Capítulo 13. BERENICE (Primera parte)
Evidentemente, no pudo disfrutar del viaje de vuelta.
Evidentemente, estaba todo el mundo muy nervioso.
Evidentemente, él no iba a ser una excepción.
Hasta aquí las evidencias. Todo lo demás eran incógnitas. Un enorme y asfixiante manto de incertidumbre que ocultaba el futuro inmediato.
Pocas horas atrás miraba el planeta que le acogía y sentía esperanza. Ahora sólo sentía angustia. Una angustia sólida como una losa que aplastaba su pecho y le impedía respirar. Todo su mundo de certezas e ilusiones desaparecía sumido en una bruma húmeda y terrorífica. Los contornos de las cosas que hasta aquel momento habían parecido firmes y seguras se desdibujaban como los bordes de una función de onda cuántica. Ya no había certidumbre alguna a la que pudiera aferrarse. Miraba el horizonte y no hallaba rastro de la paz que en otros momentos de su vida le había infundido su contemplación. Regresaba sumido en el silencio y ausente de sí mismo, de todo. Le rodeaba un desierto helado, un paisaje que siempre le había reconfortado y en el que debería haberse sentido como en casa y, sin embargo, a pesar de la calma que le rodeaba, del silencio y de la soledad, una zarpa atenazaba su pecho. Una garra que apretaba cada vez más. La ansiedad le impedía respirar a pleno pulmón y sus pensamientos le cegaban, le aislaban del panorama inmaculado que se desplegaba ante él. La estepa de arena fría y rojiza, cubierta a trechos por un hielo tenuemente azulado, se extendía de horizonte a horizonte. La belleza de aquel paisaje tocaba sus pupilas como el agua del océano toca la línea de costa, pero la imagen que se imponía en su retina era la de sus compañeros siendo atacados. El horizonte se recortaba contra el nítido cielo azul tan afilado como el filo de una navaja, pero no conseguía desgarrar la imagen que cubría sus ojos. Aquella imagen era un sudario que se había pegado a su rostro, y él, ausente de su propio cuerpo, era incapaz de retirarlo. El último mensaje proveniente del campamento-base explotaba una y otra vez en su mente, y le impedía escuchar el silencio y abstraerse contemplando la lejanía.
Helena y Markus flotaban en una placenta repugnante.
Helena.
Tenía desconectado el piloto automático del transpórter. Quería conducir él. Quería concentrarse en el camino. Quería contener la expansión por su cerebro de las imágenes y de los ruidos de la última transmisión. Quería evitar ser presa del pánico o de la locura. Cuando no conducía, su cuerpo temblaba. Él creía estar centrado y tranquilo pero de repente su cuerpo se ponía a temblar. No podía evitarlo. Odiaba perder el control. Creía no tener miedo. Deseaba no tener miedo. Sin embargo, su cuerpo le decía que estaba muerto de miedo. Conducía para dejar de temblar. Conducía para que la imagen de Helena abducida en el vientre de la medusa no le cegara del todo. Conducir era su forma de luchar por mantenerse anclado en el presente, en el aquí y ahora.
Conducía hacia Helena. A pesar de que, probablemente, ya fuera demasiado tarde.
Todos estaban en peligro. Pero... ¿qué era exactamente lo que les amenazaba? Ni siquiera eso era evidente. Nadie lo sabía con certeza.
Eso sí, había una evidencia más: Helena y Markus dentro de la medusa.
Helena y Markus flotando en el magma frío, viscoso y cuajado de orgánulos y fluorescencias de aquella bestia medusoide. Helena y Markus indefensos, paralizados. Y el terror en sus rostros. Impreso en ellos tal vez para siempre.
Y Helena pálida; muy pálida.
Helena.
No había vuelta atrás. No había posibilidad de enmienda. No había segundas oportunidades. Frente a todo el tiempo no compartido, no había apelación posible. La impotencia era total, devastadora. Tenía ganas de sujetar las manos de la mujer entre las suyas y mirarle a los ojos. Ya no era cobarde. Ahora, de repente, era valiente, lúcido: lo veía todo con claridad. Qué era importante y qué secundario. Helena era inaplazable. Ahora, súbitamente, ansiaba recuperar el tiempo perdido, aunque se hubiera perdido para siempre. Tenía ganas de abrazarla, de acogerla entre sus brazos; por fin se sentía capaz de infundirle la confianza que ella necesitaba, aunque ya fuera inútil, aunque se hubiera acabado el plazo. Lo primero que haría al llegar sería besarla. Le daba igual lo que pudiera pasar. Le daba igual la cuarentena. No tenían todo el tiempo del mundo. Nunca lo habían tenido. Ahora lo veía con claridad. Demasiado tarde. Cuando ya no tenían ninguno.
Se maldijo a sí mismo. Apretó los dientes.
Aceleró.
El horizonte no llegaba nunca.
El camino era inacabable.
Él era un punto ínfimo en una inmensidad inabarcable.
Aceleró aún más.
Forzó el motor del transpórter al máximo. Las ruedas de malla metálica dejaban dos surcos paralelos claramente visibles en aquella estepa impoluta a medida que el vehículo avanzaba a toda velocidad, devorando espacio de forma insaciable, como si quisiera acabar rodeando el planeta entero con un anillo, con una firma que mostrara su compromiso, un sello que le obligara, por fin, a cumplir, a dar un paso adelante, a no caer de nuevo en la cobardía. Pero la estepa era infinita y el hombre diminuto, insignificante. En medio de la llanura, contenía la respiración como aquel que sumergido en el mar contiene su impulso de expandir sus pulmones al ascender. Mira hacia la superficie y ansía el aire. El hombre de la estepa mira hacia el horizonte y ansía tocar la mujer a la que ama. Helena aguarda al final de la línea solitaria que traza el vehículo del s. XXIV en medio de la nada. El primer meridiano de aquel planeta, y muy probablemente el último.
Intenta escuchar música pero no puede. Sigue en silencio. Intenta hacer cálculos, pero no se concentra. Mira al asistente mecánico, sentado a su lado, sumido en un reposo semejante al de los minerales, a la espera de órdenes, robot humanoide, paciente, perfecto, fiel. Incapaz del más mínimo atisbo de empatía. Inútil.
