Capítulo 25. ALKAI.
Sostener la mirada de Alkai era ver las dos caras de una misma moneda a la vez. La cara era la de una joven rubia de ojos verdes y mejillas pecosas que no hacía mucho que había salido de la adolescencia. La cruz era la mitad diestra de su rostro: un conglomerado de cicatrices y malformaciones debidas al accidente que sufrió el año en que cumplió dieciocho años. No eran pocos los hombres y las mujeres que habían acabado en el hospital por mirar fijamente a Alkai, o tan sólo mirarla. Los médicos podrían haberle devuelto su rostro original, el rostro que tenía antes del accidente, o incluso proporcionarle otro si no le gustaba el que tenía. Pero ella, para sorpresa de todos, se había negado sistemáticamente a recuperar su imagen anterior. Y cuando alguien demoraba su atención más de una fracción de segundo, o la miraba con horror, sorpresa o asco, entonces ella preguntaba: ¿Qué miras? y en ese momento lo mejor para la otra persona era poner pies en polvorosa porque la paliza era inminente. Era así de sencillo. Una vez le pregunté explícitamente si no creía que sus traumas le estaban haciendo comportarse de una forma estúpida. Antes tuve la precaución de ponerme en un lugar bien visible del uniforme las insignias de mi rango para dejar claro que era su superior y como tal se lo preguntaba.
- Es evidente que sí, señor -admitió ella-, pero con todos los respetos, señor, mis traumas son cosa mía.
- Se equivoca -le respondí-, mientras permanezca en el interior de esta nave estelar, rodeada de hombres, mujeres, androides, pulpos y delfines con la misma sensibilidad y misericordia promedio que pueda tener una hiena hambrienta, sus traumas también son cosa mía.
En una nave estelar perteneciente a una constelación de combate, cuarenta hombres y mujeres, ochenta androides y una docena de aumentados comparten poco más de cuatrocientos metros cúbicos de espacio. Por muy bien que funcionen los programas de enriquecimiento sensorial, la falta de intimidad y de paisajes que contemplar puede desestabilizar a la persona más templada. Los nervios están a flor de piel incluso sin traumas que minen de forma subterránea la serenidad de los miembros de la tripulación.
- Parte de mi trabajo -remaché- consiste en que haya paz o, al menos, que los traumas de cada uno no acaben siendo cosa de todos.
- Pues procuraré que le sea fácil cumplir con esa parte de su trabajo, señor.
Me fue fácil.
Al fin y al cabo, Alkai no era una desequilibrada mental. Sólo había que saber tratarla.
El accidente fue un hecho insólito. Hacía más de un siglo que los accidentes de tráfico eran hechos insólitos en la mayor parte del universo humano. Dejando a parte unos pocos sistemas estelares donde algún que otro planeta quedaba en el que la conducción de vehículos dependía aún de alguno de los pasajeros humanos, en general no había colonia humana medianamente civilizada en la que un choque de coches no fuera noticia de primera plana. En concreto, en el planeta del que procedía Alkai, su accidente fue el primero que se producía en los noventa y seis años que llevaba colonizado. Los accidentes de tráfico habían sido una plaga en el universo humano mientras los vehículos fueron conducidos por seres humanos, pero a aquellas alturas de la Historia era una enfermedad prácticamente erradicada. Así que su accidente fue noticia en todos los medios de comunicación locales y bastantes canales de holovisión transistema. En teoría, que dos vehículos impactaran era poco menos que imposible porque estaban conducidos por Inteligencias Artificiales que hubieran necesitado un millón de años para que la probabilidad de fallo catastrófico hubiera sido apreciablemente diferente de cero. Pero en el sistema donde vivía Alkai, los adolescentes trucaban los coches para poder conducirlos ellos mismos, sin ni siquiera estar tutorizados por la IA del vehículo. Probablemente, Alkai sobrevivió porque la IA de su vehículo no estaba desconectada y reaccionó a tiempo. Aun así, a pesar de toda la tecnología médica del siglo XXIII, su vida pendió de un hilo durante varios días, y su rehabilitación fue lenta y dolorosa. El chico que conducía el otro coche no tuvo la misma suerte: murió. Si no hubiera sido por la IA del vehículo de Alkai los dos coches habrían impactado frontalmente a más de doscientos kilómetros por hora cada uno de ellos y habrían explotado formando una bola de fuego que hubiera arrasado todo a cien metros a la redonda. La IA del vehículo de Alkai tuvo una fracción de segundo para reaccionar y evitarlo: más que suficiente para calcular mil posibles trayectorias, pero insuficiente para evitar que los dos vehículos se rozaran mutuamente. Cosas de la inercia. Por muy rápida que sea una IA, las leyes de la Física son las que son, y la resistencia del cuello humano ante las aceleraciones súbitas, también es la que es, sin posibilidad de corrección en una fracción de segundo. La espuma decelerante también hizo un buen trabajo.
El conductor humano del otro vehículo no lo hizo tan bien. Era un adolescente con buenos reflejos, pero no tan buenos como para manejar un vehículo de dos toneladas a más de doscientos kilómetros por hora que choca con otro vehículo, queda fuera de control y empieza a girar como una peonza. No pudieron salvarle ni los airbags, ni la espuma decelerante, ni sus reflejos. Su coche dio varias vueltas de campana, se estrelló y se convirtió en un amasijo de chatarra. Al cabo de un segundo, se incendió. El cuerpo del chico quedó carbonizado, pero ya había muerto antes. Los trompos le habían roto el cuello, además de brazos y piernas.
Se convirtió en un héroe.
Así son los adolescentes humanos. Sedientos de épica y leyenda. Rebosantes de rebeldía y escasos de causas. Exaltados y, muchos de ellos, mentalmente desequilibrados.
No fueron pocos los que culparon a Alkai por el accidente. Era el coche del chico el que iba en dirección prohibida y con la IA desconectada, pero no importaba: si ella no hubiera estado ahí todos estos detalles no tendrían importancia, el chico seguiría vivo, las carreras seguirían celebrándose y nadie habría acabado en la cárcel. Ella era quien lo había fastidiado todo.
¿Qué necesidad tenía ella de estar ahí, en aquella carretera secundaria a aquellas horas de la noche? Ah, sí, volvía de hacer fotos. Aquella chica se había propuesto documentar el desastre ecológico que había supuesto la colonización del planeta como trabajo de final de curso.
Era así de rarita.
¿Qué necesidad tenía ella de ser tan rara? Si no hubiera ido a hacer fotos a las minas a cielo abierto, reliquias de la época de la llegada de los humanos al planeta, aquella carretera habría estado como estaba siempre: vacía.
Hasta aquel momento, todo el mundo había tolerado sus rarezas.
Hacía fotos a los árboles. Vale, pero también era la capitana del equipo de hockey. Sus fotos eran paisajes de inmersión donde el espectador siempre se encontraba rodeado por los mismos elementos: un árbol, o algún otro detalle orgánico, ramita, flor o raíz, luchando por su supervivencia en medio del asfalto superconductor, de las fábricas, de las minas a cielo abierto, de los robots zapadores, de las tuneladoras gigantes o de las calles de geometría perfecta propias de las ciudades orbitales.
Vale, era una puñetera artista, pero también era guapa. Guapa natural: no había tenido que someterse ni una sola vez en su vida a una operación de retoque genético, a diferencia de la mayor parte de sus compañeras de instituto. Rubia pecosa y ojos verdes, labios perfectos y generosos, pómulos altivos. Noventa, sesenta, noventa. Ese paisaje perdonaba muchas cosas entre los hombres, y provocaba la envidia de más de una mujer.
Los vecinos solían verla pasar calle abajo cargando sus holocámaras para fotografiar el roble que crecía en el centro de la plaza de la zona residencial cuatro de Ciudad Anillo Presidente Kadaré, la primera ciudad orbital que se había construido al llegar los seres humanos a aquel planeta. Contaban que aquel roble lo habían traído directamente desde la Tierra, que tenía más de doscientos años. La realidad no era exactamente ésa pero no importaba: aquel roble sí era exactamente lo que le interesaba a Alkai. Un ser vivo orgánico indefenso en medio de una arquitectura totalmente artificial.
Vale, decididamente era una excéntrica. Pero salía con Mark, el capitán del equipo de fútbol, el líder de la tribu; y no faltaba a ninguna fiesta, aunque sí era cierto que no hablaba mucho. Pero este pequeño detalle también era fácil de perdonar: al fin y al cabo, las mujeres que hablan poco no interrumpen a los hombres.
Mark fue la primera persona que vio al recuperar la consciencia después del accidente. No sabía si era un sueño. De hecho, la sensación de sopor era tan agradable que deseaba que fuera un sueño y no quería ser despertada. No se dio cuenta, pero volvió a dormirse, y al final la sed fue lo que la despertó de verdad. La sed era mucho más poderosa que la imagen de su novio, incluso que la voz de su novio llamándola desde la lejanía. La sed era insoportable.
Pidió agua. Y alguien le acercó un vaso con una pajita.
Su novio decía algo así como que todo se arreglaría.
Que no tenía que preocuparse de nada.
¿Qué es lo que había que arreglar?
Cuando por fin sintió la divina bondad del agua humedeciendo su garganta pudo percatarse de la expresión de Mark.
Su rostro estaba rígido, como si le hubieran dado un susto de muerte y tuviera que convencer al público de que no estaba asustado. Rígido como si le hubieran dado un golpe en la cara y estuviera aguantándose el dolor. Tieso como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por ocultar la verdad. Y sus ojos apuntaban hacia ella, pero su mirada se perdía en el infinito. Unas gotas de sudor perlaban su frente. ¿O eran lágrimas en sus mejillas?
Ella no entendía nada, obviamente. Intentó preguntarle qué ocurría. El rostro de mamá flotaba detrás del de Mark. Intentó pedir explicaciones a su madre. Intentó moverse. Decir al menos algo. No fue capaz. Se sintió extenuada.
Se durmió profundamente.
Lo siguiente que recordaba era el día del espejo.
Tenía la cabeza cubierta de vendas. De vez en cuando se la palpaba, pero cualquier rasgo, detalle, cicatriz, surco o prominencia quedaba oculto bajo la uniformidad de las vendas. Tenía miedo. Pedía que le quitaran las vendas. Las enfermeras se negaban, los médicos se negaban. Incluso su padre se negó. Ese detalle la aterrorizó. ¿Cómo era posible que su padre se negara? Su padre jamás le había negado un capricho. Entonces volvía a palparse y amenazaba con arrancárselas. Pero cuando estaba a punto de hacerlo descubría que no tenía el valor de hacerlo. Y volvía a suplicar, y a palparse y a amenazar. Así durante días. Los médicos y la familia intentaron prepararla para el paisaje con el que se tendría que enfrentar. Fueron días, pero en su memoria se confundían todas aquellas escenas, súplicas, amenazas, charlas, advertencias, miedos, en un único instante situado en el mismo día. El día del espejo.
El día que le quitaron las vendas.
Por fin pudo verse.
Estaban todos. Mamá, papá, hermano, Mark y médicos y enfermeras.
Enloqueció.
No es una metáfora. Durante unos instantes estuvo loca de verdad, rematadamente enajenada, hundida, desaparecida en los pantanos de la desmemoria y la irracionalidad.
