Capítulo 50. REENCUENTRO.
Al emerger a la realidad estábamos en una nave Coleccionista. Teníamos un espejo a nuestras espaldas. Enfrente, un gran ventanal. Más allá, el vacío del espacio, ni tres kelvin por encima del cero absoluto. Siempre y cuando te mantuvieras a la sombra, claro. Porque más allá del ventanal y del frío estaba Alema, así que no muy lejos debía de andar el sol alrededor del cual orbitaba. Expuestos a la potencia luminosa de un astro como aquel, a una distancia equiparable a la que se encontraba la Tierra del Sol, nos hubiéramos achicharrado por un costado y congelado por el otro.
Aparecimos en la realidad sin que nos frenara gravedad alguna.
Tuve miedo de chocar contra el ventanal y romperlo.
La velocidad con la que habíamos atravesado el espejo para salir de la cripta era la misma con la que habíamos entrado en la realidad: por un momento pensé que atravesaríamos el ventanal y acabaríamos flotando en el espacio. Ahí acabaría todo. El sacrificio de Idkereda no habría servido de nada. Morir en el vacío no era una muerte rápida ni agradable, pero había una parte de mí que contemplaba esa idea fijamente, fascinada. Era una idea absurda, un miedo ridículo. El impacto contra el vidrio del ventanal fue la bofetada que necesitaba. Recuperé el control de mis pensamientos. Me concentré en el presente. Controlé la sensación de náusea debida a la caída libre. Comprobé que Surkoi y Alkai estaban bien. Flotaban a mi lado cabeza para abajo. El contenedor ovoide también estaba con nosotros.
Volví a impulsarme hacia el espejo de donde habíamos salido. Su superficie se había solidificado y parecía un espejo normal y corriente.
El espejo normal y corriente retrocedió hasta que fue absorbido por una pared de mercurio.
Tragué saliva. Me dije a mí mismo que en las naves Coleccionistas no hay nada, absolutamente nada, ni normal ni corriente.
Intenté encontrar puntos de referencia y fijar la vista en ellos. Las naves Coleccionistas no son fáciles para los seres humanos. Su interior parece insubstancial. Y en buena medida lo es. Están llenas de colores y formas extrañas y líneas de campo electromagnético que se retuercen sobre sí mismas formando elipses y bolas que interfieren en la actividad de nuestras neuronas y perturban las percepciones de nuestros sentidos. Uno tiene la impresión de estar soñando, pero sin sensación placentera alguna: la inseguridad es permanente, a la habitual carencia total de arriba y abajo en caída libre hay que añadir la inquietante impresión de que cualquier cosa se puede transformar en cualquier otra en cualquier momento.
De repente, un temblor sacudió la estancia donde nos hallábamos. Las paredes entraron en ebullición durante unos segundos, luego se asentaron y nosotros volvimos a respirar, aliviados.
- ¡Señor! -me llamó Alkai.
Me acerqué al ventanal.
Un punto luminoso se alejaba hacia Alema.
- ¡Entregan a Idkereda en una cápsula! -susurró Surkoi.
Estábamos los tres con la nariz pegada al vidrio del ventanal.
- Probablemente -dije- sea la propia Sombra la que haya efectuado el lanzamiento. Recuerden el cabello de Aniolita rodeando a Idkereda. Creo que estamos viendo la representación en el mundo real de esa imagen.
La luz que reflejaba Alema iluminaba nuestros rostros. Aparecía imponente ante nosotros. Azul y blanco, verde y rojo. Era muy parecido a una combinación entre la Tierra y Marte, pero tenía heridas en su superficie, vetas negras que irradiaban en todas direcciones, con finos hilos negros que parecían formar parte de una tela de araña. También había algún que otro cráter incomprensible, sin sentido, que parecía estar totalmente fuera de lugar. La atmósfera formaba una finísima aura alrededor del planeta.
Nosotros también fuimos expulsados en cápsulas hacia la superficie de Alema.
Brumantra, Alkai y yo.
Surkoi, al final, no vino con nosotros.
Mientras contemplábamos sobrecogidos el planeta, se formó a nuestras espaldas un rostro humano con virutas de hierro, o algo que era muy semejante a las virutas de hierro. Era el rostro de una mujer y dijo el nombre de Surkoi para llamar nuestra atención. No dijo Surkoi ni dijo humano: lo llamó por su nombre de pila, Mane, como si lo conociera de toda la vida.
En buena medida, así era.
Se llamaba Akari y había sido humana, compañera de Surkoi en misiones de exploración a lo largo y ancho de buena parte de la galaxia.
