Capítulo 40. LITERATURA.
Aquella tarde sellaríamos el pacto con el Ínbid y nos entregarían el cuerpo de Brumantra. Palabra nos había explicado que la ceremonia sería breve y se llevaría a cabo en el mismo árbol-torre. Palabra sentía una honda tristeza por la muerte de Nevando cerezas y de Brumantra. Pero al mismo tiempo veía el futuro con optimismo. Según nos explicó camino del comedor, el Ínbid seguía dividido pero la facción que quería la paz con la Humanidad le había asegurado que colaboraría para que nosotros fuéramos rescatados. Palabra también estaba apenado por no poder explicarnos cuán honda era su tristeza, ni cuán grande su optimismo. Antes, nos dijo, deberíamos aprender a hablar. Antes, respondí yo, deberíamos comer.
Mientras nos dirigíamos hacia el comedor y Palabra nos hablaba de su tristeza y de su optimismo mis pensamientos volaron hacia la guerra. Los humanos no respetarían Alema. No había nada que nosotros pudiéramos hacer. Si el Ínbid y los terkumas habían establecido una alianza, del tipo que fuera, por el motivo que fuera, eso convertía automáticamente a los terkumas en enemigos de la Humanidad. Así lo vería la mayor parte de seres humanos, al menos los humanos que formaban parte del Alto Mando. Nuestra voz, nuestras palabras, no transmitirían confianza ninguna. Ni siquiera nuestra presencia haría que los humanos confiaran en los terkumas. Creerían que el Ínbid les estaba tendiendo una trampa. Como había creído Surkoi. Nosotros mismos teníamos nuestras dudas, y las manteníamos a raya únicamente por la aplastante realidad que nos rodeaba y por la falta de opciones a nuestro alcance. Alema sería destruido. Quizá el Ínbid lo impidiera, quizá los propios terkumas. Pero lo más probable es que en algún punto a lo largo de su trayectoria alrededor de su sol, de tipo G, el mismo tipo espectral que el sol de la Tierra, Alema sería rodeado por unidades Trueno de Zeus y sus océanos serían evaporados y su superficie abrasada sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Como si fuera un cataclismo estelar. De hecho... ¿es diferente el miedo humano de un terremoto? ¿De una supernova? ¿En qué se diferencian las fuerzas que impulsan al ser humano a tomar las decisiones que toma de las fuerzas que impulsan las placas tectónicas, de las que provocan el colapso de las estrellas o el colapso del propio espacio-tiempo? A los seres humanos nos gusta la ilusión de ego y de voluntad, sentirnos timonel en nuestro barco, pero en realidad hay más zonas de sombra en la mente humana que regiones iluminadas por la razón y por el sosiego. Intentamos explicárselo a los terkumas durante nuestra primera conversación en el árbol-torre. Pero ellos habían seguido con su plan, habían insistido en aquel plan que a Palabra le llenaba de optimismo y a mí, a nosotros, nos llenaba de preocupación y escepticismo. No intenté explicárselo de nuevo. Al fin y al cabo, gracias a las gestiones de Palabra, nos salvaríamos. Pero su planeta estaba condenado. Si el Alto Mando me concedía unos segundos para explicarme, yo hablaría a favor de los terkumas, quizá incluso a favor de la paz con el Ínbid, y aconsejaría, tal como le había dicho a Surkoi, no atacar este planeta.
Pero no me harían caso.
Era una batalla perdida.
Lo más probable es que el Alto Mando me considerara un traidor.
El comedor terkuma era inmenso y caótico.
Al entrar en él mis sentidos quedaron inundados de impresiones que aparcaron la guerra y los funestos pensamientos que desencadenaba bien lejos de mi consciencia. Sin embargo, el estado de ánimo que conllevaban esos pensamientos permaneció posado en mi pecho, en silencio, como un buitre que espera el momento propicio. Todas las cosas que poblaban el presente y que reclamaban mi atención inmediata desterraron las elucubraciones mentales pero no fueron capaces de limpiar mi pesadumbre. Incluso, quizá, la acentuaron.
