Capítulo 26. GUERRA.
Atrapar a Surkoi no fue tan fácil como los terkumas se imaginaban. Sin duda las medusas tienen un olfato mucho mejor que el del mejor sabueso: son capaces de detectar una sola molécula humana en medio de una selva. Sin duda. Pero Surkoi lo sabía perfectamente y no dudó ni por un momento de que los terkumas usarían medusas para rastrearlo. Era consciente de que ocultar su rastro a las medusas era imposible, y por eso optó por su única opción viable: hacerse ubicuo. Fue su forma de desaparecer. Estar en todas partes. Por ese motivo no fue tan fácil atraparlo: porque repartió su rastro por toda la selva, al menos por toda la selva cercana. En cada senda que transitábamos, en cada rincón, en cada árbol y arbusto, charco y piedra. Células muertas de su piel, proteínas, pelos, sudor, saliva, lágrimas, excrementos, toda clase de señales químicas. La selva estaba llena de Surkoi, impregnada de él, y no había ningún gradiente claro que indicara en qué dirección iniciar la persecución. Descubrimos su ubicuidad la misma noche que aparecimos en la jungla. Acabábamos de atravesar el portal cuántico. Estábamos plantados en el claro de la espesura en el que habíamos aparecido. De repente, un pequeño animal parecido a una mangosta atravesó el lugar corriendo, pasó justo delante de nosotros y desapareció en las sombras del extremo opuesto por donde había emergido de la oscuridad, seguramente asustado por los haces de las linternas de los terkumas. No pudimos evitar fijarnos en que iba ataviado con una capa improvisada a partir de la ropa de Surkoi; el piloto había roto un trozo de su pijama y había hecho un lazo alrededor del cuello del animal, de tal forma que éste había paseado por todo su territorio la prenda impregnada de olor humano.
- ¡Cuántas especies nuevas para estudiar y catalogar, eh, Idkereda! -exclamó Brumantra con voz burlona.
Seguimos plantados en el claro durante unos minutos después de que pasara corriendo aquel animal. Los terkumas se desplegaban a nuestro alrededor. Las medusas olisqueaban el aire con sus tentáculos ondeando al viento como pendones. La arboleda se llenaba de haces de luz que rasgaban la negritud. Por encima de los rayos de luz, las estrellas brillaban en el firmamento.
- Soy computacional, Brumantra, no taxonómico -replicó Idkereda.
La exuberancia de aquella selva no tenía nada que envidiar a la amazónica. Los árboles y arbustos, matojos y plantas, tenían formas peculiares pero la clorofila, o alguna otra molécula semejante, estaba allí presente también y el color verde era predominante por doquier. Había árboles que parecían estar a punto de empezar a caminar, y animales que se camuflaban aparentando ser plantas, piedras que en realidad eran artrópodos disimulando, y sonidos semejantes a gritos humanos y también cantos de grillo y alaridos de vez en cuando. Además, infinidad de insectos voladores empezaban a acercarse a nosotros, atraídos por la luz o por nuestro olor,
- Claro, claro -contestó Brumantra-, no te pongas nervioso, Idkereda, todos sabemos que estás deseando sacar la libreta y empezar a tomar notas y a hacer dibujos, no disimules.
No permanecimos mucho tiempo en aquel claro.
Entre terkumas y medusas decidieron una dirección de búsqueda y nos pusimos en marcha.
- De momento, esta noche permaneceremos unidos -ordenó Trae consigo.
Empezamos a caminar en fila india. Una de las medusas encabezaba la marcha, la otra la cerraba. Varios terkumas nos custodiaban al mismo tiempo que iluminaban el camino.
Caminamos durante varias horas antes de descansar.
A la mañana siguiente descubrimos algo peor que un animalito correteando con un trozo de ropa: los pantalones de Surkoi encima de un hormiguero alemita, troceados y repartidos por los alrededores del hormiguero. Las hormigas llevaban horas dispersando moléculas humanas por todo aquel sector de selva. Y eran hormigas aladas; Palabra nos dijo que se trataba de un organismo colmena parecido a las hormigas terrestres, pero con la particularidad de que todos los individuos, fueran de la casta que fueran, tenían alas. Las hormigas terrestres descienden de las avispas. Era como si las hormigas alemitas no hubieran perdido aún las alas en su largo y particular camino de diferenciación a partir de las avispas, si es que había algo parecido a las avispas en aquel planeta.