Surkoi se quedó flotando ante aquel rostro que le llamaba por su nombre, boquiabierto, tembloroso, anodadado. Se miraron fijamente. Las virutas de hierro eran lo suficientemente pequeñas como para reproducir con fidelidad hasta el más mínimo detalle de la faz de aquella mujer. Sus pómulos, sus ojos rasgados, sus labios en tensión, incluso su mirada suplicante. Todo era una escultura viva suspendida en el aire gracias a campos magnéticos fluctuantes y virutas ligeras como un suspiro.
El rostro habló en terkuma durante unos minutos.
Alkai y yo permanecíamos al lado de Surkoi, tensos y sin osar interrumpir.
Cuando finalizó el discurso, Surkoi se giró hacia nosotros y nos explicó quién estaba detrás de aquel rostro.
- Se llama Akari -fueron sus primeras palabras-, era bióloga y ahora su cerebro se conserva en esta nave Coleccionista. Nos salvó en Berenice, a mí y al grupo de Karoshen que acudió a nuestra llamada de auxilio. La creía muerta, pero me equivocaba. Los Coleccionistas de Medusas la han acogido entre ellos. Ponen a su disposición toda la capacidad perceptiva de esta nave, incluso la permiten viajar libremente por toda la galaxia, si le viene en gana. Pero la galaxia es muy grande, enorme. Inabarcable. Y vacía... sobre todo, vacía. En su mayor parte, vayas a donde vayas, sólo hay entornos estériles, mundos muertos y silencio. Me ha preguntado si quiero acompañarla en su viaje, señor. Me lo ha preguntado en terkuma.
Fue inútil intentar convencerle de lo contrario. El idioma humano no tuvo nada que hacer frente al terkuma. Además, a Surkoi no le esperaba nadie en el universo humano, y el hombre se sentía en deuda con aquella mujer, o al menos compartían un pasado común. Cuando a Alkai y a mí se nos acabaron los argumentos más o menos amables, pasé a amenazarle: le dije que si se quedaba con Akari se convertiría en un desertor. Dadas las circunstancias, mi advertencia surtió poco efecto. Era poco probable que la policía militar fuera a buscarle a un toroide Coleccionista. Y menos probable aún que Surkoi regresara al universo humano algún día. Lo último que le dije fue que aquello podía ser una trampa, que tuviera cuidado. Que cómo podía estar realmente seguro de que aquello fuera Akari.
- El hecho de que el Ínbid no haya acabado con todos nosotros, señor, es un poderoso argumento -fue su respuesta.
- ¡Un momento! -exclamé-. Puesto que parece que tenemos una especie de delegación diplomática en esta nave y usted está decidido a quedarse aquí, no me voy a quedar callado. Voy a decirle cuatro palabras al Ínbid.
No puedo decir que en aquel momento estuviera furioso. La impresión de estar en una nave Coleccionista aún pesaba demasiado en mi estado de ánimo como para que éste hubiera hervido hasta entrar en un estado de furia. Pero el hecho de tener ante nosotros un rostro humano como interlocutor, aunque hubiera sido formado a partir de hierro y campos magnéticos generados por dispositivos coleccionistas me había devuelto una cierta confianza.
- Todo fue un plan Ínbid desde el principio -continué-, ¿no es así? El Ínbid hizo que llegáramos hasta este planeta, tomado por La Sombra, para que nos enfrentáramos a ella. Era un plan arriesgado pero el Ínbid quería saber cómo nos enfrentábamos a La Sombra los humanos, ¿verdad? Deben de estar desesperados. Podrían haber simulado todo el combate pero necesitaban un elemento de realidad que sólo podía introducir la propia Sombra, por eso nos trajeron a este planeta, a Alema. Seguramente no somos la primera escuadra secuestrada para sumergirla en una realidad simulada en la que los humanos nos enfrentamos a La Sombra. Probablemente hubo simulaciones previas en las que La Sombra estaba representada por un programa de ordenador, pero ahora querían probarlo con la de verdad. Era un plan arriesgado, si no suicida, porque implicaba venir hasta este sistema e interaccionar con La Sombra, pero aun así usted se presentó voluntaria, ¿no, Akari? ¿No es así? Hemos perdido a Brumantra, a Idkereda y ahora Surkoi dice que quiere quedarse aquí con usted. ¡Tenemos derecho a saber!