Cuatro miembros de la misión habían sido absorbidos por aquellos seres horribles, dos en el hemisferio norte y otros dos en el hemisferio sur. Había ocurrido mientras trabajaban tomando muestras en lo que serían futuros asentamientos y, quién sabe, con el tiempo, tal vez campos de cultivo.
No se olvidaría nunca de los ojos vidriosos y plagados de capilares sangrientos del capitán. No sólo estaba agotado: estaba destrozado. Era un hombre derrumbado. Inició el mensaje apelando a él por su nombre, no por su apellido, y luego añadió, simplemente:
- Será mejor que vuelvas.
Así empezaba la transmisión del capitán. La última transmisión.
Después continuaba, con la voz a punto de quebrarse:
- Tenemos problemas, problemas muy serios.
Él se había quedado de piedra. Había estado todo el día trabajando, solo, aislado, cumpliendo con sus deberes de exogeólogo jefe de la expedición, y no había observado nada que se saliera de lo normal. Ni temblores de tierra, ni luces en el cielo. Todo había transcurrido según estaba previsto en el plan de trabajo de la jornada. El mensaje había sido la única sorpresa, pero recibirlo no implicaba necesariamente que hubiera ocurrido algo grave, ni siquiera estando a muchos años luz de la Tierra. Había llegado mientras estaba fuera de cobertura, recogiendo muestras en el fondo de un valle formado por dos lenguas de hielo, en un lugar situado a los pies de los glaciares gigantes que cubrían el polo norte planetario. Como el traje que le protegía carecía de enlace directo con el satélite, la transmisión había quedado grabada en el receptor del transpórter y en el de la tienda de campaña. Al regresar, se había encendido una lucecita en el visor del casco en cuanto estuvo de nuevo al alcance de las antenas. Era un aviso. Podría haber visualizado el mensaje en ese mismo momento, pero estaba ensimismado. Se había pasado el día caminando por un terreno irregular y traicionero, pero bello e inmaculado, y al ver la luz, pensando en todo lo que había visto aquella jornada y pendiente del terreno que pisaba, decidió dejar el mensaje para cuando pudiera concentrarse en él, cosa que no ocurrió hasta que llegó al campamento, horas después. El primer detalle que le llamó la atención fue que venía directamente de la nave insignia de la constelación. Aun así, cuando por fin se sentó a visionarlo, creía sinceramente que su contenido no tendría importancia, que sería mera burocracia. Habría alguna fecha importante que había olvidado... el aniversario del inicio de la expedición, o el cumpleaños del capitán, en fin, algo así. Al darse cuenta de que era el mismísimo capitán quien lo había grabado y enviado, empezó a inquietarse un poco.
Su extrañeza se transformó en precaución con las primeras palabras. Y luego vino directamente el terror. Aquel mensaje no era mera burocracia.
El capitán no tardaba en advertirle de que lo que iba a ver no sería agradable.
- Pero tienes que verlo -apostillaba-, ya lo hemos visto todos. No podemos enfrentarnos al horror sin mirarlo cara a cara. Ayer, a última hora, tus compañeros del campamento-base descubrieron esto.
Y entonces desaparecía la imagen del capitán y empezaba el vídeo de lo ocurrido.
Pero ni mucho menos, a pesar de la advertencia del capitán y de su precaución, estaba preparado para ver lo que estaba a punto de ver.
Aquel ser parecía una medusa.
Desde luego, no era una medusa. Pero sí tenía un aspecto de animal de abismo oceánico; el hecho de que una bestia así hubiera sido encontrada incrustada en una corteza planetaria alienígena sólo podía significar una cosa: que era mucho peor; infinitamente peor que una medusa. Se alzaba sobre sus tentáculos a cuatro o cinco metros de altura. La umbrela era del tamaño de un iglú y a través de ella se podían apreciar orgánulos translúcidos e iridiscencias fugaces. Aquella bestia había permanecido enterrada como una mina explosiva vete tú a saber cuánto tiempo hasta que llegaron los exobiólogos humanos y la despertaron sin pedir permiso a nadie, sin ni siquiera saber lo que estaban haciendo. Se suponía que el terreno estaba cartografiado hasta varios metros de profundidad. Se suponía. La realidad era que aquel terreno resultó ser un campo de minas. Sólo cuando sondearon con las agujas de análisis microbiológico se dieron cuenta de lo que había allí. Y entonces ya fue demasiado tarde. Antes de que nadie de los que se encontraban en las inmediaciones tuviera tiempo de reaccionar, el ser despertó. La bestia se sacudió de encima la tierra que le cubría y se alzó amenazante como un dragón a punto de vomitar un torrente de fuego abrasador. Fulguró y lanzó un chillido chirriante, un sonido que el oído humano no podía soportar sin estrés. Inmediatamente después, agitó sus numerosos tentáculos y atrapó a Helena y Markus con ellos. Se movía con tal rapidez que no parecía haber estado en hibernación incontables eones. Más bien parecía que había estado al acecho. Puede que hubiera crecido ahí como un tubérculo en cuestión de pocos días. Nadie lo sabía. Nadie podía saberlo. Y nadie pudo hacer nada: Helena y Markus fueron engullidos. Los tentáculos de aquella alimaña los alzaron y los lanzaron contra la umbrela. En lugar de rebotar en la membrana que la cubría, la atravesaron sin encontrar resistencia y quedaron inmersos en el líquido viscoso que parecía rellenar el cuerpo de aquel ser.
Todo había quedado grabado.
Los exobiólogos no llevaban armas con ellos.
En el año que llevaban en aquel planeta no habían descubierto nada más peligroso que un liquen.
El equipo lo formaban siete personas.
Dos fueron atrapadas.
Dos huyeron despavoridas.
Dos se enfrentaron a la medusa tirándole piedras.
Si al menos hubieran tenido un pico y una pala.
Maldito progreso tecnológico miniaturizador de toda herramienta.
La séptima persona se mantuvo firme y lo grabó todo.
La cámara temblaba un poco pero lo grabó.
Todos gritaban, menos los dos desdichados que flotaban dentro de la medusa.
El ser empezó a alejarse con sus presas aún calientes en su vientre.
El que se mantuvo firme, el que lo grabó todo, se incrustó la cámara en las agarraderas del hombro y corrió hacia el único transpórter que tenía a mano. El otro se lo habían llevado los dos exobiólogos que habían salido corriendo. Más tarde dijeron que iban a pedir ayuda al campamento. Se olvidaron de que existía la radio.
