Capítulo 22. PIEDAD.


Ocurrió justo en ese momento.

Me puse en pie de un salto.

Una señal de pánico electrocutó mi cerebro.

El de Brumantra también. Reaccionó igual que yo.

Nos miramos.

Estábamos captando una señal telepática que provenía de Alkai e Idkereda.

No eran palabras. Era algo más básico. Como un grito, una explosión emocional de desesperación, furia y terror.

Algo había ocurrido.

Supe en aquel mismo momento que Surkoi había cometido una locura. No sabía exactamente cómo. No sabía exactamente cuál. Pero supe que había sido él. Y no me equivocaba.

Corrimos hacia la puerta y luego hacia el ascensor.

Los terkumas que nos vigilaban corrieron con nosotros.

No hizo falta hablar. Ellos también habían captado sus propias señales de comunicación.

El ambiente en el ascensor era muy tenso. Nadie sabía qué había ocurrido exactamente.

Cuando llegamos a la parte más alta del árbol-torre y se abrieron las puertas, la escena que vimos no nos aclaró mucho las cosas.

Vi a Idkereda y a Alkai tendidos en el suelo. Alkai temblaba. Idkereda no. Corrimos hacia ellos. Vi a los niños terkumas llorando. Sí, los terkuma lloran. Como nosotros. Vi a Palabra intentando consolarles. Vi a Trae consigo el trueno lanzando órdenes a diestro y siniestro. No hacía falta que tuviera aspecto humano para comprender que estaba furioso. Y vi muchas más cosas.

Unos cuantos terkumas pasaron a nuestro lado sin prestarnos mucha atención. Se dirigían hacia el ascensor. Pero otro grupo intentó detenernos. Vi cómo aun otro grupo de terkumas, entre los cuales me pareció distinguir a Árbol de luz y a Soledad en altamar, se interponían entre sus congéneres y nosotros, protegiéndonos y permitiendo así que llegáramos hasta Idkereda y Alkai.

Vi a muchos terkumas gritarse los unos a los otros.

Vi a Palabra y a Trae consigo discutir entre ellos.

Vi, en definitiva, que los terkumas estaban divididos.

Poco a poco empezaban a evacuar a los niños mientras Palabra y Trae consigo seguían discutiendo.

Me acuclillé al lado de Idkereda y le agarré por los hombros.

- ¡Idkereda! -grité mientras le sacudía-, ¡Idkereda, regrese!

Brumantra se abrazó a Alkai. Vi que estaba llorando.

- ¡Idkereda! -seguía gritando yo- ¡Vuelva en sí, necesito saber qué ha ocurrido!

Mi atención estaba dividida entre los componentes de mi escuadra y lo que ocurría a nuestro alrededor. Se había formado un círculo de terkumas que  nos protegían, pero los que parecían querer ponernos los tentáculos encima eran cada vez más. Y Palabra y Trae consigo no dejaban de discutir, cada vez más acaloradamente, eso lo podía ver hasta yo, aunque no fueran humanos.

De repente aparecieron terkumas vestidos con las armaduras negras que habíamos visto en el barco. Vinieron volando y aterrizaron en la cima del árbol-torre, a nuestro alrededor, armados con lanzas térmicas. Eso hizo la situación insostenible.

- ¡Maldita sea, Idkereda! -empecé a pegarle bofetadas pero no reaccionaba, me giré hacia Alkai, aparté a Brumantra y agarré a la oficial científico por los hombros.

- ¡Alkai! -grité.

Pero su cuerpo estaba tan fláccido como el de Idkereda.

No había rastro de Surkoi.

Las lanzas térmicas estaban cada vez más cerca.

Me alcé.

- ¡Palabra! -grité- ¡Qué ha ocurrido!

Los terkumas que nos protegían me impidieron salir de su círculo.

Un tentáculo de un terkuma me agarró del brazo y me espetó algo que, obviamente, no entendí, pero no parecía muy amigable. Tiraba de mí hacia él, intentando sacarme del círculo. Otro terkuma le apartó el tentáculo de un golpe. Creo que era Árbol de luz. También dijo algo, que tampoco entendí, aunque detecté que el tono era muy diferente. ¿Suplicante, quizá?

Cogí aire para gritar otra vez, pero Trae consigo alzó mucho el tono de voz, como si diera un golpe en el aire, en lugar de un puñetazo en la mesa, y dejó de encararse con Palabra para dirigirse hacia nosotros. Pasó entre sus congéneres, incluso entre los que nos protegían, y se plantó ante mí:

Estaba furioso.

Su cráneo brillaba de un intenso color rojo y sus pulmones se inflaban y desinflaban profunda y violentamente.

- ¡Vergüenza! -gritó- ¡Rabia! ¡Desesperación!

Parecía querer clavarnos esas palabras en el centro del pecho. Para que supiéramos de su rabia y de su desesperación y sintiéramos vergüenza. Pero el idioma humano no funciona así. Y él lo sabía. Pero aun así gritaba. Y se frustraba.

- ¡AAAAAAAh!

Gritar también es muy humano. Una vocal. Un sonido esencial, sin elaborar, y golpear con él el mundo, hasta que se rompa, o te rompas tú.

- ¡Quedan detenidos! -consiguió elaborar finalmente, con un tremendo esfuerzo que hasta para nosotros, humanos torpes e ignorantes de la fisiología terkuma, era evidente- ¡Si no colaboran, serán ejecutados! ¡Sin juicio! ¡Ya! ¡De inmediato!

Creo que aquel terkuma tenía el poder suficiente en su voz como para volvernos a todos locos para siempre en aquel momento, cantando una canción. Así de sencillo. Así de fácil. Creo que habría podido hacerlo. Creo que estaba lo suficientemente furioso como para hacerlo con suma facilidad. Creo que no lo hizo gracias a la intercesión de Palabra. Creo que fue Palabra, al hablar de nosotros con Trae consigo, quien le hizo sentir un mínimo de piedad.

Y creo, finalmente, que esta piedad provenía del corazón de Palabra. Al hablar con Trae consigo consiguió que sintiera la misma piedad, la misma compasión, que sentía el anciano. Trae consigo no se transformó en Palabra, pero las palabras del anciano sí lograron modificar lo suficiente el universo emocional de Trae consigo como para que no nos volviera locos de un grito o nos ejecutara ahí mismo.

Nos salvamos por un pelo.

Puedo equivocarme, pero todo esto es lo que creo. La adrenalina me hizo lúcido en aquel momento: lo vi todo con extraordinaria claridad, y aún ahora, mientras escribo estas memorias, juraría que estoy en lo cierto.

Palabra y yo nos miramos mientras nos llevaban detenidos.

No nos esposaron ni limitaron nuestros movimientos de ninguna manera. No era necesario. Dos docenas de lanzas térmicas nos apuntaban y nuestra conexión con los incurdroids seguía muda. Dos docenas. Nos abrazaron sin que opusiéramos resistencia y nos elevaron por el aire. Contuve la respiración. ¿Nos dejarían caer al vacío? Un par de terkumas cargaban con los cuerpos de Alkai e Idkereda.

(Fin del capítulo 22. Siguiente capítulo)

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