La imagen de Akari fluctuó como si perdiéramos sintonía pero al cabo de unos segundos volvió a asentarse y dijo:
- No me permiten responder. Consideraos afortunados por seguir vivos, los que seguís vivos.
- ¿Y Cerebro? -insistí yo-, ¿y Palabra y Trae consigo? ¿Y Aniolita? ¿Dónde están? ¿Cómo están? ¿Qué fue de los terkumas? ¿Sobrevivió alguno? ¿Ni siquiera esto puedes explicarnos?
- No es información imprescindible para cumplir con vuestra misión -respondió Akari en un tono que quería ser neutro pero en el que percibí pinceladas de cansancio y quizá, incluso, de tristeza-. No me permiten seguir hablando con vosotros. Recordad la tregua ofrecida por el Ínbid, recordad a Cerebro y a Palabra y a vuestros compañeros caídos. Cumplid la misión.
Suspiré profundamente. Todas las respuestas estaban cerca, pero nos eran vetadas.
Al final apreté los dientes y saludé marcialmente a Surkoi y le deseé suerte. Él me respondió al saludo y luego miró a Alkai y extendió la mano. Alkai le miró fijamente durante unos segundos y finalmente estrechó la mano que se le ofrecía.
- Mucha suerte, Surkoi -dijo.
Fuimos lanzados hacia Alema en cápsulas individuales. Alkai y yo. Alkai viajó abrazada a la urna ovoide que contenía el cuerpo de Brumantra. Yo descendí solo. En cuanto nos posamos en la superficie del planeta y salimos de las cápsulas, éstas se derritieron como si fueran de hielo y estuvieran a pleno sol, y los paracaídas se transformaron en ceniza y la ceniza fue dispersada por el viento.
Nos quedamos solos.
Estábamos en el lecho seco de un antiguo mar. Reconocimos fácilmente el lugar: era la ciudad terkuma en la que habíamos vivido aquellos días.
Lo que quedaba de ella.
Muy a lo lejos vimos el árbol-torre. Altivo aún, pero muerto. Su copa desnuda de cualquier rastro de verde, sus raíces clavadas en la tierra reseca. Hacía años que no las cubría ya mar alguno. Nos pareció distinguir algunos pecios reposando desarbolados en el lecho seco, a los pies de sus raíces. A lo largo y ancho de aquel páramo, distinguimos otros edificios, todos en ruinas y alejados de donde nos hallábamos.
A nuestras espaldas vimos el manglar. Muerto. Pudimos apreciar desde nuestra posición los troncos carbonizados de los árboles. Parecían espinas negras de una corona que rodeara el planeta. Algunos estaban enderezados aún pero la mayoría reposaban inclinados en todas direcciones, de forma caótica, sin orden ni concierto. Ni rastro de sus frondosas copas verdes de otros tiempos.
El viento batía la llanura y levantaba ocasionalmente puñados de tierra reseca y los dispersaba por el mundo.
Temí haber estado años en la cripta. Temí que la constelación Esparta, o cualquier otra, hubiera acudido a nuestra llamada de auxilio y se hubiera ido sin haber encontrado rastro alguno de nosotros. Temí que toda la Humanidad hubiera sido ya absorbida por La Sombra. Al fin y al cabo, aquel ente podría haberse tomado unos años para intentar resolver el enigma antes de liberarnos, y hacernos creer que habían pasado sólo unos minutos.
No compartí mis temores con Alkai.
- Vayamos a explorar -dije, señalando con la cabeza hacia el árbol-torre.
Alkai se negó a dejar el cuerpo de Brumantra. Los sistemas antigravitación resultaron existir sólo en la realidad simulada. En aquel lecho de mar reseco y estéril, la urna que contenía el cuerpo de Brumantra no flotaba a pocos centímetros de la superficie sino que pesaba con toda la contundencia de su masa. Así que le dije que la dejáramos depositada ahí mismo donde estábamos para así poder ir más ligeros. No abandonamos a Brumantra, le aseguré, regresaremos luego. Pero no me hizo caso. Cargó con la urna ovoide. De todas formas, no llegamos muy lejos. Antes de que me tocara relevarla, una especie de miriápodos nos cerraron el paso. Nos detuvimos y les miramos fijamente. Tenían ojos en un extremo de su cuerpo y pinzas de aspecto nada amigable en el opuesto. Algunos no medirían más de un metro de longitud pero la mayoría debían de llegar a los dos metros o incluso más. Aquellos animales segmentados se habían congregado justo delante de nosotros y agitaban sus pinzas y las hacían chasquear como si fueran tijeras. Había una docena, más o menos, y su número iba en aumento pues no dejaban de acudir de varios lugares de aquel llano.
