando de furia. Le habíamos inyectado suficientes calmantes como para sedarlo durante horas pero estaba en tal estado de tensión que la dosis no parecía haber sido suficiente, o al menos no durante el tiempo suficiente.
Alkai y uno de los terkumas se acercaron a él.
- Tranquilízate, Surkoi -dijo Brumantra.
Pero Surkoi, lejos de tranquilizarse, al ver que se acercaban Alkai y un terkuma, dio un salto hacia atrás y empezó a chillar como un poseso, refiriéndose al terkuma:
- ¡Aléjate de mí, bestia!
Se pegó a la pared. Todos los músculos de su cuerpo estaban tensos como un arco antes de lanzar la flecha.
- Y tú no me toques -gritó señalando a Alkai- ¡Has estado dentro de una medusa!
Tuve que levantarme y plantarme delante de él.
- ¡Piloto! -le conminé- o recupera ahora mismo la compostura o le induzco un estado de coma hasta que volvamos a la constelación Esparta.
Sabía que como comandante de la escuadra podía cumplir mi amenaza, así que dejó de gritar y se tumbó en la cama. Se hizo un ovillo y, con las manos detrás de la nuca, empezó a mascullar:
- Nos hemos vuelto todos locos.
Una y otra vez, locos, todos locos, sin parar, pero al menos en un volumen tolerable: casi inaudible, por lo que no interferiría en la conversación.
Volvimos a nuestros sitios.
-Perdonen a mi piloto -dije-, es impetuoso y tiene miedo.
-Lo sé -contestó Palabra, totalmente sereno, como si no hubiera oído las opiniones de Surkoi respecto a lo que debería ser el destino de su planeta-, no es necesario que se disculpe. Tengo la impresión de que ustedes los humanos siempre están muy tensos. No me extraña que sean tan sensibles al canto terkuma; tienen muchos... -aquí el terkuma dudó un segundo, y finalmente acabó diciendo: nudos... tienen muchos nudos dentro de ustedes, muchas angustias enquistadas en su cuerpo.
-En una cosa tiene razón Surkoi -aventuré-... para qué vamos a engañarnos. Ustedes poseen una tecnología gracias a la cual han logrado desarmarnos con relativa facilidad. Si el Ínbid les pidiera ayuda para ganar la guerra, es probable que ustedes se la prestaran, al fin y al cabo, la ayuda que les prestaron ellos en el pasado fue de incalculable valor para ustedes, como usted mismo ha explicado. Es probable que su ayuda pusiera fin de una vez a la guerra y, quizá, a la especie humana. No es el típico panorama ante el cual nuestros superiores decidieran quedarse de brazos cruzados.
- Además -terció Alkai- no sólo es que ustedes estén en deuda con el Ínbid: tienen motivos para vengarse de los keruvas. ¿Y si el Inbid les ofreciera una armada estelar y armas suficientes como para vengarse de los keruvas a cambio de su ayuda en la guerra contra la Humanidad?.
- ¡Usted está equivocada! -gritó Palabra. Era la primera vez que le oía gritar. Parecía escandalizado- Los terkumas no hallaríamos ninguna motivación en semejante propuesta del Ínbid. No tenemos ningún interés en atacar a los keruvas. De hecho... ¿creen ustedes que el Inbid no nos ha pedido ayuda ya? ¡Claro que lo ha hecho! Le dijimos que no. Ustedes no comprenden cómo funciona nuestra relación con el Ínbid. No lo comprenden. Ellos nos ayudaron, pero no les debemos nada. Es así como funcionan las cosas en nuestra civilización. El que nos ayudaran no nos somete a los deseos de quienes nos ayudaron, no nos obliga a acatar sus órdenes. Ustedes tampoco comprenden al Ínbid. Si lo comprendieran, probablemente no estarían en guerra con él. Nosotros, simplemente, no queremos más guerra. Nuestro planeta y nuestra civilización ya han sufrido bastante.
- En el fondo -añadió Idkereda- puede que la ayuda que los terkumas puedan prestar al Ínbid no sea tan valiosa para el Ínbid como nosotros creemos.
Miré de arriba abajo a Idkereda.
- ¿Qué quiere decir? -le pregunté.
- Puede que, con la biotecnología de que dispone el Ínbid, si no ha acabado ya con la Humanidad es porque no ha querido.
En ese momento habló uno de los dos terkumas que no habíamos conocido en el barco y que se había mantenido en silencio hasta ese momento.
- Es cierto -dijo-, no han entendido nada. Les hemos explicado nuestra historia y no han entendido nada. Palabra habla "no queremos más guerra" y ellos no entienden el "no queremos".
Creo que era aquél al que Palabra había llamado Árbol de luz. Se descolgó de su columpiosilla y se dirigió hacia mí.
- Mi corazón terkuma se encoge de miedo y de pavor en mi pecho -dijo mientras se acercaba- al veros sumidos en la oscuridad, humanos, perdidos en una soledad inmensa, silenciosa y vacua, y siento mucho frío al ver ante mí lo que otros terkumas ya me habían explicado: los humanos no saben hablar. Les hemos narrado nuestra historia y siguen tan desorientados como al principio. No tienen el don de la palabra. Y me pregunto: ¿cómo es posible? ¿Cómo es posible que unos seres aparentemente sensibles e inteligentes como vosotros no tengáis el don de la palabra? Esto es nuevo para los que no conocimos a los primeros humanos.
