Capítulo 27. JUSTICIA.

        

        Temí que ejecutaran a Surkoi ahí mismo.

- ¡Palabra! -exclamó de nuevo Idkereda.

Trae consigo se situó a mi lado, frente a Surkoi, Palabra permaneció muy cerca de él, pero se mantuvo en un segundo plano.

- Palabra -insistía Idkereda.

El aludido dejó de cantar y dijo:

- Papá.

Es un vocablo sencillo.

Siempre y cuando los terkumas tengan papás.

Y parece ser que sí: que tienen papás, y los llaman cuando tienen miedo.

Joder, como los niños humanos.

Temí que ejecutaran ahí mismo a nuestro piloto.

Idkereda tenía razón desde el primer momento: nos parecemos mucho. Pero, por lo visto,  no lo suficiente. Si los terkumas se hubieran parecido un poquito más a los humanos, un gramo más, un milímetro más, probablemente eso es lo que habría ocurrido. Nos habrían ejecutado ahí mismo. Juicio sumarísimo y pelotón de ejecución.

Probablemente, antes habrían linchado a Surkoi y nosotros seguramente no hubiéramos podido hacer nada por evitarlo.

- Nevando cerezas gritaba “papá” -repitió Palabra para disipar la más mínima duda que pudiera haber.

Entonces reaccioné. Me interpuse entre Trae consigo y Surkoi, que había recuperado de nuevo la consciencia, aunque parecía estar un poco desorientado. Idkereda se puso a mi lado. Yo miraba fijamente a Trae consigo. Idkereda miraba al resto de terkumas que nos rodeaban. Alkai seguía de rodillas en el claro, ausente.

- Trae consigo -dije-, toda la responsabilidad de los actos de mi piloto debe recaer sobre mí.

Los terkumas nos miraban fijamente sin responder.

- Trae consigo es el padre de Nevando cerezas -explicó Palabra al cabo de unos segundos. Pero ya no hacía falta, ya lo habíamos entendido todos, incluso Surkoi.

- Trae consigo -insistí-, soy el superior al mando de la misión. Debo asumir toda la responsabilidad. No puedo consentir...

Trae consigo dijo algo en terkuma. Tres de sus soldados nos apartaron a Idkereda y a mí.

Forcejeamos.

- ¡No puedo consentir -grité- que toquen a uno sólo de mis soldados!

Trae consigo se acercó tanto a Surkoi que el cadáver de Nevando quedaba justo debajo de la barbilla del humano.

Surkoi intentó retroceder, pero no pudo. Le sujetaban dos terkumas y su hombro debía torturarle sin piedad. De hecho, creo que estaba a punto de desmayarse otra vez.

- ¿Ves, humano? -dijo Trae consigo- ¿Ves tu obra?

Palabra cantaba de nuevo, en un susurro.

- Esta es tu obra, humano -continuó Trae consigo, con una dicción perfecta-, este es el trabajo que has hecho en el Universo. ¿Te sientes orgulloso, humano?

Apretó el cadáver de su hijo contra el cuerpo de Surkoi, quien lo miró con horror. La serenidad de Trae consigo parecía propia de un loco, y los locos son imprevisibles. La situación podía estar a punto de explotar.

Pero no.

Trae consigo no se dejó arrastrar por la desesperación.

En lugar de matar a Surkoi, Trae consigo se retiró. Apartó el cadáver de Nevando y se alejó hacia el sendero mientras susurró una escueta frase en terkuma. A partir de ese momento, Palabra se hizo cargo de la expedición. Dio una orden a la medusa que estaba cerca de Surkoi, nosotros forcejeamos con más fuerza al ver que ésta extendía uno de sus tentáculos hacia nuestro piloto, impartió más órdenes al resto de terkumas y a la medusa que estaba en medio del claro, aún al lado de Alkai. Todo el mundo se puso en marcha, incluso a nosotros nos arrastraron sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo. El tentáculo de la medusa tocó a Surkoi y éste se durmió. Si no le hubieran sostenido dos terkumas, habría caído al suelo, totalmente inerme. Se lo llevaron en volandas por el sendero. Otros terkumas recogieron al terkuma derribado, que ya daba muestras de volver en sí, y, poco a poco, se fueron alejando todos. Los terkumas que nos sujetaban a nosotros hicieron ademán de llevarnos tras los pasos de aquellos que llevaban a Surkoi. Pero Idkereda y yo nos revolvimos hasta conseguir zafarnos de ellos.

