Capítulo 41. BRUMANTRA.

  Lo más impresionante fue cuando se puso a hablar en arameo. Yo no entendía ni una palabra, pero el cura dijo que era arameo y uno de los científicos lo confirmó. La verdad era que hasta ese momento el cura vestido con su sotana negra me había impresionado más que mi hermana poseída. O al menos eso es lo que decía él: que estaba poseída, que tenía demonios dentro... aunque esto último no lo habían confirmado los científicos. Desde luego, yo no había visto nunca a nadie así a mi lado, en vivo y en directo, con semejantes convulsiones, pero sí había visto documentales de Historia en holovisión y sabía lo que era un ataque epiléptico, así que no iba a salir corriendo por ver a alguien echar espumarajos por la boca. Ni aunque ese alguien fuera mi hermana. Pero lo del arameo sí, lo del arameo me impresionó. Además, con aquella voz... reconozco que por poco huyo a refugiarme en el regazo de mi madre. Sin embargo, los científicos no parecían muy impresionados, y eso me contuvo. Si hubiera percibido el más mínimo atisbo de nerviosismo en ellos entonces muy probablemente no hubiera tenido valor para continuar en la habitación, lo admito, pero ellos siguieron orbitando en torno a mi hermana postrada en la cama como si no pasara nada, sin dar un paso atrás ni variar un ápice el tono de su voz, así que lo único que hice fue apretujarme más en el rincón desde donde lo observaba todo y abrazarme más fuerte al Señor Dardito. En esos momentos, el Señor Dardito era lo único que me conectaba con los buenos tiempos. La habitación estaba sumida en la penumbra, las ventanas estaban cerradas, las persianas bajadas y el rostro de mi hermana brillaba como la cera bajo la tenue luz de los monitores que los científicos habían desplegado a su alrededor. El Señor Dardito era un tigre de peluche que había conseguido el año anterior a base de lanzar dardos contra globos de colores en un puesto de la feria. ¡Había acertado tres globos de colores con cuatro dardos! Escogí el tigre. Nos habían llevado papá y mamá y nos lo habíamos pasado muy bien. Al regresar a casa se lo había regalado a mi hermana. A mi madre no le hacía mucha gracia que nos quedáramos con el peluche, le parecía poco higiénico, pero mi hermana se abrazó fuerte a él y yo me abracé fuerte a mi hermana, y mi madre claudicó, por una vez. Entre mi hermana y yo le bautizamos como Señor Dardito. Desde entonces el Señor Dardito había ocupado un lugar destacado en la habitación de mi hermana, un lugar desde donde podía observar todo lo que ocurría a su alrededor, tal y como les gusta a todos los felinos. Cuando mi hermana había empezado a tener convulsiones y a gritar, yo me había abrazado a Dardito y me había acurrucado en un rincón de la habitación. Me negué a salir, a pesar de que los científicos insistieron. Mis padres no soportaban la frialdad de los científicos, en cambio esa misma actitud distante a mí me tranquilizaba. Realizaban medidas, tomaban muestras y planteaban hipótesis. No parecía afectarles mucho lo que le ocurriera a su objeto de estudio. No era nada personal. Era su trabajo. No tenían miedo. No hablaban mucho. Eso sí: bromeaban. No parecían mala gente. Así que si tenían esa actitud ante mi hermana debía de ser porque lo que le ocurría a mi hermana no era tan grave, al fin y al cabo.

El cura, en cambio, sí estaba nervioso.

¿Cómo se explica usted que hable en arameo?, preguntó.

El cerebro de los niños es como una esponja, padre, exclamó uno de los científicos, ¡y el de esta niña más todavía!

Apuesto a que es una broma de Kowalsky, añadió otro, ¡Kowalsky, ven aquí a explicar a este señor por qué esta joya sabe arameo!

Los científicos mascaban chicle y llevaban camisetas de superhéroes del s. XX. Kowalsky, además, era muy delgado y nervioso y tenía granos en la cara. Su red neuronal está configurada en modo antena, dijo mientras instalaba unos aparatos llenos de cables y botones encima de la mesita de noche, y es extremadamente sensible... ¡pero a mí no me liéis!, añadió, Yo no tengo nada que ver con lo del arameo.

Sus compañeros no parecieron muy contentos con la explicación. ¡Venga ya!, exclamó uno de ellos mientras sujetaba a mi hermana. Ella le insultaba sin piedad, a él y a los otros tres que le ayudaban, y su fuerza parecía más propia de un culturista con años de gimnasio en sus músculos que de una niña pequeña aún en desarrollo, pero los científicos no retrocedían: seguían sujetándola, conectándola a aparatos y sensores y registrando medidas. Ahora nos soltará otra vez el rollo de los campos morfogenéticos de Sheldrake, se quejó el que sujetaba las piernas de mi hermana, ¡Confiesa, Kowalsky!, exigió otro del grupo, ¡Te hemos pillado!.

