Capítulo 44. MISIÓN.
Desperté horas después. Estaba empapado en sudor, pero no sentía calor, más bien tenía un poco de frío. La puerta del camarote estaba entreabierta y, a través de la angosta rendija entre la hoja y el marco, entraba un plano de luz que intersecaba mi litera. La línea de luz dividía mi cuerpo y la pared a mi derecha con sendos tajos brillantes, pero el resto de la habitación permanecía en la penumbra. Ladeé la cabeza y miré a través de la rendija. Alguien había abierto las cortinas de las portillas de estribor y entraba luz a raudales en el pasillo que llevaba a cubierta. Debía de ser media tarde. Escuché atentamente. Apenas se oía nada, tan sólo el suave rumor de los motores y el agua.
Todo parecía en calma.
La cromoplaneadora se movía, pero de forma tan suave que el movimiento apenas era perceptible. Dividía la fuerte corriente del río como un cuchillo de acero empuñado por una mano firme hubiera cortado la mantequilla. La mano firme era la mente terkuma del piloto; el acero, la tecnología terkuma, tan desconocida para nosotros como lo fue la aleación de hierro y carbono para las tribus nómadas de la prehistoria.
- ¿Idkereda? -inquirí.
Al final las tribus construyeron barcas, mejores generación tras generación, y descubrieron aleaciones metálicas cada vez más valiosas. Pero a ninguna de ellas se le ocurrió construir una embarcación que dividiera la corriente como si la corriente no estuviera, que ascendiera el río con la misma dificultad aparente con que una cuchara divide una gelatina de fresa: ninguna. Era suficiente con tener caballos. Caballos de potencia. Fuerza, energía, potencia. Cuanta más y más evidente, mejor. ¿Quién quería magia cuando se tenían caballos de potencia suficientes como para ascender el Amazonas desde su desembocadura hasta sus fuentes? ¿Quién querría ocultar el ruido, la fuerza, los movimientos bruscos, la trepidación, todo aquello que era signo evidente de potencia y de poder? ¿Quién querría silencio cuando el ruido de los motores era medida y bandera del poder de los motores y de sus dueños? Los terkuma. Los terkuma querían. Los terkuma hacían invisible su poder, ocultaban su tecnología hasta hacerla transparente, pero el río se encargaba de recordarnos, con todo su persistente e indomable caudal, que ahí estaba, que ahí tenía que estar esa tecnología, aunque no la viéramos, aunque apenas la oyéramos. Llevándonos a todos a contracorriente, con apenas un murmullo hacia nuestro destino.
La voz de Idkereda llegó a mí a través de la oscuridad. Sus palabras se alzaron nítidas por encima del ronroneo de los motores.
- Estoy aquí -dijo-, estoy despierto.
- ¿Cómo te encuentras?
- Cansado, muy cansado. Creo que tengo un poco de fiebre y me pica la piel, pero eso no es lo peor. Lo peor es el cansancio. Estoy molido.
Me incorporé. Me encontraba bastante bien. Tenía la piel irritada y la boca seca, pero Idkereda tenía razón: lo peor era el cansancio. Me sentía como si me hubieran pegado una paliza.
- Vayamos a cubierta -propuse.
Sabía que no era necesario ordenárselo.
- De acuerdo -contestó inmediatamente.
En realidad tenía tantas ganas como yo de subir a cubierta. Si no había subido ya seguramente era porque estaba esperando a que yo me despertara. Necesitábamos saber qué nos había atacado. Necesitábamos respuestas, y las respuestas estaban donde estuviera Palabra, probablemente en cubierta. Así que subimos, lentamente, en busca del terkuma, en busca de una explicación a lo que había ocurrido.
Aniolita y Alkai estaban apostadas en la proa, protegidas del sol con lo que parecían sendos sombreros de bambú vietnamitas. Iban armadas con fusiles de asalto terkuma, semejantes a los que habían utilizado los soldados de Trae consigo durante la persecución de Surkoi. No era la única novedad: Alkai vestía el uniforme de piloto de incurdroid. La tela reactiva se ajustaba fielmente a su cuerpo cubriéndolo por completo desde el cuello hasta sus pies. Era una segunda piel, de color negro, y brillaba con iridiscencias grises y turquesas cuando incidían sobre ella los rayos de sol. Me acerqué y le pregunté cómo se encontraba.
- Estoy bien, señor -me contestó-. ¿Y ustedes? ¿Cómo se encuentran? Llevan casi ocho horas durmiendo.
