Capítulo 48. PLATA.

 


Señor, estos incurdroids no son los mismos que eran cuando llegamos a este planeta.

Alkai tenía razón. Me había dado cuenta poco después de disparar al incurdroid de Idkereda. Los cambios eran sutiles, pero importantes.

Ya me he percatado, respondí.

Ni siquiera había intentado ponerme en contacto con Trae consigo. Volábamos en modo silencioso, a muy baja altura, casi rozando la superficie del océano. No queríamos que La Sombra descubriera fácilmente nuestra posición.

No se preocupen, intervino Surkoi, son las mismas modificaciones que hicieron con el mío. No han tocado las pilas de antimateria ni el sistema de impulsión...

Hablábamos entre nosotros mediante nuestros sistemas telepáticos y con los incurdroids en formación cerrada para que estuvieran en contacto mediante fibras de comunicación.

Efectivamente, le interrumpió Alkai, según consta en los registros de actividad lo único que han hecho ha sido añadir armas de criogenia antientrópica.

Dos criobombas montadas en misiles, transmitió Surkoi, dos fusiles aleph y dos cajas de munición por incurdroid.

Así es, confirmó Alkai

A mi no me dieron fusiles porque cuando me enviaron a rescatarles aún estaban fabricándolos, explicó Surkoi, pero las criobombas son las mismas.

Pues ya saben lo que esto significa

¿A qué se refiere, señor?

Los terkumas no han modificado los cañones de lanzamiento. Si tenemos que utilizar las criobombas...

... tendrá que ser sacrificando el incurdroid, tal como hizo Surkoi.

Así es, confirmé, un disparo convencional contra esos malditos erizos no sirve para nada.

Señor, después de todo quizá no deberíamos haber enviado ese mensaje. No sé si entiende lo que quiero decir.

Perfectamente,  transmití, tal vez, enviar el mensaje de socorro haya sido egoísta. Por otra parte... si existe un peligro como los keruvas escondido en las profundidades del espacio, ¿no cree usted que deberíamos advertir enseguida a la Humanidad? No sé... Uno no puede empuñar un arma y pensar al mismo tiempo. Actúa por instinto o por inercia, sin pensar en las consecuencias, y la inercia era enviar el mensaje.

El último pensamiento era una reflexión personal pero el sistema telepático no lo distinguió de los anteriores y lo transmitió igualmente. Al cabo de un segundo, añadí:

No sé si teníamos alternativas mejores, pero sí sé que no podemos desentendernos de lo que está pasando. Enviar ese mensaje puede parecer egoísta pero tal vez era la mejor opción. Lo cierto es que nuestro deber es alertar a la Humanidad. Tarde o temprano se encontrará con La Sombra y cuanta más información tenga sobre ella mayor será su probabilidad de supervivencia. Si no hubiéramos enviado el mensaje, lo único que habríamos conseguido es retrasar lo inevitable y perder una ventaja estratégica importante. Y si hubiéramos enviado un mensaje de advertencia solicitando que nos abandonaran y pusieran la zona en cuarentena, habrían enviado igualmente naves a explorar. Estoy seguro de que buena parte del Almirantazgo habría sido partidario de investigar, sobre todo en medio de una guerra... en medio de una guerra no puedes hablar de un arma invencible y esperar que el Almirantazgo se quede con los brazos cruzados. Habrían enviado varias constelaciones de combate por mucho que les hubiéramos suplicado que no lo hicieran...

Tras unos segundos de reflexión, concluí:

Cuando acuda la constelacón Esparta, es muy probable que la Humanidad se vea involucrada en otra guerra, desgraciadamente. De todas formas, hasta ahora todas nuestras acciones contra La Sombra han sido meramente defensivas y han respondido siempre a un ataque previo por su parte. Mejor será que siga siendo así. al menos de momento. Es una orden.

La orden zanjó la conversación.

Poco después vimos varias estelas de lanzamiento elevarse más allá del horizonte y curvarse suavemente, intentando escapar del pozo gravitatorio del planeta. Los incurdroids empezaron a frenar: estábamos llegando. Ganamos un poco de altura y el manglar pasó como una exhalación bajo nosotros. Llegamos al mar interior y por fin el árbol-torre donde nos habían alojado los terkumas quedó al alcance de nuestra vista. Además de los edificios que ya conocíamos vimos multitud de lanzaderas que emergían del mar y apuntaban con sus morros puntiagudos hacia el firmamento. Refulgían al sol. Tenían forma de conos esbeltos, puntiagudos en su parte más alta y deformados con glóbulos hinchados que colgaban adheridos al cuerpo principal igual que uvas de un racimo. Al fijarnos bien, vimos que estaban ligeramente arqueadas, como los delfines cuando saltan. Y vimos delfines: también los evacuaban, al menos a algunos de ellos. Había miles de lágrimas de transporte que unían las raíces y las terrazas de los árboles-torre con los glóbulos de las lanzaderas. Incluso había algunas lágrimas que salían del lejano manglar. Unas pocas iban ocupadas por delfines: la inmensa mayoría por terkumas. Había también muchos terkumas que observaban y ayudaban a sus congéneres a subir a las lágrimas pero que se quedaban sin subir ellos mismos. Iban armados. Comprendimos que eran la última línea de defensa frente a La Sombra.

