Capítulo 46. BATALLA.
Palabra no nos miraba a nosotros. Miraba un punto que estaba detrás de nosotros.
¿Por qué?
¿Acaso no entendía el significado de la palabra “sabotaje”?
Me giré.
No, entendía perfectamente el significado de la palabra sabotaje. No nos miraba a nosotros porque detrás de nosotros había algo mucho más importante que mirar: una medusa portadora. Levitaba justo encima del punto más alto de la nave, donde la medusa Gurguru, o Gurguguru, una de las dos, había estado haciendo guardia hasta ese momento y ahora retrocedía lentamente hacia nuestra posición.
También había esferas de mercurio. Tras la medusa portadora, a pocos metros de distancia. Habían regresado. Con sus tentáculos látigo chasqueando en el aire y sus pulidas superficies espejadas reflejando el mundo que las rodeaba.
Y venían acompañadas.
La medusa portadora no estaba vacía: un cerebro vispoide relampagueaba en su interior.
Intuí que no era el amigo de Palabra, nuestro aliado.
Intuí que lo que fuera que tuviera que ocurrir, estaba a punto de ocurrir.
- Métanse en la cápsula -dijo Palabra sin dejar de mirar a la portadora.
- No le dejaremos solo aquí.
- No me serían de gran ayuda.
Mire a Idkereda y a Alkai e hice un gesto apuntando hacia la escotilla. Empezaron a moverse hacia ella. Lentamente. Idkereda miraba a Aniolita.
La mujer estaba a punto de echarse a llorar. Creo que había una mezcla de rabia y tristeza en su angustia.
- Déjame ayudarte -suplicó.
- No -dijo Palabra, inflexible-. ¡Obedece!
Incluso las medusas de Aniolita empezaron a moverse hacia la escotilla.
Idkereda era el que estaba más cerca de la entrada a la nave y era el que menos se había movido. Estaba esperando a ver qué hacía Aniolita. Maldita sea.
- ¡Idkereda!
- Sí, señor -respondió, pero siguió sin moverse mucho. Llegó Alkai y empezó a introducirse por la angosta entrada.
Todo ocurrió muy deprisa.
Agarré del brazo a Aniolita y la atraje hacia mi. La sujeté por la cintura y la empujé hacia la entrada. Al principio se resistía un poco pero al final fue ella quien tuvo que tirar de mi.
Cuando se dieron cuenta de que estábamos refugiándonos en la cápsula, decenas de medusas empezaron a escalar para impedir que cerráramos la escotilla. Aquello fue el pistoletazo de salida. Palabra dio un golpe con la base de la lanza de plasma en el casco y la cabeza disparadora se activó. Aniolita aún se resistía y todavía nos quedaban bastantes metros para llegar a la escotilla.
- ¡Habéis roto el pacto! -gritó Palabra en nuestro idioma para que nosotros entendiéramos lo que estaba diciéndole al Ínbid-. ¡Habéis faltado a la palabra dada!
Su voz era extraordinariamente grave. Casi sobrenatural. Parecía furioso. Realmente furioso. Un escalofrío recorrió mi espalda. Intuí lo que se avecinaba. Idkereda por fin se refugió en la cápsula. Luego una de las medusas. Faltaba la otra y nosotros, Aniolita yo.
- ¡Defenderé a estos humanos con mi vida, si es necesario! -gritaba Palabra en aquel momento. La punta disparadora de la lanza de plasma brillaba cada vez con más intensidad.
Entonces habló uno de los narradores que acompañaba a la portadora:
- ¡Palabra, haces tontería! Malgastar vida así. ¿Por qué? ¿De verdad? ¿Atacar Ínbid atrever? Ínbid ayudar terkuma. Y tú atacar Ínbid. ¿Por qué? ¿De verdad atrever?
Palabra gritó furioso.
- ¡Vosotros -dijo- no sois todo el Ínbid!
Luego siguió gritando palabras ininteligibles. Podía sentir su furia. Me erizaba el vello de la nuca, como si cargara el aire de tensión eléctrica. De hecho, el aire se estaba cargando de tensión eléctrica. La lanza de plasma estaba a punto de disparar.
La blandió por encima de su cabeza y luego la bajó de golpe hasta que su base impactó de nuevo contra el casco.
Entonces sucedió.
Un burbuja de luz nos rodeó y se expandió desde la cápsula hacia la selva, cegando por igual a medusas, vispoides y humanos. Al mismo tiempo, Palabra cantó.
Ya no pude empujar más a Aniolita. Fue inmediato. Perdí por completo las fuerzas y caí. Un dolor infinito en mi cabeza. Aniolita tiró de mí hacia la escotilla.
Gracias a ella salvé la vida. Gracias a ella salvamos todos la vida, porque si no hubiera sido por ella probablemente nadie hubiera cerrado la escotilla, ni siquiera las medusas, y el canto terkuma hubiera seguido vibrando en el interior de la cápsula. Y con él hubiera entrado la muerte blanca. Y el ácido vivo.
Paisaje justo antes de la oscuridad:
Medusas retorciéndose de dolor, vispoides cayendo del cielo como piedras muertas, rayos que salían de la lanza de Palabra e impactaban contra cuerpos Ínbid, carbonizándolos casi instantáneamente.
No era un mal paisaje.
Me hubiera deleitado en él, si no hubiera sido por lo que salía de la selva a oleadas incontenibles: millones de pelusas, la muerte blanca venía flotando por el aire y se posaba sin piedad sobre los cuerpos de medusas y vispoides. Y charcos de ácido vivo saltaban sobre aquellos que conseguían librarse de las pelusas. Era dantesco. Los gritos de dolor se mezclaban con el canto terkuma.
La portadora intentó escapar, las esferas de mercurio intentaron protegerla.
No sé si lo consiguieron.
El dolor me enloquecía.
Destellos luminosos cegaron mi visión justo antes de que la oscuridad se cerrara sobre nosotros.
De repente, el dolor cesó. El silencio era un bálsamo exquisito.
Pero duró poco.
Bufidos, suspiros, quejidos.
Aniolita gimoteaba.
- Palabra, Palabra... -decía intentando controlar las lágrimas.
Todo su mundo se había derrumbado de un plumazo.
Las medusas se movían y hacían ruido pero no podía verlas. No podía ver nada. Tener abiertos o cerrados los ojos era exactamente lo mismo. Estábamos inmersos en la oscuridad absoluta.
- ¿Están bien? -gemí.
Idkereda gruñó.
- Creo que sí, señor -respondió Alkai.
- Me temo que me he torcido un tobillo -anunció Idkereda.
- Gurguru, Gurguguru -dije-, por favor, un poco de luz.
Increíblemente, las medusas accedieron a mi petición. Hicieron que algunos de sus tentáculos se encendieran con la misma fluorescencia que antes y la cabina quedó levemente iluminada. Los dos icnidarios estaban recostados contra la pared, con sus tentáculos extendidos por paneles de control y enredados en cables que colgaban del techo. Creo que el canto del terkuma también les había afectado.
- Alkai, mire a ver qué le pasa en el tobillo a Idkereda -ordené mientras levantaba el brazo hacia la palanca de la escotilla.
Aniolita me sujetó.
- No -dijo, con los ojos enrojecidos-, él nos avisará.
Si sobrevive, estuve a punto de añadir.
Pero, en cualquier caso, era prudente esperar un poco más, y el comentario no hubiera contribuido a tranquilizar a Aniolita. Así que retiré el brazo sin decir nada.
- Esto no es nada -decía en aquel momento Alkai-, los nanobots de tu sangre ya deben de estar sintetizando calmantes y antiinflamatorios, Idkereda, así que no te quejes. Además, me temo que vas a tener unos minutos para descansar.
- Pues qué bien -dijo Idkereda.
Se oían ruidos. Golpes sordos como si arrojaran sacos de arena contra la cápsula, y también chirridos y arañazos. Incluso hubo un momento en el que toda la cápsula tembló ligeramente.
- ¿Qué está ocurriendo? -pregunté a Aniolita.
- Ya ha oído a Palabra -me contestó ella-, el Ínbid ha faltado a la palabra dada. Nos han traicionado.
No me miró a los ojos. Estaba confundida. Igual que un ratón de laboratorio al que le hubieran cambiado de repente el suelo por el techo y el techo por el suelo y tuviera que orientarse en la nueva configuración de su universo.
Yo también estaba desorientado. Pero la causa era justo la contraria: de forma súbita, y sin contemplaciones, regresaba a la configuración habitual del Universo: el Ínbid ataca sin misericordia, los humanos se defienden. O atacan. O mueren. Todo a la vez, normalmente.
Poco a poco se fue imponiendo la calma.
Cuando ya hacía unos segundos que ningún ruido perturbaba el silencio, se oyeron tres golpes seguidos en la compuerta. Secos, precisos.
- Es él -dijo Aniolita-, es Palabra.
En ese momento, fui yo quien la sujeté.
- ¿Cómo lo sabe? -le pregunté.
- Si me equivoco, significa que necesita nuestra ayuda.
Tenía razón.
Dejé el camino libre para que abriera la escotilla y grité:
- ¡Preparen las armas! ¡Salimos fuera!
Pero me equivoqué.
En cuanto Aniolita abrió la escotilla lo que ocurrió fue que entró Palabra.
Estaba jadeando y muy pálido.
Más que entrar, casi se tiró dentro. Había entrado de culo y conteniendo la respiración para que su cráneo terkuma, con pulmones incluidos, cupiera por la apertura. Aniolita y yo frenamos un poco su caída pero, aun así, no pudimos evitar que se llevara algún buen golpe contra el amasijo de equipos desmontados y cables enredados. Aniolita cerró enseguida y se abrazó a él.
- ¿Y su lanza de plasma? -pregunté tocándole uno de sus tentáculos-brazo. Estaba muy frío. Me asusté. Temí que estuviera gravemente herido.
- Está gastada -me contestó-, la he abandonado fuera.
- Palabra... ¿está bien? -pregunté mientras observaba su cuerpo en busca de heridas.
No parecía haber ninguna pero su cráneo no brillaba con la viveza habitual y su mirada parecía ensombrecida.
- Sí, estoy bien -aseguró, a pesar de todos los signos externos-, sólo necesito recuperar un poco el aliento. Sólo eso.
- Palabra, Palabra... -gimoteaba Aniolita mientras se abrazaba a él.
Palabra la rodeó con uno de sus tentáculos-brazo y le dio unas palmaditas en la espalda, intentando consolarla.
Yo miré a Alkai e Idkereda. Este planeta está perdiendo puntos rápidamente transmití telepáticamente No sé qué opinarán ustedes, pero a mi no me parece un buen sitio para crear una familia.
Alkai apartó la vista.
Señor me respondió Idkereda olvidémonos de transmitir un SOS desde la cápsula. Que lo envíen los terkuma si realmente nos quieren ayudar.
Es una opción asentí Y realmente quizá sea la mejor. Pero no es tan sencillo, aun y viajando a favor de la corriente estamos a dos días de viaje de la población terkuma más cercana, y tampoco sabemos si Palabra tiene el apoyo necesario entre su gente como para ordenar que transmitan ese mensaje. Después de lo que acabamos de ver, no lo sabemos. Lo que ha ocurrido es muy grave. A lo mejor cuando regresemos nos encontramos con que a él lo detienen y a nosotros nos entregan al Ínbid.
Una de las medusas se arrastró hasta donde estaba Palabra y pasó uno de sus tentáculos una y otra vez por el cráneo del terkuma.
¿Qué otra opción tenemos? transmitió Idkereda Tendremos que arriesgarnos
Quizá tenga razón respondí a Idkereda Quizá.
- Palabra -dije en voz alta-, ¿qué es lo que ha ocurrido? ¿Qué está pasando?
- La situación... se ha complicado.
- Eso parece.
- Podemos intentar conectar la fuente de potencia de la cromoplaneadora a su cápsula -propuso el terkuma-, así tendrían potencia y podrían enviar el mensaje.
Es una locura, señor transmitió Alkai Suponiendo que se pudiera hacer, tardaríamos horas, una hora como mínimo, suponiendo que se pueda hacer
Y el Ínbid está al acecho añadió Idkereda ¿no creeréis que se van a retirar y dejarnos vía libre, no?
Si dispusiéramos de tiempo sentenció Alkai quizá se podría intentar, pero no en estas condiciones, en cualquier momento volverán a atacar
Al mismo tiempo que me llegaban todos estos pensamientos, contesté a Palabra:
- Palabra, desde mi punto de vista, tenemos otra opción para enviar el mensaje. ¿O me equivoco? ¿No es una opción que lo envíen ustedes? Antes de tomar decisiones, tiene que explicarnos cuál es exactamente la situación.
Me acerqué mucho y le miré fijamente a los ojos.
- ¿Podemos confiar en su gente? ¿Tiene usted el respaldo de su pueblo? ¿De todo su pueblo? ¿Sólo el Ínbid le ha traicionado?
Aniolita intentó apartarme de Palabra.
- ¡Déjele en paz!
Me retiré un poco, sólo la distancia suficiente para poder sentarme frente a Palabra y seguir mirándole a los ojos.
- Aniolita -dije sin dejar de mirar a los ojos a Palabra-, estoy seguro de que Palabra entiende que le haga todas estas preguntas.
Palabra inspiró profundamente, apartó a Aniolita e intentó incorporarse.
- He hecho algo horrible -dijo-, lo siento, Gurguru y Gurguguru, lo siento de veras
Y, para que las medusas vieran que era verdad, lo repitió en terkuma. Luego volvió a nuestro idioma y murmuró:
- Horrible.
También parecía un poco confundido.
- ¡Palabra! -dije con vehemencia-, regrese a la realidad. Le necesitamos aquí y ahora.
- Tenemos que conectar la cromoplaneadora a su cápsula -insistió él.
- ¡Olvídese de eso, ahora! -grité-, ¡Maldita sea! Está claro que el Ínbid no quiere que enviemos ese mensaje, podrían enviarlo ustedes, si realmente quieren ayudarnos, aunque no tenga la encriptación correcta un mensaje es un mensaje... ustedes disponen de tecnología aleph, podrían modificar alguna de sus antenas y enviarlo en poco tiempo, si quisieran. ¿Por qué no lo hacen?
- Porque es más probable que vengan a buscarles si lo envían ustedes desde su cápsula.
- ¡Eso ahora ya no tiene sentido, Palabra! La situación ha cambiado, el Ínbid se ha atrevido a atacarle. ¡A usted! Si sigue insistiendo en que enviemos el mensaje desde aquí voy a pensar que no está seguro de tener el respaldo de su pueblo.
- ¿Para qué arriesgarnos? -replicó el terkuma-. Enviémoslo desde aquí, ya que estamos aquí.
- No es tan sencillo, Palabra -respondí-... ¡No es tan sencillo! Necesitaremos tiempo para conectar la cromoplaneadora a la cápsula... suponiendo que se pueda hacer... y no tenemos tiempo, tendríamos que hacer pruebas antes, comprobaciones, o nos arriesgaríamos a quemar todo el equipo de la cápsula, y el Ínbid volverá a atacar, se lo garantizo.
- Quizá el Coleccionista que ustedes conocieron pueda parar ese ataque -replicó Palabra-. El Ínbid también está dividido. Si enviamos el mensaje desde nuestras antenas puede que los seres humanos no se atrevan ni a abrirlo por precaución, puede que teman que provenga del Ínbid y contenga código malicioso.
- Sí, maldita sea, puede que tenga razón -concedí-, pero no podemos confiar en nadie ya. ¡Todo ha sido una trampa desde el principio! ¿No lo entiende? La facción del Ínbid que quiere vernos muertos nunca permitirá que enviamos el mensaje. ¡Se han atrevido a atacarle a usted! ¡A usted! Ahora volverán a atacar y esta vez será la definitiva. Nos matarán a todos.
Guardé silencio un segundo.
- A todos, Palabra -repetí-, y después... ¿sabe qué dirán? Que fuimos nosotros. Que los humanos mataron a Palabra. Que ellos intentaron salvarle pero que no pudieron hacer nada. ¿Cuántos terkumas ve usted por aquí dispuestos a defender nuestra versión de los hechos? Quizá el piloto de la cromoplaneadora, y a saber si sigue vivo.
- No pueden mentir -murmuró Palabra-, no pueden mentir así.
- ¡Maldito terkuma inocente! -grité.
Me acerqué de nuevo a Palabra. Esta vez Aniolita no intentó apartarme.
- Pueden -dije vehementemente-... ¡y lo harán!
En la mesoglea de la medusa que estaba al lado de Palabra brillaron las siguientes letras:
- HUMANO RAZÓN
En mayúsculas.
Titilaban ligeramente y tenían un aspecto semejante al que hubiera tenido un cartel de neón sumergido en medio de una pecera pero eran perfectamente legibles.
Creo que aquello impresionó a Palabra. Y también a Aniolita.
No dijeron nada.
Yo insistí:
- Palabra, en la cromoplaneadora tienen una radio, y estoy seguro de que disponen de canales encriptados. Llame inmediatamente a Trae consigo... o a Árbol de luz o a Soledad del vigía, a alguien en quien confíe, y dígale que hay que preparar una antena aleph para enviar un SOS hacia el universo humano. Cuando lleguemos a la cromoplaneadora le daré los códigos que tienen que enviar junto con el mensaje para que sea creíble. Tenemos que hacerlo así. Tendríamos que haberlo hecho así desde el principio, si realmente quieren la paz. Hemos perdido un tiempo precioso. Mejor hubiera sido enviarlo desde la cápsula y marcar nuestra posición con las cosmobalizas, es cierto, pero si lo hacemos bien aún tenemos esperanzas de que el mensaje sea recibido y la Armada no lo desprecie. Aquí no podemos quedarnos mucho tiempo, el Ínbid volverá a atacar, y esta vez desintegrará la cápsula de un plumazo y a nosotros con ella dentro. No se andarán con miramientos, podrían haber utilizado ya armamento pesado y luego haber dicho que fue en defensa propia, que fueron los humanos los que iniciaron el fuego. Pueden hacer lo que quieran, si no lo han hecho ya supongo que habrá sido por deferencia con usted, Palabra, por darle una oportunidad a usted de salvar su vida, y usted les ha contestado lanzando la muerte blanca y el ácido vivo sobre ellos. No le perdonarán. De hecho, deberíamos salir ahora mismo y empezar a retroceder hacia la cromoplaneadora. Ya. Cuanto más tiempo pasemos aquí, menos probabilidades de salir con vida tendremos.
Hubo un segundo de silencio. La tensión era palpable en el ambiente. Contuvimos todos la respiración. Incluso las medusas.
- Además -añadí-, sin sistemas de reciclado de aire, no creo que quede mucho oxígeno aquí dentro.
- Tiene usted razón -admitió por fin Palabra-, no podemos entretenernos en intentar conectar la cromoplaneadora a su cápsula. Regresemos. Enviemos ese mensaje nosotros y esperemos que el Ínbid no lo anule y que sea igual de eficaz que si lo hubieran enviado ustedes desde su nave.
- Alkai -ordené-, coja todas las armas que encuentre. Sobre todo troceadoras. Y máscaras, hay que ponerse las máscaras antes de salir. El Ínbid va a ir a por nosotros, somos su objetivo principal, usted también, Aniolita.
- ¿Yo? -preguntó la mujer, incrédula-. He convivido toda mi vida con ellos. Yo no estoy en guerra con ellos.
- Pero su genética sigue siendo humana -le repliqué mientras me ponía una máscara, por suerte mantenían la integridad y las baterías estaban cargadas-. Utilizarán venenos específicos, tenga por seguro que lo harán, y los venenos no discriminan según su historial, matan según la genética. Póngase usted también una máscara.
- Hazlo, Aniolita -le pidió Palabra con un hilo de voz-, tiene razón. En todo. Siento haberte metido en esto.
- Palabra, has sido un padre para mí todos estos años -respondió Aniolita muy seria-, no hay otro lugar en el Universo donde deseé estar más que aquí.
Tendió su mano para ayudar a Palabra a incorporarse.
Palabra no respondió. Su voz y su potencia habían desaparecido; toda la furia que antes me había erizado el vello se había disipado. El peso de lo que había sucedido reposaba sobre sus hombros para siempre, y su voz acusaba aquel peso y parecía tan frágil como el canto de un pajarito encerrado en una jaula. Por primera vez desde que entramos en contacto con los terkuma, Palabra me parecía un anciano cansado y frágil.
