Capítulo 47. CLAVE.
Vimos las naves keruva mucho antes de llegar al claro
erizos de mar, grandes y pequeños
negro azabache, brillando bajo el sol, impasibles
fragmentos cristalinos del petróleo más profundo
o del alma nocturna de una estrella de neutrones
algo ignoto hasta casi más allá de lo creíble
con sus púas apuntando en todas direcciones
nítidas, afiladas, chirriantes
recortadas contra el azul del cielo y ensartando
ensartando sin cesar a terkumas inocentes
Vislumbramos las naves keruva mucho antes de llegar al claro
fuimos directos hacia ellas, sin dudarlo, todas
erizos negros, algunos lentos, otros rápidos,
había grandes y había pequeños, todos se movían
a la búsqueda de cerebros frescos que devorar
empezando por los ojos: manchas, hematomas, hemorragias,
así eran aquellas naves una vez se imprimían en tu retina
no había escapatoria, máculas que no podías dejar de ver:
salpicaduras de sangre en tu iris, un estallido de espinas
en tu córnea, sangre negra estampada sobre mármol blanco
un millón de espinas como líneas de campo eléctrico
saliendo de un protón eterno.
Vimos las naves keruva volando por todo el campo de batalla
rápidas como bólidos en llamas, ajenos
a las leyes de la inercia, sanguijuelas encendidas
hambrientas de neuronas.
Avistamos las naves keruva mucho antes
de echar pie a tierra ahí estaban
ante nosotros las vimos
desde el interior de la serpiente trepidando
entre bandazos y golpes ahí estaban
ahí delante esperándonos a navajazos en el claro
abierto por nuestra cápsula
estrellada al lado del río teñido ahora de sangre y cadáveres
también los vimos, arrastrados por la corriente,
mutilados, olvidados, acuchillados.
Lo vimos todo.
Corran a la nave, envíen mensaje nos gritó Trae consigo a través de la radio
No se preocupen por nada, ni por retaguardia ni flancos
Ya nos encargamos nosotros
Ustedes corran, corran deprisa y envíen cuanto antes el mensaje
La Sombra atacaba con toda su furia un planeta inocente
Vimos sus naves rodeando nuestra cápsula
vimos todo
mucho antes de llegar al claro,
ahí estaban cada vez más cerca esos erizos negros
moviéndose despacio o rápido en medio del fragor de la batalla
ajenos a la inercia cuando nosotros ya teníamos perros rabiosos
mordiéndonos el estómago
mucho antes de llegar La Sombra atacaba
impasible un planeta inocente derrumbándose
ante nuestros ojos vimos sus naves
rodeando nuestra cápsula lo vimos todo
la querían, ansiaban y mataban por estudiarla
vimos a muchos terkumas morir por defenderla
ensartados en las púas, descuartizados, absorbidos por La Sombra
es la guerra, señor, la maldita guerra
el cielo azul brillaba por encima de todos nosotros
inalcanzable, impasible, inmanente
una plegaria, un chiste, un chicle que morder con fuerza
entre los dientes, por piedad,
ni el humo negro ni todo el fragor de la batalla
conseguían ocultar su inmensidad
abrumadora, su paz inconquistable
un chiste, una plegaria, un chicle que rumiar entre los dientes
por piedad
el azul
la gente muere, los niños mueren, es la guerra, señor, la maldita guerra
Lo vimos todo.
Explosiones cercanas sacudían a martillazos la serpiente de transporte
aún dentro de la selva, antes de llegar al claro, temblábamos
a golpes, explosiones aun antes de ofrecer nuestros cuerpos,
como marionetas, muñecos de trapo inermes
en silencio aferrados a sus cuerdas
los dientes castañeteaban y pitaban los oídos
ningún impacto directo, ninguna baja antes
de abrir la panza y soltarnos
sólo nuestro corazón a galope tendido por el pecho
y nuestros ojos enrojecidos a puñetazos
más el estómago tenso, prevenido ante una catástrofe inminente
apretamos los dientes, un chicle por piedad,
apretamos fuerte los dientes para sujetar las mandíbulas
un chicle, nos agarramos a la idea de un chicle, a una cuerda
sálvese quien pueda
un año de paga por un chicle al que poder hincar el diente
allá vamos, lanzados pendiente abajo
el vértigo nos sube el estómago a la boca
la serpiente supera el linde de la selva
en caída libre, se mete en la batalla hasta el tuétano del hueso
roto por flores rojas carnívoras que florecen de repente
aparecen de la nada por doquier
para devorar carne y materiales y desaparecer otra vez en medio de la nada
flores rojas como bombas que te besan en los labios
y sangre a borbotones
palpitando en las sienes
mientras se abren
las entrañas de la bestia, el mismo tiempo
explota y nos consume la luz
nos deslumbra
SALTAMOS AL MUNDO
y nos dejamos llevar por la furia
el mundo entero estalla extrusionándonos
nos pitan los oídos, alfileres en los tímpanos,
el miedo nos impulsa en avalancha hacia el barro
sálvese quien pueda
una explosión y otra nos sacuden, más alfileres,
estamos en terreno descubierto en medio del claro
el suelo tiembla, corremos, caemos, nos levantamos
desnudos, indefensos gritamos
avanzamos
disparamos
unimos nuestra fuerza a la de los terkumas
corremos
gritamos, disparamos
ellos también gritan
nuestros gritos y los suyos
unimos
a cien metros de la cápsula
¿o son cincuenta? el suelo tiembla
corremos, caemos, disparamos
rápido, rápido, rápido,
lo veo todo
tanta luz me deslumbra
mi mente se ha vuelto fría y metálica y lo ve TODO
igual que los bisturís:
ve la cápsula al final de un túnel donde vuelan puñales por el aire
nos ve a nosotros mismos corriendo
ve los puñales
disparamos
el sonido y la luz que nos rodea
nuestra furia
los rayos, los golpes antes de que lleguen, el fuego, el hielo...