Las lágrimas chocaban suavemente con los lóbulos de las lanzaderas y se adherían a ellos. Entonces los ocupantes atravesaban la pared de la lanzadera como si atravesaran una cortina de agua y, una vez habían desaparecido en el interior de la nave, la lágrima se deshacía y el agua que la había formado se escurría lanzadera abajo hasta unirse de nuevo al mar. De vez en cuando, una lanzadera despegaba con sus motores rugiendo a toda potencia. Se elevaba dejando una estela de vapor blanco tras de sí y desaparecía más allá de la troposfera al encuentro con la nave coleccionista o nido vispoide que pudiera acoger su carga de evacuados. La mayoría, sin embargo, aún estaban posadas en el mar, sobre unos trípodes que hacían el papel de plataformas de lanzamiento.

La tristeza me embargó, y supongo que a Surkoi y Alkai también. Observamos todo aquel espectáculo sabiendo que la mayor parte de terkumas estaban condenados a quedarse varados en su planeta, luchando contra un enemigo al que no podían derrotar, condenados a muerte igual que en la primera invasión keruva, cuando los terkumas no disponían de tecnología aleph ni tenían aliados Ínbid que pudieran sacarles de su sistema solar.

No podíamos hacer nada por evitarlo.

Aun suponiendo que la constelación Esparta, o cualquier otra, llegara a tiempo, no habría espacio suficiente para alojar al pasaje de una sola de aquellas lanzaderas. Las cosmonaves que forman parte de constelaciones militares apenas tienen espacio libre. Y el acceso a ellas se rige por protocolos tan estrictos que, probablemente, el capitán no hubiera ni siquiera permitido que una de aquellas lanzaderas se acercara a la esfera de influencia de la constelación.

Lo único que podíamos hacer era lo que estábamos haciendo: intentar sobrevivir, cumplir con nuestra misión, ser portadores de un mensaje crucial, desconcertante, sobrecogedor y alucinante, todo a la vez: buena parte del Ínbid quería la paz con los humanos. Apreté los dientes con fuerza: aquella certeza no era ningún consuelo. La impotencia, por muy cierta que sea, sólo consuela a los remilgados y a los cobardes. Así que apreté los dientes y aceleré el incurdroid, deshicimos la formación cerrada y pasamos volando entre las lanzaderas. En realidad, antes de llegar al manglar ya se había hecho evidente ante nuestros ojos que toda la sociedad terkuma se había movilizado espoleada por una amenaza de muerte. Surcando el cielo, alejándose del manglar, habíamos visto varios drákars semejantes a aquel con el que Palabra nos rescató del mar. Nos cruzamos con ellos a toda velocidad pero las cámaras de los incurdroids nos ofrecieron imágenes de sus respectivas cubiertas y puentes con todo lujo de detalles. Iban repletos de guerreros terkuma ataviados con sus armaduras de cangrejo y en formación de combate, impasibles y dignos, dispuestos a la lucha sin el menor asomo de duda, aunque cualquier esperanza de victoria fuera vana. Todas las embarcaciones voladoras surcaban la atmósfera hacia el horizonte donde estallaban las luces de la batalla.

Vimos también serpientes de transporte deslizándose como anguilas eléctricas a pocos metros bajo la superficie del mar, dirigiéndose al mismo horizonte que los drákars, y cuando llegamos al manglar, multitud de terkumas encaramados en la copa de los árboles portando toda clase de armas inútiles y antenas y estandartes.

Ninguno de ellos intentó ponerse en contacto con nosotros.

Di órdenes a Alkai de permanecer en el aire, sobrevolando el árbol-torre, y de vigilar todos los alrededores, y a Surkoi de seguirme al interior. Descendimos y nos introdujimos en el edificio por una de las dársenas. Sobrevolamos el canal de agua a tan poca altura que los estabilizadores rozaban el agua. Avanzamos hasta el centro del árbol-torre, vimos el sauce de fibras ópticas y ascendimos por el hueco central del edificio, el patio de luces rodeado de galerías que daban acceso a las viviendas terkuma y a todo el resto de estancias. El paisaje era desolador: las dársenas estaban vacías y la espina dorsal del árbol-torre estaba apagada, opaca y aparentemente petrificada. Se erguía en el centro de aquel enorme hueco, ondulada como una gruesa liana que se enrollara sobre sí misma pero carecía ya de la luminosidad y del pulso que siempre habíamos visto en ella. No quedaba nadie. El más leve rastro de vida había abandonado aquel lugar. El árbol-torre estaba abandonado.

¿Sabe dónde guardan el cuerpo de Brumantra?, pregunté a Surkoi.

Creo que sí, señor, me contestó.

Pues encárguese de él, le ordené, yo iré a buscar a Idkereda.

Surkoi detuvo su incurdroid en el piso donde habíamos celebrado la ceremonia de despedida de Brumantra. Yo seguí ascendiendo hasta la enfermería, donde los terkumas habían intentado salvarle la vida y donde supuse que habrían intervenido a Idkereda. Cuando llegué, detuve el incurdroid, hice que se posicionara justo al lado de la galería de tal forma que la cabina quedara a la altura del pasamanos, desconecté mi cerebro de la máquina, emergí de la cabina y salté la barandilla. Fui corriendo a la enfermería. Temía no dar con ella, ni siquiera estaba seguro de que aquel fuera el piso correcto. Pero ese temor se disipó rápidamente y fue substituido por un aguijonazo de pánico porque cuando la encontré, no vi a Idkereda dentro: no había nadie, estaba totalmente vacía, ni siquiera había servidores mecánicos. Todas las cápsulas de cronostasis estaban vacías e instrumental médico terkuma yacía disperso por el suelo, como si hubieran abandonado la estancia precipitadamente.