Se plantó justo delante de mí y extendió sus tentáculos.
- Náufragos de las estrellas -nos llamó mientras me acariciaba la mejilla con los dedos en los que acababan sus tentáculos-brazo- ¿sabéis de lo que estoy hablando? ¿Sabéis a qué soledad me refiero? ¿Sois conscientes de vuestra carencia de la misma forma que lo seríais si os faltara uno de vuestros dos brazos o una de vuestras dos piernas?
Era la primera vez que entraba en contacto físico directo con uno de aquellos seres. Contuve el impulso de apartarme. Su aspecto pulpoide, cefalópodo, anfibio y marino, me hizo temer que su piel fuera fría y desagradable, pero me equivoqué. En realidad era un miedo ridículo: me había dejado sugestionar por mi cultura humana, en lugar de intentar entender a partir de mis conocimientos de biología que aquellos seres, grandes consumidores de oxígeno y capaces de mantenerse activos y perfectamente lúcidos en la penumbra durante bastante tiempo, tenían que ser necesariamente de sangre caliente y, además, de temperatura semejante a la de nuestro cuerpo pues su masa corporal debía de ser de la misma magnitud que la de un ser humano, y ambas especies podían compartir ecosistema. Así que sentí la calidez de su mano, y sus dedos se deslizaron por mi mejilla derecha mientras sus ojos negros y profundos me observaban atentamente. Tenía su rostro a pocos centímetros de mi rostro. Sus facciones eran suaves. Casi tiernas. Podía ver palpitar venas en su cráneo y podía apreciar la vibración de sus cilios bucales. Casi podía sentir su aliento. Su piel brillaba ligeramente, como si estuviera untada con algún tipo de crema o de aceite, pero su tacto era muy semejante al tacto de una piel humana. 
- Sé a lo que se refiere - dijo Idkereda.
Aparté la mirada del rostro terkuma. También el terkuma apartó su mirada de mí. Ambos observamos al resto de la escuadra. Alkai e Idkereda estaban mirando al suelo, como concentrados en su mundo interior. Brumantra tenía los ojos muy abiertos. Surkoi seguía murmurando Nos hemos vuelto todos locos mientras apretaba los dientes y entrelazaba las manos por detrás de su nuca.
- Yo también -dijo Alkai-, yo también sé qué quiere decir.
El terkuma se acercó a Alkai.
- Explíquense -exclamé yo-, ¿cómo pretenden saber a lo que se refiere?
El terkuma se plantó delante de Alkai y la observó como había estado observándome a mí. Idkereda no hizo el menor intento de explicarse pero Alkai sí, Alkai dijo:
- Señor, quizá sea una tontería pero creo que forma parte del acervo cultural común a cualquier ser humano la sensación de querer explicar algo y no tener palabras para poder hacerlo, así como la sensación de soledad a la que nos condena en no pocas ocasiones este imperfecto método de comunicación que denominamos lenguaje.
- ¡Maldita sea, Alkai -exclamé furioso-, está especulando!
Realmente, estaba furioso. Parte de mi escuadra estaba estableciendo vínculos emocionales con aquellos seres. Tuve la sensación de estar perdiendo una batalla más importante que la batalla que habíamos librado en el cielo, contra los terkumas blindados. Surkoi tenía los nervios destrozados, a Idkereda y Alkai les parecía que los terkumas podían entenderlos mejor que los psicólogos humanos y Brumantra seguía con los ojos muy abiertos, sin mostrar claramente cuál era su estado de ánimo. A saber por qué camino decidiría lanzarse su mente. ¿No había nadie que pudiera mantener una actitud distante y equilibrada, la actitud necesaria para valorar la situación con ecuanimidad y eficacia? La actitud necesaria para entrar en combate y si fuera necesario matar con tus propias manos a cuantos enemigos hiciera falta. ¿Tan derrotados estábamos? ¿Tan débiles éramos?
- Ojos de kiwi -dijo el terkuma que Alkai tenía plantado ante ella.
Alkai tenía los ojos verdes.
También tenía la mitad de su rostro deformado por una tupida red de cicatrices pero parecía ser que lo que había llamado la atención al terkuma era el color verde de sus ojos, no las cicatrices. Quizá esa atención que prestaba a los ojos claros de Alkai fuera normal, pues todos los terkuma que habíamos conocido hasta el momento tenían los ojos negros, aparentemente sin pupila ni iris. Lo que me extrañaba mucho es que tuvieran kiwis en aquel planeta.
- Árbol de luz -dijo Palabra- permítenos seguir.
Efectivamente, no me había equivocado. Era Árbol de luz.
- ¿Os molesta -preguntó Árbol de luz- si me quedo aquí y observo vuestro rostro de cerca?
- Pues sí -dijo Alkai-, nos molestaría, la verdad. Y mucho.
- Sois muy celosos de vuestra intimidad, humanos -dijo Árbol de luz mientras regresaba a su columpiosilla-, claro que es normal, si vuestro lenguaje es tan precario como parece.