Al ver su rostro sintió un clavo gigante entrar por su garganta a martillazos, atravesarle todo el cuello, agujerear su médula, hendir de nuevo su piel y clavarse en el colchón, el somier y llegar hasta la pared, horadar el hormigón y dejarla ahí sin voz ni respiración, clavada como un insecto. Sus manos salieron disparadas hacia su cara dispuestas a arrancársela.
Y entonces vino el grito. Cuando sus uñas se clavaron en la carne viva, en la piel hirviente, en los surcos, en la efervescencia de los epitelios aún no curados del todo. Cuando sus uñas se hundieron en sí misma recuperó la voz, y gritó. Las enfermeras la sujetaron para que no se destrozara lo que le quedaba de cara, mamá y papá lloraron. Los médicos le inyectaron un tranquilizante. Uno más.
Se había convertido en un monstruo.
Le dijeron que era temporal. Que recuperaría su rostro. Que era cuestión de tiempo. Que no podían tratarla aún, que había que dar tiempo al organismo a que poco a poco se fuera recuperando, pero que en un par de años ni siquiera tendría cicatrices.
Dos años.
¿Dónde estaba su cara? Dos años, setecientos veinte días, millones de segundos encerrada en aquel sarcófago. Asfixiante. Aire. Aire. Aire. Necesitaba aire. Se asfixiaba. Moría.
El tranquilizante hizo efecto.
Cuando despertó, no intentó arrancarse la cara. No tenía fuerzas para nada. Sólo lloró.
Lloraba sin energía. Las lágrimas salían solas de sus ojos, sin necesidad de que ella las impulsara hacia el mundo. Los lagrimales habían sobrevivido, en medio de la erupción volcánica.
Mark le repetía una y otra vez que no era nada, que no se preocupara, que los médicos le arreglarían la cara, que los tratamientos con células madre le devolverían su rostro.
Pero no la besaba.
Dos años.
- Pues abrázame -le dijo ella-, si no es nada, abrázame, bésame, tócame.
El rostro de Mark, su rostro perfecto de joven del s. XXIII, volvió a ponerse rígido.
Miró al suelo.
- No me sale -dijo.
Qué débil es, pensó ella, qué débiles somos todos, qué frágiles.
No había sido Alkai quien había apartado la mirada. Había sido él.
Tuvo ganas de levantarse de la cama, caminar hacia él y frotar sin piedad su rostro arrasado contra la perfección del rostro del joven, para que aquel ser sintiera un asco vomitivo que le desenmascarara, un asco insoportable que le hundiera en la miseria y en la locura, un asco que hiciera evidente su naturaleza esencialmente débil y traidora, a pesar de toda su belleza exquisitamente diseñada por genetistas y biotecnólogos.
No lo hizo porque los cables aún la mantenían unida a multitud de aparatos de soporte vital. Las vías se le hubieran abierto ahí mismo, desgarrándola, y algunas de ellas le llegaban hasta el corazón. Descubrió que aún apreciaba su cuerpo, que no quería dañarlo más.
Fue un sentimiento hermoso, y profundo, en medio del naufragio, y se aferró a él.
Había colonias que disponían de tanques de recuperación. Al enfermo se le inducía un coma y se le sumergía en un líquido repleto de microorganismos, nanomáquinas y nutrientes hasta que se regeneraba por completo. No era el caso de la colonia donde vivía Alkai.
Alkai pasó mucho tiempo despierta, tumbada en la cama del hospital, sola, pensando en el pasado y en el futuro. Descubrió que no estaba en guerra con su cuerpo. Aún lo apreciaba, fuera como fuera.
Estaba en guerra con el mundo.
El primer día que regresó al instituto empezaron los combates.
Pensó en peinarse de forma que el cabello tapara la cruz, la mejilla arrasada, el dolor. Pero al final decidió ir a cuerpo descubierto. Se puso su vestido de nubes -aquel en el que la escasísima tela proyectaba hologramas de cúmulos que cambiaban continuamente para dar la impresión de que iban a dejar al descubierto pechos, nalgas o pubis pero que al final lo único que descubrían era ombligo, hombros y caderas- y enarboló estandartes y banderas.
No hubo fiestas de bienvenida ni recibimientos colectivos.
Las pocas amigas que vinieron a saludarla estaban muy nerviosas y eran incapaces de mirarla con naturalidad a la cara. Qué débiles somos, volvió a pensar Alkai.
La mayoría de sus amistades evitaron cruzarse con ella.
En el aula, justo antes de que empezara la clase, uno de los amigos del chico que había muerto pasó a su lado y le dio un empujón con el hombro. Quería llamar la atención, no sólo la de Alkai, y cuando ya tuvo toda la atención que quería, la de Alkai y la de toda la clase, espetó:
- Qué... ya estás contenta, ¿no? Ahora sí que eres rara ¿verdad? Con tu cara nueva...
Fue un impacto directo contra los genitales del chico lo que cerró de golpe su boca. Los médicos no habían podido recuperar el rostro pero sí los músculos de jugadora de hockey. La rodilla de Alkai salió disparada contra la entrepierna del impertinente sin que su mirada se apartara de los ojos del chico. El muslo atravesó una nube.
Qué débiles somos, pensaba Alkai mientras el azul celeste con que su vestido adornaba su cuerpo cambiaba a gris tormenta, y las nubes se reconfiguraban para cubrir un poco sus nalgas.
Qué débiles somos. Por fin superamos el pozo gravitatorio de la Tierra, y del Sol, y llegamos a otros mundos, y construimos ciudades en órbitas lejanas, y fábricas de antimateria y no somos capaces aún de mirar cara a cara a otro ser humano. Qué débiles somos, aún necesitamos el insulto y la venganza.
Sí, somos débiles, se dijo a sí misma Alkai, asquerosamente débiles. Y yo ahora no estoy sujeta por cables a máquinas que me mantengan con vida. No estoy sujeta por nada. No pierdo nada.
El chico no se esperaba aquella patada. Se dobló instantáneamente, sin aliento y con los ojos inundados de lágrimas. Alkai era la novia de Mark, hablaba poco, era buena chica, fotografiaba árboles.
Y daba patadas.
Eso era nuevo.
Y codazos.
Al doblarse, su cabeza quedó a la altura del vientre de Alkai. Craso error. Ella giró su cintura de golpe e impactó su codo contra el pómulo del chico, que se derrumbó cuan largo era, con los ojos en blanco.
Alkai cogió una silla y cuando estaba a punto de romperla contra la cabeza de su compañero, la sujetaron entre unos cuantos. Se revolvió furiosa, sus piernas se lanzaron como látigos de hormigón, un par de chicos recibieron una patada en la mandíbula. Tres chicas gritaban que le rompieran la nariz. La mayoría de chicos que la sujetaban lo único que querían era impedir una carnicería pero si el profesor hubiera tardado un poco más en llegar a la clase quizá los amigos del alumno muerto en las carreras ilegales habrían acabado por imponer sus deseos de matar a palos a Alkai.
Sin embargo, cuando llegó el profesor, todo el mundo se tranquilizó.
Todo el mundo menos Alkai, que seguía revolviéndose y lanzando espumarajos de pura rabia por la boca. Cinco jugadores del equipo de rugby la mantenían atenazada de brazos y piernas para impedir que saltara contra toda la clase.
El profesor se plantó delante de ella.
- Basta ya -le dijo.
Y sólo entonces empezó a tranquilizarse.
Era el profesor de Matemáticas y Filosofía. También era el tutor de Alkai para el trabajo de investigación. El día anterior al del accidente habían tenido una entrevista. Alkai le había presentado la lista de localizaciones que quería fotografiar en la superficie del planeta. Eran puntos donde la llegada del ser humano había trastocado de forma evidente la biosfera de aquel mundo. Además, existía abundante registro gráfico de cómo eran aquellos lugares en la época del inicio de la colonización, antes de que fueran transformados.
Él había sugerido que empezara cuanto antes el trabajo de documentación. Aquel mismo día, a primera hora de la tarde, había recogido su equipo de holocámaras y había comprado un pasaje en la lanzadera que conectaba Ciudad Anillo Presidente Kadaré con Frontera, la ciudad más importante en la superficie del planeta. Había pasado la noche en Frontera y a la mañana siguiente había alquilado un coche con el que se había alejado de la civilización. Los últimos kilómetros antes de llegar a las localizaciones escogidas los había tenido que hacer rodando. El sistema de levitación era inútil sobre tierra o asfalto convencional. Después de haber estado toda la jornada trabajando, inmersa en una soledad perfecta, inmaculada, se produjo el accidente, al anochecer, al regresar a Frontera.
- Acompáñame al despacho del Director -ordenó su tutor-. Y vosotros... ¿qué hacéis ahí parados? ¿Habéis llamado ya a una ambulancia?
Faltó poco para que la expulsaran del Instituto. Al final le prohibieron acercarse a menos de un kilómetro de distancia del edificio y le obligaron a asistir a las clases mediante los sistemas de telepresencia. Sus compañeros a veces saboteaban los aparatos que proyectaban su imagen en el aula enganchando chicles en las lentes.
Continuó trabajando con más ahínco que antes. Trabajar mantenía su mente ocupada en algo constructivo. Le obligaba a no perder el contacto con la realidad, a mantener una estructura, a no disgregarse. La mantenía lúcida. Mark fue llamándola cada vez menos. Después del accidente no le había dado ni un beso. Después del incidente en el instituto ni le acariciaba la mano. Había días que ni siquiera iba a verla ni la llamaba, ni mucho menos se reunían virtualmente. Cuando se presentaba en su casa, se mantenía a una distancia prudencial. Si hubiera sido ingenua, habría pensado que era por miedo, y se habría sentido culpable.
No era ingenua. No era por miedo.
Era por asco.
Y sabía, también, que por encima de la lealtad a ella estaba la lealtad a la tribu.
La misma tribu que seguía organizando carreras suicidas por carreteras secundarias de la superficie del planeta. Mark no corría, pero muchos de los jugadores del equipo de fútbol del cual era capitán, sí.
Al cabo de pocas semanas de su regreso al Instituto, pasó toda una semana sin ir a verla. De vez en cuando la llamaba por videófono, pero ella siempre desconectaba la imagen. Hola, cómo estás... bien, y tú... bien, qué haces... mira, por aquí, aburrida... hemos ganado... qué bien, he hecho una foto... oh, bueno, seguro que es muy bonita, me tengo que ir... ah, vale... ¿No vienes esta noche? Hay fiesta, estaría bien que vinieras... no, no voy... oh, bueno... no me apetece... no pasa nada, nos vemos... vale, adiós... adiós. Conversaciones superfluas. Quizá siempre había sido así su relación: superficial. Quizá se hacía evidente ahora porque ya no había lugar para piropos, fiestas y carantoñas de quinceañeros enamorados.
- ¿Por qué no has ido al médico? -le preguntó a bocajarro uno de los últimos días que fue a verla-. Tu madre me ha dicho que te has saltado la visita del médico. Tenías que empezar el tratamiento regenerador. ¿Por qué no has ido?
- He decidido quedarme con esta cara -soltó ella, también a bocajarro.
Mark sonrió.
Una sonrisa forzada, expectante, torcida. Una sonrisa que se le quedó congelada en la cara ante la seriedad de ella. Y luego se derritió lentamente hasta licuarse del todo ante el silencio de ella.
- Es broma -dijo él, muy serio-... ¿no?
- No -contestó ella.
