Capítulo 17. DULCES.
- ¿Tienen fiebre? -preguntó Palabra.
- No -contesté.
- Entonces no se preocupen. Su flora intestinal se está reajustando. Es molesto pero normal.
Nos dieron un caldo caliente, muy espeso. Lo removimos con las cucharas, poco decididos a probarlo. Vimos que en cuanto empezaba a enfriarse, se formaban grumos en su superficie. Debido a su ligero color amarillo, temí por un momento que fuera ácido como los limones, pero me equivoqué: cuando finalmente lo probé, descubrí que era muy ligeramente dulce y tan suave como el agua de arroz blanco. Al tomarlo, empapaba la lengua y el paladar con una substancia gelatinosa, densa y casi insípida. La escuadra estuvo a punto de vomitar de nuevo. Fui el único que se lo tomó agradecido.
- Idkereda -pregunté un poco después, tumbado en la cama-, ¿ha descubierto algo?
- No, señor -contestó él, también desde la cama-. Ni una sola disrupción cognitiva sospechosa en toda la noche. Esto es la realidad, sea lo que sea que sea la realidad.
Gruñí.
- Pues la realidad -mascullé- es lo único que tenemos, de momento.
Luego pregunté a Alkai y Brumantra.
Tampoco ellas percibían incoherencia cognitiva alguna. Debíamos considerar, por lo tanto, que, al menos hasta donde alcanzaba nuestra tecnología neuronal, estábamos inmersos en la realidad, y no en un mundo virtual diseñado por coleccionistas.
Entre retortijón y retortijón, era un consuelo.
Brumantra estaba en mejores condiciones que ninguno de nosotros, al menos ella podía caminar erguida sin sentir latigazos en el vientre. El panorama durante un par de horas fue lamentable: todos tumbados en las camas en posición fetal, con las ventanas tapadas por cortinas espesas, sumidos en la penumbra, casi sin poder movernos... menos Brumantra, que de vez en cuando se sentaba en el borde de la cama e, incluso, se aventuraba a caminar hasta la entrada de la estancia y a asomarse al exterior.
- Creo que han cambiado la guardia -comentó después de una de estas excursiones, y volvió a tumbarse en la cama.
Menos mal que en el lavabo había varios inodoros. Sólo nos faltaba hacer cola. Habría sido una tortura adicional, y no estoy seguro de habernos podido contener siempre. Así de desesperada era la situación.
No sé si sería gracias al caldo que os dieron o nuestra propia fisiología, pero para cuando Palabra regresó, al cabo de unas horas, nos habíamos recuperado lo suficiente como para acompañarle a los bazares de la ciudad. O, al menos, ahí dijo él que nos dirigíamos.
- ¿Cómo se sienten? -nos preguntó.
- Humillados -respondí.
- Perfecto -zanjó él-, si se preocupan por eso significa que físicamente no están tan mal.
- Yo incluso tengo una pregunta -dijo Alkai sentada en el borde de la cama. Estaba pálida pero su voz era firme.
- Dígame.
- En este planeta... ¿la vida se basa en los mismos aminoácidos que en los ecosistemas humanos?
- En su mayor parte, no -respondió Palabra.
- Era previsible -replicó Alkai-. Entonces más valdría que nos alimentaran con pastillas o acabaremos desnutridos. Quizá eso es lo que pretenden: aparentar que nos tratan bien y nos alimentan cuando en realidad es como si no comiéramos nada.
Palabra parpadeó dos veces. No supe interpretar aquel parpadeo. En un rostro humano habría significado sorpresa, desconcierto, pero en uno terkuma quién podía saber si no significaría algo totalmente diferente como indignación, tal vez, o decepción.
- No se preocupen -explicó el terkuma-, su nueva flora intestinal sintetizará los aminoácidos que necesitan a partir de los que ingieren.
- Cambiar la flora intestinal no es tan sencillo -objetó Alkai-, y tampoco lo es sintetizar aminoácidos.
- Tecnología Ínbid -replicó Palabra.
- Fantástico -murmuró Alkai desde el fondo de su palidez.
No hubo más preguntas.
Nos acompañaron Trae consigo el trueno y Árbol de luz. Fue nuestra oportunidad de observar por primera vez la ciudad terkuma a plena luz del día. Ya antes de salir al exterior, me di cuenta de que si por la noche aquella urbe era la urbe de las sombras, durante el día sería la ciudad de la luz: fuera de la estancia donde nos alojábamos todo estaba iluminado; sin ser evidente de dónde provenía, la luz natural inundaba todo el interior del árbol-torre. Ni un sólo rincón quedaba abandonado a la penumbra. La espina dorsal del árbol seguía brillando como si transportara savia fluorescente desde las raíces hasta la copa pero ahora su brillo se camuflaba en el de la luz diurna, y tampoco se veían insectos-lámpara por el aire. Se veían, eso sí, muchos terkumas que se movían de un lado para otro. Algunos bajaban por las rampas, otros subían; también había que se dirigían a los ascensores y otros que salían de ellos. No se veían terkumas pequeños. Le pregunté a Palabra.
- Están en la escuela -me respondió-, esperan nuestra visita, pero no sé si hoy tendremos tiempo.
Descendimos.
Al salir del ascensor, nos encontramos ante un frondoso jardín. Avanzamos unos pasos y pudimos ver cómo, desde el centro de aquel jardín, se alzaba el nervio central del árbol-torre. Alzamos lentamente la mirada hasta que nuestra cabeza quedó totalmente echada hacia atrás y nuestro cuello en posición dolorosa. El extremo más elevado de aquella autopista de señales se perdía a lo lejos, en la cúspide del árbol. Su base, en cambio, la teníamos casi al alcance de la mano y pudimos observarla con más detenimiento. Estaba rodeada por la copa del árbol de luz que habíamos podido distinguir la noche anterior desde nuestro piso. Ahora pudimos contemplarlo desde abajo, enfrente de nosotros, a pocos metros de distancia, y vimos que su tronco también rodeaba la base del nervio. Era un sauce llorón extraño; probablemente tan artificial como una nave espacial; no sólo porque arropara con su cuerpo el inicio del aglomerado de fibras por donde viajaban los impulsos nerviosos del árbol-torre y, al mismo tiempo, pareciera tan etéreo como una brisa primaveral, ni porque sus ramas iridiscentes flotaran en el aire como si estuvieran sumergidas en un líquido amniótico que las protegiera de la fuerza de la gravedad sino, sobre todo, porque daba la impresón de que estaba vivo, no únicamente como lo están los autótrofos sino como lo estamos los heterótrofos, que nos desplazamos con voluntad de explorar el espacio, con intención de alejarnos de ciertos puntos y acercarnos a otros. Tuve la sensación, profunda y firme, de que tenía voluntad propia, y se movía siguiendo sus dictados. Sí, o al menos esa percepción tuve: que era más un animal que un árbol, porque si bien sus raíces permanecían insertadas y fijas en la tierra oscura del jardín, su infinitud de ramas se ondulaban y retorcían continuamente y, aunque la inmensa mayor parte de ellas no dejaban de apuntar cansinamente hacia el suelo, o se dejaban llevar por alguna corriente de aire fortuita, observé que cuando algún terkuma pasaba por sus proximidades todas las que se hallaran más cercanas se extendían hacia a él, y no como las limaduras de hierro, que se orientan según el campo magnético cuando se les acerca un imán, sino como si fuera fruto de un acto volitivo por parte del sauce. El efecto era inquietante. Al principio pensé que tal vez se movían siguien la estela de las corrientes de aire que provocaban los terkumas al moverse, pero los movimientos no seguían los patrones que deberían haber debido seguir si tal hubiera sido el caso y, además, eran demasiado precisos e insistentes. Descubrimos también que, dispersos por el jardín, había otros sauces del mismo tipo, aunque más pequeños, y vimos cómo sus ramas se movían igual a como se movían las del mayor, y cómo algunos terkumas en lugar de pasar de largo ante ellas, aceptaban la voluntad del árbol de tocarlos e incluso facilitaban su contacto: se acercaban lo suficiente como para que los extremos más finos de las ramas les alcanzaran y se fusionaran con sus cráneos, de la misma forma que los tentáculos del piloto se fusionaban con los controles del velero que nos había rescatado. A partir del momento en que se establecía la conexión, empezaban a viajar pulsos luminosos a través de las ramas desde la cabeza de los terkumas hasta los sauces, y también de los sauces a los terkumas.