No había reproche alguno en el tono de su voz, pero tampoco gratitud, o al menos yo no la aprecié, y una pizca tal vez debería haber habido porque no pocos humanos habían acabado hospitalizados por mucho menos que pedirle a Alkai observar su rostro de cerca.
- Las especulaciones de su escuadra puede que no vayan mal encaminadas -dijo Palabra-. Por cierto, perdonen el atrevimiento de Árbol de luz, es nuestro experta empática.
Me percaté enseguida de la discordancia entre el posesivo y el adjetivo. Palabra había demostrado un dominio excelente de nuestro idioma, así que aquel pequeño error me llamó la atención y pregunté:
- ¿Nuestro o nuestra? ¿Experta o experto?
Él se acarició sus cilios bucales con una de sus extremidades, como si fuera un viejo patriarca que se mesara las barbas.
- Nuestra -contestó Árbol de luz.
Decidí que ya aclararíamos ese punto más adelante y, por lo visto, Palabra decidió lo mismo porque dijo:
- Regresemos al tema principal. Somos conscientes de cuán delicada es la situación. No sabemos si lo que estamos haciendo es lo que más nos va a beneficiar a largo plazo a todos, pero sí tenemos claro que no queremos más guerra en este mundo; y evitar un enfrentamiento entre ustedes y el Ínbid en la superficie de este planeta nos parece lo más razonable, y no sólo por el daño que pudieran causar sus armas.
- Claro -contestó Surkoi antes de que nadie pudiera añadir nada más-, si hacéis vosotros el trabajo sucio, evitáis que vuestro precioso planeta se estropee.
Su voz tenía un tono que me heló la sangre en las venas.
- Explíquese, Surkoi -le ordené.
- Es evidente, señor -dijo él-, que lo que pretenden es capturarnos y entregarnos al Ínbid para evitar que su planeta sea dañado.
- Se equivoca -insistió Palabra-, si las cosas fueran tan simples, les habríamos destruido y habrían desaparecido sin dejar rastro. Así nos hubiéramos evitado problemas.
- ¿Hay kiwis en este planeta? -preguntó de repente Idkereda.
- No -respondió Árbol de luz-, es el nombre que le puso Danel Primero a una fruta típica de esta región. Dijo que se parecía a una fruta de su mundo cuna, la Tierra. Dijo que se llamaba kiwi. La fruta.
Todos nos estremecimos al oír el nombre de la Tierra. Mencionar el mundo origen de la Humanidad, o cualquier otro mundo o hábitat humano, era un tema delicado, y si a algún soldado se le hubiera ocurrido mencionarlo ante un alienígena, lo más probable es que hubiese acabado ante un tribunal militar. Y aquella extraterrestre... o aquel lo-que-fuera acababa de referirse a la Tierra como mundo cuna. 
- ¿Quién es Danel Primero? -pregunté yo.
- Es el autor del diario que he estado leyendo mientras dormíais -contestó Idkereda-. Formaba parte de una expedición terráquea que se perdió en el espacio profundo hace más de medio siglo y acabó en este planeta. Más o menos como nosotros. Pero antes de las guerras Ínbid. Supongo que fueron ellos quienes les enseñaron a hablar nuestra lengua.
- Sí -asintió Palabra-, ocurrió hace unos setenta años terrestres. Danel Primero y algunos de sus compañeros nos enseñaron todo lo que sabemos de ustedes, incluidas algunas de sus lenguas.
- ¿Danel Primero y sus compañeros de expedición también tenían las limitaciones con el lenguaje que tenemos nosotros? -pregunté.
- Sí, por supuesto.
El terkuma que había contestado era Trae consigo el trueno, y por la contundencia con la que había regresado a la conversación tuve la impresión de que se le estaba acabando de nuevo la paciencia.
- Humanos, cuando les decimos que no tienen el don de la palabra -continuó Trae consigo- no nos referimos a que ustedes en concreto no lo tengan; queremos decir que la especie humana, en general, no lo tiene, es incompleta.
- ¿Y el Ínbid? -continué preguntando-, ¿qué hay del Ínbid? Ellos... ¿también son incompletos? ¿O ellos sí tienen el don de la palabra?
- Los que llamáis vispoides -contestó Trae consigo el trueno-, o más bien... sus colmenas... se comunican entre ellas mediante señales químicas. Las propias moléculas son sus palabras. No poseen más lenguaje que ése, y tienen una sensibilidad que enloquecería a un cerebro humano. No tienen motivos para envidiaros. Respecto a los que llamáis coleccionistas de medusas...
Trae consigo hizo una pausa. Cerró los ojos y se quedó pensando mientras se acariciaba los cilios bucales de forma semejante a como lo había hecho Palabra. Inspiró profundamente y, al expulsar de nuevo el aire, abrió de nuevo los ojos y continuó:
- Hace miles de años eran individuos como nosotros, pero han evolucionado hasta convertirse en lo que son ahora: entidades distribuidas en red. Cada cosmonave coleccionista es un nodo de la red y a la vez una consciencia cuya capacidad de percepción y de comprensión está mucho más allá de las capacidades humanas o incluso terkumas. Se dedican a explorar el Universo desde hace muchas generaciones. Hace eones que dejaron atrás idiomas, lenguas, codificaciones y símbolos tal como los entienden nuestras especies.
