Capítulo 16. CIVILIZACIÓN.
Al final del trayecto en ascensor se apagaron las luces y nos quedamos totalmente a oscuras. Mantened la calma, ordené a la escuadra. Tranquilos, insistí. Durante un minuto, mi voz era lo único que guiaba en medio de aquella negrura total. Al final, el iris del ascensor se abrió, dimos unos pasos y nos encontramos bajo un cielo repleto de estrellas. Miré a mi alrededor. Nos hallábamos en una plataforma abierta al firmamento. Seguíamos a oscuras pero al menos ahora teníamos la tenue luz proveniente de los astros. Nuestros ojos aún tardaron unos instantes en acostumbrarse a la oscuridad pero nuestros oídos enseguida captaron la voz de varios terkumas hablando en su idioma. Una de aquellas voces que llegaban hasta mí, antes ni siquiera de distinguir vagamente formas y contornos, me pareció la de Palabra. Intuí que estaba enfrente de nosotros, a pocos metros de la salida del ascensor. Poco a poco pude vislumbrar su cuerpo rodeado de terkumas más pequeños: los niños, que escuchaban su explicación. Detrás de Palabra, se recortaba nítidamente la sombra de un telescopio contra la infinitud de puntos luminosos que poblaban la cúpula celeste. El de Palabra no era el único grupo sobre la plataforma. Había otros tres que se dedicaban a observar el firmamento a través de telescopios.
El sitio donde nos encontrábamos no se parecía demasiado a la copa de un árbol. Era plano, firme y despejado. Es cierto que la plataforma estaba rodeada por ramas, pero no eran más altas que yo. Más allá de mi altura, no había obstáculo alguno para poder observar las estrellas. E incluso entre las ramas había algún que otro hueco a través de los cuales la mirada podía deslizarse hasta el horizonte, que aparecía a lo lejos como el fin de un océano de oscuridad, delimitado nítidamente por una costa luminosa formada por miles de puntos brillantes. Una tenue brisa agitaba el follaje y hacía parpadear la luz de algunas estrellas al quedar sucesivamente cubiertas y descubiertas por las hojas. Quise llegar al borde de la plataforma y mirar hacia abajo, a ver si distinguía la ciudad terkuma donde se suponía nos hallábamos, pero al parecer me moví en la dirección equivocada porque uno de los dos terkumas que nos había acompañado me impidió el paso.
- Peligro -dijo.
Luego alzó un tentáculo-brazo y señaló enfrente de nosotros.
- Palabra -indicó.
Justo en ese momento uno de los niños terkuma se destacó del grupo y vino hacia nosotros gritando:
- Tronco de árbol, tronco de árbol
Era inconfundible: Nevando cerezas.
Saltó y se abrazó al torso de Idkereda antes de que éste tuviera tiempo de reaccionar. El pequeño terkuma casi le tumba con su impulso.
- Uf -bufó Idkereda-, Nevando, a partir de ahora si quieres abrazarte a mi, ya te alzaré yo del suelo, ¿vale? ¿Entiendes lo que te digo?
- ¡No! -contestó Nevando-. No importa. No preocupa. Nevando cerezas enseña estrellas. Luz. ¡Mira! ¡Luz! ¿Dónde está tu luz, Tronco de árbol? ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde?
Nevando cerezas estaba excitadísimo y hablaba muy deprisa. Casi no se le entendía.
- Vaya -dijo Alkai-, es como todos los niños humanos.
- Agotador -remaché yo.
Surkoi gruñó.
- Señor -intervino Brumantra-, no reconozco ninguna constelación, voy a ver si localizo y reconozco alguna nebulosa.
- No sabemos dónde está nuestra luz -explicó Idkereda al niño-. Estamos perdidos.
- Perdidos, sí, yo sé, explicó Palabra viva sobre la piedra -respondió el niño-. ¿Duele? ¿Dolor?
- Sí, duele, Nevando, duele -respondió Idkereda.
Entonces el pequeño terkuma saltó al suelo y dio una vuelta sobre sí mismo. Luego nos miró y empezó a cantar en terkuma.
No puedo estar seguro porque apenas había luz, pero me dio la impresión de que todos los terkumas que había a nuestro alrededor dejaron de estar pendientes de las estrellas y nos miraron. Algunos se unieron al canto que había iniciado Nevando cerezas.
Un terkuma adulto se acercó hasta nosotros. Era Palabra. Llevaba varios niños abrazados a su cuerpo. Uno en un tentáculo, otro en la parte superior del cráneo y otro estaba acurrucado entre su torso y su nuca, bajo el cráneo, medio cubierto por los ropajes que utilizaban los terkumas para cubrir sus cabezas.
