Capítulo 15. PAPEL.

- Está claro que la música puede alterar el estado de ánimo y hace siglos que se conoce la influencia que tienen cierto tipo de pulsos sostenidos sobre la actividad cerebral. Ya en el s. XXI se desarrollaron drogas que combinaban pulsos sonoros con campos magnéticos y estímulos cromáticos.
- Sí, sí, está claro, pero lo que plantean esos pulpos va mucho más allá de que el sonido pueda influir en el estado de ánimo. Cuanto más pienso en ello, menos lo entiendo.
- A lo mejor han desarrollado aptitudes que también se encuentran en el cerebro humano pero todavía muy poco evolucionadas.
- ¿Tú crees? No veo cómo podría ser posible transferir nuestro estado emocional mediante una frase por mucho que evolucionemos, la verdad. No logro entenderlo a no ser que sean todos clones, o algo parecido. ¡Pero no puede ser!... Aunque si es cierto lo que han contado de que estuvieron al borde de la extinción... pero no, no puede ser, es imprescindible la variabilidad genética para asegurar la supervivencia. Lo digo porque para sentir lo mismo habrían de ser iguales, ¿no?
- O igual de complejos.
- Cierto, o igual de complejos.
- En cualquier caso, es verdad que una emoción y cómo vives esa emoción depende de lo que hayas vivido antes, de lo que esperes vivir en el futuro, de tu actitud, de la experiencia y de las expectativas, no sólo depende del momento presente...
- Exacto, eso es lo que quiero decir. Una persona puede explicar cómo se siente, pero lo que sienta su interlocutor al escuchar... eso es otra historia, y no veo posible que a través de la voz puedan transmitir lo que sienten, si su historia personal es diferente y su cerebro y el contenido de sus cerebros es diferente.
- Puede que hayamos entendido mal lo que nos han explicado o que nos falte algún dato importante.
- O puede que estén mintiendo. 
Idkereda y Alkai se habían enzarzado en una discusión sobre el lenguaje de los terkumas al acabar de cenar. Durante la mayor parte de la cena habíamos permanecido en silencio. Incluso Surkoi había comido. De mala gana pero al final había acatado mis órdenes. No teníamos otra opción. En las misiones largas, los científicos militares modifican nuestro metabolismo y nos implantan reservas de nutrientes para que no tengamos la necesidad de comer ni prácticamente de beber. Las pautas de sueño también pueden ser modificadas a base de drogas, aunque a un altísimo precio. Sin embargo, aquella misión no era de exploración, ni un establecimiento de puente o un sabotaje tras las líneas enemigas. Tenía que ser una mera incursión. Una hora. Quizá menos. Así que ahí estábamos: sin nutrientes, sin nuestros trajes de piloto, sin idea ni siquiera de dónde podían haber escondido los incurdroids. En definitiva, muertos de hambre y sin más opción que aceptar lo que los alienígenas nos ofrecieran.
Y la verdad es que nos ofrecieron un concierto de sabores y texturas que nada tenía que ver con los sabores sintéticos y artificialmente intensos de la comida precocinada y envasada en bolsitas de aluminio de los cruceros de combate humanos.
En lugar de bolsitas de metal y tubitos de succión, nos sirvieron toda la comida en cuencos de madera y con cubiertos del mismo material, o algún otro muy parecido a la madera. La comida parecía estar elaborada de forma sencilla, hervida simplemente, excepto el postre, que era una especie de yogur dulce. Verduras, cereales y yogur. En eso consistió nuestra cena. En un cuenco había algo parecido al brócoli, en otro algo parecido al arroz. Lo que tuvo más éxito fue el yogur dulce. A mí me gustó todo y llegué a pensar que si aquel despliegue era una trampa, no era una mala forma de morir. El menú me recordó a mis cenas de niño y, al igual que me había pasado con el olor a jazmín hacía unos minutos, me emocioné al sentir sabores que, aunque provenían de plantas ajenas a la cultura humana, eran esencialmente parecidos a los que sentía cuando era niño y cenaba en compañía de mis padres. Sabores que hacía muchos años que no sentía. Sencillos e intensos, sutiles pero penetrantes. La verdura parecía brócoli pero dejaba un regusto agridulce, como las alcachofas. Mi padre cultivaba verduras en casa. Aunque hiciera años que no probaba verduras, mi paladar estaba entrenado y reconoció los sabores enseguida.
