Capítulo 12. RENEGADO.

Vi el rostro de Palabra surcado por la desesperación. Ocurrió segundos antes de que huyéramos. Me miró y me dijo: No, por favor. Su rostro no era humano. Pero el tono de su voz sí: estaba asustado. Eso sí era humano.
Palabra viva sobre la piedra no tardó mucho en regresar. El problema fue que no vino solo. Es cierto que le acompañaban médicos, o al menos eso nos dijeron los terkumas que subieron al barco con él: que eran médicos. Supongo que no nos engañaron. Pero también vinieron soldados acompañándolos. Tenían que ser soldados porque vestían armaduras negras y portaban sables y lanzas. Sus armaduras se parecían a las armaduras de los samuráis durante la época feudal japonesa. Se parecían vagamente, claro. Lo cierto es que les protegía por completo su enorme cráneo y les cubría totalmente el rostro y los tentáculos. Eran armaduras negras que lucían símbolos plateados en los costados del cráneo. Hubo un detalle más que despejó toda duda sobre la función de aquellos terkumas ahí. Cuando nos negamos a introducirnos en las medusas, el que debía de ser el líder del grupo se alzó, se acercó a mí y señalándome con uno de sus  tentáculos-brazo dijo:
- Escuchen, humanos, me veo en la obligación de advertirles: se están convirtiendo en una pesadilla. Comprendemos su desconfianza, comprendemos su miedo, comprendemos sus reparos... ¡Lo comprendemos todo! Pero ha llegado el momento de actuar. No podemos permitir que mueran y, si no aceptan nuestra hospitalidad, eso es exactamente lo que les va a ocurrir en este planeta. Así que, si no colaboran de buen grado, les obligaremos a colaborar por la fuerza.
Y entonces di la orden.
No tenía más remedio porque también habían traído medusas.
Más medusas.
Palabra nos explicó que no eran la prolongación de ninguna nave Coleccionista, que eran seres independientes, como la del barco, con su propia consciencia. Que no eran un mero brazo ejecutor de algún Coleccionista en órbita. Que colaboraban por propia voluntad con los médicos terkuma, que no teníamos nada que temer, que los médicos habían desaconsejado cualquier otro tratamiento, que lo más rápido y eficaz era entrar en la umbrela de una medusa. Que lo sentía mucho, que intentáramos comprender, que colaboráramos.
¿Colaborar?
A un ser humano no le puedes pedir que colabore para que sea devorado por una medusa coleccionista.
- Daño mínimo -dije.
- Sí, señor -contestó Alkai.
Y el caos se desató sobre la cubierta del barco terkuma.
Esta vez sus cantos no sirvieron para nada. Las turbinas de los incurdroid a toda potencia rompían cualquier otra onda que se propagara por el aire. Utilizamos las turbinas para alzarlos porque yo le había pedido a Alkai que diseñara un curso de acción que provocara un daño mínimo. Si se hubieran activado los reactores, habrían incinerado todo el barco y parte del muelle.
Cuarenta segundos antes de que llegara Palabra con médicos, soldados y medusas, Alkai me había informado de que ella y Brumantra habían conseguido recuperar el control sobre los incurdroids. Me lo hizo saber mediante un gesto, no fue necesario cruzar palabra. Yo di un pequeño toque a Idkereda con mi pie y le indiqué mediante otro gesto igual de sutil, prácticamente inapreciable, que de nuevo teníamos control sobre los androides de incursión, que permaneciera atento. Brumantra hizo lo mismo con Surkoi. No nos dio tiempo a planear nada. En principio, no era necesario: estábamos entrenados para trabajar en equipo. Luego se demostró que sí, que todo el entrenamiento del mundo no nos exoneraba de tener que planear aquella acción porque quizá, si la hubiéramos planeado, habríamos podido evitar, tal vez, que Idkereda hiciera lo que hizo. En cualquier caso, al cabo de pocos segundos llegaron Palabra y el resto de terkumas y nos vimos obligados a improvisar.
Cuando los incurdroids se pusieron en marcha, todo el barco vibró y la vibración se extendió por los alrededores hasta sacudir pasarelas, troncos y ramas. El estruendo fue ensordecedor. Nosotros apenas lo soportábamos y estábamos preparados para ello. También nos ayudaba el hecho de que las pieles sintéticas bloquearan la señal acústica a partir de cierto umbral. Los soldados hicieron ademán de abalanzarse sobre nosotros y yo desenfundé el sable, protegiéndonos a todos con él, pero no fue necesario utilizarlo, no tuvieron tiempo de llegar hasta nosotros, a pesar de separarles tan sólo un puñado de metros. Antes llegaron los droides.
Todo pasó muy deprisa.