- Está intentando consolarles -explicó.
Luego añadió, dirigiéndose a Nevando:
- Ya te he explicado que los humanos no entienden nuestro idioma.
Nevando dejó de cantar. Parpadeó y dio varias vueltas sobre sí mismo.
- No te preocupes, Nevando -dijo Palabra mientras lo alzaba del suelo y lo ponía en uno de sus tentáculos libres, donde Nevando se abrazó-, ya lo entenderás.
Palabra regresó de nuevo a donde estaba el telescopio y el resto de niños esperándole.
- Vengan -dijo dirigiéndose a nosotros.
Le seguimos. Los dos terkumas que nos habían guiado hasta allí se quedaron haciendo guardia ante la puerta del ascensor.
- Palabra -dije cuando llegamos al telescopio-, quiero preguntarle algo importante que no he tenido ocasión de preguntarle antes.
Ahora estábamos rodeados de niños terkuma. Nevando cerezas saltó del tentáculo al que estaba abrazado y se puso a hablar con ellos. De vez en cuando señalaba hacia nosotros.
Palabra nos miraba, expectante.
- ¿Qué ha sido de los terkumas que derribamos al intentar huir? -le pregunté- ¿Qué ha pasado con ellos? ¿Están heridos?
- No -respondió él-, están muertos.
Los cinco humanos permanecimos mudos. Nevando cerezas siguió cuchicheando con el resto de sus compañeros.
- Es uno de los temas que tenemos que arreglar mañana -explicó Palabra a los cinco humanos mudos.
- ¿No somos prisioneros de guerra? -pregunté.
- No, su situación no ha cambiado desde que hemos hablado esta tarde. Ya habían muerto cuando esta tarde les he explicado cuál era la situación. Murieron en el mismo momento en que les derribaron. Pero no deben preocuparse por este asunto tan triste. Por esta vez, no serán juzgados; consideramos que es la guerra. La guerra es lamentable. Pasan cosas horribles. Pero no debemos permitir que nos ofusque. Los terkumas que derribaron ayer eran guerreros, sabían cuál era su oficio y sabían a lo que se exponían. Sin embargo, es bueno y necesario cumplir con ciertos rituales.
Varios niños tiraban de los ropajes de Palabra reclamando su atención. Nuestro anfitrión les miró y les dijo algo en terkuma con tal convicción que los niños no siguieron molestando. Se apartaron de él y se pusieron a mirar por el telescopio por turnos.
- Los terkumas que ustedes han derribado -continuó explicándonos Palabra- formaban parte de otra comunidad. Mañana llegará una delegación de esa comunidad y hablará ante la comunidad que les acoge a ustedes... es decir, ante nuestra comunidad, ante todos nosotros. Ustedes deberán estar presentes, no pueden... es decir, no deben negarse. Aunque no entiendan nuestro lenguaje, sería... muy descortés, de muy mala educación,... muy ofensivo, si se negaran a estar presentes. Es una de las cuestiones diplomáticas que he mencionado antes que teníamos que arreglar. ¿Serán amables? ¿Estarán presentes?
Era la primera vez que veía a Palabra con dificultades para escoger los términos exactos que necesitaba para comunicarse.
- ¿Qué quiere decir exactamente cuando dice “hablar”? -pregunté yo- ¿Se limitarán a hablar y ya está? ¿Con hablar se conformarán? ¿No pedirán que les seamos entregados, como responsables? ¿No pedirán que se haga justicia? ¿No pedirán que seamos castigados?
- Para nosotros, justicia se hace al hablar -respondió él-. Vendrán familiares de los terkumas caídos y expresarán su dolor con la palabra. No escucharles sería extremadamente malo y ofensivo. Si no les escuchamos, la situación podría escapar a nuestro control.
Sentí cómo Alkai, Idkereda, Brumantra y Surkoi se revolvían nerviosos a mi espalda.
- ¿Estarán presentes? -insistió Palabra.
- Sí, estaremos presentes -dije.
- ¡Señor! -exclamó Surkoi.
- ¡Silencio! -ordené.
- ¡Es una trampa! -insistió Surkoi.
- ¡Silencio, soldado! -grité furioso- ¡Si es una trampa, nos defenderemos!
Todos los terkumas nos miraron. También los niños. Los dos terkumas que nos habían escoltado hasta la plataforma se acercaron unos pasos. Palabra alzó uno de sus tentáculos brazo e hizo un gesto. Comprendieron que no ocurría nada grave y retrocedieron.