- No será necesario -dije yo-. Sabemos caminar.

Palabra hizo un gesto y los terkumas que nos habían sujetado hasta entonces parecieron relajarse.

- ¡Idkereda -ordené-, vaya a por Alkai!

Los soldados terkuma no se lo impidieron. Se acercó a la carrera hasta donde estaba Alkai y le tendió la mano. Ella se agarró a la mano tendida y se incorporó.

Empezaron a caminar tras nosotros. La medusa que llevaba el cuerpo de Brumantra iba delante de ellos. Varios terkumas con los fusiles a punto para disparar les rodeaban.

En el camino de vuelta, no fue necesario utilizar las armas. En realidad, nunca había sido  necesario. Durante el camino de vuelta nadie hizo ningún movimiento sospechoso, nadie dijo nada, nadie creó ningún problema ni protestó por nada. Me pregunto aún hoy en día si Trae consigo se fustigaba a sí mismo recordando la súplica de Palabra justo antes de atravesar el portal cuántico; me pregunto si la mente terkuma será lo suficientemente parecida a una mente humana como para que aquel ser no pudiera evitar recordar a Palabra pidiéndole que no llevaran armas. Yo no pude evitar recordar esas palabras una y otra vez durante todo el camino de vuelta. Quizá la mente terkuma sea más pragmática que la humana y no se obsesione fácilmente con recuerdos inútiles. No lo sé, no lo sabré nunca, probablemente. Palabra no hizo un sólo reproche a Trae consigo, no le dijo nada, no le llamó la atención sobre nada, no le echó en cara nada ni le dijo nada parecido a “¡Te lo advertí!”, al menos en ninguna lengua que los humanos pudiéramos entender. Se limitó a cantar a su lado, durante todo el camino de vuelta, pero todos nosotros intuíamos que aquel canto no tenía nada que ver con reproches sino con bálsamos.

Fueron suficientes cuatro horas de marcha ininterrumpida a través de la selva para plantarnos delante del portal cuántico. Sólo descansamos unos minutos, poco antes de llegar al portal, al lado de un riachuelo. Trae consigo tendió a su hijo en el suelo de la selva, justo en la orilla, y se quitó el resto de la armadura. Se la dio a uno de sus soldados y luego volvió a sentarse al lado del cuerpo de su hijo. Levantó ligeramente la cabeza del crío y la reposó suavemente sobre uno de sus tentáculos-brazo. Cantaba una melodía pausada y grave, sin significado para los humanos, pero a la que se fueron sumando todos los terkumas del grupo, incluso los que nos vigilaban. Las medusas y los humanos nos limitamos a escuchar en silencio. Los soldados terkuma se quitaron el yelmo de sus armaduras y dejaron al descubierto su cabeza, protegida aún por una cota de malla. Trae consigo realizó un ritual sencillo: hundió la mano que tenía libre en el agua del riachuelo y la alzó formando con su palma ahuecada un recipiente donde transportaba agua para limpiar el rostro de su hijo. Derramó el precioso elemento sobre el rostro del niño inmóvil, insensible ya, y lo acarició con ternura. Lavó su frente, sobre todo alrededor de la herida abierta, bajó sus párpados, acarició sus mejillas, mesó los cilios fláccidos de su boca. Mientras se despedía de su hijo, su cráneo cambiaba de color al compás de la canción que susurraba. Los colores aparecían en la frente, justo encima de sus ojos grandes y negros de terkuma, y se extendían luego hacia atrás, recorriendo el cráneo como una onda recorre la tela de una bandera agitada por el viento. Poco a poco, a medida que se sumaban a la canción, los colores del cráneo del resto de terkumas se fueron sincronizando hasta que todos palpitaron al unísono en medio de la selva, al lado de aquel riachuelo que recorría la jungla bajo las copas verdes de los árboles igual que una vena recorre un cuerpo bajo la piel. El metal de la cofia que cubría la cabeza de los guerreros terkuma reflejaba los colores de sus cráneos e iluminaba la vegetación que nos rodeaba con tonos iridiscentes.