El hormiguero se alzaba en un claro de la selva. Las copas de los árboles cercanos cubrían la mayor parte del cielo. La luz del sol se filtraba a través del follaje, no demasiado denso, y caía en forma de lanzas luminosas sobre el montículo que habían construido las hormigas. Se parecía a un termitero africano, pero más grande, y con abundantes aberturas en sus costados. En la cúspide, varios individuos de la casta de los guerreros, según nos dijo Palabra, vigilaban nerviosos todo el claro. Los humanos nos acercamos con precaución. Las medusas fueron directamente a por los fragmentos de la prenda de Surkoi, tirados por los costados del hormiguero. Surkoi había roto el pantalón en multitud de retazos y los había repartido por las entradas del hormiguero. Las hormigas trabajadoras, al salir por las aperturas de los costados, caminaban por encima de los trozos de tela, impregnándose con el olor del humano que los había vestido hasta pocas horas antes. Luego, levantaban el vuelo y se llevaban las moléculas humanas por toda la selva.
Los humanos formábamos un grupo compacto y vigilábamos el vuelo de las hormigas que pasaban cerca de nosotros. Eran grandes como avispas comunes, pero de colores más apagados. Palabra nos dijo que no nos preocupáramos, pero el hecho de que volaran y se parecieran a avispas no nos ayudaba a verlas como animales inofensivos. Las medusas se despreocuparon momentáneamente de nosotros. Caminaban alrededor del hormiguero olisqueando el aire con sus tentáculos y acariciando el suelo. Intentaban encontrar un rastro más denso de Surkoi, una pista que les indicara por dónde se había alejado. Poco a poco había más y más terkumas en el claro. Se acercaban en sus esferas voladoras, con sus armas dispuestas a abrir fuego a la menor señal de amenaza. Varios de ellos nos rodearon. Había más terkumas montados en esferas levitantes de las que yo recordaba habían atravesado el portal con nosotros.
- ¡Mirad! -exclamó Idkereda de repente.
Señalaba a los árboles. Varios animales trepaban por los troncos de los árboles que rodeaban el hormiguero. Al llegar a cierta altura hincaran el hocico en el tronco del árbol y alzaron sus cuerpos hasta que quedaron más o menos perpendiculares al tronco. A continuación, casi al unísono, se desplegaron como un abanico de vivos colores. Muchos árboles quedaron adornados, en las alturas, con colas de pavos reales.
- Esos colores atraen a las hormigas -explicó Palabra.
Vi que Idkereda sacaba el cuaderno de Danel Primero de un bolsillo interior y empezaba a tomar notas. Le pedí que me lo dejara y leí lo que había puesto:
- Oso hormiguero cola de pavo real.
Y había realizado un rápido boceto que captaba los rasgos más característicos de aquel animal. Mi amigo seguía haciendo de biólogo en las situaciones más adversas. Brumantra tenía razón.
Le devolví el cuaderno y apuntó algo más.
Cuando le interrogué con la mirada me contestó:
- Quizá sea mejor llamarlo araña pavo real, quizá sea más parecido a las arañas.
No tuvimos tiempo de contar el número de patas de la araña-oso pavo real ni de ver si descendía de los árboles o se quedaba todo el día ahí clavada. Las medusas decidieron salir del claro al cabo de pocos minutos por un punto casi diametralmente opuesto al lugar por donde habíamos accedido a él, y los terkumas nos presionaron para que las siguiéramos.
Surkoi había aprovechado bien el tiempo que nos llevaba de ventaja y había conseguido dificultar su búsqueda, pero no importaba: los terkumas acabarían atrapándole, todas aquellas estratagemas no harían más que retrasar un desenlace que era a todas luces evidente. Lo que no era evidente era si conseguiríamos que nadie saliera herido. Trae consigo el trueno había hecho caso omiso de la recomendación de Palabra y había decidido ir a la caza de Surkoi armado hasta los dientes. Los terkumas llevaban armas de todo tipo y Surkoi estaba loco; aunque el humano fuera desarmado, era una combinación explosiva. Y los reactivos tarde o temprano entrarían en contacto y se combinarían entre sí. Sólo quedaba por ver si la explosión provocaría daños irreparables.
A pesar de todas las estratagemas de mi piloto, pronto quedó claro que las medusas actuaban como sabuesos extremadamente eficientes; a ninguno de nosotros nos sorprendió descubrir que eran capaces de detectar no sólo la más mínima cantidad de moléculas humanas sino también el más mínimo gradiente en su concentración, por lo que el círculo sobre Surkoi se fue estrechando hora tras hora. Las armas se ceñían sobre él con sombras cada vez más densas sin que el resto de humanos pudiéramos hacer nada por evitarlo.
