Capítulo 10. NUESTROS CUERPOS INDEFENSOS.
Cuando recuperé el conocimiento estaban todos mirándome. Supe que seguíamos en el barco. Busqué el sable. Lo encontré a mi lado. A pesar del aturdimiento, volví a ser consciente de nuestra situación. Mi corazón se aceleró. Tensé mis músculos. Me dispuse a luchar. La imagen de Idkereda en el interior de la medusa invadió mi mente. No podía quitármela de la cabeza. Me cegaba como la luz del sol, me producía tanto vértigo como el inconmensurable cielo azul que nos cubría. Me irritaba como la brisa, que no paraba de soplar contra las velas del barco y contra nuestros cuerpos indefensos. Sentía la garganta reseca, los ojos me escocían. Intenté tragar saliva. Fracasé. Hasta mí llegaban ruidos inconexos. Indescifrables. Parpadeé una y otra vez. Quería arrancar de mi cerebro la imagen de mi amigo flotando en el interior de la medusa. Intenté levantarme. Algo me frenó. Una mano en mi hombro. Idkereda. Enfoqué mis ojos en el rostro que tenía delante: el de mi amigo. Flotaba a pocos centí...