Capítulo 45. EMBOSCADA.
No conocí bien a Palabra hasta el día en que llegamos a la cápsula y pudimos por fin enviar el mensaje de socorro. Nadie conoce a nadie hasta que se tienen que resolver problemas juntos. Y aun así, bien pensado, nadie conoce a nadie; por mucho tiempo que se comparta y muchos problemas que se hayan resuelto juntos. La realidad no ofrece suficientes escenarios como para mostrar todos los recovecos de una consciencia compleja, no al menos en el espacio de tiempo que dura una vida, ni siquiera aunque la vida se amplíe con dimensiones virtuales, ni siquiera, probablemente, aunque se ampliara la vida hasta alcanzar el tiempo de vida del Universo entero.
Bastante antes de llegar supimos que nos adentrábamos en zona de guerra.
No lo decía el mapa, no lo decía la cuenta atrás en la que estábamos inmersos, no lo decía el tiempo ni la distancia. Lo decía el silencio súbito. La quietud antinatural de la selva. Lo decía la niebla. Las formas retorcidas de los árboles, la vegetación a todas luces enferma y mutante. Lo decía la tensión del aire y la presencia amenazante del Ínbid.
Era una emboscada.
Lo supe sin necesidad de leer el mapa, sin tener premoniciones por las noches ni entender lenguajes extraterrestres. Lo supe al mirar la orilla y ver que las medusas no se escondían. Eran lobos. Las orillas estaban plagadas de lobos, acudían a docenas, a centenares. Manadas y manadas de lobos nos vigilaban desde ambas orillas. Nos miraban fijamente. Calculaban nuestra fuerza. La mirada del lobo está hecha para calcular la fuerza de su presa, cuántos kilómetros podrá correr antes de caer extenuada, o doblegada por el colmillo, con qué vitalidad se aferra la víctima escogida a la vida. Con qué fuerza luchará. Por eso lo supe. Por los lobos.
Pero ya no había vuelta atrás, ni caminos alternativos, ni posibilidad alguna de huir hacia el sueño o refugiarse en la esperanza. Superamos el punto de no retorno en la cuenta atrás cuando la cromoplaneadora disminuyó la velocidad y la presencia de medusas y vispoides se hizo evidente. Sabíamos desde hacía días que nos vigilaban pero, a partir de aquel momento, ni se molestaron en ocultarse. Nos observaban impasibles desde la orilla. Sabíamos que nos observaban no porque nos miraran con ojos como los nuestros, con iris y pupilas, sino porque sus cuerpos giraban al mismo ritmo que avanzaba la cromoplaneadora, como si un hilo invisible les uniera a ella. A kilómetros de distancia del punto donde se había estrellado la cápsula eran unos pocos icnidarios moteando con sus umbrelas claras los arbustos oscuros de la orilla en puntos dispersos. De vez en cuando, alas de vispoides lanzando destellos fugaces desde la penumbra de la selva. Avistamientos y señales esporádicas. Pero a medida que nos fuimos acercando, el Ínbid se expuso claramente. Llegó un punto en que todos tuvimos claro el mensaje: aquel territorio era suyo, los humanos no éramos bien recibidos. Cuando faltaban apenas cien metros para desembarcar, las orillas estaban abarrotadas de medusas y vispoides. Había tantas medusas y tantos vispoides que casi no tenían sitio donde acomodarse. Algunas medusas habían dejado la orilla para que su sitio lo ocuparan otras medusas o vispoides y permanecían con medio cuerpo dentro del agua. Impresionaba su inmovilidad. Incluso los vispoides permanecían inmóviles. Sólo aquel leve giro de sus umbrelas y de sus cabezas a medida que la cromoplaneadora avanzaba hacia el punto de desembarco. Aquella quietud se parecía demasiado a la quietud de los felinos un instante antes de que saltaran sobre la presa. Un puñado de medusas emergió de repente de las profundidades del río, rodearon la cromoplaneadora y la escoltaron. Justo antes de que la embarcación se detuviera, unos cuantos vispoides nos sobrevolaron a pocos metros de altura.