Miré a mi alrededor.

El silencio era absoluto, casi irreal.

Intenté ponerme en contacto de nuevo con Idkereda.

Esta vez sí obtuve respuesta y, gracias a eso, el aguijonazo de pánico no se convirtió en ataque de desesperación absoluta.

¿Dónde se encuentra?, le pregunté telepáticamente.

En la habitación que han habilitado para nosotros los terkumas estos días.

Yo estoy en la enfermería, ¿se encuentra bien?

Perfectamente, señor, sólo estoy dos pisos por encima de usted.

Salí corriendo. Ni siquiera me molesté en meterme de nuevo en el incurdroid. Subí corriendo por las rampas que conectaban las galerías y ordené al incurdroid que ascendiera por el patio de luces. Al mismo tiempo, transmití:

Prepárese, tenemos que salir cuanto antes de aquí. ¿Está Aniolita con usted?

Sí, señor.

Cuando llegué, vi a Idkereda y a Aniolita sentados en el borde de una de las camas. Me detuve en el umbral de la puerta. Necesitaba recuperar aliento. Apoyé los brazos en el marco, respiré profundamente varias veces y les observé. Mi incurdroid aguardaba levitando a mis espaldas. Idkereda estaba escribiendo en el cuaderno de Danel Primero. Escribía a un ritmo frenético. Aniolita apoyaba una mano en su antebrazo izquierdo.

La luz suave de la tarde inundaba la estancia.

Había algo más: el columpio-silla de Palabra. Vacío. El espacio que siempre ocupaba nuestro mentor y amigo y que ahora permanecía desocupado, abandonado como todo el interior del árbol-torre. El columpio colgaba exangüe del techo de la estancia. La ausencia de Palabra marcaba la geometría y el significado de aquel espacio, convertía ese columpio aparentemente inocente en un hueco que me volvía del revés cuando lo contemplaba, de tal forma que, al mirarlo, tenía la impresión de estar ante mi propio interior burbujeante de recuerdos, imágenes y sensaciones que emergían de la nada y aparecían ante mi consciencia, brillaban un instante y volvían a zambullirse en el pasado para ser sustituidos por otros recuerdos, igual que si fueran fugaces partículas subatómicas emergiendo de la espuma cuántica para enseguida disgregarse otra vez en ella. Tragué saliva y, sin dejar de mirar hacia mi propio interior, dije:

- ¿Qué hacen aquí? ¿Cómo es que no están en la enfermería?

Fue Aniolita quien contestó. Idkereda continuó escribiendo, sin hacerme caso alguno. No había levantado la mirada del cuaderno ni siquiera al aparecer yo bajo el dintel de la puerta.

- Al final no ha sido necesario intervenir quirúrgicamente -explicó Aniolita-, le han inyectado nanobots especializados y los han teledirigido con máquinas externas hacia los tejidos dañados.

Avancé hacia ellos.

- Después, los médicos se fueron -continuó Aniolita-, nos dejaron solos. Nos explicaron que ustedes vendrían a buscarnos, que no tardarían mucho. Idkereda quiso que viniéramos aquí. Quería escribir en el cuaderno.

- ¿De dónde ha sacado esa pluma?

- Se la he regalado yo -contestó Aniolita-, era de mi padre. Es una antigualla, lo sé, pero le servirá para escribir en el papel.

Por fin, me planté ante Idkereda y le zarandeé.

- ¡Idkereda! -grité- ¡Le estoy hablando!

- Sí, señor, le escucho -me contestó, pero no dejó de escribir.

Maldije entre dientes, le agarré por los brazos y le puse en pie.

- Tenemos que irnos -apremié- ¡Ya! ¿Comprende? ¿Se encuentra bien?

Siguió escribiendo mientras asentía levemente. Aniolita me ayudó a llevarlo hasta la puerta.

- Usted, Aniolita, tendrá que decidir si venir con nosotros o irse con los terkumas.

- Si estoy todavía aquí -me contestó ella mientras atravesábamos la puerta y salíamos a la galería- está claro con quien he decidido quedarme ¿no?

En aquel momento apareció el incurdroid de Surkoi por detrás del mío.

Aniolita dio un respingo.

- No se asuste -dije-, es Surkoi.

Entonces escuché la voz de Alkai resonar en mi cabeza. No era su voz: eran sus pensamientos, pero al igual que su voz tenían un timbre inconfundible.

¿Estamos en guerra, señor?

Me detuve en seco. Fruncí el entrecejo. Idkereda se apoyó en la barandilla y siguió escribiendo, ajeno a cuanto le rodeaba. Hice un gesto a Aniolita con la mano, indicándole que esperara un minuto.

¿Qué quiere decir?, transmití.

Quiero decir, señor, que tenemos problemas, fue la respuesta de Alkai, uno de esos erizos gigantes se aproxima siguiendo la ruta por la que hemos llegado nosotros. Ahora está cruzando el manglar pero no tardará en llegar hasta aquí...

¿Qué hacen los terkumas?

Lo que deberíamos hacer nosotros, señor: ¡Atacar!

No haga nada, ordené, ¿entendido? No intervenga: es una orden directa.

Abrí el iris de la cabina y lo único que nos separó de su interior fue la membrana de piel sintética.

- ¡Venga, Idkereda! -grité- ¡Para adentro!

Hice un gesto a Aniolita para que siguiera a Idkereda. Dudó.

Perdone, señor, la teoría de la no intervención y el no molestar para que nos dejen en paz está muy bien pero...