Trae consigo el trueno ordenó a sus terkumas cantar pero vi por el rabillo del ojo que se encogían de dolor: ellos estaban justo al lado de los droides. El dolor debía de ser insoportable. No vi nada más. Me preocupaban más los soldados con las armaduras. El segundo de vacilación que sufrieron fue suficiente como para que los robots llegaran hasta nosotros. Palabra viva me miró, encogido como estaba, con sus tentáculos brazos rodeándole el cráneo, protegiéndose de aquella avalancha de ruido insufrible.
- Por favor, no -gritó, justo antes de que el estruendo devorara el mundo y él cerrara los ojos.
Los soldados terkuma rodaron por el suelo al ser golpeados por el huracán que surgía de las turbinas de los droides. Algunos fueron impulsados por encima de la balaustrada y cayeron al agua. Las máquinas habían maniobrado bajo las órdenes de Brumantra y Alkai de forma que habían barrido con sus turbinas la cubierta del barco, primero a los terkumas de Trae consigo y luego a los soldados que nos asediaban en el puente, todo en cuestión de menos de dos segundos. El árbol de esferas de plasma fue derribado por el incurdroid de Brumantra. El de Alkai se enredó en el aparejo del mástil mayor y a punto estuvo de voltear la embarcación entera pero en el último momento el mástil se rompió y cayó al agua. Un puñado de soldados se agarraban desesperadamente a las barandas a las que nos habíamos agarrado nosotros al llegar al manglar. Observé que el comandante de todos ellos aún era capaz de gritar órdenes. Los terkumas que había en el muelle, en las pasarelas y en los balcones cercanos huían despavoridos.
Se abrieron los iris de los droides. Las máquinas se echaron encima de nosotros. ¿Dónde estaba Idkereda? Entonces lo vi: se alejaba, corría en sentido contrario al que debía. Tenía su propio plan de acción. Le ordené mentalmente que regresara. Le pregunté, furioso, que qué demonios estaba haciendo. No me hizo ni caso. Insistí. Pero no había tiempo para ir a buscarlo. Saltamos. Antes de empezar a caer de nuevo hacia el suelo, atravesamos la membrana que protegía el interior de la cabina. Una vez dentro, las redes neuronales del droide empezaron a conectarse con las de mi cerebro. Mientras me fusionaba con la máquina, intenté asumir todo lo que había visto justo en el momento de saltar. Había quedado grabado en mi mente como una foto cuando en realidad era una escena fugaz de una obra de teatro vertiginosa. Vi cómo la primera medusa asomaba de las entrañas del navío y venía a por nosotros. A ella no parecía afectarle el estruendo. Brillaba con un fulgor rojizo y se movía a toda velocidad por la cubierta. Apartó de un golpe a las medusas que se habían presentado acompañando a los médicos terkuma, y también a los médicos, y que habían permanecido todos ellos inmóviles, aferrados a barandas, cuerdas y mástiles, retorcidos de dolor, y supongo que tan desconcertados y desorientados como la mayoría de terkumas. En medio segundo habría alzado el vuelo para darnos caza si no hubiera intervenido la segunda cosa que vi.
Sin previo aviso, aparecieron más actores en el escenario donde se representaba la tragedia. Y no venían a imponer la paz. Eran esclavos de una mente mucho más compleja que lo observaba todo desde la lejanía, a salvo en alguna órbita alrededor del planeta.
Un muro de medusas emergió de las profundidades del manglar, al lado del barco. Cuatro, cinco, seis... cada vez más. Nos habían perseguido sin que nos diéramos cuenta; habían permanecido ocultas hasta ese momento, en que se alzaron y empezaron a abordar el barco. Una de ellas atrapó en el aire a la que intentaba perseguirnos y la lanzó a la cubierta. Empezó a rodarla con buena parte de sus tentáculos y la umbrela se infló y se puso tensa por la presión del líquido en su interior. Parecía querer hacerla explotar. Un disparo de plasma se lo impidió.
Era Idkereda.
Se enfrentó él solo a todas las medusas que emergían del lago.
Maldito sea. Siempre tan dispuesto a sacrificarse.
En lugar de correr hacia mi incurdroid, o hacia el de cualquier otro, corrió hacia uno de los guerreros que estaba agarrado a la baranda y le arrebató su lanza. ¿Cuándo había aprendido Idkereda a utilizar armas terkuma? Eran lanzas de plasma, bastones de fuego, artilugios capaces de disparar una nube de gas hipercaliente que corroería cualquier materia que se cruzara en su camino. Nosotros también disponíamos de armas así. No tenían forma de lanza pero el concepto era el mismo. Probablemente había robado los conocimientos necesarios mientras estaba en biostasis en el interior de la medusa. En cualquier caso, sabía que si no las mataba él, lo haríamos nosotros.
