Capítulo 43. CONFIANZA.
Miré hacia atrás.
El piloto de la cromoplaneadora, en el puente, a popa, seguía absorto en sus funciones. Sus tentáculos se fusionaban con la embarcación de la misma forma que se fusionaban los del piloto del barco vikingo que nos había llevado hasta el manglar, y su mirada pasaba por encima de Idkereda y de mí y se perdía en algún punto indeterminado a cientos de metros por delante de nosotros.
Volví a mirar a Idkereda.
- ¿Puedes repetir lo que has dicho?
- Adri, hace años que nos conocemos -me contestó-, sé que sabes que lo que estoy diciendo no es ninguna locura. Te lo repito: ¿has pensado lo que le dirás a Alkai para convencerla de que desactive el virus Ínbid?
- No.
- Pues deberías ir pensando algo.
Miré de nuevo hacia el piloto. Manejaba la nave desde el castillo de popa, bajo un arco circular metálico que quedaba envuelto por un aura entre violeta y azulada. Con el movimiento de la cromoplaneadora, el aura se extendía hacia atrás, formando una estela centelleante. La quilla de la embarcación dividía la corriente del río sin esfuerzo aparente. Apenas oscilábamos o nos balanceábamos. La cromoplaneadora remontaba el cauce como si no tocara el agua, parecía volar por encima de la superficie, estar más allá del alcance de la materia que se oponía a su avance. Daba la impresión de que ni las turbulencias del río ni la viscosidad del agua ni la contundencia de la corriente en contra pudieran nada contra su trayectoria. Idkereda y yo podíamos ver perfectamente cómo la quilla se enfrentaba de frente al enorme caudal del río y lo dividía en dos como si el agua no fuera más que dócil niebla.
- Después de lo que le has dicho -continuó hablando Idkereda-, creo que podría plantearse en serio permanecer en este planeta. No olvides que ella tiene la clave para desactivar el virus Ínbid. Si se niega a ejecutarla, no podremos enviar el mensaje de socorro.
- No lo olvido -contesté escuetamente.
- ¿Y qué haremos si eso ocurre? Cuando estemos ante el panel de mandos de la cápsula y ella se niegue a ejecutar la clave... ¿qué haremos?
- No lo sé, aún no lo sé. Ya pensaré algo. Lo único que sé con certeza es que alguien tenía que darle la bofetada a Alkai. Prefiero tener a Alkai tensa y preocupada, aunque eso implique enfrentarme a una sublevación. Puedo negociar con ella. Lo que no puedo tolerar es que se pierda en fantasías de ser mamá. Ahora no. Que piense en su situación. En nuestra situación. Que se preocupe. Que tenga miedo. Que sienta terror. Que despierte ya de una vez, esto no es un viaje de placer. Alkai cabreada es más útil que Alkai alegre por haberse quedado embarazada de Brumantra. ¿Tú no le hubieras dicho lo mismo que le he dicho yo?
Idkereda no respondió. Continuó mirando el río. Por supuesto que le hubiera dicho lo mismo que le había dicho yo. Era cierto: nos conocíamos desde hacía años. Y nunca le había visto vacilar a la hora de decir lo que había que decir, de hacer lo que había que hacer. Su silencio durante unos segundos y el hecho de que desplazara ligeramente el tema cuando volvió a hablar fue equivalente a un asentimiento por su parte.
- ¿Y qué le ofrecerás? -dijo-. Para negociar, hay que tener algo que ofrecer.
- Si desea quedarse en Alema, puedo intentar arreglarlo -contesté.
- Ah, ¿sí? ¿Y qué les dirás a nuestros superiores? ¿Caída en combate? Querrán ver el cuerpo, pruebas, algo. Harán preguntas. No será tan sencillo.
- ¿A dónde quieres ir a parar, Idkereda?
- Quizá deberíamos quedarnos todos en este planeta -propuso-, quizá no deberíamos enviar el mensaje de socorro a la Armada Estelar.
Le miré con horror.
- ¿También tú, Brutus? -pregunté.
- Venga ya.
- No, en serio... ¿tú también te has quedado embarazado?
- Cuando dejes de decir tonterías, a lo mejor puedo explicarte lo que pienso.
- No he sido yo quien ha empezado a decir tonterías.
