Capítulo 13. BERENICE (Segunda parte)
Capítulo 13. BERENICE (Primera parte)
BUM
¿Qué es eso?
BUM BUM
un golpe seco, y luego otro
no es su corazón
¡Humo!
¡Humo rodeándole!
se incorpora sin aliento
mira a su alrededor
BUM BUMBUMBUM
una andanada
hay cada vez más humo
se pone de pie de un salto
¡Están disparando!
¡No es humo! ¡Es niebla! Todo queda cubierto de niebla, hay cada vez más niebla; en un par de segundos hay tanta niebla que no puede ver nada que se encuentre más allá de unos pocos metros de distancia. La mayoría de los insectos intentan salir volando, sus alas agitan el aire y la niebla describe espirales alrededor de sus cuerpos queratínicos.
Un sudor frío empapa de repente todo su cuerpo.
Algunos bichos pasan casi rozándole mientras arrastran consigo las espirales blancas.
Como a cámara lenta.
Pero la mayoría no lo consiguen, no pueden, tiemblan y mueren sin llegar a levantar el vuelo.
Unos pocos, aun muertos, siguen temblando en el suelo.
Los botes de niebla continúan cayendo a su alrededor.
BUM BUM BUM
Un puñado rebotan a pocos centímetros de sus pies. Surkoi salta hacia atrás, asustado.
- Eh -grita.
De repente una voz estalla en su cabeza, a través de la radio de la escafandra:
- ¡No se mueva! -le ordena.
Es una voz humana. Autoritaria y malhumorada pero plenamente humana.
- Estamos leyendo su t-chip -le explica la voz-, no se mueva Surkoi, Mane, jefe de equipo exogeológico. Ahora verificaremos la integridad de su genoma. Permanezca a la espera.
Oye un disparo, más agudo esta vez, y al instante un calambre en el muslo derecho le informa de que algo ha impactado contra él. Mira. Efectivamente, un penacho de fibras ópticas azules adorna la escafandra en el punto donde ha sentido el dolor. Las fibras brillan tenuemente en medio de la niebla, que ya lo impregna todo y oculta el mundo. La sustancia que cubre su traje ha pasado de tener una consistencia tersa y semejante a la de una tela de araña a ser quebradiza y frágil. Se está desprendiendo, como ceniza llevada por el viento.
De repente, las fibras ópticas cambiaron de color y brillaron tenuemente en verde.
Surkoi recuerda perfectamente ese momento: el momento en el que le admitieron como humano. Nunca había sido testigo de un procedimiento semejante, pero intuyó perfectamente qué significaba.
- Confirmada la integridad del genoma, señor -dijo la voz, confirmando su intuición-, es humano.
Al mismo tiempo que oía su sentencia de absolución, Surkoi se percató de que otros no habían tenido tanta suerte: vio brillar en rojo las fibras que también habían disparado hacia el cuerpo de aquel que había sido uno de sus compañeros de expedición, y ahora era un ser irreconocible, a pocos metros de él. La quimera apenas se podía distinguir desdibujada por la niebla, pero la luz roja que transmitían las fibras ópticas brillaba nítidamente a través del cieno blanco que cubría el mundo.
Una vez confirmada su humanidad, y la deshumanización de su compañero, pasaron varias cosas a la vez.
Aparecieron tres personas ante él. Pero no tenían forma humana. Vestían armaduras ligeras de combate, e iban envueltos en exoesqueletos transfórmers de tipo arácnido, así que emergieron de la niebla como arañas gigantes, muy cerca de él.
Al mismo tiempo, sendos chorros de fuego salieron de cada uno de los humanos arácnidos. Surkoi se cubrió el rostro de forma instintiva con los brazos. El chorro de su fusil de plasma no era nada comparado con aquellos deslumbrantes chorros ígneos. El fuego no iba dirigido contra él -él era humano-, iba dirigido contra su antiguo compañero de expedición, contra los insectos muertos o moribundos tirados en el suelo y contra cualquier cosa que se moviera sin la correspondiente luz verde que certificara su esencia humana. Él podía estar tranquilo porque aún era humano, tenía esa suerte en medio de aquella locura, pero la explosión súbita de luz, y el calor que percibió incluso a través de la escafandra, hicieron que las pupilas de sus ojos se contrajeran dolorosamente y sus brazos intentaran proyectar un poco de sombra sobre la visera del casco.
Y también ocurrió que el chip de identidad implantado bajo su piel por fin empezó a recibir información de los t-chips militares de los soldados que le habían salvado la vida: Karoshen Siete, Elba Uno, Kalian Nueve, Infantería Biomecanizada de la Armada Terrestre, Fuerzas Especiales Espaciotransportadas de Intervención Rápida, Constelación Kunte Korenaga, misión: rescate de la constelación Lúcido Uribe, estado: avanzadilla de exploración de terreno muy posiblemente infectado.
Su cerebro no tuvo tiempo de asimilar todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Ni siquiera había tenido tiempo de asimilar lo que había ocurrido hacía un momento: lo que había hecho hacía menos de cinco minutos a la mujer que amaba, lo que había ocurrido con la misión a la que había dedicado los últimos diez años de su vida. Los arácnidos dejaron de escupir fuego y los brazos de Surkoi cayeron fláccidamente a ambos costados de su cuerpo. Él se quedó de pie ante los soldados sin saber qué decir ni qué hacer porque ese pequeño movimiento de sus brazos era la punta externa de un iceberg que flota en el mar: en lo profundo viaja el cuchillo que podría acabar en cualquier momento con el Titanic, el terremoto felino que puede sumir en el silencio a miles de millones de neuronas. Y eso fue lo que ocurrió en su interior: el silencio. Súbitamente, no se acordaba ni de su nombre. Si se lo hubieran preguntado, le habrían pegado un tiro porque no habría podido hablar y habrían concluido que era un elemento contaminado. El chip de identificación personal y las fibras ópticas azules le habían salvado la vida. Pero no era la vida lo que quería en esos momentos. ¿Para qué la iba a querer?
Los soldados se liberaron de sus exoesqueletos arácnidos y le rodearon, dándole la espalda. Al mismo tiempo, los exoesqueletos se transformaron en soldados robots tipo humanoide y se alejaron varios metros para formar un perímetro de protección.
La niebla empezaba a disiparse.
- Les voy a pedir a los científicos -dijo uno de los soldados mientras ponía su pie derecho sobre el cuerpo de un insecto que no había sido alcanzado por el fuego y que aún temblaba debido a la niebla venenosa- que mejoren las neurotoxinas. Estos insectos todavía se mueven demasiado para mi gusto.
Y mientras pronunciaba la última frase apretó el gatillo de su fusil y descerrajó cien proyectiles sobre el cuerpo del insecto, que reventó y dejó de temblar de golpe, todo a la vez.
- Ahorra munición, Nueve -le contestó otro soldado.
Los tres soldados rodearon a Surkoi, pero no perdieron ni un segundo en observarlo. Miraban a su alrededor. No bajaban la guardia ni un instante.
- Señor -dijo el tercer soldado, dirigiéndose a alguien que no estaba ahí-, aquí Karoshen Siete: acabamos de encontrar un superviviente, pero esto está lleno de insectos piloto. Aquí va a pasar algo y va a ser algo muy gordo. Estaban construyendo un nido vispoide. Solicito, repito, solicito refuerzos. Recomiendo transmitir el siguiente mensaje a la Armada: Karoshen Siete en superficie solicita inmediato apoyo combatdroide y unidades Trueno de Zeus para repeler inminente ataque Coleccionista.
- ¡Karoshen Siete, regresen a la colina! - fue la malhumorada respuesta que obtuvo el soldado-. No es decisión suya movilizar unidades Trueno de Zeus. Inteligencia Militar ha calificado esta misión como marginal, así que ya se puede ir olvidando de los refuerzos.
- Recibido, señor, pero quiero hacer constar que es un error -y se cortó la comunicación.
El soldado maldijo, se giró hacia Surkoi y preguntó:
- ¿Está herido? Espero que no porque habrá que moverse deprisa, pero si está herido no se quede callado, díganoslo. Por cierto, ¿hay algún vehículo que pueda utilizar para seguirnos?
Surkoi, abrumado, por toda respuesta alzó el brazo derecho y señaló hacia los garajes de los transpórters.
- Pues movámonos.
- Antes hay que destruir este sitio -susurró Surkoi.
- ¿Qué dice? -el soldado Karoshen se acercó a él-, hable más fuerte para que podamos oírle.
- Antes... -Surkoi cogió aire para poder gritar a pleno pulmón-... ¡Hay que destruir este maldito sitio!
- No se preocupe: de eso nos encargamos nosotros -le contestó Karoshen Siete- Usted preocúpese por moverse rápido. ¡Vamos, empiece a moverse!
Karoshen aún no había acabado de hablar cuando Elba Nueve, sin mediar palabra, le arrancó las fibras del muslo, le agarró firmemente del brazo y le empujó en la dirección que había señalado un segundo atrás ese mismo brazo. Surkoi no replicó. No tuvo fuerzas para oponerse. Dejó que la tal Elba le empujara.
Los soldados mecánicos se movieron a la vez que ellos, tan atentos a lo que les rodeaba como los humanos a los que protegían.
- ¡Alto! -gritó Karoshen.
Se habían plantado frente a uno de los garajes donde se guardaban los transpórters. Las compuertas estaban totalmente abiertas y uno de los camiones tenía el morro fuera pero el resto del cuerpo sumido en la penumbra.
El garaje parecía una cueva.
- ¿Los veis?
Los soldados tenían visión nocturna y lo que para Surkoi era la garganta negra de un pozo para ellos era una espuma gris en ebullición, un hormiguero poblado de formas y cuerpos inquietos que se ocultaban al fondo, entre el resto de vehículos, depósitos, baterías y otros utensilios, en un intento por pasar desapercibidos.
- Tranquilos -susurró Karoshen-, a los droides, despacio. Usted quédese muy quieto.
Surkoi estaba paralizado. Ni siquiera se le ocurrió pensar que podía alejarse unos pasos. Los droides transfórmers se acercaron, absorbieron a sus correspondientes huéspedes humanos y se transformaron en arácnidos.
- Voy a pasar por encima de usted -dijo Elba Uno-, no se asuste y no se mueva.
El exoesqueleto arácnido pasó por encima de Surkoi, sus patas le rodearon como si fueran los barrotes de una celda, pero esa ilusión se desvaneció rápidamente. El arácnido dejó atrás rápidamente al exogeólogo y detuvo su avance justo delante de él.
- Retroceda ahora, lentamente -le ordenó.
Su primer paso marcha atrás coincidió con la primera andanada. Dispararon botes de humo al interior del garaje. Los tres al unísono. Y esperaron. No era humo, claro. Ojalá hubiera sido humo, ese humo fruto de un fuego crepitante, hijo de leña fresca recogida en medio de una pacífica pradera, al resguardo de una tranquila noche estrellada en unos campamentos veraniegos.
Era veneno. El mismo veneno de antes, toxinas que se expandían en forma de niebla espesa y pestilente. Esperaron a que hiciera efecto como habían esperado miles de años atrás cazadores prehistóricos a la entrada de las cuevas que asediaban.
Esta vez el sonido fue horrible, espeluznante.
De los que erizan el cabello en la nuca y provocan un escalofrío que recorre el cuerpo cual serpiente eléctrica desde el epitelio hasta el cerebro.
Miles de insectos chirriando de dolor. Un millón de grillos atascados en un grito inacabable. Dos millones de élitros frotándose contra papel de lija. Cuatro millones de uñas arañando pizarras vacías.
Y luego el silencio.
Y una segunda andanada.
Y la medusa
súbita
el corazón se para, Surkoi salta hacia atrás, los soldados hacia delante y abren fuego todos a la vez.
Emerge de entre la niebla. En silencio. Veloz.
Fuego contra ella. El repiqueteo de las armas vomitando cientos de proyectiles explosivos por minuto es ensordecedor. Surkoi intenta taparse los oidos, pero no puede, el casco de la escafandra se lo impide. Abre la boca, se agita como un pez fuera del agua.
La bestia medusoide se abalanza sobre ellos.
Sus tentáculos se extienden por el aire como látigos.
La umbrela pierde citoplasma por cientos de agujeros, pero aguanta, de momento aguanta.
Y chilla, chilla directamente en sus mentes. No es sonido: es calambre, es dolor de cabeza, es hielo hundiéndose en el cerebro. Es repugnante.
Al final, el cuerpo cae antes de que tenga tiempo de alcanzarlos, destrozado, mutilado, extendido, desinflado, reventado y esparcido.