Jamás reprogramaron sus células madre para que reconstruyeran su rostro. Ella no lo permitió. Su decisión era firme. Aguantó toda la presión psicológica que ejercieron desde el exterior familia, amigos, compañeros, profesores, médicos, vecinos y conocidos. No se lo perdonaron nunca. Más de uno se llevó un puñetazo. Por insistir demasiado. Ella tuvo que empezar a ir al psiquiatra.
Mark, aquella tarde, se sentó, desconcertado, agobiado, perdido.
- No puede ser que hables en serio -dijo, pálido.
- No lo entiendes, ¿verdad?
- ¿Cómo que no lo entiendo? -respondió él-. ¿Qué hay que entender?
- Mírame, Mark. Sigo siendo la misma que era antes del accidente. No he cambiado. ¿Por qué ya no me quieres?
- Estás loca.
No: cuando le quitaron las vendas sí estuvo loca. Ahora no estaba loca. Ahora gozaba de una lucidez como no había gozado nunca antes en su vida.
Se dio la vuelta y subió a su habitación.
Le gustaba sentirse lúcida, despierta, libre.
Le podían perdonar hacer fotos de árboles, hacer fotos de paisajes devastados, incluso podrían haberle perdonado con el tiempo haber estado en aquella maldita carretera secundaria en aquel maldito momento, en aquel territorio que la tribu había decidido tomar para sí. Pero no podrían perdonarle jamás que no quisiera ser una niña bonita. Eso no.
La última vez que vio a Mark fue peor.
Faltaban pocas semanas para la fiesta de graduación y el baile de final de curso.
Era el día de su cumpleaños. Dieciocho años. Mark se presentó en su casa con una caja de bombones y un ramo de flores. Regalos tradicionales desde hacía siglos. Es cierto que el ramo de flores era una mezcla de variedades transgénicas entre las que había rosas rojas, agapantos y Nomeolvides que emitían aromas intensos y empalagosos, y que en medio de las flores quedaba oculto un mecanismo de proyección holográfica con activación mediante marcadores genéticos, de tal forma que cuando la genética de la persona que sostuviera el ramo coincidiera con la que tenía almacenada la memoria del artilugio, el motor holográfico reconstruía un paisaje idílico a su alrededor, pero Alkai esperó a ver si además del paisaje se activaba también un mensaje personalizado, y no hubo ninguna nota de amor que personalizara el regalo, a parte de los marcadores genéticos. Tampoco hubo ni un sólo abrazo. En lugar de eso, Mark le dijo:
- Los bombones son tus preferidos.
Y le dio un beso en la mejilla sana. El primero en mucho tiempo. ¿Habría estado mentalizándose durante semanas para poder hacerlo con naturalidad? Ella tuvo la tentación de girar el rostro en el último momento de forma que al final los labios de Mark acabaran en la mejilla deforme, pero se contuvo. Decidió ser dulce. Hipnótica.
Le agarró de la mano y le condujo hasta su habitación. La mano de Mark sostenía su mano sin convicción.
- Ven -dijo ella mientras subían las escaleras hacia su cuarto-, quiero enseñarte algo.
La habitación era un caos: máquinas fotográficas, motores holográficos, bibliotecas plásticas, bragas por el suelo, hologramas que ocupaban el espacio con paisajes imposibles. Había que conocer muy bien aquel rincón de la casa para moverse por él sin chocar contra un mueble oculto por un holograma. Encima de la cama había un montón de fotos, pero no estaban impresas en un visualizador normal. Era un material opaco, blanco, extraño, delicado.
- ¿Qué es esto? -preguntó él.
Ella recogió todas las fotos y las apiló una encima de otra. Se sentaron en la cama, al lado de la pila de imágenes y le pasó una de ellas.
- Es papel -respondió-, papel natural, de algodón. ¿Sabes lo que es el algodón?
- No.
- Es un tipo de fibra vegetal. Antiguamente se utilizaba para fabricar ropa y papel de alta calidad.
- ¿De alta calidad?
- Sí, para artistas.
- ¿Y esto es algodón?
- Sí, toca, no se estropea.
Mark pasó un dedo por uno de los márgenes blancos de la foto que le tendía Alkai.
- Parece delicado.
- Lo es.
- Lo estoy tocando y la foto no se mueve.
- No es un visualizador, Mark. La fibra absorbe la tinta y la imagen queda fijada en el papel, es una forma antigua de ver fotos. Y más antiguamente aún se utilizaba una base de plata sensible a la luz. Este papel me lo han traído de la Tierra. Lo he comprado a una empresa que se dedica a hacer este tipo de papeles desde hace siglos.
- Debe de haber sido muy caro.
- Sí.
- Y ni siquiera puedes mover la foto, ni sumergirte en ella, ni proyectarla en tres dimensiones... y supongo que no puedes doblar este... papel, ¿no?
- No, no puedes hacer nada de eso. Pero puedes hacer otra cosa que no puedes hacer con un visualizador de los de ahora.
Antes de seguir, Alkai se levantó y se puso enfrente de Mark. Se dio la vuelta y se levantó el camisón que llevaba. Su culo desnudo quedó a la altura del rostro del chico.
- Puedes tocarlo y sentir algo cálido bajo tus manos.
- Linda... -susurró Mark.
- ¿Te gustan mis fotos, Mark?
- Ya sabes que sí -contestó él.
- Son las mismas de siempre, Mark. Éstas las hice el último fin de semana. Son del roble que hay calle abajo. Lo único que ha cambiado es el soporte. Ahora están en papel, se pueden tocar. Me encanta que se puedan tocar. ¿A ti no?
Sintió las manos del chico al apoyarse en sus nalgas.
- Quizá no sea mala idea -dijo él.
Ella sonrió.
Se inclinó hasta tocar con sus nalgas la entrepierna del chico. La notó dura.
- La misma imagen, sólo la piel cambia -susurró-, la misma sensibilidad, la misma sed.
Las manos del chico la agarraron por la cintura y la apretaron contra él.
Las cicatrices de la espalda quedaban ocultas por la tela del camisón.
Ella movió la cintura. Levantó su culo. Su sexo se insinuaba entre sus muslos.
- Soy yo, Mark -dijo moviendo los labios apenas.
Y entonces, cuando notó que el deseo del chico se desbocaba, se irguió, se giró y se sentó a horcajadas sobre él.
- Soy la misma de siempre -exclamó con voz firme y clara y, acto seguido, se quitó el camisón del todo. Los pezones de sus pechos estaban duros.
Pero el chico apenas reparó en ello.
Sus rostros quedaban a pocos centímetros el uno del otro.
El sexo de la mujer se encontraba justo encima del sexo del hombre, y ella sintió cómo éste disminuía de tamaño poco a poco. Una presencia sólida, contundente y ambiciosa tan sólo un segundo atrás, ahora se difuminaba, mustia y débil. El sexo del hombre se escondía en una madriguera entre colinas, como un roedor asustado al verse acechado por un ave rapaz.
Mark estaba asustado.
Así se podía leer en su rostro.
- ¿Por qué me haces esto, Linda?
Ella se levantó y dijo:
- Porque no me abrazaste cuando lo necesité. Por eso.
Mark bajó la vista.
- Para mí tampoco es fácil -explicó.
- Ah, ¿sí? -dijo ella mientras se ponía de nuevo el camisón-, cuéntame, ¿por qué no es fácil para ti?
Él estaba jugueteando con una foto impresa en papel. La tenía entre sus manos, la palpaba, la observaba atentamente. Le daba la vuelta y observaba el reverso, en blanco. Volvía a girarla, volvía a fijarse en la imagen. Así varias veces.
- ¿Sigues sin querer arreglarte? -preguntó finalmente.
- ¿Arreglarme?
- Bueno... ya sabes.
- No, no sé. ¿Qué tengo que arreglarme, Mark?
- La cara.
- Oh, la cara.
- Linda, tranquila.
Alkai caminaba hacia él con los puños cerrados y los labios blancos por la presión.
Mark estuvo a punto de retroceder pero en lugar de eso se levantó de la cama y la agarró con energía por las muñecas antes de que ella se decidiera a descargar toda su furia.
- Linda... ¡reacciona! -gritó el chico-, ¡Despierta!
Ella se revolvió furiosa, se liberó y le dio un empujón tan fuerte que lo tiró encima de la cama. Las fotos impresas en papel volvieron a desordenarse y la mayoría cayeron y se desparramaron por el suelo.
- ¿Por qué no quieres recuperar tu cara? -gritaba Mark- ¿Por qué tienes que ser tan... rara?
El tono de voz de Mark fue en aumento a medida que exponía todas la preguntas que había estado guardando dentro de él como en una olla a presión.
- ¿Por qué no te das cuenta? ¿Qué es lo que pasa contigo? ¿Qué pasa? ¿Te gusta ser diferente? ¿Que la gente se fije en ti? ¿Te gusta? ¿Te gusta ser un monstruo?
Alkai volvió a apretar los puños y sus labios volvieron a quedarse blancos, caminó de nuevo hacia Mark pero en el último momento se detuvo y respiró profundamente.
Mark se alzó con la respiración agitada y la miró fijamente, con los ojos muy abiertos.
- Vete -dijo ella-, y no vuelvas más.
Él no quería añadir nada más. En el fondo se sentía aliviado, pero cuando se dirigía hacia la puerta de la habitación se fijó en una de las fotos tiradas en el suelo. La recogió y la observó con más atención. Cuando reconoció el lugar, su ceño se frunció y su mirada cambió: el asombro y la furia oscureció el entorno de sus ojos, que se volvieron más brillantes, como dos brasas.
- Este sitio... -dijo- ¡has vuelto a las minas! Pero... ¿cuándo?
- El fin de semana pasado. Y volveré cuando me dé la gana -contestó ella-, así que dile a tus amigos que tengan cuidado. Porque yo no desconecto nunca la IA del coche.
Mark se quedó con la foto en las manos y la miró fijamente durante un segundo, en silencio. Luego explotó:
- ¡Estás loca!.
No sabía sintetizar mejor la rabia que sentía.
- Vete, Mark. Maldito seas. Eres débil y miserable. No quiero volver a verte nunca más. Si nos volvemos a ver, te mataré.
Él rompió la foto y tiró los trozos de papel al suelo.
Salió a la calle llorando.
Por fin comprendió que la chica dulce y sensible que era Alkai, y a la que él tanto quería, había muerto en el accidente, ya no existía, había desaparecido para siempre.
No se le ocurrió pensar que a lo mejor no había sido en el accidente sino en la cama del hospital, cuando su estado era crítico y esperaba unos abrazos que nunca llegaron.
Aquella noche Alkai se tumbó en la cama de su habitación y se quedó mirando el techo durante un buen rato. Su madre la llamó a la hora de la cena pero ella no acudió. Se quedó pensando, muy quieta. Miraba el techo y no sentía ni un atisbo de esperanza o felicidad. Estaba llena de rabia. Estaba furiosa. Dentro de ella había un estruendo ensordecedor que escondía el hambre que pudiera sentir, y cualquier otra necesidad o sentimiento.
Sin embargo, se sentía vacía. Un grito de bestia acorralada le desgarraba por dentro con la furia de un terremoto incontenible y sin embargo se sentía vacía, hueca. Una explosión de furia llenaba su pecho de tensión y temblor y, sin embargo, nada había en su pecho.
El silencio era absoluto. Ni su corazón se atrevía a hacer ruido al palpitar.