- No es ninguna tontería -se defendió Idkereda-, piénsalo bien. ¿Qué tienes tú en el Universo humano? Recuerdos. ¿Alguien te espera? Nadie. ¿Y yo? ¿Qué tengo yo? Nada. Alkai tiene a sus padres, pero apenas los ha visto en los últimos años, creo que si tuviera que escoger, sobre todo después de lo que le has dicho, tendría clara la opción. Incluso Surkoi creo que accedería, sobre todo después de lo que le están haciendo en el cerebro.
- Idkereda, estás proponiendo que desertemos.
Idkereda se encogió de hombros.
- Nunca me gustó la guerra -admitió.
- Muchos comandantes te harían detener por traición por menos de lo que has dicho -le advertí.
- Todos. Incluso tú, en otras circunstancias. Pero ahora no hablo al comandante, hablo al amigo. Puedo hablarte como amigo, ¿no? Estamos vestidos con pijamas.
Miré a nuestro alrededor. No había nadie en la cubierta. Ni me molesté en contestar.
- Quedarse en este planeta -continuó diciendo Idkereda- y contribuir en lo que podamos, también sería luchar por la Humanidad.
- Tienes un contrato con el ejército, Idkereda.
Mi amigo apretó los dientes y los músculos de la cara se le marcaron alrededor de la mandíbula.
- En aquel momento, parecía una buena idea -dijo.
- Ahora una buena idea es cumplirlo. Si no lo cumples te buscarán por desertor.
- Me ofrecieron ser comandante de escuadra.
- ¿Y? Eso es una buena noticia.
- Eso es una buena noticia si quieres hacer carrera militar.
- ¡Y un cuerno! Es una buena noticia porque el sueldo es bastante mayor. Y ya que el contrato hay que cumplirlo, mejor cobrar más, ¿no? Yo desde luego no acepté porque quisiera hacer carrera en la Armada.
- No quiero responsabilidades, Adri, no soy como tú. Me metí en esto por pura necesidad.
- Necesidad económica.
- Sí, pero habiéndome pagado los estudios y con el sueldo que me dan, ya tengo bastante, no quiero más, no quiero responsabilidades. Prefiero dedicar mi tiempo a estudiar, no a redactar informes, diseñar estrategias y tutorizar a los soldados bajo mi mando.
- Acepta. Ahorra. Cumple el contrato. Cambia de vida.
- Adri, sabes tan bien como yo que en nuestro trabajo no tiene sentido hacer planes de futuro, no al menos a tan largo plazo.
- Bueno, entonces te queda la opción de negarte. Puedes negarte hasta tres veces.
- Esta es la tercera vez que me lo ofrecen -me confesó Idkereda-, deben de andar escasos de oficiales, están esperando una respuesta. Si conseguimos volver y les digo que no...
- Te obligarán a acudir al psicólogo militar, lo sé, y te negarán cualquier beca de estudios.
- Así es. Esa es la situación.
- Te equivocas.
Idkereda me miró, a la espera de una aclaración.
- La situación no es tan sencilla -le expliqué-, también hay que tener en cuenta lo que esperan los terkumas de nosotros.
Y entonces le miré fijamente.
- ¿Te imaginas -continué- que a estas alturas le decimos a Palabra que no nos interesa enviar ese mensaje de socorro? Que nos ha gustado tanto su civilización y se nos antoja tan acogedora que hemos decidido quedarnos a vivir aquí, en este planeta. ¿Qué crees que nos diría? En mi opinión es bastante probable que nos obligara a enviar ese mensaje. Para los terkumas, el que nosotros regresemos sanos y salvos al universo humano es una garantía de supervivencia de este planeta. Tú y yo sabemos que al final nosotros seremos irrelevantes en lo que el Alto Mando decida sobre este planeta. Pero explícaselo tú a los terkumas.
Mi amigo volvió a mirar hacia el río y estuvo en silencio durante unos segundos.
- Es posible -me respondió, finalmente- que los terkumas acepten que nos quedemos. Al fin y al cabo, así este planeta seguiría siendo desconocido.
- Ya sabemos que Palabra opina que no pueden permanecer ocultos siempre en las profundidades del Universo, y menos con una guerra entre el Ínbid y la Humanidad en curso. Y es probable que tenga razón.
- El Universo es muy grande, Adri, y de momento ni siquiera nosotros conocemos la localización de este mundo.