De hecho, el resto de humanos también estábamos muy ocupados intentando sobrevivir en un entorno que nos era totalmente desconocido. Poco después de dejar el claro, Alkai pisó lo que parecía ser un simple charco de agua y de repente nos vimos metidos en una auténtica pesadilla. Al pisar el charco, su pie se hundió hasta el tobillo, Alkai perdió el equilibrio y todo su cuerpo cayó cuan largo era sobre el agua y empezó a hundirse. Gritó de dolor con la potencia de una alarma antiaérea.
- ¡Quema! -fue lo único que consiguió articular.
Brumantra y yo acudimos. La agarramos de las piernas y tiramos, en un vano intento de sacarla del charco. Lo único que conseguimos fue que aquella substancia, que tan eficazmente imitaba al agua, saltara a nuestras manos y antebrazos y empezara a quemarnos a nosotros también. Idkereda iba delante y retrocedió corriendo; cuando alargaba la mano para agarrar por los brazos a Alkai, una de las medusas, que también había retrocedido rápidamente, le apartó de un golpe, extendió sus tentáculos y rodeó con ellos los brazos de Alkai, cada vez más recubierta por aquella masa informe, pegajosa y tan elástica como un moco transparente. La medusa tiró de Alkai con firmeza, nosotros la soltamos de las piernas, y finalmente Alkai salió del charco y quedó colgada en el aire sujeta solo por los tentáculos de la medusa.
Pataleaba furiosa.
- ¡Qué asco! -gritaba- ¡Quitadme este moco de encima! ¡Quitádmelo!
Todas las zonas de su piel que habían estado en contacto con el moco del charco estaban muy enrojecidas, como si se hubieran quemado. Nuestras manos estaban igual. Los monos negros con los que nos habían vestido los terkuma se veían raídos en todos aquellos puntos que habían estado en contacto con el moco.
- ¡Acérquense a la medusa, rápido! -dijo Palabra.
Aturdidos, rodeamos el charco con cuidado y le hicimos caso. Idkereda vigilaba ese jugo traidor, que había empezado a burbujear.
Alkai se había callado porque uno de los tentáculos de la medusa había entrado por su boca. Todos lo observamos con horror. Sobre todo al ver que volvía a salir con moco enganchado en su extremo. La medusa agitó el extremo del tentáculo y arrojó el moco al charco. Luego dejó a Alkai en el suelo. Esta tosió, se dobló sobre sí misma hasta quedar de rodillas en el suelo y después siguió doblándose hasta apoyar las palmas de las manos en el suelo de la selva y vomitó más moco.
- Joder... qué asco -gemía.
Mientras se quejaba, la medusa la desnudó y arrojó su ropa a la otra medusa, que se había acercado y permanecía expectante hasta que le fue arrojado el mono negro de Alkai. En ese momento, atrapó la ropa en el aire y la introdujo en su umbrela, como quien mete la ropa en la lavadora. Mientras tanto, la primera medusa, la que había sacado a Alkai del charco, pasaba parte de sus tentáculos por todo su cuerpo, como si le estuviera extendiendo un ungüento, ella no tenía fuerzas para oponerse; y al acercarnos nosotros hizo lo mismo con nuestras manos: las masajeó con sus tentáculos libres como si extendiera algún tipo de cura para las quemaduras. Noté un cosquilleó muy fuerte y en seguida sentí cómo el escozor disminuía de intensidad. Cuando retiró los tentáculos, las quemaduras casi habían desaparecido. Las manos de Brumantra también presentaban mucho mejor aspecto, y Alkai también parecía estar mucho mejor. Brumantra se arrodilló a su lado y le sujetó la frente mientras vomitaba.
- Deberíais ver esto -dijo Idkereda.
Todos miramos hacia donde señalaba con sus ojos. El charco había empezado a arrastrarse por el suelo de la selva. Poco a poco desapareció entre la maleza. Al desplazarse dejó a la vista un hoyo bastante grande y profundo donde se acumulaban distintos cadáveres en diferentes grados de descomposición.
Alkai vomitó más.
Yo me incliné y le pregunté cómo se encontraba.
- Bien -me contestó-, no se preocupe, señor, estoy bien.
Idkereda apuntaba de nuevo en su cuaderno de campo.
En ese momento apareció Trae consigo hecho una furia y nos obligó a ponernos en marcha de nuevo. Alkai se vistió y reemprendimos la marcha.
Por la noche, la oficial científico de la misión tuvo un poco de fiebre, pero nada serio. Nada que le impidiera dar las gracias a la medusa que por lo visto le había salvado la vida. Se levantó y, vigilada de cerca por uno de los terkumas que montaba guardia a nuestro lado, se dirigió hacia donde estaban las medusas y, mirándolas a ambas, dijo:
- Gracias.
