Capítulo 6. SOPA.


Esperamos a que oscureciera para regresar al campamento. Por pequeña que fuera la ventaja que nos proporcionara la oscuridad, teníamos que aprovecharla. Cuando estacionamos los incurdroid y me desconecté de la máquina volví a sentir todo el peso de mi cuerpo. Mis músculos tuvieron que hacerse cargo de nuevo de toda la masa de mi persona, y también de buena parte de la de Idkereda, que venía conmigo y apenas se sostenía por sí solo. Casi caigo derrumbado. Brumantra y Surkoi vinieron corriendo a echarme una mano pero aun así estuve a punto de colapsar bajo mi propio peso. Hacía casi veinte horas que nos habían lanzado desde la constelación Esparta. Cuando se inició la misión de incursión el reloj de la flotilla de naves marcaba 0500AM. Al regresar al campamento después de rescatar a Idkereda, el reloj de nuestros incurdroids, sincronizado con el de la constelación Esparta, marcaba ya casi medianoche. En aquel mundo hacía apenas dos horas que había oscurecido pero desde nuestro punto de vista estábamos a punto de entrar en la madrugada de un nuevo día. No habíamos comido ni bebido nada en todo ese tiempo. Estábamos hambrientos y sedientos. Así que mencionamos a Alkai el encuentro con los delfines y con el Ínbid, Alkai se abrazó a Idkereda, incluso le enseñamos fotos que habíamos hecho, pero antes de entrar en explicaciones más detalladas devoramos las raciones de campaña destinadas a la cena y bebimos agua que había sido hervida y luego potabilizada mediante nanotecnología. Únicamente después de haber saciado nuestro apetito, pudimos concentrarnos. Nos reunimos todos en la tienda iglú y empezamos a explicar a Alkai detalladamente lo que nos había ocurrido. Observé que no parecía escucharnos con demasiada atención y que tenía un ligero temblor en la ceja izquierda. Era como una palpitación irregular.
- ¿Está bien, Alkai? -le pregunté.
- Sí, señor -contestó ella.
- ¿Ha ocurrido algo en nuestra ausencia?
- Sí, señor, por aquí tampoco me he aburrido. He visto más vispoides y medusas estas dos últimas horas que en todos los meses que llevo sirviendo en la Armada. No han dejado de rondar el campamento. Para ser un planeta en el que no se detectaba presencia del Ínbid no está mal la cantidad de problemas que nos está dando el Ínbid.
- ¿Cree que han descubierto el campamento?
- No, señor, yo más bien diría que nos están buscando.
- Está bien, respire -ordené-. Tiene aspecto de haber contenido la respiración desde que nos fuimos.
- Así es, señor, la he contenido. Todo el tiempo parecía estar a punto de pasar algo.
Continuamos nuestro relato. Le explicamos cómo el Ínbid había realizado lo que parecía, a primer golpe de vista, un incomprensible intento de comunicación y cómo se había frustrado al acercarse a Surkoi un vispoide narrador.
Idkereda estaba sentado a mi lado. Había recuperado por completo la consciencia y ya podía sostenerse en pie por sí solo pero no había cenado. En lugar de alimentos sólidos estaba tomando un zumo reconstituyente con una pajita.
- ¡Cómo echo de menos una sopa caliente! -exclamó.
Las estrellas brillaban sobre nosotros y el mar se oía a lo lejos. Sin embargo, en ningún momento mencionamos ni las estrellas ni el mar. Sí hablamos de comida.
- Tengo más hambre que antes de la cena -confesó Surkoi-, vaya mierda de raciones de campaña.
- Señor -dijo Brumantra-, ¿usted cree que los vispoides son comestibles? 
- Espero no tener que averiguarlo, Brumantra -respondí.
- Se me revuelven las tripas - masculló entre dientes Surkoi.
- Tu hambre es muy refinada, eh, Surkoi -replicó Brumantra.
- ¡Qué asco! ¡Cállate ya! -la mueca de desprecio se acentuó en el rostro de Surkoi-. Si esta noche no nos mata el Ínbid, mañana saldré a cazar, en este planeta tiene que haber bichos grandes de carne jugosa y comestible. Atmósfera rica en oxígeno y agua abundante,... ¡joder!, apostaría una de mis pagas a que los bichos de este planeta son compatibles con nuestra bioquímica.
