Capítulo 38. EPITAFIO.
Después de haber dejado claro por qué le hacía gracia el estado lamentable en el que se encontraba Surkoi, Aniolita borró la sonrisa de su rostro, se giró y miró a Palabra.
- Palabra -dijo muy seria-, me gustaría visitar la isla de mis padres antes de regresar al árbol-torre.
Palabra accedió. Caminó hacia la orilla y se adentró unos metros en el agua, no mucho, sólo lo suficiente para que le cubriera unos centímetros de sus tentáculos. Nos pidió que nos acercáramos. Comprendimos que se disponía a invocar una lágrima de transporte.
Nos descalzamos y caminamos hacia el lugar donde nos esperaba Palabra. Cuando estábamos a mitad de camino nos dimos cuenta de que Surkoi seguía sentado bajo la copa del árbol, mirando a su alrededor como una presa asustada.
Me detuve.
- ¡Surkoi! -grité-... ¿necesita ayuda?
- No, señor -contestó.
Se levantó y nos siguió, tambaleándose.
Cuando estuvimos todos en el agua, Palabra entonó las notas adecuadas y se formó la burbuja a nuestro alrededor.
- Agárrense -nos advirtió el terkuma, y salimos volando.
Al ganar altura, pudimos apreciar el archipiélago en todo su esplendor. Había islas separadas por estrechos muy angostos y otras que parecían flotar solitarias a la deriva. La mayoría eran vagamente circulares pero algunas tenían forma de lágrima o de huso. En todo el archipiélago el agua era cristalina y se podía apreciar el fondo del mar, a veces teñido de oscuro por las algas que crecían en aquel remanso de paz. Muy a lo lejos, se podía distinguir la oscura muralla formada por los árboles del manglar.
No tardamos en llegar a una isla semejante a la que ya conocíamos. En cuanto nuestros pies tocaron la arena del fondo de la orilla, la burbuja se deshizo a nuestro alrededor. La isla era muy parecida a aquella donde habíamos dejado el cuerpo de Nevando cerezas. Quizá era un poco más pequeña y la distribución de pilastras era diferente, pero si hubiera dicho que era idéntica no habría faltado mucho a la verdad. Si nos hubiéramos vuelto a elevar y, después de dar una vuelta por el cementerio terkuma, hubiera tenido que regresar a la misma isla, habría sido incapaz de identificarla entre todo el resto.
Caminamos hasta que la copa del árbol nos protegió del sol.
- ¿Qué tenemos que hacer aquí, Palabra? -pregunté.
- Nosotros nada -me contestó el terkuma-, descansar. Sentémonos.
Nos sentamos. Aniolita cogió una fruta y se sentó a nuestro lado con las piernas cruzadas.
- Es la isla de mis padres -dijo mirando el mar, mientras mordía la fruta con fruición.
Lo dijo en el mismo tono que utilizaría para responder una pregunta retórica, sin poner mucha atención en la conversación, como quien habla con un niño y espera que el tiempo sacie su curiosidad infantil, capaz de enfocarse en los asuntos más triviales e irrelevantes.
Alkai suspiró impaciente. Idkereda estaba reclinado sobre la arena, como estaría en un diván romano, y jugueteaba con los granitos entre sus dedos.
La impaciencia de Alkai era comprensible, pero la verdad es que a la sombra del árbol no se estaba mal. Además, corría una ligera brisa que ayudaba a sobrellevar mejor el calor. Al cabo de unos segundos, Palabra agarró de la mano a Surkoi y le dijo que le ayudaría, que no se preocupara, que todo iba bien. También le dijo cosas en terkuma. Y todos vimos asombrados cómo Surkoi asentía, como si entendiera perfectamente lo que le decía.
Al agarrarle de la mano Palabra, Surkoi había dejado de mirar a un lado y a otro continuamente y había agachado la cabeza. Y a medida que Palabra hablaba, tuve la impresión de que Surkoi se iba tranquilizando.
- Empieza a ser sensible al idioma terkuma -nos explicó Palabra-, no le pasa nada malo, su cerebro está cambiando, puede que ciertas formas y colores disparen estados emotivos muy intensos, o que vea una forma o un color y tenga una sensación olfativa muy fuerte, o al revés, que ciertos olores desencadenen visiones de colores y formas geométricas.
- Sinestesia -dijo Alkai.