Insistí.

Finalmente saltó la barandilla, atravesó la membrana y entró en el incurdroid.

... no sé si ha tenido en cuenta que esas cosas van a ir a por nosotros les molestemos o no.

Salté. Quedé cubierto de piel sintética, igual que Aniolita e Idkereda, que seguía escribiendo. Mi cuerpo se conectó al de la máquina de forma casi instantánea. El incurdroid había reconfigurado la cabina de forma automática, pero incluso una cabina reconfigurable tenía sus límites: estábamos bastante estrechos.

¡No haga nada!, repetí.

Pensé que Alkai tenía razón, y que con la fuerza que le daba la razón, me contestaría intentando convencerme de que deberíamos atacar, a pesar de ser yo su superior, pero en lugar de eso llegó hasta mi una exclamación templada y un susurro helado con el mismo tono que tendría una persona que no se atreve a moverse bruscamente porque acaba de descubrir una cobra que la mira fijamente.

Salgan de ahí, transmitió Alkai, ya

Nos vamos, Surkoi, transmití enseguida, ¡Arriba! ¡Fuego de pulverización y salimos!

¡Sí, señor!

Aumentamos la potencia de los impulsores y apareció una aceleración neta hacia la cúspide del árbol-torre que nos aplastó a todos contra la parte trasera de la cabina. Abrimos fuego al unísono y la parte más alta del árbol-torre quedó pulverizada. La terraza donde Palabra daba clases de astronomía a los pequeños terkumas, y el último tramo de rampas y ascensores de acceso se volatilizaron, quedaron convertidos en una densa nube en la que el escombro más grande no era mayor que una semilla de mostaza.

- ¡Sujétense! -grité, y atravesamos la nube a toda velocidad.

Emergimos de nuevo al día, al sol.

A la realidad.

La realidad era que la nave keruva, erizo de mar o esfera alanceada o lo que fuera, había aumentado su velocidad de forma súbita y en la mitad de lo que dura un suspiro se había plantado en la ciudad terkuma, entre edificios y lanzaderas espaciales. Justo al lado del árbol-torre del que acabábamos de emerger nosotros.

Busqué inmediatamente a Alkai

A simple vista no la hubiera encontrado nunca pero los sentidos del incurdroid eran mucho más agudos que los míos y, fusionado con la máquina como estaba, sus sentidos eran los míos. Así que no me fue difícil detectarla.

Estaba muy por encima de nosotros pero no porque hubiera iniciado la huida hacia una órbita segura sin esperarnos: en realidad, estaba buscando una posición estratégica. Se había encaramado a una atalaya inmaterial desde donde podía ver toda la escena en su conjunto.

Desde donde estábamos nosotros, en cambio, sólo podíamos tener una visión de perfil, pero era suficiente: adiviné lo que se disponía a hacer. La escena era evidente: el erizo intentaba impedir que las lanzaderas transportaran su preciosa carga de cerebros terkumas a las cosmonaves Ínbid que esperaban en órbita, más allá de la atmósfera. Algunas de sus púas se habían transformado en tentáculos flexibles que se extendían hasta abrazar varias lanzaderas a punto de partir. Incluso uno de aquellos tentáculos, fino y contundente como un látigo negro, se había enredado en una lanzadera que había iniciado ya el vuelo hacia una órbita planetaria y la retenía a pesar de que sus motores estaban encendidos a plena potencia.

¿Estamos o no estamos en guerra, señor?

El casco de la lanzadera no aguantaría mucho tiempo la tensión. Los pocos soldados terkuma que se enfrentaban al erizo keruva caían uno detrás de otro desde el aire. Desde las raíces del árbol-torre y desde azoteas y otros edificios un puñado de terkumas, que ni siquiera iban protegidos con uniformes militares, insistían en disparar contra el gran erizo. Era inútil. La inmensa mayor parte de terkumas huían despavoridos, se refugiaban de nuevo en el árbol-torre, se tiraban al agua, intentaban ganar a nado alguna embarcación, volaban alejándose en frágiles lágrimas de transporte, todo en un vano intento por salvarse. Vi que algunas lágrimas se dirigían hacia la Casa de la Palabra, que se destacaba en la lejanía.

Todo era inútil.

Atacar o intentar huir.

El erizo los atrapaba y los absorbía, uno a uno o a puñados, pero de forma inexorable, implacable.

Vi cómo algunos terkumas se suicidaban, se lanzaban cabeza abajo desde los pisos más altos de los árboles-torre, se entregaban a los brazos de un amigo para quedar ensartados en la lanza que sostenía y ensartarle en la que sostenían ellos. Se disparaban en medio de un terremoto de colores que encendía su cráneo antes de quedar súbitamente gris. Palabra estaba muerto, Trae consigo probablemente también a esas alturas. Me pregunté qué habría sido de Manglar a la deriva, Árbol de luz o Soledad del vigía, o de los amigos de Nevando cerezas, aquellos niños llenos de curiosidad que subieron al barco, impacientes por ver humanos, si habrían logrado escapar en las pocas lanzaderas que habían salido ya, o formarían parte del pasaje de la que estaba a punto de explotar atrapada por el tentáculo keruva, o de alguna de las otras que ni siquiera habían encendido motores aún, o estarían entre la masa de terkumas que eran presa del pánico más absoluto ante nuestros ojos. Lo habíamos oído todos perfectamente en la selva: humanos, lucháis bien. Quiero vuestros cerebros....

Molestemos o no.

Maldita sea, Alkai, transmití.