- También le ofrecería una máscara a usted, Palabra -dije-, si su cuerpo se pareciera más a un mono y menos a un calamar.
Tendí mi mano junto a la de Aniolita para ayudarle a incorporarse.
Los cilios bucales de Palabra vibraron ligerísimamente, parpadeó y ladeo un poco la cabeza, como si agradeciera que intentara bromear, pero no dijo nada, continuó en silencio. Eso sí: tendió sus tentáculos-brazo hacia Aniolita y hacia mí y aceptó nuestra ayuda.
Se incorporó y empezó a prepararse para acceder a la escotilla.
Después de ponernos las máscaras y de recoger el material y las armas, abrimos lentamente.
Primero salió Gurguru, la medusa que estaba más cerca de Palabra. Luego Aniolita y Palabra. Después salí yo y Aniolita me ayudó a subir a Idkereda, que aún se resentía de su tobillo. Finalmente salieron Alkai y Gurguguru.
- Vamos, vamos, vamos -apremié.
Descendimos hasta el barro y empezamos a caminar hacia la cromoplaneadora.
La devastación que había provocado nuestro anfitrión era indescriptible. La imagen que tenía ante mi ya no coincidía en absoluto con lo que había memorizado mientras ascendíamos por la ladera. Ni siquiera la vegetación que nos rodeaba tenía el mismo aspecto.
Un silencio sepulcral se había posado sobre el mundo y aplastaba a cualquier ser vivo que osara avanzar por el páramo.
Idkereda cojeaba. De vez en cuando se apoyaba en mi hombro. Tenía la frente perlada de sudor, pero no era por el dolor. Era por la tensión. Teníamos ganas de salir corriendo, pero nos conteníamos. Avanzábamos reconociendo el terreno, pero no podíamos entretenernos mucho. No queríamos correr hacia una mina o hacia cualquier otro tipo de trampa. Pero tampoco queríamos perder más tiempo del que fuera estrictamente imprescindible. Alkai también estaba sudando. Y yo. Palabra y las medusas intentaban protegernos con sus cuerpos, yo intentaba proteger a Palabra pero él me apartaba con uno de sus tentáculos-brazo y me situaba una y otra vez entre él una medusa. Aniolita no se despegaba de Idkereda. Cuando Idkereda no se apoyaba en mi hombro, se sujetaba en el de Aniolita. Cerca de nosotros no se movía nada. A lo lejos, el viento agitaba la vegetación enferma, las ramas retorcidas, los arbustos mutantes, todo ello cubierto como por una gasa blanca y deshilachada que antes no estaba. Avanzábamos apuntando con los fusiles hacia la selva. Esta vez eran nuestros. Eran fusiles humanos. Eran lanzadores de redes troceadoras, el arma más eficaz en caso de que nos atacaran enjambres de vispoides, si es que hay algún arma eficaz que permita a un humano enfrentarse a los vispoides casi con las manos vacías.
Avanzábamos demasiado lentamente. Estábamos demasiado expuestos. Yo también estaba sudando. Notaba cómo las gotas de sudor se deslizaban por mi frente. Pero no quitaba el dedo del gatillo ni para secármelas. Hubieran caído en mis ojos, pero las detenía la máscara antes de que llegaran. Se desviaban hacia mis mejillas, donde se deslizaban hasta llegar a mi cuello. Podía sentirlas como si fueran pequeños insectos caminando por mi cara. Quizá hubiera también algún insecto.
Caminábamos en medio de cuerpos muertos. A docenas, a centenares, cuerpos carbonizados de medusas y de vispoides, inmóviles, destrozados. Salpicaban el claro con forma de zanja que la cápsula había abierto en medio de la selva al estrellarse. Además de los cuerpos calcinados, otros muchos reposaban igual de inmóviles sobre el barro y los restos de la cápsula, envueltos en pelusa blanca a pocos metros de nuestros pies. Estaban siedo devorados ávidamente. Los residuos de aquella digestión serían retornados como materia orgánica simple al inmenso cuerpo de la selva. El resto pasaría a formar parte de nuevas pelusas. Donde antes había medusas y vispoides, dentro de poco habría muerte blanca. También vimos numerosos charcos aparentemente inocentes. Parecían inocuos charcos que habían quedado como huella de las primeras lluvias primaverales. Un rayo de sol asomó en medio de las nubes. Todos sabíamos lo que eran en realidad. En algunos de ellos, cuerpos medio corrompidos que despuntaban más allá de la superficie eliminaban cualquier posibilidad de confusión. Tuvimos buen cuidado de pasar bien lejos de aquel ácido vivo, inteligente y mortífero.
El hedor era insoportable. Espeso como una sopa y nauseabundo incluso después de que hubiera sido filtrado por la máscara.
La cromoplaneadora estaba lejos. Muy lejos. Íbamos demasiado despacio.
- Joder, Palabra -mascullé-... ¿todo esto lo ha hecho usted?
A pesar de que el terkuma guardó silencio, estoy seguro de que me entendió. Su cráneo brillaba tenuemente con un color azul recorrido por bandas violetas que iban desde su frente hasta el equivalente terkuma de nuestro occipital. Su redecilla negra caía sobre sus tentáculos-brazo y el resto de sus tentáculos. Parecía apesadumbrado. No le gustaba lo que había ocurrido. Yo diría que le repugnaba profundamente.
No podía ser de otra forma.
Él ni siquiera llevaba máscara, ni traje protector alguno, sólo su redecilla. Estaba totalmente en contacto con su obra y no podía mirar hacia otra parte. Había matado a cientos de seres conscientes en pocos segundos. Sin misericordia.
La guerra convierte a simples maestros de escuela en monstruos.
Supongo que Palabra no quería ser un monstruo.
No, estoy seguro: Palabra era sincero. Quería la paz. Lo supe con certeza aquel día, en aquel momento, con sólo mirarle, a pesar de su aspecto tan diferente al de un homínido.
- ¡Alkai! -grité señalando el linde de la selva cuando aún faltaban unos cincuenta metros para llegar a la cromoplaneadora- ¡Ahí! ¡He visto movimiento!
De repente las medusas se pusieron tensas y empezaron a vibrar.
Los humanos ni los vimos venir, sólo oímos un zumbido.
Y entonces ya era demasiado tarde.
Las medusas y Palabra ya se habían movido para protegernos.
Aguijones vispoides disparados desde las profundidades de la selva.
Los interceptaron Palabra y las medusas.
Aniolita gritó al ver cómo Palabra se derrumbaba a sus pies. Se abalanzó sobre él desesperada, pero ya era demasiado tarde. Idkereda fue el primero en disparar contra la selva. Granadas incendiarias. Alkai le apoyó. Yo clavé una rodilla en el suelo... esperé un segundo...
pulso firme...
concéntrate... concéntrate, Katmai...
cuenta...
dos
Alkai e Idkereda no dejaban de disparar...
tres...
enjambre de vispoides
¡fuego!
rugiente, furioso, metálico y salvaje
directo hacia nosotros, contra nosotros
fuera las troceadoras
fuego, fuego, fuego antes de que puedan disparar aguijones y venenos
- ¡Fuego de cobertura a nuestra espalda, Alkai! -grité- ¡Fuego de cobertura enfrente, Idkereda! ¡Fuego a discreción! ¡Destrúyanlo todo!
Alkai se dio media vuelta y disparó contra la vegetación que teníamos en el lado opuesto a aquel de donde habían salido los aguijones. Idkereda agarró inmediatamente otro fusil y, sin dejar de disparar granadas incendiarias e implosionadoras, disparó también munición rastreadora contra los vispoides que habían escapado de la red. La mayoría de ellos quedaron atrapados en la troceadora y, al contraerse ésta, sus cuerpos fueron desmenuzados. Sólo dos o tres consiguieron huir hacia la selva, pero antes de llegar fueron abatidos por Idkereda. Quedamos envueltos en una nube de humo y de furia, ruido y trepidación, y rodeados por dos arcos de selva destruida, calcinada, troceada, aniquilada, pulverizada, reventada y dispersada al aire.
- ¡Alto el fuego! -ordené- ¡ALTO EL FUEGO!
Se hizo el silencio. Jirones de humo nos ungieron. La ceniza impulsada por el viento se enganchaba a nuestro rostro sudoroso.
Jadeábamos. Todos. También Palabra; incluso las medusas temblaban y emitían sonidos semejantes a jadeos humanos.
Había que actuar deprisa.
Me incliné sobre Palabra. Las medusas intentaban ayudarle pero ellas también estaban heridas y no podían moverse con facilidad. Los aguijones no se habían clavado en sus cuerpos pero los habían rozado. Habían utilizado sus tentáculos para desviar su trayectoria y ese mínimo contacto había sido suficiente. Aniolita sujetaba a Palabra entre sus brazos con el rostro anegado en lágrimas.
- Ayudadle -me pidió con los labios deformados por una mueca horrible y los ojos rojos-, ayudadle, por favor.
Me colgué el fusil al hombro.
- ¡Maldita sea, Alkai, Idkereda, no quitéis el ojo a esa jungla! ¡No quitéis el ojo! ¡Disparad si veis el más mínimo movimiento!
Palabra tenía un aguijón incrustado en sus pulmones y otro en uno de sus tentáculos.
Si hubiera sido humano probablemente ya estaría muerto.
Él simplemente estaba aturdido y no podía moverse ni hablar. Pero seguía respirando.
Le quité la redecilla. Ni Alkai ni Idkereda debían ver lo que estaba a punto de hacer. Lo que iba a hacer yo, estoy seguro de que lo hubieran hecho las medusas si hubieran podido, pero ellas tampoco estaban bien. No podían. En aquel momento, tenían convulsiones. Me envolví la mano izquierda en la redecilla. Soy diestro. No quería perder la diestra. Aunque supongo que algo me protegería la redecilla. O eso quería pensar. El traje también me protegería algo. Quizá no perdiera la mano. Quizá.
- ¡Qué hace, señor! -chilló Alkai.
Idkereda me miró alertado por el chillido de Alkai.
- ¡No! -gritó.
Demasiado tarde, amigo.
- ¡Miren hacia la jungla!
Rodeé con mi mano el aguijón de los pulmones
- ¡Es una orden!
sin apretar mucho, no quería introducir aún más veneno en el cuerpo de Palabra,
grité con todas mis fuerzas
y tiré de él con firmeza.
El aguijón salió y lo lancé enredado en la redecilla lo más lejos que pude.
Seguí gritando.
Mi mano me dolía tanto que creí que iba a desmayarme.
Brotó sangre de los pulmones del terkuma.
Vi la sangre de Palabra brotar hacia el mundo mientras un latigazo eléctrico, puro, luminoso, aterrador, me subía por el brazo y estallaba en mi nuca. Aniolita seguía llorando, paralizada por la pena, la impotencia y el miedo. Movió una de sus manos hacia la herida, con la intención de taponarla, pero se lo impedí a tiempo: la agarré por la muñeca con firmeza y le dije No, no, ni se le ocurra y entonces saqué con mi mano sana del botiquín que llevábamos un paquete de gasas de calidad militar antivenenos vispoides, lo rompí de un muerdo y taponé la herida de Palabra con las gasas. Ahora sí, le dije a Aniolita y agarré una de sus manos con mi mano derecha y la apreté contra la herida. Intenté respirar profundamente, intenté seguir consciente.
- ¡Apriete! -gemí-... ¡apriete fuerte!
Una de las medusas por fin reaccionó y retiró el otro aguijón.
La sangre de Palabra era roja, como la mía, como la de todos.
Aquel día conocí a Palabra. Le conocí lo suficiente como para confiar en él.
Me desvanecí.
Alkai me despertó de un puñetazo.
- ¡Señor! -gritaba furiosa- ¡Tenemos que llegar a la cromoplaneadora! ¡Le necesitamos!
La otra medusa extendió uno de sus tentáculos hacia mi. Hice un signo en mi traje de piloto, a la altura de mi muñeca, y el traje se retiró. La palma de mi mano estaba roja como si hubiera sujetado un cazo de agua hirviendo. El tentáculo de la medusa la agarró con fuerza. El contacto con la medusa me alivió el dolor. Alkai tenía razón. Había que seguir caminando.
- Vamos... ¡adelante!... sigamos -ordené con un hilo de voz, pero decidido.
Entre Aniolita e Idkereda llevaron a Palabra; las medusas se ayudaron mutuamente. Y Alkai me ayudó a mi. Idkereda cojeaba, las medusas caminaban haciendo eses, como si estuvieran borrachas, Aniolita lloraba ante el silencio de Palabra y Alkai maldecía y me recriminaba mi peso. Aun así, conseguimos llegar a la cromoplaneadora, pero no había rastro del piloto.
Allí el escenario era parecido al que habíamos visto durante todo el camino de vuelta.
Muerte y destrucción. Varios bultos cubiertos por la muerte blanca estaban tendidos en la orilla, alrededor de la cromoplaneadora. Algunos, medio hundidos en el agua.
- No toquen el agua -advertí, temía que hubiera charcos de ácido vivo camuflados en el agua del río.
Accedimos a la cubierta por la pasarela que aún conectaba la cromoplaneadora con la orilla. Aniolita empezó a llamar al piloto.
- ¿Alguien puede pilotar esta embarcación? -pregunté.
- ¡Señor! -gritó Idkereda- ¡Mire!
Señalaba hacia la cápsula. Había una esfera de mercurio levitando cerca de ella. Empezó a avanzar hacia nosotros.
- ¡Joder! -exclamó Alkai- ¡Idkereda!
Aniolita seguía llamando al piloto mientras ella e Idkereda avanzaban por cubierta hacia el toldo, situado a los pies del castillo de popa. En cuanto Idkereda dejó a Palabra sobre una alfombra, volvió cojeando hacia proa. Aniolita se quedó con Palabra. Las medusas no se movieron de la proa, permanecieron a nuestro lado. Temblaban ligeramente.
- ¡No disparen! -ordené-. Sería inútil.
- ¿Qué hacemos, señor?
La esfera seguía avanzando. En breve empezaríamos a sentir los efectos de la psicosis inducida.
El piloto apareció de repente. Se había refugiado en los camarotes. Estaba muy nervioso, no hacía más que gritar y hablar atropelladamente en terkuma, ninguno de nosotros entendimos nada de lo que dijo, y cuando vio a Palabra herido, empeoró: empezó a emitir un gemido lastimoso como el de un animal moribundo e indefenso y su cráneo estalló en un caleidoscopio de colores fríos, azules, violetas, grises plateados.
- ¡Aniolita! -grité- ¡Necesitamos su ayuda! ¡Dígale al piloto que cante, que nos ayude! Esa esfera de mercurio viene a por nosotros.
Alkai e Idkereda mantenían la posición a mi lado, pero sabían que no llevábamos armas eficaces contra esa medusa; de hecho, ya ni siquiera la encañonaban con sus fusiles.
Las medusas también estaban gritando, a su manera. Supongo que los gorgoteos que emitían con tanta fuerza eran gritos.
Aniolita seguía abrazada al cuerpo de Palabra.
- ¡Él no puede hacer nada! -gritó como respuesta a nuestros requerimientos-. Dice que no domina el arte de la lucha.
Me giré, desesperado. Di la espalda a la esfera y grité:
- Entonces... ¡vámonos!
Lo único que podíamos hacer era correr.
- ¡Pídale -insistí- que ponga en marcha este trasto y nos saque de aquí pitando!
Alkai e Idkereda empezaron a retroceder.
Aniolita habló en terkuma, entre sollozos. Palabra también gimió algo.
- ¿Servirá de algo si nos refugiamos en los camarotes? -preguntó Alkai.
- Será peor -respondió Idkereda, con la voz helada.
El piloto subió al puente y se conectó con la cromoplaneadora. El arco de timón que le rodeaba empezó a fulgurar con los colores del arco iris y todo el casco vibró. Nos elevamos unos centímetros.
Di una patada al tablón que hacía de pasarela y cayó al agua. Después retrocedí unos metros hasta unirme a Alkai e Idkereda. La cromoplaneadora empezó a alejarse de la orilla, cada vez más deprisa.
Sólo las medusas permanecieron en la proa.
Alkai contó las balas que quedaban en la pistola. Era una pistola de proyectiles rastreadores.
- Tres en el cargador más la de la recámara -informó.
Si la disparábamos a quemarropa contra nuestra sien los proyectiles no tendrían que rastrear mucho hasta llegar al cerebro.
- Todavía no -dije.
- Usted dirá cuándo.
Justo en el momento en que la cromoplaneadora empezó a girar para enfilar con la proa la ruta que debíamos seguir, la esfera de mercurio aceleró súbitamente y se situó a menos de cinco metros por encima de donde estaban las medusas.
El motor de la cromoplaneadora se detuvo. La embarcación quedó unida con la esfera de mercurio por varios arcos eléctricos, brillantes, cegadores, y un viento huracanado que parecía tener su origen en el arma Ínbid nos tumbó a todos en cubierta. Excepto a las medusas, que aguantaron por poco. El toldo salió volando. Aniolita protegió con su cuerpo a Palabra. El piloto aguantó en su puesto e intentó una y otra vez volver a poner en marcha la cromoplaneadora.
Alkai apoyó la pistola en su sien.
- Ha sido un honor...
- ¡Espere! -grité al mismo tiempo que le agarraba por la muñeca.
Forcejeamos.
- ¡Espere! -insistí-... ¿No lo entiende? ¡Esto no es normal! Estamos a su alcance, ya deberíamos haber enloquecido, las medusas están haciéndole algo -expliqué mientras le sujetaba con fuerza el brazo para evitar que volviera a apoyar el arma contra su cabeza-, démosles una oportunidad.
El viento arreciaba.
- También puede que la prisa por apretar el gatillo sea debida al ataque de la esfera de mercurio -dijo Idkereda, y le quitó el arma a Alkai.
Me arrastré por cubierta hasta donde estaba Aniolita con Palabra. Idkereda y Alkai me siguieron.
- ¿Qué podemos hacer? -le pregunté a Aniolita.
- ¡Nada! -gritó ella-... ¡Esa esfera está saturando los sistemas de control! ¡El piloto no puede arrancar!
- ¿No puede cantar y atraer la muerte blanca sobre ella? -insistí.
- ¡Yo no soy Palabra! -me contestó-. Si lo hago, acabaremos todos muertos antes de que afectara en algo a la esfera.
- Acabaremos todos muertos igualmente.
En ese momento, dos de los arcos voltaicos que unían la esfera con la cromoplaneadora interceptaron a las medusas. Casi instantáneamente, los dos icnidarios saltaron hacia la esfera, a pesar del viento huracanado, y quedaron enganchados a ella como dos lapas. Habían saltado contra el viento deslizándose por el arco voltaico, como si siguieran una línea de fuerza mucho más poderosa que las generadas por la hidrodinámica del aire. En el mismo momento en que quedaron enganchadas a la esfera, se apagaron los arcos voltaicos y el mercurio quedó desconectado de la cromoplaneadora.
También cesó el viento y yo pude alzarme y gritar al piloto:
- ¡Arranque! ¡Larguémonos de aquí!
Íbamos a la deriva. Estábamos a merced de la corriente. En cualquier momento podían aparecer más esferas de mercurio o enjambres de vispoides nos podían atacar desde la orilla.
- ¡No! -gritó Aniolita-... ¡No! ¡No!
No quería abandonar a Gurguru y Gurguguru.
Me agaché y la agarré por los hombros.
- ¿No entiende -le dije mirándola directamente a los ojos- que están sacrificándose para que tengamos una oportunidad?
Ante mis palabras, enloqueció.
- ¡Noooo! -chilló furiosa- ¡Fuera motores!
Y empezó a gritar en terkuma.
Pero entonces habló Palabra, con un hilo de voz.
- Tiene razón, Aniolita -dijo-, huid.
Aquello fue suficiente. El piloto volvió a intentar conectar los motores y esta vez lo consiguió, la embarcación empezó a virar y dejamos de estar a merced de la corriente.
Aniolita se abrazó a Palabra y lloró.
La esfera, con las medusas enganchadas a ella, quedó a popa y nos fuimos distanciando de ella rápidamente.
Rodeé el puente y fui hasta popa para poder observar mejor lo que ocurriera. En menos de un segundo se me unieron Idkereda y Alkai.