Intentó conectarse a la holored pero sus metasinapsis aún no estaban regeneradas del todo y tuvo que utilizar las gafas. Con las gafas no se conseguía el mismo grado de inmersión pero eso aquella noche no le importaba gran cosa, absorta como estaba en su propio universo de dolor y soledad.
Navegó por el mundo. La holored sostenía una copia del mundo real en el espacio virtual, una copia que se actualizaba cada pocos segundos. Ella viajó por esa copia como un fantasma incorpóreo a través del espacio y del tiempo. Seguía líneas de campo invisibles y cabalgaba ondas electromagnéticas que cubrían todo el espacio habitado por los humanos en aquel sistema solar. LLegó a la carretera donde tuvo lugar el accidente y paseó por ella. Ahí también era de noche, las estrellas brillaban sobre la copa de los árboles. Al cabo de pocos minutos de llegar, un coche la atravesó como una espada que cortara el aire. Luego estuvo más de una hora totalmente sola, tan abandonada como un espectro maldito y olvidado por todo el resto de almas. La oscuridad de la noche no se rompió por ninguna otra luz artificial, ni el silencio se retiró por culpa de motor alguno durante mucho tiempo. Miró hacia el firmamento. Uno de aquellos puntos luminosos era la ciudad orbital donde justo en ese momento su cuerpo físico reposaba. ¿Qué ocurriría si se moría mientras navegaba por la holored? ¿Viviría su pensamiento sostenido por los innumerables nodos de la red? ¿Podría seguir viviendo parasitando parte de los impulsos nerviosos de los millones de cerebros conectados a la holored?
Las entrañas del bosque que se extendía a lado y lado de la carretera eran tan oscuras como las profundidades del océano. Ni la luz más intensa podía iluminar todos sus secretos, descubrir el origen de todos sus sonidos, revelar todos sus misterios. Sólo el sol de aquel mundo tenía potencia suficiente para barrer las tinieblas. Pero el sol no era un invento humano. Los seres humanos aún no podían crear estrellas, aunque pudieran plantar bosques en planetas a años luz de la Tierra.
La carretera era una recta en medio del caos orgánico de la naturaleza. Estaría a salvo de la disgregación de sus pensamientos mientras se mantuviera en la carretera. El bosque que la rodeaba le daba miedo y al mismo tiempo le parecía perturbadoramente seductor. Caminaba en medio de las aguas divididas por Moisés. La carretera era un milagro, pero en cualquier momento el mar recuperaría su territorio y ella desaparecería como si nunca hubiera existido. En realidad, era muy frágil. Quizá fuera ella el milagro.
Soy un milagro, murmuró, tumbada en su cama, paseando por la carretera, bajo las estrellas, a muchos años luz de la Tierra, a miles de años de distancia de sus ancestros talladores de sílex.
En medio de la soledad de la noche, escribió un correo a Mark:
Sé que en realidad estás aliviado: los médicos no hubieran podido arreglarme la cara antes del baile de final de curso. Ahora ya no tendrás que aparecer con un monstruo delante de todo el mundo. Ya no tendrás que bailar conmigo. Ya no tendrás...
Contempló las palabras; estaban en su interior, pero su mundo interior se confundía con el paisaje exterior, así que podía ver cómo las letras flotaban delante de ella como luciérnagas amaestradas.
Al final no lo envió. Borró el mensaje y continuó caminando por la carretera, sola, en silencio, mirando estrellas, asustándose de vez en cuando por algún ruido que venía del bosque, haciendo de vez en cuando una foto de las estrellas que veían sus ojos.
Cuando vislumbró unos rayos de luz hendir la oscuridad, a lo lejos, decidió regresar a la ciudad anillo, a su casa, a su cuerpo. Era un coche acercándose a cientos de kilómetros por hora hacia ella y los rayos de luz que salían de sus faros eran iguales a los rayos de luz de un faro de costa que advirtieran de la presencia de tierra a los navegantes. Una gran advertencia que desgarraba la noche con una lanza de luz sólida igual a las lanzas empuñadas por los caballeros en los torneos medievales. Sólo que no era un noble caballero, era un vigía gritando “¡Tierra!”, era un continente entero abalanzándose sobre ella. Huyó. No quería encontrarse con nadie, con nada. Sólo quería contemplar de nuevo el techo blanco de su habitación. Sola.
Aprobó el trabajo de investigación con una mención de honor. La presentación fue virtual pero no escogió un avatar ficticio: utilizó su propio rostro. Realizó toda la presentación sin rastro de titubeo alguno en el tono de voz y con mirada altiva y desafiante. Ni siquiera se preocupó en mostrar a las cámaras y al público su perfil bueno. Hubo aplausos. Hubo incluso un amigo que la invitó al baile de graduación. Dijo que no. El camino que había escogido no admitía soluciones de compromiso. La noche en que todos sus compañeros bailaban en la fiesta de graduación, ella hacía las maletas. Tenía un pasaje para la primera lanzadera que salía a la mañana siguiente hacia Lagrange 5, donde aguardaba una gran cosmonave transestelar de pasajeros que la llevaría a la Universidad Giordano Bruno, en la órbita de Grandelia Beta. Con una mención de honor, habría podido matricularse en cualquier Universidad, incluso en una de Ciudad Anillo Presidente Kadaré, pero había preferido alejarse de todo lo que había conocido hasta ese momento. Incluso de sus holocámaras y de sus fotografías. No se llevó ni una. Le dijo a su madre que ahí las dejaba, que quizá su hermano pudiera utilizarlas y que si no, pues que hiciera con ellas lo que creyera más conveniente. La madre ordenó el cuarto de su hija, recogió su ropa y dispuso en perfecto orden las holocámaras; y ahí se quedaron, como si fueran una tropa en posición de firmes y en traje de gala, aguardando el retorno y la revista de su comandante, un retorno y una revista que no se producirían jamás.
Su padre apenas levantó la vista de sus maquetas de viejos veleros estelares. Solía levantarse una hora antes de lo necesario para entretenerse un rato construyendo réplicas a escala de naves legendarias. Luego se iba al trabajo. Así cada día, desde hacía muchos años. En el salón de casa había innumerables maquetas, colgadas del techo, reposando en lo alto de las estanterías, y en casa de amigos y conocidos, también. Y ahí estaba aquel día, fiel a su tradición, a su programa, concentrado en situar correctamente las piezas en miniatura.
- Me voy, papá -dijo Alkai desde el umbral de la puerta de entrada al estudio de su padre.
Eran las seis de la mañana. Dentro de pocos minutos, los grandes espejos del exterior empezarían a desviar parte de los rayos de Korolev II, la estrella tipo espectral G2 alrededor de la cual orbitaban, hacia Ciudad Anillo Presidente Kadaré, simulando de esta forma un amanecer sideral. Su padre, cuando oyó la voz de su hija, también desvió su mirada, hacia ella, la que había sido luz y esperanza de todas sus ilusiones, bálsamo de todos sus sueños frustrados y corazón que le impulsaba a través del calendario inacabable de rutina y monotonía en que se habían transformado sus días. Pero no se levantó, ni siquiera dejó las pinzas que utilizaba para construir sus maquetas. La miró a distancia, sentado en su silla de artesano laborioso, y dijo:
- Cuidate mucho, hija.
- Lo haré, papá -respondió ella.
Aquel hombre, meses atrás, le había pedido de rodillas que se arreglara el rostro.
Sí: de rodillas. Y ella se había negado.
No había nada más que añadir.
También se despidió de su hermano, que aún dormía. Le había prometido que se levantaría para despedirse de ella pero en el último momento el sueño le había vencido. Las mantas con que le arropaba Morfeo eran mucho más poderosas que las trompetas que intentaban espabilarle. Los despertadores seguían teniendo un poder muy limitado en el siglo XXIII.
Alkai se abrazó a su hermano y él respondió al abrazo medio dormido, pero con intensidad. Él era la única persona que no le había pedido que se arreglara el rostro y que la besaba indistintamente en cualquiera de las dos mejillas. Su hermano era, probablemente, lo único que echaría de menos de Ciudad Anillo Presidente Kadaré.
- Enano -le dijo Alkai mientras se abrazaban-, ¿sabes qué? Puedes utilizar mis cámaras si quieres.
- Gracias -contestó él, y le hizo prometer que le escribiría. Luego, volvió a quedarse dormido.
Mamá le había preparado una pequeña mochila llena de comida para el viaje. Al principio se negó a llevársela, pero al final comprendió, después de varios minutos de acalorada discusión, que si no se la hubiera llevado, su progenitora se habría llevado un disgusto tan fuerte y profundo que habría muerto de un infarto ahí mismo, inmediatamente, ante ella. Así que acabó cediendo y cargó con la mochila repleta de sobres de comida instantánea, espuma de ensalada, galletas de proteínas, gelatina de fruta y yogur.
En realidad sólo tuvo que cargar con ella unos metros, hasta la puerta de casa, porque ahí era donde le esperaba el esclavo mecánico que le ayudaría a llevar su equipaje hasta el astropuerto. A pesar del inesperado peso extra de la comida, fue suficiente un único esclavo para transportar todos sus enseres. Su colección de libros y fotografías en papel, auténticas rarezas en aquellos tiempos, quedaron atrás, así como sus cámaras de fotos, sus visualizadores, reproductores holográficos, y la inmensa mayor parte de su ropa y calzado. Para el viaje se vistió con una túnica sencilla de algodón sintético con termorregulación y capucha. Había gente que incluso viajando vestía con proyecciones holográficas o con yelmos de mariposas morfocambiantes pero ella prefería la sencillez del algodón sintético: en el astropuerto, en la lanzadera o en la cosmonave transestelar podía haber zonas donde hiciera frío, zonas donde fallaran los sistemas de regulación ambiental o donde la gente la mirara como si fuera un bicho raro, y en esos momentos quería poder acurrucarse en sí misma y refugiarse en la túnica como si fuera una manta que la arropara en el sofá de casa; de la casa que durante tantos años había sido su hogar.
Los motores de la lanzadera se encendieron con furia silenciosa en medio del vacío del espacio. La nave se alejó suavemente de la cubierta exterior de Ciudad Anillo Presidente Kadaré, pero a una aceleración constante de una g estándar en pocos minutos adquirió una velocidad considerable. No tardarían mucho en llegar a Lagrange 5.
Desde el mismo instante de la partida, todo el mundo en la lanzadera se dedicó a mirar fascinado en sus monitores holográficos cómo el hábitat humano del cual provenían disminuía de tamaño hasta no ser más que un diminuto punto luminoso que se movía lentamente sobre el fondo fijo de estrellas. Ciudad Anillo Presidente Kadaré orbitaba alrededor de Sabine, tercer planeta del sistema Korolev II; con una superficie cubierta en un ochenta por ciento de agua y una atmósfera rica en oxígeno y nitrógeno era uno de los planetas más valiosos del universo humano, por su semejanza con la Tierra, por sus recursos, por la ausencia sobre su superficie de especie inteligente alguna. Era un planeta joven, en un estado evolutivo en el que apenas los primeros anfibios empezaban a colonizar los territorios costeros. Los humanos habían llegado antes de que la evolución tuviera tiempo no ya de producir una especie inteligente sino de colonizar siquiera el perímetro de las costas emergidas con especies animales más grandes que un ajolote.
