Capítulo 28. COMETAS.


Las cometas oscilaban en el aire. Recitaban una plegaria rítmica, inacabable, hipnótica.

Idkereda y yo las mirábamos en un vano intento por encontrar algo de sosiego. Alkai, en cambio, miraba a nuestro alrededor con desconfianza. No estábamos solos.

Un buen número de terkumas nos rodeaba. Y de medusas. Incluso había algún que otro vispoide volando por los alrededores. Lo más inquietante, sin embargo, eran las esferas de mercurio flotando a un tiro de piedra de nosotros. De su interior brotaban brillantes tentáculos medusoides que olisqueaban el aire sin cesar. Hasta hacía pocas horas no hubiéramos podido ni mirarlas. Su mero avistamiento fugaz habría contraído nuestras entrañas de puro miedo. No hubiéramos aguantado su visión ni un segundo, ni siquiera para estar seguros de qué habíamos visto. Habríamos apartado la mirada inmediatamente; como un acto reflejo, tan rápido como cuando un niño aparta la mano del fuego. Puro instinto. Como animales. Y a pesar de todo aquel condicionamiento, después de todo lo que había pasado, ahí estábamos. Contemplando cometas mientras un puñado de vispoides y de esferas de mercurio flotaban a nuestro alrededor.

- ¿Qué hacen esas esferas de mercurio ahí? -pregunté a Palabra en cuanto vi la primera.

- Son amigas -había respondido el terkuma-, no se preocupen.

- Palabra, las esferas de mercurio sólo pueden operar en el interior de naves coleccionistas -respondí, con la boca seca-... ¿es este planeta acaso una nave coleccionista?

- Eso es lo que creen ustedes los humanos -me contestó el anciano terkuma sin alterar el tono de su voz ni prestarme mucha atención-, las esferas de mercurio Ínbid pueden operar en otros muchos entornos. A partir de ahora, tendrán que acostumbrarse a su presencia.

No pregunté nada más. El Universo se hacía cada vez más complejo con cada nueva respuesta.

Nos habían llevado en barcas a través del manglar hasta un claro de unos cien metros de diámetro. Enfrente de nosotros, al otro lado del claro, teníamos una impresionante medusa portadora. Hundía sus tentáculos en el agua del manglar y su umbrela sobresalía varios metros por encima de su superficie. Llevaba esperando ya un buen rato cuando por fin llegamos. Un humano quizá se lo hubiera tomado como una muestra de descortesía, pero no una medusa: a las medusas les gusta esperar, contemplar el mundo tranquilamente. Saborear con fruición la sensación de ser dueñas y señoras del Universo.

Dentro de su umbrela había un cerebro vispoide, un ejemplar de la casta dirigente de las colmenas vispoides. Los cerebros vispoides están formados por un conglomerado de miles de millones de insectos. Cada uno de ellos actúa como una neurona, y su conexión con el grupo da lugar a algo más que un mero conjunto de individuos. Observé aquel apelotonamiento de bichos flotar inmerso en el citoplasma gelatinoso de la medusa. Vibraba y palpitaba sin parar, pero no como un corazón, tan constante, tan previsible, sino sincronizado con algún aspecto de la realidad que nosotros ni intuíamos. Aparentemente, suspendido en las entrañas líquidas de la medusa, estaba totalmente aislado del mundo, sin conexión posible con ojos, ni orejas, ni ningún otro órgano sensorial... pero los humanos sabíamos perfectamente que eso... aquel ser... a pesar de las apariencias, tenía un mapa perfecto de su entorno, o al menos mucho más detallado del que nos proporcionan nuestros propios sentidos, incluso aumentados por la tecnología moderna. No conocíamos prácticamente nada de su fisiología, pero nos habíamos enfrentado a ellos, y sabíamos que no iban a ciegas, ni eran torpes. Desde nos hallábamos, y acercándonos cada vez más, podíamos percibir un tráfico continuo de avispas alienígenas que se desgajaban de vez en cuando del cuerpo principal y volaban a través de la mesoglea de la medusa hasta su ectodermis; desde donde algunas salían al exterior, y continuaban volando, y otras regresaban al enjambre, que no paraba de palpitar y deformarse. A veces, parecía una patata borrosa, otras, una esfera llena de cráteres que se expandían y contraían por su superficie. Haciendo un esfuerzo, se podían distinguir unos tenues hilos fluorescentes que lo conectaban con la dermis de la medusa y, más allá, con el mundo exterior. Los hilos eran temporales: al cabo de unos segundos, se desvanecían; y más tarde reaparecían en otros lugares del moco citoplasmático. Aquel... ser... parecía flotar pacientemente. Casi de forma indolente. Como todos. A un cerebro vispoide tampoco le importa esperar, tiene todo el tiempo del mundo mientras el Universo se expande.