- ¡¿Ocho horas?! -exclamé. Al mismo tiempo no pude evitar observar por el rabillo del ojo cómo Aniolita miraba a Idkereda.
- Palabra nos dijo que les dejáramos dormir, señor -me contestó Alkai-, nos explicó que después del ataque que habían sufrido tenían el cuerpo lleno de toxinas y necesitaban descansar. Pensé que sería mejor hacerle caso.
- Está bien -respondí-. Dormir nos ha venido bien.
Entonces moví la cabeza y señalé con la barbilla el arma que portaba.
- ¿Ya podemos llevar armas? -pregunté.
- Palabra sospecha que lo de antes ha sido un ataque Ínbid, señor.
Idkereda y yo nos miramos, ambos preocupados por lo que aquellas palabras implicaban.
- ¿Un ataque Ínbid? -repetí-... ¿está usted segura?
- Sí, señor, eso fue lo que dijo Palabra.
- Pues aquellas cosas no parecían medusas ni vispoides -dijo Idkereda.
- Es un arma biológica -intervino Aniolita.
- ¿Un arma biológica? -pregunté-, ¿un arma biológica del Ínbid?
- No -respondió ella-, del Ínbid, no, de Alema. Aunque no siempre.
- Un arma biológica de Alema -repetí-... ¿del planeta? No lo entiendo.
- A mí me lo ha explicado Palabra, señor -dijo Alkai-, será mejor que hablen con él. De hecho, él desea hablar con usted. Teme que estén intentando sabotear la misión, que hayan dirigido esas cosas intencionadamente contra nosotros.
Asentí con la cabeza.
- Muy bien -dije-, hablaré con Palabra.
- También les devolverá los trajes de piloto -continuó Alkai-. Los tiene ahí, a su lado, preparados para devolvérselos. Estaba esperando a que se despertaran.
Alkai señaló con la cabeza hacia la popa de la embarcación. Palabra y las medusas se habían instalado justo delante del castillo de popa, bajo un toldo que les protegía del sol. Utilicé una mano como visera y saludé a Palabra con la otra. El terkuma me devolvió el saludo. Las medusas permanecieron imperturbables. Luego me giré hacia Alkai y dije:
- Sólo una cosa más.
No hizo falta que preguntara.
- Sí, señor -me dijo ella inmediatamente-, estoy embarazada.
Apreté los labios y suspiré.
- ¿Y qué piensa hacer?
- Continuar adelante, por supuesto.
- ¿Es consciente de todo lo que implica?
- Sí, señor.
Miré a nuestro alrededor. El río era inacabable. La selva era inacabable. Un puñado de nubes blancas recorrían el cielo azul. Inacabable. Infinito. Abrumador. A vista de pájaro, la embarcación debía de ser un punto insignificante, casi imperceptible, en medio de un océano verde, de un piélago de clorofila y sombras en el que su fin siempre quedaba más allá del horizonte y por el que deambulaban manadas de medusas espiga tan altas como rascacielos. El mero hecho de pensar en aquella inmensidad era agotador. En la mota de polvo, en el punto insignificante que éramos en medio de aquel cosmos inabarcable, sólo había una cosa lo suficientemente irracional como para buscar la victoria a pesar de nuestra insignificancia, de nuestra finitud, de nuestra debilidad, a pesar de todo: la obstinación humana.
Las sombras de la selva me devolvieron la mirada. Y resiguiendo la orilla, desde el punto más lejano hasta el más próximo a la embarcación, mis ojos acabaron enfocándose en Aniolita, que había dejado de mirar a Idkereda y observaba atentamente la vegetación que nos rodeaba. Luego posé de nuevo mi mirada en Alkai. La miré fijamente a los ojos y ella miró al suelo y luego al río. Estaba nerviosa.
- Escuche, antes quizá haya sido un poco brusco -concedí-, pero usted sabe que no he exagerado. Sabe que tarde o temprano tendrá que asumir las consecuencias.
- Sí, señor, lo sé. Si lo que teme es que no cumpla con mi deber, no se preocupe. Cumpliré. Desactivaré el virus. Enviaré el mensaje de socorro. No dejaré tirados a mis compañeros de misión.
La miré en silencio. Esta vez sostuvo mi mirada. Decidí no insistir más en aquel momento.
- ¿Ha comido algo? -pregunté.
- Sí, señor.
- Muy bien. Continúe vigilando -ordené-. Después de lo que ha pasado hoy, no podemos bajar la guardia.
