Capítulo 31. JEROGLÍFICO.

 

- Palabra... exactamente... ¿qué hemos ido a hacer a la nave Coleccionista?

Me dolía la cabeza.

Estábamos de nuevo en nuestra estancia del árbol-torre.

Lo más increíble de todo es que la medusa portadora seguía con nosotros. Había subido reptando por la corteza del árbol-torre y ahora estaba colgada como un murciélago de una de las ramas más próximas a las ventanas de la habitación donde nos encontrábamos. Estaba comiendo. Como nosotros; aunque en su caso nadie se preocupó en averiguar muchos detalles, ni siquiera Idkereda. Parece ser que el árbol-torre se encargaba de alimentarla. La verdad es que ninguno de nosotros tenía hambre y apenas probamos un par de bocados.

El séquito de vispoides reposaba en las ramas aledañas, como gorriones inofensivos.

- Palabra... -repetí, anhelando una respuesta, una pista, una clave que nos permitiera entender todo.

- Los Coleccionistas tenían algo que decirles -contestó Palabra.

- Pues nadie tiene muy claro lo que nos han dicho -exclamó Alkai.

En cuanto habíamos puesto pie en una de las raíces del árbol-torre, había salido corriendo a ver a Brumantra. Ni Palabra ni Trae consigo ni ningún otro terkuma había logrado retenerla. Estaba fuera de sí. Como si tuviera mucha fiebre y estuviera delirando. Palabra había pedido a Árbol de luz que fuera con ella y le mostrara el camino en los últimos metros. Sin esperar a nadie, se metió en un ascensor con Árbol de luz y ascendió hasta la planta hospital donde sabía que estaba Brumantra. Creo que si no hubieran funcionado los ascensores habría sido capaz de trepar por el árbol.

Se había pasado una hora abrazada al tanque de recuperación donde tenían sumergida a Brumantra. Al final ordené a Idkereda que hiciera el favor de bajar a buscarla y traerla de vuelta a la habitación, donde estábamos a punto de empezar a cenar. No había opuesto resistencia, según me había explicado Idkereda. Cuando llegó a la habitación, tenía los ojos irritados por las lágrimas. Era evidente que había llorado mucho, en silencio, probablemente durante todo el rato que había estado abrazada a Brumantra, y seguía con las mejillas húmedas. Sin embargo, se la veía mucho más serena. No puedo tocarla, Idkereda, me había explicado el biólogo que murmuraba cuando la agarró de los hombros y, suavemente, la atrajo hacia sí para separarla del tanque y empezar el camino que les llevaría de vuelta hasta la habitación. No puedo. Pero cuando llegó a la habitación guardó silencio, se sentó a mi lado y probó sin rechistar la comida que ella sabía que yo le ordenaría comer en caso de que se negara. Un par de bocados, al menos.

- Más bien ha sido una tortura -murmuró Idkereda, refiriéndose a nuestra visita a la nave Coleccionista-, una tortura en toda regla, Palabra.

El biólogo había perdido su habitual templanza y una sombra cubría su rostro; daba la impresión de haber sufrido mucho y ahora miraba todo lo que le rodeaba con desconfianza. Tanto él como yo sabíamos que los Coleccionistas no nos habían torturado: si esa hubiera sido su intención, no habríamos estado hablando en el árbol-torre. Estaríamos muertos, lobotomizados o totalmente idos. Pero sí había sido una experiencia traumática. Para todos, incluso para Aniolita, y quizá para el cerebro vispoide también. Y a esas alturas sospechábamos que cada uno de nosotros había visto una cosa diferente a bordo de la nave Coleccionista. Yo había visto al niño, pero ese niño para el resto de seres que me acompañaban carecía por completo de significado. Así que cada uno debía de haber tenido una experiencia diferente ante el coleccionista, a juzgar por lo derrumbados que habíamos vuelto todos.

- Comunicarse con los Coleccionistas nunca es sencillo -sentenció Palabra.

Permanecimos en silencio durante varios minutos.

- Yo he visto a mis padres -soltó de repente Idkereda.