Los dos que habían tirado piedras fueron atacados por los tentáculos. Los golpearon, los estrangularon y los envenenaron. Antes de que el de la cámara llegara al transpórter, oyó crujir sus huesos. Para cuando el transpórter arrancó, yacían en el suelo, inmóviles.
Muertos.
Justo antes de que exhalaran su último aliento, el de la cámara subió al transpórter y dio un puñetazo al botón de pánico. La señal de alarma llegó al campamento cuando los dos exobiólogos miedosos aún no se habían alejado un kilómetro del lugar. Su miedo no les impulsaba a la velocidad de la luz. El de la cámara arrancó a toda velocidad y embistió al engendro tentacular, supuesto tubérculo, supuesta medusa telúrica, antes de que hubiera tenido tiempo de alejarse mucho.
El icnidario extraterrestre intentó apartar el transpórter con sus tentáculos pero el vehículo pesaba demasiado incluso para una medusa de más de cuatro metros de altura. A sus extremidades les faltó fuerza para desviar la trayectoria del vehículo. La medusa fue embestida y derribada.
Pero no dejó escapar a Helena y Markus.
El transpórter pasó varias veces por encima de los tentáculos hasta que todos ellos quedaron arrancados, troceados o hechos papilla, y todas las ruedas de malla metálica del vehículo quedaron impregnadas de sangre translúcida y visceras alienígenas. Pero aun así no expulsó a los humanos.
La exobióloga de la cámara se llamaba Akari, Akari Akiyama, y no pensaba abandonar a sus compañeros.
Al final dejó la cámara en el salpicadero, encarada hacia la parte delantera del transpórter y bien sujeta, para que no se perdiera nada. El morro del vehículo presionaba contra la umbrela pero, con Markus y Helena atrapados en su interior, Akari no se había atrevido a ir más allá en su aplastamiento de medusa. En lugar de seguir usando el vehículo, decidió salir al exterior a luchar. Pero antes se cubrió con una escafandra completa.
Hizo bien.
A la medusa le estaban creciendo nuevos tentáculos y los que Akari había aplastado, al reventar, habían esparcido veneno por tierra y aire hasta impregnar todos los alrededores.
La exobióloga, protegida por la escafandra, dio patadas a la umbrela mientras chillaba, insultaba y maldecía en diez idiomas diferentes. Al final, acabó usando un idioma común a toda la Humanidad: lloró, de rabia e impotencia, y de tristeza. Intentó atravesar la membrana con sus manos, hundirlas en el citoplasma, agarrar a sus compañeros y sacarlos de ahí tirando de ellos, pero fue inútil: la membrana estaba cerrada, y no era frágil: no era un epitelio fácilmente franqueable, una frontera permeable. Se parecía más bien a un plástico duro, grueso y lubricado con una película de gelatina que lo convertía en algo muy semejante a hielo transparente, y extremadamente resbaladizo. Le dio veinte patadas furiosa y aplastó a pisotones dos o tres tentáculos nuevos que le crecían a la bestia.
La voluntad de Akari brillaba con una determinación que ni por asomo conocía el miedo. Además, estaba furiosa. Una furia que en nada se distinguía de la locura.
Cuando se cansó de dar patadas, sacó el cuchillo de montaña de una funda de la escafandra, el que no formaba parte del equipo reglamentario y sus compañeros decían que parecía una tabla de surf, y lo clavó en la umbrela de la medusa. El acero templado sí atravesó la membrana, y se hundió sin resistencia en el citoplasma medusoide, al menos al principio, porque algo debió de sentir aquella bestia, ya que allí donde el cuchillo se había hundido, el citoplasma empezó a burbujear y, antes de que Akari tuviera tiempo de rasgar la membrana, el cuerpo interior de la medusa saltó hacia su brazo y absorbió su mano y parte de su muñeca. Akari gritó y dio un salto hacia atrás, todo a la vez, y consiguió liberarse, pero por poco. Había sentido cómo aquel citoplasma tiraba de ella hacia su interior, igual que si fuera puro tejido muscular. Así que siguió gritando y maldiciendo mientras se daba la vuelta y se alejaba del líquido que intentaba absorberla.
Y ahora... ¿qué?, pensaría la humana. Podría haber huido. Lo había intentado, no lo había conseguido pero lo había intentado; ya podía huir dignamente. Sí: podría haber cargado con los cuerpos de sus compañeros muertos y haber vuelto al campamento, derrotada. Tal vez lo habría hecho, si no hubiera tenido más opciones. Pero aún le quedaba un último recurso.
Abrió el capó del transpórter. El motor quedó al descubierto. Sin perder tiempo, desconectó la batería principal del motor y, con dos cables elásticos secundarios que estaban allí por si había que suministrar energía a otro vehículo, la conectó de una estocada al cuerpo de la medusa. Enardecida por la rabia, tardó menos de dos segundos en completar todo el movimiento. No se le veía el rostro, oculto tras el visor del casco, pero se notaba por sus movimientos y por sus gritos que la cólera la impulsaba.
Varios amperios inundaron lo que quedaba del cuerpo de la medusa.
Aquella descarga hubiera matado a un dinosaurio.
Quizá también a Helena y Markus.
Pero seguro que preferían morir electrocutados a ser digeridos por una bestia extraterrestre.
En cualquier caso, la medusa sólo se estremeció.
Un tentáculo, que había crecido mientras Akari escapaba del citoplasma hirviente y desconectaba la batería, agarró a la exobióloga y la arrojó a un lado. Si no hubiera estado protegida por la escafandra habría muerto a la vez envenenada y estrangulada. Gracias a la escafandra, sólo perdió el conocimiento. Ni siquiera notó el crujido de las dos costillas que se le rompieron al impactar contra el suelo.
Todos estos detalles los conocía por el relato del capitán, que había ido comentando las imágenes.
La ayuda que enviaron desde el campamento-base tardó una hora en llegar.
Para cuando llegaron, Akari estaba recuperando el conocimiento, la medusa se había disuelto, o se había ido, al parecer nunca lo supieron con certeza, y Helena y Markus yacían en un charco de babas. Vivos.