La lanzadera había dejado Ciudad Anillo justo en el perigeo de su órbita retrógrada y ahora el hábitat humano ascendía de nuevo hacia el apogeo, en el lado iluminado del planeta, cual Sísifo incansable. Aquel mundo en el que había pasado innumerables horas de su vida documentando sus heridas, la acción de los humanos sobre un hábitat virgen, y en el que había estado a punto de morir por culpa de un estúpido juego adolescente, brillaba azul contra el fondo negro del Universo cuajado de estrellas, con el terminador claramente delimitado sobre su superficie, sin que a aquella distancia pudiera apreciarse herida alguna sobre el epitelio del mundo. Aquella orilla cósmica que era el planeta también se hacía cada vez más lejana a medida que la lanzadera avanzaba en su camino hacia Lagrange 5. La esfera inmensa seguía su órbita indiferente a las tribulaciones humanas. Era un espectáculo hermoso. No había ocurrido absolutamente nada en los últimos millones de años. La llegada de los humanos nada significaba. Sabine ignoraba su nombre, y no quería conocerlo. Alkai contempló cómo se alejaba el mundo, igual que muchos viajeros habrían contemplado a lo largo de la historia de la Humanidad cómo quedaba atrás la orilla. Su diminuta historia adolescente también quedaba atrás en medio de la indiferencia absoluta del Cosmos. El resto de pasajeros miró largo rato el espectáculo; ella, en cambio, apagó el holomonitor después de echar un vistazo. Luchaba contra la emoción como si la emoción fuera veneno. Tenía que estar concentrada, no podía permitir que la exuberancia visual de la realidad la trastornara, ya no, nunca más, con sus colores puros y su luminosa nitidez, todo mentira, todo canto de sirenas... así que mantuvo apagado el holomonitor de principio a fin del trayecto, negándose a sí misma. Escuchó música relajante con los ojos cerrados. Voces de Amantia, flautas shakuhachi japonesas y membranas de Cantor. Intentó imaginarse la residencia universitaria donde iba a vivir los próximos años. La vida que la esperaba. El futuro.
Más adelante, cuando estuvieron cerca de Lagrange 5 y la tripulación anunció maniobras de aproximación, y luces rojas por toda la cabina advertían de sensación de caída libre durante los próximos minutos, encendió de nuevo el holomonitor y se dedicó a contemplar la llave de su futuro: la cosmonave transestelar Zumbido de la Estrellas. Era un transporte de pasajeros clase Minotaurón que saltaba de estrella en estrella sin apenas distorsión temporal. Con la misma facilidad con que un humano abre una puerta y cruza el umbral, la Zumbido de las Estrellas abría el Aleph y saltaba a través de abismos que, en el espaciotiempo habitual, se medían en años luz de distancia. Linda fijó su mirada en ella. No se parecía en nada a un trasatlántico, ni a un avión continental, ni a un cohete. Ni siquiera a una lanzadera intrasistema. De hecho no se parecía a nada que la Humanidad hubiera construido antes del s. XXII.
Alkai conocía la impulsión Marcelo y el salto a través del Aleph porque lo había estudiado en el colegio, como todos los adolescentes humanos del s. XXIII, pero nunca lo había experimentado en primera persona, sólo en simuladores y en holopelículas. Por supuesto sabía que abrir el Aleph no era tan fácil como abrir la puerta de casa y cruzar el umbral. Más bien se parecía a abrir el pesado portalón de un castillo antiguo donde se escondieran, aplastados por un silencio de eones, los secretos fundacionales de la realidad. Un trabajo agotador. Ese trabajo en realidad se dejaba en manos de los generadores de antimateria, las esferas Dyson y de otros sistemas que recargaban de energía la nave después de cada viaje. Los pasajeros no realizaban el más mínimo esfuerzo ni sentían la más leve vibración durante el salto. Y, de hecho, durante el viaje a Lagrange 5 incluso las trayectorias y aceleraciones correspondientes estaban optimizadas para que los momentos en los que se sintieran en caída libre, con el consecuente peligro de mareo y vómito, fueran mínimos. Cuando la lanzadera inició las maniobras de aproximación final y acoplamiento, la Zumbido de las Estrellas ya había salido del amarre del astropuerto y aceleraba a casi una g estándar en impulsión convencional. Todo tenía que estar perfectamente sincronizado para evitar que los pasajeros sintieran la desagradable sensación ausencia de gravedad en el espacio más que unos pocos instantes.
Alkai observó atentamente la inmensa cosmonave transestelar. Al principio se llevó una sorpresa: lo que tenía ante ella parecía más un frondoso matorral que hubiera crecido en medio del espacio que un vehículo humano. El color plateado de las hojas y sus reflejos levemente metálicos inspiraban una cierta sospecha de algo artificial, pero su frondosidad y lo caótico en su disposición confundían a los observadores no familiarizados con los viajes estelares. Luego le explicaron que aquello que parecían hojas de aluminio en realidad eran dispositivos de hiperconversión de luz solar en energía útil y que cubrían como un manto la parte de la cosmonave expuesta a la luz solar mientras se mantuviera cerca del sol. Una vez la lanzadera rodeó la Zumbido de las Estrellas y entró en la zona de sombra, la visión que Alkai disfrutaba en aquel momento del navío estelar empezó a cuadrar mejor con la imagen que tenía de las cosmonaves transestelares gracias a simuladores y holopelículas.
La Zumbido de las Estrellas, tras el manto de aspecto vegetal, resultó ser un huso de un kilómetro de eslora y ochenta metros de manga como máximo. Alkai veía las cifras flotar al lado de la imagen. Datos cortesía de la compañía aeroespacial. La proa hendía el Universo como el morro de un narval hiende el océano. A popa resaltaba un volante enorme que rodeaba todo el casco. Tras el volante, se situaban cuatro elipses giratorias alineadas con el eje de la nave y que mantenían en su centro un plasma hipercaliente de materia exótica, corazón palpitante y músculo luminoso que impulsaba la enorme masa de la nave mientras no se abriera el Aleph. El volante no sólo servía para proteger a los viajeros de la radiación de los motores, también era el soporte del auténtico motor del vehículo, de aquello que le permitía saltar de estrella en estrella sin inacabables travesías a través de pársecs y milenios. La obra de ingeniería que convertía a la nave entera en una partícula cuántica era una estructura radicular caótica que se apoyaba en el volante de popa y que a partir de ahí se extendía por el espacio en varios kilómetros a la redonda en todas direcciones. Aunque las zonas habitables se encontraban todas en el interior del huso, el cuerpo del navío estelar en realidad se extendía por el espacio mucho más allá. La lanzadera curvó su trayectoria para seguir un camino libre de obstáculos entre los miles de filamentos que formaban aquella estructura semejante a las raíces o a las ramas de la copa de un árbol. Los filamentos que estaban en la base de la estructura, los que se encontaban en contacto con el volante, eran más gruesos que el tronco de un roble centenario pero a medida que se alejaban del huso iban haciéndose cada vez más finos hasta llegar a ser, los que estaban a kilómetros del cuerpo principal de la cosmonave, más delgados que una aguja e incluso que un cabello humano. En realidad, su expansión por el espacio no se regía por el azar, pero el orden que guiaba a aquellas raíces estaba más allá de la intuición humana. Aquellos filamentos se ordenaban en el espacio según una geometría crítica que sólo las IA más avanzadas podían calcular de forma correcta para conseguir la apertura del Aleph. Para el ojo desnudo del hombre, no era más que caos. Buena parte de la nave parecía un ser vegetal arrancado del suelo y arrojado al océano, con las raíces expuestas a la sal corrosiva del mar, al aire seco de las cumbres, y a la luz inclemente de los soles desnudos, un despojo, un coral rojo gigante a la conquista de nuevos espacios, los alveolos pulmonares de un leviatán en busca de oxígeno. El esqueleto de un ser esponjoso y liviano atravesado por una lanza luminosa.
De repente, todo el mamparo de la cabina de pasajeros de la lanzadera se volvió transparente y Alkai no pudo evitar clavar las uñas en los reposabrazos del asiento: tuvo la impresión de haberse quedado desnuda y caer sin protección alguna hacia aquel engendro que le saludaba con lucecitas parpadeantes como si fuera un árbol de Navidad.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que se llevó un buen susto, pero comprendió enseguida que su miedo era ridículo y su corazón poco a poco fue volviendo a su ritmo normal. No había sido la única que se había asustado. Varios pasajeros habían sido incapaces de contener sus emociones y habían expulsado al exterior su sobrecogimiento en forma de grito, y, aún varios segundos después, tras comprobar que la maniobra de aproximación seguía su curso con normalidad, y tras varios mensajes tranquilizadores por parte del personal de cabina explicando que la transparencia del mamparo formaba parte de un medioambiente diseñado para que los pasajeros disfrutaran de una experiencia más vívida de su viaje al espacio, algunos de ellos se negaban a abrir los ojos y temblaban en sus asientos como cachorros asustados que hubieran arrancado del regazo de su madre. Alkai se comportó mucho mejor. En cuanto su mente comprendió que todo iba bien, no permitió que sus instintos ancestrales de primate le impidieran disfrutar del espectáculo. La Zumbido de la Estrellas era imponente a escala humana. Cuando el matorral de hojas hiperconversoras se recogió igual que las flores al anochecer, la luz de Korolev II cayó sobre la nave y todo quedó iluminado. La Zumbido de las estrellas parecía una espada incrustada en un bosque de neuronas brillantes. En un extremo, en la empuñadura de la lanza, el plasma de antimateria brillaba a una temperatura inimaginable, y palpitaba como el corazón de un purasangre ansioso por lanzarse a la carrera.
Sin embargo, no fue la cosmonave lo que más le impresionó aquel día. Tampoco el susto que se llevó al sentirse en medio del vacío espacial cuando el transbordador se volvió transparente dejó una huella importante en su recuerdo.
Ocurrió al desembarcar de la lanzadera, cuando estaba más pendiente de seguir las indicaciones luminosas que de cualquier otra cosa. De repente tuvo la impresión de que le faltaba algo, y sintió una leve ansiedad, como si se le hubiera olvidado algo en casa de sus padres o estuviera a punto de ocurrir alguna desgracia. Miró a su alrededor. El resto de pasajeros también parecían confundidos. Algunos estaban pálidos.
- Señores pasajeros -anunciaron por los altavoces-, les comunicamos que justo en estos momentos hemos perdido contacto con la holored del sistema Korolev II. Si sus implantes neuronales no les proporcionan la información solicitada, no se preocupen, no se debe a un malfuncionamiento de los mismos sino a que hemos bloqueado la señal desde esta cosmonave como medida de seguridad. Sus implantes les conectarán de forma automática a la holored de nuestro sistema de destino en cuanto hayamos superado el portal Aleph. Muchas gracias por su comprensión y perdonen las molestias.
Nunca había sido consciente de lo importante que era la presencia del universo humano virtual en su cerebro. Era un compañero permanente. Un murmullo reconfortante. Ni siquiera por culpa del accidente había sufrido una desconexión total. Ahora que habían desenlazado de golpe su cerebro de la esfera virtual, sentía que le faltaba algo, y ese algo era tan básico, tan íntimo, que apenas podía verbalizarlo. Como si hubiera crecido desde la más tierna infancia al lado del mar y de repente dejara de oír el rumor de las olas. Miró hacia atrás por encima de su hombro. Sólo vio rostros tan desconcertados como debía de estar el suyo, excepto en el caso de unos pocos pasajeros que permanecían abstraídos en sus lecturas, sin prestar atención a nada de lo que ocurría a su alrededor. Debían de ser los veteranos.