Me quedé boquiabierto. Alkai también estaba asombrada. Idkereda y ella tenían buena relación y ella sabía tan bien como yo que Idkereda era huérfano, que se había criado en un orfanato y que jamás había conocido a sus padres. Los demás nos miraban sin entender. La medusa seguía colgada como un murciélago. Supongo que para un cerebro vispoide las relaciones filiales humanas tienen el mismo interés que la entomología para los humanos, tanto si son ingenieros, coleccionistas de sellos o sesudos entomólogos. Pueden ser objeto de estudio, pero no deja de ser un conocimiento académico, sin el menor rastro posible de empatía.

- Sabe que eso es imposible -respondí yo con frialdad.

- Lo sé, pero los he visto.

- Explíquese.

Idkereda suspiró. Le temblaba el labio inferior.

- Estaban discutiendo. Mi madre estaba embarazada de mí y discutía con mi padre. Yo no entendía las palabras, ni siquiera sabía agrupar los sonidos en palabras. Pero era una discusión. El sonido me dolía.

Idkereda bajó la mirada y la fijó en el suelo. Empezó a refregarse nerviosamente las manos.

- ¿Qué sentía en esa situación? -intervino Palabra.

- Quería que cesara el dolor -respondió con voz temblorosa el humano, sin levantar la mirada del suelo-. Quería que mis padres dejaran de discutir. Que se abrazaran. Visualizaba el abrazo con todas mis fuerzas.

Al llegar a este punto, Idkereda levantó la vista y miró fijamente a Palabra.

Tenía los ojos llorosos. Nunca le había visto así.

- Pero mis deseos eran inútiles y mis fuerzas ridículas -continuó, la rabia hacía que le temblara la voz-, fracasaba, la discusión continuaba, sin fin, y entonces me sentía solo, sentía una soledad infinita, irreparable, dentro del vientre de mi madre.

Justo en ese momento dejó de refregarse nerviosamente las manos, puso sus palmas abiertas hacia arriba y las mostró vacías a Palabra.

- Dígame, Palabra -pidió-... ¿qué tiene esto que ver con la guerra?

- No lo sé -respondió Palabra.

Idkereda inspiró profundamente.

Yo estaba consternado.

- No sabía que esto fuera un tema tan doloroso para usted -dije.

Idkereda giró su cabeza hacia mí y me miró fijamente.

- Yo tampoco, señor.

Me miró durante una fracción de segundo más de lo que era necesario para transmitir el mensaje. Por esa fracción de segundo de más que tardó en apartar la mirada supe que no hablaba sólo a su superior; supe que también era un mensaje para su amigo, que también buscaba el eco que produce una consciencia amiga.

Esa mirada prolongada en exceso carecía de significado para nadie más que para mí. Sostuve su mirada. Nos reconocimos en silencio. Recordé al muchacho que me había salvado la vida en el planeta Cantor, en las colinas resbaladizas, al muchacho que había trabajado durísimo durante años para conseguir una beca y estudiar lo que quería. También recordé al soldado que había descendido a mi lado en una docena de bajadas de combate a planetas el nombre de los cuales ya ni recordábamos. Idkereda no era ningún pamplinas.

Y sin embargo ahí estaba, ante mí, totalmente desarmado después de un mínimo contacto con una mente coleccionista.

- Es curioso -dijo Aniolita-. Yo no he podido ver a mis padres, ni a mis abuelos, a nadie. Y me hubiera gustado. Hubieran sido rostros conocidos.

Todos nos quedamos esperando una explicación. Las lámparas-luciérnagas revoloteaban fuera. Un par de ellas había entrado en la estancia y, posadas en la pared, nos iluminaban tenuemente.

- Había mucha gente -continuó Aniolita-, quiero decir que había muchos seres humanos, muchos, y sólo seres humanos, no había terkumas ni medusas. Y todo el mundo me miraba. Todo el mundo. Yo no conocía a nadie, sólo a vosotros. También estabais vosotros, también vosotros me mirabais. Pero no recordaba vuestros nombres. Intentaba recordar algún nombre, pero no me acordaba de ninguno de los vuestros. Y al resto de la gente no la conocía. Había una multitud enorme, hasta donde alcanzaba la vista. Toda esa gente formaba un corro a mi alrededor, y yo estaba ahí, quieta, en el centro de un espacio diminuto, siendo observada, con severidad. Ceños fruncidos, miradas severas, indiferentes. Ninguna mirada amiga. La multitud parecía estar a punto de abalanzarse sobre mí y engullirme. Todo el mundo me examinaba, y yo no podía decir el nombre de nadie.