Sin embargo, el resto de paladares de mi escuadra, no. Idkereda, Alkai y Brumantra casi vomitan. Para su gusto, la comida era insípida. Normal: los sabores sintéticos son demasiado intensos y arruinan la capacidad del paladar para disfrutar de los naturales. Respecto a Idkereda, dudo mucho de que hubiera visto ni siquiera alguna vez en su vida una planta crecer en la tierra, excepto quizá en Cantor... Ni brócoli, ni arroz, ni alcachofas al natural, en todo su esplendor de cosa viva, caótica e imperfecta, no procesada, no convertida en cubitos liofilizados y empaquetados en envoltorios de aluminio y plástico biodegradable. Lo único que reconocieron todos fue el sabor dulce del postre.
Por lo visto, el dulce es un sabor universal.
- En la Tierra, era costumbre dar una buena comida a los condenados a muerte antes de ejecutarlos -dijo Surkoi mientras tomaba el postre.
Todos seguimos comiendo en silencio.
- De algo hay que morir -respondí yo al cabo de unos segundos.
- ¡De diarrea! -exclamó Brumantra-... ¡De diarrea moriremos todos!
- O de asco -dijo Alkai.
- De las dos cosas -añadió Idkereda.
- Esto no hay quien lo aguante -se quejó Alkai-. Es totalmente insípido.
En mi opinión, estaba todo buenísimo, pero después del episodio del jazmín no iba a ser yo quien defendiera la cocina terkuma diciendo que me recordaba a la cocina de mis padres. Quizá si hubiera sido terkuma habría podido hacerles entender a mis subordinados lo que sentía... pero no era terkuma: era un humano sin más recursos que los que me otorgaba mi graduación, así que dije, simplemente:
- Cállense y coman de una vez, maldita sea, dejen ya de lloriquear como críos pequeños. Durante su entrenamiento... ¿no tuvieron que comer cucarachas, libadores de Gulmai, gusanos de troncos podridos? ¡Pues ya está! ¿De qué se quejan?
Brumantra se tapó la boca y abrió mucho los ojos. Iba a vomitar.
- Como vomite -amenacé- le hago comerse su propio vómito para no desaprovechar nutrientes. Usted verá.
Se puso blanca como el papel.
Tembló.
Pero al final se contuvo.
- Lo siento, señor -dijo-, yo suspendí aquel día.
- Qué delicada es usted para ser un ser humano sintético -le dije yo.
Ella se encogió de hombros.
- En el diseño de los cerebros humanos sintéticos -explicó- siempre hay un factor de impredicibilidad.
Al cabo de unos minutos, acabamos de tomar el postre. A Brumantra ya se le habían pasado las náuseas y se puso a imitar a un gorila que intentara decirnos algo a base de gruñidos. Se paseó por encima de las camas con las rodillas ligeramente dobladas y los brazos caídos, y luego rodó por el suelo, se colgó de los columpiosillas y saltó sobre los cojines.
- Zoyumgorila y nozé hblar -decía sin parar mientras agitaba los brazos y hacía muecas-, no zé hblar. Not engo ldon dalap alabra... uh uh uh
Brumantra era así. A todos se nos escapó una medio sonrisa que degeneró enseguida en una mueca, excepto a Surkoi, que permaneció impasible. Luego, Idkereda y Alkai se pusieron a discutir sobre si el lenguaje de los terkumas era posible tal y como lo habían descrito nuestros anfitriones.
Mientras tanto, Surkoi cerró los ojos, Brumantra siguió dando vueltas por la habitación y yo guardé silencio. Necesitaba unos minutos para pensar y ordenar mis ideas, establecer prioridades y decidir qué debíamos hacer en semejante situación. A Surkoi no le hacía falta. Tenía las ideas muy claras y todas ellas clavadas entre ceja y ceja y apuntando en una única dirección y sentido.