Y si lo hacíamos nosotros, el barco y todo aquel muelle desaparecería del mapa.
Así que decidió hacerlo él.
Comprendí que Idkereda se había quedado para impedir que Surkoi, o cualquiera de nosotros, disparáramos las armas de antimateria sobre el barco, y que eso había sellado su destino: ahora tenía que enfrentarse solo a un muro de medusas que se habían presentado de repente. Ordené a los droides que se elevaran. Al hacerlo, cesó el huracán y algunos guerreros terkuma pudieron recuperarse y unirse a Idkereda en la defensa del barco, que ya estaba fuertemente escorado y amenazaba con hundirse. También se sumó a ellos, contra todo pronóstico, la primera medusa, la que había viajado con nosotros en el barco. La misma que parecía enemiga insobornable de los humanos y que en un momento se zafó de los tentáculos de la que había intentado estrangularla, y ahora ardía moribunda, y la remató lanzando sus propios tentáculos contra ella, hasta reventarla y echar sus restos al agua del manglar. Hubo incluso alguna medusa de las que emergía del agua que empezó a alzar el vuelo, como si pretendiera perseguirnos, pero varios disparos de plasma se lo impidieron siempre que lo intentaron, y mientras íbamos ganando altura podíamos ver cómo se quedaban atrás, ardiendo inertes sobre la superficie del agua, silenciadas para siempre.
El muelle seguía lleno de terkumas de todos los tamaños. No habían tenido tiempo de huir. Corrían presa del pánico en todas direcciones. Entre ellos me pareció distinguir, por sus ropajes, a Nevando cerezas. Había venido junto con Palabra y había querido subir al barco pero le habían obligado a quedarse en el muelle. Todo había pasado tan deprisa que ni siquiera había tenido tiempo de caminar hasta uno de los balcones aledaños al puerto, desde donde habría estado mucho más resguardado. 
- Armas cargadas, blanco fijado -estalló la voz de Surkoi en mi cabeza. Ya habíamos conectado los reactores y estábamos a un kilómetro de altura. Gracias a las cámaras de alta resolución aún podíamos ver lo que pasaba en el barco: Idkereda había esquivado varios latigazos asesinos que le habían lanzado las medusas con sus tentáculos  y de momento, junto con los guerreros terkumas, conseguía retenerlas, pero por cada una que conseguían derribar, emergían dos del agua. El agua se iba tupiendo de umbrelas en llamas y tentáculos inertes, y el barco estaba cada vez más escorando. A pesar de todo, nuestra distancia seguía aumentando. Ninguna medusa nos perseguía. Al parecer, varias lanzas de plasma a pocos metros de distancia son mucho más peligrosas que un puñado de incurdroids huyendo a toda velocidad, incluso para los esbirros del Ínbid.
Sin embargo, los guerreros terkuma sí nos persiguieron. Varios de ellos alzaron el vuelo y siguieron de cerca nuestra estela.
Qué interesante, pensé, esos trajes les permiten volar.
- Señor -insistió Surkoi.
- Aborte el programa, Surkoi -ordené-, no dispare, es una orden directa, no dispare.
- Señor, ¿qué hacemos? -la voz de Brumantra sonaba nerviosa.
- ¡Vámonos! -ordené- Máxima velocidad.
- Pero, señor, Idkereda...
- Ha desobedecido una orden directa. No podemos arriesgarnos a perder de nuevo el control de los droides. No pienso dejar el planeta sin él, pero ahora no podemos hacer nada.
- Entendido, señor.
- Surkoi -grité-, coordenadas de impacto de la cápsula. ¡Llévenos hasta ella!
- ¡Sí, señor!
No teníamos alternativa. Cuando la antimateria es lo que impulsa tu vuelo y las armas, tus amigas inseparables, raramente la hay.
La aceleración brutal me aplastó de nuevo contra el cuerpo del incurdroid.
Rumbo trazado informó Surkoi Señor, polizones, ¡ polizones a las seis !
Solicito permiso para abrir fuego
Ésta última era Alkai.
Permiso denegado. Maniobra de evasión.¡Maniobra de evasión!
Aún sueño que vuelo fusionado con un droide. Son sueños tan vívidos que me cuesta distinguirlos de la realidad. Cuando despierto, siento la aceleración asfixiarme como si aún estuviera a los mandos de un droide. La sangre abandonar mi cabeza. Mis pulmones aplastados.
Ascendemos.