La mujer se quedó en silencio, secuestrada por su propia alucinación, y al cabo de unos segundos repitió, con la mirada perdida:

- No podía decir el nombre de nadie.

Entonces intervino Idkereda.

- Palabra...  -preguntó- ¿”decir el nombre de alguien” tiene algún significado especial en terkuma?

Seguía con los ojos llorosos y volvía a frotarse nerviosamente las manos. Pero miraba fijamente a Palabra aguardando una respuesta, esperando poder satisfacer su curiosidad, aumentar su conocimiento. Su dolor le lastraba, pero él se alzaba por encima de su tormenta interior y miraba nítidamente a los ojos de Palabra.

- Sí -contestó el terkuma.

Y luego guardó silencio.

- ¿Y bien? -insistí yo.

- Estoy pensando cómo podría explicárselo -nos dijo Palabra.

Transcurrieron unos segundos hasta que Palabra decidió volver a hablar.

- En realidad no es complicado -sentenció-, y no creo que tenga mucho que ver con lo que el Coleccionista está intentando decirles. Equivale a una invocación. De alguna forma, que quizá ustedes los humanos no entiendan, al menos los recién llegados a este planeta, cuando dices el nombre de otro terkuma... dejas de estar solo.

- ¿Te sentías sola? -preguntó Idkereda dirigiéndose a Aniolita.

- Sí -contestó ella-, pero... había algo más intenso... una emoción más fuerte.

Todos guardamos silencio.

- Sentía miedo -dijo Aniolita-... ¡No!

Miró al suelo.

- Estaba aterrorizada -confesó.

Temblaba. Incluso en la penumbra y a pesar de estar alejado unos metros de ella podía percibir cómo tiritaba su cuerpo. Se dejó caer desde el borde de la cama y se sentó en el suelo y se hizo un ovillo. Aún estaba arropada en la manta que nos habían dado en el manglar.

- Palabra -intervine yo en aquel momento-, cuando ayer nos dijo que ya habían probado lo que querían hacer con Surkoi... se refería a Aniolita, ¿verdad?

Palabra parpadeó y dijo:

- Sí.

Nos había explicado que Aniolita era nieta de un miembro de la expedición de Danel Primero, que había nacido en Alema y que él mismo le había enseñado a hablar terkuma.

- Le harán a Surkoi -continué-, lo mismo que le hicieron a Aniolita para que pudiera aprender a hablar terkuma, ¿no es así?

- Así es -confirmó Palabra.

- De esa forma, Aniolita podía decir su nombre, Palabra, o el de cualquier otro terkuma, y decirlo en su idioma, en terkuma, y dejar de sentirse sola.

Palabra volvió a parpadear. Creo que estaba diciendo que sí.

Ahora sólo quedaba la última pregunta.

- Palabra -dije-... ¿qué fue del resto de la expedición de Danel Primero?

- Murieron todos -fue la respuesta de Palabra-. Aniolita es la última superviviente.

Alkai fue la única que no se quedó sin palabras.

- ¿Experimentaron con ellos otros tratamientos? -dijo, con sarcasmo.

- No -contestó Palabra muy serio-, simplemente no se adaptaron al planeta.

Sabíamos que Aniolita era descendiente de la expedición de Danel Primero. Pero no sabíamos que fuera la última descendiente. El último ser humano en aquel planeta hasta que llegamos nosotros. De hecho, los niños en la escuela habían hablado de seres humanos en plural.

- Palabra -dije-... ¿y los niños en la escuela? Hablaron de humanos en plural, creo recordar.

- Debió de ser un malentendido -respondió Palabra-, un problema con la traducción o una interpretación errónea por su parte. Antes de que ustedes llegaran, Aniolita era el único ser humano en nuestro planeta... y así desde hacía años.

Palabra guardó silencio durante unos segundos. Quizá esperaba que hiciéramos algún comentario. O quizás meditaba cómo explicarnos algo importante, o si explicárnoslo o no. Nosotros no añadimos nada, ni hicimos ninguna pregunta. Necesitábamos tiempo para pensar.

