Capítulo 39. MONOLITO.

  En las entrañas del árbol-torre existía una estancia abovedada, de suelo y paredes lisas y de un color blanco inmaculado. En el centro de aquella estancia se alzaba el monolito, justo en la cima de una pequeña loma de suaves laderas. El monolito dominaba todo aquel lugar y su color granate intenso contrastaba fuertemente contra el blanco impoluto de la bóveda y del suelo. Unas delgadas vetas de color azul marino, casi negro, se deslizaban lentamente por su superficie desde la base hacia la cúspide y, a medida que ganaban altura, se expandían por las caras de aquel objeto como los hilos de humo procedentes de un cigarrillo se expanden por el espacio. Al llegar al punto más alto, el observador esperaba que ocurriera algo: que la estancia cambiara de color, por ejemplo, o que se estableciera un arco voltaico entre la cúspide de la bóveda y el monolito. Pero no ocurría nada, sólo que las vetas desaparecían y eran substituidas por otras que aparecían en la base e iniciaban de nuevo el ascenso. Cuando dejamos a Surkoi ante él, el monolito brillaba. También emitía un ligero zumbido parecido al de los grandes transformadores de corriente de las centrales de energía, como si sujetara en su interior una ingente cantidad de potencia que pugnara incesantemente por salir de forma violenta al exterior. Parecía un volcán discreto. Un objeto inquietante, un paralepípedo recto de al menos diez metros de altura y de geometría perfecta, antinatural. Dominaba toda la estancia y permanecía impasible ante nuestros pequeños movimientos igual que un dios altivo que dominara el Universo y no conociera la curiosidad ni la compasión. Sin embargo, no era más que un objeto tecnológico, una máquina, una herramienta, un juguete de los terkumas con el que pretendían conseguir que el cerebro del humano Surkoi, y quién sabe si el de otras especies, adquiriera capacidades que estaban más allá de las que le había posibilitado su evolución biológica espontánea, ocurrida a lo largo de millones de años.

Pretendían que el humano dejara de ser lo que había sido hasta aquel momento y se transformara en algo nuevo. Y contra todo pronóstico, Surkoi no se rebeló al entrar en la estancia. Ni siquiera protestó, ni ligeramente. Ante nuestra sorpresa, más bien hizo todo lo contrario: colaboró. Ya sabía dónde tenía que situarse, en qué punto del suelo tenía que sentarse, y apenas necesitó ayuda para llegar hasta él. De hecho, la impresión que tuvimos fue que se sentía aliviado, que deseaba continuar con aquel ritual, o tratamiento, metamorfosis o lo que fuera... al que le sometían los terkumas. Parecía... que le infundía paz. Esa fue la impresión que tuvimos. Como para remachar esta impresión, cuando estuvo sentado ante el monolito, nos apretó fuerte las manos a Idkereda y a mí y dijo: Gracias. Luego se quitó las gafas de sol y dejó que la luz que emanaba de aquel paralepípedo gigante iluminara su rostro, todo su rostro, con los ojos muy abiertos y su mirada fija en la fuente de aquel resplandor. 

Surkoi engulló con avidez aquella luz, como si fuera una planta sedienta de luz solar y esa radiación le fuera a liberar del mundo mineral al que se aferraban sus raíces. Habría sido normal ver esa avidez en un bebé agarrado al seno de su madre, pero en un adulto producía consternación. Quizá el humano adulto Surkoi deseaba ávidamente cambiar, dejar de ser quien era, ser algo nuevo, liberarse de toda su historia. O quizá simplemente el monolito le sosegaba, calmaba la fiebre, mitigaba el dolor de la metamorfosis que se producía en su interior, aun siendo responsable en parte de la misma. Fuera una cosa u otra, la conclusión era la misma: Surkoi había caído en manos de los terkumas, y aquel era el mejor sitio donde podía estar. Al menos, de momento.

Al otro lado de la estancia había un ventanal enorme tras el cual pudimos ver a tres terkumas rodeados de hologramas de control. Uno de ellos miró a Palabra, alzó la mano y mostró su palma desnuda, en un gesto muy semejante a un saludo humano. Palabra respondió con el mismo gesto y nos dijo que debíamos salir ya, que por la noche podríamos volver si así lo deseábamos.

Me hubiera gustado arrestar a Surkoi. Sacarlo de allí. Hacer que cayera sobre él la justicia humana con todo el contundente peso de la ley. Someterle a un consejo de guerra por desobedecer reiteradamente a un superior. Pero había fuerzas que no controlábamos, voluntades que no podíamos doblegar. Así que dejamos a Surkoi a los pies del volcán y salimos en silencio. Nos dirigimos hacia el comedor. Que la geología hiciera con él lo que tuviera que hacer. Que los dioses decidieran.

Surkoi era nuestra moneda de cambio. Y qué. ¿Quién no lo es cuando está en juego la supervivencia de toda la especie humana? ¿Quién es dueño de su vida? Nadie. Surkoi a cambio de una tregua. Una tregua para enviar un mensaje. Un mensaje de socorro. ¿Quién no hubiera estado dispuesto? Sólo los traidores no hubieran estado dispuestos. Y Surkoi no era un traidor.


(Fin del capítulo 39. Siguiente capítulo)

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