TODO
qué bien se ve el mundo, qué claridad, qué afilado
qué nítido
no hay palabras, es pura acción
letal, gritamos, unimos
corremos disparando hacia el final del túnel
sin palabras, párrafos ni sintaxis
cuando eres tú el estruendo
entre flores rojas a martillazos y polen asesino
soy ruido y luz, soy una hebra
desaparezco en medio de dos saltos junto con otras
soy un rugido más
me pitan los oídos
uno más, eslabón débil enlazado con otros muchos
un esfuerzo con otro, dolor con dolor
hasta formar una cadena que rueda y vuela
y golpea la voluntad keruva
pelusas carroñeras en medio de un aire impregnado de ácido y veneno
estalla el mundo entero a nuestro alrededor a bofetadas
a puñetazos nadamos contra agua salada:
nuestro propio sudor, abrazo constante y agua
caníbal, un océano de sudor,
infinitas moléculas con las que nos licuamos,
no es un mal principio: todas contra todos de vuelta hacia los ríos,
lluvia a navajazos, a golpes llegaremos
todo es lluvia, cortes, moratones, gritos y roturas
Con la cara cortada vamos descubriendo el aire:
no es más que una herida supurante que se hincha de pus y de sangre
y nadamos en ella a patadas y navajazos
cáliz común donde mezclamos nuestro sudor y nuestro terror
con el sudor y terror terkuma: todos disparamos y gritamos, hombro con hombro, tentáculo con cadera, cadera con tentáculo, nuestros gritos con los suyos abren a cuchilladas la atmósfera
donde explotan flores rojas, piedras voladoras, barro, astillas y lazos de energía cortantes como guillotinas
a La Sombra no le importa descuartizar cuerpos, le interesan sólo las cabezas
lo comprendemos al primer vistazo, lo comprendemos todo, lo vemos todo, qué limpio se ve el campo de batalla, el miedo y la muerte son metálicos y afilados: abren la piel de la realidad y extraen las lombrices del engaño, el barro de los ojos, la niebla de la sangre
en cuanto saltamos de la serpiente al mundo y nuestros pies se hunden en el barro: lo vemos
vemos lo que los lazos de energía hacen a los cuerpos terkuma, comprendemos -es evidente- que, mientras no se dañe el cerebro, a La Sombra le da igual todo lo demás, hace lo necesario por desarmar a su enemigo y su objetivo
nuestra cápsula
sigue al final de un túnel
inacabable, infinito de cincuenta metros, ¿o son cien?, inalcanzable.
Así que no pensamos: corremos
lloramos, gritamos y disparamos, pero no pensamos
es la guerra, señor, la maldita guerra
El panorama es el siguiente: no hay chicle alguno en los alrededores
hay que asumirlo mientras
la serpiente vira de nuevo hacia la selva pero justo antes de llegar a los primeros matorrales estalla porque ha sido alcanzada y en medio del fuego, el humo y la metralla incandescente de la que nos protegemos como podemos emergen tres erizos negros grandes como esferas de mercurio Ínbid
disparamos sin pensar
disparamos antes de que acaben de atravesar la nube de humo y fuego
disparamos y corremos hacia la cápsula mientras los terkumas forman
dos líneas en los flancos y en nuestra retaguardia
y nos cubren para que podamos llegar a ella
a cincuenta metros
¿o son cien?
el suelo tiembla
pierdo pie, caigo o me alzo, vuelo
me falta el aire cabeza abajo
un tentáculo keruva me atrapa y me levanta disparo sin cesar disparo grito disparo veo que a mí se unen varios terkumas y Alkai y Surkoi y caigo al barro con el keruva congelado tras de mí y me revuelvo y me levanto de un salto, me giro y disparo sin parar disparo, disparo y grito ¡Revienta, hijo de puta! a la nave sin dejar de disparar con tanta fuerza que parece que le escupa mis propias muelas impasible ante la lluvia de fragmentos helados que caen sobre mí y salpican todo el campo de batalla como si estuviera reventando a puñetazos un bloque de hielo lleno de colmillos de piraña
el panorama es el siguiente:
sigo vivo por poco
un año de paga maldita sea por un chicle al que hincar el diente
y ya es una costumbre besar a la muerte con cariño
en esos labios rojos con sabor a hígado que tiene adornando su mandíbula
una idea luminosa me agarra de la garganta y me deslumbra
qué claridad, qué nitidez
una luz al final del túnel
una revelación
La Sombra tiene curiosidad
quiere saber si nuestros cerebros son sabrosos, si entendemos el espacio y el tiempo
el Universo donde vivimos y morimos
tiene curiosidad
quiere estudiarnos
si tiene curiosidad, podemos vencer
es débil
podemos derrotarla
¡podemos derrotarla!
grito
disparo, no dejo de disparar
grito, aúllo para que lo sepan todos: ¡¡Podemos derrotarla!!
igual que si sangrara, igual que si su cuerpo fuera de carne
y estuviera lleno de sueños y de vísceras
como el nuestro
quizá aún no
no sé cómo
ni las bombas de criogenia antientrópica son realmente eficaces
pero no es invulnerable
Si tiene curiosidad... ¡No puede ser invulnerable!
No... si tiene curiosidad
si tiene curiosidad, no es invencible,
aunque sus naves se dividan para aislar el daño cada vez que los proyectiles desencadenan el infierno helado en su interior, aunque las armas de fuego no la arañen, ni la muerte blanca pueda herirla para siempre
algún punto débil tendrá, si tiene curiosidad
aún no sé cómo, aún no sé cuál
pero lo veo todo: nuestra debilidad y la suya
su habilidad, nuestra torpeza,
incluso el poco tiempo que nos queda
al ver cómo se descongelan y vuelven a la batalla
sin que haya nada que pueda detenerlas
ni siquiera las armas de materia supercondensada
ni siquiera la antimateria
pero si tiene curiosidad no es invulnerable
no es Dios
no es inatacable: tiene curiosidad
podemos acabar con ella
podemos ganar
es débil
grito, disparo, disparo, grito
chillo furioso aúllo una vez más
a caer en la derrota
que lo sepa todo el mundo: ¡¡Podemos derrotarla!!