-Ya te has apostado una conmigo, de momento -terció Brumantra.
Surkoi gruñó.
- ¡Cómo echo de menos -exclamó de nuevo Idkereda- una sopa caliente!
Estaba completamente cubierto de piel sintética para evitar que contaminara el ambiente en el que nos encontrábamos; el resto de nosotros sólo vestía el uniforme militar de campaña. Al caer la noche, las temperaturas habían descendido mucho y la verdad es que apetecía comer algo caliente. Hubiera tenido que amonestar a Surkoi, pero obté por dejar que se desahogara. Estábamos todos exhaustos y las raciones de campaña estaban diseñadas en teoría para provocar sensación de saciedad, pero la verdad es que era una sensación de saciedad muy pobre, muy lejos de la que provoca una buena comida después de una dura jornada de frío y trabajo, cuando respiras satisfecho y sientes cómo se reaviva dentro de ti la ilusión por la vida. Bueno, quizá sea necesario subir hasta la cima de una montaña y pasar hambre y frío para saber de qué sensación estoy hablando. La mayor parte de la Humanidad interestelar de hoy en día no sabe qué es el hambre, ni qué es pasar frío, ni siquiera qué es hacer esfuerzos físicos en medio de la incertidumbre y el peligro. Hoy en día hay ascensores que llevan a la mayor parte de las cimas, incluso a los picos más altos de Nuevo Himalaya, incluso a la cima del monte Olimpo en Marte. Y los gimnasios son más seguros que nunca, si es que alguna vez fueron peligrosos. El caso es que ahí estábamos: cinco soldados de los cuerpos expedicionarios de la Armada Humana, entrenados en los escenarios más duros conocidos de la galaxia, preparados y mentalizados, con cuatro droides de incursión cargados de armas y antimateria, acurrucados como niños en el espacio diminuto de una tienda iglú echando de menos una sopa caliente. En teoría la comida artificial tenía en su composición substancias saciantes para engañar al cuerpo, pero en la práctica el frío, la soledad y el peligro eran mucho más poderosos. 
- A ver -dijo Alkai- dejadme ver otra vez las fotos.
Brumantra llevaba con ella, guardada en un bolsillo, la pantalla flexible en la que había grabado todas las fotos que había sacado al encontrar a Idkereda. La extrajo del bolsillo, la desplegó y se la pasó a Alkai.
- Parecen realmente delfines -dijo Alkai, sorprendida de nuevo. Ya había visto las fotografías varias veces desde que llegamos.
- ¿Cuánto hace que se extinguieron allí en la Tierra, Idkereda? -preguntó Brumantra.
- Unos doscientos o trescientos años -contestó Idkereda-. Cuando era niño escuché historias de delfines que salvaban a náufragos de morir ahogados... pero nunca imaginé que me convertiría en protagonista de una de esas historias.
- ¡Vamos! -exclamó Surkoi- ¡No creeréis de verdad que sean delfines! Será algún otro animal que se le parece mucho.
Todos sonreímos amargamente.
- Claro, Surkoi -dijo Brumantra con la sonrisa aún en los labios- y eso hace que sea menos misterioso, ¿verdad?
Surkoi se encogió de hombros.
- Escuchadme bien todos -dije en ese momento. Ya era hora de poner un poco de orden-. Por ahora vamos a aparcar el tema de los delfines, al menos hasta que solucionemos el de nuestra supervivencia. Estoy seguro de que a todos nos parece más urgente. Primero quiero que seáis conscientes de cuál es nuestro objetivo actualmente. Nuestro objetivo no es simplemente mantenernos vivos: nuestro objetivo es regresar a la constelación Esparta en el menor tiempo posible. Esto ya no es una misión de incursión, no debemos localizar y destruir, ni está en nuestras prioridades atacar al Ínbid. Sabemos que en este planeta pasa algo extraño porque las alarmas biológicas no nos han avisado de que fuera un planeta Ínbid y sin embargo casi desde el primer momento no han dejado de acosarnos especies de la alianza Ínbid. Así que aquí ocurre algo extraño, pero vamos a dejar ese tema para los científicos militares. Nosotros vamos a centrarnos en regresar a la constelación Esparta. Y para eso primero hay que conseguir llegar al módulo. Idkereda, Brumantra ya te ha explicado que las cosmobalizas no funcionan. Creemos que nuestra posibilidad más sólida es intentar llegar al módulo e intentar, desde allí, repararlas. ¿Cuál es tu opinión al respecto? ¿Qué sabes del módulo? ¿Conseguiste desengancharte antes de que se estrellara? ¿Conseguiste ver si se abrían los paracaídas de frenado?