Antes de continuar camino, Trae consigo arrancó un tallo verde y flexible de la vegetación y ató con él los cilios bucales de su hijo. Luego lo alzó con sus brazos y reemprendimos el camino. No nos detuvimos más. Ni siquiera al llegar al claro donde aguardaba impasible el portal cuántico; Trae consigo ni se molestó en comprobar que le seguíamos. Se limitó a zambullirse en la burbuja scheriana donde su masa fue transformada en una amplitud de probabilidad cuántica a rematerializar, si todo iba bien, a miles de kilómetros de distancia. Todos hicimos lo mismo y reaparecimos en la ciudad terkuma como si nos hubiéramos limitado a cruzar un umbral ordinario.

No estábamos en el centro de control de donde habíamos salido pero reconocí el sitio: nos hallábamos en las raíces del árbol-torre. El mar nos rodeaba; a lo lejos se podían apreciar más árboles-torre y la vegetación de los manglares alzarse como una muralla verde aún más allá. También nos rodeaban miles de terkumas. Todos nos observaban. En medio de la multitud se abría un angosto sendero que ascendía por la raíz donde nos hallábamos hacia el tronco principal del árbol, pero un poco antes de llegar, el paso estaba cortado por una pequeña comitiva de terkumas. Me pareció distinguir a Árbol de luz entre los terkumas que formaban parte de esta comitiva, pero no estaba seguro y, en cualquier caso, no era quien la encabezaba. El terkuma que encabezaba la comitiva ni nos miró, fue directamente hacia Trae consigo con los tentáculos-brazo extendidos. Trae consigo le pasó el cuerpo de Nevando y les abrazó a los dos. Al abrazarse sus cráneos quedaron en contacto, el uno al lado del otro, y empezaron a iluminarse con los mismos colores. Primero azul, luego un rojo diluido, como de atardecer de invierno, después otra vez azul, azul claro, azul cristalino, azul celeste y finalmente gris plata. Después el ciclo empezaba otra vez, y Palabra empezó a cantar, de nuevo. A él se unieron poco a poco todos los terkumas que nos rodeaban hasta acabar formando un coro de dimensiones apoteósicas. Ninguno de los miles de terkumas que nos rodeaban alzó la voz, todos susurraban, pero el efecto de todos sus susurros sumados era sobrecogedor. El aire vibraba con tonos tan graves que nos erizaba el vello de la piel y sentíamos el vaivén de las ondas con el estómago. Incluso Alkai salió de su recogimiento y miró a su alrededor con los ojos abiertos como platos. La canción iba y venía como las olas del mar. Sólo había una cosa comparable en el Universo: las membranas cantoras. Idkereda y yo nos miramos. No había forma de distinguir una voz concreta en aquel conglomerado: todos los terkumas se habían unido para formar un océano de sonido en el que no podían distinguirse gotas individuales.

La comitiva se puso en marcha y, mecidos todos por el oleaje de aquel océano de voces, ascendimos lentamente hacia el tronco del árbol-torre.