- Sí, una especie de sinestesia inducida -admitió Palabra-, pero no es malo, no implica nada grave, sólo que el proceso es un poco molesto, pero no se preocupen, ahora hablaré con él en terkuma y sentirá mi tranquilidad y se encontrará mejor.
Sentirá mi tranquilidad y se encontrará mejor. Si hubiéramos estado en un planeta humano, y quien así había hablado hubiera sido humano, habría arrancado a Surkoi de sus garras y les habría propinado, tanto a uno como a otro, una buena tunda de bofetadas. Las bofetadas me hubieran parecido el único remedio rápido para hacerles retornar a la realidad. Dura e implacable, inapelable y totalmente vacua de conceptos tales como tranquilidad, sentir o bienestar. Pero no estábamos en un planeta humano, ni el que así hablaba era humano. Pertenecía a una especie con una tecnología equiparable a la humana, si no superior, y un lenguaje y unos códigos que nos eran totalmente extraños. Por eso me limité a contemplar la escena. Porque sabía que no entendía más que una ínfima parte de todo lo que había a mi alrededor, a pesar de que todo parecía familiar: la arena, las palabras, los colores, el sol, el cielo azul, el agua transparente, el aire fresco, el árbol protector. Todo parecía acogedor, pero no me fiaba. Estaba seguro de que mis ojos humanos sólo eran capaces de percibir la delgada superficie. Intuía que si dábamos un paso en falso, todo lo que parecía acogedor se convertiría en una trampa mortal con la misma facilidad con que Palabra entonaba una canción.
En ese momento, nuestro anfitrión empezó a susurrar una canción. Parecía una nana. Surkoi agarró la mano terkuma con sus manos humanas y su respiración se hizo cada vez más profunda y prolongada.
De repente reparé en el suave oleaje rompiendo rítmicamente contra la arena. Y también en que Aniolita no estaba. ¿A dónde había ido?
Miré a mi alrededor y la vi detrás de nosotros, no muy lejos. Estaba tumbada en la arena, al otro lado del círculo de sombra. Sus brazos reposaban a ambos costados de su cuerpo. Tuve la impresión de que dormía profundamente.
Alkai e Idkereda se levantaron casi al unísono y se fueron paseando por la arena. Alkai hacia la orilla e Idkereda hacia una de las pilastras negras. El biólogo la observó de cerca y de lejos y desde diferentes puntos de vista antes de atreverse a tocarla. Aun así, cuando lo hizo, lo hizo protegido por las mangas de su pijama. La sensación que recibió de la piedra debió parecerle inocua porque sólo entonces se atrevió a posar sus manos desnudas sobre ella. Sin embargo, las retiró de golpe, asustado, pero no tanto como para alejarse; sólo volvió a contemplarla con el ceño fruncido, muy concentrado, y al cabo de unos segundos, se atrevió a posar de nuevo sobre ella sus dedos. Volvió a retirarlos, me miró, con los ojos muy abiertos, y se dirigió a otra pilastra, ésta un poco más lejana.
Mientras tanto, Alkai paseaba por la orilla. Permitía que las olas masajearan sus tobillos mientras ella miraba el horizonte. Sus brazos caían blandamente a ambos lados de su cuerpo y la brisa agitaba de forma caótica tanto sus cabellos como las cintas de colores de su pijama. Parecía un bufón abandonado en una isla desierta. El bufón miraba el horizonte con la esperanza de que los tripulantes del barco del rey se arrepintieran y regresaran a rescatarle. Pero pasaban las horas y no venía nadie.
Mi oficial científico necesitaba algo en lo que pensar.
- Alkai, tome de nuevo la temperatura a Surkoi -ordené.
El bufón dio media vuelta y se acercó obediente.
- Décimas -dijo, después de que los analizadores de nanofibras transmitieran la información a su cerebro.
- ¿Cuántas décimas? -pregunté.
- Cuatro décimas, señor -me contestó-, una más que antes.
Surkoi dormitaba envuelto en el canto terkuma de Palabra. No parecía muy preocupado por su futuro.
- ¿Qué opina? -pregunté a Alkai.
Alkai se sentó a mi lado y se puso a contemplar el mar.
- Opino, señor, que habría que plantarle cuanto antes delante de ese maldito monolito y esperar, señor, a ver qué maldita cosa pasa -me contestó-, eso es lo que opino.
Asentí.
- ¿Tardaremos mucho en irnos, Palabra? -pregunté.