sólo tenemos que aguantar,
sobrevivir un segundo más
apretar los dientes y aguantar
correr, esquivar, saltar, resistir
y correr otra vez
mientras los soldados terkuma van cayendo a nuestro alrededor
mientras nos buscan las flores carnívoras
no importa, hay que aguantar
un segundo más
correr, esquivar, saltar
correr otra vez, ocurra lo que ocurra a nuestro alrededor
correr
no podemos detenernos
no podemos dudar
porque ahora sabemos que podemos ganar
los soldados terkuma van cayendo por doquier y las púas keruva tientan el aire intentando cazarnos a nosotros hora rígidas como picas donde ensartar cuerpos rebeldes hora flexibles como látigos extraordinariamente largos y precisos
ése es el panorama
ocurra lo que ocurra, ése es el panorama: no podemos detenernos
correr, saltar, esquivar, disparar
gritar, no pensar, aguantar
saltar, esquivar, gritar, correr
disparar, aguantar
un año de paga por un chicle al que hincar el diente
caigo al barro y me arrastro sin detenerme ni un segundo rodeado de cadáveres de medusas que nadie ha recogido ni recogerá jamás hasta que me levanto de un salto mientras Surkoi me cubre y Alkai me ayuda para correr de nuevo juntos hacia la cápsula pero caemos otra vez varias veces todos porque el suelo tiembla y no podemos ni siquiera apuntar bien cuando disparamos pero lo peor es que Surkoi pierde la pila de antimateria y durante unos segundos inacabables rueda por el suelo hasta que la recupera Alkai y se la lanza mientras yo y los soldados terkuma la cubrimos disparando a discreción porque el sudor me nubla la vista y el temblor del suelo nos impide apuntar bien cada vez que un proyectil de hielo estalla en el interior de las naves keruva los erizos se dividen para aislar los daños y mutilados poder seguir disparando y absorbiendo cerebros hasta que noto una pendiente en mis pies y corro casi ciego hasta que noto otra pendiente aún mayor en mis pies y comprendo que es la cápsula y que por fin hemos llegado pero no nos detenemos subimos corriendo y nos abrimos camino a base de congelar más y más erizos keruva hasta que llegamos a la escotilla y la abrimos y saltamos al interior donde nos recibe la más absoluta oscuridad sólo quebrada tenuemente por el resplandor fluorescente de nuestras armaduras terkuma que Surkoi aprovecha para ir sin tropezar directo a la unidad de energía y reemplazar la pila saboteada por la que lleva con él y Alkai aprovecha para sentarse ante el derrumbado panel de mandos sin esperar siquiera a que se ilumine e intenta recomponerlo sin esperar a nada sin ni siquiera esperar a recibir órdenes porque no son necesarias porque sabemos cada uno de nosotros lo que tiene que hacer y por eso yo regreso mientras tanto a la escotilla y cubro la entrada disparando y pidiendo a gritos más y más munición porque no estoy no estamos no hemos estado jamás solos: anillos de soldados terkuma nos rodean y Trae consigo me habla desde las alturas sin dejar de tirar de los hilos que mueven a todos y cada uno de sus soldados terkuma que ahora nos protegen en el campo de batalla
sacar de ahí les, me dice, cuando enviar mensaje, avisar mí, rápido, rápido, rápido, avisar, mí enviar entonces eolobélula
vale, grito, vale ok recibido ok
y miro de nuevo hacia el interior de la cápsula y grito:
¿Tenemos energía?
y veo que sí: tenemos luz, tenemos potencia y Alkai ha replegado el casco de la armadura terkuma para poder enchufarse al computador de la cápsula mientras Surkoi vigila la estabilidad de la pila de antimateria y yo sigo disparando
Alkai agarra el cable de conexión manual y se lo clava en la nuca
los microfilamentos conectan con su médula y su cerebro de forma casi inmediata
sus ojos quedan en blanco
blanco en medio de colores que tiznan su rostro, reflejos de las luces del panel de control
ahora, estamos en sus manos
en manos del coleccionista que le ha proporcionado la clave de desactivación del virus Ínbid
sigo disparando
no pienso en nada
pensar es romper la cadena, morir
simplemente sigo disparando y esquivando metralla
fragmentos de cuerpos, astillas, metal y piedras
no esquivo la sangre, la sangre no mata, tengo
la armadura empapada de sangre terkuma y barro
no pienso: peligro
no pienso: estamos en manos de un coleccionista
no pienso: vamos a morir, van a morir todos
simplemente, reacciono a lo inmediato
disparo y esquivo metralla
no hay tiempo para más
dos erizos vuelan hacia mí desgajándose de trozos enteros de sí mismos a medida que los proyectiles de nuestros fusiles estallan en su interior sin pensárselo dos veces avanzan automutilándose para evitar que las pequeñas bombas de criogenia antientrópica que disparamos en sus entrañas acaben congelándolos enteros y así de esa forma pueden seguir avanzando mientras los fragmentos congelados a casi trescientos grados bajo cero caen igual que fardos letales a todo nuestro alrededor aplastando terkumas y cadáveres de medusas y unos pocos impactando contra el casco maltrecho de la cápsula
pasan sobre mí sin poder frenar, mermados
mucho más pequeños de lo que eran cuando salieron de la linde de la selva pero aun así
me dejo caer en el interior de la nave para evitar que sus púas me ensarten la cabeza
Alkai sigue con los ojos en blanco
en trance
en tránsito
comunicándose con la computadora de la cápsula, intentando
desactivar el virus
están pasando cosas
las luces del panel de mandos han cambiado, parpadean rojo verde lila
Alkai respira como si estuviera corriendo los cien metros lisos
Surkoi sigue vigilando la fuente de energía
el virus liberará la antimateria si Alkai no lo impide antes
si la antimateria es liberada, moriremos todos en menos de lo que dura un parpadeo
no dolerá
será una buena muerte
vuelven los erizos
gritan los terkumas
salgo
han virado y vuelven directos hacia la cápsula
apunto
todos disparamos al unísono
esta vez explotan en su interior tantos proyectiles que no tienen tiempo de aislar el daño: pierden el control y quedan a merced de toda la inercia de su masa igual que pedruscos congelados sin capacidad alguna de maniobra, semejantes a asteroides kuiperianos pero eso sí: tan perfectos como cristales no dopados inmersos en una catarsis de hielo que les ha catapultado más allá de la corriente del tiempo y ahora caen porque estar más allá de la corriente del tiempo no les impide estar más allá de la ley de la gravedad y caer hasta que impacta uno contra el suelo y el otro contra el casco de la cápsula atravesando con sus púas la cubierta más externa
dejo que la gravedad me arrastre de nuevo hacia el interior de la nave
justo a tiempo de ver cómo iris y pupilas regresan otra vez a los ojos de Alkai y grita:
¡Ya!