- Creo que La Sombra no quiere que nos acerquemos al árbol-torre -dije.
- Esa misma impresión tengo yo, señor -me contestó Alkai.
Escupí. La humedad formó una mancha oscura en la tierra reseca. De repente, el lugar donde había caído mi desprecio empezó a burbujear y se formaron en pocos segundos varias pelusas blancas como las que nos habían atacado en el río.
Alkai y yo dimos un paso atrás a la vez, sin pensarlo.
- Esto ya es una amenaza en toda regla -dijo ella.
Suspiré.
- Regresemos -dije.
Retrocedimos hasta el punto donde habían caído las cápsulas. El sitio era fácilmente reconocible por las manchas oscuras de humedad, que aún no se habían disuelto. Nos sentamos a su lado y apoyamos la espalda en la urna que contenía a Brumantra.
- Aquí la humedad no ha despertado a la muerte blanca -dijo Alkai.
- Creo que no puede despertar sin el visto bueno de La Sombra.
- ¿Todo lo que ocurre en el planeta está gestionado por La Sombra, señor?
- Eso entendí yo escuchando a Idkereda -respondí-, y no sólo en este planeta: en todos los que hayan sido tomados por La Sombra.
- Parece increíble.
Me encogí de hombros.
- El día que nos pase algo creíble -contesté mirando hacia el árbol-torre -, nos vamos a volver locos por culpa del aburrimiento.
Pasamos la noche al raso.
Hacía frío y el viento arreció. Además, teníamos hambre y sed.
Intentamos cavar un hoyo donde poder tumbarnos para al menos refugiarnos del viento pero aquel lecho alemita estaba ya tan reseco que era demasiado duro para nuestras delicadas manos humanas del s. XXIII.
Decidí que lo mejor sería caminar en busca de un refugio. Si a La Sombra no le gustaba, ya nos lo haría saber. De todas formas, escogimos una dirección que nos alejaba del árbol-torre.
Caminamos bajo las estrellas.
La luz de una de las dos lunas de Alema se derramaba sobre el mundo.
No se oía nada, ni un grillo ni ningún insecto que se le pareciera. Sólo el viento y nuestros pasos hollando el polvo reseco de la llanura. Ayudé a Alkai a transportar el cuerpo de Brumantra.
No tardamos en divisar una sombra que sobresalía por encima de la línea del horizonte y se recortaba nítidamente contra las estrellas. Nos acercamos. Resultó ser un barco terkuma posado sobre el lecho del mar seco, un pecio desnudo al retirarse el mar, desarbolado, expuesto al viento inmisericorde y a la luz de las estrellas como únicas fuerzas erosivas.
Caminamos hasta tenerlo al alcance de las manos.
Depositamos a Brumantra en el suelo y buscamos astillas, maderos sueltos o telas, cualquier material con el que encender fuego. Encender fuego sigue siendo una de las primeras lecciones en los cursillos de supervivencia; encender fuego con las manos desnudas, un par de pedazos de madera y un puñado de yesca. Desgraciadamente, el material con el que estaba hecho el barco terkuma no parecía ser madera ni ningúna otra substancia combustible, a pesar de las apariencias. La substancia de los pocos fragmentos que logramos reunir no tuvo la amabilidad de producir calor por mucho que la friccionamos durante horas. No al menos en cantidad suficiente como para producir llama.
Al final, nos acurrucamos a sotavento e intentamos descansar abrazados el uno al otro para protegernos mejor del frío.
- Señor -me preguntó Alkai-, ¿cree usted que La Sombra matará a Idkereda?
- No lo creo -respondí-, ¿ha oído hablar de Las mil y una noches?
- No, señor.
Le conté la historia de Scherezade y el sultán.
- Ahora, duerma -ordené, al final-, yo haré la primera guardia.
Se quedó dormida casi de inmediato.
Nos turnamos durante toda la noche. Para medir el tiempo, contábamos. Mil uno, mil dos, mil tres. Así toda la noche hasta un poco antes del amanecer, cuando nos quedamos dormidos ambos.
Nos despertamos con el sol alemita despuntando por el horizonte. Tiritábamos. Pero por debajo del temblor desesperado de nuestro cuerpo por generar un poco de calor, percibimos algo más: el cosquilleo inconfundible de nuestras antenas corporales. Las fibras implantadas en nuestro cuerpo como un segundo sistema nervioso se habían activado y vibraban, después de tantos días de silencio. Eso sólo podía significar una cosa: los nuestros estaban cerca.
