Capítulo 42. RÍO.

Alguien estaba gritando. Me despertaron los gritos. Eran alaridos de furia y chillidos de desesperación. Me alcé como impulsado por un resorte y lo único que conseguí fue golpearme la cabeza y rebotar. Caí hacia atrás hasta que quedé tumbado en un colchón. Una cama. No: una litera. Los gritos cesaron. Suspiré. ¿Dónde estaba? Me quedé tumbado un par de segundos, masajeándome la frente. Recordé dónde estábamos: en un camarote angosto, en una embarcación terkuma. La estancia estaba sumida en la penumbra. Me incorporé de nuevo, esta vez con más cuidado. Idkereda ya estaba sentado en su litera, enfrente de mí, con los ojos muy abiertos y la expresión muy seria, atento a cualquier señal procedente del exterior.

- ¿Qué ocurre? -pregunté con la mano en la cabeza-, ¿qué pasa?.

- No lo sé.

Él había dormido más horas que yo. Había hecho la primera guardia, yo me había encargado de la segunda. Alkai hacía la tercera y última de la noche. Comprendí que era ella quien gritaba: Alkai.

De repente, volvimos a oír sus gritos.

Esta vez gritaba el nombre de un terkuma: Palabra. ¡Palabra! gritaba ¡Palabra!. La voz desgarrada. Le faltaba el aire. Se ahogaba.

Salimos del camarote y recorrimos el pasillo que llevaba a cubierta. Íbamos de prisa pero también éramos prudentes. El camarote de las medusas, con sus tanques de descanso y su iluminación psicodélica, quedaba a nuestras espaldas. En el pasillo no había mucha más luz que en el camarote. Había ventanales espaciados periódicamente en el costado opuesto a donde nos habían alojado pero las cortinillas estaban corridas y apenas se filtraba luz. No se veía a nadie. Oímos pasos en la cubierta. Alguien se acercó corriendo a alguien. Alkai volvió a gritar.

¡ Nooooo !

Patadas.

¡ Nooooo !

- Vamos, Idkereda -apremié-, ¡vamos!

Subimos corriendo a la cubierta y salimos al exterior sin pensárnoslo dos veces.

No hacía mucho que había amanecido. El cielo estaba despejado, iba a ser un día luminoso, pero de momento el sol no estaba muy lejos del horizonte y sus rayos aún eran clementes y teñían el mundo de tonos cálidos.

Alkai estaba sentada en cubierta, llorando. Aniolita estaba sentada a su lado y la abrazaba. Palabra estaba muy cerca de las dos y les hablaba en un murmullo. Las medusas de Aniolita contemplaban la escena a cierta distancia. El piloto de la cromoplaneadora estaba situado ya en su puesto, bajo el arco de impulsión y timón, a popa.

Había algo más.

Había sangre. Alkai estaba sangrando.

Al ver la sangre, Idkereda y yo dimos un salto hacia delante y sujetamos a Alkai. Yo la agarré de los hombros e Idkereda de las manos.

- ¿Qué le ocurre, Alkai? -pregunté varias veces-... ¿está herida? ¿Qué ocurre?

- ¿Qué te pasa? -insistía Idkereda por su parte.

Pero no nos hacía caso, seguía gritando, llorando y pataleando con furia y sin consuelo. Aniolita intentaba sujetarla con su abrazo, intentaba infundirle la calma que no podíamos infundirle nosotros con las palabras. Con Aniolita, ya éramos tres personas tocando a Alkai. Y Palabra seguía muy cerca, tan cerca que parecía estar a punto de extender sus tentáculos y abrazar a todos los humanos de aquella embarcación.

Alkai había manchado su pijama, la prenda con la que nos vestían los terkumas, de sangre. Una mancha oscura resaltaba en medio de la blancura de la tela como un puñetazo en medio de una conversación amigable. Entre sus muslos, a la altura de su pubis.

No podía ser la regla. No se hubiera puesto así.

Entonces se zafó sin miramientos de mí y de Idkereda y se abrazó a Aniolita y lo dijo:

- He abortado, he abortado.

Y dejó de dar patadas y se puso a llorar desconsoladamente.

Idkereda y yo nos incorporamos y nos miramos mutuamente.

- ¿Usted sabe de lo que está hablando? -pregunté a Idkereda.

El rostro del biólogo computacional se ensombreció y negó con la cabeza. Palabra consultó algo con las medusas en un idioma desconocido. Yo me incliné de nuevo y separé bruscamente a las dos mujeres. Sujeté a mi subordinada de los hombros y la sacudí mientras le gritaba:

- ¿Se puede saber de qué está hablando?

Siguió llorando. Palabra seguía hablando con las medusas en un idioma tan incomprensible como el terkuma. Aniolita intentó abrazar de nuevo a Alkai.

La tensión me mantenía despierto. ¿Cuántas horas había dormido? ¿Dos? ¿Tres? El primer turno de guardia me lo había pasado despierto, redactando informes, vigilando a las medusas, pensando en si realmente el Coleccionista le había pasado a Alkai las claves de desactivación del virus. Palabra me había asegurado que no era necesario hacer turnos de guardia. Estábamos en medio de un río tan caudaloso como el Amazonas, y una selva tan tupida como lo era antaño la del mismo nombre en la Tierra nos rodeaba, una masa forestal impenetrable que se extendía en todas direcciones y en muchos kilómetros a la redonda. Un par de medusas, un par de terkumas y Aniolita era toda nuestra compañía. Consideré que sí era necesario establecer turnos de guardia. Idkereda había hecho el primero, yo el segundo y Alkai no debía llevar más de dos o tres horas en el suyo cuando empezó a gritar. Y lo que llevaba ella en su turno era lo que llevaba yo durmiendo.

Sí. La tensión me mantenía despierto. No sentía sueño. Pero tampoco sentía necesidad de controlar mis impulsos. Y el llanto de Alkai me estaba poniendo tan histérico como el llanto de los críos.

Le pegué una bofetada.

Puede que también influyera el hecho de sentirme totalmente perdido. Totalmente ajeno a lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. Necesitaba recuperar el control de la situación. Y el primer paso para conseguirlo era intentar recuperar el discurso racional de Alkai.

Ella me pegó otra bofetada.

Yo le di una más fuerte y siguió llorando.

Había sido una pequeña conversación a base de bofetadas y la mente de Alkai no parecía estar mucho más cerca de un discurso racional si se atrevía a pegar a su comandante. Aniolita tenía los ojos muy abiertos y los labios le temblaban. Comprendí que se debatía entre el espanto y el odio hacia mí.

Desesperado, estuve a punto de levantar en brazos a Alkai y tirarla al agua. Pero inmediatamente me lo pensé mejor. No podía hacer algo así, aunque sin duda a Alkai le habría ido bien porque hubiera sido la mejor forma de que su mente cambiara de prioridades y se centrara un poco, pero no podía hacerlo porque no sabía qué tipo de lesión sufría. Hubiera sido irresponsable por mi parte. En lugar de tirarla al agua, pedí ayuda.

- Ayúdenme a sujetarla -dije-, Idkereda, Aniolita, sujétenla, por favor.

Idkereda acudió enseguida y se arrodilló detrás de ella, la abrazó cruzando sus brazos por delante del pecho de la mujer y la apretó contra su propio pecho. Aniolita se mantuvo al margen.

- Palabra -dije-, usted sabe de qué está hablando.

No era una pregunta. Era una afirmación. Me dispuse a bajar los pantalones de Alkai. Ella pataleó intentando impedirlo, pero no con todas sus fuerzas. Tuve la impresión de que quería que alguien la ayudara, pero no quería pedir ayuda, quería ella sola solucionar lo que le ocurría, pero no tenía fuerzas, no se atrevía a mirar su lesión, corte, rozadura, arañazo, tajo o lo que fuera. No ella sola. Como cuando somos niños y nos hacemos daño y no nos atrevemos a mirar nuestra propia herida, nuestra carne abierta, esa ventana al interior de nuestro cuerpo, esa prueba evidente de la fragilidad que marcará el resto de nuestra existencia, y entonces pedimos a alguien que nos cure, que mire la carne abierta, que la limpie, que nos la describa, que nos diga cómo es. Porque no nos atrevemos a mirar, pero tampoco podemos evitar mirar, aunque sea a través de la mirada de otro.

Palabra rodeó a Aniolita y se puso a mi lado. Apoyó uno de sus tentáculos en mi hombro y dijo:

- Katmai, no será necesario.

- ¡Por supuesto que es necesario! -contesté.

Y tiré de los pantalones de Alkai hacia abajo. Ella gritó. Le sujeté las piernas.

- ¡Estese quieta! -le ordené-, tengo que saber si está herida.

En aquel momento, los pantalones sólo le cubrían hasta la altura de las rodillas. Si no lo hacíamos así, serían ellos quienes lo hicieran. En un camarote de la cromoplaneadora, en la intimidad. En un intento de respetar la necesidad de intimidad de los seres humanos. Los terkumas conocían la psicología humana. Por eso Palabra me había dicho que no era necesario. Porque sabía que era una situación en la que Alkai podía sentirse humillada. Pero había que hacerlo así, ahí y ahora. Si Alkai no me asegurabaque se encontraba bien, y además lo aparentaba, y en esos momentos, en su estado de nervios, estaba muy lejos de aparentarlo, yo tenía que ver si estaba herida, no podía fiarme de lo que me dijera Aniolita o Palabra o, peor aún, aquellas medusas-médico, o lo que fueran, después de examinarla en la intimidad de un camarote. No. Tenía que ver por mí mismo que estaba bien.

Estaba bien.

No se apreciaba ninguna herida, ni en sus muslos ni en su pubis afeitado. Todo parecía en orden. La sangre venía de dentro. Parecía simplemente la menstruación. Volví a subir los pantalones hasta la cintura. Su llanto se calmó hasta convertirse en un sollozo. Dejó que Idkereda la apretara contra su pecho, que la consolara. No parecía la misma Alkai que yo conocía, esa bestia salvaje que jamás se mostraba débil, que siempre estaba dispuesta a la más despiadada de las peleas por defender su territorio aunque le estuviera carcomiendo por dentro la peor y más dolorosa de las enfermedades. Esa Alkai parecía haber sido superada por acontecimientos que yo desconocía.

Me giré hacia Palabra y le miré fijamente.

- ¿Qué está pasando aquí? -le pregunté con la voz helada.

Palabra sujetó las manos de Alkai entre las suyas.

- Alkai está embarazada -contestó.

Ante tal afirmación, yo me quedé estupefacto y Alkai recuperó el habla.

- No, ya no -dijo secamente.

Tenía la voz totalmente distorsionada por la pena más profunda que yo hubiera visto jamás en ella.

- ¡Eso es imposible! -espeté yo de repente. Ni yo mismo me lo esperaba: me salió de golpe. Cuando me di cuenta, las palabras ya estaban en el aire. Miré a Idkereda. Miré fijamente a Idkereda.

- Señor -dijo él-, no estará pensando que yo...

- Él no -aclaró Palabra-, Brumantra.

Alkai gritó al oír el nombre de la mujer a la que amaba. Brumantra. Su cuerpo sin vida había sido criogenizado y encerrado en una cápsula negra como el azabache y con forma ovoide. Aguardaba en una cámara especial del árbol-torre el momento del regreso a casa. En el interior de esa cápsula, Brumantra reposaba en posición fetal, como las momias peruanas, con las manos entrelazadas alrededor de sus piernas y su mejilla derecha apoyada en sus rodillas. Dormía para siempre dentro de una cápsula estanca que mantenía su cuerpo a muchos grados bajo cero, a salvo del río del tiempo. Se había convertido en una burbuja de silencio y de frío. En un instante de tiempo detenido. En un gesto petrificado: Brumantra sujetando una flor entre sus dedos, para siempre. La flor que Alkai se había empeñado en buscar la tarde de la ceremonia. Un último gesto hacia la mujer que amaba.

De repente lo entendí todo.

Me alcé de un salto.

Alkai había estado varias horas fuera del árbol-torre buscando una flor, yo le había dado permiso. Había sucumbido a esa debilidad. Pero no había ido a buscar una flor, o al menos no había perdido todo el tiempo en buscar ese último detalle para Brumantra. En realidad, había ido a hablar con Palabra y los médicos terkuma. Me había engañado. Quería quedarse embarazada de Brumantra.

- Esta sangre no significa aborto -decía Palabra en aquel momento, mientras sostenía las manos de Alkai entre las suyas-, no necesariamente. A veces, cuando el huevo se adhiere al nido, se produce una pequeña hemorragia.

Un terkuma hablando de fisiología humana. Bufé.

- ¿Qué le han hecho a Alkai? -grité.

- Nada malo, tranquilicémonos todos -me contestó-, la hemos embarazado.

Me llevé las manos a la cabeza y caminé arriba y abajo por la cubierta.

Aniolita, mientras, mesaba el cabello de Alkai.

Idkereda dijo:

- Alkai, ¿se puede saber qué has hecho?

Alkai ya estaba más tranquila y pudo contestar. Con la mirada perdida, murmuró:

- Le dije a Palabra que quería tener un hijo de Brumantra. Les pregunté a los médicos terkuma si podían practicarme una ICNOI mejorada.

- ¿Qué diablos es una ICNOI? -pregunté.

- Inyección intracitoplasmática de núcleo de óvulo -contestó Idkereda-. Se trata de la fecundación de un óvulo con el núcleo de otro óvulo; es una técnica que permite la reproducción sexual entre dos mujeres sin necesidad de intervención masculina.

Miré atónito a Alkai.

- ¿Se ha vuelto usted loca? -le espeté-, estamos en plena misión de combate.

- Señor -me respondió ella-, mis prioridades han cambiado.

- ¡Maldita sea, Alkai! -grité-, las prioridades no cambian según su voluntad, usted ha firmado un contrato con la Armada. Esa es la única prioridad que cuenta para los tribunales militares.

Me giré a Palabra.

- Dígame que no lo hicieron.

- Lo hicimos -contestó Palabra tranquilamente-, tenemos la tecnología necesaria y nos pareció que estaba bien hacerlo.

Volví a llevarme las manos a la cabeza.

- Se han vuelto todos locos -dije.

Suspiré profundamente.

Señalé a Alkai.

- Sabe que esa hija no es suya -le espeté sin piedad-, es propiedad de la Armada, sabe que la obligarán a abortar y si no la obligan a abortar se quedarán con esa niña para experimentar con ella en los laboratorios militares. Porque será hija de un droide genético, porque usted tiene un contrato con la Armada, porque no es libre, ninguno de nosotros es libre, maldita sea, Alkai, ¿en qué demonios estaba pensando?

Aniolita me empujó con tanta fuerza que me tiró al suelo.

- ¡Bruto! -gritó furiosa- ¿Qué clase de persona es usted? ¿No se da cuenta de que esta mujer está pasando por un momento crítico? ¿Qué quiere? ¿Hundirla definitivamente? ¿Acabar de destruirla?

Palabra reprendió a Aniolita en terkuma. Yo me incorporé lentamente.

- Soy comandante de la Armada humana -expliqué mientras me sacudía la ropa enérgicamente-, infantería biomecanizada espaciotransportada, constelación Esparta, esa clase de persona soy. Si le parece una mala clase de persona, espere a conocer a mis superiores.

- No pienso conocerlos jamás.

- Me parece muy bien, pero mi subordinada tiene firmado un contrato con ellos. Eh, Alkai, ¿lo recuerda?

Me acuclillé ante ella y la señalé con el dedo.

- Para defender y servir a la Humanidad -insistí-, ¿lo recuerda? No cierre los ojos, madita sea. Recuérdelo. Piense en ello.

- Tener una hija también es servir a la Humanidad.

- Y una mierda -espeté, y me acerqué más. Quedé al alcance de sus puños, una agresión leve a un superior podía valerle unas semanas de calabozo y la expulsión de la Armada; así quizá evitáramos el aborto, si conseguíamos ocultar el embarazo el tiempo suficiente.

Si seguía embarazada.

- No diga tonterías -continué-, a usted no se las tolero, usted es inteligente, usted sabe que tener una hija es un intento desesperado de mantener viva a Brumantra, al menos a una parte de Brumantra. Abra los ojos. Mire a su alrededor. Acepte la realidad. Brumantra ha muerto, para siempre.

Ella abrió los ojos. Pero no miró a su alrededor. Me miró a mí. Fijamente.

- Lo sé -dijo-. Para siempre. Mire mi coño.

Me acerqué aún más, dispuesto a contestar aliento contra aliento, a provocarla un poco más, a hundir un poco más hondo la puya.

Pero en aquel momento intervino Palabra. Estoy seguro de que comprendía mis intenciones y no estaba dispuesto a permitir que desatara una respuesta violenta.

- Paz -pidió-, debemos tranquilizarnos todos.

Me agarró por los hombros y me separó de Alkai sin brusquedad pero con firmeza. Fui yo quien fue brusco al zafarse.

- Tenemos por delante un largo camino -insistió el terkuma mientras interponía su cuerpo entre el de Alkai y el mío-, no debemos perder la calma. Hay muchas vidas en juego.

Luego se giró hacia Alkai y, sin dejar de interponer su cuerpo entre el de ella y el mío, dijo:

- No parece haber perdido mucha sangre. Le repito que esto puede significar todo lo contrario a lo que usted supone. Puede que sea la prueba de que el huevo se ha implantado en su nido, de que se ha quedado embarazada. De hecho, ¿le duele? ¿Tiene algún dolor?

- Ayer... una molestia -respondió la mujer-, como si fuera a venirme la regla.

- Lo más probable es que se haya quedado embarazada -insistió Palabra-, pero debemos examinarla para estar seguros. Bajemos a los camarotes, sígame.

Palabra se dirigió hacia la escotilla de acceso a las cubiertas inferiores.

Idkereda y yo intentamos ayudar a Alkai a incorporarse pero no aceptó nuestra ayuda. Se zafó violentamente de nosotros y nos conminó a no ser ridículos. Podía ella sola. ¿Por qué teníamos que ayudarla? Volvía a ser la de siempre. En realidad, no había dejado de serlo nunca. ¿Qué era si no aquel deseo de quedarse embarazada a pesar de las circunstancias, contra todos y contra todo? ¿Qué era si no una expresión más de la Alkai de siempre, desafiante y empecinada en hacer lo que le conviniera? Indignada con la Humanidad, sintiéndose traicionada y vilipendiada como se sentía cuando cumplió dieciocho años, podría haberse escondido en un madriguera y haber dedicado su vida a lamerse las heridas y a lamentarse por su mala suerte, como seguramente habrían hecho la mayor parte de adolescentes de su edad. En lugar de eso, había dejado el hogar, lo había dejado todo atrás y se había ido a estudiar a otro sistema estelar. Se había metido en líos y había estado a punto de acabar en la cárcel pero enrolándose en la Armada no sólo había evitado esa eventualidad sino que, además, había podido acabar la carrera en la Universidad de su elección. Un embarazo en una persona así no era reproducción: formaba parte de la misma decisión que le había llevado a no operarse, era una actitud ante la vida. Aniolita no la conocía como yo. Yo sabía que si Alkai lloraba no era porque estuviera a punto de hundirse, al menos no como se hubieran hundido la mayor parte de personas que yo había conocido a lo largo de mi vida. Sus lágrimas reflejaban la rabia y la desesperación que explotaban en su interior al sentirse impotente, totalmente inerme ante las leyes de la naturaleza. Podía luchar contra la Humanidad, pero no contra las frías e implacables leyes de la Física y la Biología. Contra ese yugo no podía hacer nada.

Y, en el fondo, contra el que le imponían sus superiores, tampoco.

Pero a veces se le olvida.

Yo aprecio a Alkai. Y siento el deseo y la obligación de recordárselo. Y se lo recuerdo. Pero no se lo puedo recordar como se lo recordaría si fuéramos dos personas educadas tomando un té con pastas a las cinco de la tarde. Las cosas con Alkai no funcionan así.

- Si no ha abortado ahora -le advierto-, vaya pensando en hacerlo cuanto antes, o tendrá problemas. Todos tendremos problemas por su culpa.

El odio en la mirada de Aniolita no me produce ni frío ni calor. Hago mi trabajo. Alkai aguantará cualquier cosa que yo le pueda decir, pero no creo que aguantara un juicio militar. Así que más vale que vaya pensando en algo.

Yo voy a hacerlo, desde luego.

- Idkereda -ordeno-, acompáñeles. No se separe de Alkai.

Me quedo solo en la cubierta del barco. Todos se introducen de nuevo en las entrañas del navío, medusas, Palabra, Aniolita, Alkai e Idkereda. Yo me voy a la proa, a pensar.

Si Alkai fuera débil, se hubiera operado el rostro años atrás. Cada vez que se miraba al espejo, recordaba cuán fuerte podía llegar a ser. Mirarse al espejo era una forma de recordar cuánto podía llegar a aguantar. Aquellos días se había mirado mucho al espejo, en silencio, cuando creía que nadie se fijaba en ella. Pero yo lo hacía: yo me fijaba. La estudiaba. Aun así, me había engañado. Era una idiota inconsciente. No porque fuera idiota sino porque era una luchadora innata con una forma de luchar idiota. Alguien tenía que recordárselo: yo; yo era su espejo.