No fue una mañana soleada.
De hecho, cuando me desperté y subí a cubierta, me di cuenta de que habíamos entrado en un sitio siniestro. El cielo estaba nublado, los árboles, enfermos, la selva, en silencio absoluto. La vegetación sufría mutaciones y crecía de forma estrambótica, no se oía a ningún animal y una niebla densa cubría las orillas y lamía el barro, la hierba, los arbustos, las raíces y el tronco de los árboles. Había vispoides posados en el suelo que eran sombras siniestras con brillantes ojos facetados tras una alfombra de bruma. Medusas de todos los tamaños y colores permanecían impasibles en la orilla. Sus tentáculos se hundían en aquella humedad blanca y vaporosa sin que se viera el punto de contacto con la tierra, como si desaparecieran en la nada. Había medusas avispa, portadoras, inhibidoras, látigo, crujidoras, topo, yuguladoras, nido, mutadoras, liquidadoras, constrictoras, araña, inyectoras, reguladoras y fagocitadoras. Un hermoso zoo. Pero se las veía enfermas, sus umbrelas carecían del brillo y la transparencia que caracterizan a las medusas. La mesoglea de todas las que teníamos ante nosotros era del mismo color blanco y opaco que la niebla, una calígine en la que apenas se distinguían corrientes o leves turbulencias, igual que si fueran bolsas llenas de espeso humo blanco. Además, muchas de ellas tenían manchas de color verde y pardo cubriendo su epitelio más externo. Parecían atacadas por algún tipo de moho. Y había medusas que arrastraban vegetación con sus tentáculos, como si los hubieran utilizado cual rastrillo y después de pasarlo por el fondo del río lo hubieran sacado lleno de algas. No parecían sanas, ni fuertes. Pero ahí estaban, sin retroceder un metro a pesar de que la cromoplaneadora se acercaba cada vez más a la orilla.
Por supuesto, también había esferas de mercurio. No estaban en la orilla, pero eran perfectamente visibles. Las avistamos justo antes de echar pie a tierra, flotando encima de la cápsula.
Las esferas de mercurio sí brillaban y parecían tan sanas y peligrosas como de costumbre. Los tentáculos que sobresalían de ellas estaban lustrosos y carentes de la más mínima mácula. Flotaban en el aire como si se dejaran llevar por las corrientes, al azar, igual que inocentes semillas vegetales sin prisa alguna por arraigar cuando, en realidad, no eran más que depredadores al acecho, tan seguros de sí mismos que ni siquiera sentían la necesidad de ocultarse.
- Esto no me gusta -dije, de pie en la proa de la cromoplaneadora, ya fondeada.
- A mí tampoco -respondió Palabra-, créame.
Íbamos armados hasta los dientes. Incluso Palabra iba armado. Llevaba una lanza de plasma que utilizaba como cayado. Pero era una lanza de plasma, un artilugio capaz de derretir un muro de hormigón en pocos segundos. La noche anterior, y aquella mañana, Palabra nos había enseñado cómo usar las granadas que nos había proporcionado. Poco después de sus explicaciones comprendimos que igual de bien nos hubiera servido saber jugar a cualquier juego terkuma equivalente a nuestro parchís. Había tantas medusas y vispoides a nuestro alrededor que, en caso de que nos atacaran, el saber lanzar granadas terkuma no nos serviría más que el saber lanzar dados. Así estaban las cosas.
No fue una mañana soleada.
Lo mejor sería no tener que utilizar las armas. Escapar de aquel agujero infecto sin tener que disparar un sólo tiro. Porque si teníamos que disparar, si teníamos que utilizar las armas, probablemente sería lo último que hiciéramos en la vida.
Quise un chicle para poder masticarlo con fuerza. Hubiera dado un mes de permiso para poder masticar un chicle. Pero miraba y miraba a mi alrededor, a todo mi alrededor, una y otra vez, una y otra vez, y no veía ningún sitio donde conseguir un chicle, de la misma forma que, por mucho que agudizara la mirada, no veía ningún camino por donde salir huyendo antes de que los lobos se nos lanzaran a la yugular.