Lo miré atentamente. Probablemente él también nos estuviera mirando, y toda la colmena tras él. Me olvidé de las cometas por un momento y me quedé absorto en aquella medusa portadora y su contenido. Nunca había tenido ocasión de observar un cerebro vispoide vivo con calma. Era grande como un cuerpo humano en posición fetal. Unos pocos pelos de un gris desvaído sobresalían aquí y allá, distribuidos por toda su superficie de forma aleatoria. Eran gruesos, cortos y pálidos, como las pequeñas raíces que sobresalen del cuerpo principal de una zanahoria antes de que el procesado industrial las limpie. Ignoro si en el centro de aquel conglomerado de miles de millones de insectos hay un núcleo sólido, un tubérculo plantado en un mar de bichos inquietos. De lo que estoy, y estaba seguro ya en aquel momento, es que aquel cuerpo formado por millones y millones de cuerpos diminutos era el cerebro de toda una colmena vispoide; el órgano que dirigía a cientos de miles de individuos de la misma forma que nuestro cerebro dirige a millones de células, pero con mucho más rigor. Su complejidad existencial era muchísimos órdenes de magnitud mayor que la de un tubérculo, quizá incluso que la de un ser humano. ¿Qué pensaría él de nosotros? ¿Le recordaríamos a tubérculos de su planeta, de su oscuro mundo volcánico en órbita alrededor de algún gigante gaseoso? ¿Las patitas y las alas de millones de himenópteros agitándose en su interior harían cosquillas a la medusa?

Había otra cosa segura, estaba pendiente de nosotros.

De hecho, todo el mundo estaba pendiente de nosotros.

Aparté la mirada y volví a unirme a Idkereda en la contemplación de las cometas. Alkai prefería mantener su mirada a ras de agua, con el ceño fruncido y la desconfianza aflorando claramente en su rostro. Todas las cicatrices que lo deformaban no eran suficientes para ocultar su preocupación más profunda, sus auténticas heridas.

Los colores vivos de las cometas resaltaban contra el azul suave del cielo a primera hora de la mañana. Sus colas se ondulaban lentamente y sus siluetas en forma de diamante oscilaban como si saludaran a naves en órbita. Los hilos que impedían que se las llevara volando el viento bajaban tensos hasta tocar las manos de aquellos que las sostenían, más allá del claro. Sólo que no eran manos lo que sujetaba las cometas. Ojalá hubieran sido niños, y no medusas, quienes las hacían volar.

Nos despertamos de repente. Ya se habían llevado a Surkoi y en la habitación sólo quedaban Palabra y la mujer que habíamos conocido el día anterior. Se presentó como Aniolita. Era descendiente de los miembros de la expedición de Danel Primero. En la puerta seguían los dos centinelas; vestidos con sus armaduras terkumas parecían dos cangrejos gigantes con cabeza acorazada en lugar de pinzas. Palabra nos explicó que al día siguiente tendríamos que hablar con el Ínbid. Insistió en la importancia capital de esta reunión. Luego cenamos y dormimos intentando esquivar las pesadillas.

Hablar con el Ínbid significaba varias cosas.

Todas ellas inquietantes.

Alrededor de la medusa portadora revoloteaban una docena de vispoides.