Solicitó pings a los principales nodos de la red. No hubo respuesta. Fue un acto reflejo. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo comprendió perfectamente que era inútil. Aun así, solicitó un ping de espejo humano. Volvió a quedarse sin respuesta. La humanidad parecía haber desaparecido. Silencio absoluto al otro lado de la red.
Qué sensación tan... inquietante.
Eso sí le impresionó.
El silencio en la esfera virtual. Y la sensación de aislamiento y soledad que provocaba en la esfera real ese silencio.
Nunca se había imaginado que la sensación de soledad pudiera ser tan profunda, sobre todo estando rodeada de gente.
Qué debiles somos, pensó.
No conocía a nadie entre los pasajeros. Eso no importaba cuando uno estaba conectado a la holored. Normalmente nadie hablaba directamente con la persona que tenía a su lado si no lo conocía: el primer contacto siempre se hacía a través de la esfera virtual. Raramente se pasaba a la real. El avatar podía corresponder a la persona que tenía sentada a su lado o a cientos de metros o kilómetros de distancia. Pero si no había holored... ¿cómo hablar con personas a las que no conocía de nada? ¿Cómo iniciar la conversación? ¿Dirigiéndose a ellas de forma directa?
¿Con su cara?
Había oído que existían sistemas donde no había holored, comunidades donde los seres humanos carecían de neuroimplantes y metasinapsis; planetas y hábitats donde lo más avanzado que tenían a nivel de comunicaciones era algo semejante a la internet del s. XX. Sintió un escalofrío. Nunca había prestado demasiada atención a estas noticias. Después de haber conocido la desconexión, sin embargo, no podía apartar la vista de ese pensamiento. Deseó intensamente volver a conectarse a la holored, sentir todo un universo humano virtual saturar su mente con billones de posibilidades, bifurcaciones, interrogantes y expectativas.
El salto a través del Aleph fue imperceptible.
Si no hubiera sido por los tiempos de tránsito, el viaje habría durado un parpadeo.
El sistema Grandelia disponía de holored, y en ella se zambulló en cuanto estuvo a su alcance. Sintió de inmediato una sensación de alivio. Lo primero que hizo fue confirmar su llegada y obtener el código de acceso a su habitación en la residencia universitaria.
La residencia de la Universidad Giordano Bruno de Grandelia acogía estudiantes procedentes de más de sesenta hábitats humanos, algunos de ellos situados en el mismo sistema estelar y otros en el extremo más lejano del Universo explorado. La Universidad se hallaba en una luna casi tan grande como la Tierra que orbitaba alrededor de un gigante gaseoso llamado Grandelia Beta. Los autóctonos llamaban Grandelina a aquella luna. Se trataba de un cuerpo celeste con una gravedad casi tan intensa como la terrestre y una atmósfera mucho más interesante que la que respiraban los humanos: si bien el nitrógeno era su componente principal, la inexistencia de oxígeno molecular y la presencia de abundante metano y otros hidrocarburos la convirtían en un fluido irrespirable para primates. La atmósfera de Grandelina era muy semejante a la de Titán, la luna de Saturno; casi igual, de hecho, a la de la Tierra primigenia. No importaba. La atmósfera de nitrógeno y oxígeno que necesitaban los humanos podía recrearse bajo cúpulas de diamante artificial. Al fin y al cabo, el nitrógeno y el agua eran abundantes en aquel cuerpo celeste. Lo importante era la gravedad. Esa característica no podía simularse eficazmente en una luna o un planeta durante mucho tiempo. O tenía la masa necesaria o no la tenía. Y Grandelina la tenía, lo cual era más de agradecer que una atmósfera respirable. Sobre todo para Alkai, que así rentabilizó el esfuerzo de haberse criado en un hábitat en el que los cuerpos caían a una g estándar.
Esfuerzo que no habían hecho algunos de sus compañeros de curso y que pagaron caro ya el primer semestre.
Entre los estudiantes de la Universidad Giordano Bruno había todo tipo de adornos corporales extremos: desde los saurófilos, que se injertaban piezas metálicas bajo la piel para que su espalda pareciera la de un cocodrilo, hasta los mutófilos, que mutaban sus genes para semejarse a felinos o a equinos como las cebras, pasando por todo tipo de tatuajes, antenas y piercings extremos. Evidentemente, todos ellos buscaban llamar la atención y conseguir cuotas importantes de popularidad. Sin embargo, quien ganó esta competición silenciosa y cruel fue la única persona a la que le hubiera gustado pasar desapercibida: Linda Alkai. Aquel principio de curso, su rostro no pasó desapercibido. De hecho, llamó tanto la atención que al cabo de pocos días ya era conocida en todo el campus. La chica de las dos caras la llamaban algunos, siempre y cuando no estuviera ella delante. La inmensa mayor parte de estudiantes simplemente sabían quién era, se habían fijado en ella alguna vez o habían oído hablar de ella, pero no la prestaban más atención. Incluso la evitaban, si podían. Pero hubo tres muchachos, provenientes de familias pudientes, que vieron en ella una oportunidad magnífica para recuperar la popularidad que habían perdido al cambiar de entorno. Y también la seguridad en sí mismos, que siempre habían alimentado a base de humillar al débil.
Cometieron exactamente tres errores. El primero fue tomar a Alkai por una persona débil, timorata e ignorante que debía de proceder de alguna colonia pobre y tecnológicamente atrasada, sin recursos suficientes como para someterse a un sencillo tratamiento de reconstrucción facial. El segundo, no haber llevado a cabo el programa de ejercicios que el médico que tenían asignado les había recomendado. El tercero fue el más grave: creyeron que Linda Alkai sería misericordiosa.
Dos de ellos recibieron golpes tan brutales que varios de sus dientes salieron disparados de sus bocas, desgajados instantáneamente de sus mandíbulas por impactos fuertes como martillazos. El tercero tuvo suerte y se desmayó al ver la sangre de sus amigos. Así no sintió cómo Alkai le dislocaba el hombro y le rompía varias costillas.
A esas alturas, se había hecho el silencio en el local donde ocurrió todo, y el sonido de las costillas al romperse, como ramas secas quebrándose bajo la tenaza de las manos de un leñador experimentado, fue claramente audible por todo el local. Algunos estudiantes siguieron el ejemplo del desdichado que acababa de crujir e, incapaces de soportar tanta realidad de golpe, se desmayaron.
Alkai no tenía misericordia, pero otros compañeros de estudios de aquellos tres desgraciados sí, o al menos sintieron que la tribu estaba siendo atacada y eso fue suficiente: se lanzó sobre ella toda una jauría de chicos y chicas sedientos de venganza.
Y la mayoría sí había hecho los ejercicios recomendados para adaptar su masa muscular a entornos con mayor intensidad gravitatoria. Incluso alguno había que había vivido toda su vida en entornos con una gravedad hasta un quince por ciento mayor que la que había tenido que soportar Alkai desde que era bebé.
Le iban a pegar una paliza mortal antes de que el dueño del local, alertado por el barullo, tuviera tiempo de llamar a la policía.
Fue en aquel momento cuando Brumantra decidió intervenir.
La oficial de comunicaciones se acabó de un trago la cerveza que se estaba tomando y se abrió paso entre la multitud haciendo llaves de judo y dislocando todas las articulaciones que intentaban impedirle el paso. Hasta que consiguió llegar a los chicos que sujetaban a Alkai también provocó un par de fracturas, pero sólo porque los estudiantes no sabían caer cuando les hacían dar volteretas por el aire.
Al alcanzar el centro del meollo, dio una patada en los testículos a uno de los que agarraban a Alkai y un puñetazo en los riñones al otro. La soltaron, y entonces la agarró ella y la apartó, y se apartó ella misma, porque el chico que pegaba los puñetazos mientras los otros sujetaban a Alkai se abalanzó sobre Brumantra. Le esquivó sin despeinarse, incluso sujetando a Alkai, y el chico estrelló su rostro contra una de las columnas del bar de copas donde se hallaban. Varias chicas intentaron agarrarla pero ella se revolvió como un felino y crujieron, de nuevo, varias costillas, una nariz, un codo y hubo gritos de desesperación, y lloros propios de locura transitoria.
Los compañeros de Brumantra no tardaron en unirse al altercado. Los estudiantes intentaron defenderse, pero no tenían nada que hacer contra reclutas de infantería biomecanizada que acababan de completar su periodo de entrenamiento. En el fondo, los infantes procuraron no hacer demasiado daño.
La llegada de la policía militar evitó que la sangre llegara al río, aunque no pudo evitar que salpicara columnas, mobiliario y la cúpula transparente, más allá de la cual estaba la atmósfera espesa y tenuemente naranja de Grandelina. Los salpicones de sangre humana, intensamente roja, cargada de hierro, contrastaban contra el paisaje de lagos de etano, nubes de metano y lluvias frías de hidrocarburos.
De hecho, agentes de la policía civil habían llegado hacía rato al local, y al ver que en la pelea estaban implicados infantes de la biomecanizada, decidieron llamar a la policía militar. Hasta que no llegó ésta, no se atrevieron a intervenir.
Acabaron todos en los calabozos de la base militar Grandelina V, a varios kilómetros de profundidad, incluso Alkai, a pesar de ser civil.
Fue un error administrativo que nadie tuvo mucho interés en subsanar. Los policías civiles porque no querían hacerse cargo de una chica que estaba a todas luces mentalmente trastornada: incluso con fracturas, la ropa rota y sangrando por la nariz y la boca seguía forcejeando furiosa y pegando patadas al aire, gritando que no se le acercara nadie, que la dejaran en paz y maldiciendo y amenazando de muerte a todo aquel que osara mirarla.
A la chica en cuestión le importaba aún menos: en esos momentos estaba tan furiosa que no se acordaba ni de su nombre, sólo quería seguir pegando a los estudiantes que se habían mofado públicamente de ella hasta matarlos.
Y a la policía militar, menos todavía. Y respecto a sus robots, ni siquiera sabían lo que estaban haciendo. Así que Alkai se fue con los militares; la sacaron a rastras del local dos policías más semejantes a dos armarios que a dos seres humanos. También ayudaba a sujetarla una máquina de acero diamantino que ni se inmutó cuando Alkai le pegó varias patadas en el pecho y en la cabeza.
A la única que le importaba era a Brumantra. Quería permanecer cerca de Alkai, así que no advirtió a nadie del error. Dejó que los médicos de la base militar la sedaran y la encerraran en la misma celda que a ella y se sentó en uno de los dos catres que había en la celda a esperar a que se despertara. No estaba herida ni cansada, ni siquiera despeinada, así que podía esperar el tiempo que hiciera falta. Brumantra tenía mucha paciencia.
Sus compañeros la observaban desde la celda de enfrente, al otro lado del pasillo.
- Eh, Brumantra -preguntó uno de ellos-, ¿me recuerdas por qué hemos acabado aquí nuestro día de permiso?
- Sí, eso -insistió otro-, ¿no decías que era un local tranquilo?
- Y lo es -contestó Brumantra-, pero no soporto las injusticias.