Idiota.

Idiota, Alkai. Idiota.

Idiota tú, Katmai.

Sí, yo también: idiota.

A pesar de todo el cuidado que había puesto aquellos días, no había podido evitar que Alkai me engañara. La misión se me había ido de las manos. Tendría que responder ante mis superiores, pero en aquel momento eso era lo que menos me preocupaba. Había caído Brumantra, Surkoi estaba abducido, Alkai embarazada. Idkereda estaba muy pendiente de Aniolita. Y ella de él. Ese era otro detalle que habría que ver cómo evolucionaba. ¿Qué quedaba de la misión? ¿Qué quedaba de lo que éramos cuando llegamos a aquel planeta? Quizá el retorno fuera imposible, después de todo. No éramos más que lo que habíamos sido siempre, y la capa de pintura con la que nos había pintado la Armada para conseguir una apariencia de soldados se diluía arrastrada por la fuerza de la corriente en la que estábamos inmersos.

La tarde que nos entregaron el cuerpo de Brumantra, Alkai me había pedido permiso para ausentarse de la estancia donde nos tenían alojados. Quiero buscar un detalle para Brumantra, me había dicho al pedirle yo una explicación. Una flor, una piedra, algo...

El ser humano a la búsqueda de un gesto con un significado tan fuerte que venza a la propia muerte. Miles de años de historia y de búsqueda inútil y aun así no nos resignábamos.

Seguíamos siendo humanos. Poco habíamos cambiado en miles de años. Nuestros vestidos eran mejores que las burdas pieles de hacía miles de años pero seguíamos desnudos ante la muerte y la infinita soledad de la existencia humana.

Supuse, además, que quería estar sola.

Lo que no imaginé fue que el objeto que en realidad buscaba era un óvulo de Brumantra, cargado de genes que lo dotaban de significado. Todo lo planearon entre Palabra y Alkai. Lo entendí en la cubierta del barco al ver sangrar a Alkai y oír las palabras del terkuma. Los hechos inconexos que había vivido la tarde en que Brumantra fue criogenizada de repente aparecían ante mi consciencia conectados de una forma diáfana:

- Permiso concedido.

Árbol de luz, cómplice discreto, o discreta, aún no se sabía con certeza, fue a buscar una flor. Recuerdo la expresión de Alkai al situarla entre las manos frías de Brumantra: su dolor ocultaba su extrañeza, pero algún destello de su asombro acabó filtrándose a través de su pena. Tener que poner una flor que no había recogido ella entre las manos de su amada como testigo mudo de su vínculo era más de lo que podía ocultar. Se sentía extraña y torpe. No supe comprender en aquel momento; no entendí aquellos pálidos destellos, ni siquiera supe que no lo entendía, pero ahora sí. Ahora estaba todo claro: es que Alkai no hubiera escogido una flor, al menos no aquella flor. Una piedra quizá, o una fibra óptica del sauce que había a la entrada del árbol-torre, un mechón de sus propios cabellos tal vez, pero no una flor. Daba igual. Se sentía extraña y torpe, pero cumplió bien con su papel, dio el pego; al fin y al cabo, había conseguido su objetivo. Ya tenía lo que quería: los óvulos de Brumantra. Mientras Árbol de luz iba a buscar la flor, los médicos terkumas preparaban a Alkai y extraían los óvulos de Brumantra. Fue durante aquellas horas previas a la ceremonia, mientras yo descansaba en nuestra estancia del árbol-torre y hablaba con Idkereda. Por aquel motivo se retrasó toda la ceremonia. No fue porque la delegación Ínbid llegara tarde, o hubiera algún problema con el equipo de criogenización. Lo que ocurría era que los médicos terkuma y las medusas Ínbid necesitaban tiempo para extraer y congelar los óvulos de Brumantra, excepto un puñado, a los que empezarían inmediatamente a someter al tratamiento adecuado para extraerles el núcleo y fecundar con él los óvulos de Alkai. El proceso culminaría dos días después al ser reimplantados en el vientre de ésta. Todo encajaba.

Dos días.

Todo quedaba claro ahora, a pesar del sueño, desde la proa de la cromoplaneadora, ante el río. No entendí muy bien por qué se empeñó Palabra en retrasar dos días nuestra expedición. Hay que ser prudentes, me dijo, ultimar detalles, especificar qué movimientos exactamente vamos a realizar dentro de la zona. Yo le creí. Probablemente, en parte, fuera cierto. La zona, el punto donde había caído nuestra cápsula, se había convertido en un área prohibida. La zona... Por lo que nos dijeron, ni siquiera los terkumas podían acceder sin un permiso especial del Ínbid. Una vez entráramos nosotros, tendríamos que seguir un protocolo extremadamente estricto. El más mínimo movimiento tenía que estar planeado, declarado y ejecutado con precisión milimétrica. Me lo creí. Era lógico. De hecho, probablemente fuera en parte verdad. Pero había otro motivo: había que cumplir la promesa que le habían hecho a Alkai, tenían que implantar en ella el óvulo fecundado con la genética de Brumantra. Todos los hechos, miradas, comentarios y situaciones de aquellos dos días encajaban ahora como piezas bien ordenadas de un puzzle.

Brumantra.

Reposaba sentada en posición fetal, como algunas momias precolombinas. Tenía los ojos cerrados, el rostro tranquilo igual que las aguas de un estanque al atardecer. Los médicos terkuma habían arreglado sólo ligeramente su cuerpo, lo mínimo imprescindible para poder manejarlo sin que se desmontara entre sus manos, así que las heridas aún eran visibles sin necesidad de fijarse mucho. Los terkumas no querían arreglar más el cadáver ni tampoco incluir ningún objeto superfluo o realizar ninguna manipulación que no fuera imprescindible. El cuerpo estaba desnudo, no lo cubría ni siquiera un sudario. Estuvieron a punto de no permitir que Alkai depositara la flor entre las manos quietas de Brumantra. Pregunté si no querían incluir ningún mensaje. Insistieron en que el mensaje éramos nosotros. El hecho de que nosotros pudiéramos regresar con vida. Temían que cualquier objeto material adicional, por sencillo que fuera, provocara la desconfianza y el pánico entre los humanos que nos recibieran y fuéramos destruidos antes de pasar la cuarentena a la que sin duda nos someterían. Tenían razón. Ningún capitán se fiaría de nada enviado por una civilización aliada del Ínbid, aunque sólo fuera un pergamino con una propuesta de tratado de paz. Cualquier humano tendría miedo de que fuera una trampa, de que entre las fibras del pergamino se ocultaran virus, bacterias, nanobots devoradores o parásitos, máquinas biológicas sintéticas microscópicas capaces de destruir cualquier sistema informático humano y a los propios humanos también, trucos tan viejos como la propia Humanidad, y que sus enemigos ya utilizaban mucho antes de que la Humanidad supiera tallar una piedra. Así que nos enviarían sólo a nosotros. Cuando Alkai hubo dejado la flor, conocedores nuestros anfitriones de las ceremonias humanas, nos preguntaron si queríamos decir unas palabras. Yo miré a Alkai y ella negó enérgicamente con la cabeza. Podríamos haber dicho que Brumantra era una de las nuestras, pero eso ya lo sabíamos, ninguno de nosotros lo dudaba, aunque hubiera esparcidas por todo el universo humano un puñado de iglesias cuyos fieles aún a esas alturas de la historia negaran el estatuto humano a los droides genéticos. Podría haber hablado de la paz, de lo triste que era la guerra, pero todo lo que hubiera podido decir me habría parecido superficial y arriesgado: al fin y al cabo, ¿cómo podía yo tener la certeza de que no acabaríamos a tiros con todos aquellos seres que nos rodeaban, dentro de pocos días? ¿Quién podía asegurarme que toda nuestra historia en aquel planeta no acabaría con más muerte y destrucción, por mucho que nosotros no lo deseáramos? ¿Quién podía asegurarme, en definitiva, que hablar de la paz no nos haría débiles o no nos haría aparecer ante nuestros enemigos como derrotados psicológicamente o, al menos, más vulnerables de lo que ya éramos? Por otra parte, criogenizar a Brumantra sin ni siquiera decir unas palabras me parecía tan frío como el frío que estaba a punto de arrebatarla definitivamente de la calidez propia del mundo de los vivos.

- Yo no sé si Brumantra tenía o no tenía alma -dije finalmente-, ni siquiera sé si la tengo yo. Sólo sé dos cosas. La primera es que el ser a quien llamábamos Brumantra ha muerto para siempre, que no volverá a producirse la concatenación de circunstancias necesarias que llevaron a su existencia. La segunda es que, enfrentado ante el hecho de su existencia, se hacía las mismas preguntas que me hago yo enfrentado ante mi propia existencia. Para mí, este detalle basta para considerarlo uno de los nuestros. Quede su cuerpo aquí presente como puñetazo en la mesa y cuestión que los humanos lanzamos furiosos a nuestros enemigos: ¿qué clase de preguntas os hacéis vosotros, seres desconocidos con miles de generaciones a vuestras espaldas como navegantes estelares? ¿Qué preguntas creéis haber resuelto y qué preguntas aún aspiráis a resolver?

No hubo respuesta.

Todo el elenco de medusas y vispoides me observaron fijamente en silencio. Supuse que la traducción instantánea proporcionada por terkumas y narradores vispoides funcionaría correctamente. Supuse que el idioma Coleccionista y vispoide, fuera cual fuera, era capaz de describir el concepto pregunta, el concepto muerte, el concepto furia. Quise suponerlo así, aun sin tener signo alguno por parte de los alienígenas que estaban enfrente de mí. Impasibles recibieron mis palabras. Imperturbables miraron al elenco humano durante toda la ceremonia. Su mirada, compuesta por ojos facetados y umbrelas que brillaban ligeramente en la penumbra de la cámara donde nos hallábamos, era fría e impenetrable. Su postura: indescifrable.

- Pueden proceder -dije.

La cápsula ovoide se cerró entorno a Brumantra. Casi instantáneamente su cuerpo quedó sumido en un frío tan profundo, tan sólido, que nada podría corromperlo. Todo movimiento de sus moléculas se apaciguó hasta la extinción casi total. Brumantra quedó así atrapada en una burbuja de no tiempo, un huevo negro que reflejaba el mundo exterior y que mantendría su cuerpo incorrupto por los siglos de los siglos siempre y cuando no le faltara energía. Brumantra se convirtió en una metáfora perfecta de lo muerto, de lo absolutamente muerto: ni siquiera el movimiento de la corrupción y el reciclaje actuaba ya en ella. Lo más vivo de Brumantra a partir de aquel momento eran nuestros recuerdos de ella. Y a solas con nuestros recuerdos regresamos en silencio a la estancia en el árbol-torre donde nos alojábamos. La ceremonia no había sido sólo una ceremonia de despedida: al cerrarse la cápsula ovoide alrededor del cuerpo muerto de Brumantra quedaba sellado el pacto entre nosotros, los terkumas y el Ínbid, y nos convertíamos oficialmente en un mensaje: el planeta Alema es territorio neutral, la civilización terkuma no toma partido por ninguna de las dos especies enfrentadas en la guerra, el Ínbid quiere la paz. Nosotros éramos el mensaje, una puñetera bandera blanca, y al mismo tiempo quien debía transmitirlo e interpretarlo ante las autoridades humanas. Probablemente, las autoridades humanas realizarían su propia interpretación libre, en función de sus intereses y sus miedos. Yo, en aquel momento, tenía mis propios miedos a los que atender.

Los terkumas nos aseguraron que nos entregarían el huevo criogénico con el cuerpo de Brumantra en su interior en cuanto nuestros congéneres acudieran a rescatarnos. Mientras tanto quedaría depositado en la cámara donde habíamos realizado la pequeña ceremonia. Podíamos visitarlo cuando quisiéramos. Estaba claro que los terkumas podían engañarnos en cualquier momento. Y no sólo los terkumas. Los terkumas eran simpáticos, tenían manos, ojos, cantaban, hablaban, miraban, eran curiosos. A pesar de su aspecto cefalópodo, podían llegar a caernos bien; inventarse chistes comunes a las dos culturas no se nos antojaba una tarea imposible. Pero el Ínbid era otra cosa. ¿Qué pensarían los Coleccionistas? ¿Qué los vispoides? El cráneo de los terkumas presentes durante la ceremonia fue recorrido por bandas de colores fosforescentes al oír mis palabras de despedida. Ignoro el significado de aquellos colores, de aquella reacción, pero sé que era eso: una reacción, sé que reaccionaban a mis palabras. Los terkumas reaccionaban. Pero el Ínbid permanecía impasible, al menos ante mis ojos humanos.  ¿Quién sabe lo que planeaban? ¿Quién sabe lo que pensaban? Por lo que yo vi, tanto podrían haber estado emocionados como podrían haber estado pensando: en cuanto se den la vuelta substituimos el cadáver por la bomba biológica prevista. Todo marcha tal como lo habíamos planeado. ¿Y qué?¿Qué podíamos hacer nosotros? Nada.

Sólo esperar.

Dos días.

Dos días para salir hacia la zona, hacia el punto de impacto, hacia la cápsula estrellada y la posibilidad de enviar un mensaje de socorro a la Armada.

La roda de la nave se enfrentaba de cara a la corriente del río y dividía las aguas con la misma facilidad con que un cuchillo parte en dos un flan. Al entrar en contacto con la proa de la embarcación, el agua del río parecía tener la misma consistencia que una nube de humo. Nos desplazábamos de una forma suave y constante, como si nada se opusiera a nuestro destino. Una mente humana con menos siglos de historia en su red neuronal habría visto brujería en nuestro avance suave, prácticamente silencioso y ante el cual el río apenas oponía resistencia; yo, en cambio, simplemente miraba el agua a punto de ser dividida y pensaba en el futuro. Sabía que no era brujería, que sólo era tecnología... eso sí: también era un recordatorio perfecto de lo burdos que eran nuestros medios y de lo sofisticados que eran los de los terkumas. Río arriba estaba la cápsula estrellada, la llave, la puerta al universo humano, prácticamente la única esperanza de regresar que teníamos. Por las noches, desprendía un resplandor que brillaba más allá del horizonte. Sólo los humanos podíamos verlo. Sólo nosotros. Ascendíamos río arriba como si el río fuera un cable que nos saliera del ombligo y nos conectara con la fuente de potencia de todo el universo, como si danzáramos cómplices con una serpiente que se deslizara en medio de la selva buscando una presa, igual que exploradores perdidos en medio del Amazonas en busca de las fuentes de la eterna juventud. Muertos de sed aunque bebiéramos, hambrientos aunque comiéramos. Así avanzábamos, así ascendíamos. Atemorizados y sobrecogidos porque no teníamos las reglas del mundo en el que nos movíamos.

Durante aquellos dos días previos a nuestra partida, Palabra nos enseñó un poco más de la civilización terkuma. Vimos campos de irmmunniamon en las montañas y semillas de árbol-torre creciendo en medio del manglar, en lo que sería una futura ciudad terkuma. Alkai decía no encontrarse bien y no salió en ningún momento del árbol-torre donde nos alojábamos.

Comprendí mientras miraba el río que en realidad se encontraba perfectamente, que todo formaba parte de su estratagema para quedarse embarazada de Brumantra a mis espaldas. Se estaba sometiendo a un tratamiento de fertilidad aprovechando las horas que Idkereda y yo estábamos fuera del árbol-torre.

Mientras ella aguantaba pinchazos, sobredosis hormonales y todo tipo de ingeniería reproductiva, nosotros vimos montañas enteras transformadas en plantaciones de irmmunniamon, ciudades creciendo como crecen las plantas en los jardines, ejércitos de robots trabajando como jardineros y unos pocos terkumas vigilándolo todo en silencio. Mientras Alkai soportaba en secreto la intervención de la tecnología terkuma en su cuerpo, nosotros fuimos testigos de la intervención de esa misma tecnología en el cuerpo planetario.

No parecía ser una intervención traumática.

Las edificaciones terkumas compartían terreno con las especies salvajes de plantas y animales en aparente armonía.  Almacenes, viviendas, muelles, bazares y fábricas se camuflaban en el manglar o parecían formaciones vegetales naturales en medio del mar interior, como era el caso del árbol-torre donde nos habían alojado. El espacio ocupado no era mayor aparentemente que el que podía ocupar cualquier otro ser vivo del ecosistema, y la presencia de la tecnología terkuma no parecía asfixiar el desarrollo de otras especies.

En realidad, todo estaba cuidadosamente diseñado y planificado.

El medioambiente que nos rodeaba había sido cambiado profundamente y era tan artificial como lo era un impulsor de antimateria. Es cierto que no percibimos contaminación ni vimos residuos industriales pero eso sólo significaba que los terkumas sabían cerrar el ciclo de la utilización de los recursos mucho mejor de lo que habíamos sabido hacerlo los humanos a lo largo de la mayor parte de nuestra Historia. La respuesta de los terkumas a los problemas de su tecnología había sido la misma que habíamos dado los seres humanos a los problemas de nuestra propia tecnología: más tecnología.

Palabra nos paseó por escenarios donde se desplegaba una actividad perfectamente organizada y ciertamente casi invisible, en ocasiones. Al contemplar la civilización terkuma y la armonía con que se desarrollaba toda actividad en su seno, uno casi tenía la impresión de que las montañas se habían transformado solas en campos de irmmunniamon o las ciudades habían brotado de la espesura como frutos salvajes, de forma espontánea y casual, sin que los terkumas hubieran tenido que realizar ningún esfuerzo. Pero era una impresión equivocada. Tal como nos explicó Palabra, el esfuerzo era imprescindible y, muchas veces, épico. En ocasiones era evidente, por muy silenciosa que fuera la tecnología terkuma y por muy bien integrada que estuviera en el entorno. Al fin y al cabo, las ciudades no crecen solas ni los campos de cultivo dan fruto con la abundancia necesaria si no hay una inteligencia colectiva y lúcida detrás que los exprima. La geometría según la cual estaban ordenados los árboles de irmmunniamon en las plantaciones no tenía nada de espontánea ni de natural, costaba años de trabajo conseguirla; eso lo sabía cualquiera, al menos cualquiera que hubiera visto terraformar un planeta y trabajar a miles de personas en sus campos, durante años. Yo lo había visto. Mis padres me lo habían enseñado. Pero cualquier humano, en cualquier hábitat humano, si se para a pensar unos segundos, se dará cuenta del trabajo y el conocimiento acumulado que hay detrás de cada muerdo de comida, de cada trozo de tierra productivo. Quizá a los terkumas les resulte más fácil transmitir ese conocimiento, gracias a la peculiaridad de su lenguaje. Pero en realidad son leyes universales, válidas para cualquier civilización. Palabra hablaba y nosotros entendíamos perfectamente de qué hablaba cuando mencionaba conceptos como energía, recursos y tasa de explotación del ecosistema, aunque no pudiéramos acceder de forma inmediata a sus emociones al pronunciar estas palabras. Mientras Alkai luchaba denodadamente por catapultar sus genes y los de Brumantra hasta ese vasto territorio llamado futuro, nosotros fuimos testigos de los esfuerzos de la civilización terkuma por liberarse del yugo que imponían las leyes ciegas de la evolución darwiniana y crear un espacio de abundancia y seguridad donde poder prosperar, desarrollar sus inquietudes y florecer como seres conscientes, sin que la lucha por la supervivencia consumiera hasta la extenuación todas sus energías. Era un esfuerzo grandioso, glorioso, heroico y, quizá, fútil. Exactamente igual que en el caso de los seres humanos.

Todo empezó con la agricultura, muchas generaciones atrás, cuando aún no había registros escritos ni mucho menos libros negros. Y después de miles de años y un apocalipsis, la civilización terkuma seguía ordeñando la tierra año tras año para obtener de sus entrañas los alimentos básicos que conformaban su dieta. Uno de ellos era el irmmunniamon, una especie de cereal que crece en la corteza de árboles altos como edificios y recios como guardianes de una fortaleza. Los terkumas cultivan los árboles de irmmunniamon tanto en terrenos planos como laderas de montañas. Adansonia grandidieri, dijo Idkereda cuando vio las plantaciones. Para mí, eran simplemente baobabs altos, de copas chatas y pequeñas y troncos gruesos. Del árbol de irmmunniamon se aprovecha todo, nos dijo Palabra, incluso la madera y las raíces cuando ya no da más cosechas. Y era cierto, a juzgar por lo que vimos con nuestros propios ojos.