- Cuento cuatro narradores -dijo Alkai.

Idkereda y yo los habíamos contado antes de empezar a mirar las cometas. Coincidimos los tres con el número. Cuatro. El número de humanos en la barca.

Venía Aniolita con nosotros.

Surkoi no, continuaba retenido en algún lugar del árbol-torre, no le permitían salir ni nos permitían verle. Aún no, nos dijeron, es demasiado pronto. Según nos habían explicado aquella misma mañana, había iniciado ya el tratamiento. Nos permitirían verle al día siguiente, o al otro.

Brumantra seguía grave, muy grave. Su vida pendía de un hilo. Los médicos terkumas habían descubierto ya que tenía un genoma humano mejorado y les habíamos explicado que era un droide genético, que no tenía ni padre ni madre: había sido creada en un laboratorio a partir de una matriz totalmente artificial. No parecía haberles sorprendido mucho. Nos dijeron que aun así, su vida pendía de un hilo, que las mejoras en el genoma y los nanobots de su sangre tenían un límite. No era necesario que nos lo advirtieran. Ya lo sabíamos bien nosotros. Brumantra habría estado muerta ya si hubiera sido un ser humano con un genoma generado de la forma habitual: a partir de dos progenitores. Alkai quiso quedarse, ir a ver a Brumantra. A mí me parecía buena idea que parte del grupo se quedara en el árbol-torre, quizá incluso se lo hubiera ordenado, pero Palabra insistió en que aquella reunión era vital, fundamental, esencial, y que debíamos estar los tres. Después de lo de Nevando cerezas no quise insistir. 

Palabra viajaba en la misma barca que nosotros, y Árbol de luz también. Otros dos terkumas se encargaban de manejar la embarcación. El resto de terkumas se repartían por las demás barcas, todas tras la nuestra. Trae consigo iba en una de ellas.

Nuestra barca era la que más cerca estaba de la medusa portadora, y seguía acercándose a ella.

A la distancia a la que nos encontrábamos en aquel momento los vispoides guerreros podían hacer blanco con una precisión milimétrica.

Palabra iba en la proa, mirando al frente. Debía de ser el único ser consciente de todo el claro que no miraba a los humanos.

Detrás de él íbamos Idkereda, Alkai y yo. Aniolita estaba sentada al lado de Árbol de luz, a medio camino hacia la popa, justo delante de los terkumas que manejaban la barca.

- ¿Saben lo que significan esas cometas? -preguntó Palabra.

No se molestó en girar la cabeza y mirarnos. Estaba muy concentrado en la medusa portadora. No era el único.

- Sí -respondimos casi al unísono Alkai, Idkereda y yo, los humanos que sabíamos lo que era una nave Coleccionista y que la Humanidad estaba en guerra contra el Ínbid.

Aniolita quedaba excluida de este grupo.

Ella no sabía qué era una nave Coleccionista y tampoco que la Humanidad estuviera en guerra contra el Ínbid, al menos no quiso creérselo del todo hasta que habló con nosotros.

La noche anterior nos había preguntado si era cierto que la Humanidad estaba en guerra contra las medusas. Lo había dicho así: “contra las medusas”. No el Ínbid. Las medusas. No sé leer muy bien aún las expresiones del rostro terkuma pero las expresiones humanas, a estas alturas de mi vida, creo que ya no tienen secretos para mí: al menos no la expresión de aquella mujer cuando le dijimos que sí, que había una guerra y que era una guerra sin cuartel, sin piedad, a muerte. De exterminio. Estaba totalmente desconcertada, no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Su rostro tenía la misma expresión que habría tenido si el suelo que la sostenía firmemente se hubiera retirado de golpe. Palabra nos explicó que se había pasado toda su vida en el planeta terkuma. Por lo que vimos, podía ser cierto. Hablaba el idioma terkuma y lo entendía perfectamente, sin embargo las expresiones de su cara seguían siendo, en buena medida, tan humanas como las mías.