- ¿Dónde hablarán? -pregunté- ¿A dónde habrá que ir?
- A la Casa de la Palabra -respondió Idkereda.
Nos quedamos todos de piedra y le miramos de arriba abajo.
- Está explicado en el diario -aclaró-... ya sabéis: el diario de Danel Primero.
- ¿Qué es la Casa de la Palabra? -pregunté yo.
Es increíble la cantidad de preguntas que puede contener a la vez la cabeza de uno.
- Es el corazón de cualquier ciudad terkuma -respondió Palabra-, es un anfiteatro circular donde todos los terkumas nos reunimos para hablar. ¿Comprenden lo que quiero decir?
- Comprendemos las palabras -contesté yo-, pero no sé si entendemos lo que quiere decir.
- Quiere decir que hablarán para hacernos sentir su dolor -dijo Idkereda.
- Sí, así es -admitió Palabra.
- Pero nosotros somos humanos -dijo Alkai-, no podrán transmitirnos su dolor, no... si se limitan a hablar.
- Lo sé -dijo Palabra-, lo sabemos. Todos los terkumas lo saben, excepto los niños, que no lo entienden bien porque ellos ven que ustedes producen sonidos como nosotros y todavía no comprenden que sus palabras desnudas carecen de semántica emocional. Pero no importa, lo que realmente importa es el gesto, su presencia... El significado de su presencia será que ustedes quieren entender nuestro dolor al perder a nuestros semejantes. Esa voluntad bastará.
- Pero... ¿estamos en una ciudad terkuma? -pregunté-, ¿estamos en una ciudad? Esto no parece un árbol, Palabra, y se pueden distinguir las estrellas como si estuviéramos en medio del campo, muy lejos de cualquier signo de civilización.
- Estamos en la comunidad, estamos en medio de una ciudad terkuma, en la parte más alta del árbol torre donde vivo -insistió Palabra-. Vengan, se lo mostraré.
Le seguimos hasta el borde de la plataforma, hasta un punto donde se abría un hueco entre las ramas del árbol y se podía ver el horizonte. Un parapeto nos protegía de caer al vacío. Empujamos tímidamente contra él y parecía firme, así que nos apoyamos para poder contemplar mejor el paisaje que se extendía ante nosotros. Aunque en realidad no había mucho que contemplar porque las luces de la ciudad terkuma quedaban todas muy atenuadas por las ramas de los árboles, pantallas y otros sistemas que no pude imaginar.
- Prácticamente no hay contaminación lumínica -murmuró Idkereda.
Ciertamente estábamos en un sitio alto, muy alto, y rodeados de otros árboles igualmente gigantes, pero muy espaciados entre ellos. Podíamos adivinar el enorme vacío que se abría bajo nuestros pies, quinientos metros, según Palabra, hasta llegar al agua de los canales que circulaban entre los árboles gigantes, pero lo cierto es que apenas podíamos distinguir detalles de aquella urbe debido a la poca luz que había. Era una ciudad de sombras. Había volúmenes totalmente negros y volúmenes azul marino. Y también se adivinaban cuerpos que ocupaban el espacio con una gama de matices cromáticos que iban desde el negro hasta el azul celeste, algunos de ellos perfilaban su silueta con luces parpadeantes. De vez en cuando se distinguía un punto luminoso que se movía entre los árboles, y también, de vez en cuando, unos filamentos muy vagamente fluorescentes que flotaban en el aire como arrastrados por la brisa, o una ventana tenuemente iluminada, pero ni un rayo de luz perfectamente definido, ni edificios claramente iluminados, ni un sólo resplandor que entorpeciera la observación astronómica.
- ¿Viven a oscuras por la noche? -pregunté.
- No, no, ni mucho menos -contestó Palabra-, ustedes mismos han conocido a nuestras lámparas domésticas más habituales. Lo que ocurre es que tenemos sistemas que atenúan la luz.
- ¿Cómo pueden ser estos árboles tan enormemente gigantescos? -preguntó Alkai.
- Están modificados genéticamente por nuestros arquitectos -respondió Palabra-, en realidad ya no son exactamente árboles, o no son sólo árboles, son edificios vivos, ya lo verán con más detalle mañana, a la luz del día.
- ¿Cuántos terkumas viven en esta comunidad, Palabra? -pregunté yo.
- Un millón, aproximadamente -contestó con paciencia nuestro anfitrión- Es la comunidad más grande del planeta.