El comedor estaba abarrotado de terkumas a aquella hora del día. Los terkumas siempre comían en comunidad pero Alkai, Idkereda y yo era la primera vez que lo visitábamos. Nos habían invitado varias veces a reunirnos con ellos pero hasta aquel momento no me había parecido oportuno hacerlo. La comida más importante del día, la que reunía a más miembros de la comunidad, era la primera, según nos explicó Palabra, lo que los humanos llamaríamos desayuno. Luego había una o dos comidas más, en función de la época del año, y finalmente la cena. A la que íbamos a asistir nosotros correspondía a la que se llevaba a cabo hacia la mitad del día, más o menos. No estaba toda la comunidad. Llegábamos un poco tarde, así que algunos ya habían acabado y se habían marchado; otros ni siquiera habían asistido, por tener tareas urgentes a las que atender o por otros motivos. Según nos explicó Palabra, había tareas que no podían quedar desatendidas. La inmensa mayor parte del trabajo, por lo visto, lo llevaban a cabo sistemas expertos y robots pero aun así había fábricas, redes de comunicación y distribución, centrales de producción de energía y otros mecanismos que requerían una atención constante por parte de un cerebro terkuma, por lo que tenían que establecerse turnos y, en la práctica, congregar a toda la comunidad a la vez era imposible. Sólo en ocasiones extraordinariamente señaladas se conseguía reunir a prácticamente todos los miembros de la comunidad.
Aun así, había muchos terkumas, y de todas las edades, o al menos de muy diferentes tamaños y comportamientos. Había adultos que comían con circunspección y otros que bailaban en el centro de la sala. También había unos cuantos que correteaban entre las mesas y hacían volar a su alrededor unas largas cintas de colores mientras se perseguían los unos a los otros, siguiendo la lógica de un juego desconocido para los humanos. Supuse que esos eran los niños. Los juegos y el sentido del humor quizá eran rasgos universales, características compartidas por todos los cerebros que superaran una cierta complejidad fuera cual fuera su planeta de origen. ¿Tendrían sentido del humor los Coleccionistas de medusas? ¿Juegos los vispoides? Y en caso de que los tuvieran... ¿podríamos comprenderlos los seres humanos? Mientras buena parte de los niños jugaba -¿jugaba? Quizá no jugaba, quizá ejecutaba un ritual desconocido para nosotros pero imprescindible para preparar sus jugos gástricos para la comida-, otros muchos terkumas comían sentados alrededor de mesas circulares llenas de viandas y bebidas. La comida se llevaba a las mesas en bandejas transportadas por curiosos robots araña, y, una vez la bandeja se depositaba en la mesa, los propios terkumas se la servían en sus cuencos individuales. Cuando una bandeja se quedaba vacía, era retirada por un robot araña y repuesta repleta de comida por otro. Seguí con la mirada a los robots y vi que todas sus trayectorias confluían en un portal situado enfrente de nosotros, al otro lado del comedor.
A lado y lado de aquel portal se abrían sendos ventanales que rodeaban prácticamente todo el recinto hasta llegar a la pared donde se situaba la entrada en la que nos encontrábamos. Aquellos ventanales no montaban vidrios de ningún tipo, al menos en aquel momento, y dejaban entrar luz y aire fresco a raudales.
A pesar de que la estancia estaba bien ventilada, el olor, al principio, nos aturdió.
No era desagradable, pero sí profundo, casi táctil, un poco empalagoso, a veces; al cabo de un rato se llenaba de matices, como un puesto de especias en un mercado está lleno de colores, y luego desaparecía casi por completo. El ruido, no. Pero no era un ruido metálico, de cubiertos chocando contra vajilla de porcelana en medio de un griterío humano insoportable. Era más bien una masa enredada de voces dispersas en incontables conversaciones y de cubiertos de madera contra vajilla del mismo material, una maraña entre la que despuntaba un grito aquí y allá muy de vez en cuando, alguien llamando a alguien, un niño jugando con otro niño, un grito de emoción o de susto, tal vez. La algarabía habitual cuando hay muchos niños juntos y muchas conversaciones simultáneas, pero sin la acidez de los tonos agudos.