Perdemos contacto visual con el barco y el muelle. Idkereda queda abandonado a su suerte. Con su acción ha salvado a Nevando cerezas y a todos los terkumas del muelle y del barco y, al mismo tiempo, ha impedido que las medusas nos persiguieran. También ha conseguido quedarse solo en medio de una sociedad extraterrestre que, probablemente, a partir de ahora sean hostiles a los humanos. No puedo hacer nada. Nuestra prioridad absoluta es llegar a la cápsula y ver si podemos activar las comunicaciones sin ayuda de Idkereda.
Los terkumas son muy rápidos. Siguen pegados a nuestra cola.
Es más, nos ganan terreno.
Señor insiste Alkai están cada vez más cerca
Salvas de advertencia pienso.
Disparamos. Lanzamos fogonazos cegadores. No sabemos en qué espectro perciben los sensores de sus trajes, ni siquiera sabemos en qué espectro perciben los ojos de los terkumas, pero utilizamos todas las armas que tenemos a nuestro alcance para advertirles que no sigan acercándose. Confiamos en que entiendan el lenguaje de las armas. Es un lenguaje universal, con un vocabulario reducido, una sintaxis sencilla y un único campo semántico: peligro, muerte, aléjate.
Es inútil.
Son muy rápidos y están locos. O saben perfectamente lo que están haciendo y somos nosotros lo que estamos cometiendo una locura.
En cualquier caso, ya no hay vuelta atrás.
Vamos a pelear.
A muerte.
Doy la orden: Derríbenlos
Abrimos fuego prácticamente los cuatro a la vez.
No utilizamos armas bioquímicas, serían inútiles. Disparamos misiles rastreadores y salvas de cinco mil proyectiles barrenadores por minuto. Intentan esquivarlos pero tres de ellos no son lo suficientemente rápidos y caen; les veo caer hasta convertirse en puntos minúsculos seguidos por una estela de gases como los cometas cuando se acercan al Sol. Otros tres siguen. Disparamos, ascendemos y descendemos, viramos al horizonte de poniente para tener el sol de cara. Cae uno más. Quedan dos.
¡A las doce! ¡A las doce!
Los pensamientos también tienen tono, como la voz. Los de Alkai suenan histéricos.
Ha detectado a cinco terkumas más acercándose a toda velocidad hacia nosotros a pocos kilómetros de nuestra posición.
Ahora los podemos ver todos.
Van endiabladamente rápidos.
No sabemos de dónde han salido.
También nos disparan.
Pero ellos no utilizan metal: detectamos rayos de microondas hiperbrillantes, fluctuaciones en el campo hipocuántico y destellos caóticos en los patrones de nuestros ordenadores. Inmediatamente después, perdemos el control de nuestras máquinas.
Vuelven a apagarse.
Maldita sea.
Otra vez.
La sensación de impotencia es indescriptible.
Grito furioso. Alkai, Brumantra y Surkoi también.
Esta vez sólo se apagan durante un segundo pero es un segundo durante el cual estamos completamente indefensos, totalmente a merced de nuestros enemigos.
Intentamos activar la autodestrucción y saltar.
Pero no funciona.
Y luego regresa la potencia. Pero... al mismo tiempo... el golpe.
Un terkuma impacta contra el droide y se queda adherido a él antes de que pueda hacer nada para evitarlo.
Es un impacto directo contra el costado izquierdo, daños nulos, pero he notado el golpe en todo mi cuerpo, se ha sacudido el incurdroid entero, cosa en teoría imposible pero que se lo pregunten a mis huesos molidos, a mi cuerpo descompuesto entre frenazos, acelerones y sacudidas. Deben de utilizar algún tipo de resonancia molecular. Varios golpes más se suceden mientras obligo al incurdroid a girar en pleno vuelo sobre sí mismo como una peonza enloquecida. Es inútil. A pesar de la tremenda inercia que debe tener ese cuerpo terkuma enclaustrado en la armadura, el maldito extraterrestre ha conseguido permanecer adherido al droide y, es más, ha podido desplazarse hasta su espalda y agazaparse entre los lanzamisiles de los hombros, en un punto ciego, a salvo de cualquier proyectil que pudiera disparar la máquina. Es un punto por donde pasan, a pocos centímetros de las cubiertas externas, fibras vitales para el control del droide.
El resto de la escuadra no lo está pasando mejor.
¡Impacto! transmite Brumantra. ¡Polizón a bordo! chilla Surkoi. Alkai grita e insulta como una posesa. La rabia que siente machaca sus propias palabras hasta hacerlas ininteligibles.
No puedo creerlo.
¡Ascended! ordeno. Sus armaduras son ligeras, pienso. ¿Les protegerán contra el vacío, la radiación solar directa y el frío?
