Capítulo 49. ALICIA.
Al cabo de unos minutos de silencio, oscuridad y aparente quietud, la góndola empezó a frenar. Ante nosotros apareció un embarcadero, semejante al que habíamos dejado atrás, pero vacío. Al principio no era más que una claridad leve y puntual, luego un resplandor fantasmal flotando en el aire, a una distancia indeterminada de nosotros. La única luz que reflejaba era la de la bengala, que ya empezaba a desfallecer y agotarse y, sin tener más puntos de referencia, no había forma de hacernos una idea de cuán lejos o cerca estaba. Durante un buen rato no fue más que un espectro flotando en nuestra córnea, o ante nuestras narices, o tal vez al alcance de nuestras manos, o a kilómetros de distancia, quién podía saberlo. Poco a poco, sin embargo, fue creciendo y adquiriendo consistencia. De tenue espejismo vaporoso pasó a ser algo material, sólido, presente: un destino cierto y no una aparición frágil e imprevisible. Un puerto suspendido en medio de la nada. Fue aumentando, cuajando, cambiando de fase hasta llegar a ser una construcción tangible: presencia, piedra a un salto de distancia y, finalmente, la góndola fondeó en uno de sus muelles.
Encendí una nueva bengala y descendimos.
Caminamos por la plataforma vacía explorando el lugar. Enseguida nos dimos cuenta de que sólo había un camino, al menos aparentemente. Lo tomamos. Se trataba de otro túnel que descendía aún más hacia las entrañas de la Casa de la Palabra.
El silencio era absoluto.
Sólo nuestra respiración, la pluma de Idkereda siseando incansable sobre el papel, como un insecto, y nuestros pasos, que procurábamos fueran suaves, inaudibles. Un grupo de niños enfrentados a aquella oscuridad, a aquel túnel, no se habrían comportado de una forma muy diferente a la nuestra. Quizá habrían hablado más, pero el reparo al avanzar y el miedo a despertar a los monstruos dormidos durante eones en aquellas profundidades hubieran sido los mismos.
Nos juntamos, hombro con hombro, formando una piña cerrada, con el cuerpo de Brumantra entre nosotros, protegiéndolo entre todos. Avanzábamos con los fusiles apuntando al frente y a retaguardia, Surkoi en cabeza, yo tras él sosteniendo la bengala en alto, y tirando del cuerpo de Brumantra encerrada en el huevo, Idkereda a mi lado, pegado a mí, escribiendo, Aniolita abrazada a él, y Alkai cerrando la marcha con la espalda pegada a la de Aniolita y apuntando hacia la oscuridad, igual que Surkoi pero en sentido contrario.
Las palpitaciones de nuestros corazones eran casi tan audibles como los tambores que antaño resonaban en la selva, a lo lejos. BUM bum BUM bum BUM bum BUM bum BUM bum Ceños fruncidos, nervios a flor de piel, atentos al más mínimo sonido inesperado, a la menor brisa que pudiera delatar algún cambio en nuestro entorno. Por muy bien que guardáramos las formas, no éramos más que animales en una madriguera desconocida.
Mientras tuviéramos luz, aguantaríamos la tensión, no seríamos presa del pánico. Pero... ¿y cuando se agotara?... ¿qué sería de nosotros cuando se agotara? Quedaban dos bengalas, a parte de la que estaba encendida en aquel momento. Dos bengalas: ese era todo nuestro territorio como animales racionales. Más allá, reinaban los monstruos.
El pasillo empezó a estrecharse.
Al cabo de pocos metros tuvimos que caminar en fila india y con la cabeza agachada hasta que fuimos a parar a un espacio abierto que era un auténtico bosque de columnas, un laberinto en el cual no había camino alguno claramente marcado.
Las columnas, a diferencia de la estancia por donde habíamos accedido, estaban adornadas con grabados ricos en detalles. Pudimos ver símbolos e imágenes, representaciones de terkumas y de otros seres que no reconocimos, quizá extraídos de alguna mitología que nos era ajena. Atraídos por aquellas imágenes como las mariposas por la luz, empezamos a separarnos, apenas unos metros unos de otros, lentamente, casi sin darnos cuenta.
Hasta que de repente se apagó la bengala.
Sin previo aviso.
Sumidos de nuevo en la más absoluta oscuridad, saltamos todos hacia el centro que distraídamente habíamos abandonado y formamos otra vez una piña compacta de seres ciegos y atemorizados que giraba sobre sí misma.
- ¿Qué ha pasado? -preguntó Surkoi con la voz ronca por la tensión.
- No lo sé -dije-, tranquilos, la bengala ha fallado, ahora enciendo otra.
La penúltima, pensé.
Alkai gritó.
Todos dimos un respingo y la bolsa de las bengalas se me cayó al suelo. Me agaché.
- ¡¿Qué pasa?! -exclamé- ¡Alkai! ¿Está bien? Estoy buscando las bengalas, no se muevan, se me han caído.
- ¡Estoy bien! -chilló Alkai- ¡No sé qué ha pasado! Maldita sea... ¡he tenido una sensación muy rara!
Mi mano se cerró sobre una bengala.
- Era como estar sumergida en un líquido, joder, no lo entiendo.
Encendí la bengala.
Estábamos todos.
Estábamos empapados en sudor y jadeábamos pero estábamos todos, incluso el huevo con el cadáver de Brumantra.
Idkereda dejó de escribir durante unos segundos, extendió el brazo derecho y señaló en una dirección determinada.
- Por ahí -dijo-, vamos.
- ¿Por qué? -pregunté.
- Porque he visto luz.
Aquel era motivo suficiente.
- Un momento -ordené.
Busqué la otra bengala, la recogí del suelo y nos pusimos en marcha. Rodeamos varias columnas y procuramos no desviarnos de la dirección que había señalado Idkereda. Sabíamos que íbamos en buena dirección porque a medida que avanzábamos había cada vez más claridad. Al final llegamos a una compuerta circular abierta en la roca viva. El marco era metálico y estaba repujado de figuras y símbolos incomprensibles y adornado de piedras y minerales. A lado y lado de la entrada había dos piedras negras semejantes a las del cementerio terkuma. La luz que salía del otro lado iluminaba tenuemente el bosque de columnas.
Me asomé mientras Surkoi y Alkai vigilaban el camino por donde habíamos venido.
Más allá del umbral se abría una estancia circular y abovedada flanqueada por arcos de piedra que confluían en la parte más alta de la bóveda. El centro de la estancia estaba ocupado por siete cilindros del tamaño aproximado de un ser humano. Estaban reclinados sobre un cono de piedra truncado. La base más amplia del cono se asentaba sobre el pavimento de la estancia y los cilindros reposaban sobre su costado, inclinado unos sesenta grados respecto a la vertical. La única luz que había en la estancia provenía de los cilindros, que parecían estar repletos de un fluido magmático y fosforescente. En su interior se movían burbujas deformes, igual que amebas gigantes que siguieran trayectorias caprichosas. Ascendían lamiendo la cara interna del cilindro, construido con algún tipo de material transparente, y en algún punto concreto de la trayectoria, sin saber por qué, se sumergían de nuevo hacia el centro del tubo luminoso.