- ¡Muy interesante todo lo que decís! -exclamó en un momento dado en medio de la conversación de Idkereda y Alkai, en tono sarcástico-. Casi me sabe mal recordaros a todos que el destino de este planeta está sellado.
Todos me miraron en silencio. Yo suspiré.
- Surkoi -aclaré-, si salimos de ésta, recomendaré personalmente que no se ataque este planeta, al menos de momento.
- Pero... ¿por qué, señor? -insistió él- ¿Por qué? ¿Son necesarias más razones que las que nos han dado? Sin aire no hay sonido, así que una flota fuera de la atmósfera del planeta estaría más allá del alcance de los terkumas. Podrían arrasar este mundo en pocas horas... incluso todo el sistema solar.
- Eso no deja de ser una suposición suya, Surkoi -contesté yo muy serio.
- ¿Qué? ¿Qué es lo que estoy suponiendo? ¡No le entiendo, señor!
- Lo más probable es que conozcamos una parte ínfima del poder terkuma -advirtió Idkereda-, y también cabe la posibilidad de que estemos completamente confundidos sobre la naturaleza del arma que han usado contra nosotros. Puede que el sonido sea sólo una de varias formas posibles de utilizarla. De hecho, no creo que sólo con sonido consiguieran controlar los incurdroids.
- ¿Qué quieres decir con eso, idkereda? -preguntó Brumantra.
- Sólo digo -afirmó lentamente Idkereda- que estamos ante un arma de naturaleza desconocida... y tenemos que ser muy prudentes.
- Idkereda tiene razón -zanjé-. Estamos ante un problema que requiere una respuesta mucho más compleja que un ataque masivo. Ahora no tenemos que pensar en lo que nos gustaría hacer, o en cómo nos gustaría que fueran las cosas, o en la estrategia que debe seguir el Alto Mando, todo esto son discusiones inútiles en este momento, no debemos perder ni un segundo con estos pensamientos. Lo que tenemos que pensar es qué podemos hacer. Quizá lo que tengamos que hacer es hablar... o aprender a hablar, como dicen ellos, porque creo que es evidente que hay algo que se nos escapa, algún detalle fundamental que seguimos sin entender, así que olvidémonos de dar martillazos, por ahora.
Hice una pausa y los miré a todos. Estábamos sentados en el suelo, en círculo, con los restos de la cena en el centro. Brumantra había dejado de hacer tonterías. Idkereda y Alkai habían dejado de intercambiar pareceres; y Surkoi, enfrente de mí, se frotaba las manos de forma compulsiva, gesto que delataba su nerviosismo. Su opinión estaba clara, pero incluso él era consciente de las pocas opciones prácticas que teníamos.
- Lo primero que deberíamos hacer -continué diciendo- es comprobar nuestra realidad, verificar nuestras percepciones. Eso es trabajo tuyo, Idkereda, si no me equivoco, a juzgar por lo que pasó en nuestra huida del campamento.
- Ya lo he comprobado - contestó Idkereda -, de momento no percibo ninguna señal anómala. De todas formas, lo volveré a comprobar esta noche durmiendo.
- Lástima que tengamos que fiarnos precisamente del primero de nosotros que entró en una medusa -murmuró agriamente Surkoi-, y de forma voluntaria.
- Alkai y Brumantra también tienen sistemas de verificación de coherencia perceptiva -se defendió Idkereda.
- Que fallaron en la huida del campamento -añadió Alkai.
- Y que funcionarán - aseguró Idkereda- si nuestros cerebros se encuentran sumergidos en un frasco a bordo de una nave Coleccionista.
- De todas formas, compruébenlo esta noche en cuanto se duerman -ordené-, y hay algo más. Nos ha hablado de un diario, Idkereda.
- Sí, señor -asintió Idkereda-. Danel Primero llevaba un diario personal. Dejó por escrito sus experiencias en este planeta.
- ¿Sabe si sigue vivo?