Recogieron a los supervivientes y los cuerpos de sus compañeros fallecidos, quemaron la zona y la escafandra de Akari y pusieron en cuarentena a Helena y Markus.
La transmisión del capitán terminaba diciendo:
- Esta madrugada, los resultados preliminares de la autopsia a Peter y Kurmalov indican que murieron envenenados. Por lo visto, el mero roce de los tentáculos de ese ser es mortal. Ni siquiera sabemos si la escafandra habrá protegido por completo a Akari, así que también la hemos puesto en cuarentena. En el campamento del hemisferio sur ha ocurrido algo parecido. Kuiper y Abradashenkar quedaron atrapados en el interior de una medusa, y Campos ha muerto. Hemos lanzado un mensaje de auxilio a la Armada Estelar. Vamos a evacuar el planeta. Todas las naves de la constelación se están preparando para el salto. Ya se han recogido los campamentos secundarios. Déjalo todo y regresa cuanto antes.
No se molestó ni en recoger la tienda, ni los utensilios, ni los aparatos de medida ni las muestras de aquel mismo día, que dejó abandonadas junto al asistente mecánico. El robot había cargado con ellas todo el camino de vuelta, rocas y cilindros de hielo de los que estaba cuidando en aquel momento, y tuvo que alcanzarlo a la carrera: en cuanto acabó el mensaje grabado, arrancó el transpórter y abrió un canal con el campamento-base.
- ¿Por qué no me habéis avisado antes? - preguntó en cuanto apareció el rostro de Pereira flotando en el paisaje que se extendía ante él.
- Lo siento -respondió su compañero-, el capitán nos pidió que se lo dejáramos a él. Esta noche ha sido un infierno.
Sin duda. El Hades se reflejaba en la cara de Pereira. Sus ojos estaban inyectados en sangre y todas las arrugas que subrayaban las facciones de su rostro se habían hecho más profundas de lo que recordaba. Su compañero no parecía él. Tuvo la impresión de que había envejecido veinte años en las últimas veinticuatro horas.
- ¿Cómo están Helena y Markus? -preguntó.
- De momento, están estables. Les hemos sumido en un estado de hibernación para que sea lo que sea que haya dentro de sus cuerpos se desarrolle lentamente y tengamos tiempo de encontrar anticuerpos adecuados.
- ¿Qué quieres decir? -la pregunta salió disparada de su garganta casi como un chillido.
- Su sangre está inundada de máquinas moleculares que no habíamos visto nunca, de antígenos desconocidos y fragmentos de ADN irreconocibles -contestó su compañero, a punto de derrumbarse por el sueño-. ¿Vienes de regreso ya?
- He arrancado en cuanto he visto el mensaje. Ni siquiera he recogido. Voy de camino.
- Van a evacuarnos. Llega cuanto antes, por favor. Necesitamos tu ayuda, la gente por aquí está muy nerviosa.
Comprendió que su compañero estaba agotado y que, probablemente, a pesar de todo su cansancio, tenía aún varias horas de trabajo por delante. Decidió no agobiarle con más preguntas. Se despidió y cortó la comunicación. Al cabo de pocos segundos abrió un canal con la nave insignia de la constelación Lúcido Uribe, la flotilla de naves que les había llevado hasta ese planeta y que ahora orbitaba alrededor del astro velando en silencio por todos los colonos y científicos.
No pudo hablar con el capitán. Estaba discutiendo con un comandante de la Armada Estelar.
- Decidle de mi parte -pidió al oficial de comunicaciones- que ya he visto su mensaje y que voy de regreso a la base, que llegaré en cuestión de un día, o día y medio como máximo.
- Dirígete directamente a la lanzadera -le contestaron-. Ese será el punto de evacuación.
Sí, todo el mundo estaba histérico. Le podría haber ocurrido a cualquiera. Él mismo, en una de sus expediciones a los glaciares, podría haberse topado con uno de aquellos seres y haber sido absorbido sin que nadie se hubiera dado cuenta. Es más: podía volver a ocurrir en cualquier momento. En aquel mismo instante.
Sin embargo, a pesar del peligro evidente que corrían en aquel planeta, no pensaba dirigirse directamente a la lanzadera: iría al edificio de cuarentena a ver a Helena. No tenía miedo del planeta, ni de lo desconocido, tenía miedo de no volver a verla nunca.
Que intentaran detenerle. No habían peregrinado por la galaxia para, por fin, después de muchas penurias y riesgos, encontrar un planeta habitable y, ante el primer tropezón, salir pitando atontados por el terror. Entraría en la cámara de aislamiento y tomaría su mano entre las suyas. Eso era lo primero. Luego ya veríamos.
Probablemente no la dejaría.
Aunque ya no pudiera hablar. Aunque estuviera fría y en hibernación. Tomaría su mano y permanecería a su lado pasara lo que pasara. Estaba decidido. Sentía una decisión en su interior como no la había sentido nunca en todos aquellos años. Tantas estaciones sumido en las dudas y titubeos, indecisiones y flaquezas, timidez y tontería. Todo había quedado atrás. La angustia que sentía ahora le había otorgado un grado de lucidez como no lo había conseguido nunca antes. Había desgarrado la venda que cubría sus ojos.
Quizá demasiado tarde.
Se hizo de noche y el vehículo siguió avanzando por la estepa.
Comprendió definitivamente que quizá era demasiado tarde para tener esperanza cuando vio los destellos en el cielo y todos los canales de comunicación se abrieron a la vez y se poblaron de gritos de socorro y de angustia.
Las cosmonaves que formaban la constelación Lúcido Uribe estaban siendo atacadas. Fue un ataque fulminante. En cuestión de pocos segundos se acabaron los gritos y las demandas de auxilio y la estática se adueñó de los canales de la radio. Luego las estrellas fugaces poblaron el cielo.
Tristes lluvias de estrellas porque no eran estrellas ni meteoritos: eran los fragmentos de las cosmonaves y de muchos de sus compañeros. Caían hacia el planeta y se encendían al friccionar contra las capas altas de la atmósfera. A pesar de los miles de caminos de fuego que la surcaron como un parpadeo a lo largo de aquella noche, la atmósfera permaneció limpia y fría. Impasible.
Comprendió que era el fin.