Las dos medusas seguían enganchadas al mercurio. Algunos de sus tentáculos se hundían en la esfera y desaparecían en sus entrañas, otros se aferraban a su superficie formando una tupida red. Todo el conjunto oscilaba en el aire, al principio ligeramente, pero de forma violenta e imprevisible al cabo de pocos instantes.
La esfera de mercurio intentó seguirnos, pero no avanzó mucho, descendió unos metros, rozó la superficie del agua, volvió a ascender, retrocedió, dio un salto hacia nosotros de un puñado de metros... y, de repente, cayó al agua y se sumergió.
Durante unos segundos, todo quedó en calma.
- No se quiten las máscaras todavía -dije.
El piloto de la cromoplaneadora aceleró. Aniolita lloraba abrazada a Palabra. Desde donde estábamos no podíamos verla, pero el motor de la cromoplaneadora era tan silencioso que podíamos oír su llanto con todo detalle.
Pero la calma duró poco. El agua empezó a hervir en el punto donde se había sumergido la esfera de mercurio, de forma más y más violenta a medida que nos alejábamos.
Llegó un punto en que la nube de burbujas empezó a seguirnos, cada vez más deprisa.
- ¡Acelere! -grité- ¡Más deprisa!
El piloto miró hacia atrás y me hizo caso, pero las burbujas también aceleraron y la distancia entre nosotros y el agua que hervía era cada vez menor.
De repente, volvió a emerger la esfera de mercurio y, de un salto hacia delante, volvió a situarse a proa. Sólo una de las medusas seguía enganchada a ella.
La cromoplaneadora frenó.
- ¡No frene! -grité- ¡Es inútil! ¡Acelere!
Al piloto tampoco debía gustarle la opción de salir huyendo contra corriente porque dejó de frenar la embarcación y volvió a aumentar la velocidad. Como si quisiera alcanzar la esfera de mercurio, como si quisiera lanzarse a la boca del lobo. Llegamos a ir mucho más rápido que antes. El ruido del motor ya no era un suave murmullo sino un estruendo considerable. Era evidente por el estruendo y por las vibraciones del casco que estábamos forzando la máquina al límite de sus posibilidades. La esfera de mercurio no tuvo problemas en mantener su posición, a pocos metros por delante y por encima de la proa. Incluso empezó a girar sobre sí misma cada vez más deprisa.
Volvimos corriendo a donde estaban Aniolita y Palabra.
Para cuando nos apostamos a su lado, la esfera giraba a una velocidad increíble. Se oía un zumbido en el aire, cada vez más agudo, como si un motor estuviera llegando a su límite, o una sierra circular en el que empieza a cortar una superficie metálica.
Justo cuando el zumbido subió de intensidad hasta llegar a límites insoportables, la medusa que aún estaba enganchada a la esfera de mercurio se rompió en pedazos y sus pedazos salieron volando en todas direcciones. La mayoría cayeron en el río, algunos pasaron justo por encima de nosotros y unos pocos cayeron en la cubierta de la cromoplaneadora, a pocos metros de donde estábamos. Había un trozo de tentáculo que aún se agitaba.
Aniolita gritó de una forma desgarradora. Sus manos se crisparon alrededor del cuerpo de Palabra y su rostro se deformó en una mueca de dolor y desesperación.
Idkereda y Alkai intentaron consolarla.
Yo mantuve la mirada clavada en la esfera de mercurio.
No había consuelo ni esperanza posible.
Por muy deprisa que fuera la cromoplaneadora, la esfera no perdía su posición frente a proa. Había dejado de girar y aparecía de nuevo ante nosotros en todo su esplendor, brillante, perfectamente esférica, lustrosa, como si nada hubiera ocurrido.
Reflejaba el río, la selva, el cielo, todo. Incluso la cromoplaneadora aparecía en su superficie, tan nítida y visible que parecía que viajáramos hacia una imagen de nosotros mismos.
Ahora ya nada se interponía entre ella y nosotros.
- A la selva -dije.
Me giré hacia el piloto y señalé la selva al mismo tiempo que gritaba:
- ¡Estrelle la cromoplaneadora en la orilla!
El piloto me entendió y la cromoplaneadora empezó a virar hacia la orilla.
Volví a mirar hacia proa y grité:
- Nuestra única posibilidad es dividirnos.
No era una gran oportunidad. La medusa que pilotaba la esfera de mercurio primero iría a por unos y después rastrearía la selva y cazaría a los otros. Pero era lo único que podíamos hacer. La otra alternativa era lo que había estado a punto de hacer Alkai.
- Alkai, usted con Aniolita; Idkereda, conmigo y con el piloto.
Idkereda estaba abrazando a Aniolita en aquel momento y pensé que protestaría, pero no lo hizo, guardó silencio y asumió la orden. Quien sí habló fue Alkai:
- Señor -dijo-, Palabra está muy mal, no sé si podremos llevarlo con nosotros.
- ¡No abandonaré a Palabra! -gritó Aniolita.
Palabra tendió su mano derecha hacia mí. Me acuclillé a su lado y se la agarré fuerte con mi mano sana.
- No se preocupen por mí -murmuró.
Estaba muy frío y su cráneo había perdido los colores. Todo su cuerpo estaba teñido de un color gris y mortecino.
- ¡No te abandonaré! -gritó Aniolita, llorando-... ¡jamás te abandonaré!
El terkuma pasó su otra mano por la mejilla de la mujer humana, arrasada por las lágrimas.
- ¡Eres mi padre, Palabra! -continuó gritando la mujer-... ¡Has cuidado de mí todos estos años! -y a partir de aquí empezó a hablar en terkuma.
Palabra también le respondió en terkuma, pero enseguida cambió a nuestro idioma.
- No pasa nada, Aniolita -dijo-, ellos te necesitan... necesitan que les guíes a través de la selva de este planeta. Yo estaré bien.
- ¡Nooo! -gritó Aniolita hasta quedarse sin aire.
La cromoplaneadora embarrancó en la orilla.
La esfera estaba muy cerca de nosotros.
- ¡Salten a tierra! -grité, Idkereda y Alkai tiraban de Aniolita, aferrada al cuerpo de Palabra, yo me giré hacia el piloto.
- ¡Transmita nuestra última posición!
Estaba desconectando sus tentáculos de los apéndices de la cromoplaneadora y dijo algo en terkuma. No sé si me entendió. Yo creo que sí, pero no puedo asegurarlo. Tampoco tuve tiempo para repetirlo. Ayudé a Idkereda y Alkai con Aniolita.
Al final, Aniolita había alzado el cuerpo del terkuma entre sus brazos e intentaba correr con él. El piloto saltó del puente y vino a ayudar.
Las cosas no iban bien.
La idea era ir ligeros.
Idkereda aún cojeaba. Saltó de la cubierta a la selva apoyándose exclusivamente en la pierna sana. Así no conseguiríamos ni alejarnos unos metros de la orilla.
La esfera Ínbid se acercó aún más. ¿Por qué no atacaba ya?
Entonces ocurrió algo.
La luz cambió.
Todo se oscureció de una forma extraña, sobrenatural. El cielo y los colores seguían brillando como antes pero en el aire parecía haber una sombra que absorbía la luz.
Miré hacia arriba, entre las copas de los árboles.
Era un eclipse.
Algo estaba cubriendo el sol.
Cuando el piloto de la cromoplaneadora se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, el color abandonó su rostro y su cráneo y se quedó blanco como la nieve.
- Keruva -gimió de forma casi inaudible-... Keruva.
Esa palabra sí la entendimos los humanos.
Creo que Palabra no se percató de lo que acababa de decir el piloto. Tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad.
Yo me di cuenta de que la esfera de mercurio ya no nos seguía. Al principio pensé que era porque no quería entrar en la selva. Pero no tardé en comprender que tenía más que ver con lo que estaba interfiriendo con la luz del sol.
- Alto -dije.
Depositamos el cuerpo de Palabra en el suelo y apoyamos su cráneo en las raíces de un árbol. El piloto no dejaba de susurrar en terkuma. Estaba temblando. Aniolita había dejado de llorar y miraba hacia el cielo. La espesura de la selva no nos permitía apreciar claramente lo que ocurría ahí arriba pero sí pudimos ver cómo la esfera de mercurio retrocedía y se situaba de nuevo en el centro del río.
- Esperen aquí -dije-, voy a ver si consigo algunos víveres y municiones.
- ¿Se ha vuelto loco, señor? -preguntó Alkai.
Estábamos a no más de cinco metros de distancia de la cromoplaneadora pero, a pesar de la proximidad, el sentido común sugería alejarnos de allí sin perder más tiempo.
- La esfera ha vuelto al centro del río -expliqué-, creo que ya no somos su interés principal.
Empecé a moverme. Era demasiado arriesgado pero también era una locura adentrarse en la selva sin víveres ni armas.
Me acerqué agachado a la cromoplaneadora y salté de nuevo a cubierta, avancé hacia la escotilla de acceso a los camarotes sin perder de vista ni por un instante a la esfera de mercurio. Justo antes de bajar por la escalerilla miré hacia el cielo y lo que vi me dejó paralizado. El objeto que había tapado el sol seguía proyectando su sombra sobre nosotros pero ahora estaba mucho más cerca y se podían apreciar detalles de su superficie.
No se parecía a nada que yo hubiera visto antes en mi vida. Mentira: sí había algo a lo que se parecía. Pero no desde luego a una nave espacial ni a nada que tuviera que ver con vehículos que pudieran levitar en el aire o viajar por el espacio. Era un erizo de mar gigante. Negro y con su cuerpo cubierto totalmente de púas larguísimas. Flotaba en el aire y parecía absorber la luz del día como si se alimentara de ella y estuviera hambrienta. Le rodeaba un aura difusa y oscura, igual que el velo negro de una viuda. Un escalofrío me recorrió la espalda. Aquel objeto era lo que distraía a la medusa que pilotaba la esfera de mercurio. Y parecía cada vez más grande. Se estaba acercando. Donde antes brillaba el sol ahora crecía una estrella negra de infinitas puntas.
Si aquella estrella negra era capaz de hacer que la esfera de mercurio se olvidara de nosotros, su poder destructor debía de ser como mínimo equiparable al del arma Ínbid. El aire entre aquellos dos objetos temblaba igual que si estuviera muy caliente y los rayos de luz se difractaran al atravesarlo. Algo estaba ocurriendo. Era evidente. Pero con mis limitados sentidos humanos sólo podía apreciar el leve titilar de la selva situada justo detrás de la línea que unía ambos artefactos. A saber qué cantidad de información, energía, bosones, proyectiles o amenazas se estaban intercambiando mútuamente en aquel momento. Lo cierto es que la esfera no había variado su posición a pesar de que mi figura sobre la cubierta debía de ser claramente visible desde donde se encontraba: permanecía inmóvil en medio del río, levitando a pocos metros de la superficie del agua. Había perdido por completo el interés en nosotros. Y el erizo gigante seguía acercándose. La distancia que nos separaba de él disminuía con cada segundo que pasaba. Sus púas oscilaban ligeramente como si olisquearan el aire.
Me apresuré al interior de la cromoplaneadora. No tardé ni un minuto en volver a salir. Iba cargado con municiones, lanzagranadas y víveres. El erizo ya estaba muy cerca. Debía de ser visible incluso desde los arbustos donde nos habíamos apostado y desde donde el resto del grupo me hacía señales. Salté al suelo de la selva y apoyé mi espalda un momento en el casco de la cromoplaneadora. Quería recuperar aliento y mirar hacia la esfera de mercurio antes de recorrer a tumba abierta los metros que me separaban del grupo.
Me asomé lentamente por encima del casco de la embarcación.
Se me paró el corazón.
Sin que me diera tiempo a reaccionar, la esfera de mercurio se desplazó hacia mi con una velocidad tan elevada que apenas pude seguirla con la vista, pasó justo por encima de mi y, sin detenerse, se fue directa hacia la espesura, donde desapareció, rompiendo ramas, arbustos y todo lo que se interpusiera en su camino. El resto del grupo había dejado de hacer señales, se habían quedado paralizados. La esfera de mercurio también había pasado por encima de ellos y, al igual que yo, no habían tenido tiempo ni de bajar los brazos. La esfera se había movido tan deprisa que nadie había tenido tiempo de decir esta boca es mía. Nos habíamos quedado congelados en el tiempo mientras el mercurio pasaba por encima de nosotros disparado como un proyectil hacia las profundidades de la selva, donde se perdió.
Estaba huyendo.
En la misma dirección por donde se suponía que teníamos que huir nosotros.
Era la primera vez en mi vida que veía huir a una esfera de mercurio.
Mi corazón empezó a latir de nuevo, desbocado. El erizo negro no se había movido. Imperturbable. Era enorme, inabarcable, sobrecogedor. Sus púas negras olisqueaban el aire desde donde se hallaba: a unos cincuenta metros de altura sobre el centro del río.
No sabía qué hacer, si correr hacia el grupo o pedirles que regresaran hacia la cromoplaneadora. El piloto parecía al borde de un ataque de pánico. Cuando estaba a punto de levantarme y echar a correr hacia ellos, la esfera de mercurio emergió de repente de la selva. Observé que un fino hilo luminoso unía una de las púas del erizo con la esfera de mercurio Ínbid. La medusa se resistió, intentó hundirse de nuevo en la selva, casi lo consigue, pero finalmente el erizo negro recogió sedal y acabó atrayéndola sin más contratiempos hacia la púa.
Sin que nada ni nadie pudiera impedirlo, la distancia entre la esfera de mercurio y el erizo gigante se fue reduciendo hasta que el engendro Ínbid quedó ensartado en la púa de donde salía el hilo luminoso.
Hice una señal con la mano al resto del grupo.
- ¡Vengan a ver esto! -grité.
Sólo acudieron Idkereda y Alkai.
Asistimos atónitos a lo que estaba sucediendo a no muchos metros por encima de nuestras cabezas. La punta de otra púa adyacente a aquella en la que estaba ensartada la esfera se hundió en el mercurio y extrajo lentamente, y aparentemente sin esfuerzo, la medusa que se escondía tras el metal líquido. Parecía que estuviera sacando un caracol de su concha. Cuando la medusa estuvo completamente fuera, la esfera de mercurio se deshizo y cayó al río como una lluvia de metal. La medusa desnuda, privada de la protección que le ofrecía la tecnología punta del Ínbid, se retorció, luchó, se agitó y, finalmente, murió y fue absorbida por el erizo. Se deslizó por la púa hacia el cuerpo principal y ahí desapareció, en el interior de éste. Idkereda y Alkai lo vieron tan bien como yo. Seguramente lo vimos todos porque desde donde estaban Aniolita, Palabra y el piloto probablemente también se pudiera ver. Pero no sé si Aniolita o Palabra lo vieron. Aniolita no perdía de vista a Palabra y Palabra seguía tumbado en el suelo con la cabeza apoyada en una raíz y los ojos cerrados.
Creo que el piloto sí lo vio.
Si no interpreto mal la gesticulación terkuma, juraría que fue víctima de un ataque de pánico. Cayó al suelo y empezó a temblar y a gemir espasmódicamente. Realmente, parecía un ataque de pánico. Creo que estaba muerto de miedo.
- Keruva -gimoteaba-, Keruva -y otras palabras incomprensibles.
Aniolita suspiró profundamente e intentó tranquilizarle.
Alkai, Idkereda y yo nos miramos en silencio.
- Esto no pinta bien -dijo Alkai.
Nos acercamos corriendo hasta donde estaba Palabra y el resto del grupo.
- Aniolita -dije-, ¿esos son los keruva? ¿Es eso lo que asusta tanto al piloto de la cromoplaneadora?
- Sí -dijo ella-, está aterrorizado, me hace sentir su miedo cada vez que habla. Siente auténtico pánico. Tengo que concentrarme mucho para que no me arrastre con él.
- ¿No puedes tranquilizarle utilizando su idioma? -preguntó Idkereda.
- ¿Qué puedo hacer yo? -respondió llorando la mujer-. Palabra se está muriendo, los vispoides y las medusas nos han atacado... sólo tengo ganas de gritar y de llorar. ¿Crees que así puedo tranquilizar a nadie? Bastante hago con no permitir que su pánico me arrastre a mi también.
Idkereda pasó uno de sus brazos por los hombros de la mujer, en un gesto de consuelo.
Ahora el timonel terkuma estaba dando vueltas sobre sí mismo.
Yo me fijé en Palabra.
Contuve la respiración.
Parecía tan frágil como la mirada de un niño desamparado rodeado de adultos.
- Palabra -murmuré.
Él tendió una mano y yo correspondí a su gesto. Agarré la mano que me tendía con mi mano sana.
Abrió los ojos.
- ¿Hay algo que podamos hacer por ayudarle? -pregunté.
- Nada -respondió, sin apenas voz.
Estaba demacrado. El veneno vispoide había hecho un buen trabajo. Su carne parecía haberse evaporado. Sólo quedaba una piel finísima empapada en sudor pegada a sus huesos, o cartílagos o lo que fuera que tuvieran los terkumas para sostener su cuerpo. El caso es que la piel se le ajustaba al andamiaje de su cuerpo como se hubiera ajustado un guante de seda a la mano de un esqueleto. Le costaba respirar y se notaba que hablar era para él un esfuerzo titánico, casi imposible de asumir en aquellos momentos.
Aun así, cantó.
Fue su última batalla.
Su voluntad firme al timón de un cuerpo nimio contra el Universo.
Ganó el Universo. Como siempre.
Pero su voluntad tenía un arma secreta: la palabra, y su voz.
Su voz era un leve murmullo, apenas una brisa.
Pero en cuanto se elevó por encima del clamor de las aguas del río, el piloto de la cromoplaneadora dejó de dar vueltas sobre sí mismo y se tranquilizó. Aniolita sujetaba entre sus manos la otra mano de Palabra. En aquel momento dejó de sostener la mano del terkuma y se tapó con las suyas el rostro, anegado de lágrimas y sal bajo la máscara.
- Dice que va a morir -balbució-, que es feliz por todo lo que ha vivido y por tener amigos humanos.
Palabra siguió cantando con voz pausada y suave.
Idkereda rodeó con sus brazos los hombros de Aniolita. Alkai asistía a la escena impotente, mirando de vez en cuando a sus espaldas para comprobar que el erizo siguiera en la misma posición. Yo sostenía con firmeza la mano derecha de Palabra sin saber qué decir. Tenía un nudo en la garganta. No quería que Palabra se muriera. Lo necesitábamos. Confiábamos en él. No podía morir. No debía morir.
Pero el veneno es implacable, igual que las leyes de la Física, igual que las Matemáticas, insensibles a cualquier lógica alternativa, sordas a cualquier diálogo o propuesta de excepción.
El canto de Palabra se fue apagando como una llama que se queda sin oxígeno.
Cuando apenas le quedaba un hálito de voz me miró fijamente y me dijo:
- No se rindan nunca.
Yo asentí.
- Idkereda -añadió Palabra-, acérquese.
Idkereda dejó de rodear los hombros de Aniolita con sus brazos y se arrodilló al lado de Palabra. El terkuma alzó ligeramente la mano que había dejado libre Aniolita e Idkereda la sostuvo entre las suyas. Aniolita se abrazó al cráneo del terkuma. Al notar que la máscara impedía que sus mejillas entraran en contacto con la piel de Palabra, se la quitó y la arrojó lejos con furia.
- ¡No te mueras, Palabra! -gritó con la voz rota- ¡No te mueras, por favor!
Y volvió a abrazarse a él.
- No puedo vivir eternamente, Aniolita -susurró Palabra, con voz dulce, como si cantara una nana, una canción llena de ternura y paciencia.
Luego añadió mirando a Idkereda, sin que su tono se tiñiera ni un ápice de pesadumbre, a pesar de su estado:
- No ha podido explicarme más costumbres humanas. Es una lástima. Ahora seré yo quien le explicará algo que quizá usted desconozca. Me gustaría que escucharan todos. Quizá ya hayan oído lo que les voy a explicar. Pero aun así me gustaría que escucharan todos, y que pensaran en medio de este campo de batalla qué significa lo que les voy a explicar. Es importante.
Palabra hablaba muy despacio. Su aliento era frío y débil. Nos lo robaba la muerte como la gravedad nos roba la arena que intentamos retener entre nuestros dedos, cuando somos niños y jugamos en la playa. Y nosotros sólo podíamos escuchar, de la misma forma que sólo podemos observar cuando somos niños. Observar, templar nuestro miedo y nuestra rabia y procurar aprender algo sobre cómo es el Universo, en un intento, quizá vano, para que la muerte no tenga la última palabra.