A través de las cámaras externas veo a mi polizón con los puños en alto dispuesto a descargar otro golpe pero antes de que tenga tiempo de hacerlo viro hacia estribor en un ángulo de casi noventa grados, sin dejar de ascender y acelerar con toda la fuerza que me proporciona la máquina. El polizón casi se cae pero no; ni siquiera la brutal aceleración del brusco viraje y del ascenso es suficiente: se aferra con sus tentáculos al exoesqueleto mecánico como un jinete de Gengis Khan se hubiera aferrado a su caballo.
Fuerzo al máximo los conversores antimateria-impulsión, fuerzo al máximo los motores, pongo a prueba la integridad estructural del droide, me pongo a prueba a mí mismo, lleno la cabina de gel anti-g y me lanzo con todo el poder de la antimateria hacia la estratosfera. Ascendemos muy deprisa, a dos veces la velocidad de escape. Si no frenamos, iniciaremos un breve pero intenso viaje a las estrellas. Varias alarmas saltan en rojo en el interior de mi cabeza. La superficie del planeta está cada vez más lejos, incluso las nubes se alejan. La presión y la temperatura exterior disminuyen rapidísimamente. 
Un pensamiento empieza a formarse en mi mente cuando estoy seguro de que el terkuma está al borde de la muerte: descenso; sin embargo, en lugar de sentir el frenazo y los chasquidos de los motores al invertirse, vuelvo a notar una tremenda sacudida y el incurdroid entero empieza a vibrar con tal descontrol que temo que se vaya a desmontar ahí mismo y en aquel mismo momento. A la vez, un zumbido horrible inunda la cabina y saltan todas las alarmas acústicas, por lo que el estruendo es tremendo y la sensación de que está a punto de ocurrir algo horrible es asfixiante, insoportable. Consigo guardar la calma, pero la vibración de la máquina es tan fuerte que se transmite también a mi cuerpo y me cala hasta los huesos, hasta el tuétano de mis huesos, que vibran como una coctelera agitada por un camarero epiléptico. Intento frenar, mantener la altura, pido un informe de daños... en lugar de eso caemos en picado, sin control, a tumba abierta.
Entonces, efectivamente, ocurre algo horrible.
Pierdo el contacto con el resto de la escuadra y pierdo el control del droide: salta la conexión entre mi cerebro y la máquina. Lo puedo percibir perfectamente, dura sólo una décima de segundo, pero lo percibo con nitidez: hay un apagón, un instante en el que desaparece el mundo, y cuando vuelve la energía, y vuelven las imágenes y las sensaciones y el mundo entero, ya no es mi mundo, la máquina ya no es mía, ya no soy yo. Estoy fuera. Mi cuerpo ya no se extiende hasta el horizonte ni puedo saborear los contaminantes de la atmósfera, ni sentir el calor de los cuerpos terkuma, ni percibir las radiaciones más allá de las escuetas posibilidades de mis ojos. No puede ser. No puede ser. No: no puede ser. Otra vez no... mi corazón desbocado late entre mis muelas. Paso inmediatamente a control manual nadando contra una densa nube de pánico y fuerzo las palancas de mando al máximo pero es inútil: la máquina no tiene daños, funcionan todos los sistemas, pero otra voluntad los maneja, otra voluntad se ha hecho con el control de aquella masa mórfica de metal y minerales que había sido mi cuerpo hasta hacía tan sólo un segundo.
Una voluntad terkuma.
¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? No lo entiendo
No lo entiendoNoLoEntiendonoloentiendonoloentiendo ¡No lo entiendo!
La rabia me ciega. Pienso pienso pienso una y otra vez sin parar, sin tregua, sin descanso. Tengo una brasa ardiendo dentro del cráneo; me está quemando por dentro, noto cómo mi carne carbonizada se desprende de mis huesos pero no doy con la respuesta, no entiendo nada. Pero lo sé: el terkuma no sólo no está al borde de la muerte a pesar de la altura sino que aún tiene energías suficientes como para hacerse con el control de la máquina. Lo veo diáfanamente claro después de atravesar unos cumulonimbus en menos de lo que dura un suspiro y ver el suelo acercándose a una velocidad endiablada. Calculo treinta segundos para el impacto.
No tendré tiempo ni para saltar en paracaídas.
No debo saltar en paracaídas.
No puedo abandonar el droide.
El incurdroid no sólo no está frenando sino que está acelerando: acelera contra el planeta, dispuesto a estrellarse contra su enorme mole. El terkuma maneja a su antojo el arma de combate más compleja y mortífera que la Humanidad ha creado nunca en toda su Historia, un robot simbionte metamórfico de quinta generación con capacidad para vuelo hipersónico y transferencia órbita-órbita y superficie-órbita; una máquina de incursión rápida, destrucción masiva y establecimiento de puente, un droide tipo DAGA con impulsores alimentados por antimateria reducido a un juguete en manos de un extraterrestre hostil sin que apenas hayamos podido defendernos. ¿Qué será lo siguiente? ¿Ordenará a la máquina que me aplaste, como si fuera un parásito en sus entrañas?