El terkuma interrumpió su canto. El humano siguió dormitando.
- No tardaremos mucho, Katmai -respondió Palabra-, no se preocupen por su compañero. No sufre y le devolveremos a tiempo ante el monolito. Ha sido bueno que se vieran.
En aquel momento apareció Idkereda.
- Esas piedras están a pleno sol y, sin embargo, están frías. Muy frías.
Todos le miramos, excepto Surkoi, que seguía con la cabeza gacha, sumido en un profundo duermevela.
- ¿Qué son, Palabra? -preguntó el biólogo, y se sentó en la arena-. Me han dejado las manos heladas -se quejó, antes de que Palabra tuviera tiempo de contestar.
- Son libros terkuma -dijo finalmente nuestro anfitrión.
- ¿Cómo funcionan? -la curiosidad del biólogo no tenía límites-... antes, en la otra isla, leía el libro, ¿verdad?
- Sí -respondió Palabra-, tienen surcos grabados en su superficie, surcos muy finos, inapreciables a simple vista... ingeniería molecular.
- ¿Ingeniería molecular? ¿Ingeniería a escala molecular? ¿Nanotecnología?
- Exacto: nanotecnología, así es como lo llaman ustedes.
- ¿Quiere decir que el grosor promedio de esos surcos es del orden de nanómetros?
- Sí, eso es, y hay varias capas de información. La estructura de las capas más externas puede modificarse para copiar la de las más profundas.
Idkereda se quedó pensativo.
- Por eso las enfrían -dijo al cabo de unos segundos-, para que el ruido térmico no borre la información. Utilizan criogénesis antientrópica... cuanto más calor reciben las piedras, más se enfrían. ¿No es así?
- Sí, así es.
- ¿Y por la noche?
- Reciben el calor del agua, y si no es suficiente... ¿ven las hojas de los árboles? No todas son hojas fotosintéticas. Hay camufladas entre ellas captadores solares. La energía se almacena en las raíces del árbol.
- Increíble.
- ¿Me permite?
De repente, Alkai agarró la mano que Palabra tenía libre y acarició su palma.
- Son tan finos que ni los notará -dijo Palabra con voz suave-, pero yo a usted sí puedo leerla.
- ¿Y qué lee? -preguntó Alkai con el ceño fruncido.
- No se preocupe, sólo ruido -los cilios bucales del terkuma se agitaron-, la mayor parte de las veces es ruido. Algunas superficies producen sonidos bellos, música, incluso, pero la mayor parte de las veces es sólo ruido.
- ¿De qué estáis hablando? -pregunté.
- De los pelos de grosor microscópico -contestó Idkereda- que debe tener Palabra en la palma de sus manos... del sistema sensorial que utiliza para leer los surcos de las pilastras. ¿Me equivoco?
- No, no se equivoca -confesó Palabra.
Idkereda rió feliz. Parecía un crío que acabara de descubrir cómo funciona su juguete nuevo.
- ¡Es usted un tocadiscos! -exclamó sin dejar de reírse.
- ¿Qué es... un tocadiscos? -preguntó Palabra.
Alkai se quedó pensativa, como si le sonara vagamente la palabra.
- A mi también me gustaría saber qué es -dije yo.
- Antiguamente se grababa la música en discos de vinilo -explicó Idkereda-... sí, ya sé, ya sé... ¿qué es vinilo? No tiene importancia, un tipo de plástico, un material, es lo de menos. El caso es que se grababan surcos en el disco y luego se leían con una aguja especial, conectada a un amplificador y a un altavoz. Al acariciar la aguja la superficie del disco, las oscilaciones de la aguja se transformaban en señales eléctricas, y el altavoz transformaba estas señales eléctricas en música. Los surcos se transformaban en música. Aún existen. En museos y colecciones privadas. Valen una fortuna.
- No me creo nada -fue el comentario de Alkai.
- ¿No has oído hablar de ellos? -le preguntó Idkereda, simulando asombro-, pensaba que te gustaban las antigüedades.
Alkai negó con la cabeza.
- ¡Hablo de lo que nos ha contado Palabra! -exclamó-... Una cosa es un surco en un disco de vinilo, visible a simple vista, y otra muy diferente lo que nos está contando Palabra. ¡Es imposible! Ya en un disco de vinilo hubiera sido imposible leer con la mano lo que había escrito... imagínate un surco nanométrico. Necesitaría una precisión en los movimientos de su mano... ¡Imposible!