Iba a contestar pero ambos nos quedamos mirando una especie de pelusa esférica que se acercaba volando hacia la proa de la embarcación. Era semejante a una flor de diente de león, muy parecida a las semillas de irmmunniamon, pero un poco más grandes y con la peculiaridad de que las hebras que formaban esta pelusa eran iridiscentes.
Idkereda y yo la observamos entre fascinados y desconfiados.
- ¿Qué es esto? -dijo Idkereda-, ¿semillas de irmmunniamon? ¿Aquí?
- No puede ser -dije yo.
La pelusa, llevada por las corrientes de aire, impactó antes de que pudiéramos esquivarla contra el brazo derecho de Idkereda, que avanzaba río arriba al ritmo de la cromoplaneadora, y se quedó enganchada en las fibras de su ropa.
De repente, Idkereda gritó. Yo me tensé como si el grito de mi amigo me hubiera electrocutado. De un manotazo intentó quitarse la pelusa de la manga.
- ¡Me ha picado! -dijo.
Pero entonces se quedó enganchada en su mano y volvió a gritar.
- ¡Maldita sea!
Idkereda gimió de dolor.
Sin perder tiempo, me descalcé del pie izquierdo y con el zapato intenté arrancarle de golpe la pelusa de la mano. Idkereda se sujetaba el brazo herido con la otra mano, a la altura de la muñeca, y extendía la mano donde tenía enganchada la pelusa hacia mí. La planta del zapato impactó contra aquella cosa rozando la mano.
Esta vez sí lo conseguimos: la pelusa se desprendió de la mano de Idkereda, pero no se quedó enganchada al zapato, sino que empezó a flotar otra vez por el aire y cada vez que intentaba aplastarla con mi zapato, como si fuera un vulgar mosquito, la salvaba la propia corriente de aire que provocaba yo al mover el zapato. Al final, Idkereda se quitó la camiseta y la arrojamos sobre la pelusa, igual que hubiéramos hecho con una red para pescar. La idea funcionó: la camiseta quedó tendida en el suelo de la embarcación con la pelusa bajo ella. Idkereda y yo nos miramos y acto seguido la pisoteamos hasta que estuvimos seguros de que habíamos aplastado aquel maldito bicho. Yo tuve la precaución de hacerlo con el pie que aún tenía calzado.
- ¿Cómo estás? -pregunté a Idkereda mientras volvía a calzarme el otro pie.
Idkereda se frotaba la mano y también el punto del brazo donde había impactado la pelusa.
- Escuece -dijo.
Entonces fui yo quien gritó. Había notado un picotazo en la espalda.
Como si me hubiera picado una avispa rabiosa.
Me giré para que Idkereda pudiera ver mi espalda.
- ¡Joder! -gritó.
- ¡Qué! -grité más fuerte yo- ¡Qué tengo!
- ¡Otra maldita semilla de esas!
- ¡Quítamela! -chillé- ¡Quítamela!
No pudo.
Todo ocurrió muy deprisa. En lugar de ayudarme, Idkereda empezó a gritar. Entonces yo me giré, temiendo lo peor, y acerté: lo peor ocurría, le vi sacudiéndose espasmódicamente y girando sobre sí mismo intentado arrancarse, en vano, una multitud de pelusas iridiscentes -falsas flores diente de león- que se habían enganchado a su torso, y a sus piernas, y yo mismo me di cuenta de que era incapaz de contener el dolor en mi interior, así que abrí las compuertas, derribé los diques y el fuego saltó los cortafuegos y también empecé a gritar, desesperado. Chillé furioso, como un poseso, mientras miraba hacia mi propio cuerpo y veía lo que los picotazos ya me indicaban sin necesidad de verlo: yo también tenía enganchadas infinitud de pelusas iridiscentes en mis piernas, en mi torso, mis brazos, mis manos, un mar de dolor, de picotazos como picas al rojo vivo que penetraran en mi piel, de pellizcos salvajes que me arrancaran la epidermis a tiras. Cerré los ojos y la boca.
Por puro instinto, corrimos por cubierta, apretamos los dientes y continuamos gritando hacia dentro mientras nuestro corazón se desbocaba intentando escapar del interior de nuestro pecho. Fue una carrera loca, irracional: a ciegas, nos golpeamos contra todo tipo de aparejos. Suerte tuvimos de no matarnos. Intentábamos llegar a la escalera que descendía hacia los camarotes.