- Los padres de Aniolita -continuó Palabra- murieron cuando ella tenía siete u ocho años terrestres. Sus abuelos cuando tenía cuatro. El resto de seres humanos que habían sobrevivido corrieron igual suerte. No se adaptaron bien al planeta. Piensen que no conocíamos la biología humana. Y las medusas en aquella época, tampoco. Les ayudamos... les ayudamos todo lo que pudimos, trabajamos juntos, pero enfermaban y morían. Muchos murieron durante las primeras semanas. Más adelante, poco a poco, su esperanza de vida aumentó. Los padres de Aniolita nacieron en este planeta el mismo año en que llegó la expedición y sobrevivieron hasta los treinta y tantos años terrestres, más o menos. Aniolita hoy tiene la misma esperanza de vida que pudiera tener cualquier ser humano gracias a lo que fuimos aprendiendo durante aquellos años. Ustedes siguen vivos gracias a Danel Primero.

- Aniolita -dijo Idkereda-... has estado sola en este planeta... ¿cuántos años?

Aniolita levantó la cabeza ligeramente para contestar a la pregunta de Idkereda.

- Casi veinte años terkuma -fue su respuesta.

Eso significaba que había estado más de veinte años terrestres sola.

- Pero no he estado sola -continuó la mujer-, Palabra ha cuidado de mí, y las medusas. Los terkumas me enseñaron a hablar. No he estado sola.

- Comprendo, es cierto -concedió Idkereda-; lo que quiero decir es que has estado más de veinte años sin contacto con ningún otro ser humano.

- Sí -dijo ella, simplemente.

Idkereda, Alkai y yo nos miramos.

- La gente que ha estado tanto tiempo sin contacto con otros seres humanos se ha vuelto loca -replicó Alkai.

- Pues yo no estoy loca -replicó ofendida Aniolita.

- Alkai no quería decir eso -dijo Idkereda-, lo que ocurre es que estamos asombrados.

- Palabra ha cuidado siempre de mí -explicó Aniolita-. No he estado sola. Me sentía diferente, claro, y echaba de menos a mis padres. Veía fotos de ellos... no tenían tentáculos como los terkumas. Yo sabía que no todo el mundo tenía tentáculos. Mis padres y sus amigos no tenían. Pero mis padres ya no estaban. Se quedaron callados un día y ya no estuvieron nunca más. Me sentía como si me hubieran abandonado. Yo quería tener tentáculos. Y ser rubia, como mi madre. Todo a la vez. Estaba echa un buen lío. Palabra me decía que los tentáculos me crecerían de mayor. Pero yo veía a los terkumas nacer con tentáculos. Poco a poco descubrí que Palabra a veces me contaba historias para distraerme, historias que no tenían mucho que ver con la realidad. Antes de descubrirlo, durante una buena temporada, me paseé con una medusa en la cabeza, como si fuera un sombrero. Por cierto, es una de las que se llevaron a su amigo el otro día. No se preocupen, yo me paseé con ella en la cabeza durante buena parte de mi infancia y nunca me hizo nada. Todos se reían de mi. La verdad es que era gracioso. Y nunca me crecieron tentáculos. En lugar de eso, los terkumas me enseñaron a hablar.

- Supongo que ya sabría hablar cuando murieron sus padres -observó Alkai-, digo yo, por los años que tenía.

- Me parece -intervino Idkereda- que está utilizando el verbo hablar en el mismo sentido que lo utiliza Trae consigo. Los humanos no hablamos, ya sabes.

- Una vez aprendes terkuma, todo cambia -continuó Aniolita-. Aprender terkuma no es como aprender cualquier otro idioma humano. Mis padres y Palabra me enseñaron varios. Por supuesto, puedes aprender alguna que otra palabra y decirla; mi cuerpo, el cuerpo humano quiero decir, puede reproducir la mayoría de sonidos que pueden emitir los terkumas. No todos, pero la mayoría sí. Sin embargo, aprender terkuma es otra cosa. Para aprender terkuma tienes que cambiar. Tu cerebro tiene que cambiar.

En aquel momento, a esas alturas de la conversación, estaba deseando hacer la la pregunta que hice:

- ¿Cómo le enseñaron a hablar?

- Me llevaron ante el monolito -fue la respuesta que obtuve.

Idkereda, Alkai y yo volvimos a mirarnos desconcertados.

- ¿Es allí donde está Surkoi ahora? -pregunté.

- Sí -me contestó Aniolita-, no se preocupen, el monolito... te cambia, pero es un regalo.

Miré a Palabra. No hizo falta que expresara con palabras la pregunta que quería hacerle.