- Pues yo creo que sí es posible -replicó Idkereda-. Al fin y al cabo no sería una precisión mayor que la de un microscopio de efecto túnel moviéndose por encima de la superficie a visualizar.
- Ese tipo de máquinas siempre funcionan en condiciones de laboratorio, no en entornos naturales.
- ¿Entornos naturales? -Idkereda frunció el entrecejo-... ¿Dónde ves tú el entorno natural, Alkai?
Mientras hablaba, Idkereda jugaba a enterrar sus pies desnudos en la arena. Utilizaba sus manos como palas de bulldozers y arrastraba pequeños montones de arena con los que iba tapando poco a poco sus dedos, empeine, tobillos, hasta que el montículo sufría un deslizamiento catastrófico y empezaba a rehacerlo.
- Ni siquiera nosotros somos seres humanos naturales -continuó-, mucho menos Aniolita. Quizá lo más natural que haya en este entorno sea la arena, todo lo demás es obra de la tecnología terkuma, ¿no, Palabra?
- Sí, pero se equivoca en una cosa -respondió Palabra-. No es arena. Es ceniza.
Idkereda dejó de jugar con la arena y sacó inmediatamente de ella sus pies. Yo empecé a observar atentamente los granitos. Alkai suspiró.
- Bueno, vale -admitió Alkai-, no es un entorno natural... ¿y qué? Es una condición necesaria para conseguir cierto nivel de precisión y reproducibilidad, pero no suficiente. Un campo de trigo tampoco es un entorno natural. Es un entorno biológico lleno de imponderables: oscilaciones, vibraciones, cambios, fluctuaciones... no tiene sentido ponerte a medir la distancia entre dos espigas de trigo con una precisión casi atómica cuando están siendo agitadas por la brisa.
- No en un campo de trigo, pero a lo mejor en este lugar sí.
- ¿Aquí? -preguntó Alkai vehementemente. Una mueca deformaba su rostro, lo llenaba de surcos y hacía visibles los músculos de su cuello. Al menos la parte sana de su rostro, porque la otra apenas tenía expresividad-. Este lugar no es más que un crematorio, Idkereda; lo acaba de decir Palabra.
- Ah, en eso sí le vas a creer.
- Perdonen que les corrija -intervino en ese momento Palabra-, pero no es simplemente un crematorio, yo he dicho que la arena no es arena: es ceniza. Eso es lo que he dicho. No he dicho que todo este lugar fuera simplemente un crematorio.
- Entonces... ¿qué es? -preguntó Alkai.
- Un cementerio -respondió Palabra-, un cementerio terkuma.
Sus cilios bucales oscilaron pausadamente mientras nos observaba.
Empecé a impacientarme. Tuve la sensación de que no estábamos haciendo las preguntas correctas. Además, tenía hambre y sed. El hambre y la sed me distraían continuamente, no me dejaban pensar con claridad.
- Palabra -pregunté-, ¿esta fruta es comestible? Quiero decir... he visto que Aniolita la comía... ¿nosotros también podemos comerla?
- Sí, por supuesto -me respondió el terkuma.
Pero observé algo en él que hizo que mi mano se detuviera a medio camino de la rama más cercana. Sus cilios oscilaban caóticamente y su cráneo relucía con colores brillantes. Creo que se estaba riendo, o quizá sujetándose la risa, no lo sé, pero aquella excitación repentina se me antojó sospechosa. Con la mano suspendida en el aire volví a preguntar:
- Palabra... ¿cómo se llama esta fruta?
- Epitafio.
La imagen de Aniolita ocupó toda mi mente. Lo primero que había hecho al llegar a la isla había sido comer de aquella fruta. Y luego se había retirado a dormir. Y ahí seguía, durmiendo, cuando lo que quería era visitar la tumba de sus padres. Mi mano se retiró.
Todo era muy extraño.
- Ese nombre -dije- no convierte a la fruta en algo apetecible, Palabra.
Los colores del cráneo de Palabra volvieron a la normalidad. Fueron apagándose lentamente hasta desaparecer por completo. Eso era la normalidad cuando Palabra hablaba con nosotros en nuestro idioma. Que su cráneo no luciera color alguno, o al menos color alguno que nosotros pudiéramos apreciar.
- ¿Ves, Idkereda? -dijo Alkai-. Simplemente no me creo nada porque tenemos ante nosotros a un extraterrestre bromista, pregúntale a Aniolita, si necesitas alguna confirmación al respecto.