El corazón desbocado de Surkoi asoma a trompicones por su boca. Ha tropezado con una piedra y ha caído al suelo de culo. Ahí en el suelo se ha quedado. Paralizado por el terror. Empapado en sudor. Los ojos se le salen de las órbitas.
- ¡Joder! -jadea Elba Uno- ¡Vaya mierda de veneno!
- ¡Ya lo decía yo! -apostilla Kalian Nueve.
- ¡Silencio! -ordena Karoshen Siete- Ya nos advirtieron de que probablemente no serviría para medusas, así que dejad ya de lloriquear y mantened la posición. ¿Señor?
- Lo sé, lo sé. Lo hemos visto -contesta a través de la radio el comandante de la misión- Quemen el cuerpo de la medusa, saquen ese transpórter del garaje y regresen de una vez a la cima de la colina.
Apuntaron los lanzallamas contra el cuerpo desinflado de la medusa y dispararon. Mientras las llamas lo consumían, Surkoi se puso en pie y se acercó al morro del transpórter, con intención de mirar a través del parabrisas delantero e intentar discernir si había alguien dentro.
Sí, había alguien.
O algo.
- ¿Qué ocurre? -preguntó Karoshen al ver que se detenía y dudaba.
- Hay...
Pero antes de que tuviera tiempo de completar la frase la portezuela de acceso al lado del conductor se abrió.
Lo que había dentro se arrastró penosamente hacia afuera. Cuando la mitad de su cuerpo quedó colgando fuera del vehículo dejó de arrastrarse y permitió que la gravedad acabara el trabajo: por culpa de su propio peso, el cuerpo cayó a los pies del vehículo y quedó tendido al lado de una rueda.
Era Akari, la bióloga.
O, más bien, lo que de ella quedaba.
Su aspecto era parecido al de Helena, aunque aún mantenía su rostro intacto. El resto de su cuerpo se había convertido en campo de cultivo de fetos alienígenas, que como tumores lobulares colgaban en racimos de su torso, de sus piernas y de sus brazos.
Su rostro, sin embargo, seguía siendo suyo. Lo único que lo deformaba era el terror. La expresión de terror más absoluta que Surkoi hubiera visto en su vida.
En ese momento, los labios de Akari se movieron:
- Matadme -pronunciaron lentamente, con la misma intensidad del sediento que pide agua.
Su cuerpo estaba sangrando. Akari había intentado arrancarse los fetos con sus propias manos. En dos o tres lugares había tenido éxito y una yaga supurante había sustituido al lóbulo que contenía el embrión de alienígena, pero lo cierto era que la mayoría de aquellos vientres se mantenían en su sitio y en todos ellos se podía apreciar el embrión moverse y dar vueltas inmerso en el líquido amniótico, cual renacuajo a punto de eclosionar del huevo.
- Matadme -repitió Akari.
- No se mueva -dijo Kalian Nueve por toda respuesta.
Y le disparó al hombro las fibras analizadoras, que quedaron colgando del hombro de la bióloga, como una cola de caballo, mientras la mujer jadeaba y paseaba su mirada por ellos, buscando unos ojos humanos en los que posarse. Pero lo único que encontraba eran espejos: los visores opacos de los cascos en los que se reflejaba ella misma.
- Akari -dijo Surkoi.
Y caminó hacia ella.
Pero Elba Uno se interpuso.
- ¡No se acerque a ella! -le ordenó.
El arácnido transfórmer le sujetó fuertemente por los hombros.
- Surkoi -murmuró Akari.
Las fibras brillaron en rojo. Rojo púrpura. Igual que sangre fluorescente.
- ¡Me ha reconocido! -gritó Surkoi dirigiéndose a los soldados.
Fue inútil.
Karoshen alzó el fusil, apuntó a Akari y se dispuso a hacer el trabajo que había que hacer.
- ¡No! -gritó Surkoi a la vez que intentaba liberarse de la férrea sujeción a la que le tenía sometido el arácnido- ¡No! ¡Me ha reconocido!
- Deja que me maten, Surkoi -murmuró Akari.
Surkoi se revolvió para liberarse pero ya no pidió que no la mataran.
- Duele -dijo Akari entre jadeos, sin fuerzas para murmurar una sóla palabra más; Akari, la bióloga que se había enfrentado a una medusa coleccionista casi con las manos desnudas.
Akari, cuyo valor estaba más allá de toda duda, yacía a sus pies suplicando piedad, suplicando que le permitieran descansar. Ahí mismo, en el suelo. Mientras Surkoi la miraba intentó arrancarse otro feto alienígena, pero no lo consiguió, sus manos se movían de una forma extraña, incoherente, como si hubiera dos voluntades luchando por controlarlas.
¿Por qué no disparaba ya Karoshen?
- Ya lo habéis oído -dijo Karoshen, y bajó el fusil.
Habían recibido órdenes de Inteligencia Militar sin que Surkoi pudiera oírlas. Les habían ordenado salvar a aquella mujer, o lo que pudieran de ella. Kalian Nueve le disparó un dardo narcótico y Akari quedó sedada de inmediato.
Cuando Surkoi comprendió lo que se disponían a hacer, luchó de nuevo por conseguir liberarse de los brazos del arácnido transfórmer.
- Estése quieto -le pidió Elba Uno-, sea razonable.
- ¡No tienen derecho! -chilló Surkoi con todas sus fuerzas.
Uno de los cañones de Kalian Nueve disparó espuma de biostasis sobre el cuerpo de Akari. La bióloga quedó totalmente cubierta en dos segundos, como los gusanos de seda quedan cubiertos por su capullo.
- ¡Somos civiles! -gritó Surkoi.
- ¡Maldita sea! -le replicó furioso Karoshen Siete- ¡Esto es zona de guerra! En las zonas de guerra la Constitución Universal del año 2112 queda suspendida y los civiles deben someterse a la Autoridad Militar, y en este momento la autoridad militar más cercana somos nosotros. Así que estése quieto o le llevaremos ante un tribunal militar. Si sobrevivimos, claro.
Surkoi dejó de moverse y Kalian Nueve decapitó a Akari con un resonador molecular. La mayor parte del cuerpo se quedó ahí tirado, sólo les interesaba la cabeza. El soldado imprimió un código de barras en la espuma endurecida que rodeaba la cabeza de la bióloga y la metió en un cubo de contención. Al cerrarse, sus aristas se iluminaron en rojo y el soldado depositó el cubo en un espacio del exoesqueleto destinado a muestras biológicas.
Surkoi mordía rabioso sus propias muelas y se le saltaban las lágrimas de los ojos. Estaba tenso como la cuerda de un arco justo antes de lanzar la flecha. Pero se contuvo. Nada podía hacer.
El exoesqueleto de Karoshen Siete lanzó un líquido sobre los restos del cuerpo de Akari envuelto en espuma y sobre el transpórter. Incluso se acercó al vehículo y puso buen cuidado en que el líquido entrara en la cabina del piloto, donde habían encontrado a la bióloga, y todo el interior quedara impregnado.
Cuando estuvo todo empapado, le prendieron fuego. Pero era un fuego extraño: no quemaba. Todo el vehículo y el bulto de espuma solidificada quedó envuelto en un aura liviana, en una iridiscencia difusa como la de un fuego de San Telmo. La atmósfera esterilizadora lo envolvió todo durante unos segundos. Después se diluyó en el aire y Karoshen gritó:
- ¡Venga, vámonos ya de una vez!
Surkoi sintió cómo la fuerza que le retenía disminuía en intensidad y aprovechó para revolverse y conseguir finalmente quedar libre. Se dirigió sin perder tiempo hacia el vehículo y lo arrancó ansioso por salir de una vez por todas de aquel maldito lugar, aunque estaba asqueado por tener que seguir a los soldados, frustrado por no poder seguir su propio camino. De hecho, llegó a considerar la posibilidad de apuntar con el vehículo hacia algún lugar del horizonte donde no hubiera bestias inmundas ni humanos... y lanzarse hacia allí, para poder olvidar todo lo que había ocurrido, empezar de nuevo, desprenderse de la historia de los últimos años de su vida y ser libre de nuevo: para poder reinventarse, en definitiva, como cuando acabó sus estudios superiores en la Universidad de la Tierra y disfrutó de un tiempo durante el cual no tuvo obligación alguna, ni recuerdos nefastos que pesaran como piedras atadas al cuello, ni angustias ni fracasos ni compromisos.
Pero los seres humanos no están programados genéticamente para la libertad. Y menos en un planeta desierto lleno de recuerdos y amenazas. Si están programados para algo es para formar parte de un grupo. Y en grupo abandonó Surkoi el campamento humano, dejando atrás las ruinas aún humeantes de la cúpula médica, donde quedaban enterrados un puñado de átomos de carbono cuya ordenación había sido tan especial que había merecido un nombre propio: Helena, y ahora no eran más que un conjunto humeante de cenizas mezcladas con genes de monstruos alienígenas.
Karoshen le ordenó que abriera la marcha. Los soldados, embutidos en sus exoesqueletos arácnidos, cubrían los flancos y la retaguardia mientras avanzaban. Elba Uno protegía el flanco izquierdo, Kalian Nueve, el derecho y Karoshen Siete cerraba la marcha. Mientras avanzaron por el campamento fueron despacio: querían asegurarse de no dejar atrás ningún superviviente y, además, cada vez que se topaban con uno de esos muñones deformes semejantes a termiteros lo incineraban sin ni siquiera molestarse en hacerle análisis genético. Al ser engullidos por las llamas, los insectos intentaban escapar del interior de lo que en su día fueron cuerpos humanos, en un intento desesperado por escapar del fuego. Si alguno lo conseguía, los soldados lo remataban. Surkoi observó que incluso se abrían de repente hoyos en el suelo. Llegó a la conclusión de que seguramente conectaban con guaridas subterráneas pues también por ahí intentaban escapar no pocos insectos. Él aplastó unos cuantos con las ruedas metálicas del transpórter, y los que quedaban lejos de su alcance eran abatidos por los soldados. Al salir del campamento y avanzar por campo abierto, aceleraron.
Surkoi había creído que los soldados no podrían seguir el ritmo del transpórter pero al final fue él quien tuvo que forzar el motor de la máquina para no quedarse atrás.
En pocos minutos alcanzaron la cima de la colina.
Aquel lugar no tenía nada que ver con la apacible atalaya desde donde él había contemplado el mundo no hacía mucho tiempo. Los zapadores de la Armada lo habían transformado en un campamento militar en cuestión de muy poco tiempo.
Surkoi estacionó el vehículo donde le indicaron, salió y se encaramó al techo. El escenario que se desplegaba ante él era sobrecogedor. Atrás quedaba, perdido para siempre en el pasado, el plácido amanecer que había contemplado aquella mañana desde ese mismo lugar. En el campamento científico, había estado tan pendiente de lo que tenía justo delante de sus narices que no se había dado cuenta de que el día había cambiado radicalmente.
Si bien pocas horas atrás el Sol de aquel planeta despuntaba por el horizonte y ungía al mundo con su luz cálida, en aquel momento, lejos ya del horizonte, quedaba oculto por una muralla de nubarrones grises que cubrían casi todo el firmamento, desde la cordillera montañosa del norte hasta más allá del horizonte sur. Sólo unas pocas grietas en esa muralla de nubes dejaban pasar algún que otro racimo de rayos que barrían el mundo a medida que las nubes se desplazaban, igual que los focos de un teatro barrerían el escenario en busca de los actores.
La leve y agradable brisa matutina se había transformado en viento frío e impertinente que abofeteaba de forma constante e inmisericorde a todo aquel que osara permanecer en pie.
Y más allá de los restos del campamento científico que acababan de abandonar, más allá de la costa, en medio de lo que hacía millones de años había sido una llanura abisal y ahora no era más que un desierto de sedimentos, lo vio: una montaña de cumulonimbus alzándose hacia la estratosfera como una montaña flotante. No era una montaña cualquiera: parecía el Monte Olimpo coronado por los relámpagos de Zeus. A Surkoi se le antojó un fenómeno de dimensiones planetarias que se avalanzara sobre los insignificantes humanos que osaban plantar cara a los dioses.
El viento empujaba aquel Himalaya flotante hacia la vertical de la colina donde se encontraba, justo encima del campamento militar. Al mirar de nuevo hacia el norte se percató de que no era el único destacamento militar en superficie. En esa dirección se extendía, en paralelo a la línea de lo que antiguamente era la costa, una cadena de colinas que acababa fundiéndose con la cordillera del norte, un ejército de montañas de hasta tres mil metros de altura. En dirección a esas montañas, a pocos kilómetros de donde observaba, distinguió otro campamento militar, instalado en la cima de otra colina. Supuso que en el hemisferio sur habrían instalado dos o tres campamentos más. ¿Qué habría sido de sus compañeros del hemisferio sur? ¿Habría algún otro superviviente? ¿Kutznesov, Lorenzo, Medina, Bernal? Miró a su alrededor.