- Sin embargo -objeté-, se comunican... interceptamos comunicaciones suyas continuamente.
- Sí -respondió Palabra-, por supuesto, no hemos dicho que no se comuniquen... pero ¿han conseguido descifrar alguno de sus mensajes?
- Completamente, no. Nunca.
- Ni lo lograrán.
- ¿Por qué?
- Porque para lograrlo tendrían que percibir el tiempo y el espacio como lo perciben los Coleccionistas... y eso está más allá de las posibilidades de una consciencia humana.
- Pero ellos son individuos -insistí-, no son vispoides ni hormigas ni hongos ni medusas... son individuos.
- Sí y no -contestó Palabra-, ustedes saben que la consciencia de un coleccionista de medusas, como lo llaman ustedes, es fruto del entrelazamiento cuántico de muchas consciencias individuales, ¿verdad? Saben que la red que forman sus naves toroidales es esencialmente el soporte material del ser resultante, que es en verdad una suma de individuos, pero también algo más, de la misma forma que todos nosotros somos una suma de células, y también algo más. Todos los coleccionistas viven como individuo y como colectivo a la vez. La percepción del Universo que tiene un coleccionista no se limita a la que tiene él sino que abarca la que tienen todos, el colectivo en sí. Esto hace que la consciencia de un coleccionista sea muy diferente a la consciencia humana, y la comunicación... muy difícil.
Guardé silencio. Tenía hambre y volvía a tener frío. La luz del sol ya no calentaba como antes, y la oscuridad era cada vez más densa. A pesar de todo, intenté concentrarme en la conversación.
- Sin embargo -objeté de nuevo-, ustedes sí pueden comunicarse con ellos... ¿Por qué? ¿Por qué a nosotros nos aniquilan y a ustedes les salvan? ¿Qué es lo que buscan? ¿Qué es lo que quieren?...
- Escuchen -cortó secamente Palabra-, dejen de plantear esta conversación como una oportunidad para extraer información sobre sus enemigos. Les repetimos que nuestro interés es permanecer neutrales, así que no revelaremos ninguna información que pueda comprometer al Ínbid.
- Nos han desarmado, estamos totalmente indefensos, ¿qué esperan ahora exactamente de nosotros? -pregunté.
- Esperamos que comprendan cuál es la situación -intervino Trae consigo.
- Esperamos -remachó Palabra- que sean testigos de nuestra neutralidad. Les ayudaremos a enviar un mensaje de socorro a su flota estelar. Les protegeremos y les entregaremos sanos y salvos a sus superiores, como prueba de nuestra buena voluntad. Esperamos que sean una prueba convincente. Eso es lo que esperamos.
Hubo un segundo de silencio, un instante durante el cual nadie supo qué decir. Los interrogantes se acumulaban en mi mente. ¿Cuántos toroides Ínbid orbitaban el planeta? ¿Qué particularidad tenía el lenguaje terkuma? ¿Por qué había delfines en aquel mundo? ¿Habían venido con la expedición de Danel Primero? ¿Quedaban descendientes vivos de los miembros de la expedición en el mundo terkuma? Y sobre todo... ¿alguien podía encender una luz?
Idkereda interrumpió súbitamente el instante de silencio.
- Tengo la impresión de que aquí hay un problema muy grave -dijo-: ustedes esperan demasiado de nosotros. Podemos comprender la situación, podemos seguir sus instrucciones y no complicar más la labor diplomática que dicen estar desplegando, podemos incluso hacernos ilusiones imaginando nuestro retorno a casa sanos y salvos pero... ¿y después? Me da la impresión de que creen... creen que lo que nosotros contemos a nuestros superiores influirá mucho en las decisiones que tomen ellos sobre este planeta, pero se equivocan. Hablaremos con ellos, y ellos hablarán con los suyos, y haremos un informe con todo lo que nos ha ocurrido en este mundo, pero nada de esto tendrá el poder que ustedes creen que puede tener, me temo. Ustedes mismos lo han dicho: los humanos no tenemos el don de la palabra, por lo tanto no esperen que mediante la palabra podamos convencer a nuestros superiores para que no ataquen y destruyan este planeta, por mucho ímpetu que pudiéramos poner nosotros en querer salvarlo. De hecho, incluso podrían considerarlo sospechoso, el que quisiéramos salvarlo.
Tuve la impresión de que Palabra sonreía. Las sombras que cubrían su rostro se deformaron de tal forma y sus cilios bucales vibraron con una ligereza que me hizo suponer que sonreía.
- Somos conscientes del problema -intervino Árbol de luz-. Lo que ustedes transcriban en sus informes no será más que un conjunto de datos, una pálida sombra del universo de sensaciones e impresiones que su paso por este planeta habrá dejado en su interior, una proyección unidimensional de la experiencia que están viviendo ustedes aquí y ahora. Si ustedes pudieran hablar, sentirían lo que nosotros sentimos, y así lo transmitirían a sus semejantes. Sus superiores nos verían tal y como somos. Y, al vernos, comprenderían que no representamos amenaza alguna para la civilización humana.