- Pues yo creo que no bromea en nada de lo que nos ha dicho -respondió Idkereda-. Lo que ocurre es que le debemos parecer tan torpes como lo serían un puñado de homo erectus con un stradivarius.
Alkai e Idkereda también se habían percatado del cambio de estado de Palabra, pero diferían en su interpretación. Alkai abrazaba sus piernas sentada en la arena y apoyaba el mentón sobre sus rodillas, en una actitud levemente desafiante. Idkereda continuaba con los pies fuera de la arena e intentaba limpiarlos por completo de granitos de arena-ceniza mientras hablaba.
- Y creo, además -continuó diciendo mientras quitaba concienzudamente los granitos de arena-ceniza que quedaban entre los dedos de sus pies-, que su nombre se refiere a su habilidad para leer las piedras negras. ¿No es así, Palabra?
Hasta aquel momento Palabra había mantenido cierta distancia y no había dado muestras de querer implicarse más en la conversación de los humanos, ni de aclarar las dudas que manifestaban. Ante la pregunta de Idkereda, su actitud cambió. Miró a éste, luego me miró a mi y finalmente a Alkai. Cuando pensábamos que nos íbamos a quedar, de nuevo, sin respuesta, miró al horizonte marino y contestó en terkuma. Luego volvió a mirarnos y aclaró en nuestro idioma:
- Lo que acabo de decir en terkuma es mi nombre. Palabra viva sobre la piedra es la traducción a su idioma. Hay otras traducciones posibles: Lector del libro negro, por ejemplo. Pero yo mismo escogí la primera opción. Creo que esto responde a su pregunta.
- Entonces -dijo Alkai-... no cualquier terkuma tiene la habilidad de leer los surcos en las piedras negras.
- ¿Cualquier ser humano tiene la habilidad de cantar ópera o tocar el violín? -fue la respuesta de Palabra.
- Si practican, sí -contestó Alkai.
- Pues esto igual -sentenció Palabra.
Hubo unos segundos de silencio durante los cuales Idkereda pareció muy concentrado en desprender granitos de arena-ceniza de sus pies.
- ¿Escogió usted ser lector, Palabra? -preguntó Alkai con el mentón apoyado en sus rodillas y sus ojos entornados.
Los cilios bucales de Palabra volvieron a vibrar caóticamente y su cráneo se iluminó con una rápida sucesión de colores vivos.
- Ustedes los humanos están obsesionados con la libertad -respondió el lector-, debe de ser una consecuencia de sus limitadas capacidades para comunicar con sus congéneres. ¿Escoge un músico ser músico? ¿Un pintor ser pintor? Desde niño leo todo lo que hay a mi alrededor, colores, formas, sabores, olores... transformo los símbolos en palabras para mis hermanos. Los ingenieros moleculares potenciaron mi habilidad. Era un deber para mí aceptar este trabajo. La libertad. ¿Qué es la libertad? Escoger sin coacción entre varias opciones. ¿Pero tenemos siquiera la posibilidad de escoger la mayor parte de las veces? ¿Usted ha escogido estar viva? ¿Alguno de nosotros, humano o terkuma, ha escogido estar vivo, tener este cuerpo, esta habilidad o esta torpeza? La mente humana está llena de ilusiones. Usted es prisionera de su condición humana, Cerebro de su condición vispoide, las medusas de su condición de medusa. Yo, de mi condición terkuma. Somos tan prisioneros de nuestras limitaciones como de nuestras habilidades. ¿Quiere ser libre? Observe el mundo. Permanezca impasible. Yo vi morir a mi pueblo, prácticamente a todo mi pueblo. No permanecí impasible. No pude. No soy libre. ¿Quién quiere ser libre? ¿Usted, humano?
- Sí, yo quiero ser libre -respondió Alkai, sin dudarlo.
- No, usted quiere que Brumantra esté aquí, ahora, a su lado, compartir con ella esta brisa y este azul. Eso es lo que quiere. Lo veo. Lo leo en cada uno de sus gestos, en su postura, en su mirada, en su piel, en su caminar por la orilla. No es libre. Está encadenada y no tiene la más mínima intención de romper esas cadenas.
Palabra habló mirando fijamente a Alkai, y cuando acabó no apartó su mirada: sostuvo la de la mujer, desafiante.