Idkereda y yo continuamos nuestro camino hacia las respuestas. Nos acercamos al toldo bajo el cual se hallaban Palabra y las medusas de Aniolita y nos sentamos al lado del terkuma, que nos ofreció comida.
Había varias bandejas repletas de manjares. También había varios cuencos pero deduje que contenían alimento sólo para las medusas, pues estaban situados justo enfrente de ellas y fuera de nuestro alcance. Además, Palabra no probó un sólo bocado del contenido de aquellos cuencos durante el rato largo que estuvimos hablando. Idkereda y yo probamos la fruta. Había más alimentos crudos, ensaladas y verduras, pero la fruta fue el único alimento sin cocinar que probamos, y antes de hacerlo lavamos y pelamos cada una de las piezas que nos comimos. Entre muerdo y muerdo, Idkereda lanzó la pregunta que teníamos los dos en la cabeza.
- ¿Qué es lo que nos ha atacado, Palabra?
Antes de que Palabra tuviera tiempo de contestar, hablé yo.
- Tengo la impresión de que nos ha vuelto a salvar la vida -dije mientras masticaba-, ¿me equivoco, Palabra?
El terkuma me miró durante unos segundos y luego apartó la mirada y volvió a mirar al frente, hacia el río. En los rasgos de su rostro y en los colores de su cráneo se produjeron sutiles cambios cargados de significado, pero era como intentar leer un libro escrito en un idioma desconocido.
- Ha sido un desafortunado accidente -nos contestó-. No se equivoca: su vida ha estado en peligro. Estoy avergonzado.
- Entonces debemos agradecerle una vez más seguir vivos -repliqué-, ¿no es así? Fue usted y el piloto quienes con sus cantos arrancaron aquellas cosas de nuestros cuerpos, ¿o me equivoco?
No era capaz de mirarnos de frente. Tuve la impresión de que se sentía incómodo y supuse que era debido a que se sentía responsable de nuestra seguridad y vivía aquel incidente como un error del cual había sido directamente responsable. Se debatía entre varias respuestas posibles.
- Así es -dijo finalmente- pero no tienen nada que agradecerme, soy yo quien debe pedirles disculpas. No debería haber pasado. No debería haberles dejado solos en cubierta, no debería. Territorio Ínbid. Error imperdonable. Lo siento, mucho, pido disculpas. Lo siento.
Idkereda y yo nos miramos.
- Palabra -dije-, nos gustaría comprender qué ha pasado, qué eran esas cosas, no queremos disculpas. Queremos comprender qué ha ocurrido.
- Sí, tiene razón -admitió Palabra.
El terkuma suspiró profundamente y sus cilios bucales temblaron.
Antes de explicarnos nada más, se tomó unos segundos para sorber una de aquellas esponjas que los terkumas sorbían como si se tratara de una taza de café o de té.
El sol ya había empezado a descender hacia el horizonte, pero aún estaba alto. El viento nos golpeaba el rostro y me provocaba escalofríos. A pesar del calor, tenía sensación de frío. Tenía fiebre. Sólo cabía esperar que no subiera demasiado al caer la noche. Aparté esa preocupación de mi consciencia y procuré concentrarme en Palabra, en su rostro, en sus gestos y en todo lo que pudiera decir.
Al cabo de poco, nuestro anfitrión dejó la esponja en un cuenco y empezó a explicarnos que aquellas pelusas eran una especie de hongo.
- Son carroñeros -dijo-, normalmente no atacan a seres vivos. Lo que ha ocurrido hoy ha sido muy extraño. Cuando descubren un cadáver en descomposición o un animal moribundo se avisan unos a otros a través de señales químicas que se dispersan por el aire, y también a través de ultrasonidos, y acuden en masa. Pueden devorar un cuerpo como el suyo hasta dejarlo en los huesos en cuestión de pocas horas. Son como...
Palabra se quedó absorto un segundo.
- ¿Cómo llaman ustedes a aquellos peces -nos preguntó- que viven en algunas cuencas de su planeta natal?
- Pirañas -apunté.
- Eso es -dijo Palabra-, son como pirañas que flotan en el aire.
- Normalmente -recordó Idkereda.
- Sí, sí, normalmente -continuó Palabra-, normalmente son carroñeros. Aunque también pueden atacar a seres vivos, sobre todo en esta zona de la selva... Pero lo que ha ocurrido hoy ha sido muy raro. Los terkumas convivimos con la muerte blanca...