A nosotros nos situaron en una mesa perdida en la periferia del comedor, muy cerca del ventanal, por el que se filtraba una brisa agradable. Desde nuestra mesa podíamos ver las hojas verdes del árbol-torre brillando al sol. Cada una de ellas se agitaba nerviosa por culpa de la misma brisa que nos refrescaba suavemente a nosotros. En su brillante tintineo, me recordaron a las plegarias budistas que los monjes tendían al viento para que desde el Himalaya se dispersaran por todo el planeta.
En realidad, los terkumas no se sientan. Decir que los terkumas están sentados es sólo una forma de hablar. Ahí en el comedor ni siquiera tenían columpio-sillas. En su lugar usaban el mismo sistema que habíamos visto en el restaurante y en los vehículos-burbuja: unas protuberancias en forma de cuerno que surgían del suelo, inclinadas hacia la mesa y con la punta roma y plana, a las que se abrazaban de tal forma que todos sus tentáculos quedaban libres para manipular cubiertos que tuvieran ante ellos, vajilla, viandas o cintas de colores. Esas protuberancias eran el equivalente terkuma de nuestras sillas. Vimos que algunos terkumas, en lugar de abrazarse a la silla terkuma, encajaban su nuca en la punta roma del cuerno, de tal forma que su enorme cráneo reposaba en la pendiente que se deslizaba suavemente hasta el suelo y hacía de contrapeso al resto de su cuerpo, colgado en el aire de forma parecida a como quedaba colgado en los columpio-sillas, con todos sus tentáculos libres para manipular lo que necesitaran. El cuerno estaba diseñado de tal forma que los pulmones quedaban a ambos lados y podían inflarse y desinflarse sin dificultad.
A los humanos nos era imposible utilizar aquellas protuberancias para acomodarnos de alguna forma relajada. Así que acabamos como siempre que nos habíamos encontrado con ellas: sentados en el suelo. A mi no me importaba, y Aniolita tampoco parecía darle importancia, pero Alkai e Idkereda estaban visiblemente contrariados. Seguramente el menú que tenían ante ellos no contribuía a mejorar su estado de ánimo. Como era habitual en la cocina terkuma, al menos por lo poco que habíamos visto, los platos que teníamos ante nosotros eran poco elaborados, compuestos por sabores sencillos. En realidad, por lo poco que sabíamos, a la mayoría de humanos la cocina terkuma se les antojaba insípida. En aquel momento, Idkereda y Alkai eran la mayoría de humanos, al menos la mayoría no alemita. Supongo que si nos hubiéramos quedado meses o años en aquel mundo al final habrían encontrado sabrosas las verduras y los cereales terkumas. Quizá habríamos acabado descubriendo en ellos sabores sutiles que de momento no podíamos apreciar. O quizá hubieran tenido a bien servirnos platos más elaborados, con sabores más acordes a los registros del paladar de la mayoría de humanos. Quién sabe. En aquel momento, ante nosotros, a parte de cereales y verduras, teníamos un plato que era una especie de pescado en salsa, pero la única que se atrevió a probarlo fue Aniolita. De postre tomó la fruta epitafio que había traído con ella y, cuando se disponía a retirarse, un grupo de niños se acercó a nuestra mesa y, gritando en terkuma palabras incomprensibles, le ofrecieron sus cintas de colores. Ella les contestó en terkuma y se dedicó a lanzarles las cintas de colores por el aire. Los juguetes describieron suaves parábolas por el espacio del comedor, perseguidos de cerca por los niños, que intentaban cazarlos al vuelo e impedir así que tocaran el suelo o las mesas. La mayoría de niños volvieron a acercarse a nuestra mesa pero esta vez Aniolita no permitió que sus súplicas le hicieran cambiar de idea. Se despidió de nosotros y avanzó entre los terkumitas hacia la salida del comedor, a pesar de la insistencia de los niños y de las cintas de colores.