Contuve la respiración. Idkereda dejó de quitarse granitos de arena-ceniza y se quedó mirando sus pies. Palabra ni se inmutó. No relajó ni un instante la presión que ejercía su atención sobre la mujer humana. Mientras, Surkoi seguía dormitando con la mano del terkuma entre las suyas.
- Tiene usted razón -admitió Alkai.
Idkereda y yo volvimos a respirar.
Alkai escondió el rostro entre sus muslos.
Idkereda se alzó, se sacudió la arena-ceniza de su pijama y exclamó:
- ¡Hora de bañarse! ¡Ven, Alkai! ¡Nademos!
Alkai desenterró su rostro y miró hacia el mar.
- No me apetece, Idkereda -dijo.
- Como quieras.
El biólogo hizo ademán de empezar a caminar hacia el mar, pero en ese momento Palabra le advirtió:
- Yo no lo haría. Estas aguas están llenas de medusas... y no puedo asegurarle que sean todas amigas.
Idkereda se quedó paralizado.
- Sí que es complicado moverse en este planeta -se quejó, casi gimiendo.
- ¡No le hagas caso! -oímos de repente.
Era Aniolita. Se había despertado sin que nos diéramos cuenta y se acercaba a nosotros sonriendo.
- ¿Te bañas conmigo? -preguntó a Idkereda.
Pasó a nuestro lado sin detenerse. Iba directa hacia el mar. Unos metros antes de llegar a la orilla se desnudó, se giró hacia nosotros y agitó la mano derecha para que la siguiéramos.
- ¡No seas cobarde! -exclamó, dirigiéndose a Idkereda.
Idkereda miró a Alkai y dijo:
- Me ha llamado cobarde.
Alkai sonrió levemente y movió la cabeza en dirección al mar.
- Sí, es verdad, ahora tienes que ir -murmuró.
- No se aleje demasiado -dije yo-, por si acaso.
- No se preocupe, señor -gritó Idkereda después de haberse desnudado, a medio camino ya del agua.
Aniolita y él se zambulleron juntos y nadaron alejándose de la orilla, como si estuvieran compitiendo.
- Le pido disculpas si antes he sido brusco -dijo Palabra mirando a Alkai.
- No se preocupe -contestó ésta.
- A veces es difícil utilizar su lenguaje -continuó hablando Palabra-, el significado de las palabras está claro, la gramática y la sintaxis... todo está bien, pero aun así es difícil transmitir el mensaje. Siempre falta algo. El tono de mi voz no es humano, ni la expresividad de mi rostro. Me cuesta mucho trabajo expresarme en su idioma, en cualquier idioma humano. Mi intención no era provocarle dolor. Sólo quería que comprendiera lo que intentaba explicar. A veces, comprender es doloroso, pero no quería provocarle dolor.
Alkai agitó la cabeza.
- No pasa nada -dijo mirando el mar-, tenía usted razón.
Al cabo de unos segundos, añadió una pregunta:
- Palabra, ¿hay diferentes idiomas terkuma?
- Sí -respondió nuestro anfitrión-, pero siempre hay una parte común, aunque con matices, como ocurre con las expresiones humanas y con su música.
- ¿Y lectores? ¿Hay más lectores?
- Sí, en otras comunidades, y también en la nuestra, en la que ustedes conocen, pero ahora están con los niños.
- ¿Con los niños? -pregunté yo.
- Sí, con los niños. Se requieren años de aprendizaje para adquirir el idioma terkuma en su plenitud. Los lectores somos...
Palabra dudó un momento.
- Profesores -propuse yo.
- Sí -admitió él, pero después de unos segundos pensando añadió: acompañamos a los niños en su proceso natural de aprendizaje, les guiamos en medio de la jungla de sus propias posibilidades. Les enseñamos a leer el mundo y a explicarlo a los demás. El mundo de fuera y el de dentro.
- ¿Y lo que los niños terkumas tardan años en adquirir -pregunté- podrá adquirirlo Surkoi en pocos días?
- Sólo lo suficiente para que Trae consigo pueda hablar con él. Sólo lo suficiente para que el humano pueda comunicarse con Trae consigo, y Trae consigo pueda explicarle su mundo de dolor.
Miré hacia el mar. Idkereda y Aniolita buceaban alrededor de unas rocas que sobresalían apenas un metro por encima de la superficie del agua. De vez en cuando asomaban la cabeza, tomaban aire y volvían a zambullirse. De repente, lo comprendí todo. Dije:
- Esa es su forma de hacer justicia.