- El monolito -nos explicó- provoca un crecimiento neuronal anómalo pero no dañino en su cerebro.

- ¿Qué quiere decir “crecimiento neuronal”? -pregunté-... ¿aumenta el número de neuronas?

- Aumenta el número de neuronas y la conectividad entre ellas -contestó-, pero lo más importante es que reconfigura la relación entre los centros de procesamiento del lenguaje y el sistema límbico.

- Pero -insistió Alkai-... ¿qué es? ¿Cómo funciona?

- Es un monolito -respondió Palabra-, hay que mirarlo. Ya está.

Excepto Aniolita, el resto de humanos miramos fijamente a Palabra, esperando alguna explicación más extensa.

- También hay que... implantar células madre clonadas a partir del paciente -añadió-, modificar algunos genes, pero es una intervención sin importancia.

Nada más. Ninguna explicación más. Después de un par de segundos de silencio lo único que dijo fue:

- Dentro de un día o dos podrán ver a Surkoi.

- Sabe que yo soy el responsable de esta misión -dije- y que debería ser yo quien...

- Lo sé, lo sé -me interrumpió-, lo sé -repitió, aburrido, cansado-, pero ya le expliqué ayer que lo que le estamos haciendo a Surkoi no es ningún castigo. Puede que los seres humanos consideren que su gestión ha sido negligente y le juzguen, tanto a él como a usted, como superior suyo, pero a nosotros los terkumas nos da igual. Ese es un asunto humano y... francamente, nos interesa bien poco. Le pido perdón si le hieren mis palabras pero estoy siendo sincero.

- Bueno -insistí-, el caso es que quiero que quede claro: sabe que todo esto se está haciendo sin mi consentimiento.

- No se preocupe: lo sé -concedió él-, todos los terkumas lo saben; por otra parte, usted sabe que no tiene alternativa.

Cuando Palabra quería ser tajante, lo era sin piedad. Hubiera podido decir que tenía ante mi un interlocutor con cara de póker, un rostro totalmente inexpresivo, carente por completo del más mínimo indicio de que mi preocupación y sufrimiento le importaran algo, pero era peor: ante mí tenía un ser que ni siquiera era humano, su rostro tenía ojos, sí, grandes ojos negros, es cierto, pero carecía de boca, en su lugar, en lo que yo imaginaba que era su lugar, tenía un puñado de cilios que caían blandamente y que, en ese momento, ni siquiera se agitaban; y tampoco tenía algo parecido a una nariz, unas cejas o una frente que se pudiera fruncir. Por si fuera poco, lo peor de aquel rostro en aquel momento no era su carencia de rasgos humanos: era su carencia total de signos o rasgos que mostraran que estaba alterado, quizá de una forma que yo no entendiera, pero alterado, al fin y al cabo.

Palabra me miraba imperturbable.

- Lo sé -admití, a regañadientes.

- Lo sabemos -dijo Idkereda.

Alkai miraba por la ventana, hacia la medusa colgada de las ramas del árbol-torre como un murciélago, hacia las estrellas. Apretaba los labios y miraba por la ventana.

- Aniolita -dijo Idkereda-, ¿sabías del resto de la Humanidad? Todos estos años... ¿no querías volver a vivir entre humanos?

- Nunca he vivido entre humanos -respondió Aniolita en un murmullo, pero muy segura de sí misma-, los terkumas siempre han sido mayoría. Incluso las medusas, a veces. Al principio ni siquiera sabía que había más seres como mis padres y sus amigos. También recuerdo vagamente algunos niños como yo, pero murieron todos, hace mucho tiempo. No entendía muy bien las cosas, era muy pequeña. No me imaginaba millones de seres... como yo, repartidos por el Universo. Ni siquiera sabía qué era el Universo, ni siquiera sabía qué era un planeta. No sabía nada. Poco a poco Palabra me lo fue explicando todo, pero no me dijo nada de la guerra. Nunca me habló de la guerra entre la Humanidad y las medusas hasta hace poco tiempo. Sé que existe la Humanidad desde hace años. Sé que hay muchos mundos diferentes poblados por seres humanos, pero no podía hacerme una idea ... toda esa gente, tantos... seres humanos, era algo muy abstracto. Pero ahora ya no. En la nave de ese ser que llaman coleccionista he visto a la Humanidad entera... y me estaba observando. Me miraba. A mí. Millones de seres que caminan erguidos y tienen brazos y piernas exactamente igual que yo. Antes era una idea, algo intangible. Pero ya no. Ahora me parece algo monstruoso.