Los soldados corrían de un lado para otro vestidos con sus armaduras tácticas de combate o arropados en sus exoesqueletos transfórmers arácnidos. En su visión del mundo, encima de cada figura humana, aparecía impreso un nombre que se movía por el aire siguiendo a la figura, pero ninguna otra información, ni rangos, ni listas de supervivientes, ni información táctica alguna. Su t-chip no era militar y tenía bloqueado el acceso a más información. Desde luego, el t-chip no le proporcionaba ningún dato sobre la disponibilidad de los soldados que le rodeaban a contestar sus preguntas sobre el campamento del hemisferio sur. Pero ya podía imaginarse que esa disponibilidad iba a ser más bien baja. Todo el mundo parecía estar ocupadísimo.
La actividad tanto en el cielo como en la tierra era frenética. El cielo sobre su cabeza se iluminaba intermitentemente con el resplandor de relámpagos que culebreaban como serpientes eléctricas por el interior de las nubes. El firmamento parecía un vientre oscuro a punto de parir una tormenta que cambiaría para siempre la faz del planeta. Lo que desconcertó a Surkoi fue el color del resplandor: no era blanco, sino que era rojo, verde y violeta, con una infinidad de tonos que el exogeólogo no había visto en su vida asociados a una tormenta. Aquel cielo retorcido, oscuro y preñado de electricidad era tan extraño como hubiera sido dar latigazos en las entrañas de una mina de carbón, en la veta desnuda, en el mismísimo carbón mineral, y haber hecho saltar chisporrotazos de colores, relámpagos azules y verdes, rojos y violetas. Daba la escalofriante impresión de que en cualquier momento podía estallar la mina entera, incendiarse el mundo, convertirse el firmamento en una marea imparable de fuego y derrumbarse entero sobre los dos campamentos militares.
En la superficie el panorama no era mucho más relajado. Había menos colores, pero mucho más metal y quizá tanta o más tensión que en el firmamento. La cima de la colina estaba abarrotada de soldados y oficiales, armas, municiones, contenedores autotransportados y zapadores mecánicos que trabajaban a plena potencia ampliando los refugios subterráneos y abriendo trincheras. De repente distinguió “K7” sobre una de las figuras que pasaban al trote justo al lado del transpórter y gritó dirigiéndose a esa figura:
- ¡Karoshen! ¿A dónde he de ir?
El estruendo en el campamento era ensordecedor.
- ¡Póngase a cubierto! -respondió a gritos Karoshen- ¡Saldrá en la próxima lanzadera hacia la nave médica de la constelación!
¿Póngase a cubierto? pensó Surkoi. ¿Dónde? se preguntó. En el campamento humano había tanto movimiento que daba miedo dar un sólo paso sin que te indicaran por escrito que tenías permiso para dar ese paso, y sin que te garantizaran bajo juramento que los enormes robots zapadores se detendrían a tu paso. Estaba a punto de preguntar por sus compañeros del hemisferio sur cuando restalló una alarma por todo el lugar. Un bocinazo apremiante y horrible que no presagiaba nada bueno.
El aire empezó a zumbar. A Surkoi se le puso la piel de gallina. Karoshen echó un rápido vistazo al cielo y luego se lanzó al suelo mientras gritaba con toda la potencia de que eran capaces sus pulmones:
- ¡Cuerpo a tierra!
Y acto seguido, mientras la alarma seguía sonando histérica, rodó hasta quedar debajo del transpórter. Surkoi se tiró desde el techo del vehículo y le imitó aterrorizado, pensando que finalmente el cielo se iba a derrumbar sobre ellos y que él no tendría tiempo de ocultarse.
Y sí: el mundo se partió en dos justo cuando sus pies quedaron a la sombra del transpórter. Hubo un destello cegador y tres segundos después un estruendo comparable al que produciría el planeta si lo desgarraran de polo a polo. El suelo tembló como la piel de un tambor y un viento huracanado estuvo a punto de levantar el transpórter y a ellos con él y arrojarlos colina abajo.
- ¿Qué pasa? -preguntó Surkoi temblando- ¿Qué pasa?
- Un misil Coleccionista debe de haber caído cerca -contestó Karoshen.
Surkoi no entendía nada. Sólo tenía ganas de gritar y llorar. En aquel momoento, empezaron a llover piedras y cascotes humeantes. El transpórter se puso a oscilar como si le estuvieran dando martillazos en el techo.
- Escuche -dijo Karoshen mientras la mole del vehículo se agitaba justo encima de ellos-, me temo que no podremos enviarle en la lanzadera. No creo que haya posibilidad de establecer ningún pasadizo de seguridad. Tendrá que quedarse aquí.
- JoderJoderJoder -gimió Surkoi entre dientes, al mismo tiempo que apretaba la cara contra el visor de la escafandra, con las manos entrelazadas por encima del casco.
- Mire -continuó diciendo Karoshen-, no le voy a engañar: esto tiene toda la pinta de que se va a poner muy feo, pero si mantiene la sangre fría... puede que sobreviva.
- ¡No entiendo nada! -gritó Surkoi desesperado, con los ojos inyectados en sangre y temiendo que en cualquier momento el transpórter se derrumbara sobre ellos.
- Escuche -insistió Karoshen-, la Humanidad está en guerra. Intente sobrevivir, simplemente. Un momento...
Unos clics intermitentes indicaban que estaba a punto de recibirse un mensaje.
- ... transmiten un mensaje desde la nave insignia de la Kunte Korenaga -aclaró Karoshen.
A todas las fuerzas en superficie oyó Karoshen a través de la radio La barrera láser aguanta pero no podemos garantizar un corredor seguro. Puede que vuelva a colarse algún misil Ínbid. Dos cosmonaves Coleccionistas han emergido en órbita planetaria y nos están atacando. Ya hemos solicitado refuerzos. Inteligencia militar ha redefinido el rango de esta misión y nos han confirmado el envío de dos constelaciones más, pero de momento no podemos lanzar los combatdroids. Tenéis que aguantar con lo puesto. Repito: aguantad en vuestras posiciones, los refuerzos están en camino. Insignia de la Kunte Korenaga fuera.
- Lo que me temía -resumió Karoshen-, no habrá más enlaces superficie-órbita de momento. Los refuerzos deberían haberlos solicitado antes y deberíamos haber bajado aquí embutidos en los droides de combate.
Luego consultó algo mediante su estación de enlace personal y añadió en un susurro, y con una sombra de amargura en la voz:
- Me temo que hemos perdido a la vigesimotercera escuadra.
El transpórter había dejado de temblar, así que se arrastraron fuera de su protección y se irguieron. El paisaje era desolador. Había máquinas rotas que humeaban y seres humanos heridos que gemían. El humo y los gemidos se mezclaban en el aire. Había sangre por el suelo, cascotes, metales retorcidos, piedras de todos los tamaños ennegrecidas y restos humanos. El cielo estaba cada vez más oscuro y seguía iluminándose entero e intermitentemente con un resplandor rojo, verde, violeta y azul y Surkoi, sobrecogido, comprendió que no era una tormenta: era la guerra, eran los misiles de aquellos que llamaban Coleccionistas reventando gracias a los rayos láser con que se defendían los humanos.
Los cumulonimbus faraónicos que se acercaban por el mar seco estaban cada vez más cerca.
- Vaya a las trincheras -le conminó Karoshen señalando en sentido contrario al mar-, vaya a las trincheras, vendrán por el mar, vaya a las trincheras y túmbese.
- ¡Un momento! -suplicó Surkoi- ¿Quién vendrá? ¿Qué vendrá?
Karoshen dejó de señalar hacia las trincheras y señaló hacia el cumulonimbus estratosférico.
- ¿Ve esas nubes? Pues no es una tormenta: es una colmena vispoide que se acerca para destruirnos. Está camuflada pero ya lo he visto antes.
- ¿Una colmena? -preguntó Surkoi- ¿vispoide?.
Seguía sin entender nada. El desconcierto se debía leer en el tono de su voz y en sus gestos porque Karoshen sacudió la cabeza como tirando la toalla e insistió:
- Ya se lo explicarán más tarde. Ahora vaya a la trinchera sin entretenerse. Yo voy a reunir a mi escuadra y vendremos a proteger este cuadrante.
Dio media vuelta y se alejó corriendo e impartiendo órdenes a diestra y siniestra antes de que Surkoi pudiera hacerle ninguna otra pregunta.
Se quedó paralizado. No era exactamente terror lo que sentía. Estaba totalmente bloqueado, incluso para sentir terror. No entendía nada de lo que ocurría a su alrededor. Hasta hacía unas pocas horas, ir al encuentro de Helena le había impedido quedarse paralizado y más tarde, cuando comprendió lo que tenía que hacer por ella, entender lo que ocurría era algo secundario. Lo primero era liberarla a ella. Una vez hecho eso, sin embargo, la conmoción por lo que había hecho le había protegido de la angustia de no entender qué le había pasado a su mundo, de no entender en qué se había convertido su vida, y el instinto de supervivencia le había mantenido con vida ante los insectos cuchilla. Pero ya estaba agotado, extenuado, y su instinto de supervivencia prácticamente aniquilado. Así que, en lugar de protegerse como le había conminado a hacer Karoshen, subió de nuevo al techo del transpórter. No se sabe si lo hizo por curiosidad o porque buscaba la muerte, la sentencia definitiva del destino, liberarse ya de aquella pesadilla.
Lo hiciera por uno u otro motivo, la realidad se desplegó ante él impasible, sin el más mínimo atisbo de piedad o misericordia.
El paisaje no había mejorado. De hecho, el apocalipsis parecía estar cada vez más cerca. La colina donde se asentaba el otro campamento militar, en dirección norte, hacia las montañas, había desaparecido. En su lugar había un cráter enorme, humeante, lleno de cascotes y rodeado de chatarra retorcida y restos de robots y humanos mezclados. Los restos rodeaban el cráter como si los hubieran distribuido con un pulverizador. Surkoi miró a sus pies y comprendió que hasta sus pies había llegado la pulverización: vio una mano humana. Faltaba todo el resto del cuerpo. La carne, calcinada, asomaba entre los huecos que habían quedado sin armadura. Los dedos emergían entre las varias capas superpuestas de tejido protector rasgado y chamuscado
Retrocedió. Sintió que le faltaba el aire.
Se tropezó con una piedra, procedente también de la colina volatilizada, y cayó hacia atrás.
- ¡Corra hacia las trincheras!
Karoshen le gritaba tras refugiarse en una trinchera, situada a unos veinte metros del transpórter.
- ¡Corra hacia las trincheras! -insistía una y otra vez.
Los robots zapadores que habían sobrevivido a la tormenta de metralla seguían trabajando a un ritmo frenético.
Miró hacia el mar.
Del cumulonimbus emergían nubes negras que vibraban y se extendían por el aire a una velocidad increíble. Parecían una mancha de aceite negro.
- ¡Corra hacia las trincheras!
Tardó unos segundos en verlo con claridad. No eran nubes. No era aceite: eran incontables puntitos negros que a lo lejos formaban una mancha uniforme sobre el firmamento iluminado intermitentemente. Eran entidades individuales que volaban hacia la cima de la colina. Miles. Tal vez millones.
El zumbido de sus alas se pudo oír kilómetros antes de que llegaran. Era metálico, acuciante, insidioso, asfixiante. Era horrible. Todo el mundo en el campamento corría hacia las trincheras.
- ¡Corra! ¡Corra!
Karoshen ya sólo gritaba corra.
Los exoesqueletos transfórmers, libres de su huesped humano, habían entrado en modo automático y habían adoptado forma arácnida. Mientras Karoshen le gritaba, se situaban justo encima de las trincheras, uno al lado del otro, a lo largo de toda la red de trincheras. Los fusiles situados en los puntos más altos de sus patas arácnidas apuntaban a las nubes negras, a los miles de vispoides que las constituían y que venían volando por el cielo. Todos los soldados, situados justo debajo de los arácnidos, con los cascos asomando entre sus patas mecánicas, apuntaban también a los alienígenas que se lanzaban sobre ellos. Sólo Karoshen, ocupado en gritarle y en organizar a sus hombres, no apuntaba con su fusil a las hordas que se les echaban encima, pero no tardó mucho en unir su fusil al de sus compañeros porque, tras gritar una vez más Corraaaaaaaa, y luego:
- ¡Atención! ¡Fuego a mi orden!
acomodó el arma en su hombro derecho, quitó el seguro y situó el dedo en el gatillo y los codos en el borde de la trinchera.
