Capítulo 1. HERENCIA.


  Karoshen había muerto en el desastre de Imega. En realidad nadie había visto su cadáver, pero el último crucero humano abandonó Imega sin él, y todos sabemos lo que les pasa a los nuestros cuando quedan varados en un planeta tomado por el Ínbid. Karoshen era una leyenda: había sobrevivido a más de veinte incursiones en planetas Ínbid y cuentan que tenía un collar con más de treinta ojos cristalizados de vispoides. Fue todo un compromiso hacerse cargo de su escuadra... de lo que había quedado de su escuadra, es decir, del nombre. Y ni siquiera el nombre quedó entero porque los Esturiones de Karoshen pasaron a llamarse los Esturiones de Katmai. Pero este pequeño cambio no hacía borrón y cuenta nueva: con “esturiones” delante de mi nombre todo el mundo seguiría recordando lo alto que había dejado el listón Karoshen, y si las cosas salían mal nadie tendría en cuenta que las misiones que se encomendaban a los esturiones eran las más arriesgadas y difíciles: se fijarían en la segunda parte del nombre de la escuadra, en mi nombre, Katmai, y me tildarían de inexperto y de inepto, me compararían con un muerto y asegurarían que el muerto lo hubiera hecho mejor, cien veces, mil veces mejor.
Porque no estaba dispuesto a que me compararan con un muerto, porque tampoco estaba dispuesto a acatar con tranquilidad y buena educación los caprichos adversos del destino y porque teniendo el mando de la escuadra era el primer responsable de la vida de mis hombres, decidí, ya en mi primera misión tras las líneas enemigas como jefe de escuadra, romper con el reglamento militar y asumir las consecuencias de mis actos incluso ante un consejo de guerra, si era necesario.
En cumplimiento de las órdenes, toda la escuadra había sido lanzada desde la constelación Esparta en cápsulas autónomas hacia un sistema estelar en la frontera del universo conocido, más allá incluso de los mundos Ínbid. El destino estaba programado de antemano: el viaje y el descenso en los planetas que se habían detectado en aquel sector iba a ser completamente automático y, en teoría, no tendría que empezar a tomar decisiones hasta que la cápsula estuviera en órbita alrededor de uno de los mundos que debíamos tomar. En lo que a nuestra cápsula se refiere, lo único que salió bien fue la expulsión de la constelación Esparta. A partir de ese momento, ninguna otra cosa se ajustó al plan establecido.
Al reaparecer en el espacio normal, inmediatamente después del salto subcuántico a través del Aleph y antes de que me diera tiempo a respirar siquiera, saltaron todas las alarmas de la cápsula y la luz ambiente adquirió un tono rojizo. Suspendido en el más absoluto vacío interestelar, embutido en el uniforme de combate e inmovilizado en el angosto espacio de la cápsula autónoma de descenso, antes de saber qué estaba pasando, comprendí que la hora de tomar decisiones había llegado mucho antes de lo previsto.

(Fin del capítulo 1 - Capítulo siguiente)

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