Capítulo 30. AMISTAD.
Regresamos.
Cuando digo regresamos quiero decir: nuestra percepción coincidió con la de nuestros sentidos, de nuevo. Más sencillo: nos derramaron en nuestros cuerpos. De golpe.
Realmente, fue un golpe. Chocamos con los límites de nuestra piel, con la frontera de nuestros cuerpos, y rebotamos hacia dentro. Así varias veces hasta que empezamos a asentarnos. Todo daba vueltas. Estuve a punto de vomitar.
Aniolita no se contuvo. Cayó de rodillas, sacó medio cuerpo fuera de la barca y devolvió.
Alkai intentó mantener el equilibrio: fracasó. Cayó al agua. Idkereda con ella, al intentar ayudarla. Tuvo que ser Palabra, Trae consigo y otros terkumas, desde otras embarcaciones, quienes les ayudaran.
Yo no me caí: fue el mundo lo que se puso del revés, de repente.
Supongo que las magulladuras que adornaron durante días mi brazo izquierdo y mi espalda se produjeron en ese momento.
Incluso el cerebro vispoide parecía estar pasándolo mal. Los tentáculos de la medusa portadora flaqueaban y la umbrela oscilaba de un lado a otro. Los vispoides narradores revoloteaban nerviosos a su alrededor e incluso hubo unos cuantos que chocaron entre sí.
Nadie habló. Todos tiritábamos, también los que no habíamos caído al agua. Los terkumas no nos preguntaron nada: se limitaron a ponernos una manta por encima de los hombros y a recogernos a todos en la misma barca en la que habíamos llegado al claro. Emprendimos el viaje de vuelta en silencio. La medusa portadora se había recuperado y nos seguía por el agua. Era sorprendente. Otro motivo más para sentir náuseas. ¿Por qué nos seguía? ¿Hasta cuándo nos seguiría? Ninguno de nosotros tuvo fuerzas para hacer comentario alguno al respecto, ni siquiera para imaginar alguna explicación.
Estaba anocheciendo. Habíamos pasado todo el día en la nave Coleccionista, sin embargo teníamos la sensación de que no había pasado ni una hora desde que la conexión cometaria se realizó.
Alkai estaba sentada en la proa y miraba fijamente al frente. No decía nada pero estaba ansiosa por llegar al árbol-torre. Se acurrucaba en la manta y tiritaba pero toda su atención estaba puesta en un punto muy por delante de nosotros.
Las tinieblas poco a poco fueron cubriendo el manglar.
Idkereda estaba sentado en el suelo de la barca con la cabeza entre las rodillas y las manos sujetándose la nuca. Oscilaba una y otra vez como si fuera víctima de un tic nervioso y gimoteaba igual que si tuviera un dolor muy fuerte en el estómago y quisiera ocultárnoslo. Nunca le había visto así.
Aniolita se había hecho un ovillo dentro de su manta. Tenía los ojos cerrados y estaba recostada sobre el cuerpo de Palabra. El terkuma la rodeaba con uno de sus tentáculos-brazo y murmuraba una canción. Parecía cantar una nana. El rostro pálido de la mujer resaltaba en la penumbra de la capucha que había formado con la manta para cubrirse la cabeza.
Yo tenía la frente perlada con un sudor frío y me temblaban las manos.
Miraba a mi alrededor intentando entender lo que había ocurrido pero mis fantasmas personales eran demasiado poderosos como para permitir que me concentrara con eficacia en aquel rompecabezas.
Los encuentros con los Coleccionistas de medusas nunca son agradables.
Nunca.
Jamás.
La mayor parte de las veces la gente muere, o se vuelve loca.
Ni siquiera cuando se suponen amistosos hay garantía de supervivencia.
(Fin del capítulo 30. Siguiente capítulo)
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