Al estrellarse, la cápsula había abierto un canal en medio de la selva. Desde la misma orilla hasta doscientos metros tierra adentro se abría un terreno despejado de vegetación, una zanja de barro abrasado, piedras y vegetación carbonizada al final de la cual estaba nuestra cápsula. Una herida en medio de la piel verde del planeta. Doscientos metros de largo y cincuenta de ancho, más o menos, en su parte más amplia. Apenas un rasguño en medio del océano de clorofila. Un pequeño corte abierto por un bisturí láser caído del cielo. Por un bólido que había arado envuelto en llamas toda la tierra que encontraba a su paso hasta entregar su fuerza por completo al planeta y detenerse en la ladera de la colina a los pies de la cual nos hallábamos. Un pequeño rasguño a vista de pájaro, un caos maloliente y todavía humeante a vista de humano. El camino hasta la cápsula estaba plagado de basura: restos metálicos, plásticos, herramientas, retazos de paracaídas, cuerdas, materiales sintéticos de todo tipo. Todo ennegrecido, retorcido, deshilachado y, probablemente, contaminado. Caminamos como si camináramos por un campo de minas, como si nos adentráramos en un callejón del que no sabíamos seguro que tuviera salida.
Las primeras en descender de la cromoplaneadora habían sido las medusas Gurguru y Gurguguru, y fueron ellas las que fueron abriendo paso. Las seguía Palabra, luego iba yo, Alkai, Idkereda y, cerrando la marcha, Aniolita. El piloto se había quedado en la cromoplaneadora, bajo el arco de timón, vigilando los motores, que seguían encendidos.
Enjambres de vispoides no dejaban de revolotear a nuestro alrededor. Incluso una medusa espiga pasó justo por encima de nosotros. Cruzó el río sin dificultad, con sus tentáculos larguísimos firmemente apoyados en el suelo de la selva y su umbrela oscilando a más de cien metros de altura justo sobre nuestras cabezas, y se perdió en la lejanía. Sobresalía claramente por encima de las copas de los árboles. Tardamos bastante tiempo en perderla de vista.
- Usted ha negociado con el Ínbid -le dije a Palabra-, ¿no llegaron a ningún acuerdo sobre mantener una distancia mínima? Esos vispoides nos tienen a tiro, y las malditas medusas avispa no están ni a veinte metros de distancia, podrían llegar hasta nosotros en menos de dos segundos.
- Mantengan la calma -se limitó a responder Palabra.
Me giré, sin dejar de caminar, y pregunté a Aniolita:
- ¿Había visto alguna vez medusas en este estado?
Ella negó con la cabeza.
Volví a mirar hacia delante. No hubiera hecho falta ni siquiera que negara con la cabeza: la expresión de su rostro me aportaba ya suficiente información.
Tenía los ojos muy abiertos, los labios apretados y las mejillas pálidas.
Oí su voz a mis espaldas:
- Nunca había visto tantas medusas juntas, ni vispoides.
Tenía razón: era peor que durante la conexión con la mente Coleccionista.
Volví a mirarla. Me fijé en que agarraba con tanta fuerza el fusil con que iba armada que los nudillos de sus manos también estaban pálidos.
Idkereda y Alkai avanzaban juntos, hombro con hombro. El ceño fruncido, la mirada sombría.
Ellos también sabían que aquello era una emboscada.
Volví a mirar a Palabra, que caminaba imperturbable, a ritmo constante, mirando siempre al frente, como si lo que nos rodeara no fuera más peligroso que una pradera de flores primaverales.
- Palabra, nos están provocando -dije.
- Lo sé -contestó el terkuma.
- Dígame que tiene un plan.
- Tengo un plan.
- ¿Cuál es, Palabra? Nos ha acogido en su casa, nos ha dado armas, tiene que confiar en nosotros. ¿Cuál es?
- Enviar un mensaje de socorro a la Armada Humana.
Perfecto.