Lo cierto es que a Brumantra le gustaba Alkai. Se había fijado en ella desde el primer día que la vio en El nido del águila, uno de los locales donde se reunían los estudiantes de la Facultad de Ciencias, de Económicas y de otras Facultades de la zona. También iban por ahí, muy de tanto en tanto, los reclutas de la base militar cercana, a pesar de lo cual eran extremadamente raros los altercados como el que había protagonizado Alkai. En eso Brumantra no había mentido.
El local era una cúpula situada en lo más alto de una de las torres de la ciudad principal de Grandelina. La cúpula era de diamante artificial totalmente transparente. Desde allí, mientras los clientes bebían y charlaban, podían contemplar la azarosa, compleja y a veces violenta meteorología de Grandelina. Muchas veces llovía metano: innumerables gotas de metano licuado impactaban contra la cúpula como proyectiles, otras veces vientos huracanados agitaban la torre entera. Nunca había un claro entre las nubes pero muy a menudo relámpagos en las capas altas de la atmósfera iluminaban con una luz mortecina el páramo de hidrocarburos hasta el horizonte.
Aquella tarde, algo de la violencia propia de aquella meteorología salvaje se coló en el interior de El nido del águila.
Brumantra vio enseguida lo que se avecinaba pero dejó que Alkai se las apañara sola, a ver qué ocurría. Quería conocerla, saber qué clase de persona era.
A los estudiantes que la humillaron en público los clichó enseguida. Eran sencillos como un papel en blanco que contuviera solo una palabra: TONTO. Pero... ¿y ella?
Ella no.
Ella había aprendido a no meterse en problemas por culpa de las miradas que le dirigía la gente. Se notaba que le costaba contenerse, muchas veces se quedaba con ganas de girarle la cara a más de uno, pero hacía un esfuerzo: pensaba en la Universidad, en que llevaba toda su vida estudiantil trabajando para poder estudiar en la Giordano Bruno, y sus padres toda la vida ahorrando para pagarle el alojamiento y la matrícula. Así que estaba aprendiendo a prescindir de las torpezas de la gente, de las miradas de asco y de la curiosidad morbosa que manifestaban sin vergüenza en no pocas ocasiones. Pero lo de aquellos tres estudiantes TONTOs había sido demasiado. No estaba preparada para ello. No con dieciocho años y un marcado sentido del ridículo.
- Oye, rubia -le había dicho uno de ellos cuando Alkai entró en El Nido.
Había sido por culpa del aburrimiento, claro, el aburrimiento es más peligroso que las bombas, y también por culpa de su ridícula necesidad de humillar a alguien para volver a sentirse fuerte, para volver a sentirse popular.
- ¡ Oye, rubia ! -había repetido bien alto y claro, para que todo el mundo en el local le oyera-. ¿De qué pueblo eres, que todavía no han descubierto la cirugía estética?
Alkai le miró de arriba a bajo. No podía creer la pregunta que acababa de oír. En el local se hizo un silencio casi absoluto. Todo el mundo estaba mirando, todo el mundo estaba esperando la respuesta de aquella chica tan rara.
Pero no fue ella quien habló. Fue el amigo, sentado a su lado.
- Déjala -dijo-, querrá dedicarse al cine y no tener problemas para saber cuál es su perfil bueno.
Brumantra saboreaba impasible su cerveza mientras asistía a la escena. Sus compañeros eran los únicos clientes del local que no prestaban atención. Estaban hablando de fútbol.
Alkai de repente se dio cuenta de que había olvidado por qué era tan importante para ella estudiar precisamente en esa Universidad.
Justo en ese momento, el tercer amigo, que había ido a pedir a la barra, empujó a Alkai a traición y derramó sobre ella las tres consumiciones que traía con él. Alkai dio un traspiés y estuvo a punto de perder el equilibrio. Cuando se recuperó y se irguió, el chico exclamó, con gesto ridículamente afectado:
- Uy, pero si sólo ha sido un empujón, ¿cómo puede ser que se te haya quedado así la cara?
Salió volando y cayó encima de los otros dos amigos con tan mala fortuna que su dentadura impactó contra el suelo y se le saltaron varios dientes. Los compinches intentaron defenderse pero se habían criado en un planeta con una gravedad un diez por ciento menor que la g estándar: eran considerablemente más débiles que Alkai, mujer humana criada en una g estándar toda su vida y deportista bien entrenada desde hacía años. No tuvieron mucho que hacer. Si al menos hubieran seguido su programa de ejercicios tal vez sus articulaciones no se habrían luxado con tanta facilidad.
Cuando a Alkai se le pasó un poco el efecto del sedante, se irguió en el catre y miró a su alrededor. Le dolía todo el cuerpo y apestaba a grosella, menta y alcohol. Odiaba oler así, pero sus ropas estaban sucias aún con las consumiciones que habían pedido aquellos estúpidos, y a saber cuándo podría cambiarse. Estaba encerrada. Estaba encerrada junto a una desconocida. La desconocida que le había ayudado. El sabor a hierro de la sangre impregnaba su paladar.
- ¿Por qué me habéis ayudado? -fue lo primero que preguntó Alkai.
- Porque me gustas -contestó Brumantra.
Esa respuesta acabó de despejarla del todo.
- ¿Te estás riendo de mí? -preguntó.
No parecía que se estuviera riendo de ella. La miraba fijamente y sin atisbo de burla ni de sarcasmo.
- No -contestó Brumantra, y acto seguido se levantó y se dirigió hacia ella.
Alkai había visto lo que era capaz de hacer aquella mujer a los inermes cuerpos de sus compañeros de estudios, sin embargo no retrocedió ni un milímetro y cuando su rostro estuvo a pocos centímetros del suyo, intentó girarle la cara de una bofetada pero aquella chica fue más rápida que ella. De hecho, fue mucho más rápida: detuvo la mano de Alkai en el aire sin que ésta viera siquiera cómo se movía, simplemente su mano de repente se detuvo a media trayectoria y apareció atrapada por la de aquella chica; y fue también mucho más fuerte porque intentó defenderse con la mano que aún tenía libre y también la sujetó y no pudo impedir que la besara.
Fue un beso en los labios.
Duró varios segundos.
Brumantra se tomó su tiempo.
Alkai intentó levantar sus piernas y lanzarlas al vientre de aquella mujer. Pero... ¡se había sentado encima de sus rodillas y no podía moverlas!
Alkai se asustó. Y sintió un vacío en su estómago, como si estuviera en caída libre.
Esa sensación duró un segundo, quizá dos.
Luego la chica se levantó y dejó libres sus manos enseguida.
Se miraron.
Alkai, por primera vez en su vida, se había quedado sin palabras.
- Me llamo Elisa Brumantra. Soy un droide genético de segunda generación, lo menciono ahora para que las cosas queden claras y no vuelva a salir el tema. Si volvemos a vernos, yo no hablaré de tus cicatrices y tú no mencionarás mi falta de ancestros. ¿De acuerdo?
Extendió su mano hacia Alkai.
Ella correspondió al gesto y se presentó:
- Linda Alkai -y luego preguntó:- ¿Qué quieres decir con eso de “si volvemos a vernos”?
- Quiere decir -contestó uno de los hombres desde la celda de enfrente- que no tardarán en separarnos. Nuestro comandante de escuadra debe de estar a punto de llegar. En cuanto llegue, nos sacará de aquí. Supongo que a ti te llevarán a una comisaría en cuanto se den cuenta de que eres una civil. Te ficharán y te dejarán libre con cargos a espera de juicio. Dependerá también de cómo hayas dejado a esos niñatos. Si están muy maltrechos, puede que no te dejen libre.
Brumantra se sentó de nuevo en el catre y asintió con la cabeza.
- ¿Quiénes sois? -preguntó Alkai.
- Somos infantería biomecanizada -contestó otro hombre-, estamos en una base militar.
Alkai miró atentamente a su alrededor. Empezó a comprender que se había metido en un buen lío y sintió que le faltaba el aire pero, aun así, mantuvo la compostura.
Aquella chica, Brumantra, seguía mirándola fijamente. Y los hombres de la celda de enfrente, también. Todo el mundo la miraba, de nuevo.
- Estoy en un lío, ¿no?
Uno de los hombres estalló en carcajadas. Había dos que parecían muy jóvenes, incluso más que ella, y otros dos que parecían haber superado la treintena. El que reía era de estos últimos. Se levantó y se acercó a los barrotes de la celda, se apoyó en ellos sonriendo aún y dijo:
- A ver, chica, creo que tienes más carácter que experiencia. Tienes una cara que da miedo, y te enfadas porque tres gilipollas te toman por una estúpida... ¿qué querías? Eres un anuncio de neón para ese tipo de gente, un puto imán para todo tipo de soplapollas. No puedes ir por ahí rompiendo huesos. Vamos a ver, si te digo: joder-qué-cara-más-fea-tienes... ¿qué vas a hacer? ¿Partirme las piernas? ¡Pero si es la verdad!
Brumantra se levantó, fue hacia los barrotes y señaló con el índice de su mano derecha a aquel hombre.
- Sven -dijo-, deja en paz a la chica.
Sven volvió a reírse, y sus compañeros de celda esta vez le acompañaron.
- Joder, Brumantra -dijo-, es que te veo amenazándome y me entra la risa, qué quieres que te diga... cuando tú te hacías caca en los pañales yo ya partía espinazos de kilmoa con mis manos desnudas, ¿comprendes?
- No pasa nada, Elisa -dijo Alkai-. Te llamas Sven, ¿verdad?
- Así es, niña, Sven Matsen de Iggdrasil.
- No te voy a partir las piernas, Sven.
- Gracias.
- Tú me caes bien.
- Tú a mi también, niña, ahora ya podemos besarnos.
- No me caes tan bien, Sven.
- Te cae mejor Brumantra.
- Los droides genéticos tienen un aliento perfumado, ya sabes.
- ¿Y quién te dice a ti que yo no soy un droide genético como Brumantra?
- Tu aliento, Sven, lo huelo desde aquí, y no creo que sea de diseño.
Todos rieron, incluso Sven y Brumantra, a pesar de haberse mencionado en la conversación la falta de ancestros de ésta última.
No hubo tiempo para más presentaciones. Se abrió la puerta que había al final del pasillo y entró Zack Goretti, comandante en aquella época de la escuadra a la que pertenecían Brumantra y sus compañeros. Todos ellos se pusieron firmes de golpe y saludaron marcialmente.
Zack avanzó por el pasillo con cara de pocos amigos.
- Descansen -fue lo primero que dijo al llegar a la altura de las celdas donde estaban encerrados sus subordinados.
Les miró de arriba a bajo antes de añadir:
- ¿En qué clase de lío os habéis metido esta vez, Brumantra?
Y antes de que nadie tuviera tiempo de contestar, reparó en la presencia de Alkai.
- ¿Qué hace una civil aquí? -preguntó mirándola fijamente, con el ceño fruncido.
Alkai se puso en pie pero no se atrevió a decir nada.
- Señor -dijo Brumantra-, nos detuvieron al defender a esta civil de una agresión que ponía en peligro su vida.
Al comandante Goretti no parecía interesarle demasiado la caballerosidad de Brumantra y sus compañeros. Estaba más preocupado por otras posibilidades.
- ¡Maldita sea! -gritó- ¡Qué coño hace una civil retenida aquí!
Se giró y miró fijamente al oficial de guardia, que había entrado tras él. Estaba pálido como la nieve.