Las medusas estaban sentadas enfrente de dos terkumas con los que parecían estar jugando a algún tipo de juego. En sus umbrelas había dos círculos de color azul formados por lo que parecían ser miles de pequeñas hebras. Las hebras estaban alineadas formando un iris. Al oír la voz de Alkai, aquellos círculos de color azul se deshicieron y reconfiguraron en el extremo opuesto de sus umbrelas, de tal forma que apuntaron directamente a la mujer. Palabra nos había explicado que aquellos círculos eran los ojos de las medusas y que estaban compuestos de fibras que podían viajar por toda la umbrela y reconfigurarse donde hicieran falta. También nos explicó que no tenían por qué formarse sólo dos ojos, que podían formarse hasta cinco o seis si eran necesarios. Supongo que el que se deshicieran y se volvieran a formar en un lateral de la umbrela, apuntando hacia Alkai, era el equivalente medusa a girar la cabeza para mirar a alguien.
Una de las medusas gorgoteó una respuesta y uno de los terkumas la tradujo:
- No piense más en ello -había dicho la medusa según la traducción del terkuma- pero tenga cuidado, la selva es peligrosa.
Alkai asintió y volvió a sentarse con nosotros.
Todos la miramos en silencio.
- ¿Qué miráis? -preguntó ella enfadada-, estamos en guerra, pero no tenemos por qué ser mal educados.
- Te veo muy blandita últimamente -dijo Brumantra riéndose.
- Más blandita me hubieras visto si ese moco hubiera conseguido atraparme y digerirme.
La selva de Alema era como todas las selvas de planetas con atmósfera rica en oxígeno: densa, verde y un auténtico hervidero de vida. Si sabías moverte por ella podías vivir tranquilamente de lo que encontraras. Si no conocías el entorno, tu vida estaba en peligro continuamente. Surkoi no conocía el entorno pero se las apañó bastante bien, al menos durante las primeras horas. Al principio pensé que obtenía información de Nevando cerezas pero Palabra me quitó esta idea de la cabeza rápidamente. Me dijo que Nevando cerezas no sabía más de la selva alemita de lo que podría saber sobre la selva amazónica un niño terrestre que hubiera crecido en un entorno urbano. A Trae consigo ni le pregunté, procuraba no solo no hablar con él sino ni siquiera tenerlo cerca, al menos sin que estuviera presente también Palabra. Durante el primer día había habido momentos en los que habíamos permanecido todos juntos pero el segundo día fue diferente. Al principio de aquel día nos dividimos en dos grupos tal como había ordenado Trae consigo ya antes de salir de la ciudad terkuma y no nos volvimos a ver hasta que Surkoi dio señales de vida. Sabía tan bien como nosotros que por muy bien que le hubiera ido las primeras horas, no tenía ninguna posibilidad. En un terreno que le era fundamentalmente desconocido, a miles de kilómetros de distancia de cualquier núcleo habitado y con un contingente de terkumas y medusas pisándole los talones no se hacía muchas ilusiones sobre su situación, que era, en realidad, muy sencilla: estaba inmerso en una cuenta atrás que se aceleraba por momentos. Hizo lo que yo temía: tomó la iniciativa.
A decir verdad, nunca había estado muy lejos de nosotros.
Yo lo sospechaba, y creo que Idkereda también, pero no lo había comentado con nadie porque con las diademas en nuestras cabezas los terkumas podían escuchar todas nuestras conversaciones.
Mis sospechas, y mis temores, se hicieron realidad. Surkoi se ocultaba pero no quería alejarse demasiado de sus perseguidores por un motivo muy sencillo: quería apoderarse de una de las plataformas levitantes de los terkumas. Esa era su única esperanza de escapar de la selva y llegar hasta la cápsula, cuya ubicación tenía grabada en su memoria.
Los primeros que establecieron contacto visual fue el grupo de Alkai y Brumantra. En concreto, fue uno de los terkumas del grupo: el que se adelantó cuando oyeron gritar a Nevando cerezas.
Obviamente, era una trampa.
El escenario estaba minuciosamente preparado.
Nevando cerezas estaba atado a un árbol, en el extremo de un claro al que se llegaba por una senda donde la vegetación no era tan espesa como lo era por los alrededores. La senda cruzaba más o menos perpendicular a la trayectoria que en esos momentos seguía el grupo de Alkai y Brumantra selva a través.
Nevando cerezas gritó antes de que el grupo llegara a la senda pero cuando ya la tenían a la vista. No fue casualidad. Surkoi le obligó a gritar justo en ese momento y se ocultó.