Estaba seguro de que Palabra sabía más cosas de las que quería contarme, pero había quedado claro que no le apetecía hablar de ellas. ¿No sabría él ya acaso que aquella situación en la que nos había metido era una emboscada? No había lobos en Alema, pero había depredadores y presas, había la misma lógica que había en cualquier planeta con vida, sobre todo si tenía una atmósfera rica en oxígeno y abundante luz solar. Era suficiente. Palabra sabía más cosas de las que decía. Pero no quería explicarme nada, prefería cavilar en silencio, como si transportáramos nitroglicerina y las vibraciones en el aire provocadas por las palabras pudieran hacerla explotar. Yo también cavilé en silencio, mascullé y maldije en silencio y ansié furioso poder masticar chicle. En silencio.
A decir verdad, no hubiera tenido mucho que decir.
Me detuve. Levanté el puño y grité:
- ¡Alto!
Idkereda y Alkai se quedaron inmóviles. Aniolita también. Palabra miró hacia atrás. Las medusas siguieron caminando.
- ¿Qué ocurre? -preguntó Palabra.
- No daremos ni un paso más -dije con firmeza-... no al menos hasta que se retiren las esferas de mercurio -aclaré.
Bajé el puño. Quité el seguro del arma que portaba.
Palabra me miró durante un segundo. Luego se giró de nuevo y miró hacia las esferas de mercurio. Gurguru y Gurguguru a aquellas alturas ya se habían detenido y esperaban imperturbables a que ocurriera algo.
Palabra habló.
Habló en terkuma pero señaló con su lanza de plasma las lindes de la selva. Entendí que estaba pidiendo lo mismo que había pedido yo.
Era razonable. Habíamos caído en una emboscada. Quizá la única salida era destaparlo cuanto antes pidiendo cosas razonables.
Las esferas de mercurio se retiraron lentamente.
Flotaron por el aire hasta perderse más allá de las lindes de la selva.
Continuamos caminando hacia la cápsula.
El casco estaba ennegrecido por la fricción con la atmósfera durante la reentrada pero parecía más íntegro de lo que hubiera cabido esperar, sin embargo, tres cuartas partes de la nave estaban enterradas bajo piedras, escombros, barro y polvo. Los nichos donde se cobijaban los incurdroids se encontraban aplastados o enterrados. El árbol Aleph, destruido en su mayor parte. Retazos de paracaidas flameaban al viento como pendones mediavales, enredados en las pocas ramas que aún quedaban en pie. Escalamos como buenamente pudimos y nos paseamos por el blindaje exterior hasta que encontramos una escotilla. Idkereda, Alkai y yo la rodeamos y la observamos con detenimiento.
- Tiene los precintos intactos -dijo Idkereda.
Intentamos que se abriera de forma automática pero no hubo respuesta. Tuvimos que hacerlo de forma manual. El interior de la cápsula estaba totalmente a oscuras. La escasa luz que entraba desde el exterior parecía ser absorbida por una esponja sedienta de energía.
Aquella negritud era una mala señal, ya lo había sido que la escotilla no se abriera de forma automática pero aquella falta de luz en el interior era aún peor. Al menos los sistemas de emergencia deberían haber estado funcionando si los paracaídas no se habían roto y la cápsula no se había destruido al estrellarse.
- Palabra -dije-, vamos a necesitar una linterna para poder entrar aquí.
Palabra hizo una señal a las medusas y una de ellas, Gurguru o Gurguguru, desde mi percepción humana no había forma de distinguirlas, se adelantó y empezó a introducirse por la escotilla. Antes de que todo su cuerpo estuviera dentro de la cápsula, sus tentáculos empezaron a brillar gracias algún tipo de reacción fluorescente que iluminó el interior de la nave.
- Vamos allá -dije, y seguí a la medusa.
El interior era un caos de cables, paneles de control arrancados de su sitio, asientos volteados y equipos de todo tipo rotos y desperdigados. Nada parecía estar en su sitio. Tuve la misma impresión que hubiera tenido al entrar en una mina angosta iluminado sólo con un candil. Fui con cuidado de no enredarme con los cables ni de golpearme la cabeza. La medusa iba delante de mí pero por mucha luz que emitiera, había tantos trastos por en medio que la abundancia de sombras sobrepasaba holgadamente la tenue claridad que proporcionaba su fluorescencia.