- Les quiero hablar sobre la tribu dani -continuó diciendo Palabra-. Los dani sólo tienen dos palabras para designar todos los colores, como si sólo existieran dos colores en el mundo. Con esas dos palabras tienen que arreglarse. Sólo dos palabras. Dos únicas palabras. ¿Comprenden? Y no viven en un mundo sencillo: es una tribu humana, es una tribu de su planeta cuna, una tribu que vive en las selvas de la Tierra, el mundo donde nació su especie. Viven rodeados de colores. Viven rodeados de estímulos... y tienen tan pocas herramientas para describirlos.... A la mayoría de danis les parecerán suficientes esas dos palabras... hasta que un día uno de ellos invente nuevas palabras, y entonces se volverán imprescindibles para ver el mundo. Puede que ustedes piensen que su situación, nuestra situación, la de todos nosotros, es muy diferente a la de los danis. Puede que incluso se sientan superiores, tecnológica y culturalmente, igual que nosotros los terkumas podríamos sentirnos superiores a ustedes los humanos por poseer un lenguaje más poderoso que el suyo. Pero se equivocarían, igual que nos equivocaríamos nosotros. En realidad, no estamos en una situación mucho mejor que la de los danis, ni ustedes, humanos del siglo XXIII, ni nosotros, a pesar de toda nuestra tecnología. No se dejen engañar por las apariencias.
Palabra hizo una pausa para tomar aliento. Aniolita seguía llorando abrazada a su cráneo.
- Somos pobres. ¿Cuántos colores puede percibir nuestro cerebro? Más de los que podemos nombrar con una palabra ¿Y cuántas emociones? Más de las que podemos decir con una palabra.¿Cuántas palabras tenemos para narrar el cosmos? Menos de las que necesitamos, por lo tanto, somos pobres. Todos. Por mucha tecnología que poseamos, no será la tecnología lo que derrumbará los muros de la prisión en la que vivimos. Por muy lejos que podamos viajar, no será la distancia lo que nos dará la libertad: serán las palabras.
Nuestro anfitrión nos miró a todos. Alkai se olvidó del erizo que nos amenazaba y se arrodilló junto a Idkereda.
- Nuestros intereses son comunes -continuó diciendo Palabra-, en realidad se reducen a uno sólo: la paz. Necesitamos paz para poder construir un espacio donde impere la ley, no la naturaleza salvaje; un espacio donde poder inventar las palabras que necesitamos... y por lo tanto poder inventarnos a nosotros mismos. Nuestros enemigos son comunes: todo aquel que propague la oscuridad. Nuestras armas son comunes: la palabra. La palabra es el fuego que ilumina el camino. No permitan que se apague nunca. No se rindan jamás, aunque el Universo parezca vacío, aunque parezca estéril y refractario a cualquier semilla, y en última instancia quizá lo sea, ustedes no deben rendirse jamás. Denme su palabra aquí y ahora de que no se rendirán nunca.
Noté que me apretaba la mano con sus últimas fuerzas.
- Le doy mi palabra -empecé a decir.
Una piedra oscilaba en mi garganta.
Alkai posó una mano sobre la de Idkereda y otra sobre la mía; así quedamos unidos todos con Palabra y entonces continué:
- Le damos todos nuestra palabra, y hablo tanto por los que estamos como por los que faltan, de que no nos rendiremos jamás, pase lo que pase, ocurra lo que ocurra. Tiene nuestra palabra.
Su rostro se iluminó por una fracción de segundo con la misma luz que proporciona la sonrisa de un niño.
Luego cerró los ojos y se hundió en lo desconocido.
Su cuerpo se distendió.
Lo noté porque su mano dejó de responder al apretón de la mía. Quedó muerta, como él.
Lo notamos todos.
Aniolita aulló de dolor. Gritó y permaneció abrazada al cuerpo muerto de Palabra. El piloto se unió al abrazo. Alkai acercó su rostro al cráneo de Palabra y lo besó a través de la máscara. Luego se puso en pie y nos dio la espalda. Se quedó mirando fijamente al río, al erizo, sin saber muy bien qué hacer, perdida, desorientada. Idkereda posó su mano sobre la espalda de Aniolita. Vi el rostro de mi amigo transido de dolor a través del plástico de la máscara. Yo me levanté y miré hacia el erizo.
- Tenemos que movernos -dije.
- ¿Qué hacemos con el cuerpo de Palabra? -preguntó Alkai sin mirarnos.
- Nos lo llevamos -respondí.
- ¿Selva a través, señor?
Suspiré.
- Nos vamos en la cromoplaneadora -dije.
Entonces Alkai se giró y me miró fijamente.
- Esa cosa no se mueve -expliqué-, no sabemos cuáles son sus intenciones; de momento nos ha librado de la esfera de mercurio. Y si quisiera ir a por nosotros, apuesto a que podría rastrearnos por la selva igual que ha rastreado a la medusa. Así que vámonos de frente. Huyamos río abajo.
Empecé a caminar hacia la cromoplaneadora.
- Con todos mis respetos, señor -dijo Alkai-, está usted loco.
- Lo sé.
Me giré para comprobar si me seguían.
Idkereda llevaba en brazos el cuerpo de Palabra. Cojeaba ligeramente. Aniolita iba a su lado y Alkai la rodeaba con sus brazos. El piloto se había quedado atrás.
- Keruva -murmuró de nuevo.
- ¡Vamos! -grité-... ¡Le necesitamos!
Dio un paso hacia la cromoplaneadora, pero se detuvo y volvió a murmurar:
- Keruva.
De repente, un hilo plateado surgió de la cabeza de aquel terkuma y se extendió por el aire; lo seguí con la mirada y comprobé que iba a parar a una de las púas del erizo.
Era un rayo tractor como el que había atrapado a la esfera de mercurio.
El terkuma gritó aterrorizado, su cráneo se iluminó con colores vivos, púrpuras, azules, que danzaban por su epitelio como si su cabeza fuera un farolillo lleno de arena que brilla al agitarse. Al mismo tiempo, todo su cuerpo empezó a elevarse en el aire.
El erizo iba a absorberlo como había hecho con la medusa de la esfera de mercurio.
Sin pensarlo dos veces, corrí hacia él, salté y me abracé a su cabeza.
- ¡Ayúdenme! -grité.
Todos acudieron inmediatamente.
Aniolita y Alkai saltaron y se abrazaron a mi. Idkereda llegó el último: se entretuvo dejando el cuerpo de Palabra en el suelo y se acercó cojeando. Cuando llegó, no dudó en unirse a nosotros, a la única esperanza que teníamos de salir de allí rápida y eficazmente, pero sólo se pudo abrazar al cuerpo del piloto. Dejamos de ascender. La tensión era insoportable. Temí que el cuello del terkuma no aguantara. Por muy fuerte que fuera para poder sostener la enorme cabeza terkuma, sus límites debía de tener, y tuve miedo de alcanzarlos. Pero no teníamos alternativa y, por el terror que sentía, creo que casi nos hubiera agradecido que le rompiéramos el cuello antes que morir absorbido por el erizo. ¡No se suelten!, grité. El cráneo del piloto estaba envuelto en una niebla blanca que se extendía hasta conectar con una de las púas del erizo. Al llegar a la púa no era más que un hilo tenue, trémulo, pero persistente.
Durante un segundo nos quedamos suspendidos en el aire. Contuvimos la respiración. Fue un segundo eterno. El terkuma no dejaba de gritar, aterrorizado. Luego el hilo desapareció de repente y caímos al suelo todos.
Alkai y Aniolita fueron bastante hábiles y supieron caer sin hacerse daño pero yo no me moví con rapidez suficiente y el cuerpo del terkuma cayó casi por completo sobre mí.
Oí el crujido seco de una de mis costillas.
- ¡Joder! -bufé.
En cuanto a Idkereda, estaba sentado en el suelo con una mueca de dolor en el rostro y no dejaba de masajearse el tobillo. El piloto terkuma se arrastró hasta apartar su cuerpo de encima del mío pero se quedó cerca, acurrucado sobre sí mismo. Se cubría el cráneo con sus tentáculos-brazo y murmuraba en terkuma palabras incomprensibles. Aniolita fue hacia el cuerpo de Palabra, se arrodilló y lo apretó contra su pecho.
Antes de que tuviéramos tiempo de comprender qué había ocurrido, Alkai señaló al cielo y gritó:
- ¡Mirad!
Tenía pocas esperanzas de que nuestro abrazo hubiera sido la causa de la liberación del piloto. Lo que vi en el cielo me confirmó mis temores: el erizo nos habría podido levantar a todos con su rayo tractor si se lo hubiera propuesto, si no hubiera tenido que ocuparse antes de su propia supervivencia.
Unos puntos luminosos se movían a su alrededor.
Orbitaban rápidos como centellas y dejaban unas tenues estelas luminosas tras ellos. No los habíamos visto llegar y se movían a tal velocidad que era difícil distinguir su forma o detalles de su superficie. Debía de haber una docena, quizá más. Todos ellos, al lado de la estrella negra, parecían diminutos.
Sentí que el suelo empezaba a vibrar.
Me fijé con más atención. Agucé la vista, eché de menos la visión de águila que me proporcionaba la piel sintética y los módulos para aceleración neuronal del incurdroid. Con su ayuda habría podido distinguir claramente qué eran aquellos objetos que rodeaban el erizo gigante.
Sin su ayuda, tuve que conformarme con la intuición de que algo estaba a punto de ocurrir.
No tenía mérito: durante toda la mañana habían sucedido cosas, una detrás de otra.
Pero en aquel momento la vibración del suelo iba en aumento.
Y el aire estaba seco y tenso como los cables de nanocarbono de los ascensores espaciales.
Estaba empezando un terremoto y a punto de estallar una tormenta.
Me incorporé de un salto.
- ¡Idkereda! -grité- ¡Alkai! ¡Todos! ¡A la cromoplaneadora! ¡Vamos, rápido!
Avancé hacia la embarcación.
La vibración del suelo aumentó aún más.
Las centellas habían encerrado al erizo en una tupida red de estelas luminosas que se mantenía brillando gracias a que aquellas pequeñas fuentes de luz se movían cada vez más deprisa a su alrededor.
Se hizo audible un zumbido que aumentó rápidamente en intensidad.
De repente, empezaron a dolerme los oídos y la cabeza y me sentí mareado.
La sensación se parecía mucho a la que provocaba el canto terkuma. Era como estar justo al principio del dolor y poder intuir ya el abismo de sufrimiento que te esperaba un paso más adelante.
- Aniolita -dije-... ¿qué es eso?
Apreté la mandíbula y cerré los ojos porque el dolor y la vibración del suelo, y en aquel momento también del aire, iban en aumento.
- Son tropas de elite terkuma -me contestó la mujer con el cadáver de Palabra entre sus brazos-, los terkumas están contraatacando.
Caí de rodillas al suelo.
- Ayúdenos -supliqué.
Idkereda y Alkai se arrastraban hacia la cromoplaneadora. El piloto había salido de la parálisis que le provocaba el pánico y había conseguido llegar ya a la embarcación. Alkai intentaba subir a cubierta, el piloto tendió uno de sus tentáculos para ayudarla. A Idkereda aún le faltaban unos metros.
- Si conseguimos refugiarnos en la cromoplaneadora -me contestó-, podré ayudarles. Pero tenemos que conseguir llegar a los camarotes.
Grité con todas mis fuerzas:
- ¡A los camarotes!
Me alcé de nuevo. Ayudé a Idkereda.
A partir de ahí, imágenes inconexas. Imágenes tomadas a ras de suelo. Arrastrándome. El barro de la orilla. La cubierta. Impoluta. Metálica. Cayendo por unas escaleras. Sacudidas, trompicones, alguien tira de mí, alguien me pisa. Caos. Dolor. Una puerta se cierra. Los sonidos no son normales: no son sonidos, son martillazos, estallan en mi cabeza, revientan mis sienes.
Todos los sonidos.
El producido por mi cuerpo al arrastrarse.
El portazo.
¡Y la luz!
La luz estrepitosa de la muerte blanca suena redoble de tambores y estalla también en mi cabeza. Todo me ciega.
Mis ojos de repente de cristal se rompen hacia dentro.
Toco un cuerpo a mi lado. Es Alkai.
Una respiración, es Idkereda.
Están a mi lado, están conmigo.
Tiemblan, se convulsionan.
Igual que yo.
No importa, lo han conseguido. Lloro, río. Dentro de la cromoplaneadora. Todos en un camarote, acurrucados los tres humanos humanos entre la humana terkuma Aniolita y el terkuma piloto aterrorizado por el erizo.
Cantan ambos para protegernos.
Extienden un manto de sonido sobre nuestros hombros que nos salva de la luz, de la tormenta, de los tambores, del aire que mata, de la furia, del fuego. De la muerte desatada.
La muerte.
Nos ronda siempre, discreta, en silencio. Como si no existiera. La muerte. Vieja puta.
¿Podré decir todo lo que tengo que decir? ¿Lo habrá dicho Palabra?
Hace como que no está. Vieja puta. Como si nuestros días miraran de frente a la eternidad, como si nuestro aliento no fuera un suspiro despreciable frente al pulso inmenso del Universo.
¿Qué somos? Nada. Pero... ¿tendré tiempo de decirlo? ¿De inventarme un nombre que lo cambie todo? Palabra murió sin haber dicho todo lo que tenía que decir. ¿Qué hubiera cambiado aquella mañana mientras desayunábamos si hubiera sabido que iba a morir pocas horas después? ¿Qué hubiera cambiado yo?
Desaparezco.
Ya está.
Será como antes de haber nacido. Nada. Un dolor infinito y luego... nada.
En el umbral de la nada. Olvido mi nombre. No soy. Vértigo y náusea. Estoy continuamente a punto de romperme en pedazos. El mundo entero ha sido engullido por un pulso brutal que golpea desde el cielo de forma periódica e implacable. ¿Quién soy? Mi nombre, mi nombre, mi nombre... ¿cuál es mi nombre? No sé decirlo, no sé juntar las letras, mi lengua trabada lucha hundida en mis neuronas empantanadas todas en un charco de sangre donde los sonidos de vocales y consonantes chapotean con el mismo sabor de hierro oxidado. No se distinguen. No emergen hacia la voz. Hierro oxidado en mi boca. Sangre.
Me muero.
Es la muerte, la disolución, la nada.
Un dolor, un terror infinito y luego... nada. Sí: eso será.
El pulso golpea tan fuerte que me levanta del suelo me voltea y me vuelve a arrojar al barro o a la cubierta, allí donde esté. El mundo se aleja de mí por un túnel sin final, igual que si cayera en un pozo y, de repente, al ritmo impuesto por el pulso, vuelve a acercarse y me golpea en la cara. Bofetadas como martillazos planetarios. Una y otra vez una y otra vez.
Así hasta que consigo llegar al camarote y Aniolita y el piloto empiezan a cantar para protegernos del infierno de fuera.
Aniolita ha bajado con ella el cadáver de Palabra.
Fuera nieva.
Hay tanta muerte blanca que el exterior está cubierto de nieve. No hay un sólo rincón donde poder respirar sin inspirar muerte.
Aniolita ha querido proteger el cuerpo de Palabra igual que nos ha protegido a nosotros con su canto.
Gracias a ella y al piloto, sobrevivimos.
Acurrucados en el camarote, envueltos en aquel manto sónico con el que ella y el piloto nos arroparon, sobrevivimos al pulso, a la muerte blanca, a la furia que los terkumas han desatado sobre aquella estrella negra erizada de púas.
Gracias a ella y al piloto, sólo sentimos dolor.
Un dolor que nos impide movernos y pensar, que nos anula durante todo el tiempo que dura el ataque terkuma, que casi nos vuelve locos, un dolor punzante, indescriptible y definitivo como si nos quemaran con un hierro al rojo todos los nervios del cuerpo a la vez, pero sólo dolor.
Cuando cesó el ataque terkuma, cesó el dolor y seguíamos siendo nosotros: no nos habíamos vuelto locos. No habíamos muerto, no habíamos desaparecido, pudimos de nuevo unir las letras y formar otra vez nuestro nombre. Y podíamos pensar. Aunque no pudiéramos hablar por lo aturdidos que estábamos, podíamos recordar, y recordábamos quiénes éramos y dónde estábamos. Y comprendimos que sin Aniolita y el piloto, hubiéramos muerto, aun y refugiándonos en el vientre de la cromoplaneadora. Aun y tapándonos los oídos con las manos y gritando con todas nuestras fuerzas en un desesperado intento por anular el canto terkuma.
Me palpé el rostro con las manos. No tenía la máscara. No recordaba habérmela quitado. Miré a mi alrededor. El cuerpo sin vida de Palabra reposaba en una litera cubierto con una sábana. Alkai e Idkereda tampoco llevaban puesta la máscara. Estábamos tirados por el suelo del camarote como títeres abandonados. Alkai tenía las piernas encima de una de las literas y el resto del cuerpo en el suelo. Yo tenía mi cabeza apoyada en su vientre y mis piernas encima del cuerpo de Idkereda. El biólogo estaba encajado entre dos literas y tenía los brazos levantados como si alguien le estuviera apuntando con un arma.
De hecho, era muy posible que alguien nos estuviera apuntando con un arma.
Salimos al exterior.
Recogimos las máscaras por el camino y volvimos a ponérnoslas.
Aniolita y el piloto se nos habían adelantado. Estaban en cubierta mirando hacia el cielo.
El paisaje había vuelto a cambiar.
El erizo negro gigante había quedado cubierto por completo de pelusas carroñeras: había tantas que formaban una masa esférica a su alrededor. No se veía una sola púa. Sólo pelusas, tan compactas y brillantes que ante nuestros ojos flotaba una bola de nieve grande como un asteroide, enorme, gigante, incontestable, con leves destellos rosas. No había rastro de los terkumas pero unas cuantas armaduras flotando en el río nos informaron a todos de que era probable que hubieran muerto, al menos algunos de ellos. La vegetación estaba densamente cubierta por telarañas blancas a todo nuestro alrededor.
Me dirigí hacia donde había quedado tirado el botiquín y me arrodillé a su lado.
El dolor de mi mano no había cesado con el canto terkuma. En aquel momento era más consciente que nunca de él. La cura de la medusa no había sido suficiente.
Mientras buscaba algo con lo que curarme la mano, Aniolita y el piloto continuaron mirando la bola de nieve hipnotizados. Idkereda y Alkai se acercaron a mí.
- ¿Cómo está su tobillo? -pregunté a Idkereda.
- Mucho mejor, señor -me contestó-, los nanobots médicos están haciendo un buen trabajo. ¿Y su mano?
- Me quema. Supongo que los terkumas tendrán algo en este botiquín que me irá bien.
Nuestro botiquín se había perdido en algún momento a lo largo de la huída y sólo disponíamos de aquel botiquín terkuma repleto de recipientes y objetos diversos, pero todos ellos etiquetados con símbolos incomprensibles.
- ¡Aniolita! -llamó Alkai-... Por favor, ven.
La mujer acudió, se arrodilló a mi lado, escogió una crema del interior del botiquín y empezó a untármela en la palma de la mano.
- Gracias -dije.
- No hay de qué -me contestó ella, muy seria.
- Pídale al piloto que arranque el motor, por favor. Dígale que tenemos que irnos.
Ella se giró hacia donde estaba el terkuma y le dijo unas palabras en su idioma
El piloto contestó con el cráneo encendido en colores. Por un momento pensé que estaba a punto de salir corriendo hacia la selva y que no volveríamos a verle, pero me equivoqué. Antes de acabar de hablar, subió al puente y se conectó a la embarcación.
Aniolita dijo algo en terkuma, volvió a girarse hacia nosotros y siguió untándome la crema.
- ¿Qué ocurre? -pregunté.
- Está muy nervioso, tiene mucho miedo.
- Esto no es normal, ¿verdad? Quiero decir, esa cosa ya debería haber caído, ¿no?
- Creo que sí, no sé.
- ¿No sé?
- No sé qué es lo que se supone que tendría que haber pasado. No he visto nunca a los keruvas. Sólo los conozco por las historias que me ha contado Palabra y el resto de terkumas. Esas armaduras flotando en el río...