Surkoi lo tenía todo calculado. Había utilizado las fibras de supergrafeno que nuestro cuerpo podía segregar para fabricar una trampa. Igual que las arañas tejen sus telas de araña, nosotros podemos tejer metros y metros de hilos ultrafinos y casi irrompibles de supergrafeno sedoso. Cosas de la ingeniería genética. Surkoi había tendido varios hilos de árbol a árbol, de lado a lado de la senda, allí por donde el terkuma pasaría a toda velocidad con su plataforma levitante. El efecto fue parecido al que produce una cuerda tensa atravesada en la carretera sobre un motorista que circule a toda velocidad. Cuando impactó contra la red, el terkuma estaba más pendiente de Nevando cerezas que de las trampas que pudiera haber. En ese punto de la senda, el niño terkuma ya estaba al alcance de su vista, a escasos veinte metros justo delante de él, y si había alguna posibilidad de que intuyera la emboscada, la visión de Nevando acabó por hacerle perder la concentración en su entorno. Surkoi lo tenía todo previsto. El terkuma salvó la vida gracias al campo de fuerza que protegía la plataforma; si no hubiera sido por ese campo de fuerza seguramente su cuerpo habría sido seccionado en varias partes. Lo que no evitó el campo de fuerza es que la plataforma y el terkuma que la manejaba se estrellaran estrepitosamente.
El vehículo salió volando sin control y el terkuma cayó a los pies de la red tendida por Surkoi. Antes de que el artilugio volador tuviera tiempo de estamparse contra un árbol y caer al suelo, Surkoi ya estaba encima del terkuma, le pegaba una patada a su rifle para quitárselo de los tentáculos y le arrojaba una roca sobre su cara alienígena. Obviamente, no era nada personal. Lo que evitó que la cabeza del terkuma quedara aplastada fue la armadura, pero entre el golpe al caer al suelo y la roca que le cayó en la cara, quedó totalmente inconsciente durante un rato. Cuando se despertó ya había pasado todo.
Lo que ocurrió, duró sólo unos segundos.
El caos se desató cuando Surkoi dejó al terkuma tirado en el suelo y se adueñó del rifle.
Seguramente la intención de Surkoi era hacerse con la plataforma levitante en cuanto hubiera derribado al terkuma y salir pitando lo antes posible, desde luego mucho antes de que llegara el resto del grupo. Era un plan delirante, entre otras cosas porque Surkoi nunca había manejado una plataforma levitante. Pero en su desesperación no veía otra salida. Entregarse hubiera sido bueno para todos, pero esa posibilidad ni la contempló. Supe que ni la había contemplado en el momento en que alcanzamos su posición y le vi ahí en medio de la selva luchando contra todo y contra todos. Estaba loco. Si no le hubiéramos salvado nosotros, sus compañeros, habría seguido disparando hasta que los terkumas hubieran acabado con él.
A quien no pudimos salvar fue a Nevando cerezas.
Sí, seguramente la intención de Surkoi era hacerse con la plataforma levitante y abandonar a Nevando cerezas. Supongo que tenía la esperanza de que eso le concediera unos segundos de ventaja. Surkoi lo tenía todo perfectamente calculado excepto la parte más importante: el tiempo que necesitaría para hacerse con la plataforma. Mi piloto había trazado detenidamente su plan con frialdad y ambición, pero también estaba loco y la locura hace que te aferres convencido a un clavo ardiendo.
Luego se impone la realidad y mueren los inocentes.
Nada salió bien. Surkoi fue demasiado lento. La plataforma había quedado demasiado lejos. Antes de que tuviera tiempo siquiera de subirse a ella y averiguar cómo se ponía en marcha, apareció el resto del grupo y abrieron fuego sobre él. Se parapetó tras ella, aferrado al rifle del terkuma derribado, que era totalmente inútil sin la activación genética de su dueño inconsciente. Así que el humano, en lugar de rendirse, se arrastró por el barro hasta que sus dedos alcanzaron el extremo de los tentáculos del terkuma, le arrastró hasta donde él estaba y utilizó la piel desnuda del cefalópodo para desactivar las salvaguardas y disparar el rifle. Bajo una lluvia de proyectiles que rebotoban en todas partes y fogonazos de plasma que llovían del cielo sin cesar, respondió al fuego. Es más, abandonó el parapeto y al terkuma inconsciente y rodó hasta ocultarse tras un tronco caído. Todo ello sin pensar en las consecuencias.
Llevaba actuando sin pensar en las consecuencias desde ya hacía mucho tiempo.
El despiadado tiroteo en la senda que llevaba al claro se intensificó.