- Sueños del árbol -me respondió Palabra cuando le pregunté al respecto-, ya les dije que la torre está viva.
En aquel momento, me conformé con aquella respuesta tan críptica. Supuse que nuestro anfitrión no quería entretenerse en detalles que no venían a cuento. Yo tenía intención de insistir, pero había tantas cosas nuevas que nos rodeaban y todo tan extraño que era difícil discriminar entre lo más urgente y lo aplazable.
Mientras atravesábamos el jardín, todos procuramos mantenernos a una distancia más que prudencial de aquellas ramas inquietas, excepto Idkereda, que parecía hipnotizado con los sauces luminosos y no se daba cuenta de que cada vez los observaba más y más de cerca, totalmente fascinado. Al final, tuvimos que tirar de él para que no acabara pegándose a ellos y se quedara atrás.
Cruzamos el jardín y pudimos apreciar cómo varias dársenas se extendían radialmente desde su periferia. Se hallaban al resguardo de bóvedas sobre las que, muy por encima de nuestras cabezas, descansaba el mastodóntico peso del árbol-torre. Un canal en cada una de las dársenas entraba desde el exterior y llegaba casi hasta el jardín de los sauces; de hecho, las raíces de algunas plantas reptaban por el suelo hasta llegar al agua. Había que ir con cuidado para no tropezar. A lado y lado del canal, un bosque de columnas descargaba el peso desde las bóvedas hasta los cimientos del árbol-torre. Era el único sitio que se guardaba en penumbra. Nos dirigimos a una dársena situada a nuestra izquierda. La boca del túnel, allí donde el canal emergía al exterior, era una ventana abierta de par en par a la luz del día en medio de las sombras. Al mirarla fijamente, me deslumbró. A medida que nos aproximábamos, presté cada vez más atención a lo que ocurría en las cercanías del agua. Había terkumas que se acercaban caminando decididos hasta el borde del muelle y que no aminoraban el paso al llegar a él; al parecer no temían caer al agua.
Y, de hecho, no caían, a pesar de caminar más allá del borde: les salvaba una plataforma transparente que se formaba justo bajo ellos en el momento en que sus tentáculos ya estaban suspendidos en el aire; daba la impresión de que el agua se congelaba instantáneamente. Casi de inmediato, una burbuja que crecía desde la plataforma los envolvía y, a continuación, esta burbuja se alzaba unos metros por el aire y salía flotando al exterior, llevándose con ella en su interior a los terkumas.
También había burbujas que entraban en la dársena y justo al llegar al borde del muelle se deshacían como una pompa de jabón al estallar. Los terkumas que viajaban en su interior iniciaban su andadura por el muelle sin mirar atrás ni preocuparse por lo que había sido su vehículo.
Los humanos nos miramos los unos a los otros asombrados. Ninguno de nosotros había visto nada semejante en toda su vida, ni siquiera lo habíamos imaginado.
Seguimos acercándonos al agua.
- No se detengan -dijo Palabra-. Manténganse cerca de nosotros.
Trae consigo el trueno y Árbol de luz no se detuvieron en el borde del muelle.
Pero no cayeron al agua.
Dudé. Todos dudamos.
- No se detengan -insistió Palabra.
Di un paso adelante. El resto de la escuadra me siguió.
No caímos. Para cuando pusimos los pies en la superficie, la tensión superficial del agua había crecido tanto que bastaba para sostenernos sobre ella. Una película transparente creció a nuestro alrededor mientras nos elevábamos unos centímetros. Era como estar detrás de una catarata. Sentí en los pies una pequeña vibración. Seguimos elevándonos hasta alcanzar alrededor de un metro de altura, y volamos hacia la luz. A medida que nos aproximábamos a la salida de la dársena pudimos apreciar cada vez más detalles del exterior.
Hacía un día soleado. Pequeñas nubes blancas flotaban en el azul del cielo. Enfrente de nosotros, en la lejanía, teníamos un edificio gigantesco, probablemente muy parecido al árbol-torre del que justo en ese momento partíamos.
En cuanto dejamos atrás el túnel de entrada a la dársena, y la esfera en la que viajábamos empezó a moverse por el aire libre, surgieron de su superficie unos flagelos luminosos que al principio se extendieron en todas direcciones pero que, poco a poco, se fueron concentrando en la dirección del movimiento, tanto en la parte anterior como posterior. La esfera tembló ligeramente y se deformó hasta quedar convertida en una lágrima que mantuvo su parte más aguda orientada en el sentido del avance.
- Antes de dirigirnos hacia nuestro destino -nos explicó Palabra- daremos una vuelta alrededor del árbol-torre para que puedan comprenderlo mejor.
Así lo hicimos, pero no lo comprendimos mejor. Sólo nos asombramos más.
Teníamos ante nosotros un árbol, pero de un tamaño descomunal, sólo comparable al de algunos rascacielos de las ciudades transparentes. Al mismo tiempo, no era simplemente un árbol. La piel de aquel ser no parecía algo orgánico: era lisa y brillante; palabras como tensofibras de carbono, vidrio y nanoingeniería se antojaban más adecuadas para describirla que las que hubiéramos utilizado para describir la rugosa corteza de un árbol. Y, sin embargo, no faltaban ramas: a partir de cierta altura surgían del tronco principal y se expandían por el espacio llenándolo de hojas cargadas con la clorofila que aquel ser necesitaba para su sustento. Ni tampoco raíces: enormes y curvilíneas, auténticos cimientos de la creación alienígena que teníamos ante nosotros, emergían del agua formando una espiral cuyos brazos convergían en el tronco, al que transferían su energía de derviche turco giróvago, de tal forma que el cuerpo principal del árbol ascendía describiendo un tirabuzón hasta llegar a varios cientos de metros de altura, desde donde volvía a expandirse de nuevo, lanzando tupidas ramas en todas direcciones. En medio de aquellas ramas, pudimos distinguir varias plataformas, una de las cuales, sin duda, había sido nuestro observatorio astronómico la noche anterior. Bajo el agua, los brazos de la espiral se abrían cada vez a medida que se perdían en las profundidades.
Mientras dábamos la vuelta al árbol-torre pudimos apreciar innumerables embarcaciones fondeadas alrededor de la parte aérea de las raíces. Una auténtica multitud de terkumas desembarcaban de los navíos, y otros muchos embarcaban. Todos ellos se movían por las raíces, y algunos subían por rampas hasta entradas situadas a lo largo del tronco del árbol, y también bajaban caminando por ellas hasta el agua. Un bullicio propio de hormiguero rodeaba la base del árbol-torre. Los colores chillones de velas y estandartes se mezclaban con los destellos que chisporroteaban en la superficie del mar al reverberar en ella los rayos de sol. La luz reflejada por el agua envolvía toda aquella actividad en un aura lunar que desdibujaba los contornos y diluía la solidez material de todo lo que nos rodeaba. Por un momento, me sentí muy relajado. La luminosidad del día tenía un poder hipnótico sobre mí. Pero en ese momento, la lágrima cabeceó y se escoró y estuve a punto de caerme. Volví a concentrarme en mantener el equilibrio. Aparté la vista del mar y distinguí hileras de lágrimas de transporte que se alejaban del árbol y otras que se acercaban a él, dirigiéndose a dársenas similares a aquella por la que acabábamos de salir nosotros.
- Pueden ponerse cómodos -dijo Árbol de luz.
No entendimos qué quería decir. No había forma de ponerse cómodo. En realidad, era difícil relajarse en aquel medio de transporte. Muy difícil. Todo era prácticamente transparente a nuestro alrededor, sólo los flagelos que se concentraban delante y detrás de nuestro etéreo vehículo transmitían la impresión de tener alguna consistencia; el resto de la lágrima parecía tan frágil y fugaz como una película de jabón. Teníamos la desagradable sensación de que en cualquier momento caeríamos al agua desde una altura considerable.
De repente, como si quisieran mostrarnos a qué se referían, emergieron unos salientes del suelo del vehículo y los tres terkumas que nos acompañaban se agarraron a ellos. Tenían aproximadamente un metro y medio de longitud y estaban curvados hacia delante. Palabra, Trae consigo y Árbol se abrazaron a ellos con sus tentáculos y Árbol insistió:
- Siéntense.