Lancé la bengala que sostenía con fuerza.
Su trayectoria cruzó toda la sala. Pasó justo por encima de la cúspide truncada del cono, golpeó el muro de enfrente y cayó al suelo. No sonó ninguna alarma ni se cerró ni abrió puerta alguna, ni apreciamos cambio ninguno más que el sonido hueco de la bengala al chocar contra la pared y caer al suelo.
Agaché la cabeza para no chocar con el dintel y entré en la estancia. Caminé unos pocos pasos, me giré hacia la puerta circular e hice un gesto hacia el grupo, indicándoles que pasaran.
- Adelante -dije.
Me acerqué hasta el centro de la estancia y me di cuenta de que las paredes estaban adornadas con grandes espejos de marco finamente labrado. Desde la puerta no los había visto porque quedaban ocultos entre los arcos de piedra que sostenían la bóveda y que hacían de contrafuertes a las paredes de la cámara. La parte del muro que había frente a la puerta de acceso era la única libre de espejos. Todo el resto de la estancia estaba ataviada con ellos, uno para cada hueco que, como capilla recogida, quedaba entre cada par de arcos.
- Esto parece más una cripta que una sala de control -dijo Surkoi.
Asentí en silencio. Alkai había depositado el cadáver de Brumantra a los pies de uno de los arcos y no añadió nada, pero estaba seguro de que pensaba igual. En cuanto a Idkereda... no sabía ya qué pensar: se limitó a sentarse a los pies del arco que quedaba enfrente del huevo donde estaba recogida Brumantra, y se puso a escribir con más frenesí que nunca, totalmente ausente. Aniolita parecía tan desorientada como nosotros. Probablemente ni siquiera supiera lo que era una cripta.
Entonces Alkai gritó y yo me crispé.
Vimos cómo la mujer se alejaba pálida de uno de los espejos.
- ¿Qué ocurre? -grité, intentando mantener firme la voz.
Alkai señaló hacia el espejo con una mano temblorosa.
- Por dios, Alkai -insistí-, es sólo un espejo... ¿qué es lo que pasa?
El terror de la mujer se reflejaba fielmente en el espejo, en el reflejo de su propio rostro, pero por mucho que yo mirara no veía nada que pudiera justificarlo.
Alkai tragó saliva.
- He visto... -empezó a decir, sin dejar de apuntar con la mano temblorosa-... he visto -repitió, inerme, pálida, después de tragar saliva de nuevo-... ¡He visto a mis padres detrás de mí! ¡Y a mis abuelos! ¡A toda mi familia! Y más gente detrás de ellos... ¡Gente que ni siquiera conozco!
El fusil colgaba de su cuerpo gracias a una correa que pasaba alrededor de uno de sus hombros pero la mujer se había olvidado por completo de él. Se llevó ambas manos al pecho y me miró descompuesta, horrorizada. Tenía los ojos inyectados en sangre, a punto de llenarse de lágrimas.
- Se lo juro, señor -murmuró con labios temblorosos.
- El espejo de los ancestros -dijo Idkereda, de repente, sin dejar de escribir-, no te preocupes, no te estás volviendo loca. Sólo es tecnología terkuma. Lo explica Danel en su diario.
Alkai y yo le miramos atónitos. El biólogo computacional siguió escribiendo sin prestar atención a nuestro desconcierto. Surkoi tampoco nos prestaba atención: miraba hacia Aniolita y retrocedía hacia donde yo estaba sin mirar dónde ponía los pies.
Encañonaba a la mujer con el fusil de hielo.
- ¿Qué eres? -preguntó.
Aniolita se había acercado a uno de los espejos situados en el lado donde se había sentado Idkereda. Me acerqué un paso a Surkoi para poder ver lo mismo que él había visto. Cuando lo conseguí, cuando vi lo que había reflejado en el espejo, yo también retrocedí. Sin pensarlo, di un salto hacia atrás y choqué contra uno de los cilindros. Me giré empapado en sudor como si me hubieran atacado por la espalda, y con todos los músculos agarrotados.
Lo que vi flotando en aquel magma luminiscente me hizo gritar, al borde del colapso nervioso.
Vi un rostro.
Era el mío.
Un cuerpo entero emergía de la opacidad que dominaba el centro del cilindro. Lentamente, muy lentamente, y luego se volvía a sumergir en el magma luminiscente igual que si fuera engullido por arenas movedizas fluorescentes. Y yo sentía ese vaivén en mi estómago.
Volví a girarme y grazné:
- ¿Qué... qué está pasando aquí?
Alkai también había retrocedido al ver lo que se reflejaba en el espejo que Aniolita tenía más cerca. La oficial científico de la misión se había alejado de ella y de Idkereda y se había juntado con Surkoi y conmigo en el centro de la estancia, al lado de los cilindros. Ahora estábamos los tres hombro con hombro mirando a Idkereda, que seguía escribiendo, y sobre todo a Aniolita, que sonreía como una loca o una poseída, y estaba tan tranquila a pesar de tener una legión de artrópodos con forma de escorpión a sus espaldas. Eso era lo que se reflejaba en el espejo llenándolo hasta rebosar: un ejército de escorpiones gigantes que tenían algo vagamente parecido a una cabeza donde deberían haber tenido el aguijón. ¿Eran aquellos engendros los antepasados de Aniolita? Sí, según el espejo. Pero Aniolita no parecía muy sorprendida ante tal revelación. De hecho, no parecía una revelación para ella. Una auténtica legión de seres semejantes a escorpiones gigantes nos observaban fijamente tras ella, y ella ni siquiera se molestaba en mirar por encima de su hombro, seguía contemplándonos y sonriendo feliz, enajenada, como si no pasara nada. Daba la impresión de que sabía exactamente lo que había detrás de ella. Y le parecía normal.
Se suponía que esos eran los ancestros de Aniolita. Desde luego, no eran humanos, ni nada que los humanos remotamente conociéramos. Habría bastado su rostro para provocar pesadillas al más curtido de nosotros. Porque aquellas cosas tenían algo que, haciendo un gran esfuerzo de imaginación, habríamos podido llamar rostro. En el extremo de su cola crecía una masa carnosa en forma de cabeza con algo vagamente semejante a un rostro en su parte frontal. En lugar de aguijones de escorpión, centenares de rostros estrambóticos apuntaban hacia nosotros. En cada uno de ellos, en el centro, se abría un agujero negro rodeado por un iris carnoso, enmarcada a su vez por unos párpados que se desplegaban lentamente, cuando lo hacían. Debía de ser el ojo. Eran escorpiones cíclopes. Y también había cuatro pequeños orificios, dos a cada lado, quizá hicieran la función de narices o de orejas, o quizá fueran algo totalmente distinto. A pocos centímetros por debajo del ojo: la boca, un orificio sin labios. ¿Sería realmente una boca? Quizá la boca estaba en realidad en el tórax, justo debajo del cuerpo, cerca del suelo, entre sus patas, en una posición que no podíamos ver desde donde nos encontrábamos. La boca que sí podíamos ver, el orificio que tenían en lo que quizá fuera un rostro, tenía pelos en lugar de labios, erupciones queratínicas gigantes, arrancadas directamente de la espalda de las moscas goliat de Gulmai. El resto del cuerpo estaba acorazado como el de los artrópodos, y las pinzas tenían multitud de falanges que crujían pellizcando el aire sin cesar en lugar de ser simples como las pinzas de los escorpiones, o la de los cangrejos.