Que os digo que esta vez no he hecho nada, se defendió Kowalsky, ¡Hablad con los biólogos computacionales!

Mi hermanita estaba sufriendo. Recuerdo que yo me abrazaba muy fuerte al Señor Dardito y pensaba: ponte bien, hermanita, por favor, ponte bien. Pero mi hermanita seguía gritando, convulsionándose, insultando e intentando morder a todo aquel que se le acercara. Reconozco que había momentos en los que mi hermana me daba miedo. No era el único. Al cura también le daba miedo. Me daba cuenta de ello, a pesar de ser un niño. La diferencia era que yo no quería marcharme. Por mucho que me impresionara, por mucho miedo que tuviera, quería estar ahí, al lado de mi hermana. Me negaba a irme, me enfadaba con mi miedo: ¡Vete!, le exigía, y me quedaba acurrucado en el rincón, abrazado al tigre de peluche. El sacerdote, en cambio, estaba pegado al marco de la puerta, y si bien es cierto que en parte lo hacía por no entorpecer el continuo trasiego de científicos, también es verdad que era evidente que aquella cercanía con la salida era lo único que le daba la seguridad necesaria como para permanecer en el interior de la estancia. Llamaron a Kowalsky del piso de abajo y al salir se cruzó con una de las mujeres del grupo, que justo en ese momento entraba con un montón de aparatos electrónicos e inyectores cargados de líquidos de colores. Era diferente a todas las mujeres que yo conocía. La diferencia no radicaba en su rostro, sus facciones eran más suaves que las facciones de los hombres, como era de esperar, ni en su cuerpo, que tenía curvas y no ángulos secos como el cuerpo de los hombres, aunque la ropa que llevara no ayudara a acentuarlas. Bajo la camiseta que vestía se podían adivinar unos pechos generosos y los pantalones no ocultaban del todo la curva de sus caderas, pero a mí aún me faltaban años para que estos detalles me resultaran interesantes, los recuerdo muy lejanos. Lo que realmente captó mi atención es que iba calzada con bambas... ¡No llevaba tacones! Eso sí me impresionó mucho y despertó mi curiosidad. Además, no iba maquillada. Al menos, su rostro no brillaba como el de todas las amigas de mi madre y el de mi propia madre. En aquel momento no entendí por qué su rostro me parecía falto de brillo, de enfoque o de ambas cosas a la vez pero con los años comprendí que era porque no llevaba maquillaje. Así fue cómo entró en la habitación: calzada con bambas, sin maquillaje y, sobre todo, vestida con ropas de algodón sencillo que no decoraban su cuerpo con hologramas ni paisajes cambiantes. Era casi como si fuera desnuda. Y no parecía importarle. Se  movía con un desparpajo y una soltura que yo nunca había observado en mi madre ni en mi tía. Lo que sí había observado en ellas es que nunca salían a la calle sin que varias capas de hologramas encendidos les recubrieran, igual que la atmósfera recubre a nuestro planeta y se enciende con las auroras boreales. La mujer de las bambas, en cambio, no necesitaba atmósfera ni colores. Habitaba en otra dimensión. Venía a poner varias inyecciones a mi hermana y a hacerle un análisis de sangre, y lo hizo con tal determinación que no titubeó ni un ápice cuando mi hermana le escupió e intentó morderla. Sus compañeros redoblaron sus esfuerzos por contener a la paciente y ella cumplió con su trabajo sin que le temblara el pulso.

        Lo de la red neuronal configurada en modo antena no es ninguna tontería, comentó al sellar el tubito con la sangre que acababa de extraer.

        Ya, ya... replicó el científico que sujetaba la cabeza de mi hermana,... pero yo sigo pensando que es una broma de Kowalsky.

        Y aun hubo otro que exclamó encogiéndose de hombros:

        ¡Vete tú a saber, igual es una simple cromocaptación reactiva!.

¡En fin!, intervino el cura en ese momento, ya veo que no tienen ni idea.

        La mujer en bambas miró al cura de arriba a bajo y dijo:

        Si quiere aportar alguna idea, padre, es el momento de hacerlo.

Bueno, dijo el cura, ya sé que ustedes son escépticos, pero hay casos documentados, yo mismo asistí a un exorcismo en una ocasión. Creo que éste es un caso claro: esta niña está poseída.

Algún científico sonrió, la mayoría ni le oyeron. La mujer en bambas le dio unos golpecitos en el hombro.

        Lo siento, padre, le contestó, esa hipótesis no es operativa, y salió de la habitación sujetándose la risa.