- A pesar de todos los inconvenientes -añadió Palabra- es la mejor baza de que disponemos. No podemos vivir aislados. Tarde o temprano teníamos que tomar una decisión. Ustedes son nuestra decisión. Mantenerlos a salvo es nuestra decisión. Conocemos las limitaciones, pero no nos parece un mal principio conseguir que ustedes regresen vivos. Nuestros diplomáticos están trabajando en un mensaje que deberán entregar al capitán de su nave. Ustedes serán el gesto que hará auténticas nuestras palabras.
El terkuma hizo una pausa. Al cabo de unos segundos acabó diciendo:
- Les estamos pidiendo, en definitiva, que hablen en nuestro nombre a la Humanidad.
y quedó en silencio.
Justo en ese momento la risa de Surkoi hizo que giráramos todos la cabeza hacia él.
- Y la parte de las medusas -dijo- ¿cómo la contamos? ¿Diciendo que no tiene importancia? ¿Que son homocerdos buenos, como los de los cuentos infantiles?
Sus ojos titilaban en la oscuridad.
- Digan simplemente la verdad -dijo Palabra.
- Y qué es la verdad -contestó Surkoi-, porque mi verdad ahora mismo es que he estado dentro de una medusa, y sé lo que le ocurre a la gente que ha tenido la desgracia de ser capturada por una.
- Ha estado dentro de una medusa desconectada de cualquier nave coleccionista -replicó Palabra-, esa es la verdad. La verdad no es: ha estado dentro de una medusa. La verdad es que ahora usted puede estar en este mundo sin necesidad de una piel sintética que le proteja. Su conocimiento sobre lo que le ocurre a la gente que ha estado dentro de una medusa es un conocimiento parcial y tergiversado por una guerra. Sacar conclusiones a partir de él... usted mismo se convencerá de que es precipitado. Simplemente les pedimos que intenten que el resto de los humanos nos vean tal como somos, que comprendan que no queremos guerra. 
Pensé en África. Pensé en América. Pensé en toda la historia de la Humanidad. En la esclavitud durante miles de años. En la pobreza, el hambre, la guerra, la tiranía, la opresión, el sufrimiento. Pensé en la depredación del hombre por el hombre. En el exterminio continuo de seres humanos, desde pueblos enteros a individuos anónimos, sin piedad, sin remordimiento, y sin dejar huella en la memoria colectiva de la Humanidad la mayor parte de las veces. Un amazonas de nombres y de historias personales disuelto en el océano sin memoria del pasado.
Quizá lo más razonable hubiera sido llegar a un acuerdo con aquella gente y salir corriendo, desaparecer en las profundidades del Cosmos, huir. En una palabra: desertar.
Lamentablemente, lo más razonable también era lo más cobarde. La ola que se avecinaba era demasiado poderosa como para afrontarla sin miedo, pero daba la impresión de que el devenir de los acontecimientos nos había situado en un papel protagonista en la obra de teatro. La opción de esconder la cabeza como si fuéramos avestruces, lavarnos las manos y observar la representación desde el patio de butacas, o, mejor aún, salir corriendo del teatro, no podíamos, no debíamos considerarla como una opción. Si no estábamos siendo víctimas de una trampa coleccionista y los terkumas decían la verdad... entonces no podíamos salir corriendo: teníamos una responsabilidad que iba más allá de nuestro deber como soldados.
Me dolía la cabeza.
Estaba abrumado.
De repente me sobresalté.
Percibí un perfume que desintegró mis elucubraciones mentales. En una fracción de segundo mi estado emocional cambió por completo. Abrí mucho los ojos al mismo tiempo que mi brazo izquierdo se disparaba en la dirección de Idkereda e impactaba contra su pecho.
- ¡Huele a jazmín! -exclamé.
Agarré a Idkereda por la manga de su camisa y tiré fuerte de ella.
- ¡Huele a jazmín! -repetí.
Obviamente, toda mi escuadra me miró como si me hubiera vuelto loco. Inspiré profundamente. Sin poder evitar emocionarme, les expliqué:
- Huele a jazmín... como cuando era niño. Hacía muchísimos años que no olía a jazmín. Así olía mi casa, la casa de mis padres, al anochecer, nunca más he vuelto a oler jazmín.
Todo mi cuerpo reaccionaba al olor de jazmín sin que yo pudiera evitarlo. Me estremecí de la cabeza a los pies. Perdí el control: no pude evitar vibrar de emoción al sentir de nuevo aquel perfume. Junto con aquella esencia, volvió a mí la despreocupación que sentía cuando era niño y jugaba en el jardín de mis padres sin que existiera más que el presente, cuando correteaba entre los árboles y buscaba fósiles alienígenas al lado del arroyo que había cerca de mi colegio. Por un momento la guerra desapareció, los problemas se esfumaron, mi realidad adulta de acero e insípido ozono quedó atrás, lejos, y habité de nuevo en mi cuerpo de niño, con la confianza y la potencia vital propias de un niño.
Mi escuadra me miraba en silencio. Idkereda sonreía.