Surkoi, si sobrevivía, juraría aun años después que hubo un instante de silencio en el campamento humano. Un instante en el que sólo el zumbido demoledor de las alas de los vispoides llenó el mundo, a lo lejos, igual que el estruendo de una catarata, río abajo. Una catarata inmensa. Fue un instante en el que incluso los robots zapadores se detuvieron. Y que después de ese instante de contención, Karoshen gritó:
- ¡ Fuegoooooooo... !
y la catarata se derrumbó sobre todos ellos. Las armas vomitaron metal y fuego y los vispoides cayeron sobre la cima de la colina con la contundencia de una plaga bíblica. La intensidad del ruido creció varios órdenes de magnitud hasta convertirse en un auténtico martillazo contra los tímpanos. Invisibles como eran los proyectiles, los hombres parecían cañones que dispararan furia en lugar de plomo, y que era esa furia la que descuartizaba los cuerpos de aquellos animales alienígenas de los que por primera vez en su vida tenía noticias Surkoi. Incapaces ya de la sintaxis, los soldados gritaban inmersos en su desesperación un único fonema: ¡Ah!, todos al unísono como si formaran un único cuerpo, hasta quedarse sin aire en los pulmones, y luego apretaban los dientes y volvían a coger aire y volvían a gritar, pero sin dejar de disparar, ni siquiera cuando se quedaban sin aliento y estaban al borde de la asfixia, ni siquiera entonces dejaban de aferrar el fusil y apretar el gatillo tan fuerte que todo su cuerpo acababa lleno de golpes y hematomas. En realidad apenas se oía su grito, su voz, su angustia, su furia, su ansia de supervivencia: todo quedaba oculto por el estruendo de las armas y por el zumbido de los vispoides.
Surkoi por fin saltó del techo del transpórter, rodó por el suelo y corrió hacia la trinchera.
Tenía miedo.
Su miedo era tan poderoso como los zambombazos de su corazón contra su pecho. Su miedo podía hacer que su cuerpo se moviera aun y estando paralizado como estaba.
Corrió en zig-zag de la forma más imprevisible que pudo. A su lado, casi rozándole una y otra vez, oía silbar los proyectiles enemigos. Aquellos animales alienígenas lanzaban unos aguijones gigantes capaces de atravesar la armadura de combate de los soldados. El dardo se clavaba en la carne e inyectaba un veneno mortal en un segundo: el cuerpo se inflaba hasta reventar antes de tener tiempo de inyectar antídoto alguno. Surkoi no sabía nada de todo esto al amanecer, mientras conducía el transpórter hacia el campamento.
Lo acababa de aprender. Se lo habían enseñado sus propios ojos.
Corrió sin mirar atrás.
No hizo falta que Karoshen volviera a gritarle.
Cuando cayó en la trinchera el corazón le palpitaba en la boca, entre las muelas, inflaba sus encías una y otra vez, una y otra vez; no podía hablar y estaba empapado en sudor. Se le nublaba la vista y no podía ponerse en pie.
- ¡Aguantad en vuestras posiciones! -gritaba Karoshen.
Tirado en el barro de la trinchera, tuvo un pensamiento estúpido. Karoshen debe de tener toda la parte interna del visor de su casco llena de saliva, con los gritos que está pegando. Ese fue el pensamiento que apareció en su mente mientras tenía la sensación de estar muriéndose. Le iba a dar un ataque al corazón. Le dolía el pecho, le dolía el brazo. Iba a morir. Estaba claro. Comprendió que, después de haber sobrevivido a todo el horror, iba a morir ahí, a los pies de los soldados, caído en una trinchera, sucio de fango y sangre ajena, porque su corazón estaba a punto de colapsar.
Pero alguien le agarró de los pies y tiró de él.
Le arrastró varios metros hasta un rincón un poco más tranquilo.
Su t-chip le informó: Silvio Stein, médico de las fuerzas en superficie de la vigésimo cuarta escudra de la Kunte Korenaga.
- ¿Se encuentra bien?
Le ayudó a incorporarse y Surkoi quedó sentado con la espalda apoyada contra una de las paredes de la trinchera. El médico estaba de cuclillas delante de él, observándole.
- ¿Se encuentra bien? -repitió.
- Creo que sí -contestó finalmente Surkoi.
- Perfecto, los sensores de mi armadura coinciden con su diagnóstico, así que escúcheme: le voy a quitar esta escafandra y le voy a poner una armadura táctica.
- Ah, muy bien... -dijo Surkoi-, ya he visto lo útiles que son las armaduras contra los aguijones de esos bichos.
- Podría ser peor -replicó el médico-, si hubieran enviado contra nosotros a los simbiontes... no sé si seguiríamos vivos. Es probable que acabemos usando armas químicas... no creo que esa escafandra pueda filtrar el aire...
- Antes lo hizo...
- Antes, cuando le rescataron, usaron venenos inocuos para nosotros, los humanos. Si vienen los simbiontes, esto será peor. Sígame sin levantar la cabeza. Además, los vispoides también impregnarán el aire de veneno.
Le siguió casi a rastras. LLegaron a un búnker lleno de soldados, pantallas iluminadas y representaciones holográficas del campo de batalla que flotaban en el aire como lámparas globo. La actividad era frenética. En el centro convergían todas las corrientes de datos, informaciones y estadísticas: era ahí donde se encontraba el oficial al mando en superficie, que sin dejar de gritar ni gesticular un sólo instante recibía la información, tomaba decisiones e impartía órdenes. Todos iban vestidos con armaduras tácticas. El médico le empujó a una estancia contigua llena de municiones y armaduras de reserva. Antes de que pudiera objetar nada, lanzó sobre Surkoi el mismo líquido que había utilizado Karoshen antes, y lo encendió. El exogeólogo quedó envuelto en un aura azul que fulguró durante un largo minuto antes de apagarse.
- Tengo mucho calor -se quejó Surkoi, pero Silvio no le hizo ni caso.
- Quítese la escafandra -fue lo único que dijo, y añadió:- ¡Rápido!
Surkoi obedeció y siguió las indicaciones del médico. En menos de treinta segundos estaba dentro de una armadura táctica como las que vestían los soldados.
- ¿Ha llevado alguna vez una de estas armaduras? -le preguntó el médico mientras manipulaba unos controles en el costado y se encendían y apagaban luces en el visor de su casco.
- Nunca -contestó Surkoi. Nunca había visto soldados de la Armada Estelar en vivo y en directo nunca he estado en una batalla nunca imaginé ser atacado nunca imaginé los monstruos el sinsentido el horror el dolor la barbarie el caos el miedo la muerte la destrucción nunca escogí todo esto nunca me informaron nunca nadie nos dijo que estábamos en guerra nunca pude llegar a imaginar siquiera en mis peores pesadillas que pudieran existir bestias así nunca nunca nunca ojalá nunca hubiera sabido todo esto
- No se preocupe, he desconectado todas las funciones que pudieran resultar peligrosas -intentó tranquilizarle el médico- y también las conexiones neuronales, usted no tiene implantes militares... así que sólo consumirían energía de forma innecesaria.
NuncaNuncaNunca
- La energía. Es lo más importante. Lo único que tiene que vigilar es la reserva de energía... esa luz verde de la parte inferior izquierda del visor, si pasa a parpadear en rojo, avise al soldado que tenga más cerca... esta armadura pesa más de doscientos kilos incluso sin munición... bueno, en este planeta un poco menos...
NuncaNuncaNunca
- ... pero el caso es que no se podrá mover si las pilas de hidrógeno se agotan... ¿lo entiende?
QuieroSalirDeAquíQuieroSalirDeAquíQuieroSalirDeAquí
El oficial al mando de las fuerzas en superficie gritó desde la estancia contigua:
- ¡Karoshen, no depende de mi! ¡Las unidades trueno de Zeus están en camino! ¡Nos mandan dos! ¡En cuanto lleguen, solicitaré que abran fuego sobre nuestra posición para aniquilar ese maldito nido vispoide!
Varias alarmas sonaban al mismo tiempo.
- ¿Lo entiende? -decía el médico- ¡Responda!
- Sí, sí -contestó Surkoi- comprendo, comprendo.
MédicoooooMédicoooooMédicooooooo
Ahora podía oír todas las transmisiones por radio entre los soldados de la escuadra.
- Me voy, que me necesitan.
Silvio salió corriendo.
- Gracias -murmuró Surkoi dos pasos antes de que el médico desapareciera por la estrecha apertura que daba al exterior del búnker.
- Procure sobrevivir -contestó el interpelado, sin mirar atrás.
Surkoi no tuvo tiempo de pensar en qué rincón esconderse.
A través de la radio le llegó la voz de Karoshen:
- Surkoi, ayúdenos, tráiganos dos cajas marcadas como Descuartizadoras... ¡Aquí se han acabado! ¡Búsquelas! Tienen que estar por ahí, donde se encuentra.
Surkoi miró a su alrededor.
El comandante señalaba a un oficial a su cargo mientras le gritaba:
- ¡Ayúdele!
Surkoi vio las cajas, agarró dos y salió corriendo hacia el exterior del búnker seguido del oficial, que iba cargado con otras dos cajas.
La armadura era incomprensible. Al salir al exterior tuvo la impresión de sumergirse de repente en una piscina. En lugar de agua había movimiento, fuego, gritos, sangre, estrépito y violencia, pero la sensación fue de quedar empapado en todo aquel caos de la misma forma en que habría quedado empapado por el agua de una piscina. Su cuerpo se mantenía encogido y su cabeza gacha sin necesidad de que él pensara en ello: el agudo silbido de los aguijones vispoides al rasgar el aire y las piezas de metralla que arrancaban de los arácnidos y de las armaduras cada vez que impactaban contra ellas provocaban esa reacción instintiva en su cuerpo sin necesidad de que él interviniera. La armadura era totalmente incomprensible: el visor del casco creaba una realidad aumentada a su alrededor y proyectaba sobre esta realidad aumentada infinitos datos, esquemas, diagramas y trayectorias previstas de aguijones vispoides. Era mucha más información de la que podía procesar racionalmente. Bastante trabajo tenía con mirar dónde ponía los pies, por dónde se acercaban los vispoides, por dónde volaba la metralla, luces en el visor, avisos acústicos en el casco, ruido y sacudidas como para encima estar pendiente del parte meteorológico, que también le ofrecían los microprocesadores de la armadura. Un caos. Tropezaba continuamente, se caía, se levantaba, arrastraba las cajas, volvía a tropezar, tenía la sensación de que estaba en medio de un terremoto, todo se derrumbaba a su alrededor, le costaba caminar en línea recta y el aire temblaba como si lo estuvieran destruyendo con un martillo neumático.
Finalmente llegó a donde estaba Karoshen. Miró hacia atrás y no vio al oficial que había salido con él del búnker, supuso que se había quedado unos metros atrás suministrando munición a los soldados con los que se habían cruzado, pero en realidad no estaba seguro y no quería saberlo.
Dejó caer las cajas y se sentó con la espalda pegada a la pared de la trinchera. Temblaba. Por un momento, creyó que era la pared lo que temblaba, el suelo, la trinchera entera, pero enseguida comprendió que era él, él mismo. Estaba temblando de forma tan violenta que le resultaba imposible dejar de temblar. Los hombres luchaban codo con codo y le daban golpes y le empujaban, como si no existiera, como si no estuviera ahí, pero no le importaba, más bien al contrario: así se sentía más protegido, aunque era imposible tener una auténtica sensación de seguridad porque los vispoides atacaban por cualquier parte y no había punto en la trinchera a donde no pudieran llegar sus aguijones. Incluso desde arriba: algunas unidades arácnidas habían quedado inutilizadas y se habían derrumbado hacia los costados y hacia delante y hacia atrás, dejando al descubierto la parte superior de las trincheras.
- ¡Ábralas, ábralas! -le gritaron todos.
Surkoi abrió las cajas a patadas. Estaban llenas de cargadores negros, pulidos, brillantes, impecables.
Los soldados se abalanzaron sobre la munición siguiendo un riguroso orden marcial que a Surkoi se le escapaba, establecido seguramente durante entrenamientos y simulacros y ejecutado ahora con perfección milimétrica gracias a la cual empezaron a disparar descuartizadoras en menos de tres segundos.
Eran redes.
Los fusiles las disparaban por el cañón lanzagranadas como si fueran granadas, pero no lo eran: eran redes ultraexpansivas.
Estaban empaquetadas y comprimidas hasta el tamaño de una granada pequeña pero en mitad del vuelo o en cuanto chocaban con un alienígena se abrían y se expandían desmesuradamente, barrían el aire y atrapaban en su interior a infinidad de vispoides y a todo aquello que se cruzara en su camino. Luego, en uno o dos segundos empezaban a contraerse de nuevo hasta su tamaño original y todo lo que hubiera quedado dentro acababa dividido, cortado, troceado, seccionado, descuartizado.