No puede ser no puede ser no puede ser viene a mí la cara del soldado Tomei, cuando nos vimos rodeados por un puñado de vispoides guerreros Ínbid en las selvas del planeta Gulmai, no puede ser no puede ser no puede ser la candidez de la mente humana no tiene límites no puede ser no puede ser repetía una y otra vez, pensé que aquel muchacho iba a morir ahí mismo asfixiado por sus propias lágrimas, pensé que estaba tan paralizado por el terror que se había olvidado incluso de respirar, no puede ser no puede ser no puede ser balbucía continuamente, sin parar, como si su mente hubiera caído en un bucle infinito y su consciencia hubiera desaparecido desintegrada por el terror, no puede ser no puede ser no puede ser ¡Silencio, Tomei! Le grito. Puede ser ¡Es! La bofetada con que subrayo mi grito resuena en todos los rostros de la escuadra y es igual que una bengala lanzada para marcar el inicio de una carrera por la supervivencia. Los guerreros vispoides Ínbid se abalanzan sobre nosotros. Luchamos. Me duele la mano por culpa de la bofetada. Desvío una buena cantidad de carga de las baterías de reserva al subepitelio principal del incurdroid, operación a la que no se niega la máquina. Puede que el terkuma esté demasiado ocupado procurando evitar que entremos en barrena como para fijarse en una pequeña pérdida momentánea de amperios en los circuitos secundarios o puede que simplemente no le dé importancia; seguramente el terkuma puede controlar el incurdroid pero no sabe qué es y qué no es importante, eso lo sé yo, en eso sí que no es mejor que yo; así que en cuanto tengo bien cargado el subepitelio lo conecto de forma tan automática al epitelio del droide como automático es mi aliento y estoy seguro de que el terkuma recibe una descarga eléctrica suficientemente grande como para matar a un elefante, pero no, maldita sea, a él no: él sigue aferrado a la espalda del droide como una garrapata a la piel de un perro. Lo único que consigo es aturdirle lo suficiente como para hacerme de nuevo con el control del droide, desconectar los reactores, invertir los conversores antimateria-impulsión, iniciar la secuencia de hiperfrenado, desplegar al máximo las superficies de fricción, al máximo los turbofrenos, al máximo las palancas apretadas contra mi pecho, al máximo apretados los dientes y,
aun así,
apenas en el último instante logro desviar la trayectoria de la máquina, pero no completamente, no lo suficiente, porque los alerones inferiores rozan contra un montón de piedras y pierdo el control y el incurdroid empieza a rodar por el suelo dando vueltas de campana como si cayéramos por un barranco; quizá estemos cayendo por un barranco, no lo sé, yo estoy dentro desconectado del sistema sensorial, de los giroscopios y de cualquier cosa que pudiera evitarme la sensación mortal de mareo y pudiera ayudarme a orientarme, el frenazo, el acelerón, el cambio de trayectoria del incurdroid me han dejado atontado y lo que está evitando que pierda totalmente el conocimiento son los golpes que me llueven desde todas partes, incluso desde dentro: mi corazón golpea como un puño mi esternón, y un martillo en mis sienes marca el ritmo.
El gel anti-g y los sistemas de anclaje y fijación de la cabina evitan por poco que mi cuello se rompa con cada nuevo cambio de dirección, con cada nueva vuelta de campana, con cada nuevo frenazo y golpe. Todo cambia de sitio demasiado deprisa, todo lo que está abajo se pone arriba y lo que está arriba se hunde hacia abajo más deprisa que en la peor montaña rusa; y lo que está a la derecha se voltea a la izquierda y lo que está atrás me golpea al pasar hacia delante; tan pronto siento un peso enorme en la cabeza, tan grande que parece que me van a estallar los ojos, como la noto hueca, y mi estómago viaja de la garganta a los pies recorriendo órbitas planetarias. No hay ningún barranco, ni yo me estoy muriendo, como se empeña en hacerme creer mi cuerpo. Ni las chispas azules y rosas que me rodean se deben a cortocircuitos dentro de la cabina, sólo son alucinaciones, visiones, espejismos: como el de una máquina de tren de cuarenta toneladas que en lugar de mover su mole por las vías a ras de suelo sufre una caída desde ocho mil metros de altura hasta que en el último momento, pocos metros antes de estrellarse, se desliza por un tobogán lo suficientemente resistente como para desviarla de su trayectoria sin romperse y lanzarla rodando por el suelo cual alud de metal, estruendo y caos imparable hasta que el maquinista, piñón insignificante comprimido entre miles de kilogramos de mineral procesado, grita ¡Basta! y toda la inmensa montaña de metal y energía frena de golpe y se yergue, igual que un incurdroid presto a contraatacar, inaccesible al desaliento. Ni siquiera espero a recuperarme, a que mi líquido endolinfático se asiente, a que mis pulmones vuelvan a expandirse. No. Ni siquiera intento comunicar con mi escuadra, ni me seco primero el sudor que me escuece en los ojos, ni presto atención a las crecientes ganas de vomitar que tengo, ni aguardo a que mi cerebro se reconecte con la mente cibernética del droide. Nada de eso. Lo primero que hago cuando logro frenar y erguir el incurdroid es cargar de nuevo las armas y activar los programas de fijación de blanco. El terkuma está quieto a cien metros delante de mí; incomprensiblemente quieto. Su figura aparece entre nubes de tierra y polvo que empiezan a dispersarse. Parece una tarántula gigante acorazada. Su armadura reluce lustrosa: no ha sufrido un sólo rasguño, el polvo se desliza por ella sin poder adherirse y el plomo no le ha provocado ni una muesca, al parecer. No tengo ni idea de dónde estamos. Al menos no estamos en medio de la selva.