- Eso nos dijo Palabra -murmuró, absorta en sus pensamientos-, a mí y a toda la comunidad, pero yo no sabía si creerle, me parecía imposible, y a veces Palabra gasta bromas... 

Todos la miramos atónitos. Aquella mujer había aparecido de repente en nuestra estancia del árbol-torre, y no venía sola: las dos medusas que la acompañaban habían secuestrado a Surkoi, nuestro piloto, y nos habían hecho perder el conocimiento. Y ahora nos decía que a veces Palabra gastaba bromas.

- Aún recuerdo cuando era niña y quería ser rubia en lugar de tener el pelo negro como lo tengo -continuó explicando- y Palabra me ponía una pequeña medusa encima de la cabeza y me hacía ir durante varios días con ella porque me aseguraba que eso me volvería el pelo rubio. Toda la comunidad se reía de mí y yo no entendía por qué.

Miré a Palabra. El terkuma se limitó a exprimir entre sus cilios bucales una de aquellas esponjas impregnadas con aquel licor dulce parecido a la miel, o lo que fuera de lo que estuvieran impregnadas aquellas esponjas. No añadió ningún comentario. Comprendí que aquella mujer se había pasado toda su vida conviviendo con medusas Ínbid, colaborando con ellas, trabajando con ellas. Eran una parte más de su paisaje habitual. Le parecían unos seres vivos magníficos, excepcionales, fascinantes, utilísimos, fantásticos. No tenía ningún motivo de queja. Jugaba con ellas cuando era niña, disfrutaba con ellas, eran compañeros de juego insuperables; además, la protegían de cualquier peligro que pudiera acechar entre las raíces de los manglares y la ayudaban a hacer el trabajo que hubiera que hacer, como por ejemplo secuestrar humanos. O hacer los deberes.

Estaba tranquila. Desde su punto de vista, no había hecho nada malo. Surkoi estaba a salvo, nos aseguró varias veces. No leí más que desconcierto en su rostro. No apartaba la mirada cuando hablaba con nosotros ni había el más leve titubeo en su voz. Sólo estupor y ligeros rastros de extrañeza cuando confirmamos lo que le había contado Palabra.

En el resto del Universo conocido las cosas no eran como en Alema, las niñas no se paseaban con medusas en la cabeza, más bien era al contrario: las medusas se paseaban con niñas en su mesoglea, y luego estas niñas morían convertidas en hormigueros de insectos piloto, en nidos de medusas, devoradas por una nueva generación de vispoides, viviseccionadas en laboratorios coleccionistas o de cualquier otra forma al servicio del Ínbid.

Se quedó en silencio y nos miró con incredulidad.

Cuando le hablamos de los Coleccionistas nos contestó con firmeza.

- No -dijo-, las medusas no son organismos colectivos como los vispoides.

- Por lo que hemos visto en este planeta -respondí yo-, puede que haya medusas que sean individuos conscientes como nosotros, con una mente propia, pero le aseguro que los Coleccionistas existen, y desde sus naves toroidales manejan a las medusas como usted puede manejar sus dedos.

Ella miró a Palabra casi con lágrimas en los ojos.

Era una mujer joven.

Probablemente no había dejado nunca el planeta. Ni siquiera había experimentado un vuelo intrasistema. Ni tan sólo un paseo orbital. Seguramente era su primer contacto con las estrellas. Con la absoluta frialdad, indiferencia e imperturbabilidad del Universo.

Le preguntó algo en terkuma a Palabra y Palabra habló durante un minuto o dos.

Luego ella volvió a mirarnos a nosotros. Su rostro había cambiado. De hecho, recuerdo que me sorprendió el gran cambio que había experimentado. Ahora reflejaba una gran paz interior.

- Entiendo -dijo-. Palabra me lo ha explicado. También me ha explicado que mañana conoceré a un Coleccionista de medusas.

Palabra alzó su tentáculo-brazo derecho.