Visitamos una plantación cercana al árbol-torre. Palabra nos llevó en una lágrima de transporte y Aniolita nos acompañó. Amanecía. La plantación ocupaba la ladera sur de una montaña y los primeros rayos de sol encendían la copa de los árboles situados en las cotas más altas. Los árboles crecían en terrazas inundadas. Sus raíces se sumergían en el agua que suministraban canales de riego situados por toda la montaña. Palabra detuvo la lágrima a cierta altura y quedamos suspendidos en el aire. Durante un buen rato, contemplamos en silencio el paisaje que se desplegaba ante nosotros y pudimos ver desde la altura cómo la marea de luz avanzaba lentamente ladera abajo. También pudimos contemplar los árboles con cierto grado de detalle. En aquellos donde aún no se había recogido la cosecha, miles de espigas cubrían la corteza como un tupido y encrespado cabello, excepto por el lado de sombra, donde crecía la yiiidrama, especie de musgo que también se aprovechaba: era comestible, y además fuente de medicinas y de todo tipo de productos químicos, según nos explicó Palabra. Las cosechadoras eran anillos metálicos que se ceñían al tronco de los árboles y ascendían hacia la copa a medida que segaban las espigas de irmmunniamon y recogían la yiiidrama. Vimos las cosechadoras hacer su trabajo mientras el sol se alejaba lentamente del horizonte por donde había emergido. Era igual que si esquilaran ovejas. Las cuchillas segaban el irmmunniamon de la misma forma que las afeitadoras rapan el ganado. Tras su paso, el árbol quedaba tan desnudo como quedan las ovejas después de ser esquiladas, su corteza expuesta a la luz del sol como la piel expuesta al frío. Palabra nos explicó que al tocar la luz del sol de nuevo la piel del árbol, sus raíces empezaban a bombear otra vez los nutrientes necesarios para que una nueva generación de espigas cargadas de grano brotara.

- ¿No se desaprovecha mucho terreno de esta forma? -preguntó Idkereda-, ¿y no necesitan más luz las espigas para crecer? Los troncos quedan a la sombra durante buena parte del día.

- Está comparando con imágenes que ha heredado de su civilización, humano -respondió Palabra-, aquí las circunstancias son distintas y por lo tanto verá soluciones distintas. Un matemático diría que las condiciones de contorno son diferentes y en consecuencia la solución es diferente, aunque las ecuaciones sean las mismas. ¿Comprende? ¿Entienden lo que quiero decir?

- No, no le entendemos, Palabra -respondí yo-, los cereales necesitan mucha luz y estos crecen en la penumbra, prácticamente.

- ¿Y quién le ha dicho a usted que el irmmunniamon es un cereal? -contestó tajante el terkuma.

Me callé. Tenía razón. Había sido un comentario estúpido por mi parte. Imágenes heredadas de mi civilización. Palabra continuó hablando:

- En el manglar apenas hay terreno, y el poco que hay suele inundarse. Y los cangrejos segadores. Hay que tener en cuenta los cangrejos segadores... y también las nutrias rumiantes y los tristes voladores, que construyen sus nidos con espigas de irmmunniamon. Crecer en la corteza de los árboles es una buena solución. Y en cuanto a la luz, la copa del árbol se encarga de recogerla. Simbiosis. Los árboles de irmmunniamon son simbiosis entre varios seres vivos: el irmmunniamon, el árbol y la yiiidrama. Irmmunniamon y yiiidrama viven de los nutrientes del árbol, a cambio yiiidrama y irmmunniamon visten al árbol y lo protegen de parásitos.

Visten al árbol y lo protegen. El significado literal de las palabras que acababa de pronunciar el terkuma era que el árbol pagaba por un vestido. Imágenes heredadas.

Palabra daba clases de astronomía por las noches a los niños terkuma. Durante el día nos enseñaba a nosotros conceptos básicos sobre su civilización. Los cerebros de los niños eran terrenos fértiles donde hacer crecer libremente redes neuronales que les permitieran reconstruir imágenes del mundo en su cabeza. Nuestros cerebros ya estaban formados y eran un poco más perezosos. Continuamente lo que veíamos nos recordaba a cosas que ya habíamos visto antes. ¿Eran árboles los árboles de irmmunniamon? Parecían árboles. ¿Era musgo la yiiidrama? ¿un cereal el irmmunniamon? ¿O sería más bien una fruta? El trigo, la avena, la cebada... son cereales pero... ¿hasta qué punto se parecía el irmmunniamon a los cereales que nosotros conocíamos? Se parecía lo suficiente, aunque creciera en la corteza de un árbol. Su aspecto externo era el de un cereal más que el de una manzana. Y de alguna forma teníamos que nombrarlo, aunque nombrarlo nos condicionara a la hora de entenderlo. Yo me acordaba continuamente de mis padres, de su entrega y sacrificio por cultivar una tierra extraterrestre, por conseguir ciclo solar tras ciclo solar que la tierra diera sus mejores frutos. ¿En qué momento habíamos dejado de ser niños? ¿Qué día de nuestras vidas habíamos dejado de inventarnos palabras y habíamos empezado a utilizar las que ya teníamos para nombrar cosas nuevas? ¿En qué punto el mundo había dejado de ser un descubrimiento y había pasado a ser un recuerdo? Probablemente no existía ese punto. Probablemente había sido una metamorfosis lenta y difusa, imperceptible hasta el día en que te levantas y descubres que ya no necesitas más palabras, que todo está nombrado, incluso lo que aún no has visto, incluso lo que aún está por descubrir.

Para muchos, es una metamorfosis irreversible. Enfrentados a realidades que sus cerebros son incapaces de comprender, incapaces de nombrar sin que el nombre les produzca dolor, caen en el fanatismo, la locura y la violencia, o en la negación más absoluta de las evidencias y se esconden en una madriguera para el resto de sus vidas. Pasaba ya antes de salir de la cuna, cuando toda la Humanidad vivía en la Tierra, y pasa más ahora, cuando ya hemos dejado la cuna y la realidad que intuíamos desde ella se ha hecho más evidente e ineludible de lo que ha sido nunca. La inmensidad del Universo fuerza a nuestros cerebros a evolucionar. Los cerebros que no sean capaces de ver cosas increíbles y dialogar con ellas de forma cotidiana hasta ponerles tranquilamente un nombre nuevo, se extinguirán. Los cerebros que no puedan imaginar un ser más cercano a una sepia que a un homínido hablando perfectamente en nuestro idioma, desaparecerán sin dejar rastro en la historia de la Humanidad, igual que desaparecieron hace miles de años aquellos que fueron incapaces de imaginar que si enterraban una semilla brotaría alimento al cabo de unos meses, o aquellos que fueron incapaces de superar el terror ancestral al fuego para empezar a dialogar con él.

- Los terkumas han cosechado el irmmunniamon desde el principio de su civilización -continuó diciendo el ser más parecido a una sepia que a un homínido-, las primeras cosechas están más allá de nuestra memoria; en otras zonas del planeta se cultivan otros... cereales... pero en esta comunidad el irmmunniamon es el más importante. 

Idkereda miraba fijamente la plantación a nuestros pies. De una forma obsesiva se apoyaba sobre la fina membrana líquida de la lágrima en la que viajábamos hasta casi pegar su nariz a ella y no parecía que el miedo a caer al vacío provocara en él el más mínimo atisbo de prudencia. Su ceño fruncido y su mirada clavada inamovible en los cultivos presagiaban nuevas preguntas. Yo permanecía en mi asiento y observaba tranquilamente todo lo que teníamos a nuestro alrededor. Eso incluía a las plantaciones, pero también a Palabra y Aniolita. Él estaba sentado delante de nosotros, con su nuca encajada en el final de la protuberancia que crecía desde el suelo de la lágrima y que les servía de asiento a los terkumas. Sus tentáculos colgaban libres para manejar los etéreos controles de nuestro vehículo. Parecía tranquilo. Contemplaba el paisaje y de vez en cuando miraba hacia el horizonte y respiraba profundamente. Aniolita estaba sentada a su lado y parecía aburrida. De vez en cuando miraba hacia atrás y se fijaba en el biólogo computacional, pero la expresión de su rostro no mostraba claramente cuáles eran sus pensamientos o emociones. A nuestros pies, miles de árboles se disponían en hileras a lo largo de las terrazas inundadas.

- Palabra -dijo Idkereda-, me ha parecido ver árboles en el manglar con la corteza cubierta de irmmunniamon, pero eran mucho más pequeños que estos. ¿Hay varios tipos de árboles sobre los cuales puede crecer el irmmunniamon? ¿O no era irmmunniamon?

- Puede que no fuera irmmunniamon -respondió Palabra-, hay una variedad que se parece al irmmunniamon pero no es comestible, es venenosa. También puede que lo fuera. Los árboles en los que crece el irmmunniamon en estado salvaje son más pequeños que estos, mucho más pequeños. Los árboles de las plantaciones son diferentes. Son fruto de miles de años de selección genética. Y en las últimas generaciones hemos desarrollado técnicas de... intervención directa, dirigida. Cuando les explicamos a los padres de Aniolita qué eran esos árboles que están ustedes viendo comentaron, si no recuerdo mal, que habían sido editados genéticamente. Supongo que “editar” es la palabra que utilizan ustedes. Hemos utilizado genes de los árboles gigantes del manglar y los hemos implantado en los árboles del irmmunniamon. El resultado, después de años investigando, es el que tienen ante ustedes: los árboles de irmmunniamon han crecido y ahora dan cosechas más abundantes, con el mismo terreno que hace una generación podemos alimentar a más terkumas.

Los árboles transgénicos se erguían altivos y recibían orgullosos los primeros rayos del amanecer. Sus raíces quedaban ocultas bajo el agua y sus sombras se proyectaban sobre la plateada superficie del líquido y sobre los muros de piedra hasta llegar a las terrazas superiores y cubrir otros troncos. Las cosechadoras avanzaban incansables hacia las copas chatas y dejaban caer espigas, grano y yiiidrama por unos tubos conectados a barcazas fondeadas a los pies de los árboles. Las cosechadoras anillo, con sus pulcras superficies y sus brillos metálicos, eran signos evidentes de la presencia de una civilización tecnológicamente avanzada, pero las ordenadas terrazas, los árboles artificialmente agigantados y la geometría casi perfecta de las hileras en las que se ordenaban era un signo más contundente aún de la intervención terkuma sobre el terreno, aunque no tuviera el regusto metálico de las cosechadoras. Nuestra vehículo-lágrima se movía lentamente a bastantes metros por encima de las copas de los árboles. Podíamos observarlo todo como lo hubiera observado un ave de presa.

- Durante la guerra con los keruvas perdimos muchas cosas -continuó nuestro anfitrión-. Perdimos tierras, casas, vidas... recursos fundamentales como el agua y el aire. Todo estaba contaminado, todo destruido. Pero perdimos algo más importante aún. Perdimos conocimiento. Hay tecnología que no hemos recuperado todavía, técnicas agrícolas que utilizaban nuestros antepasados que hemos olvidado. Tuvimos que empezar prácticamente de cero. Nuestra única guía era saber que un mundo mejor era posible, que no era una mera utopía. Porque nuestros antepasados lo consiguieron. Unos pocos de nosotros aún recordamos ese mundo. No sabemos cómo plantar sin tierra y casi sin agua pero sabemos que es posible, nuestros ancestros lo hacían. Unos pocos supervivientes mantenemos viva la memoria de aquel mundo y transmitimos el testigo a las nuevas generaciones. Hemos realizado un largo camino, pero más largo es el que nos queda por realizar. Tenemos varias cosechas de irmmunniamon cada ciclo solar y la de esta temporada será muy buena. Y las fábricas en órbita también han aumentado su rendimiento; si todo va bien, dentro de pocos ciclos solares podremos pensar en otros proyectos más grandes: podremos pensar de nuevo en viajar a las estrellas.

- Usted, Palabra -intervine en aquel momento-,... ¿piensa mucho en el espacio? ¿Lo echa de menos?

Palabra tardó en responderme. Primero se quedó unos segundos en silencio mirando al infinito. Luego saltó de su asiento, dio media vuelta y me miró fijamente.

- Siempre -contestó-, pienso siempre en el espacio. Siempre. Todos y cada uno de los días de mi vida desde que era niño, incluso desde mucho antes de viajar por primera vez al espacio. Y desde el primer día que regresé del espacio, y sentí de nuevo mi cuerpo sometido a la gravedad de este planeta, he deseado volver al espacio. Desgraciadamente, desde la invasión keruva, los terkumas no hemos vuelto al espacio.

Su voz había cambiado de tono. Tuve la impresión de que realizaba un gran esfuerzo por seguir pronunciando correctamente los fonemas de nuestro idioma, como si le costara contener las emociones que hervían en su interior y esa lucha por la contención provocara una vibración paralela de sus cuerdas vocales -o de lo que fuera que utilizaran los terkumas para generar sonido- que influyera en la vibración apropiada para cada fonema.

Me impresionó. Nunca le había visto así. Antes de que pudiera contestarle, dio media vuelta y volvió a encajarse en su asiento.

- El planeta se me queda pequeño -sentenció.

Incluso Idkereda había desviado la mirada de los campos de irmmunniamon.

- ¿Ya no tienen bases en este sistema? -preguntó.

- Ni en este ni en ningún otro -respondió Palabra-, tenemos fábricas de armas y de antimateria en órbita y algún que otro laboratorio, telescopios, antenas, satélites y placas captadoras de energía pero no bases como tuvimos.

- ¿No le han paseado nunca sus amigos Ínbid? -continuó preguntando Idkereda-. Ellos tienen tecnología aleph operativa, podrían llevarle en una de sus naves.

Palabra volvió a tomarse unos segundos antes de contestar.

- Si algún día regreso al espacio -dijo finalmente-, será en una nave terkuma.

- Pero ustedes han de disponer de naves -intervine-. ¿Cómo si no se explica que tengan todas esas instalaciones en órbita?

- Todo lo que tenemos en órbita -me respondió él-, o bien está en órbita baja o bien ha sido puesto en órbita gracias a naves y tecnología Ínbid y con ayuda del Ínbid. Nosotros no disponemos aún del tejido industrial necesario. Es verdad que tenemos una flota de naves, pero no es más que un puñado de transbordadores, su radio de acción es muy limitado.

- Le deben mucho al Ínbid.

- ¿Cree que no me doy cuenta, Katmai?

Después de un segundo de pausa, Palabra añadió:

- ¿Cree que no pienso en ello?

La pregunta quedó colgada en el aire. Deseé que añadiera algo más, para así obtener más información sobre la relación entre terkumas e Ínbid. Pero no fue así: nuestro anfitrión no respondió a su propia pregunta ni hizo ningún otro comentario.

- ¿Tiene familia? -preguntó en ese momento Idkereda.

- Familia no significa lo mismo para humanos y terkumas -respondió Palabra.

- Pero los terkumas tienen padre -intervine yo-, bien que lo hemos visto con Nevando cerezas, y supongo que también madre. Y tendrán hermanos y hermanas. Hijos.

- Aun así, es todo diferente, aunque tengan el mismo nombre.

- ¿Quién le puso su nombre, Palabra? -insistí-. Quien le pusiera el nombre, sería su familia.

El cráneo de Palabra vibró y se iluminó con los colores correspondientes a la risa.

- Humano -dijo-, mi nombre entero sólo puede ser dicho en terkuma y me lo puso la comunidad cuando ya era casi un adulto.

El terkuma se quedó unos segundos en silencio y luego añadió:

- Pero... en una cosa tiene razón: me lo puso mi familia. Para nosotros los terkumas, la comunidad es nuestra familia.

- No puede ser -dije desconcertado-, la comunidad... ¿no son los terkumas que viven en el árbol-torre? Quiero decir... todos los terkumas que viven en el árbol-torre... Todos forman parte de la comunidad, ¿no? Quizá no lo hemos entendido bien. Porque... ¿todos forman parte de su familia? ¿Todos?

- Así es. Todos.

Bufé.

- Está hablando en un sentido figurado -protesté.

- ¿Qué significa figurado? -me preguntó él.

- Significa que no puede tener una familia formada por miles de individuos. No tiene sentido. Idkereda le preguntaba por sus padres, sus hijos, su compañera o compañero... 

- Quiere decir que Idkereda me preguntaba por mis genes.

- Más o menos.

- Pero... si tengo niños terkuma adoptados... ¿no son mi familia?

Y entonces señaló a Aniolita con uno de sus tentáculos-brazo.

- Y si son humanos... ¿no son mi familia?

Aniolita agarró con su mano humana la mano terkuma y se la pasó por la mejilla.

- Por supuesto que sí -respondí yo-, no tergiverse nuestras palabras.

- Es que sus palabras son muy pequeñas, si no juego un poco con ellas no hay forma de contestar a sus preguntas.

- Entonces quizá lo que debería preguntarle es qué significa para usted que la comunidad entera sea su familia.

- Lo mismo que puede significar para un humano.

- No puede ser, Palabra -insistí-, para nosotros no tiene sentido una familia formada por miles de individuos, la mayoría de nosotros ni siquiera podríamos recordar tantos nombres. ¿No tienen algo más pequeño, más manejable?

- ¿Manejable?

- Me resulta difícil -expliqué-... concebir tantos vínculos afectivos actuando a la vez, cómo los padres pueden sentirse unidos como padres a todos los niños de la comunidad, o cómo los niños terkuma pueden sentir vínculos filiales con todos los adultos de la comunidad. ¿Usted es su profesor de astronomía y también su padre, todo a la vez? No lo entiendo, Palabra.

- Está mirando el mundo que le rodea a través de las imágenes heredadas de su civilización.

- Es que nuestra civilización -intervino Idkereda- hace tiempo que dejó atrás la tribu, o el clan, o al menos eso nos gusta pensar. En una sociedad de cazadores-recolectores la tribu debía de ser tan importante como la familia. Pero hace miles de años que empezamos a dejar atrás ese esquema, más o menos cuando se inventó la agricultura y las comunidades empezaron a crecer.

- ¡Exactamente! -exclamé-. Esa es la palabra: crecer. Nunca llegó a haber tribus de miles de individuos, y si las había, antes estaba la familia. La intensidad de los vínculos disminuía mucho antes de llegar... yo qué sé, a los cien individuos. Pero no es una cuestión humana: es una cuestión de gestión de la información. No es que veamos su comunidad con ojos humanos, Palabra, es que no puedo concebir cómo manejar tantos vínculos con una carga afectiva eficaz, tantos compromisos y relaciones familiares. Sólo intentar imaginarlo me resulta agotador.

- Quizá es que las familias humanas sean agotadoras.

- Quizá sí -admití-, pero a Trae consigo le dolió como algo personal la muerte de Nevando cerezas, como le hubiera dolido a cualquier padre, al menos eso nos pareció entender a todos. ¿Le dolió en la misma medida a usted, Palabra?

- Por supuesto -contestó Palabra con vehemencia-, su dolor fue compartido con toda la comunidad. Todos perdimos un hijo. Ustedes fueron testigos. ¿No nos vieron recibirle? Ustedes estaban allí. ¿No escucharon nuestro canto? Ese es el vínculo filial entre terkumas: el canto. La familia será tan grande como grande sea la distancia a la que pueda llegar nuestro canto. ¿Qué otro vínculo quiere que tengamos? No somos mamíferos. Nuestros hijos salen de un huevo que pone la hembra cuando ya está prácticamente desarrollado en su interior; hay varias estancias dedicadas a ello en el árbol-torre. Pueden visitarlas, si les apetece. Cuando nacen no necesitan recibir leche materna, no buscan un pecho ni el calor de un abrazo. Reciben comida semidigerida previamente por el padre, la madre o cualquier terkuma que quiera proporcionársela... ¿Recuerdan la ceremonia en el restaurante? Se crían en comunidad, entre todos. Lo que un terkuma sienta al ser padre, lo puede sentir cualquier terkuma adulto que escuche su canto.

- Y cuando se acabe el canto, el ritual, la ceremonia... lo que sea, entonces Trae consigo y su compañera quedarán solos. A solas con su dolor.

- Es cierto y no es cierto, Katmai. Es cierto que cuando acaba el canto, dejamos de sentir lo que siente Trae consigo al perder a su hijo. No es cierto que esté a solas con su dolor. El haber sentido su pérdida convierte su pérdida también en nuestra pérdida. Cesa el canto, pero su experiencia sigue dentro de nosotros y forma parte ya de nuestra propia vida, y elaboramos nuestros propios sentimientos. Trae consigo no está solo. No camina aislado de sus hermanos terkumas. Sabe que su dolor vive en todos nosotros.

Idkereda, niño abandonado, huérfano de profesión, superviviente a orfanatos y, de momento, también a guerras, suspiró.

- ¿Tiene usted hijos, Palabra? -preguntó-. Quiero decir... hijos con su misma genética.

- Fui padre dos veces y madre una vez, hace muchos años.

Idkereda y yo nos miramos.

- ¿Dónde están sus hijos ahora? -pregunté yo.

- Murieron en la invasión keruva. Y mis padres. Y prácticamente toda mi comunidad.

- Lo siento.

- ¿Comprende por qué la mayoría de terkumas les tienen miedo?

- Porque usted ahora ha escuchado mis palabras lo siento pero... a pesar de conocer su significado... no le han transmitido mis emociones. Es como si yo no sintiera nada, como si no hablara, como si estuviera vacío por dentro... y fuera un monstruo.

