Capítulo 5. HUMANO.


En cuanto los incurdroids estuvieron al noventa por ciento de su capacidad salimos a buscar a Idkereda. Vinieron Surkoi y Brumantra conmigo, Alkai se quedó en el nuevo campamento, establecido esta vez doscientos metros tierra adentro y procurando no alterar el entorno. Sobrevolamos la zona donde calculamos que podía haber caído Idkereda y encontramos restos de su incurdroid, pero no encontramos a Idkereda, ni tampoco el cuerpo principal de su biodroide, ni la caja negra de la máquina. Así que ordené a Brumantra y a Surkoi que se sumergieran y realizaran un rastreo bajo el agua. No encontraron nada.
- ¿Ni siquiera alguna forma de vida?
- Nada.
Seguimos buscando una hora. Al final, fue Brumantra quien lo encontró. Teníamos el estómago echo un nudo y necesitábamos descansar. Nos moríamos de hambre pero al mismo tiempo no hubiéramos podido tragar bocado. Estábamos a punto de dejarlo. Cuando lo vio, se sorprendió tanto que al comunicarnos su hallazgo habló de forma vacilante y entrecortada:
- Lo... lo encontré -dijo- pero... creo que... bueno, será mejor que vengáis rápidamente... si os tengo que contar lo que estoy viendo, no me vais a creer.
Tanto Surkoi como yo viramos hacia donde se encontraba Brumantra y aplicamos máxima potencia a los impulsores.
Llegamos justo a tiempo para ver cómo un grupo de delfines dejaba a Idkereda muy cerca de la arena de la playa. El oleaje hizo el resto. El cuerpo de Idkereda quedó tendido en la arena de la playa y los delfines, en lugar de regresar mar adentro, se pusieron a saltar y a jugar a cierta distancia de él. Casi parecían alegres.
- ¡¿Delfines?! -exclamó boquiabierto Surkoi, mientras su incurdroid sobrevolaba la zona.
- Desde luego parecen delfines -contestó Brumantra al mismo tiempo que descendíamos hasta la superficie del agua a rescatar a Idkereda.
- Ya veremos -dije yo-. Brumantra, usted no tome tierra; vigile desde el aire.
Surkoi y yo nos posamos sobre la arena de la playa, pusimos el incurdroid en modo autónomo y descendimos con armas ligeras y vistiendo las pieles sintéticas.
Nos acercamos corriendo hasta Idkereda. Hice un gesto a Surkoi para que  permaneciera atento mientras yo lo atendía. Me arrodillé ante el cuerpo del biólogo computacional. Estaba inconsciente, magullado, herido y tenía el uniforme ensangrentado y hecho girones. Pero eso no era lo peor: tenía toda la piel enrojecida y el rostro inflado, como si le hubiera picado un enjambre entero de abejas. De hecho, era irreconocible. Idkereda no parecía Idkereda. Y ni siquiera eso era lo peor: lo peor era que no respiraba. Intenté tomarle el pulso, pero no tenía. Me asusté. Noté un escalofrío subir por mi columna hasta mi cuello, erizar los pelos de la nuca y transformarse en sudor frío al llegar a la frente. Idkereda estaba muerto según algunas definiciones de muerte. No me rendí. Nunca me han gustado las definiciones. Le giré y le inyecté lo que consideré una dosis adecuada de reactivantes mejorados y también una dosis de nanorobots reparadores. Luego empecé a darle un masaje cardiaco sin miedo a romperle unas cuantas costillas. Estaba tan concentrado que no me di cuenta de que teníamos problemas. Surkoi me tocó el hombro al mismo tiempo que oí la voz de Brumantra a través de la radio:
- Señor, vispoides - la tensión de su voz me puso la piel de gallina-, estamos rodeados. Han aparecido de repente. Los sensores de amplio rango no me han avisado.
- Y también tenemos medusoides -añadió Surkoi.
Detuve el masaje y alcé lentamente la vista hacia Surkoi. El hombre miraba alucinado hacia el mar, los ojos inyectados en sangre parecía que se le iban a salir de las cuencas, disparados hacia lo que estaba viendo encima de las olas. Sus manos se aferraban al fusil, el índice tenso sobre el gatillo.
- No disparen -ordené.
¿Por qué no nos habían matado ya?