- ¡Póngame inmediatamente con Guroliov!
- Señor, son las cuatro de la madrugada -dijo con un hilo de voz el oficial de guardia.
Zack Goretti se puso rojo de furia, respiró profundamente y dijo pausadamente:
- Es usted definitivamente estúpido. Escúcheme: me importa una mierda la hora que sea, le he dicho que me ponga con Guroliov y usted va a perder el culo por ponerme con él antes de que pase un minuto porque se lo he ordenado yo y, sobre todo, porque no quiere acabar prestando servicio en las minas de uranio de Baktún. Corra... ¡Corra!
El hombre salió corriendo.
Alkai comprendió de repente cuál era la situación. Fue una comprensión súbita y cegadora. Volvía a tener esperanza. Se puso en pie.
- Señor -dijo-, me llamo Linda Alkai.
Goretti se giró y la miró fijamente a los ojos.
- Es evidente que aquí ha habido un error -continuó diciendo Alkai- pero no voy a denunciar a nadie.
Goretti gruñó, se giró de nuevo hacia la puerta, empezó a caminar hacia ella y, de repente, se paró en seco.
- Siempre y cuando me den una oportunidad.
Esas fueron las palabras que habían paralizado en seco al comandante. Alkai las había pronunciado lentamente y había procurado que su vocalización fuera perfecta.
El hombre volvió a mirarla fijamente. Avanzó hacia ella y preguntó:
- ¿Qué quiere usted exactamente?
- Quiero entrar en la infantería biomecanizada, señor.
- Presente una solicitud.
- Lo haré, señor, pero... según tengo entendido, hay un periodo de prueba y entrenamiento de seis meses. Lo que quiero es que se me permita seguir asistiendo a mis clases en la Universidad Giordano Bruno durante ese periodo de prueba, señor, y una vez superado, si lo supero, se me permita acabar mis estudios.
Zack Goretti se quedó pensativo. Haber retenido a una civil sin cargos en instalaciones militares en un periodo de paz había sido un error muy grave. Podía meter en un buen lío a varios eslabones de la cadena de mando. Caerían uno tras otro, como las fichas de un dominó puestas en fila.
- Brumantra -dijo Goretti-, ¿qué curriculum tiene esta civil?
- Tumbó ella sola a tres tíos, señor, únicamente consiguieron reducirla cuando se abalanzó sobre ella una multitud.
El comandante de escuadra gruñó.
En aquel momento entró el oficial de guardia con un auricular.
- Al habla Guroliov, señor -dijo.
- Voy a consultarlo -contestó finalmente a Alkai, y salió con el auricular. Lo único que oyeron los que estaban encerrados en celdas antes de que se cerrara la puerta del pasillo fueron las disculpas de Goretti ante su superior por molestarle a semejantes horas.
Alkai sabía que la expulsarían de la Universidad por lo que había ocurrido aquella noche. Se había pasado toda la tarde estudiando. Sólo le apetecía salir a dar una vuelta. Hubiera ido a pasear al aire libre. Pero en Grandelina no había aire libre, y no le apetecía conectarse a los simuladores. Maldita fuera la hora en la que había entrado en El nido del águila, y maldita fuera la hora en la que ese maldito crío se había estrellado contra su coche. Pero el pasado no podía corregirse. Toda su furia y ansia de libertad eran inútiles y ridículas. Lo único que contaba en el Universo eran los hechos. Y los hechos apuntaban a que ella podía darse por expulsada de la Universidad.
A no ser que entrara en la Armada y se acogiera a uno de sus programas de becas.
Alkai había visto en su misma aula varios reclutas que estudiaban por la mañana y se entrenaban para la Armada por la tarde. La Armada y el Ejército tenían acuerdos especiales con la Universidad Giordano Bruno. Esos acuerdos eran su última esperanza de seguir en la Universidad.
Goretti volvió al cabo de pocos minutos. Estaba de mejor humor.
- Muy bien, señorita Alkai -dijo-. Me han dado permiso para ofrecerle el siguiente acuerdo: podemos acogerla en uno de nuestros programas de becas. Pasará un periodo de prueba de seis meses durante el cual, excepcionalmente, y a cambio de su renuncia a su derecho como civil de presentar una denuncia por haberla retenido sin cargos en tiempos de paz, le permitiremos asistir a las clases tal y como había estado haciendo hasta ahora, así no interrumpirá su programa de estudios. ¿Es correcto? ¿Acepta el acuerdo?
Alkai extendió la mano a través de los barrotes de la celda.
- Lo acepto, señor.
El comandante estrechó su mano con un apretón fuerte y decidido.
- Bienvenida a bordo -dijo-, si supera el periodo de entrenamiento también podremos pagarle una operación de reconstrucción facial.
- Eso no será necesario, señor.
- Muy bien, como quiera -admitió Goretti, sin perder una fracción de segundo en intentar convencerla de lo contrario, y luego añadió dirigiéndose al oficial de guardia: ¡Abra las celdas!
Salieron.
- Sígame, señorita Alkai, si le parece bien realizaremos ahora mismo todos los trámites burocráticos necesarios. Es usted mayor de edad, ¿correcto?
- Correcto, señor.
Había vendido su alma al diablo.
A cambio podría seguir estudiando en la Giordano Bruno.
Todo iba bien.
Al fin y al cabo, no había ninguna guerra en curso, ¿no?
Lo más complicado fue explicárselo a sus padres. Sobre todo a su madre, que seguía preocupada por su alimentación.
Los padres de los idiotas que habían intentado humillarla en público pretendieron hacerle pagar los costes del tratamiento médico de sus hijos, especialmente el de reconstrucción facial. También intentaron que las autoridades la metieran en una institución psiquiátrica penitenciaria y, por supuesto, que la expulsaran de la Universidad. Los abogados de la Armada la sacaron de todo aquel lío a cambio únicamente de un mes de servicios a la comunidad. Fue un mes complicado porque por las mañanas tenía que asistir a clase, por las tardes, seguir el programa de entrenamiento de la Armada y por las noches prestar los servicios a la comunidad que le había impuesto el juez. Tuvo que hacer compañía a ancianos, dar clases de matemáticas a niños pequeños y limpiar las cúpulas de diamante artificial por su cara externa, enfundada en un traje de buzo que pesaba cuatro veces lo que pesaba ella.
A pesar de todo, sobrevivió.
La mayoría de ancianos estaban muy agradecidos con sus atenciones, y ella cumplió con el trabajo sin sufrir demasiado, aunque algunos fueran un poco pesados. Hubo un par, incluso, que se atrevieron a preguntarle por su cara, pero fue algo excepcional, normalmente preferían que escucharan sus historias, anécdotas y batallitas, antes que escuchar ellos las de los demás. Los niños pequeños siempre le pedían que les contara cuentos. Invariablemente había dos personajes principales. La Princesa Piruleta y la Bruja Kilmoa. En función de cuál de los dos personajes interviniera, mostraba un perfil u otro a los niños, que se lo pasaban muy bien. Incluso alguno de ellos le hizo un retrato que aún conserva. He visto cómo lo engancha con un chicle en el interior de la cabina de su incurdroid antes de cada bajada de combate.
Limpiar las cúpulas era lo que más le gustaba, aun y siendo lo que más peligro entrañaba, porque también era un trabajo solitario, y la soledad compensaba todos los inconvenientes. Sobre la cara externa de las bóvedas diamantinas que protegían a los asentamientos humanos, al estar expuesta permanentemente a la atmósfera de Grandelina, solía depositarse un grumo espeso parecido al alquitrán. De la limpieza, se encargaban normalmente robots específicos, pero a los condenados como ella se les reservaba siempre alguna superficie para que pagaran por sus desmanes incívicos. No le importaba demasiado ni el esfuerzo agotador ni el cansancio que implicaba, y tampoco el asco que le provocaba aquel material negro y aceitoso, porque al final de la jornada siempre tenía tiempo para sentarse y contemplar el paisaje de Grandelina.
Era un paisaje totalmente diferente a todo lo que había conocido a lo largo de su vida.
No había ni un solo árbol. Sólo hidrocarburos, dunas y rocas. A veces llovía. Metano. Incluso podía divisar en ocasiones, cuando la niebla no era muy espesa, el curso de un río que serpenteaba perezoso hacia lagos de aceite. Los amplios meandros que trazaba el cauce, repleto de metano líquido, brillaban como un espejo a través de la bruma al reflejar la luz crepuscular. Hubo jornadas que llegó a divisar la desembocadura del río, muy en la lejanía. Se trataba de un delta de tierras arenosas y empapadas, surcadas por infinidad de ramificaciones del curso principal que, en la distancia, no parecían más que finos hilos de bronce viejo. La mayor parte del tiempo, sin embargo, la niebla se cerraba celosa sobre el mundo, difuminaba el paisaje y devoraba los detalles. La niebla era permanente, a veces más densa, a veces menos, pero siempre presente: una pegajosa sopa de compuestos orgánicos que manchaba lo que de otra forma hubiera sido una cristalina atmósfera de nitrógeno. Grandelina era un mundo frío, y quieto. Parecía dormir acurrucado bajo un manto helado y una luz mortecina. Nunca se veían estrellas. La niebla bloqueaba su luz ya en las capas altas de la atmósfera, mucho antes de que llegara a la superficie.
Lo único que podía atravesarla, aunque difusa, era el brillo de la estrella Grandelia y el del planeta gigante Grandelia Beta. Y, muy de vez en cuando, también el fogonazo, aunque muy breve, como un relámpago, de algún que otro motor estelar entrando en ignición desde una órbita cercana.
Era un escenario perfecto para empezar de nuevo.
La quietud de aquel paisaje casi muerto y glacial le calaba hasta los huesos y actuaba como un bálsamo sobre sus heridas. Alkai arrojaba su furia al mundo y el mundo ni se inmutaba. Contemplaba el Universo, y el Universo la contemplaba a ella impasible. Para ese monstruo inabarcable, hecho de vacío y nada, los materiales que la protegían eran transparentes, incluso su piel humana lo era. Aquel frío extremo que arrojaba sobre ella conseguía apaciguar el ardor de sus entrañas, aún inflamadas, aún en guardia, después del choque y la batalla. Descubrió que era más fácil tirar lastre si sostenía la mirada helada con que la recibía el Cosmos; mucho más fácil dejar de pensar en todo lo que podría haber sido y no fue si no tenía ningún árbol delante, ningún cielo azul que pudiera infundirle esperanza. La furia ardía aún, y probablemente para siempre, en su corazón. La gelidez del metano líquido, sin embargo, la envolvía en una gasa de hielo y silencio y evitaba, así, que la corroyera por dentro, al menos por un momento.
Durante esos instantes de serenidad, rememoraba el beso de Brumantra.
En la Universidad nunca nadie volvió a meterse con ella, ni siquiera los que la habían utilizado para hacerse famosos. Despotricaban contra ella y la insultaban rodeados de sus amigos, la despreciaban a sus espaldas, pero no se atrevieron nunca más a encararse de nuevo con ella.
Alkai había marcado bien su territorio.
El homo sapiens stelaris era tan sencillo en ciertos aspectos de su psicología como el homo sapiens de siglos anteriores. Al fin y al cabo, sólo habían pasado dos mil seiscientas generaciones desde que el ser humano saliera caminando de África. Un periodo de tiempo tan breve que no llegaba a ser ni un parpadeo para el Universo.
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