Intentó hablar inmediatamente con el campamento. Pudo establecer comunicación pero no respondió nadie. Con el campamento del hemisferio sur ni siquiera pudo enlazar. Dedujo que los satélites habían sido derribados.
Comprendió que, más allá de toda duda, en aquel planeta había, oculta en algún lugar, un inteligencia tecnológicamente avanzada que no les quería allí.
Apagó las luces y todos los sistemas de localización. Avanzó en modo silencioso, camuflado en la más profunda oscuridad. Conectó su cerebro a los sistemas de visión nocturna.
No pudo dormir en toda la noche.
El ataque había sido súbito y contundente. La constelación Lúcido Uribe no era una constelación de la Armada Estelar y sus sistemas de defensa no eran de calidad militar. Se trataba de una expedición científica. Con suerte, establecerían una primera colonia. No estaban preparados para entrar en combate. Pero tampoco estaban totalmente indefensos, deberían haber tenido tiempo de pedir ayuda o intentar huir. La realidad era que ni siquiera se habían lanzado cápsulas de emergencia. O al menos él no había detectado ninguna.
La lluvia de estrellas continuó toda la noche.
Al amanecer llegó a la colina, mucho antes de lo que tenía previsto.
La colina se erigía a medio camino entre el campamento y la lanzadera. Desde su cima podía observar tanto el campamento como la nave de enlace órbita-superficie. Todo parecía en calma. La lanzadera seguía en su sitio. Su casco de casi setenta metros de altura se alzaba altivo, apuntando a las estrellas, y su metal orgánico brillaba al sol del amanecer. El campamento también estaba en su sitio, a orillas de lo que hacía millones de años debía de haber sido un océano, y las cúpulas más altas también brillaban con los primeros rayos de sol que conseguían superar el horizonte.
En un primer momento, lo único extraño que observó, a parte del hecho de no ver a nadie, fue que el edificio destinado a la atención médica, y donde presumiblemente estarían Helena y Markus confinados, estaba cubierto por una substancia blanca. Desde donde se hallaba, en la colina, apostado con los prismáticos tras el transpórter, aquella materia blanca parecía tener la misma textura que la de una tela de araña. Al cabo de unos minutos se percató de que había algo más que también era extraño: unas protuberancias de la altura de un termitero en medio de la explanada que había entre los diferentes edificios de la base. Esas protuberancias que surgían del terreno como si fueran troncos de árboles talados, muñones de miembros amputados o chimeneas extravagantes no estaban hacía unos días, cuando él había partido a investigar los glaciares del norte.
Hacia el sur, a lo largo del camino que conectaba con la lanzadera, vio más protuberancias y un par de transpórters detenidos en mitad del camino; incluso vio que en uno de ellos las protuberancias parecían haber atravesado el vehículo de parte a parte, desde el suelo hasta el techo, pero nada más. La lanzadera parecía estar bien. No vio ninguna medusa por los alrededores, ni ningún otro ser extraño. A pesar de la ausencia de alienígenas, era evidente que en el campamento había ocurrido algo. A aquella hora de la jornada, la mayor parte de sus compañeros deberían estar despiertos y trabajando. Debería haber gente yendo y viniendo de un edificio a otro, vehículos circulando entre las cúpulas, asistentes mecánicos cruzando la explanada de un lado para otro sin parar. A aquellas horas, la actividad en el campamento debería ser frenética. Y no se veía a nadie. Además, a pesar de acercarse en modo silencioso, tendrían que haberle detectado ya y haber intentado comunicarse con él.
Decidió enviar al asistente mecánico.
Le ordenó que fuera hacia el campamento y la máquina obedeció.
Él entró en el transpórter y, mientras veía alejarse el robot colina abajo, se conectó a su cerebro cibernético mediante el casco de transposición sensorial.
Utilizaba esa tecnología en contadas ocasiones porque la sensación de estar en dos cuerpos a la vez no era agradable. Pero en aquella ocasión no dudó ni una fracción de segundo. Una vez realizada la conexión, todos los sensores del cuerpo del robot empezaron a enviar sus percepciones al cerebro humano a través de ondas electromagnéticas. De la misma forma llegaban sus pensamientos a los músculos artificiales de la máquina.
Sintió cada uno de los pasos que dio el androide como propios. El peso del cuerpo del robot era su peso, y las huellas que dejaba eran sus huellas. Sin embargo, él permanecía a distancia, en el transpórter, a salvo.
Dirigido por su mente, el robot bajó por la ladera de la colina que daba al campamento, recorrió el kilómetro escaso que le separaba de los primeros edificios y atravesó la explanada alrededor de la cual se situaban las diferentes cúpulas del enclave humano. El asistente mecánico podría haber decidido por sí mismo qué rutina de exploración seguir gracias a su inteligencia artificial, pero no era necesario. El cerebro del hombre decidía por él. Le condujo directo hacia el edificio médico.
Cuando llegó, se dio cuenta de que el panorama era mucho peor de lo que parecía desde la colina. Aquella substancia blanca era ciertamente semejante a la tela de araña y cubría todo el edificio médico y el suelo de los alrededores como si fuera una membrana. La entrada estaba obstruida pero el asistente mecánico pudo desgarrar aquella materia y entrar en la cúpula aparentemente sin problemas. Una vez dentro, vio que todo estaba cubierto por tela de araña: las paredes, las puertas, las ventanas, las luces y todos los muebles, como si todo estuviera tapado con sábanas blancas. La sustancia que cubría las ventanas filtraba la luz radiante del amanecer de tal forma que al interior del edificio sólo llegaba una luz ténue y blanquecina. El asistente mecánico parecía haber entrado en el interior de un glaciar. Sin embargo, sintió un calor sofocante. La humedad y la temperatura eran extraordinariamente altas. Avanzó hacia la cámara de aislamiento. Pasó al lado de la sala de control. Todos los paneles estaban cubiertos por aquella especie de tela de araña. Y también las sillas, las luces del techo, todo. No había rastro de sus compañeros. Abrió la compuerta que daba acceso a la cámara presurizada. Entró. Al cabo de pocos segundos la compuerta se cerró a sus espaldas y empezó a abrirse la que daba acceso a la cámara de aislamiento, donde debían de estar Helena y Markus, en hibernación.
El robot no tenía corazón. Él sí. Oía su corazón como un tambor que retumbara en el centro del pecho del robot. No podía tragar saliva.