Seguí la línea de su mirada y vi lo que tenía que ver: medusas. A pocos metros de nosotros una docena de medusas se erguían sobre la superficie del mar y nos observaban inmóviles. Horribles. La simple visualización de aquellos seres llenaba de escalofríos el cuerpo de cualquier ser humano normal. Y si aquellos seres se encontraban a pocos metros de ti entonces tu cuerpo se llenaba de miedo, de terror absolutamente irracional e incontenible.
Por el otro lado, el que daba a tierra firme, era peor: estábamos rodeados por un enjambre de guerreros vispoides; debía de haber miles. Volaban a pocos metros de nosotros y a pocos centímetros de altura. El zumbido de miles de alas era ensordecedor, pero ni siquiera los habíamos oído llegar, debían utilizar algún tipo de tecnología de ocultación extraordinariamente avanzada. Las medusas eran más silenciosas pero igualmente inquietantes. Sus umbrelas levitaban a unos cuatro metros de altura sobre las olas y sus tentáculos descendían hasta la superficie del agua y flotaban indolentemente llevados por el oleaje. Permanecían ahí en el aire, delante de nosotros, observándonos impasibles desde cuatro metros de altura. Un leve resplandor las rodeaba y los delfines jugaban entre sus tentáculos como si no fueran venenosos. Creo que fue al ver juagar a los delfines, sin que les importara el veneno de las medusas, cuando recordé que Idkereda estaba muerto según algunas definiciones de muerte.
Supongo que lo normal hubiera sido disparar. Correr y disparar. Intentar llegar al incurdroid. Intentar que el miedo no paralizara tu respiración, no te enloqueciera, no te hiciera olvidar tu nombre justo antes de morir. Porque no lo hubiéramos conseguido. Hubiéramos muerto en menos de dos segundos. Probablemente en menos de uno. Nos habían pillado. Lo más triste que le podía pasar a un hombre era olvidar su nombre un segundo antes de morir por culpa del miedo. Me llamo Adri Raman Katmai. Voy a morir. Respira. Respira. Respira.
Hice lo único que podía hacer. Continué con el masaje a Idkereda. Respira, respira, respira. Surkoi y Brumantra estaban sobrecogidos. No se atrevieron ni a disparar. Sabían perfectamente que ya deberían estar muertos. Idkereda finalmente reaccionó. Empezó a toser y a respirar. Le había salvado. Algunos delfines se acercaron. Idkereda vivía. Le había sacado de la frialdad de los diccionarios. Daba la impresión de que los delfines querían verlo de cerca. Estábamos rodeados por miles de vispoides guerreros y varios medusoides. También había un puñado de delfines. Todo era muy normal. ¿Por qué no nos han matado ya? ¿Por qué no nos matan? pensaba continuamente, pensábamos todos continuamente. Los vispoides volaban a dos metros por encima del suelo y nos miraban con sus preciosos y escalofriantes ojos facetados. Las medusas levitaban sobre el mar y brillaban con un fulgor azul y verde. También nos miraban, aunque no pudiéramos saber cómo pero nos miraban. Los delfines estaban jugando. Evidentemente, lo peor eran los vispoides.
Desde niño he sentido un terror irracional por todo tipo de insectos. Una vez, hace años, mucho antes de que empezara la guerra, vi un avispón gigante de Japón posarse en un árbol cerca de mi. Perdí el control y sufrí un ataque de pánico. Era ya un adulto pero por un momento volví a ser un niño pequeño y estuve a punto de mearme encima. Un avispón gigante de Japón es una avispa grande como un puño. Hay gente que se dedica a estudiarlas. Hay gente para todo.
Fuera de la Tierra, fuera de los hábitats humanos de la galaxia, las cosas son mucho peores. Un vispoide es un engendro biológico horriblemente parecido a una avispa de un metro y pico de largo. Más de un metro de avispa. Antes de que los dinosaurios aparecieran sobre la superficie de la Tierra, cuando el contenido en oxígeno en la atmósfera era superior al de la actualidad y ciénagas, bosques y helechos gigantes cubrían la superficie del planeta, volaban libélulas de un metro de longitud por la atmósfera de nuestro planeta cuna. Hacía ya millones de años que se extinguieron en la Tierra pero en otros lugares del Universo aún perduran engendros biológicos de semejante calibre, y no sólo han sobrevivido sino que se han hecho dueños del planeta: avispas de más de un metro de longitud que se han comido, en algunos sitios, a los dinosaurios y a los mamíferos sin muchos miramientos.