Fue suficiente. Cayó en picado contra el erizo gigante y aceleró, con los impulsores encendidos a la máxima potencia. En realidad había iniciado el movimiento una fracción de segundo antes de oír mi voz pero esto no lo escribiré jamás en un informe oficial.

Asumiré toda la responsabilidad.

Surkoi le transmitió el protocolo a seguir para realizar un salto aleph atmosférico sin que los sistemas de seguridad del incurdroid lo impidieran.

Idkereda seguía escribiendo.

Alkai aceleró aún más, hasta los límites de tolerancia de su cuerpo, programó las bombas de criogenia antientrópica y expulsó la cabina una fracción de segundo antes de que el incurdroid desapareciera del espacio normal. Ascendió en la cabina varias decenas de metros, y después fue expulsada ella misma del cubículo mientras el incurdroid reaparecía de repente muy lejos de donde había desaparecido, en el interior del erizo gigante, al mismo tiempo que explotaban las bombas de frío. El corazón de la máquina keruva quedó congelado casi instantáneamente muy cerca del cero absoluto, a casi trescientos grados bajo cero.

Alkai desplegó las membranas de su traje de planeo extremo e inició así un descenso controlado. Iba en nuestra búsqueda. Ordené a Surkoi que ascendiera inmediatamente para rescatarla y, justo en ese momento, los tentáculos que tenían atrapada la lanzadera con los motores encendidos se rompieron y la nave quedó libre para seguir su vuelo hacia el oscuro océano que todo lo cubre.

Sin perder un instante, dejé que la gravedad del planeta me arrastrara y empecé a disparar contra los tentáculos que aún tenían atrapadas el resto de lanzaderas. Encendí los motores, aceleré la caída y tracé una curva para acercarme más a la nave keruva, sin dejar de disparar. Pasé entre varias púas y lancé dos implosionadoras y dos pulverizadoras contra el cuerpo principal del erizo antes de volver a alejarme. Gané altura, me desvié hacia las lanzaderas y vi cómo el erizo se rompía igual que si fuera porcelana recibiendo martillazos. Varias explosiones sacudieron el aire a mis espaldas. Los tentáculos que conectaban las naves de salvamento terkuma con el erizo keruva se vinieron abajo, convertidos en una lluvia negra de cristales no más grandes que un puño, y las lanzaderas encendieron sus motores sin esperar a nadie más. Se elevaron en el aire en medio de una vorágine de fuego y fragmentos afilados como sílex tallado, y yo me elevé con ellas unos cientos de metros hasta que me puse en contacto con Surkoi

¿Tiene a Alkai, piloto?

y al recibir la confirmación de que así era desvié mi trayectoria y me encaré de nuevo con la nave keruva.

Vi que el sílex no era lo único que procedía del erizo: de él se estaban desgajando fragmentos que adoptaban poco a poco la misma forma de erizo de mar, cubiertos de púas y tan negros como la brea más empalagosa. La única diferencia es que eran más pequeños.

Y se movían más deprisa.

Disparé misiles contra todos ellos, pero sólo logré destruir los que aún se estaban formando. El resto los eludieron, o se mantuvieron incólumes a pesar de los impactos y las explosiones. Viré cola e intenté ganar altura.

Estaba ocurriendo lo mismo que habíamos visto en la selva: La Sombra había aprendido a eludir los efectos de la criogenia antientrópica y probablemente era cuestión de tiempo que las armas de hielo acabaran siendo tan inútiles como las de fuego.

Surkoi permanecía a la espera de órdenes. Yo tenía a varios erizos del mismo tamaño que el incurdroid pegados a la estela de mis motores e intentaba eludirlos a toda costa. Pero no era fácil: eran máquinas rápidas y las armas convencionales apenas les molestaban. Surkoi tampoco estaba relajado: también tenía una plétora de erizos pisándole los talones y por muchas maniobras evasivas que efectuara y muy certeros que fueran sus disparos siempre parecían a punto de alcanzarle.

Así no podríamos subir a órbita ninguna, no con La Sombra pegada a nuestros talones como si fuera nuestra propia sombra.

Aniolita tocó mi hombro.

Me giré y con mis ojos físicos vi que estaba pálida.

¿Qué hacemos, señor?, preguntó Surkoi.

A la vez, con los ojos del incurdroid percibí dos erizos acelerando y desplegándose a mi alrededor. Estaban intentando rodearme. Ascendí.

Aniolita había levantado ligeramente un brazo

- Casa de la Palabra -murmuró.

pero lo bajó enseguida porque en plena ascensión brutal su peso era insostenible.

Tenía cara de estar a punto de vomitar.

Idkereda seguía escribiendo.

- Aguante un poco, Aniolita -dije y luego: Surkoi, sígame a la Casa de la Palabra.

¿Qué demonios hay allí?, preguntó el piloto.

- Búnker subterráneo -gimió Aniolita.

Búnker subterráneo, transmití.

Viraje, viraje, descenso, viraje, ascenso.

Idkereda no dejaba de escribir y Aniolita estaba blanca como la nieve.

Búnker subterráneo, repetí, nos ocultaremos. Sinceramente... no sé qué otra cosa podemos hacer.

Aceleramos sin piedad hacia la Casa de la Palabra y las montañas que formaban el imponente circo de piedra se nos echaron encima.

- En el montículo central -murmuró Aniolita-, la entrada está ahí.

Ascendimos, superamos la cima de las montañas y volvimos a descender. Aniolita se tapó la boca con las manos e intentó contener el vómito.