- ¡Un momento! -interrumpí-, ¿la muerte blanca? ¿Así es como lo llaman ustedes?
- No -respondió Palabra-, el nombre terkuma es demasiado largo y está demasiado lleno de sutilezas como para poder traducirlo con pocas palabras. Los humanos de la expedición de Danel Primero lo llamaban simplemente la muerte blanca.
- ¿También sufrieron ellos algún accidente? -preguntó Idkereda.
Idkereda había pronunciado la palabra “accidente” con un evidente tono sarcástico, pero Palabra no pareció dar importancia a aquel matiz.
- Hubo problemas -explicó-, en un par de ocasiones. Los humanos no saben moverse por este planeta. Ya les he dicho que normalmente no atacan a seres vivos, pero hay que saber cómo tratar con la muerte blanca. Los terkumas convivimos con ella desde que empezamos a poblar el manglar, incontables generaciones atrás en el tiempo. Nuestros primeros antepasados aprendieron a controlarla mediante la voz. Es un conocimiento que se transmite de generación en generación y que ha ido mejorando y perfeccionándose con el paso del tiempo.
- ¿Qué quiere decir con que la controlan? -interrumpí de nuevo a nuestro anfitrión. Las preguntas empezaban a acumularse en mi cabeza-. ¿Hasta qué punto los controlan? ¿Quiere decir que pueden detener un ataque? ¿O quiere decir que tanto pueden detenerlo como provocarlo?
- Quiero decir que los controlamos como controlamos esta cromoplaneadora.
- ¿Y el Ínbid también puede controlarlos?
- Sospecho que sí, pero no estoy seguro hasta qué punto.
- Alkai nos ha dicho que usted teme que haya sido un ataque encubierto por parte del Ínbid.
Palabra bajó la vista y quedó en silencio, casi como si dormitara. Miré a Idkereda. El biólogo se encogió de hombros. Optamos por aguardar. Al cabo de un minuto Palabra volvió a dirigir su mirada hacia la proa y luego se perdió río arriba. No parecía estar dispuesto a contestar inmediatamente a esa pregunta. Decidí probar alguno de los alimentos precocinados que había sobre las bandejas. Rompí el envoltorio de una barrita que tenía pinta de ser chocolate mezclado con cereales y la probé. No estaba mal. Le dije a Idkereda que probara una y lo hizo con el ceño fruncido, absorto en sus propios pensamientos. Toda la comida que llevábamos con nosotros eran raciones listas para ingerir en cualquier tipo de situación, raciones que habían sido precocinadas, esterilizadas y envasadas con el objetivo de poder ser transportadas fácilmente y consumidas en cualquier momento y lugar. Eran el equivalente terkuma a nuestras MRE militares. A excepción de la fruta. La fruta era una gentileza de las medusas, que habían desembarcado un par de veces para recolectarla por la selva. Sabían qué fruta era comestible y cuál no porque la analizaban con sus tentáculos antes de subirla a bordo.
Las medusas no comían fruta. En sus cuencos había restos de algas y lo que parecía pescado hervido. De vez en cuando acariciaban el fondo del cuenco con alguno de sus tentáculos y luego se lo llevaban a la boca, situada fuera del alcance de nuestra vista, debajo de la umbrela.
Sentí una arcada en el estómago y procuré mirar yo también hacia el río, como hacía Palabra.
- Encubierto -respondió el terkuma, por fin-, sí, hay Coleccionistas y vispoides que no están de acuerdo con la situación. Quisieran verles muertos, ustedes lo saben. El Ínbid está dividido. No intentarán nada... contundente, creo. No nos atacarán con armas de plasma y proyectiles o explosivos. No hundirán la cromoplaneadora, pero si se estrella porque la muerte blanca ha caído sobre ella... ¿comprenden? Saben que los terkumas podemos defendernos, pero no los humanos. Puede que haya sido un intento de desestabilizar... nuestro grupo, de entorpecer la misión, de retrasarla, de intentar que fracase. Pero no estoy seguro, a lo mejor sólo ha sido un accidente.
En aquel momento, una de las medusas emitió un gorgoteo indescifrable, un sonido que ni siquiera parecía formar parte de un idioma articulado.
- Gurguru dice que no cree en los accidentes -tradujo Palabra-, y su mentor, tampoco.
- ¿Gurguru? -repetí.
- Es el nombre que le ha puesto Alkai mientras dormían -respondió Palabra-. La medusa que acaba de hablar es la que la salvó en la selva. ¿Recuerdan?