Es entonces, antes de que tenga tiempo de disparar, cuando el terkuma empieza a cantar. Es entonces, antes de que tenga tiempo siquiera de apretar el gatillo, cuando se acaba definitivamente el combate.
El sonido es una perturbación que se propaga en forma de ondas longitudinales por un medio material. Nosotros estamos acostumbrados a que ese medio material sea el aire, pero también puede ser el agua, el metal o cualquer otro. En el canto del terkuma, sin embargo, debe de haber algo más que una simple perturbación del aire, onda longitudinal, frecuencia, longitud, periodo y velocidad, porque yo puedo ver, sin dar crédito a lo que veo, cómo avanza hacia mí lo que parece ser una cortina de agua, un velo translúcido que tiene origen en el guerrero terkuma y que se expande como una vela inflada con aire de tormenta. Engulle el mundo a su paso y no tarda en llegar hasta donde yo me encuentro, momento en el que cruzo mis brazos ante mi rostro y los brazos del incurdroid se cruzan delante de la cabina, más reacción instintiva que eficaz defensa porque, fuera lo que fuese aquel manto incomprensible, me alcanza de lleno y caigo víctima de la más extraña de las armas a la que nos hemos tenido que enfrentar jamás los seres humanos.
Todo desaparece excepto el canto del terkuma. Todo desaparece excepto el sonido, un océano en el que me ahogo. La noche cae sobre mí y el más profundo terror que haya experimentado nunca en toda mi vida me convierte en un vegetal incapaz de la más mínima reacción.
No estoy hablando del miedo antes de la batalla, de la ansiedad que sientes antes de una bajada de combate, del puño de hierro que te atenaza el estómago cuando en las selvas te rodean un puñado de guerreros Ínbid. En todos esos casos el miedo es una reacción fisiológica ante un objeto externo concreto, un desasosiego y un ansia de supervivencia ante la posibilidad real de una muerte inmediata y probablemente horrible. En todos esos casos el máximo peligro es la muerte: por muy horrible que pueda ser, ya sea despedazado, esclavizado por el ínbid, desintegrado por un cañón coleccionista, envenenado por la selva... no es más que muerte. No estoy hablando del miedo a la muerte. Estoy hablando de terror absoluto, de la desaparición en medio de un sufrimiento inconcebible y eterno. Flotando en aquel poderoso océano intuí abismos insondables que me produjeron un terror al que no puedo poner nombre porque ese terror es una potencia que habita dentro de mí pero en un espacio anterior, muy anterior, a la palabra, a mi mente racional. Estoy hablando de que vi puertas cerradas tras las cuales habitaba el horror, el horror con mayúsculas, el horror total. ¿Puede una puerta cerrada ser más amenazante que un guerrero ínbid? Yo os aseguro que sí, aunque me toméis por loco. Porque después de haber sido derrotado por la canción del terkuma sé cosas que vosotros no sabéis, cosas a las que me gustaría ponerles nombre para poder llevaros con mis palabras a donde yo he estado, para que así supierais lo que yo sé sin sufrir lo que yo he sufrido, pero no puedo. Sólo puedo decir que sentí miedo, un miedo absoluto, un pavor que borró de mi ser cualquier rastro de voluntad, cualquier pensamiento coherente o cualquier sintaxis en la que yo, Adri Raman Katmai, me pudiera reconocer. 