Las barcas se detuvieron. La nuestra estaba a un puñado de metros de la medusa portadora. Los vispoides dejaron de revolotear alrededor de la umbrela de la medusa y se mantuvieron suspendidos en el aire detrás de ella. Uno de los tentáculos emergió del agua y se alzó en el aire. Era una señal de saludo. La medusa se movía dirigida por el cerebro vispoide. La manejaba como si fuera una marioneta. En realidad quien nos estaba saludando era el cerebro vispoide.

Alcé mi brazo derecho, mostrando la palma de mi mano desnuda.

- ¿Qué hace, señor? -me preguntó Alkai.

- Como usted muy bien dijo -susurré-, no hay por qué ser maleducados.

Me imitó lentamente, y también Idkereda.

Estábamos saludando a un cerebro vispoide. El cerebro de uno de los organismos más complejos y poderosos del Universo conocido. Capaz de transformar la biosfera de un mundo entero en unas pocas semanas, de arrebatar un hábitat tras otro a los humanos a pesar de toda la potencia de fuego de su Armada, de moldear un genoma humano como el alfarero moldea el fango entre sus manos para darle la forma que se le antojara más bella. Un nido de insectos piloto, por ejemplo, o un criadero de medusas recombinantes. Exponentes máximos, junto con los laboratorios biológicos de las naves Coleccionistas, de la belleza de la simbiosis Ínbid.

Hola, querido enemigo.

Pocos humanos habían visto a tan corta distancia un cerebro vispoide y habían sobrevivido más de treinta segundos para contarlo.

Nosotros llevábamos unos diez segundos con el brazo levantado cuando el tentáculo de la medusa portadora descendió y se sumergió de nuevo en el agua. Palabra bajó su tentáculo-brazo y nosotros le imitamos.

Doce segundos.

El terkuma se giró, nos miró y nos dijo:

- No se preocupen, son viejos amigos, aliados, permanezcan tranquilos y todo irá bien.

Quince segundos.

Un rayo de luz descendió del cielo, se reflejó en una de las cometas y fue a parar a la umbrela de la medusa portadora.

La luz atravesó la ectodermis translúcida, la mesoglea gelatinosa e iluminó el cerebro.

El vispoide había quedado conectado.

El momento había llegado.

Veinte segundos.

En breve, nos conectaríamos nosotros.

Idkereda, Alkai y yo sabíamos lo que significaban aquellas cometas, por eso Idkereda y yo las mirábamos y por eso nuestro intento de encontrar algo de sosiego en su planeo contenido y oscilante era vano, y Alkai ni se molestaba en mirarlas.

Había una nave Coleccionista en órbita justo sobre nuestra posición.

Por mucho que se esforzara Palabra, la única persona humana tranquila en aquel claro del manglar era Aniolita, que ni siquiera sabía de la existencia de los Coleccionistas hasta hacía pocas horas.

El resto sí conocíamos a los Coleccionistas, a los Maestros de Medusas, a los Demiurgos de los Cnidarios, a los Demonios Fractales. A los enemigos más mortíferos que había tenido la Humanidad a lo largo de su historia, al lado de los cuales los kilmoa se nos antojaban unos pobres diablos dignos de misericordia. No podíamos estar tranquilos.

No debíamos estar tranquilos.

Veinticinco segundos.

Cuatro rayos de luz descendieron del firmamento como relámpagos trazados con tiralíneas. Se reflejaron en sendas cometas y nos iluminaron.

A los tres humanos en la proa de la barca. Y también a Aniolita, tras nosotros.

Si hubieran sido haces de microondas hubieran hecho hervir nuestra sangre y hubiéramos muerto en dos o tres segundos, como mucho. Este diario se habría acabado dos líneas antes de llegar a este punto.

Veintiocho segundos.

Las sensaciones que me alcanzan procedentes del mundo exterior son gradual y rápidamente substituidas por otras que corresponden a un lugar donde en realidad no estoy.

Y espero no estar jamás.

Treinta segundos.


(Fin del capítulo 28. Siguiente capítulo)

Comentarios

Entradas populares de este blog

Capítulo 1. HERENCIA.

Capítulo 7. APOCALIPSIS.

Capítulo 11. MANGLARES.