Habían recibido el mensaje de auxilio y habían venido a rescatarnos.
Al cabo de pocos segundos nuestros biochips de identificación también se activaron y empezaron a transmitir y a recibir información.
Miramos hacia el cielo conteniendo el aliento.
Justo en aquel momento dos incurdroids nos sobrevolaron. Su silueta se recortó fugazmente contra el azul eléctrico del cielo al amanecer.
Dos supervivientes, capitán oímos Alkai y yo en el interior de nuestras cabezas y luego nuestros nombres y cargos y finalmente: Prepárense para ser recogidos y transferidos a órbita. Según los escáneres no están heridos y pueden moverse. Confirmen, por favor.
Me identifiqué y confirmé. Y luego añadí:
Tenemos aquí con nosotros el cuerpo de Brumantra ocho, Elisa, criogenizado tras caer en acción.
¿Cómo han podido criogenizarlo?
Es una larga historia, respondí mientras los incurdroids volvían a sobrevolarnos Abra un canal de comunicación directo con el capitán de la constelación, por favor.
Hablé con el capitán. Pocos minutos después descendió una lanzadera automática y corrimos hacia ella cargando con el cuerpo de Brumantra. En cuanto las compuertas se cerraron tras nosotros, los motores, que no se habían apagado en ningún momento, se pusieron a máxima potencia y apenas tuvimos tiempo de sujetarnos a nuestros asientos antes de entrar en una trayectoria ascendente.
Abandonamos Alema metidos en un contenedor militar de aislamiento y no vimos a ningún ser humano en varios días.
Nos transfirieron a una nave de la constelación que tenía laboratorio médico. Todo lo que había estado en contacto con nosotros fue quemado. Conseguí salvar el cuaderno de Danel in extremis alegando que contenía pruebas de importancia estratégica. Me lo quitaron. La lanzadera que nos había transportado fue destruida y sus restos abandonados en órbita alrededor de Alema. Los mecanismos del laboratorio nos desnudaron, nos ducharon y nos cepillaron como si hubiéramos estado en medio de un accidente nuclear. Luego nos dieron purgantes. Volvieron a ducharnos y a cepillarnos sin piedad y finalmente nos sumergieron en una espuma de nanobots cuya misión era descubrir cualquier molécula que no estuviera catalogada y calificada como apta y que hubiera quedado incrustada en nuestros cuerpos. Para acabar, nos vistieron con ropa de usar y tirar, nos pusieron en cuarentena y, al fin, nos dieron de comer y de beber.
El capitán se puso en contacto conmigo a través del sistema de comunicación de la constelación. Le pedí que encriptara y blindara el canal de comunicación. Accedió. Le hice un resumen de todo lo que habíamos vivido aquellos días. Le hablé del virus Ínbid y de los terkumas y le expliqué qué había ocurrido con Brumantra, Idkereda y Surkoi. Hice especial hincapié en que nos habían ayudado desde dentro del Ínbid y que existía la posibilidad real de una tregua. Para acabar le expliqué qué era La Sombra y por qué, en mi humilde opinión, consideraba conveniente salir de aquel sistema solar cuanto más deprisa mejor. Desde luego, el relato no era creíble. No sé si al menos conseguí que fuera coherente.
El capitán se limitó a hacer la pregunta que cabía esperar.
- ¿Tienen pruebas?
- El cuaderno de Danel -respondí mirando fijamente a la cámara que tenía ante mí- y el cuerpo criogenizado de la oficial Brumantra ocho, Elisa.
- Van a estar unos días incomunicados en cuarentena -se limitó a comentar el capitán-. Aprovechen para redactar sus respectivos informes. Por cierto, Alkai, los escáneres médicos han detectado que está usted embarazada.
Se hizo el silencio.
Noté cómo Alkai se tensaba a mi lado.
- ¿No tiene nada que decir? -insistió el capitán.
Alkai guardó silencio.
Fui yo quien habló.
- Señor -dije-, el padre soy yo.
Alkai dio un respingo y me miró de arriba a bajo, con la boca abierta.
- ¡Joder, Katmai! -exclamó el capitán-. Esto es grave. Bueno, ya hablaremos. De momento escriban ese informe pero sepan que, además de estar en cuarentena, están bajo arresto.
Nos separaron. No volví a ver a Alkai hasta años después. De hecho, tardé tres semanas en volver a interaccionar con seres humanos cara a cara. Los dos primeros fueron los dos pipiolos recién reclutados que enviaron para escoltarme hasta la cabina del capitán.