Sus ojos lanzan destellos lapislázulis y se podría decir que poseen una belleza horrible. Las mandíbulas, no, las mandíbulas son simplemente horribles. Indecentemente grandes y eficaces. El aguijón también. Y lo pueden lanzar a cien metros de distancia con la precisión de un francotirador experto, y ensartar de parte a parte un hombre con la misma facilidad con que un hombre ensarta una aceituna.
De repente, me doy cuenta de que mi corazón palpita desbocado en mi pecho y estoy muy mareado; por un instante temo caerme y perder el conocimiento.
Pero me concentro en lo único que puedo hacer. Me dispongo a coger en brazos a Idkereda, que respira pero sigue inconsciente. Me encuentro fatal pero el tener algo importante que hacer impulsa mi cuerpo, no es necesario que lo haga yo con mis pensamientos.
- Señor ... -dice Surkoi.
Reúno fuerzas para poder hablar y me concentro hasta que me duele la cabeza para conseguir que mi voz parezca serena:
- Nos están observando, sólo -digo-, aguantad sin disparar. Es una orden. Si disparáis estamos muertos seguro.
En ese momento las medusas hablaron.
- Humano -dijeron.
Nos quedamos todos de piedra. Mis brazos ya pasaban por detrás de la espalda de Idkereda y por debajo de sus rodillas. Detuve el movimiento y miré hacia el mar.
¿Estaban intentando comunicarse?
Lo más probable es que fuera una trampa. Pero... ¿para qué? ¿Para qué necesitaban hacernos caer en una trampa? Llegué a la conclusión de que era una trampa verbal para sonsacarme información. Llegué a la conclusión de que si estábamos vivos era gracias a la información que había en nuestras cabezas, no necesariamente información militar -que la había, y la hubieran encontrado si la hubieran buscado- sino localización de hábitats humanos, bioquímica humana, costumbres,... y una larga lista extremadamente exhaustiva y entretenida.
- Humano -volvió a vocalizar la medusa-, estás muy lejos de cualquiera de tus mundos.
Surkoi y yo nos miramos. ¿Qué era mejor? ¿Decir la verdad, decir que estábamos perdidos y que por lo tanto no representábamos ninguna amenaza? ¿O bien amenazarles con la destrucción completa del planeta si no cooperaban? Casi podríamos cumplir la amenaza. En los incurdroid llevábamos tanta antimateria que hubiéramos armado un buen caos. Ni de lejos podríamos destruir el planeta pero sí podríamos armar un buen jaleo. Sin embargo, dijéramos lo que dijéramos íbamos a ser prisioneros de guerra. Esa era la verdad. Utilizarían dragadoras mentales para absorber todo nuestro conocimiento. Sería imposible resistirse y acabaríamos peor que si nos hubieran lobotomizado. También era posible que nos utilizaran para comprobar la eficacia de nuevas armas biológicas. Una muerte rápida era la mejor alternativa.
- Humano - añadió la medusa -, ¿tienes miedo? Puedo oler tu miedo desde aquí. Puedo oler tu miedo mezclado con tu sudor humano.
Alcé en volandas a Idkereda y empecé a moverme hacia el incurdroid. Lentamente. Las sienes me palpitaban como si la cabeza estuviera a punto de estallarme. Seguramente estaban intentando sondearnos y las vocalizaciones de la medusa era una forma de distraernos para que las dragas mentales tuvieran más fácil la extracción de información.
- De momento eres tú quien habla mi idioma -respondí mientras movía lentamente las piernas-, y yo no tengo ningún interés en aprender el tuyo.
La medusa que estaba más cerca de nosotros se acercó un poco más. Los delfines se pusieron nerviosos: empezaron a chillar y mordieron los extremos de los tentáculos de la medusa, que flotaban en la superficie del mar cada vez más cerca de nosotros. La medusa los retiró de golpe y retrocedió unos metros. Surkoi y yo nos miramos. No podíamos creer lo que estábamos viendo. Lancé una orden mental al incurdroid para que se acercara.