Nosotros nos quedamos un rato más. Idkereda lanzó las cintas de colores a los niños unas cuantas veces mientras disfrutaba, con Alkai, de los postres, donde imperaban los sabores dulces. A Idkereda tuve que llamarle la atención. Comió tantos dulces y tanta fruta que temí que se pusiera enfermo. Alkai se moderó. Estuvo un poco ausente toda la comida. Su descontento con los sabores era evidente, pero por otra parte no parecía muy atenta a todo lo que nos rodeaba, como si su cuerpo fuera regido por un piloto automático mientras ella se hubiera retirado a alguna estancia interior. Hacia el final de los postres, cuando los robots araña nos sirvieron diferentes tipos de bebidas y esponjas con néctares, se levantó sin probar ninguna y se fue hacia el ventanal. Se recostó en el alféizar y se puso a contemplar el paisaje. Idkereda fue a hablar con ella.
Palabra y yo observábamos en silencio. Algunos críos correteaban entre las mesas y algunos adultos iban y venían.
- ¿Quién se encarga de las tareas de mantenimiento? -pregunté.
- ¿Qué quiere decir?
- Quiero decir que si estos robots araña se encargan de todo, además de servir la mesa... de la limpieza, del mantenimiento, ya sabe... de todas esas tareas necesarias para que la entropía no acabe haciendo inhabitable cualquier sitio.
- Los robots araña son sólo parte del sistema. También hay zarigüellas esponja, lagartijas adherentes y hormigas reparadoras. Estoy utilizando los nombres que usaban los humanos de la expedición de Danel, los mismos que usa muchas veces Aniolita, aun conociendo ella su equivalente terkuma.
Palabra me contestó sin prestarme mucha atención. Miraba hacia la ventana. Buscaba algo situado más allá de Idkereda y Alkai, como si mis preguntas fueran poco interesantes y la información que él me proporcionaba fuera anodina. Me sorprendió que añadiera:
- También tenemos lámparas luciérnaga, ustedes las conocen. Supongo que ya se habrá dado cuenta de que están inmersos en un entorno artificial autosostenido, una ecología diseñada en los laboratorios de Física, Biología y Matemáticas con la intención de reducir al mínimo la necesidad de trabajar pero sin renunciar por ello a las comodidades de la civilización.
- Palabra, si los terkumas desaparecieran de repente de la faz de este planeta, el árbol-torre, todos los árboles como éste, y los organismos que en él viven y que contribuyen a su mantenimiento... ¿seguirían funcionando?
En ese momento, Palabra apartó su mirada del cielo, de las hojas verdes que brillaban al sol, de Idkereda y Alkai, y me miró.
- Sí -respondió-, seguirían funcionando. Funcionarían mientras brillara el sol, el corazón de este planeta siguiera caliente y el mar no se secara. Quedarían sometidos únicamente a lo que resultara de la interacción entre las leyes de la evolución biológica, las mismas que imperan en su planeta, en todo el Universo, y los algoritmos que tienen programados.
Después de esta respuesta fui yo quien apartó la mirada hacia el ventanal.
Idkereda y Alkai hablaban intensamente. No podía oír lo que decía ninguno de los dos, ni podía leer sus labios, pero no era una conversación lánguida. Alkai le estaba explicando algo a Idkereda y gesticulaba de forma decidida. Cuando acabó, hubo un largo silencio entre ambos. Finalmente Idkereda abrazó intensamente a Alkai durante un buen rato y luego regresó a la mesa, pensativo.
- ¿Qué ocurre, Ikdereda? -quise saber-, ¿qué le ha explicado Alkai?
Pero antes de que pudiera contestarme sucedió algo totalmente inesperado.
Varios terkumas habían rodeado a Alkai. La oficial científico había quedado acorralada en pocos segundos contra la ventana, contra el vacío, pues nos encontrábamos a bastantes metros de altura sobre el nivel del mar. Su torso sobresalía entre numerosos cráneos terkuma. Alkai los miraba desconcertada.
Idkereda y yo hicimos ademán de levantarnos, preocupados, pero Palabra nos retuvo.
Nos sujetó por las mangas y nos dijo:
- Tranquilos, no pasa nada, su compañera no está en peligro, observen.