- No lo creo, señor. Su expedición llegó a este planeta hace unos setenta años estándar, y ya en aquel entonces la mayoría de miembros tenían entre treinta y cincuenta años. Sin tratamientos rejuvenecedores y en un bioma extraño es poco probable que hayan logrado sobrevivir setenta años, aunque quizá haya descendientes.
- Ya había pensado en esa posibilidad. Nos ocuparemos mañana de ella. Ahora me gustaría ver el diario. ¿Lo tiene a mano?
- Sí, señor.
Idkereda se levantó y se dirigió a un mueble situado al lado de las camas. Allí había una especie de caja forrada de algún tipo de plástico negro rugoso. La cogió y me la tendió.
- Tenga -dijo-. Las portadas son de cuero auténtico, creo.
- ¿Qué es esto? -pregunté mientras agarraba aquel extraño objeto.
El resto de la escuadra miraban mis manos con el desconcierto grabado en el rostro.
- Es el diario, señor.
Lo sopesé entre mis manos y me di cuenta de que en realidad no era una caja. Pero se podía abrir, como las cajas, sólo que no tenía un espacio hueco dentro. Era el objeto más raro que había visto en mi vida. Un paralepípedo rectangular con sus dos bases, la inferior y la superior, unidas por un lateral con el mismo material que cubría las dos superficies. Sin embargo, ambas caras del parelepípedo se podían separar hasta situarlas en el mismo plano porque por el lado opuesto no estaban sujetas. Al separarlas, aquella extraña caja se abría como un abanico y estaba llena de superficies lisas muy finas y repletas de ... ¡letras manuscritas!
- Está escrito en papel -explicó Idkereda.
- Y una mierda -dijo Brumantra-, esto no es papel.
- Es papel de verdad -insistió Idkereda-, auténtico, no papel electrónico como el que utilizamos ahora; es parecido al que utilizaba Alkai para imprimir sus fotos cuando estudiaba en el instituto -Alkai asentía, mostrando con ese gesto que estaba de acuerdo con lo que decía Idkereda; además, adelantó su mano derecha y acarició las hojas del diario con la yema de sus dedos, Parece un buen papel, comentó, luego Idkereda continuó:-, en él hay que escribir con tinta de verdad, no contiene tinta electrónica ni memorias de filamentos ni pilas biológicas. La verdad es que es la forma más segura de crear un registro, al menos en estas condiciones. Un buen papel puede aguantar bastantes más años que una memoria digital estándar y no necesita fuente de alimentación. Y este papel es bueno. Se nota. Fijaos, la letra es perfectamente visible, a pesar del paso de los años... y casi no ha amarilleado, sigue prácticamente blanco, claro que eso quizá se deba a que las bacterias de este planeta no les guste este tipo de fibra, vete tú a saber. 
Sopesé aquel extraño objeto entre mis manos y observé las palabras escritas en su interior. Realmente, tenía pinta de ser un diario. Cada entrada iba precedida por una fecha. Dos de diciembre de dos mil doscientos tres (estándar terrestre) era la última. La primera era más o menos de un año antes. Más allá de la última entrada, se extendía un desierto de hojas en blanco. Tuve una sensación inquietante: me pareció que el diario en realidad no se había interrumpido sino que la historia que se narraba entre sus páginas aún seguía su curso, aún se estaba escribiendo. Tuve la impresión de estar tocando algo vivo, un animal dormido, pero alerta.
- ¿Entiende esta escritura? -interrogué a Idkereda, sobreponiéndome a un escalofrío que recorrió mi columna.
La caligrafía era regular y enérgica, pero muy picuda y en cursiva, y me costaba distinguir las letras y entender las palabras. Estaba claro que estaba escrito en caracteres occidentales (apreciaba letras sueltas, alguna “t”, alguna “k”, “f” y “g” y unas pocas vocales) pero ni siquiera hubiera podido asegurar cuál era el idioma.
- Un poco, señor -respondió Idkereda-... con tiempo tal vez pueda descifrarlo todo.
- Pues ya tiene trabajo.
Me quedé pensativo durante unos segundos mientras sopesaba el diario, aún en mis manos.