- Hay jazmín cerca -dijo-, auténtico jazmín. Supongo que es cosa de Danel Primero.
Sí, Idkereda sonreía. Pero en realidad no sabía de lo que estaba hablando. Estoy seguro de que él sabía apreciar el aire fresco y la fragancia del jazmín después de meses en el espacio encerrado en una cosmonave, pero no podía saber de lo que yo estaba hablando. Él se había criado en órbita alrededor de un planeta gaseoso, había pasado toda su infancia en hábitats artificiales, sin hogar, no sabía lo que era chapotear en el barro de niño ni conocía el olor de la tierra después de la lluvia; de hecho, no había pisado un trozo de tierra auténtico hasta que fue al planeta Cantor. Era imposible que la fragancia del jazmín le hiciera revivir su infancia como me la hacía revivir a mí.
Con el resto de la escuadra era peor. Surkoi se había vuelto a encerrar en sí mismo y otra vez murmuraba que estábamos todos locos. Alkai había crecido en ciudades anillo situadas en puntos de Lagrange y Brumantra tenía un código de barras en el interior del muslo izquierdo. Ni siquiera había tenido infancia, al menos no como la nuestra.
Comprendí que estaba haciendo el payaso.
Me tranquilicé y carraspeé para recuperar la compostura.
Palabra y Trae consigo estaban muy alterados. Sus cilios bucales se agitaban caóticamente, sus tentáculos también y sus cráneos eran recorridos por colores chillones que iluminaban vagamente la estancia. Al mismo tiempo emitían ruídos extraños que no parecían tener sentido. Creo que estaban riéndose. Riéndose a carcajadas. Los otros dos terkumas nos observaban en silencio.
- Perdón -dijo Palabra al cabo de unos segundos-, no se asusten, simplemente nos reímos.
Efectivamente: se estaban riendo.
Una vez aclarado este punto, habló el único terkuma que no había participado en la conversación hasta ese momento.
- Creo que ha llegado el momento -dijo- de explicarles qué significa hablar para nosotros, los terkumas.
Palabra le había presentado como Soledad del vigía.
- A un terkuma -continuó- le hubiera bastado decir "huele a jazmín" para transmitir todo lo que el olor a jazmín significa para él. La vivencia de su infancia hubiera viajado codificada en unas palabras, que al ser descodificadas habrían reproducido en el receptor el mismo estado emocional que siente el emisor. Eso es hablar para nosotros los terkumas, lo demás es ruido.
Los humanos presentes en la estancia nos miramos, excepto Surkoi, que había dejado de murmurar pero seguía encogido en posición fetal.
Estábamos desconcertados.
- ¿Es eso posible? -preguntó Alkai.
- Tienen la prueba ante ustedes: la civilización terkuma -respondió Soledad del vigía.
- A ver si lo he entendido bien -dijo Idkereda-, no es el olor a jazmín lo que se codifica en las palabras de su idioma, ¿no?... es la vivencia del emisor.
- Así es -contestó Soledad del vigía-, no se codifica una realidad objetiva. La realidad objetiva no es interesante para construir una cultura, para cohesionar una civilización. Lo que sí es interesante es la experiencia personal, las vivencias individuales, pero sobre todo es importante que se puedan transmitir, compartir. Esa es la función del lenguaje, ¿verdad? El jazmín puede significar tantas cosas diferentes como personas haya oliéndolo. Esos significados es lo que no debe perderse, y es lo que los terkumas podemos codificar y compartir sin ambigüedad.
- ¿Está diciendo -preguntó Alkai- que hay una codificación... una palabra diferente... para cada experiencia personal inducida por el perfume del jazmín, para cada experiencia personal inducida por todo lo que nos rodea?
Nuestro anfitrión dudó. Finalmente, acabó diciendo:
- En cierta manera, sí, así es -respondió el terkuma.
- ¡No puede ser! -exclamó Alkai.
- ¿Por qué? -preguntó el terkuma.
- ¡Porque habrá diez mil nombres para cada cosa! -exclamó Alkai- ¡Qué digo diez mil...! ¡Tantos como personas! ¡Jazmín no será jazmín! ¡La palabra que designará al jazmín dependerá del estado emocional que el jazmín induzca en el emisor! ¡¿Cómo puede haber un lenguaje así?!
Trae consigo y Palabra volvieron a reír con ganas. Árbol de luz permaneció en silencio y nos miró con los ojos muy abiertos. Soledad del vigía dio un sorbo de una de aquellas esponjas impregnadas de miel.
- ¡Puede haberlo, humano! -exclamó Trae consigo- ¡Ya lo creo que puede!
Soledad del vigía dejó la esponja en un cuenco y respiró profundamente. La parte posterior de su cabeza se expandió lentamente a medida que sus pulmones se llenaban de aire y luego volvió a contraerse al expulsar el aire. Si me hubieran preguntado en aquel momento, habría jurado que Soledad del vigía había suspirado.
- Sí es posible la comunicación -afirmó a continuación-. La carga emocional modifica el mensaje pero hay una parte que siempre se mantiene igual. Es lo mismo que ocurre con los instrumentos musicales. Cada uno de ellos tiene su propio timbre. Aunque toquen las mismas notas, suenan diferente. Y es lo mismo que ocurre con la voz: cada persona tiene su propio timbre de voz. Cada palabra tiene tantos sonidos como personas y circunstancias. Y sin embargo su cerebro está preparado para reconocer la palabra “ín” más allá de todas estas diferencias. ¿No es así?