Idkereda hizo ademán de sentarse en el aire y justo cuando parecía que iba a caerse, la plataforma sobre la que viajábamos se deformó y se alzó hasta formar un asiento donde el humano pudo descansar cómodamente. El resto de la escuadra le imitamos. Ninguno de nosotros cayó. Aquel material siempre parecía adivinar nuestras intenciones y anticiparse a ellas. Al principio creí que iba a quedar empapado. Era una idea absurda, pues mis pies ya estaban en contacto con aquella substancia y no lo estaban pero era inevitable que esa idea cruzara por la mente de uno: realmente viajábamos en el interior de una burbuja de agua. Sin embargo, cuando mi cuerpo se recostó en el recién nacido asiento tuve la sensación de que la tensión superficial me protegía perfectamente del fluido que contenía; además, el volumen sobre el que descansé mi peso era mucho más firme de lo que hubiera cabido esperar si hubiera estado relleno simplemente de agua.
La sensación seguía siendo extraña, y nuestro cuerpo permanecía igualmente alerta, pues los asientos también eran transparentes y teníamos la sensación de movernos por el aire sin nada que nos sostuviera, pero al menos viajábamos más cómodos y no era tan difícil mantener el equilibrio. La información que llegaba a nuestro cerebro a través de nuestra vista entraba en conflicto con la que llegaba a través de nuestra piel, y en consecuencia nuestro cerebro se negaba a relajarse, por muchas veces que nuestro neocórtex intentara explicarle lo que ocurría.
De hecho, en realidad no sabíamos muy bien lo que ocurría.
Nos movíamos en medio de la ciudad terkuma pero lo que nos rodeaba, más que una ciudad, parecía un mar interior de aguas calmas donde hubieran construido aquí y allí, a intervalos aleatorios pero siempre dejando una buena distancia entre las edificaciones. La mayor parte de ellas eran árboles-torre, cada una con sus peculiaridades, de la misma forma que no hay dos árboles iguales en un bosque, sin embargo, también había, entre estos seres imponentes, construcciones más pequeñas cuyo objetivo se nos escapaba. Podrían ser almacenes, edificios administrativos, teatros, cines o cualquiera sabe qué cosa, teniendo en cuenta que desconocíamos prácticamente todo de la cultura terkuma. Vimos, además, suspendidos en el aire a unos cientos de metros de altura, unos tetraedros cuyas caras eran de un tamaño un poco mayor que las lágrimas de transporte. De vez en cuando, alguna lágrima se acercaba a ellos y desaparecía en su interior o bien emergía de ellos. Toqué el hombro de Idkereda y el de Surkoi, que eran quienes tenía más cerca de mi y señalé hacia arriba, hacia aquellas figuras geométricas que parecían estar fuera de lugar. En ese mismo momento, en una de las caras del que teníamos justo encima de nosotros, se veían parajes desérticos, y en otra pude apreciar un frondoso bosque.
- Portales – dijo Surkoi.
- Teleportadores cuánticos -confirmó Palabra.
Pero no añadió ningún detalle más. Si había alguna forma de escapar, aquellos portales eran la forma ideal de hacerlo. Siempre y cuando supiéramos manejarlos. Y pudiéramos llevarnos nuestro equipo con nosotros. Y una vez dado el salto pudiéramos destruir el portal.
- ¿Cómo funciona esto, Palabra? -preguntó Alkai- ¿Cómo podemos movernos por el aire?
- Superconductividad -respondió Palabra-, la ciudad está viva, el agua está viva, ya se lo hemos dicho, todo está vivo y obedece a nuestra voz. A frecuencias inaudibles para ustedes los humanos.
No dio más detalles. Puede que ni él mismo los conociera, al fin y al cabo, todos los seres humanos utilizan hoy en día naves espaciales y poquísimos entienden la impulsión Marcelo o los motores de partículas extrañas. O puede que no quisiera revelar detalles de la tecnología terkuma, sobre todo si estaban relacionados con medios de transporte.
Observando el cielo a nuestro alrededor, descubrimos que las lágrimas de transporte podían fusionarse con otras lágrimas que se movieran en la misma dirección; luego, si sus caminos divergían, volvían a separarse. Vimos cómo ocurría varias veces. Quizá por eso no nos pusimos demasiado nerviosos cuando dos lágrimas se acercaron a la nuestra y acabaron fusionándose con nosotros, a pesar de que de repente nos vimos rodeados de terkumas desconocidos, todos ellos abrazados a sus respectivos salientes, mucho más tranquilos de lo que nosotros íbamos en nuestros asientos. Algunos nos miraron e incluso nos dijeron palabras que no entendimos, pero en general no nos prestaron atención.
Brumantra inició una comunicación telepática abierta a toda la escuadra.
¿Qué hacemos, señor?, preguntó.
Permanecer alerta, respondí, no podemos hacer nada más.
Ni siquiera nos habían devuelto nuestras ropas de piloto. Estábamos casi totalmente indefensos.
Señor
¡Silencio, Surkoi!
Sí, señor
Al cabo de pocos minutos quedó claro que nos dirigíamos a la montaña que habíamos divisado la noche anterior desde la plataforma de observación astronómica, el lugar al que nuestro anfitrión había llamado la Casa de la Palabra. Era una isla en medio de aquel mar de aguas tranquilas. La cima llegaba a alturas bastante mayores que la de los árboles-torre más altos. Tenía forma de cono volcánico y su línea de costa estaba rodeada de muelles donde atracaban multitud de embarcaciones terkuma. También observamos que había muchas lágrimas de transporte que convergían sobre sus laderas y algunas sobre sus muelles. Toda la orilla estaba cubierta de edificaciones terkuma. Eran edificios bajos y de una arquitectura que parecía haber desterrado el ángulo recto: todo eran curvas, arcos, cúpulas, incluso las calles que discurrían entre aquellas edificaciones parecían estar pensadas únicamente para rodear los edificios en lugar de conectar diferentes puntos de la ciudad con líneas rectas.
A medida que nos acercábamos, empezamos a frenar y a descender. Comprendí que nos encaminábamos hacia esas edificaciones. A pocos metros de la superficie, la lágrima recuperó su forma esférica inicial y los terkumas nos advirtieron de que nos alzáramos. Tanto los asientos terkumas como los humanos fueron absorbidos de nuevo por la plataforma transparente, y los flagelos dejaron de concentrarse en la dirección del movimiento para extenderse otra vez por toda la burbuja y apuntar en todas direcciones. Intensificaron su brillo. Por unos segundos, nuestro vehículo fue semejante a una esfera de plasma rodeada por hilos luminosos que palpan el espacio buscando los puntos de mínimo potencial. En nuestro caso, algunos acabaron difuminándose en el aire y otros se deslizaron por la superficie del agua y, en cuanto uno de aquellos relámpagos parsimoniosos tocó el muelle, la esfera se acercó rápidamente hasta el borde. Al entrar en contacto la película de agua con la piedra, el vehículo empezó a deshacerse. Nos apresuramos a pisar tierra firme antes de que la plataforma transparente también perdiera su consistencia.
Ya desde el aire nos habíamos dado cuenta de que aquel lugar era bullicioso y caótico, pero cuando nos adentramos por sus calles fue como sumergirse en el gran bazar de Estambul en su época de esplendor. Todos nos pusimos nerviosos, aunque unos más que otros: yo era el único que había vivido algo semejante, en la lejana Tierra, cuando era niño y fui con mis padres a visitar la guardiana del Bósforo. Surkoi era terrestre pero no había estado nunca en Estambul, ni en ningún sitio parecido. En realidad, ninguno de nosotros estábamos habituados a un lugar así. Más bien éramos clientes habituales de los modernos e impolutos centros comerciales de los hábitats humanos, muy parecidos entre ellos pero muy diferentes a lo que estábamos viviendo en ese momento. Aquel bazar, mercado o lo que fuera que fuese en el mundo terkuma, no sólo entraba por la vista: también olía, y en algunos rincones con tal intensidad que te daba la impresión de estar saboreando los alimentos, especias, perfumes y tintes que allí se vendieran, y además era imposible moverse por sus tortuosas calles y callejuelas sin ser empujado por terkumas de los más diversos tamaños y ataviados con las más diversas vestimentas. En un bazar humano, aquel contacto hubiera resultado simplemente agobiante pero en nuestra situación nos obligaba, además, a estar permanentemente alerta, sin poder relajarnos ni un instante.
- Manténganse unidos -les repetía continuamente a Brumantra, Alkai, Idkereda y Surkoi.- Que nadie se quede atrás.