- ¿Qué quiere decir? -me preguntó Palabra.
- Trae consigo explica su mundo de dolor a Surkoi -respondí-, Surkoi siente lo que siente Trae consigo. Su mismo dolor. Justicia. ¿No es así?
- Supongo que los humanos así lo llamarían -contestó Palabra.
A lo lejos se oían los chapoteos y los gritos de Aniolita e Idkereda.
Cuando regresaron, Palabra dijo que era hora ya de volver al árbol-torre. Si no lo hubiera dicho él, lo habría dicho yo, pero no fue necesario. Él se me adelantó y todos estuvimos de acuerdo. Incluso Surkoi habría estado de acuerdo si hubiera hablado. Alkai le tomó de nuevo la temperatura y había subido un par de décimas más. Aniolita e Idkereda se secaron al sol y se vistieron. Cuando nos dirigíamos todos a la orilla, con Surkoi sostenido entre Idkereda y yo, nuestro anfitrión se percató de que Aniolita llevaba cuatro frutas epitafio del árbol de la isla. Se detuvo en seco y dijo:
- Sólo una, Aniolita.
Aniolita pareció profundamente contrariada.
- No sé cuándo volveré, Palabra -protestó.
- Cuando sea posible, pero sólo una -insistió Palabra.
Mi estómago rugía de hambre.
- Vamos, Palabra, que se lleve cuantas quiera y nos las comemos por el camino -propuse.
En parte lo propuse porque tenía hambre y era lo único aparentemente comestible que se veía en varios kilómetros a la redonda. Y en parte porque quería molestar a Palabra, a ver si así nos explicaba de una vez por todas el secreto que escondía aquella fruta. Pero Palabra sólo dijo:
- No, no es momento de soñar.
Aniolita tenía el sufrimiento grabado en el rostro. Oscilaba entre la orilla y el árbol, sosteniendo la fruta entre sus brazos, como si Palabra le exigiera un sacrificio inasumible.
- ¿Por qué es tan importante la fruta, Aniolita? -preguntó Idkereda.
- Porque te hace soñar -contestó la mujer-, porque hace que te reúnas de nuevo con aquellos que te han precedido. Al comer la fruta, sueño con mis padres, o con mis abuelos, a veces también con niños, amigos de mi infancia. Vuelvo a estar con ellos. ¿No puedo, Palabra? Es tan sencillo...
- Por eso no puedes -dijo Palabra-, porque es demasiado sencillo. Sólo una.
Aniolita suspiró.
- Todos están muertos pero el árbol guarda su memoria. Comes la fruta y te reúnes de nuevo con ellos. Es tan sencillo. Palabra...
Palabra dijo algo en terkuma y Aniolita se dirigió al árbol sin más dilación y enterró la fruta entre sus raíces, excepto una, con la que regresó hasta donde la esperábamos.
Reemprendimos la marcha pero cuando por fin llegamos a la orilla me di cuenta de que Alkai no estaba con nosotros. Pensaba que nos seguía y que estaba un metro o dos detrás de mí pero al girarme me di cuenta de que no: estaba de nuevo bajo la copa del árbol, contemplando la fruta.
Palabra la miró fijamente y dijo alto y claro, para que su voz llegara por encima de la brisa hasta donde se encontraba Alkai:
- Sólo funciona con aquellos que han sido incinerados entre las raíces del árbol.
Yo también grité:
- ¡Vuelva aquí ahora mismo! -exclamé-... ¡Alkai, es una orden!
Y vi a Idkereda mirando fijamente el árbol mientras me ayudaba a sostener a Surkoi.
- ¡Y usted! -gruñí- ¿En qué está pensando?
- En Arthur C. Clarke, señor -me contestó sin inmutarse-, un escritor de ciencia ficción del siglo XX. Decía que cualquier tecnología suficientemente avanzada era indistinguible de la magia.
Yo fruncí el ceño. Alkai ya casi estaba de nuevo con nosotros. El oleaje lamía nuestros pies. Palabra esperaba paciente a que estuviéramos preparados antes de invocar la lágrima de transporte.
- Confieso, señor -concluyó Idkereda, sin dejar de mirar fijamente al árbol-, que aquí en esta isla acaba para mí la Ciencia y empieza la magia.
(Fin del capítulo 38. Siguiente capítulo)
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