De repente, uno de los terkumas de la primera fila se alzó sobre sus tentáculos traseros y, en precario equilibrio, avanzó hacia Alkai con el resto de tentáculos abiertos y extendidos hacia ella. Antes de que la humana pudiera apartarse, retirarse, disculparse o evitarlo de cualquier otra forma, la abrazó. Fue un gesto rápido y directo, ejecutado de una forma firme y segura, pero al mismo tiempo sin agresividad alguna. Alkai no sólo no tuvo tiempo de reaccionar: tampoco sabía cómo tenía que reaccionar. Su desconcierto era total. Idkereda y yo nos quedamos con la boca abierta. El terkuma murmuraba una canción con una voz grave y profunda. Supongo que todo su cuerpo debía de vibrar como una caja de resonancia. Alkai finalmente respondió al abrazo: cerró los ojos y rodeó con sus brazos la caja de resonancia.
- Han aprendido que los humanos se abrazan -dijo Palabra.
Una multitud cada vez mayor de terkumas quería abrazar a Alkai. Vi cómo la mujer intentaba ser educada pero después del tercer o cuarto abrazo empezó a apartarse de la ventana. Educadamente se fue acercando a la mesa. Numerosos terkumas le impedían el paso. Todos murmuraban canciones y se alejaban hablando animadamente en grupo después de abrazar a Alkai. Hubo un momento en que la mujer miró a Palabra con una súplica claramente reflejada en sus ojos. Y Palabra comprendió aquella expresión tan bien como la comprendí yo.
El terkuma alzó la voz y habló a sus congéneres. Estos detuvieron los abrazos y prestaron atención a lo que les decía Palabra. Cuando acabó, hubo un murmullo generalizado entre los terkumas que se habían congregado para abrazar a la humana. Después de unos segundos de indecisión, la multitud de terkumas acabó dispersándose. Alkai pudo finalmente llegar a la mesa. Palabra no sólo sabía hablar nuestro idioma a la perfección: también sabía leer el rostro humano, aunque este rostro estuviera gravemente deformado por cicatrices profundas y extensas.
- ¿Esto es normal, Palabra? -preguntó Alkai-. Quiero decir... esto no es normal, ¿verdad, Palabra?
Estaba visiblemente nerviosa.
- No, desde luego que no es normal -se contestó a sí misma-, nunca he visto a dos terkumas abrazarse.
- Tiene razón: no es normal -confirmó Palabra-. Abrazarse no es la forma habitual entre terkumas de demostrarse afecto o... solidaridad, no sé cuál sería la palabra más adecuada. Pero no se preocupe. Como ustedes los humanos no hablan, los terkumas no saben cómo comunicarse con ustedes. Cuando han visto que entre ustedes se abrazan, mis congéneres han querido expresarle de esta manera su cercanía.
- ¿Cercanía? Ciertamente: cercanía. No se ofenda pero los he tenido tan cerca que ahora podría hablar durante media hora sobre cómo huelen los terkumas.
Palabra rió con aquella vibración de cilios a la que ya empezábamos a acostumbrarnos.
- No me ofende, seguramente mis congéneres ahora mismo también están comentando su olor, entre otras cosas. Pero no me refiero a cercanía física. Me refiero a comprensión, a semejanza en la forma de sentir. Me refiero a soledad. Me refiero a que saben cómo se siente y quieren expresarlo ante usted, es más, tienen necesidad de expresarlo.
- Le he entendido -aclaró Alkai-, pero no sé si tengo necesidad de que me expresen su cercanía.
Conozco a Alkai. Sé que estaba siendo muy diplomática: en otras circunstancias simplemente habría dejado claro que por mucho que la abrazara un animal con forma de pulpo no se iba a sentir menos sola, aunque hubiera humanos que encontraran en la mirada de su perro o en uno de sus lametones de agradecimiento el bálsamo ideal a la soledad.