sé entonces que el mensaje ha sido enviado
todos los indicadores del panel de mandos están en verde
no hemos muerto
Surkoi desconecta la fuente de energía
las luces se apagan, volvemos a quedar al amparo de la fluorescencia de nuestras armaduras
Cinco segundos, pide Surkoi
necesarios para estabilizar la antimateria
adherir varias implosionadoras lapa y activarlas sin habérselo ordenado
pero hace bien
no le digo lo contrario
mientras escucho a Alkai:
Las cosmobalizas han vuelto a funcionar en cuanto he desactivado el virus y las he utilizado de repetidoras, ahora siguen emitidiendo en modo silente
le contesto bien hecho mientras Surkoi arranca la pila de antimateria y sin añadir palabra alguna salimos los tres por la escotilla
quedan quince segundos para que las implosionadoras hagan su trabajo
y lo sabemos
pero algo va muy mal afuera
todos los terkumas menos uno nos apuntan con sus fusiles de hielo
somos el centro de un círculo y el terkuma que no nos apunta tira el fusil y se une al centro con los tentáculos-brazo alzados mientras yo hablo con Trae consigo y le pregunto fríamente si esto también forma parte de algún plan y él no me contesta así que los humanos también tiramos los fusiles que es justo lo que nos están pidiendo los terkumas que apuntan con los suyos hacia el centro pero justo cuando ya estamos desarmados y todo parece perdido y sólo diez segundos faltan para la implosión que devorará el mundo a nuestro alrededor y a nosotros con él empiezan a caer los que nos apuntan y los que no caen miran hacia el cielo sorprendidos
avalancha de terkumas contra terkumas
¡Al suelo! grita Trae consigo ¡Al suelo! repito yo
y obedecemos de bruces contra el casco de la cápsula y a ocho segundos para la implosión una tromba de terkumas voladores atacan a sus compañeros y nos liberan a nosotros y al que con nosotros alzaba los tentáculos-brazo cuando ya estábamos a un paso de ser absorbidos por La Sombra se abre un pasillo y corremos no sin antes recuperar los fusiles hacia una eolobélula que en ese momento desciende a pocos metros en nuestra búsqueda mientras los terkumas voladores que ha enviado Trae consigo alzan de nuevo el vuelo y a los cuatro segundos para la implosión saltamos a la eolobélula que ni siquiera se ha posado en el suelo y remueve todo el aire a su alrededor con sus aspas-vela y su cuerpo acorazado disparando sin cesar aguijones congeladores contra todos los enemigos que nos rodean en medio de los cuales veo dos terkumas de los que nos apuntaban cuando faltan dos segundos introducirse por la escotilla de la cápsula hacia el interior de nuestra nave y nosotros quedamos aplastados contra el suelo porque la eolobélula alza el vuelo con una aceleración brutal para conseguir alejarse rápidamente del infierno que se cierne
cero: implosión: la cápsula y todo lo que hay a su alrededor colapsa brutalmente sobre sí misma e inmediatamente un viento huracanado intenta arrastrarnos a nosotros, y a todo, hacia el núcleo del hundimiento
a las profundidades comprimidas bajo toneladas de materia
al fondo de un océano de hidrógeno metalizado
al núcleo de Júpiter
apretamos los dientes mordemos fuerte
aguantamos
un martillazo incontestable proveniente por igual de todas direcciones y dirigido hacia un centro no más grande que un puño donde se ha comprimido la cápsula entera y los restos esparcidos a su alrededor y la tierra en la que incrustada descansaba
la eolobélula tiembla y titubea
lucha
y al final endereza el vuelo y sigue ganando altura mientras vuelvo a mirar atrás, al campo de batalla, al caos que se despliega sin piedad a nuestros pies y veo algo que me hiela la sangre en las venas: allí donde estaba la cápsula y hubo un puño de materia supercondensada hay ahora un erizo keruva: perfecto, negro, de afiladas púas y levitación impasible, dueño y señor de toda la muerte que ha sembrado a su alrededor porque la materia ha vuelto a expandirse pero no de forma caótica como debería sino controlada -controlada por una voluntad keruva-hasta formar el cuerpo de La Sombra: un erizo de mar negro, pulcro y afilado como un puñal sin sentimientos ni más emociones que las de un noble contemplando a sus pies a sus vasallos arrasados por el hambre
comprendo que los restos de la cápsula aplastados no han conseguido destruir a La Sombra atrapada en su interior, comprendo que mediante una tecnología más allá no ya de mi ciencia humana sino incluso de mi humana imaginación ha conseguido el monstruo reconstruirse a pesar de la enorme presión y del cataclismo atropellado con los propios materiales que intentaban aplastarla
de los terkumas y sus cerebros, ni rastro
sólo aquel erizo se alza donde había estado nuestra cápsula, el erizo y un cráter y nada más, y parece observarnos impasible
¿Por qué no nos persigue? Porque le atacan sin cesar
cientos de terkumas sino miles que cubren nuestra retirada
Nos alejamos, salimos del campo de batalla
y entonces nos damos cuenta de que nos lo llevamos con nosotros:
el terkuma que nos acompaña se alza y dice con voz pausada
Humanos, lucháis bien
no tenemos ni un segundo para recuperar aliento
Alkai, Surkoi y yo nos miramos extrañados, sobre todo cuando añade:
Quiero vuestros cerebros
y se abalanza sobre Alkai que es el cerebro que está más cerca
pero Alkai es tan rápida como una bestia acorralada
le agarra por los tentáculos-brazo, rueda sobre sí misma, interpone sus piernas y luego las extiende como un resorte para utilizar toda su energía y lanzarlo por el aire mientras ella completa la voltereta y se levanta de un salto justo a tiempo para ver cómo el terkuma poseído por La Sombra casi cae al vacío por la compuerta abierta en el lado opuesto al costado por el que hemos accedido nosotros pero no cae porque en el último momento se agarra a un estribo y a un cable y de un impulso en apariencia imposible entra de nuevo en la carlinga y cae sobre Surkoi que pierde el equilibrio pero aún es capaz de girar sobre sí mismo hasta caer sobre el terkuma que sin embargo no permite que el humano se zafe de él por mucho empeño que ponga el humano en zafarse de sus tentáculos que lo rodean y lo intentan atraer definitivamente hacia la sombra
pero a esas alturas ya no importa
el cuerpo de Surkoi se interpone entre el cañón de nuestras armas y el cuerpo del terkuma
No importa
Alkai y yo hemos tenido de sobras con el segundo que nos ha concedido el despiste del terkuma concentrado en Surkoi para apuntarle con nuestros fusiles: los proyectiles de hielo no viajan por el espacio normal porque no son materia normal sino que serán amplitud de probabilidad en cuanto presionemos el gatillo y les dará igual que Surkoi esté en medio o a veinte mil leguas bajo el mar: estallan dentro del cuerpo del terkuma y una fracción de segundo después sus tentáculos han perdido la fuerza necesaria para retener al humano por lo que Surkoi es liberado de repente de la presa y aprovecha para saltar hacia atrás alejándose del hielo mortal que se va formando a nuestros pies
Surkoi y yo, de una patada, arrojamos el cuerpo del terkuma al vacío
y nos derrumbamos en el suelo, con la espalda apoyada en la mampara que separa el espacio donde nos hallamos de la cabina del piloto
Alkai está enfrente de nosotros
Intentamos recuperar el aliento, empapados en sangre, sudor y lágrimas.