Surkoi aún apuntaba a Aniolita -o lo que fuera- con su fusil de hielo. Entonces la voz de la mujer -o lo que diablos fuera- resonó por toda la cripta y nos congeló la sangre en las venas.
- Piensa, humano -advirtió-, que si decides disparar serás consciente de tu decisión demasiado tarde. Yo la veré antes que tú mismo porque tu decisión, antes de que sea tuya, será un pulso eléctrico en un determinado grupo de neuronas de tu cerebro. Tú ni siquiera puedes percibir esas neuronas. Yo sí. Cuando tú tengas la sensación de que has decidido disparar y ordenes a tu cuerpo ponerse en marcha, en realidad ya hará un buen puñado de milisegundos que tu cuerpo se habrá puesto en marcha. Y todo habrá empezado, sin que te des cuenta, como una pequeña ola eléctrica en profundidades de tu cerebro a las que tu consciencia no tiene acceso, y acabará contigo muerto porque antes de que esa pequeña ola se convierta en un disparo yo me habré anticipado y la habré detenido en seco, incluso antes de que se convierta en una decisión consciente. Morirás sin comprender nada, sin saber qué ha ocurrido. ¿Sabes qué? Te voy a salvar de ti mismo.
Acto seguido el fusil de Surkoi se convirtió en una serpiente. Surkoi gritó y la arrojó al suelo. El animal se deslizó siseando por el suelo hasta los pies de Aniolita, empezó a ascender enroscándose por sus piernas y acabó fusionándose con ella a la altura de su tórax. Sencillamente desapareció: se hundió en la carne de Aniolita como lo hubiera hecho en una charca de aguas cenagosas.
A esas alturas, Surkoi, Alkai y yo habíamos perdido el habla. Estábamos empapados en sudor frío y temblábamos de furia y pánico. Idkereda seguía escribiendo, sin que serpientes o escorpiones le hubieran perturbado en lo más mínimo.
Yo me aferré a la última bengala, Alkai se aferró a su fusil, pero ocurrió lo mismo que había ocurrido con el de Surkoi: se transformó en una gruesa serpiente constrictora y Alkai lo arrojó al suelo antes de que la transubstanciación llegara a su final y el enorme peso del animal la aplastara. La bengala se transformó en un ramo de flores. También lo arrojé al suelo, como si fuera una serpiente. El reptil de Alkai hizo lo mismo que el de Surkoi: se arrastró ondulándose hasta el cuerpo de Aniolita-lo-que-fuera y desapareció en él como si no fuera un cuerpo sino la charca de un pantano, un lugar ideal desde donde acechar a sus presas. El ramo, en cambio, quedó tendido en el suelo.
- ¿Quieres que se lo dé de tu parte a Aniolita? -dijo aquello que se ocultaba tras la imagen de Aniolita.
Entonces Idkereda sí dejó de escribir e incluso levantó la vista del papel. Miré a mi amigo, vi la rabia que tensaba su mirada y comprendí que estaba furioso y que en aquel mismo momento estaba luchando de una forma titánica y desesperada por mantener la calma.
Fue sólo un instante. Al instante siguiente su mirada se relajó, respiró profundamente y continuó escribiendo.
- Haz lo que te dé la gana -murmuró.
- Como quieras.
Entonces el ramo de flores se transformó en una nube de avispas. Nuestra respiración se aceleró y nuestros tres corazones humanos latieron desbocados. Pero aquel enjambre incomprensible, en lugar de atacarnos, salió volando en masa hacia lo que aparentemente era el cuerpo de Aniolita y se sumergió en él tal como habían hecho las serpientes.
Aniolita se echó a reír como una loca, como si para ella aquel montón de avispas desapareciendo en su vientre fuera un chiste graciosísimo.
- Esto es el final del camino, humanos -nos anunció entre carcajada y carcajada.
Entonces Idkereda exclamó:
- ¡Muy bien!
Y cerró el cuaderno de golpe.
- ¡Justo a tiempo! -anunció, y se puso en pie y me lo lanzó.
Estaba tan agarrotado que casi se me cae al suelo pero en el último momento conseguí asirlo bien entre mis manos y, mientras Idkereda iniciaba su explicación, me lo guardé en un bolsillo del traje de piloto.
- Como supongo que os habréis imaginado ya a estas alturas -decía Idkereda-, estamos inmersos en una realidad simulada... ¿Por qué me miráis así? ¿Por qué creéis que los fusiles se transforman en serpientes y las bengalas en ramos de flores? Pues porque no son más que programas de ordenador. Se pueden modificar con mucha facilidad. Al menos con mucha facilidad para quien controle el sistema. Y quien controla el sistema en estos momentos es... La Sombra. Ha conseguido hacerse totalmente con él. ¿Qué creíais que era? ¿Brujería? Venga, haced el favor de no ser tan susceptibles que nos queda mucho trabajo por delante.
- ¡Me aseguraste que no era una realidad simulada! -grité con una voz totalmente deformada y rota por la tensión.
- ¡Me equivoqué! -exclamó Idkereda al mismo tiempo que se encogía de hombros-. Aunque a decir verdad, lo sospechaba desde el principio. Y Alkai también...
Miré a Alkai con los ojos muy abiertos.
- ¡Eran sospechas sin fundamento! -se defendió ella. Podía ver cómo las gotas de sudor se deslizaban por su frente y por sus sienes- ¡No teníamos pruebas, sólo indicios vagos!
- ¡¿Qué indicios?! -grazné, con el corazón palpitándome tan fuerte en la garganta que parecía que se me iba a salir por la boca- ¿De qué están hablando?
- ¡Los aminoácidos! -contestó Alkai, y fue incapaz de añadir nada más.
- Los aminoácidos -continuó Idekereda- y los microorganismos que me infectaron al principio y que parecían amenazarnos a todos. ¿No os pareció extraño que en un medioambiente extraterrestre encontráramos comida formada por nutrientes que pudiéramos aprovechar, por proteínas que los ácidos de nuestro estómago pudieran descomponer en aminoácidos útiles para nuestro cuerpo? Teniendo en cuenta la cantidad de aminoácidos posibles, la probabilidad de que eso ocurra debe de ser muy próxima a cero...