Mi madre seguía llorando en el piso de abajo. De vez en cuando su voz llegaba muy débil pero perfectamente audible entre los gritos de mi hermana: Me dijeron que sería una niña normal, completamente normal, me lo aseguraron. Mi padre estaba a su lado. Rodeaba con su brazo derecho los hombros de mi madre y sostenía con su mano izquierda las manos de su mujer. Les había dejado solos en el salón. No quería verles así. Prefería estar cerca de mi hermana. Tres años atrás, les había sido concedida en adopción. A mí no me importaba que mi hermana fuera adoptada. Y al principio mis padres parecían muy felices. Pero al cabo de un año habían empezado los problemas y mamá, sobre todo mamá, lo llevaba fatal. El ataque que le había dado a mi hermana el día anterior había sido la gota que había colmado el vaso. Se había puesto histérica y había llamado a mosén Lemoine, el cura de la parroquia, y al Dr.  Gólubev, responsable del equipo de científicos que le había cedido la niña en adopción, no recuerdo en qué orden, si primero al uno y después al otro o al revés. Lemoine vino solo y a pie, Gólubev vino en furgoneta con todo su equipo. Coincidieron todos ellos en nuestra casa. Cuando el cura vio al equipo del Dr. Gólubev, pensó que eran médicos, pero se equivocaba: en realidad eran físicos, tecnobiólogos, genetistas y matemáticos. El Dr. Gólubev era el único que llevaba traje y calzaba zapatos.

Mi hermana se había tranquilizado después de las inyecciones que le había puesto la mujer de las bambas. Reposaba tendida en la cama, sus ojos estaban cerrados y su respiración era profunda. Pensé que se había quedado dormida, pero no, no estaba dormida porque al cabo de un rato, cuando reuní valor suficiente y me acerqué y le dije: ponte bien, hermanita, ella negó con la cabeza y abrió los ojos. Me había oído. No estaba sedada, simplemente volvía a ser mi hermana. La misma que ayudaba a cruzar la calle hacía pocos días. Y estaba a punto de llorar. No sé qué me pasa, hermanito, me dijo, no sé qué me pasa. No quiero, yo no quiero, pero no puedo evitarlo. Le acerqué al Señor Dardito y ella se agarró a una de sus patitas. Vivíamos en un pueblo pequeño de la vieja Europa, en el planeta Tierra. Mi madre a veces nos mandaba a hacer algún recado y mi hermana y yo cruzábamos la calle agarrados de la mano. Como yo era el hermano mayor me sentía responsable.

        Ahora tienes que correr muy deprisa, todo lo deprisa que puedas, le decía a mi hermana justo antes de cruzar la calle, así no nos pillarán los coches, ella apretaba mi mano y asentía muy seria, yo iniciaba la cuenta atrás: preparados... listos... ¡ya!

        Y arrancábamos los dos a correr como locos, como si nos persiguiera una bruja o peor aún: como si nos fuera a atrapar una pandilla de matones del cole. Cruzábamos la calle a toda velocidad. O al menos lo intentábamos. Un día mi hermana se tropezó con un adoquín del suelo que sobresalía más de la cuenta. Sus tiernas rodillas impactaron contra las dureza de las piedras. No pudo frenar bien la caída porque ella sí se soltó de mi mano pero yo no la dejé ir a tiempo, ocupado como estaba, un metro por delante de ella, en alcanzar la otra orilla antes de que apareciera algún coche de repente. Fue un descalabro. Se hizo un morado en una rodilla y sangre en la otra, por culpa de la gravilla, que le había despellejado la articulación. Para cuando me detuve, me giré y comprendí qué había pasado, mi hermana gimoteaba sentada en el suelo.

        Hermana, ¿qué te ha pasado?, le pregunté con los ojos muy abiertos.

        ¡Ay! contestó ella.

        Algunos mayores que caminaban por la acera nos miraron.

        No ha sido nada, no ha sido nada, dijo un señor.

        Has de cuidar mejor de tu hermana, añadió una señora en tono severo.

        Le ayudé a levantarse y nos refugiamos en una plaza con fuente, no lejos de nuestra casa. Senté a mi hermana en un banco y fui a la fuente a por agua. Mojé una esquina de mi camiseta y limpié con ella la rodilla de mi hermana, que tenía el rostro contorsionado por muecas de dolor infantiles y pucheros y gemidos aderezados con lágrimas de cocodrilo que resbalaban por sus mejillas.

        Escuece, hermano, dijo.

        Pues en casa habrá que ponerte alcohol, contesté.

        Noooo, dijo ella llena de angustia, alcohol noooo, y hubo más pucheros y lágrimas.

        Mojé otra esquina de mi camiseta y volví a limpiarle la otra rodilla y sus manos. La miré mientras lo hacía, procurando no apretar mucho.

        Tienes que ser valiente, le dije.

        Ella asintió. Había dejado de hacer pucheros pero de sus ojos seguían brotando lágrimas, y de vez en cuando se le escapaba un hipo. Pobre, pensé, le duele. Si a mi hermana le dolían las rodillas al caerse, eso quería decir que no era un monstruo.