Increíblemente, nos condujeron a nuestra habitación. No volvieron a encerrarnos en la cárcel de ámbar ni nos llevaron a ningún otro sitio peor. Simplemente nos condujeron a nuestra habitación y pusieron dos centinelas en la puerta. Básicamente, como al principio, aunque ya todo hubiera cambiado. Trae consigo, el terkuma que había recogido el cadáver de Nevando cerezas y el resto de la comitiva, junto con algunos soldados, se habían quedado bajo el sauce llorón con ramas de fibra óptica. Palabra y el resto continuamos camino, pero en un piso intermedio Palabra nos pidió que saliéramos del ascensor. Nos confirmó lo que ya intuíamos:

- Brumantra está muy grave -dijo.

Luego tomó las manos de Alkai entre sus manos de cefalópodo, con dedos más parecidos a tentáculos articulados que a dedos de primate, y le dijo mirándole a los ojos:

- Nuestros médicos intentarán salvarla. Harán todo lo posible. Pero no sé si podrán salvarla, he de ser sincero. Es probable que muera, a pesar de la ayuda de las medusas. Tenemos que prepararnos para lo peor.

Alkai asintió. A pesar de todo el daño que le habíamos infligido a aquella gente no teníamos más remedio que confiar en ellos.

- Las medusas se quedarán en esta planta -continuó explicando Palabra-. A esta altura del árbol está el hospital, aquí atendemos a nuestros enfermos. Alkai, por favor, comprende que debes separarte de Brumantra. Tenemos que continuar camino hasta vuestra habitación, tenemos que hablar.

Alkai asintió. La voz de Palabra era suave. Ni apremiaba ni suplicaba. Parecía sincero, transmitía confianza. No teníamos más opción que confiar en él. A pesar de todos los errores que habíamos cometido.

Cuando llegamos a la habitación, los dos terkumas que llevaban en volandas a Surkoi lo tendieron en una de las camas. Palabra nos dijo que no tardaría en despertar, que cuando despertara, hablaríamos. Pensé que se iría de la habitación y nos dejaría a solas con los dos terkuma que vigilaban la entrada pero no: pasó su cráneo por una de las columpio sillas y relajó su cuerpo.

- Mientras tanto, esperaremos -dijo.

Pero Alkai no quería esperar, estaba harta de esperar.

- Ayúdame -le pidió a Idkereda.

Entre los dos agarraron a Surkoi, le llevaron hasta la bañera que había en la estancia de al lado, le metieron dentro y abrieron el agua fría. En cuanto el agua tocó la piel del piloto, éste empezó a agitarse, pero cuando agarraron su cabeza y la metieron debajo del chorro de agua, que salía helada, se despertó de golpe, gritando y jadeando.

- Tranquilo, hombre -dijo Idkereda mientras le sujetaba fuerte-, solo es agua.

Le sacaron entre los dos de la bañera y le llevaron de nuevo hasta la cama. Tras de sí, el piloto dejó un rastro de barro y hojarasca de la selva alemita.

- Surkoi ya está despierto -dijo Alkai.

Me adelanté a lo que pudiera decirnos el terkuma:

- Palabra, insisto, debo asumir la responsabilidad de lo que ha hecho mi piloto.

- Lo que ha hecho su piloto -replicó Palabra- ha provocado que la situación sea más precaria de lo que era antes. Estamos peor que ayer. Y no sé cómo estaremos mañana, ya no.

- Palabra, vuelvo a insistir: soy yo el responsable. Retenganme a mí, si quieren justicia. Dejen libres al resto de la escuadra cuando vengan a buscarnos.

Palabra se quedó pensativo durante unos segundos.

- Estamos hablando de cosas diferentes -dijo al final-. Yo estoy hablando de las consecuencias a nivel... ¿cómo lo llamarían ustedes, los humanos? ¿Político? ¿Social? Estoy hablando de cómo afectará esto a nuestra alianza con el Ínbid y por lo tanto a sus posibilidades de enviar un mensaje desde su nave estrellada, y de cómo los verá nuestra gente a partir de ahora. Usted está preocupado por qué le vamos a hacer a su piloto.

- Y a todos nosotros -maticé.

- Pues debería preocuparse más del Ínbid -me respondió.