La cámara de aislamiento era una habitación circular totalmente aislada del exterior. Sin embargo, lo que fuera que generara aquella substancia blanca había conseguido infiltrarse y cubrir el suelo, las paredes, el techo y casi todo el mobiliario. Eso no era una buena señal. Al menos, los generadores seguían funcionando y había luz.
Todas las camas estaban vacías excepto dos, a su izquierda. Un cuerpo en cada una, los dos recostados sobre su costado izquierdo, dándole la espalda. Aquellos dos cuerpos era lo único que no estaba cubierto por aquella seda blanca. Hacía mucho calor. No podía tragar saliva. Sentía todo el cuerpo del robot: seco y metálico. Uno de aquellos cuerpos tenía el pelo corto y rubio. Markus. El otro tenía el pelo largo, negro y lacio.
Su corazón palpitaba: BUM BUM BUM era un sonido sencillo y contundente, como las cosas importantes en la vida BUM BUM BUM
Helena. Helena. Helena. Caminó hacia ella.
La tuvo a su alcance en un segundo.
Extendió sus brazos de metal hacia ella.
Su corazón latía en el centro del pecho del robot.
No era Helena.
Era un error.
Un horror.
Helena.
Una lanza le atravesó el pecho de parte a parte. Un dolor agudísimo electrocutó su cerebro. El robot tembló. A su espíritu humano le faltaba el aire.
Helena no existía.
Sus brazos iniciaron el recorrido hacia el cuerpo de Helena sin que él hubiera visto aún en qué se había convertido ella, y acabaron tocando un cuerpo que antes había sido el de una mujer a la que él amaba y a la que nunca le había confesado su amor...
cobarde, maldito cobarde
... y ahora era el de un monstruo a la deriva.
BUM BUM BUM
La garganta. La garganta se le iba a romper. Agua. Necesitaba agua.
Pero no había agua.
No había consuelo posible. Nunca más.
Cuando sus manos metálicas por fin tocaron lo que quedaba de Helena, él se había dado cuenta ya de que Helena no existía, que se había convertido en un engendro inenarrable. Que su cobardía no tenía remedio. Que su tiempo se había acabado.
El rostro de Helena había desaparecido. Y no sólo el rostro: toda la parte anterior del cuerpo había sido sustituida por docenas de lóbulos tentaculares. Donde antes había ojos, frente, labios, cejas... ahora no había nada más que un montón de apéndices globulares repletos de líquido. Y se extendían por todo el resto del cuerpo, por el pecho, por el vientre, por las piernas. Aquellos sacos surgían del cuerpo de Helena como si se alimentaran de él, y se agitaban de la misma forma que el césped se agita con la brisa o las espigas de trigo con el viento. Sólo que en la cámara de aislamiento no hay brisa, no hay trigo, no hay viento, ni hay césped, ni agua, ni tregua posible. El movimiento de aquellos lóbulos surgía del interior del cuerpo de Helena.
Aquellos tentáculos cortos y gruesos no sólo contenían líquido: también estaban poblados de formas oscuras que flotaban en su interior. Los ojos del robot transmitieron las imágenes con todo lujo de detalle. Eran fetos incipientes inmersos en líquido amniótico.
BUMBUMBUMBUM
Saliva. No podía tragar saliva. El cuerpo metálico del robot crujía con su dolor de hombre electrocutado, tenso, perdido y desgarrado.
Sus manos metálicas se posaron en el hombro de Helena. Sus lágrimas brotaban de sus ojos, empapaban el casco, resbalaban por sus mejillas y pasaban por la comisura de sus labios resecos como la arena.
Helena, murmuró. Helena, mecanizó el robot.
Los tentáculos lobulares, úteros de alienígenas embrionarios, surgían donde antes había estado su cara, sus ojos, su mirada, su sonrisa; donde antes habían estado sus pechos, y también desde su vientre y desde sus muslos, hasta de sus espinillas y de sus pies surgían tentáculos blancos translúcidos habitados por oscuras formas que flotaban rodeadas de filamentos umbilicales. Toda la parte anterior de su cuerpo era un campo de tentáculos que se agitaban levemente al oír el nombre de Helena. Lo único que quedaba de ella era su cabello negro, largo, lacio, sus brazos delicados, sus manos pequeñitas, nudillos tensos, uñas clavadas en la piel hasta la sangre. Como si estuviera sufriendo mucho.
Y Markus, tres metros más allá, estaba igual.
Los dos inmóviles. Con la mitad de su cuerpo transformada por Medusa; no en piedra, pero sí en algo peor.
Deseó que los dos estuvieran muertos. Los sensores de temperatura de las manos del robot le informaron, sin embargo, de que no era así, de que el cuerpo de Helena estaba templado como el cuerpo de un ser vivo de sangre caliente. La misma cosa que les había arrebatado su cuerpo también les había sacado de su estado de hibernación para poder apoderarse de su organismo y transformarlo en un vientre lleno de parásitos. Deseó que al menos Helena hubiera desaparecido hacía muchas horas, que no hubiera sufrido, pero los nudillos tensos y las uñas clavadas en las palmas de sus manos hasta la sangre le decían que no era así.
Era una evidencia más. Una más de las pocas que quedaban.
Su mente científica no podía soslayarla.
Maldita mente cobarde. Maldita mente eficaz. Maldita mente estúpida.
Evidentemente, Helena había sufrido. Maldito cerebro computador, procesador de datos, elucubrador maldito, cobarde inútil aspirante a la felicidad. Inútil.
Y hubo una cosa más, un último detalle que acabó de dar una dimensión absoluta a ese horror indescriptible. Helena no sólo había sufrido. Helena seguía sufriendo.
Puede que ya no tuviera ojos, ni boca, ni nariz visible pero parte de su cerebro, si no todo, seguía siendo ella porque cuando él por fin se atrevió a decir, después de años, con la voz rígida y áspera del robot y sus manos metálicas apoyadas en el hombro de la mujer, y con sus ojos humanos a kilómetros de distancia anegados en lágrimas, por fin, dijo:
Helena, soy Surkoi, te quiero
ella reaccionó de la única manera que podía hacerlo: abrió su mano, poco a poco, lentamente, y sólo cuando la metálica mano del robot estuvo entre sus dedos, sólo en ese momento, volvió a cerrarla, también poco a poco, lentamente, para que quedara claro que en el fondo del inmenso abismo de sufrimiento había una chispa de asentimiento, de consciencia, de voluntad, de luz.