Idekereda sorbió un trago de zumo lentamente y luego dijo:
- Conseguí desengancharme... pero no conseguí controlar el incurdroid a tiempo y me estrellé contra el mar. No recuerdo nada más. Las primeras imágenes claras que tengo son de hace unos minutos. No recuerdo ni los delfines ni la playa. Lo siento, no puedo daros más detalles. Desde luego, si el módulo no se ha estrellado o si se ha estrellado y a pesar de ello está mínimamente operativo, nuestra mejor opción es intentar reparar las cosmobalizas desde el módulo, pero ya os he dicho que no tengo ni idea de cuál es su estado.
- No importa -continué yo-. Lo averiguaremos.
- Si nos dejan -terció Brumantra.
- Nos dejarán -insistí-. Nuestra situación es delicada, pero no terminal. Los sintetizadores moleculares de alimentos funcionan, los purificadores de agua, también, las fábricas modulares de munición están a pleno rendimiento. Si no falla el suministro de energía, incluso podríamos construir una base permanente en este planeta. Precisamente he preparado una lista de tareas para esta noche para cada uno de vosotros -les repartí unas tarjetas-, las he grabado aquí. Una de las tareas más importantes es revisar el funcionamiento de los hiperconversores de luz. Es fundamental que sigamos teniendo energía.
- Señor, sabe perfectamente que el Ínbid tarde o temprano nos detectará, se le acabará la paciencia y nos matará a todos -dijo Surkoi-. Hasta ahora hemos tenido suerte, no sé por qué pero hemos tenido suerte, nos han atacado pero no con toda la contundencia de la que sabemos que son capaces. Pero esta contención no durará mucho, lo sabe, estamos en tiempo de descuento.
Miré fijamente a Surkoi y dije:
- Al próximo que comente nuestra situación y lo que yo sé o dejo de saber al respecto le pongo en hibernación y no le saco de ella aunque se nos eche encima la armada Ínbid entera.
Todos permanecieron en silencio y bajaron la mirada.
- No quiero más comentarios “inteligentes” hasta que yo dé permiso para hablar con libertad. No quiero de momento su opinión al respecto de nada. De hecho no quiero ni siquiera que tengan opinión. Y tampoco quiero que permanezcan ociosos un sólo segundo. No quiero que tengan tiempo de pensar. No quiero que piensen. Ya lo haré yo por ustedes. Quiero que se limiten a hacer lo que indican las tarjetas. Si alguien acaba su trabajo, que active el sueño artificial y descanse. Los turnos de guardia están también en las tarjetas. Al amanecer levantaremos el campamento y nos moveremos hacia el punto donde el ordenador de los incurdroid calcula que ha caído la cápsula. A partir de mañana seguiremos moviéndonos de noche, pero esta noche descansaremos ¿Lo han entendido bien?
Todos me miraron. Alkai asintió ligeramente.
- ¡No les oigo! -exclamé como si diera un latigazo en el aire.
Todos se sobresaltaron como si les hubiera dado un calambre.
- ¡Sí, señor! -contestaron de inmediato y al unísono. Incluso Idkereda.
Salimos de la tienda iglú con las tarjetas en la mano. Cada uno de nosotros sabía con toda precisión qué era lo que tenía que hacer para cumplir con su deber.
En realidad, además de conocer perfectamente nuestras ocupaciones, también sabíamos todos que teníamos bastantes probabilidades de no ver el siguiente amanecer. La tecnología de ocultación e invisibilidad es bastante buena, pero no es infalible, así que estaba claro que las probabilidades que teníamos de superar aquella noche dependían del ahínco con que el Ínbid nos estuviera buscando.
Todos trabajamos en silencio. Todos obedecieron la orden de no comentar nada y concentrarse en el trabajo. Trabajando evitábamos pensar en nuestra situación. Trabajando pensábamos en hacer bien el trabajo. Según el período de rotación de aquel planeta, teníamos más de seis horas de oscuridad por delante.
Al cabo de poco tiempo de empezar a trabajar, Idkereda cayó enfermo con fiebre.

(Fin del capítulo 6 - Capítulo siguiente)

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