No pudimos llegar, al menos yo no pude. Sólo recuerdo estar de repente tumbado en el suelo. El dolor era insoportable. Me retorcía por cubierta, me agitaba y sacudía. Todo era inútil. No podía pensar por culpa del dolor, casi no podía moverme. Cada vez venían por el aire más pelusas asesinas. Lo sé porque cada vez sentía más y más picotazos por todo mi cuerpo. Luchaba por mantenerme consciente, luchaba con todas mis fuerzas, por no volverme loco, a pesar del dolor, a pesar del pánico.
Ayuda, gritaba mentalmente a Alkai, ayuda, pero al cabo de poco sólo era capaz de enviarle un grito puro, sin significado alguno más que el que ella sin duda se imaginaría al recibirlo: desesperación absoluta. Pánico.
Apretaba fuerte los dientes y quería gritar por la boca, desgarrarme las entrañas y expulsarlas para acabar con el dolor, pero me contenía con todas mis fuerzas para no abrir la boca, no quería que aquellas cosas me entraran por la garganta. Mis nervios chillaban a todo volumen exigiendo a mi cerebro que hiciera algo y mi cerebro estaba a punto de hacer lo único que podía hacer: desconectar la consciencia, cuando de repente oí el canto.
El canto fue un bálsamo, una caricia que calmó el dolor y me dio esperanza. Era la voz de Palabra, y del otro terkuma, el piloto. Los terkumas agitaban el aire como si sacudieran una sábana sobre nosotros, sobre Idkereda y sobre mí, y las pelusas se desprendían de nuestros cuerpos igual que si se las llevara la brisa mar adentro, hasta perderlas de vista, bien lejos. Para siempre.
Noté un golpe muy fuerte.
La proa se levantó y casi nos caemos al agua.
Me atreví a abrir los ojos.
La cromoplaneadora había embarrancado en la orilla de estribor.
Vi a Alkai y Aniolita pasar a mi lado. Llevaban prisa, iban armadas. Las medusas de Aniolita iban a su lado. Las medusas. El Ínbid. Nos habíamos salido de la ruta pactada.
Me alcé ayudado por Palabra. El piloto ayudó a Idkereda y nos sentamos en una claraboya situada en el centro de la cubierta. Palabra se quedó con nosotros pero el otro terkuma regresó enseguida bajo el arco de timón. Miré a mi alrededor. Quitarnos las pelusas asesinas de encima había sido un alivio pero seguía sintiéndome mal. Palabra me estaba hablando y no oía lo que decía. Y tenía nauseas. El dolor volvía a abrasarme y me pitaban los oídos. A pesar de todo, miré a mi alrededor e intenté concentrarme en lo que veía.
Embarrancados como estábamos, parecía como si la selva se nos fuera a caer encima. La cromoplaneadora empezó a moverse para alejarse de ella pero aún tardaríamos unos segundos, o quizá unos minutos, en conseguir recuperar nuestra ruta. Un puñado de medusas y vispoides nos observaban desde la orilla, demasiado cerca, medio ocultos entre los matorrales y lianas de la selva. Frente a ellos, en la cubierta de estribor, Aniolita, sus medusas y Alkai, se mantenían firmes. Aniolita hablaba en terkuma mientras apuntaba con su fusil a las medusas desconocidas. Alkai estaba a su lado y también apuntaba hacia la selva. Las umbrelas de las medusas y los ojos facetados de los vispoides brillaban en la penumbra con una luz tenue, casi fantasmal.
Poco a poco nos alejamos de la orilla. Ni las medusas ni los vispoides hicieron nada para impedirlo.
Entonces comprendí que ya podía abrir la boca. Que ya podía gritar.
Grité.
Lloré.
Y comprendí por fin lo que me decía Palabra:
- ¿Me oye, Katmai? ¿Me oye?
Idkereda a mi lado también se retorcía de dolor.
Todo nuestro cuerpo escocía de una forma insoportable.
No podía contestar a Palabra. No podía hablar. Imposible. Sólo podía gritar y gemir.
Las lágrimas se me saltaban de los ojos.
Me agarré fuerte a sus tentáculos. Creo que le clavé las uñas. No sé.
Me volvía loco de dolor.