Ella es la primera en hablar.
- ¿Habéis visto? - dice y, después de un par de segundos, añade: llevaba un erizo incrustado en la armadura, aquí -señala su nuca-, justo detrás del cráneo.
- ¡Joder que si lo he visto! -grita Surkoi.
- Esas cosas se apoderan de sus cuerpos controlando sus cerebros -añade Alkai.
- Ya sabemos a lo que nos enfrentamos -sentencio yo.
Vuelven a mí las últimas imágenes del campo de batalla. Mientras luchábamos por librarnos del terkuma poseído había llegado a vislumbrar a lo lejos, entre las nubes, una de las dos naves keruva mayores totalmente congelada y los terkumas disparando sobre ella para romperla y así retrasar su proceso de auto-reparación. Y esta imagen se mezcla con la imagen confusa de los soldados de Trae consigo cayendo como un alud celeste sobre sus propios compañeros, sus armaduras gastadas, sucias, abolladas, ajadas, cubiertas de polvo, barro y sangre e incluso quebradas como sus voces, sus gritos desgarrados, furiosos. La imagen de esas armaduras se funde con la imagen de nuestras propias armaduras, aquí y ahora: el metal inteligente que fielmente protege nuestros cuerpos ha perdido todo su lustre, está deteriorado, abollado y no refleja ya orgulloso el mundo con el esplendor de un espejo de oro. Más bien devora la luz: se ha empapado de polvo y escombros como una esponja se empapa de agua y no refleja más que un paupérrimo destello mate y mortecino. Así es como regresamos: empapados en sangre y barro, ocultando bajo las armaduras y bajo los trajes negros de pilotos de incurdroid numerosos moratones que adornan nuestra carne humana. Marchitos y mustios como flores sedientas.
De repente, sé que Trae consigo sigue vivo: oigo su voz.
- Humanos -me dice-, ahora llevarán ustedes hasta donde escondemos sus máquinas de guerra. Cuando las recuperen, asciendan, asciendan a órbita... ocultos esperen rescate de su gente. Les aconsejo.
- ¿Qué harán ustedes? -pregunto.
- Ganar tiempo -me contesta-, morir, preparados, necesitamos tiempo evacuar máxima número de comunidades. Cerebro y coleccionistas amigos de Palabra ayudan nos... Por cierto...
Entonces añade una advertencia y, tras un segundo de vacilación, concluye:
- No creo volver a vernos. Mucha suerte, humanos.
- Gracias por todo -contesto yo justo antes de que el terkuma corte la comunicación.
De vez en cuando observamos a lo lejos estelas de lanzamiento: están evacuando el planeta. No lo conseguirán, son demasiados, no creo que sus aliados Ínbid les proporcionen naves suficientes. Hacen lo que pueden. Hoy morirán muchos terkumas. Lo saben. Aun así, siguen luchando disciplinadamente. No cunde el pánico.
Es en ese momento cuando la mampara en la que Surkoi y yo estamos apoyados se desliza hacia un lado y tenemos que adelantarnos para que no nos arrastre con ella.
La cabina del piloto queda al descubierto.
Alkai se tensa de nuevo y apunta hacia nosotros: ha visto quién es el piloto. Un vispoide narrador.
- ¡Alto! -grito, y de una patada desvío el cañón hacia el techo-. Es cerebro, me lo acaba de advertir Trae consigo.
- Humanos -dice el narrador desde la cabina con su voz metálica y vibrante como un chirrido-, ya pueden abrir sus cascos, aire libre venenos aquí.
- ¿A dónde vamos? -pregunta Surkoi-... ¿A dónde nos lleva?
- A donde están sus máquinas de guerra -responde el narrador con una voz que produce escalofríos, sin dejar de prestar atención a los indicadores del panel de mandos tridimensional que le envuelve.
Les explico a Surkoi y Alkai lo que me ha dicho Trae consigo mientras damos la orden a nuestras armaduras de replegar los cascos. Nuestros rostros quedan al descubierto. Surkoi se seca el sudor con el dorso de la mano, Alkai se mesa los cabellos. Todos tenemos la boca abierta y la mirada perdida, como si fuera la primera vez que entráramos en combate.
En realidad, nunca te acostumbras: siempre es la primera vez.
- Antes de situarnos en órbita tenemos que recoger a Idkereda y Aniolita -nos recuerda Alkai-... y a Brumantra.
- Por supuesto -afirmo yo con rotundidad y añado: también hay que recuperar el cuaderno de Danel Primero.
- El cuaderno no estará muy lejos de donde esté Idkereda -responde Alkai.
Asiento en silencio y me giro hacia la cabina del piloto. Miro al vispoide narrador y pregunto:
- Cerebro... ¿no funciona la red de teletransporte?
- No -es la respuesta del vispoide-, ya no... ahora planeta aislado... fábricas de armas y energía en órbita solar destruidas... red de teletransporte inutilizada.
- Tenemos que regresar al árbol-torre a por nuestro compañero y a por el cuaderno de Danel Primero.
- Lo sé -me contesta el vispoide sin dejar de mirar hacia el horizonte-... más rápido máquinas de guerra. Eolobélula lenta. Coordenadas árbol-torre programadas en máquinas de guerra humanas. Suban y llevarán a comunidad de Palabra. Todo conectado.
- Palabra ha muerto -intervino Alkai.
- Lo sé -dijo el narrador.
- Veneno vispoide -insistió Alkai.
- Lo sé -volvió a contestar Cerebro-. Palabra es amigo pero no primero amigo muerto culpa guerra. Humanos matan amigos antes. Común amigo Palabra es. Pérdida común.