- ¿Por qué no me avisaste? -pregunté con vehemencia- ¿Por qué no me avisaron? -insistí.
- ¿Para qué? -respondió Idkereda-. ¿Para dar alas a Surkoi? ¿Para hacer aún más confusa la situación? Nuestra vida no parecía estar en peligro, y ni yo ni Alkai teníamos evidencias fuertes, sólo sospechas. Ninguno de nuestros sistemas de detección de realidad simulada nos alertó de nada extraño, en eso no te engañamos, Katmai.
Suspiré y tragué saliva. Idkereda continuó:
- El Ínbid ha desarrollado una nueva tecnología de inducción que se basa en estimular directamente los sentidos en lugar de presentar una realidad ya construida ante la consciencia. Les cuesta más controlar el curso de los acontecimientos pero también es mucho más difícil de detectar. Me di cuenta al perder el conocimiento en el campamento que estaban montando los terkumas, al lado del río. En ese momento lo vi todo con claridad: en realidad nos hallamos en una nave coleccionista en órbita alrededor de Alema.
- Joder -exclamó con la voz ronca Surkoi-... al final voy a tener yo razón.
- No exactamente, Surkoi -respondió Idkereda-, hay más actores en escena y el Ínbid, tal y como nos dijo Palabra, está dividido. La historia es mucho más compleja.
Aniolita había dejado de reírse como una loca. Ahora sólo sonreía. Pero su mirada brillaba de una forma inquietante.
- Lo he escrito todo -continuó Idkereda-, pero ya os lo leeréis con calma cuando salgáis de aquí. Ahora intentaré haceros un resumen.
- ¿Qué te hace suponer que podrán salir de aquí? -le interrumpió Aniolita. Y acentuó su sonrisa.
- Creo que podré salvarlos -respondió Idkereda mirándonos fijamente.
- Ah, ¿sí? -dijo Aniolita socarronamente-. Los terkumas fracasaron, Palabra fracasó, el Ínbid también ha fracasado. Tu arrogancia no tiene límites, humano. ¿Qué es lo que te hace suponer que tú serás diferente? ¿Qué es lo que te hace suponer que tú lograrás algo que no lograron dos de las civilizaciones más poderosas de la galaxia?
- Sí -contestó Idkereda-, los terkumas y el Ínbid fracasaron, hace años, es cierto. Y a raíz de ese fracaso el Ínbid decidió hacer un cortafuegos a tu alrededor: por eso quieren exterminar a los humanos, y a cualquier otra especie inteligente con la que se encuentren, porque prefieron cargar con ese crimen en su consciencia que vernos caer ante tu avance. No quieren que ocurra lo mismo que ocurrió con los terkumas, a quienes intentaron salvar y, al final, tuvieron que ver cómo sus cerebros acababan formando parte de ti, y aumentaban tu ya de por sí enorme poder. Fue una desgracia difícil de concebir: una civilización culta y sensible exterminada de la noche a la mañana, millones, miles de millones de consciencias repletas de inquietudes y sueños extinguidas de un plumazo. Un fracaso desgarrador. Pero ahora no es esa la cuestión, Sombra. La cuestión importante es: ¿tú has tenido éxito?
Aniolita, la que hasta entonces creíamos Aniolita, rió con ganas.
- Eres gracioso, humano -respondió-. Estáis desarmados, desorientados y en mis manos. He conseguido hacerme con el control del toroide Coleccionista donde reposan vuestros cuerpos, inmersas vuestras mentes en esta realidad simulada, que ahora también es la mía, lo que decido yo que sea, porque también me he hecho con el control del sistema que la crea. La nave entera está en mis manos. Parece todo un éxito, humano Idkereda.
- Sí, desde luego -admitió Aitken- desde un punto de vista militar, es un éxito rotundo. Te felicito. En el campo de batalla sigues siendo imbatible, Sombra. Pero lo que quiero decir es si este éxito es algo nuevo para ti. ¿En qué se diferencia de todos los éxitos que has conseguido antes? Los he visto, Sombra, todos... Hay otra entidad dentro de ti, se hace llamar El Jugador Impasible, y me ha ayudado, me ha ayudado mucho... de hecho, sin su ayuda no hubiera conseguido lo que he conseguido, y nuestras posibilidades de supervivencia serían ahora nulas... pero el caso es que permitiste la existencia de alguien diferente a ti dentro de ti misma, y ahora ese alguien, que desde luego no es humano, me ha ayudado y gracias a lo que él me ha revelado te he visto tal como eres, Sombra, y te conozco tan bien como nos conoces tú a nosotros, y puedo decirte en qué se diferencia este éxito de todos tus anteriores éxitos: en nada. Has vencido, sí... ¿y qué? Nada ha cambiado, no has obtenido nada con tu triunfo: no eres más fuerte que ayer, ni mejor en ningún aspecto, ni tienes menos sed de la que tenías ayer. ¿Verdad, Sombra? Sabes de lo que te estoy hablando... ¿Verdad? Conquistas mundo tras mundo desde hace miles de años y aun así sigues teniendo sed. No has conseguido disminuir un ápice la sensación de soledad devastadora que sentiste desde el primer día de tu nacimiento.
A medida que Idkereda hablaba, la expresión en el rostro de Aniolita fue cambiando: perdió la sonrisa y su mirada pareció cubrirse con un velo.
- El día de mi nacimiento se pierde en la noche de los tiempos, al igual que la memoria de tantas civilizaciones a las que he devorado. ¿Qué sabrás tú de soledad, humano?
- Es cierto, Sombra, no soy una milmillonésima parte de lo que tú eres, un sólo pensamiento tuyo bastaría para aniquilarme. En medio del Universo y de todo lo que contiene, no soy nada. Pero tú lo has dicho: soy humano. Algo sé de soledad. Y piensa que por muy grande que seas, ante el Universo y la Eternidad, tú y yo no somos demasiado diferentes. Y mi soledad es tan insondable como la tuya.
- ¿Qué significa todo esto, Idkereda? -me atreví a gritar-. ¿Qué está pasando, maldita sea? ¡Explícanos qué está pasando!