- Tendrá que tener paciencia -advirtió Palabra-. Para los terkumas, permanecer al margen es muy difícil. Puede que se vuelvan a producir explosiones de expresividad y cercanía. Todos los terkumas somos uno. No somos iguales, pero nos comunicamos, nos sentimos muy cerca los unos de los otros, lo que le ocurre a un terkuma, nos ocurre a todos. Nosotros narramos lo que nos pasa. Y con nuestras palabras transmitimos lo que sentimos. Lo que le ocurre a uno, nos ocurre a todos, tanto la alegría como la tristeza. No nos sentimos solos. Pero los humanos no hablan. Lo que le ocurre a un humano, le ocurre sólo a un humano. ¿Disminuyen la soledad, los abrazos?
Alkai apretó los labios y jugueteó con una fruta entre sus manos.
- Son un sucedáneo -dijo-, es lo que tenemos. Es lo que hay.
- Nadie es una isla -dijo de repente Idkereda-, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.
Todos le miramos asombrados. Incluso alguno de los terkumas que nos rodeaban.
- Es de John Donne -explicó-, es la cita con la que Ernest Hemingway empezaba su novela Por quién doblan las campanas, lo tenía en uno de mis módulos de memoria, no he podido evitar recitarlo, al oír a Palabra. La literatura es otro sucedáneo.
- ¿Quién es Ernest Hemingway? -preguntó Alkai.
- Un escritor del siglo XX -contestó Idkereda.
Alkai se quedó mirando al biólogo computacional.
- Mira que eres raro -dijo al fin, sin dejar de mirarle.
- Lo sé -admitió Idkereda, sonriendo-, y me lo dice la que utilizaba fibras de celulosa para imprimir fotografías.
Alkai suspiró mientras seguía jugueteando con la fruta.
- Sí -admitió-, es cierto, pero a ver si algún día nos explicas algo del siglo XXII en lugar del XX.
Idkereda se encogió de hombros y, sin perder la sonrisa, replicó:
- Hice una ampliación sobre ese siglo en la asignatura de Historia que nos impartían en la Academía Militar de Monte Olimpo, en Marte.
- La literatura -dijo Palabra-... se refiere a la enorme cantidad de historias escritas que han acumulado los humanos desde que inventaron la escritura... ¿no es así? En los archivos de la nave de Danel Primero había muchos ejemplos, he leído buena parte de ellos, era una forma de aprender varios de sus idiomas y de acercarme a su cultura. Pero es agotador leer sus historias, no son diáfanas, no son claras, no hablan. Están muertas, hay que resucitarlas continuamente, y es agotador.
- No, no, Palabra -replicó Idkereda-, no me refiero a la cantidad de historias escritas acumuladas después de miles de años de escritura... no es una cuestión de cantidad o de si la letra está viva o muerta... me refiero al arte de narrar historias, a la capacidad que tenemos los humanos de utilizar una herramienta imperfecta como es nuestro lenguaje para transmitir sentimientos, emociones, para conseguir despertar la empatía y poner al otro en el lugar de los personajes de la historia. A eso me refiero. Poesía, novela, teatro. No sé si los terkumas tendrán algo parecido, dadas las características de su lenguaje.
Palabra se quedó en silencio durante unos segundos. Nos miró con una expresión indescifrable dibujada en su rostro terkuma. En su cráneo danzaban colores que carecían de sentido alguno para los humanos y sus cilios bucales se ondulaban lentamente, como si olisquearan el aire. Tuve la impresión de que sabía perfectamente lo que contestarnos, pero no cómo resumir en pocas palabras humanas todo lo que la pregunta de Idkereda había desatado en su interior.
- Los terkumas tenemos escritura -dijo finalmente, con lentitud, como si pensara muy cuidadosamente qué palabras escogía-, símbolos con los que llenar el silencio de las superficies vacías, pero nuestras historias no están escritas... nuestra memoria colectiva se transmite de forma oral. Para nosotros la palabra escrita está muerta, carece de un ingrediente fundamental, la voz. La palabra escrita sólo la utilizamos para escribir informes técnicos o artículos científicos. Tenemos el árbol de luz para enviarnos mensajes entre nosotros y, desde hace unas pocas generaciones, los libros negros, pero sólo los lectores pueden acceder a ellos.
Palabra trazó unos símbolos con el dedo índice de su mano derecha sobre la mesa.