- Así es.

- Supongo que usted comprende que no es así.

- Lo comprendo. Pero no pueden esperar el mismo grado de comprensión por parte de todos mis congéneres. Sobre todo si van dejando un rastro de víctimas a su paso.

Apreté los labios y aparté la mirada. Palabra continuó hablando:

- A veces, nuestras emociones personales, tanto si son grandes y desapegadas como si son pequeñas, egoístas y miserables, nos ciegan y va bien condimentarlas con una perspectiva social. Incluso histórica. Pero no sé cuánto tiempo podré contener las voces terkuma que están en desacuerdo conmigo. Las voces que abogan por entregarles al Ínbid... Yo creo que el mejor camino para la paz es mantener la neutralidad, pero no todos los terkumas están de acuerdo conmigo. Ya saben, el Ínbid, aquellos a los que debemos tanto...

- Está usted siendo muy sincero hoy -dije.

- Siempre intento ser sincero.

- No pueden pedirnos que confiemos ciegamente en ustedes, no en medio de una guerra contra el Ínbid.

- Lo sé -admitió Palabra-, les entiendo. No les pido confianza ciega. Sólo les pido que su miedo no ciegue su juicio.

Miré hacia los campos de irmmunniamon. Pensé en mis padres. En las muchas horas de trabajo que necesitaron junto con todos los colonos para poner en funcionamiento el ecosistema del planeta que les había acogido. En las muchas horas que habían invertido en criarme y educarme.

- ¿Podemos descender? -pedí-, ¿podemos acercarnos a los árboles?

Palabra hizo que la lágrima descendiera pero aún se quedó a demasiada altura para poder hacer lo que pretendía hacer.

- Un poco más, por favor -pedí-. Me gustaría acariciar las espigas de irmmunniamon.

Palabra no puso objeción alguna. Descendimos aún más y acercó la lágrima a uno de los árboles que aún conservaba la cosecha en su tronco. Una de las membranas transparentes se desvaneció y me bastó con alargar el brazo y extender la mano para poder acariciar las espigas. Su tacto era parecido al de las espigas de trigo cuando aún están verdes en los campos pero ya se doblan cargadas de grano. Las acaricié exactamente como acariciaba el trigo cuando era niño. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, un latigazo de nostalgia y de emoción.

- ¿Cuánto trabajo requiere todo esto? -pregunté intentando templar mi voz.

Palabra me miró sin comprender.

- ¿Qué quiere decir? -me preguntó.

- ¿Cuántas horas al día dedican a trabajar los terkumas?

- No sé si le entiendo -contestó-, los terkumas trabajamos todo el día.

- ¿Todo el día?

- Está claro que no os entendéis -opinó Idkereda mientras seguía observando los campos en el lado opuesto del vehículo-lágrima. Para él, acariciar espigas no significaba nada. A mí me infundía paz y serenidad, me hacía sentir confianza y seguridad en mí mismo; sin embargo, para mi amigo era un gesto carente por completo de sentido. Él seguía obsesionado con lo que había más allá de la membrana de agua, como si quisiera percibir el movimiento de las espigas al crecer o descubrir dónde estaba el truco, dónde la trampa; pero acariciar el objeto de su obsesión no tenía sentido alguno para él.

- Imagine -le expliqué- que su deber es venir a trabajar a este campo en lugar de vigilarnos y negociar con el Ínbid. ¿Cuántas horas debería venir aquí cada día para cumplir adecuadamente con su deber?

Palabra me miró durante un buen rato en silencio. Se mesaba los cilios bucales como un viejo maestro humano se mesaría la barba. Creo que estaba pensando qué podía contestar al alumno especialmente torpe que tenía delante, cómo podía explicarle todo lo que el alumno necesitaba saber para formular bien las preguntas, y explicárselo con pocas palabras, para evitar cansarse demasiado. O quizá simplemente estuviera intentando entender el significado de la palabra “deber” para los seres humanos.

- Creo que la respuesta correcta a su pregunta es dos o tres horas -dijo finalmente-, más o menos. Un momento, necesito calcular...

Palabra se quedó pensativo un segundo.

- Sí -dijo al fin-, dos o tres horas.

- ¿Sólo dos o tres horas? -exclamé-, ¿dos o tres horas al día?

Idkereda dejó de mirar fijamente los campos de irmmunniamon para posar su mirada en el cráneo de Palabra.

- A ver -dijo el biólogo-, todo lo que vemos a nuestro alrededor es un entorno elaborado a partir de una ciencia y una tecnología avanzadas. Para mantenerlo en funcionamiento se requiere transmitir generación tras generación todo ese conocimiento, y para conseguir adquirir ese conocimiento habrá muchos terkumas ahora en este mismo momento que estarán estudiando intensa, denodadamente, dedicando muchas horas al día al estudio... ¿para qué? ¿Para trabajar sólo dos o tres horas al día en lo que han aprendido con tanto esfuerzo?

Palabra dio una orden y su asiento giró hasta que le tuvimos enfrente de nosotros. Aniolita siguió mirando aburrida hacia delante.

- Tiene usted razón -admitió Palabra-, no nos entendemos.

- Pues es bien sencillo, Palabra -dije-, trabajo, recursos, tiempo, economía. Son conceptos sencillos para cualquier civilización tecnológicamente avanzada.

- No, no lo son -me corrigió el terkuma-, el progreso tecnológico conlleva un replanteamiento del concepto de trabajo. Y si no me cree, intente hablar de ello con los Coleccionistas, o con los vispoides, ambas son especies tecnológicamente avanzadas, a ver si se entienden entre ustedes. La respuesta a Idkereda es que los terkumas trabajamos todo el día.

- ¿En qué quedamos? -insistí yo-, ¿dos o tres horas o todo el día?

- Ambas respuestas son correctas.

- Fantástico.

Al percibir nuestro desconcierto, Palabra intentó explicarse mejor:

- Hay tareas para las que se establecen turnos de dos o tres horas -dijo-, otras ocupan todo el día. Pero dicho de esta manera, se llevarán una visión equivocada de nuestra sociedad. Sus preguntas están condicionando mis respuestas. Tienen que cambiar sus preguntas si quieren comprender nuestra sociedad. No preguntan bien. Aprendan a preguntar.

Nuestro anfitrión volvió a girar su asiento y de nuevo perdimos su rostro de vista.

Idkereda y yo nos miramos pero no dijimos nada. Coincidimos ambos en que no teníamos tiempo para aprender a preguntar y nos quedamos con la boca cerrada. Así fue, cuando el terkuma  puso en orden sus pensamientos, continuó:

- Para que entiendan nuestra forma de repartir los recursos primero tendríamos que ponernos de acuerdo en qué es trabajo. Trabajo es el esfuerzo necesario para mantener el espacio artificial en el que vivimos. Hace miles de años puede que fuera más sencillo: cazar, recolectar, luchar... son conceptos sencillos en los que podríamos ponernos de acuerdo, a pesar de ser especies tecnológicamente evolucionadas, ¿no, Katmai? Enseguida se complicó todo: elaborar herramientas, encender fuego, mantenerlo encendido, elaborar ropa. Surgió la especialización. Si un terkuma no va a cazar pero elabora una herramienta que sirve para cazar o para limpiar la pieza... también merece comer, ¿no? Creo que los humanos estarán de acuerdo conmigo. Miles de años después aquí estamos. ¿Qué es trabajar? ¿Seguiremos usando la misma definición que funcionaba miles de años atrás? ¿O la renovamos para poder entendernos mejor? Trabajar es el esfuerzo necesario para mantener el espacio artificial donde vivimos, un espacio donde gobierna la voluntad terkuma, no la ley de la naturaleza, no la ley del más fuerte. Cualquier esfuerzo que ayude a mantener este espacio en el que vivimos y en el que impera la ley terkuma y no el implacable y salvaje orden natural. Eso es trabajar. Los terkumas trabajamos todo el día.

- De acuerdo, Palabra -insistí-... pero... ¿cómo reparten los recursos? ¿Qué esfuerzo se considera más valioso? ¿El del profesor de Matemáticas o Astronomía o el de un agricultor que con su trabajo proporciona comida? ¿O el de un minero que con el suyo proporciona mineral?

- ¿Agricultor? ¿Minero? Ese trabajo lo hacen las máquinas, en su mayor parte.

- ¿Y quién vigila a las máquinas? -preguntó Idkereda.

- Otras máquinas. El poco trabajo a nivel de producción de bienes materiales se reparte en turnos de dos o tres horas al día. Desde luego, hay terkumas trabajando en la siembra y la recolección del irmmunniamon, pero no trabajan más de tres horas al día en los campos o en el mantenimiento de las máquinas y graneros. También hay terkumas trabajando en la mejora de cultivos, ingenieros y biólogos, algunos de ellos trabajan todo el día, otros sólo dos horas o tres. Depende de lo que decidan.

- ¿Y el resto del tiempo? -insistió Idkereda, en un nuevo intento por extraer más información de nuestro interlocutor-, ¿qué hacen el resto del tiempo?

- El resto del tiempo -contestó el terkuma- siguen trabajando: son profesores de Astronomía, estudiantes, entomólogos, pintores, creadores de obras de teatro, inventores de palabras. Lo que les apetezca. La mayor parte de terkumas buscan ocupaciones que les hagan felices.

- La mayor parte de humanos, si no pudieran trabajar muchas horas al día, serían muy infelices -murmuró Idkereda.

Yo tomé el testigo que el murmullo de Idkereda había dejado huérfano en el aire y dije:

- De la felicidad no se come, Palabra. Insisto: un terkuma se dedica a coleccionar insectos porque eso le hace muy feliz, ¿qué ocurre cuando necesita comprar comida? ¿Con trabajar dos horas al día tiene bastante para comer y ganarse un espacio en el árbol-torre?

- No compramos comida. Si necesitamos comida, vamos al comedor del árbol-torre o se la pedimos a las máquinas.

- Eso no es cierto -repliqué-... ¿y el bazar? Vimos a Trae consigo entrar a pagar los dulces, usted mismo nos dijo que no hizo falta pagarlos: que eran un regalo. ¿Y el restaurante? ¿También son gratis, los restaurantes?

- Está mal interpretando todo lo que ha visto. Ya les expliqué, precisamente en lo que ustedes llaman el bazar, que utilizamos una especie de función de entropía para cuantificar la organización y el bienestar social. Todas las actividades individuales o colectivas contribuyen a esta función entropía, de la misma forma que el trabajo de un ciudadano contribuye a lo que ustedes llaman el producto interior bruto de una colonia. Según su contribución, así se retribuyen. No sólo cuenta el número de horas que ha trabajado en los campos o en las minas. También pesa en esa función el narrar historias, observar astros o insectos, coleccionar fósiles, lanzar cometas al aire, inventarse palabras, no sé, seguro que ustedes tienen más imaginación que yo. Hay terkumas que se dedican a estudiar toda su vida, y a cambio reciben... cómo lo llaman ustedes... un sueldo, reciben un sueldo por ello. Es así de sencillo. Igual que lo recibirían el entomólogo o el pintor o el escultor. En realidad no es un sueldo, no utilizamos dinero. Utilizamos algo a lo que llamamos derechos de consumo. Es una traducción libre. El caso es que cuanto más contribuyes al mantenimiento del espacio terkuma, más derechos de consumo adquieres. Los terkumas que trabajan evaluando continuamente la entropía lo llaman “derechos de carga personal de termalización”. En fin, podríamos inventarnos nuestro propio nombre. A mi personalmente “carga” me gusta, porque es una carga, un peso, pero termalización no tiene mucho significado. Al menos para mí. Quizá su compañero biólogo, o su oficial científico Alkai, sabrían explicárnoslo.

Idkereda estaba mirando de nuevo fijamente hacia los campos de irmmunniamon. Su atención, sin embargo, permanecía en la conversación.

- Este compañero biólogo computacional -dijo- no es la persona más adecuada para explicar nada. El estado de asombro y expectación permanente en el que vive desde hace días no puede ser bueno para su salud y apenas le deja fuerzas para comprender las palabras que llegan a sus oídos.

- ¡Venga ya, Idkereda! -exclamé-. Deje de lloriquear y díganos en qué está pensando.

- Está bien -cedió Idkereda-. Les explicaré en qué estoy pensando. Estoy pensando en la cuantificación de la información y en su relación con la entropía. Los primeros trabajos datan del siglo XX, por Shannon y compañía. Termalización supongo que se refiere a un factor que tiende a llevar el sistema hacia el equilibrio con el medioambiente; en el caso de una civilización, tendería a destruir el excedente y la organización que permite distribuirlo de forma justa. A finales del siglo XXI algunas de las nuevas colonias humanas extraterrestres intentaron organizarse a partir de conceptos termodinámicos, con sistemas que me recuerdan mucho a lo que usted explica, Palabra. Después de los sistemas comunistas del siglo XX, fue el primer intento serio de plantear una alternativa al capitalismo. Pero fracasaron estrepitosamente, ninguna de esas colonias perduró. Hoy en día los seres humanos siguen trabajando muchas horas al día, los que tienen trabajo, y los que no lo tienen, lo buscan desesperadamente y, si no lo encuentran, se sienten unos fracasados y sobreviven como pueden a la miseria, porque los sueldos de ciudadanía no dan para mucho. Sigue habiendo unos pocos seres humanos extraordinariamente ricos y una inmensa mayoría más bien pobre. La existencia humana sigue siendo una lucha despiadada contra todo y contra todos con dos conceptos fundamentales como guía: la victoria a toda costa y la reproducción. Sin piedad, sin misericordia alguna, sin ninguna otra conciencia que no sea el instinto y el hambre. Sí, es una caricatura, pero mirad a vuestro alrededor. Habrá remansos de paz y excepciones, pero el producto interior bruto sigue siendo un parámetro esencial para entender la vida de los cincuenta mil millones de seres humanos que pueblan el Universo. Lo que nos salvó de la extinción durante el siglo XXI no fue un cambio esencial en nuestra forma de ser, fueron los adelantos tecnológicos: gracias a estos adelantos pudimos seguir siendo como éramos. Como seguimos siendo.

- Son una especie joven -dijo Palabra.

- Gracias, Palabra -contestó Idkereda. Pude ver su sonrisa sardónica reflejada en la membrana del vehículo-lágrima-, es usted muy amable y educado, supongo que el Ínbid nos llamaría simplemente gilipollas.

- Quizá sea usted demasiado severo.

- No puedo ser de otra manera, Palabra, cuando me ha tocado vivir en una sociedad donde mi única opción era firmar un contrato con el ejército si quería hacer algo con mi vida, algo más que trabajar como un esclavo, quiero decir.

Ante otro comandante, Idkereda no se habría atrevido a decir algo así. Ni siquiera ante mí en otras circunstancias. Si se atrevió a decirlo es porque en aquel momento me veía como un amigo, no como un comandante.

De repente, su mirada cambió. Volvió a fruncir el entrecejo y señaló un punto concreto del campo de irmmunniamon, situado a nuestra derecha pero varias terrazas por debajo de nosotros. Seguí con la mirada la dirección en la que apuntaba el dedo índice de su mano derecha.

- ¿Qué es eso? -preguntó sin relajar el entrecejo.

Distinguí una nube que se dispersaba lentamente entre las copas más altas. Era una nubecilla tenue que brillaba ligeramente al sol, como si estuviera compuesta por miles de gotas diminutas de rocío.

En lugar de darnos una explicación, Palabra maniobró el vehículo-lágrima.

- Agárrense -nos advirtió-, vamos a acercarnos.

Descendimos varias terrazas rozando la copa de los árboles mientras el vehículo-lágrima viraba suavemente hacia nuestra derecha. Observé que Aniolita sonreía. Había permanecido a nuestro lado sin mostrar interés ninguno en la conversación. Incluso había momentos en los que parecía francamente aburrida. Sin embargo, en aquel momento sonreía.

Palabra situó la lágrima de transporte justo debajo de una de las copas donde habíamos visto la nube. Teníamos las primeras ramas a pocos centímetros por encima de nuestras cabezas y el suelo a muchos metros de caída en línea recta. La lágrima oscilaba ligeramente movida por las corrientes de aire. El panorama era un poco sobrecogedor, había momentos en los que las paredes de la lágrima se volvían tan transparentes que parecía que nada nos sostuviera en el aire.

De cerca, aquellos árboles eran aún más impresionantes. A la altura a la que nos encontrábamos y tan próximos a la cúspide del árbol, la sensación era igual a estar sentados en una de sus ramas. El sol aún estaba muy cerca del horizonte y sus rayos nos iluminaban directamente. Si hubiera estado un poco más alto, la copa habría proyectado su sombra sobre nosotros pero no a aquellas horas de la mañana.

Palabra movió lentamente el vehículo-lágrima hasta situarlo a apenas un metro del tronco. 

- Aniolita -dijo Palabra- muéstrale al humano curioso qué era aquella nube.

Aniolita pronunció una palabra terkuma y el techo del vehículo-lágrima se abrió. Extendió sus brazos y arrancó un fruto que colgaba de una de las ramas del árbol de irmmunniamon. Tenía una forma y un tamaño parecido al de una pelota de rugby, aunque muy ensanchada por el ecuador, y era de color anaranjado, casi rojizo en los extremos más agudos. Uno de estos extremos estaba abierto.

Aniolita giró hacia Idkereda y apuntó el extremo abierto hacia él.

- ¡Aniolita! -exclamé.

La sonrisa de la mujer se acentuó.

Las arrugas del entrecejo de Idkereda también.

Ninguno de los dos nos atrevimos a movernos mucho: lo etéreo del vehículo en el que nos encontrábamos a unos cincuenta metros de altura, como mínimo, no favorecía nuestros reflejos.

Aniolita apretó la fruta con violencia.

Un chorro de partículas blancas y peludas salió disparado hacia Idkereda, que se protegió el rostro con los brazos pero no pudo evitar quedar totalmente sumido en una nube de aquellos corpúsculos.

Empezó a estornudar y a llorar casi inmediatamente.

Aquellas briznas de irmmunniamon eran muy parecidas a semillas de diente de león, pero más pequeñas. Flotaban en el aire y las corrientes las dispersaron fácilmente por todo el interior de la lágrima, las sacaron fuera y alejaron buena parte de ellas en pocos segundos. A pesar de ello, no tardé mucho en correr la misma suerte que Idereda y empecé a estornudar también, una y otra vez. Me sentía como si hubiera aspirado un puñado de pimienta. Me lloraban los ojos y estornudé varias veces seguidas sin poder evitarlo. Incluso Aniolita y Palabra estornudaron.

De todas formas, el que se había llevado la peor parte había sido Idkereda.

- No se preocupe -nos tranquilizó Palabra mientras maniobraba la lágrima de transporte y empezábamos a adquirir altura-, no tardará mucho en recuperarse, y cuando se le haya pasado se sentirá mucho mejor. Es una purificación.

Idkereda estornudó varias veces y sus ojos vertían lágrimas de cocodrilo.

Aniolita se partía de risa. Lanzó aquella fruta, o lo que fuera, por el techo del vehículo-lágrima justo antes de que se cerrara y nos explicó:

- De niña jugaba con los otros niños a lanzarnos semillas de irmmunniamon. Los terkumas las utilizan para limpiar todas sus vías respiratorias. Producen una substancia desinfectante.

Palabra estornudó otra vez. Observé cómo toda la base de su cráneo, donde estaban situados sus pulmones, se contraía violentamente. Luego estornudé yo, y Aniolita.

- A mí, ... -murmuró Idkereda-... no me apetecía

Estornudo.

- ... limpiar mis pulmones.

Estornudo.

- No se queje y siga estornudando -sentenció Palabra-... No sólo limpia pulmones. Limpia todo. ¿Cómo no le va a apetecer tirar peso inútil? La curiosidad tiene sus riesgos, pero a lo mejor a base de estornudos consigue echar fuera toda la amargura que lleva dentro. Será como si cambiara de ojos o se limpiara las gafas. Verá el mundo de otra forma.

Aniolita se reía. Su aburrimiento se había disipado. Idkereda derrumbado en el suelo de la lágrima, estornudando y lagrimando con la misma cara de desconcierto que tendría un niño pequeño, le parecía extremadamente gracioso.

La cromoplaneadora ascendía incansable el curso del río. Segundo a segundo, la distancia que nos separaba de nuestro objetivo era cada vez menor. El casco de la embarcación terkuma dividía las aguas sin que la fuerte corriente en contra le afectara en lo más mínimo y la risa de Aniolita salpicaba mis recuerdos igual que el agua del río salpicaba el aire. En otras circunstancias, la alegría de la mujer habría sido contagiosa. Pero, atrapados en un entorno desconocido casi por completo, su despreocupación y su seguridad en sí misma me sumían en un estado de alerta y desconfianza hacia todo lo que me rodeaba. Todo lo que ella sabía, yo lo desconocía; su conocimiento era la medida de mi asfixiante ignorancia, y su risa me lo recordaba de una forma incontenible y lacerante. Me fijé en el río y alcé la mirada siguiendo el mismo camino que seguía su cauce. Parecía no tener fin.