No se atrevió a acabar la frase.
- En cuanto el piloto arranque -sentencié-, nos vamos.
Aniolita empezó a vendarme la mano.
- Sentimos lo de Palabra -dijo Idkereda.
Ella no contestó.
El motor arrancó y la cromoplaneadora empezó a moverse.
- Todos lo sentimos -añadió Alkai.
Aniolita acabó de vendarme la mano y cerró el botiquín de golpe.
Luego, cuando parecía que iba a levantarse de un salto y alejarse sin decir nada, se quedó quieta, totalmente inmóvil, con las manos sobre el botiquín y la mirada perdida en el vacío.
Suspiró.
- Vosotros lo sentís -dijo con la atención puesta por completo en el horizonte-... yo esta mañana lo he perdido todo.
Nos quedamos en silencio.
- Todo -repitió.
La cromoplaneadora se situó a favor de la corriente y añadió la potencia de sus motores a la del río. El piloto no había esperado orden ninguna. Había puesto la cromoplaneadora en marcha y estaba forzando el motor para alejarse lo más rápidamente posible de la bola de nieve. Probablemente no hubiera hecho falta ni siquiera pedírselo antes, lo hubiera hecho él mismo impulsado por su miedo.
- Bienvenida a la guerra -dije yo.
Aniolita me escupió, furiosa.
Me pregunté de quién habría aprendido ese gesto de desprecio. ¿De sus mayores, de sus amigos niños mientras vivieron o acaso era un gesto universal y lo había visto en los terkumas?.
Su saliva impactó contra el plástico de la máscara y empezó a deslizarse lentamente hacia abajo. Yo abrí parsimoniosamente el botiquín y me limpié la visera de la máscara con unas vendas.
- ¡Vosotros habéis traído la guerra! -nos gritó ella.
- Se equivoca -respondí tranquilamente-, échenos la culpa si eso le hace sentir mejor pero era cuestión de tiempo que se encontrara con ella. La guerra ya existía antes que nosotros. Y seguirá existiendo después. Existirá mientras haya vida. La vida no es más que guerra y reproducción.
- ¡No! -chilló ella- ¡Qué tonterías está diciendo!
Volvió a taparse el rostro con las manos y se echó a llorar.
- Incluso Palabra habría estado de acuerdo conmigo -continué diciendo-... ¿por qué cree que ansiaba la paz? Porque la paz es la única oportunidad que tiene la civilización de construir un mundo diferente al mundo salvaje, en el que impera la ley del más fuerte y sólo cuenta la victoria y la supervivencia de los genes.
Ella siguió llorando sin consuelo. Miré a Idkereda. No sabía qué hacer, quería consolarla pero no sabía cómo. Miré a Alkai. Tenía la vista fija en el suelo. Volví a mirar a Aniolita, fijamente, casi retándola.
- Odie, si quiere -concluí- pero el odio la aleja del mundo que quería construir Palabra.
Entonces ella agarró el botiquín, se levantó y con sus mejillas arrasadas por las lágrimas se alejó de nosotros. Idkereda se quitó la máscara, la siguió y la agarró del brazo. Ella se giró, le miró y se abrazó a él. Acurrucó su rostro en el cuello de Idkereda y lo llenó de lágrimas y mocos. Él rodeó con sus brazos el cuerpo de la mujer, apoyó su mejilla en la frente de ella y cerró los ojos.
- Te entiendo -dijo el biólogo-, todos te entendemos, incluso Katmai, no estás sola.
Sí, Katmai también. Por eso no le tendría en cuenta que me escupiera ni que me despreciara. Ella sabía que yo tenía razón. Que ni siquiera el recurso fácil del odio podía serle útil para distraerse del dolor que sentía. No a estas alturas de la historia, no después de haber reconocido que Palabra había sido un padre para ella.
Miré a Alkai.
- Tenemos que enviar un mensaje por radio -recordé.
- Sí, señor -me contestó ella, y añadió con sarcasmo: ahora que Palabra ha muerto, seguro que sus dotes diplomáticas nos serán muy útiles para convencer a todos los terkumas de que se pongan de nuestro lado.
Me puse en pie, recogí la máscara de Idkereda y le tendí una mano a Alkai. Ella la agarró con firmeza y la alcé.
- Lo sé -dije impasible cuando tuve su rostro ante el mío-, estoy loco y soy un bocazas. Pero sigo siendo su jefe y mi paciencia tiene un límite. Sígame.
Nos plantamos ante Aniolita e Idkereda.
- Tenemos que comunicarnos con Trae consigo -dije al mismo tiempo que tendía la máscara a Idkereda.
Aniolita estaba más tranquila. Se apartó ligeramente de Idkereda y preguntó:
- ¿Por qué con Trae consigo?
- Idkereda, póngase la máscara de nuevo, aún no estamos en zona segura. A Aniolita no puedo ordenárselo... pero a usted, sí.
El biólogo obedeció.
Aniolita esperaba una respuesta.
- Quizá sea mejor Árbol de luz -propuse-. No lo sé. ¿En quién confiaba más Palabra? Ahora él ya no está... Aniolita, tendrá que ayudarnos usted.
Ella apretó los labios, contrariada.
- Es lo que él hubiera esperado de usted -remaché.
- Trae consigo -dijo-, y también Árbol de luz. Creo que los dos nos ayudarán. Palabra ha escrito mensajes para ambos.
- ¿Escrito? -pregunté- ¿Cuándo?
- Hace un momento, ante vosotros -contestó ella-. Justo antes de morir.
Miré a Idkereda y Alkai. Ninguno de nosotros había visto a nuestro anfitrión escribiendo. El desconcierto se reflejaba en el rostro de mis subordinados.
Aniolita se dirigió al puente.
- Vamos -dijo-, nos pondremos en contacto con Trae consigo para que prepare las antenas aleph...
En ese momento, la cromoplaneadora frenó de golpe y todos saltamos hacia delante y caímos al suelo. Sentí un dolor lacerante en el costado; la costilla aún no estaba curada.
- ¡¿Qué pasa?! -grité.
El motor rugía. La cromoplaneadora luchaba contra una fuerza que intentaba retenerla. El agua burbujeaba a nuestro alrededor.
Miré al cielo.
El erizo cubierto de muerte blanca se estaba acercando.
Y dejaba tras de sí un reguero de pelusas en el aire y en el agua del río.
La punta de algunas púas volvían a ser visibles.
Las pelusas se dejaban llevar por el aire sin voluntad propia. Caían al río sin oponer resistencia, sin luchar por volver a su sitio y continuar disfrutando del festín que se supone debería ser el devorar el erizo negro gigante. Caían en silencio mientras el erizo gigante seguía entero y se acercaba cada vez más.
Aniolita dijo algo.
Están muertas, me pareció entender por encima del rugido del motor.
Muertas. Igual que los soldados terkuma que habían intentado derribar aquel monstruo. Igual que Palabra.
La estrella negra de un millón de púas aceleraba hacia nosotros.
Cada segundo que pasaba quedaban menos pelusas enganchadas a su superficie y estaba más cerca de nosotros.
Corrí hacia el puente. Me siguieron Idkereda y Alkai. Aniolita se quedó mirando el erizo y murmurando incoherencias en terkuma. El piloto estaba pálido y también balbuceaba en terkuma una frase tras otra.
Mi intención era enviar un mensaje de socorro, pero no el que habíamos ido a enviar sino uno más sencillo: a Trae consigo. Pensaba decirle que viniera inmediatamente a sacarnos de ahí. Suponía que el sistema de comunicación de que estuviera dotado aquella embarcación terkuma debía de estar en el puente, donde el piloto se conectaba al vehículo para ponerlo en marcha.
Antes de que pudiéramos llegar, el piloto fue absorbido.
Uno de aquellos hilos de plata volvió a extenderse desde una de las púas del erizo negro hasta la cabeza del terkuma. Éste gritó y se llevó los tentáculos-brazo a la cabeza. Intentó agarrarse a la embarcación, intentó luchar... pero fue en balde. Antes de que pudiéramos hacer nada, quedó desconectado de la embarcación y se elevó por los aires.
El motor rugía desbocado contra la fuerza que aprisionaba la cromoplaneadora. El piloto debía haberlo dejado en automático o se había estropeado. Fuera lo que fuera, parecía a punto de explotar.
Cuando llegamos al puente, ya era demasiado tarde para ayudar al terkuma. Volaba muchos metros por encima de nosotros directo hacia la púa de donde salía el hilo plateado.
- ¡Maldita sea! -grité-. ¡Alkai, quédese aquí e intente averiguar cuál de estos trastos es la radio! ¡Envíe un SOS!
- ¡Sí, señor!
- ¡Idkereda, venga conmigo!
Alkai se quedó en el puente intentando descifrar el escueto panel de mando de la embarcación terkuma. Ni siquiera sabíamos si requería genoma terkuma para activarse, pero alguien tenía que intentarlo. Idkereda y yo bajamos a cubierta. No hizo falta que le explicara al biólogo computacional lo que quería hacer. Recuperamos las armas y nos pusimos a disparar contra el erizo.
Fue inútil.
El piloto fue absorbido.
Aniolita chilló, cayó de rodillas y gimió:
- Basta, basta.
Se tapaba los oídos con las manos.
El estruendo del motor había sido substituido por el de las armas. La cubierta se llenó de casquillos de proyectiles buscadores, explosivos, expansivos, disgregadores y multi-ojiva. Todos de tecnología terkuma. Palabra había desconectado el control genético aquella mañana.
- Basta -seguía gimiendo Aniolita.
- ¡Aniolita! -grité- ¡Ayude a Alkai en el puente!
Tiré el fusil y cargué un lanzagranadas.
Fuego.
La granada explotó antes de llegar a tocar el objetivo.
- ¡Ayude a Alkai! ¡En el puente! -insistí- ¡Intenta enviar un mensaje de petición de socorro!
Empezó a moverse sin apartar sus manos de sus oídos pero en aquel momento la cromoplaneadora quedó libre de la zarpa que la retenía, de golpe, y toda la embarcación dio un salto hacia delante.
Avanzamos a toda velocidad hacia la orilla. Íbamos a estrellarnos.
Habría sido motivo de preocupación si no hubiéramos estado demasiado ocupados intentando no caer al agua.
Aniolita había saltado por encima de la baranda y se sujetaba a ella con una sola mano. Si caía al agua no podríamos volver a por ella. La cromoplaneadora estaba fuera de control.
Volví a disparar contra el erizo al mismo tiempo que Idkereda intentaba ayudar a Aniolita.
Consiguió subirla de nuevo a cubierta. Ella se abrazó a él pero él la apartó suavemente y le dijo algo. Entonces ella asintió y corrió hacia el puente.
- ¡Idkereda! -chillé- ¡Concentremos el fuego!
Le lancé un cinturón lleno de cribadoras. Lo cogió al vuelo, se pasó el fusil a la espalda y en menos de dos segundos estaba preparado para disparar las granadas.
- ¡Al centro! -grité- ¡Fuego!
Abrimos fuego los dos a la vez. Él, cribadoras; yo, fragmentadoras. Las granadas salían de sus lanzadores y volaban por el aire ansiosas hacia el blanco para el cual habían sido programadas. Devoraban el espacio hambrientas, impacientes por cumplir su misión. Pero ni siquiera concentrando el fuego conseguimos que los proyectiles superaran las defensas del erizo, todos explotaban justo delante de él o eran desviados hacia la selva, donde causaban estragos entre la vegetación.
- ¡Idkereda! ¡Probemos con los laterales y dispersemos el fuego!
El erizo estaba cada vez más cerca.
- ¡Nos estrellamos! -gritó Alkai desde el puente.
No hubo tiempo para sujetarse.
La cromoplaneadora llegó a la orilla, chocó contra la vegetación, se levantó la proa, Idkereda y yo rodamos por cubierta y caímos al agua mientras la embarcación se adentraba en la jungla y quedaba frenada finalmente por arbustos, ramas, raíces y árboles.
Busqué a Idkereda en el agua.
- ¡Idkereda! -grité.
No le veía.
Me sumergí. El agua estaba tan turbia que apenas veía mis propias manos. Choqué con un bulto. Era el cuerpo de Idkereda. Estaba sin conocimiento. Tiré de él hacia la superficie.
Saqué su rostro al aire para que pudiera respirar y nadé remolcando todo su cuerpo hacia la orilla. Al llegar, había recuperado la consciencia.
- ¡Idkereda! -grité- ¡Despierte!
Estaba atontado pero por fin reaccionó.
El entrenamiento sirve para algo. Creo que ni siquiera sabía muy bien dónde estaba pero se movió. Nos arrastramos por el limo, jadeando, agotados.
- ¡Idkereda! -grité otra vez- ¿cómo está? ¿Cómo se encuentra?
Él me miró. Era evidente que estaba desorientado; sus ojos no parecían ser capaces de enfocarme.
Le agarré por los hombros y comprobé si tenía alguna herida en la cabeza. No vi herida ni sangre. Le zarandeé.
- ¡Vamos, Idkereda! -volví a gritar- ¡Le necesito aquí y ahora!
Él levantó un brazo.
- Estoy bien -respondió, al fin-, estoy bien.
Entonces miré hacia atrás, hacia el río, hacia el cielo.
Ahí estaba.
Incólume.
Indemne.
Ni una sola pelusa quedaba ya sobre su impoluta superficie.
Ahí seguía el erizo negro.
Aquella nave, o lo que fuera, levitaba ante nosotros. Se comía la luz del sol y lanzaba una sombra amenazante sobre el mundo, como una espada de Damocles tranquila y segura de que su peso bastaría para cumplir bien con el trabajo para el que había sido creada.
¿Para qué había sido creada aquella maldita nave?
Para lo que fuera, ahí estaba, ante nosotros. Sin un rasguño ni una abolladura, sin una púa quebrada o tan siquiera torcida a pesar de toda la descarga de fuego que habíamos arrojado sobre ella. Lustrosa, brillante, radiante. Intacta después de la tormenta.
¿Cuánto tiempo tardaría en lanzar el ataque definitivo sobre nosotros?
- ¡Alkai! -grité- ¿Ha enviado ya ese mensaje?
Oí un gemido. Esa fue toda la respuesta que obtuve.
- ¡Alkai, Aniolita! -insistí mientras me arrastraba por la zona que había despejado de vegetación la cromoplaneadora al estrellarse contra la orilla- ¡Vamos, Idkereda, sígame!
Nos deslizábamos con el trasero apoyado en el barro, impulsándonos con codos y piernas para no perder de vista la estrella negra. Preferíamos mirar fijamente al erizo en lugar de ver dónde poníamos exactamente codos y manos.
De repente, un estampido seco sacudió el mundo.
Idkereda y yo detuvimos nuestro retroceso y nos miramos.
- Ha sonado como si algo rompiera la barrera del sonido -dijo Idkereda, y luego añadió: Me duele la cabeza, Katmai.
- Debe de haberse golpeado al caer al agua.
Reanudamos nuestro movimiento pero paramos otra vez enseguida porque dos segundos después del estampido algo significativo ocurrió con el erizo negro: se estremeció. Una perturbación recorrió la nave entera desde su centro hasta la punta más alejada de todas y cada una de sus púas, ondulando su superficie de forma apreciable, incluso a la distancia donde estábamos. Acto seguido empezó a perder altura y un chirrido estrepitoso se extendió por toda la jungla. Al descender, el erizo parecía friccionar contra el aire tal y como lo harían dos zapatas de freno gastadas contra una llanta metálica.
En un primer momento pensé que Alkai o Aniolita habían atacado con un arma realmente eficaz y miré hacia atrás. Pero lo único que vi fue que ambas salían tambaleándose de entre los arbustos de la selva y caminaban al lado de la cromoplaneadora utilizando el casco de la embarcación para no perder el equilibrio.
No parecían estar en condiciones de disparar arma alguna.
Volví a mirar hacia delante.
Las púas más bajas del erizo se hundían ya en el río. El agua en contacto con ellas empezó a hervir inmediatamente. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo y las púas iban hundiéndose más y más en las aguas turbias del río, el burbujeo del agua se detuvo y fue substituido por una quietud cada vez mayor. Hasta que llegó un momento en que el agua empezó a congelarse.
Agucé la vista porque no daba crédito a lo que estaba viendo.
Se había formado hielo alrededor de las púas del erizo.
Di una palmada en el hombro a Idkereda y señalé hacia el agua.
- ¿Ves lo mismo que yo? -dije.
- Sí, hielo -contestó-, y eso no es todo. ¡Mira al cielo!
Al principio no vi nada.
Luego percibí un punto negro que se movía lentamente y que daba la impresión de estar creciendo.
- ¿Qué es eso? -pregunté, pero no hubo respuesta, era imposible saber qué era aquel objeto, lo único que parecía estar claro es que planeaba y estaba cada vez más cerca.
No parecía inmediatamente peligroso, así que aparqué el asunto y me fijé de nuevo en el erizo. Había dejado de hundirse cuando su cuerpo principal aún permanecía fuera del agua. Las púas situadas en la parte inferior habían tocado fondo y se habían clavado en el limo hasta llegar a la roca sólida que pavimentaba el lecho del río. El hielo era cada vez más abundante y empezaba a ascender por las púas hacia el núcleo esférico de aquella bestia, o lo que demonios fuera.
Y me di cuenta de un detalle más: la luz se había recuperado, no estábamos sumidos ya en un eclipse, en una sombra permanente. Aquel monstruo había dejado de hacer lo que fuera que hiciera en el entorno, y la luz del sol brillaba con su intensidad habitual.
Me alcé. Me giré hacia Alkai y Aniolita y grité:
- ¡Quietas! ¡No se acerquen más!
Ayudé a Idkereda a ponerse en pie y retrocedimos hasta la cromoplaneadora. Allí agarré a Alkai por los brazos y la guié hasta unos arbustos, donde nos ocultamos. Idkereda hizo lo mismo con Aniolita. Estaban heridas las dos, pero Alkai parecía haberse llevado la peor parte. Tenía la máscara rota y su traje estaba rojo en varios sitios de su pierna izquierda, lo que indicaba que había heridas que necesitaban atención médica urgente. Aniolita sólo parecía contusionada y un poco desorientada, tenía moratones en los hombros y algún que otro rasguño pero nada más.
Idkereda y yo permanecimos atentos al cielo, ocultos tras los arbustos. Apuntamos con los fusiles y vimos que el punto negro se había convertido en una pequeña mancha que planeaba grácilmente como un ave de presa. Esperamos con el dedo en el gatillo.
Fue pasando un segundo detrás de otro, lentamente, y el aire se fue espesando con la tensión, cada vez mayor.
De repente, se abrió un paracaídas y la mancha dejó de planear y empezó a caer y a acercarse cada vez más a la orilla donde nos encontrábamos. Vimos con asombro que la silueta que colgaba del paracaídas tenía forma humana.
Cayó en el agua, pero muy cerca de la orilla. Se liberó del arnés del paracaídas lo más deprisa que pudo, luchó contra la corriente, nadó, consiguió llegar hasta donde el agua no cubría y finalmente salió del río corriendo. Una vez en terreno firme, apoyó durante unos segundos las manos en los muslos para recuperar aliento. Luego se irguió, se quitó la máscara opaca que cubría su rostro y exclamó sonriendo de oreja a oreja:
- ¡Hola!... ¿Me echaban de menos?
Era Surkoi.
Vestía el traje de planeo extremo incluido en el equipamiento del incurdroid y cargaba con armas, municiones y una mochila.
Idkereda y yo salimos de detrás de los arbustos y avanzamos hacia él sin dejar de apuntarle con nuestros fusiles.
- Desármele y regístrele, Idkereda -ordené.
Idkereda bajó su fusil y se lo pasó a la espalda.
Surkoi levantó los brazos y dejó que Idkereda le registrara.
Yo continué apuntando a nuestro piloto desde una distancia prudencial.
- ¿Cómo se encuentra? -pregunté sin dejar de apuntarle.
- Estoy bien, señor.
- ¿Qué hace aquí? -insistí mientras Idkereda miraba en el interior de la mochila- ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
- Señor -intervino Idkereda-, creo que ya sé cómo ha llegado hasta aquí.
Sacó un cilindro de antimateria de la mochila y lo sostuvo en el aire para que yo lo viera.
- Falta el resto del incurdroid -dijo.