Os juro que intenté luchar. Os lo juro. Intenté luchar porque intenté hablar. Probé a decir mi nombre, y mi rango. Traté de construir una frase para demostrarme a mí mismo que no había desaparecido, que seguía siendo yo. Pero fue inútil, no sabía manejar las palabras, se me escapaban como se le caerían de las manos las piezas de un rompecabezas a un niño torpe. Fui incapaz de formar frase alguna, de entender las letras, de asir los lexemas y morfemas, ponerlos en el sitio correcto de la partitura. Me asfixiaba. Sólo había pavor absoluto e imágenes. De repente me encontré fuera de la cabina del droide. Me dolía mucho el costado. Seguramente había caído desde la cabina al suelo.
En aquel momento el terkuma me arrebata algo de las manos: mi sable, al que estoy aferrado, pero no es "sable", es algo que no sé qué es, un objeto al que me aferro porque sé que es algo, volumen, forma, tacto, imágenes de mi pasado, todo está conmigo, pero no sé explicar, no sé ni siquiera nombrar y el terkuma lo desliza entre mis manos cerradas como garras sin que yo tenga fuerzas para impedirlo, sin que haya una voluntad que ordene a mis músculos tensarse para luchar por lo que quiero. Y luego el azul y el frío. Vuelo. Estoy volando. Y árboles de nuevo. Imágenes inconexas. Sensaciones sin palabras. Agua. Estoy otra vez entre terkumas. Barcos. Me miran. La armadura sí estaba dañada, después de todo. Lucía cicatrices como el rostro de esa mujer. No recuerdo su nombre. Marcas de combate. Orgullosas firmas de supervivencia. Sí. Cantan. Están cantando. Recordatorios de todo lo que podemos aguantar. Yo estoy paralizado por el terror, pero ellos cantan. Veo gente parecida a mí, individuos que no son pulpos, que son similares a mí. Formamos un grupo, me parece recordar. Algo. Una escuadra. Están cerca. También veo medusas. Tiemblo. Estoy temblando. No tiemblo de miedo. El miedo no me hace temblar. El miedo es peor. El miedo me ha destruido.
Tiemblo porque quiero huir y la voluntad de movimiento no se transforma en movimiento: se transforma en temblor. No puedo hacer más.
Una mujer. La conozco. No sé decir su nombre. Es la de las cicatrices. Intento tocar su mano. La rozo ligeramente. Sus ojos muy abiertos. Su rostro pálido, empapado en sudor. También tiembla. Está sufriendo como yo. Y otro hombre, y otra mujer. También los conozco, pero tampoco puedo decir sus nombres. Lucho por decir sus nombres. Lucho por decir el nombre de las cosas. Lucho por no perder las palabras. Lucho por alejarme de las medusas. Pero lo único que consigo es temblar. Nos acercan a ellas. Cada vez más cerca. Cuanto más cerca estoy de ellas, más lejos estoy de las palabras. Hay algo peor que la muerte. Lo sé.
No puedo moverme.
Algo peor que la enfermedad y la decrepitud.
Hay abismos insondables de horror aguardándonos en las profundidades del Cosmos. No habrá piedad para el alma humana que ose creerse algo más de lo que es.
Infinitamente peor que la tortura y el dolor.
Lo sé perfectamente. Lo estoy viendo.
Lo estoy tocando con mi córnea.
Mis ojos desnudos tocan el citoplasma de la medusa. Ni siquiera he podido cerrarlos. El frío del líquido penetra desde mis pupilas hasta mis huesos. Veo hundirse a todos los demás a mi alrededor. Veo sus ojos paralizados por el terror, como los míos. Me hundo. El líquido viscoso anega mis pulmones, colma mis alveolos. No puedo parar mi respiración y morir de asfixia, lo intento, pero no puedo, no puedo nada. Quiero morir.
Hay un hombre fuera de las medusas. Nos mira. Me mira a mí. Mueve los labios. Él sí puede hablar.
Entonces recupero las palabras.
Es Idkereda. Amigo. Víctima. Superviviente. Renegado. Hijo de puta. Exiliado. Desterrado. Estúpido. Maldita sea. Idkereda.
Un instante antes del fin, recupero las palabras.
Y aún antes veo a Surkoi, absorbido en la medusa que hay a mi izquierda. Y también a Alkai y a Brumantra. Están en sendas medusas situadas más allá. Reconozco el lugar. Es el muelle.
Poco antes de perder el conocimiento veo a Surkoi gritando atrapado en la umbrela de su medusa, sé sus pulmones repletos de citoplasma medusoide, como los míos; furioso, enloquecido, lucha en vano por liberarse del vientre donde se nos arrancará nuestra alma humana. Sí: un instante antes de perder el conocimiento recupero las palabras y puedo gritar. Y nombrar lo que deseo.
Deseo morir.
Descansar.
Paz. 

(Fin del capítulo 12 - Siguiente capítulo)

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