Ahí ante nosotros se desplegó de nuevo aquella cuenca inmensa que los terkumas llamaban Casa de la Palabra, tan majestuosa e inabarcable como la primera vez que la habíamos visto. Esta vez no veníamos a pasar tranquilamente la tarde. Esta tarde podía ser sencillamente la última.

Surkoi venía detrás de mí y, justo tras él, La Sombra.

Nos lanzamos ladera abajo, con los motores encendidos a toda potencia y casi rozando la hierba. Ocurrió unos centenares de metros antes de llegar al montículo central donde, según Aniolita, encontraríamos la entrada al búnker subterráneo. Los erizos saltaron hacia delante hasta y casi atrapan a Surkoi. Éste se desprendió del paracaídas, de alerones, cubiertas y de todo lo que no fuera imprescindible. El paracaídas cubrió a un erizo mientras uno de los alerones sueltos del incurdroid impactaba contra otro y quedaba incrustado en él. Un tercer erizo logró clavarse en la cola del incurdroid y empezó a avanzar hacia la cabina.

Viré y frené mi incurdroid justo en el momento en que Surkoi disparaba un misil hacia el erizo cubierto por el paracaídas y un rayo de microondas contra el metal que había quedado clavado en el otro, que empezó a hervir repleto de corrientes de Foucault hasta vaporizarse en medio de una tormenta de chispas. El erizo saltó hacia atrás impulsado por el plasma igual que el corcho de una botella de champán salta impulsado por el gas y el incurdroid de Surkoi fue llevado hacia delante por la onda de choque que provocó el misil al explotar, la misma onda de choque que, contra todo pronóstico, pulverizó al erizo cubierto por el paracaídas. A los pies del montículo, mientras explotaba el misil, Aniolita, Idkereda y yo saltamos al exterior. Sin perder tiempo, corrimos hacia los monolitos que flanqueaban el montículo central. Ordené a mi incurdroid adoptar configuración homínida y le arrojé uno de los fusiles aleph. Lo cazó al vuelo y empezó a disparar enseguida; al mismo tiempo, hinqué una rodilla en el suelo y, protegido por uno de los monolitos, abrí fuego contra el erizo que amenazaba la cabina de Surkoi. Aniolita empezó a abrir la compuerta del búnker mediante un mecanismo oculto en la base de otro de los monolitos. Idkereda estaba sentado a los pies de la mujer, sin dejar de escribir. Permanecía totalmente ajeno a la batalla.

Entre los proyectiles disparados por la mitad mecánica de mi cuerpo y los disparados por mi cuerpo biológico, el erizo enganchado al incurdroid de Surkoi quedó congelado al instante.

¡Nos estrellamos!, gritó el piloto.

Y se estrellaron mientras yo disparaba contra el erizo corcho de champán y otros que aparecían por encima de las crestas del circo glaciar. El del paracaídas aún se estaba recontruyendo y sus fragmentos estaban demasiado dispersos como para que me preocupara por él de forma inmediata, pero observé que detrás de nosotros se aproximaban más, ladera abajo. Nos estaban rodeando. Giré mi incurdroid, disparé contra ellos y grité a Idkereda que lo necesitábamos. Él siguió escribiendo.

Mi cerebro manejaba dos cuerpos mientras el incurdroid de Surkoi daba vueltas de campana con él y Alkai dentro. Encima tenía que espolear a Idkereda para que se nos uniera y las compuertas externas del búnker se abrían a una velocidad exasperantemente lenta.

- ¡Idkereda! -chillé- ¿Qué demonios está haciendo?

- ¡Es importante, señor! -fue la respuesta que obtuve.

No dije nada. Estaba demasiado ocupado apartándome para esquivar el incurdroid de Surkoi, que no frenó del todo hasta que no chocó contra el monolito donde me ocultaba.

Había llegado el momento de disparar contra el erizo del paracaídas. Disparé. Retrocedí y continué disparando a la vez que Surkoi y Alkai emergían de la cabina empapados de gel anti-g. Iban armados con los fusiles aleph pero estaban atontados y se tambaleaban, desorientados. Les arrastré detrás del monolito de Aniolita pero Alkai se revolvió y acabó escapándose. Corrió de nuevo hacia el incurdroid estrellado y se dirigió a su compartimento de carga, donde se conservaba el cuerpo de Brumantra. Procuré cubrirla.

- ¡Alkai! -grité, pero ya era demasiado tarde.

Di una bofetada a Surkoi para que acabara de espabilarse y me apoyara cubriendo a Alkai.

- ¡Ya está! -gritó Aniolita y acto seguido agarró a Idkereda de un brazo y lo arrastró hacia la entrada del búnker- ¡Síganme!

Mientras Aniolita arrastraba a Idkereda hacia el búnker, Alkai empujaba el cadáver de Brumantra y yo salía de detrás del monolito y disparaba contra varios erizos que extendían sus púas hacia nosotros. La oficial científico empujaba a Brumantra con la espalda apoyada en el huevo negro que contenía su cadáver. De esta forma podía mirar cara a cara a los erizos keruva contra los que había empezado a disparar. Los sistemas antigravedad terkuma mantenían el huevo levitando a unos pocos centímetros del suelo y Alkai lo impulsaba apoyándose en él con su espalda, caminando hacia atrás, sin mirar muy bien donde ponía los pies, bastante ocupada estaba, estábamos, vigilando a los erizos e intentando prever sus movimientos y, en mi caso, manejando además mi incurdroid, que nos cubría las espaldas. Surkoi empezó a disparar justo cuando Alkai gritaba:

- ¡No pienso abandonarla, señor!