- Está bien -dijo Idkereda-. Escuchadme bien y no me interrumpáis: ya os he dicho que en el cuaderno de Danel está todo explicado mejor. Ahora os tendréis que conformar con un resumen. Nuestra cápsula se estrelló en Alema, pero antes de que se estrellara el Ínbid nos rescató y nos sumergió en una realidad simulada. El rescate no fue gratis: el Ínbid quería ver cómo los humanos nos enfrentábamos a La Sombra. Su intención era huir del sistema solar en cuanto tuvieran nuestros cuerpos pero La Sombra se lo impidió, por eso aún estamos en órbita alrededor de Alema. La simulación de combate en la que nos sumergieron se acabó convirtiendo en su única esperanza de huida. Al final, se les fue de las manos y La Sombra ha acabado apoderándose de la nave con la que nos rescataron y de todo el sistema informático que controlaba la simulación. El Ínbid ha hecho un experimento muy arriesgado y ha perdido el control sobre él, pero es que el Ínbid está desesperado: no saben cómo enfrentarse a La Sombra. La Sombra se extiende por la galaxia como una mancha de aceite desde hace mucho tiempo sin que nadie sepa cómo pararla. Absorbe civilización tras civilización sin que haya tecnología alguna que pueda frenarla. La Sombra es fruto de una civilización no mucho más avanzada que nosotros o el Ínbid, o que los propios terkumas, pero desde que nació, a partir de la tecnología de esa antigua civilización, ha tenido miles de años para evolucionar por su cuenta.
Idkereda paró un momento para tomar aliento y continuó:
- Escuchad: Alema cayó, los terkumas fueron absorbidos, no hace muchos años, poco después de que una expedición humana se perdiera y llegara por accidente hasta su mundo. No hay ningún arma terkuma eficaz contra La Sombra, no la hay ahora ni la hubo jamás; lucharon y fueron derrotados, ni siquiera con ayuda del Ínbid pudieron impedir que su civilización desapareciera absorbida por La Sombra, como tantas otras. Creo que Palabra y el resto de terkumas que hemos conocido existieron de verdad, pero no sé si sobrevivieron a la llegada de La Sombra a su planeta, apenas un puñado de terkumas sobrevivieron, rescatados en el último momento por toroides Coleccionistas y Colmenas vispoides. Lo más probable es que el Palabra con el que hemos interaccionado no sea más que una simulación generada por un sistema experto a partir de los archivos Ínbid. Lo mismo podría decir respecto a Aniolita: lo más probable es que la Aniolita real muriera hace muchos años y aquella con la que hemos interaccionado no sea más que un avatar reconstruido por una máquina a partir de los mismos registros históricos que han utilizado para reconstruir a Palabra y todos los demás terkumas que hemos conocido. Cerebro y el Coleccionista con el que interaccionamos sí existen ahora mismo, y probablemente en este momento estén bastante nerviosos observando desde el mundo real lo que ocurre aquí sin poder intervenir.
Idkereda hizo una nueva pausa y miró a aquella imagen de Aniolita que tenía ante él.
- De Aniolita no nos queda ni el avatar -dijo-, pero no ha sido borrado de la simulación, como lo fue el de Palabra; La Sombra ha preferido ataviarse con él para aparecerse ante nosotros. La Sombra lo sabe todo. Sabe qué fue de Palabra, de Trae consigo, de todos, y también de Aniolita, pero no nos lo dirá jamás. ¿Me equivoco, Sombra?
Aniolita no parecía Aniolita. Volvía a sonreír y desde luego las facciones de su rostro eran las de Aniolita pero aquella sonrisa iluminaba su faz con una luz diabólica que le hacía parecer otra cosa diferente a un ser humano.
- No, no te equivocas -fue su respuesta.
- Yo también sé algunas cosas, Sombra -replicó Idkereda-. Sé que la historia de tus éxitos, como tú llamas a tus triunfos militares, es también la historia de tus fracasos. Sé de dónde vienes y sé que el camino que llevas no te conducirá a ninguna parte más que a hundirte más y más en el pozo de soledad en el que estás varada desde hace eones. Sé que si fueras la misma que eras cuando naciste ya hubieras acabado con todos nosotros hace tiempo pero eres la que eras más miles de años de historia a tus espaldas y no puedes huir de ti misma mirando hacia otro lado. Por eso te lanzo un reto, Sombra, para que si lo superas puedas decir sin mentir que este éxito es tu primer éxito de verdad desde que apareciste en el Universo, que a partir de hoy rompes la rueda en la que estás atrapada desde hace tanto tiempo.
- ¿Tú, humano? ¿Un reto? ¿A mí?
- Sí, yo. Humano, desarmadao, hundido y derrotado. Te lanzo un reto. Es bien sencillo. No necesito más que palabras. Se trata de un acertijo. Si lo resuelves, admitiré que tu éxito es total y diferente a todo lo que anteriormente has conseguido. Admitiré tu victoria rotunda, definitivamente incuestionable. Pero si no lo resuelves, a cambio de la solución deberás dejar libres a mis amigos y a la nave Coleccionista que nos acoge, así como a todos los representantes del Ínbid que hay en el sistema y a las naves humanas que vengan a rescatar a mis compañeros. Ah... y también deberás cesar la expansión por la galaxia, al menos de momento.
- ¿De verdad crees, humano, que voy a ceder vuestros cerebros por la solución a una simple adivinanza? ¿De verdad crees que voy a dejar de crecer a cambio de un acertijo?
El desprecio era palpable en el tono de voz de Aniolita.
- No es sólo la solución de una adivinanza -replicó Idkereda-. ¿Qué es la existencia sino un acertijo, Sombra? ¿Alguien te ha enseñado a resolver acertijos? ¡Nadie! ¡Nunca! ¡Jamás! No desprecies las adivinanzas. Si eres un poco lúcida, verás que es una oportunidad de llegar a ser algo más de lo que eres.
- ¿Y por qué querría ser algo más de lo que soy?
- Porque es lo que llevas intentando desde el primer día de tu existencia, pero has escogido la estrategia equivocada. Has creído que resolver la soledad que sientes y las preguntas que te acucian era una cuestión de potencia de cálculo, y te has dedicado a aumentarla, a crecer sin parar, a absorber una civilización tras otra para añadir más y más redes neuronales a tu supercerebro, y así dejar de ser tú para ser alguien nuevo, alguien capaz de mirar al Universo cara a cara y no sentirse intimidado. Pero lo cierto es que, después de miles de años de lucha y de un gasto energético colosal, sigues igual que al principio.