El suelo en varios cientos de metros a la redonda del campamento humano quedó cubierto por una capa de sangre y vísceras alienígenas trituradas, que quedó cayó sobre otra capa previa.
- ¡A qué cojones están jugando! -gritó alguien.
Surkoi tenía ganas de vomitar. En un minuto habían quedado todos impregnados de sangre y vísceras. En el suelo y en las paredes de la trinchera se mezclaban barro, sangre humana y carne alienígena.
Karoshen se giró hacia él y amenazándole con un dedo tenso como una lanza le dijo:
- ¡No se quite el casco! ¿Me oye? ¡No se quite el casco o morirá!
Dio media vuelta y continuó disparando.
- ¡Nos están probando -gritó por la radio sin dejar de disparar-, a eso juegan! ¡Quieren ver qué somos capaces de hacer! ¡Quieren conocer nuestras armas!
Un aguijón se clavó en la pierna de uno de los soldados que estaba apostado a su izquierda, se le clavó a la altura del gemelo, justo por debajo de la rodilla. Tal y como estaba tirado en el barro, el gemelo de aquel hombre quedaba a la altura de sus ojos, por lo que el aguijón se le hubiera clavado en la frente si se hubiera desviado veinte centímetros hacia donde él estaba. Todo ocurrió muy deprisa: él dio un bote hacia la derecha, como si le hubiera dado un calambre, el soldado gimió y su pierna se infló hasta explotar. El visor de Surkoi quedo salpicado con sangre y esquirlas de hueso de aquel pobre desgraciado. Karoshen más tarde le dijo que había tenido suerte, no sólo porque el aguijón no le había alcanzado sino porque los trozos metálicos de la armadura tampoco habían roto el casco al salir disparados como metralla. En ese momento, Surkoi estaba aterrorizado y no hubiera tolerado que nadie le hablara de la mucha suerte que tenía. El soldado cayó como una torre en pleno proceso de demolición pero antes de que impactara contra el suelo sus compañeros ya gritaban Médicooooooo Médicooooooo y dos de ellos le rodearon para cubrirle. Todo ello sin dejar de disparar, claro. Lo más increíble, desde el punto de vista de Surkoi, fue ver cómo el hombre, una vez en el suelo de la trinchera, se revolvía y continuaba disparando a pesar del dolor indescriptible que debía agarrotar todo su cuerpo.
La sangre manaba del muñón tierno como de una fuente del bosque.
Silvio llegó jadeando, cortó la hemorragia como pudo, cauterizó la herida, le puso una inyección de algo que llamó hipermorfina y se lo llevó a rastras hacia el búnker.
Surkoi sentía la boca reseca. La lengua se le pegaba dolorosamente al paladar.
- ¡Repliegue! -gritó Karoshen de repente- ¡Repliegue!
Los hombres empezaron a moverse hacia el búnker. Primero corrieron por la trinchera los que estaban más alejados del búnker. Mientras, los de posiciones más cercanas les cubrían. Luego los que habían cubierto a los primeros dejaron de disparar y corrieron por las zanjas hacia la entrada del refugio, y así sucesivamente hasta que estuvieron todos bajo tierra.
Surkoi esperó a que se replegara Karoshen y procuró mantenerse pegado a él y los suboficiales directamente bajo su mando. Cuando faltaban pocos metros para llegar al búnker, uno de los soldados dejó caer el fusil y empezó a agitarse ansioso, como si se asfixiara. Aire, aire, gritaba. Se quitó el casco.
¡Noooo! gritaron varios compañeros.
Pero ya era demasiado tarde.
En cuanto el aire exterior tocó su piel y pasó por sus fosas nasales, su rostro empezó a enrojecerse y a inflarse, sus labios se pusieron morados y sus globos oculares se hincharon desmesuradamente. Murió en pocos segundos, antes de que uno de los compañeros que estaba más cerca de él tuviera tiempo de inyectarle un antídoto.
Surkoi comprendió enseguida lo que ocurría, Karoshen no se lo había explicado, sólo le había advertido, pero era evidente: los cuerpos de aquellas bestias, que los soldados llamaban vispoides, al ser descuartizados en el aire, habían impregnado todo el campamento humano de toxinas. Silvio le había salvado la vida. Comprendió que muy probablemente él seguía vivo porque vestía una de aquellas armaduras tácticas, con filtros militares para el aire.
Karoshen preguntó qué demonios había pasado y uno de sus oficiales comprobó una serie de controles de la armadura de la víctima, y luego dijo que tenía el termostato estropeado.
- Debía de estar a casi sesenta grados centígrados ahí dentro, señor -añadió.
Surkoi pensó que estar embutido en aquella armadura a sesenta grados centígrados sin posibilidad de escapatoria era motivo suficiente para hundirse irremediablemente en la locura. Y si encima te rodeaban miles de avispas de un metro de envergadura que disparaban aguijones venenosos no se explicaba cómo el muchacho había aguantado tanto.
Aguijones que seguían silbando a su alrededor.
- Rápido, saquémosle de aquí -dijo Karoshen.
Y ayudó él mismo a arrastrar el cuerpo, embutido todavía en la armadura, hasta el búnker, donde lo depositaron en la estancia que hacía de enfermería.
- ¡ Si está muerto, aquí no lo dejéis ! -gritó Silvio mientras cosía una herida abierta que había rellenado con tejido reparador y, al mismo tiempo, presionaba con su pierna derecha sobre el pecho del herido para que este no se levantara de la mesa de operaciones.- Llevadlo a municiones.
Surkoi y Kalian Nueve cargaron con él hasta el habitáculo de municiones, donde lo depositaron y lo cubrieron con una membrana aislante. Karoshen había ido a gritar al oficial al mando dónde están las unidades trueno de Zeus y el resto de hombres no dejaban de mirar la entrada del búnker con las armas listas. Ahora estaba cerrada y sellada, pero no se fiaban.
- ¡Están encima de nosotros! -respondió el oficial al mando- ¡Van a disparar ya!
Karoshen dejó de encararse con el oficial al mando, se giró y gritó:
- ¡Cubríos!
Surkoi pensó que iba a producirse un terremoto, un cataclismo, un derrumbamiento o algo más horrible aún y lo único que hizo fue tirarse al suelo y encogerse en posición fetal, pero no hubo ninguna sacudida: sólo un destello de luz que se coló a través de las rendijas de observación e iluminó todo el búnker con una luminosidad cegadora. A Surkoi se le erizó el pelo de la nuca. Si dentro del búnker aquella luz daba miedo ¿qué estaba ocurriendo en el exterior?
Entonces se oyó una explosión a lo lejos y se levantó un viento huracanado. La intensidad de la luz empezó a disminuir y cuando parecía que iba a volver todo a la normalidad, las pantallas se apagaron, los escenarios virtuales en tres dimensiones desaparecieron del aire y el búnker se quedó a oscuras, aumentó la fuerza del viento y empezaron a oírse chirridos, aullidos y golpes en el exterior.
Todo quedó sumido en las tinieblas. La única luz provenía de las rendijas de observación y de la linterna del casco de Silvio Stein, el médico, que seguía operando como si no pasara nada. La luz del exterior era ténue y gris, la de la linterna de Stein era intensa, pero apuntaba hacia el herido, y al resto del búnker sólo llegaban algunos reflejos insignificantes.
Trueno de Zeus a superficie
Una voz metálica y distorsionada por interferencias, estática y ruido estalló en el interior de su casco.
Trueno de Zeus a superficie. ¿Siguen ahí? Respondan
En el exterior seguían oyéndose chirridos y golpes y, de vez en cuando, alguna que otra explosión a lo lejos, pero de menor intensidad que la primera. En el interior los soldados empezaron a incorporarse.
Trueno de Zeus a superficie repitió la voz Respondan, por favor. Necesitamos confirmación visual. ¿Nos captan? Trueno de Zeus a superficie ¿Nos captan? ¿Siguen ahí?
El oficial al mando fue el primero en responder:
- Aquí superficie, Trueno de Zeus. Al habla Kaddour, André, oficial al mando de las fuerzas en superficie. Hemos perdido potencia en los sistemas del búnker pero la estructura aguanta, estamos midiendo dosis de radiación.
- Kaddour, al habla Serkova, Valeria, capitana de la unidad Trueno de Zeus Tres Cuatro Alfa Norte Uno. Hemos efectuado un disparo sobre su posición corregido a 2 km al oeste tal y como nos ha indicado pero necesitamos confirmación visual, no podemos acceder con nuestras cámaras.
- No se preocupe -respondió Kaddour-, por la cuenta que nos trae, les daremos esa confirmación visual. Ahora mismo envío una patrulla. Kaddour André Triple Uno cambio y corto. Karoshen envíe a dos de sus hombres a ver qué está pasando ahí fuera.
Karoshen mandó a dos soldados bajo su mando a explorar. El viento seguía ululando y de vez en cuando se oían golpes y extraños chirridos en la parte externa del búnker. A pesar de todo, los soldados obedecieron las órdenes sin rechistar.
- Kaddour André a insignia de Kunte Korenaga -siguió hablando el oficial al mando-, solicito evacuación inmediata. Repito: solicito evacuación inmediata.
- Kaddour, al habla el capitán de la Kunte Korenaga. ¿Evacuación? ¿Evacuación a dónde? Ahí abajo no tienen ni idea de lo que está cayendo por aquí arriba. Estamos demasiado ocupados protegiendo la unidad Trueno de Zeus. Tendrán que aguantar ahí, de momento. Capitán de la Kunte Korenaga, fuera.
- Maldita sea -exclamó Kaddour.
Una ola de decepción y desesperación recorrió todo el búnker.
Surkoi intentó tumbarse cuan largo era en el habitáculo de municiones pero era demasiado angosto y tortuoso y optó por incorporarse un poco y sentarse con la espalda pegada a un montón de cajas de municiones. Enfrente de él, a la altura de sus ojos, tenía más cajas. Las que quedaban a la altura de sus ojos estaban marcadas como Ciclonadoras. No tenía ni idea de lo que eran, y tampoco tenía ganas de saberlo. Tenía sueño. Y sed. Una sed abrasadora. Se levantó y fue a buscar a Silvio.
Antes de llegar a donde estaba el médico, los soldados que habían salido transmitieron su primer informe.
- Señor -dijo uno de ellos-, han acertado de lleno: el nido vispoide está en llamas y se derrumba. Caerá sobre la costa, probablemente justo encima del campamento científico. Yo diría que faltan unos veinte segundos para el impacto, pero no se puede saber con certeza porque, tal y como está, las unidades de levitación pueden fallar en cualquier momento. Solicito permiso para volver al búnker.
Por la voz se notaba que el soldado estaba nervioso e intranquilo y seguramente miraba continuamente por encima de su hombro, hacia atrás, para asegurarse de que no tenía ningún vispoide observándole.
- No tan deprisa -respondió Kaddour-, asegúrese de que no hay en los alrededores signos de alguna entrada a un nido Ínbid.
- A la orden, señor.
- Silvio -le dijo Surkoi al médico-, tengo la boca tan seca que casi no puedo hablar.
Karoshen y Silvio estaban hablando cuando Surkoi irrumpió en el habitáculo que hacia de enfermería. Los dos se le quedaron mirando.
- Me muero de sed -insistió Surkoi-, y además me estoy meando, cómo se mea dentro de estos trajes.
Era cierto. Hacía un montón de horas que no meaba y su vejiga aprovechaba ese momento de falsa tranquilidad para comunicarle sus intenciones de reventar si no hacía algo por vaciarla.
Silvio le indicó cómo tenía que hacer para desahogar la vejiga sin necesidad de quitarse la armadura.
- Así matará dos pájaros de un tiro -comentó Karoshen.
Surkoi frunció el entrecejo y esperó una explicación. El visor del casco se volvía traslúcido en entornos de poca luz y los otros dos hombres pudieron ver el entrecejo fruncido del exogeólogo superviviente.
- Estas armaduras -explicó Silvio- tienen un sistema de reciclaje. Todos empezamos la misión con un depósito de agua cargado al máximo y la armadura reaprovecha sudor y orina para ir reponiendo en el depósito el agua que bebemos.
A continuación, el médico le explicó cómo podía acceder al agua. Acabó su explicación advirtiéndole:
- No beba mucho de golpe.
Y se enfrascó de nuevo en la conversación con Karoshen.
Surkoi se quedó ahí, escuchándoles, mientras succionaba pequeños tragos de agua a través del tubito que le había indicado Silvio.
- Ya sabes cuál es mi opinión -murmuraba Silvio-, Inteligencia Militar la ha cagado, de nuevo.