Idkereda se agarró a mi brazo y me las clavó a mi, de eso sí me acuerdo. Él también gritaba.
Cuando llegamos al centro del río, Alkai y Aniolita bajaron las armas y vinieron corriendo.
Aniolita se dirigió directamente a Idkereda. Le abrazó, le agarró de las manos, le besó en la frente. En su frente herida, roja, arrasada, inflamada. Le dijo que no se preocupara, que las medusas le curarían.
A mí ni me miró.
Tuve otro destello de lucidez.
Comprendí de golpe que a mi amigo se le había olvidado mencionar a Aniolita entre los motivos por los que quedarse en Alema.
Le agarré del brazo y le atraje hacia mí, pero no pude decirle nada. Sólo le miré a los ojos y él me miró a mí.
Su aspecto era lamentable. Y seguro que el mío también. La piel roja llena de puntitos carmesís, como si le hubieran clavado miles de alfileres, los labios tumefactos, los párpados hinchados.
- Al camarote de las medusas -dijo Palabra-, llevadlos al camarote de las medusas y sumergidlos en los tanques.
Aniolita ayudó a Idkereda. Alkai me ayudó a mí.
- No se preocupe, señor -dijo sarcásticamente mientras me sujetaba-, esto sólo es dolor físico. Se supera.
A lo mejor no, pensé yo; qué rencorosa es usted, Alkai, tuve ganas de decir. Me sujeté a ella, le clavé las uñas, jadeé, tuve miedo de volverme loco, de que el dolor destruyera mi mente y me hiciera desaparecer en el caos.
Cuando empezamos a descender la escalera que llevaba hasta la cubierta de camarotes, la cromoplaneadora remontaba de nuevo el río al ritmo habitual. Oí a Palabra gritándole órdenes al piloto. No podíamos perder más tiempo. No entendí nada de lo que dijo. Pero es lo que hubiera dicho yo: no podemos perder más tiempo, hay que seguir remontando el río, no podemos detenernos.
Idkereda y yo habíamos tenido suerte de que en nuestra loca carrera por la cubierta, en nuestro vano intento por buscar refugio, no hubiéramos caído al agua.
Nos zambullimos en los tanques de las medusas. Ahí era donde descansaban los cnidarios cada noche. Pasaban ahí varias horas. Flotando, absorbiendo nutrientes, hidratándose. ¿Soñarían las medusas en sus tanques de descanso? El líquido nos calmó la irritación de la piel y el escozor se atenuó de forma casi inmediata. Alkai tenía razón. Sólo dolor físico, superficial. Con reparar la piel, bastaba. Tuve ganas de llorar de nuevo, pero de alegría esta vez.
Asomé la cabeza por encima del líquido. El dolor poco a poco era cada vez menos hiriente, más difuso. Intenté respirar profundamente, recuperar la calma. Sentí que mi corazón poco a poco iba conquistando de nuevo su ritmo habitual.
Miré hacia el tanque donde estaba Idkereda. Aniolita le estaba ayudando a salir. Alkai me ayudó a mi.
Abrí un canal privado con Idkereda y transmití: ¿Sigues pensando que es un buen planeta donde vivir?
Idkereda me miró en silencio.
Surkoi tuvo mucha suerte de no encontrarse con algo así, recibí.
Nuestro aspecto seguía siendo lamentable pero al menos no empeorábamos a ojos vista y creo que hubiera podido articular alguna que otra palabra.
Aniolita y Alkai nos desnudaron, y Palabra trajo toallas y ropa limpia. En otros tiempos me hubiera resultado repugnante sumergirme en el tanque de reposo de una medusa. Probablemente hubiera preferido morir de dolor antes que sumergirme en uno.
En aquel momento, no me lo había pensado dos veces. Atenuar el dolor había sido lo primero. Había confiado en Palabra.
Nuestro anfitrión dijo que debíamos descansar, así que nos llevaron hasta nuestro camarote y nos tumbamos en las literas. Sentí un pinchazo en el brazo. Creo que Palabra nos inyectó algo para dormir.
- Palabra -fue lo último que dije antes de cerrar los ojos-, tenemos que hablar.
La cromoplaneadora avanzaba río arriba, recorriendo todos y cada uno de los miles de metros que nos separaban de nuestro destino, sin poder eludir ni uno sólo de ellos.
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