Sin embargo, ella estaba convencida de que sí lo era.

Soy un monstruo, me dijo mi hermana tendida en la cama, con las mejillas arrasadas por las lágrimas, saliva seca en la comisura de los labios, mocos en la nariz y una tristeza mucho más profunda de la que yo había visto nunca en el rostro de nadie, incluso de los adultos.

        Le toqué las rodillas como el día del tropezón y le dije que no, que no era ningún monstruo. Puse al Señor Dardito encima de la cama. Dardito te quiere, dije, si fueras un monstruo el Señor Dardito te tendría miedo. Mi hermana sonrió y tendió la mano hacia el peluche. Parecía que iba a acariciarlo pero de repente se convulsionó y puso los ojos en blanco. Yo di un paso atrás, el cura se pegó a la pared. Los científicos dieron un paso hacia delante. Mi hermana agarró al Señor Dardito y lo arrojó lejos, contra la pared. Pobre Señor Dardito. Él no podía hacer nada. Yo tampoco. No podía cuidar mejor de mi hermana, que empezó a gritar otra vez y su piel adquirió un tono verde. Recuperé al Señor Dardito y me refugié de nuevo en mi rincón. La tregua había pasado.

        ¡Sujetadla!, gritaban los científicos, ¡Preparaos para la secuencia de reinicio!

        El cura estaba muy nervioso. En aquel momento, a mi hermana le daban calambres tan fuertes que todo su cuerpo saltaba medio metro por encima de la cama.

        ¡Sujetadla!, insistieron.

        Se repartieron: unos cuantos intentaron sujetarla, otros prepararon inyecciones, y un par apretaron botones y activaron las pantallas de los aparatos que rodeaban a mi hermana. La mujer en bambas había regresado al oír el jaleo.

        ¿No deberíamos esperar a que se estabilizara?, preguntó.

        ¡Está mejor de lo que parece!, contestaron varios científicos.

        ¡No tenemos tiempo!, añadieron.

        Yo tampoco tenía tiempo, también tenía prisa. Quería que pasara todo aquello ya de una vez. No quería ver sufrir más a mi hermana. Quería volver a sentarme delante de la holovisión con ella a ver las series de dibujos animados que más nos gustaban. Nos reíamos con las mismas tonterías y llorábamos con las mismas historias. Mi hermana no era ningún monstruo. Quizá no era como yo o como el resto de niños de la clase pero no era ningún monstruo. Sólo quería que se pusiera bien. Volver a reírnos juntos. Pero en lugar de ponerse bien, otra vez habló en esa lengua tan extraña con una rabia que incluso yo entendía que nos estaba insultando, totalmente desequilibrada. Me tapé los oídos y se me saltaron las lágrimas.

        Ponte bien, hermanita, ponte bien, por favor, gritaba yo a pleno pulmón porque no quería oír la voz de mi hermana.

        ¡Esta niña está poseída!, insistió el cura, ¡Tengo que informar al obispo cuanto antes!

        El científico que había llamado antes a Kowalsky apoyó un lector de código de barras biológicos en el hombro de mi hermana y, cuando la pantalla se llenó de barras y números, dijo:

        Vamos a ver, padre, avise a quien quiera, pero... ¿ve estos números?

        En la pantalla se podía ver el nombre de mi hermana, Elisa Brumantra, seguido de muchos números, símbolos y letras griegas.

        Esta niña no puede estar poseída, continuó el científico, porque según su iglesia ni siquiera tiene alma. Es un ser humano sintético, lo diseñamos nosotros mismos, en nuestro laboratorio.

El cura se quedó pálido.

No sabía nada, esto excede de mis competencias, murmuró, totalmente desorientado.

Pues esperemos que no de las nuestras, respondió el científico, y continuó trabajando con sus compañeros, intentando reiniciar el cerebro de mi hermana.

Yo lo vi todo desde un rincón de la habitación. Me tapaba los oídos y lloraba. A veces gritaba para no oír la voz horrible de mi hermana. No parecía ella. Pero yo sabía que era ella, que ella seguía allí, bajo la máscara, y que por mucho miedo que diera la máscara no era más que eso: una máscara. Yo sabía que ella no era un monstruo, a pesar de lo que dijera la gente. Que se reía y que lloraba. Que le dolían las rodillas cuando se caía, y que le gustaban los gatitos y los tigres. Quería que volviera. Podría haber huido, pero aguanté ahí, a su lado. Quería con todas mis fuerzas hasta la extenuación que mi hermana volviera, que se recuperara, que se pusiera bien, que los científicos la ayudaran, que cuando despertara aún se acordara del Señor Dardito. Y también de mí.


(Fin del capítulo 41. Siguiente capítulo)

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