- Está clarísimo -le contestaba Karoshen-, ese nido vispoide podría habernos atacado con mucha más contundencia. Podría haber disparado contra el búnker o habernos lanzado un escuadrón de simbiontes.
- Aquí está ocurriendo algo que se nos escapa -insistía Silvio.
- Sí, han sacrificado ese nido vispoide para saber de qué armas disponemos -concluía Karoshen-, y si todo un nido vispoide es un mero peón... ¿qué será la reina?
- Ni puta idea, Karoshen, pero más valdrá andarse con ojo.
De repente, una de las dos entradas del búnker se abrió, entraron a toda velocidad los soldados que habían salido a explorar y, mientras volvía a cerrarse, alguien gritó:
- ¡Atención!
y antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar hubo un estruendo brutal y una sacudida que les hizo perder a todos el equilibrio. Surkoi cayó al suelo y Silvio, Karoshen y muchos otros fueron arrojados contra las paredes. El corazón de Surkoi volvió a acelerarse hasta dar la impresión de que estaba a punto de colapsarse.
Maldita sea pensó qué pasa ahora
- El nido vispoide se ha estrellado -gritó Kaddour-. Prepárense para tomar de nuevo posiciones en el exterior.
Karoshen se irguió y gritó:
- ¡Ya lo habéis oído!
Todos sus hombres se alzaron y se prepararon para salir al exterior.
- ¡Cargad municiones y provisiones, no sabemos cuánto tiempo tendremos que estar ahí fuera!.
Los soldados se dirigieron a la armería siguiendo un orden riguroso y por riguroso orden también recogieron sus bolsas de provisiones. Al cabo de pocos segundos después de haber recibido la orden de Karoshen, en cuanto se abrieron las compuertas del búnker, salieron al exterior y empezaron a recorrer las trincheras. Surkoi salió con ellos. Dentro del búnker no se sentía más seguro. Sentía claustrofobia y, a pesar de todos los horrores que le había tocado vivir aquella jornada, prefería el exterior. Aunque la sensación de libertad muy probablemente fuera ilusoria, prefería ver el horizonte antes que sentirse arropado por capas y capas de superhormigón nanotensado.
En el exterior, el paisaje era aún más desolador que antes. Además estaba empezando a llover, los nubarrones eran cada vez más negros y espesos y la tormenta de colores cada vez más siniestra. Surkoi vio que los soldados salían de las trincheras y se atrevió a asomar la cabeza lenta y tímidamente.
El campamento había sido barrido por vientos huracanados, por la radiación y por la metralla de varias explosiones, y se notaba. Lo que antes había sido un ejército de robots y máquinas que se movían con el orden y la eficacia de una compañía de ballet, ahora eran montones de chatarra inmóvil, quizá para siempre, sobre el barro y las vísceras alienígenas. En algunos robots zapadores surgían llamaradas de sus entrañas, y espesas nubes de humo negro se extendían por el suelo recorriendo el campamento como lenguas que lamieran el mundo. Algunos droides arácnidos supervivientes habían adoptado forma humanoide y caminaban entre los soldados, a la espera de órdenes. Lo más impresionante era la columna de humo gigantesca que, en dirección al mar seco, se podía distinguir alzándose hacia el cielo. El cumulonimbus grande como un himalaya había sido substituido por aquella columna gigantesca. Parecía uno de los pilares del firmamento. Inmensa y negra como si en su base quemara un pozo de petróleo. Surkoi supuso que su origen sería el nido vispoide estrellado, pero agazapado en la trinchera como estaba no podía distinguirlo bien.
A cien metros a su izquierda descubrió el transpórter. Había sido arrastrado por el viento hasta chocar con un robot zapador, que a su vez también era arrastrado por el viento. El robot había caído en la trinchera, obstruyéndola, pero la mitad de su cuerpo metálico había quedado fuera de la zanja y había detenido también el arrastre del transpórter. El vehículo se había quedado pegado al zapador y el costado que daba al viento se había levantado medio metro del suelo, pero el huracán no había tenido fuerza suficiente como para voltearlo por encima del zapador.
Surkoi fue corriendo hacia él, salió de la trinchera, se encaramó en su morro y empezó a escalarlo con la intención de observar mejor desde el techo. El zumbido que oyó lo detuvo en seco.
Sonaba como las alas de un vispoide.
Dejó que la fuerza de gravedad le arrastrara de nuevo hasta el suelo, el corazón desbocado y la boca otra vez reseca como el esparto. Se alejó varios metros arrastrándose por el suelo pero sin perder de vista el morro del transpórter.
El zumbido seguía oyéndose, cada vez más agudo, más ansioso.
Tuvo la impresión de que el animal que lo emitía estaba atrapado e intentaba desesperadamente librarse.
Estuvo a punto de llamar a algún soldado pero temió hacer el ridículo. ¿Seguro que era uno de aquellos bichos lo que había en el techo del transpórter?
¿Y si fuera cualquier otra cosa? ¿Algo sin importancia? ¿Y si no fuera nada?
Se irguió.
Volvió a acercarse al transpórter y se encaramó al morro del vehículo. Escaló. Se asomó al techo.
Era un vispoide.
El corazón le dio un vuelco.
Se le nublaba la vista.
Estaba mareado y le temblaban las piernas pero acabó de encaramarse al techo y se alejó lo más que pudo de aquel extraño animal.
El animal en cuestión estaba atrapado por la cintura: había quedado aprisionado entre el transpórter y el robot zapador y no podía emprender el vuelo por mucho que lo intentara. Los dos ingenios humanos habían formado una pinza que lo sujetaba por la cintura de tal forma que su abdomen quedaba prácticamente fuera de la vista de Surkoi.
El alienígena agitaba todo su cuerpo, patas, tórax, cabeza, antenas, todo, en un intento desesperado por liberarse. Sus patas arañaban el techo del transpórter, su tórax se sacudía de un lado a otro intentando deshacer la zarpa que le tenía aprisionado y su cabeza siguió a Surkoi a medida que éste se desplazaba por el techo del transpórter.
Le veía. Le observaba.
Sus alas vibraban con más y más furia pero era inútil, el transpórter pesaba demasiado.
Aquel bicho no se parecía a nada de lo que Surkoi hubiera visto en toda su vida. Ciertamente tenía una cierta semejanza con una avispa, pero sin color amarillo: todo su cuerpo era oscuro o directamente negro. Debía medir poco más de metro y pico, quizá metro y medio, y la envergadura de las alas debía de ser de unos dos metros. A lo largo del tórax había oberturas que se cerraban y abrían de forma periódica, como bocas que jadearan. Surkoi perdió unos segundos mirándolo porque sabía que los dardos los disparaba por el abdomen, y el abdomen estaba atrapado bajo toneladas de metal y no podía apuntarle.
¿Tendría algún otra arma?
¿Poseería aquel engendro algún otro tipo de artilugio mortal?
Probablemente, sí.
Pero Surkoi lo había perdido todo en pocas horas.
No tenía nada que proteger.
Ni siquiera su vida.
Siempre había sido un poco temerario, cuando no se trataba de sentimientos.
Y también era humano.
Tenía tan al alcance de su mano la venganza.
Ignoraba qué clase de pacto, alianza, simbiosis o acuerdo habría entre las medusas, los insectos cuchilla y aquellas avispas gigantes pero era evidente que formaban parte de la misma pesadilla.
Y él estaba ahí, erguido, vestido con una armadura de ¿cuánto había dicho Silvio? doscientos kilos de peso -un poco menos en aquel planeta- y aquel monstruo estaba a sus pies, miserable y torpe después de haber perdido su capacidad de volar.
A sus pies.
Dio un paso hacia atrás. ¿Había peligro de que el transpórter retornara a la posición horizontal y el vispoide quedara libre? No, ningún peligro: bajo sus ruedas había un montón de escombros. Lo había visto antes de subir al techo. Se había asegurado de ello.
Dio otro paso atrás. Y saltó.
El animal chilló. Chilló hasta el último momento.
Chilló hasta que su cabeza crujió bajo la armadura y finalmente reventó, todo en una fracción de segundo.
Las alas siguieron agitándose y golpeando a Surkoi y éste dejó que toda su rabia saliera a flote, las agarró con sus brazos y las arrancó de cuajo, las rompió sobre sus rodillas y las arrojó lejos, seguramente el traje tenía algún dispositivo de aumento de fuerza porque le había parecido que aquellas alas eran muy frágiles, y luego, sin recuperar aliento, continuó saltando sobre la cabeza del vispoide, que quedó reducida a papilla, y sobre el tórax, en un confuso caos de saltos, gritos, aullidos y patadas; arrancó también a patadas las patas de aquel bicho y las pisoteó hasta que quedaron astilladas y reducidas a un amasijo informe de hilos y materia queratínica deshecha.
Surkoi siguió gritando y saltando y aporreando al vispoide hasta mucho después de que el animal hubiera muerto. Fue la falta de aliento lo que le detuvo, no la falta de movimiento por parte del animal.
Estaba furioso.
La cólera subrayaba las venillas de sus ojos llenándolas de sangre a presión.
Había quedado impregnado de vísceras ajenas, él mismo y todo lo que había a dos metros a su alrededor: por el metal del transpórter corrían hileras de sangre vispoide, y por el metal del robot zapador también.
Se detuvo porque estaba agotado, pero en realidad seguía furioso.
Estaba de rodillas sobre el techo del transpórter, apoyado con un brazo sobre el cuerpo metálico del robot zapador. Recuperó aliento y se alzó. Tenía un trozo de tórax de aquel bicho en sus manos. Lo observó con repugnancia y lo arrojó lejos con un último grito de furia.
Miró a su alrededor.
Vio en el cuerpo metálico del robot zapador las huellas de sus manos allí donde se había apoyado. Habían quedado grabadas gracias a la sangre vispoide que impregnaba la armadura. Parecían la firma de un cazador prehistórico sobre la pared de una caverna.
Se quedó a solas consigo mismo.
Y descubrió que no se sentía mejor.
Se sentía tan vacío como antes, sólo que ahora, además, se sentía sucio por dentro, y cansado y hastiado.
Tenía ganas de huir de sí mismo.
Ojalá hubiera podido hacerlo.
Incapaz de soportar un sólo segundo más la inmovilidad, decidió subir por el cuerpo del zapador, y eso hizo: se agarró a los salientes metálicos que había en el cuerpo de la máquina contra la que estaba apoyado el transpórter y se alzó centímetro tras centímetro hasta llegar a la parte más alta del robot zapador, desde donde pudo contemplar la obra humana: el nido vispoide derribado, la destrucción total del enemigo y el mar de fuego donde se consumían sus restos. Toda la masa de la nave de los alienígenas se había desplomado sobre lo que hasta aquella mañana había sido un pacífico campamento científico situado a orillas de una planicie abisal. Ante Surkoi, lo que quedaba de la colmena extraterrestre se iba consumiendo en una colosal pira funeraria.
En realidad, apenas se podía distinguir la estructura entre las llamas y el humo. Surkoi estaba seguro de que buena parte del nido se había volatilizado debido al calor del rayo que le había disparado aquel arma que los soldados llamaban Trueno de Zeus. Aun así, a grandes rasgos, aún podía entreverse la estructura básica del himalaya flotante. La base, en contacto con el suelo y en medio de un lago burbujeante de magma espeso y naranja, probablemente algún tipo de combustible derramado supuso Surkoi, era una semiesfera con dibujos, pliegues, recovecos y filigranas que lo asemejaban a un cerebro humano gigantesco puesto del revés. Crujía y se desintegraba aplastada entre dos fuerzas devastadoras: las llamas que lo devoraban, por un lado, y el peso de las partes altas de la estructura, por otro, que surgían de donde se hubiera encontrado el cerebelo, ascendían hacia las nubes y lo comprimían sin piedad con toda su masa de montaña inconmensurable. Surkoi observó cómo en varios puntos de sus circunvalaciones y recovecos se abrían periódicamente una especie de branquias por donde intentaban huir insectos y otros animales indescriptibles, abultados, alargados y rugosos como gusanos obesos. El intento de huida era inútil. Salían envueltos en llamas y caían al vacío sin poder hacer nada por evitarlo, hasta sumergirse en el lago de fuego líquido y desaparecer. En la parte más alta de aquel cerebro en llamas crecía una estructura que debía medir varios kilómetros de altura. Se asemejaba a las aletas de refrigeración de los antiguos motores de combustión interna que se usaron en el s. XX y XXI en la Tierra. Había varios grupos de seis aletas cada uno, aunque muy probablemente más de uno ya se había derrumbado. El metal de las aletas brillaba tenuemente y su color pálido y su superficie bruñida contrastaba fuertemente con el negro de las nubes de humo que lo envolvía. El humo rodeaba todo el nido, tapaba parte de la nave y se alzaba con pereza y voluptuosidad hasta los nubarrones negros que cubrían el firmamento, donde se mezclaba con ellos y con los colores de la tormenta espectral. La parte más alta de la nave estaba unida a la base mediante un cuerpo incomprensible y repulsivo: una aglomeración de lo que parecían ser entrañas sangrantes, vísceras, tendones, músculos, alveolos pulmonares expuestos al aire, tráqueas sesgadas y huesos quebrados chorreando tuétano caliente. Parecía el interior de un animal desollado vivo, triturado y arrojado al fuego. En medio de toda aquella masa palpitante, calcinada y moribunda sobresalían innumerables púas negras que apuntaban en todas direcciones, y cerca de algunas púas se abrían branquias por donde no dejaban de salir insectos envueltos en llamas. Muchas de estas púas caían hasta el lago de magma hirviente o hasta pisos inferiores del nido, y por el camino ensartaban a los pocos insectos que habían conseguido huir sin ser devorados por las llamas. ¿Serían antenas? ¿Un mecanismo de defensa? ¿Pelos? ¿Uñas?