Era un contenedor de antimateria de clase militar, concretamente del tipo que utilizaban nuestros incurdroids como fuente de energía.
- Los terkumas me han permitido utilizar mi incurdroid para llegar hasta aquí -dijo Surkoi.
- ¿Y dónde está ahora? -pregunté.
- En el interior del erizo, congelándolo.
- Explíquese -exigí.
- Sí, señor -me contestó él- pero... ¿podría dejar de apuntarme con el arma?
- ¿Cómo podemos fiarnos de usted? -pregunté.
- Les acabo de salvar la vida.
- Ya. Como los terkumas. Y mire cómo estamos. Salvar la vida a alguien ya no es lo que era. Y no estoy tan seguro de que nos haya salvado la vida. Ahora mismo no estoy muy seguro de lo que acaba de ocurrir delante de nuestras narices.
- Por favor, señor, baje el arma, tenemos que hablar.
- Hable.
Seguí apuntándole.
Idkereda acabó de registrar a Surkoi y me hizo una señal conforme estaba todo correcto. Yo señalé con la cabeza los arbustos donde estaban Alkai y Aniolita y el biólogo retrocedió hasta ellos.
Todo el material con el que había cargado nuestro piloto quedó tendido a un par de metros de sus pies.
- Le prometo que si dice algo interesante no dispararé -aseguré.
- Gracias, es muy amable por su parte.
- Explíquenos qué hace su incurdroid dentro de esa cosa.
- Esa cosa es una nave keruva, señor -respondió Surkoi-. ¿Recuerda que estuvimos a punto de chocar contra un asteroide? Pues no era un asteroide: era una sonda de vigilancia keruva. Venía a nuestro encuentro, la esquivamos por poco. ¿Lo recuerda? Fue lo que reactivó el virus Ínbid. Y no fue lo único que reactivó: también despertamos la curiosidad de los keruva y han regresado. El Ínbid lo llama La Sombra. Llevan toda la mañana lanzándole de todo y no han podido derribarlo. ¿Por qué creen que siguen vivos? Porque nuestros amigos de la simbiosis estaban ocupados con eso que está ahí a mis espaldas. Yo diría que le tienen más miedo del que jamás les provocaremos nosotros. Puede que tengan buenos motivos para ello, a juzgar por lo que está pasando: ahí tienen ese monstruo, ha conseguido superar todas las líneas de defensa Ínbid y tocar la superficie del planeta. Lo he visto todo junto a Trae consigo, en una sala de control donde los terkumas vigilan lo que ocurre en el planeta y sus alrededores. Cuando alcanzó la superficie, los terkumas enviaron a sus soldados. Atacaron con el arma terkuma, la que les permitió derrotarlos hace años. Pero esta vez no funcionó. Fue un desastre. No sabían qué hacer. Lo único que sabíamos con certeza es que esa cosa había descendido justo donde se encuentra nuestra cápsula, y que ustedes debían de estar por aquí. No sabíamos si vivos o muertos. Ese engendro parecía imparable. Entonces tuve una idea. Y parece que ha funcionado.
Bajé el arma.
Me acerqué hasta él, le agarré del brazo y lo conduje hasta los arbustos donde estaba el resto de mis soldados.
- Joder, Surkoi, vaya al grano.
- Señor -continuó Surkoi-, la situación es muy complicada.
- Trae consigo -dijo Alkai.
- ¿Qué ocurre con él? -preguntó Surkoi.
- Has dicho que estabas en la sala de control terkuma junto a él -explicó Alkai.
- ¿Te tolera a su lado otra vez? -preguntó Idkereda.
- Sí -respondió Surkoi muy serio-, después del tratamiento hubo una ceremonia de explicar el dolor. Me explicó su dolor. Os lo perdisteis. Fue... emocionante. Desde entonces vuelve a hablarme, aunque sigue siendo bastante cáustico.
- ¿Explicar el dolor? -repitió Idkereda.
Surkoi asintió. Yo agité los brazos impaciente.
- ¡Basta! -exclamé-. Ya nos explicará todo eso luego. Le repito la pregunta: ¿qué hace su incurdroid en el interior de la nave keruva?
- Es parte de mi idea, señor. Se me ocurrió hacer detonar una bomba de criogenia antientrópica en el interior del erizo; los terkumas tienen muy desarrollada esa tecnología, señor. ¿Recuerda la isla, el árbol, el libro negro? Tienen fábricas en órbita, en uno de los cinturones de asteroides del sistema. Están conectadas con el planeta mediante agujeros de gusano. La civilización terkuma no es sólo los árboles-torre, señor, también tienen fábricas en órbita. Enviaron varias bombas y cargué una en el incurdroid. Volé hacia aquí y lo lancé contra la nave keruva.
- ¿Cómo consiguió superar sus defensas?
- No lo hice, señor. A un par de kilómetros de distancia lo programé para un salto Aleph que lo llevara directamente al interior del erizo, luego salté en paracaídas y aquí estoy. Creo que el frío es lo único eficaz contra esos monstruos. Al menos es lo único que ha funcionado. Hasta ahora.
Por un segundo, me quedé sin palabras.
- ¿Has ejecutado un salto Aleph atmosférico? -exclamó Alkai con una mueca de incredulidad en el rostro.
- Tuve que desconectar varios protocolos de seguridad para conseguir que apareciera en un espacio ocupado por otra nave -contestó Surkoi-, pero sí: lo he hecho.
- Estás como una regadera, Surkoi -dijo Idkereda.
Surkoi se encogió de hombros.
- Ha sacrificado su incurdroid... -murmuré con un hilo de voz.
- Lo siento, señor -respondió él-, era la única forma de salvarlos. La situación es muy complicada. Los terkumas tienen mucho miedo, puedo sentirlo, ahora sí puedo sentirlo. Su famosa arma terkuma esta vez no ha funcionado, y cada vez que pronuncian el nombre de sus enemigos siento el terror que sienten ellos, y cada terkuma lo siente a su manera... Los diez mil nombres del terror... Lo he vivido desde la sala de control, ya sé que ustedes han estado en primera línea... pero les aseguro que el pánico es tan denso rodeado de terkumas que hasta tiene sabor... tenía que intentar hacer algo, aunque fuera una locura, no podía quedarme quieto en aquel búnker por más tiempo. Los terkumas están desesperados (esta mañana he conocido diez mil formas diferentes de desesperación), les expliqué mi idea y Trae consigo me autorizó a intentarlo. Si no es una solución definitiva, al menos ganarán tiempo. Están totalmente desesperados, señor, creo que van a necesitar mucho tiempo: pretenden evacuar el planeta. El planeta entero. ¿Entiende? El Ínbid ya lo está haciendo.
- ¿Cómo? ¿Que el Ínbid está evacuando el planeta?
- Así es, señor.
- No lo entiendo.
- Permiso para expresar mi opinión.
- Concedido.
- El Ínbid estaba en este planeta porque quería conocer el arma terkuma, señor, y ahora que han visto que no funciona contra La Sombra, se marchan, huyen.
- Increíble -dijo Idkereda.
- ¿Todo el Ínbid? -pregunté.
- Los aliados de Palabra creo que se quedan -contestó Surkoi-. Creo, no estoy completamente seguro. Tengo la impresión, señor, de que ése era el objetivo del Ínbid: conocer el arma terkuma. Tenían esperanzas de poder utilizarla contra La Sombra, pero ahora han visto que no funciona... y se van, huyen... miserables.
- Pero hace tiempo... ¡esa tecnología militar les salvó!.
- Pues ahora ya no funciona, por el motivo que sea ya no funciona.
- Pero... ¿ cómo...? -murmuré, confundido-, Palabra nos dijo que no disponían de naves interestelares, ni siquiera intrasistema, sólo lanzaderas de órbita baja, que prácticamente dependían del Ínbid para salir del pozo gravitatorio planetario... ¡¿Cómo van a evacuar el planeta?!
- No lo sé, señor. Supongo que pedirán ayuda al Ínbid.
- ¡Pero si nos acaba de decir que están huyendo!
- Por eso la situación es complicada, señor. No creo que el Ínbid ceda naves. Pero puede que los aliados de Palabra sí, creo que si se quedan es para evacuar el planeta, pero necesitan ganar tiempo.
- No habrá naves suficientes para todos los terkumas, aun así -dije en un susurro.
- Lo sé, señor. Todos los terkumas lo saben. Si conseguimos enviar el mensaje de socorro a la Armada quizá podamos ayudar.
Le miré fijamente.
- ¡No diga tonterías! -espeté con contundencia-. No podemos mezclar a la Humanidad en otra guerra.
- Pero, señor...
Estuve a punto de estrangularle, pero en el último momento me contuve. Me limité a poner mi mano sobre su hombro y a advertirle, muy lentamente y con voz helada:
- Escuche, Surkoi, ya ha creado bastantes problemas aquí... ¿no le parece? No querrá ser también el responsable de la extinción de la especie humana, espero.
Él desvió la mirada.
- Díganos si hay más erizos como ese en órbita -ordené, sin darle tiempo a que se hundiera en sus pensamientos.
- Ahora mismo no, señor -me contestó-, pero los sistemas terkuma de sondeo del espacio profundo han detectado varios objetos acercándose al planeta. Es muy posible que sean más naves keruva, naves sonda o directamente puntas de lanza como la que tenemos ahí enfrente.
Me pasé las manos por la cabeza, en un intento desesperado por poner en orden mis pensamientos.
- Trae consigo está organizando al ejército terkuma -continuó Surkoi-. Por cierto...
Un ruido a mis espaldas hizo que me girara.
- ... no he venido solo.
Tras nosotros, cuatro terkumas vestidos con sus armaduras de combate levitaban a un metro de altura sobre los arbustos. Se habían abierto camino entre la jungla sin que nos percatáramos. Delante de nosotros, sobre las aguas del río, aparecieron en aquel momento varios escuadrones de soldados terkumas que sobrevolaron el erizo, cada vez más cubierto de hielo, al igual que el río y la selva que lo rodeaba. Varias cromoplaneadoras pintadas con colores oscuros navegaban por el río cerca de las púas y del hielo pero manteniendo una distancia prudencial.
Los terkumas que habían aparecido a nuestras espaldas levitaron por el aire hasta situarse a espaldas de Surkoi y luego descendieron hasta que sus tentáculos se posaron sobre el barro de la orilla. Los yelmos de sus armaduras se abrieron como flores metálicas alrededor de sus cabezas.
El que iba en cabeza era Trae consigo.
- Humanos -dijo-, seguís vivos.
- Pues sí -contesté yo-, de momento sí.
Trae consigo hizo un gesto y más terkumas emergieron de entre los arbustos que nos rodeaban y se acercaron levitando a nosotros. Traían agua, comida y cajas con la misma forma que el botiquín de la cromoplaneadora. Se posaron sobre el suelo y nos ofrecieron ayuda.
Trae consigo impartió órdenes en terkuma y señaló hacia la selva en varias direcciones. Inmediatamente, varios terkumas armados se distribuyeron por los alrededores.
- Idkereda y Alkai necesitan atención médica -dije yo.
Uno de los terkumas que se había acercado me tendió una cantimplora y comida. Detrás de mí, otros terkumas tuvieron el mismo gesto con Idkereda, Alkai, Surkoi y Aniolita.
- Ya dar orden de que atiendan -me contestó Trae consigo.
- Agua, comida -dijo el terkuma que me tendía la cantimplora.
Rechacé la comida pero bebí un largo trago de agua.
Me quité la máscara -Alkai e Idkereda me imitaron enseguida- y tomé la cantimplora que se me ofrecía, incliné la cabeza hacia atrás y bebí sediento. El líquido refrescó mi boca, mi garganta y llegó a mi estómago. Bebí hasta saciarme. Me sentí tan aliviado como me hubiera sentido de haberme lanzado a una piscina de agua fresca después de aguantar una maratón en el desierto. Era una sensación increíble, maravillosa, cristalina, pura, revitalizadora. Caminar por encima del valle de la muerte en precario equilibrio y haber sobrevivido, de momento, había desengrasado mis nervios y todas las sensaciones llegaban a mi cerebro con la misma claridad propia de una atmósfera limpia después de un día de tormenta. Me sentía vivo. Un gesto tan sencillo como beber agua era increíble, fantástico.
Y no sólo sentía una multitud de matices en el agua que saboreaba mi paladar o en el aire que entraba en mis pulmones; también fui capaz de percibir en la voz de Trae consigo todos los detalles en su tono que denotaban gravedad y expectación cuando preguntó:
- ¿Dónde está Palabra?
La pregunta del terkuma fue la campanada que anunció el final del patio, el momento en el que nos abrochamos de nuevo las camisas, nos atamos fuerte los cordones de los zapatos, recogemos las armas y reemprendemos el camino.
El final del instante de paz.
De forma espontánea, Aniolita se echó a llorar desconsoladamente.
Yo bebí otro largo trago de agua antes de contestar.
- Ha muerto -dije.
Todo se detuvo a nuestro alrededor. Alkai e Idkereda quedaron con sus cantimploras suspendidas en el aire. Incluso los terkumas que no entendían nuestro idioma se quedaron paralizados. Algo debieron ver en Trae consigo, algún gesto, señal o tic, que hizo que comprendieran la gravedad de lo que acababa de decir. Trae consigo dio un paso al frente, hacia mí.
Yo no me moví. El terkuma, enfrente de mi, respiró profundamente. Pude apreciar cómo sus pulmones, situados en la base de su cráneo, se inflaban y luego volvían a desinflarse, igual que el velamen de un navío que, henchido un momento por el viento a favor, hubiera amagado con lanzarse a la lejanía y, de repente, se hubiera quedado sin viento, desinflado, varado, frenado de golpe al lado de la costa.
- Humanos -dijo con su mirada clavada en mi rostro-, cada contacto con vosotros es puñalada sangrante en mi cuerpo.
Aniolita se abrazó a él y derramó sus lágrimas sobre el cráneo del terkuma y su armadura.
Trae consigo la agarró por los hombros y la apartó de él sin brusquedad pero con firmeza para poder mirarla a los ojos.
- ¿Y medusas? -preguntó.
El rostro de Aniolita se deformó en una mueca de dolor y las lágrimas arreciaron.
- Muertas -dije yo-, las dos. Y el piloto de la cromoplaneadora, también.
Trae consigo ni me miró. En lugar de eso, empezó a susurrar una canción. Supongo que intentaba compartir con Aniolita la serenidad de que hacía gala en esos momentos. Con gestos, invitó a la mujer a que se sentara en una piedra situada a un par de metros de distancia. Él se acomodó a su lado y flexionó un poco sus tentáculos para que sus ojos quedaran a la misma altura que los de Aniolita.
- ¿Qué ocurrir, Aniolita? -preguntó mirándola fijamente.
Antes de que pudiera responder la mujer, yo no pude contenerme. Estaba cansado de la parsimonia terkuma. La parsimonia terkuma nos había llevado al desastre. Así que estallé.
- ¡Ya le diré yo lo que ha ocurrido! -grité. Mi voz se elevó por encima de los sollozos de Aniolita- ¡Hemos caído en una trampa! ¡Eso es lo que ha ocurrido! ¡Era una trampa desde el principio! ¡El Ínbid les ha traicionado! ¡Fueron ellos quienes han matado a Palabra! ¡Y a las dos medusas!
Las últimas palabras las pronuncié señalándole con el índice, pero él no pareció muy impresionado. Volvió a mirar a Aniolita y esperó a que estuviera preparada para hablar. La mujer inspiró profundamente y, al cabo de unos segundos, empezó a hablar en terkuma. Supongo que al utilizar el idioma terkuma revivió todo otra vez porque fue vibrar su laringe para recrear el relato de los hechos y derrumbarse emocionalmente. Incluso físicamente su postura se vino abajo: se deslizó por la superficie pétrea hasta quedar sentada en el suelo, con el rostro cubierto por sus manos, las rodillas hincadas en el barro y los pies separados a ambos lados de sus muslos. Quizá se había estado conteniendo al estar entre extraños y en el momento en que estuvo rodeada de terkumas dio rienda suelta a su tristeza. Al fin y al cabo, ella se sentía más terkuma que humana. Aniolita sabía que, en cuanto explicara lo que había ocurrido, cualquier terkuma que la escuchara sentiría lo mismo que sentía ella, es más: cualquier terkuma esperaría sentir el cuerpo emocional de la mujer al respecto de la muerte de Palabra y si no lo sintiera porque no existía o porque la mujer lo mantenía oculto lo consideraría algo sospechoso, oscuro, antinatural, y desconfiaría. ¿Qué sentíamos, en cambio, los humanos? No se sabía: hablábamos y no transmitíamos nada, no parecía haber corazón ni consciencia detrás de lo que decíamos. Parecíamos loros o papagayos. Peor aún: en no pocas culturas mostrar el cuerpo emocional de otro ser humano hubiera sido tan embarazoso y obsceno como frotarse contra su cuerpo físico desnudo.
La gesticulación humana y terkuma es muy diferente, y las expresiones en un rostro como el terkuma tienen poco que ver con las gesticulaciones y expresiones que brotaban sin mesura en aquel momento del cuerpo de Aniolita. Sin embargo, a pesar de su difícil interpretación desde un punto de vista humano, para todos los que estábamos allí presentes fue evidente que la mujer adoptada por la civilización terkuma estaba transmitiendo justo en aquel momento sus emociones a todos los terkumas que la rodeaban y que quedaban al alcance de su canto.
La voz de Aniolita se alzó en medio del silencio igual que una cobra ante su presa.
Transida por el dolor y el desconsuelo como estaba, no poseía la elegancia ni la frialdad de una serpiente pero sí tuvo el mismo efecto hipnótico sobre los terkumas. Todos ellos la miraron fijamente y contuvieron el aliento.
Aniolita se convirtió en un volcán emocional en erupción y su voz desgarrada pero sólida y contundente se derramó sobre la multitud de terkumas como lava por las laderas de la montaña. El sólo contacto con aquel magma ardiente encendía a soldados y personal sanitario a nuestro alrededor con la misma facilidad que habría encendido una chispa una atmósfera de oxígeno puro. Los humanos quedamos tan inmersos como los terkumas en aquella marea de lava pero para nosotros era sólo voz, sólo sonido, ondas de presión longitudinales, frecuencia, densidad, números, potenciales eléctricos disparando neuronas en nuestros cerebros y ya está. Pero entonces reparé en que ya no todos teníamos un cerebro humano, sólo humano. Entre nosotros había alguien más capaz de hilvanar su existencia a la del resto de terkumas: Surkoi. Al compás de las palabras de Aniolita, la expresión de su rostro cambiaba de una forma sutil pero evidente. Ya no era el humano que era al llegar a aquel planeta: era otra cosa, algo más, seguramente. Creo que todos habíamos cambiado pero él se había transformado en una dimensión totalmente nueva, totalmente perpendicular a aquella por la que transitábamos el resto. Ya no era sólo humano. También era terkuma. Su rostro lo demostraba. Su ceño fruncido y la sombra que cubría sus facciones lo certificaban.
En el rostro de Idkereda y Alkai simplemente se reflejaba el cansancio de la jornada y el dolor físico que les provocaban sus heridas.
Llegó un momento en que entre las palabras de Aniolita se intercalaron espacios de silencio cada vez más frecuentes. Y luego estos espacios de silencio duraron cada vez más hasta que se hizo un silencio absoluto. Todos los terkumas, y también Surkoi, se habían quedado paralizados. Incluso la selva parecía haberse quedado sobrecogida. Fue Trae consigo quien rompió la parálisis.
- El mensaje -dijo dirigiéndose a mí-, ¿enviado?
- No -contesté yo-. El Ínbid ha saboteado la cápsula: no tenemos energía. Pensábamos utilizar sus antenas.
- Antenas. Bien. Lo haremos -asintió él-, si es necesario... pero ahora ya tenemos energía: primero, desde su nave.
Eché de menos el dominio del lenguaje que tenía Palabra.
- Explíquese, por favor, Trae consigo -pedí.
- Primero intentamos enviar desde nave estrellada -repitió él-, usar pila de antimateria de humano Surkoi, si no consiguen... entonces antenas terkuma. Sólo entonces.
La perspectiva de regresar río arriba hasta el lugar donde se había estrellado nuestra cápsula me produjo un violento escalofrío que me recorrió toda la espalda.
- Pero primero -aclaró Trae consigo-, quiero ver cuerpo de Palabra. Importante.