- Sí -dijo Alkai-, los seres humanos a veces dan más miedo que las medusas.

Alkai habló con aquel tono distante, casi cínico, tan habitual en ella, un tono que ocultaba cualquier rastro de vinculación personal con lo que decía y hacía imposible saber si estaba hablando en serio, en broma o le daba exactamente igual el contenido de su propia frase, y lo mismo podría haber dicho blanco que negro. El tono ideal en las conversaciones diplomáticas.

Yo miré a Aniolita. ¿Realmente eramos igual que ella?

- Es posible que el caminar erguidos y tener brazos y piernas sean nuestras únicas semejanzas -dije-, su cerebro ha sido modificado para que pueda hablar terkuma, y quién sabe si sus genes también. Puede que con usted se abra una nueva línea evolutiva en la historia de la Humanidad, como con los cromatófagos, los humanos transgénicos, los droides genéticos o los ingrávidos.

Aniolita no se entusiasmó con esta posibilidad.

- Fantástico -murmuró-, un bicho raro. Ahora estoy más tranquila.

- Eso sí es una característica humana -repliqué-: queremos ser únicos, pero no demasiado, no vaya a ser que el grupo no nos acepte. Pero tendrá que asumirlo: usted es única, muchos la verían como un bicho raro e incluso la odiarían como a una traidora si supieran que tiene medusas entre sus amistades.

Al cabo de un segundo añadí:

- Única como es única Brumantra para usted... ¿no, Alkai?

Alkai dio un respingo, igual que si le hubiera picado un bicho, y dejó de mirar por la ventana.

- Señor... -intentó explicarse pero la había pillado por sorpresa y las palabras se ahogaron en su garganta antes de llegar a su boca.

Me miró a mí y luego a Idkereda y luego nuevamente a mí.

Las relaciones sexuales entre soldados no estaban prohibidas, aunque eran infrecuentes. Normalmente los soldados recurríamos a la realidad virtual o a los robots especializados para satisfacer nuestras necesidades y fantasías sexuales. Había una regulación bastante estricta y extensa al respecto, pero básicamente podía resumirse en que cada uno era dueño de su propio cuerpo en sus horas de descanso, siempre y cuando no comprometiera la disciplina de la unidad donde estuviera asignado. Las faltas de disciplina se castigaban con extrema severidad, ya tuvieran su origen en el sexo o en cualquier otra dimensión de la condición humana. Era bastante sencillo.

La formación de parejas era aún más infrecuente que las relaciones sexuales entre soldados, y un tema bastante más complejo. Aparentemente, el ambiente era propicio: las situaciones de riesgo casi constante y el hecho de que sobrevivir dependiera de la compenetración con los otros miembros de la escuadra podía crear fuertes lazos emotivos entre los miembros de una misma unidad, o entre los miembros de diferentes escuadras que trabajaran conjuntamente; lazos que podían desembocar en pasión, amor o simplemente, según palabras de los científicos militares, Síndrome de Necesidad Mutua Patológica. En la práctica, sin embargo, las drogas antitrauma, la sedación múltiple, el estrés continuo, la ansiedad, la disciplina y la falta casi total de intimidad en las constelaciones de combate dificultaban seriamente el enamoramiento.

Pero la naturaleza humana llevaba muchos miles de años superando dificultades. ¿Por qué iba a ser más difícil enamorarse en una cosmonave militar que en la sabana africana, rodeados de leones, insectos venenosos y siempre al borde de la inanición y la deshidratación?

¿Nuestros antepasados se enamoraban?

¿Se enamoraba un austrolupitecus de su pareja? ¿Un neandertal de la suya?

¿Un campesino en el antiguo Egipto? ¿Uno azteca? ¿Un súbdito en la Edad Media, sometido brutalmente a la ley feudal, a la depredación institucionalizada del hombre por el hombre? ¿Tenían derecho a enamorarse? ¿O simplemente a reproducirse?