Al día siguiente unos niños terkuma se atrevieron de nuevo a acercarse a nosotros. En algunas cosas, los terkumas mostraban una semejanza notable con los humanos, en otras, eran extremadamente diferentes. Tanto en un caso como en otro, era desconcertante. Cuando mostraban semejanzas nos desconcertaba que un ser con aspecto de pulpo y cilios bucales pudiera ser parecido a nosotros, cuando mostraban diferencias, nos asombraba que la vida inteligente en el universo pudiera ser tan diferente a lo concebible desde una perspectiva humana. No nos asombraba tanto del Ínbid: medusas y vispoides eran tan diferentes a nosotros que era como si formaran parte de otro Universo y, por lo tanto, no fueran sorprendentes sus diferencias respecto a nosotros. Pero los terkumas nos confundían: por poder compartir chistes con ellos teníamos la impresión, de que en todo lo demás, no sólo en el sentido del humor, debían de ser muy parecidos a nosotros. Naturalmente, era una impresión equivocada. Y cuando nos dábamos cuenta de ello, quedábamos desorientados. Aquel día, el día en que volvieron a acercársenos los niños terkuma, una o dos horas después del amanecer, acompañamos a Palabra a los baños terkuma, situados al lado de las dársenas, entre las raíces del árbol-torre. Aniolita también vino con nosotros. Desde un punto de vista genético, ella era humana, pero todas sus costumbres, hasta donde se lo permitía su biología, eran terkumas, y los terkumas, al menos los de aquella comunidad, tenían costumbre de bañarse antes de tomar la primera comida del día. Los baños eran piscinas abiertas al mar interior donde se encontraba el árbol-torre. El agua era ligeramente salada, como en todo el manglar. Las piscinas eran las termas romanas de los terkumas. El agua, además de salada, estaba más bien fría para el gusto humano. Palabra, y el resto de los terkumas, sin embargo, parecían encontrar deliciosa la temperatura a la que se encontraba. Descendían de los dormitorios y se zambullían en ella sin el menor titubeo, nadaban hasta el lado opuesto y subían al piso del comedor comunitario. Los robots de servicio les esperaban para darles redecillas nuevas al emerger del agua. Otros robots recogían las que habían dejado abandonadas al lanzarse al agua. Idkereda, Alkai y yo nos quitamos los pijamas y los dejamos bien ordenados a un metro del borde de la piscina, tal como nos sugirió Palabra que lo hiciéramos y tal y como vimos que Aniolita hacía con su ropa; supusimos que las máquinas se encargarían de recoger todo.

A diferencia de los terkumas, nosotros sí titubeamos al sumergirnos en el agua. Incluso Aniolita titubeó.

Estaba realmente fría y acabábamos de levantarnos.

Cuando finalmente nos lanzamos, fue casi como una descarga eléctrica. Los últimos rastros de somnolencia desaparecieron de repente de mi cuerpo, mis músculos se tensaron y me tuve que concentrar para mantener el ritmo de mi respiración.

Empecé a nadar hacia el lado opuesto con un vigor que sólo unos segundos antes me hubiera sido imposible creer que mi cuerpo poseyera, embotado como estaba. Numerosos rayos de luz se filtraban entre las raíces aéreas del árbol-torre, pero caían oblicuos sobre el agua y las profundidades de aquella piscina permanecían ocultas tras un manto de oscuridad. La luz se adentraba unos metros en el agua pero era tan hondo y amplio el espacio en el que nadábamos que a partir de cierta profundidad se difuminaba la claridad y vencían las tinieblas. De forma totalmente imprevista, me pareció ver formas curvilíneas deslizarse en silencio en la penumbra, unos metros por debajo de nosotros, volúmenes borrosos ondulándose justo en la frontera entre la luz y la oscuridad.

¿Medusas?

Idkereda iba a mi lado. Alkai nos había adelantado a los dos. Aniolita iba detrás de nosotros. Nadé más deprisa.

Recordé, súbitamente, un sueño que había tenido aquella noche. Fue como zambullirme de nuevo... esta vez en las sensaciones que había tenido durante el sueño.

Nadaba en el océano. El fondo se encontraba a varios kilómetros bajo mi vientre. Era igual que volar. La sensación de ingravidez me hacía sentir al margen del tiempo. También en mi sueño los rayos de luz hendían sin éxito las profundidades, y también había seres que se ocultaban en la penumbra, expertos nadadores que me acompañaban en silencio. ¿Quiénes eran? No lo sé, pero la sensación de presencia ajena que inundaba mi pecho y me erizaba el vello de la nuca era ineludible. Había algo que me acompañaba, oculto... ¿Algo? No: alguien.

Al recordar el sueño, sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo y nadé más deprisa aún. Había vuelto a sentir su presencia, ahí conmigo, en la piscina. ¡En plena vigilia!... Idkereda creyó que estaba compitiendo y me adelantó. Se equivocaba. Sólo quería salir cuanto antes del sueño. De la piscina.

Al llegar al lado opuesto, me tendió la mano y me ayudó a salir del agua.

- Sigo siendo mejor que usted, señor -dijo con una sonrisa socarrona.

En los campamentos de verano de planeta Cantor habíamos competido en numerosas ocasiones y nunca había conseguido ganarle. Era mejor que yo. No hice ningún comentario. Podría haber señalado que Alkai había llegado antes que ninguno de los dos, pero en aquellos momentos lo único que me importaba era que ya estábamos los tres fuera del agua. Ayudamos a salir a Aniolita y, tiritando, buscamos el calor de la luz del sol.

Caminamos unos metros hacia el exterior y nos quedamos plantados en una zona donde la luz entraba a raudales entre las raíces del árbol-torre. Dejamos que la calidez del sol templara nuestros cuerpos después de la frialdad del agua. Era una sensación agradable y placentera. Palabra nos siguió con paciencia. Se acercó acompañado por varios robots de servicio.

- Les han traído toallas para que se sequen -nos dijo mientras se colocaba en su cráneo una nueva redecilla. Con un rápido movimiento de sus tentáculos-brazo, Palabra extendió la redecilla sobre su cabeza, de forma parecida a como un pescador lanza la red al lado de su barca, y el vestido terkuma se posó sobre él y cayó blandamente por los lados hasta cubrir también parcialmente sus tentáculos. Teniendo en cuenta lo avanzado de la nanotecnología terkuma, adelantos que habíamos tenido oportunidad de comprobar al utilizar las almohadas de comunicación, por ejemplo, no podíamos descartar que aquellas redes no fueran también algún tipo de vestido funcional, algún tipo de emisor-receptor de pensamientos, por ejemplo, parecidos a los que teníamos implantados los humanos en nuestros cerebros.

Los terkumas no utilizaban toallas. Simplemente se colocaban aquella prenda aparentemente sencilla en sus cráneos y subían directamente al comedor. Nosotros nos envolvimos en las toallas y al cabo de unos segundos empezamos a secarnos vigorosamente. Incluso nuestras toallas podían ocultar todo tipo de sensores y transmisores.

- Son imaginaciones mías, Palabra -dijo Idkereda-, o hay más de una pareja terkuma en actitud muy cariñosa por aquí cerca.

No eran imaginaciones suyas. Yo había visto lo mismo y lo había interpretado de la misma forma. La piscina terkuma no tenía una forma geométrica definida, diferentes entrantes, recodos y remansos deformaban su perímetro y creaban numerosos espacios de poca profundidad donde se podía encontrar un poco de intimidad. Y había alguna que otra pareja, e incluso algún que otro grupo reducido, ocupando esos espacios.

- Para nosotros no es tabú... mostrar actitudes cariñosas aquí en los baños -aclaró Palabra.

Fue en ese momento cuando un niño terkuma se acercó a nosotros sin que lo viéramos venir y tocó la pierna de Alkai. Ella dio un respingo y, al ver su sobresalto, Idkereda y yo nos pusimos en guardia. Alkai se giró rápidamente y nosotros con ella pero para cuando pudimos ver lo que pasaba a nuestras espaldas, lo único que vimos fue un niño terkuma alejándose de nosotros a toda prisa.

Se dirigía hacia un grupito de niños que le jaleaba con los tentáculos-brazo en alto, los ojos muy abiertos, los cilios bucales ondeando como banderas y los cráneos iluminados con vivos colores. Cuando llegó al grupo, todos le rodearon y, sin dejar de gritar excitados, le tocaron el cráneo y le alzaron entre varios.

Palabra parecía disgustado.

- No pasa nada -nos tranquilizó-, son niños, están jugando, perdonen un momento.

Se encaminó hacia el grupo de niños y cuando llegó a su lado bastó una sola palabra suya para que los gritos y la algarabía cesaran como por arte de magia. Los niños miraron a Palabra y éste empezó a hablar en terkuma, señalando a ratos hacia el aire con uno de sus tentáculos-brazo, igual que un severo maestro puede señalar con el índice hacia el cielo al sermonear a sus alumnos.

Nosotros no nos movimos del sol. Dejamos las toallas en el suelo y los robots de servicio las recogieron y se las llevaron. Era agradable sentir cómo la calidez de la luz solar iba secando nuestra piel. Unos cuantos robots permanecieron a nuestro lado, con pijamas limpios y secos dispuestos en sus bandejas. Observé que también tenían ropa para Aniolita.

El instante de paz no duró mucho.

Enseguida se nos acercaron más terkumas. Acababan de bañarse en la piscina, algunos provenían de los rincones íntimos que se repartían a lo largo de su perímetro. Eran más grandes que los niños con los que estaba hablando Palabra en aquel momento. Se dirigieron a nosotros en terkuma y nos señalaban con sus tentáculos-brazo. Su actitud no parecía agresiva pero tampoco tenían ningún tipo de pudor. 

Aniolita sonrió y respondió en terkuma.

- No entendemos -dije yo.

Uno de los terkumas se adelantó y me señaló específicamente a mí con uno de sus tentáculos-brazo, dijo algo en terkuma y luego señaló a Alkai. Después se giró hacia sus congéneres, dijo más palabras en terkuma y sus congéneres reaccionaron con una algarabía general, con una efervescencia muy parecida a la risa. El terkuma volvió a mirarnos, volvió a señalarnos y luego señaló la piscina, hacia los rincones íntimos.

- Lo siento -insistí yo encogiéndome de hombros y mostrando la palma de las manos-, pero no entendemos nada.

Aniolita sonreía divertida.

El terkuma dio un paso hacia delante.

- Aniolita -pedí-, dígale que no entendemos nada.

Aniolita dijo algo en terkuma sin dejar de sonreír.

Los cilios del terkuma se agitaron y su cráneo se iluminó con colores brillantes y fugaces. Empezó a hablar de nuevo. Al mismo tiempo adelantó sus tentáculos-brazo hacia Alkai y hacia mí. Concretamente hacia nuestros pechos.

Alkai reaccionó rápidamente y agarro la mano del terkuma antes de que llegara a tocar su pecho. Yo di un paso hacia atrás.

- Aniolita, por favor -dijo Alkai muy seria-, dígale a este pulpo que lo que está haciendo es de muy mala educación, al menos desde el punto de vista humano, que es el punto de vista que cuenta tan cerca de mi piel.

El terkuma intentó retirar su mano, pero no pudo. Alkai la tenía firmemente sujeta.

Aniolita se inclinó ligeramente y acarició el cráneo del terkuma mientras decía unas palabras en su idioma. El resto de terkumas se mantenían en silencio, expectantes.

El terkuma que sujetaba Alkai la miró a los ojos y dijo unas palabras en su idioma.

- Dice que lo siente mucho -tradujo Aniolita-, que por favor lo suelte, que le está haciendo daño.

Alkai liberó la mano del terkuma.

- Lo siento, me ha asustado -explicó.

El terkuma dio una vuelta sobre sí mismo y miró de nuevo a Alkai. Sus compañeros se acercaron. Mientras el que había estado a punto de tocarnos se masajeaba la mano, otro terkuma se destacó del grupo y empezó a hablar muy deprisa, esta vez señalando a Aniolita, a la que tampoco cubría ninguna toalla, y a Idkereda, que contemplaba toda la escena con el mismo estupor que yo.

Aniolita, ante el discurso del nuevo terkuma, asentía sin dejar de acariciar el cráneo del terkuma que había intentado tocar los pechos de Alkai.

- Aniolita -dije-, le agradeceríamos que nos explicara qué está pasando.

Antes de atender mi petición, Aniolita respondió en terkuma al discurso que acabábamos de oír. Luego se irguió y agarró de la mano a Idkereda.

- No pasa nada -explicó-, se preguntan por qué no nos bañamos en los rincones para parejas de la piscina, nos invitan a bañarnos ahí. Nos dan permiso para utilizarlos; aunque seamos humanos, nos dicen que no les importa. Están intentando ser hospitalarios.

Idkereda sonrió. Alkai frunció el entrecejo. Yo pregunté:

- ¿Rincones para parejas?

- Es una traducción libre -me contestó Aniolita-. Les desconcierta las diferencias entre nuestros cuerpos. Los cuerpos terkumas no se diferencian por caracteres sexuales. Los caracteres sexuales sólo se marcan cuando hay una relación larga de pareja. Al ver que nuestros cuerpos son diferentes y que compartimos baño, creen que somos dos parejas. Y para ellos lo natural es que las parejas disfruten en algún rincón de la piscina. Si no lo hacemos, interpretan ellos, es porque no queremos abusar de su hospitalidad.

Una vez dicho esto, añadió unas palabras en terkuma que provocaron una gran hilaridad entre los terkumas que nos rodeaban y empezó a caminar hacia la piscina, llevando de la mano a Idkereda. Mi amigo no oponía resistencia alguna.

- ¡Un momento! -objeté-. ¿Qué hace?

Ella me miró con una sonrisa de oreja a oreja y me contestó:

- He aceptado su invitación.

- Pero, pero... no lo entiendo... usted lleva años viviendo entre ellos -objeté yo-, han tenido oportunidad de ver su cuerpo en muchas ocasiones, ya deberían saber cómo es el cuerpo humano, ya deberían saber que usted va a seguir teniendo pechos más grandes que los míos o los de Idkereda toda su vida, y sus caderas serán siempre más pronunciadas... ¡Maldita sea! ¿Cómo es que no lo saben?

Aniolita se detuvo. Mi desconcierto le parecía muy divertido. Idkereda saludaba con la palma de la mano alzada y abierta a los terkumas, que intentaban imitar su gesto. La otra mano seguía ocupada sosteniendo la de Aniolita. Mi amigo también hacía muecas que los terkumas intentaban imitar entrecerrando sus enormes ojos negros y moviendo sus cilios bucales. Mi amigo parecía ajeno a lo que se estaba discutiendo, como si no fuera con él, o no le interesara mucho. Parecía más interesado en interaccionar con consciencias diferentes a la suya.

- Llevo años fuera de esta comunidad -explicaba mientras tanto Aniolita- y estos son terkumas jóvenes, no creo ni que sepan quién soy.

Yo miré a mi amigo y, muy serio, le pregunté:

- ¿Y usted, Idkereda, no tiene nada que decir?

Idkereda dejó de jugar con los terkumas jóvenes. Salió de su ensimismamiento e impactó contra la realidad; impacto que le llevó a abrir mucho los ojos y a emitir un sonido vocálico que expresaba su desconcierto.

- Eh...

Tras lo cual, en lugar de dejarse llevar por Aniolita, agarró él la mano de la mujer y la alejó unos metros de nosotros.

- Perdonad un momento -se disculpó.

Tanto terkumas como humanos nos quedamos contemplando cómo Idkereda, a una distancia prudencial, daba una serie de explicaciones a Aniolita. Los terkumas se miraban entre ellos y cuchicheaban palabras incomprensibles.

No pudimos oír lo que Idkereda decía a Aniolita, pero no parecía estar siendo precisamente brusco: sostenía entre sus manos las manos de la mujer y murmuraba unas palabras ante las cuales Aniolita no dejaba de asentir y sonreír de vez en cuando.

Cuando Idkereda dejó de hablar, Aniolita le miró con una expresión en sus ojos que me desconcertó: le estaba mirando con ternura. Fue sólo un instante. Una mirada fugaz, tierna, cargada de amor y subrayada con una caricia en la mejilla. No tuve tiempo de reaccionar. Al cabo de un segundo ni siquiera estaba seguro de lo que había visto, y para cuando la pregunta ¿Qué le habrá dicho Idkereda a esta mujer para que ella le mire así? se formó en mi mente, los culpables de que me hiciera tal pregunta ya estaban de vuelta.

Aniolita no nos dio ninguna explicación a mí ni a Alkai, directamente se encaró con los terkumas y empezó a explicarles algo en su idioma: supongo que por qué no íbamos a aceptar su invitación, que muchas gracias. Idkereda tampoco nos dio ninguna explicación, ni siquiera prestó atención a lo que hacía Aniolita, se limitó a coger uno de los pijamas que sostenían los robots de servicio en sus bandejas y empezar a vestirse. Alkai hizo lo mismo.

Cuando Aniolita dejó de hablar, todos los terkumas del grupo se acercaron a nosotros y nos agarraron de las manos. Empezaron a hablar en su idioma, pero esta vez Aniolita sí tradujo:

- Piden disculpas -fueron las primeras palabras de la traducción-. Dicen que sienten mucho habernos molestado, que no volverá a ocurrir. Que cuando queramos podemos bajar a compartir la piscina con ellos, cuando estemos preparados. También les he explicado cómo tenían que dirigirse a nosotros, cómo sujetar nuestras manos. En fin, un poco de protocolo humano.

- Dígales, por favor, que no se preocupen -le pedí-, que no tiene importancia. Que les agradecemos su hospitalidad.

Los terkumas fueron especialmente cariñosos con Alkai, incluso alguno de ellos llegó a abrazarla. Ella aceptó los abrazos con paciencia, tal y como había hecho dos días atrás en el comedor terkuma.

Yo empezaba a tener calor al sol, así que me puse el pijama que quedaba en la bandeja y busqué un poco de sombra. Aniolita también se vistió, regresó Palabra y se acabaron los abrazos. Palabra intercambió unas miradas con aquellos jóvenes y todos los terkumas que nos habían invitado a los rincones íntimos de la piscina se retiraron. Algunos volvieron al agua. Otros se cubrieron el cráneo con la prescriptiva redecilla y nos precedieron en el camino al comedor.

- Me apetecería ducharme para quitarme la sal de la piel -fue lo único que comentó Alkai.

- No se preocupe -respondió Palabra-, después puede volver a su habitación.

Mientras subíamos hacia el comedor, agarré a Idkereda por el brazo y procuré quedarnos un poco rezagados. Cuando nadie nos prestaba atención, relajé la presión y le pregunté:

- ¿Qué le ha dicho a Aniolita?

- Que no era el momento apropiado -me respondió-, que por favor les explicara a aquel grupo de jóvenes terkumas que uno de nosotros acababa de perder a su pareja.

Asentí.

- También podría haber pedido a Aniolita -continuó Idkereda- que les explicara que nuestro cuerpo es así siempre: con los caracteres sexuales siempre marcados; que los vieran marcados ahora no significaba nada sobre la relación entre nosotros, aunque compartiéramos el baño; pero sospecho que entonces hubieran insistido en su invitación, nos hubieran dicho que escogiéramos una pareja y disfrutáramos.

- Tiene razón -admití-, supongo que la tristeza por la pérdida de un ser querido es un concepto fácilmente traducible al terkuma, y apelar a ella quizá era la forma más sencilla de resolver la situación.

- Nunca se sabe, pero por lo que hemos visto hasta ahora, eso me ha parecido.

Le agarré nuevamente del brazo e hice que se detuviera.

- ¿No le ha dicho nada más a Aniolita? -le pregunté.

- No, señor.

Me respondió sin mirarme a los ojos. Estuve a punto de insistir pero estábamos en la entrada del comedor; Palabra, Aniolita y Alkai nos estaban mirando y no me pareció el momento adecuado.

Desayunamos en silencio durante la mayor parte del tiempo. Hacia el final, Palabra dijo:

- Ustedes quizá piensen que los terkumas tenemos costumbres insanas.

Excepto Aniolita, el resto de humanos nos miramos, desconcertados.

A esas alturas de su vida, Palabra debía de saber leer bastante bien las expresiones del rostro homínido porque enseguida aclaró:

- Lo digo por lo que han visto en la piscina.

Idkereda y yo nos encogimos de hombros casi al unísono. Alkai continuó masticando absorta en sus pensamientos.

- Ni siquiera estamos seguros -dije yo- de lo que hemos visto exactamente en la piscina.

- En cualquier caso -añadió Idkereda-, no nos atreveríamos a calificarlo de... insano.

- ¡Insano! -exclamé con el ceño fruncido-... ¿de dónde ha sacado esa palabra?

- Era la palabra que utilizaban algunos humanos de Danel Primero.

- Mi madre, sin ir más lejos -confesó Aniolita-, los años que sobrevivió aquí en Alema se los pasó escandalizada. Al menos, es como yo la recuerdo...