Un millón de terkumas. Estábamos rodeados por un millón de terkumas, me repetí a mí mismo, intentando hacerme a la idea. Y a saber cuántas medusas y vispoides.
- ¿Y cuántas medusas? -quise saber.
- Muchas menos.
- ¿Qué es aquello? -preguntó Surkoi.
Señalaba una masa negra que se adivinaba, en la lejanía, aún más alta que los árboles. Su mole era imponente pues sobresalía notablemente por encima de aquellos árboles de cientos de metros de altura. Tenía forma de cono volcánico y, aunque rompía la uniformidad del horizonte, estaba lo suficientemente lejos como para no cubrir una fracción apreciable del firmamento.
Palabra habló en terkuma y dijo algo así: uuuuuuuoooooonnnnnnnmuonnn, luego aclaró en nuestro idioma:
- La Casa de la Palabra. Mañana la conocerán.
Nos quedamos en silencio. No es que ya no tuviéramos preguntas. Es que no sabíamos cuál de ellas era la más importante, así que, al final, ganaba el silencio.
- Pueden quedarse aquí todo el tiempo que quieran -dijo Palabra al cabo de unos segundos-, yo vuelvo con los niños. Si lo prefieren también pueden unirse a nosotros. Podría enseñarles alguno de los gigantes gaseosos de este sistema.
Brumantra, Alkai y Surkoi se fueron con Palabra. Idkereda y yo nos quedamos mirando al vacío, disfrutando de la quietud y del silencio.
- ¿Te das cuenta? -dijo al cabo de unos minutos Idkereda-, estamos en mitad de una ciudad de un millón de habitantes y parece que estemos en mitad de un bosque.
Era cierto. No sólo no había contaminación lumínica: tampoco había ruido. Los únicos sonidos que llegaban hasta donde nos encontrábamos subrayaban el silencio de una forma suave, casi placentera, hasta diluirse en la nada. La brisa meciendo las ramas, la voz pausada de Palabra explicando astronomía a los niños, una catarata que bramaba muy en la lejanía. Ni tráfico, ni golpes, ni sistemas de ventilación, ni transformadores. Nada. Sólo brisa, voz y agua.
- La ciudad invisible -dije yo-, los humanos no tenemos nada parecido, que yo sepa.
- ¿Sabes qué veo cuando veo las estrellas en medio de una urbe de un millón de habitantes?
- ¿Qué ves, Idkereda?
- Civilización.
Idkereda estaba ilusionado como un niño con un juguete nuevo. Era lógico, al fin y al cabo, por muy difícil que fuera la situación, había cumplido uno de sus sueños de la infancia: conocer una inteligencia extraterrestre y comunicarse con ella.
Nos quedamos en aquel mirador hasta el amanecer de las dos lunas de aquel mundo. Palabra nos mostró uno de los gigantes gaseosos del sistema, y también la nebulosa de Andrómeda. Pero no conseguimos determinar nuestra posición en la galaxia. Supongo que el terkuma tampoco tenía muy claro si debía colaborar en ello. A pesar de nuestra situación, Galileo Galilei nos hubiera envidiado. Todos nuestros problemas le hubieran parecido un precio razonable que había que pagar por saber todo lo que sabíamos nosotros del Universo. Por poder observarlo como lo observaba cualquier niño humano o terkuma. Tan sólo por poder disponer de un sencillo telescopio tipo Newton como el que estábamos utilizando nosotros en aquel momento. Las leyes de la Física son las mismas en cualquier rincón de la galaxia, así que un telescopio terkuma es en esencia igual a un telescopio humano. Las leyes de la consciencia, si es que existe algo parecido, también deben de ser muy parecidas en cualquier rincón de la galaxia porque ahí estábamos humanos y terkumas compartiendo la luz de las estrellas. Aunque... ¿quién puede estar seguro? Los delfines se ponen a sí mismos nombres propios, pero... ¿observan las estrellas como nosotros? Los terkumas sí, puedo asegurarlo. Me ofrecieron mirar por el telescopio y al principio no quise, no quería relajarme con lo que parecía ser un acto lúdico, pero Palabra insistió, y los niños terkuma también, y al final observé. No fue por cortesía: confieso que me venció la curiosidad.
La misma curiosidad de los niños.
La misma curiosidad de Galileo.
No fue necesario encender las luciérnagas cuando regresamos a nuestra habitación: la luz de las dos lunas fue suficiente para iluminar la estancia.
Dormimos.
Al día siguiente todos sufríamos de diarrea.
(Fin del capítulo 16. Capítulo siguiente)
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