A continuación, Palabra emitió un largo y prolongado suspiro que sonó como si un humano estuviera soplando para inflar un globo. Se descolgó de la columpio-silla y fue hasta la ventana. Se quedó mirando un buen rato hacia el mar, a través de las ramas del árbol-torre. Luego se giró y volvió a posar su mirada en nosotros.

- ¿Qué es la justicia, Katmai? -preguntó- ¿Condenarles a muerte por todo el daño que han hecho a mi gente sería lo justo? ¿Entregarles al Ínbid? ¿Torturarles? ¿Causarles dolor? ¿Causar dolor es hacer justicia? ¿Un dolor compensa otro? ¿Dar satisfacción a los instintos de venganza de las víctimas es hacer justicia? Supongo que la mente humana intenta ordenar el Universo y supongo que la ilusión de orden calma el dolor frente a la vacuidad del cosmos.

Se calló y volvió a mirar por la ventana. Al cabo de unos segundos continuó hablando.

- Desde una perspectiva humana, podríamos decir que su piloto es culpable de la muerte de Nevando cerezas porque la dinámica en la que está inmersa su mente humana asigna el papel de causa a Surkoi y el papel de consecuencia a la muerte de Nevando cerezas. Pero esto es pueril. Lo cierto es que la muerte y la vida son las dos caras de una misma moneda. ¿Podemos devolver la vida a Nevando cerezas? No. Estoy seguro de que devolver la vida a Nevando cerezas nos alegraría a todos... pero lo cierto es que ninguna de las especies tecnológicamente avanzadas que habitan este planeta puede hacerlo. Ninguna en el Universo, que yo sepa. Condenarles a muerte, torturarles, privarles de libertad, entregarles al Ínbid... ninguna de estas acciones causaría alegría a los terkumas.

- ¿Y qué causaría alegría a los terkumas?

Quien había hablado había sido Surkoi. Todos nos giramos para mirarle fijamente. Seguía teniendo el cuerpo lleno de barro. Había zonas donde se había endurecido y formaba una costra resquebrajada, una segunda piel gris y poco flexible, y otras zonas donde se había mezclado con el agua que había servido para espabilarle y formaba riachuelos aún húmedos. Su aspecto era lamentable. Le hubiera contestado yo mismo, como su superior. Incluso me di cuenta de que era conveniente que lo hiciera porque lo único que impedía que Alkai se echara encima de él era su expectación por ver qué decía el comandante de la expedición, pero vi que Palabra se disponía a responder y no quise adelantarme.

- Que comprendiera lo que ha hecho -dijo el terkuma-, eso es lo único que mitigaría el dolor de nuestra comunidad.

- ¿Y cómo piensan obligarme a entenderlo? -respondió el humano.

Quizá otra persona con menos carácter que Surkoi habría procurado estar en silencio y mostrar alguna muestra de arrepentimiento. Pero una persona que permaneciera en silencio en aquella situación no sería una persona que hubiera intentado escapar de una forma suicida. Una cosa llevaba a la otra, y ni el dolor en el hombro ni la muerte del niño frenarían la lengua del piloto. A pesar de todo, le dejé hablar. En realidad, Surkoi estaba haciendo las preguntas que habría hecho yo en aquel momento. Alguien tenía que hacerlas.

Todos aguardamos la respuesta. Creíamos que Palabra mostraría furia ante Surkoi, impaciencia, desesperación, exaltación, indignación, no sé, algo de pasión y enardecimiento y que esa excitación le haría ser rápido en las respuestas. Pero nos equivocábamos.

Palabra volvió a mirar por la ventana. Permaneció tranquilo, distante, mientras observaba el manglar, a lo lejos.

- Le someteremos a un tratamiento -dijo finalmente.

Surkoi se incorporó de golpe. Alkai, Idkereda y yo le sujetamos.

- Un tratamiento que le permitirá entender nuestro idioma.

Surkoi emitió un graznido de desesperación mientras intentaba liberarse de todos nosotros.