Aniolita guardó silencio de nuevo pero por su mirada perdida en el pasado supimos todos que podría haber seguido hablando durante un buen rato.

Idkereda también estaba pensativo. Se masajeaba la barbilla. Eso significaba que estaba a punto de hacer muchas preguntas y que lo único que le impedía arrojarlas inmediatamente sobre la mesa era que primero quería poner en orden sus pensamientos.

- Palabra -dijo finalmente el biólogo computacional-, si nos explicara alguna cosa más quizá pudiéramos entender mejor lo que hemos visto en la piscina y el porqué del escándalo de la madre de Aniolita.

- Mi madre no era la única escandalizada -puntualizó Aniolita.

- ¿Qué quieren saber? -preguntó Palabra.

Cómo podemos salir ahora mismo de este planeta y volver a casa, pensé yo. No me había levantado aquella mañana con intención de hacer un estudio antropológico sobre los terkumas. No porque me resultara desagradable el tema, más bien me era totalmente indiferente, no me producía ni frío ni calor ni el más mínimo interés; simplemente estaba más preocupado por concluir aquella misión... sin perder la vida en aquel planeta. Sin embargo, permanecí atento. No quería parecer ofendido ni quería ofender a aquellos que tenían que conseguir llevarnos de una vez por todas hasta la cápsula estrellada cruzando territorio Ínbid.

- Por ejemplo -empezó Idkereda-, nos cuesta diferenciar a los terkumas por su sexo. Hasta esta mañana creíamos que era debido a que nuestro cerebro no estaba acostumbrado a discriminar estructuras morfológicas terkumas. Pero esta mañana Aniolita nos ha explicado que los terkumas no tienen caracteres sexuales desarrollados, a no ser que establezcan una relación con otro terkuma. ¿Lo hemos entendido bien?

- Así es -respondió Palabra-. Todos nosotros podemos ser ambos sexos. Si se fijan a su alrededor, con el tiempo aprenderán a distinguir terkumas... ¿cómo lo llaman ustedes? Sí, ya recuerdo: macho y hembra. Aprenderán a distinguir terkumas macho, hembra y otros que no tienen caracteres definidos. Al principio puede parecer un poco confuso pero en el fondo no es tan diferente a como es en el mundo humano. La gran diferencia entre ustedes y nosotros es que cada terkuma, todos y cada uno de nosotros, tiene ambos sexos en potencia, y sólo cuando establece una relación íntima con otro terkuma, se desarrollan carácteres sexuales.

En aquel punto, Idkereda interrumpió a Palabra para preguntar:

- ¿Qué quiere decir una relación íntima para ustedes, Palabra?

Palabra tardó unos segundos en contestar.

- Quiere decir con deseo mutuo -dijo finalmente-, que los dos terkumas se desean, desean la proximidad el uno del otro, estar juntos, narrar la vida a la vez... a ustedes los humanos les ocurre lo mismo, ¿no? Somos muy parecidos, en realidad.

Me había propuesto mantenerme al margen de la conversación pero las últimas palabras del terkuma resonaron en mi cabeza hasta que no pude contenerme más.

- ¡A ver! -exclamé-... No lo creo, Palabra, francamente... Esto es muy complicado... me duele la cabeza sólo de pensar la cantidad de malentendidos y situaciones extrañas que pueden darse.

- Es curioso -me respondió Palabra-, a mí me pasa lo mismo cuando pienso en el mundo de los humanos. Y mi cabeza es bastante más grande que la suya. El mero hecho de que durante toda la vida tengan el mismo sexo me confunde... me parece extraño... incluso me atrevería a decir pobre... aburrido... agotador... ¿no? ¿No piensan ustedes lo mismo?¿No les aburre? ¿No les agota?¿No les gustaría a veces experimentar un cuerpo diferente?

Idkereda y yo nos miramos y luego miramos ambos a Alkai.

Ella dejó de masticar.

- ¿Se puede saber qué miran? -dijo secamente.

Nos apresuramos a desviar de nuevo la mirada hacia Palabra.

- Ayer -dije-, interpretamos que usted se había sometido a una operación de cambio de sexo. Cuando nos dijo que había sido padre y madre... ¿recuerda?

- Lo interpretaron mal -nos explicó Palabra con paciencia-, he tenido varias parejas a lo largo de mi vida. Es algo normal entre los terkumas.

- Entonces -insistió Idkereda-... con algunas de esas parejas, ha desarrollado sexo masculino y con otras, femenino.

Palabra se quedó pensativo durante bastantes segundos. Se mesó los cilios bucales y miró por la ventana durante un buen rato, absorto en sus recuerdos. Cuando volvió a posar la mirada sobre nosotros dijo:

- Es un resumen tan... escueto... que se pierde lo más importante. La emoción. La intensidad de la transformación. Todo lo que supone. Realmente su lenguaje a veces es insípido.

- Pues explíquenoslo usted mejor -pidió Idkereda.

Idkereda cruzó los brazos sobre la mesa y adelantó el cuerpo para no perderse detalle de la explicación del terkuma.

- La transformación es algo hermoso -murmuró Palabra-, nuestro cuerpo... hierve. Al mismo tiempo, es más sensible a todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Es como despertar después de un largo sueño. El mundo es el mismo, pero parece diferente. Todo es más nítido, hermoso, misterioso, terrible, intenso, agudo, afilado, cortante... todo está lleno de expectación, potencia, ilusión, horizontes, el gesto más cotidiano es una aventura, es... en fin, no sé expresarme bien en su idioma.

- No se preocupe -dije-, le entendemos muy bien, parece que esté hablando de nuestro enamoramiento. De hecho, es increíble que utilice esas palabras. Son las mismas que utilizarían muchos humanos.

- No es tan extraño -replicó Palabra-... somos dos especies diferentes pero ambas inteligentes y conscientes de sí mismas. Respiramos oxígeno, nos relacionamos socialmente, crecemos, tenemos pareja, hijos... crecemos más, nos relacionamos más... y morimos. Compartimos muchas cosas, entre ellas el mismo sistema de reproducción: el sexual. No es extraño que utilicemos las mismas palabras para describirlo.

- Una cosa es la biología -objeté- y otra cosa, la consciencia de la biología.

- No sé si mi consciencia es la misma que la suya, pero conozco bien su idioma.

- Es cierto -dije-, podemos dar fe de ello.

No era ningún cumplido.

- Tendrán que dar fe de ello ante sus semejantes.

Efectivamente: no era ningún cumplido. Era una responsabilidad, un trabajo que tendríamos que acometer en el futuro. O al menos eso esperaban los terkumas de nosotros.

- Palabra -intervino de nuevo Idkereda, impaciente por saber más-... ¿es necesario el contacto físico para que los caracteres sexuales se desarrollen? ¿Pueden formarse grupos o sólo parejas? ¿Y si el deseo se produce por parte de uno sólo de los terkumas? ¿Induce en el otro el mismo deseo que siente?

- ¿Qué significa induce en el otro terkuma? -preguntó Palabra-... no entiendo lo que quiere decir.

- Según lo que nos ha explicado usted de su lenguaje -intentó aclarar Idkereda-, al hablar, el terkuma lleno de deseo haría que el otro terkuma sintiera ese mismo deseo.

- Y al dejar de hablar, cesaría el deseo puesto en su interior por la voz de su semejante -respondió sin titubear Palabra-. Si el deseo no surge espontáneamente en nuestro interior, nuestro lenguaje no puede ponerlo ahí permamentemente.

Idkereda se frotó las sienes con los dedos.

- No es tan diferente a lo que ocurre en el mundo humano -continuó hablando Palabra-. Un terkuma no puede obligar a otro terkuma a vivir una vida que no le corresponda.

- Entonces -dijo Idkereda-, la particularidad de su lenguaje es irrelevante.

- No -respondió Palabra-, la vida se enriquece al vivir... la emoción de un semejante. La emoción puede que cese al cesar la voz, pero el haberla sentido es una experiencia real en la vida de uno mismo, una experiencia más que no puede ser despreciada al elaborar una respuesta personal frente al mundo. En esa respuesta, el terkuma tendrá más presente al otro. Eso no es irrelevante.

En ese punto de la conversación, no pude contenerme.

- ¡No necesariamente! -exclamé-. Los humanos también nos comunicamos entre nosotros más allá de las palabras y, muchas veces, mostrar tus emociones ante tus semejantes no sirve para nada. Incluso puede situarte en una posición de debilidad y estimular una respuesta en tu contra. ¿Cuántas veces lo habré visto? En el colegio donde trabajaba antes de empezar la guerra vi cómo los niños se burlaban de los maestros que lloraban por ser incapaces de controlar la clase. Al ver su sufrimiento, los niños se portaban peor, en lugar de cesar en el comportamiento que había provocado ese sufrimiento. Y no me digáis aquello de que son niños. Entre los adultos he observado comportamientos semejantes. En el ejército y en todas partes. Y yo mismo cuando era niño me comportaba así, a decir verdad. ¿Y qué hacen los tigres cuando están enfermos? Ocultar su enfermedad, aparentar buena salud y fortaleza, hacer como que no pasa nada. Muchos humanos hacen lo mismo con sus emociones: las ocultan porque saben perfectamente que serán vistas como una muestra de debilidad. Y sus semejantes les atacarían. No, Palabra, no: apostaría que para una mente evolucionada y consciente es irrelevante, o muy poco relevante, conocer las emociones de otra mente semejante, al menos a la hora de construir una sociedad. Creo que son más importantes los vínculos de necesidad mutua.

Palabra me miró fijamente y esperó un segundo antes de contestarme. Cuando me contestó, lo hizo muy despacio, vocalizando perfectamente todas y cada una de las palabras.

- Esa es la tragedia -dijo- de los seres humanos, Katmai. Conocer muchas cosas, saber muchas cosas. Vivir pocas. Saber del dolor ajeno, saber del hambre, del frío, de la soledad, de la desesperanza que sufren otros seres humanos. Tiene usted razón, Katmai: saber no sirve de nada, no al menos para construir una comunidad. Ha descrito usted perfectamente la tragedia del ser humano. Ver mucho con sus ojos, vivir poco. Imagine, Katmai, que el maestro que llora delante de sus alumnos pudiera provocar el mismo dolor que siente al decir su dolor, o que la persona que sufre hambre sin esperanza de saciarla pudiera decir su desesperanza. Imagine que esas emociones se plantaran en el interior del cerebro de los alumnos o de los que miran al que muere de hambre al mismo ritmo que se plantan las ondas sonoras en el interior de sus tímpanos humanos. Imagine que el dolor ya no es el-dolor-del-maestro: es mi dolor; que la desesperanza ya no es la-desesperanza-del-que-muere-de-hambre: es mi desesperanza. Puede decidir negarse a sí mismo, pero uno mismo suele tener un cierto peso para sí mismo.

Las palabras de nuestro anfitrión me dejaron pensativo. En mi mente había surgido una idea pero necesitaba unos segundos para madurarla. Idkereda tomó el relevo.

- Vale -dijo-, ha quedado claro: el que un terkuma sienta deseo por otro no implica que automáticamente haya de ser correspondido. Supongamos que no lo es... ¿qué ocurre entonces? ¿Se desarrollan igualmente los órganos sexuales y todos los caracteres asociados? ¿O no? Es más... ¿Es necesario el contacto físico? ¿Y si ambos terkumas se transforman en el mismo sexo? ¿Es aceptado por los dos miembros de la pareja, y por la comunidad? ¿O son repudiados? Perdone, pero tengo un montón de preguntas...

- Ya lo veo -dijo Palabra entornando sus ojos negros-. No se preocupe, créame que comprendo que tengan preguntas, no me importa contestar todas las que pueda. El contacto físico no es imprescindible: las miradas, las palabras bastarían. Lo que sí es imprescindible, en principio, es que el deseo sea correspondido, si no, no se producen las reacciones químicas necesarias. Pero incluso para esto hay excepciones; hay, hoy en día, y ha habido, y habrá, muchos terkumas transformados sin pareja. Es un tema tabú entre nosotros en según qué circunstancias, pero también es un gran tema sobre el que se canta sin rubor en otras... el amor no correspondido, y cómo, a pesar de todo, provoca cambios que no se pueden ocultar... y, por lo tanto, la exposición ante la comunidad de un deseo estéril. La soledad irremediable, y la vergüenza de la exhibición pública de tu cuerpo más íntimo. Puede llegar a ser una tragedia sobre la que se cante durante generaciones... Y sí, puede ocurrir que ambos terkumas se transformen en el mismo sexo. Pero no sé por qué eso le llama la atención. ¿Por qué eso iba a romper la pareja? ¿Por qué iba a repudiarlos la comunidad? No entiendo semejante pregunta. Los terkumas no escogemos el sexo que florece en nuestro cuerpo. Es algo que ocurre más allá de nuestra voluntad. ¿Por qué la comunidad tendría que rechazar esa combinación? El caso es que hay una transformación: hay una relación entre dos consciencias que se encuentran y gozan de la existencia juntas. No sé explicarlo bien en su idioma. No entiendo por qué me hace esa pregunta.

- Si conociera la historia de la Humanidad, lo entendería.

- La única consecuencia que hay cuando ocurre lo que usted plantea es que no podrán tener descendencia biológica, a no ser que recurran a métodos artificiales.

Idkereda frunció el entrecejo.

- Pero entonces -dijo- ustedes los terkumas no saben lo que es tener una relación de una noche... o de un día, un encuentro fugaz... algo rápido, espontáneo, no previsto, todo tiene que seguir un ritual de... ¿cuánto tiempo? ¿Días, meses?

- Un ciclo lunar suele ser suficiente.

Idkereda permaneció con el ceño fruncido, aguardando una explicación.

- Sí tenemos ese tipo de relaciones a la que usted alude -aclaró finalmente Palabra-, nuestras relaciones son tan... no sé qué palabra usar... ¿complicadas? ¿complejas? ¿nudosas? ¿topológicamente intrincadas?

- Liadas.

- Gracias. Tan liadas como lo puedan ser las humanas. Nuestro cuerpo es sensible siempre y nos ofrece la oportunidad de gozar sin necesidad de desarrollar plenamente los órganos sexuales. Otro tema es la reproducción. Son dos cosas diferentes.

- Entonces -continuó preguntando Idkereda, insaciable-... ¿cuando establecen una relación prolongada es siempre para reproducirse?

Palabra hizo un gesto con sus tentáculos-brazo que seguramente era el equivalente terkuma a encogerse de hombros. O quizá indicaba que el ser humano que tenía ante él acababa de decir una barbaridad.

- No, no, no, no -dijo-... Lo único que significa es que es una relación que se va a prolongar más en el tiempo. Y cuando acabe, desaparecerán los caracteres sexuales, nuestros cuerpos volverán a un estado neutro. Haya habido o no descendencia. A veces dos terkumas se relacionan durante ciclos solares enteros y se van transformando alternativamente, o no, y otras veces la relación sólo dura un ciclo lunar o dos, o una noche, o un baño en la piscina.

- Entonces, los terkumas que hemos visto esta mañana en la piscina... -quiso saber Idkereda-... ¿no todos son parejas?

- Algunos sí, otros no, la verdad es que no lo sé -contestó tranquilamente Palabra-, para nosotros no es un dato... importante. Cuando dos terkumas sienten deseo el uno por el otro pueden compartir libremente momentos y caricias, baños en la piscina, rincones entre las raíces del manglar, palabras en el árbol de luz o arañas fluorescentes las noches más largas... y si el deseo no acaba en el primer encuentro y se prolonga, se prolongarán los encuentros, la comunicación, la interacción... hasta que empezará la transformación, la gemación, la simbiosis mutua y el sexo acabará floreciendo en ellos. Los encuentros en la piscina son importantes, las caricias, las palabras,... es todo un ritual que se prolonga durante días, es complicado, pero eso no quiere decir que todos los terkumas que vean en los rincones de la piscina sean parejas estables. Hay muchos tipos diferentes de relaciones.

Palabra nos miró fijamente. Idkereda y yo teníamos su rostro a pocos centímetros de nosotros. Podíamos observar con todo lujo de detalles sus cilios bucales, su frente prominente, sus grandes ojos negros sobre los que nos veíamos reflejados.

- Pero no se van a sorprender los humanos por eso... ¿no?

Ni Idkereda ni yo contestamos. En lugar de eso, Idkereda preguntó:

- ¿Son celosos los terkumas, Palabra?

Palabra cerró los ojos y emitió sonidos a trompicones, como si estuviera ahogándose o fuera víctima de un ataque de hipo. Creo que estaba riéndose. Al menos, así parecían indicarlo los colores chillones de su cráneo.

- No tanto como los humanos -dijo cuando se tranquilizó-, pero sí, a veces sí. Insisto en que nuestras relaciones pueden ser tan complicadas o sencillas como lo son las humanas, al menos hasta donde yo conozco las humanas... y las terkumas.

Idkereda suspiró.

- Supongo que para entenderlo tendríamos que pasar años aquí.

- No creas -dijo Aniolita-, es complicado, pero no tanto.

- Perdone, Palabra -dije-, sólo una pregunta más.

- Dígame.

- La costumbre del baño a primera hora del día, los rincones íntimos... todo esto... ¿es propio de esta comunidad o es algo común a todos los terkumas?

- Es común a todos los terkumas, aunque hay variaciones importantes a lo largo y ancho de este planeta. Hay comunidades donde usan una especie de helecho gigante que acumula humedad durante la noche. Al amanecer, es suficiente con pasear entre sus hojas para quedar empapado. Hay bosques enteros de este tipo de helechos. En otras comunidades, utilizan la baba de unos moluscos gigantes. En otras, utilizan el jugo de una fruta.

- ¿La baba de unos moluscos? -repetí, asombrado- ¿El jugo de una fruta?

- Sí, es como un aceite. Los miembros de la comunidad se dan friegas los unos a los otros.

Lo primero que pensé es que nuestra suerte no se limitaba a seguir vivos después de habernos perdido en el espacio: además habíamos tenido la buena fortuna de haber ido a parar a una comunidad donde se limitaban a bañarse en piscinas de agua fría. Después recordé la inmersión en la mesoglea de las medusas y sentí un escalofrío por la espalda.

- Supongo que tendrán reglas, pautas, tabús... incluso quizá leyes -comenté.

- Bueno, es cierto, hay reglas. Y algún tabú también -admitió Palabra-, pero varían de comunidad a comunidad. Y son muy diferentes a los suyos.

- Aun así -intervino Idkereda-, si le digo la verdad Palabra, no consigo entender todavía el porqué de la palabra insano.

- Voy a ser sincero -respondió Palabra-. Eso esperaba que me lo explicaran ustedes. Nunca lo he entendido bien yo tampoco. Literalmente significa “no sano”... ¿verdad? Pero no entiendo su aplicación a este contexto... Aunque sí tenía una impresión muy fuerte: notaba que para algunos humanos, nosotros los terkumas resultábamos profundamente repulsivos...

- Esos humanos no conocían todavía al Ínbid -le interrumpió Alkai mientras masticaba tranquilamente una fruta y mantenía su mirada perdida más allá de las ramas del árbol-torre, como si no prestara mucha atención a la conversación-, y debía de ser la primera vez que salían de su planeta -concluyó.

Idkereda se masajeó de nuevo la barbilla. Yo comprendí de repente por qué Palabra se tomaba tantas molestias con nosotros, por qué era tan paciente y por qué nos explicaba tantas cosas tan solícitamente. Porque no quería limitarse a llegar a un acuerdo diplomático con los humanos. Esperaba que me lo explicaran ustedes.

Quería aprender.

Palabra tenía la esperanza de que le resolviéramos dudas que le habían atenazado durante años. Mostrarnos su mundo era una forma de aprender del nuestro. Palabra nos mostraba tantas cosas porque quería observar nuestras reacciones; no porque fueran nuestras, de Idkereda, Alkai o Katmai, sino porque eran humanas, y no sólo eso: quería que fuéramos parte activa del proceso, no quería limitarse a usarnos como ratones de laboratorio. Quería que le explicáramos cosas. Palabra hablaba tanto porque no sólo su paciencia era grande sino porque también lo era su curiosidad, tan grande al menos como la de Idkereda, es decir, insaciable, infinita.

- Yo sé por qué -dije.

Todos me miraron.

Guardé silencio durante unos segundos. ¿Se ofendería Palabra por lo que estaba a punto de decir? No lo sabía. Preguntar es arriesgado: puedes encontrar respuestas. Quizá hubiera sido mejor desayunar en silencio, no preguntar, no saber, sonreír mucho y limitarnos a hacer el trabajo que teníamos que hacer. A esas alturas de la conversación, ya era demasiado tarde.

- Porque lo que usted plantea es una monstruosidad -dije.

Idkereda enarcó las cejas. Aniolita frunció el entrecejo. Palabra se mesó sus cilios bucales. Alkai continuó masticando su fruta, impasible.