- El niño espera el alba -dijo-. ¿Cómo se supone que ha de leer esta frase otro terkuma? Yo puedo escribirlo, tenemos los símbolos necesarios. Pero ... ¿para qué escribirlo? Estaría mutilando mis propias palabras. Otro terkuma no sabría cómo leerlo.
- Pues los humanos sí lo escribimos -dijo Idkereda.
- Y luego han de seguir escribiendo -replicó Palabra-, frases y frases, páginas y páginas, si quieren explicar algo más del niño, de la espera y del alba. Y, aun así, siempre la descripción quedará incompleta, siempre habrá un margen, generalmente amplio, para la interpretación, la tergiversación y la pérdida del mensaje. La mayor parte de las veces, al receptor del mensaje no le producirá ni frío ni calor su contenido.
- Es una debilidad... pero también una oportunidad de libertad -afirmó convencido Idkereda.
Los cilios de Palabra vibraron y su cráneo se iluminó con colores intensos. Otra vez se reía.
- Sí -dijo-, otra vez la libertad... una oportunidad, un consuelo, una renuncia. Qué le vamos a hacer. No podemos más. Nos conformamos con esto y consideraremos que es una oportunidad. Perdonen, pero para un terkuma resulta asfixiante. Inconcebible. No es una oportunidad de libertad, es una condena a la soledad. No comparto la opinión de Trae consigo: ustedes hablan, de acuerdo, es cierto, no dudo de la profundidad existencial de los seres humanos. Pero... ¿no es equiparable a la de los delfines que conocieron poco después de llegar a este planeta?
- También tenemos la música -intervino Alkai-, los delfines no tienen música, que yo sepa, y tampoco saben abrir el Aleph.
- No estén tan orgullosos de su tecnología -contestó Palabra-, la del Ínbid es más impresionante, ni de su música; de los medios de que disponen ustedes los humanos, su música es el que más se parece a nuestro lenguaje, y es cierto que aúna el corazón de los seres humanos en sentimientos comunes, pero carece de una semántica precisa y, en el fondo, está casi tan sujeta a interpretación como cualquiera de las historias que escriben... Ah, y los delfines también tienen música, ¿quién le ha dicho que no? Al menos los que viven en este planeta, los que vinieron con Danel Primero. Incluso utilizan instrumentos, y cuentan historias de navegantes estelares, de sus ancestros, de aquellos delfines aumentados que formaban parte de la tripulación original.
- ¡Venga, Palabra! -exclamó Idkereda-, su lenguaje no puede ser tan perfecto, tiene que contener un mínimo de incertidumbre para poder evolucionar y adaptarse, permitir el error y dejar abierta alguna puerta, o ventana o algo... una mínima rendija, incertidumbre o punto de fuga que permita la creatividad, el juego, la ambivalencia, el humor, la mentira, la farsa.
Palabra parpadeó. Sus grandes ojos negros quedaron cubiertos y descubiertos intermitentemente por unas membranas semitransparentes. Al cabo de unos segundos, contestó:
- No digo que nuestro lenguaje sea perfecto: digo que cumple mucho mejor que el suyo la función que se supone deben cumplir los lenguajes. La de unir a los miembros de la comunidad.
Idkereda alzó las cejas, suspiró y apoyó los codos sobre la mesa y el mentón sobre las manos entrelazadas.
- Para unirlos -comentó-... ¿o para uniformizarlos, Palabra?
Palabra sostuvo la mirada del humano y volvió a parpadear. Al cabo de unos segundos, dijo:
- ¿Qué quiere decir? No entiendo.
- Le voy a ser sincero -aseguró Idkereda-, en realidad no creo ni que sea posible un lenguaje como el que ustedes afirman tener.
Los cilios de Palabra ondularon suavemente mientras el resto de su rostro se mantenía impasible. Ambos seres, humano y terkuma, se contemplaron mutuamente. El terkuma aguardaba una explicación.