- No ha de temer nada -aseguró Palabra-, no le causará ningún daño.

- ¡¿Qué le hace suponer eso?! -grité yo mientras intentaba, junto con Idkereda y Alkai, retener a Surkoi. Era incomprensible que con el hombro recién recolocado después de una luxación tuviera tanta fuerza. Era inhumano.

- Que ya lo hemos probado antes -me contestó Palabra.

Todo ocurrió muy deprisa.

Entró una mujer en la habitación.

Una mujer humana, un ser humano que no formaba parte de mi escuadra.

Vestía una redecilla terkuma que le cubría el cráneo y caía sobre sus hombros, un pantalón humano y ornamentos vegetales que adornaban su largo y lacio cabello negro. Llevaba los senos descubiertos y los brazos tatuados.

Tras ella entraron dos medusas. Creo que eran las mismas que habían ayudado a los terkumas a rastrear a Surkoi.

- ¡Matadme! ¡Maldita sea, matadme! -gritaba el piloto.

- Eso no será necesario -dijo la mujer. Señaló a Surkoi y dio una orden en terkuma a las medusas, que se abalanzaron sobre nosotros sin titubear, como un látigo.

Me siento orgulloso de una cosa: ninguno de nosotros, ni Alkai ni Idkereda ni yo, huimos. Seguimos sujetando a Surkoi, que quería morir, que quería huir, que gritaba y pataleaba desesperado. Por supuesto dimos todos un paso atrás de forma instintiva, pero arrastramos a Surkoi con nosotros, no le soltamos, no lo dejamos atrás; el miedo no hizo que nuestras manos se abrieran y le dejáramos abandonado a su suerte, le mantuvimos aferrado con fuerza, junto a nosotros. Al fin y al cabo, era uno de los nuestros. Obviamente, no importaba; no a las medusas, desde luego: no teníamos a dónde huir y en cuestión de segundos nos atraparon y nos vimos encerrados en un laberinto de tentáculos urticantes, con nuestros rostros a pocos centímetros de las bocas de los icnidarios.

Ni siquiera así le soltamos.

En aquel momento Palabra sí alzó la voz, en parte para que pudiéramos oírlo por encima del barullo, de los gritos, los insultos y las palabrotas que proferíamos, en parte porque por fin mostró un poco de pasión.

- Crear un reino donde los seres de buena voluntad puedan vivir en paz -dijo en un volumen creciente-, un espacio y un tiempo donde habite la consciencia que no tiene el Universo. Qué noble propósito, qué labor tan ingente... tan enorme, de hecho, tan inconmensurable y agotadora que se antoja pueril, inútil, imposible.

Al final las medusas nos drogaron. Ellas tiraban de Surkoi hacia la puerta, Surkoi gritaba que le mataran y nosotros tirábamos de Surkoi hacia la ventana, a la vez que empujábamos a las medusas con los codos y las piernas. La situación era esperpéntica. Era evidente que las medusas en realidad no querían hacernos daño. Si hubieran querido matarnos lo hubieran podido hacer en un segundo. De esa forma, empujando y tirando, podíamos pasarnos ahí toda la tarde.

La droga lo solucionó.

Cuando penetró nuestra piel y entró en nuestra sangre, inyectada por los cnidoblastos de las medusas, nos sumió en un profundo sueño. Intenté aferrarme a Surkoi, a sus brazos (noté cómo volvía a dislocársele el hombro), a sus piernas, a sus pies, sujetarle, retenerle, pero mis músculos no me respondían. Sentí cómo nos lo arrebataban y se lo llevaban sin poder hacer nada.

Caí.

Mientras caía, Palabra hablaba.

- ¿Están comprometidos los humanos con esa labor, Katmai? ¿Con qué están comprometidos si no los humanos, Katmai?

Oía su voz a lo lejos. Era el susurro de un dios furioso, un martillo golpeando el interior de mi cabeza.


(Fin del capítulo 27. Siguiente capítulo)

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