- El lenguaje terkuma es terrible -continué-, monstruoso. ¿Qué derecho tiene el maestro a imponer su dolor, su tristeza o lo que sea que sienta? En el caso de la persona que pasa hambre, puede que fuera fantástico, desde un punto de vista utilitario pero, aun así, está imponiendo su propia vida, impidiendo que su interlocutor genere su propia respuesta emocional. Es monstruoso.

- Perdone, pero no entiendo lo que quiere decir -declaró Palabra.

- Vives el dolor de otra persona -insistí-,... ¿hasta qué punto tiene derecho esa persona a obligarte a vivir su vida, su dolor, o cualquier otro estado emocional? Usted mismo lo dijo: “Lo que le ocurre a un humano, le ocurre sólo a un humano”. Pero es que, precisamente, los humanos consideramos que lo que le ocurra a un humano es valioso precisamente porque es único, porque le ocurre sólo a ese humano. Nuestro aislamiento es nuestra cárcel y nuestra condena pero nos hace únicos. Por no hablar de que nuestras emociones o sentimientos en no pocas ocasiones nos pueden avergonzar, o traer problemas, más que acercarnos a los demás, como ya he comentado antes. Que se pudieran adivinar a través de nuestras palabras sin posibilidad de escondernos en ellas sería como desnudarnos cada vez que habláramos. ¡Iríamos totalmente desnudos, continuamente expuestos!...

Antes de que tuviera tiempo de acabar, los cilios de Palabra se agitaron espasmódicamente mientras colores brillantes recorrían de nuevo su cráneo a oleadas. Incluso temblaron sus tentáculos, provocando que su cuerpo oscilara arriba y abajo. Se estaba riendo otra vez. De hecho, tuve la impresión de que se estaba partiendo de risa.

- Ustedes los terkumas -concluí, mirándole con el ceño fruncido-...¿No tienen oportunidad de desconectar la función empática de su lenguaje?

- ¿Para qué? -respondió Palabra, sin poder evitar que su propia risa se le escapara y le interrumpiera-.Yendo todos desnudos, y sabiéndolo -continuó al cabo de un segundo, cuando hubo recuperado aliento-, somos todos iguales... Nuestra desnudez, nos iguala: no nos queda más remedio que entendernos y ayudarnos.

Una vez dicho esto, hizo una pausa, alcanzó una esponja impregnada de agua y la estrujó con delicadeza entre sus cilios hasta que se sosegó y recuperó por completo el aliento.

- La función empática de nuestro lenguaje, como usted la llama, no se puede apagar como si la controlara un interruptor, pero sí se puede manipular, ocultar, esconder... en fin, piensen que  entre nosotros también hay buenos actores -siguió explicando el terkuma-. Están dando por supuestas muchas cosas que no son ciertas. Les veo un poco desorientados, pero no porque no comprendan el mundo terkuma sino porque no se han parado a reflexionar sobre ustedes mismos. Nosotros también somos únicos, todos y cada uno de nosotros -insistió Palabra-. Cada uno elabora su propio mundo interior a partir de lo que le llega de sus congéneres. La experiencia del dolor ajeno es una experiencia más en tu vida, un ingrediente más con que construir tu paisaje interno. Ya se lo he explicado. No veo por qué tiene que ser éste un ingrediente monstruoso.

- Porque estás imponiendo tu propia vida a los demás -dije.

- No entienden -aseguró Palabra-, no comprenden lo que les estoy explicando. El lenguaje terkuma no impone nada. Dos terkumas hablando entre ellos no están imponiéndose el uno al otro, están participando, interaccionando, construyéndose mutuamente. La experiencia de la emoción del otro cambia tu propia experiencia vital, pero no impone nada, eres libre de elaborar a partir de ella la tuya propia o despreciarla. Los terkumas podemos ser originales. La experiencia del dolor, o el amor, ajenos aporta algo a tu vida, no substituye tu vida. Vivir la emoción del otro: no imaginarla, no conocerla... sino vivirla, sin poder eludirla, condiciona tu vida: sí, es cierto. Pero no la substituye... ¿Qué es sino una comunidad, una sociedad, un conjunto organizado de seres? ¿Qué es, si no es tener en cuenta al otro?

- Pero, Palabra -insistí-... ¿cómo es posible que un niño entienda las emociones de un adulto? Un adulto terkuma, por el mero hecho de hablar con un niño terkuma, le está condicionando.

- No más de lo que condiciona un adulto humano a un niño humano.

- Las emociones... los sentimientos son algo personal e intransferible -planteé-, dependen no sólo de cómo sea la persona sino de toda su historia previa, y hay tantas historias como personas. Para sentir exactamente lo mismo tendrían que tener exactamente el mismo cerebro.

- Es cierto -admitió nuestro anfitrión-, pero también es verdad que hay una serie de emociones básicas para las cuales nuestro cerebro está preparado desde muy temprana edad: miedo, alegría, gozo, esperanza. Es una base con la cual jugar y obtener infinitas posibles combinaciones. ¿Ustedes han estudiado matemáticas, no es así? Imaginen que hay unos pocos estados emocionales a partir de los cuales hacer combinaciones y obtener infinitud de otros estados diferentes.

- Dudo mucho -dije- que el estado emocional se pueda descomponer en una suma de emociones más sencillas linealmente independientes como si estuviéramos hablando de un espacio de vectorial.

- Quizá en el caso humano, no -respondió Palabra-, pero tal vez esa comparación les ayude a entender mejor el cerebro terkuma.

- A muchos humanos seguiría pareciéndoles monstruoso -advertí-. Los niños viven al margen del tiempo, Palabra, me extrañaría que en el caso de los niños terkumas no fuera así, tienen una perspectiva tan diferente de la que tiene un adulto que muchas veces adultos y niños no se entienden entre ellos ni siquiera con nuestro rudimentario lenguaje.

- A lo mejor no se entienden precisamente porque su lenguaje es rudimentario.

- Lo que quiero decir es que complicarlo en la dirección que usted plantea lo único que conseguiría sería añadir caos en las comunicaciones... o imponer unas determinadas emociones a quienes todavía están descubriendo el mundo. O al menos esa impresión tengo.

Palabra volvió a quedarse pensativo durante un buen rato.

- Es cierto -admitió finalmente- que los niños viven en un tiempo diferente al de los adultos y en una jungla de emociones que no saben interpretar bien cuando oyen las voces de sus mayores. Esto es común a ambas especies, terkuma y humana. Tanto a niños humanos como a terkumas les pasa algo parecido: todo el día viviendo emociones que no saben interpretar bien. Por eso es tan importante que reciban una educación: no para condicionarlos, sino para que aprendan a hablar. Aprender a hablar es aprender a nombrar esas emociones que viven, les rodean y les sacuden tanto por fuera como por dentro. En la escuela les transmitimos la mejor herencia que podrían haberles dejado sus antepasados: el lenguaje, no un idioma concreto sino el lenguaje en sí. El lenguaje es algo más grande que cualquier idioma concreto. En la escuela aprenden y más allá también. Sus redes neuronales se desarrollan, se hacen cada vez más ricas, intrincadas y tupidas. De hecho, el terkuma no deja de aprenderse nunca: a lo largo de toda la vida. ¿No pasa algo parecido con el lenguaje humano? Para que un terkuma te transmita una emoción no hace falta que tú la hayas vivido previamente. Y aunque es verdad que hay limitaciones, en promedio nuestro lenguaje funciona, como funciona el suyo: la sociedad que ven a su alrededor es fruto de él. Sin nuestro lenguaje no seríamos más que un puñado de animales sobreviviendo de las sobras del manglar, como cualquier otro animal. La tristeza o la alegría tienen un sabor que depende de la persona que las viva, como el timbre de voz. Siempre habrá algún matiz que quede dentro, quizá algún detalle intransferible. Pero miren a su alrededor, a todo su alrededor. Qué es la literatura de los humanos sino una búsqueda de la comunicación perfecta. Todo está en evolución. La emoción que provocan en mí los universos que yo pueda concebir, puedo transmitirla a mis semejantes sin necesidad de que ellos hayan siquiera imaginado esos universos. Y funciona en ambos sentidos. Los niños pueden transmitirme la emoción de sus universos imaginados, de su asombro ante el mundo. Gracias al terkuma, no olvidaré nunca la emoción de ser niño y descubrir el mundo, la inocencia, su mirada limpia, y eso influirá en mi propia forma de estar en el mundo.

Después de aquel discurso de nuestro anfitrión lo único que se me ocurrió decir fue:

- Palabra, sé que ya hace tiempo que anuncié la última pregunta, pero después de todo lo que nos ha explicado no puedo reprimir una duda más: ¿no tienen psicópatas entre ustedes?

- Sí, por supuesto que tenemos ese tipo de problemas entre nosotros. De hecho, para muchos terkumas los seres humanos son todos psicópatas. Para muchos terkumas, ustedes son los monstruos. Durante mucho tiempo creí que a los humanos les resultábamos repulsivos por nuestras costumbres, sobre todo al oír otras palabras que utilizaban para calificarnos, además de insano...

Palabra se quedó en silencio, pensativo.

- Estoy intentando recordar -explicó- las palabras que utilizaban los humanos de Danel Primero... pero no recuerdo exactamente...

- Yo sí -dijo Aniolita-... promiscuos, inmorales, ignorantes, animales -Palabra desvió su mirada hacia ella-. Lo siento, Palabra, era una niña, pero aún me acuerdo. Percibía una cierta animadversión contra vosotros. No es que no os agradecieran lo que habíais hecho, pero siempre había una especie de prudencia y desconfianza que nunca llegué a entender bien... Supongo que los adultos que cuidaron de mí los primeros años de mi vida intentaban salvarme de algo. Aún no sé de qué. Yo tampoco lo entendí bien nunca.

- Me acuerdo mucho de tu padre, Aniolita, ya lo sabes -dijo Palabra-. Fue un gran amigo.

- Lo sé. Mi padre no intentaba salvarme de nada. Pero mi madre sí, y otros adultos también.

Palabra volvió a posar su mirada sobre nosotros.

- Tal y como les decía, siempre creí que era debido a nuestras costumbres, tan diferentes a las suyas, pero después de hablar con ustedes comprendo que puede que hubiera motivos más fundamentales aún, una falta de comprensión mutua más sutil y profunda.

- Yo estoy convencido -aseguré.

- ¿Qué conoce -preguntó Idkereda en aquel momento- de la cultura y costumbres humanas, Palabra?

- Lo que observé de la expedición de Danel Primero y lo que he observado en ustedes. Y, sobre todo, lo que leí de las bases de datos de la nave de Danel.

- ¿Contenían esas bases de datos información sobre los matrimonios con hombres muertos?

- No -respondió Palabra, muy atento.

- ¿Sabe lo que es un matrimonio?

- He estudiado la definición de la palabra “matrimonio”, y creo saber lo que representa para ustedes, los humanos, pero no entiendo su combinación con “hombres muertos”.

- En un país de la Tierra llamado China -explicó Idkereda-, durante siglos existió una forma de matrimonio que consistía en casarse con un hombre muerto.

Palabra entrecerró los ojos y acercó su rostro al nuestro. Parecía estar escudriñando nuestras expresiones faciales. ¿Temía que le estuviéramos engañando?

- ¿Con un hombre muerto? -repitió.

Idkereda sonrió.

- ¿Está hablando en serio? -preguntó Palabra.

- Sí, sí, totalmente en serio -confirmó Idkereda-, le aseguro que no estoy bromeando.

La sonrisa desapareció del rostro de Idkereda y el biólogo computacional continuó hablando muy serio:

- La sociedad permitía que las mujeres trabajaran pero no que fueran solteras. Era una cuestión de poder: el matrimonio establecía relaciones entre familias, y a través de estas relaciones se obtenía poder. Por lo tanto, el que una mujer trabajara no tenía por qué estar prohibido pero si se quedaba soltera era una oportunidad perdida para toda la familia. Sin embargo, si la mujer se casaba perdía su libertad, quedaba sometida a la voluntad del marido. La solución era casarse con un hombre muerto. Lo llamaban “casarse con una lápida”. Quizá a usted le parezcan insanas las costumbres humanas, al menos algunas de ellas.

Palabra no respondió. Se retiró unos centímetros y siguió observándonos desde el otro lado de la mesa, al mismo tiempo que se mesaba los cilios bucales.

- ¿Y sobre los masáis de Tanzania? -continuó Idkereda- ¿Había información sobre los masáis de Tanzania en esas bases de datos? Tanzania era otro país de nuestro planeta.

- ¿Qué es “país”? -preguntó de repente Palabra.

- No tiene importancia -respondió Idkereda-, una comunidad humana, o un conjunto de comunidades, una forma de organización social. No es importante para entender lo que quiero explicarle. Lo que quiero explicarle es que durante mucho tiempo hubo un grupo humano, tan humano como yo o el comandante Katmai o la oficial Alkai, tan humanos como Aniolita o los miembros de la expedición de Danel, en definitiva tan humanos como cualquier homo sapiens de ahora o de antes, que se llamaban masáis de Tanzania, y estos humanos eran polígamos. ¿Sabe lo que significa polígamo?

- Matrimonio con varias mujeres, ¿no es así?

- Así es -Idkereda volvió a adelantarse, apoyó un codo en la mesa y apuntó con el índice a Palabra-, pero estos matrimonios polígamos tenían algunas peculiaridades... Un momento, sabe lo que quiere decir peculiar, ¿no?

- Característica singular.

- Muy bien. Pues resulta que los hombres se casaban mayores, a partir de los treinta años... en las épocas de las que estamos hablando eso significaba casi ser un anciano... y mientras tanto tenían derecho a dormir con alguna de las mujeres casadas. Y... ¿sabe?... Era la mujer la que elegía. La mujer, no el hombre. La mujer escogía al joven guerrero que le apeteciera y si tenían descendencia, el marido se quedaba con los hijos, que eran considerados un gran bien. Incluso si la mujer llegaba al matrimonio con un hijo era más valorada porque estaba claro que no era estéril, y además aportaba un hijo a la familia.

- Todo esto es muy diferente a lo que observé en la expedición de Danel Primero.

- Y si no le gusta el matrimonio, sepa que para los mosuo, también de China, no existe: se organizan en matriarcados en los que las hijas, al llegar a la mayoría de edad, tienen derecho a un recinto propio dentro de la casa materna. Y en él pueden recibir a cuantos hombres deseen y tener relaciones libremente. Si tienen un hijo, pasará a formar parte de la familia de la madre. Los habitantes de las islas Trobriand ni siquiera tienen el concepto de paternidad, no asocian el acto sexual con la reproducción y, aunque hombres y mujeres se casen, el marido nunca llega a ser considerado “padre”, ni siquiera tienen esa noción. La autoridad la ejerce el hermano de la madre. ¿Se da cuenta?

- ¿De qué?

- Convenciones sociales. Tal vez, si los trobriand, los mosuo o los masái les conocieran, opinaran que su forma de vida no es correcta; pero yo soy un ser humano del siglo XXIII: ya tengo cierta perspectiva histórica; si quiere impresionarme, no lo va a tener fácil, terkuma. Tengo suficientes ejemplos en mi propio planeta, y en lo que considero mi propia cultura, que es la cultura humana, de toda la Humanidad, sin despreciar tribu, pueblo o país alguno, como para andar por el Universo sin escandalizarme. Sé que no lo he visto todo, pero sí lo suficiente como para aprender a distinguir lo accesorio de lo fundamental. Mi perspectiva histórica me mantiene en una infancia continua, me ayuda a no perder la capacidad de asombro de los niños, Palabra, aunque no sepa hablar terkuma.

Aplaudí.

Todos me miraron.

- Muy bien, Idkereda -dije-. Aplaudo su discurso, en serio. Pero ahora, tenemos trabajo... ¿no, Palabra?

- Aún tengo más preguntas -protestó Idkereda.

- Está enfocándolo de forma incorrecta, Idkereda -expliqué-. La forma correcta de ver nuestra situación no es: tenemos más preguntas. La forma correcta es: aún tenemos que enviar un mensaje de socorro. Piense en ello.

Me puse en pie.

Palabra, inesperadamente, posó su mano sobre mi antebrazo.

Miré al terkuma y enarqué las cejas.

- Perdone -se disculpó él sosteniendo mi mirada-, me gustaría explicarles una historia antes.

Durante un segundo, sopesé la situación. Me di cuenta de que, en realidad, no tenía muchas opciones y volví a sentarme.

- Gracias -dijo Palabra.

A continuación tomó una esponja impregnada con néctar de la mesa y la estrujó entre sus cilios bucales. Luego la volvió a dejar donde estaba y empezó a hablar:

- Espero que la historia que les voy a contar les ayude a entender las particularidades del lenguaje terkuma. Trata sobre un mago todopoderoso. Forma parte de nuestra mitología. El protagonista de esta historia es un ser excepcional, con su voz puede moldear el Universo a su antojo... su poder no conoce límites, excepto en dos detalles: por culpa de un mago aún más poderoso llamado Entropía, no puede deshacer sus propios conjuros y, además, y esto es para él lo más importante, no puede conseguir que el terkuma al cual ama... se enamore de él. Eso es imposible incluso para él. Tiene la desgracia de que su cuerpo, a pesar de no ser correspondido, sufre sucesivas transformaciones con las lunas, durante ciclos y ciclos solares; y durante todo ese tiempo, sin descanso, canta, canta siempre para conseguir despertar en el ser amado la misma pasión que siente él, pero es inútil. Puede mover planetas, provocar tormentas, cambiar el color del cielo, dividir mares y moldear montañas, pero no puede plantar la semilla del deseo compartido en el ser al que ama...

Palabra hizo una pausa. Tomó otra vez una de esas esponjas que los terkumas usaban para beber y la exprimió de nuevo entre sus cilios bucales. Al cabo de unos segundos, continuó:

- Desesperado, consumido por el sufrimiento y el dolor, lanza una amenaza sobre su amado: aniquilará la vida entera en el Universo si no es correspondido. Supongamos que el nombre del mago sea Tarlamtsnannamai... Tarles, para los humanos; y que el nombre del terkuma al que pretende sea Irnmaletsnannamarlat... Irlat, para los humanos. Irlat sabe que Tarles puede cumplir su amenaza. Que con su poder le bastaría chasquear los dedos para llevarla a cabo. Aterrorizado, también sabe que no puede enamorarse de Tarles, que eso no depende de su voluntad, que si dependiera, gustoso entregaría su vida para salvar a su comunidad y al resto de la vida del Universo. Pero no depende. Todos los terkumas que saben de la amenaza, caen en la desesperación. Irlat, angustiado, pide una noche de plazo a Tarles, quien se la concede. Las llamadas a la piedad, al mago no le conmueven. Las súplicas, no le provocan ni frío ni calor. Se mantiene impasible ante el dolor de todos sus semejantes, que forman un coro durante toda la noche de gracia a las puertas del palacio del mago. Tarles considera que su propio dolor es mayor que el de todos sus semejantes juntos. Que no tiene parangón, que nadie puede entenderle. Cualquier otro sufrimiento le parece insignificante frente al suyo, a pesar de sentirlo como propio gracias a los coros que cantan la noche entera frente a su palacio. Irlat, finalmente, al amanecer, acude al hogar del mago y las raíces se cierran tras él. ¿Estará salvada la vida? En la comunidad de Irlat, sobrecogidos, se preguntan todos cómo pensará el joven terkuma enfrentarse, solo, a un poder inabarcable, infinito prácticamente. Tarles e Irlat comparten piscina. Se acarician, entrelazan sus cilios, sus tentáculos... El mago baja la guardia. Irlat canta. Es una nana. Irlat tiene una bella voz y canta bien. Su nana es poderosa. El mago le mira sorprendido, no comprende qué ocurre, duda, ¿tiene que defenderse, ha de convertir a su amado en un cangrejo, en un caracol, en una piedra? Antes de que pueda tomar una decisión, cae en un profundo sueño, muy profundo. Tan profundo... que vive toda una vida en unos pocos minutos. Ese era el plan de Irlat. Sumir en un profundo sueño a Tarles. Un sueño que contenga toda una vida... con una peculiaridad: en el sueño, el poder de Tarles es completo, sin excepción, tan completo que sí puede hacer que Irlat se enamore de él, y así lo hace: lanza un conjuro sobre Irlat y lo transforma en un Irlat diferente, no en un cangrejo, pero sí en un Irlat enamorado de Tarles. La dicha del mago es inenarrable, ni siquiera el lenguaje terkuma puede transmitir su felicidad. Sin embargo, a pesar de todo, con el paso de los años, el mago se da cuenta de que ese éxtasis llevaba en su interior una semilla de frustración, y que ha estado creciendo aunque él se negara a regarla con su atención, y ahora que ya es tan grande, tan grande que no puede evitar que sus raíces abracen a su corazón entero, tiene que atender esa frustración sin más demora. La mira cara a cara y no le queda más remedio que admitir que no es feliz, que nunca lo ha sido, que creía que sí, pero en realidad no: comprende que jamás ha conocido el amor, que lo único que ha conocido es su magia. Se da cuenta de que destruyó al Irlat del que estaba enamorado cuando lanzó el conjuro de amor sobre él. Lo convirtió en un ser sumiso a su voluntad. Ante esta verdad, grita, incapaz de escapar de sí mismo. En ese momento, despierta. Al abrir los ojos, ve a Irlat (al Irlat original) durmiendo a su lado, en la piscina, tranquilo como un niño, inocente. Avergonzado, huye. Sale de su palacio, deja atrás el mundo y sigue huyendo. Tan grande es su vergüenza que no sabe dónde ocultarse. Huye de las mismas estrellas. Cada vez va más deprisa, tan deprisa, que arrastra al Universo entero con él. Su huida es la expansión acelerada del Universo. Irlat, al despertar, comprende que ha fracasado, que la expansión acelerada del Universo acabará destruyendo toda la vida del Universo, incluso al Universo mismo. Sólo ha ganado un poco más de tiempo. Sube a la parte más alta de los muros del palacio, ya vacío de la magia de Tarles, y, desde allí, vuelve a cantar dirigiéndose a todos sus congéneres, congregados a sus pies. “He intentado transformar la pasión de Tarles en algo bello, luminoso”, canta, “Pero he fracasado. Tarles se ha visto débil, ha sentido vergüenza y ha salido huyendo. Quería transmitirle humildad para que aceptara su debilidad y aprendiera a confiar en los demás, para que viera que, a pesar de todo su poder, era uno más entre nosotros, pero he fracasado. Os he fallado. Lo siento.” Los miles de terkumas apostados alrededor de las murallas del palacio del mago le aclaman como a un hermano, le gritan que no ha fracasado, le agradecen su gesta, le abrazan con su voz, pero no logran consolarle, así de grande es el desconsuelo de Irlat. Llevado por él, sin ver ninguna otra posible salida a su situación, y sintiéndose culpable, el joven terkuma se deja caer desde lo más alto y se niega a sí mismo la vida que le corresponde. Entrega su materia. Se hace el silencio.