Empezó a caminar hacia la cromoplaneadora varada en el umbral de la selva.
Me interpuse en su camino. Él se detuvo y me miró.
- Quizá no me ha entendido -dije-... quizá no sabe lo que significa la palabra “trampa”. Significa que el Ínbid habrá destruido la cápsula para cuando lleguemos, si no lo ha hecho ya. Significa que si no lo ha hecho ya, lo hará en cuanto entremos en ella de nuevo.
Trae consigo me apartó con uno de sus tentáculos-brazo y continuó caminando hacia la cromoplaneadora.
- Venga conmigo -dijo-, tú también, Aniolita.
Luego continuó:
- Ustedes no entender situación. La Ínbid huir, cápsula está como estaba, no será destruido ahora ni en futuro... cercano, no lejano. Ínbid huir. Sus... primeras cosas... más importantes... ¡sus prioridades! Sus prioridades han cambiado. No conseguir derribar nave keruva. Huyen planeta. Tener... Tienen miedo. Miedo. Mucho miedo. No miran atrás. Se van. Ustedes no cuentan. Ya no cuentan. No perder tiempo destruir su cápsula.
Aquello coincidía con lo que nos había explicado Surkoi.
- ¿Por qué? -fue lo único que atiné a decir.
Trae consigo se detuvo, giró sobre sí mismo y de nuevo me miró fijamente.
- ¿Tengo que explicar de verdad, humano? -exclamó.
Guardé silencio. No aparté la mirada.
- Porque keruvas -continuó Trae consigo- invaden planeta. Este planeta. Nuestro planeta. Por eso, humano. ¿Entiende situación? ¿Entender ya? Se prepara batalla, humano, y no tenemos armas con que ganarla. Nos absorberán. A todos, a nosotros y a todo aquel que interponer en su camino. Keruvas son absorbedores de cerebros... usan cerebro absorbido construir propio cerebro. El nuestro, muy jugoso, no sé qué opinarán de humano. No háganse ilusiones. Devorar... devorarán. Y no tenemos nada eficaz con defender... nos, nuestro mundo. Por eso se van.
- ¡Les están abandonando! -exclamé, asombrado-... ¡Huyen!
- Sólo intentan sobrevivir -replicó él-, sólo eso.
- ¿Todos? -insistí yo-. Colmenas vispoides, toroides coleccionistas, medusas... ¿Y Cerebro? ¿Y el coleccionista con el que entramos en contacto? Si todos huyen... ¿cómo evacuarán el planeta?
- Esos se quedan -dijo Trae consigo-, y unos cuantos más, con su ayuda evacuaremos el planeta. Pero ellos no les atacarán. No se preocupen por ellos.
- No tendrán suficientes naves para evacuar el planeta.
- Lo sé, humano -sentenció el terkuma-, muchos de nosotros morir hoy aquí.
Me quedé sin aliento y bajé la mirada. No sabía qué decirle a Trae consigo. Su firmeza y determinación contrastaban con mi estupor.
Aquellos keruvas, fueran quienes fueran, habían conseguido en pocas horas lo que los humanos no habíamos logrado en prácticamente ningún mundo: expulsar al Ínbid. Trae consigo dio media vuelta y continuó caminando hacia la cromoplaneadora, donde ya le aguardaba Aniolita. Me dejó ahí plantado, poco menos que con la boca abierta, hasta que llegó a la embarcación, saltó a la cubierta y volvió a mirarme.
- ¿Viene o quedar ahí, plantado? -dijo.
Miré a mi alrededor. Alkai e Idkereda estaban rodeados de personal médico que les atendía. Surkoi me miraba a la espera de órdenes.
- ¡Surkoi! -grité-, quítese el traje de planeo y prepárese: volvemos a la cápsula. Utilizaremos el cilindro de antimateria que ha traído con usted como fuente de energía. Enviaremos el mensaje desde ahí.
- Sí, señor -me contestó.
- Alkai... ¿está lista?
Alkai asintió enérgicamente.
- Sí, señor -aseguró-, lo estoy.
Idkereda hizo un gesto con el pulgar hacia arriba para responder que todo iba bien antes de que formulara la pregunta.
- Muy bien, no creo que tardemos mucho.
Corrí hacia la cromoplaneadora.
Acceder al camarote donde reposaba el cuerpo de Palabra fue sumergirse en una quietud semejante a la de las criptas. Atrás quedaba el jaleo que alteraba la orilla del río en aquel momento, la selva y sus sonidos, la amenaza keruva y, sobre todo, la guerra. La vegetación y su sombra cubría casi por completo la cromoplaneadora e impedía que la luz del sol entrara en abundancia en su interior. El camarote estaba sumido en una penumbra profunda y silenciosa. Cuando entramos, la armadura de Trae consigo empezó a brillar tenuemente. No nos entretuvimos mucho. Trae consigo parecía saber exactamente lo que tenía que hacer y lo hizo sin perder el tiempo en ceremonias superfluas. La escasa luz que arrojaba la armadura fue suficiente. Con el sonido de fondo de los sollozos de Aniolita, retiró la sábana que cubría el cuerpo quieto de Palabra y trazó unos símbolos sobre su cráneo con su mano izquierda.
Yo también toqué a Palabra. Agarré su mano derecha con mi propia mano y la apreté. Palabra... Estaba frío. Pude sentir la frialdad de su cuerpo entrar en contacto con la calidez del mío y pude sentir cómo esa frialdad atravesaba mi piel y llegaba a mi carne casi como si fuera el propio veneno vispoide inoculándose en mi cuerpo. En la penumbra del camarote, incluso con la luz proporcionada por la armadura de Trae consigo, Palabra no era más que un juego de luces y sombras que se combinaban para formar un relieve muerto, una fotografía quieta de la superficie congelada de una luna transida de cráteres. La fuerza que intentaba poblar con palabras el Universo había desaparecido en un silencio enemigo. Apreté fuerte la mano de aquel terkuma con mi mano humana. Aquella mano de palma casi inexistente y con tres dedos enfrentados a un pulgar enorme. Cuando Trae consigo vio que estaba en contacto con el cuerpo de Palabra me pidió por favor que le soltara, que en aquel momento necesitaba que el cuerpo de Palabra le obedeciera sólo a él. Por supuesto, no le entendí. Quizá Aniolita podría haberme explicado lo que quería decir Trae consigo, pero seguía sollozando, secuestrada por su tristeza, ajena al mundo. Dejé la mano de Palabra mientras recordaba el compromiso que habíamos adquirido con él.
Qué serias eran las palabras en medio de un campo de batalla, casi tan serias como los proyectiles, como las bombas. ¿Y qué no es, en la vida, un campo de batalla? ¿Estaríamos a la altura de nuestras palabras? ¿Tendríamos el valor necesario para ser fieles a ellas? Porque si no lo teníamos... ¿qué nos quedaría? ¿Con qué esperanza aplacaríamos la sed, la soledad?
Mientras yo recordaba los últimos momentos de Palabra, Trae consigo dejó de trazar símbolos en el cráneo del que había sido nuestro anfitrión. Dirigió la misma mano con la que había dibujado los símbolos hacia los cilios bucales de Palabra y los retiró a lado y lado de la cara del terkuma. Quedó al descubierto su cuello y un pequeño pliegue en la base de éste. Con un movimiento lento, pero seguro, Trae consigo introdujo dos de sus dedos en aquel pliegue del cuello de Palabra y extrajo un pequeño objeto del interior del cuerpo de su amigo. Sorprendido, agucé la vista. Trae consigo sostuvo aquel objeto ante su rostro y entonces pude ver que era un cristal de superficies pulidas y reflectantes, pequeño como una cápsula médica. Me fijé mejor y me di cuenta de que tenía forma de prisma hexagonal. Era del mismo color que la miel y lanzaba destellos luminosos sobre las paredes del camarote. Aniolita lo miraba con la misma atención que yo, entre sollozo y sollozo e hipo e hipo. Trae consigo también tenía un pliegue en el cuello tras sus cilios bucales, semejante al de Palabra. Me di cuenta cuando se introdujo aquel cristal en el cuello como si hubiera incrustado una pila en su ranura. No hizo ningún comentario ni hubo ninguna explicación. Se limitó a decir:
- Por favor, solo, soledad. Estar solo tengo que.
Aniolita me agarró del brazo y me arrastró con ella fuera del camarote. Cerró la puerta. Nos quedamos en el pasillo, a la espera de que Trae consigo se dignara a permitir de nuevo nuestra presencia. Seguíamos sumidos en la penumbra, pues a través de las portillas apenas entraba luz.
- Aniolita -susurré- ¿puede explicarme lo que ocurre? ¿Qué es el objeto que Trae consigo ha extraído del cuerpo de Palabra?
- Es el mensaje -me contestó ella con voz ténue-, el mensaje del que les hablé, el que escribió Palabra en sus últimos momentos.
- ¿Ese cristal contiene un mensaje de Palabra?
- En realidad, contiene mucho más -me explicó ella-. Los terkumas pueden grabar su voz en esos cristales, incluso sin necesidad de hablar, o al menos hablar de una forma audible, basta con una subvocalización con su segundo juego de cuerdas vocales. Mientras estaba postrado en la cromoplaneadora, y mientras hablaba con nosotros, Palabra grabó un mensaje para Trae consigo y Árbol de luz. Ahora el cristal vibra dentro de Trae consigo y reproduce el mensaje con todos los matices de la voz de Palabra.
- ¿Qué más contiene ese cristal? -pregunté.
Ella tardó unos segundos en contestar.
- Ese cristal contiene además toda la memoria de Palabra -dijo finalmente-. Todas las historias de que era depositario Palabra están en ese cristal.
Fruncí el entrecejó. Tuve la impresión de que aquellas palabras de Aniolita tenían unas implicaciones que estaban más allá de mi comprensión, en aquel momento. Ella captó mi desconcierto y dijo:
- No lo entiende, ¿verdad?
- Palabra no nos había hablado de esto -me defendí.
- Es una tecnología reciente -respondió ella- Cambiará profundamente la sociedad terkuma... si sobrevivimos a la invasión keruva, claro.
Volví a fruncir el entrecejo.
- ¿Por qué? -volví a preguntar.
- Sigue sin entenderlo -repitió ella. Sus labios se torcieron en su rostro hasta dibujar una sonrisa, pero el efecto era extraño porque sus mejillas estaban arrasadas por las lágrimas y sus ojos enrojecidos: más que felicidad, transmitía desamparo, clemencia o piedad-. Palabra era una biblioteca viva. Era depositario de toda la literatura terkuma. Él y unos cuantos como él. Pero ahora su trabajo lo harán esos cristales. Cualquier terkuma puede grabar vibraciones en ellos y revivirlas después. Las sagas pasarán de generación en generación grabadas en esos cristales: no necesitarán a terkumas como Palabra. Palabra era uno de los últimos lectores de libros.
En aquel momento se abrió la puerta del camarote y salió Trae consigo con el cadáver de Palabra amortajado entre sus brazos. Pasó a nuestro lado sin decir nada y se dirigió hacia la escalera de acceso a cubierta. Aniolita y yo le seguimos. Aniolita habló en terkuma pero Trae consigo contestó en mi idioma:
- En el mensaje, Palabra pedir que cuide de tu, Aniolita -dijo-, y también de humanos. De otros humanos.
Entonces el terkuma se detuvo, giró la cabeza y me miró.
- Algo importante -añadió, sin apartar su mirada de mí: El cuaderno de Danel Primero. Palabra querer quedar ustedes, humanos. Está en árbol-torre. Antes de abandonar planeta, deben recuperar.
- Así lo haremos -aseguré.
No cometí el error de decir que sentía mucho la muerte de Palabra. No con Trae consigo.
El terkuma miró de nuevo al frente y reemprendió la marcha pero a los pies de la escalera se detuvo otra vez y permaneció quieto y en silencio durante unos segundos, como si dudara.
- Haber algo más -dijo, esta vez sin mirarme, ni a mí ni a Aniolita, que permanecía expectante a mi lado- Palabra incluir en mensaje sueño que tener de niño. Yo no entender bien: ha explicado en su idioma, humano, increíble, quizá dirigido espe-especí-¡específicamente!... a usted. En caso cualquiera... me ha transmitido serenidad, paz... quizá haya hecho por eso: para mitigar dolor de ausencia con paz que él sentía de niño al soñar el sueño que ha explicado. Lo que no entiendo muy bien es por qué lo ha dejado grabado en idioma humano -en ese punto, Trae consigo sí se giró y volvió a mirarme fijamente: ya sé... querería que se lo explicara... quería llevar paz a su corazón humano.
Trae consigo me miró durante unos segundos en silencio. Parecía sopesar la calidad de mi corazón, para ver si era digno recipiente donde verter las últimas palabras de su amigo. Sus ojos terkuma brillaban en la oscuridad igual que lo hubieran hecho dos tenues espectros levitando a pocos centímetros por encima del metal de su armadura.
- Ballenas -dijo finalmente el comandante terkuma-. En sueño, él bailar entre ballenas... en profundidades de mar desconocido. El canto esos gigantes vibraba todo su cuerpo... hacer vibrar cuerpo terkuma, aunque no hablar terkuma. Sueño azul... y danza lenta entre rayos sol que hundirse en océano... en busca penumbra de profundidades. Música ser así...
Trae consigo tarareó una melodía. Por un momento pareció imitar un coro de voces melancólicas. Oír aquellos acordes fue el detalle que acabó con mi entereza.
El color abandonó mis mejillas y un sudor frío empapó mi espalda y mi sien. Tuve que apoyarme en la pared porque mis piernas se habían quedado sin fuerzas para sostenerme. Dudo que, con la poca luz que había en el pasillo, Aniolita y Trae consigo se percataran de mi estado. Si se percataron, no le dieron importancia pues Trae consigo volvió a encarar las escaleras y empezó a subirlas, seguido por Aniolita.
- Naturalmente -dijo el terkuma antes de salir-, no eran ballenas.
- Lo sé -murmuré yo con voz tan débil que dudo que me oyeran.
Y era cierto: bien sabía yo que aquellos animales no eran en realidad ballenas sino algún otro animal que se le parecía lo suficiente como para que mi cerebro, sumido en el trance onírico, me lo presentara como grandes rorcuales. Aún recuerdo el miedo que me provocaban, lo indefenso que me sentía. El sueño que había tenido Palabra de niño, era el mismo que había tenido yo en no pocas ocasiones, también de niño.
Incluso recordaba la melodía y el haber utilizado las mismas palabras que Trae consigo acababa de utilizar para describirlo y que, según decía, eran las propias de Palabra. Y la mezcla de paz y serenidad que me infundía la música, junto con el terror a aquellos animales desconocidos que nadaban a mi alrededor. Apoyé toda mi espalda en la pared y me dejé caer hasta quedar de cuclillas.
¿Era eso posible?
¿Podíamos Palabra y yo haber tenido el mismo sueño cuando éramos niños? ¿Con la misma música? Mi memoria así me lo aseguraba.
Mi memoria.
De todas las personas con las que me había cruzado en mi vida y con las que me había relacionado con suficiente confianza como para preguntarles, sólo Idkereda sabía lo que era soñar con música, nadie más. Y él, que yo supiera, jamás había soñado con ballenas. Y yo nunca le había explicado a nadie mi sueño.
Me quedé pensando durante unos minutos, a solas, en la penumbra del interior de la cromoplaneadora.
Tenía que ser una trampa.
O una advertencia.
Algo.
Quizá aquella coincidencia era un mensaje para que nos percatáramos de la trampa. Idkereda estaba equivocado. Sí estábamos inmersos en una realidad simulada orquestada por el Ínbid y algún aliado exterior había implantado aquel sueño en mi memoria como si fuera un recuerdo propio, con la intención de que nos diéramos cuenta de que estábamos siendo manipulados. En realidad, nunca había soñado con ballenas de niño. Ni de niño ni de adulto, por muy fuerte y propia que me pareciera la sensación de que así había sido.
Me levanté de un salto y subí corriendo la escalera.
Salí al exterior y me dirigí hacia Alkai.
Todo había cambiado durante los minutos que había permanecido en el interior de la cromoplaneadora. Los zapadores terkuma habían convertido aquel rincón de selva en una base militar en menos de un cuarto de hora. Apenas habían desbrozado el rincón de selva donde se había estrellado la cromoplaneadora pero todos los alrededores hervían de actividad frenética y el número de terkumas ataviados con armadura había aumentado exponencialmente desde el momento en que Aniolita y yo acompañamos a Trae consigo al interior de la cromoplaneadora. Y seguía creciendo. Cada vez había más terkumas acorazados ocupando ambas orillas del río y el propio río. Varios pontones partían de las proximidades donde nos hallábamos y atravesaban el río hasta la otra orilla. Un trasiego continuo de soldados terkumas y vehículos y extraños artilugios cruzaba por ellos de lado a lado del cauce. El aire también estaba ocupado. Multitud de vehículos voladores semejantes a libélulas gigantes poblaban las alturas. Algunos mantenían su posición, otros cruzaban raudos por encima de nosotros hacia el lugar de donde veníamos: el claro de selva que había abierto nuestra cápsula al estrellarse. El mismo lugar al que estábamos condenados a regresar en breve. Iban cargados de tropas y armas. Me di cuenta de que un resplandor se alzaba más allá del horizonte. Parecía haber un gran incendio. La luz temblaba y de vez en cuando desfallecía, pero siempre se recuperaba hasta brillar con mayor intensidad que antes. Comprendí enseguida que la batalla había empezado.
De entre las copas de los árboles surgían cables que ascendían hacia el firmamento, donde sujetaban cometas situadas a muchos metros de altura por encima del río. Vi radares de campo profundo y lágrimas de transporte sobrevolando todo el lugar. También esferas opacas cuajadas de antenas encima de los pontones que flotaban sobre el agua, y otras figuras geométricas la función de las cuales me era totalmente desconocida.
Miré asombrado a mi alrededor pero no me detuve. Fui directamente hacia Alkai. Trae consigo supervisaba desde el mismo borde de la orilla, con las aguas del río lamiéndole la punta de sus tentáculos, la evacuación del cadáver de Palabra. En aquel momento lo subían a una de aquellas libélulas gigantes. El vehículo levitaba unos metros por encima del agua del río mientras varios terkumas en esu interior vigilaban que el cuerpo de Palabra no se diera golpes con estribos o barras. Aniolita estaba arrodillada al lado de Idkereda. Observé que le habían tumbado en una camilla y habían situado la camilla muy cerca de la libélula que se llevaría el cuerpo de Palabra. Aun así, me dirigí directo hacia Alkai. Y hacia Surkoi, que esperaba a su lado. Ambos se cuadraron al verme llegar. Surkoi había pasado a Alkai parte de las armas que portaba al llegar a la selva, y ésta se las había colgado al hombro y las había cargado y dispuesto para utilizarlas en cuanto fuera necesario.
- Descansen -dije cuando aún estaba a un par de pasos de distancia.
Y luego, en cuanto recorrí ese par de pasos y me planté ante ellos:
- ¿Han soñado con ballenas?
Me miraron desconcertados:
- ¿Cómo dice, señor? -preguntó Alkai.
- Responda a la pregunta, oficial -insistí.
- Es que no entendemos la pregunta, señor -terció Surkoi.
- Que si recuerdan -insistí- haber soñado alguna vez con ballenas.
Se miraron y luego volvieron a mirar hacia mí. Es importante, recalqué. Negaron casi al unísono con la cabeza. Ambos.
- Esperen órdenes -dije, y me fui hacia donde reposaba Idkereda.
- Señor... -me llamó Alkai.
- Esperen órdenes -la corté en seco, sin ni siquiera mirarla.
Aniolita me salió al paso y se agarró a mis brazos. En su rostro podía leer la angustia que en esos momentos sentía la mujer, no me era necesario hablar terkuma. Y cuando dijo:
- Idkereda ha perdido el conocimiento.
su angustia pasó a ser también la mía.
Sentí un puñetazo en la boca del estómago. Aparté a Aniolita para poder seguir avanzando hacia mi amigo. Ella me siguió colgada de mi brazo mientras me explicaba:
- Los médicos terkuma dicen que se ha dado un golpe muy fuerte en la cabeza. Que tienen que trasladarlo al árbol-torre. Creo que quieren intervenirlo de urgencia en un quirófano completo.