Al abrirse la puerta de mi celda se hicieron a un lado y me saludaron marcialmente.
- No hace falta que me saluden, estoy bajo arresto -aclaré.
- Señor, no importa, señor, es usted una leyenda, señor -me contestó uno de ellos.
- Bueno, pues descansen. Pero aún no me he muerto, soldado, así que no puedo ser una leyenda.
El soldado que había hablado volvió a ponerse rígido.
- Señor, perdone, señor -se disculpó-, lo siento mucho, señor, quería decir que es usted célebre, señor.
Me fijé bien en ellos. Ambos eran más altos que yo. Rapados. Ojos azules y fríos. Labios gruesos y bien perfilados. Mandíbula marcada, pómulos altivos, código de barras biológico tatuado discretamente en el cuello, medio oculto por el uniforme. Hombros firmes. Espalda recta como una tabla, pectorales de nadador, manos de pianista, piernas forjadas en una fragua llamada Maratón. Los dos puro músculo y fibra, voluntades inquebrantables, ansiosos por cumplir órdenes y ganar la guerra. Transpiraban perfección.
- Permítanme hacerles una pregunta -dije.
- Por supuesto, señor -respondieron al unísono.
- ¿Son ustedes droides genéticos o humanos transgénicos?
Se pusieron firmes ambos.
- Señor -respondió el que me había llamado leyenda-, humanos transgénicos, señor, optimización Cromiocande alfa uno uno dos siete nueve siete dos y Cromiocande alfa uno uno dos siete nueve siete tres, listos y preparados para el combate en ambientes extremadamente hostiles para humanos tipo Darwin, señor.
Silvé simulando asombro.
- Optimización Cromiocande alfa...
- Sí, señor -continuó el otro recluta-. Nuestro bacterioma cutáneo está mejorado y convierte nuestras uñas en un arma mortal para cualquier medusa, los genes de cucaracha implantados en nuestro genoma nos permiten digerir casi cualquier cosa y gracias a nuestro triple neocórtex recableado en modo Curotscan Sima podemos detectar cualquier RS enemiga, incluso en modo inmersión total, señor.
- Son ustedes perfectos.
- Señor, gracias, señor, pero no somos perfectos. Aun así, y espero que no se ofenda, señor, tenga por seguro que con la optimización Cromiocande alfa la Humanidad ha dado un paso en la dirección adecuada y el Ínbid está un poco más cerca del abismo.
- No me ofende, no se preocupe, pero prométame que volverán a verme un día de estos, después de entrar en combate.
- ¿Cómo sabe que aún no hemos entrado en combate, señor?
Sonreí. ¿Habrían visto, más allá de una simulacón, a una medusa avispa moverse tan rápido en un campo de batalla que su vista humana era incapaz de seguirla? ¿Tendría su cuerpo cicatrices como tenía el mío? Mis cicatrices, y la de muchos otros humanos que se habían enfrentado al Ínbid, o simplemente al Universo, y habían sobrevivido para contarlo, eran como la solución a los enigmas de Idkereda. No había atajos para llegar hasta ellas. No se podían provocar a propósito, como un tatuaje o un código de barras, y pretender que significaran algo.
Había que ganárselas.
- Por nada, por nada, intuición de veterano.
Me escoltaron hasta la cabina del capitán.
La Humanidad parecía estar obsesionada por ser cada día más fuerte, más invulnerable. Dado el ambiente en el que vivíamos, no parecía una mala idea. Y sin embargo...
Aquellos días de soledad en mi celda me habían permitido reflexionar tranquilamente sobre todo lo que había ocurrido. Y no podía apartar una idea muy sencilla de mi cabeza: nos habíamos salvado porque éramos débiles. Gracias a que somos débiles, imaginamos. Imaginamos a Ícaro, a Sísifo, a los dioses y a los titanes. A nosotros mismos. Gracias a ser vulnerables, escribimos historias, leyendas, adivinanzas. Gracias a ser frágiles, nos hemos salvado. Idkereda nos ha salvado. Al menos, de momento.
Ahora Alkai y yo teníamos que cumplir con nuestra parte de la misión.
¿Cómo se lo explicaré a los capitanes, a los coroneles, a los generales, a los almirantes, a los mariscales de campo? ¿A todos aquellos para los que la fuerza es una fe indiscutible?
¿Cómo cumpliré mi nueva misión, aquella que juramos ante Palabra?
(Fin del capítulo 50. Siguiente capítulo)
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