Por supuesto que recordábamos. ¿Cómo olvidar aquel charco de ácido vivo que era capaz de moverse por el suelo como una ameba gigante?
- Perdonen -continuó diciendo Palabra-, no les hemos presentado. Los terkumas a veces olvidamos estas formalidades tan humanas. Estas medusas que tienen ante ustedes tienen nombre y entienden tanto su idioma como el nuestro. Su nombre es impronunciable para los humanos, así que Alkai ha decidido hoy bautizarlas con palabras pronunciables para ustedes. Son Gurguru y Gurguguru. Si se dirigen a ellas con estos... apelativos, no les ofenderá. Son amigas de Aniolita. Bueno, esto último ya lo saben.
- Sí -dije yo-, y también sabemos que son las que se llevaron a Surkoi.
- Y las que salvaron a Alkai -replicó Palabra-, no lo olviden.
Idkereda y yo nos miramos.
- ¿Aniolita no las había bautizado ya? -preguntó Idkereda.
- Aniolita habla con ellas en terkuma -respondió Palabra.
- ¿Quién es su mentor? -pregunté yo.
- Se lo pueden preguntar directamente a ellas -me sugirió Palabra-, yo traduciré su respuesta.
Idkereda y yo volvimos a mirarnos. Luego miramos a las medusas.
Sus tentáculos seguían acariciando el interior de los cuencos, que ya estaban casi vacíos. Miré hacia las umbrelas y procuré olvidarme de los tentáculos.
- Gurguru -probé-, ¿quién es su mentor?
La respuesta fue casi inmediata. Gurgugurgugurugurugururururuguru. Incomprensible. También agitó algunos tentáculos y su umbrela cambió ligeramente de color.
- Mentor es el Coleccionista tras nosotros -fue la traducción de Palabra-, mentor en órbita, observa en silencio. No tiene nombre, no lo necesita, su presencia deforma el espacio-tiempo a su alrededor de forma inconfundible. Su nombre es espacio-tiempo deformado, no ondas de sonido. Su consciencia es Ínbid.
Estuve tentado de preguntarle a Palabra cómo interpretaba él esta respuesta pero decidí que había preguntas más urgentes que hacer.
- Su mentor... -dudé sobre qué palabras debía utilizar; al final decidí preguntar a aquella medusa que estaba ante mí con las palabras más sencillas que fui capaz de reunir para expresarme-... el coleccionista que hay tras ustedes... ¿no lucha con otros mentores, no intentan destruirse mutuamente?
De nuevo, comprendí la respuesta de la medusa gracias a la traducción de Palabra:
- Dentro de un ser humano también hay muchas contradicciones, fuerzas que van en un sentido y fuerzas que van en sentido opuesto, el ser humano hace una cosa cuando en su interior desea hacer otra diferente, o queda paralizado porque quiere varias cosas a la vez, todas opuestas entre ellas, y no por eso el ser humano intenta mutilarse, arrancarse una parte y quedarse con otra. O al menos no siempre.
Mastiqué en silencio la comida y la respuesta de la medusa. Las finas hebras que flotaban por su mesoglea se concentraron en la parte de la umbrela que estaba enfrente de mí y formaron un par de iris azules, pequeñas pero apreciables. Duró sólo un instante. Se deshicieron enseguida y la medusa volvió a quedarse sin ojos, sin rostro al que mirar, sin rasgos en los que concentrar mi atención. Idkereda tomó el relevo de las preguntas.
- Palabra -dijo-, nos acaba de decir que ustedes pueden controlar la muerte blanca como controlan esta embarcación. ¿Por qué no la utilizaron entonces contra Surkoi?
- Si lo hubiéramos hecho, ahora estarían todos ustedes muertos -fue la respuesta del terkuma-. Podemos controlarla, sí, es cierto, pero en medio de la selva no sé si hubiéramos podido parar un ataque masivo a todo lo que oliera a humano.
- ¿Tiene esto algo que ver con el hecho de que no cantaran para detener a Surkoi?
Palabra volvió a sorber unos segundos la esponja antes de contestar.
- Sí, así es -dijo-, la señal para desencadenar un ataque es precisamente nuestro canto de guerra. En medio del mar u otras zonas donde no habita la muerte blanca no es peligroso para ustedes, simplemente quedan aturdidos. Pero en medio de la selva, toda la selva hubiera reaccionado, igual que un organismo vivo alertado por la presencia de antígenos. No sólo la muerte blanca: también los charcos de ácido vivo, las hormigas-avispa y otros seres que ni conocen. Todos se hubieran lanzado contra ustedes. Una vez activada, no hubiéramos podido modular su respuesta. Hubieran muerto en pocos segundos.