- ¡Nadie le ha pedido que lo haga! -respondí.

Aniolita e Idkereda habían desaparecido ya en las profundidades del búnker.

Di un par de pasos hacia delante y pegué mi hombro al de Alkai. Empezamos a retroceder juntos, sin dejar de disparar. Surkoi nos cubría desde el monolito. Alkai trastabilló y casi se cae al suelo pero la sujeté en el último momento y seguimos retrocediendo. Cuando llegamos a su altura, Surkoi sumó sus fuerzas a las nuestras y continuamos avanzando los tres hacia la entrada del búnker.

- ¡Aniolita! -grité cuando nos faltaban dos metros para llegar- ¡Empiece ya a cerrar las compuertas!

Ordené a Surkoi y Alkai que entraran inmediatamente en el túnel. Acataron la orden llevando consigo el cuerpo de Brumantra y sin dejar de cubrirme hasta que les engulló la penumbra. Sin perder tiempo, apostado a la entrada, acerqué mi incurdroid, que seguía disparando, no sólo hielo, también fuego y de todo, lo que fuera con tal de molestar a los erizos y obligarles a entretenerse cambiando de trayectoria. Mientras tanto, las compuertas se movían lenta pero inexorablemente, buscándose mutuamente; la entrada al búnker se iba haciendo cada vez más angosta.

Disparé una ráfaga, cacé al vuelo un paquete de bengalas que me lanzó mi incurdroid y salté al interior del túnel. Rodé por el suelo, me alcé y corrí. Mi incurdroid intentó seguirme pero no lo consiguió: las compuertas se cerraron antes de que pudiera pasar y se quedó fuera. Un manto de oscuridad cayó sobre nosotros. Durante unos segundos no vi nada. Clavé una rodilla en el suelo y, sin dejar de apuntar hacia las compuertas, intenté recuperar aliento. Aún sentía la conexión con la máquina. Era mucho más débil pero el sistema había buscado automáticamente un nuevo rango de frecuencias óptimo y parecía estable. Podía seguir manejándolo y podía ver lo que ocurría fuera: el incurdroid seguía disparando y defendiendo la entrada.

Poco a poco, mi vista se fue acostumbrando a la oscuridad y pude distinguir vagamente a Alkai y Surkoi a unos metros detrás de mí, tumbados en el suelo y apuntando hacia el mundo exterior, por si mi cuerpo mecánico no podía contener el empuje de ese mundo. Aniolita manipulaba un panel de mandos incrustado en la pared. Idkereda, sentado en el suelo, con la espalda pegada a la misma pared en la que Aniolita manipulaba los controles, seguía escribiendo, a pesar de la oscuridad en la que estábamos sumidos. Me di cuenta de que todos ellos me esperaban tras unas segundas compuertas. Me alcé y me dirigí hacia ellos. Cuando crucé el umbral, Aniolita procedió a cerrarlas. Antes de que se cerraran del todo, dije:

- Surkoi, expulsión de la pila de antimateria a distancia de seguridad y detonación de las criobombas.

- Sí, señor.

- En tres, dos, uno...

Ambos incurdroids lanzaron las pilas de antimateria al aire, lejos, más allá de donde pudieran ser afectadas por el frío en el que estábamos a punto de sumir aquel lugar. A continuación, detonaron las criobombas que portaban en su interior. Dejé de sentir mi segundo cuerpo. Volvía a ser sólo yo. Contuvimos la respiración. Había podido captar el sonido de la expulsión de las pilas de antimateria, un par de golpes secos y precisos, gracias a los sentidos del incurdroid, pero las ondas sonoras no habían podido penetrar en el búnker y, por lo tanto, no habían podido llegar hasta nuestros oídos. El frío, sin embargo, sí penetró: al cabo de pocos segundos, nos golpeó en la cara como heraldo del infierno helado que avanzaba hacia nosotros.

- Hay que salir de aquí -dije.

Y entonces las compuertas secundarias quedaron selladas y una oscuridad absoluta nos engulló.

Idkereda seguía escribiendo, incluso totalmente a oscuras.

Durante un segundo nos quedamos todos en silencio y sólo oímos nuestras respiraciones y su pluma deslizándose y punteando en el papel. Nada más. Durante un segundo. Luego Surkoi lanzó un improperio, Alkai preguntó si no había generadores de emergencia y yo abrí la bolsa donde guardaba las bengalas y encendí una.

Nos hallábamos en una estancia abovedada sin ningún tipo de adorno ni de floritura. Unos símbolos grabados en la pared al lado del panel de mandos que Aniolita había manipulado para cerrar las compuertas era lo único que rompía la lisa superficie de las paredes que nos rodeaban. Nada más. Vimos enseguida que la estancia donde nos encontrábamos no era cerrada, al menos a juzgar por lo que podíamos vislumbrar. Tras nosotros teníamos las compuertas pero ante nosotros se abría una insondable negritud. Apuntando hacia ese espacio ignoto, a pocos metros de nuestros pies, había una batería de góndolas fondeadas en una serie de muelles que se interponían entre ellas. Había siete góndolas en total, todas iguales. Me acerqué a ellas portando la bengala en alto. La luz iluminó las góndolas pero no fue suficiente para rasgar el velo de oscuridad que había frente a ellas. Las tinieblas predominaron. Los muelles eran de piedra y su base se hundía en las profundidades sin que yo pudiera distinguir su final. Las góndolas flotaban en el aire, como si un agua invisible las sostuviera. Apenas oscilaban. El tiempo a su alrededor parecía transcurrir mucho más despacio y todos sus movimientos se ralentizaban. Su oscilar era hipnótico y sus proas apuntaban majestuosamente hacia la nada. La longitud del muelle era de sólo cuatro o cinco metros y caminé hasta el extremo más alejado. La eslora de las góndolas era mayor que la del muelle y su proa quedaba suspendida en el vacío. Alcé aún más la bengala y la luz fue absorbida por una negrura impenetrable, inacabable.