La tensión se reflejaba en sus rostros. Hacían un esfuerzo por contener en su interior, oculto a buen recaudo, su estado de ánimo. Aun así, a pesar de todos sus esfuerzos, no podían evitar que sus caras fueran un poema en el que se mezclaban desconcierto, miedo, preocupación, asco, incertidumbre y angustia.
Palabra abría camino, y Árbol de luz y Trae consigo cerraban la marcha e intentaban protegernos como podían del contacto con toda aquella marabunta de terkumas.
- No se preocupen -dijo Árbol-, todo va bien. Los terkumas conocen a los humanos.
Sí, eso era evidente: fuera por el motivo que fuera, porque conocieron a Danel Primero o porque se habían informado mediante algún medio de comunicación, ningún terkuma de la multitud en la que nos zambullimos mostró extrañeza o curiosidad al vernos, más allá de unas miradas, salvo quizá algún niño, que sí se fijaban mucho en nosotros e incluso comentaban nuestra presencia con los adultos que les rodeaban. De todas formas, las palabras de Árbol tuvieron un efecto muy limitado a la hora de tranquilizarnos. Las sensaciones que nos llegaban a través de nuestros sentidos eran demasiado contundentes como para poder relajarnos. La verdad es que, con toda probabilidad, un ser humano de la Edad Media se hubiera sentido mejor que nosotros, siempre y cuando no hubiera dado demasiada importancia al hecho de estar rodeado de seres que eran una mezcla entre pulpo y centauro mitológico. Nosotros, en cambio, éramos hijos de un siglo en que las aglomeraciones de gente comprando en mercados al aire libre, y el caos y los olores intensos asociados, ya habían pasado a la historia. Ni siquiera el Gran Bazar de Estambul que yo conocí de niño era el Gran Bazar de Estambul de mil años atrás, ni siquiera el del s. XX. A pesar de todo, mantuvimos la calma, incluso Surkoi, cuya frente estaba perlada de sudor y sus labios estaban pálidos por culpa de la tensión.
Cuando nos alejamos de los muelles la situación mejoró ligeramente. Al menos pudimos caminar sin temor a que algún terkuma nos pisara o nos diera el equivalente a un codazo con uno de sus poderosos tentáculos. Seguía habiendo muchos pulpo-centauros a nuestro alrededor, pero la calle era más amplia y podíamos respirar mejor.
- Esto es un mercado ¿verdad? -pregunté.
Parecía evidente. A pesar de todo, pregunté; en parte, porque nunca está de más y, en gran medida, para distraernos. Habíamos visto multitud de locales abiertos a la calle con todo tipo de mercancías y muchos terkumas enfrascados en lo que parecían ser negociaciones, regateos quizá, y también, de vez en cuando, cómo algún terkuma tomaba parte de esa mercancía, parte de esa multitud de objetos expuestos a la calle, al público, y se los llevaba con él. No habíamos visto intercambio de moneda ni de papel, pero sí a veces máquinas que parecían lectores de código de barras. El tema parecía bastante claro. A pesar de todo, quería oír el comentario de Palabra.
- Sí, es lo que ustedes llamarían un mercado -respondió el terkuma.
Esperé a que explicara algo más pero pasaron los segundos y nuestro anfitrión no parecía tener intención de añadir ningún corolario. Decididamente, había perdido la locuacidad del día anterior. Me preocupé. Desde una perspectiva humana aquel era un signo evidente de tensión. ¿Por qué estaba en tensión? Porque algo iba a ocurrir, qué duda había. Pero ¿qué? Decidí hacerle hablar más.
- ¿Su economía utiliza dinero?
- Es complicado -respondió Palabra-, hay una medida de entropía asociada a la civilización, como una función de estado, y cada actividad lleva asociada una medida de la información que aporta a la sociedad, y es retribuida en consecuencia. Hay actividades que conllevan una medida de información negativa, entonces quien quiera dedicarse a tal actividad ha de pagar.
Por lo que había entendido, utilizaban conceptos de termodinámica para organizar la economía en sus comunidades. La termodinámica era universal; al menos en el siglo XXIII aún no se había descubierto ningún sistema solar en el que no se cumplieran las tres leyes, pero mi capacidad de comprensión era muy limitada en medio de un bazar alienígena. Sobre todo si los componentes de la escuadra bajo mi mando se desviaban de la ruta que nos marcaba nuestro anfitrión para ir a curiosear en las mercancías expuestas en la calle...
- ¡Surkoi, Brumantra, Alkai, Idkereda! -grité- ¿Qué hacen?
- Venga a ver esto, señor -me respondió Brumantra.
Olía a dulce. A limón. Y a miel, canela, almendras, azúcar quemado. Ninguno de ellos había estado nunca en contacto ni con miel natural, ni con canela, ni almendras, pero su instinto sí reconocía el olor: olía a dulce y habían acudido como niños. Estaban ante un escaparate lleno de cosas de colores que, por cómo olían y por el aspecto que tenían, debían de ser dulces. Al menos no tenían forma de animales ni de insectos, sino de pastas, baclavas, lokums, churros, hojaldres, tortitas y pastelitos. Los colores y los condimentos eran semejantes a los propios de los dulces terrestres. Pistachos, avellanas, nueces, almendras, piñones, cerezas, chocolate, azúcar glasé, miel eran nombres que venían a mi memoria de forma natural.
- Señor, esto tiene buena pinta -comentó Brumantra.
Por cómo miraban ese escaparate era evidente que todos ellos pensaban lo mismo. Incluso yo pensaba lo mismo. Atrás quedaban los retortijones de barriga de hacía unas horas. Además de las tres leyes de la termodinámica, decididamente el sabor dulce era un sabor universalmente atractivo, al menos para seres heterótrofos basados en carbono y grandes consumidores de oxígeno, y quizá precisamente por eso: porque las leyes de la termodinámica eran universales hasta donde los seres humanos conocíamos. Realmente, por la pinta que tenían, aquellos dulces no tenían nada que envidiar a los dulces humanos. Estaban tan cuidadosamente elaborados que parecían pequeñas obras de arte.
El terkuma que estaba al cargo de la tienda nos contemplaba fijamente. Sus cilios bucales vibraban y sus ojos estaban entrecerrados. Creo que estaba sonriendo. O en todo caso, creo que intentaba ser amable. Señaló con sus tentáculos-brazo las bandejas de baclavas y dijo algo en terkuma que, obviamente, no entendimos.
- Creo que nos está invitando a probarlos -dijo Alkai-, ¿no?
- Eso parece -dije yo.
- Pues sí, acepto la invitación -dijo Brumantra-, voy a probar uno.
Antes de que pudiera impedírselo yo, lo hizo Palabra. Uno de sus tentáculos-brazo se deslizó por el aire con extraordinaria rapidez y sujetó la mano de Brumantra.
- No, por favor -dijo nuestro anfitrión-, aún no. Compremos para luego.
Y dijo algo en terkuma dirigiéndose al vendedor.
El brazo de Palabra dejó libre la mano de Brumantra (que se había quedado paralizada por la sorpresa) y el vendedor preparó unas bandejas con un surtido de dulces. Mientras tanto, Brumantra se observaba con atención la mano que había estado en contacto con la del terkuma.
En los estantes del interior podíamos ver tartas de diferentes tamaños y también dulces y manjares que no se parecían a nada de lo que hubiéramos podido ver en cualquier planeta de cultura humana. De vez en cuando percibíamos un suave aroma a vainilla y a algo que oscilaba entre chocolate y café, y también muchos otros aromas que no identificábamos, pero que recordaban al mar.
- ¿No puedo probar ni uno, Palabra? -preguntó Brumantra- ¿Por qué?
- Es mejor que guarden el apetito para después -respondió nuestro anfitrión.
El vendedor entregó las bandejas y creo que Trae consigo fue a pagar pero el vendedor hizo un gesto y Trae consigo se retiró.
- Nos regala los dulces -dijo Palabra-. Continuemos, se hace tarde.
- ¡Un momento! -exclamó Idkereda.
- ¿Qué ocurre? -preguntó Trae consigo.
- ¿Cuál es la forma de expresar gratitud? -preguntó nuestro biólogo computacional- ¿Cómo puedo dar las gracias?
- Diga aaaaaaaammmmmm -explicó Palabra.
- ¿am?
- No: aaaaaaaAAmmmMmm.