En aquel momento, decidí cambiar de tema, antes de que Alkai pudiera contestar.
- ¿En qué consistía la clave, Alkai? -pregunté.
La oficial científico enfocó su mirada en mí y estuvo mirándome fijamente en silencio durante unos segundos antes de contestarme.
- Era un generador de números aleatorios, señor -contestó al fin.
Surkoi y yo fruncimos el entrecejo a la vez.
- Generaba millones de números aleatorios por segundo -nos explicó Alkai-, luego había una pausa que el virus aprovechaba para observar parte de la serie y hacer una predicción de cuáles iban a ser los números siguientes.
- Pero... no lo entiendo... -confesó Surkoi, desconcertado-... si eran números aleatorios... ¿cómo podía predecirlos? ¿Por qué tenía que predecirlos?
- Porque era una forma de comprobar que fueran realmente aleatorios. Porque si la serie generada por el virus hubiera coincidido con la que generaba yo... entonces el virus habría activado el mecanismo de autodestrucción de la cápsula. Sospecho que si hubiéramos utilizado un generador de números aleatorios humano, el virus habría sido capaz de prever la serie.
- La clave precisamente era su impredicibilidad -dije-, era literalmente una clave impredecible.
- Así es -asintió Alkai-. Si el virus hubiera sido capaz de extraer un patrón y predecir el resto de números de la serie entonces habría liberado la antimateria. Adiós. Pum. Hasta aquí. Ya.
- A los ingenieros militares -advertí- les encantará escudriñar en sus neuronas en busca de ese algoritmo generador de números aleatorios tan perfecto.
- No encontrarán nada, señor -contestó Alkai-... se borró en cuanto hubo cumplido su misión. Tal como vino se fue. Creo que este tipo de generadores están en la base de la tecnología Ínbid de generación de realidad simulada. No hubieran permitido que cayera en manos humanas.
No añadí nada más. Estaba demasiado ocupado pensando en cómo escribir el informe de lo ocurrido para evitar problemas a Alkai o a Surkoi. O a mí mismo. Redactar el informe de lo ocurrido... qué ilusión, pensé con amargura, espejismo lejano, humo. Primero teníamos que salir de aquel embrollo, conseguir llegar a órbita, esperar el rescate... Permanecimos en silencio un buen rato. En medio del silencio, dejamos atrás la selva. El mundo se deslizaba rápidamente bajo nosotros. De vez en cuando, veíamos columnas de humo y pueblos destruidos. Un río.
Manglar. Un gran estuario y, de repente, el mar, una inmensidad azul cobalto y verde.
La eolobélula vuela a baja altura. Bordea unos acantilados. Casi nos salpican las olas que estallan contra las rocas. Luego se separa de la pared rocosa y nos perdemos en la inmensidad.
Es entonces cuando Surkoi mira a Alkai y dice:
- Siento lo de Brumantra.
- Ha muerto, Surkoi, nuestra pequeña Brumantra ha muerto.
- Lo sé.
- Qué bien. Aquí todo el mundo sabe cosas. ¿Sabes también que ha muerto por tu culpa?
- Estamos en medio de una guerra, Alkai.
- Por eso no te mato aquí mismo.
- Hice lo que honestamente creí mejor, Alkai. Me equivoqué. Lo reconozco. Lo siento. Lo siento muchísimo. Ojalá pudiera cambiar las cosas, ojalá pudiera hacer algo.
- Nadie puede hacer nada. Ha muerto.
- Si hablaras terkuma podrías darme tu dolor y también podrías ver mi desolación. Habría paz.
- No digas gilipolleces, Surkoi. Soy humana: jamás conoceré la paz.
- Vete tú a saber.
- Abandona toda esperanza. Estamos en medio de una guerra, así que deja de lloriquear. ¿Estás desolado? Pues carga con tu mochila de desolación en silencio y no molestes. No puedes compartirla. No me vengas con gilipolleces de hablar terkuma ni terkumo ni historias. Te quedas con ella tú solito y te jodes, que es lo que hemos hecho los humanos durante toda la vida... bueno, yo ya no sé qué eres tú, pero desde luego yo sigo siendo humana y eso no va a cambiar ni hoy ni mañana, así que deja de dar la vara. Joder, todos tenemos nuestra mochila, Surkoi. ¿Tú estás desolado? Pues imagínate como estoy yo. Y si eres de esos que buscan descargarse con una expiación, pidiendo perdón, o con cualquier otra imbecilidad mística por el estilo te mato aquí mismo y te lanzo al mar porque no eres más que peso muerto. Así que deja de dar la vara porque sabes que hablo en serio...
Ni Surkoi ni yo consideramos oportuno añadir comentario alguno ni puntualizar nada de lo que había dicho Alkai. Al cabo de unos segundos de silencio fue ella misma quien añadió:
- Por cierto, lo último que dijo Brumantra fue que no pensaba pagarte la apuesta.
- Me parece bien.
Alkai hizo crujir los nudillos de sus manos. Pudimos oír crujir las articulaciones incluso a través del metal de la armadura.
- Sólo faltaría -dijo mirando fijamente a Surkoi.
Surkoi sostuvo su mirada y suspiró.
- Estamos llegando a nuestro destino -advertí, con la esperanza de que dejaran de pensar en Brumantra.
No sé si lo conseguí. Al menos miraron hacia el mar. Ninguno de los dos se había percatado de que nos aproximábamos a una isla.
- Está ahí delante -expliqué señalando hacia mi espalda, hacia la dirección y sentido en el que se movía la eolobélula.
Surkoi se giró y Alkai estiró el cuello para lograr ver algo por encima del panel de mandos del vehículo terkuma.
- También se puede ver ahí -y esta vez señalé un espejo que había a medio metro más o menos por encima de la cabeza de Alkai.
Una isla en medio del mar.
Una isla volcánica. Una gran montaña emergiendo del océano.
En el espejo cada vez había más isla y menos mar.
En realidad era un archipiélago: al acercarnos, pudimos ver a lo lejos un puñado más de conos volcánicos. Humeantes, alguno de ellos.