El de Surkoi, era un rifle de proyectiles sólidos, no una lanza de plasma: disparaba munición rastreadora con cabeza explosiva. Una tormenta de fuego, metal y esquirlas de madera y de piedra envolvió a todos los que estaban en la senda que desembocaba en el claro. Algunas esquirlas llegaron hasta donde estaba atado Nevando, le hirieron y se puso a chillar, aterrorizado. Las balas rasgaban el aire en todas direcciones, desviadas al rebotar contra troncos y piedras, y aun algunas incluso contra los hilos de supergrafeno que había tendido Surkoi y que eran prácticamente invisibles. Todo se sumió en el caos. Todos gritábamos.
Incluso la medusa del grupo que se había topado con Surkoi se puso a gritar, y al mismo tiempo se escondió: a aquellas alturas ya sospechábamos que no eran medusas guerrero pero lo que hizo en aquel momento, y lo que hizo la que nos acompañaba a nosotros cuando llegó nuestro grupo, nos confirmó nuestra sospecha. Sólo los terkumas permanecieron en primera línea. También Alkai y Brumantra buscaron refugio tras troncos y piedras, lo más cerca posible del suelo.
Ignoro por qué los terkumas no utilizaron su voz, quizá es una habilidad que no todos poseen, quizá sólo una elite entre los guerreros pueda utilizar la voz como sabe utilizarla Trae consigo. En cualquier caso, para cuando llegó éste al claro todo había concluido y no era necesario utilizar la voz. Ni las armas.
De hecho, las armas no hubiera sido necesario utilizarlas nunca.
Si en lugar del grupo de Alkai y Brumantra, Surkoi se hubiera tenido que enfrentar al nuestro, probablemente Trae consigo habría resuelto la situación en cuestión de segundos sin necesidad de disparar un sólo tiro, pensé en aquel momento.
Surkoi sabía perfectamente lo que hacía al escoger al otro grupo.
En cuanto nos llegaron las primeras comunicaciones explicando lo que estaba ocurriendo ordené inmediatamente a Surkoi que depusiera las armas, pero no me hizo ni caso.
Surkoi, alto el fuego, ríndase inmediatamente, esto es una orden directa de un superior, no puede ignorarla le grité mentalmente.
La única respuesta que recibí fue un galimatías confuso de pensamientos caóticos, insultos y palabrotas. No perdí el tiempo intentando hacerle entrar en razón. Ordené a Alkai que lo detuviera y a Brumantra que protegiera a Nevando cerezas.
Estábamos tan cerca que podíamos oír los disparos.
Corríamos a través de la selva. Los terkumas, la medusa y los humanos... todos. Desesperados por ver quién conseguía llegar primero.
En aquel momento no lo sabíamos pero Nevando cerezas había quedado más o menos detrás de Surkoi. Aunque estuviera al otro lado del claro estaba totalmente desprotegido.
¡Quite al crío de la línea de fuego! grité a Brumantra sin saber que la situación era mucho más crítica de lo que me hubiera atrevido a imaginar.
Los terkumas intentaron rodear a Surkoi pero sus plataformas levitantes chocaron con otras redes de supergrafeno. Surkoi había hecho un trabajo concienzudo: había cubierto la mayor parte del entorno con redes en previsión de que intentaran rodearle. Sólo Brumantra y Alkai consiguieron llegar hasta donde estaba Surkoi, a rastras; y Brumantra siguió hasta donde estaba atado Nevando cerezas mientras Alkai se abalanzaba sobre Surkoi antes de que éste se atreviera a disparar sobre ella. Rodaron por el suelo, se sacudieron mutuamente y, al final, Surkoi acabó con el hombro dislocado y semi inconsciente.
- ¡Alto el fuego! -gritaba Alkai cuando llegamos, tendida encima de Surkoi, intentando mantenerse, aun así, lo más cerca posible del suelo e inmovilizándole, al mismo tiempo, con una llave de judo.
- ¡Alto el fuego! -gritó Trae consigo- ¡Alto el fuego!
No podía ver ni sus ojos ni los colores que surcaban su cráneo pero el tono de su voz delataba una furia y una desesperación avasalladoras, totalmente incontenibles. También gritó varias órdenes en terkuma.
Observé que Palabra guardaba silencio pero se mantenía discretamente a su lado.
Idkereda y yo avanzamos por la senda jadeando. El resto de terkumas bajaron de sus plataformas levitantes y avanzaron con nosotros. La medusa de nuestro grupo se mantenía en la retaguardia. Trae consigo iba en cabeza y Palabra a su lado. Les adelanté. Creo que Idkereda y yo lo vimos a la vez y aceleramos el paso al unísono.