- Bueno, vale.
Idkereda se giró hacia el vendedor y dijo:
- aaammmmmmmmmm
Todos fuimos testigos de cómo el vendedor se partía de risa: sus cilios bucales vibraron como si recibieran una descarga eléctrica mientras su cráneo se iluminaba con colores chillones. También cerró los ojos y todo su cuerpo empezó a oscilar arriba y abajo, de una forma semejante a como los humanos sacudimos los hombros cuando nos reímos violentamente.
Incluso Árbol de luz se iluminó con los mismos colores que el vendedor.
Idkereda estaba desolado.
- ¿Qué ocurre? -preguntó.
- Nada importante -respondió Palabra mientras reanudaba la marcha.
- El timbre no ha sido el correcto y le ha llamado algo así como mamá -explicó Árbol de luz-, en nuestro idioma, ambas palabras se parecen mucho, además lo ha hecho de la misma forma en que una rama que araña una piedra húmeda puede hacerlo, o de la misma forma que puede hacerlo un... -la experta empática dudó-... loro, como dirían ustedes los humanos. Parecía un loro.
Idkereda sonrió y se resignó a su torpeza. Yo le conocía y estoy seguro de que su mente analítica estaba archivando aquella anécdota para un análisis posterior.
Continuamos camino. Pasamos ante todo tipo de tiendas. Algunas parecían dedicarse a la venta de especias, de tintes, de alhajas, abalorios y prendas de vestir; otras a la venta de algas de diferentes formas, texturas y colores, algunas de ellas aún empapadas de agua de mar y con un fuerte olor a salitre, y también vimos animales bivalvos que se encerraban en sus conchas a nuestro paso y crustáceos que a veces se parecían a cangrejos terrestres pero que en la mayor parte de los casos tenían formas irreconocibles y ojos que nos miraban con atención e indiferencia a la vez. En más de una ocasión confundimos tiendas de ropa con tiendas de comida, y viceversa. El colorido y el alboroto eran impresionantes. Los vendedores cantaban, los compradores también. Había niños que jugaban por la calle, y niños que remolcaban con ellos, mediante cordones elásticos, globos de colores que resultaron estar vivos. Vimos alfombras, o al menos eso parecían, aunque quizá fueran tapices, y cortinas luminosas, luciérnagas encerradas en jaulas, espejos que cambiaban los rasgos faciales del terkuma que reflejaban, y también lo que parecían ser cántaros y piedras preciosas, incluso plantas, tocones decorados y raíces a la venta, y algo semejante a los narguiles. Además había porcelana, incienso y todo tipo de perfumes. Almizcle, rosa, anís, canela, jengibre. Probablemente, ninguno de ellos. Nuestros sentidos estaban saturados. Los locales que más nos llamaron la atención fueron aquellos con su centro ocupado por hologramas de hélices luminosas. Parecían cadenas de ADN, y así nos lo confirmó Palabra. Había siempre varios terkumas trabajando a su alrededor, modificando una base aquí, otra allí, flanqueados siempre por esculturas de órganos y organismos a medio hacer. Árbol nos explicó que eran talleres de artesanos dedicados a diseñar y modificar todo tipo de seres vivos, desde mascotas hasta terkumas que querían hacerse arreglos genéticos. Quisimos detenernos en esos talleres, para observarlos con más detenimiento, pero Palabra se negó: no podemos perder más tiempo por culpa de su curiosidad, dijo. No es culpa nuestra, pensé yo. También había instrumentos de música en muchos lugares, y músicos probándolos. A su alrededor se aglomeraban los terkumas, y los cinco únicos humanos que allí había. Pero Palabra insistía: hemos de seguir. Lo cierto es que ninguno de nosotros estaba preparado para aquello. Es verdad: conocí de niño el Gran Bazar de Estambul, pero para cuando yo lo conocí ya era más un parque temático que un bazar. En cuanto al resto de la escuadra, dudo ni siquiera que alguna vez se hubieran conectado a la holo-red en busca del término “bazar”. Los centros comerciales del siglo XXIII no olían, ni las naves espaciales, ni la inmensa mayoría de hábitats humanos, a no ser que fuera a aromas artificialmente intensos, y las tiendas de golosinas tenían más que ver con el plástico y los potenciadores del sabor que con la canela, el azúcar y la miel. Así que aquello era una experiencia casi psicodélica, sobre todo si tu contacto con hábitats naturales había sido esporádico, controlado y muy fugaz, como era el caso de todos los miembros de mi escuadra, a excepción de mí mismo, que me pasé mi infancia ensuciándome con barro natural, oliendo a cereales y compartiendo microbios con animales domésticos y, aun así, me era imposible pasearme por aquel mercado sin quedarme fascinado.
Finalmente, después de recorrer una maraña de calles y callejuelas que ascendían lentamente por las laderas de la Casa de la Palabra, llegamos a una plaza circular repleta de plantas y estanques. Había terkumas que se acercaban al borde de los estanques y quedaban envueltos en lágrimas de transporte; luego se alzaban hacia el firmamento y se perdían en la lejanía; algunos se dirigían hacia los árboles-torre y otros hacia la cima de la Casa de la Palabra. De las plantas colgaban voluptuosas flores rojas, lilas, amarillas y blancas. Mientras atravesábamos la plaza, de repente, Alkai dio un brinco hacia atrás.
- ¡Esa flor se ha movido! -gritó.
Muchos terkumas se giraron y se quedaron mirándonos. Nuestros anfitriones también.
En aquel momento, reaccioné, sin pensar: salté hacia delante. Había notado algo en el dorso de mi mano.
Surkoi gritó.
Las flores nos estaban lamiendo.
Estiraban sus estambres hacia nosotros e intentaban pasarlos por nuestra piel, como si fuéramos golosinas. Me fijé que había muchos terkumas a nuestro alrededor que también eran golosinas y no se asustaban. Nos miraban fijamente, parpadeando de vez en cuando. Algunos estallaron en carcajadas, como las del vendedor de golosinas que se había convertido en mamá.
- No se preocupen -dijo Trae consigo-, son inofensivas.
Y continuó caminando entre estanques y flores. Los humanos le seguimos, y a Palabra, y tras nosotros venía Árbol de luz, pero por allí por donde los terkumas pasaban con total naturalidad, los humanos parecíamos contorsionistas procurando evitar trampas en un laberinto.
No sabíamos lo que nos esperaba.
Era mejor así.
Después de unos pocos metros, y unos pocos lametones vegetales que nos fue imposible esquivar, llegamos a la puerta de un local. Entonces Palabra se plantó ante nosotros y, por fin, nos dio alguna explicación de por qué estábamos ahí.
- Como ya les dije ayer por la noche, hoy celebraremos una ceremonia muy importante para nosotros los terkumas. Seremos muchos terkumas en la Casa de la Palabra. Su asistencia es muy importante: hoy hablarán aquellos a quienes ustedes han causado mucho dolor, si ustedes no asistieran, se consideraría una ofensa grande. Todo esto se lo expliqué ayer por la noche. Pero hay algo más. La delegación que ha venido a hablar ante todos nosotros ha solicitado reunirse en privado con ustedes antes de la ceremonia que tendrá lugar esta tarde en la Casa de la Palabra. Por eso estamos aquí. Ustedes los humanos llamarían a este local “restaurante”, nosotros los terkumas lo llamamos “lugar de reunión”. El nombre no importa. Entraremos y esperaremos hasta que llegue la delegación de nuestra comunidad hermana.
Palabra hablaba moviendo suavemente sus tentáculos-brazo. Después de una breve pausa, añadió:
- ¿Es necesario que les diga que es extremadamente importante que esta reunión vaya bien?
Me estaba mirando fijamente a mi.
Yo miré al resto de integrantes de la escuadra. Luego volví a mirar a Palabra.
Empezaba a entender por qué estaba nervioso y poco locuaz aquella mañana.
- No -respondí-, no es necesario.
Pero sabía que si Palabra estaba preocupado era porque iba a ser muy difícil que la reunión fuera bien.
Entramos.
Había grupos dispersos de terkumas reunidos alrededor de mesas que tenían forma de cono. En lugar de sillas, había salientes curvos como los que habíamos visto en la lágrima de transporte, pero de un material parecido a la madera, y fijos en el suelo. Todos estos salientes se situaban alrededor de las mesas y apuntando hacia ellas. Los terkumas se apoyaban de tal forma en ellos que todos sus tentáculos quedaban libres para agarrar las viandas del cono-mesa.