- No estoy segura de entenderle -dijo Alkai-, exactamente ¿qué quiere decir?
- Lo que estoy intentando explicarles -continuó el terkuma- es que en su lenguaje también hay diez mil nombres para cada cosa, y sin embargo se entienden entre ustedes... bueno, la mayoría de las veces. ¿No ocurre que, cuando uno de ustedes aprende un idioma nuevo, incluso un leve cambio en el timbre de voz puede influir en entender o no el mensaje?
Todos asentimos.
- Como sabrán, eso ocurre porque la red neuronal de decodificación de sonidos tiene que estar entrenada para poder reconocer un espectro amplio de formas de reproducir las palabras. Hasta que no está entrenada, cualquier cambio en la composición de frecuencias puede arruinar el proceso de comunicación.
Soledad del vigía hizo de nuevo una pausa. Su dominio de nuestro lenguaje era excelente, equiparable desde luego al que había demostrado Palabra, pero su forma de hablar era extremadamente pausada, como si tuviera que pensar diez veces cada frase por anticipado.
- Cada persona tiene un timbre de voz característico -continuó Soledad del vigía-. Si usted dice jazmín será un jazmín diferente al que pueda decir cualquiera de sus compañeros. Si analizara el espectro de frecuencia, el timbre de su voz, vería que cada uno de ustedes reproduce jazmín con un espectro diferente. Sin embargo, su cerebro está preparado para reconocer la palabra jazmín más allá de estas diferencias.
- Entonces... lo que quiere decir - insistió Alkai-, ¿es que en su lenguaje se codifica la carga emocional en frecuencias adicionales?
- Sí -respondió Soledad del vigía-. Y algo más.
Y entonces se tomó su tiempo para dar otro sorbo a la esponja de miel.
Con calma.
Nosotros esperamos pacientemente a que continuara.
- Pensemos de nuevo en lo que ha ocurrido hace un momento -dijo finalmente; yo estuve a punto de añadir: No hemos dejado de pensar en ello, pero no me atreví a interrumpir, más que por educación por no ralentizar aún más el discurso de aquel terkuma que parecía tener todo el tiempo del mundo-, ¿ha conseguido su comandante emocionarles como él lo estaba? Su tono de voz estaba marcado por la emoción, ciertamente, el espectro de su voz había sido influido por su estado emocional, pero todos hemos visto que no ha conseguido emocionarles: la información adicional que contenía su voz se ha perdido, no ha logrado que sus cerebros reaccionaran ante ella más que con asombro al ver cómo perdía la frialdad.
Surkoi estaba tumbado en la cama y su mirada se perdía en el infinito.
- Estamos todos locos -murmuró una vez más.
- Nuestros dos lenguajes son más parecidos de lo que ustedes puedan imaginar -continuó el terkuma sin hacer caso de Surkoi-, pero en el caso de los humanos la eficacia de la comunicación siempre depende del que recibe el mensaje: de su disposición a recibirlo, de su capacidad de empatía... en fin, de infinidad de factores.
- ¿Y en el caso de ustedes no? -preguntó Idkereda.
- En mucha menor medida -respondió Soledad del vigía-, en el caso de nuestro lenguaje la emoción de quien habla se codifica sin ambigüedad en el mensaje, y el cerebro del receptor reacciona al recibirlo igual que las pupilas humanas se contraen ante la luz o se abren ante la falta de ella.
- ¿Como un acto reflejo? -terció Brumantra.
- Sí, exactamente -respondió el terkuma-. Conocer a Danel Primero y a sus compañeros de expedición hace años nos dio la oportunidad de estudiar el cerebro humano y compararlo con el terkuma; y descubrimos que había ciertas semejanzas, pero también había importantes diferencias.
Nuevo sorbo parsimonioso de la esponja de miel. Aquel terkuma parecía no tener ninguna prisa en acabar su explicación.
- Nuestro cerebro -continuó diciendo tras depositar la esponja en el cuenco- también se divide en dos hemisferios, y también se distinguen en él varios estratos correspondientes a diferentes estadios de evolución en este planeta. Estas dos son similitudes notables. Pero también hay diferencias importantes, y como mínimo una es fundamental: los centros que procesan las vivencias con carga emocional en nuestro cerebro están conectados con las áreas de procesamiento del lenguaje de una forma... diferente y más rica que en el caso del cerebro humano. El cerebro terkuma ha evolucionado hasta un punto en que el emisor puede transformar la emoción en sonido y el receptor puede hacer el paso inverso, transformar el sonido en emoción. En la civilización terkuma las emociones suenan. Su cerebro, en cambio, está un paso por detrás del nuestro; ustedes no hablan, en realidad, o al menos no hablan como lo hacemos nosotros, aunque nuestros respectivos aparatos fonadores sean capaces de reproducir los mismos sonidos.