Volví a salir.
- No hay energía -anuncié-, no funciona nada.
- No puede ser -respondió Alkai.
- Entren -ordené-, e intenten reiniciar los sistemas, al menos los de comunicaciones.
Me obedecieron. Alkai y yo intercambiamos las armas. Le dije que en el interior de la cápsula se movería mejor con una pistola que con un fusil. Aceptó el cambio sin rechistar. Sabía que era cierto.
Me quedé fuera. La otra medusa se había situado en la parte más elevada de la nave. Parecía un faro que aguardara la llegada de la noche. Palabra y Aniolita permanecían cerca de la entrada a la cápsula. Aniolita no se despegaba de Palabra. Si Palabra se movía, ella también. Sus mejillas seguían pálidas. Yo también tenía miedo.
Pero estaba más furioso que aterrorizado. No sólo por haber caído en una emboscada; sobre todo por que jugaran con nosotros. Pero no poía hacer nada, así me quedé de pie, girando lentamente sobre mi mismo. Vigilando los movimientos de los miles de enemigos que nos rodeaban, con el dedo en el gatillo. Desde que pisamos la orilla, y durante todo el trayecto hasta la cápsula, había memorizado la posición de docenas de medusas. Mientras esperaba a que Alkai e Idkereda intentaran poner en marcha los sistemas de comunicaciones, comparé lo que veía con lo que había guardado en mi memoria. Ambas imágenes coincidían con exactitud escalofriante. Ninguna medusa, a excepción de las que pilotaban las esferas de mercurio, se había movido un ápice de la posición donde las había situado la mente o las mentes Coleccionistas que las manejaran.
Seguí vigilando, memorizando posiciones de medusas y acariciando el gatillo hasta que la cabeza de Alkai asomó por la escotilla y dijo:
- Señor, creo que debería ver algo.
- De acuerdo -dije-, pero que Idkereda me releve aquí fuera.
Cuando Idkereda salió, le di mi fusil y seguí a Alkai hacia las profundidades de la nave. Gateamos y nos arrastramos, esquivamos cables gruesos como un puño y manojos de fibras deshilachados en los que podríamos habernos enredado con la misma facilidad con que un insecto queda atrapado en una tela de araña. Subimos y bajamos esquivando metales cercenados y ángulos tan contundentes como guillotinas. Al final, estábamos a pocos metros de la entrada y teníamos frente a nosotros el corazón de la nave: los contenedores de antimateria.
Estaban vacíos.
- No me extraña que no se pueda conectar nada, señor -dijo Alkai-, han drenado toda la antimateria. Nos han dejado sin fuente de energía.
- ¿Cómo es posible?... los precintos estaban en su sitio.
- Pueden haber entrado por los nichos de los incurdroids y luego inutilizarlos como si hubieran resultado dañados al estrellarse la cápsula. Incluso quizá podrían haber falsificado los precintos. Esta cápsula ha estado aquí muchos días, señor.
- Tiene usted razón.
Ambos miramos a la medusa, que nos iluminaba con sus tentáculos fluorescentes.
El animal gorgoteo algo incomprensible.
Desde nuestro punto de vista humano tanto podría haber contado un chiste como habernos anunciado la inmediata ejecución de nuestra sentencia de muerte.
- No entendemos lo que dices -dije, con la mayor frialdad y desapego que pude.
De repente aparecieron unas letras luminosas en su umbrela, como si fuera un cartel de neón.
- Informar Palabra ya ya ya ya -decían con trazo inseguro y titilante.
Salimos al exterior sin perder más tiempo y nos dirigimos hacia Palabra. Incluso la medusa venía con nosotros.
- ¿Qué ocurre? -preguntó el terkuma al vernos avanzar hacia él tan decididos.
- Palabra, el acuerdo al que ha llegado con el Ínbid -pregunté-, ¿incluía el sabotaje?
(Fin del capítulo 45. Siguiente capítulo)
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