Nos condujeron a una zona de reservados, donde las mesas estaban separadas por cortinas vegetales. Me fijé en que el techo estaba recorrido por ramas de algún tipo de planta trepadora, y que de estas ramas surgían vástagos tiernos y flexibles que caían hasta el suelo. Estos vástagos estaban cuajados de zarcillos y de flores de colores. Los zarcillos permitían sujetar unos vástagos con otros y así descorrer las cortinas. En cuanto a las flores...
La idea de las cortinas vegetales no era mala pues llenaban el espacio de colorido y fragancia; pero había un detalle que a los humanos nos resultó desagradable: se trataba del mismo tipo de plantas que había en la plaza, con flores móviles. Por donde llegamos a la mesa, la cortina estaba recogida pero en todo el resto del perímetro se hallaba desplegada, y las flores olisqueaban el aire. Todas las mesas alrededor de la que nos ofrecieron estaban vacías.
Los terkumas se apoyaron en los salientes. A los humanos nos trajeron cojines para que pudiéramos sentarnos y estar mínimamente cómodos. Idkereda se sentó a mi derecha, y Palabra se situó en el saliente que quedaba a la derecha de Idkereda. A mi izquierda ordené que se sentara Surkoi. Y a la izquierda de Surkoi teníamos a Árbol de luz. Y luego, a la izquierda de la empática, se sentaron Alkai y Brumantra. Más allá de Brumantra se situó Trae consigo. Enfrente teníamos tres salientes que permanecían vacíos.
Reparé en que Palabra no nos había dado instrucciones sobre cómo teníamos que comportarnos. Se lo dije.
Pero estaba tan concentrado que ni siquiera respondió él.
Contestó Árbol.
- No se preocupe -nos dijo-, al principio dejen hablar a Palabra. Yo les iré traduciendo hasta donde permita su idioma. Si tienen que hablar, les avisaremos. Si no, mejor silencio.
Estaba empezando a ponerme nervioso. Aquello parecía tan serio que me pregunté si no sería peligroso, y si no tendría razón Surkoi en su actitud beligerante.
No hacerse una pregunta semejante hubiera sido estúpido: al fin y al cabo, habíamos matado a varios terkumas en nuestro intento de fuga.
Por fortuna, no me dejaron a solas con mis pensamientos durante mucho tiempo. Al cabo de pocos segundos de acomodarnos se perfilaron tras las cortinas de flores unas sombras. Eran tres terkumas que no conocíamos. Árbol de luz nos hizo saber que eran los representantes de la comunidad a la que pertenecían los terkumas que habíamos derribado. Al acercarse a la mesa donde les esperábamos atravesaron la cortina de flores y pudimos observar sus rostros. A medida que cruzaban la cascada vegetal, los estambres de las flores móviles fueron lamiendo sus cráneos. Parecían flechas que indicaban dónde debíamos posar nuestra atención.
Los nuevos interlocutores eran esencialmente iguales a los terkumas que ya conocíamos, pero su rostro y su cráneo presentaban particularidades que los distinguían ligeramente entre ellos. Los recién llegados tenían arcos supraciliares, éste fue el detalle que más me sorprendió, no eran muy pronunciados, pero sí se podían apreciar claramente. Uno de ellos aprovechaba esta peculiaridad de su anatomía para portar una diadema. Otra característica que nos llamó la atención fue la pigmentación de sus cráneos: lucían zonas coloreadas independientemente de su estado de ánimo. En cada uno de los tres terkumas que teníamos ante nosotros las manchas se extendían por todo el cráneo, pero en la parte frontal eran más intensas y luego, hacia la parte posterior, se diluían. Eso sí: los dibujos eran diferentes en cada uno de ellos. Quizá aquellas manchas fueran tan personales como las huellas dactilares en el caso de los humanos. O quizá fueran algo artificial que indicara simplemente rango o familia. El resto de detalles que diferenciaba a unos y otros terkumas eran nimios. El más importante se refería a la forma de vestir: los visitantes no cubrían sus cráneos con redecillas. En lugar de eso, cubrían sus tentáculos y sus torsos con mantos de color azul y filigranas púrpuras, en los dedos portaban anillos y sus tentáculos-brazos iban ceñidos con cintas de colores vistosos. Además se adornaban con más alhajas de las que habíamos visto en todos los terkumas con quienes nos habíamos cruzado hasta aquel momento. Sólo Árbol de luz utilizaba un manto semejante al de los terkumas visitantes, además de la redecilla.
Palabra, Trae consigo y Árbol de luz dejaron de apoyar sus cuerpos en los salientes que hacían el papel de asiento en la sociedad terkuma y se alzaron. Recibieron a sus congéneres con los tentáculos-brazo extendidos y una serie de sonidos ininteligibles. Supuse que había que ponerse en pie, y el resto de miembros de la escuadra pensó lo mismo que yo pues se alzó sin necesidad de que yo diera orden alguna. Estaba influido por el protocolo humano, qué duda cabe, pero lo cierto es que ningún terkuma, ni los del grupo de Palabra ni los forasteros, nos reprochó nada. Los recién llegados respondieron a los brazos extendidos extendiendo también los suyos y enlazando las manos, guardaron silencio absoluto, al menos en las frecuencias que los humanos podemos percibir, y nos observaron fijamente. Fueron unos pocos segundos pero percibimos claramente la duración de cada uno de esos instantes. Al final, aquellos seres emitieron un pulso sonoro que nos atravesó de parte a parte como si nos hubieran dado un latigazo en las entrañas y se sentaron, es decir, apoyaron sus cuerpos en aquellos salientes curvados hacia delante que los terkumas utilizaban como sillas. Palabra, Trae consigo y Árbol de luz también se sentaron, y nosotros los humanos tras ellos.
Los terkumas provenientes de la otra comunidad empezaron a hablar en cuanto estuvimos todos acomodados. No entendíamos nada de lo que decían, ni siquiera éramos capaces de resolver en aquella maraña de sonidos unidades fónicas, palabras, frases. Había pausas, cadencia, melodía y ritmo pero para nosotros era un sonido carente por completo de semántica, como el ulular del viento, y tampoco movía en nosotros el más mínimo atisbo de emoción, ni captaba nuestra atención, como lo hubiera hecho la interpretación de una sinfonía. Quizá si mi oído hubiera sido el de un músico veterano habría podido vislumbrar algún detalle revelador, pero no disfrutaba de tal habilidad. Por suerte, Árbol de luz empezó a hablar casi en cuanto el portavoz de aquellos terkumas inició su discurso:
- Confiamos en ti Palabra viva sobre la piedra -tradujo la empática- confiamos ayer en ti Palabra viva sobre la piedra y confiamos en ti hoy de nuevo pero ahora hoy en este momento nos encontramos con un gran dolor después de haber confiado en ti, un hondo sufrir... un hueco en el alma y a pesar de la soledad que es este hueco seguimos confiando en ti más de lo que nos pediste ayer más de lo que nos pides hoy en nuestro dolor profundo abisal sufrimiento del ser que quiere ser más de lo que es y se encuentra súbito enfrentado a lo que es simplemente y nada más: la ausencia y el silencio de los que ayer estuvieron y hoy faltan... aunque comprendemos qué somos y vemos que polvo somos barro nada más somos nada y silencio al fin... nosotros los que quedamos, permanecemos y llenaremos con la palabra el silencio y comprenderemos qué somos juntos y por eso confiamos Palabra viva sobre la piedra en ti.
Los cráneos de nuestros anfitriones se iluminaban con las palabras de su congénere. Por mi parte, observaba de reojo a Palabra y el terkuma parecía profundamente concentrado en lo que la delegación de la otra comunidad decía en aquellos momentos. Pude ver cómo la base de su cráneo se expandía y contraía como lo haría el diafragma de un humano respirando profundamente. Con los pulmones situados en la base de su cráneo, los terkumas no tenían por qué temer un uso intensivo de su enorme cerebro: la circulación de aire debía de servir, además de para oxigenar su sangre, para refrigerarlo.