Al principio, contuvimos el aliento, con la pueril esperanza alojada en nuestros corazones de que lo que veíamos no fuera cierto, de que hubiera algún error, de que las imágenes no significaran lo que sin duda acabaríamos descubriendo que significaban.
A nuestro alrededor había caído una pesada losa de silencio, como las que sellan sepulcros antiguas. En la selva nunca debería haber silencio. Los animales habían huido asustados, los insectos habían dejado de hacer ruidos y muchos procuraban camuflarse entre la vegetación o permanecían inmóviles sobre las plantas y las piedras, incluso la vegetación parecía haberse encogido. Aun así, no debería haber silencio: Nevando cerezas debería seguir gritando, como lo había hecho hasta hacía pocos segundos, gritando una palabra terkuma, siempre la misma, que ninguno de los humanos que allí estábamos entendíamos. Pero no gritaba. Ya no. El silencio era absoluto.
Todo estaba quebrado, rasgado, arrasado como si hubiera pasado un huracán. Plantas, árboles, animales, insectos. Todo.
Humanos.
Terkumas.
Todo.
Brumantra estaba tendida sobre el cuerpo de Nevando cerezas. Había desatado al niño pero no habían tenido tiempo de alejarse a un lugar seguro. Habían sido alcanzados ambos por metralla y habían quedado tendidos sobre el suelo, abrazados el uno al otro, inmóviles. En silenciol.
En cuanto Idkereda y yo lo vimos, empezamos a correr hacia allí.
Los tentáculos del pequeño terkuma rodeaban lo que quedaba del cuerpo de la humana y los brazos de la humana, a su vez, el frágil cuerpo del niño. Pero era un abrazo fláccido, inerte.
Carente de vida.
La cabeza del niño, grande y llena de venas y detalles, estaba tendida hacia atrás, su rostro levantado al cielo, los ojos muy abiertos y fijos en el firmamento, los cilios que rodeaban la boca caídos blandamente por sus mejillas. Su cráneo muerto era del color de la ceniza fría.
Tenía un agujero muy grande justo encima de los ojos. Tenía otras muchas heridas, como si su rostro fuera un espejo en el que se reflejaran todas las lesiones de la selva. Pero aquel tercer ojo era absoluto, definitivo.
Y había mucha sangre por todas partes.
Terkuma y humana.
Las dos mezcladas. Las dos rojas.
Metabolismo basado en oxígeno. Esas cosas.
Hemoglobina. Hierro. Cosas que te explican de niño.
¿Hemoglobina terkuma? No lo sé. Maldita sea, no lo sé. Yo qué sé.
Sólo sé que su sangre es roja, y se mezcla perfectamente con la nuestra. No se distinguen.
Mis manos lo saben. Mis manos llenas de sangre.
- Ayúdame, Idkereda, ayúdame.
Mi amigo me ayuda a separar los cuerpos.
Brumantra tiene los ojos abiertos, casi se nos deshace entre los brazos, maldita munición explosiva, pero aún tiene los ojos abiertos e intenta enfocarnos.
Aún tiene un hálito de vida.
- Brumantra -digo.
- Brumantra -dice Idkereda- ¡Brumantra!
Ella no responde. Tiene la boca destrozada y la garganta anegada de sangre. Pienso en hacerle una traqueotomía pero probablemente tampoco tenga pulmones. Pero algo hay que hacer.
No tengo cuchillo.
Miro a mi alrededor.
Veo venir corriendo a Alkai, que estaba inmovilizando a Surkoi pero que en cuanto se ha percatado de la situación se ha levantado de un salto y corre hacia nosotros.
Me aparta de un empujón y toma entre sus brazos lo que queda de Brumantra.
Brumantra está muy pálida. No parece que le quede mucho tiempo de vida.
Alkai llora.
Brumantra intenta sonreír. La comisura de sus labios apenas se tensa.
Los terkumas nos rodean. Las medusas también. Trae consigo se acerca lentamente. Se ha quitado el yelmo y lo deja resbalar lentamente entre sus dedos tentaculares hasta que cae al suelo. Cae él mismo al suelo de rodillas al lado del cuerpo de Nevando cerezas, con todos sus tentáculos doblados. Recoge el cuerpo del niño terkuma con sus tentáculos-brazo y lo aprieta fuerte contra él. Se balancea con el cuerpo del niño entre sus tentáculos-brazo. Gime. Es un sonido apagado, como si hubiera tenido que ser un grito pero se le hubiera muerto dentro porque algo desde fuera le asfixiara apretándole sin piedad el cuello. El color de su cráneo es totalmente azul, azul marino, pero está desvaído, como si lo viera a través de una niebla. Todos guardamos silencio excepto Palabra que canta una canción suave, en tono muy débil, casi imperceptible, al lado de Trae consigo, y excepto Alkai, que sigue llorando.