Poco a poco, a medida que la colmena se derrumbaba sobre sí misma, al ritmo de explosiones ocasionales, sobre el calor ineludible de las llamas y bajo el peso inapelable de su propia masa en combustión y de la tormenta, se parecía cada vez más a un cráneo deformado del que fueran lentamente desgajándose tiras de piel y carne, dejando a la vista el hueso gris y quebrado, la esencia de lo que antes había sido una nave inmensa como una montaña, capaz de flotar orgullosa sobre un océano seco desde hacía millones de años, y que en aquel momento afrontaba sin apelación posible un destino en el que quedaría reducida a una montaña de escombros irrelevante.
Algún que otro relámpago conectaba las nubes de tormenta con las aletas de refrigeración de vez en cuando, pero cada vez con menor frecuencia, como si un gran corazón se apagara lentamente.
Surkoi contempló todo aquel desastre y se sintió profundamente cansado y, al mismo tiempo, también profundamente aliviado: creyó que, por fin, todo había acabado y que no tardarían mucho en venir a rescatarles.
Pero se equivocaba.
De repente, cuando todo parecía más tranquilo, un movimiento sísmico recorrió toda la zona donde se hallaban, acabó de derrumbar las aletas de refrigeración del nido vispoide y casi le hace perder el equilibrio y caer desde cinco metros de altura.
Descendió como pudo. En el momento en que sus pies tocaron el suelo, una nueva sacudida sísmica le tiró al suelo y abrió varias grietas a su alrededor, una justo debajo de los escombros que soportaban el peso del transpórter, por lo que el vehículo se movió bruscamente y volvió a quedar en posición casi horizontal. La presa sobre el abdomen vispoide quedó libre y los restos del cuerpo del alienígena cayeron al interior de la trinchera, inertes. Las gotas de sangre vispoide resbalaban por el costado del transpórter y del robot zapador mientras el temblor aumentaba de intensidad. Surkoi intentó ponerse en pie y a duras penas lo consiguió.
Además, el estruendo era cada vez más fuerte.
Tuvo la impresión de que una tuneladora pasaba justo bajo sus pies a toda máquina, con el motor rugiendo mientras devoraba y trituraba toneladas de tierra y rocas.
- ¡Surkoi! -oyó a Karoshen gritar por la radio- ¿Qué demonios está haciendo? ¡Métase en el búnker!
La voz de Karoshen no estaba sola. Podía apreciar, a lo lejos, los gritos ansiosos de otros soldados:
- ¡Túnel Ínbid!
- ¡Bazookas!
- ¡Morteros!
e instrucciones y advertencias sin fin.
Vio que muchos soldados y droides se dirigían a unas trincheras que estaban al otro lado del búnker, hacia el norte y decidió correr tras ellos. Algunos soldados cargaban bazookas, otros morteros y otros cajas de municiones.
Tropezó y cayó varias veces pero finalmente consiguió llegar a la trinchera donde estaba Karoshen con todos los miembros supervivientes de su escuadra observando el cráter que había quedado después de la aniquilación del campamento militar situado al norte de su posición.
El temblor había cesado y una calma tensa había caído igual que un manto lúgubre sobre los humanos.
Karoshen observaba con unos prismáticos el cráter donde antes había estado el campamento militar y ahora sólo había restos y cascotes humeantes.
- Saldrán por ahí -dijo-, preparad los morteros con las trepanadoras.
Surkoi miró a su alrededor. A derecha y a izquierda tenía soldados apostados sobre el borde de la trinchera, apuntando con sus armas hacia el cráter. No veía sus rostros, todos estaban cubiertos por los visores opacos de sus armaduras tácticas. Sin embargo, podía captar la tensión en sus rígidas posturas, en su respiración rápida, claramente audible a través de la radio, y en su silencio expectante.
La lluvia había parado. Las escasas gotas de agua no habían conseguido limpiar el barro y la sangre, que seguía cubriéndoles a todos ellos. Tampoco se habían disuelto las oscuras lenguas de humo, que continuaban lamiendo el campamento, por encima del cieno y de la chatarra.
Los droides que quedaban operativos volvieron a adoptar su forma arácnida y otra vez se situaron encima de las trincheras donde aguardaban los hombres.
No tuvieron que esperar mucho. El suelo alrededor del cráter empezó a agrietarse y un ligero temblor volvió a recorrer toda la costa.
Karoshen empezó a gritar órdenes:
- ¡Dos equipos! ¡De uno a diecinueve aquí! ¡De dicienueve a veinticinco, quinientos metros al este! ¡Veintisiete, vuelve al techo del búnker y me informas de todo lo que ocurra en los alrededores! ¡Vigila sobre todo el sur! ¡No me fio ni un pelo del Ínbid!
Los hombres empezaron a distribuirse por la colina tal y como había ordenado Karoshen.
- ¡Tres, cinco, nueve y once! ¡Bazookas! ¡Dos, cuatro, ocho y catorce! ¡Morteros! ¡Uno, triangulación! El resto... ¡cobertura!
El interior del cráter se estaba levantando de una manera que no parecía posible. Se agrietaba el suelo y todos los escombros rodaban por los costados. ¿Emergía una nueva colina?
No.
Emergía una máquina, un engendro metálico. Brillante, afilado, pulido, en nada se parecía a una tuneladora pero algo debía de tener en común con ellas porque eso era exactamente lo que había hecho: oradar un túnel y emerger a la superficie como una ballena azul del mar: disparada hacia el cielo.
Un chirrido insoportable inundó el mundo, un bocinazo agudo y crepitante sacudió el aire y los tímpanos de los hombres con él.
Surkoi abrió la boca de par en par como quien abre una puerta por donde pueda huir el mismísimo diablo que parecía haberse aposentado en su cabeza.
- ¡Que no dispare nadie hasta que yo dé la orden! -gritaba Karoshen en aquel momento.
El engendro metálico era liso y afilado como la hoja de una daga. Emergió decenas de metros del suelo y finalmente se frenó y se quedó durante un segundo quieto. Daba la impresión de que alguien había apuñalado el planeta desde dentro hacia afuera. El planeta, en lugar de sangrar, humeaba. Por la herida se escapaba un vapor blanco y sibilante como si escapara de una olla a presión.
Cuando parecía llegado el momento de retirar la daga y dejar que brotara la sangre, o el magma, o lo que fuera que hubiera en las entrañas de aquel mundo, el engendro vibró y la hoja de la daga se separó en tres partes iguales que empezaron a distanciarse lentamente, igual que los pétalos de una flor abriéndose parsimoniosamente a la luz del sol.
Fue en ese momento cuando Karoshen dio la orden de disparar.
De nuevo el sonido de las armas sacudió el mundo. Surkoi quiso taparse los oídos pero al llevarse las manos a la cabeza chocó con el casco. Lo único que pudo hacer es mantener abierta la boca en un intento desesperado por salvar sus tímpanos.
Los morteros dispararon lo que los soldados llamaban trepanadoras directamente a la abertura que había producido la daga en el centro del cráter, pero la primera andanada fue interceptada por rayos que surgieron de algún lugar de aquella entrada al abismo sin que los misiles de los bazookas pudieran hacer nada por impedirlo.
Cuando la segunda andanada estaba ya en el aire, Surkoi vio por primera vez lo que serían los habitantes de sus peores pesadillas durante mucho tiempo: las esferas de mercurio.
Emergían de la abertura lentamente, se alzaban por encima de la superficie de aquel planeta y pasaban entre los pétalos en los que se había dividido la hoja de la daga sin que las armas de los hombres ni las explosiones de los misiles pudieran nada contra ellas. Reflejaban el mundo entero en su pulida superficie. Eran perfectas.
Seguro que había más, pero sólo consiguieron salir tres: cuando estaba a punto de salir la cuarta, un racimo de trepanadoras consiguió alcanzar el orificio de entrada a los túneles Ínbid, justo entre los tres pétalos de la daga, y colarse por él. Al cabo de un segundo, una explosión descomunal levantó todo el terreno en varios kilómetros a la redonda. Acto seguido toda aquella inmensa cantidad de superficie se derrumbó, sin que nada pudiera frenarla, sobre los túneles Ínbid, sepultando así todo lo que en ellos hubiera. La onda mecánica hizo temblar primero a los soldados en las trincheras y luego a los que estaban en el búnker y tardó aún kilómetros en disiparse.
Las hojas de la daga se desplomaron sobre la tierra maltratada.
Pero las esferas de mercurio que habían conseguido salir del túnel no parecían haberse inmutado: seguían avanzando hacia la trinchera donde se encontraban los hombres.
- Mierda -dijo Karoshen mientras observaba con los prismáticos-, tres han conseguido salir.
Un rumor recorrió la línea de soldados.
Algunos disparaban contra las esferas. Incluso algún misil se sumergió en ellas pero sin más efecto que el de hacer ondular su superficie. Las balas provocaban perturbaciones en su superficie como las que provocaría una piedra al impactar contra la de un estanque de aguas tranquilas. Pero nada frenaba el avance de aquellos globos perfectos.
- ¡Alto el fuego! -gritó Karoshen- ¡Alto el fuego!
Surkoi observó cómo de la base de las esferas emergían tentáculos que olisqueaban el aire. Eran tentáculos idénticos a los de las medusas alienígenas que él ya tan bien conocía. Comprendió que dentro de las esferas había medusas.
Y que, probablemente, iban a morir todos.
- ¿Qué hacemos, señor? -preguntó un soldado dirigiéndose a Karoshen.
Surkoi captó su miedo. Era sólido, contundente. Era una presencia física, como si hubiera alguien detrás del muchacho, una sombra con forma humana y nombre propio que extendía su brazo en aquel momento y apoyaba su mano en el hombro de aquel joven. Pudo verlo tan bien como veía al propio muchacho, como veía a las esferas avanzar hacia ellos. Pulidas. Nítidas. Intratables.
Todos los soldados tenían miedo. Él también. También detrás de él había alguien. Incluso detrás de Karoshen.
- No disparéis -dijo Karoshen-, sólo las armas de antimateria son eficaces contra esas esferas.
Y luego continuó:
- Señor, aquí Karoshen Siete desde el exterior, tres esferas de mercurio avanzan hacia el búnker -se dirigía, de nuevo, al oficial al mando en superficie, André Kaddour, que desde el búnker controlaba toda la operación y que, sin duda, ya había visto lo que estaba ocurriendo pero que probablemente estaba tan desconcertado como Karoshen y el resto de personal bajo su mando-. Si no recibimos apoyo droide desde órbita no tenemos nada que hacer.
- Ya he solicitado ese apoyo, Karoshen, pero en órbita lo están pasando peor que aquí, la Kunte Korenaga ha perdido dos naves y otras dos están muy tocadas. El Alto Mando ha prometido dos constelaciones más pero hasta que no lleguen no habrá combatdroides.
Después de un segundo de silencio, Kaddour añadió:
- En una situación así, ya sabe lo que hay que hacer. Yo voy a ordenar la evacuación del búnker en cuanto acabemos de transmitir los últimos códigos. Buena suerte a todos. Kaddour fuera.
Volvió a hablar Karoshen. Esta vez se dirigió a todos los hombres de su escuadra:
- Karoshen a escuadra. Los refuerzos están en camino pero hasta que lleguen... lo único que podemos hacer es dispersarnos. Ocultaos. Resistid todo lo que podáis y no os enfrentéis directamente a las esferas.
Surkoi no podía creer lo que estaba oyendo.
- ¿Qué pasa, Karoshen? -preguntó- ¿Qué significa todo esto?
Tuvo la impresión de que Karoshen no le hacía caso.