- Deseamos hablar para renovar el vínculo -seguía traduciendo Árbol-, tú vosotros todos vosotros comprendéis nuestro dolor y los humanos ¿lo comprenden los humanos? ¿Comprenden los humanos el dolor? ¿Pueden compartir ellos nuestro dolor? ¿Pueden hablar? Nos pides Palabra viva sobre la piedra que confiemos pero somos pequeños como una semilla perdida en medio del océano... así es nuestro dolor: una piedra abandonada en un cosmos inmenso... silencioso... y buscamos una orilla a la que dirigirnos porque confiamos ayer en ti y confiamos hoy en ti Palabra viva sobre la piedra porque la vida va y viene... lo sabemos... muerte y vida son las dos caras de una misma moneda y deberían tener el mismo nombre, lo sabemos desde siempre, lo sabemos todo, pero el dolor quiere ser semilla, no piedra, sino semilla y la semilla descansar de tanta soledad tal vez en una orilla amiga tal vez en una casa ajena... esa es nuestra cultura ese es nuestro lazo eso es lo único que pedimos Palabra viva sobre la piedra después de haber confiado en ti y seguir contigo porque seguimos aquí, siempre aquí contigo aquí seguimos a tu lado porque sabemos que la vida va y viene y sabemos que entenderás si pedimos una orilla en la que reposar nuestro dolor...
Se hizo el silencio.
Fui a decir algo, pero Árbol apoyó uno de sus tentáculo-brazos sobre mi pecho y dijo:
- No, aguarde, deje que hable Palabra.
Palabra respiró profundamente y empezó a hablar, pero en terkuma, y Árbol tuvo que seguir traduciendo.
- Hermanos -nombre terkuma incomprensible- vuestro dolor es el nuestro... siempre será el nuestro gracias a la palabra... no hay distancia, no somos islas separadas gracias a la palabra compartida... lo sabéis certeramente que mi corazón está aquí a vuestra disposición para que escribáis en él vuestro nombre y el de todos los vuestros y el nombre de todos los que faltan porque todos son también nuestro silencio ahora en este momento... mi corazón hermanos mi corazón mi alma mi voz mi palabra mis entrañas no tuvo nunca secretos ni estuvo torcido... bien lo sabéis todos lo sabéis porque caminamos siempre juntos por el recto camino y todas las puertas abiertas de nuestra casa están todas para vosotros y los horrores que vivimos gracias a la palabra podemos compartirlos... gracias a la palabra vivimos en la misma casa sin rincones oscuros ni silencios traidores ni sombras ni miedo...
Palabra hizo una pausa. Quizá esperaba una respuesta por parte de sus interlocutores pero, si así era, ésta no se produjo.
- Hermanos -continuó- los humanos no hablan y están muy asustados porque no comprenden bien la situación y temen mucho ser engañados... ellos los humanos están en guerra contra el Ínbid en guerra desde hace años igual a como estuvimos nosotros en guerra contra los keruvas y temen ser víctimas de un plan de una trampa de una confusión asesina contra ellos... por eso intento hermanos que comprendáis que tienen miedo mucho miedo aunque hablen y vosotros no sintáis miedo pues ellos no hablan como nosotros porque no tienen el don de la palabra como lo tenemos nosotros y no pueden compartir su miedo con nosotros como vosotros sí podéis podréis compartir vuestro dolor conmigo y con todos esta tarde en la Casa de la Palabra.
Palabra hizo de nuevo una pausa. Esta vez el otro terkuma sí habló:
- Si no podemos hablar con los humanos -nos tradujo Árbol- ¿qué tenemos Palabra viva sobre la piedra... qué tenemos si no tienen ellos el don de la palabra? ¿Estamos condenados al silencio silicio inútil... al aire hueco al otro lado? ¿A una orilla estéril? Haremos un gesto y ellos compartirán con nosotros nuestra desolación... así ellos sí nos acompañarán en ese gesto, en ese gesto sí pues es lo que tenemos Palabra viva sobre la piedra... es lo único que tenemos si ellos no hablan es lo único que nos queda, que pedimos.
Palabra respondió lo siguiente, según la traducción de Árbol:
- Eso no os lo podemos negar porque es vuestro derecho... pero antes nosotros hablaremos con los humanos mientras vosotros os preparáis... explicaremos vuestro dolor a los humanos y vuestro gesto porque ellos querrán entender saber comprender... disculpad, sentimos hablar, disculpad que hablemos con ellos en su idioma... estaremos explicando vuestro gesto.
Palabra dejó de hablar y nos miró.
- Hay un antiguo ritual -dijo en nuestro idioma.
La tensión se palpaba en el ambiente. Esas gotas en el cráneo de Palabra... ¿eran gotas de sudor?
- Un antiguo ritual terkuma -continuó explicando-, hoy en día no suele recurrirse a él. No se preocupen, no es peligroso. Es sólo...
Los terkumas que estaban al cargo del local donde nos hallábamos trajeron platos grandes con forma de hoja. Los depositaron encima de la mesa y pudimos ver que contenían una especie de gelatina en el interior de la cual se veían unas formas alargadas. Parecían gusanos envueltos en mucílago de color verde, rosa y amarillo.
- … desagradable -concluyó Palabra.
Los terkumas que habían venido a hablar en la Casa de la Palabra empezaron a comer aquella especie de moco espeso con los gusanos dentro.
Yo también empecé a sudar.
Palabra continuó hablando:
- Los terkumas ante vosotros son... familiares de los terkumas que derribasteis, los terkumas no tenemos familias como las conocéis vosotros los humanos. No somos mamíferos, después del alumbramiento no hay vínculos tan fuertes como los que tienen los humanos con una madre concreta.
Fruncí el entrecejo. El resto de la escuadra también miró a Palabra, asombrados todos ellos. ¿Con una madre concreta? ¿Qué había querido decir con aquello? ¿Qué tenía que ver con lo que estaba pasando en aquel momento?
- Aun así existen sentimientos y emociones muy fuertes... -continuó explicando nuestro anfitrión-... Aunque nos críe toda la comunidad, conocemos a nuestros padres. Nuestros padres no se olvidan nunca. Es complicado hablar de esto con ustedes los humanos. Sólo han de pensar que tienen ante ustedes a terkumas que representan a toda la comunidad de los fallecidos ayer. Representan todo su dolor. De hecho, son padres de algunos de los que fallecieron. Sufren. Nosotros sufrimos con su mismo dolor porque hemos hablado y mientras su voz llegaba a nosotros, nosotros sentíamos su mismo dolor. Pero ustedes no han podido sufrir con ellos, compartir su dolor, no han sentido el sufrimiento que ellos sienten. Y ellos lo saben. Hay un antiguo ritual terkuma para compartir el dolor, un ritual que se remonta a la noche de los tiempos y que está más allá de la voz.
- ¿Qué tenemos que hacer? -pregunté sin poder esperar más.
- Compartir comida -respondió Palabra.
Compartir comida. No parecía tan malo. Podría comer gusanos o lo que fuera que fuesen esas formas alargadas inmersas en la gelatina. Había visto cosas peores. Había hecho cosas peores. Gulmai. Gulmai siempre me acompañaría. Sólo tenía que ver o palpar las cicatrices que me anillaban el pecho para recordar de lo que era capaz.
- No parece tan malo, Palabra -dije.
- No, no lo entiende -me advirtió Palabra-, para ustedes es tabú. Compartir comida... quiero decir... la misma comida que ellos han comido.
Había conocido costumbres culinarias repugnantes: había gente que comía queso mohoso, indígenas que devoraban larvas vivas del tronco podrido de los árboles de la selva, incluso había personas en una isla del Mediterráneo que comían queso podrido lleno de gusanos y decían que era exquisito. También conocía la costumbre en la antigua Corea de comer pequeños pulpos vivos. A este repertorio se habían añadido unas cuantas costumbres más en los últimos siglos: la de las algas reproductoras, por ejemplo: en el planeta Grandelia se las comían vivas, y luego observaban cómo se movían en el estómago del comensal. Decían que el masaje era agradable. Hasta que el alga moría consumida por los ácidos del estómago.
- La comida que ha estado dentro de ellos -repitió Palabra-. Ellos vomitarán. Entonces ustedes deberán comer su vómito.
Pero esto iba a ser diferente a cualquier costumbre humana que yo conociera. Al menos cualquier costumbre humana de una mente sana. Aunque sobre la salud de la mente humana habría mucho de que hablar.
Lo sé.
Sentí cómo mi espalda se empapaba con sudor frío, helado.
El resto de la escuadra estaba a punto de levantarse y salir corriendo.
Los terkumas seguían comiendo.