Así no
Es Brumantra. No puede hablar pero su pensamiento nos llega fuerte y claro. No puede hablar pero aún está viva y es plenamente consciente de lo que le está ocurriendo.
Así no piensa. Todos oímos sus pensamientos: por favor, así no
Alkai la mira, intentando contener las lágrimas, y le mesa los cabellos.
- Así no -responde al pensamiento de Brumantra-, tienes razón, así no.
Y entonces alza entre sus brazos lo que queda del cuerpo de Brumantra, destrozado, desangrado, desgarrado, reventado, desmontado, deshecho y se acerca a la medusa que tiene más cerca.
Comprendo lo que se dispone a hacer. No se lo impido. Quizá sea la única esperanza para Brumantra. Dependerá de la medusa.
Todos contenemos el aliento.
Ante nuestros ojos, la propia medusa ofrece su umbrela: recoge un poco los tentáculos que la sostienen y se inclina ligeramente para facilitar lo que Alkai se dispone a hacer.
Alkai, Alkai... piensa Brumantra.
Tranquila, Brumantra piensa Alkai sollozando todo irá bien, descansa, todo irá bien...
Te quiero, Alkai
Lo sé.
El cuerpo de Brumantra se sumerge lentamente en la gelatinosa mesoglea de la medusa.
Sus pensamientos se apagan lentamente. Brumantra es una luz que se pierde en la oscuridad de nuestros pensamientos, un eco cada vez más débil hasta que solo queda su imagen, su cuerpo destrozado flotando en la medusa. La hemorragia se ha cortado de golpe, algunos hilillos de sangre se difuminan por la gelatina del icnidario igual que volutas de humo deshaciéndose dócilmente en el aire.
Alkai cae de rodillas y la medusa vuelve a extender sus tentáculos y recupera su altura original. Temo que Alkai se lance contra Surkoi, pero no. Queda de rodillas a los pies de la medusa, sin fuerzas.
Yo también
piensa
yo también te quiero.
Soy yo quien se levanta y avanza hacia Surkoi. El piloto ha recuperado la consciencia, aunque sigue aturdido y el hombro dislocado debe dolerle sin piedad.
Le sujetan dos terkumas.
A mi intenta sujetarme Idkereda. Pero no puede impedir que me acerque, intenta tranquilizarme, le arrastro conmigo.
Me planto delante de Surkoi.
La canción de Palabra sigue sonando como un lejano rumor. Como un oleaje rompiendo contra una costa remota.
- ¿Qué es lo que ha hecho, desgraciado? -espeto a mi piloto.
Idkereda me agarra. Los dos terkumas que sujetan a Surkoi intentan alejarlo de mi. Estoy furioso. Poco a poco nos rodean todos los demás. Nos miran fijamente. Idkereda deja de sujetarme por la espalda y se interpone entre Surkoi y yo.
- ¡Palabra! -grita Idkereda-, ¡Palabra!... ¿qué significa lo que gritaba Nevando?
Palabra no parece hacerle mucho caso. Sigue al lado de Trae consigo, cantando. Trae consigo se levanta y se acerca. Sostiene el cuerpo de Nevando cerezas con sus tentáculos-brazo.
- ¿Se da cuenta de lo que ha hecho, desgraciado? -insisto mirando fijamente a mi piloto.
Surkoi me devuelve la mirada y con el rostro desencajado por la desesperación, la impotencia y el dolor me responde gritando:
- ¡He luchado, señor! ¡Maldita sea! ¡He luchado! Eso es lo que he hecho... ¡luchar!
Tiene todo su cuerpo embadurnado de barro alemita, incluso su cabello y su rostro, el blanco de sus ojos resalta como una amenaza contra todo aquel que ose mirarlo. Todo su cuerpo embadurnado de barro alemita hasta el último de sus poros, y recubierto de hojas, sangre seca, cadáveres de insectos y vegetación. Aprieta los dientes como una fiera. Es un animal más de la selva. Las venas y los músculos se le marcan bajo el barro como si todo su cuerpo fuera una olla a presión a punto de explotar. Grita, escupe, se retuerce, chilla lleno de rabia y convicción:
- ¡Es la guerra, señor! La gente muere, los niños mueren... ¡Es la guerra, señor! ¡La maldita guerra!
Aparto a Idkereda y doy un paso hacia él, le sujeto con firmeza -intenta morderme- y recoloco su articulación sin miramientos. Aulla de dolor y se desvanece.
(Fin del capítulo 26. Siguiente capítulo)
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