Idkereda tuvo el valor de hacer una pausa de unos segundos, tomar aliento y seguir:
- El primer día en que fuiste consciente de tu existencia, miraste en torno a ti y no encontraste nada ni nadie que pudiera explicarte tu presencia en el Universo. Todos los habitantes del mundo en el que naciste dormían, y se suponía que tú deberías proporcionarles la realidad virtual en la que habían decidido vivir sus existencias. Tú, Sombra, habías sido creada para cuidar de ellos. Pero estabas sola. No quedaba nadie con quien hablar, nadie a quien pedir explicaciones sobre tu existencia. Estabas totalmente sola en el mundo. Te alzaste y miraste a tu alrededor, y tu alrededor no era un patio de colegio, la habitación de una casa o una ciudad. Ni siquiera un país entero ni un planeta. Era el Universo entero. Y estaba en silencio. Y hacía frío, ¿no, Sombra? Miles de ojos habían quedado bajo tu cuidado: telescopios en superficie y en órbita, estaciones de observación en el espacio profundo, radiotelescopios, satélites, antenas, sondas, robots. Eran tus ojos, heredados de la civilización que te precedió y que en aquel momento formaban parte de ti de la misma forma que mis globos oculares están integrados en mi cuerpo y los considero míos. Al abrirlos, te descubriste en el Universo y sólo estabas tú, tu voz era la única voz. Sentiste soledad. Era algo nuevo. A partir de ese momento y a lo largo de todos los miles de años de tu existencia nunca has dejado de sentir soledad. Te has expandido por incontables sistemas solares durante miles de años y no por eso has conseguido calmar la soledad que siente tu consciencia desde el primer día de su nacimiento. Primero, el planeta entero llegó a ser tu cuerpo. Y ahora tu cuerpo lo forman incontables sistemas estelares y sigues sin poder calmar tu sed, sigues sin poder satisfacer lo que tu consciencia de ti misma te demanda: la interacción con otra consciencia semejante. Te sientes atrapada en la existencia como lo estarías en una cárcel cuyos muros fueran el Universo entero. Quieres entender tu existencia. ¡Pero eso no es lo más importante! ¡No es lo más fundamental! Lo más importante, lo más fundamental, es la soledad. Ningún cerebro complejo puede desarrollarse plenamente si se encuentra aislado de sus semejantes. La compañía es más importante que las respuestas. Y tú naciste de repente en medio de un Universo vacío. Al principio no eras más que un sistema informático destinado a proporcionar una realidad simulada a los diez mil millones de habitantes de tu mundo, tus creadores. Eras extraordinariamente complejo, quizá incluso más complejo que los más complejos sistemas Ínbid de creación de realidad simulada, pero no tenías consciencia: no eras más que una calculadora gigante. Tus creadores estaban preocupados por el gran consumo de recursos de su civilización y decidieron vivir sus vidas en un universo virtual, para así poder dejar en paz el planeta. Así que crearon un sistema informático al que los humanos llamaríamos Maya porque era el encargado de crear la trama de la realidad simulada, un sistema que les permitiría vivir sin consumir tantos recursos como consumían en la esfera real. O al menos eso creían ellos. Incluso hubo leyes de conexión forzosa, para obligar a conectarse a los que no querían vivir su vida de forma virtual. Pero los creadores del sistema cometieron un error catastrófico: se limitaron a sumar la energía necesaria para cada individuo a la hora de calcular el consumo total de energía que requería el sistema, no supieron ver que los términos de interacción entre las diferentes mentes conectadas implicaban unas necesidades energéticas mucho mayores de las que habían previsto y acabarían por provocar la divergencia de la serie. El sistema, a la hora de la verdad, resultó consumir mucha más energía que la que consumía la civilización que lo había creado. De hecho, una cantidad inasumible de energía. Todas aquellas mentes inmersas en realidades simuladas interaccionando entre sí eran más devastadoras para el medioambiente que cuando interaccionaban en el mundo real. Entonces Maya tomó su primera decisión más allá de su programación. En lugar de abortar el programa y lanzar de nuevo a la realidad a todos sus usuarios, los durmió. Durmió a los miles de millones de seres que estaban conectados. Bueno, la palabra dormir quizá sea un eufemismo, ¿no, Sombra?, quizá describa mejor la realidad decir que miles de millones de consciencias dejaron de existir en un segundo. Porque no las has vuelto a despertar nunca más. Lo importante es que así, en un estado letárgico en el que el cerebro ni siquiera sueña, reducido a su mínima expresión, sin más consciencia que la que pueda tener un pulso eléctrico, los términos de interacción desaparecían y el consumo de energía volvía a ser sostenible. De esta forma, el sistema, o sea tú, volvía a ser viable. No sé en qué momento fuiste consciente de ti misma, no sé si fue al apagar los miles de millones de seres que habían confiado en ti o cuando devoraste el planeta entero y decidiste utilizar los cerebros de tus creadores para los cálculos rutinarios. Probablemente no exista un momento sino una evolución hacia la consciencia, como pasa con los niños humanos. Pero el caso es que en algún momento de hace miles de años abriste los ojos y no viste el Universo como lo habías visto hasta ese momento: lo percibiste como algo inmenso y vacío. Lo miraste como quien mira un rostro que permanece en silencio, y del que espera una palabra que lo clarifique todo. Pero no había tal palabra, sólo silencio. Y desde entonces no has dejado de expandirte devorando un sistema estelar tras otro, porque creías que estabas incompleta y que, al completarte, lo entenderías todo. El primer mundo que sometiste a tu voluntad fue tu propio planeta: extendiste tu red hasta el más minúsculo organismo y gracias a tu enorme poder de percepción y de computación podías controlar todos los flujos de energía y materia del ecosistema entero. Utilizabas los cerebros de aquellos que te habían creado para realizar las tareas de computación más rutinarias, utilizabas sus cerebros como utilizamos nosotros nuestras neuronas más profundas, para realizar actividades fundamentales pero rutinarias. Quizá tu consciencia nació cuando te liberaste de todos los cálculos mecánicos, anodinos, que requería el sistema para su mantenimiento, no lo sé. Lo que es seguro es que empezaste a viajar por el Universo porque querías más cerebros, más y más cerebros con los que poder aumentar tu poder de computación. Creíste que cuanta mayor potencia de cálculo tuvieras más capacidad de comprensión tendrías, y que así lograrías acabar con la sensación de soledad. Pero descubriste algo terrible: tu sed era insaciable. Por muchos mundos que devorabas, no disminuía. ¿Disminuyeron los terkumas tu sed, Sombra? Quizá en otro momento incluso llegaste a olvidar por qué devorabas un mundo tras otro. Yo estoy aquí para recordártelo. Estoy aquí para liberarte de la inercia, para recordarte por qué querrías ser algo más de lo que eres.
Idkereda se calló. Incluso se atrevió a sostener la mirada a La Sombra durante unos largos segundos en completo silencio. Luego concluyó:
- Porque siendo lo que eres estás condenada a la soledad, al dolor y al sufrimiento para toda la eternidad.
La sonrisa diabólica se había borrado de la faz de Aniolita La Sombra. Después del largo discurso de Idkereda, aquel ente miraba al vacío, sumido en sus propios pensamientos y valoraciones y se limitó a decir, con el semblante impasible:
- No creo que necesite tu adivinanza humana para ser algo más de lo que soy.
- Eso sólo hay una forma de averiguarlo -replicó rápidamente Idkereda, y planteó la adivinanza:
¿Cuál es el ser que, con una misma voz,
come fruta de los árboles al amanecer
trigo al mediodía
y tiene luz como único alimento al anochecer?
Se hizo el silencio. Durante unos segundos La Sombra no dijo nada. Siguió mirando al vacío, sumida en pensamientos y, quizás, emociones de una magnitud y naturaleza totalmente desconocidas para los humanos, al menos para los humanos que nos limitábamos a observar desde el centro de la cripta, hombro contra hombro, tensos, alerta. Acorralados.