La eolobélula descendió, el vispoide narrador emitió una serie de chirridos y chasquidos incomprensibles que culminó con un agárrense dirigido a nosotros, luego rodeamos la isla y volvimos a recuperar altura. La eolobélula voló a muy pocos metros de distancia de las copas de los árboles que cubrían la ladera del volcán. Ascendimos hasta superar el borde del cráter y entonces lo sentimos enseguida: nuestros incurdroids. No tardamos mucho en verlos pero incluso antes de establecer contacto visual ya sabíamos que estaban allí. En cuanto la eolobélula llegó a la cima y superó el margen escarpado de la boca del volcán, sentimos la conexión neuronal con ellos: estaban activados y buscando a sus pilotos humanos. Casi daba la sensación de que nos echaban de menos. Surkoi, Alkai y yo nos miramos. No hacía falta decir nada: todos habíamos percibido lo mismo.
Reposaban sobre una plataforma que sobresalía de una de las paredes internas del cráter. A lo lejos, la plataforma parecía diminuta frente a la magnitud de la caldera, pero cuando nos acercamos vimos que era casi tan grande como la cubierta de un portaaviones. Era la continuación de un espacio abierto en la roca viva, una terraza suspendida sobre la furia de las entrañas planetarias.
El volcán parecía extinto pero las rocas del fondo del cráter humeaban como si justo bajo ellas se ocultaran respiraderos de la fragua de vulcano. No parecía un buen sitio donde instalar una base, pero quizá, precisamente por eso, era el sitio idóneo.
Vimos algo más: vimos a Cerebro. Aguardaba inmerso en la medusa portadora, a pocos metros delante de nuestros incurdroids, rodeado por un séquito de vispoides guerreros y narradores. Supuse que no muy lejos habría una escuadrilla entera de vispoides simbiontes, vigilándonos desde las alturas.
La eolobélula descendió al interior del cono volcánico y trazó una curva suave que acabó apuntando hacia la plataforma. Tenues nubes de polvo y ceniza volcánica se levantaron del suelo al posarse en él el vehículo que nos había sacado del campo de batalla. El polvo y la ceniza formaron remolinos alrededor de las aspas-vela e inundaron el interior de la carlinga. Cerramos de nuevo los cascos y saltamos al suelo, que era duro y frío como el hormigón.
El vispoide narrador salió de la cabina, caminó los escasos metros que le separaban de Cerebro y se unió a su séquito. Nosotros permanecimos de pie al lado de la eolobélula, frente al séquito, soportando el viento, y el polvo y la ceniza que arrastraba, hasta que las aspas-vela se detuvieron. Entonces hablamos:
- Hola, Cerebro -dije.
- Humanos -respondió el vispoide.
- ¿Así de fácil? -pregunté-... ¿nos devolvéis los incurdroids?
- Fácil -respondió nuestro interlocutor- no. Difícil. Muchos muertos. No olvidar misión, vuestra misión.
- Entonces... -titubeé-... ¿los incurdroids nos llevarán al árbol-torre?
- Sí, y rápido. Poco tiempo. Ganar órbita segura.
Di la orden a mi armadura de replegarse por completo. El elenco completo de láminas de metal que la formaban fueron recogiéndose una detrás de otra hasta quedar concentradas todas ellas en un cinturón alrededor de mi cintura. Era el mismo cinturón que antes. Había regresado a la forma que tenía cuando nos la ofreció el soldado terkuma. Desabroché el cinturón y lo deposité en el suelo. Surkoi y Alkai me imitaron.
Nos quedamos vestidos únicamente con nuestros trajes de piloto frente a Cerebro, su medusa portadora y su séquito de vispoides narradores y guerreros. Tras ellos, reposaban los incurdroids. En realidad no estábamos vestidos sólo con nuestros trajes de piloto: nos arropaba toda la tecnología humana del siglo XXIII, cuatro máquinas de guerra con la potencia de fuego suficiente como para arrasar buena parte de aquel planeta idílico. Los terkumas habían recuperado el incurdroid de Idkereda. Ahí lo teníamos también, enfrente de nosotros, junto con el mío, magullado después de nuestro intento de fuga, y el de Brumantra y Alkai. El de Surkoi se había perdido para siempre.
Sentíamos toda la potencia de aquellas máquinas vibrar en la yema de nuestros dedos.
Se nos erizaba el vello en la nuca.
Qué infantil es todo.
Los humanos somos como niños.
Volvíamos a sentirnos seguros, aun habiéndonos demostrado los terkumas que podían cortar el cordón umbilical que nos unía con los incurdroids con sólo chasquear sus dedos.
Pero ahí estaban nuestros juguetes, y ahí estábamos nosotros, saboreando toda su potencia a nuestro servicio: y nos sentíamos seguros, volvíamos a sentirnos fuertes. Como niños. Inmortales, a pesar de todo.
Miré a Alkai.
Tres operativos, señor, me transmitió ella, el de Idkereda no está en condiciones de volar, pero tengo lecturas de la pila de antimateria que confirman su estabilidad
La conexión neuronal con el incurdroid funcionaba perfectamente. A través de esa conexión podía sentir su cuerpo palpitar a la espera de órdenes tan bien como podía sentir mi propia respiración. Después de tanto tiempo sintiendo únicamente mi cuerpo, débil e indefenso, era una sensación reconfortante. La misma sensación que tenía de niño al conectarme a la holored: dejar de ser sólo yo para ser un poquito más, olvidarme de mi limitado aquí y ahora para viajar a la otra punta del planeta con la velocidad de un pensamiento. Parecido a lo que debían sentir los místicos, supongo, cuando se dejaban llevar por sus alucinaciones de conexión con el Universo entero, con lo más grande y lo más pequeño, todo a la vez. Yo había sentido esa conexión y no había sido una alucinación. Había sido tecnología terkuma. Tan fácil como tumbarse en una almohada que te conecta con una mente vispoide un millón de veces más poderosa que la mente humana.
Con la mente vispoide que tenía delante.
Qué niños somos los humanos.
No me extraña que el Ínbid nos mate.
Para ellos no es matar: es retirar escombros -los escombros de la evolución-, segar trigo, eliminar alimañas, parásitos.
¿Cómo podrían, a nosotros los humanos, convencernos los piojos de que no acabáramos con ellos? Desde luego, no mordiendo el cuero cabelludo, no infestándolo de huevos. Eso es lo que se espera que hagan los piojos. Por eso los matamos. Quizá escribiendo una obra de teatro, quizá hablando.
Eso sí sería sorprendente por parte de unos piojos.
¿Escribimos obras de teatro los humanos?
¿Hablamos?