- ¿Nos está diciendo -pregunté- que podrían haber salvado fácilmente a Nevando cerezas pero que no lo hicieron porque hacerlo hubiera implicado nuestra muerte?
- Sí, así es.
Dejé la comida en la bandeja.
- ¿Nos está diciendo que Trae consigo se contuvo aun y sabiendo que su hijo estaba en peligro, aun y viéndole en medio de un tiroteo, aun y viéndole muerto? ¿Que podría haber cantado pero que por mantenernos con vida no lo hizo?
- Eso les estoy diciendo, así de valiosa es su vida, así de importante es la misión que deben cumplir. Trae consigo fue leal a la misión.
- Por encima de la lealtad que debía a su hijo.
- Trae consigo jamás traicionó a su hijo.
- Pero puso en peligro su vida -repliqué-, puso en peligro su vida de una forma catastrófica. Entre la vida de su hijo y la nuestra, escogió la nuestra.
- Él no escogió -me contestó Palabra-, él simplemente comprendió.
- Sí, comprendió que nuestra vida era prioritaria...
Me quedé pensando un segundo. Luego sentencié:
- Comprendió que su hijo era sacrificable. Y nosotros, no.
Palabra se quedó quieto, mirándome, como si esperara que añadiera algo más. Pero no dije nada más, me abstuve de poner palabras a mis pensamientos. Cuando ya llevábamos varios segundos de silencio, fue él quien añadió:
- Nadie es sacrificable, todo el mundo es único, irrepetible. En aquel momento sólo sabíamos que si utilizábamos nuestro canto, había una certeza casi total de que ustedes acabarían muertos. Teníamos la esperanza de que los hechos no evolucionarían como finalmente lo hicieron. Vana esperanza, dicen ustedes, los humanos. Vana.
Sí, vana. Me mesé los cabellos, en un vano intento de poner en orden en mis pensamientos.
- Palabra -dije-, ¿se da cuenta de que ha puesto en peligro la misión permitiendo el embarazo de Alkai?
- ¡Qué tontería! -exclamó el terkuma- Primero, no creo haber puesto en peligro la misión en ningún momento, y segundo, no tenía nada que permitir a Alkai: ella es un ser independiente, adulto, perfectamente capaz de tomar sus propias decisiones. Si ha decidido quedarse embarazada, mi deber como ser adulto, consciente y libre es ayudarla.
- Qué libertad tan condicionada, ¿no, Palabra?
- La libertad no depende de los condicionamientos o circunstancias de cada uno sino de la falta de esperanza de obtener recompensa. Yo no tengo ninguna esperanza de ser recompensado: soy libre.
- Pues podría haber utilizado esa libertad para proteger la misión. No les entiendo, Palabra. Nevando cerezas muere por no poner nuestra vida en peligro y ahora usted pone en peligro nuestro retorno porque no le impide a Alkai quedarse embarazada.
- Soy yo quien no les entiende -se defendió Palabra-. No veo por qué el embarazo de Alkai debiera poner en peligro la misión. Al contrario, Alkai querrá más que nunca regresar al Universo humano, y no sólo eso: también querrá que haya paz, disfrutar de un espacio de paz donde poder criar a su hija.
- En el fondo, qué poco conoce la psicología humana -murmuré. Luego alcé la voz y dije: Palabra, si Alkai regresa al Universo humano será sometida a un juicio militar y no sería extraño que la Armada se quedara con su hija, eso si no la obligan a abortar antes. Ante tal panorama, es muy probable que decida no enviar el mensaje de socorro. Le recuerdo que ella es la única que tiene la clave para desactivar el virus Ínbid, incrustada en su cerebro, intransferible. Si ella decide no desactivarlo, nos quedaremos en este planeta de por vida. A no ser que su amigo Coleccionista estuviera dispuesto a pasarme la clave directamente a mi. ¿Estaría dispuesto a hacerlo?
La mera posibilidad de entrar de nuevo en contacto con una mente Coleccionista me producía escalofríos, pero era una posibilidad que había que explorar. La misión no tenía por qué depender enteramente de Alkai. Sin embargo, la respuesta de Palabra no aclaró nada sobre lo que su aliado estaría dispuesto a hacer o no.