Quizá enamorarse era más fácil que nunca, después de todo, a pesar de la falta de intimidad, las drogas antitrauma, la sedación múltiple, la disciplina draconiana, el sexo virtual y la carencia por completo de entornos naturales a nuestro alrededor mientras estábamos a bordo de cosmonaves militares, donde no había nada que regalar, ni una flor, ni una piedra, ni siquiera un tornillo pues la tecnología hace ya siglos que superó las tuercas, tornillos y cualquier otra cosa que se le pareciera.

Persistía la naturaleza humana, impredecible.

Me levanté y ordené a Alkai que hiciera lo mismo.

- Levántese -dije.

Mi mano derecha se fue hacia el lado izquierdo de mi pecho. Fue un gesto automático, pretendía quitarme las insignias de mi mando. Pero, evidentemente, no tenía: se habían quedado en el uniforme que nos habían confiscado los terkuma.

Mejor, pensé.

Di un paso a delante y abracé a Alkai.

No fue un abrazo leve: la rodeé con mis brazos y la estrujé contra mi pecho, fuerte.

Ella al principio se asustó, no entendía, pero cuando dije:

- No se preocupe: todo irá bien.

se derrumbó. Me rodeó con sus brazos y lloró, sin control, desconsoladamente, tal y como tenía ganas de hacer desde que vio a Brumantra mortalmente herida en el suelo de la selva. Y aún no se había atrevido a hacer.

Provoqué una catarsis.

Podría haberle preguntado desde cuándo estaba enamorada, si conocían el reglamento, si pensaban asumir las consecuencias cuando regresáramos o cualquier otra chorrada. En lugar de todo eso, la abracé.

Era lo realmente necesario: para la misión, para Alkai y también para mí.

Nunca he sido un buen comandante de escuadra ni nunca lo seré.

Perfecto.

Que resuciten a Karoshen. Seguro que los científicos militares podrían hacerlo. Seguro que tienen células suyas ultracongeladas. Que lo hagan. Que lo resuciten. Le cedo mi maldito puesto.

Quiero volver a ser lo que era antes de la guerra: desarrollador mental, maestro de escuela, cuentacuentos, cosas sencillas.

¿Dónde están los niños?

Es la guerra, señor, gritaba Surkoi en mi cabeza, los niños mueren, la gente muere, es la guerra, señor... ¡la maldita guerra!

La Humanidad siempre está en guerra.

Alkai nos explicó todo lo que había visto y sentido en la nave coleccionista. Sin tono cínico ni distante. Su pecho estaba pegado al mío y temblaba, su corazón batía con fuerza en su tórax y todo su cuerpo temblaba como la tierra sacudida por un terremoto, y poco a poco ese temblor, en medio de lágrimas y sollozos, fue convirtiéndose en palabras hilvanadas en una historia.

- A ella nunca le importó mi cara, señor -nos gritó Alkai con voz desgarrada y abrazándose a mí- y ahora la tengo ahí en ese tanque, metida ahí, agonizando, muerta, a punto de morir... yo qué sé, señor,... y no puedo tocarla... ella siempre me tocó sin miedo, la única persona a la que no le importaba mi cara... y ahora yo no puedo darle ni la mano, señor,... ¿qué puedo hacer? ¿Qué podemos hacer? No hay nada que podamos hacer... igual que cuando estaba en la maldita nave Coleccionista y no pude hacer nada y miraba, sólo podía mirar, ahora es igual: sólo puedo mirar. Estaba ahí delante de aquel ser, de aquella especie de vidriera de catedral multicolor, de aquella... cosa incomprensible, ni boca ni ojos ni rostro, nada, sólo una presencia y de repente... todo cambió: estaba ante Brumantra, flotaba por encima del tanque de cronoestasis donde la tienen sumergida... no había estado nunca en ese lugar del árbol-torre pero lo vi tan claramente como puedo verle a usted ahora, señor, se lo aseguro, no sé qué tipo de conexión, tecnología, ciencia, no lo sé pero el caso es que vi dónde tenían a Brumantra, la vi a ella... y entonces extendí los brazos hacia ella, quería abrazarla, sostenerla, retenerla conmigo... se muere, señor, sentí su aliento, no sé cómo pero lo sentí, quiero decir: su pulso, el álito de vida que aún alumbra tenuemente las fibras de su cuerpo... pero era una luz tan pequeña, tan débil, y se apagaba, la oscuridad la absorbía... su vida dependía de mí y yo... yo... no podía llegar a ella, era como en los sueños, igual que en las pesadillas, no avanzaba, no me movía, como si algo me sujetara, no podía ni darle la mano, ni siquiera tocar el tanque...