- Piénselo -dijo el humano-. Si sus palabras son capaces de transmitir su estado emocional, ¿qué es lo que vive el receptor? ¿Su vida o la de su interlocutor? Por no mencionar que para entender ciertos estados emocionales, sin ambigüedad, como usted dice, se necesita un camino compartido, una madurez, una complejidad equivalente en las redes neuronales... Así que no sé si es posible su lenguaje... o tal vez hay algo que no hayamos entendido, o algún detalle importante que nos hayan ocultado. Tal vez sin ni siquiera darse cuenta.
Palabra se acarició los cilios bucales y se quedó pensativo. Luego, sin dejar de mirar a Idkereda, concluyó:
- Creo que no nos hemos explicado bien.
Idkereda sonrió, abrió los brazos y mostró las palmas de las manos a Palabra. Tuve la impresión de que era una invitación al terkuma para que continuara hablando; Idkereda estaba mostrando su predisposición a escucharle. Y creo que contaba con Alkai para sonsacar información a nuestro anfitrión, pero la oficial científico tenía sus propios problemas en los que pensar. Y así nos lo hizo saber. Justo en aquel momento reclamó mi atención al decir, de repente:
- Señor, le comunico que estoy pensando que quizá no sea mala idea incinerar el cuerpo de Brumantra en este planeta.
Bufé como si me hubieran dado un golpe en el estómago y expulsara de golpe todo el aire de mis pulmones.
- He estado valorando la posibilidad -explicó Alkai-... y no me parece tan mala idea.
La miré fijamente y respondí, sin levantar el tono de voz pero con una cadencia que hacía evidente mi enfado:
- ¿Ha estado valorando la posibilidad? ¿Que usted ha estado valorando la posibilidad?... ¿Quién se ha creído que es usted para valorar posibilidades en mitad de una misión? ¿Quién se ha creído que es? ¿Quiere que me ponga a valorar la posibilidad de abrirle un expediente disciplinario sobre el cual deba decidir un tribunal militar? ¿Quiere que valore esa posibilidad? No creo que sea conveniente ni siquiera que piense ni remotamente en esa posibilidad, así que deje de decir tonterías y no pierda la perspectiva de esta situación. Sabe de sobra que tenemos que llevarnos con nosotros el cuerpo de Brumantra. Lo sabe. ¡Céntrese y no diga estupideces!
- Ya sé lo que ocurre -dijo de repente Palabra.
Dejó de abrazarse a la protuberancia que los terkuma utilizaban como silla y apoyó sus tentáculos en el suelo. Alzó el dedo índice de su mano derecha y dijo:
- Es usted un idealista -remarcó sus palabras, que pronunció en un murmullo, mirando fijamente a Idkereda y con un ligero balanceo de su dedo índice, de lo que debía de ser el equivalente terkuma de nuestro dedo índice-, valora la libertad por encima de todo y no le gustan las multitudes ni mucho menos sentir que forma parte de una masa uniforme de personas. El lenguaje es para usted una oportunidad. Nombrar el mundo iluminará las tinieblas y me hará libre, piensa. Y parte de razón quizá tenga. Pero cree erróneamente que todos sus congéneres lo utilizan bajo esas mismas premisas. Mire a su alrededor, observe a sus semejantes. Para la mayoría de ellos la libertad es algo secundario. Lo importante es sentirse arropados por el grupo, evitar la soledad a toda costa. Y su lenguaje es una herramienta bastante deficiente en ese sentido. Mire a su compañera Alkai. Si hubiera hablado terkuma ahora no se sentiría sola. La respuesta por parte de un comandante terkuma habría sido la misma que su comandante le ha dado, probablemente, pero habría una diferencia fundamental: el comandante terkuma sabría exactamente cómo se siente Alkai. Y Alkai sabría que él lo sabe. No estaría sola.
Alkai se levantó y, para dejar claro que ella era impredecible y no formaba parte de rebaño alguno, dijo:
- Quiero estar sola.
E inmediatamente se cuadró y solicitó:
- Permiso para retirarme, señor.
- Nos vamos todos -dijo Palabra antes de que yo pudiera contestar-, esta tarde tenemos una reunión importante con el Ínbid y antes deberíamos descansar. Quizá por la noche les apetezca acompañarme a la representación de una obra de teatro terkuma.
(Fin del capítulo 40. Siguiente capítulo)
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