Y entonces él, justo en ese momento de dolor indescriptible, de locura absoluta, supo exactamente lo que tenía que hacer por la mujer a la que amaba y a la que únicamente había podido ofrecer una mano metálica como señal de su amor.
Matarla.
Pero el robot no llevaba armas, así que lo dejaría ahí, en esa posición, con su mano metálica acogida en la mano aún humana de Helena y bajaría él mismo a hacer lo que había que hacer. Tenía que ser algo rápido e indoloro.
Cuando se disponía a arrancar el transpórter y lanzarse colina abajo a toda velocidad, de la nuca de Helena, y de la de Markus también, y casi al mismo tiempo, empezaron a salir dos insectos gigantescos. Habían estado plegados en el interior de los cuerpos humanos, comprimidos en sus angostas cavidades, pero ahora salían a través de una abertura en la nuca que ni el robot ni Surkoi habían percibido antes. Cuando se desplegaron del todo, cuestión que llevó no más de segundo, se revelaron como una especie de insectos palo del tamaño de libélulas del carbonífero.
El robot sufrió el ataque de los dos insectos a la vez. Lo único que hizo fue protegerse con el brazo que tenía libre. Surkoi no le ordenó hacer nada más. No quería dejar de sostener la mano de Helena.
Cuando sintió las cuchillas de los insectos cercenar la cabeza del robot arrojó furioso el casco de transposición sensorial a los asientos de atrás del transpórter. Sin embargo, la cabeza del robot aún tenía energía y sus ojos siguieron transmitiendo desde el suelo. Surkoi arrancó el transpórter y se lanzó colina abajo, y mientras lo hacía pudo ver a través de las pantallas cómo el robot seguía de pie al lado de Helena, decapitado, pero de pie, con los dos insectos sobre sus hombros, y también cómo aquella sustancia blanca despertaba, empezaba a hervir, y de ella emergían zarcillos que se enlazaban a los tobillos del droide y ascendían por sus piernas. Cuando el transpórter irrumpió en la explanada central del campamento, prácticamente todo el cuerpo del robot estaba ya cubierto por tela de araña, y los dos insectos seguían haciendo guardia sobre sus hombros. La imagen había quedado entelada por una densa neblina, señal de que la cabeza del robot había sido envuelta por aquella misma substancia translúcida.
Surkoi aceleró, se puso el cinturón de seguridad y desconectó los airbags. Estrelló el transpórter contra el edificio médico. Las paredes cedieron, el vehículo entró como una tromba de agua, destruyó todo a su paso y se incrustó contra las compuertas de la cámara de aislamiento, que quedaron entreabiertas. Aunque no había conseguido llegar hasta el centro de la cámara, el morro sí estaba completamente dentro. Los dos insectos atacaron el transpórter. Surkoi consiguió hacer avanzar un poco más el vehículo, y las dos compuertas acabaron por ceder del todo. Apagó las luces, apagó todo sistema que no fuera esencial y pasó a modo anguila. Esperó. Cuando los dos insectos estuvieron posados sobre el vehículo, intentando abrir una brecha en su casco, apretó el botón adecuado y una descarga eléctrica los mató.
No había que ser un lince para intuir que no tenía mucho tiempo antes de que aparecieran a saber qué otros horrores para proteger aquel nido, así que se puso la escafandra lo más deprisa que pudo, cogió un fusil de plasma y salió del transpórter directo hacia la cama donde estaba postrado lo que quedaba del cuerpo de Helena. Vio cómo, en cuanto ponía un pie en el suelo, aquella substancia blanca que parecía haber salido del vientre de una araña mutante empezaba a hervir y se adhería a su escafandra como si fueran las manos de miles de náufragos aferrándose a un tronco salvador. No hizo caso. Siguió caminando hacia la mujer.
Se llevó el fúsil al hombro y apuntó. Los fusiles de plasma disparan balas de gas ionizado a miles de grados centígrados de temperatura. Vaporizan el hielo y las piedras con facilidad. Atravesaría los tejidos orgánicos sin sentir resistencia alguna, como una cuchara de acero se hunde en un flan o un monje tibetano destruye un mandala. Sería la forma más rápida, incruenta e indolora de acabar con el sufrimiento de Helena.
Disparó.
El plasma hendió limpiamente la piel, el hueso, el cerebro, de nuevo el hueso y luego la cama entera para ir a impactar contra la pared, al lado de la cama de Markus, donde finalmente se dispersó. El cuerpo de Helena perdió tensión inmediatamente. Fue un cambio sutil, pero él lo percibió: su mano dejó de agarrar con firmeza la del robot instantáneamente. Y, al cabo de dos segundos, los tentáculos dejaron de agitarse y quedaron quietos, caídos, fláccidos, algunos sobre las sábanas y otros apilados sobre los primeros.
Podría haber tocado el cuerpo de Helena una vez más, pero el rumor que sentía bajo sus pies y el estruendo que crecía a sus espaldas dejaban bien claro que el factor sorpresa se estaba agotando, que dentro de poco aquel lugar estaría lleno de insectos, o de cualquier otro tipo de monstruos, y que acabarían con él. No tenía miedo. No pretendía escapar. Lo único importante era acabar bien el trabajo. Volvió a llevarse el fusil al hombro y apuntó de nuevo. Esta vez a la cabeza de Markus.
Disparó. No hubo ni duda ni rencor. No podía negársele a ningún hombre la paz ante semejante horror. Aunque ese hombre hubiera sido el marido de Helena.
Luego quitó un seguro y pulsó un botón. El fusil quedó en modo lanzallamas. Se lo llevó a la altura de la cintura y apretó el gatillo.
Un chorro de fuego casi tan caliente como el corazón de una estrella salió del cañón e inundó la estancia, a pocos metros de donde se encontraba él. Sujetó fuerte el arma y describió un arco con ella, de forma que el flujo de plasma recorriera toda la estancia. Casi inmediatamente, todo quedó envuelto en llamas y el calor se hizo insoportable.