El torrente de palabras de Alkai volvió a caer por una cascada caótica de gritos, hipos y sollozos. Sentí que dejaba de abrazarme, que sus piernas cedían, que tenía que sostenerla, que caía.

De repente, se agitó furiosa. Tenía los ojos cerrados. Peleaba y braceaba como si luchara contra monstruos invisibles.

- ¡No! ¡No! -gritaba.

- Ayúdeme -le pedí a Idkereda.

Pero, antes de que yo se lo pidiera, él ya se estaba levantando y venía hacia nosotros. Tumbamos a Alkai en la cama y la sujetamos, intentamos calmarla.

- ¡Respira, Alkai! -decía Idkereda mientras le agarraba de la mano y le sujetaba las piernas- ¡Respira!

Poco a poco fue calmándose.

- ¿Qué más pasó? -le pregunté entonces-... ¿qué más ocurrió, Alkai?

Ella abrió los ojos.

- No mucho más, señor -me contestó, jadeando-... todo mi deseo de abrazar a Brumantra se transformó en rabia, en una rabia incontenible: quería destruirlo todo, el tanque, las paredes, todo. Quería liberarla. Quería cambiar la realidad. Cuando creía que la cabeza me iba a estallar... todo volvió a cambiar y estuve de nuevo en la barca.

- ¿Rabia? -dije asombrado.

Alkai se incorporó lentamente. Idkereda y yo la ayudamos.

- Sí, señor, rabia, quizá podría decir que me sentí impotente... pero había algo más: estaba furiosa... ¡No! Rabiosa, estaba rabiosa. Rabia, eso es lo que sentí en la nave Coleccionista.

- ¿Te encuentras bien? -preguntó Idkereda.

- Sí, sí, no te preocupes, sólo necesito...

Alkai se levantó y se dirigió al cuarto de baño. Idkereda y yo hicimos ademán de seguirla pero ella insistió:

- No se preocupen, no es necesario.

Dejó correr el agua fría en la bañera hasta que se llenó. Luego se desnudó y se sumergió en ella.

- ¡Idkereda -ordené-, traiga una de esas mantas!

Acudimos los dos al baño y cuando Alkai emergió del agua y quiso salir de la bañera, tiritando, con toda la piel de gallina y los labios amoratados, la ayudamos a salir y la cubrimos con la manta.

- Ya está -dijo con la voz entrecortada por el frío-. Gracias, perdonen por el espectáculo.

- No se preocupe -respondí-, necesitábamos saber qué había sentido en la nave Coleccionista y ya lo sabemos.

Idkereda y yo la acompañamos de nuevo a la sala de estar. Aniolita y Palabra seguían allí. Aniolita se mantenía al margen, observaba con atención pero permanecía en un respetuoso silencio. Palabra había descendido de su columpio silla y había pedido que trajeran toallas y una especie de infusión caliente.

- Les ayudará -nos explicó-, es tranquilizante, es suave, no es droga, pruébenla.

Alkai se sentó en el suelo y recostó la espalda en los pies de la cama. Probó aquel líquido, levemente dorado y, al ver que estaba caliente, lo sujetó con ambas manos.

- No sé para qué servirá saberlo, señor, francamente -murmuró mientras Idkereda le secaba los pies y los cabellos con las toallas.

- Yo tampoco -contesté-, pero no podemos quedarnos quietos lamiéndonos las heridas y maldiciendo nuestra mala suerte.

Observé que todos estaban en silencio mirándome fijamente. Idkereda se había sentado al lado de Alkai y pasaba uno de sus brazos alrededor de los hombros de la mujer. Los dos tenían sus ojos clavados en mi. Aniolita también tomaba aquella infusión a sorbos lentos, pero su mirada no se apartaba de mi rostro, y Palabra estaba de nuevo sentado en su columpio-silla, mirándome fijamente, como el resto. Todos esperaban algo. Incluso había un par de vispoides narradores en el marco de la ventana. También sus ojos facetados apuntaban directamente hacia mi. Ni siquiera se alisaban las antenas, gesto que los vispoides solían hacer varias veces por minuto.

- Ahora le toca a usted, señor -dijo Alkai.

Tenía razón.

Les hablé del niño.


(Fin del capítulo 31. Siguiente capítulo)

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