Soledad del vigía guardó silencio, tomó de nuevo la esponja y sorbió el néctar que la impregnaba. Todos tuvimos la impresión que aquella iba a ser una pausa más larga que las anteriores y Alkai dijo:
- Creo que entiendo lo que quiere decir, pero... francamente, no creo que sea posible, no de una forma universal, no sin ambigüedad... ¿acaso son clones todos los terkumas?
Idkereda tampoco se quedó callado.
- Yo tengo más preguntas ahora que hace diez minutos -murmuró.
Surkoi suspiró. Pero no fue un suspiro de resignación: más bien parecía el de una bestia acorralada que estuviera sopesando sus opciones.
Brumantra me miró.
Yo me sentía muy cansado y me dolía la cabeza. Casi no había luz en la estancia. La voz de Idkereda había sido un murmullo y Alkai había dejado clara su opinión pero se había expresado de tal manera que daba la impresión de que estuviera cerrando un libro en lugar de preparándose para una larga discusión. Brumantra, después de mirarme a mi, se quedó mirando el techo.
Era evidente que estábamos todos cansados.
Palabra captó muy bien la situación.
- Es hora de cenar y descansar -dijo-, de momento ya hemos hablado bastante y estamos seguros de que han entendido la situación y sopesarán nuestras palabras. ¿No es así?
- Así es -dije.
Me correspondía a mi, como comandante de escuadra, contestar pero la verdad es que todos, excepto Surkoi, estaban asintiendo con mayor o menor intensidad en aquel momento.
- No podemos responder todas las preguntas de golpe -continuó diciendo Palabra-. Hagamos aquí una pausa. Mañana volveremos a reunirnos. A esta hora, nosotros cenamos en comunidad. Son libres de acompañarnos pero si prefieren quedarse aquí, les subiremos bandejas con comida.
- Gracias por su hospitalidad -respondí- pero al menos por esta noche preferimos quedarnos aquí.
- De acuerdo -contestó Palabra-. Después de cenar hay una sesión de observación de estrellas con los niños en la copa de este árbol. Si lo desean, pueden unirse a nosotros. La puerta de esta estancia está abierta, así que si desean venir a observar estrellas, sólo tienen que salir y decírselo a los dos terkumas que se quedarán de guardia. O preguntar al primero de nosotros que vean. En esta comunidad todos están al tanto de la situación.
- ¡Un momento! - pedí -, no hemos hablado de cuándo nos guiarán hasta el módulo estrellado, ni cómo vamos a llegar hasta él.
Los cuatro terkumas bajaron de sus columpiosillas y nos miraron posados  sobre sus tentáculos.
- Partiremos pronto -aclaró Palabra-, en cuanto solucionemos algunas cuestiones diplomáticas. Remontaremos el río mediante cromoplaneadoras. Su cápsula se ha estrellado a orillas de un río. No se preocupen. Si quieren, después de cenar, suban y les daremos más detalles. Ahora creo sinceramente que nos conviene descansar a todos.
- Una última pregunta -insistí.
- Diga.
- ¿A qué frecuencias son sensibles sus ojos?
Los terkumas se miraron entre ellos.
- Lo digo -aclaré- porque nosotros los humanos hace tiempo que sólo distinguimos bultos y sombras. Quizá ustedes sean sensibles al infrarrojo.
- No, más bien nuestros ojos son sensibles como los de los gatos terrestres -explicó Palabra-, no se preocupen, ahora solucionamos lo de la luz.
Pensé que activaría algún tipo de interruptor pero me equivoqué. Se dirigió al ventanal que teníamos a nuestra espalda y cantó en terkuma unas palabras indescifrables. Al cabo de pocos segundos, un resplandor inundó la estancia proveniente del exterior. El resplandor creció en intensidad hasta que aparecieron flotando al otro lado de la ventana un grupo de insectos grandes como pelotas de fútbol cuyos vientres brillaban igual que los de las luciérnagas. Entraron volando lentamente en la estancia y se posaron en las paredes. Proporcionaban una luz cálida y abundante.
- Gracias -dije.
- Para que dejen de brillar sólo tienen que pedírselo -dijo Palabra y salió con todo el resto de terkumas de la estancia.
Hubiera querido preguntarle si se lo teníamos que pedir en terkuma o en humano, pero no me había dado tiempo. En cualquier caso, no era una de mis principales preocupaciones en aquel momento.
Pensé en ir a ver estrellas después de cenar.
Dada nuestra situación, ir a ver estrellas no era un mal plan.
Quizá pudiéramos localizar alguna estrella conocida y determinar nuestra posición aproximada en la galaxia.
En cualquier caso, antes de contemplar estrellas, los humanos teníamos que decidir qué camino íbamos a tomar.
No.
Los humanos no: este humano, el que escribe estas líneas, tenía que decidir antes de entregarse a la contemplación del firmamento qué camino tenía que tomar definitivamente su escuadra en aquel mundo. Si el de la lucha o el de la diplomacia.
El ejército no es una democracia. Nunca lo ha sido.
Y en aquel lejano rincón del Universo, desarmados, extenuados, humillados, perdidos, acorralados, indefensos, hambrientos y desorientados, nosotros éramos el ejército.

(Fin del capítulo 14. Siguiente capítulo)

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