En ese momento todos los vispoides dejaron de batir las alas, descendieron y se asentaron en el suelo, a nuestro alrededor. Formaron una alfombra negra que nos rodeaba en todas direcciones, excepto por donde se extendía el mar. Sin previo aviso, se abrió un camino en aquella alfombra, un sendero que conectaba el interior de aquel océano de guerreros vispoides con la pequeña isla de arena donde estábamos Surkoi y yo. De entre la masa de vispoides se destacó una figura que no pertenecía a la casta de los guerreros. Era un narrador. Se acercó a nosotros. No era un cerebro de la colmena pero sabíamos que desempeñaba una función de intermediación entre las castas de trabajadoras y guerreros y la de los cerebros, y también de comunicación entre diferentes colmenas. Había científicos que creían que jugaban un papel equivalente al de los diplomáticos o cronistas humanos. Otros pensaban que eran más bien espías. El vispoide narrador se acercó a nosotros siguiendo el pasillo que se había abierto entre los guerreros. La mayoría de los militares consideraban que formaban parte de algo equivalente a los servicios secretos. Surkoi se puso muy nervioso cuando se acercó a él. Surkoi se había interpuesto entre Idkereda y yo y los vispoides, así que el narrador se acercó primero a él. Pero Surkoi no estaba preparado para tener un vispoide narrador a dos metros de distancia y permanecer sereno. Su dedo apretó el gatillo. La cabeza del vispoide explotó y el cuerpo se derrumbó como una torre sin cimientos. A partir de ahí todo ocurrió muy deprisa.
En el segundo que tardaron los vispoides guerreros en alzar el vuelo -necesitaban estar en el aire para lanzar sus aguijones con precisión- Brumantra descendió unos metros, disparó los cañones de plasma y nos cubrió con un muro de fuego hipercaliente. Al mismo tiempo Surkoi se dio media vuelta y empezó a disparar contra los medusoides. Los cuerpos reventaron como globos. Me pareció oír otra vez "Humanos" pero en esta ocasión con un deje de desprecio, con el mismo tono que hubiera utilizado una persona que considerara que no se podía esperar otra cosa de los humanos. Al mismo tiempo que ocurría todo esto, mi incurdroid se acercó volando y disparando a un metro de altura. Yo corrí hacia él y él descendió hasta casi rozar el suelo justo en el momento en que salté. Atravesé la membrana adhesiva con Idkereda en brazos y caí en el cubículo de control del incurdroid mientras éste alzaba el vuelo, trazaba una curva muy cerrada por culpa de la cual tuve que apretar los dientes y me quedé aplastado contra un lado de la cabina y volvía a descender para cubrir a Surkoi que luchaba en aquel momento cubierto por el cuerpo de su propio incurdroid. Brumantra disparaba contra más medusoides que habían aparecido por el mar y yo volví a disparar los cañones de plasma para que Surkoi tuviera tiempo de ser tragado por su exoesqueleto de combate. Los delfines habían desaparecido. En menos de tres segundos estábamos aplastados contra nuestros asientos por culpa de la brutal aceleración con que nos alejábamos de allí.
- ¡No había dado la orden de disparar! -dije cuando la aceleración se normalizó y pude mover el diafragma.
- ¡Señor! -contestó Surkoi- ¡El puto bicho invadió mi espacio personal!
- ¡Hostia puta, Surkoi, el puto bicho puede darle por culo sin que dispare si su comandante no le ordena que dispare! ¡Y qué cojones hacía usted, Brumantra!
- Señor, le juro, señor -contestó Brumantra muy nerviosa-, que los sensores estuvieron muertos hasta que los tuvimos encima. No me distraje, señor, se lo juro. Cuando los vi ya estaban a pocos metros de nosotros. Aparecieron de repente. Lo siento.
El Ínbid tenía su propia tecnología de invisibilidad. Era normal que no los hubiéramos visto acercarse hasta tenerlos encima. Pero los sensores biológicos tendrían que habernos alertado. Y sobre todo, sobre todo, ¿alguien hubiera podido explicarnos cómo era posible que siguiéramos vivos y libres en aquel planeta más raro que un sol verde en el que había hasta delfines? ¿Podíamos fiarnos de nuestros ojos?
- Mi radar no detecta presencia Ínbid -dije-. Confirmad.
Surkoi y Brumantra confirmaron que no tenían rastro de vispoides ni de coleccionistas de medusas en sus radares. No nos perseguían. Pero, claro, después de lo que había pasado... ¿cómo estar seguros? ¿Podíamos fiarnos de los ojos de los incurdroids?
Idkereda seguía inconsciente en mis brazos. Conecté mi cerebro a la máquina que nos había salvado la vida y volé furioso a dos veces la velocidad del sonido a través de aquella atmósfera alienígena.

(Fin del capítulo 5 - Capítulo siguiente)

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