- ¿Qué es este sitio, Aniolita? -pregunté desde el extremo del muelle.

- La verdad es que no lo sé -confesó la mujer.

Todos la miramos. Incluso Idkereda dejó de escribir.

- Quiero decir que no sé exactamente qué es -continuó Aniolita-, desde niña he oído hablar de estos túneles. Se utilizaron en la construcción de la Casa de la Palabra. Supongo que albergan maquinaria necesaria para mantener en condiciones toda la cuenca, pero no los conozco, he sabido abrir y cerrar las compuertas porque el mecanismo es semejante al que en otras ocasiones he visto utilizar a Palabra. Nada más.

Surkoi y Alkai giraban sobre sí mismos observando las paredes, con los fusiles aleph apuntando al suelo.

- No hay nada parecido a un mapa -dijo Surkoi- o a un esquema de las instalaciones.

La bengala se estaba acabando.

- A lo mejor lo hay -dije yo- y no sabemos leerlo.

Lancé la bengala hacia delante, al fondo del abismo, con todas mis fuerzas. Fue un intento desesperado por averiguar qué nos aguardaba. La bengala empezó a caer y la luz se extinguió antes que la caída. Quedamos sumidos de nuevo en la más absoluta oscuridad sin haber conseguido averiguar nada.

- Hace cada vez más frío -dijo Alkai.

Los muros que nos rodeaban absorbieron las ondas sonoras. No hubo reverberación alguna, ni eco ni nada. Todos escuchamos su voz como si estuviéramos al aire libre. Encendí otra bengala.

- En marcha -dije, y les hice ademán de que se acercaran.

Observé sus rostros bajo la luz de la nueva bengala. Su desconcierto, sus expresiones talladas con nítidas fronteras entre la claridad y la sombra, su mirada de desconfianza y tensión. Idkereda, de pie como estaba, seguía escribiendo. Alkai se acercó empujando el huevo que contenía el cadáver de su amada. Surkoi parecía un gato con el pelo del lomo erizado. Sumidos como estábamos en la más absoluta ignorancia, a la luz de una bengala militar, en el fondo, y a pesar de las apariencias, nuestro aspecto no distaba mucho del de un grupo de arqueólogos atravesando la antesala de unas tumbas con las que no esperaban encontrarse.

- El aire es fresco, no huele a humedad -observó Alkai-. Tiene que haber algún sistema de reciclaje o ventilación... y tiene que estar funcionando.

Escogimos una góndola y subimos a bordo de uno en uno. Parecía estable. No se balanceó ni se hundió en el abismo sobre el que flotaba. Le pedí a Surkoi que se situara a proa y sostuviera la bengala. Mientras, yo me situé a popa.

- Supongo que esto nos llevará a algún sitio interesante -dije-, ya sea una sala de control u otra salida.

Entonces solté amarras, apoyé un pie en el muelle y empujé contra la piedra. La góndola fue impulsada en sentido contrario y empezó a alejarse, al principio lentamente, al cabo de unos segundos, cada vez a mayor velocidad.

Huíamos del frío.

Unas luces parpadearon en un pequeño panel de mandos. Toqué una de ellas y volvieron a apagarse.

- Señor -dijo Surkoi desde proa, con la bengala iluminando la ausencia de camino-, ¿desde cuándo sabe manejar una góndola terkuma?

- Desde que Palabra nos dio un paseo a Idkereda y a mí en una de ellas. No iba a fijarme sólo en los arbolitos.

La góndola dejó atrás el muelle y empezó a adentrarse en la oscuridad cada vez más deprisa.

- ¿Pero cómo sabe qué ruta ha de seguir?

De repente, empezamos a descender.

Todos nos asustamos, incluso Aniolita. Nos agarramos a la regala y allí donde pudimos.

- Tranquilos -dije yo sin mucha convicción-, es prácticamente automática, sólo hay que ponerla en marcha.

El embarcadero quedó rápidamente por encima de nuestras cabezas y a nuestras espaldas. Se fue alejando hasta desaparecer sumido en la oscuridad. Quedamos rodeados de tinieblas y silencio; no parecía haber nada a nuestro alrededor.

Seguimos descendiendo. Llegó un momento en que la góndola dejó de caer y no supimos si seguíamos moviéndonos o estábamos parados en medio de la nada.

Surkoi alzó todo lo que pudo la bengala y la sostuvo en alto.

La oscuridad seguía siendo insondable.

Todos contuvimos la respiración.

En cualquier momento podíamos cruzarnos con Caronte, exigirnos el barquero que le pagáramos lo estipulado por el uso de una de sus góndolas, descubrirnos sin las correspondientes monedas de plata, desnudos ante la lógica implacable de las fronteras, ser acusados de ladrones y ejecutados en el acto.

No éramos más que una frágil luciérnaga perdida en las fauces de la noche.


(Fin del capítulo 48. Siguiente capítulo)

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