Efectivamente: llegué a la camilla y caí de rodillas al lado de mi amigo porque vi que sus ojos estaban cerrados y él estaba pálido como la nieve.
Una furia sorda, fría e incontenible creció en la boca de mi estómago al mismo tiempo que mi corazón se aceleraba ardiendo de rabia.
Sé que en cualquier momento puedo perder todo: estamos en guerra. Puedo perder la vida o puedo perder a mis amigos en lo que dura un parpadeo. Cerrar los ojos y al abrirlos haber cambiado el Universo para siempre. Sé que es así. Por lo tanto no voy a quejarme. Pero mi furia es mía.
- Maldita sea, Idkereda -mascullo entre dientes.
Me levanto y tengo ante mí a Trae consigo, y Aniolita está a mi lado.
Miro a Trae consigo y espero una explicación.
- Vamos evacuar Idkereda en misma eolobélula en que nos llevamos a Palabra -es la explicación que recibo-. No tememos por su vida. Pero está herido grave. Fuerte golpe cabeza. Tiene que salir de aquí.
Jadeo. Desconfío. Idkereda estaba bien cuando acompañé a Trae consigo a la cromoplaneadora pero era cierto que se había golpeado en la cabeza, al caer de la embarcación, y yo lo había tenido que reanimar.
- Iré con él -dice Aniolita.
Tendría que ser yo quien fuera con él, pero no puedo abandonar el campo de batalla, ni dejar a Surkoi y Alkai solos. Tampoco puedo prescindir de ninguno de ellos dos. Alkai será imprescindible para enviar el mensaje y quién sabe si prescindir de Surkoi no sería un error fatal. Ya me veía forzado a prescindir de Idkereda.
Cuando más lo necesitaba.
Cuando la realidad más estrambótica parecía.
Asentí lentamente con la cabeza.
- Llévenselo -admití-, sáquenlo de aquí. Aniolita, cuide de él, por favor.
Dos camilleros terkuma lo alzaron y se lo llevaron hacia la eolobélula. Aniolita se fue con ellos. Vi cómo ascendían hacia la eolobélula y les ayudaban a acomodarse en el interior de la máquina voladora; el viento me golpeó la cara al aumentar la potencia de los motores. Las compuertas se cerraron, el vehículo se alzó, viró en el aire sobre el río y se alejó hacia el horizonte opuesto al que se encendía con la batalla.
Cuando bajé de nuevo la vista y miré otra vez a Trae consigo, todo se aceleró.
- Estamos preparados -dije.
- No, no estar -me contestó Trae consigo.
Me agarró del brazo y me arrastró hacia donde estaban Alkai y Surkoi. Cada vez más terkumas nos rodeaban. Algunos de ellos llevaban símbolos dibujados en sus armaduras que parecían indicar cierto grado de mando por encima de los soldados rasos.
- Tiren armas.
- Y una mierda -contesté secamente, al mismo tiempo que me zafaba y me colocaba al lado de Alkai y Surkoi.
Surkoi permanecía tranquilo, pero Alkai discretamente había quitado el seguro del fusil que portaba.
- Déjeme acabar -exigió Trae consigo-. Tiren armas porque sus armas ser inútiles. Proporcionamos otras. Deben saber. Keruvas han regresado. Más naves keruva han descendido. Varias comunidades están siendo atacadas. Algunas naves keruvas intentar hacerse con cápsula humano. Debemos impedír, al menos hasta conseguir enviar mensaje socorro.
- ¿Ese resplandor intermitente que se ve río arriba...? -aventuré- ¿El estruendo...?
- Sí: batalla -me contestó Trae consigo-. Por planeta. Empezar ya. Ahora mismo, aquí cerca, terkumas morir y morir por evitar que cápsula en poder keruva caer. Pero aún no poder acudir en ayuda: ustedes están preparados no. En realidad, nosotros tampoco. Las factorías en órbita alrededor sol fabricando marchas forzadas nuevo tipo fusil y munición nueva, también. Acabamos recibir primeras remesas gracias portales cuánticos.
En ese momento, en medio de la multitud de terkumas que nos rodeaba, se abrió un pasillo por el que se acercó un grupo de terkumas y robots. Venían cargados con armas y municiones. Trae consigo cogió el fusil que le tendía uno de los soldados recién llegados, lo cargó con las nuevas municiones, apuntó hacia nosotros y disparó antes de que tuviéramos tiempo de hacer nada.
Sólo hubo una cosa que me tranquilizó: el cañón del fusil no tenía orificio de apertura por donde pudiera salir proyectil alguno.
Pero no me tranquilizó mucho.
- ¿Se puede saber qué está haciendo? -chillé.
Tenía voz. Seguía vivo.
Pero sin duda alguna aquel fusil había disparado algo, o había hecho muy buena representación de ello. El retroceso, el fogonazo, el casquillo expulsado.
Alkai fue la primera en darse cuenta.
- ¡Es un cañón Aleph! -exclamó.
Surkoi maldijo en terkuma. No entendí lo que dijo pero fuera lo que fuera lo dijo en terkuma y sonó como un escupitajo, así que supuse que debía de ser una maldición.
- Miren a sus espaldas -se limitó a pedir Trae consigo, muy tranquilo.
Lo hicimos.
Ahí estaba la explicación. En medio del verde cálido y húmedo de la selva, un árbol helado, congelado hasta la savia y totalmente cubierto de escarcha.
- Dispara proyectil Aleph a través... directamente a objetivo -acabó de explicar Trae consigo- A interior de objetivo.
Luego me arrojó su fusil sin previo aviso. Yo estaba en tal estado de tensión que mi cuerpo saltó como un resorte y lo atrapé al vuelo sin necesidad de pensar. Estaba diseñado para la fisonomía terkuma pero un humano también podía usarlo sin demasiados problemas.
- Frío parece ser único eficaz contra keruvas. Por informes recibo... no detiene siempre, pero nos permitirá ganar tiempo. Esa nave ahí detrás... estará nuevo en funcionamiento en horas. Aunque destrocemos con bombas. Memoria de forma. Fragmentos se reunirán de otra vez... y volverán a atacarnos. Al menos, ganaremos tiempo.
- ¿Cómo mantienen la integridad molecular del proyectil en la rematerialización? - preguntó Alkai.
El yelmo de Trae consigo se cerró alrededor de su cabeza y su rostro quedó oculto tras planchas de metal. El terkuma empezó a elevarse.
- ¡No sé! -exclamó, su voz sonaba lejana-. Pregúntele a científico, ser simple soldado yo.
Algunos terkumas se elevaron junto con Trae consigo. Centímetro a centímetro, fueron ganando altura. Cuando estuvieron a unos tres metros sobre el suelo, Trae consigo gritó más órdenes:
- ¡Armas y municiones! ¡Enseñar humanos utilizar fusiles!
Luego, girando todo su cuerpo hacia nosotros, añadió:
- Plan sencillo. Nosotros cubrir mientras ustedes enviar mensaje. Dentro de minutos... partir. Preparados. Estén.
Dicho lo cual se fue volando con sus generales hacia la otra orilla del río.
No tuvimos tiempo de preguntar nada.
- No olviden poner armaduras -dijo un terkuma que se había quedado a nuestro lado mientras la multitud se dispersaba y dejaba de prestarnos atención a nosotros para empezar a prestársela a los robots y oficiales que repartían las nuevas armas y municiones.
El terkuma que aún estaba pendiente de nosotros sostenía en uno de sus tentáculos-brazo tres cinturones.
- ¿Esto son armaduras? -preguntó Alkai sin poder disimular su incredulidad en el tono de su voz.
- Sí -respondió el terkuma-, tiren armas, todo, excepto piel artificial. Piel pueden dejar.
Nos miramos.
Supongo que con lo de la piel artificial se refiere a nuestros trajes de piloto, transmitió Alkai.
Sí, es de suponer que así es, respondí yo, No se quiten el traje de piloto de incurdroid.
- Armaduras -insistió el terkuma, al mismo tiempo que extendía el brazo con el que las sostenía hacia nosotros-, protegerá de venenos en aire, protegerá de todo, flexibles, ligeras, buenas. Sin armaduras... no poder ir batalla. No sin armaduras. Armaduras.
Extendió aún más su brazo hacia nosotros y lo agitó para que los cinturones tintinearan entre ellos. Surkoi dio un paso adelante. Dejó las armas, cogió uno de los tres cinturones y se lo ajustó alrededor de la cintura con ayuda del terkuma. Los cinturones eran anchos y de aspecto metálico, con una gran pieza en forma de plato en la zona del vientre y la hebilla situada a la espalda.
En cuanto oímos el chasquido de la hebilla al ajustarse, empezaron a desplegarse en cadena multitud de láminas metálicas que en pocos segundos acabaron por cubrir todo el cuerpo de Surkoi, desde sus pies hasta su cabeza. Las piezas se ajustaban unas en otras como las escamas de un pez pero tenían un aspecto mucho más robusto y brillaban con un tono dorado.
- Surkoi -pregunté- ¿puede oírme? ¿Está bien?
- Sí, señor -respondió inmediatamente.
Surkoi se movió. Extendió los brazos, saltó, flexionó las piernas y realizó algunas piruetas.
- Es cómoda, ligera y flexible, señor -informó-, tal como ha dicho el terkuma.
Alkai y yo nos pusimos las nuestras.
Cuando las planchas metálicas cubrieron mi rostro, sólo hubo oscuridad una fracción de segundo. Inmediatamente, se hizo de nuevo la luz y nada parecía cubrir mi cabeza ni el resto de mi cuerpo. Lo único que delataba la presencia de la armadura era la información que aparecía sobreimpresionada en el paisaje que tenía a mi alrededor. Luces, gráficos y flechas me proporcionaban información estratégica. Cada árbol, piedra o camino a través de la selva aparecía ante mí acompañado por una etiqueta flotante. Estiré los brazos y flexioné las piernas. Era mucho más flexible y ligera que nuestras armaduras tácticas.
- Humanos listos -dijo el terkuma-, ahora aprenderán uso armadura y armas. Yo enseñar.
Fue sencillo.
Vergonzosamente sencillo: estaba todo pensado para que incluso los niños pudieran usar las armas con eficacia letal. La modificación más importante era la que afectaba a la munición: cada proyectil era una mini-bomba de criogenia antientrópica. Al activarse, en una fracción de segundo enfriaba a una temperatura cercana al cero absoluto todo lo que hubiera a su alrededor. El fusil la disparaba a través del Aleph, por eso no era necesario que el cañón tuviera obertura. Una vez la bala adquiría cierta velocidad, el arma la lanzaba por el Universo entero para que se acabara rematerializando en el blanco, en el interior del objetivo que se hubiera programado. No había barrera, escudo o defensa posible. El proyectil se convertía en una amplitud de probabilidad que colapsaba donde le interesaba a quien había disparado el arma. En aquel mismo momento, las fábricas orbitales producían millones de proyectiles a pleno rendimiento. Hubiera sido necesario dedicar años de vida al estudio para poder entender mínimamente la Física y las Matemáticas que había detrás de aquellas armas, detrás de cualquier arma, en realidad, pero para disparar no hacía falta saber mucho: bastaba con apretar un gatillo. Tan fácil como en la mayoría de armas humanas. Incluso la adquisición de blanco era automática. Bastaba con mirarlo.
Respecto a las armaduras, lo único que tuvimos que aprender fue a activar la función de invisibilidad. Según nos explicó el terkuma, estaban diseñadas para humanos; y debía de ser verdad porque, además de ajustarse a nuestro cuerpo homínido, la activación del resto de funciones era intuitiva y las letras que aparecían sobreimpresionadas en el paisaje eran humanas, y sensibles a nuestra mirada. No era tan cómodo como una conexión neuronal pero funcionaba bien. Bastaba con fijarte en ellas para que se desplegaran menús y se activaran funciones. La de invisibilidad no era tan eficaz como la de los mantos de invisibilidad humanos, pero su espectro era mucho más amplio. Cuando se activó, desaparecimos desde el infrarrojo hasta el ultravioleta. Alkai y Surkoi pasaron a ser tenues perturbaciones en el entorno.
El terkuma nos aconsejó volver a ser visibles mientras no entráramos en combate. Aquellas armaduras también tenían sus limitaciones: no convenía derrochar energía.
- No esperen gran cosas de armaduras -nos dijo Trae consigo al regresar de la orilla opuesta, donde también se concentraban un gran número de terkumas-, filtrar aire, proteger de metralla, también apantallar algunos campos sin afectar comunicación, pero no más.
- ¿No podremos volar? -pregunté yo.
- No.
- ¿Cómo llegaremos entonces hasta la cápsula?
- Así.
Trae consigo señaló mediante un rápido movimiento de cabeza un punto situado a mi espalda. Me giré, todos nos giramos. Entonces el suelo tembló, la selva se agitó. De repente, una serpiente gigante emergió de entre las sombras y avanzó hacia nosotros.
Retrocedimos, asustados.
Era un ofidio enorme y con ojos amarillos que parecían escrutar malhumorados el interior de nuestra alma.
La bestia frenó y se detuvo con un gran chirrido.
Su cabeza quedó a pocos metros de nuestros pies.
- Serpiente de transporte -tuvo a bien informarnos Trae consigo-, llevará hasta cápsula.
Los costados de la serpiente se abrieron emitiendo un ruido semejante al de unos pistones neumáticos. En el interior vimos varias filas de terkumas apostados con armaduras de combate, con los yelmos abiertos pero con las armas cargadas y bien sujetas y listas para ser disparadas. Ellos también nos vieron a nosotros. Nos observaron fijamente con sus grandes ojos negros, impasibles. Iban colgados de ganchos unidos por su parte superior a la columna vertebral de la serpiente. El gancho se encajaba en la nuca de los terkumas y su cuerpo quedaba colgando y todos sus tentáculos libres, ya fuera para sujetar el fusil o sujetarse ellos mismos. La serpiente de transporte ondulaba lentamente su cuerpo, y los terkumas en su interior subían y bajaban y se desplazaban a un lado y a otro al compás de esas ondulaciones. Parecían estar montados en una atracción de feria. Una feria donde las tómbolas repartían suerte o muerte con la misma naturalidad que repartían ositos de peluche en las ferias de nuestra más tierna infancia. Una feria donde las atracciones se sumergían en el infierno para no volver jamás.
Me giré de nuevo hacia Trae consigo, boquiabierto.
En aquel momento, más serpientes de transporte aparecieron en los alrededores. Algunas emergieron de las profundidades del río, otras de las profundidades de la selva, tanto en nuestra orilla como en la opuesta. Se detuvieron y sus costados se abrieron. Muchos soldados empezaron a acceder a su interior.
- Mis oficiales y yo ir volando -dijo el terkuma-. Dar a vosotros cobertura aérea. Estos terkumas apoyarán por tierra -dijo señalando a los que nos miraban desde las entrañas de la serpiente-. No son únicos: al lado de cápsula ya luchar hermanos nuestros, y hay más serpientes hacia aquí... en camino. Cuando ir, haremos explotar nave keruva que humano Surkoi derribar. Como decir antes, eso darnos un poco más de tiempo. Necesitaremos.
Hizo una pausa. Dio un paso adelante y finalizó diciendo:
- Amigos -era la primera vez que Trae consigo se refería a nosotros de esa manera-, ha llegado momento. Ahora diré palabras a tropas. Luego partir juntos a batalla. No olviden llevar consigo pila de antimateria, hagan bien su trabajo y... honren memoria de Palabra.
Fue su despedida. En cuanto dejó de hablar, se elevó junto con un pequeño grupo de terkumas con los que voló hasta situarse por encima del río, en un punto equidistante entre las dos orillas. Desde allí, arengó a los soldados.
Nuestras armaduras debían de tener algún sistema de traducción automática, porque pude entender perfectamente el discurso que dirigió a las tropas.
- ¡Hermanos! -dijo desde las alturas-. La memoria de nuestros antepasados nos contempla, ante ellos respondemos, y ante nuestros hijos y familias.
El resplandor intermitente que se elevaba más allá del horizonte se hizo más intenso y el suelo tembló. Todos nos encogimos sobre nosotros mismos y miramos a nuestro alrededor. Trae consigo siguió hablando, impertérrito.
- La memoria de nuestro pueblo es una cadena. Nosotros, hoy, aquí, ahora, en este momento... ¡No seremos el eslabón más débil!
De repente, mi memoria iluminó todo mi pasado y no pude seguir prestando atención al discurso de Trae consigo, aunque su voz siguiera llegando a mí igual que un lejano rumor de olas. Podría haber muerto en Irid-Sarba, en Coraline o en Imarten. En lunas heladas que orbitan alrededor de gigantes gaseosos para siempre, en preciosas playas coralinas de arenas blancas, mareas traicioneras y bajo la luz de dos soles o a la sombra de anillos mayores que los de Saturno. Podría haber dejado la vida en Sualin-Kurtz, Keenan-16 o Puñodedios. Mis huesos a esas alturas de mi vida podrían estar congelados en el fondo de un charco de metano o de un océano de diamante líquido, perdidos en el interior de nubes tan grandes que podrían engullir un planeta entero o pulverizados y dispersados por el espacio más ignoto, cabalgando la ola remanente de una supernova o atrapados en el campo magnético de una estrella de neutrones. La belleza que habían contemplado mis ojos sólo era comparable al horror de un Universo inconmensurable y vacío, en el que la única luz era la que el ser humano pudiera encender con sus ridículos medios materiales. Formábamos parte de una batalla perdida, y yo acababa de dar mi palabra de que me mantendría fiel al bando de los perdedores. Qué demonios. A esas alturas deberíamos haber sido todos cinco cadáveres humanos en pleno proceso de momificación viajando eternamente por el silencio del cosmos. En lugar de eso, había sobrevivido. A todo. No sólo a la guerra. De niño, o de adulto, podría haber resbalado y haberme dado un mal golpe en la cabeza. En lugar de eso, ahí estaba, contra todo pronóstico: ante una nueva batalla y enfrentado, otra vez, a mis sueños de niño. Quizá todo fuera un sueño, nada más que un sueño. Pero si empezaba a desconfiar de mi memoria... ¿qué quedaría de mí? Nada.
- ¡Honrad la memoria de Palabra! -fue lo último que gritó Trae consigo.
Todo el resto de terkumas, a ambos lados del río, se unieron en el mismo grito. Y unidos se pusieron en movimiento. Sentí un escalofrío sacudir todo mi cuerpo. Algunos se elevaron y volaron hacia la cápsula estrellada, otros accedieron a serpientes y éstas cerraron sus costados, engulléndolos, y se pusieron en marcha. Muchos otros montaron en eolobélulas, y aún hubo otros que avanzaron en cromoplaneadoras hacia la nave keruva derribada.
Yo me giré y miré a Surkoi y Alkai.
- ¡Adelante! -exclamé- ¡Subamos a ese trasto y enviemos ese maldito mensaje! Surkoi, recoja la pila de antimateria.
Les precedí. No tuvimos problemas para localizar el lugar que nos correspondía: nuestros respectivos ganchos eran mucho más alargados que los de los terkumas, semejantes a remontes de esquí. Había varios vacíos. Todo el resto eran versiones estilizadas de los asientos para terkumas que ya conocíamos, sólo que en lugar de surgir del suelo, estos colgaban del techo, de la columna vertebral del gigantesco ofidio que había de llevarnos hasta la cápsula. A mi lado se situó el terkuma que nos había entregado las armaduras y nos había enseñado a manejar los fusiles aleph; detrás de mí: Alkai y Surkoi.
Apenas nos dio tiempo a encajarnos en nuestros respectivos remontes. El vientre de la serpiente se cerró atrapándonos en su interior, la cubierta externa se volvió transparente y el ofidio se puso en marcha a toda máquina. Viajar en aquel monstruo era igual que montarse en una montaña rusa cuyos vagones se deslizaran por en medio de la selva. Me agarré bien fuerte y me concentré en un punto situado justo enfrente de mi.
Nadie conoce a nadie, por mucho tiempo que se comparta y muchos problemas que se hayan resuelto juntos. La realidad no ofrece, ni aun maldiciéndonos con una guerra, suficientes escenarios como para mostrar todos los recovecos de una consciencia compleja.
Hay que recurrir a los sueños.
Sólo los sueños nos dicen hasta qué punto quizá no estemos totalmente solos en el Universo.
(Fin del capítulo 46. Siguiente capítulo)
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