Retrocedió hasta el transpórter, pero al girarse se dio cuenta de que muy probablemente no podría llegar nunca hasta la lanzadera. El vehículo estaba rodeado de insectos cuchilla, como los que habían decapitado al asistente mecánico, el mismo asistente mecánico que ahora ardía al lado de Helena. Estaban a punto de saltar sobre él. No podría pararlos a todos, por muy rápido que fuera con el fusil de plasma, y si las cuchillas habían cortado el metal del robot, podrían cortar la fibra de la escafandra.
Saltó hacia las llamas.
En el lado opuesto de la cámara de aislamiento había otra salida.
Los insectos saltaron tras él, pero no sobrevivieron a las llamas. La fibra de la escafandra no resistiría las cuchillas de los insectos pero lo protegería unos segundos de las llamas. Además, las llamas limpiarían la tela de araña, que ya le llegaba a la cintura y seguía ascendiendo.
Abrió las compuertas llorando de rabia y de pena, temblando de miedo y de furia, todo a la vez, y escapó jadeando de la cámara de aislamiento. Corrió por los pasillos del edificio médico hasta la puerta oeste, la que quedaba enfrente del antiguo océano, y cuando llegó a la salida ni siquiera se molestó en abrirla: saltó sobre ella, la estructura cedió, el vidrio se astilló y él cayó en el exterior del edificio rodeado de metales y de vidrios. Rodó por el suelo hasta detenerse a unos diez metros de la construcción, momento en el cual se alzó y echó a correr hacia el almacén donde sabía que se guardaban las pilas de hidrógeno. Quería utilizarlas como explosivos para volar toda la base. La tela de araña se había adherido de nuevo a la escafandra, al salir al exterior, y se expandía por toda la superficie del traje sin que nada la detuviera. ¿Cuánto tiempo tardaría en cubrirlo? ¿Cuánto tiempo necesitaría para perforarlo, o para pasar a través de las juntas?
Por si fuera poco, por el rabillo del ojo intuía sombras acechándole.
Se dirigió a la carrera hacia la plaza central.
Pero de repente se paró en seco.
Uno de los promontorios que parecía una mezcla entre tronco de árbol talado y termitero gigante se estaba moviendo.
Lo observó con más atención y la sangre se le heló en las venas.
Era un hombre. O había sido un hombre. Tenía el cuerpo tan deforme que sólo se distinguían, y a duras penas, algunas facciones de su rostro, pero incluso éste estaba tan deformado que Surkoi no supo discernir exactamente a quién de sus compañeros tenía delante.
Lo que sí vio perfectamente es que las piernas se habían fusionado en un sólo cuerpo rugoso, parecido a un tronco de corteza intrincada y llena de vericuetos como la de un roble. Los brazos estaban también casi totalmente fusionados con el torso. Las manos extraordinariamente grandes llegaban casi hasta el suelo. Los dedos retorcidos y gruesos parecían raíces aéreas. La cabeza se había hundido entre los hombros hasta desaparecer todo rastro de cuello y dejar sólo al descubierto parte del cráneo y del rostro, que se inclinaba ligeramente hacia el cielo. Había perdido todo el cabello y en su lugar había una costra oscura llena de excrecencias. Toda la piel, menos los párpados, la nariz y parte de las mejillas había desaparecido, sustituida por una sustancia áspera y rugosa, estriada, granulosa y deforme. El cuerpo de aquel hombre parecía un campo de cultivo por donde un agricultor loco acabara de pasar el arado sin orden ni concierto, y los surcos y caballones se extendieran en todas direcciones como los zarpazos de una bestia innombrable. Por un momento, la mente de Surkoi asoció lo que estaba viendo a algo que había visto cuando era niño, en la lejana Tierra. Un hombre, que carecía de defensa alguna contra el virus del papiloma humano debido a una mutación genética, había quedado infectado por una variedad de este virus. En las personas sanas, tal virus no producía más que verrugas sin importancia en manos y dedos. En él, sin embargo, había provocado unas deformidades atroces, al poder campar a sus anchas por todo su cuerpo. La imagen de este hombre se apareció en todo su esplendor en la mente de Surkoi después de un montón de años sin recordarla. Saltó de la mente del niño a la mente del adulto de golpe, y se plantó en ella y ahí se quedó: solapada a la que le ofrecían sus ojos en el presente. Pero fue sólo por un momento, porque lo que el exogeólogo vio a continuación no pudo compararlo con nada que conociera: en la superficie de aquella pesadilla que antes había sido un hombre se abrían bocas, repartidas por todo el cuerpo, agujeros rodeados por labios de corcho que rezumaban babas espesas como savia de árbol herido. No era nada que pudiera equipararse a algo humano, pero eran bocas: algunas de ellas se entreabrían, igual a ojos que despertaran, como buscando una bocanada de aire, y a través de ellas asomaban las cabezas de innumerables insectos cuchilla.
Surkoi no pudo más. Empezó a derrumbarse. Cayó de rodillas.
La substancia blanca seguía extendiéndose por su traje. Ya casi le cubría por completo. Pensándolo bien, quizá sería mejor pegarse un tiro.
Además, las sombras que le acechaban ya no eran sombras: eran insectos que le rodeaban. Había de todo tipo: himenópteros, coleópteros, dípteros, ortópteros, fásmidos y otros inclasificables. Aprovechando su instante de vacilación, habían formado un círculo a su alrededor y ahora le observaban. Quizá esperaban una orden de alguien, tal vez simplemente aguardaban el momento oportuno para saltar sobre él y devorarlo, descuartizarlo o contaminarlo con el virus que había mutado a sus compañeros. Era poco probable que observaran al humano por curiosidad.
Surkoi lo sabía.
Sabía que aquellos exobiomas no sentían curiosidad por él, y sabía que iba a morir.
Todo estaba en orden. Su corazón desbocado no revelaba el auténtico estado de su ser.
Su ser estaba tranquilo. Iba a morir. En algún momento tenía que ocurrir. Pensó en Helena. Su negro cabello al viento. Su sonrisa al atardecer, aquel lejano día, a orillas del mar, en la Tierra.
Se tumbó en el suelo y miró al cielo. El azul del cielo le recordaba al azul del mar. Y el mar le recordaba a Helena.
Quería morir así. Mirando el cielo azul.
(Fin de la primera parte del capítulo 13. Segunda parte)
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