- ¿Cree usted que es auténtico? -pregunté finalmente, mientras se lo pasaba a mi amigo- ¿No podría ser un objeto que hayan manofacturado los terkumas para dar verosimilitud a su historia?
- Sí, cabe esa posibilidad -respondió Idkereda mientras tomaba el diario de mis manos y posaba de nuevo su atención en él-. ¿Cómo estar seguros? Sin embargo, el diario tiene marcas de uso y las cubiertas están gastadas. Además, las hojas no han amarilleado mucho pero un poco sí, lo que denota que el papel ha envejecido. Desde luego, podrían haber simulado todos estos efectos, así que volvemos a estar ante una cuestión de confianza, de nuevo.
- Una cuestión de confianza -repitió Surkoi en tono sarcástico y bufando.
Suspiré.
- Léalo, de todas formas -ordené a Idkereda-, e infórmenos.
- De acuerdo, señor -dijo.
Miré al resto de la escuadra. Ellos también me miraron. Brumantra permanecía seria. Todos estaban expectantes. Aguardaban órdenes. Surkoi fue a decir algo pero le corté con un gesto seco y decidido.
- Escúchenme -dije-, pisamos terreno muy resbaladizo. Piensen dos veces lo que vayan a decir antes de decirlo. Por la cuenta que nos tiene a todos, vayan con mucho cuidado. Brumantra, Alkai, ¿están intentando establecer contacto con las máquinas?
- Sí, señor -contestaron ambas al unísono.
- Pero hasta ahora no hay respuesta -añadió Alkai.
- De acuerdo -respondí-, sigan intentándolo sin cesar y manténganme informado. Y especialmente usted, Surkoi, procure no meter la pata.
Surkoi inspiró profundamente y luego soltó lentamente el aire.
- Palabra ha dicho que después de la cena podríamos reunirnos con él -continué diciendo-. Eso es lo que vamos a hacer: vamos a salir y buscaremos a Palabra. Aprovecharemos también para explorar un poco el entorno. De momento, mantengámonos todos unidos.
Nos pusimos de pie y nos dirigimos hacia la puerta. Más que una puerta era un arco de acceso a la estancia con una simple cortina para separar el interior del exterior. Retiré la cortina y me asomé.
Había luz y el terreno parecía firme. Dos terkumas, uno a cada lado de la entrada, nos observaban con atención. Me aventuré a salir de la estancia donde nos habían hospedado. El resto de la escuadra me siguió. Nos encontrábamos en un balcón a varios pisos de altura. El balcón daba a un patio interior más o menos circular de unos cincuenta metros de diámetro. En el centro del patio, muchos metros por debajo de nosotros, vimos un árbol parecido a un sauce llorón pero en lugar de ramas y hojas su copa estaba compuesta por fibras ópticas que brillaban recorridas por innumerables impulsos luminosos. Blancos, violetas, rojos, púrpuras, amarillos, azules y todos sus matices. Los había de todos los colores. Los pulsos a veces recorrían la copa del árbol de forma coordinada y otras veces formaban una caótica tormenta cromática. Por encima de nosotros teníamos muchos pisos más. La cúspide de aquella estructura gigantesca se perdía en la distancia. Palabra había dicho que estábamos en el interior de un árbol; que todo estaba vivo, que tuviéramos cuidado de no dañar nada. Me acerqué a la balaustrada. No estaba tallada ni pulida, ni siquiera tenía un aspecto uniforme y suave, realmente parecía algo vivo, como el tronco de una enredadera o algo así. Pero aquella inmensa estructura donde nos encontrábamos era algo diferente. ¿Podía ser realmente un árbol? ¿Puede un árbol ser tan grande?
Desde el centro del patio se alzaba una columna que recorría el interior de la construcción hasta perderse en las alturas. Era un eje formado por cientos de filamentos, hebras y lianas que se retorcían y se enredaban en espiral unos sobre otros. Brillaba en la oscuridad. Su base se perdía en las profundidades de la copa del árbol de luz, el que parecía un sauce llorón: sus fibras de vidrio ocultaban los primeros metros de aquella columna, y a partir de ahí, de vez en cuando, a intervalos imprevisibles pero no muy prolongados, emergían pulsos luminosos que subían como centellas y se cruzaban con otros pulsos que bajaban igual de rápido. Parecía la espina dorsal del árbol, si aquello realmente era un árbol, recorrida por latigazos de energía eléctrica.