- Que los soldados bajo su mando cumplan con su deber es totalmente responsabilidad suya -dijo el terkuma-, no eluda su responsabilidad.
Aquella respuesta me enfureció.
Miré hacia la proa y grité:
- ¡Alkai!
La mujer se giró inmediatamente y se puso en estado de alerta.
- ¡Venga aquí un momento!
Pude percibir su desconcierto y su duda.
- ¡Es una orden! -remaché.
Entonces la duda se disipó y se acercó a la carrera.
Antes de que llegara, Palabra dijo:
- Deja sola a Aniolita vigilando.
Idkereda hizo ademán de levantarse.
- Puedo substituir yo a Alkai -propuso.
Le puse la mano en el hombro con firmeza.
- Siéntese -dije-, puede ir una de las medusas. Gurguru, Gurguguru, ¿alguna de ustedes dos sería tan amable de substituir a Alkai en la proa? Será sólo un momento.
Ninguna de las dos medusas se movió hasta que Palabra hizo un gesto imperceptible con la cabeza. También murmuró algo en el idioma que utilizaban las medusas. Apenas oí el murmullo, pero hizo que ambas medusas se pusieran en movimiento y se dirigieran hacia la proa.
Un segundo después llegó Alkai.
Se quedó plantada de pie ante nosotros. Firme. Muy seria.
- ¿Sí, señor? -preguntó.
- Déjese de protocolos -respondí- y haga el favor de sentarse un momento.
Me obedeció.
- Acabamos de averiguar por qué no utilizaron los terkuma su canto contra nosotros en la selva -expliqué-. No lo hicieron para evitar que muriéramos devorados por la propia selva. Como consecuencia de sus precauciones por no poner en peligro nuestra vida, Nevando cerezas murió. Ni siquiera en medio del tiroteo quisieron utilizar su canto, ni siquiera en ese momento. ¿Comprende lo que estoy intentando decirle?
Ella guardó silencio. Yo aproveché para explicarle con detalle el contenido de nuestra conversación con Palabra. Al final, ella me miró fijamente y dijo:
- Señor, no he pedido yo llevar esta carga. No sé por qué el Coleccionista me escogió a mí, ojalá pudiera transferirle la clave.
- ¿Está segura de que no puede?
- Es una secuencia de tonos inscrita en una parte de mi cerebro de la cual no soy totalmente consciente. Es como cuando sabes algo de memoria pero no eres capaz de recordarlo hasta que no te dan una entradilla y entonces lo sueltas todo de carrerilla. Es la misma sensación. Y al mismo tiempo es una canción: podría pasarle la letra... ¿pero la cantará usted con el mismo timbre de voz? No sé, señor, yo no he pedido llevar esta carga, estoy dispuesta a conectarme de nuevo a la mente Coleccionista e intentar transferirle a usted la clave. No me opondré. Si no puede ser, ya le he dicho antes que pienso cumplir con mi deber y asumir las consecuencias. No dejaré tirados a mis compañeros, no dejaré tirada a esta... gente que nos ha acogido en su mundo. Al fin y al cabo sólo quieren que regresemos sanos y salvos. No puedo ser tan egoísta. No puedo.
Bebí un sorbo de té dulce -o lo que en realidad fuera-, servido en un vaso normal y no en una esponja. Parecía sincera. Antes de contestar la miré fijamente durante unos segundos.
- Sólo quiero asegurarme -repliqué finalmente- de que es plenamente consciente de la situación.
Dejé el vaso de té en una de las bandejas y continué:
- Usted no ha escogido llevar esa carga. Muy bien. También podría haber ocurrido que nuestra cápsula se perdiera en el espacio y ahora estaríamos todos muertos y no tendríamos que llevar carga alguna. ¿Es ese el descanso que le gustaría?
- Por supuesto que no, señor.
- Palabra -dije-, le repito la pregunta: ¿sería posible establecer una nueva conexión con los Coleccionistas? ¿Y con Cerebro?