- ¡Preparaos! ¡A mi señal! -continuó diciendo a sus hombres.
- ¡Karoshen! -insistió Surkoi.
Karoshen desconectó la radio y dijo:
- En esas esferas se esconden medusas.
- Eso ya lo sé -aclaró Surkoi.
- Van a atacar nuestro punto más débil -continuó explicando Karoshen-, la mente.
Surkoi frunció el entrecejo. ¿La mente? ¿Qué clase de ataque iba a ser ése?
- Nos inducirán brotes psicóticos -seguía diciendo Karoshen-, tendremos alucinaciones y muy probablemente acabaremos matándonos entre nosotros. Además, nos darán caza para modificar nuestro ADN y utilizarnos para criar más medusas. Ya sabe de lo que hablo. Lo ha visto usted mismo esta mañana.
Surkoi se quedó sin palabras. Karoshen volvió a conectar la radio.
De repente una de las esferas aceleró su marcha hasta alcanzar tal velocidad que pasó por encima de ellos en una fracción de segundo y antes de que pudieran reaccionar se plantó justo encima del búnker.
- ¡Dispersaos! -gritó Karoshen. Todos los hombres salieron corriendo de las trincheras. Corrían como conejos asustados en direcciones divergentes. Era patético.- ¡Señor, una de las esferas está justo encima del búnker! ¡Salgan ya de ahí!
Del hemisferio sur de la esfera que sobrevolaba el búnker surgió un tentáculo de mercurio. No era como los tentáculos de las medusas, delgados y con la textura de las cosas biológicas, era un tubo flexible que se extendía hacia el soldado que había estado hasta entonces en el techo del búnker y que en ese momento intentaba huir, era frío y pulido, con la textura de las cosas metálicas. El tubo alcanzó finalmente al soldado y el mercurio cubrió en menos de un segundo toda su figura humana. Luego lo levantó por el aire y, finalmente, lo introdujo en la esfera y desapareció. Al sumergirse en la esfera el soldado dejó de gritar.
Surkoi por fin reaccionó:
- ¡Algo se podrá hacer! -chilló.
Karoshen se dispuso a saltar por encima del borde de la trinchera y salir corriendo, pero antes le dio un golpe en el hombro a Surkoi, como si le diera ánimos, y exclamó:
- ¡Nada! ¡Corra!
- ¡No me lo creo!
Karoshen saltó y se alejó corriendo.
- ¡Tengo una idea -gritó mientras corría-, pero no creo que funcione!
Todo el resto de soldados habían saltado a la orden de Karoshen o justo detrás de él. Surkoi no quiso permanecer ni un segundo solo en la trinchera, así que también saltó, rodó por el suelo, se alzó y empezó a correr detrás de Karoshen. Se dirigía hacia el búnker, colina arriba. Ningún otro soldado se dirigía hacia el búnker excepto ellos dos.
Las otras dos esferas habían acelerado su avance, aunque no tanto como la primera, y habían llegado ya a las laderas de la colina por donde se dispersaban los soldados.
Surkoi corrió sin ser capaz de pensar nada coherente. El miedo no había conseguido paralizar sus músculos pero su mente estaba totalmente cortocircuitada. A su alrededor, por toda la colina, los soldados corrían intentando alejarse unos de otros y, al mismo tiempo, esquivar los tentáculos de las esferas de mercurio. Vio cómo algunos hombres caían atrapados por aquellas esferas y cómo desaparecían en su interior, igual que si se hundieran en las aguas calmas de un pozo.
También observó algo extraño. Muchos hombres dejaron de correr.
De repente detenían su avance a toda velocidad y se quedaban en medio de la nada, desconcertados, y empezaban a caminar sin rumbo, como desorientados. No tuvo tiempo de comprender qué ocurría.
El búnker estaba cada vez más cerca.
¿Había sido una buena idea salir corriendo detrás de Karoshen?
No, evidentemente. Estaba loco.
Un pentagrama unía la base de la esfera de mercurio con el techo del búnker y una ristra de notas -blancas, negras, corcheas, semicorcheas- se deslizaban arriba y abajo por los rieles negros. Era el bombardeo más extraño que hubiera visto Surkoi en toda su vida. En realidad no había visto ninguno más que en películas y hololibros. El soldado que estaba apostado en el techo del búnker había sido absorbido por la medusa, eso sí lo había visto en vivo y en directo, y ahora el pentagrama se convertía en decagrama y parte de los rieles negros alcanzaban su cabeza.
¡Su propia cabeza!
Entraron por su cuero cabelludo y le hicieron cosquillas en el cerebro que, de repente, no era más que una caja llena de cubos de colores que estaban, a su vez, repletos de historias y sabores. Mientras los sentía en su cabeza, bamboleándose de un lado a otro, los cubos se estiraron y se estiraron hasta dejar de ser cubos y convertirse en cuerdas. Su cerebro acabó lleno de cuerdas, como las guitarras, pero con un patrón mucho más complicado, un auténtico laberinto porque todas estaban conectadas entre sí y si tocaba una, resonaban docenas. No había quien lo entendiera. Los rieles negros de los pentagramas medusoides se fusionaron con las cuerdas y empezaron a tensarlas al azar.
Y sintió que la cabeza le pesaba. Le pesaba mucho.
Su madre tendía la ropa en la terraza de casa, al sol, y el viento y la luz del sol secaban el tejido mientras él jugaba con las pinzas; un día se pinzó la oreja y la nariz y lloró y otro día colgó sus ositos de peluche y el tigre Bobito, que no arañaba, y empezó a tirar de la cuerda, la misma cuerda donde su madre tendía la ropa. Los ositos de peluche y el tigre Bobito ascendían al cielo mientras él tiraba de la cuerda. Subían por un pentagrama musical hacia un globo de colores. Surkoi era feliz porque tenía muchos más ositos de peluche de los que recordaba. Cuántos ositos de peluche. Todos para él. Y pensaba colgarlos todos y tirar de la cuerda para llevarlos a todos hasta el globo de colores.
Era una lástima que sus zapatos estuvieran llenos de cucarachas.
No quería cucarachas.
Que se fueran.
Pero ahí seguían.
Ahora ya llegaban hasta las rodillas.
Odiaba las cucarachas. ¿Por qué siempre tenían que estar en todas partes? Corrió hacia una pared y se estrelló contra ella.
No quería cucarachas. Le daban asco. Volvió a estrellarse.
Las aplastaría a todas.
Otro golpe, otro.
Arañó la pared. Se rompió varias uñas.
Un momento.
¿Cómo podía arañar la pared con sus propias uñas si sus manos estaban cubiertas por los guantes de la armadura táctica?
Corría por un pasillo blanco. Saltó inmediatamente a un lado y atravesó la pared como si no hubiera existido nunca.
Cayó sobre el barro sin que nada lo frenara. Lo frenó el impacto contra el suelo. Fue un golpe seco, duro. Se hizo daño. Gracias al dolor recuperó la consciencia de la posición exacta de su cuerpo, de su situación, de su entorno. De su miedo. A pocos metros vio el cuerpo destrozado de un droide transfórmer. Jadeó. Lo recordó todo. Una lengua de humo negro avanzaba hacia él. Se miró la manos. Vio la armadura. Vio la información que el ordenador de la armadura sobreimpresionaba en cada uno de los detalles del terreno que captaban sus ojos.
Las cucarachas habían desaparecido.
¿Y dónde estaban las esferas?
Se arrastró por el suelo, intentando llamar lo menos posible la atención, y se dejó caer dentro de una trinchera. Se pegó contra la pared e intentó escuchar. Tenía el búnker a unos veinticinco metros de distancia. Se oían disparos y explosiones en el interior. Había fogonazos intermitentes. La esfera de mercurio seguía justo encima, pero Surkoi no era capaz de distinguir los ...
... ¿pentagramas?
No podía haber visto lo que creía haber visto.
No se oía nada más. Sólo disparos y explosiones procedentes del búnker. ¿Dónde estaba Karoshen? ¿Lo habría absorbido la esfera del búnker? Era lo más probable.
Todo estaba perdido. Acabarían todos cazados como animales indefensos. Como cucarachas.
De repente, el barro empezó a moverse hacia el búnker y Surkoi se vio arrastrado hacia la entrada como si estuviera montado en una cinta transportadora. El suelo de la trinchera se había transformado en un río caudaloso que desembocaba en la entrada del búnker. Surkoi podía oír el sonido atronador de una cascada situada en algún punto delante de él. La corriente le empujaba hacia ella sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Braceó, luchó por mantenerse a flote, agitó las piernas, intentó no ser arrastrado. Se resistió. Con el rostro desencajado por el terror, dio media vuelta e intentó nadar en sentido contrario. Se hundió y cuando consiguió salir a la superficie...
… estaba en medio de lo que parecía el Amazonas.
No veía las orillas.
Se iba a ahogar.
La corriente era demasiado poderosa, no podía nadar contra ella, era demasiado poderosa, era como enfrentarse a un alud. Era un alud. Imparable. Incontestable. Una pared que le impelía hacia el vacío.
Algo tiró de él hacia abajo y se hundió.
Quedó rodeado por una oscuridad turbia.
Las profundidades estaban abarrotadas de cosas que le golpeaban al pasar a su lado. Algunas eran blandas y redondeadas y otras eran duras y angulosas.
Antes de que él pudiera pensar en nada, su brazo derecho salió disparado y agarró algo: una cadena. ¡Era una cadena! Ignoraba cómo su brazo sabía que aquella cadena estaba ahí pero se aferró a ella con toda la fuerza que pudo.
Déjate llevar, le susurraba su cuerpo, estás cansado, descansa.
No, decidió él, no: nada conseguirá arrancarme de aquí.
Al tomar esta decisión, el nivel de agua empezó a disminuir y la fuerza de la corriente fue atenuándose hasta que, en pocos segundos, quedó aferrado a una cadena en el lecho de un río seco. Se incorporó. Nubes de tormenta oscuras y retorcidas cubrían el firmamento y toda clase de escombros se extendían alrededor de sus pies. Había multitud de piezas metálicas oxidadas, cachivaches, juguetes, muñecos de plástico sin cabeza, cabezas sin muñecos, triciclos, candelabros, cochecitos para bebés, osos de peluche tuertos, o mancos, carrocerías herrumbrosas y, a lo lejos, un barco naufragado que veía por primera vez en muchos años la luz del día. Giró sobre sí mismo contemplando el entorno. Todo estaba quieto, muerto. Pero distinguió una figura humana que le observaba erguida a no muchos metros de distancia.
En realidad, no era totalmente humano.
Era cromatófago. Un devorador de luz.
Le contemplaba en silencio, esperando a que se recuperara del susto. Ojos rasgados, pómulos altos, largo pelo lacio hasta los pies. Túnica azul que dejaba al descubierto sus hombros.
Más o menos como todos los cromatófagos. Lo único extraño eran aquellas letras griegas tatuadas en su hombro izquierdo. Eso no era habitual. Surkoi no entendía su significado; ni siquiera podía leerlas bien.
Aun así, el exogeólogo caminó hacia él. Los cromatófagos no caían bien a la mayoría de humanos; pero, al fin y al cabo, la mayoría de humanos no había tenido que soportar lo que Surkoi había soportado aquel día. Después de conocer a las medusas, los insectos cuchilla y los vispoides... los cromatófagos le caían bien. Prefería tener cerca a un ser fotosintético que a un insecto gigante o una medusa. Así que se dirigió hacia aquel hombre sin pensárselo dos veces. Cuando estaba a pocos pasos de él, vio cómo el cromatófago empezaba a mover sus labios. Le estaba hablando, pero había algún problema: Surkoi no oía nada.
Siguió acercándose, con la esperanza de que la cercanía solucionara el problema. Al no obtener respuesta, el devorador de luz comprendió lo que ocurría y arrancó un paraguas del interior de un antiguo monitor de ordenador que descansaba a sus pies, casi oculto por plantas podridas y periódicos de papel (¡Periódicos de papel!... Surkoi sólo los había visto en exposiciones arqueológicas). El paraguas estaba totalmente desvencijado. El cromatófago lo sacudió con energía y lo cerró, sujetando las varillas con una cinta de plástico que hasta entonces había estado enredada en la pata de una bañera volteada.
Aquel ser, inaccesible al desaliento, dio varias vueltas alrededor de las varillas del paraguas con la cinta de plástico, la ató con fuerza y, acto seguido, sin perder más tiempo, utilizó el paraguas para escribir en el fango del lecho del río.
Era un mensaje.
Cuando Surkoi llegó a donde estaba el cromatófago, lo leyó. Decía:
K7 te necesita
sígueme
Surkoi asintió lentamente.
(Fin de la segunda parte del capítulo 13. Tercera y última parte)
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