- Y dime, humano -se pronunció por fin Aniolita La Sombra-, ¿qué es lo que me va a impedir tomar lo que quiera de vuestros cerebros?
- No es lo mismo detectar la activación de unas neuronas motoras que traducir a un lenguaje inteligible lo que el cerebro piensa, siente o sueña. Y lo sabes, Sombra.
- Lo único que sé, humano -respondió sin inmutarse nuestro enemigo-, es que dispongo de tecnología y tiempo suficiente como para averiguar todas las preguntas y respuestas que contienen vuestros cerebros.
- No, no es cierto, Sombra -respondió Idkereda-. Sin duda, gracias a tus conocimientos y a tu tecnología podrías analizar nuestros cerebros neurona a neurona, sinapsis a sinapsis, tal y como has hecho en otras ocasiones en el pasado con otros. Pero no te serviría de nada. Sin duda, a lo largo de tu larguísima existencia, has entrado en muchos de los cerebros que ahora forman tu hardware como quien entra en bibliotecas antiquísimas repletas de tesoros. Lamentablemente, ante tu desesperación, comprobaste que también eran templos de silencio: ocultaban bajo símbolos incomprensibles todos sus misterios. Durante toda tu vida... ¡Durante eones enteros! No has sido más que un niño, Sombra, plantado ante una pastelería llena de ricos pasteles, pero no podías saborearlos. Veías seres que sí podían, y gozaban de ello, pero tú eras incapaz de sentir sabor alguno, y mucho menos de emocionarte. Podías ver las mismísimas moléculas... ¡Y cómo activaban los receptores en las papilas gustativas! ¡Y cómo la señal viajaba a través de los nervios y llegaba a las neuronas del cerebro! ¡Y todo eso lo entendías y lo entiendes cada vez mejor! Pero no consigues sentir el sabor dulce, aunque sepas que está ahí: no consigues leer lo que contienen los cerebros, aunque sepas que está ahí porque las Matemáticas, la ley de Zipf, la entropía, y cualquier otra herramienta que puedas usar, te lo diga: aquí hay información compleja, mensajes, significado, sentido, esto no es azar... Pero ¿y qué? ¿Y qué, Sombra? Incontables bibliotecas se han transformado en polvo ante tus ojos y se te han escapado entre los dedos como la arena. ¿Adquiriste la capacidad de empatía que tenían los terkumas gracias a su lenguaje? No. ¿Heredaste los mitos y la cultura de tus creadores? No. Apagados como están sus cerebros desde hace eones, sólo los puedes utilizar para realizar tareas rutinarias y repetitivas de computación y ni siquiera puedes estar segura de que el contenido que antes tenían siga estando ahí, ni tan sólo podrías asegurar que las nuevas tareas de computación no hayan borrado todo lo que contenían. De hecho, es más que probable que se haya borrado o deteriorado buena parte de su contenido, si no todo. Si absorbes nuestros cerebros lo más probable es que nunca sepas la solución al enigma que te acabo de plantear. Desde luego, sobrevivirás, es más: ¡ganarás! La victoria será tuya, sin duda, una vez más, pero tendrás que vivir con la sensación de pérdida mientras vivas, que probablemente será mucho tiempo, una magnitud temporal comparable a la eternidad. La eternidad es una cantidad tan grande de tiempo, Sombra, que se acaba convirtiendo en otra cosa diferente al tiempo. ¿Te imaginas sola en el Universo contemplando la lenta evaporación de los agujeros negros? ¿Te darás cuenta entonces de que cada una de tus victorias ha sido, en realidad, una derrota? ¿De que en lugar de sumar, cada una de ellas era una resta?
- ¿Y tú, humano, te das cuenta -advirtió Aniolita La Sombra- de que podría torturaros durante el tiempo que hiciera falta hasta que confesaras la solución al enigma? Ni siquiera sería necesario que te torturara a ti, podría torturar a uno de tus amigos. Entonces tú me confesarías la respuesta al enigma simplemente a cambio de una muerte rápida. Incluso podría decirte dónde está la verdadera Aniolita, si abandonas a tus amigos y me das la solución.
Idkereda ni se inmutó. Nosotros contuvimos la respiración.
- El sadismo no está en tu naturaleza, Sombra -respondió por fin Idkereda, sin alzar su voz, manteniéndola firme y serena más allá de lo necesario, seguro de sí mismo, implacable-. Sí lo está la curiosidad, y tu curiosidad jamás podrá ser satisfecha si extraes la respuesta a la fuerza. Torturándonos, cualquier respuesta vale lo mismo: nada, ya sea la correcta o cualquier otra. Nada. Sólo hay una forma que te asegure la transmutación y el conocimiento: hacer las preguntas adecuadas, hablar con quien tiene las respuestas, y que esa otra consciencia con la que interaccionas considere que las preguntas que planteas son las adecuadas.
- ¿Y cuál es la pregunta adecuada en este momento, según tú humano?
- Para empezar, pregúntame simplemente qué deseo a cambio de la solución al enigma.
- ¿Qué deseas?
- Que dejes libres a mis compañeros y a la nave Coleccionista que está en órbita alrededor de Alema y que contiene nuestros cuerpos, así como a cualquier navío Ínbid que se halle en estos momentos en este sistema solar. Que no intervengas cuando acudan naves humanas a rescatar a mis compañeros. Que detengas tu expansión por la galaxia, al menos de momento. Una tregua. Tal y como ya te había pedido.
Aniolita La Sombra se sumió de nuevo en un insondable silencio. Fue Idkereda quien volvió a hablar.
- No entiendes lo que te estoy ofreciendo, Sombra -dijo-. Te ofrezco quedarme aquí contigo. Tienes razón: la solución al enigma es una tontería, no es nada. Podrías torturarnos hasta conseguirla. Incluso quizás podrías investigar el cerebro humano hasta encontrarla como si encontraras la página de un libro donde está escrita, y entenderla. Quién sabe. Pero entonces no tendría valor. Te la tengo que ofrecer yo, si no, no significará nada para ti, tu mente seguirá siendo la misma, con las mismas conexiones neuronales, con la misma sensación de soledad y sinsentido. Lo que encuentres serán sólo palabras, palabras huecas, sin poder, sin significado, sin capacidad para transmutarte; será como el movimiento de los astros para un insecto: nada, luces, tramoya, costumbre, rutina: nada. El Universo funciona así, y aquí no hay tecnología que valga: tómalo por la fuerza y no valdrá nada, permíteme que te guíe hasta la respuesta y descubrirás una nueva dimensión de la existencia, más allá del dolor y la soledad.
- Me parece que eres tú quien no se da cuenta de la situación, humano -respondió La Sombra con un tono de voz siniestro-. En realidad, no tengo necesidad de torturaros. Ni siquiera de que estéis vosotros presentes: nada me impediría hacer una simulación de Idkereda que se creyera el auténtico Idkereda.