- Nosotros también comeremos -dijo Árbol de luz.
No era ningún consuelo.
- ¡Y una mierda! -gritó Surkoi, rojo de rabia.
- No sea maleducado -replicó Trae consigo-, con los excrementos no tendrán que hacer nada.
¿Estaba bromeando? Creo que estaba bromeando. Yo estaba a punto de vomitar ya. Tenía arcadas sólo de pensarlo. Menos mal que no había comido dulces. Y no era el único. Qué inteligente era Palabra, qué listo era. Esperen, no pierdan el apetito... ¡Claro! El apetito.
Yo lo había perdido de golpe y tenía la impresión de que no lo recuperaría jamás.
Alkai estaba pálida. Idkereda tenía el rostro desencajado. Brumantra miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos. Era la que más entera estaba. Pero aun así...
Y luego estaba Surkoi.
Surkoi estaba furioso.
- Yo sí que voy a vomitar -gritaba-, aquí mismo, ahora mismo, en vuestra cara. Malditos alienígenas. ¡Bárbaros!
Le sujeté. Le pasé el brazo por los hombros y presioné. Intenté calmarle, es cierto, pero, cuanto más apretaba, más cierto era que también intentaba calmarme a mí mismo.
- Nos vamos, Palabra -aseguré-, no pueden obligarnos a pasar por algo tan humillante, no si tenemos que creernos el discurso de ayer... ¿no querían ayudarnos? ¿No querían paz?
- Lo que les dijimos ayer es cierto -respondió Palabra-, pero la muerte de los terkumas que derribaron es un tema muy serio. A pesar de todo, tiene razón, no podemos obligarles. No les obligaremos.
Palabra nos miró fijamente durante unos segunods. En silencio.
- Pero si no ofrecen este gesto -advirtió, finalmente- no sé cuánto tiempo podré protegerlos. Les ruego que valoren la situación. No se dejen impresionar por nuestras costumbres. Son sólo costumbres. Las medusas les inmunizaron contra el microbioma planetario. No tienen nada que temer. Sé que es repugnante para ustedes... aun así, les ruego que lo piensen bien, por favor. Tanto su civilización como la nuestra se juegan mucho. Si después de pensarlo detenidamente aún quieren irse, no les obligaremos a quedarse, tienen mi palabra, Trae consigo no convocará el trueno y podrán salir libremente de este local. Si deciden marcharse, son libres.
No había nada más que añadir.
Intenté calcular cuántas medusas habría en la ciudad terkuma, cuántos vispoides escondidos en los manglares. Cuántos segundos podríamos sobrevivir sin nuestras armas, sin nuestros trajes de piloto, vestidos sólo con aquellas prendas de algodón, cómodas, pero tecnológicamente irrelevantes en la época de la antimateria y los viajes interestelares.
- Señor... -gimió Alkai.
A mi escuadra podía exigirles que comieran verduras sin rechistar. Pero no podía exigirles que se comieran el vómito de un alienígena.
Quizá algún día en el futuro, si había futuro, encontráramos aquella situación graciosa y nos riéramos recordándola. Tal vez bajo un porche, inmersos en el cálido y acogedor aroma de un pastel de manzana recién salido del horno, enfriándose en el alféizar de una ventana cercana, o deleitándonos con el aroma fresco de un jazmín que plantaría yo mismo a los pies de la balaustrada. Pero en aquel momento tenía calambres en el estómago y Surkoi presionaba contra mi brazo, tenso como una roca.
Miré a mi escuadra. La decisión era mía.
Estaba seguro de que Palabra decía la verdad.
Si queríamos, podíamos marchar. Éramos libres.
Me giré sin dejar de retener a Surkoi. Pude ver la puerta por donde habíamos entrado al fondo del local. Había luz tras ella.
Y medusas.
Tomé una decisión.
- Está bien -dije.
Toda mi escuadra chilló, al unísono. Querían hablar todos a la vez. Les mandé callar lanzando un grito seco y alzando la mano.
- Está bien -repetí, cuando se hizo silencio-, pero con una condición: sólo yo comeré. Lo haré en representación de todos los humanos aquí presentes. Yo soy el comandante, yo di la orden de abrir fuego, yo represento a todos, yo valgo por todos, yo soy el responsable. Por favor: tradúzcalo. Yo di la orden de abrir fuego, yo soy el responsable. El resto de la escuadra no será necesario que comparta. Con esta condición, accederemos.
Los terkumas que nos habían llevado hasta allí parecieron respirar aliviados.
Cerré los ojos e intenté respirar profundamente.
Por mi parte, no me sentía aliviado de ninguna manera. Tomar la decisión no me quitaba ningún peso de encima, al contrario: mis músculos estaban cada vez más agarrotados.
Surkoi ya no intentaba levantarse pero mis brazos seguían aferrándose a él, y me di cuenta de que mis uñas se clavaban en sus hombros.
Sentí cómo me agarraba de los brazos y los desclavaba de sus hombros. Seguí con los ojos cerrados y no opuse resistencia. Volví a intentar respirar profundamente. El piloto, sin soltarme los brazos, me susurró al oído:
- Señor, no es necesario, podemos intentar escapar.
Podría haber abierto un canal telepático pero opté por no arriesgarse: tal y como nos encontrábamos, ¿quién podía asegurar que los terkumas no dispusieran de la habilidad de captar tales emisiones?
Abrí los ojos.
- Y luego... ¿qué, Surkoi? -respondí también en un susurro- ¿qué?
Mientras hablábamos, Palabra traducía al resto de terkumas la condición que yo había impuesto.
- Luego buscamos los incurdroids, señor, no pueden estar muy lejos.
- Surkoi, no lo haga más difícil. Ese plan es una locura, y usted lo sabe.
- También es una locura acceder a esto.
- Lo sé -admití, y entonces sí abrí un canal telepático y hablé a través de él.
Si algo va mal, Alkai se queda al mando. Huid e intentad encontrar los incurdroids.
- Aceptan su condición, Katmai -dijo Palabra mirándome-, el resto de ustedes no es necesario que coman. Árbol y Trae consigo también comerán.
A partir de ahí todo ocurrió muy deprisa. Una vez tomada la decisión, no quise entretenerme mucho.
Los terkumas visitantes vomitaron en unos cuencos. Cuando acabaron de expulsar, no nos pasaron los cuencos inmediatamente: de sus cilios bucales quedaron goteando restos viscosos de vómito, y esperaron a que acabara de caer hasta la última gota en los cuencos.
Finalmente, los mismos terkumas que habían servido la comida nos pasaron los recipientes; a Trae consigo, a Árbol y a mí. Cantaban.
- Un momento -pedí-, ¿tienen alcohol?
Palabra pidió algo en lengua terkuma y trajeron varios tipos de bebida.
- Tome esto -dijo Palabra-, servirá.
Tomé un trago largo. Era un líquido ardiente y ligero. Tenía razón: servía.
Eché un vistazo al resto de la escuadra: me observaban paralizados por el asco. Estaban pálidos. Ya no les miré más.
Comimos.
Fue repugnante.
Lloré. Se me escaparon las lágrimas. No pude evitarlo. Por el ácido.
Imaginé que era un pajarito alimentándome de lo que habían regurgitado sus progenitores. Fue inútil. Intenté recordar mi infancia. Tampoco funcionó. Recordé a mis padres. Fue peor. Los vi observándome desde un lugar muy lejano del pasado, agarrados de la mano, observándome preocupados pero con las esperanzas que habían depositado en mí incólumes. Me sentí un traidor, un fracasado. No entendía cómo había podido llegar hasta allí. ¿Qué había pasado? ¿Qué había fallado? ¿Cómo había acabado comiendo aquella papilla pastosa macerada en el estómago de un rumiante grande y maloliente?
Además, estaba caliente. A la temperatura de un cuerpo vivo, humano, demasiado humano.
Acabé.
Bebí aquel alcohol terkuma con ansia, hasta abrasarme la garganta.
- Y usted, Palabra... ¿por qué no come? -pregunté al final, mientras tosía y lagrimeaba.
Los calambres en el estómago eran tan fuertes que no tenía muy claro si conseguiría sujetarme las ganas de vomitar que tenía.
También estaba mareado.
Palabra no contestó. Se limitó a mirarme, triste.
Fue Árbol de luz quien dijo:
- Es vegetariano.
(Fin del capítulo 17. Capítulo siguiente)
Comentarios
Publicar un comentario