Había luciérnagas gigantes por doquier que proporcionaban suficiente luz como para no tener que forzar la vista, y también gasas que se extendían por el aire más ligeras y delicadas que mariposas. Algunas se recogieron en trenzas mientras las observábamos y otras se extendieron igual que una vela y empezaron a ascender impulsadas por corrientes de aire caliente. Podía suponer que la función del árbol de luz, con su copa de fibras ópticas, podía estar relacionada con las comunicaciones, y la de las luciérnagas gigantes era evidente: iluminar. Pero la función de aquellas gasas etéreas que levitaban por todo el espacio interior del árbol no pude llegar a imaginar cuál era.
El balcón donde nos encontrábamos seguía por todo el perímetro interior del patio. Espaciadas regularmente se podían ver entradas semejantes a la de nuestra estancia. Algunas de ellas tenían las cortinas recogidas en los laterales y se podría haber visto el interior, si el interior de aquellas estancias no hubiera estado en penumbra. Cada piso tenía un balcón semejante a aquel donde nos encontrábamos nosotros y de cada uno de estos balcones salían rampas a intervalos regulares que conectaban los diferentes pisos. Aquí y allá se veía algún que otro terkuma bajar o subir por las rampas y entrar o salir de las estancias.
- Esto no puede ser un árbol -dije-, no un árbol normal.
- No lo es -replicó Idkereda-, es una obra arquitectónica... biológica.
Todos le miramos.
- Tengo una teoría -dijo él-, llevo horas observando esta estructura. Me parece que crecen a partir de semillas modificadas genéticamente... creo que todo está diseñado por arquitectos que intervienen a nivel genético.
- ¿Cómo consiguen que la savia se mueva por todo el árbol? -preguntó Alkai.
- El árbol tiene varias bombas internas -contestó Idkereda- y sistemas de drenaje, me lo explicaron mientras dormíais.
- Se lo explicaron... ¿o es una teoría suya? -pregunté yo.
- Me dieron información fragmentada -respondió Idkereda-, lo de las bombas me lo explicaron. Lo de las semillas es cosa mía.
- En fin, ya veremos -zanjé.
A continuación, me volví hacia los terkumas que flanqueaban la entrada de nuestra estancia.
- Hola -les saludé-, nos gustaría ver a Palabra. ¿Podrían conducirnos hasta él?
Uno de los dos terkumas nos respondió en su idioma. No entendimos lo que dijo pero el otro se dio media vuelta y empezó a caminar. Nos miramos entre nosotros.
- Vamos allá -dije yo.
Seguimos al terkuma que caminaba.
El otro, el que nos había contestado en su idioma, esperó a que todos pasáramos ante él y luego nos siguió unos metros atrás.
Así escoltados, empezamos a ascender por una de las rampas que conducían hacia los balcones superiores. Algunos terkumas nos miraban desde pisos superiores, otros retiraron la cortina de sus estancias y se asomaron para echar un vistazo. Ninguno de ellos se dirigió a nosotros, simplemente nos observaban y procuraban mantener las distancias. Advertí a mi escuadra que no miraran fijamente a ninguno de aquellos seres, que se concentraran en el camino que pisaban.
Por un momento pensé que tendríamos que ir caminando hasta la copa del árbol, o donde fuera que estuviera Palabra, pero en el piso siguiente al nuestro nos desviamos por unos pasillos que nos condujeron a unos ascensores.
La aceleración con que arrancamos no nos impulsó sólo hacia arriba, también fue lateral, y tan intensa que casi perdemos el equilibrio. En el interior del ascensor no había luciérnagas. La luz surgía directamente de las paredes y del techo.

(Fin del capítulo 15. Capítulo siguiente)

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