- Surkoi, retire la pila de antimateria del incurdroid de Idekereda-ordené-, Alkai, prepárese para abrir fuego contra el biodroide con los fusiles de hielo terkuma en cuanto Surkoi se retire.
Alkai recuperó un fusil de los que se habían quedado en la eolobélula y mientras Surkoi extraía la pila de antimateria.
- Listo, señor -dijo el piloto al regresar con la fuente de energía.
- Fuego -ordené.
Alkai disparó.
La bomba de criogenia antientrópica se materializo en el interior del incurdroid y lo congeló en menos de un segundo. Nuestros biodroides no tenían sistemas de recuperación: la congelación cercana al cero absoluto implicaba la destrucción de toda la circuitería bioelectrónica y sería definitiva.
- En marcha -ordené-, Surkoi: lleve usted el de Brumantra.
Alkai y Surkoi obedecieron inmediatamente.
Sus incurdroids pusieron en marcha los motores y los conversores antimateria-impulso entraron en acción. Las máquinas se elevaron un metro del suelo y se aproximaron levitando. Esquivaron a Cerebro y al resto de vispoides mientras Alkai y Surkoi se alejaban unos metros de la eolobélula y yo preguntaba:
- ¿Nos volveremos a ver, Cerebro?
- Dudo mucho, humano.
Alkai y Surkoi tenían ya sus biodroides detrás de ellos. Alkai llevaba una pila de antimateria y Surkoi la otra. Estaban listos para saltar al interior de la esfera de pilotaje y salir volando hacia el árbol-torre en cuanto yo diera la orden.
Activé mi propio incurdroid. Mientras se acercaba, el vispoide añadió:
- Quizá en el campo de batalla.
- Quizá se acabe la guerra -respondí yo.
- Sueño de Palabra -me contestó él.
Ya tenía mi incurdroid a mis espaldas, levitando a medio metro del suelo. Bastaría un pensamiento, una orden leve, apenas un suspiro y la máquina de treinta toneladas aceleraría hacia mí y yo saltaría y ella me recogería al vuelo. Pero esperé un segundo más.
- Yo también comparto los sueños de Palabra -dije elevando el tono de voz para que el vispoide me oyera bien a pesar del estruendo de los motores.
¿Sueñan los piojos? Quizá cualquier cosa con un cerebro suficientemente complejo como para poder soñar merecía ser salvada.
- Por eso le considero mi amigo -continué-, por eso me entristece su muerte.
Nos quedamos mirándonos mutuamente. La masa cerebral permanecía suspendida en la mesoglea de la medusa portadora, imperturbable. No tenía forma de saber lo que pensaba. Los miles de millones de avispas que la formaban, entrelazadas, unidas, conectadas entre ellas, vibraban y palpitaban como un todo, pero yo como humano no tenía forma de saber, ni siquiera de intuir, pensamiento alguno que estuvieran formando en aquel momento. Los insectos que constituían la masa encefálica no tenían ojos: sus ojos eran los del resto de vispoides que conformaban el séquito de Cerebro. Y todos estaban todos posados en mí.
- ¿Se entristece un vispoide ante la muerte de un amigo? -pregunté finalmente.
El incurdroid avanzó hacia mí. Sólo me faltaba saltar. Un pequeño salto y el droide de incursión aceleraría y me cazaría al vuelo y se elevaría hacia el cielo a toda velocidad. Mi cerebro ya estaba conectado, sólo faltaba reunir mi cuerpo con el de la máquina.
- Tristeza cosa humana -respondió finalmente Cerebro.
Por un momento pensé que no iba a añadir nada más y estuve a punto de saltar. Alkai y Surkoi estaban ambos detrás de mí y en mi misma situación: pendientes de la respuesta del vispoide. Podrían haber saltado ya y esperarme en el interior de las máquinas, totalmente fusionados ya con ellas, pero no querían moverse, no sin antes escuchar lo que tenía que decir Cerebro.
Y aquella respuesta parecía la respuesta que tenía que dar un vispoide, parecía realmente que lo que tenía que decir Cerebro ya estaba dicho.
Así que nuestros músculos empezaron a tensarse, dispuestos a provocar el salto, pero en aquel momento, el narrador que vocalizaba las palabras de Cerebro añadió algo más con su habitual tono inseguro, chirriante y chasqueante:
- Pero algo haber en tus palabras fiel a realidad. Muerto Palabra algo cambia. Universo no es igual, no es mismo universo, cambia: vacío... más vacío. Está más vacío.
Después hubo otro segundo de silencio y concluyó:
- Pienso humanos llaman soledad. Palabra muerto, siento soledad.
Asentí lentamente. Alkai y Surkoi saltaron, sus incurdroids aceleraron y los absorbieron en el aire. Iniciaron el ascenso sin esperarme. Dije:
- Entonces no somos tan diferentes
y salté.
El incurdroid aceleró raudo hacia mí y me cazó al vuelo. Me engulló en menos de lo que dura un parpadeo. La piel sintética me envuelve de nuevo. De repente habito otra vez en las entrañas de la máquina. Mi cuerpo no es ya mi cuerpo.
Es todo.
Vuelo. Volamos.
Volar es fantástico.
Siento el aire, el mundo a mi alrededor. El volcán se aleja, cada vez más pequeño. Queda atrás. La inmensidad azul nos rodea. Todo es información: se pega a mi piel, se filtra a través de ella, ósmosis sabrosa e irreversible. Me zambullo en la información como me zambulliría en una piscina de agua fresca en pleno verano abrasador: el frío se cuela en mis entrañas y disuelve el sopor, me hace lúcido.
Cerebro y su séquito también se alejan volando. Hay cumulonimbus en la lejanía. Castillos estratosféricos. Probablemente, uno de aquellos continentes verticales suspendidos en el aire sea la colmena de cerebro, camuflada.
Disparo contra el incurdroid congelado de Idkereda.
Una pequeña luz verde parpadeante que se apaga en mi consciencia es la señal que me informa de que he hecho blanco.
Sí: volamos.
A toda velocidad.
No piloto una máquina voladora: vuelo yo mismo. Lo conseguimos, Leonardo. Lo conseguimos, Dédalo. Nunca más Homo sapiens humillados por su propio peso.
Nunca más.
Volar es magnífico.
Volamos a toda velocidad hacia el árbol-torre.
Hacia el espacio, de nuevo.
Hacia la libertad.
(Fin del capítulo 47. Siguiente capítulo)
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