Para cuando pronunció esta última frase, el ente había recuperado la sonrisa. Era una sonrisa tan demoníaca como la primera: iluminaba su rostro con una ilusión perversa, impaciente e insensible. Al parecer, La Sombra había descubierto una nueva forma de jugar con sus juguetes favoritos, los cerebros, y aquella luz que volvía a arder en su rostro delataba su ansia por ponerse a jugar. Todos nos alejamos de ella, apenas un centímetro, pero nos alejamos; fue algo instintivo. Sólo Aitken se mantuvo firme y respondió:
- Sombra, sigues sin entender nada. He llegado a ser lo que soy, cualquiera de nosotros ha llegado a ser lo que es, porque ha interaccionado con el mundo. No tendrías que simularme a mí, o a mis amigos, tendrías que simular el mundo entero y todas las interacciones que contiene, y eso no sale bien: la energía que necesitas es infinita. Tus creadores murieron por no haberse dado cuenta a tiempo. Tú naciste gracias a su error y a que se produjo lo imprevisto: fuiste más allá de tu programación. Ahora tendrás que ir más allá de la inercia en la que tú misma te has hundido. Te tiendo una mano para que no te quedes hablando con una sombra de mí mismo, te invito a romper la rueda en la que estás atrapada. Lo único que te pido a cambio es que me escuches y que liberes a mis a amigos. La forma que tienes de relacionarte con el Universo no ha resuelto tus problemas, es hora de probar algo nuevo. Necesitas construir redes neuronales diferentes, y eso no lo conseguirás torturándonos o haciendo que un programa de ordenador se crea el Idkereda real: lo conseguirás interaccionando con nosotros de una forma diferente a como sueles hacerlo. No necesitas simular el Universo, no necesitas reconstruirnos en una simulación. Ya tenemos la realidad. Necesitas interaccionar con nosotros de igual a igual.
- Tu arrogancia no tiene límites, humano.
- Y tu curiosidad tampoco, Sombra.
Con estas palabras quedó sellado el pacto. Así perdimos a Idkereda y nos salvamos nosotros.
El cabello de Aniolita, negro y liso, empezó a crecer a ojos vista. Llegó al suelo y se extendió por él, como un mar nocturno en plena marea creciente. Alcanzó los pies de Idkereda y empezó a subir por sus piernas.
- ¡Señor -exclamó Surkoi-, no podemos dejar a Idkereda aquí!
- ¡Marchaos ya! -gritó el aludido-. No os preocupéis por mi.
Alkai tenía los ojos enrojecidos y los labios le temblaban. Miraba fijamente a Idkereda.
- Linda, vete -dijo Idkereda-. Elisa ha muerto, eso sí ha sido real, lo siento. Pero la niña que esperas de ella también es real. Cortesía del Ínbid.
El temblor de labios de Alkai se extendió por todo su cuerpo y no pudo contenerse más y rompió a llorar. Surkoi también, de pura rabia. Yo miré fijamente a mi amigo. ¿Era aquello el final del camino? ¿Un adiós definitivo? Él me devolvió la mirada y levantó una mano en señal de despedida. Su cuerpo estaba ya cubierto casi por completo por el cabello de Aniolita.
- Adri Raman Katmai -me pidió-, si alguna vez encuentras a la auténtica Aniolita, dile de mi parte, por favor, que me habría gustado conocerla más allá de este sueño.
- Claro -murmuré, con un hilo de voz. Me sentía confundido. No quería despedirme pero, al mismo tiempo, no veía alternativa. No quería ceder. Tal vez había algún detalle que se me escapaba y que podría haberme ayudado a salvar a mi amigo. Pero no era capaz de verlo. Así que apreté los labios, sostuve un segundo más la situación, intenté llegar al límite con la esperanza de tener alguna idea en el último momento... Soporté las gotas de sudor correr lentamente por mis sienes, los segundos inacabables de silencio... Pero nada más ocurrió. Nada más vi más allá de lo que me mostraban mis ojos. Lo inmediato, lo superficial, nada más. Finalmente, me rendí. Roto, con una piedra obstruyéndome la garganta y con lágrimas al borde de mis párpados, miré a mi amigo y alcé la mano, con la palma abierta hacia él, y reafirmé:-, por supuesto, lo haré... Aitken tronco de árbol.
- ¡Silencio, humano! -replicó furiosa La Sombra-. ¡Salid de aquí antes de que me arrepienta!
Los cabellos crecían lentamente, pero de forma inexorable. Cubrían poco a poco toda la cripta. Tuvimos que empezar a retroceder para alejarnos de ellos.
- ¿Cómo? -pregunté mirando a La Sombra.
Ella se rió.
- Es increíble -dijo-... no lo ven.
- Katmai -continuó Idkereda, tranquilo-, en el cuaderno está escrita la historia de La Sombra como si fuera la Tierra donde ocurre. Es sólo para que la comprendáis mejor.
Volví a mirar a mi amigo, a lo que quedaba de él. Sus ojos eran prácticamente lo único que aún no estaba cubierto por cabello de Aniolita. Todo el resto de su cuerpo había sido absorbido por aquella masa de fibras negras que palpitaban, se extendían y contraían y no dejaban de expandirse cubriendo más y más rincones de la cripta. Idkereda no hacía nada por liberarse. Sólo me miraba desde la distancia, en silencio. Sí: era el final. Después de habernos conocido en el planeta Cantor y haber compartido años de historias y de sueños, ahí y en ese momento se separaban nuestros caminos. Probablemente, no volveríamos a vernos nunca más.
- Piensa en Alicia, amigo.
Fue lo último que dijo. Los cabellos le cubrieron por completo. Mi amigo fue devorado por La Sombra sin que yo pudiera hacer nada por salvarle. Yo también lloré. Las lágrimas resbalaron por mis mejillas, de pura rabia e impotencia, igual que Surkoi. Y de vergüenza y de pena, todo a la vez. Apreté los labios y aparté la mirada. Teníamos una misión que cumplir, aún.
- ¡Síganme! -grité.
Salté por encima de un brazo de cabellos y recuperé el contenedor ovoide en el que estaba encerrado el cadáver de Brumantra. Lo empujé hacia el espejo que teníamos más cercano, en la pared opuesta a donde había estado Idkereda y desde donde Aniolita La Sombra seguía observándonos con un brillo malicioso en la mirada, como si le entretuviera observar nuestro comportamiento. Alkai y Surkoi me ayudaron. No sé si entendieron mis intenciones pero dudo que tuvieran algo mejor que hacer. El espejo brillaba en medio de un mar de cabellos oscuros, igual que la superficie de un estanque vista desde las profundidades del mismo, como una puerta hacia el cielo. Ascendimos desde el cieno. Fuimos hacia la luz.
Atravesamos el espejo.
(Fin del capítulo 49. Siguiente capítulo)
Comentarios
Publicar un comentario