- El mero hecho de que me haga esa pregunta -respondió Palabra- demuestra que no es consciente de nuestra situación. Los acontecimientos se precipitan montaña abajo como un alud. ¿Podemos parar un alud? ¿Podemos siquiera frenarlo? No, no podemos. La tecnología Coleccionista tiene sus limitaciones, como cualquier tecnología. Puede que ustedes no vean todas las cadenas que condicionan nuestro movimiento pero créanme si les digo que son muchas. Si las cosas se han hecho así, es porque no ha habido otra forma de hacerlas. Y podemos considerarnos afortunados, todos, si han podido hacerse de alguna manera. El mentor Ínbid al que usted se refiere ahora está oculto en algún lugar de la red Coleccionista, lejos de poder establecer contacto de nuevo. Al menos, de momento. Sigue luchando por nuestros intereses junto con otros mentores, sigue remando en la misma dirección que nosotros, pero un nuevo contacto ahora es imposible.
- ¿Cuáles son nuestros intereses, Palabra?
- ¿Por qué me hace esa pregunta, Katmai? Nuestro interés común no puede ser otro que la paz.
Sonreí amargamente y tomé otro sorbo de té. El interés de un soldado es la victoria, no la paz, estuve a punto de responder a Palabra. Pero me contuve. Sentí una profunda tristeza en mi interior y volví a sonreír con amargura. Algo debió de percibir el terkuma en la expresión de mi rostro porque preguntó:
- ¿Qué ocurre, Katmai? ¿En qué esá pensando?
Y entonces me limité a contestar:
- En nada relevante. Su comentario me ha hecho pensar en mi vida antes de la guerra.
Luego miré Alkai y continué:
- Me temo que tendrá que seguir llevando la mochila usted sola, Alkai. Estoy seguro de que tendrá a mano la llave del retorno a casa cuando la necesitemos y no dudará en utilizarla.
- Puede estar seguro, señor.
- Vuelva a su puesto de vigilancia. Idkereda y yo las relevaremos dentro de unos minutos.
Se levantó de un salto, dio media vuelta y, cuando estaba a punto de arrancar a correr hacia la proa, exclamé:
- ¡Un momento!
Me miró.
- Quiero que sepa que si conseguimos salir de ésta, haré todo lo que esté en mi mano para que le concedan un permiso excepcional de maternidad. Hablaré con el mayor Cartier, le conozco desde antes de la guerra. No le prometo nada pero veremos qué se puede hacer.
- Se lo agradezco, señor.
- ¡Cumpla la orden!
Salió corriendo hacia la proa.
- ¿Cuándo llegaremos a la cápsula? -pregunté.
- Mañana por la mañana -me contestó Palabra-, si no hay ninguna trampa en el río.
Me acabé el té de un trago y dejé el vaso en la bandeja.
- Vayamos a relevar a Aniolita y Alkai, Idkereda.
Nos levantamos. Las medusas se acercaban de nuevo al toldo.
- Antes -dijo Palabra- deberían vestirse con sus trajes.
Señaló nuestros trajes de piloto, doblados a su lado, encima de una pequeña alfombra.
Al recogerlos para vestirnos con ellos, dejamos al descubierto varias armas cortas. Idkereda y yo guardamos silencio al respecto. Nos quitamos los pijamas terkuma, acercamos la tela a nuestros cuerpos y, al entrar en contacto con nuestra piel, se extendió de forma automática, se ajustó y nos cubrió por completo. Sólo nuestra cabeza quedó descubierta. Hicimos un par de comprobaciones más, estiramos los brazos, flexionamos las piernas. Parecían funcionar perfectamente.
Entonces Palabra señaló las armas.
- No se olviden de esto -dijo.
Idkereda y yo nos miramos. Luego nos agachamos casi al unísono y recogimos las armas. Se trataba de cuatro pistolas, dos de plasma y dos de proyectiles explosivos. Las sopesé entre mis manos. Parecían estar adaptadas a la fisonomía humana. También había varios cargadores y otros objetos que no reconocí.
- ¿Qué es esto? -pregunté mientras señalaba una de aquellas cosas, no más grandes que una pelota de tenis.
- Son granadas -respondió Palabra-, de gas, sónicas, lumínicas y de fragmentación. Mañana les enseñaré cómo se utilizan. Mañana, cuando desembarquemos, estaremos muy cerca de la cápsula; procuren no olvidar las armas.
Pensé en todos las negociaciones que se habían llevado a cabo, en las cadenas, en los pactos, en las circunstancias, en la cantidad de trabajo que había costado que estuviéramos allí. Pensé también en las sospechas que Palabra había manifestado sobre el incidente con la muerte blanca y dije:
- No parece fiarse mucho del Ínbid, Palabra.
- ¿Usted sí? -me contestó él.
Las medusas estaban a su lado, imperturbables, indescifrables.
(Fin del capítulo 44. Siguiente capítulo)
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