Se hizo el silencio.

Todos nos quedamos esperando que Palabra añadiera algo más; alguna clave o una moraleja, pero el terkuma se limitó a tomar de nuevo la esponja de la fuente donde reposaba y a estrujarla brevemente entre sus cilios una vez más. Cuando por fin habló, tras haber dejado la esponja en su sitio, fue para realizar una petición que nada tenía que ver con la historia que nos acababa de relatar .

- ¿Me explicará más sobre los seres humanos? -preguntó mirando a Idkereda.

Idkereda, sorprendido, tartamudeó al responder:

- Por... por supuesto.

- Idkereda -tercié yo-, Alkai. Tenemos trabajo.

- No me encuentro bien, señor -dijo Alkai.

- Quédese aquí, si quiere, pero nosotros tenemos trabajo... ¿no, Palabra?

- No se impaciente, Katmai -me respondió Palabra al mismo tiempo que se descolgaba de su silla-, me gustaría enseñarles algo, pero aún tenemos tiempo.

- Cuanto antes nos lo enseñe, antes enviaremos ese maldito mensaje -respondí yo.

En realidad, estaba de mal humor. Idkereda no había querido explicarme todo lo que le había dicho a Aniolita. Empezaba a intuir lo que acababa de comprender con toda claridad en la cubierta de la cromoplaneadora: la misión estaba desapareciendo ante mis narices, sin que yo apenas pudiera hacer nada. No sólo era la posible atracción entre Aniolita e Idkereda. Es que mi amigo estaba donde siempre había deseado estar: comunicándose con una inteligencia extraterrestre. Era como si Napoleón hubiera ordenado a Champollion que se olvidara de la piedra de Rosetta. Peor: nuestra civilización egipcia no había desaparecido y teníamos una piedra de Rosetta que nos hacía de guía. Palabra era nuestra piedra de Rosetta. Ni con toda la fuerza de sus ejércitos habría podido Napoleón hacer cumplir su orden. Entonces... ¿Qué podía hacer yo solo frente a mi amigo? Nada. Porque era muy difícil limitarse a sonreír, acatar y dar la espalda a más de cuarenta siglos de historia. Sonreír, asentir, comer y callar. No, Idkereda no funcionaba así y, en realidad, yo tampoco.

Acompañamos a Rosetta a revisar las obras de una ciudad terkuma en construcción.

No parecía una ciudad, ni estar en construcción.

Era más bien un jardín.

Y en él imperaba la misma calma y serenidad que impera en los jardines de arena zen.

Nos condujo hasta una zona del manglar en la que media docena de árboles-torre crecían entre árboles ya maduros. La góndola en la que viajábamos se deslizaba lentamente por el agua. Nos acercó sucesivamente a cada uno de los futuros árboles-torre mientras los rayos de sol se filtraban a través de las copas y se reflejaban en el agua. La superficie estaba totalmente en calma. Era una tarde tranquila. Hubo un momento en que distinguimos, a lo lejos, a una cuadrilla de terkumas alrededor de uno de los árboles más jóvenes, pero parecían estar tomando medidas y observando tranquilamente el árbol más que interviniendo activamente en su crecimiento, o construyendo algo. De hecho, la tranquilidad imperaba en nuestro entorno de una forma casi sobrenatural. No había rastro del ajetreo, el estruendo y la polvareda propias de una obra en su apogeo. Incluso los sonidos habituales en el manglar nos llegaban atenuados, como si toda aquella zona estuviera protegida por una membrana invisible. Puede que, en realidad, así fuera.

Aquel sitio producía escalofríos.

Parecía idílico pero era fruto de una intervención brutal en el medio natural. Para empezar, los terkumas habían tenido que hacer sitio en el manglar para poder plantar los árboles-torre. Eso significaba talar árboles, desbrozar y preparar el suelo sobre el que echarían raíces los edificios. Además, según nos explicó Palabra, controlaban la fauna y la flora para evitar que los tallos jóvenes fueran devorados o asfixiados por especies invasoras. Por si fuera poco, bajo la superficie del agua se ocultaban depósitos de nutrientes esenciales y cámaras de reactivos para que el árbol-torre pudiera ir sintetizando los materiales que iba a necesitar durante su crecimiento. Los métodos estaban copiados de las máquinas biológicas naturales que tanto terkumas como humanos habíamos estudiado en nuestros respectivos planetas, pero el resultado era tan natural como un jardín de bonsáis. Las semillas de árbol-torre que Palabra nos enseñó eran grandes como una pelota de tenis pero esencialmente iguales a las semillas de cualquier otra especie arbórea. Excepto por un detalle: estaban marcadas todas ellas con unos símbolos semejantes a nuestros códigos de barras. Por lo demás, eran tan sensibles y reactivas como cualquier otra semilla. En cuanto cualquiera de ellas se sumergía en el agua, se activaban una serie de reacciones químicas en cadena que desembocaban en una simiente tan unida al suelo cenagoso del manglar como un embrión a la pared del útero. A partir de ahí, el árbol-torre empezaba a desarrollarse, a absorber y a transformar nutrientes del entorno, a buscar el aire y la luz. Los ingenieros genéticos tutelaban su crecimiento. Pero se limitaban a realizar medidas y matizar la expresión de algunos genes para que el nuevo ser vivo se adaptara mejor a un entorno en el que se disipaban las certezas y las puertas y ventanas siempre estaban abiertas a imprevistos. El denominador común a todas las fases de la construcción era el silencio. Ni siquiera durante la fase de limpieza del manglar había sido necesaria maquinaria pesada: según Palabra, había sido llevada a cabo en su totalidad por animales que habitaban el lugar, dirigidos adecuadamente por los ingenieros terkuma.

- No parecen tener mucho espacio para crecer -comentó Idkereda, mientras la góndola nos llevaba de un árbol-torre a otro, lentamente, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Tenía razón. Los claros en medio del manglar eran amplios, pero no lo suficiente como para albergar en su interior un árbol-torre de la enormidad de aquel en el que vivíamos.

- Y hay algo más -añadí-, no son muy diferentes a los árboles que les rodean.

- De momento -puntualizó Palabra.

- ¿Seguro que estos árboles se acabarán convirtiendo en árboles-torre? -insistí.

Los árboles a los que nos acercaba la góndola parecían muy frágiles. Todos y cada uno de ellos ocupaba el centro de un enorme claro en el manglar, un claro para cada árbol. Los rayos de sol recorrían el agua y el tronco de los árboles colindantes a medida que el astro trazaba en lo alto su trayectoria por el cielo. La quietud reinaba alrededor de todos ellos y no parecía haber peligro alguno que los amenazara pero, aun así, eran tan pequeños y en apariencia tan quebradizos e indefensos que resultaba difícil imaginarlos convertidos en gigantes capaces de albergar a cientos, o incluso miles de terkumas en su interior. Hubo momentos en los que contuve el aliento porque tuve la impresión de que la góndola acabaría partiendo el que teníamos más cerca, ya fuera por culpa de un golpe de viento accidental o por un despiste del piloto.

- Si se quedaran en este planeta el tiempo suficiente -contestó Palabra sin ni siquiera mirarme-, ustedes mismos podrían ver cómo crecen hasta transformarse en torres.

En aquel momento, la góndola se detuvo al lado de otro de aquellos arbolitos y Palabra hizo lo mismo que había hecho con los anteriores. Pasó las yemas de los dedos de su mano derecha por su tronco. La parte del árbol que sobresalía por encima del agua apenas superaba en unos pocos centímetros la altura de Palabra de pie sobre la góndola, y su mano hubiera podido rodear fácilmente todo el tronco si se hubiera cerrado sobre él. Unas pocas hojas verdes adornaban su copa.

- Además -dijo el terkuma-, estos no son árboles-torre del mismo tipo que aquel en el que les hemos alojado, no son tan grandes y crecen de una forma distinta. Sus raíces se expandirán alrededor del tronco de los árboles que les rodean, sin llegar a asfixiarlos, y su tronco dejará espacio a las copas de los demás árboles. Se integrarán en el manglar. Todo está previsto.

- ¿Y la energía, Palabra? -preguntó Idkereda-... ¿tienen suficiente estos árboles con realizar la fotosíntesis? ¿Cómo es posible?

- Podría ser suficiente -respondió Palabra mientras ataba una cinta de color azul alrededor del futuro árbol-torre-, pero entonces tardaría muchas rotaciones alrededor de nuestro sol en completar su crecimiento. Necesitamos que crezcan más deprisa.

Palabra hizo una señal al piloto y la góndola se puso de nuevo en movimiento.

Aniolita dibujaba líneas en el agua con la mano. Palabra se situó a su lado.

- Energía de fusión -continuó explicando-, y también algunos reactores de antimateria, en órbita alrededor del sol, y paneles solares que orbitan en torno a nuestro planeta. Rodeando al planeta hay varias redes de energía y todas están enlazadas. A su vez, los árboles están conectados a la red, y toman de ella la energía que necesiten. Puede que ustedes no vean el flujo de energía de la red hacia el árbol, pero existe, para los vispoides y los Coleccionistas es evidente.

Recordé mi conexión con el cerebro vispoide y un escalofrío recorrió mi espalda. Volví a sentirme incompleto, atrapado, encerrado en un cuerpo insuficiente. A nuestro alrededor se producían infinitud de movimientos que pasaban desapercibidos para nosotros. Mi conexión con el cerebro vispoide me había deslumbrado y me había dejado asombrado, más que inquieto, pero en aquel momento, en medio de un manglar que nuestros ojos humanos nos mostraban sereno, cuando en realidad estaba en plena ebullición, el asombro ya había quedado lejos y se imponía la inquietud. Saberme limitado, ciego en medio de aquel entorno en el que confluían fuerzas de calibre planetario que pasaban desapercibidas para todos mis sentidos, me hundía en el desasosiego y me tensaba en la misma medida que me hubiera tensado el tener que cruzar una autopista en hora punta con los ojos vendados.

Esa era exactamente nuestra situación.

¿Qué era el río si no una autopista en medio de la selva? Invisibles eran los coches, invisibles las profundidades del curso de agua e invisibles las entrañas de la selva, pero bien que podíamos oír los gritos de los animales, los rápidos movimientos de las sombras ocultas tras los árboles, la turbulencia del agua en las riveras, al sumergirse en ella animales que escapaban a nuestra mirada y a los que apenas habíamos alcanzado a ver por el rabillo del ojo. El río era un cordón umbilical que nos conectaba con nuestra madre. Una espada clavada en nuestro vientre. Nosotros nos ensartábamos más y más en el metal, apretando la hoja afilada con nuestras manos desnudas, porque queríamos llegar a la empuñadura, a la cápsula. Ése era nuestro viaje. Ése exactamente el número de opciones que ante nosotros se desplegaban: cero, ninguna opción. Un río, una espada, un camino. Así de fácil, así de sencillo. La situación ideal para traer un hijo al mundo. Ni siquiera había un horizonte al que poder mirar, al que poder huir. El río era ancho, pero no tanto como para no sentir los árboles de la selva como muros. Navegábamos por un cañón vivo, de paredes hambrientas, repletas de ojos que nos miraban y narices que nos olían y de quién sabe cuántos más sentidos eléctricos, químicos y desconocidos para los humanos. Atento, el corazón pulsante de la selva se preguntaba si seríamos comestibles. Atento, el humano en la proa de la cromoplaneadora se sabía presa. El mismo instinto indecible que nos había mantenido vivos en medio de parajes desconocidos de nuestro mundo, ahora me erizaba el vello en la nuca y agudizaba todos mis sentidos hasta convertirme en una bestia inexplicable en medio de un mundo extraterrestre. Cuando nos acercábamos a un meandro, el cañón se cerraba sobre nosotros y daba la impresión de que no había camino, ni esperanza ni salida. Ni siquiera podía gritar. Ni saltar al agua ni salir volando. Ya nos había advertido Palabra el primer día: no se les ocurra bañarse sin avisarme. Podría haber añadido: no se les ocurra volar. No lo dijo porque los humanos no volamos. Aunque se nos ocurriera, no hay peligro de que salgamos volando. Pero si hubiera conocido a Ícaro, sí nos lo habría advertido explícitamente: no se les ocurra volar. Si hubiera conocido a Ícaro quizá nos habría matado el primer día. Demasiado peligroso. Humanos: material inflamable. Tóxico, peligroso, venenoso. Todo lo que era el terreno a nuestro alrededor, lo éramos nosotros también. Se había pactado con el Ínbid un estrecho corredor de aproximación a la cápsula. No sólo la selva nos observaba: también los Coleccionistas tenían posados sobre nosotros sus ojos de Coleccionistas, sus sentidos perfectos, sus mentes multiconscientes y dispersas por todo el Universo conocido, y más allá. Si nos alejábamos un metro de los límites pactados, varios cañones de partículas serían disparados contra la cromoplaneadora. No sólo la selva nos vigilaba: también el Ínbid, también la muerte estaba ahí en la proa conmigo. ¿Cómo estás? Mejor que nunca, ¿y tú? Casi podía sentir su aliento frío y húmedo en mi cara. Miento: lo sentía; era el aliento de la selva, de los millones de hojas en putrefacción, de los cadáveres digeridos lentamente, de la humedad, de las bacterias y de los insectos haciendo bien su trabajo. Sí: la muerte, la consciencia detrás del aliento que golpeaba mi mejilla desde las orillas, una consciencia con la que mantener una conversación tranquila, alguien a quien poder insultar y a quien poder culpar del ingente torrente de dolor que los vivos intentábamos remontar igual que la cromoplaneadora intentaba remontar aquel río. El río al que yo miraba fijamente en el momento en que Idkereda se acercó a mí y me dijo que Alkai estaba bien.

Yo asentí y él se apostó a mi lado, expulsando con su aliento la presencia de la muerte.

  En silencio, contemplamos ambos la corriente.

Llevábamos dos días remontando el río. Los detalles del acuerdo con el Ínbid se acabaron de pactar el mismo día que Palabra nos mostró la ciudad terkuma en construcción. Al día siguiente partimos hacia la cápsula. Un portal cuántico nos llevó hasta un lejano pueblo terkuma situado a orillas del río, en las lindes de la selva. Desde allí embarcamos en un artefacto flotante al que Palabra llamaba cromoplaneadora. Éramos un grupo formado por las dos medusas de Aniolita, la propia Aniolita, Palabra, el piloto de la cromoplaneadora, Idkereda, Alkai y yo. En cuanto atravesamos el portal nos advirtieron de que entrábamos en territorio Ínbid. El portal estaba situado en la cima de una colina. Ahí aparecimos. A nuestros pies teníamos el río y la selva virgen, indómita, extendiéndose hasta el horizonte. Fue prácticamente lo primero que vimos, había terkumas a nuestro alrededor, y lanzas de plasma, colores y formas desconocidas, pero la presencia del río y de la selva se imponía a todo. Luego reparamos en la cromoplaneadora fondeada en el embarcadero. Y el pueblo, rodeándolo. No tenían árboles-torre: vivían en construcciones semejantes a caracolas tumbadas. Accedían a ellas mediante rampas laterales que se extendían alrededor de la espiral principal. Algunas estaban casi ocultas por los árboles. Otras se situaban en terrenos despejados y pintadas con colores chillones. Unas pocas sobresalían entre las copas de los árboles de la selva, como habían sobresalido siglos atrás las pirámides mayas.

- Territorio Ínbid -dijo Palabra mientras descendíamos por las laderas de la colina, circundados de terkumas y de niños que parecían no tenernos miedo-, territorio contaminado, no se les ocurra bañarse en el río sin avisarme, no beban agua que yo no haya analizado, no coman sin advertirme. Tengan cuidado. Territorio Ínbid.

El pueblo estaba totalmente rodeado por la selva, al otro lado del río no se apreciaba construcción alguna y el océano verde se extendía sin interrupciones hasta el horizonte. A lo lejos, vimos medusas espiga. Avanzaban como torres de vigilancia, imperturbables, fieles siempre a su misión. Las medusas espiga son medusas de más de cien metros de altura. Algunas de doscientos e incluso trescientos. Sus umbrelas son pequeñas en comparación con sus larguísimos tentáculos urticantes. Se apoyan sobre ellos y oscilan en el aire como un vigía en su atalaya. Observan impasibles el mundo a sus pies, igual que un cirujano observa a su paciente: lo estudian, analizan, tabulan, cuantifican. Y finalmente... lo mutan.

Mutan planetas enteros. No sé qué harían en aquella zona, ningún terkuma nos había advertido de su presencia. A los terkumas que nos rodearon no parecía producirles inquietud alguna ver cómo se paseaban tranquilamente por su selva. Supongo que los terkumas debían tenerlas en gran estima pues, probablemente, si lo que nos habían contado era cierto, su planeta volvía a ser habitable gracias a esas medusas que sobresalían entre los árboles. Supongo que colaboraban en la descontaminación del planeta. Yo no podía sentir ningún aprecio por ellas. Desde una perspectiva humana, son la avanzadilla de cualquier invasión Ínbid. En aquella selva formaban claramente una línea que se perdía más allá del horizonte, una línea que avanzaba por el piélago verde sin detenerse ante nada. No se ocultaban, no les preocupaba ser observadas por ojos humanos. Estábamos en su territorio. Movían sus tentáculos entre la copa de los árboles, olisqueaban el aire, saboreaban la tierra, analizaban todo lo que encontraban en su camino. De vez en cuando, emitían un chillido escalofriante que parecía surgir de una trompeta desafinada. Las observé fijamente. Aquellas medusas siempre son uno de los primeros objetivos en nuestros ataques a planetas Ínbid. Son responsables directas del mantenimiento del equilibrio planetario, auténticos puntales de los ecosistemas Ínbidformados. Llegan a los mundos atacados por la simbiosis Ínbid como llegan los arpones a la piel de las ballenas. Se clavan profundamente en la corteza planetaria y luego, al cabo de unos segundos, o de unos milenios, según sea su antojo, emergen, se alzan y forman frentes que pueden dar la vuelta completa al planeta, incluidos océanos. Una cadena de veneno, hielo, gelatina, frialdad y eficacia que avanza ceñida e impasible hasta que se reunen todos sus eslabones en un mismo punto, desde donde ascienden de nuevo hacia las naves Coleccionistas que las han enviado. Su trabajo es siempre impecable e implacable. Su sola visión dispara el pánico en el interior de cualquier ser humano mentalmente sano. ¿Estoy yo mentalmente sano? ¿Cuántas cosas incomprensibles puede vivir un cerebro humano antes de caer en la locura? Entorné los ojos para evitar que el sol me deslumbrara.

- Territorio Ínbid -murmuré.

Aquella misma tarde montamos en la cromoplaneadora e iniciamos el viaje.

Allí a donde íbamos no llegaba la red de portales cuánticos. No había atajos, trucos ni tecnología que nos salvara del viaje, del río, de la selva y del aliento putrefacto de sus entrañas. Tendríamos que recorrer, sentir, experimentar y sufrir todos y cada uno de los miles de millones de milímetros que nos separaban de la cápsula. El tacto de las espigas de irmmunniamon sobre mi piel quedaba lejos. Y la paz que me infundía se difuminaba en el pasado, como la infancia.

(Fin del capítulo 42. Siguiente capítulo

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